viernes, 29 de febrero de 2008

FIRMA INVITADA

Conocí a Marcos Tarre por Internet. Ambos coincidíamos en haber sido publicados en la editorial Alfadil del recientemente desaparecido Leonardo Milla. Luego, un día, cruzó el charco y bajó a Barcelona y le interesó verme. Por problemas de agenda no fue posible, pero si me dejó una tableta de maravilloso chocolate venezolano y un par de novelas suyas en la trastienda de un comercio de la Villa Olímpica, todo muy misterioso. El chocolate me lo comí; la novela, BALA MORENA, la devoré. Creo que es uno de los mejores trhillers que han caído en mis manos. Cuando bajó la siguiente vez a Barcelona ya sí coincidimos. Iba en compañía de su encantadora esposa y sus hijos. Nos zampamos una paella en la Barceloneta, de noche, y luego diluvió como en el trópico. Desde entonces ya somos íntimos. El relato que me cede está a caballo de Medellín, Caracas y Barcelona, como él. La delincuencia se globaliza y el secuestro exprés llama a las puertas de la Ciudad Condal. Disfruten de buena literatura negra latinoamericana de la mano precisa de uno de sus maestros indiscutibles. Las fotos de AMORES PERROS, a su altura.

SANGRE LATINA
© Marcos Tarre


Jairo Samper no le temía a la muerte, pero si mucho a lo que no conocía. Por eso, desde que salió de la comuna de Medellín, estaba angustiado, sobrepasado por todo lo que miraba, acelerado, desesperado por algo de “perico”, aunque disimulaba bajo la impasibilidad de su rostro, oculto detrás de los lentes oscuros. Meterse con la niña Pelayo fue una locura, todos los sabían, pero igual lo hicieron, por cuestión de cojones y de ser más verracos. Hacerle cruces a los guardaespaldas y llevarse a la gomela en uniforme escolar fue pan comido; pero en el momento en que trasbordaban, la llamada del patrón les cambió el mapa. ¡Paren la vaina! La niña está bajo protección de Los Calvos. Demasiado tarde. Unos minutos demasiado tarde. Ahí tenían a la pelada, aterrorizada, con cinta adhesiva en la boca, manos atadas en la espalda y lagrimas en los ojos, mientras Abigail le metía mano por debajo de la faldita. Nos vale huevo. Hay que seguir. Después que le dieron el tiro de nueve milímetros en la cabeza y de empezar a negociar el rescate, se enteraron que, además, la muertita era sobrina del ministro de yo no sé que vainas... Total, que además de Los Calvos, ahora tenían a los bolillos del Gaula y del DAS con orden urgente de capturarlos, preferiblemente más muertos que vivos. Cuando dos días después le dieron catorce balazos al primo Abigail, el patrón decidió que el agarrón era demasiado arrecho. Cuñao, aquí tiene éste pasaporte venezolano, éste boleto de Avianca para Caracas y mil dólares. Me llama al llegar allá. Hay que desaparecer por un tiempito hasta que pase el vaporón. Lo poco que pudo ver desde la ventanilla del avión y luego al pisar tierra en el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía, lo tranquilizó. Parecía su ciudad, en menos verde, con más desorden, suciedad, calor y gente mas agitada y gritona. Un funcionario de aduanas le selló el pasaporte mientras le silbaba admirativo a una churro despampanante. Salió arrastrando los zapatos Nike, con su morral al hombro. Dentro del mismo aeropuerto consiguió un centro de llamadas Movistar y desde una micro cabina marcó el numero del celular del patrón. Le atendió una voz desconocida:
- Jairo Samper, hijoeputa... Escúchame con cuidado. Te habla Marín, de Los Calvos... Sabemos que estás en Caracas. En este momento me estoy meando sobre el cadáver de tu jefe. ¡Ahora vamos por ti!
Colgó. No, no tuvo miedo. Se miró las manos. Cero temblor. Así que las mierdas de Los Calvos le dieron cruz al patrón. Ya les habría cantado hasta el Ave María. No era momento para embarrarla, sino de moverse rápido para salvar el pellejo. Mientras se comía un bocadillo, tomaba un tinto y conversaba con el mesero de Bucaramanga, supo que los venezolanos no necesitaban visa para entrar a España. Por allá en Barcelona estaba su primo Jaime. Verificó las horas de salida de los próximos vuelos. Pagó en efectivo un boleto de Air Europa a Madrid, con conexión de puente aéreo a Barcelona. Dudaba que su pasaporte pirata aguantara una buena revisada, embarcó sin contratiempos y durmió, comió, miró una aburrida película sin los audífonos que no quiso comprar, volvió a dormir, se aseó y mezclado con un grupo de pasajeros pasó los controles de seguridad del aeropuerto de Barajas, corriendo para subir a la conexión. Se instaló en el asiento del enorme Airbus, rodeado de gente informalmente trajeada con marcas y por primera vez escuchó las musicales “eles” del idioma catalán. Un autobús recogió a los pasajeros al detenerse el gigantesco avión en El Prat y los llevó a una entrada secundaria. Siguiendo al grupo, recogió su morral y se consiguió en la salida. Un policía le revisó cuidadosamente el equipaje y le hizo un gesto para que saliera. ¡Puta madre! No lo podía crear, estaba en la calle, sin más controles, sin aduanas, sin policías, sin que le revisaran el pasaporte pirata... Sonrió pensando que en éste país las cosas eran papaya. Preguntando ubicó los autobuses que iban a la ciudad, pero tuvo que devolverse al terminal para cambiar moneda. Por el trayecto miraba atento, descubrió que era puerto de mar y muy grande, con autos pequeños y modernos, mucho lujo, sospechosamente limpia. Trató de ubicar alguna colina con ranchos y construcciones informales, que se pareciera a su comuna, pero no vio nada. Se bajó en la Plaza Cataluña. Necesitaba perico, tenía sed y una desmesurada necesidad de pensar, para ubicarse, observar, decidir. Se sentó en una terraza con paraguas. Le costó hacerse entender con el mesero chino. Le trajeron un gran jarro de cerveza. Estuvo largo rato mirando a la gente. Lucían despreocupados, así como felices, como si acá no existieran atracos, narcos, helenos o paracos, hambre o violencia, cargando despreocupadamente paquetes, bolsas de compras. El man de la mesa de al lado se paró para ir al baño, dejó su computadora portátil, cartera y chaqueta en la mesa, así como para que cualquiera se la llevara, pero nadie aprovechó semejante chance. Jairo Samper, asimilaba, asombrado. No veía guardaespaldas, ni camionetas blindadas. Los policías, impecablemente uniformados y tranquilos, lucían tan distintos de los de Medellín, con cascos, chalecos, correajes, nerviosos, el dedo en el gatillo del fusil de asalto G3... Esto realmente parecía la propia papaya... No tendría problemas para mantenerse, pero la duda era ¿cuánto tiempo? ¿Tres meses? ¿Seis? Pidió la cuenta y eructó sonoramente cuando vio el monto. Se alejó sin pagar. Sólo para buscar orientación y conversación de paisano, decidió buscar al primo Jaime. Sólo sabía que trabajaba en una farmacia en un sitio llamado La Barceloneta. Preguntó por un cybercafé y lo orientaron hacia un cercano locutorio. Le gustó el ambiente informal, árabes, paquistaníes, ecuatorianos, afiches desteñidos sobre paredes escarchadas, muebles gastados, algo de sucio... Esto, definitivamente, era más humano. Le mandó un email a su primo, ubicó La Barceloneta en un plano, no muy lejos, hacia el mar, marcó las farmacias de la zona, se dio cuenta que era un barrio turístico, con muchos apartamentos en alquiler, por días, semanas o meses.


Eso le gustó. Tomó algunas notas. Bajó por las Ramblas, atiborrada de gente, quioscos, turistas. Detectó una docena de objetivos, un catire guardaba un fajo de billetes en el bolsillo, la señora que para atender al niño dejaba su cartera sobre una jardinera, las viejitas que le pidieron si podía tomarle una fotos y le dejaron la costosa cámara. Sonrían, les dijo, mientras él sonría detrás de sus lentes oscuros. Les devolvió el aparato y se quedó fascinado, mirando un gran quiosco de prensa repleto de revistas y cajitas de DVD porno. Definitivamente, esto le estaba gustando. En una ferretería invirtió parte de su menguado capital en un kit de ganzúas de cerrajero. En un local para turistas pidió ver cuchillos y navajas, labrados, decorados, no compró nada pero discretamente se embolsilló una sólida navaja de caza Muela, de hoja ancha y cacha de nylon verde. Estaba preparado; se fue caminando despacio. Tiempo era lo que le sobraba y ahora, con esas mínimas herramientas en el bolsillo, se sentía mejor dispuesto para enfrentar este sorpresivo, desconocido y desaprensivo mundo. La Barceloneta, con sus viejos edificios, ropa colgando al sol, calles estrechas, se parecía algo a su comuna, pero, tanta limpieza molestaba. Claro, que faltaban gritos, cumbias, vallenatos y merengues, el sol y las mulatas de su tierra. Miró sus notas. Al tercer intento lo logró. Los dos primeros apartamentos que visitó estaban ocupados. Pero éste no. Tocó la puerta vecina. Una señora le informó que no sabía nada, que sí, ese apartamento lo alquilaban, pero hacía semanas que no veía movimiento, no, no sabía quién era el dueño ni tenía su teléfono. Esperó que le vecina cerrara su puerta y se inclinó para trabajar. En diez minutos venció la resistencia de la vieja cerradura. El apartamento era pequeño, pero equipado con muebles, televisión, cocina, agua y electricidad. Colgado detrás de la puerta principal consiguió un juego de llaves. Ya tenía base de operaciones.


El hambre lo hizo salir. Se consiguió a la vecina en la estrecha y oscura escalera. Esbozó su mejor sonrisa. Sí, finalmente llegó el propietario y firmamos el contrato, así que voy a ser su vecino. Se sentó en la terraza de un restaurante en el Paseo de Juan de Borbón, con vista a la gran avenida, la explanada por donde corrían, patinaban o circulaban ciclistas, los mástiles de veleros y cabinas de lujosos yates, a lo lejos un moderno edificio circular, las torres de un curioso teleférico. No vio niños de la calle, ni limosneros, ni vagos merodeando. De nuevo contó un jurgo de oportunidades que veía pasar, en bandeja de plata... Los man parecían lentejas y las mujeres un poco aletas. Pero decidió seguir uno de los principios que le enseñó el patrón: actuar siempre bien lejos de la base de operaciones. Así que, terminó, pagó y caminó hasta la cercana parada del autobús. Había que conocer las cosas importantes de la ciudad y se fue, bien lejos, como mandaba el patrón, hacia el estadio del Barça. Luego de la visita reglamentaria al Nou Camp, hizo su primer secuestro exprés. Una bella mujer bajaba de un BMW, cerca del Hotel Intercontinental princesa Sofía. La navaja en el cuello la obligó a regresar al auto. Hicieron la ronda de telecajeros, pensó en llevarla a un sitio apartado y violarla, pero eso complicaría el asunto. Estaba seguro que por un simple atraco y robo nadie lo perseguiría. Dejó a la vieja abandonada por el Parc del Castell e hizo un a vertiginosa ronda hasta que se vino la noche. En la Plaza de las Glories Catalanes subió a una morena dominicana al auto, con seiscientos cincuenta euros en el bolsillo no tuvo problemas tampoco para comprar perico, ron del bueno y pasar una primera noche de parranda. Al amanecer dejó el BMW abandonado y regresó en metro a La Barceloneta. Conoció gente. Se hizo amigo de una antioqueña que trabajaba en un local de alterne. Se olvido del primo Jaime. Hizo contacto con una banda que llamaban Latin Kings, segunda generación de emigrantes hispanos, pero le parecieron unos patéticos cagaleches que no sobrevivirían ni media hora en una comuna amigable de Medellín. Uno o dos secuestros exprés a la semana le daban para vivir. Pero no tenía logística ni infraestructura para trabajos elaborados, más de su especialidad: un atraco a un banco, un buen secuestro, un transporte de valores o un muerto por encargo. El único incidente fue cuando se presentó el dueño del apartamento, a enseñar el piso a una pareja interesada; se sorprendieron y asustaron al verlo; tuvo que hacerle unos cortes y dejarlos maniatados mientras recogía sus cosas. Era una lástima, le agradaba La Barceloneta. Pero ya conocía mejor la ciudad y montó otra base de operaciones por Sarriá. Con el revólver 38 que le quitó a un guardia jurado se sintió mejor. Hubiera preferido una semiautomática, como la que portaban los bolillos, pero le pareció todavía demasiado arriesgado atacar a uno. Al mes ya comenzaba a aburrirse de Barcelona, lo único interesante que encontraba eran el fútbol y las putas latinas... El trabajo ya le resultaba demasiado papaya, en unos días se mudaría a Valencia o Madrid, para marcar distancia y empezar de nuevo en un sitio distinto.


Una noche, al llegar a su piso y encender la luz, se consiguió con tres catires instalados en la mesa. Bebían su licor, uno de ellos, de ojos azules y metálicos, lo apuntaba con una Beretta 92F, grande y negra. Sintió un estremecimiento muy adentro, porqué no conocía a éste tipo de gente. El de la pistola le hizo señas, que se acercara, se sentara a su lado y en un castellano lleno de asperezas, le dijo que el señor Marín, de Los Calvos de Medellín, los había contratado para hacer el trabajo, que le mandaba saludos y que, si creía en algo o alguien, hiciera sus últimas oraciones. Desde que nació, Jairo Samper se venía preparando para éste momento, para morir con dignidad y cojones, como un man verraco, así que no lo iba a echar a perder. No veía ninguna posibilidad de escape o defensa. El cañón de la Beretta lo apuntaba directamente, otro de los hombres jugaba con el revólver 38 que le quitó al guardia jurado y el tercero comenzó a filmarlo con una pequeña Sony Handycam. No podía tener miedo, se decía. Con voz neutra, preguntó:
- Una sola cosa: ¿Cómo me localizaron?
El hombre alzó unos milímetros el cañón de la Beretta y murmuró:
- Fácil. Recibimos contrato para ti, ya con el nombre del pasaporte venezolano que llevas. Por el email a tu primo Jaime, supimos tu en Barcelona. Vimos tu rastro en La Vanguardia, tu sabes, los secuestros exprés y esas cositas que hiciste. La policía pisa tus talones, nosotros sólo seguimos a policía... Pronto vendrán por ti, pero nosotros llegamos primero. Muy sencillo. Eso es todo.
Ese “todo” que pronunció el catire con su raro acento era un “todo” absoluto, no más conversación, no más tiempo, final total. Por primera vez en su vida, Jairo Samper sintió el único miedo al que le temía, al que aborrecía, el terror a lo que no conocía, sabiendo que se iba hacia a lo más desconocido que pudiera imaginarse, relajó esfínteres y vejiga, mientras le quemaba el fogonazo, el desgarrador estruendo invadía su mente y su vida, la fragmentaba en miles de pedacitos y sentía que se iba con ellos, a ese sitio del que no sabía nada, del que nadie sabía nada, tan absoluta y visceralmente desconocido que tuvo que gritar de horror mientras se desplomaba y retorcía con espasmos que ya no eran suyos.



Marcos Tarre (Nueva York, 1950) Graduado de arquitecto en la Universidad Central de Venezuela en 1975. Novelista, columnista regular de prensa desde 1987, analista en seguridad, ha dirigido cuerpos policiales y ayudado a autoridades regionales o locales. Se ha dedicado al estudio del fenómeno de la delincuencia y violencia en América Latina y ha producido novelas y libros sobre esa materia.

Libros publicados
Colt Comando 5.56 (1983), llevada al cine en 1987
Sentinel 44 (1985)
Operativo Victoria (1988), finalista del premio Rómulo Gallegos
BAR 30 (1993)
En caso extremo (1993)
Manual de seguridad y prevención comunitaria (1994)
¿Gato encerrado o perrito perdido? (2000)
Bala Morena (2004), finalista del Premio Planeta Internacional.
Para vivir seguros (2005)

NEWS

JULIO MURILLO GANA
EL ALFONSO X EL SABIO

Me venía hablando Julio Murillo, desde hacía algún tiempo, con entusiasmo, de un trhiller trepidante que estaba escribiendo. Un alegrón considerable saber que se lo han premiado con el Alfonso X El Sabio, el mejor dotado y más prestigioso certamen de novela histórica de este país, un género en el que Julio se mueve como pez en el agua.

"Un thriller histórico basado en el misterio, la intriga y en hechos no esclarecidos en su día». Así define Julio Murillo (Sao Paulo, 1957) el contenido de su última novela, Shangri-La. La cruz bajo la Antártida, que en la madrugada del sábado obtuvo en Toledo el Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio en su octava edición, embolsándose con ello 50.000 euros. El jurado de este galardón -el más importante de España en el género literario de la novela histórica-, integrado por los escritores Jesús Sánchez Adalid, Almudena de Arteaga y Soledad Puértolas, valoró la construcción de su estructura «como un reloj suizo», según Carmen Fernández de Blas, de MR Ediciones, editorial que concede este premio junto a Caja Castilla-La Mancha.
Shangri-La. La cruz bajo la Antártida es la cuarta novela de Julio Murillo, nacido «por accidente» en Brasil, según reconoce este escritor de orígenes familiares aragoneses aunque barcelonés de adopción. La intriga aparece en su primera página: un periodista de
The Guardian recibe una fotografía en blanco y negro en la que puede observarse una imagen «perturbadora e imposible que le lleva a entender que toda la historia de la segunda mitad del siglo XX se ha construido sobre una enorme mentira», apunta su autor. La novela, según su autor, es «vertiginosa desde las primeras páginas».

EL APUNTE

CARA A CARA

Esto se va pareciendo cada vez más a Estados Unidos. Hasta en las elecciones. Los mítines empiezan con música alegre y terminan con lluvia de confetis. Y empiezan a verse globos rojos, globos azules. Después de meses viendo cara a cara entre Segolone Royal y Sarkozy, Barack Obama e Hillary Clinton, nos llega el de Rajoy Zapatero arbitrado por Manuel Campo Vidal, que fue quien mejor estuvo.
El primer cruce de golpes fue a matar. Empezó Rajoy, que, cansado de ir de buena persona con talante durante toda la campaña, lo echó todo a freír espárragos con insultos, exabruptos, muecas y estadísticas sesgadas. Fue directo a esas cejas que, para la ocasión, su oponente acentuó haciendo del defecto virtud. Zapatero hizo gala de sus dotes de niño bueno, de que no ha roto un plato, puso su cara más beatífica ante la avalancha de golpes que se le venían encima. Para muchos le faltó agresividad. Veremos en la segunda vuelta. Pero si uno pecó de manso, el otro, de virulento, y lo de la niña fue un chiste. ¿Cómo pudo contener Campo Vidal la risa? La niña, como alguien ha dicho, será lesbiana y abortará. La niña le sirve para los chascarrillos de Alfonso Guerra y se estará maldiciendo Rajoy de haberlo dicho porque eso es lo que ha quedado de su mensaje, esa niña cursi y repelente. ¿Quién le dijo lo de la niña? Seguramente el que diseñó la campaña del mejicano Felipe Calderón. Pero esto no es México.
Sacudió un buen golpe ZP cuando Rajoy le acusó de la inflación. La inflación empezó cuando lo del euro, estando el PP, cuando todo lo que valía 100 ptas pasó a valer automáticamente 165 pesetas en 24 horas. Un aumento de precios del 65%. ¿Qué hizo el PP? Nada. Pero se olvidó de un tema más grave: la amnistia encubierta al dinero negro. La mejor ocasión para detener el fraude fiscal en este país fue cuando se tuvieron que convertir las pesetas a euros, pero el PP hizo la vista gorda y los defraudadores sacaron sus millones de sus cajas de seguridad, los cambiaron a euros y los volvieron a guardar en sus cajas de seguridad. Espero que los asesores de Zapatero le sugieran el tema para la siguiente tanda de bofetadas. ZP estuvo fatal cuando no esgrimió argumentos en pro de la emigración, de los controles que existen sobre ella, de las repatriaciones pactadas y de las inversiones en los países de origen para que ésta no se produzca de forma ilegal. Lo dijo, pero quedó desleído. Ambos utilizaron los gráficos y las estadísticas para defenderse y atacar, aunque todos eran de períodos diferentes y decían verdades a medias. Rajoy dio más la sensación de pisar la calle, mientras que Zapatero quiso transmitir idealismo y optimismo. El lema de que este hombre no es de fiar estuvo en los labios de Rajoy que lo tachó de amigo de Chávez - ahí metió la pata, porque ZP contraatacó diciendo que defendió a Aznar ante el venezolano - y Castro, amigo personal de Fraga. ZP le recriminó hacer una oposición desleal, ser el partido más derechista de toda Europa. Rajoy ironizó sobre las pamplinas de la Ley de memoria histórica, las civilizaciones. ZP sacó el espantajo del pasado que estuvo presente en la legislatura: la teoría conspirativa del 11M de la que Rajoy, en el último momento, olvida que fue su impulsor. Tras estrechar las manos los púgiles quedan convocados para la segunda ronda de mamporros. Y luego las encuestas: todas favorables a ZP.

Muy mal le van las cosas al líder del PP, y peor con ese fichaje de Pizarro, que besó la lona ante Solbes y no cae bien a nadie, que es más ultramontano que todos - cuando una periodista le preguntó, en los desayunos de TVE, sobre el último atentado de ETA contra una sede del PSE de Euzkadi, al hombre se le ocurre nombrar los ataques verbales a Rosa Diez, María San Gil y Dolors Nadal, equiparándolos - y con la incorporación a la campaña de Ana Botella, despotricando contra la persecución del castellano en Catalunya - ¿tendría Madrid un alcalde catalán como Catalunya tiene un president cordobés? - y un Josemari amnésico, despotricando contra ZP por negociar - tremenda confusión con dialogar, que no es lo mismo, que no tiene nada que ver - con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco.

Tampoco es que lo haya hecho muy bien ZP. Sus pecados de optimismo - el fin de ETA, el AVE a Barcelona -, el no saber vender sus leyes progresistas - acalladas por el run run callejero del PP, la COPE y los obispos, dueños de las calles -, el tener enfrente a buena parte de las víctimas del terrorismo, en nada le favorecen. Una encuenta da un dato preocupante para él: un 20% de los que le votaron ya no lo van a hacer. ¿Se inclinarán por el PP? Lo dudo. Quizá se queden en casa. Y eso sería la derrota del PSOE. Es por eso que su campaña mediática - muy inteligente, por cierto - se basa en la participación, en ese buen chico que coge su coche para llevar a su madre a votar al colegio a pesar de que lo hará por el PP. Buena nota para Isabel Coixet. O en ese cartel reservor dogs con un lema bien explícito: SI TÚ NO VAS, ELLOS VUELVEN. Pues vamos.

EL LARGO ADIÓS

LEONARDO MILLA, EDITOR LIBRERO





Muerte de un editor. Mi amigo, el escritor venezolano Marcos Tarre Briceño, me envía el obituario de Leonardo Milla, mi editor de EL SABOR DE SU PIEL en el convulso país caribeño regido por Chávez, y, muchos años antes, de LA CASA DEL SUEÑO en la extinta Laia cuando la pilotaba después de recibirla de su padre Benito Milla, anarquista que buscó el exilio después del 39. Las muertes de conocidos siempre conmocionan. Ésta, no sé por qué razón, más.
Creo que algunos de mis colegas publicaron libros - al menos Andreu Martín, Fernando Martínez Laínez, Manuel Quinto, Carlos Pérez Merinero - en su espléndida colección de novela negra Alfa 7. La editorial se volatizó de una forma un tanto extraña, después de una estafa millonaria y un administrador en busca y captura, y Leonardo marchó a Venezuela. Cuando estreché su mano, en Caracas, hace 4 años, le comenté que me había publicado antes esa novela policiaca - tenía un ejemplar de la misma en un anaquel de su oficina caraqueña - pero no le dije que no habia cobrado un duro por ella.
Leonardo Milla había nacido en Marsella, diez años antes de que lo hiciera yo. Su pasión por los libros le llevó a Uruguay, España y, finalmente, Venezuela. Allí, junto a una red de librerías importantes, Alejandría, construyó, a pesar de un montón de dificultades, la editorial más importante del país caribeño. De casta le viene al galgo. Benito Milla, su padre, fundó la importante editorial Monte Ávila, y su hijo, Ulises, sigue con la tradición de la dinastía.
"Tenemos una editorial que está produciendo treinta novedades al año; es una editorial que se autofinancia perfectamente. Eso antes no era posible. Tenemos una editorial que tiene tintes profesionales en cada uno de sus sectores: en la producción, la corrección, prensa. Alfa es una editorial que está montada como se montan las grandes editoriales internacionales", dijo en una reciente entrevista a El Universal.
Durante mi estancia en Caracas para promocionar EL SABOR DE SU PIEL, con la que había ganado el Premio Letra Erecta que su editorial Alfadil convocaba, todo fueron atenciones. Recuerdo que una noche fui a cenar con él y su mujer a un restaurante francés de Caracas y me pidió disculpas porque la carne estaba dura y lo de francés le venía ancho al restaurante, como si él tuviera la culpa. Buena parte de las mañanas las pasaba en sus oficinas editoriales, departiendo con sus encantadores empleados, sin sospechar ellos que se iban convertiendo todos en personajes de una novela en ciernes que me puse a escribir de inmediato: LA CARAQUEÑA DEL MANÍ. En el hotel del paseo de las Mercedes, en donde me alojaba, mi ordenador portátil echaba humo tardes y noches. Una novela traía a otra, y esa otra ambientada en Caracas, con personajes caraqueños reales a los que conocía.
Recuerdo que buena parte de las conversaciones giraban en torno a la situación en Venezuela. Él era antichavista moderado, como buena parte de la intelectualidad venezolana, y yo le decía que con otro que no fuera Chávez seguramente irían peor las cosas, porque la oposición hacía bueno al presidente, y que, de todas maneras, el continente estaba mejor ahora que cuando Estados Unidos estaba pendiente de su patio trasero. En eso si estábamos de acuerdo. Y también en que populismo mesiánico no es lo mismo que socialismo.
"Es interesante. ¿Es que hay socialismo en Venezuela? Yo no creo que exista en este momento el socialismo. Yo diría que lo que sucede es que el proceso, el proyecto este, quiere llamarse socialista, pero yo tengo una larga data de experiencia socialista desde mi más tierna infancia o adolescencia, y yo no veo por ningún lado un rastro socialista en todo esto", dijo a El Universal en una de sus últimas entrevistas.
Leonardo era una persona entrañable y afable, buen conversador, y quizá por eso me tomé la licencia de convertirlo en personaje de LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, con sus rasgos físicos, con esa forma tan particular de mirarte, abriendo mucho los ojos, con su deje uruguayo, con su profesión de editor, con su propio nombre, sin disimulos, por lo que el 21 de febrero murieron dos personas: mi editor y mi personaje. Vaya desde aquí mi afecto y reconocimiento. A los dos. A mi personaje lo puedo resucitar, gracias a la magia de la literatura, a él, por desgracia, no.


- ¿No duermes?
Levanto los ojos del manuscrito que leo. Leonardo recorta su efigie bonachona bajo el arco de mi puerta y su panza apunta por debajo del saco y abomba su franela. El ordenador, prendido, refunfuña un mensaje. Me estaba quedando dormido con la novela. Quizá necesite un marrón bien cargado. No es un mal original. Casi ninguno lo es. Pero es la obra de una primeriza, de una chica que quiere imponer en esa su primera novela su sello personal, contar su vida, gritar sus opiniones y se olvida de los fundamental, de la narrativa.
- Estoy hecho un asco. Lo sé. Mañana prometo afeitarte - digo, pasando la palma por la cara hirsuta de vello rojizo y blanco.
- Esto... - me mira y piensa buscando un parecido razonable con alguien, lo suficientemente despectivo para que me sienta herido -. Esto..., te pareces a ese vagabundo guarro y borracho que escribía como defecaba.
- ¿Bukowski? ¿No te gusta Bukowski?
- ¡Que me va a gustar! Todavía recuerdo el tinglado que armó cuando le invitó Pívot en Apostrophe y se bebió ante cámara tres botellas de vino malo y le tocó las tetas a una meritoria.
- Pero era un poeta mayestático...
- De aliento mefítico. Yo nunca lo hubiera editado para no tener que invitarlo a cenar.



LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, José Luis Muñoz, Algaida, 2007.

LA NOVELA

No sé por qué escribí EL SABOR DE SU PIEL, pero creo que lo hice con la sensación de que sería mi última novela erótica. Es difícil, en ese terreno literario tan próximo a la literatura infantil - recuerdo que Vicente Muñoz Puelles, que ha incursionado en ambos géneros, decía que tanto uno como otro admiten en su esencia la fantasía y están cargados de inocencia - no caer en la vulgaridad y en lo pornográfico. Creo que lo conseguí, aunque la novela tiene momentos de una lubricidad erótica considerable y algunos de sus lectores me hayan confesado que necesitaban de una ducha de agua fría cercana para seguir leyendo. Nada que ver con PUBIS DE VELLO ROJO, mi novela galardonada con La Sonrisa Vertical. Si aquella era un descenso a los infiernos de la mano de un erotismo sadiano contaminado por la novela negra, ésta es un canto al sexo, al placer, al amor y a la vida. Porque curiosamente la novela, que debía centrarse en los terrenos del sexo y sus fantasías, que pretendía, mediante la palabra, excitar al lector, derivó en una gran historia de amor, quizá porque éste, pienso yo, magnifica una actividad rutinaria, lo ensalza, lo convierte en algo perfecto, inasible, puro. Quería contar la vida de su protagonista, Borja, desde el sexo, contar su evolución sexual a lo largo de los años, desde la idealización que el púber tiene de la mujer soñada, como un templo inalcanzable de placeres prohibidos destinados a los mayores, pasando por la adolescencia desenfrenada, siguiendo por una madurez en la que no pierde su apetito y acabando en la senectud, cuando el cuerpo, reacio a sucumbir, agoniza en sus últimos espasmos. Y quería hablar de Leticia, una especie de mujer perfecta que existe en nuestros sueños y, muy de tarde en tarde, se hace carne.
Por casualidad me enteré, a través de Internet, que en Venezuela la editorial Alfadil convocaba un premio de Novela Erótica bajo el sugerente nombre de Letra Erecta, el único después de la desaparición de La Sonrisa Vertical, y envié el manuscrito. Meses más tarde el editor, Leonardo Milla, me llamaba para decirme si podía desplazarme a Venezuela. Supe que el premio era mío.
EL SABOR DE SU PIEL, junto a LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, LLUVIA DE NIQUEL o LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, es una de las novelas que más satisfacciones me ha dado escribirla, una de mis favoritas. Lucho para que se publique en España.

el fallo del jurado
ALFADIL EDICIONES LETRA ERECTA
Nosotros, Ana María Kahan, Israel Centeno, Vivían Jiménez, Iván Niño y Raúl Caza¡, designados por Alfa Grupo Editorial como el jurado del II Premio Letra Erecta de novela erótica Alfadil 2004, habiéndonos reunido en la ciudad de Caracas, y luego de considerar la totalidad de las novelas que participaron en la convocatoria del¡ premio, decidimos conceder por unanimidad el galardón único a la obra El sabor de su píel de José Luis Muñoz. La obra fue presentada con el título «Lujuria» y firmada con el seudónimo «Carpe Diem».
El jurado sustenta su decisión por considerar excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica. La novela está inmersa en una atmósfera en la que el lenguaje, más que sugerir se ajusta limpio, sin prurito ni rubor, a las exigencias de unos personajes que ejecutan una relación triangular y asumen con autenticidad los conflictos de sus afanes amorosos. No hay concesión a la moraleja, dinámica que conlleva a un cierre coherente, con las obsesiones propias de la historia.
Asimismo, el jurado decide nombrar como primer finalista a Yolanda Arenales García con su obra «Madrifornia», presentada con el seudónimo de « Vía Láctea».
En Caracas, septiembre de 2004.

La primera vez. La primera vez que Borja, Hernán y Leticia hacen el amor en una playa. El momento mágico de una entrega amorosa que es irrepetible.


EL SABOR DE SU PIEL
José Luis Muñoz
Editorial Alfadil, 2004, Caracas
Premio Letra Erecta




Fue como una aparición fantasmal. Aun hoy, cuando lo evoco, tengo mis dudas de que realmente fuera así. Los niños, en la soledad de la noche, desarrollan fantasías de terror, creen ver sombras, movimientos de cortinas, escuchar crujidos de huesos y cadenas de fantasmas arrastrándose por el suelo. Los adolescentes, por la misma regla de tres, podíamos desarrollar fantasías parecidas. Venía andando, descalza, por la playa, con un bikini nimio de color negro que la desnudaba más que la vestía. Creo que llevaba la prenda de baño más reducida del mundo, un artilugio de tela que se limitaba a subrayar las porciones más excitantes de su cuerpo y cabría en mi monedero. Los pechos bailaban dentro de aquel exiguo sujetador de tela mojado que revelaba la forma y la textura del pezón que cubrían con una gozosa precisión, como si un pastelero los hubiera untado de chocolate. Se había dado un baño y llevaba gotas de mar prendidas de su glorioso cuerpo. Balanceaba sinuosamente las caderas. Se plantó ante nosotros. Rió.
- Creí que vendríais en bañador. Sería más fácil.
Tenía toda la razón del mundo. Pero nosotros ya dudábamos que viniera y no queríamos coger una pulmonía aquella noche sin más prenda que el bañador. Su repentina aparición, cuando ya estábamos dispuestos a asumir nuestro fracaso, era como un sueño, como el más maravilloso espejismo de nuestra vida. Estaba aquí, ante nosotros, y se ofrecía sin rodeos. Nos miró. Nos miró directamente allí abajo, entre las piernas. Quería sexo rápido y ya. Era lo que queríamos nosotros, por lo que nos moríamos. Estábamos en perfecta sintonía.
- Me parece que ya no hay nadie – dijo oteando la playa en lontananza -. Podemos empezar. ¿Quién da el primer paso?
- Tú, Borja – le dije.
- ¿Por qué yo?
- Creía que os ibais a pelear por ser el primero – dijo con cierto aire de decepción mientras se desabrochaba la parte superior del bikini y nos dejaba alelados con la redondeada belleza de sus senos. El frío había fruncido los pezones y éstos marcaban justo el centro de pechos generosos y turgentes que parecían salir de algún lienzo de los maestros del desnudo. Se los cubrió con las manos, y aquel gesto de falsa timidez aun fue más excitante.
- Vamos – dijo con una voz suave, casi infantil -. El que tenga más ganas. A mí me da igual.
Empujé a Borja. Le ciñó la cintura tras dudarlo. Quizá creyera que le iba a cruzar la cara con un bofetón por tomarse semejantes libertades. Luego se besaron. Él mantenía, pudoroso, los labios cerrados, pero ella se los abrió con la lengua, juguetona, se los chupó, los lamió, los penetró finalmente ante el desconcierto de mi empollón amigo. Lo vi sofocado, perdiendo su norte mientras no se atrevía a dar una utilidad precisa a su sentido del tacto. Luego contemplé como sus manos rozaban tímidamente sus pechos antes de posarse sobre ellos ya sin reparos mientras ella se bajaba la braguita del bañador y exhibía sin pudor su hermoso monte de Venus. Borja estaba muy excitado, iba muy rápido, y yo temía que se corriera en los pantalones, antes de quitárselos. No acertaba el pobre ni con el cinturón, ni con la cremallera. Yo me encontraba a un par de metros del escenario y los oía jadear con intensidad. Eran como dos animales desbocados dispuestos a aparearse que se tanteaban antes de consumar su acoplamiento. Borja ya estaba desnudo, por completo, y el cuerpo le brillaba de sudor a pesar de que caía la noche. Leticia le tomó el pene, con delicadeza, lo acarició, lo llevó a su vientre. Los miré en tensión, con un cierto arrobo. No era lo mismo mirar una película porno en la televisión que asistir a un coito en directo que me iba a dar a continuación la alternativa. Iba a asistir como se la follaba y prometía ser muy excitante. Podía aprender de él puesto que me precedía. Pero yo ya sabía hacerlo, me acordé de la colombiana. Lo hacían de pie. Borja, liberado finalmente de toda inhibición, soltando al macho que llevaba dentro, la besaba en el cuello, en los labios, le lamía los pechos, hundiéndole los pezones con la punta de la lengua, mientras sus dedos se clavaban en las blandas nalgas de ella y las removían. Ella le rogó que empezara. Estaba ansiosa por ser invadida. Miré su rostro. Mantenía la boca abierta y la mirada ausente, una indicación de que se desentendía de lo que hiciera su cuerpo. Borja la penetró tras varios intentos fallidos, tras hundir la polla en el vacío, entre sus piernas, o errar el camino. No debía acertar con la cavidad adecuada y ello provocó una risita en Leticia. Debían de darnos clases particulares en la escuela al respecto en vez de tanta odiosa matemática. Debió practicar más con la colombiana. A mí no me pasaría, me hundiría limpiamente en su preciado coñito. Allí, en aquella parte, las mujeres tenían nada menos que tres orificios en donde elegir, aunque dos eran los usuales para satisfacernos y satisfacerse. Hundió Borja su polla erecta despacio, la sacó entera y brillante, lubrificada por el flujo de ella, y la volvió a meter. La metió y la sacó del sexo de su amante docenas de veces y cada vez lo hacía con más entusiasmo. Leticia temblaba por entonces y me fijé en la humedad de sus muslos. La cabalgó mi amigo dando pequeños golpecitos a su vientre que a su vez provocaban excitantes ondulaciones en sus nalgas. Se movió entre sus piernas mientras ella permanecía de pie, abrazada a él, y gemía mientras me miraba. ¿Por qué lo hacía?, me pregunté sin entender mucho esa actitud. Quizá le excitaba mi situación, mi anhelante espera. Me hubiera corrido con mirarlos. Si acariciaba un par de veces mi glande el semen brotaría con ímpetu y se vertería en la playa. No lo hice. Aguante aquella particular exhibición sexual.


- Me gustas – le decía- Me gustas. Oh, cómo me gustas. Fóllame, folláme más, métemela hasta el fondo.
Me sorprendía la crudeza de su lenguaje, lo directo que era. No se comportaba de muy distinta forma que las siliconadas actrices del porno cuando eran embestidas por las espadas de sus caballeros sirvientes. Sus expresiones sexuales estaban a tono con la rotundidad carnal de su cuerpo, pero no con su cara. Eso fue lo que nos excitó siempre de ella, la disociación de sus rasgos inocentes, de virgen recién salida del cascarón, y su cuerpo que parecía diseñado para el placer, para alimentar las más tórridas fantasías en los más sórdidos burdeles portuarios o en los serrallos de los turcos. Las nalgas de Borja se movían a buen ritmo, acompañando aquella penetración que ya duraba demasiado y ella lo envolvía con sus piernas, perdiendo el contacto con la arena. Desde donde estaba tenía la sensación óptica de que la aguantaba en el aire simplemente con su pene. Parecía mi amigo un conejo follando. Se movía rápidamente. ¿Cuándo tardaría en correrse? Yo me había desnudado y mi pene apuntaba exactamente al cielo y se humedecía solo. Lo masajeé. No hacía falta. Era una lanza de hierro dispuesta a herir aquel tajo placentero que la naturaleza había abierto entre los mullidos muslos de la muchacha de mis ensoñaciones. Jadearon al unísono. Leticia se abrazaba al cuerpo de mi amigo, lo devoraba con los labios, chupaba su cuello, gemía mientras el culo de Borja, por los movimientos sincopados, indicaba que por fin liberaba el néctar en aquel maravilloso coño soñado, que finalmente materializaba las fantasías de tantas masturbaciones frustradas. El semen no se perdía en la mano sino que caía en aquella maravillosa sima diseñada por la naturaleza para abrevar el placer. Lo oí llorar. Ignoraba que alguien pudiera hacerlo sacudido por el éxtasis de un buen polvo. Aun siguieron abrazados, sin separarse, besándose, acariciándose, y las manos de Leticia parecían muy dulces hundiéndose entre los cabellos de mi amigo, recorriendo la espalda, bordeando sus estremecidas nalgas. Tras la violencia de la batalla se firmaba la paz y venía la ternura. Era como si ambos se pidieran perdón por la brutalidad del encuentro.
- Has estado muy bien. Me ha gustado mucho – oí que le decía, y la aborrecí. ¿Acaso ponía notas a sus amantes? ¿A cuántos muchachos ya se había tirado? ¿Qué número hacíamos nosotros? ¿El mil? ¿El dos mil? ¿Aprobaría? -. Sal. Ahora le toca a tu amigo – le dijo, apartándolo y mirándome muy fijamente.
- Maravilloso – suspiró Borja, derrumbándose a mi lado y pasándome el brazo por el hombro mientras cogía el calzoncillo de la arena y se lo colocaba -. Ha sido tocar el cielo. Inimaginable. La mejor experiencia de mi vida. Anda. Ve. Yo te miro.
Parecía difícil de superar. A mi me recibió tumbada. Quizá estaba cansada, o sencillamente quería variar de postura. Había un barniz de humedad en donde se juntaban sus muslos. Me los abrió. Su coño era barroco, una tilde hecha carne, la superficie anhelante de una bonita ostra que alentaba a devorarla y se movía como si respirara, rojiza, oxigenada. Me eché sobre ella, la besé en la nariz, en los labios, en los pechos, se los lamí con fruición, levantando un gemido en ella cada vez que mi lengua los recorría, cada vez que la punta de mi apéndice golpeaba sus pezones. Luego se los palpé con ambas manos, comprobando su consistencia, su tersura, descubriendo el placer que mi caricia producía en ella, y le toqué el culo bajo la arena, y levanté algo sus nalgas para hacer más accesible su coñito enmarcado por corto vello rizado.
- ¿Te gusta? – me preguntó riendo mientras sorprendía mi embelesada mirada hacia la joya que se abría entre sus piernas.
Lo adoraba. Una sima profunda entre las piernas, envuelta en labios de carne, húmeda de excitación y del barniz de semen que había dejado el amante anterior, abierto como una flor carnívora de rugosos pétalos y llamándome a entrar. Una boca vertical, dispuesta a tragarse mi miembro, que expelía un aroma salvaje. Lo hice, mientras la abrazaba, tocaba y besaba, pues ponía en funcionamiento todo mi espectro sensorial para disfrutar de aquel precioso momento, único, mágico, irrepetible de hacer el amor con la primera mujer de mi vida puesto que con la colombiana fue meramente una mecánica venal. Ningún goce posterior superó aquel momento. Era pura liturgia, transferir al mundo real todo lo fantaseado durante años. Entré en ella sin dificultad, como si me tragara un acogedor abismo, me moví ansioso agrandándolo y agrandándome, farfullando obscenidades cuando mi boca se veía libre de sus jugosos labios que jadeaban elogios a mi polla en el oído cuando no me besaban. Crecía dentro de ella hasta hacerme un gigante y sentía el vientre convulso bajo mi cuerpo, estremecido por el placer, ajeno a mi mente, como si yo fuera dos y uno de ellos, el que disfrutaba, estuviera fuera de toda racionalidad.
- Tienes una gran polla. Gran polla. Me gusta. No te corras aún. Sigue, sigue, sigue, pero sin correrte. Detente cuando estés a punto.




Fui obediente. Me detenía para mirar su cara. Sacaba el pene, lo apoyaba tembloroso en sus muslos húmedos y ella me rogaba con un mohín de niña traviesa que se lo metiera de nuevo si era capaz de demorar su corrida. Lo hacía lentamente, observando la gradación del éxtasis en su rostro, me deleitaba mirando como desaparecía en su cuerpo y nuestras ingles se juntaban. Se mordía los labios, entornaba los párpados, se agitaban sus pechos bajo mi mano mientras un alud de contracciones sacudía su vientre.
-¡Cabrón! – decía, cariñosamente, envolviéndome en una mirada turbia - . Parece que lo hayas estado haciendo siempre. Sigue así, sigue así, y no pares.
Brillaba una luz sobre su rostro, por encima de la noche, me hipnotizaban sus ojos de mirada turbia mientras sus pechos botaban entre mis manos y sentía bajo la carne de uno de ellos el batir de su corazón. Palpitaba su vientre bajo el mío. Me quemaba con su pasión. Ardíamos. La besé en la barbilla, mordisqueé sus pezones, metí mis dedos por la raya de su culo hasta acariciar su ano, y ello le hizo gemir intensamente, la sacudió de arriba a abajo, como una descarga eléctrica. Y luego la seguí follando, y me paraba cuando estaba a punto de correrme, para besarla, para acariciarla, para decirle, en mi locura, lo que la amaba, lo loco que me tenía, lo mucho que me había masturbado imaginando ese momento, la vez que la vi desnuda en la ducha, acariciándose en solitario bajo el agua.
- ¿Estabas allí? ¡Sinvergüenza! ¿Por qué no entraste? Hubiéramos hecho entonces el amor, y hubiera sido muy excitante hacerlo en los vestuarios del colegio, con el riesgo de que alguien nos viera. Así, contra la pared húmeda, resbalando por el suelo, tú hundiéndome tu hermosa polla y corriéndote entre mis muslos mientras el agua lamía mis pechos y se llevaba tu semen.
Seguí. Me encontraba bien. Dominaba el asunto como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida, desde la cuna, que follar. Si no tenía oficio ni beneficio podía dedicarme al porno. Me moví entre sus muslos de seda que se cerraban gradualmente para hacer mas angosto su hermoso coño. Era entrar en un tubo de carne húmedo y extraordinariamente caliente. Hacíamos un ruido extraño de tan corrida que estaba ella, un rumor de fluidos espesos y carne que frota. Me pegaba tanto a su cuerpo que ya parecíamos uno, y el sudor, el ungüento que nos unía.



Me detuve para mirar su rostro. Estaba bellísima. Tenía la piel alrededor de la boca enrojecida, por mis besos, como la carne que circundaba las areolas de sus pechos, que parecían haber madurado con mis efusiones bucales. Me fije en ellas. No eran estrellas perfectas de carne, sino que tenían una forma irregular, un curioso relieve derivado del fruncimiento de la carne. Aquel tono profundamente carmesí con que aparecían pintados parecía indicar su alta sensibilidad. Pezones eréctiles, estimulados por mis dedos y mi boca, succionados una y otra vez, saboreados hasta la saciedad, mordisqueados suavemente. Brillaban, cubiertos de baba, mientras mis pulgares se deslizaban por ellos, como las agujas de un reloj para luego invertir el curso de la caricia. Hundía, cuando me cansaba de la rotación, las yemas de los dedos en esa carne blanda y trémula que cedía suavemente y recuperaba su forma primigenia en cuanto abandonaba sus pechos. Le encantaba que le tocaran los senos. Se moría de gusto cuando sentía mis manos y mis labios mimándolos. Su coño se cerraba, se contraía, de puro placer, su cuerpo se tensaba, su vientre se volvía más húmedo y palpitaba.
- ¿Te gusta así? – me preguntaba ella mientras me besaba en los párpados, recorría con manos expertas mi espalda, acariciaba mis nalgas – Lo cierro por ti, Hernán, para que te corras más a gusto. Puedes correrte ahora si lo deseas. Estoy preparada. Ya he tenido varios orgasmos. Ahora te toca a ti tener el tuyo, tu big bang.
Fui a ello. La cabalgué entonces sin pausa, como un corcel brioso que espolea la yegua que monta, sacando fuego de su sexo, una y otra vez, ajeno a sus orgasmos, a su gozo, a sus gritos, a los golpecitos en las sienes, al surco de sus uñas en mi espalda, excitado por el inmenso placer que truncaba su cuerpo y mataba el mío. Entonces noté físicamente lo que iba a ser mi orgasmo, tuve conciencia de ello. Nada que ver con la triste masturbación y el vertido en un coño venal. Tenía algo de sísmico, de dolorosa contracción, de ola que nacía de los testículos y crecía y crecía navegando por aquel tallo hundido y en movimiento, de dolor de resistencia, renuente a liberar, cerrando la puerta por donde ya irremediablemente iba a surgir, desembocar, explotar. Venía, inevitable, violento y placentero, como una sacudida, tirando de mi cuerpo, cegando la cabeza, la vista, como si el centro del universo estuviera en esos momentos en esos veintitantos centímetros de carne dura bien lubrificada por humores propios y ajenos que no cejaban en sus movimientos en ese abismo de placer. Me besó, me pellizcó las nalgas con fuerza, aposentó con firmeza sus manos en ellas, quizá para detener su violento movimientos, para demorar un segundo más, valiosísimo, la explosión del placer, me lamió la cara con la lengua mientras sollozaba.
- ¡Ah, ah, ah, ah, ah!
Seguí cabalgando su cuerpo hasta el límite, hasta la frontera del no retorno, con la vista fija en sus ojos verdes, muy abiertos, y en su boca, floja, húmeda de baba, por entre cuyos labios brillaba el rosario de perlas de sus dientes. ¿Llegaba al orgasmo o se estaba muriendo? Si la estaba matando no por ello iba a parar. Era animal, irracional, impelido por la furia que me movía a entrar y salir en aquel cuerpo pletórico de redondeces que mis manos moldeaban. Flexionó las piernas, llevó sus rodillas a sus hombros, abrió su coño para recibirme con toda la intensidad, y yo me hundí en él con loca pasión y derramé cataratas de placer en sus entrañas sin dejar de mover el culo y convirtiendo todo mi cuerpo en un gigantesco émbolo que se acercaba y se alejaba mientras se vaciaba, una y otra vez, solapando con mis gemidos los suyos. Agonizamos en esos instantes y el mundo dejó de girar. El mundo éramos ambos, el centro del universo, lo único que importaba.




- Te quiero – le dije, besándola con tanto apasionamiento que temía morderla -. Te quiero muchísimo – gemí, infinitamente agradecido a aquel cuerpo que temblaba de excitación entre mis brazos y exudaba placer por todos sus poros, mientras recuperaba el aliento.
No andaba desencaminado Borja en su apreciación de aquel momento irrepetible. El primer coito es una experiencia inolvidable por su terrible intensidad, te deja una marca indeleble más allá del cuerpo, una maravillosa señal en el subconsciente que no se borrará aunque pasen los años y hará que los posteriores actos amorosos sean medidos con ese baremo. Era perfecto, era hermoso, placentero, sublime, divino, lo mejor que nos podía ocurrir, no había gozo que ni de lejos se acercara a esa barroca amalgama de sensaciones límites que llevaba hacer el amor. Por aquel instante, en el transcurso del cual uno quedaba vacío, en blanco, como muerto, estaba justificado nacer, venir a este mundo. Por aquel momento uno podía morir a continuación con la sonrisa en la boca y la sensación del deber cumplido. Nada podía igualar ese placer. Éramos hombres, machos, y veníamos al mundo para amar a las mujeres, para ahondarnos en ellas, abrazarlas, acariciarlas y besarlas. Desentrañar su misterio y alcanzar el éxtasis. Tocar aquel mito carnal que durante miles de horas previas nos había atormentado, palpar la materia del deseo, fundirse en ella. Me desalenté pensando que la segunda vez, si la había, no sería lo mismo, no podía serlo. Me angustié, mientras me abrazaba a ella, pensando que quizá no habría una segunda oportunidad, que yo para ella podría ser un mediocre amante a pesar de sus exclamaciones de gozo. ¿Era una chica educada que no quería desalentarnos?
- Has estado muy bien – me dijo, como si leyera mi pensamiento.
Creo que en aquel momento fue cuando comencé a amarla, en cuanto calmé mi deseo hacia ella y la vi como mucho más que esa preciosa envoltura de carne que para mí, en un principio, era. Lo pensé, una y mil veces, mientras su cuerpo tibio permanecía enroscado al mío, en una eternidad gozosa, temblando ambos, con nuestros vientres unidos, reacios a la separación.
- No salgas todavía – me dijo con dulzura, besándome en los labios. - . Me gusta tu boca, me encanta esa forma tan viril que tienes de besar y de acariciarme, y esa polla maravillosa – maulló, entre sonrisas.
Y permanecí dentro, destilando mi semen en su entrañas, en lento goteo, temblando aun, boqueando entre sus labios, abrazado a su cintura, mi pecho sudoroso contra sus hermosas y suaves tetas tantas veces acariciadas por mis manos, nuestros corazones batiendo al mismo tiempo bajo el caparazón de las costillas mientras recuperábamos el aliento perdido. Aquel tierno abrazo paliaba la brutalidad animal de nuestro ayuntamiento, civilizaba el instinto procreativo que estaba en el origen de ese terremoto carnal. Nos miramos a la cara con cierto pudor, pidiendo excusas por lo que nuestros cuerpos habían hecho instantes antes. Ella volvió los ojos, tímidamente, y a mí me encantó ese recato viniendo de quien se había entregado de forma tan desinhibida hacía sólo unos instantes.
- ¡Qué vergüenza! – me dijo al oído, con una sonrisa tierna.
- ¿Por qué?
- Por disfrutar tanto. Soy una escandalosa. Pero es que el sexo me encanta. Follaría, follaría y follaría hasta la extenuación.
No le pregunté si follaría con todo el género humano o sólo lo haría conmigo. No salí todavía de ella. Mantuve una agradable semierección que me permitió retrasar el traumático momento de abandonarla. No lo hubiera hecho nunca. La besé en los ojos, en la nariz, en la barbilla, me demoré sobre sus labios encendidos, saboreando su deliciosa humedad.
- Te quiero – le dije, en medio de mi borrachera de sentidos.
- ¿Estás seguro? ¿Por un polvo?
- No ha sido un polvo. Ha sido un acto de amor.
- No. Ha sido quitar las bridas a nuestros cuerpos. El amor tiene que ser mucho más complejo. Pero yo también te quiero, os quiero – rectificó de inmediato, al sorprender la mirada de protesta de Borja.
La noche había caído por completo y yo seguía sobre ella, colmándola de besos y de caricias. Ya no buscaba excitarla sino recompensarla, darle las gracias por la generosidad con que se había entregado. Se removió debajo de mí mientras alzaba mi rostro entre sus manos y me observaba con la escasa luz reinante.

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jueves, 28 de febrero de 2008

REVISTA DE PRENSA

El triángulo sexual de los protagonistas en “El sabor de su piel “ de José Luis Muñoz, se entrega sin desmesura a los placeres del sexo, embarcándose en una travesía por sus cuerpos, por los cuerpos de otros, por las mentes de otros, por las ciudades, por el mundo, convencidos de que el placer no les deparará nada malo. En esta travesía, donde la vida y la muerte pueden ser tan sólo un recuerdo, descubrirán la amistad, el amor profundo, la solidaridad y la risa. Borja, Leticia y Hernán van más allá de sí mismos porque el deseo se los dicta y es lo que les permite convertirse en humanos aunque todo no sea más que ficción o ilusión.

LETRALIA

Año IX • Nº 11618 de octubre de 2004,Cagua, Venezuela

El ganador de la segunda convocatoria al Premio Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2004 resultó ser el escritor español José Luis Muñoz, por El sabor de su piel, según se anunció el pasado 8 de octubre en Caracas.
Muñoz estuvo el miércoles por la noche en la capital venezolana, cuando se leyó el veredicto que el jurado —integrado por Vivian Jiménez (ganadora de la primera edición), Ana María Kahan, Iván Niño, Israel Centeno y Raúl Cazal— suscribió por "considerar excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica".
Reposado y pasada la emoción de la primera impresión, comenta que le motivó participar en este premio el hecho de haber tenido ya escrito el texto. "Hace un par de años que lo escribí. Ya había ganado antes el premio La Sonrisa Vertical y en los últimos años no se había vuelto a convocar ese premio. Busqué en Internet y conseguí esta convocatoria". Así arriba a su primera vez en Venezuela.
Su especialidad es la narrativa, especialmente novela negra y erótica. En total tiene unos 23 libros publicados, "de los cuales son cinco eróticos". El otro género le ha granjeado la posibilidad de ser invitado permanente a la Semana Negra de Gijón. "Los géneros me gustan, incluso como lector. Siempre se dice que el escritor escribe lo que le gustaría leer", agrega.
Este autor tiene entre sus títulos la trilogía sobre el descubrimiento de América titulada La pérdida del Paraíso (Planeta, 2002) que ha figurado entre los más vendidos en Venezuela. "Me dedico también a la novela histórica. Esa trilogía me tuvo un año y medio documentándome. Escribirla es de una experiencia satisfactoria, sumergirme por los paisajes".
Acerca de sus próximos proyectos, "hay dos inmediatos. Este año presenté una novela negra ambientada en Las Vegas, y en enero de 2005 presentaré otra negra, ambientada en La Habana: El último caso del inspector Rodríguez Padrón. Hacia marzo o abril, otra novela histórica, Los ritos secretos, sobre la Inquisición y la persecución de los judíos.
Por otra parte, como primer finalista quedó el libro Madrifornia, de la española Yolanda Arenales García. Fuentes de Alfadil comentan que de este modo el galardón apunta a su internacionalización. Entre los países participantes, además de Venezuela, estuvieron España, Estados Unidos, Argentina e Italia.

José Luis Múñoz ganador del II Premio Letra Erecta

NOTICIAS LITERATURAS COM.

El escritor español José Luis Muñoz fue merecedor del II Premio Letra Erecta de novela erótica Alfadil 2004 por su novela “ El sabor de su piel” . El veredicto fue desvelado en acto público por el presidente del jurado y director de la colección Letra Erecta , Raúl Cazal, el pasado miércoles 6 de octubre de 2004.
La obra de Muñoz, presentada a concurso con el título de “Lujuria” y bajo el seudónimo de Carpe Diem , resultó ganadora por unanimidad luego de que el jurado integrado por Ana María Kahan, Vivian Jiménez, Israel Centeno, Iván Niño y Raúl Cazal evaluara la totalidad de obras concursantes provenientes tanto de América como de Europa, sustentando su decisión por “considerar excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica.”
De igual manera resultó premiada como primera finalista la novela “Madrifornia” de Yolanda Arenales García, española de nacimiento y radicada en Estados Unidos, que también será editada en la colección Letra Erecta de Alfadil, el próximo año.
José Luis Muñoz, nacido en Salamanca (España) es novelista y articulista. Ha sido merecedor de más de una docena premios de novela, entre los que destacan: Azorín (1985) por “Barcelona negra” ; La Sonrisa Vertical (1990) por “Pubis de vello rojo” (Tusquets), y Café Gijón (1999) por “Lifting” . Como autor de relatos le han concedido los premios Playboy (1990) por “Bíceps, tríceps, cuadriceps” y Juan Rulfo (2002) al mejor relato policiaco por “El inspector ”, entre otros. Entre sus libros publicados destacan: “El Barroco” (Plaza Janés, 1988), “La casa del sueño” (Laia, 1989), “La pérdida del Paraíso” (Planeta, 2002), “Negra y criminal” (Zoela, 2003) y “Lluvia de níquel” (Algaida, 2004).

LETRA ERECTA PARA EL ESPAÑOL JOSÉ LUIS MUÑOZ
EL UNIVERSAL. Y al abrir la plica con el escogido por el jurado para convertirse en ganador de la segunda convocatoria al Premio Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2004, resultó ser el escritor español José Luis Muñoz, por 'El sabor de su piel'.Muñoz estuvo el miércoles por la noche en Caracas, cuando se leyó el veredicto que el jurado integrado por Vivian Jiménez (ganadora de la primera edición), Ana María Kahan, Iván Niño, Israel Centeno y Raúl Cazal suscribió por "considerar excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica". Reposado y pasada la emoción de la primera impresión, comenta que le motivó participar en este premio porque ya tenía escrito el texto. "Hace un par de años que lo escribí. Ya había ganado antes el Premio La Sonrisa Vertical (TusQuets) y en los últimos años no se había vuelto a convocar ese premio. Busqué en internet y conseguí esta convocatoria". Así arriba a su primera vez en Venezuela. Su especialidad es la narrativa, especialmente novela negra y erótica. En total tiene unos 23 libros publicados, "de los cuales son cinco eróticos". El otro género le ha granjeado la posibilidad de ser invitado permanente a la Semana Negra de Gijón. "Los géneros me gustan, incluso como lector. Siempre se dice que el escritor escribe lo que le gustaría leer", agrega. Este autor tiene entre sus títulos la trilogía sobre el descubrimiento de América, La pérdida del Paraíso (Planeta, 2002) que ha figurado entre los más vendidos en Venezuela. "Me dedico también a la novela histórica. Esa trilogía me tuvo un año y medio documentándome. Escribirla es de una experiencia satisfactoria, sumergirme por los paisajes". Acerca de sus próximos proyectos, "hay dos inmediatos. Este año presenté una novela negra ambientada en Las Vegas, y en enero de 2005 presentaré otra negra, ambientada en La Habana: El último caso del inspector Rodríguez Padrón. Hacia marzo o abril, otra novela histórica, Los ritos secretos, sobre la Inquisición y la persecusión de los judíos. Por otra parte, como primer finalista quedó el libro Madrifornia de la autora española _también_ Yolanda Arenales García. Fuentes de Alfadil comentan que de este modo el galardón apunta a su internacionalización. Entre los países participantes, además de Venezuela, estuvieron España, Estados Unidos, Argentina e Italia.


"Eso es amor. Si fuera sexo ya nos hubiéramos cansado. El sexo es mera mecánica. Nos daría igual con ella que con otra. Yo me estaría follando a la colombiana, o a otra como ella. Y no es así. Yo no deseo a ninguna mujer, sino a ella. Me muero por estar con ella. No es un coño lo que ando buscando, sino su coño. Nos une una intimidad y una complicidad imposibles de encontrar en otra persona. Hay cariño aparte de satisfacción carnal. Nos esforzamos porque ella disfrute tanto o más que nosotros. Eso es amor."José Luis Muñoz. El sabor de su piel.

NOVELISTA ESPAÑOL GANÓ PREMIO ALFADIL
El Mundo, 7/10/2004

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) ganó el II Premio Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2004 con El sabor de su piel. Este escritor, que tiene en su haber una media docena de galardones, reconoció que su obra alude a un triángulo sentimental donde el sexo fluye sin fronteras.
EL SABOR DE SU PIEL GANÓ EL PREMIO DE NOVELA ERÓTICA
El Mundo, 7/10/2004

El galardón venezolano para el erostismo literario "saltó el charco". Se lo ganó un prestigioso escritor nacido en España, hace 53 años.
La obra El sabor de su piel, del español José Luis Mufloz, ganó el II Premio Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2004, según veredicto leído anoche en la Librería Alejandría II. Una vez conocido el resultado del certámen se presentó el libro galardonado, de. 172 páginas, publicado por Alfadil Ediciones.
Dijo Cazal que la novela premíada fue presentada al concurso con el título de Lujuria" y bajo el pseudónimo " Carpie Diem" y resultó ganadora por unanimidad, luego que el jurado que integró, junto a Ana María Kahan, Vivían Jiménez, Israel Centeno, e Ivan Niño, evaluara la totalidad de las obras concursantes, provenientes tanto de América como de Europa, sustentando su decisión por "considerar excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica".
El jurado también reconoció como primera finalista a la novela Madrifornia, deYolanda Arenales García, española radicada en EstadosUnidos, la cual también será editada en la Colección Letra Erecta de Alfadil, el próximo año.
Tradición del erotismo literario
El jurado del II Premio Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2004 en su veredicto puntualiza que consideró excelente el manejo del tema, ceñido a los registros de la tradición erótica. "La novela está inmersa en una atmósfera en la que el lenguaje, más que sugerir, se ajusta limpio, sin prurito ni rubor, a las exigencias de unos personajes que ejecutan una relación triangular y asumen con autenticidad los conflictos de sus afanes amorosos. No hay concesión a la moraleja, dinámica que conlleva a un cierre coherente, con las obsesiones propias de la historia".
GANADOR EN CARACAS José LuisMuñoz (Salamanca, 1951) llegó antier a Caracas, para estar en la entrega del Premio. Fue invitado por los organízadores del certamen, tras advertirle que era uno de los seguros finalistas y que por tal razón tenía que estar presente en la premiación. Él tenía el pálpito que podía llevarse el galardón, pero fue horas antes de la ceremonia que se lo dijeron.
Muñoz, que es un veterano en eso de ganar premios literarios, pues hasta ahora ha recibido más de una docena, entre ellos "La sonrisa vertical", de 1990, por Pubis de vello rojo, en reunión con los periodistas dijo que un líbro se explica solo, pero que en función de los futuros lectores de su novela adelanta que se trata de una historia triangular. Ahí, Bórja, Letícía y Hernán van más allá de si mismos porque el deseo se los dicta y es lo que los permite convertírse en seres humanos aunque todo no sea más que ficción o ilusión. ¡Habrá que leerla y disfrutarla!
E.A. Moreno-Uribe
LETRA ERÓTICA
El Nacional, 8/10/2004

Después de haber ganado más de una docena de premios de novela, el articulista y novelista español José Luis Muñoz fue galardonado con el II Premio Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2oo4, por su obra El sabor de su pie. La decisión del jurado, conformado por Ana María Kahan, Vivian Jiménez, Israel Centeno y Raúl Cazal fué unánime "por considerar excelente el manejo del tema, ceñido a los registros de la tradición erótica". La primera finalista es Yolanda Arenales, por su obra Madrifornia.
JOSÉ LUIS MUÑOZ, ENTRE PREMIOS
Tal cual, 8/10/2004

Seleccionado entre 18 obras, El sabor de su piel, escrita por este español, fue galardonado con el Letra Erecta 2004
Alojado en el hotel de¡ centro comercial Paseo Las Mercedes, el escritor español José Luis Muñoz no tuvo siquiera que tomar un taxi para recibir el II Premio Letra Erecta, que otorgó la editorial Alfadil en la librería Alejandría II del mismo centro comercial.
"Esta ciudad está diseñada para coches, no para transeúntes", se queja este oriundo de Salamanca, al comentar sus impresiones en una Caracas nublada y congestionada de autos.
En su historial de novelista reposan ya dos premíos de género: La sonrisa vertical, concedido por la editorial europea Túsquets, en 1990, y el premio Playboy obtenido ese mismo año.
Seleccionado por Ana María Khan, coordinadora de la revista Complot, Vivian Jiménez, premiada por Letra Erecta en su primera edición, Iván Niño, Raúl Caza y el escritor Israel Centeno, el manuscrito de Muñoz, El sabor de su piel gira en torno a un triángulo amoroso; es una narración que va entrelazando la vida de los protsgonistas.
"Lo que hace el texto es describir existencia de estas personas, única y exclusivamente, en claves sexuales. Desde la adolescencia siguiendo a una juventud, la sexualidad se vuelve para estos personajes en el eje de sus vidas. Luegó, cuando son personas adultas, la cosa se complica, dos de ellos se casan y es así como llega el clímax", describe brevemente su novela, que éscribió hace dos años, luego de verse afectado por la pérdida de un gran amigo.
A pesar de que dice no utilizar seudónimos sino cuando «el concurso lo requiere", Muñoz presentó El sabor de su piel ante el jurado de la editorial Alfádil con el alías Carpe Diem, (en latín: agotando los instantes). Pero advierte que el género que mejor domina es la novela negra.
Muñoz asegura que la literatura latinoamericana está pasando por un buen momento, como consecuencia de un camino abierto por el Premio Nóbel Gabriel García Márquez y el peruano Mario, Vargas Llosa. Pero lamenta que los buenos escritores venezolanos no sean conocidos en Europa, porque a pesar de su calidad, sus libros no llegan a las librerías de Epaña.
"Creo que el momento de la literatura latinoamericana es francamente bueno, es un tipo de lenguaje que tiene gran riqueza líteraria e imaginativa, e incluso diría que está en mejor estado de salud que la española, ya que actualmente hay cierta debilidad por los latinoamericanos. Ustedes conservan un tipo de castellano que allá está en desuso; su raíz está basada en el mestizaje y en las culturas de los indígenas. Eso se nota muchísimo a la hora de escribir».
Dedicado a la literatura desde hace veinte años, este escritor nocturno, que no puede apagar su computadora antes de terminar con 15 páginas diarias, tiene planeado continuar proyectos con la editorial Alfadil. Pero aun cuando es la primera vez que recibe un premio en tierras venezolanas, aspira a escaparse de la prensa, si ésta lo permite, para visitar Los Roques antes de su partida. Puede que esas playas del arrecife sean el escenario donde se desenvuelvan las diatribas de la novela erótica del próximo año. "Un género bastante estimulante y diverido que me permite hacer grandes alardes de imaginación"

JOSÉ LUIS MUÑOZ RECIBIÓ EL PREMIO LETRA ERECTA
Últimas noticias, 10/10/2004
Adela Medina Calatayud

De España llegó José Luis Muñoz a recibir el primer premio del concurso Letra Erecta de Novela Erótica Alfadil 2004, galardón que obtuvo con la obra El sabor de tu píel.
El jurado, compuesto por Raúl Cazal, Israel Centeno, Ana María Khan, Iván Niño y Vivían Jiménez -ganadora de la primera edición de Letra Erecta-, tomó su decisión por considerar "excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica".
Muñoz no podía estar muy sorprendido cuando se leyó el veredicto, pues sonriente dijo: "recibí una llamada del director, que muy discretamente me dijo que estaba entre los finalistas y que querian contar con mí presencia aquí, y yo me dije " si me quieren llevar a Caracas será porque habré ganado...".
Tampoco debió extrañarle haber obtenido el Letra Erecta ya que por su trayectoria se puede decir que es un hombre de concurso, ostenta más de una docena de premios, entre ellos el Azorín con Barcelona negra (1985), "La Sonrisa Vertical", con Pubis de vello rojo (1990), y Café Gijón con Ufting (1999).
Asegura no tener ningún prejuicio respecto a los concursos. "Esta es una vía para mí muy positiva que me ha permitdo publicar con regularidad". Dice participar casi por comodidad, "Porque cuando se prescenta una novela a concurso... sabes que la van a publicar, el día que lo harán, que van a pagar ......"
El sabor de su piel gira alrededor del erotismo, de las relaciones íntimas que tienen los protagonistas, "pero no sólo es una novela erótica, que puede excitar la libido de algún lector, sino que es una novela de pasiones y de amores, es sobre todo una novela de amor, amor imposible, amor loco que dura todo la vida".
El autor, que se dedica fundamentalme a la auvela negra, reconoce qué hay cierta tendencia a clasificar los géneros de menor a mayor, pero para él la literatura es literatura a. secas, y lo que hay que juzgargar es la calidad de la obra.
Siendo un ganador reincidente en literatura erótica, menciona entre las obras fundamentales de género las de Henry Míller Anaís Nín, El Satiricón de Petronio, Elogío de la madrastra, de Vargas Llosa, y principalmente la de los surrealistas...
El escritor. Mufloz es un lector voraz y un escritor precoz. "Mientras los chicos jugaban a pelota, yo leía". Sus primer lecturas fueron, entre otras, Enid Blyton, Salgari y Verne, de allí a Joseph Conrad, para pasar a Dovstoyevky, Dickens... y es en la universidad donde descubre a Julio Cortázar, de quien aprendió que "escribir era como un divertimento, como un juego"
En cuanto a la escritura recuerda hacerlo desde que tiene uso razón, a los 7 u 8 años hizo una novela de 14o páginas, dos años más tarde escríbió otra a 200 páginas, y a los 14 una de 1.000. Para toda esa producción contó sólo con su imaginación. Su primera obra la publica en 1985. Hoy tiene 23 libros impresos, y tres mas que vienen por allí.
CATALANES
Diario en gerundio
El Mundo, 11/10/2004
En llegando a Caracas despues de una breve estancia en Barcelona me encuentro con un cuadro catalán que ayuda al duro golpe de la transación entre un país de primer orden y otro de de quinta categoría como el que me ha tocado desvivir. El ganador del II Premio Letra Erecta es el catalán José Luis Muñoz con su novela El sabor de su piel. Experto en estas lides de la civilización del sexo, exhuma veteranía y oficio con lo que más le sobra a la literatura erótica: imaginación y fantasía.
JAVIER VIDAL
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EL ARTÍCULO DEL DÍA

Cuando cumplí 40 años, de lo que ya hace 16, escribí este artículo nostálgico que ahora no sé si llegó a publicarse pero lo hace ahora. Lo encontré por casualidad y la casualidad hace que salga hoy. Bueno sí, ya lo sé. Habla, por aquel entonces, de cuando le llegue el turno a Fidel. Le llegó. Fidel se ha ido, pero se queda. Postfidelismo con Fidel a la sombra.

SENTIMENTALISMO
El otro día tuve una esclarecedora, y más bien triste, conversación con un amigo generacional, de esos que te echas en el instituto y mantienes con el paso de los años como amistad totémica e incombustible. Hablamos de los cuarenta, de los cuarenta años que yo cumplía, y que él estaba a punto de cumplir, de lo que cambiaba el mundo a nuestro entorno en momentos tan críticos de nuestra existencia, y lo difícil que resultaba asumir esta galopada alocada de fin de siglo que pulverizaba fronteras e ideologías. “Lo de la URSS es patético” me decía, en referencia a Leningrado convertida en San Petersburgo, a la entronización de los zares si se encontrara algún descendiente de los Romanóv, a la proscripción de los comunistas, a los revolucionarios liderados por Yeltsin y alimentados por pizzas de McDonald’s y coca colas, a la momia de Lenin sacudida en su mausoleo, a los popes barbudos de la iglesia ortodoxa rusa desfilando con sus oropeles, “pero te imaginas cuando le llegue el turno a Cuba, a Fidel. No sé si podremos aguantarlo”.
Formo parte de una generación, no sé si utópica o idiota, que se forjó en unos ideales de libertad, radicalismo, idealismo, ganas de remover el mundo y un profundo sentido de la solidaridad que estaba por encima de colores, fronteras, sexos y lenguas. Políticamente, bien mirado, nuestros logros fueron nimios, pero en cambio si se consiguió una verdadera revolución en las relaciones sexuales, paterno filiales, docentes, etc., que aún perdura. Ahora esos parámetros, que constituyeron nuestra guía moral, se nos ha derrumbado ante nuestra estupefacción y la humanidad entera corre el peligro de ser súbdita del imperio americano, con todos sus deberes pero con ninguno de sus derechos. Si hay que ser americano, cosa a la que no hago ningún asco, me encantaría serlo de pleno derecho, es decir, poder elegir mediante sufragio entre el burro y el elefante.
Hay un cierto alborozo carroñero en cómo se describe desde los mass media esa hecatombe del socialismo real con la que nunca habíamos simpatizado. Y con el hundimiento del buque insignia del comunismo resulta que nadie ha sido comunista en este país, o si lo fue, se trató de un pecado de juventud del que se arrepiente con vehemencia. La semántica evoluciona con una rapidez galopante, y comunista suena ya como una especie de antigualla, de enfermedad senil, de virus. Deberemos avergonzarnos del comunismo como de las enfermedades venéreas, y la palabra acabará sonando tan mal como el chacra, la gonorrea, la sífilis. Solo nos falta sustituir aquellas añejas fotografías del Che, que tampoco colgábamos porque nos repugnaba la mancillación capitalista de su imagen, y reemplazarlas por las del Oso del Desierto, Schawrzeneger o Busch, los líderes de esta revolución que sacude el árbol del mundo y arroja al suelo la fruta cansada de las ideologías.

viernes, 22 de febrero de 2008

FIRMA INVITADA

Conocí a Jordi Sierra i Fabra hará la friolera de veinte años, como padre de alumno del colegio Costa i Llobera, de maravillosa memoria, en donde estudiaban nuestros hijos. Compartimos página en la revista Tiempo, si la memoria no me falla, en un reportaje sobre la novela negra que se hacía en Barcelona, género al que yo era un recién llegado, con Andreu Martín y Manuel Vázquez Montalbán, y recuerdo que él aparecía en postura distendida en la foto que ilustraba la entrevista, rodeado de discos de vinilo, otra de sus pasiones. Luego la primera Semana Negra, el título que me debe a mí, FÁBRICA DE NUBES - y me dedicó, por cierto -y reencuentros en saraos literarios. Hace poco salió en los periódicos por dos motivos: el Premio Nacional de Literatura Juvenil e Infantil que había obtenido y por ser uno de los autores más leídos en España después de Cervantes, Cela y García Márquez. El relato que me regala, y regala a todos ustedes, es inédito y nada tiene que ver con la faceta más reconocida de Jordi Sierra i Fabra como autor infantil y juvenil, y es que, cuando quiere, puede ser negro, muy muy negro. Seguro que les sorprenderá agradablemente porque no le conocen tanto en labores de narrador policíaco. Y las ilustraciones a la altura del relato: EL SAMURAI de Jean Pierre Melville.



EL HONOR DEL ASESINO A SUELDO
© Jordi Sierra i Fabra

En el momento de aparecer la pistola en su mano, ella dijo:
—No lo hagas. Y él la miró como si no supiera de qué estaba hablando, con la mano firme en torno a la culata y los ojos perdidos en su imagen, en todo lo que representaba, su hermosura, su libertad...
Su futuro.
—Debo hacerlo —aseguró.
—¿Por qué?
—¿Lo preguntas en serio? —en su tono había incredulidad—. Soy el mejor. Esa es mi reputación.
—Pero esto es distinto.
—No, nena, no lo es. Ya lo sabes. Se trata de un contrato. Nunca he roto uno. Jamás he fallado. Y tampoco voy a hacerlo ahora. De todas formas, si no lo cumpliera... otro lo haría por mi.
—Huyamos.
—No. —Juntos. Los dos.
—No.
—¡Por Dios, se trata de ti y de mi!
—Lo siento, cariño.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. Fue algo espontáneo. Brotaron igual que sendos manantiales y resbalaron por sus mejillas hasta bordear los labios, carnosos, sensuales. A él le fascinaban aquellos labios. Besarlos, morderlos. Finalmente las lágrimas desaparecieron en el más allá del espacio que se abría al final de su rostro dolorido, saltando de la barbilla al vacío.
—Estás loco —susurró.
—Tal vez.
—Yo podría...
Hizo un gesto, un inútil esfuerzo de avanzar hacia él. La pistola se movió ligeramente, subió unos centímetros, la apuntó.
La mano era firme.
—No te muevas, cariño, será mejor para los dos. Y más fácil.
—Hagamos el amor.
Una hermosa idea. —¿Ahora?
—Sí, ahora. Aquí y ahora.
Logró hacerle sonreír, sin ganas.
—Me gustaría —asintió con la cabeza para reforzar sus palabras—. Sabes que me gustaría.
Ella comenzó a desabrocharse la blusa. No fue un gesto deliberadamente rápido, pero tampoco lento. Temblaba.
—No lo hagas —dijo él.
No le obedeció. Continuó desabrochándose los botones, uno a uno. Sus manos, con las uñas largas y cuidadas, hacían y repetían los gestos con mecánica precisión. Dejó en libertad sus pechos, jóvenes, duros, fascinantes. Parecía que la escena incluso la excitaba.
Los pezones ya estaban duros. Le miraban fijamente.
Una directa mirada de desafío y amor.
Tragó saliva.
Ella ya no se detuvo. Continuó. Se quitó la blusa y la tiró al suelo. Luego, sin esperar ni un segundo, hizo lo mismo con la falda. La cremallera bajó haciendo un siseo armónico, sin esfuerzo, como si estuviese perfectamente engrasada. Dejó que la corta pieza de tela negra, en forma de tubo, resbalara y cayera en torno a sus muslos, hasta quedar detenida por el suelo, envolviendo sus zapatos de tacón, altos, sobre los que las dos piernas semejaban esculturas de mármol.
La sorpresa fue mayúscula.
No llevaba bragas. Los ojos de él naufragaron en la espesa y cuidada mata de vello púbico.
Podía sentir su sabor en la boca.
Y su calor en su propio sexo.
—Ven —le pidió ella.
—No.
—Hagámoslo, una vez más, y si después quieres apretar ese gatillo... no te lo impediré.
—Es tarde.
—¡Nunca es tarde! —quebró ella su aparente tranquilidad—. ¡Olvida ese contrato! ¡Estoy contigo! ¿Por qué destruir eso? ¡Por favor, vayámonos lejos, dónde nadie nos conozca ni nadie nos encuentre!
—Nos encontrarían.
—Hay un millar de islas perdidas en todas partes.
—Pero si tú estás en una de ella, darán conmigo.
—Me teñiré el cabello, seré fea, diferente.
Casi le hizo reír. Forzó una mueca que era eso, una media sonrisa de ironía y pesar. Obviamente no la creía. ¿Cómo ocultar aquella belleza? ¿Cómo...?
Seguía con los ojos fijos en su sexo.
Y el bulto de sus pantalones revelaba que su ánimo también.
—Te quiero —susurró él levantando de nuevo la mano que sostenía la pistola.
—No lo entiendo —volvió a llorar ella.
—No hay nada que entender. Firmé.
—Nunca preguntaste a quién tenías que matar, ni por qué, ¿verdad?
—No. Es malo saber demasiado. Y me pagan por actuar, no por pensar.
—El último romántico —se burló ella con acritud.
—Mi padre siempre decía: «Hazlo, nada más». Y llevaba razón. Es todo lo que cuenta. —Tu padre estaba loco.
—Era un hombre de honor.
Ya no podía más. La impotencia la hizo estremecerse, como si de pronto un ramalazo de frío la hubiese sacudido de arriba abajo. Dijo lo único que podía decir en un momento como aquel.
Lo mismo que él acababa de decirla hacía unos segundos, a modo de despedida.
—Te quiero...
Cerró los ojos. No quería oír el disparo.
—Me hubiera gustado que fuese distinto, nena.
—Cariño...
La pistola subió un poco más. Dejó de apuntarla. Se giró en dirección a si mismo. Llegó hasta su sien derecha. Allí ni siquiera vaciló un instante.
Sonrió.
Y en el momento de sonar el disparo, de que su cabeza estallase en una especie de gran trueno rojo, ella abrió los ojos.
—¡¡¡Nooo!!!
Cayó de lado, mientras la sangre lo salpicaba todo, la pared, el techo, el suelo. Algunas gotas llegaron hasta ella, picoteándole la piel, tan cálidas que fue como si de repente se hubieran convertido en aceite hirviendo. Eso la hizo detenerse, horrorizada.
Se llevó una mano a los labios.
Y se mordió.
El cuerpo llegó al suelo. Produjo un ruido sordo. La pistola rebotó también en él. Produjo otra clase de ruido, metálico. En menos de diez segundos todo volvió al silencio y la inmovilidad.
Casi todo.
La sangre resbalaba por las paredes, y con ella, arrastrándolos, pedacitos de cerebro y vísceras.
Le miró.
Ya no era guapo, ni estaba vivo. Era un muñeco roto.
Un pobre, estúpido y leal muñeco roto.
Ni siquiera se había dado cuenta de que sobraba.
Siempre fue leal.
Hasta la muerte.
Ella suspiró.
—Sí, cariño —reconoció impotente—, siempre fuiste un hombre de honor. La «familia» lo es todo. La maldita «familia». Ellos sabían que ni siquiera dudarías en matarte a ti mismo, porque nunca te interesó saber a quién tenías que matar. Sólo dónde, cómo y cuándo. Maldito honor...
Se dejó caer de rodillas a su lado y empezó a llorar suavemente.

Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) es el escritor español más prolífico y uno de los más leídos, conocido sobre todo por sus obras de literatura infantil y juvenil, aunque es también un notable estudioso de la música rock (estuvo, por ejemplo, entre los fundadores del programa «El gran musical», y ha publicado numerosos estudios al respecto).
Sus primeras incursiones literarias comenzaron a los ocho años, y a los doce ya tenía su primera novela larga, de 500 páginas. En 1970 abandonó los estudios y el trabajo para profesionalizarse plenamente como comentarista musical. Es el creador de varias revistas, como Popular 1 y Super Pop, y del Trivial Pursuit de rock. En 2004 superó los 7 millones de libros vendidos en España. Hoy es un experto en música rock. Tiene una extensa obra y ha obtenido multitud de premios (más de treinta), ya sea en castellano o en catalán (Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Vaixell de Vapor, Gran Angular, Edebé, Columna Jove, Joaquim Ruyra, CCEI, A la orilla del viento, entre otros muchos). Recientemente ha creado una fundación con su nombre, destinada a promover la creación literaria entre los jóvenes de lengua española.
Decir que Jordi Sierra i Fabra es el rey del best-seller español es sencillamente quedarse corto. Si yo decía que escribo como respiro, pues no sé lo que puede decir Jordi de su dependencia a la literatura. ¿Come todos los días? ¿Duerme? Su bibliografía, que adjunto, que en otro autor serían los libros de toda una vida, son los publicados...en 2007!!!! Más información en su maravillosa página webb http://www.sierraifabra.com


Los dientes del dragón (SM, 2007)
Las fronteras del infierno (SM, 2007)
El misterio del futbolista secuestrado (EDB, Marzo 2007)
El asesinato de la profesora de lengua (Anaya, 2007)
Càsting (Columna, 2007)
La casa vieja (Destino, 2007)
En busca de las voces perdidas (Planeta Oxford, 2007)
Genios en apuros (Panamericana, 2007)
El camino de las Siete Lunas (Alfaguara, 2007)
Radiografía de chica con tatuaje (La Galera, 2007)
Regreso a La Habana (Robinbook, 2007)
La piel de la revuelta (Belaqva, 2007)
La gran aventura (Bambú, 2007)
Soidades de Ana (Galaxia, 2007)
Història i poder del rock català (Enderrock, 2007)