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martes, 29 de enero de 2008
jueves, 24 de enero de 2008
NEWS
"El invierno oscuro" del escritor santanderino Julián Ibáñez se alzó ayer con el Premio Rejadorada de Novela Breve en su cuarta edición, tal y como dio a conocer el presidente del Jurado, Luis Mateo Díez. Ibáñez resultó ganador de entre 300 obras presentadas de diecinueve países, de las cuales seis fueron finalistas. Según aseguró Díez, el Jurado valoró los elementos de «intriga y tensión narrativa» de la novela, ambientada en el mundo etarra, que tiene como protagonista a «un chico» joven que cumple funciones de vigilancia dentro de la kale borroka. En definitiva, añadió, «es una reflexión sobre la violencia», que cuenta con un desarrollo dramático «cercano a la novela negra».Para el Jurado, la novela está «escrita con mucha eficacia» y con la técnica propia de quien maneja el género de la novela negra. En ella, además, «subyace cierta reflexión crítica sobre este universo de violencia».Para el poeta y delegado de La Razón en Castilla y León, Jesús Fonseca, se trata de «una novela muy realista» que «desnuda» de manera muy real y verosímil la violencia.Juan Madrid gana el premio Edebé de literatura con 'Huida al Sur'

El escritor malagueño Juan Madrid ha ganado la XVI edición del premio Edebé de literatura juvenil, el de mayor dotación en su género en castellano, con 30.000 euros, con la obra 'Huida al
Juan Madrid ha comentado en el acto de presentación del premio que la obra galardonada es una novela policíaca juvenil protagonizada por un chico pobre hijo de marroquí y española que "es diferente", y con un trasfondo de corrupción inmobiliaria.
Fernando Marías se alza con el premio del concurso ´Luis García Berlanga´
El director del Museo del Calzado en Elda, Juan Carlos Martínez Cañabate, y el concejal de Industria, Ricardo Monzó, dieron ayer a conocer el fallo del concurso "Luis García Berlanga" que recayó en la obra "Huellas desnudas de la mujer invisible" de Fernando Marías. El pasado día 10 de enero se reunió en Madrid el jurado del premio periodístico sobre el zapato femenino "Luis García Berlanga", presidido por el cineasta que le da nombre y compuesto por Tessa de Baviera, Lourdes Ventura, Luis Alberto de Cuenca y Antonio Porpetta. En las anteriores ediciones, los premiados han sido Juan Manuel de Prada, Covadonga Valdaliso y María Begoña Pérez, José Antonio Panero, Hada Margarita Mendoza, Mercedes Díaz y Silvia Monrós, Antonio Gómez Rufo, Fernando Sánchez Dragó y Ramón Bascuñana.
EL BILLETE
Les define una determinada estética de la uniformidad - el cabello rapado, cazadoras de marca, las botas con punteras metálicas -, caminan de forma provocativa, individualmente no son nada, pero juntos una jauría, y su ideología, si es que la tienen, bebe de la barbarie de la historia, del odio al diferente, sea negro, árabe, gitano, judío, homosexual, proclamando la supremacía de la raza blanca. Hacen de la violencia su hobby y en ella ahogan un sinfín de frustraciones.
Cuando se está juzgando a uno de sus miembros, al presunto autor de la muerte de un seguidor de la Real Sociedad, nos llega la noticia de una brutal paliza que un grupo de estos descerebrados propinó a una muchacha en plena Plaza Catalunya. El bate de béisbol esgrimido por esos zafios adoradores de la simbología nazi le partió la espalda y la dejó tetrapléjica.
Estos drugos, intuidos hace más de veinte años por Anthony Burgess y visualizados por Stanley Kubrick en La naranja mecánica, son nuestro lado oscuro, una excrecencia peligrosa que se extiende como una plaga por una Europa en la que dos de cada tres franceses se manifiestan abiertamente xenófobos, tienen lugar sucesos como los de El Ejido y la ultraderecha llega al gobierno de Austria.
EL RELATO
Me enamoré de Blondie en cuanto la vi tras la vitrina de la tienda de animales arañando el vidrio y soltando ladridos quejumbrosos con los que trataba de llamar mi atención. Y lo consiguió. Pagué con mi tarjeta de crédito y pedí a la vendedora que me la empaquetara como regalo y pusiera el lazo más cursi que encontrara.
Cuando llegué a casa, con la caja cuadrada bajo el brazo, me asaltaron las niñas tratando de averiguar lo que había en su interior. El suave ladrido con que Blondie respondió el alboroto les sacó de dudas. Entonces se abalanzaron muy excitadas sobre el paquete, desanudaron el lazo, rasgaron el papel de envolver y alzaron la tapa de la caja y se quedaron embelesadas por la visión del cachorro que las miraba asustado, dudando de sus intenciones.
- ¿Cómo se llamará, mamita?- me preguntó Muriel.
- Pues... Blondie.
- ¿Por qué Blondie?- protestó Noelia.- Podríamos llamarla Juan Jacobo.
- Fíjate en su pelo. Es rubio. Y es hembra. Blondie me parece un nombre muy acertado para una perrita.
- ¿Le gustará a Aina, mamá?
- Claro que sí.
- ¿Cuándo vendrá?
- No creo que tarde. Yo ya me tengo que ir.
- ¿Por qué no podemos ir nunca contigo al teatro?
- Cuando seáis más mayores. Y no es el teatro, es la ópera. 
Se llevaron a Blondie en brazos hacia el jardín y durante un buen rato oí como sus voces infantiles se superponían a los débiles ladridos del cachorro, y yo pasé al vestidor a elegir la ropa que iba a ponerme. Me decidí por unos pantalones y chaqueta de lino color hueso, una camisa de seda negra discretamente transparente y unos zapatos italianos de medio tacón. No me iba a derrumbar tan fácilmente, y la forma de demostrar mi entereza estaba en aquello tan superficial de elegir el vestido que mejor me sentaría, en salir como si nada hubiera ocurrido, en seguir el ritual de los jueves con la misma precisión que si él estuviera.
Aina, la canguro, llegó con puntualidad a las seis y media. Corrí a abrirle la puerta tratando de disimular mi nerviosismo. La muchacha pasó por mi lado dejando tras ella la estela de buen olor de quien acaba de ducharse y todavía lleva la humedad prendida en el cabello. Vestía con la informalidad de siempre: pantalones ceñidos y muy gastados, una blusa entallada.
- ¿Y los niños?
- Están en el jardín con su nuevo juguete: les he comprado un perrito.
- Estarán encantados. Aunque yo prefiero lo gatos: no son tan babosos ni dependientes - se detuvo para dejar el bolso en el colgador que había en el recibidor y entonces reparó en mi traje.- ¡Caramba! Va muy elegante. Yo no podría ponerme su ropa con mi tipo. ¡Qué suerte ser tan delgada!
- Si tienes un tipito muy mono.
- ¿No cree que estoy algo gruesa? Debería hacer gimnasia, pero me da un palo. Y no comer a deshoras.
- ¡Tonterías! Estás bien. No te fijes en las anoréxicas que están de moda.
Me di cuenta entonces que la ópera para la que había comprado una entrada había dejado de interesarme definitivamente. ¿Qué iba a hacer yo sentada en la platea del teatro, rodeada de parejas, sino sentirme más sola aún? Me apetecía bastante más conversar con Aina, sentarme con ella en los sillones orientados hacia el jardín y hablar de su novio, si lo tenía, o de mi vida un tanto huérfana y extraña desde que Jacobo se fue para no volver porque me acusaba de ser en exceso dependiente de él y una celosa enfermiza.
- ¿Quieres beber alguna cosa, Aina?
Sin esperar su respuesta la empujé suavemente hacia el salón, hablándole de las niñas y de lo dichosas que se habían sentido cuando les había regalado a Blondie.
- ¿Te gusta el cava? ¿Tienes hambre?
Le serví una copa de champán helado y le ofrecía unos canapés de camembert que guardaba en la nevera, cuidadosamente envueltos en papel de plata para que no se resecaran, y comencé a hablar de tonterías, de las nuevas tendencias de la moda que recuperaban el estilo de los años sesenta, de la mujer todopoderosa y del hombre asustado al saberse fuera de juego, y ella me escuchaba con atención, con los gruesos labios húmedos de champán burbujeante, dando cuenta de los canapés con inusitado apetito.
- ¡Están buenísimos! Pero no voy a comer más, porque me engordo hasta con el aire.
- ¡A tus años nadie se engorda! ¿Cuántos son, Aina? ¿Veinte?
- Veintidós- rectificó.
- No nos llevamos tanto- exclamé, sintiéndome inmediatamente ridícula a continuación.- ¿Tienes novio?
- ¿Novio?- se rió abiertamente durante unos instantes.- Paso de hombres. Tampoco se está tan mal sin ellos. ¡Son tan complicados!
No sé en qué instante Aina tuvo la certeza de que aquella vez no iba a cuidar de las niñas, quizás fuera a partir de la tercera copa de champagne. El alcohol nos había relajado. Sentía un leve picor en los labios, una sensación cálida y agradable.
- ¿No tenía que ir a la ópera? ¿A qué hora es la función?
Aina llevaba cuidando de las niñas prácticamente desde que nacieron y, sin embargo, sabía yo muy poco de ella. Había sido testigo de su transformación física, del tránsito de una adolescencia de cuerpo de espárrago y andares desgarbados a la juventud, exultante e insultante, que había redondeado las aristas de su cuerpo hasta hacer de ella la chica atractiva en que se había convertido. Tenía un físico que forzosamente habría de gustar a los hombres tan amantes de las curvas femeninas.
- Podrías tutearme- sugerí, sin responder a su pregunta.
- No sé. Me resulta extraño hacerlo. No me parece una buena idea.
- Pruébalo, por favor.
- De acuerdo. Está bien. Vamos allá.- me miró de forma insolente por debajo del mechón de pelo que le caía sobre la frente y le confería el aspecto de un golfillo de barrio que anda todo el día fumando y jugando al futbolín - ¿Qué te ha ocurrido con Jacobo? ¿Por qué se ha ido?
Estuve a punto de atragantarme, di un sorbo largo a mi copa y reí seguramente como una estúpida mientras el arrebol cubría mis mejillas. 
- Se fue. Paso de hombres. Tampoco se está tan mal sin él - contesté, remedando sus palabras.
En el salón hacía un calor insoportable. El sol reverberaba en la cristalera y ésta actuaba de espejo irradiando sus rayos por la estancia. Un reloj de pared, una pieza de anticuario, repetía los segundos con insistencia. Aina se desabrochó inconscientemente, o quizá lo hizo muy conscientemente, los dos primeros botones de su blusa descubriendo el nacimiento de sus senos separados por un angosto canal de carne. Instintivamente los miré. Yo era muy plana, por eso me quedaba bien cualquier cosa que me ponía, pero ella era exuberante, como una madonna. Me di cuenta de que la estaba mirando del mismo modo que lo hacía Jacobo al abrirle la puerta, cuando venía a hacernos los canguros. “Te la comes con los ojos. No te das cuenta y estás ridículo. Podrías ser su padre, Jacobo”. “La ridícula eres tú, querida, teniendo celos de Aina. Imaginas cosas y es peligroso”. Siempre lo negaba todo, hasta sus historias con las alumnas.
Aina sorprendió mi mirada y me la devolvió, pero yo estaba tan turbada que no era capaz de interpretar si había en ella rechazo o invitación. Podía levantarme y sentarme a su lado, pero sabía que en cuanto lo hiciera me flojearían las piernas, que en cuanto alargara la mano para acariciarla me paralizaría y nunca llegaría a rozar su piel ni a besar sus labios. Durante segundos, eternos por la tensión, subrayados por el reloj de pared, mi indecisión me procuró un indescriptible tormento hasta que Muriel y Noelia irrumpieron en el salón abriendo de golpe la puerta del jardín.
- ¡Mamá, mamá! ¡Blondie se ahogado! ¡Blondie se ha muerto!- gritaron al alimón, entre lágrimas.
Salí al jardín precedida por mis hijas y me aproximé al estanque por el camino de gravilla, y allí estaba Blondie, flotando sobre hojas marchitas, como un muñeco de trapo que nunca hubiera tenido vida. La rescaté del agua con una cierta aversión, la deposité en el suelo y, tratando de calmar el dolor de las niñas, las abracé a ambas y les prometí traerles otra Blondie en cuanto abrieran las tiendas.
- Pero no será la misma, mami – replicaron las dos.
Cuando regresé al salón, Aina había marchado, pero la tapicería de la butaca aún guardaba el calor de su cuerpo y en el aire flotaba el perfume de su piel
fresca. Anduve indecisa, dando pequeños pasos y deteniéndome, descolgué luego el teléfono, marqué su número, pero lo colgué a continuación avergonzada y volví al jardín para ver como las niñas enterraban el cuerpo aún caliente de Blondie con un estricto ceremonial funerario.
- Mamá, ¿le ponemos una cruz?
- Es un perrito, Noelia.
Aina ya no volvió por la casa, ni yo la llamé. Dejé de ir a la ópera los jueves, de comprarme ropa. Pasaba las tardes sentada en la butaca, mirando hacia el jardín, distraída con las correrías de las niñas con su nuevo perrito. No me dejaron ponerle el nombre de Blondie.
LA PELÍCULA

El taiwanés Ang Lee, tras su etapa estadounidense – en donde hubo westerns como Cabalga con el diablo, suntuosas películas de época como la oscarizada Sentido y sensibilidad, fantasías como Hulk, dramas como Brokeback Mountain y La tormenta de hielo, en mi opinión su mejor película, y films de artes marciales como Tigre y dragón - regresa a los temas orientales con Deseo, peligro, título muy ilustrativo de lo que es la película.

Una intriga de espionaje ambientada durante la invasión nipona de China le sirve al realizador de Sentido y sensibilidad para desarrollar este melodrama sensual y romántico en donde las miradas sustituyen muchas veces a las palabras. Wong Chia Chi (Joan Chen), una joven estudiante cuyo padre huyó a Inglaterra un poco antes de que empezara la II Guerra Mundial, es actriz aficionada de una compañía de teatro patriótico de Shangai que se opone a la invasión china y lanza soflamas desde los escenarios. Cuando el grupo de jóvenes estudiantes, liderado por Kuang Yu Min (Wang Leehom), que está enamorado en secreto de la joven actriz, decide pasar a la acción y le encomienda la labor de seducir a un importante colaboracionista de los japoneses, el jefe de policía Yee (Tony Leung), para tenderle una trampa y ejecutarlo, la joven acepta el encargo sin vacilar, pero entre el chino traidor y la muchacha nace una compleja y apasionada relación sexual que acaba en enamoramiento y complica el curso de los acontecimientos.

Organizada alrededor de un largo flash-back, Deseo, peligro rezuma clasicismo por todos los poros de su impecable armazón cinematográfico. Con un arranque, deliberadamente moroso, que enlaza claramente con el cine costumbrista de la etapa taiwanesa de Ang Lee – El banquete de boda, Comer, beber, amar –, las primeras secuencias del film, en las que las esposas de los colaboracionistas chinos, supuestamente ignorantes del comportamiento traidor de sus maridos, juegan al majong con la espía de apariencia inocente, nos sitúan magistralmente en la época, la sociedad y el ambiente en que tiene lugar la historia. Luego, lo que parece una película de espías con trasfondo político se convierte, a partir de un brutal tour de force – la primera y violenta secuencia de sexo entre Tony Leung y la virginal Joan Chen – en una historia de pasión incontrolada que hace presagiar su dramático final
Demoledora, difícilmente digerible a la vista, resulta la larga secuencia del asesinato del colaboracionista que perpetra el grupo de actores metidos a subversivos, más sangriento y cruel precisamente por su condición de aficionados y que abona la tesis de los hermanos Coen en Sangre fácil de que a veces cuesta mucho matar, porque se es amateur, y todo resulta mucho peor para la víctima, que sufre más de la cuenta, y el verdugo, que se pone histérico. Y cargadas de una sensualidad extrema, bellamente concebidas y creíbles en su intensidad, resultan todas las escenas de sexo, filmadas como si de un ritual se tratara, que recuerdan por su osadía a las de El imperio de los sentidos de Nagisha Oshima, una sensualidad que Ang Lee traslada al vestuario de sus actrices, a sus elegantes movimientos o a los cruces de miradas impregnadas de deseo de sus protagonistas.

Deseo, peligro, como todo buen cine que se precie, crece luego y se sedimenta cuando la palabra fin aparece en la pantalla y los espectadores abandonan la sala. La película de Ang Lee, bella, dura y sensual, confirma, una vez más, el extraordinario estado de salud del cine que se hace en Oriente: de allí vienen los soplos más frescos que están revolucionando el séptimo arte.
EL APUNTE
Leí, no hace mucho, en algún diario, que la exposición Bodies que tiene lugar en las Atarazanas de Barcelona se surtía de cadáveres chinos, algo que ya sabía, y mayoritariamente ejecutados, algo que ya suponía. Por estética y por ética me niego a ver semejante infamia que me recuerda a LOS CRÍMENES DEL MUSEO DE CERA. El éxito de estas exposiciones, los millones de espectadores que tienen en el mundo, puede acelerar el ritmo imparable de las ejecuciones en China, país al que se mira con parámetros muy distintos de los que se utilizan con, por ejemplo, Cuba, quizá porque China es un gigante económico y esto le dé patente de corso para conculcar los derechos humanos. Es conocido que China, en base a los miles de ejecutados a la pena capital - es el país que más asesinatos legales comete -, tiene un floreciente negocio de venta de órganos que ahora se incrementará con el auge de estas exposiciones. Y además el ejecutado paga el importe de la bala que le manda al otro barrio, para más escarnio, antes de ser descuartizado,vendido y exhibido. Mundo civilizado.EL LARGO ADIÓS
El día empezó con una noticia triste y luctuosa. En algunos diarios un simple apunte en obituarios. Seguro que muchos de los que se acerquen a este blog ni siquiera hayan oído hablar de ella. Ventajas de la edad. Suzanne Pleshette era una actriz delicada y bella que había brillado en unas cuantas buenas películas antes de que su estrella, su edad, se marchitara. Paradigma de lo hollywoodiano y lo humano: lo viejo no interesa, ni gusta. Hay galanes octogenarios que se meten en la cama con jovencitas. Pero no hay septuagenarias que los emulen. A vueltas con el machismo. Hasta en eso. La Pleshette era alta, estilizada, de bonitas piernas, bellos ojos y tierna mirada. La mujer con la que cualquiera soñaría. Una especie de Audrey Hepburn, cuyo parecido era notable, con algunos kilos de más y un poquito menos de sofisticación, cruzada con Jean Simons. La vi en unas cuantas películas. Nevada Smith, con Steve McQueen, Los pájaros de Hitchcoock, Una trompeta lejana con su marido Troy Donahue, Vida sin freno y en la desquiciada comedia Si hoy es martes, esto es Béligica. Luego, el silencio. El olvido. Y acordarme de ella cuando un amigo, que seguro hoy la está llorando, me hablaba de ella como la novia que hubiera querido tener.
domingo, 13 de enero de 2008
EL APUNTE
CUBA EN EL CORAZÓN
oralidad, me dí cuenta enseguida de que el cordón umbilical que unía la madre con el hijo no se había roto ni se iba a romper nunca. Emborrachado de aquella luz del Caribe, del son cubano, del aroma del ron, regresé a mi país grisáceo. Tuve la suerte, al año siguiente, en la Semana Negra gijonesa, de conocer a tres grandes amigos cubanos y maravillosos escritores: Justo Vasco, Amir Valle y Lorenzo Lunar. El primero marchó de viaje antes de tiempo, su muerte fue un cruel zarpazo para todos los que lo admirábamos. Con los otros dos me carteo, me hablo y, hasta a veces, intento bailar. El fruto literario de toda esta devoción fue ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRÍGUEZ PACHÓN, dedicada a ese trío buenos escritores, mi homenaje literario a una ciudad que es difícil no amar: La Habana.
conocí. Dos relatos del musical escritor Lorenzo Lunar, cuya prosa se ha de leer bailando. Un capítulo de mi novela ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRÍGUEZ PACHÓN. Dos reportajes de viajes sobre Cuba que publiqué en la revista DT. Y dos billetes sobre la isla que salieron en El Periódico hace unos años. Una muestra de ese cariño mutuo entre la isla y la metrópoli que siempre existió. El hijo quiere a la madre, pero la madre está enamorada del hijo.LA PRIMICIA
AMIR VALLEEscritor, Ensayista, Crítico Literario y Periodista. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). Ha obtenido los más importantes premios literarios del país, destacándose en los últimos años el Premio Nacional Razón de Ser de Novela 1999, el Premio Nacional José Soler Puig de Novela 1999 y el Premio Nacional La Llama Doble de Novela Erótica 2000.
Ha obtenido importantes premios literarios en República Dominicana, Colombia, México y Alemania en los géneros de cuento, novela y ensayo y ha sido finalista del Premio Literario Casa de las Américas en tres ocasiones: en cuento (1994) y en testimonio (1997 y 1999).
Ha publicado los libros Tiempo en cueros (Cuentos, Cuba 1988), Yo soy el malo (Cuentos, Cuba 1989), En el nombre de Dios (Testimonio, Cuba 1990), Quiénes narran en Cienfuegos (Ensayo, Cuba 1993), Ese universo de la soledad americana (Ensayos, Colombia , 1998), Ciudad Jamás perdida (Novela, Suecia, 1998, traducida al sueco), La danza alucinada del suicida (Cuentos, Cuba, 1999), el libro de testimonio Con Dios en el camino (Siria, 2000, traducida al árabe), Manuscritos del muerto (Cuentos, Cuba 2000), Brevísimas demencias: la narrativa cubana de los 90 (Ensayos, Cuba 2001), Las puertas de la noche (Novela, España, 2001 y Puerto Rico, 2002), Si Cristo te desnuda (Novela, Cuba, 200, España, 2002) y Muchacha azul bajo la lluvia (Novela, Cuba, 2001).
Tiene en proceso editorial en Canadá, traducida al francés, su novela Si Cristo te desnuda. Su novela Las puertas de la noche verá la luz en Italia este año. En la actualidad sus novelas Si Cristo te desnuda y Muchacha azul bajo la lluvia han sido publicadas en formato ebooks por la editorial electrónica Novalibro.com, de España, y próximamente saldrá su ebook Brevísimas Demencias: la narrativa cubana de los años 90.
Como crítico ha seleccionado y prologado las antologías Los muchachos se divierten, El ojo de la noche (de narrativa femenina cubana de los años 90, 2000), Otras brevísimas demencias. El cuento latinoamericano de los años 90 (de próxima aparición por la Editorial José Martí, de Cuba), Dios y el Diablo en la tierra del sol (del cuento cubano de los 90) que aparecerá en el 2002 en Uruguay, Té con limón (de cuento erótico escrito por mujeres) y Caminos de Eva (del cuento corto cubano escrito por mujeres), que se publicará por la editorial Plaza Mayor de Puerto Rico.
Cuentos suyos han sido publicados en numerosas antologías y revistas en Cuba y países como España, Francia, Portugal, Italia, Colombia, México, Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Argentina, Uruguay y Chile. Ha participado en calidad de jurado en los más importantes concursos y eventos literarios del país. Ha sido invitado e impartido conferencias en universidades e instituciones culturales de Cuba, España, México, Puerto Rico, República Dominicana, Argentina y Brasil. Durante dos años fue Director de la Revista Electrónica Letras en Cuba, así como del Boletín Internacional de Noticias A título personal.
La mierda se empozaba entre los muslos flacos y pellejudos del viejo. De nalgas hacia la puerta, bocabajo en el piso, desnudo y con los brazos abiertos en cruz, Delmiro Lacoste tenía la rara semejanza al cuero ennegrecido, viejo y reseco, de una bestia muerta.
Hedía a muerte. Al rancio olor de la muerte. Una babaza pegajosa, incómoda, que se le metía siempre por la nariz, sin que pudiera evitarlo, desde aquella tarde, más de diez años atrás, en que tuvo que enfrentarse a esa porquería desechable en que la muerte violenta convertía a los hombres; un hedor que la seguiría a todas partes, por mucho que intentara desterrarlo, y que llegaría a enloquecerla y la tiraría de cabeza a esos días en que la rabia se le mezclaba con el ácido acumulado en todos los años que guardaban sus huesos y que la convertían en el centro de críticas de todo el solar: “cojones, Agustina, ni se te puede mirar”, dirían algunos.
Diez años atrás, bien lo recuerda. Aunque el cadáver de Nacho en nada se pareciera a ese Delmiro muerto que todavía observa desde la puerta del cuarto, tapándose la nariz para evitar las cuchilladas asqueantes del hedor, sin atinar siquiera a gritar: “¡coño, se jodió Delmiro!”, para que los demás la oyeran. Nada semejante. A Nacho el corazón se le partió en tres pedazos, según dijo el médico, y a Delmiro lo han matado, de eso no tiene dudas: puede ver el cuchillo. O la punta del cuchillo grande de pelar llamas que un marinero amigo le trajo de la pampa argentina y que Delmiro anduvo mostrándoles, orgulloso, a todos en el solar. Una punta afiladísima que ha roto el pellejo de la espalda y seguro se nota más porque el cuerpo oprimió el mango que debieron clavarle justo en el pecho.
La sangre se ha mezclado con la mierda, con el orine; y aunque siempre se ha preguntado qué es primero: la sangre, el orine o la mierda, del mismo modo que alguien se preguntaría qué fue lo primero: el huevo o la gallina, percibe un idéntico hedor al de esas otras cinco muertes que sus ojos han presenciado en aquel tugurio desde esa madrugada de 1950 en que su padre y su madre llegaron de Placetas para ocupar el mismo cuartucho desvencijado y en ruinas donde ha vivido todos esos años.-- Cinco muertes, Augusta – se dice. Y descubre que otra vez se habla a sí misma como lo hacía su padre, con su verdadero nombre, y no con ese Agustina, simplón aunque casi siempre cariñoso, con el que a ella se dirigen los vecinos.
¿Cuándo llegaría su hora? Tenía ochenta años y viviría unos cuantos, lo sabe. ¿Qué haría primero? ¿Se cagaría? ¿Se orinaría? “Una vergüenza, Augusta, como quiera es una vergüenza”, piensa, y una curiosidad morbosa la obliga a destaparse la nariz. A oler. Como si algo escondido, siniestro, en su cerebro, le ordenara aprender ya ese hedor que también va a cubrirla alguna vez.
Respira profundo. Respira y se asquea. Se sujeta al marco y una ola hirviente, ácida, como la lava de un volcán, indetenible y asfixiante, le sube desde el estomago y la hace arquearse.
Vomita, amarillento y grumoso, todo el aliento de esa muerte que flotaba junto al cadáver de Delmiro y que ella ha tragado. Se limpia la boca con el dorso de su mano blanca y de dedos huesudos y arrugados, manchada sólo por esos lunares de vieja que llevan años brotando en su piel, también ajada, y le da la espalda a la puerta del cuarto justo cuando se acercan los primeros vecinos.
-- A Delmiro lo mataron – dice.
1Le gusta el culo pecoso y celulítico de Lana Raul. “Has gozado como una yegua”, le dice, y la ve sonreír, adormilada, putona, satisfecha, con una sonrisa de bestezuela domada que nada tiene que ver con esa pose desafiante y altanera que le había visto allá, en Cuba, cuando la sacaban, siempre para hacerla talco, en los vídeos copiados de la CNN, durante las mesas redondas de la tele.
“Pero tiene cara de gozadora”, pensaba entonces, imaginando que ese temperamento tan explosivo, esa irascible manera de casi comerse el micrófono mientras vociferaba insultos contra los castristas de la isla y del exilio, le daría un goce fabuloso, casi celestial, si en vez del negro micrófono utilizara su glande. “Es una locota”, pensaba. Y la primera vez que la tuvo desnuda en una suite del Hotel Waldorf Towers, frente al mar, allí en Miami, ensartada durante casi una hora, hasta hacerla llorar, gritando como una mujer cualquiera, despojada de todas sus poses y sus guardaespaldas y su poder, se lo repitió en voz baja: “es una gozadora, Lázaro, nunca te equivocas”.
La ve removerse en la cama y volverse para abrazar la almohada, en un gesto aniñado, luego de taparse con la sábana, dejando fuera, sin querer, una de sus nalgas. Observa el nacimiento de los muslos, la curvatura sensual de la nalga que se pierde en ese lugar de la entrepierna que él ha torturado a pura fuerza de cadera, hundiendo en el vientre de la senadora eso que ella llamó, minutos antes, “tu lanzote africano”. Hace frío en New York. O no sabe. No logra precisar si ese frío que se le mete en el estómago, que presiona con unos dedos helados justo sobre sus caderas, se debe a esa nieve lenta, sucia y monótona que cayó en la madrugada o al deseo que siente de convertir de nuevo “a esta cabrona” en una perra ruina, gozadora, que le saca los jugos y lo corona de pronto como el dueño del destino de todos los cubanos de la isla. Así lo ha dicho: “¿Quién me iba a decir que tendría a un negro cubano de amante?”, para que él respondiera: “un cubano, Lana, que eso de negro me suena a desprecio, y bien que gozas cuando la tienes hasta el cuello”, y hacerla sonreír, domesticada, femenina.
-- ¿Sabes que cuando me haces “eso” te conviertes en el dueño del futuro en Cuba? – le escuchó decir, y el sonrió, aunque, no sabe porqué, con tristeza, de nuevo con ese amargo sabor de la nostalgia metido entre su corazón y su sonrisa.
Ella le había hablado de Tudor City. Y allí estaban. “No puedo mostrarme en hoteles contigo, ¿lo entiendes?; es cuestión de imagen”, le dijo cuando anunció que lo traería a Nueva York, que estaba harta de la complicación de tener que esconderse, escabullirse de las reuniones con los políticos de Miami, pasar horas oyendo sus rabias contra Castro sin atenderlos siquiera, sólo pensando en el momento “en que esto”, y le amasó el bulto bajo el calzoncillo, “me lanzara a volar como un cohete de la NASA”.Estaba enamorada. Lo sabía. Lázaro se jactaba de ello ante sus socios del Biltmore Hotel, y en cuanto se vio alojado en aquel apartamento del residencial Privado Tudor City, levantó el teléfono y llamó. “Biltmore Hotel”, respondió una voz que intentaba ser americana del otro lado de la línea. “Oye, Jacinto, soy yo, comemierda”, soltó y pudo oír cuando su amigo, otro cubano de los tantos que ocupaban trabajos de telefonistas y carpeteros en Miami, le susurraba a alguien cercano: “coge la otra línea, Bárbaro, es Lazarito”.
Hablaron un buen rato. Habían compartido casi todo desde que se conocieron en el Centro de Atención a Refugiados, apenas a unas pocas horas de que a él lo recogiera la policía costera mientras gritaba: “¡fíjense, no me jodan, tengo los pies clavados en al arena!, ¡me tienen que dejar entrar!” y que a Jacinto y Bárbaro los rescatara una avioneta guardafronteras en Cayo Marquesas. Salieron de allí convertidos en hermanos. Y durante un par de años decidieron dividir el pago de un alquiler, las facturas mensuales para la comida que Jacinto, excelente cocinero, preparaba, y siguen pensando que ese deseo de ayudarse, compartiéndolo todo, hasta los malos sueños que se contaban en las mañanas, fue la causa de que una tarde la suerte llegara y tocara en la puerta de aquel apartamentico de la Avenida 27, vestida de cartero la suerte y con cara de Ezequiel, otro latino al cual nadie le acababa de adivinar la nacionalidad porque el muy cabrón cambiaba de acento y mezclaba las palabras típicas de cualquier paisito de América: “Lazarito, ponéte las pilas, hermano”, dijo, “en el Biltmore están buscando negritos jóvenes que sepan pikingli”. “¿Pinkingli, bróder? ¿Qué coño es eso, asere?”, porque no había entendido ni un carajo. “Piki Ingle, cuate”, contestó Ezequiel separando las palabras, “hablar en ingles, ché, ¿entendés ahora?”.
Allí lo conoció Lana. Su trabajo era leer en inglés a algunas señoronas que iban a darse masaje al hotel. Casi siempre revistas. O libros. Novelones de amor de una tal Corín Tellado que también las viejas leían mucho en Cuba. Pura bazofia. Un día se dijo que buscaría un buen libro que las conmoviera, que les estirara las arrugas mejor que esas cremas y esos coloretes que usaban, que les recogiera del placer sus tetas pellejudas que ya andaban conversando con las rodillas; un libro que las haría soñar con jovencitos bonitos mil veces más que la Corín Tellado esa, pero desistió luego de buscar entre sus amigos, porque no podía darse el lujo de pagar por un libro aunque fuera para ganarse a una de aquellas momias adineradas: un libro de Vargas Vila en las librerías de Miami no bajaba de los 20 dólares.
Lana entró una tarde en un shorcito tan apretado que se le salían los dos cachetes de las nalgas. “Está buena la muy puta”, se dijo, mirando primero que todo aquellas tetas paraditas y el triángulo grande que le marcaba el short entre los muslos. “Si su billetera está tan abultada como eso…”, pensó, y al levantar los ojos hacia la cara de la mujer, que acomodaba la toalla sobre la mesa de masaje, quedó tieso, casi una estatua: “Es la senadora, Lazarito”, masculló, y ella logró escucharlo. “Sí, muchacho”, contestó, mirándolo de la cabeza a los pies, con una cara donde Lázaro descubrió la lujuria, “soy Lana Raul, la senadora”, terminó de decir.Se propuso esmerarse en la lectura. Algo se lo decía: “Lúcete, Lazarito”, y de golpe se le metieron en la cabeza los recuerdos de las clases de inglés que le dio en La Habana el gordo Daniel, traductor oficial del Instituto del Libro, y las formas en que le enseñó debían pronunciarse las vocales y las frases, el modo de entonación adecuada; cosas que luego le serían útiles en esos años en que se ganó la vida proponiéndole a los turistas ron o música o tabaco, en un perfecto inglés, apenas con acento.
-- ¿Dónde aprendiste inglés, muchacho? – le escuchó preguntar a la senadora mientras se colocaba la toalla alrededor del cuello.
-- En La Habana – respondió, nervioso.
-- ¡Ah!, cubanito el muchacho – dijo ella, y él sintió otra vez el dardo caliente de la lujuria.
-- Sí, cubano – logró decir, y no sabe porqué con un raro orgullo.
Ella se le acercó, retadora, mirándolo a los ojos, y él pudo sentir la mano de la mujer amasándole la portañuela del uniforme.
-- Es verdad – le oyó decir, todavía tieso, sin atinar a nada, mientras la veía alejarse, sonriendo --. Puedo palpar bien cuando un cubano es de raza.
Varios meses después volvió a encontrarla, esta vez en una velada que hacían los miembros de la Fundación en uno de los restaurantes del hotel. Todavía agradece a la Fundación Nacional Cubano Americana el cambio que dio su vida. De ciento ochenta grados. De convencerse de la necesidad de pagar diez dólares por una rápida revolcada a las putas jamaiquinas más baratas y sucias al goce de unas cuantas horas en un buen hotel ensartando a una mujer ricachona y limpia como la senadora. De estar rifándose con Jacinto y Bárbaro cada semana la única cama del apartamento que compartían a no saber qué hacer para que el tiempo no lo aplastara de aburrimiento en el apartamento que Lana le regaló en el barrio residencial Hollywood, allá, en Miami. De estar contando los dineros, centavo a centavo, para poder mandar cien dólares mensuales a su padre Delmiro en Centro Habana a la facilidad de poder enviar por la Western Union trescientos dólares cada vez que el viejo lo necesitara. De tener que caminar largas cuadras para ir al hotel Biltmore donde trabajaba a montarse en su Audi del año y manejar hasta South Beach, su lugar preferido para tomar baños de sol y hundirse en las aguas de ese mar que también bañaba la Cuba de su nostalgia.Supo que aquel nuevo encuentro sería decisivo. “Se lo vi a la muy puta en los ojos”, le contaría a sus amigos días después. Y por eso no sólo se dejó guiar hacia una habitación, luego de la seña que ella le hizo desde una de las mesas segundos antes de anunciar “regreso en unos minutos, Lorenz”, para recibir la sonrisa de ese mismo Dorian-Balz tan maldecido en Cuba. Tomó la iniciativa. Fue él quien le quitó la blusa, besándola, la empujó, semidesnuda, hacia la cama, y la penetró con un golpe de cintura que la hizo gritar: “¡así no, animal!”, “¡así sí!”, cortó él, “¿no querías saber si yo era cubano?”, para torpedearla larga y duramente hasta sentirla vaciarse y decir: “ya, ya, muchacho”.
“Nunca la habían clavado así”, se dijo esa tarde, mientras la veía vestirse, arreglarse el peinado frente al espejo del baño, intentar plancharse el vestido con las manos, y todavía no puede explicar si fue el machismo o el simple placer de haberla hecho gozar como nunca o la alegría de haber cumplido el sueño que tenía en Cuba de revolcarse con la flamante senadora que veía en la pantalla de la tele, lo que le hizo hervir la sangre cuando ella sacó tres billetes de cien dólares y los tiró sobre la cama.
Le soltó una galleta que la tiró al piso, cerca de la chimenea. Ella abrió los ojos, asustada, con una mano en la cara, llorosa como cualquier mujer, y él pensó en apenas segundos que toda su vida se había ido a la mierda con aquel golpe. Pero no dejó de gritarle. Tenía que soltar esas palabras que daban vueltas en su cabeza, aunque fuera sólo por orgullo.
-- No soy una prostituta – gritó al fin.
Y le pasó por el lado, abrió la puerta y la tiró a sus espaldas. Vino a darse cuenta de sus actos cuando estuvo en la carpeta y la ya normal sonrisa de grandes dientes de Bárbaro lo saco de aquel marasmo: “te ves cansado, fiera, ¿en qué coño andabas?
Pero allí la tiene. No imaginó que regresaría. Pero regresó. Lo mandó a buscar esa misma noche con un chofer que debía ser de toda su confianza, quizás alguien con quien ya se había cansado de revolcarse, porque el hombre le dijo: “la señora Lana quiere verlo”, así, secamente, como una orden, y aunque se pasó todo el camino despidiéndose del mundo y hasta rezó algo semejante a lo que creía un padrenuestro por su alma, fue recibido en el hotel Waldorf Towers como un cliente importante, conducido por un botones hacia la habitación del tercer piso donde ella lo esperaba, ya desnuda: “si no lo haces por dinero”, la escuchó decir, “entonces hazme el amor”. Y se lo hizo.
Igual que hace un rato, volcándola a todas las posiciones prohibidas por el pragmatismo sexual de un macho yanqui, “aburridos y egoístas”, como decía Marcela, una empresaria mexicana que se acostaba con él de vez en cuando, “para recordar lo que es un macho latino”, le susurraba mientras lo hacían. O como todos esos días de frío en que la ha visto llegar al apartamento, quizás buscando ese calor que le falta a la ciudad allá afuera, o quizás para aliviar la tensión de estar “guerreando con esos hijoeputas que quieren que gane el estúpido de Kerry”, había dicho ella, no recuerda, el segundo o el tercero de los días, bocarriba en la cama, sin poderse levantar luego de una de las más largas revolcadas que se habían dado desde que se conocían.Necesitaba uno de esos extras. Lanzarla con una buena ensartada más allá de la estación espacial MIR, si es que todavía existía. Convencerla de que debía hacer lo que él quisiera, lo que él le pidiera, si quería conservar aquel machito cubano que le vaciaba los jugos como ningún hombre lo había hecho jamás. Cuestión de vida o muerte. La llamada de su hermano Fabricio desde Cuba lo traía confundido.
-- Se nos partió el viejo, mi herma – dijo su voz del otro lado del mar. Y no quiso creerlo.
-- ¡Qué mierda tú hablas, Fabricio! – soltó.
-- ¡Que nos mataron al viejo, coño! – gritó entonces su hermano, y luego de un silencio inicial, largo, lloroso, y de intercambiar frases, palabras, exabruptos que ya ni recuerda de tanta confusión, pudo escuchar algo que alguien le había dicho a Fabricio.
-- Eso es un disparate, Fabricio. ¿De dónde coño sacas eso?
-- Por eso te llamo, Lázaro – y su voz era ya más calmada, aunque todavía gangosa por el llanto --. Tú sabes que Haroldo no es chismoso. Y él jura por sus hijos que esa orden vino de allá, de los maricones de la Fundación.
Si era cierto, Lana era la llave. Y él lo averiguaría. Si era verdad que la orden de matar al viejo había salido de la mismísima Fundación Nacional Cubano Americana, como le juraba Haroldo, que en verdad nunca nadie había oído mentir, él daría con el culpable. Aunque tuviera que convertirse en el Magíster de los Folladores, en el Bill Gates de la Folladera, en el más grande de todos los asesinos vaciadores de mujeres: Jack El Gran Follador. Aunque tuviera que partir en dos, a rabazo limpio, a esa senadora desnuda que ahora dormía plácidamente en la cama.
EL RELATO
(Santa Clara, Cuba, 1958). Narrador y crítico. Ha publicado los libros El último aliento (cuentos, 1995), Échame a mí la culpa (novela, 1999), Cuesta abajo (novela, 2002), Que en vez de infierno encuentres gloria (novela, 2003) y De dos pingüé (novela, 2004). Ganador de premios nacionales e internacionales, con su obra Que en vez de infierno encuentres gloria obtuvo los premios de la crítica NOVELPOL y Brigada 21, así como la Primera Mención del Premio Hammett, concedidos a la mejor novela negra publicada en lengua española durante el 2003. En 2005 gana uno de los premios del concurso Hucha de Oro, en España, por su relato "Es muy fácil", y el Premio de Novela Plaza Mayor, por su libro Polvo en el viento. Sus dos últimas novelas son La vida es un tango y Usted es la culpable.
Lorenzo Lunar
"ESTAMOS CONSTRUYENDO EL HOMBRE NUEVO". La frase se había convertido en un lugar común. Estaba en los discursos oficiales, en los planes de desarrollo estatales a corto y largo plazo, en las vallas de las carreteras, en los murales de las fábricas, en las paredes de las escuelas. En las conciencias y las esperanzas de toda la gente.
René Vargas no era cojo de nacimiento. Eso lo salvaba, al decir de Cundo, el viejo de la esquina, de ser un hijoeputa. René se buscaba la vida vendiendo carne de puerco en La Plaza del Mercado y aunque su nombre iba de boca en boca por todo el barrio a causa de sus mañas en la balanza, él vivía con la conciencia tranquila: No era un hijoeputa, quizás tuviera sus defectos, como todo mortal, pero no era un hijoeputa.
René había perdido su pierna izquierda en La Guerra. Una mina le explotó encima de la rodilla cuando cumplía misiones en el batallón de zapadores en el cual había sido incluido unos meses antes de llegar allá.
En realidad René no era zapador ni mucho menos. En su batallón de las milicias practicaba con los artilleros (lo habían entrenado en hacer ejercicios de puntería con una escopeta de palo con mirilla hecha de un pedacito de aluminio rajado al medio, y un comemierda que le corregía la triangulación mientras bostezaba). Eso en las milicias. En el Ejército René había sido telegrafista, pero como la planta de comunicaciones de su Unidad siempre estuvo rota, se hizo famoso por templar yeguas en los campos cercanos.
Cuando René perdió su pierna todavía era Teniente. Luego fue ascendido a Capitán de la reserva. Los muchachos del barrio acostumbraban a gritarle "Capitán Muleta" al regreso de la guerra.

René Vargas nunca se consideró un hijoeputa. Aunque mirara con envidia correr a los deportistas que atravesaban la Plaza del Mercado, sudorosos en medio de su entrenamiento. Es cierto que era envidia, pero una envidia sana. Ellos preparaban su vigor para enfrentar al enemigo en una nueva modalidad de la Guerra.
"El honor de la patria está en tus piernas", rezaba un cartel al fondo de la plaza, justo a la entrada del Centro de Entrenamiento, y las piernas del Campeón, enfundadas en un vistoso par de zapatillas importadas, parecían avanzar, firmes y a toda carrera, hacia el futuro. Cuando los ojos de René se encontraban con aquella imagen, justo frente al kiosco en la Plaza del Mercado, sentía aquella sensación de sana envidia. Entonces bajaba la vista, y empuñando firmemente el cuchillo rebanaba, con innegable profesionalidad, la pierna de cerdo, convirtiéndola en blandos y jugosos bistecs.
Elpidio Hernández nunca comprendió bien el sentido de su misión. Era del pelotón de rescate. Cuando le dijeron que iba a pertenecer a ese pelotón, dos días antes de embarcarse con rumbo a la Guerra, Elpidio se sintió repleto de orgullo. Ese, a lo mejor, era el sueño de su vida.
Elpidio no estaba, a los veinticinco años, muy claro de qué rayos era un sueño. Seguro estaba de que toda la vida había soñado, pero en ese momento ya los sueños comenzaban a perdérsele entre sueños. La palabra "rescate", sin embargo, le pareció familiar y hasta pensó que soñaba con una peculiar aventura en la que el Mayor Elpidio Hernández, al mando de una breve columna de caballería, rescataba del enemigo a un compañero de armas, también de alta graduación.
Elpidio salió de aquella oficina saboreando entre sus labios el sonido de la palabra "rescate" y si no logró soñar con ella en la noche fue porque se la pasó toda desvelado por la impaciencia de llegar a la Guerra y dejar sus legendarias aventuras escritas para la historia.
Sin embargo, en la contienda Elpidio jamás tuvo la oportunidad de rescatar a un compañero. Es cierto que no era Mayor y quizás ese tipo de misiones le correspondía a oficiales de un alto rango. Elpidio solamente era cabo.
Elpidio pasó toda la guerra rescatando los miembros mutilados de sus compañeros que quedaban desperdigados por el campo de batalla.
Cuando las nubes de polvo dejadas por los obuses comenzaban a disiparse, cuando ya un ejército se había marchado vencedor y el otro vencido, cada cual a preparar una nueva escaramuza, Elpidio salía al campo de batalla. Saco al hombro iba recogiendo los miembros mutilados de sus compañeros. En la compañía le llamaban "Cabo Aura Tiñosa".
La tarea de Elpidio, aparentemente sencilla a la vista de los demás que se burlaban de él, tenía sus peculiaridades: Debía escoger los miembros que estuvieran en buen estado, de nada servía una mano con los dedos rotos, o un ojo reventado. Sin embargo, un pulgar redondo y sin callos podía ser una pieza de lujo. Elpidio limpiaba cuidadosamente con una esponja la parte seleccionada, la metía dentro de un nailon desinfectado y luego en una caja con hielo seco. Al cerrar la caja debía pegar en su parte superior un modelo con los datos técnicos de la pieza, por ejemplo: PIERNA IZQUIERDA CON PIE SIETE Y MEDIO, RÓTULA EN MAL ESTADO, TIBIA Y PERONÉ PERFECTOS, SIN FRACTURA, PIEL BLANCA, APROXIMADAMENTE TREINTA AÑOS.
Elpidio no conoció a René en la Guerra. Sólo conoció su pierna izquierda, pero nunca supo que era la pierna de René Vargas. De todas maneras a Elpidio, que se había convertido en todo un profesional de su oficio, le pareció una buena pierna izquierda.Elpidio conoció a pocos compañeros en la Guerra. En el Campamento lo rechazaban como ave de rapiña. Decían que siempre olía a sangre podrida, y no era mentira. Pero Elpidio tenía muy buen corazón. Una tarde, cumpliendo con su deber, encontró en el campo de batalla a un compatriota moribundo. Tenía el abdomen abierto por una esquirla de metralla. Las piernas eran un amasijo de carne machucada y huesos rotos. Aquel muchacho iba a morir. Elpidio le hizo una inspección técnica completa. Los testículos reventados, las manos trituradas imploraban temblorosas. "No me dejes aquí", logró decirle el soldado moribundo, para después expirar en medio de un suspiro que se le escapó por el orificio que le atravesaba el gaznate. Entonces Elpidio reparó en aquella cabeza inmaculada que caía sobre sus rodillas con el último aliento. Cachetes lisos --apenas sin marcas del acné--, unos labios rosados y perfectos, la frente blanca sin un rasguño, el cabello como acabado de peinar, con la raya partida a la izquierda y embarrado de brillantina como era moda en La Patria. Elpidio tomó el cuchillo que tenía para esos menesteres, una faca gruesa y acerada, y con un corte certero separó aquella cabeza del desbaratado cuerpo, la limpió cuidadosamente y luego empaquetó. Entonces sonrió feliz de haber cumplido con el último deseo de aquel compatriota. Mayor fue su alegría cuando recibió felicitaciones directamente desde La Patria por la calidad de su trabajo, especialmente por aquella cabeza perfecta del joven combatiente. Elpidio fue propuesto para un ascenso a sargento. Propuesto, porque entonces se terminó la Guerra y lo trajeron de regreso a La Patria.
Cuando Elpidio perdió su brazo izquierdo en el sinfín de la carpintería donde trabajaba horas extras al regreso de la Guerra, soñando alcanzar la distinción de Vanguardia Nacional de La Producción, no sintió mucho dolor. Un calor le subió por el codo hasta el hombro, instintivamente puso su mano derecha en el brazo y sintió un líquido tibio que se le escapaba entre los dedos. Al mirar al suelo vio el brazo saltando en medio del charco de sangre. "Es una lástima que se pierda", pensaba durante el viaje hacia el hospital en la ambulancia, "es una buena pieza".
"ESTAMOS CONSTRUYENDO EL HOMBRE NUEVO", así decía el cartel que estaba a la entrada del Hospital.
Cuando el doctor Miguel Oliva pasaba junto a la puerta principal no podía evitar una crisis de orgullo al leerlo. Respiraba profundo y, con el pecho erguido, seguía directo hacia el Departamento de Investigaciones Secretas en que trabajaba.El doctor Miguel Oliva era el Jefe del Departamento de Investigaciones Secretas de aquel Hospital.
El doctor Miguel Oliva era un tipo torpe. Desde niño fue torpísimo. Cuando cumplió los siete años a alguien se le ocurrió ponerle como apodo "El tractor". Y se le quedó para toda la vida. No podía ser de otra manera.
Como El Tractor era tan torpe no lo querían en ningún juego; con la "quimbumbia" había roto más de tres vitrales en la cuadra, cuando jugaba a la pelota y lograba atrapar un roletazo nadie podía adivinar para dónde tiraría y nunca consiguió bailar un trompo, aunque sí romper varias docenas de ellos. Por eso cuando los demás muchachos jugaban, El Tractor se distraía cazando bichos para luego diseccionarlos. Y no es que no fuera torpe también abriéndole el vientre a lagartijas y ratones, sólo que a nadie le importaba aquello.
Así nació la vocación de El Tractor por la medicina. Y como siempre pudo invertir el tiempo de practicar deportes y enamorar muchachas en estudiar y abrir bichos, al terminar el preuniversitario alcanzó la carrera. Y seis años después ya era médico. Entonces vino el conflicto, ¿qué especialidad ejercería el doctor Miguel Oliva? Como había resultado primer expediente y título de oro, tenía derecho a escoger. ¿Cirujano?, ni pensarlo, nadie se arriesgaría a recibir veinte puntos de sutura por una operación de apendicitis. ¿Ginecología?, ¡ni hablar! ¿Pedriatría?, pobres niños. Cardiología tampoco podía ser con el aval de haber roto más de diez aparatos de electrocardiogramas durante la carrera. Entonces alguien propuso que pasara a trabajar en Investigaciones.
El doctor Miguel Oliva era un hombre confiable. Y un día le dieron "la misión "
El doctor Miguel Oliva era el Jefe del Departamento de Investigaciones Secretas. Trabajaba solo en aquel Departamento. Tenía una misión y se sentía orgulloso. Y preocupado.
El personal del Hospital sintió curiosidad al principio. Ni siquiera El Director estaba autorizado a pasar a la oficina del doctor Miguel Oliva.
Cada cierto tiempo un carro negro y con cristales calobares venía al hospital y un par de Oficiales con espejuelos oscuros, pasaban sin pedir permiso hasta la oficina del doctor Miguel Oliva. Luego se iban, envueltos en el mismo misterio con que habían llegado, sin quitarse los espejuelos oscuros, sin hablar con nadie, en el mismo carro negro de cristales calobares.
También resultaba atractiva la imagen del jorobado. Decía llamarse Igor y siempre venía apretando un paquete contra su pecho, como el más valioso de los tesoros. Nunca le mostró su carnet de identidad al portero. Mucho menos consintió en dejar que revisasen sus bultos. Miraba a la gente con recelo y su ropa olía a sangre podrida.
Los empleados del Hospital armaron leyendas increíbles, pero eso fue solamente al principio, después todo se convirtió en normal a fuerza de cotidiano. Como también era normal ver la figura del doctor Miguel Oliva, de andar torpe y pecho erguido, entrar y salir de su oficina secreta con aquella mezcla de orgullo y preocupación en la mirada.
El doctor Miguel Oliva recibía casi diariamente a Igor. El tullido le entregaba el paquete y se quedaba embobecido mirando la imagen perfecta del hombre que había dibujada en la pared del fondo de la oficina del doctor. Era un hombre desnudo, de musculatura perfecta --tal vez de sexo encogido--, que abría sus brazos hacia todos los puntos desde su privilegiada posición en la pared como centro del universo. Con la vista perdida en el rostro del hombre ideal permanecía Igor durante unos minutos, hasta que el doctor, con un par de palmadas, lo traía a la realidad exigiéndole retirarse.Cuando el doctor Miguel Oliva se quedaba solo en su oficina secreta, abría el paquete y sacaba la pieza. Medía, pesaba, palpaba y después de un grupo de exquisitas pruebas, en las que utilizaba como patrón la imagen del hombre de la pared del fondo, casi siempre acababa por rechazarla.
El doctor Miguel Oliva apenas miró el pedazo de carne humana que Igor puso ante él. Era un tronco escuálido, que mostraba las costillas por debajo de un pellejo escamoso y seco. Un miserable tronco rescatado, quizás, de un vulgar accidente de tránsito. Con desgano lo dejó encima de su mesa de trabajo al tiempo que despedía a Igor con una grosería.
Cuando el infeliz se retiró, el doctor, apesadumbrado, entró al cuarto frío.
"Cada día es mas difícil encontrar algo que sirva", rumió al cerrar la puerta a sus espaldas. Luego se puso un viejo abrigo negro que Igor le regalara alguna vez y se sentó en una silla de aluminio.
Congeladas, sobre una mesa de operaciones, yacían una perfecta pierna izquierda, la inmaculada cabeza de un joven guerrero y un magnífico brazo izquierdo enfundado en una manga de camisa con el distintivo de Vanguardia Provincial de la Producción. Las tres piezas esperando un tronco digno de ellas que las uniera para siempre
El doctor Miguel Oliva, con una sublime mezcla de resignación y optimismo sacó un cigarro del bolsillo del abrigo, lo encendió y comenzó a fumar con la mirada fija en su obra inconclusa. "Algún día será", susurró con el cigarro colgándole de la comisura de los labios.
Su nombre en un cartel
Fue un puntazo frío. Con música de fondo. En un callejón oscuro de la ciudad. Los fuegos artificiales a lo lejos, como el ritmo de la orquesta. El corito: "Menea, menea, menea tus caderas, María..."
El rostro descompuesto, el cigarro colgándole de la comisura de los labios, el olor a sudor mezclado con cerveza. "Coge pa´ que aprendas a ser hombrecito". Un punzonazo en el abdomen, unos centímetros a la derecha y encima del ombligo. Eso debió sentir Eusebio. Después, la muerte.
El cuerpo lo encontraron al amanecer. En medio del charco de sangre coagulada. Una mano (los dedos rígidos) intentando aferrarse a la pared. Última expresión de la agonía. Y la frase (la palabra, el nombre de mujer) escrita con sangre en el muro: MARÍA.
La idea de escribir este cuento nació de una conversación con Alexis. Alexis es policía y quiere escribir literatura negra. Tomábamos café y yo trataba de explicarle lo que busco al escribir una historia policial. "No es el criminal lo que más le interesa al escritor, negro, esa es la diferencia con el policía. El escritor investiga dentro del hombre y el policía se queda en las acciones exteriores. Cuando descubre al culpable el caso se cierra. ¿Te has puesto a pensar cuántos misterios quedan dando vueltas en torno a un crimen cualquiera después de descubierto el culpable?" Entonces se me ocurrió ponerle el ejemplo del asesinato de Eusebio.
"Al asesino no costó trabajo encontrarlo, él mismo se entregó. El móvil, de lo más verosímil en una ciudad como esta: un simple cigarro que Eusebio le había negado por la tarde. El intercambio de palabras que se convirtió en amenaza y la sentencia pública de muerte ejecutada casi de inmediato. Sin embargo, hay un misterio: el cartel. El nombre de María escrito con sangre en la pared. Eso, como mismo impresionó a todos durante los primeros minutos y hasta fue considerado por la policía una pista importante, luego quedó como simple escenografía del lugar de los hechos, nada más."Alexis conocía el caso de Eusebio tan bien o mejor que yo. "María es la ex novia", dijo como si eso fuera una explicación. Yo le sonreí con aire de superioridad y le dije:
-- Lo que pasa es que ustedes los policías no saben nada de análisis de texto, negro.
Ese asunto de la superación profesional es algo muy importante. Digamos que uno, con el pretexto de un post-grado de Técnicas de la Narrativa, se coge un mes fuera de la jodienda de la Editorial y este libro que está para meterlo en imprenta, y aquel que hay que terminar de corregir, y el otro que tienes que discutir con el autor porque al jefe le parece un poco violenta aquella frase en la que se refiere por igual al Partido y a la Iglesia Católica.
En realidad, el post-grado es un vacilón porque lo imparte una filóloga que, para hacerle honor a su título, es rubia y tiene buenas nalgas. Son apenas dos horas de la mañana, el resto del tiempo queda libre incluso para escribir un cuento --quizás este cuento. Y lo más importante: uno se pertrecha de cierto vocabulario técnico que permite luego sorprender a las profesoras de humanidades, impresionar a las estudiantes de letras y deslumbrar a las chiquillas existencialistas que frecuentan el Club Paradiso.

El trabajo final que nos orientó la rubia completó la idea de este cuento: Análisis narratológico de un texto. Agustín me dijo con su habitual picardía que a su trabajo lo iba a titular "Breve disección de un textículo". "Voy a hacer el análisis del cuento El dinosaurio, de Augusto Monterroso". "Yo voy a analizar un texto más breve que ese", le dije.
Teniendo en cuenta que durante los últimos tres años de su vida Eusebio tenía como norma emborracharse, hablar mal del gobierno y visitar el Taller Literario de la Casa de la Cultura, podemos otorgarle el título --post mortem-- de escritor. Así pues, aquel nombre de mujer escrito con sangre en la pared puede considerarse su última obra literaria. (El asunto no es compartir o no una tesis, sino utilizarla para un fin determinado. En uno de sus últimos ensayos, el poeta Alberto Sicilia trata de explicar cómo la intención, la pose y hasta la impostura del autor son factores determinantes para demostrar la literaturidad de un texto). Sin dudas un texto brevísimo, más breve que el de Monterroso. Más breve que cualquier otro que haya intentado alguien escribir. Sin título, apenas una palabra, un nombre de mujer.
"El trabajo que presento a continuación es, sencillamente, el análisis narratológico de un texto. Las razones por las cuales he seleccionado este son estrictamente personales, explicarlas no debe aportar nada a quien tenga que emitir una evaluación sobre mis conocimientos. Sobre la cuestión de si es un cuento o no, vale la pena explicar que el texto está indisolublemente ligado al contexto. María, que así es como llamaremos a la obra objeto de análisis, es un cuento en el contexto en que se escribió, y conocer este es lo que nos permite analizarla como tal".Esto podía leerse en la primera hoja de mi trabajo final del postgrado de Técnicas de la Narrativa. Cuando Alexis comenzó a leerlo, sentado frente a mí en la sala de mi casa, intentó una sonrisa tímida. Yo imaginé a la profesora rubia acomodada en su sofá, preparándose para leer. Un cigarrillo en la mano derecha y la música saliendo del tocadiscos.
"Para el estudio literario de cualquier texto narrativo es necesario hacer una serie de abstracciones que permitan el análisis por separado de todas y cada una de las categorías narratológicas que interactúan simultáneamente en el mismo. Es por esto que tomaré la licencia de dividir en dos partes el trabajo: primeramente, el plano ideotemático y, luego, el plano estructural.
"El análisis del plano ideotemático de este texto, como el resto del estudio que de él se hará, tiene el encanto de una investigación policial, y no solamente porque la fábula que nos narra sea una historia negra, marginal, sino porque toda pesquisa científica siempre tiene este matiz.
"María (sobre el título de la obra ya se profundizará cuando se analice el plano estructural), nos cuenta una historia ubicada en el cercano contexto de la Cuba actual, tan cercano que el escenario geográfico es nuestra ciudad (La Ciudad) durante una de las noches del último carnaval (1999).
"Es importante destacar que el autor del texto, Eusebio Ramírez Portal (1964-1999), era natural de La Ciudad. Poeta y narrador, perteneció al taller literario "Leopoldo Ávila" y durante su carrera literaria fue galardonado con diversos premios a nivel municipal y provincial."La historia de María es intensa y llena de sugerencias, con cientos de aristas ocultas que conforman un misterio descifrable solo fuera de ella misma. Este cuento es una vigorosa fotografía que quiebra sus propios límites, que irradia una energía más allá del texto escrito, más allá de la apropiación que el lector haga del argumento.
"Un hombre es apuñaleado una noche de carnaval en una esquina de La Ciudad. Este hombre, en el momento de la muerte, escribe con su propia sangre un nombre en la pared: María. María había sido su novia. ¿Es este el centro de la fábula? Podría tenerse en cuenta también que el asesino, un conocido marginal con antecedentes penales por varias causas, se entregó casi inmediatamente. Que confesó haber matado al hombre porque un rato antes le había negado un cigarro en público. ¿Queda algo más de esta historia? Queda más, mucho más. Lo que ocurre es que la anécdota no está explícita en el texto. Pero puede suponerse la traición de María, el desencanto del hombre que busca la muerte como una bendición (como en los más tremendos boleros) y que la enfrenta, estoico, en una esquina oscura de La Ciudad, una noche de carnaval".
-- Eso lo sabes tú porque vives en La Ciudad y conocías a Eusebio. ¿Tú crees que una persona de Camagüey, por ejemplo, pueda darse cuenta de todo eso con solo leer el nombre de María escrito en la pared? -- Fue la reacción de Alexis.
-- Un lector profano, no. Claro. Acuérdate que estoy haciendo un análisis narratológico de un texto y lo que más abunda por las calles no son gentes que se preocupen por la narratología. De hecho, María es una obra para cierta élite, no es un cuento popular. A pesar de la violencia de la historia, por sus códigos interiores, es un cuento que podría inscribirse, según la división de Arturo Arango, entre los exquisitos: códigos enrevesados distantes del alcance de la media de los lectores, ausencia aparente de la anécdota y oscuridad del superobjetivo. Sin embargo, es posible, si ese lector de Camagüey tiene buena vista y conocimiento sobre análisis de un texto, que se apropie de alguna parte importante de la historia que le permita construir su propio cuento. Eso es la polisemia, ¿no? En definitiva, ¿cuántas cosas querría decir Cervantes en El Quijote que ahora nosotros nos estamos perdiendo simplemente por lo alejados que estamos de aquel contexto?
La filóloga garabateó algo sobre la página tres de mi evaluación final, colocó el cuadernillo sobre la mesita, se puso de pie y caminó hasta el tocadiscos. Nuevamente se hizo la música. Ella prendió otro cigarrillo y de vuelta al sofá continuó la lectura. Ahora sentada."Tema, asunto y argumento; estas categorías generalmente definibles una de las otras, en el texto que nos ocupa se superponen ocultándose como la misma historia. ¿Es María un cuento que tiene como tema la traición? ¿El asunto es cómo puede morir alguien una noche cualquiera de carnaval? ¿Es el argumento ese que expuse anteriormente, o lo referido es solo una parte de él?, ¿o simplemente no es ese?
"La insuficiencia del análisis del plano ideotemático es evidente. Sobre todo cuando se trata de una obra literaria de estas características. Y es que un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal. El resultado es el cuento mismo. Resulta entonces imprescindible el estudio de las categorías internas del texto.
"María es una obra sui géneris. Una sola palabra: MARÍA, escrita (con mayúsculas) sobre una pared. Sin título. Si nos atreviéramos a transcribir el texto sería solamente esto: MARÍA. Obviando, lógicamente, la caligrafía trémula. Sin punto final.
"Hay una cosa cierta. Eusebio no tenía otra pretensión al escribir el nombre de María en la pared que no fuera dejar testimonio de algo. Resulta bastante difícil creer que en el momento de la muerte alguien esté preocupándose por cuestiones estilísticas. Además, su literatura siempre fue así. En los debates literarios generalmente se le criticaba su distanciamiento de lo formal en busca del mensaje. Sin embargo. ¿Cuál es el mensaje del cartel?"Elemento fundamental para dar respuesta a la pregunta anterior es descubrir una nueva superposición de categorías en el texto. Autor, narrador y personaje protagónico son una misma voz. Eusebio se convierte en una triple entelequia. Una triple angustia lo conduce a escribir el nombre de María en la pared en el momento de su muerte.
"A los pocos minutos de encontrar el cadáver, ya una historia andaba en las bocas de las viejas de La Ciudad. "Pobre muchacho, en el momento de la muerte escribió el nombre de su novia en la pared, ¡cuánto la quería!" Las viejas de barrio son así, su formación estética no pasa más allá de las novelas que trasmiten a las diez de la mañana por la emisora provincial, sus mentes no pueden generar otro tipo de historia. Tampoco pueden tener lucidez para hacerse las preguntas siguientes: ¿Si amaba tanto a su novia, por qué no estaba con ella en la noche de carnaval? ¿Por qué andaba borracho y perdido por una calle oscura y solitaria? Contestarlas les podría causar un gran desencanto, además de un derrame cerebral.
"Lo cierto es que quienes conocían a Eusebio, y a María, sabían que ese no podía ser el mensaje. Algunos se preocuparon durante un rato. ¿Sería una acusación? ¿El nuevo novio de María sería el acuchillador de Eusebio? Todavía estaba fresco en la memoria de la gente el escándalo de Eusebio frente a la Casa de la Cultura el día que María le dijo que no podía seguir con él, que no aguantaba más sus bebederas con el grupo en la esquina, hablando basura, y mucho menos las broncas con cualquiera y por cualquier motivo. Que ella lo que quería era tranquilidad.
"Inolvidables las borracheras depresivas de Eusebio y la golpiza que le dio a María cuando se enteró que ella andaba con Yoelito, el instructor de teatro. La gente estuvo esperando la bronca de los dos, pero se sabe que María le pidió a Yoelito que no le hiciera caso a Eusebio. Por el bien de los tres."Pero Eusebio continuaba, y aquella ofensa se convertía en un lugar común: ¡María, puta! Al pasar frente a la casa de ella; ¡María, puta! Cruzándose en la calle; ¡María, puta! De un extremo a otro del Parque de La Ciudad; ¡María, puta! Interrumpiendo el programa de la radio base de La Casa de La Cultura; ¡María, puta! Y el comentario permanente en cada tertulia: ¡Esa puta me pegó los tarros!... ¡María, puta! ¡María puta! Y la primera noche de carnaval, gritándole por toda la Calle Central junto a la carroza donde ella bailaba: ¡María, puta! ¡María, puta! Como una idea fija. Un motivo permanente. ¡María, puta!
"Por eso en los primeros instantes la gente relacionó la muerte de Eusebio con María. Pero cuando el asesino se entregó y explicó todo, pocos continuaron haciéndose la pregunta: ¿Por qué su nombre escrito en la pared? ¿Cuál sería, entonces, el mensaje?
"Es que la gente sólo tiene ojos para ver las relaciones directas, las vías amplias y despejadas. ¿Pero son estas las que pueden conducirnos a la luz?
Tema, argumento, personajes, acción, conflicto, ambiente y contexto. De cierta manera he ido vinculando estas categorías que, al decir de Grove y Bauer, son las que definen al cuento moderno y gracias a ello se han descorrido algunos de los múltiples velos que envuelven en el misterio a este, como a todo cuento que se respete. (Un cuento sin esos velos simplemente no es un cuento). Pero, decía al inicio, que este tipo de análisis se me antoja semejante a una investigación policial. Entonces uno vuelve al principio: El nombre de María escrito en la pared. Y aunque el investigador va teniendo alguna luz sabe que algo falta por analizar.
"Estilo. Ahí está la clave. Usted podrá pensar que me contradigo. Si ahorita explicaba que el texto póstumo de Eusebio tenía el superobjetivo de dejar un testimonio y que en el momento de la muerte es bastante improbable que alguien se esté ocupando de cuestiones estilísticas, ¿cómo voy ahora a apoyarme en el estilo como la categoría que me abrirá las puertas al análisis final? Es que yo también tengo mi estilo y la literatura policial me atrae como una tentación. Aquella pista falsa, o insignificante, es la que generalmente en las buenas novelas policiales conduce a la verdad. Sin engañar al lector. Le garantizo, profe, que yo tampoco lo haré con usted.
"Eusebio no tenía tiempo para ocuparse del estilo, pero el estilo es circunstancial. María fue un texto circunstancial. Eusebio tenía que dejar un mensaje. Escribió el nombre del destinatario. En estos tiempos es muy común sustituir las palabras por signos más rudimentarios, Eusebio podía haber dibujado en la pared un corazón en lugar del nombre de María. No lo hizo, sabemos que ese no era su mensaje. También pudo haber dibujado otra cosa, escrito otra cosa. Pudo no haber escrito nada y hubiese sido lo más normal. Pero Eusebio quería dejar un mensaje escrito, nunca pensó en dejar un enigma. De haberlo pensado entonces hubiese escrito: MARÍA... (con esos tres puntos). Por lo tanto es evidente que Eusebio iba a continuar escribiendo, pero... ¿No cree usted, profe, que ya es bastante?"
La filóloga sonrió mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero. El tocadiscos sonaba con música brasileña; ella había regresado unos meses antes de Río Grande do Sul donde trabajara como cooperante. Garabateó un cinco en la portada de mi cuadernillo y comenzó a cantar con el tocadiscos Mañana de carnaval.-- ¿Y entonces qué era lo que iba a escribir Eusebio? -- Me preguntó Alexis.
-- Ustedes los policías no saben nada de análisis de textos, negro-- Le contesté.
LOS LIBROS DE MIS AMIGOS
LA VIDA ES UN TANGOAutor: Lorenzo Lunar
Editorial: Almuzara, Tapa Negra
166 páginas; 16 €
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Las novelas de Lorenzo Lunar, uno de los más destacados autores cubanos del momento, se caracterizan por una cadencia musical, que arranca de sus títulos – no es casual que el novelista cante boleros en su tiempo libre - y una sensualidad caribeña que se palpa en cada una de sus páginas. Calificar su literatura como negra sería un claro reduccionismo. El universo literario de Lunar, el territorio en donde se mueven buena parte de sus novelas, es un barrio marginal de Santa Clara, población del interior de Cuba, extrapolable al resto de una isla que es más isla que cualquier otra por su especial situación política. Un microcosmos cerrado en donde pequeños delincuentes y policías se conocen por haber compartido calle y escuela. Una excusa para urdir un entramado literario colorido, vigoroso y de una enorme sensualidad.
Puede leerse LA VIDA ES UN TANGO, el segundo episodio protagonizado por Leo Martín, el Jefe de sector de Santa Clara, que es un policía que vive con su mamá Fele que le pone café, comida y le prepara el baño - ¡eso es realismo mágico! – como novela negra, porque hay crímenes, violencia, contrabandos inocuos que derivan hacia otros menos consentidos por el régimen cubano; como una perfecta radiografía de la dramática situación de la isla con toda su serie de enormes carencias que hacen que el cubano de a pie tenga la vida muy complicada, desde que se levanta hasta que se acuesta, y su meta sea sobrevivir; o como una novela lúdico festiva, al estilo de las de Pedro Juan Gutiérrez, con quien comparte la literatura de Lorenzo Lunar un desvergonzando erotismo caribeño que explota en cualquier momento.
Tiene el escritor de Santa Clara, en esta y en otras novelas suyas, un universo propio, un estilo barroco a base de frases cortas, rítmicas, que adquieren, a veces, textura de letra de canciones; reúnen, sus páginas, una acertada combinación de lirismo, violencia, humor y ternura; está dotado el autor para el diálogo y construye una original galería de personajes – Yusimí, La Palestina, Tania, Pedro Pechoemulo, Tanganica, etc - que hablan, andan y respiran por sus páginas sin que distraigan al lector del meollo de este espléndido relato que, como toda buena novela negra que se precie, tiene un halo fatalista: “¿Y quien puede torcer el curso de la vida. Todo está ya escrito desde el momento que uno nace. Lo demás son los sueños”. Literatura, en fin.
José Luis Muñoz
De la mano del cubano Lorenzo Lunar, uno de los puntales sobre los que pivota la nueva narrativa negrocriminal latinoamericana, nos llega LA VIDA ES UN TANGO, la segunda entrega de las aventuras de Leo Martín, ese peculiar policía del barrio marginal de Santa Clara, territorio literario y humano que es un microcosmos perfectamente extrapolable al resto de Cuba, y lo hace encabezando una nueva colección de narrativa negra, Tapa Negra, de la andaluza editorial Almuzara.Quienes degustaron QUE EN VEZ DE INFIERNO ENCUENTRES GLORIA, esta nueva novela de Lorenzo Lunar no les va a defraudar porque, y aunque eso era todo un desafío, LA VIDA ES UN TANGO es superior. Escrita con una técnica narrativa magistral, con un estilo que deviene a veces prosa poética, que es fronteriza con la lírica - hay páginas, de indudable belleza y ritmo, que perfectamente se podrían cantar como un bolero - la novela de Lorenzo Lunar despliega una variedad de recursos para narrarnos una oscura historia policial que gira en torno a un pequeño contrabando que deviene luego en algo mucho más oscuro y deja en su camino un reguero de muertes. Con un dominio del arte narrativo, del ritmo y, sobre todo, de la recreación de personajes - la de Lunar es una novela coral pero sin que los muchos y diferenciados personajes, perfectamente descritos y carnales, distraigan un ápice al lector del meollo de la novela - LA VIDA ES UN TANGO contiene muchas novelas en una: es novela negra, por su trama; es novela social, porque hay una crítica feroz del sistema pero sin caer el fácil panfleto; y es una novela de amor, de sentimientos y ternura, a pesar de la ferocidad de algunos momentos. Un disfrute para el lector, sea o no adicto al género policial, un paseo por los ritmos, colores, sabores y olores caribeños, una explosión de sensualidad, porque estamos hablando de literatura con mayúsculas, un bien cada vez más escaso.
PRESENTANDO LA VIDA ES UN TANGO EN "NEGRA Y CRIMINAL"Agradezco su presencia militante en este recóndito templo de la novela negra y espero, a lo largo de la presentación de LA VIDA ES UN TANGO ir entrando en calor. Hablar del Caribe con este clima gélido puede elevar la temperatura. Hablar con Lorenzo sin duda también.
Es para mi doble placer presentar la última aventura de Leo Martín por dos razones. Una, que Lorenzo es un buen amigo, aunque el océano nos separe, desde que coincidimos en un tres negro hará ya de ello tres o cuatro años, aunque lo difícil sea no ser amigo de Lorenzo. Otra razón, que no tiene nada que ver con la primera, es que LA VIDA ES UN TANGO es una excelente novela que encabeza esta esperanzadora colección Tapa Negra dirigida por nuestra querida Nicole Canto que aparece y desaparece como el Guadiana, o que es mala hierba, como ella dice y yo corrijo: eres buena hierba, crece.
No creo que sea necesario presentar a Lorenzo Lunar, un personaje sobradamente conocido dentro de la narrativa negrocriminal, autor multipremiado, asiduo ganador, él o su mujer, del concurso de relatos de la Semana Negra, orador infatigable, dotado con ese don especial que acá ya perdimos de la narrativa oral que a ellos debe venirles de los taínos, un autor de prestigio en Cuba cuya literatura siempre descolló – Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante – y que tiene brillantes espadas en la actualidad como Leonardo Padura, Amir Valle, Justo Vasco y Pedro Juan Gutiérrez. Lorenzo es novelista negro, es director de revistas, cuentista, dinamizador cultural, cantante de boleros. Autor de las novelas ÉCHAME A MI LA CULPA, CUESTA ABAJO, QUE EN VEZ DE INFIERNO ENCUENTRES GLORIA, DE DOS PINGÜES y POLVO EN EL VIENTO, muchas de ellas inéditas y que confío Tapa Negra vaya recuperando.
Quiénes se sintieron seducidos por QUE EN VEZ DE INFIERNO ENCUENTRES GLORIA sin duda se sentirán seducidos por LA VIDA ES UN TANGO, una buena novela policiaca, una buena novela costumbrista, un buen drama social, una buena novela a secas, literatura con mayúsculas en esta época en la que el arte anda tan devaluado que ya cualquiera saca un libro si antes ha salido por la televisión.

Nuevamente el escenario es Santa Clara, un microcosmos de esa isla más isla que ninguna otra por sus características especiales políticas que todos sabemos. Y en Santa Clara deambula ese policía desencantado Leo Martin, que vive con su mamá Fele, imagino que porque ni tiene casa ni posibilidades de tenerla, cumpliendo su oficio, a veces a regañadientes, sin poder llegar nunca al meollo de los asuntos porque no es tonto y sabe que esto puede ser peligroso.
La trama de la novela gira alrededor de algo tan extraño como una historia de tráfico de gafas de sol que produce una espiral de violencia en el barrio y le hace sospechar a Leo Martín que detrás de las gafas hay un asunto de drogas, aunque el colega César, cínico, le diga:
“Leo, en el barrio ni hay drogas. En Cuba no hay drogas.”
En ese universo pequeño, en el que todos se conocen, policías y delincuentes porque son vecinos, han jugado de pequeños en las calles del barrio, muestra una Cuba del pequeño delito, del delito del realismo mágico en donde pululan delincuentes tan extraños desde nuestra óptica como traficantes de gafas de sol o traficantes de carne de vaca.
Es una novela de intriga, policiaca, en la que hay una investigación, una serie de crímenes violentos, pequeños delincuentes y corrupción generalizada, en donde todos infringen la ley porque la ley asfixia sencillamente y no hay, para vivir, otra alternativa que transgredirla.
Esta es una novela coral, con multitud de personajes descritos con una magia precisa, a los que uno terminada viendo, escuchando, hasta sintiendo respirar porque no son meros nombres de relleno de una trama sino que tienen una entidad propia, conforman ese universo particular y universal de la novela. Hay en la novela coral de Lorenzo Lunar una galería de personajes impagables como Chago El Buey, el contrabandista cínico al que Leo le tiene muchas ganas, Yusimí la guapa jinetera de 17 años “y más horas de vuelo que Arnaldo Tamayo, el primero, y único, cosmonauta cubano”, Tania la putita que putea con el beneplácito de su mamá Olga, la Palestina, un travesti, Pedrusco, el Rey del Brillo, el limpiabotas chivato, Luisa, su amante de tanga minúsculo que siempre lo acepta, Pepe La Vaca, el grandullón Tanganica, que no son meros nombres decorativos, que son personajes con entidad, vida, respiración, palabra, perfectamente controlados por el narrador, a veces descritos con un par de frases lapidarias, con frases que son como brochazos extraordinarios que los definen en poquísimas palabras.
Con un dominio del lenguaje ejemplar, con concisión muchas veces, Lorenzo visualiza en un plis plas su personaje. Como éste de un tal Pedro Pechoemulo, que ya tiene nombre sonoro de por si.
“Pedro Pechoemulo, la degeneración viva de una estirpe de hombres fuertes. El resultado del cruce de un macho de doscientas libras de músculos fibrosos con una hembra tísica y sifilítica. Intercambio en el que los genes más fuertes resultaron ser los de ella.”
O este otro:“La Palestina se pone zapatos de mujer; se recoge el pelo detrás de la nuca con una peineta, como cualquier mujer; se pone blusas de mujer y pantalones a la cadera, como las mujeres. Tiene las uñas largas y se las arregla y se las pinta, igual que una mujer. Su voz, algo fañosa, es la voz de una mujer. Pero es un maricón”.
o este otro:
“Ahora, acabado de salir de la cárcel, Tanganica es un negrazo que pesa más de 200 libras y que le sigue brillando la piel como si fuera charol. Capaz de llenar el hueco de la puerta y dejar sin luz la oficina del Sector de la Policía.”
La novela está recorrida por el humor negro que se ceba en las desgracias, le sacan su lado positivo.
“Cada día que pasa, los apagones son más largos y frecuentes. Ya es normal que duren hasta doce horas. Un día toca por la mañana y otro por la noche. A veces se empata el de la noche con el del día y te pasas veinticuatro horas sin corriente. La gente va adquiriendo cultura de apagón”.
O este otro fragmento que habla de la precaria e imaginativa alimentación isleña
“Fela ha preparado una comida exquisita para estos tiempos: Sopa de vegetales con patas de pollo y arroz amarillo con patas de pollo. Últimamente en el mercado están vendiendo paquetes de patas de pollo.
La gente madruga para hacer cola y comprar sus paquetes de patas de pollo.
Cada paquete trae un kilogramo de patas de pollo.
Y los venden relativamente barato.
Y hay quien compra hasta diez paquetes de patas de pollo para luego revenderlos”
O cuando los personajes hacen sus apuestas sobre si el padre de Maikel, un delincuente asesinado, llegará a tiempo al entierro tal como está el transporte en la isla, lo que da lugar a todo un rosario de conversaciones recorridas por un humor deternillante.

Y hay un erotismo caribeño, natural, que surge en cualquier momento del día y ocasión, que Lorenzo exprime de forma magistral como en este fragmento en donde alterna la noticia de un grave delito – el contrabando de carne clandestina – con un polvo y cambia el tiempo verbal de la novela para adaptar la segunda persona del singular, lo que hace al lector mucho más cómplice.
“Mas de 40 personas detenidas por hurto y sacrificio ilegal de ganado mayor, delito que se paga más caro que el secuestro y asesinato de una persona. Casi 24 horas de actividad policial. Casi 24 horas fuera de casa. Carne. La carne tibia de Mariana que se te encima, acurrucándose junto a ti. La abrazas. Mariana está desnuda. Tu mano se mueve, palpa, reconoces el cuerpo de tu esposa: los senos duros, la espalda lisa, las nalgas firmes y redondas. Carne. Más de 500 libras de carne. La carne de Mariana, tibia. Más de 24 horas dando carreras por toda Santa Clara, sin dormir, sin sentarte, sin descansar un minuto, sin coger un bocado. Carne. La lengua de Mariana se desliza por tu cuello. Te provoca. Tu mano se estimula y busca la entrepierna de tu mujer. Su pubis húmedo. Los labios verticales que se abren. Carne. Tu miembro despierta tímidamente, Carne. Mariana se voltea y se ofrece, boca arriba, ansiosa, anhelante, voluptuosa…”
LA VIDA ES UN TANGO no es sólo una excelente novela policiaca, que lo es, una magnífica obra literaria, que también lo es. La novela de Lorenzo es una fotografía sociológica de lo que ocurre en la isla, una isla que es más que isla geográfica por su peculiar condición política, un cuadro dramático y cómico, al mismo tiempo, por que la comicidad inherente al espíritu cubano es la única forma de seguir adelante dentro de ese mundo de carencias insoportable.“Y es que casi siempre detrás de cada permuta, de cada divorcio y de cada matrimonio, hay un negocio.
Y es que cualquier cosa puede ser un negocio. Hasta hacer colas para venderle los turnos a los que no quieren pasar la madrugada en vela es un negocio.

Y la frase negocio ilícito es aquí una redundancia”.
El mundo de penuria que retrata Lorenzo a lo largo de sus ciento sesenta páginas, aunque matizados por la ternura que destila su escritura, no dejan de ser terribles.
“Aquellos 50 dólares le cayeron a Magda como una bendición. Gracias a la puta de la madre de su nieta volvía, en mucho tiempo, a comer con aceite. Ya podía lavar las sábanas con detergente y bañarse con jabón. ¡Al fin tenía pasta dental y papel higiénico! Sin embargo, Rabelito mantenía su dignidad intacta lavando sus calzoncillos con hojas de maguey, bañándose con un compuesto de sebo y sosa cáustica que Frank La Puerca vendía en el barrio, lavándose los dientes sin pasta dental y limpiándose el culo con periódicos viejos.”
Leo Martín, del que ya deseamos nuevas aventuras, o sea que aplícate a trabajar, Lorenzo, es un tipo humano aunque le ronquen los cojones – por esa imagen ya podría pasar Lorenzo a la historia de la literatura - , un policia ducho capaz de doblar al negrazo Tanaganica de una patada en los huevos como de sentir ternura hacia esa Tania desvalida, a la que ha visto crecer como una hija, a la que ha llevado al colegio, y ve ahora convertida en jinetera, un fracaso para ella y para él.
Como toda buena novela negra, es una novela de perdedores, aunque, en realidad, en Cuba todos lo sean. Predeterminados a la ruina y al fracaso, detrás de ese tropicalismo colorido de la novela de Lorenzo hay un poso pesimista, terrible. “¿Y quien puede torcer el curso de la vida. Todo está ya escrito desde el momento que uno nace. Lo demás son los sueños”
“Un hombre solo es la mitad de algo
Un hombre solo es la mitad de una cama
La mitad de una cama es la mitad de una vida”
Las novelas de Lorenzo son adictivas. No sólo están bien escritas, sino que son sensuales, reflejan todo un mundo de olores, colores, sabores y texturas con las que dibuja el territorio de sus narraciones, algo que algunos novelistas olvidan o desdeñan: el escenario posible y convincente en donde transcurre esto que es de una determinada forma y no de otra. Lean, disfruten, reflexionen, recomienden, compren, regalen LA VIDA ES UN TANGO porque es una buena novela, porque es una novela amena. Y déjense seducir por la prosa musical, de bolero, de muchas de sus páginas, por su ritmo, por su color, su lirismo.Yo tengo un sistema infalible para detectar una buena novela. Y es hacerme la pregunta, al terminarla, de si me hubiera gustado a mí escribirla. Pues si. Me hubiera gustado haber escrito LA VIDA ES UN TANGO, lo confieso.


