jueves, 27 de marzo de 2008

FIRMA INVITADA

Conocí a Oscar Godoy durante una estancia en Bogotá, en la sede de la Universidad Central, donde imparte clases de literatura, atendiendo una invitación para dictar una conferencia sobre Género Negro que resultó muy exitosa a nivel personal. Durante la semana que permanecí en Bogota, intercambié con él muchas impresiones sobre literatura y política. De hablar pausado e ideas claras, Oscar Godoy, además de excelente anfitrión, me obsequió con una de sus novelas. de regreso a España la leí. La altura literaria de Godoy me sorprendió gratamente, como el relato que me envía, original y creativo, una muestra de su valía y vanguardismo. Y además ocurrió una cosa curiosa que vale la pena resaltar, para probar que existen meigas en eso del quehacer literario. Justamente cuando iba a pedirle un relato para mi blog, él se anticipó, el mismo día, casi a la misma hora, como si hubiera leído, por encima del Océano, mi pensamiento.

SUSANA Y EL SOL
© Óscar Godoy Barbosa


—¡Susana!
Sentada en el escalón de la puerta (¿ella?), Susana mira la calle. Con sus ojos (¡ella!) recorre fachadas de edificios, andenes solos, autos que transitan de vez en cuando (¡descarada!). Luego sonríe para sí, levanta la cara y los hombros desnudos, cierra los ojos y se entrega (qué rico) al disfrute del sol. La mañana de domingo es luminosa, sorprendente para esta Bogotá apabullada por dos meses continuos de nubarrones y aguaceros. Los deportistas de la cuadra fueron los primeros en notar el súbito verano y ya salieron rumbo a la ciclovía. En bicicletas, en patines, a pie, desfilaron solos o en grupos pequeños, provistos de tenis y sudaderas y cascos y cantimploras. Fueron los primeros, pero no los únicos. Un grupo de adolescentes (quiubo, men) empieza a reunirse en la esquina, en actitud despreocupada. Discuten las opciones (salgamos, juguemos un picado, salgamos, vamos a la tienda, salgamos, hay sol, salgamos). Y de nuevo discuten las opciones (salgamos): o seguir la ruta de los deportistas, en jauría de bicicletas, o arriesgarse a explorar a pie las montañas que acechan la ciudad. La segunda opción gana por mayoría (montañas, sol, aventura). Cinco de ellos (ya volvemos) corren a sus apartamentos y regresan con cantimploras y morrales pequeños, donde se abultan naranjas, leche condensada, bocadillo de guayaba, paquetes chatarra. Los demás revisan vestimentas: tenis resistentes, ropa cómoda, cachuchas para burlar al sol, chaqueta impermeable (nunca se sabe). Sus risas llenan la cuadra (nos vamos). Pasa un largo rato antes de que todos se consideren listos y, por fin, suena la voz de mando (nos vamos).
Los pasos iniciales de la improvisada excursión, valientes, optimistas, vacilan cincuenta metros adelante, tropiezan, se empujan unos a otros, se detienen. La aventura se desdibuja de repente al descubrir en esa puerta a Susana. No alcanzaban a verla desde la esquina (tan bella). Sólo ahora, al pasarle cerca (tan pulposa). Saben lo que ocurre en ese edificio de cuatro pisos (¡guau!). En alguna época debió tener apartamentos, pero hoy se encuentra (eso dicen) intercomunicado por puertas y escaleras y pasillos secretos y salones y habitaciones y saunas y bares (dicen), cuatro pisos con un solo propósito (el pecado, mija). Por eso la miran (¡una de ellas!), comentan en voz baja (tan pálida), se tapan la risa (tan lanzada), se estremecen (tan bella), y ninguno se atreve todavía a dar el primer paso para dejarla atrás y retomar el objetivo inicial de las montañas. Los ojos de los muchachos empiezan a mirar a Susana desde abajo, desde los pies (tenis blancos, de niña), suben por sus piernas cubiertas por un pantalón rosado de sudadera (tan largas), descubren la blusa azul cielo con los hombros destapados (esa piel), donde ni siquiera la posición discreta, un tanto encorvada hacia delante, logra disimular el tamaño y la pujanza de los senos (¡guau!). Allí se detienen, entre los hombros, que dan una idea del color de piel, y los senos (¿se los viste?). Sólo algunos llegarán más arriba, al cabello oscuro, recogido por detrás en una moña, a la cara blanca y los ojos cerrados (tan bella). Los ojos cerrados de cara al sol (lo que yo quiero son sus rayos).
—¡Susana!
A Susana, piel desgastada, sin maquillaje, expresión de disfrute total (qué rico), las miradas le resbalan. Desde que decidió sentarse a la entrada del edificio, veinte minutos atrás, se sabe observada y no le importa. Los conductores de dos o tres automóviles, surgidos de garajes vecinos, la miraron con intensidad (al fin se dejan ver), por encima de las caras de esposas o hijos (¿quién es?). Igual algunas mujeres rumbo a Carulla (ahora sí nos fregamos). Igual los niños (¡vive gente allí, mami!). Igual los deportistas (mamita). Le (me) resbalan. Desdeñosa (lo que yo quiero es el sol).
—¿Dónde está Susana?
El edificio de cuatro pisos no se distingue de los demás en su aspecto exterior (si supieran). Salvo por un detalle sólo perceptible para los vecinos: las oscuras cortinas cerradas día y noche. Corren rumores y quejas desde hace tiempos (que se vayan). Este tipo de establecimientos no debería funcionar en barrios decentes (tenemos niños). Recolección de firmas. Protestas del comité de vecinos (que se vayan). Panfletos en las paredes. Peticiones firmadas en manos de concejales, del alcalde local, del alcalde mayor, de autoridades nacionales. Un par de notas en los periódicos (sin fotos, por favor). Nada ha valido: los autos lujosos, de vidrios oscuros, que entran al garaje, o que a veces se detienen enfrente unos segundos mientras desciende su ocupante (descarados también), proveen suficiente protección. Corren rumores sobre la calidad y la investidura de los clientes (así cómo). Nadie en la cuadra tiene tanto poder. Por eso, con el tiempo, ha imperado la costumbre. Y un acuerdo tácito, en beneficio de las partes: negar toda evidencia. Por eso las cortinas. Por eso las paredes y vidrios contra el ruido. Por eso el silencio lúgubre. Por eso la discreción para entrar o salir, tanto de clientes como de muchachas (si supieran). Por eso pocos notan sus apariciones, cubiertas por gafas y abrigos oscuros, siempre un taxi junto a la puerta, nunca un recorrido a pie por esta calle. Por eso el horror (nos fregamos), el escándalo pintado en tantos ojos, ante el atrevimiento de Susana (lo que yo quiero es el sol).
—¡Susana!
La luz artificial, el maquillaje, el humo del cigarrillo, las sonrisas fingidas, la saliva, el semen, el sudor, las cremas, las caricias sin amor, las uñas, los mordiscos, las palmadas, el cansancio, el licor, las sábanas, los espacios opresivos resecan la piel, la cubren de pliegues mínimos, impensables para sus veinte años (lo que yo quiero es el sol). Demasiado tiempo en ambientes cerrados. Demasiados alientos. Demasiados ojos. Demasiados dedos. Demasiados labios. Demasiados gemidos falsos.
—¿Dónde se metió Susana?
A esta hora de la mañana, la luz del sol llega plena hasta la puerta del edificio. Susana la siente (mujer), la disfruta (qué rico). No le importan las miradas de los muchachos (¿la viste?) que no lograron avanzar en su excursión y formaron un pequeño tumulto en diagonal a ella, ni tan cerca para evidenciar su interés ni tan lejos para no perder detalle (es linda). Levanta más la cara, con los ojos cerrados, y la ofrece al sol (¿puedes creerlo?). Cada movimiento suyo (¡nos fregamos!), por mínimo que sea, suscita un suspiro, una sonrisa, un coro de rumores (tan bella) entre los muchachos, y nuevas señales de rabia entre los demás vecinos de la cuadra (¡descarada!). Susana siente el calor en la piel (cuánto tiempo sin sus rayos). Quisiera exponer más, ofrecer el pecho, el ombligo, las caderas, las nalgas, las piernas, las rodillas, los pies, toda esa piel blanquecina, desgastada, transparente. Sabe que no puede hacerlo. No debe. No se atreve. Al menos la cara y el cuello, al menos las ojeras y los hombros y los brazos y las manos. No logra evitar una sonrisa (ahora sí nos fregamos, mija).
—¡Susana!
La voz gruesa de mujer resuena desde adentro del edificio y alcanza por fin a Susana (¡me llaman!). Susana da un brinco (¡no!), abre los ojos (¡no te vayas!), congela la sonrisa (qué pesar). Balbucea una disculpa, que se diluye bajo una ráfaga de palabras de la otra mujer desde adentro (menos mal, mija). De mala gana, se levanta (¡no!). Lo hace despacio, a propósito. Procura alargar los segundos de sol sobre su cuerpo (al menos lo sentí en la piel). Antes de entrar lanza una mirada a la calle. Sonríe a los muchachos (¡nos vio!). Una sonrisa de quince años (tan bella). Se da vuelta, como una reina de belleza (nos fregamos de verdad, mijita). La cuadra entera la mira, expectante (¡se nos va!). Las miradas tal vez no le resbalan (¿ahora qué hacemos?). Lamenta el sol, ese sol limpio y mañanero (la delicia de sus rayos). Es lo único que quiere extrañar (¡por fin! Qué pesar. ¡Descarada! Se nos fue. ¿Quién era, mami? Tanto tiempo sin sol. Una aparición, viejo men. Bellísima. Buenísima. ¿Le viste los ojos? Una perdida. La perdimos. ¿Y ahora qué hacemos? Adiós). Es lo único que quiere extrañar, cuando cierre la puerta y deje respirar al barrio.
[i] Segundo premio en el Concurso Nacional de Cuento Revista Número – Bogotá Capital Mundial del Libro, 2008.


Oscar Godoy Barbosa nació en Ibagué (Colombia) en 1961. Comunicador social - periodista de la Universidad Externado de Colombia, realizó estudios de postgrado en literatura, en la Universidad de París III. Ejerció el periodismo en distintos medios de comunicación de Bogotá, y en la actualidad es colaborador de revistas de información general. Ejerce la docencia en el Taller de Escritores de la Universidad Central y en el Departamento de Humanidades y Letras de esa misma institución académica. Ganó el Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores (Medellín, Colombia), en 1998, con el relato Mis jueves sin ti, el Concurso Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira, en 1999, con la obra Duelo de miradas, y obtuvo el segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuento Revista Número – Bogotá Capital Mundial del Libro (2008, con el relato Susana y el sol. En guión, resultó seleccionado en el concurso "No se le arrugue", de Punch Televisión (2000), con el guión Concierto para violín y carretera, y en la convocatoria "Que ruede el talento", del Ministerio de Cultura (2001), con el filminuto Emergencia. Relatos suyos han sido incluidos en antologías de Editorial Planeta (2002), del concurso de cuento corto del diario El Tiempo (2001), del Concurso de Cuento de Revista Número (2008), y en revistas virtuales como Río Grande Review, de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de El Paso (Texas). Su segunda novela, El arreglo, será lanzada durante la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá, en abril de 2008.

REVISTA DE PRENSA

EL MAL ABSOLUTO
Entrevista a José Luis Muñoz
(publicado en El Tintero)

Una periodista de la ZDF es el hilo conductor de El mal absoluto (Algaida), la novela con la que José Luis Muñoz habla del Holocausto, exponiendo de una manera objetiva dos testimonios contrapuestos, una víctima y un ex oficial de las SS.
Muñoz que consiguió con esta novela el XI Premio de Novela Ciudad de Badajoz, nos conduce con un lenguaje preciso y claro, hasta la posición de juez y parte, haciéndonos reflexionar sobre la condición humana y metiéndonos en la piel de los asesinos.

¿Cómo surgió la idea del libro?
Es una mezcla curiosa, yo era un escritor precoz, la primera novela la escribí a los nueve años y con diez años escribí mi segunda novela que curiosamente se llamaba Auswitch, cuarenta años después retomé el tema de una manera muy anecdótica, viendo un programa de la BBC que hablaba sobre el Holocausto. Ese programa emitía una serie de entrevistas, con víctimas y verdugos, donde me llamó la atención que las víctimas aparecían destrozadas, con taras físicas y mentales, viviendo casi en la indigencia, personas que casi eran muertos en vida; y, sin embargo, los verdugos, funcionarios muchos de ellos del Campo de Concentración de Auswitch, vivían muy bien. Concretamente, recuerdo uno que me ha servido para recomponer el personaje principal de la novela que vivía en una casa con todo lujo, con jardines y tenía un aspecto muy cultivado, muy arreglado, con fotos de sus nietos en la habitación donde lo entrevistaban; y era una persona en apariencia maravillosa y cuando la periodista intentaba sonsacar detalles escabrosos no tenía ningún reparo en reconocer lo que había hecho, en reconocer que había matado a niños y a todo el que se había puesto en su camino en el campo y que no se arrepentía ni lo más mínimo. Y eso, la verdad, se me quedó marcado, cómo puede haber gente que después de haber cometido todas esas atrocidades, luego a cara descubierta lo confiese sin ningún pudor. Entonces, pensé qué puede pensar una víctima que esté viendo esto. Y de ahí nació la novela.

¿Cómo consigue no tomar partido ni por las víctimas, ni por los verdugos en la novela?
Eso es lo importante, he tenido que hacer un esfuerzo gigantesco pero lo que odio en literatura es el maniqueísmo, creo que tiene que ser el lector el que tome partido y yo tengo que mantenerme al margen. Un poco mi voz en la novela puede ser la de la periodista que se siente horrorizada por lo que va descubriendo, se siente horrorizada por la complicidad de la sociedad alemana de aquella época. Pero recuerdo perfectamente, el capítulo cuando entrevista al oficial de las SSS, Gunter Meissner, mucha gente me ha dicho que parecía que estuviese a favor del nazismo porque casi lo justificaba en ese capítulo, prácticamente se convence al lector, el personaje razona una y otra vez y casi se llega a comprender el nazismo. Es meterse en la piel de la sociedad alemana de la época, para eso hay que hacer un esfuerzo muy grande, para el que también me ha ayudado mucho haber escrito novela negra, te tienes que meter en la piel de los asesinos para intentar comprenderlos.

¿Cómo explicas que se sigan repitiendo los ejemplos de asesinatos en serie, como en el nazismo?
Creo que dentro del ser humano hay una dualidad del bien y del mal y ese mal lo tenemos reprimido, un instinto salvaje que tenemos la especie humana reprimido, por las normas sociales, por las leyes, pero en un momento determinado se levanta la veda, y mucha gente se lo toma de forma entusiástica y dan rienda suelta a esa parte salvaje. Igual que pasó en Yugoslavia. Esta novela es una reflexión sobre el mal, sobre el mal de la condición humana. Y decir que el Holocausto es una falacia que fue una estrategia de la elite dirigente del partido nazi, de un loco que se llamaba Hitler, es equivocarse. El Holocausto fue una empresa en la que participó un país entero, los constructores que construyeron los campos de exterminio que sabían para lo que era, los que proporcionaron en gas Ciclón, un matarratas potentísimo, que también sabían para lo que era; los que explotaron los esclavos judíos; todas las empresas alemanas sobrevivieron al nazismo y explotaron hasta la muerte a millones de seres humanos. Hasta el punto de que los uniformes maravillosos de las SS estaban diseñados por Hugo Boss. En esta barbarie participó prácticamente todo el país, de una manera o de otra.

Otra curiosidad, es que leyendo tu libro te das cuenta de que el nazismo fue una máquina de crear psicópatas, en ambas filas, en las de los verdugos, indiscutiblemente, pero también entre las víctimas…
Hay que tener en cuenta que las SS eran implacables, habían pasado por un proceso de entrenamiento que se iniciaba en las juventudes hitlerianas, a los 12 años, se los llevaban al campo, donde les hacían aguantar todo tipo de sufrimiento e infringirlo a los demás y cuando esas generaciones llegaban al ejército se convierten en una máquina de arrasar, hicieron toda clase de barbaridades, 20 millones de muertos en los campos de exterminio. Además, es curioso que la operación se vivía como una gran empresa de destrucción porque estaban estresados porque no les daba tiempo de matar a tanta gente y cuándo apareció el matarratas potentísimo, Ciclón, fue una bendición porque era una forma rápida y muy cómoda de matar en masa y relajarse un poco. Se llegaban a exterminar hasta 20.000 víctimas en un solo día, lo anotaban todo, los nombres, las personas que mataban al día…
Es espantoso, incluso el papel de las enfermeras nazis, que tenían hijos y no dudaban, ni se inmutaban cuando nada más nacer los hijos de las mujeres del campo los ahogaban en un cubo de agua. Es muy difícil de comprender.

Y después de todo, ellos están intentando repetir lo mismo en Palestina.
Eso es lo que pasa, el niño maltratado se convierte en maltratador de mayor. ¿El hombre ha aprendido de la historia? Está claro que no ha aprendido nada.

Yolanda Barambio Checa


EL MAL ABSOLUTO (Algaida, 2008), Premio Ciudad de Badajoz. 309 pgs. P.V.P. 20 €Si desea comprar el libro clique aquíEl mal absoluto

NEWS


FERNANDO MARÍAS GANA EL GRAN ANGULAR

Fernando Marías - LA LUZ PRODIGIOSA, CIELO ABAJO, INVASOR, PÁGINAS OCULTAS DE LA HISTORIA, EL MUNDO SE ACABA TODOS LOS DÍAS -, añade, a su ya dilatado currículum de prestigiosos premios literarios - Nadal, Ateneo de Sevilla, Nacional de Literatura - el Gran Angular, el más importante en el terreno de la literatura juvenil, que concede la editorial SM y lo recibió de manos de la princesa Leticia. La novela, según palabras de su autor, incide en la guerra de Irak, segunda incursión de Marías en el tema tras INVASOR, la novela publicada en Destino que también rozaba el conflicto. Desde aquí mi abrazo, enhorabuena y ganas de leerte.

ESTOY LEYENDO

LA CARRETERA
Cormac McCarthy

Mira por donde un escritor hudizo, que eso deberíamos serlo todos, al estilo de Thomas Pynchon o Sallinger, de los que nadie sabe si siguen vivos o han muerto - quizá su albacea esté publicando sus novelas póstumas a cuenta de los invisibles autores -, se convierte en escritor de moda por varios motivos. Uno, que su novela LA CARRETERA obtiene el Premio Pulitzer. Dos, que NO ES PAÍS PARA VIEJOS es llevada al cine por los Coen.
Es LA CARRETERA un libro seco, árido, como el paisaje desolado por el que deambulan sus dos protagonistas, un adulto y un chico, sin más pertenencias que un carrito de supermercado, un arma de fuego y algunas latas. Es una novela de carretera fría y atípica. Quizá su dato más relevante es la poca información que se nos da del desastre que ha convertido el mundo en un erial en donde sobreviven seres al margen de la ley y la civilización, asesinos y caníbales de los que hay que cuidarse, y de las circunstancias personales de los protagonistas: nada. Acompaña el lector en ese errático deambular sin meta a los dos protagonistas, y lo hace sin que estalle, en ningún momento, la emoción. Está perfectamente escrito el libro, sin duda, con las palabras justas, lo que no siempre es facil conseguir, esa economía del lenguaje, la precisión de su léxico, pero le falta carne y sangre al relato. Realmente todo esta muerto, todo es gris y mortecino, y no hay salvación posible. Una novela apocalíptia y nihilista. JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL DVD

Ante el revival de la descabezada reina que se está celebrando en París por todo lo alto, bueno sería recuperar esta pelicula de Sofía Coppola que tanto dio que hablar por su poco ortodoxa banda sonora. A mí me encantó.


MARÍA ANTONIETA
Sofía Coppola

Sofía Coppola, a quien todos recordarán, sin duda, en la tercera parte de El padrino de su progenitor - bastante maltratada por la crítica, por cierto, no la película sino su interpretación - parece haber heredado los genes creativos de papa Coppola, cineasta algo alejado del cine tras habernos dejado un rastro de indudables obras maestras absolutas que incluyen la saga mafiosa sobre la familia Corleone o la prodigiosa adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en Apocalipse now, uno de los mejores filmes de guerra. Pues bien, su hija, que empezó discretamente con un film titulado Las vírgenes suicidas y rozó el éxito con Lost in traslation, una extraña y envolvente película sobre el amor y la soledad en un Tokio posmoderno que sirvió para consagrar a la rutilante Scarleth Johanson, llega ahora con una cierta areola de escándalo con este biopic moderno – junto a la música barroca un rock bastante duro se encarga se subrayar determinadas secuencias del film sin que chirríe el conjunto – sobre la figura de María Antonieta.


La película puede llevarnos a engaño. Su suntuosidad, su alarde de medios – nadie puede imaginar lo que se ha pagado por rodarla íntegramente en el Palacio de Versalles -, su envoltorio frívolo y esteticista – visualmente es una película exquisita, perfecta, tanto como su bella protagonista Kirsten Dunst, un descubrimiento de Sofía Coppola que no sólo es hermosa sino que también es expresiva y buena actriz – pueden hacernos creer que estamos asistiendo a la visión de un film totalmente superficial cuando no lo es en absoluto. María Antonieta, bajo su brillo diamantino, es una crónica dramática sobre el final de una época y sobre la ceguera de una clase aristocrática tan alejada de la realidad – impecables los retratos de costumbres palaciegas, los rituales del vestir y desvestir a la reina, los juegos nocturnos en los jardines, el pesado protocolo a la hora de comer, el apasionado y romántico idilio de la reina con el capitán que da lugar a una de sus secuencias más bellas: cuando imagina a su amante en la soledad de su cámara, etc. etc. – que sólo se dio cuenta de ella cuando la afilada hoja de la guillotina cayó sobre sus cuellos. Una frase achacada a la inocente y bella reina descabezada cuando le dijeron que el pueblo no podía comer pan, “Pues que coman pasteles”, resulta ejemplarmente clarificadora acerca de la burbuja en la que vivía esa corte francesa que no sabía, o no quería ver, que sus días se acababan por la práctica del exceso sin paliativos.



La película, como toda obra de arte, no es objetiva. En sus planos finales, cuando las turbas rodean el Palacio de Versalles, la imagen de los reyes, siguiendo estrictamente los protocolos alimentarios que preceden a sus comidas, sin cambiar un ápice sus costumbres, deslizan una mirada cómplice hacia esos dos buenos inocentes que se han criado entre algodones y nunca pisaron la sucia realidad de las calles de Paris pero aceptan con cierto heroísmo su final. En un momento todo se rompe, todo ese mundo se hunde, estrepitosamente, como esa araña espléndida de cristal que yace esparcida por una de las suntuosas habitaciones de palacio después de haber sido asaltada por el populacho. María Antonieta es un hermoso canto al fin de una época, una bellísima película rodada por una Sofía Coppola en auténtico estado de gracia que demuestra, en cada uno de sus planos, un grado excelso de inspiración. Banquete para los sentidos y regalo para cinéfilos, María Antonieta consagra a su realizadora como una de las más promesas más firmes de ese cine americano que cada vez se parece más al cine europeo.


JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL LARGO ADIÓS

RAFAEL AZCONA
Se fue discretamente Rafael Azcona, el guionista al que sin duda el cine español le debe muchos de sus éxitos. Su nombre va ligado, indefectiblemente, al de Luis García Berlanga y con él hizo algunas de sus obras maestras: EL VERDUGO, sin ir más lejos. Con un soberbio oído para el diálogo y una capacidad infinita para crear personajes de carne y hueso, Azcona, de quien se ha dicho formaba pareja de éxito con el director valenciano, trabajó con Marco Ferreri, Carlos Saura, José Luis Cuerda y Fernando Trueba, entre otros. Los muchos Goyas que consiguió, a lo largo de su carrera - hasta cinco - no le hicieron cambiar de vida ni de hábitos. ¡Quién no se ha reído con sus hilarantes diálogos o quién no ha sentido el amargo pullazo de su humor vitriólico! -. Sin él, el cine español se queda huérfano y seguro que ya no volverá a ser el de antes.

RICHARD WIDMARK
Aquel malo malisimo que tiraba a un parapléjico por las escaleras en EL BESO DE LA MUERTE de Henry Hathaway consiguió convertirse en héroe de muchos filmes negros - PÁNICO EN LAS CALLES, LA BRIGADA HOMICIDA -y westerns - EL ALAMO, EL HOMBRE DE LAS PISTOLAS DE ORO, DOS CABALGAN JUNTOS, EL GRAN COMBATE, LA CONQUISTA DEL OESTE - gracias a que era un chico rubio, de ojos azules y bastante bien parecido. Nunca brilló excesivamente en sus papeles, pero siempre fue un intérprete sólido que imprimía verismo a los personajes que encarnaba. Con él muere uno de mis referentes de las sesiones dobles de mis cines de barrio que marcaron mi infancia y adolescencia y ya no existen: Delicias, Máximo, Rovira, Roxy, Principal Palacio, Moderno... Prácticamente ya no nos queda nadie.

EL ARTÍCULO

La guerra de Irak, aunque algunos ya no lo recuerden, empezó hace 18 años. Gobernaba entonces en USA otro Bush, el padre del actual inquilino de la Casa Blanca, y en España no estaba el PP sino el PSOE, colaborando activamente en la masacre contra la antigua Babilonia. Desde los aeropuertos de las bases yanquis de nuestro país, con la aprobación de Felipe González, los superbombarderos norteamericanos partían con una carga letal de bombas que causaron en un sólo mes la escalofriante cifra de 200.000 muertos, casi todos civiles. Las manifestaciones contra la guerra, que las hubo, no fueron tan masivas como las de la segunda edición de la masacre auspiciaba por el trío de las Azores. Algunos periodistas, que ahora van de pacifistas - recuerdo, especialmente, a José Antonio Sacaluga - eran los más incendiarios belicistas y hablaban del peligro que suponía, para el mundo, el ejército del detestable Sadan Hussein: un bulo chapucero, una intoxicación mediática que toda la prensa, sin excepciones, tragó. De ese período rescato una serie de artículos que ahora me parecen premonitorios del desastre al que íbamos. Se publicaron todos en el desaparecido diario EL SOL. El que sigue, con fecha 31 de agosto de 1990, ya era un negro presagio de lo que se avecinaba.

VIENTOS DE GUERRA



El Sol, 31/8/1990
La alegre ceguera con que algunos azuzan la confrontación en el Golfo Pérsico permite pensar que Occidente está deseoso de sentar, de una vez por todas, que él es el fuerte y que está dispuesto a imponer con mano de hierro su autoridad a los disidentes, rebeldes y locos del Tercer Mundo.
Las repercusiones por la anexión de Kuwait por parte de Irak han sido tan inesperadas como la propia invasión del pequeño país del Golfo. La fulminante respuesta de Estados Unidos entra dentro de la lógica militar que va dominando cada vez más la política estadounidense y que se acentúa tras el abandono del papel de árbitro que la URSS tenía asignado. Esta moderna cruzada para liberar los Santos Lugares del petróleo puede tener consecuencias de una gravedad considerable sea cual sea el desenlace, y, a medida que pasa el tiempo, el desenlace se vislumbra cada vez más tétrico. Si grave e inaceptable es la anexión de un territorio libre por otro mediante la violencia, no menos grave es el intentar generalizar un conflicto regional e internacionalizarlo, y el forzar la solución militar del mismo.
Nadie puede aprobar la brutal anexión de Kuwait por el régimen dictatorial de Saddam Hussein, intolerable por cuanto se sojuzga una nación libre, aunque la Andorra del Oriente Medio sea fruto del caprichoso colonialismo británico. La reacción de las Naciones Unidas es adecuada con la agresión: unánime condena y exigencia a que se devuelva la soberanía al estado kuwaití, y una eficaz arma de presión para forzar al régimen de Saddam Hussein a la devolución del territorio ocupado: el embargo económico. Estados Unidos va mas allá de las resoluciones de Naciones Unidas, decidiendo enviar a su ejército y a su marina. El estacionamiento de tropas americanas en la frontera con Arabia Saudita está justificado ante el eventual avance de Saddam Hussein hacia Riad, forma un cordón defensivo al que invoca el rey Fadh mediante tratados bilaterales, y seguramente si Estados Unidos no hubiera desplegado su ejército, el megalómano líder iraquí se habría apoderado de la totalidad de la Península Arábiga. Pero el acopio desmesurado de las fuerzas americanas hace prever que el perro no se limite a enseñar los dientes y muerda. El tercer acto de esta tragedia es que Estados Unidos está presionando, y de hecho ya lo ha conseguido, para que todo Occidente se vuelque en esta fratricida confrontación Norte-Sur que se veía venir desde hacía tiempo, con lo que el gigante americano está consiguiendo internacionalizar un conflicto local, implicando a terceros países temerosos de sentirse descolgados -y España es uno de esos países, debatiéndose entre participar o no en la tenaza militar, contradiciéndose nuestro presidente cuando expresó, muy acertadamente, que la solución a un conflicto regional tenía que ser regional, con lo que esa absurda medida de enviar barcos al Golfo, sin mediar consejo de ministros ni convocar el pleno del Parlamento, no se entiende sino como un acto de vasallaje a los halcones americanos.

Sorprende en el desarrollo de este conflicto, aparte de la total unanimidad de la opinión occidental y de parte del mundo árabe en la condena sin paliativos a la acción espuria de Irak, unanimidad y firmeza que sería deseable se reprodujera ante otras flagrantes violaciones de los derechos internacionales, la alegre ceguera con que algunos medios azuzan a la confrontación, como si la guerra fuera el deporte favorito de la humanidad y Occidente estuviera deseoso de sentar de una vez por todas, por si alguien lo había puesto en duda, que él es el fuerte y está dispuesto a imponer con mano de hierro su autoridad a los disidentes, rebeldes y locos del Tercer Mundo. Diarios, revistas y cadenas televisivas parecen haber cerrado filas en tomo a Estados Unidos sin cuestionar las repercusiones que un acto bélico de esta naturaleza pueda tener para la posteridad. De muy diversos modos se está preparando a Occidente para esta deseada confrontación, en la que anidan no pocos sentimientos racistas que están aflorando con brutalidad en toda Europa, contándosenos de forma pormenorizada, como si de una apasionante partida de ajedrez se tratara, el número de fuerzas, sofisticadas armas, tanques, aviones, navíos en posición de ataque, navíos en camino, misiles que se almacenan a ambos lados del desierto esperando el detonante que encienda la mecha de la grotesca partida de la muerte. Ese cerrar filas ante los valores occidentales, ciegamente y sin ningún cuestionamiento, sea quizá la primera piedra de esta Europa que estamos construyendo, harta de turcos, moros, argelinos, senegaleses, en busca de su pureza racial, y que ahora tiene la oportunidad, no ya de expulsarlos de sus territorios, como si fueran la peste, sino de machacarlos en su propio terreno, en el desierto, aunque la excusa sea tan pobre como la de acudir en auxilio de un país no democrático, con un régimen tribal y en el que los que trabajan son de fuera.
Defender lo indefendible sería justificar a Saddam Hussein, un dictador populista surgido del Baas, el partido socialista iraquí, con sueños de grandeza y deseos de convertirse en el gran líder del mundo árabe. Hussein fue el carnicero de Bagdad y sobradamente lo demostró en la guerra contra Irán, iniciada alevosamente cuando su país vecino se debatía en la cruenta revolución que destronó a Rezha Palhevi, ocho años de destrucción sistemática, un millón de muertos y un retorno a las fronteras antiguas. Eso sí, esa guerra puso en grave crisis la economía mundial del petróleo, como supuestamente lo está poniendo la ocupación de Kuwait, y ninguna fuerza multinacional liderada por la gendarmería de Estados Unidos fue a poner paz entre los bandos contendientes. Las potencias occidentales armaron hasta los dientes a las huestes de Saddam Hussein, porque le consideraban menos peligroso y más occidental que el fanático imán Jomeini.
Que la situación de los Derechos Humanos resulta pavorosa en el Tercer Mundo ya lo sabernos. Pero desengañémonos, no son la defensa de los derechos humanos ni actitudes altruistas el combustible que pone en marcha las hélices de aviones y navíos de esa formidable fuerza que se ha puesto en marcha. Entre otras cosas porque quienes se dicen gendarmes de nuestro mundo civilizado difícilmente pueden darnos lecciones de ética después de haber vulnerado las veces que les ha dado la gana las leyes internacionales a lo largo de su breve historia. Están muy recientes las aventuras americanas en Vietnam y en Camboya, en las que las barbaridades cometidas contra la población civil y contra el medio ambiente hacen que Saddam Hussein sea un modesto aprendiz de brujo químico, está muy reciente la conquista de Granada, otro ejemplo, como el de Kuwait, de un pez grande devorando a un chico: el bombardeo de Libia con la muerte de hombres, mujeres y niños inocentes, que nadie se atrevió a llamar terrorismo; el derribo, por error, de un avión de pasajeros iraní; la injerencia descarada en los asuntos de Nicaragua, financiando y armando una guerrilla hostil al régimen constituido, o la ocupación militar de Panamá, que aún dura y de la que nadie se acuerda, por desavenencias personales entre el ex jefe de la CIA con su peón Noriega para que no veamos en el gesto americano en el desierto saudí la típica machada de la que Bush, quizá el presidente genuinamente más americano y peligroso de los últimos tiempos, tras las cruzadas contra la droga y la pornografía, echa mano para el rearme moral de su gente que, periódicamente, como los vampiros la sangre, necesita de guerras justas frente a enemigos malos.
Y si antes el villano tenía los rasgos pétreos del soviético, de la bestia comunista, tras la era Gorbachov ese estereotipo ya no vale y se ha tenido que sustituir por el moro cetrino, traidor y malvado con aspecto de Arafat, Gaddafi, Jomeini y, ahora, Hussein.
Mucho se habla en estos días de la guerra química, de los arsenales que tiene en su poder el peligroso megalómano de Bagdad, y se pasa por alto que la verdadera potencia mundial en dicho armamento no es otra que Estados Unidos, y que su capacidad destructora es tal que, descorchada la botella de la locura, podría eliminar cinco mil veces la humanidad entera. Y a Estados Unidos, ahí están los ejemplos de Hiroshima y Nagasaki, no le tiembla el pulso a la hora de utilizar sus armas más mortíferas. Si tan celosos parecen los Estados Unidos en salvaguardar la paz en el mundo, que intervenga en Liberia y ponga fin a esa orgía que está pudriendo el antiguo país fundado por sus esclavos liberados, que presione ante Israel para que dé una patria a los palestinos y acabe con la sistemática matanza de la Intifada.
Lo único que mueve esa formidable máquina de guerra y destrucción, despilfarradora de dinero, y a toda esa red vergonzosa de alegres proclamas belicistas ante el silencio perplejo de una izquierda que ha perdido completamente el rumbo y una Unión Soviética demasiado ensimismada en sus asuntos domésticos, es, como no, la ideología del fin del milenio: el dinero. Y el dinero aquí es el oro negro. Y por ese oro negro, que por justicia se colocó en el subsuelo del Tercer Mundo, un formidable ejército afila su espada legitimado por la conducta indigna de un loco. Para que no suba en exceso la gasolina que vamos a poner en la estaci6n de servicio, para que no tengamos que dejar el coche aparcado durante unos días, unas cuantas miles de personas pueden morir muy lejos de aquí, y lo único que debiéramos sentir por los causantes de semejante desaguisado es un asco profundo.


JOSÉ LUIS MUÑOZ

viernes, 21 de marzo de 2008

FIRMA INVITADA

Conocía de oídas a José Carlos Somoza y con él me unían dos premios compartidos: La Sonrisa Vertical y el Café Gijón. De hecho él estuvo en el jurado del Premio Café Gijón, junto a Rosa Regás y Tino Pertierra, y supo de las dificultades que tuvieron para localizarme, dignas de una novela negra, con intervención de fuerzas policiales incluidas visitando mi domicilio a altas horas de la madrugada. Por esa razón, cuando vi su cara inconfundible de psiquiatra, pese a no haber ejercido nunca su profesión, pasearse por entre los corrillos de invitados a un Premio Cervantes en el Palacio Real, no dudé en acercarme a él e identificarme. Ese, entre reyes, príncipes, princesas, presidentes, políticos y escritores de relumbre, fue el momento en que nació una amistad consolidada por mi admiración por su carrera ascendente y la afición a un extraño whisky ahumado a la que mi relación con él me llevó: Lagavulin. En broma, cuando nos vemos, nos identificamos como miembros del Club Lagavulin. Una de las mejores anécdotas que me contó fue cuando presentó una de sus novelas y un lector, al finalizar, se le acercó y muy serio le dijo: "¿Es usted psiquiatra? Pues yo soy psicópata". Disfruten de esta pequeña pieza maestra que me ha cedido para este blog.


LA QUIMA
© José Carlos Somoza


La historia de la quima me la contó mi abuelo. No es bueno -decía- ponerse a mirar el cielo durante mucho tiempo, porque puedes ver una quima, y ay de ti si eso sucede. ¿Y qué es una quima?, preguntaba yo. Pues un pájaro, pero más veloz. Como una paloma, pero más blanca. Tan blanca que te hiere los ojos y te hace verlo todo gris: la nieve, las nubes de verano, los rayos de la luna, el alabastro, la piel de los muertos, el papel sobre el que escribo..., hasta las sagradas formas (y aquí mi abuelo se santiguaba), que Dios me perdone. Cuando ves una quima, ya no hay remedio: todo lo que miras después se vuelve gris.
Ya soy viejo y no creo en las quimas. Pero acabo de recordar algo.
Era una niña. Nunca supe su nombre. Tenía el pelo color almiar. La vi por primera vez en la iglesia, durante mi primera comunión. Tan embobado quedé al verla que un compañero decidió empujarme para que avanzara hacia el altar. Ella pertenecía a otro colegio, y después de la comunión se marchó. Yo no tardé en olvidarla.
Hasta hoy.
La memoria de los viejos es rara. Desde hace tiempo me obsesiona esa pregunta que todos nos hacemos alguna vez: si he sido feliz, o lo soy, o puedo esperar serlo. He concluido que un matrimonio, un trabajo, unos hijos, una jubilación y una viudez apacible no me permiten quejarme: puede decirse que he sido razonablemente dichoso durante mis sesenta y nueve años de vida. Pero a saber por qué hoy, de improviso, mientras me afeitaba, me ha dado por acordarme de esa niña; de lo despacio que caminaba al ir a comulgar, con la cabeza erguida y la sonrisa pendiente del rostro como una fruta del árbol; de su vestido blanco, tan blanco que me hería los ojos, y del susurro de la tela al moverse, como un suave batir de alas...

JOSÉ CARLOS SOMOZA Nació en La Habana, pero sus padres se mudaron a España en 1960, donde residió desde entonces. Estudió medicina y psiquiatría y no se dedicó a la literatura por completo hasta 1994. Ha ganado diversos premios por sus novelas, entre ellos La sonrisa vertical (en 1996), el Café Gijón (en 1998), el Fernado Lara (en el 2001) y el Ciudad de Torrevieja (en el 2007). Es uno de los autores de más éxito del panorama literario español y sus novelas, que oscilan entre la novela negra, el trhiller y el fantástico, ejercen una profunda fascinación entre sus lectores.



Libros publicados
Planos, 1994
Silencio de Blanca, (Tusquets,1996) premio La Sonrisa Vertical
Miguel Will, (Debolsillo, 1997)
Cartas de un asesino insignificante, (Debolsillo, 1999)
La ventana pintada, (Algaida,1999) Premio Café Gijón
La caverna de las ideas, (Alfaguara, 2000)
Dafne desvanecida, (Destino, 2000)
Clara y la penumbra, (Planeta, 2001) Premio Fernando Lara
La dama número trece, (Plaza Janés, 2003)
La caja de marfil, (Plaza Janés, 2004)
El detalle (Plaza Janés, 2005)
Zig Zag, (Plaza Janés, 2006)
La llave del abismo, (Plaza Janés, 2007) Premio Ciudad de Torrevieja

REVISTA DE PRENSA

Entrevista publicada por el diario levantino VALENCIA HUI el viernes,14 de marzo de 2008 Cultura
“El nazismo no sólo era
Hitler, sino una empresa
bien engranada ”
José Luis Muñoz reflexiona sobre el Holocausto en la novela ‘El mal absoluto ’


Su libro ‘El mal absoluto ’trata el nazismo. ¿Lo que más atemoriza al ser humano es saber hasta dónde puede alcanzar su maldad?
Sí. Hay que tener en cuenta que el ser humano es un ser dual. Dentro de cada persona hay una parte que es el bien y otra que es el mal.

En esta novela a través del nazismo y del holocausto, reflexiona sobre la parte malvada y que tenemos dentro de nosotros.

En un momento de la historia, en la Alemania nazi aflora y lo hace porque hay un régimen político que abre la veda a la cacería de los seres más marginales y buena parte de la sociedad alemana, o se apunta a la cacería o mira hacia otro lado.
Con este libro ha querido acercarse al mal en estado puro y comprenderlo. ¿Lo ha conseguido?
He hecho un gran esfuerzo. Hay una parte de la novela en la que quiero ser lo menos maniqueísta posible, ésta se pone en la piel del nazi y dice que para comprender nuestra situación hay que situarse en esa época, en ese contexto,en esas cirscunstancias. Además, Alemania era un país humillado por las potencias que habían ganado la Primera Guerra Mundial. También hago el esfuerzo por ponerme de parte de la víctima, pero lo que pretendo es que sea el lector el que tome posiciones y el que juzgue, aunque estoy en contra del nazismo.
Ha dicho que el nazismo no debería achacársele sólo a Hitler, sino que era una empresa bien engranada...
Sí,esa es una de las grandes falacias. Se dice que la culpa era de Hitler y de una secta satánica que había a su alrededor. Pero el nazismo no sólo era Hitler, sino una empresa bien engranada. Es una falacia que se puede desmontar rápidamente porque no se puede entender que desaparezcan de un país tres o cuatro millones de judíos, que sean exterminados 20 millones sin que nadie se entere. Están las empresas que suministraron mano de obra gratuita que eran los esclavos que trabajaban en los campos de concentración. Los arquitectos construyeron los campos de exterminio, los médicos experimentaron con cobayas humanas, por lo que no se puede decir que fuera cosa de unos jerarcas nazis. Lo que hubo fue terror a un régimen que practicaba el terrorismo, pero también había complicidad y cobardía y mirar hacia otro lado cuando se producía esa gran masacre.
Países como Estados Unidos,¿miraron hacia otro lado sabiendo que había campos de concentración?
Una de las cosas que más me sorprendió, al cotejar información, fue saber que Estados Unidos, en un momento determinado, supo que había campos de exterminio y no fue una prioridad militar liberarlos. La gente que estaba en los campos de exterminio, cuando veía pasar los aviones aliados, estaba deseando que tiraran bombas que acabaran con ese horror, aunque muchos de ellos murieran, daba igual. Era mejor morir por un bombazo aliado que estar allí esperando la máquina mortífera del nazismo. Los aliados no pusieron prioridad en liberar los campos de exterminio.
¿Cree que la humanidad ya ha aprendido lo que significa el mal absoluto?
Creo que no. Creo que es conveniente recordarlo siempre. Ya hemos visto lo que ha pasado aquí, a las puertas de Europa, en la ex Yugoslavia, lo que ha pasado en Ruanda, lo que pasó durante las dictaduras argentina y chilena. Lo que está pasando con el terrorismo yihadista o con la guerra de Irak. El mal es inherente a la condición humana, lo que ocurre es que el mal con un grado de perversidad como la del nazismo, creo que es muy difícil que se vuelva a repetir, pero conviene recordarlo.
¿Se involucran poco los países con la situación actual?
Europa protesta mucho pero es inoperante desde el punto de vista político y militar. Así, Europa deja que el trabajo sucio lo haga Estados Unidos y luego les critica.
ELISA VIVES


EL MAL ABSOLUTO (Algaida, 2008), Premio Ciudad de Badajoz. 309 pgs. P.V.P. 20 €
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El mal absoluto


EL APUNTE

POR LA BOCA
MUEREN LOS PECES
A cinco años de una de las mayores infamias, la invasión y destrucción de Irak, algunos de sus protagonistas aun se atreven a justificar ese desastre internacional que ha hecho avivar la inseguridad internacional y resurgir el terrorismo yihadista, quizás el oscuro fin de toda esa operación petrolero militar.
De los escasos defensores del desastre, el actual inquilino de la Casa Blanca es uno de ellos. A un lustro de aquel fenomenal engaño, por el que debería pasar por los tribunales y ser destituido por haber engañado con alevosía a toda una nación, el peor presidente que ha tenido la primera potencia mundial no se desdice un ápice de la decisión tomada y no sé a quién engaña con su forzado optimismo. Lo que es evidente es que va a dejar un regalo envenenado a su sucesor. Lo fácil fue entrar en Irak y destronar a Sadam Hussein, pero lo difícil va a ser salir de allí sin empeorar más las cosas de lo que ya están. De momento sigue el negocio en el país castigado por la plaga bíblica de esos chalados neocons: cuantiosos gastos militares que harían temblar los presupuestos de cualquier país del mundo, oportunidad de oro para los guerreros privados amigos del vicepresidente Cheney y para todas las empresas de logística, constructoras, gestoras de los pozos petrolíferos, transportes, etc. que se lucran con ese calvario. El negocio es el negocio y es una maravilla cuando se financia con fondos públicos que, pasados por ese amasijo de sangre y petróleo, se convierten en beneficios privados que van directamente al bolsillo de quienes auspiciaron la subida de ese inepto político al poder.


Desde el otro lado del Oceáno, con un inglés más depurado que el de sus primeras clases en Georgetown, José María Aznar sigue negando la evidencia y haciendo el sordo ante el ruido y la furia de la hecatombe. Cuando debería pasar de puntillas por el asunto, correr un tupido velo sobre su papel vergonzoso en la decisión que tanta muerte y destrucción está llevando a Mesopotamia, el ex presidente español que más exacerbó a los separatismos tampoco se desdice de su amigo Bush ni de su papel en esa foto de las Azores por la que el 99 % de los españoles, a los que debía representar, sentimos profunda vergüenza ajena. En un ejercicio de torpeza e ignorancia se atrevió a decir que ahora, sí, ahora, se vive mejor en Irak que con Sadam Hussein. No sé en qué perversa estadística se basa cuando todo el mundo sabe que ahora, en Irak, o en lo que queda de él, se vive infinitamente peor que con el sátrapa, torturador y genocida Sadam Hussein. Que se lo pregunte a los doscientos mil o millón de civiles muertos en estos últimos cinco años ─ no hay estadísticas fiables en el no país ─, que se lo pregunte al 60% de desempleados, a los cientos de miles de desplazados, a los que no tienen agua ni luz, a los que mueren en los hospitales por falta de médicos y medios, a los que van a comprar y ya no vuelven, asesinados por alguna enloquecida facción o en un control estadounidense. Decir que la situación en Irak es ahora mejor que hace cinco años es sencillamente faltar a la verdad, algo a lo que el ex presidente ya está acostumbrado desde que dijo estar convencido de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak.

Flaco favor le hacen esas palabras a un partido en el que me consta que hay gente inteligente, honesta y válida que se habrá sentido insultada por sus declaraciones. Debería permanecer en silencio, en un modesto segundo plano, hacerse invisible. Pero nuestro inasequible ex presidente, que quiso poner a España en el lugar que le correspondía en el mundo, se queda solo en la esfera internacional defendiendo lo indefendible al lado del político más desprestigiado de las últimas décadas. ¿A qué le está obligando el contrato que en su día suscribió en las Azores? Bueno sería, por higiene democrática, que el monaguillo español acompañara al celebrante norteamericano, cuando éste deje de tener la inmunidad como presidente de USA, al Tribunal Internacional de la Haya, y que compartan juntos el banquillo de los acusados como compartieron con los pies la mesa del rancho tejano.

JOSÉ LUIS MUÑOZ

LA PELÍCULA

POZOS DE AMBICIÓN
Paul Thomas Anderson

No es Paul Thomas Anderson un director que se prodigue, ni muchísimo menos. Aparte de Sydney (1996), su primera y desconocida opera prima, entre Boogie Nights (1997), su película trampolín, una ácida crónica del nacimiento del cine porno americano con un subrayado sumamente negro, y Magnolia (1999), el film que lo consagró, un brillantísimo ejercicio de montaje cinematográfico que estuvo casi a la altura del precursor del subgénero de historias cruzadas, Robert Altman y sus Vidas cruzadas ─ Paul Haggis haría un intento algo más fallido con Crash ─, median dos años, y entre ésta ─ Embriagado de amor (2002) pasó sin pena ni gloria ─ y Pozos de ambición (2007) nada menos que ocho en los que parecía que uno de los mayores e imaginativos talentos del cine norteamericano se había diluido.
En Pozos de ambición, Anderson, a través de su protagonista indiscutible, Daniel Plainview (un Daniel Day-Lewis omnipresente), narra la historia épica de un duro minero que araña materialmente la roca con sus uñas ─ las primeras secuencias, sin diálogo y reiterativas, de Day-Lewis estrellando el pico contra las paredes del pozo, levantando chispas, resumen, por su violencia, lo que va a ser todo el film: una lucha épica contra una naturaleza reacia a dar sus frutos ─ y logra forjar un imperio de explotación petrolífera gracias a audacia, inteligencia natural y ambición desmedida, convirtiéndose en un hombre tan poderoso como incapaz de disfrutar de la vida, algo que queda meridianamente claro cuando una compañía le ofrece explotar sus yacimientos y hacerlo multimillonario mientras él se queda en casa: “¿Y qué haré con mi tiempo libre?” .


Tiene el film de Anderson una textura telúrica, que brota de las entrañas de una tierra árida; nos muestra, a través de imágenes desasosegantes y extrañas, que inquietan al espectador por lo que guardan de amenaza, la relación violenta entre una naturaleza áspera ─ curiosamente es un paisaje fronterizo muy similar del que se sirvieron los hermanos Coen para filmar No es país para viejos ─ y el hombre que trata de explotarla. De esas heridas en la tierra, abiertas con los pozos de perforación, mana con ferocidad el petróleo, como la sangre.

Una espinosa relación paterno-filial, que se trunca bruscamente al final de la película cuando el patriarca retirado se opone a que su vástago vuele por su cuenta; un personaje, el de Daniel Plainview, al que Daniel Day-Lewis otorga presencia inquietante ─ recodemos cómo paulatinamente se va cociendo en su cólera en la secuencia del restaurante, cuando entra un grupo y descubre en él al hombre de negocios con el que tuvo unas diferencias por criticarle haber abandonado a su hijo ─, con una pasado tormentoso, que el espectador debe de imaginar ya que Paul Thomas Anderson no ofrece pistas para que lo reconstruyamos, y un exceso de ambición por esos pozos, centran esta historia de tono épico. Pozos de ambición sería una especie de reverso de Gigante ─ aquí no hay glamur, sino mugre; no hay bellas mujeres, sino atareadas amas de casa que van a la iglesia; ni más lujo que un desvencijado coche ─, una epopeya sobre los pioneros petroleros que se hicieron a si mismos, un drama dotado de una fuerza visual inmediata ─ cada uno de los chorros de crudo que emerge, haciendo temblar la tierra, tiene un impacto considerable ─ que adopta, en casi todos sus tramos, aires de tragedia clásica: el poder no es garantía de felicidad, pero sí de aislamiento.


Pocos rasgos de ese Paul Thomas Anderson inquieto de su anterior filmografía, aquí falsamente reposado, en un film en el que Daniel Day- Lewis impone su mirada desquiciada y sabe traducir su violencia interna a contados episodios de violencia externa que resultan muy convincentes, salvo en la presencia del joven predicador Eli Sunday (Paul Dano), de características muy similares al interpretado por Tom Cruise en Magnolia, tan fanático como farsante, y en los eficaces subrayados musicales que elevan un tono más, si esto es posible, la tensión de Pozos de ambición.


Lo peor, sin duda, el extravagante final, en el que Daniel Day-Lewis sucumbe al histrionismo y se parodia a si mismo, y la propia ambición de la historia argumental, que promete en exceso para luego no dar tanto. Una película que invita a una lectura muy actual desde el pasado: la sed de petróleo del imperio americano, un apetito que no se detiene ante nada ni nadie.

JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL RINCÓN DEL POETA


DESVELOS DE LA LUZ
Santiago Trancón





1

Atraviesan hilos de pálida luz

los ojos de la piedra

y un fulgor de sombras cae

al fondo del río que pasa.


De entre los juncos brota un anhelo

que abraza

el temblor de los álamos.


Por la ribera iluminada

mueren los latidos del agua.


2


La tarde dejaba cristales

clavados en la pupila sin fondo de las hojas.

La rama era un lagarto, una mano

doliente hundiéndose en la nada.





La tarde dejaba arena encendida

en los ojos que subían a las ramas.


La nada descendía

por los costados del árbol e inundaba

de luz la espera, la búsqueda solitaria.


La tarde era un lagarto.

El lagarto era una rama.



3


Quisiera abrazar la certeza de la luz,

la materia en su esplendor.

El mundo es real fuera de mí

y no sólo este velo que enturbia

mis párpados y vuelve todo

espejo de mí mismo.





Anhelo de ver, de salir de mí

y abandonar mi incertidumbre

en la insondable transparencia del mundo.


DESVELOS DE LA LUZ (Huerga y Fierro, 2008), de Santiago Trancón.

Santiago Trancón, leonés, doctor en Filología Hispánica, premio extraordinario de tesis doctorales, tiene editado De la naturaleza del olvido (poesía, Colección Provincia, León, 1989), En un viejo país (novela, Huerga y Fierro, 1997), Teoría del Teatro (ensayo, Fundamentos, 2006), Castañuela 70. Esto era España, señores (estudio histórico, Ramalama Music, 2006), Teatro breve de Rafael Gordón (edición y estudio, Fundamentos, 2006). Además, ha publicado cientos de artículos de análisis y crítica teatral y literaria en El. Viejo Topo, Ajoblanco, Diwan, Primer Acto, Cuadernos Hispanoamericanos, Signa, etc. Ha sido crítico teatral de Diario 16 y El Mundo. Profesor de dramaturgia en la RESAD durante siete años, ha trabajado como actor de teatro y cine bajo la dirección de Adolfo Marsillach, Alberto ,Miralles y Jesús Garay, y ha montado y dirigido numerosas obras teatrales. Autor del famoso Manifiesto de los 2.300, crítico e independiente, asumió el cargo de Director General de Promoción Cultural de Castilla y León (1985/1988), impulsando, entre otros proyectos, el Festival Titirimundi de Segovia. Ha participado en programas de TV como"La clave"y"Negro sobre blanco". Ha sido protagonista involuntario de uno de los últimos escándalos literarios de este país, al quedar finalista del premio de poesía El Parnaso, que ya estaba dado, y denunciar la felonía, y tiene un maravilloso bloc, HACER-PENSAR, accesible desde LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO. DESVELOS DE LA LUZ es su último poemario, en venta ya en las librerías.

EL LARGO ADIÓS


ARTHUR C. CLARKE


Murió a los 90 años Arthur C. Clarke, uno de los iconos de la ciencia-ficción. Con una extensa obra a sus espaldas entre la que destacan numerosas novelas como Preludio al espacio (1951) Las arenas de Marte (1951), Islas en el cielo (1952) El fin de la infancia (1953) Claro de Tierra (1955) La ciudad y las estrellas (1956) En las profundidades (1957) Naufragio en el mar selenita (1961) Regreso a Titán (1975) Fuentes del paraíso (1979) Cánticos de la lejana tierra (1986) Venus Prime (1987) El espectro del Titanic (1990) El mundo es uno (1992) El martillo de Dios (1993), Clarke será sobre todo recordado por 2001, odisea del espacio, que vertió en imágenes Stanley Kubrick y es la película - catorce veces - que más he visto. El corazón de este cultivado aventurero de las letras, que luchó en la Segunda Guerra Mundial, fanático del submarinismo, se detuvo en Sri Lanka, adonde se había retirado desde hacía cincuenta años. Sobre él pesaba una sospecha de pederastía, nunca probada, de la que se hizo eco un diario sensacionalista británico.

EL RELATO

Este relato, ambientado en el medioevo y escrito quince años atrás, vio la luz gracias a haber sido premiado en el concurso de cuento infantil Taramela, 2006, que anualmente convoca el ayuntamiento canario de San Miguel de Abona. Es una rara incursión en un género para mí extraño y muy poco fecuentado, pero disfruté escribiéndolo y espero que lo disfruten leyéndolo. Brujas, bosques fantasticos, soldados brutales e invasores, campesinos felices en una Arcadia rural lejos de todos los caminos conocidos queven turbada su paz, un territorio inventado gracias a mis estancias periódicas en el Valle de Arán y al recuerdo de una antigua película interpretada por Michael Caine y Omar Shariff, "El último valle", conforman EL PÁJARO INEXISTENTE.





EL PÁJARO INEXISTENTE
José Luis Muñoz

Hace muchos cientos de años, en un lugar recóndito del Pirineo al que se accedía por un difícil desfiladero, junto a un torrente de aguas cristalinas que solía helarse todos los inviernos, existía un pequeño pueblo llamado Narjalón del que casi nadie había oído hablar. Eran tan angostas sus comunicaciones, tan escarpado su camino de acceso que bordeaba un barranco profundo, que nadie, que no fuera de la zona, podía imaginar que tras aquellas pendientes de vértigo vivía gente de bien. Eran sus habitantes hombres y mujeres pacíficos, dedicados a los trabajos del campo y a cuidar el ganado, que ni habían oído hablar de guerras ni sabían de más mundo que el que divisaban con sus propios ojos. Los asuntos del reino, las rencillas entre los nobles, las disputas con los árabes que dominaban buena parte del territorio, les sonaban a todos ellos a música celestial.
Una mañana soleada de septiembre Benjamín, el más joven pastor de cabras de Narjalón, se vio sorprendido por la llegada de un grupo de soldados. Nunca había visto gente armada y se quedó embobado admirando sus corazas relucientes, sus vistosos penachos que surgían como colas de caballo coloreadas de sus cascos y sus terribles mandobles pendiendo del costado de las cabalgaduras. Era un grupo aguerrido de una veintena de personas y, a juzgar por el estado de los caballos, venían de lejos.
-Eh, tú. ¡Mocoso! ¿Cómo te llamas?
Quién de manera tan brusca se dirigía a él debía de ser el jefe de la partida. Era un hombre enorme, con la cara surcada por una cicatriz que comenzaba en el ojo y moría en la barbilla y una poblada barba cubriéndole por completo la mejilla.
-Benjamín, señor-contestó atemorizado el mozalbete.
-¿Cómo se llama este maldito pueblo escondido que no figura en ningún mapa?
-Narjalón, señor.
-¿Hay tropa?
-No señor. Yo nunca he visto soldados. Vosotros sois los primeros hombres de guerra que ven mis ojos.
-Pues vamos a Narjalón.


Pocos segundos después Benjamín se encontraba otra vez solo, en compañía de sus plácidas ovejas que parecían no haber advertido la presencia de los forasteros y de ellos sólo quedaban una espesa columna de polvo que el viento de la sierra pronto se encargó de disipar.
Cuando al caer la tarde regresó al pueblo se extrañó del silencio de sus calles; solo la posada, de cuyo interior se escapaba un gran griterío, parecía tener vida en Narjalón.
-Padre, padre -dijo muy excitado entrando en su casa - Han llegado soldados al pueblo, y uno de ellos tiene un aspecto muy feroz.
-Los hemos visto, hijo mío. No son gente de bien. Desde que han llegado no han cesado de beber, gritar y mirar a las mozas. Nada bueno nos va a traer su presencia.
-Pero deben ser soldados del rey, padre. Nunca habían venido soldados a Narjalón.
-Este pueblo pacífico nunca precisó de ellos.
Quedaron todos petrificados cuando una mano, que parecía de hierro por el estruendo que hizo, golpeó la puerta de la casa. Madre dejó de remover la sopa en el caldero y padre fue a abrir con un mal presentimiento.
Tras una bocanada de aire helado entró un soldado vestido con una cota de malla y con una corta espada colgando del cinto.
-Estoy buscando a un jovenzuelo llamado Benjamín, un pastor de ovejas. Le ha caído bien a mi amo y quiere recompensarlo.
-¿Benjamín?- fingió extrañarse el padre- No conozco a ningún pastor por ese nombre.
-Sois un mentiroso, anciano. Ese mozo que trata de ocultarse tras las faldas de su madre es Benjamín. Acércate, rapazuelo.
El joven pastor se acercó cabizbajo al soldado.
-No temas, mocoso. Mi amo quiere verte y saludarte, y puede que te conceda el honor de trabajar para él y entrar a su servicio como paje.
-No os lo llevéis, señor- suplicó el padre- Mi rebaño de ovejas sucumbirá sin su cuidado.
-No es asunto mío. Vamos.
El soldado lo llevó a presencia de su señor. Éste estaba sentado en una mesa de la posada y dejó la jarra de vino cuando lo vio entrar.
-Acércate, hijo, acércate.
Benjamín se detuvo a unos pasos de la mesa y esperó con la vista baja.
-Me llamo Nuño Alvar- rugió mientras tomaba otro sorbo de vino- Y a partir de hoy soy el dueño y señor de Narjalón y todos vosotros mis vasallos.-dijo a voz en grito para que le oyeran todos los presentes- Te cojo a mi servicio porque adivino una inteligencia despierta bajo la pelambrera que te cubre la cabeza. No te veo los ojos pero adivino que deben ver como los del lince. Y seguro que manejas la honda con soltura y eres el rey del cayado. Sé sumiso y obediente y nunca tendrás problemas. De lo contrario tu cabeza adornará mi pica, y sería una lástima un final tan triste para un muchacho tan joven. ¡Venga! ¡Muévete! ¡Tráeme la jarra llena de vino!- ordenó ante las risotadas de sus soldados.
Desde aquel momento Benjamín se convirtió en su servicial paje, o más bien en su servicial esclavo. El secreto estaba en obedecer las órdenes sin rechistar y procurar ser raudo en su ejecución. Su trabajo consistía en limpiar la armadura, engrasar la espada, ayudar a colocar el yelmo y velar su sueño por las noches yaciendo a los pies de la cama sobre una manta.
Conforme pasaban los días Nuño Alba se mostraba cada vez más tirano con sus sorprendidos y no deseados súbditos. Obligaba semanalmente a quien tuviera ganado a entregar parte de él, que luego el paciente posadero se encargaba de matar y cocinar para sus forzados huéspedes. Periódicamente los soldados invadían las casas de los pacíficos ciudadanos para llevarse todos los objetos de valor que encontrasen. El incidente más grave sucedió cuando penetraron violentamente en la Iglesia y comenzaron a robar copas, cálices, custodias y demás objetos de oro y plata. El sacerdote salió a reprenderles por su acción y uno de los soldados, visiblemente borracho, le rebanó el cuello con su daga. Allí quedó su cadáver, tendido frente al altar, ahogado en un gran charco de sangre ante la indiferencia de la turba.
Las tropelías de la soldadesca, envalentonada por la pasividad de los habitantes de Narjalón, fueron en aumento. A los impuestos alimentarios fueron añadidos otra clase de gravámenes más dolorosos: las doncellas más jóvenes y más hermosas debían ser entregadas a la tropa. Se produjeron penosas escenas al separar padre e hijas. Sólo Julián, el herrero, se opuso firmemente a que secuestraran a su bella hija Eunice, pero fue pasado a cuchillo delante de ella y su esposa.


A partir de aquel momento los pensamientos de Benjamín se encaminaron a conseguir deshacerse de esos bravucones y cobardes soldados que amedrentaban y asesinaban a los suyos y habían truncado la paz del valle, y una noche en vela, mientras observaba por la ventana las estrellas del firmamento, recordó que en una ocasión su padre le había hablado de una anciana hechicera que vivía en los lagos y tenía soluciones para cualquier problema. Aprovechó que todos dormían para deslizarse fuera, salir del pueblo y coger el camino que conducía hasta aquellas extensiones de agua sulfurosa a las que pocos osaban acercarse.
Casi dos horas anduvo en la más completa oscuridad y con el corazón encogido por el temor. Los árboles del bosque se le antojaban enormes y amenazadores, el más leve chasquido de una rama le sobresaltaba y los inmóviles ojos de los búhos posados en las ramas le atemorizaban. Al final arribó a su destino, entumecido, con los pies llagados y sin aliento.
En la orilla de un bello lago helado, sobre cuya superficie se reflejaba la luna, estaba la choza de la bruja. Llamó temeroso a la puerta y penetró dentro temblando al oír una voz femenina que le invitaba a entrar. Tardó algún tiempo en acostumbrarse a la oscuridad reinante, y cuando lo consiguió se le heló la sangre al distinguir junto a él la larga y delgadísima figura de una hermosa mujer, pálida como la muerte, que le miraba con sus extraños ojos llameantes.
-No hables. Sé a qué has venido. – le dijo con voz grave -. Te he seguido desde que has salido del pueblo. He sido el búho que te ha acechado desde un árbol, la pequeña rama que ha crujido bajo tus pies, la hoja del árbol que te ha acariciado los cabellos al pasar. No te gustan esos bravucones soldados que han turbado vuestra tranquilidad. Estás cansado de las vejaciones de tu nuevo amo y señor. No te preocupes, tengo lo que necesitas y andas buscando. Esto-y le mostró un frasco con una sustancia negra bailando en el interior.
-¿Qué es?- preguntó intrigado Benjamín.
-Es el jugo de una melinda sapientes, una seta que crece en los lagos y tiene un terrible efecto para quién la toma. Comienzan a dolerle de tal manera la cabeza que desean que los maten para no sufrir, que alguien se la arranque. He visto a los hombres más fuertes, gigantes como toros, retorcerse a mis pies después de haber tomado este brebaje. Se lo pondrás a tu amo en el vino, no lo notará, no tiene sabor. Cuando se esté retorciendo por el suelo por el dolor vendré yo a hacerme cargo de él.
-No sé como agradeceros este favor- dijo Benjamín alargando la mano para tomar el valioso frasco.
-Solo te pido un beso. Hace tantos años que no me besa nadie.
Cuando iba a besarla la hermosa mujer se convirtió en una anciana repulsiva y maloliente, con la cara cubierta de llagas y una horrible nariz ganchuda, pero tal era el empeño del joven pastor para desembarazarse de los molestos soldados, que la besó sin dudarlo.
A la mañana siguiente, aprovechando un descuido de Nuño Alba, Benjamín vertió todo el contenido de su frasco mágico en su copa de vino y observó luego, excitado, como el tirano la vaciaba hasta la última gota.
El fanfarrón capitán de la soldadesca comenzó a sentirse mal a media tarde. Empezó como un simple malhumor. Se irritó porque Benjamín no le había limpiado el yelmo y le propinó una fuerte patada en el trasero que le hizo caer de bruces. Conteniendo la rabia y el llanto, el muchacho salió de la estancia. Al cabo de unos minutos le oyó golpear y maldecir las paredes de la estancia como un animal enloquecido. Sus soldados se alarmaron y subieron a ver que sucedía, pero Nuño, empuñando su espada, los arrojó a todos de su habitación y a continuación la emprendió a golpes con su cama y no paró hasta que la destrozó del todo. Benjamín le observó por la puerta entreabierta. Tenía un aspecto más terrible si cabe, la barba y el cabello alborotados, los ojos en blanco, espuma en la boca y sangre en la frente.


Por la noche los gritos de Nuño se hicieron insoportables. La emprendía a golpes con todo el mundo, incluidos sus soldados, se arañaba el pecho con rabia y se revolcaba por el suelo arrojando espumarajos por la boca, como si estuviera poseído por la rabia. A gritos pidió que alguien acabara con su vida para no sufrir más y amenazó con cortarse la cabeza el mismo para terminar de una vez por todas.
Un cuervo se posó en el alfeizar de la venta y Benjamín supo que era la hechicera. El muchacho se acercó a él sigilosamente y prestó atención a lo que le dijo en voz baja, apenas audible.
-Vamos a entrar ahora en la jaula donde ruge ese condenado león y tú tendrás que repetir una palabra mágica y chasquear a continuación con los dedos. No te olvides de la palabra o estaremos perdidos. Y sólo te la puedo decir una vez. Atiende.
-Te escucho, te escucho- repitió Benjamín visiblemente nervioso, aguzando todos los sentidos.
-La palabra es "Eautontimorumenos"- y el cuervo, dando un salto, se posó en el hombro del muchacho.
Benjamín llamó con los nudillos a la puerta de Nuño Alba.
-¿Quién viene a importunarme?- rugió desde el interior el enloquecido capitán.
-Soy yo, señor, vuestro paje.
-Y, ¿qué queréis? ¿Traéis un hacha para matarme?
-Os, os...traigo un presente – tartamudeó.
Entró. Nuño, con los ojos extraviados por el dolor y la locura, reparó en el muchacho y en el cuervo que llevaba posado sobre su hombro.
-¿Ése es el presente?- rugió- ¡Un cuervo! ¡Un cuervo para que corroa mi cadáver! Te burlas de mí. Me estoy muriendo y me traes un cuervo. ¡Malditos!- y desenvainando su espada fue hacia ellos.
Benjamín aún no se explicaba como, pese a su nerviosismo, recordó la palabra mágica sin que se le trabara la lengua y chasqueó, a continuación, los dedos, que le parecía que eran de cartón, pues no los sentía. El cuervo despegó de su hombro, dio varias vueltas por la habitación y se posó en el suelo transformándose en bellísima joven. Nuño, sobrecogido por cuanto acababa de ver, soltó su espada.
-Nuño Alba- dijo la hechicera con voz solemne- Forma tus soldados y sal de este pueblo inmediatamente. El pueblo está maldito y tú también los estarás si no te vas de aquí. Sólo marchando recobrarás la salud. Cuando salgas del valle un cuervo te indicará el camino que has de seguir. Y seguirás camino, siempre recto, sin mirar atrás, hasta que tropieces con un cuervo rojo. Cuando lo encuentres te curarás de tu mal incurable- Y desapareció volando en forma de cuervo por la ventana.
Aquella misma noche, apresuradamente, Nuño formó a sus soldados y les dio la orden de abandonar Narjalón. Tal como había avisado la hechicera encontraron un cuervo en la salida del bosque que les ordenó atravesar los Pirineos y, una vez en Francia, otro cuervo les animó a seguir siempre adelante, sin detenerse hasta encontrar el cuervo rojo prometido que sería la señal de que ya estaría curado. Fueron en pos de aquel pájaro inexistente como una tropa enloquecida.
- Pero señor – le dijo uno de sus hombres, en el límite de sus fuerzas, expresando el temor de los demás -. Nunca encontraremos un cuervo de ese color.
- ¿Estás insinuando que he perdido la razón? – rugió golpeándose la cabeza dolorida y desenvainando la espada -. ¿Qué soy un pobre loco?
- No quise decir eso...
- Pues entonces sigamos.
Nuño Alba y sus soldados se perdieron en las frías estepas de Rusia buscando el inexistente cuervo rojo, pero por todo el camino, por pueblos, aldeas, ciudades por donde pasaban, el noble enfermo explicaba el delirante relato de lo que había acontecido a quien quisiera escucharle, y de boca en boca se extendió el rumor de que tras los Pirineos existía un pueblo maldito que devoraba el cerebro de quién osara perturbar su paz, y así, de este modo, los habitantes de Narjalón nunca más fueron molestados y llevaron una vida pacífica, ajenos a las tensiones que recorrían Europa.

FIN

viernes, 14 de marzo de 2008

FIRMA INVITADA

José Javier Abasolo es un vasco tranquilo. Cachazudo, amable, buen comedor, mediano bebedor, a este bilbaíno entrañable y amigable ya no sé cuando le conocí, pero confieso leerlo cada vez con mayor placer, porque se está convirtiendo en uno de los puntales de la novela negra. EL ANIVERSARIO DE LA INDEPENDENCIA y ANTES DE QUE TODO SE DERRUMBE merecieron mis elogios en este blog. Es un escritor imaginativo, preciso, que desconcierta al lector. Cuando se acerquen a él, para que les dedique uno de sus magníficos libros, pregúntenle si bailó con la más guapa en Tomelloso y verán qué sonrisa se le pone en la cara. El relato que me regala, AGENDA, una pieza maestra, que se lee como un soplo, negro en estado puro, habla de un servidor de la ley, cínico y despiadado, que se sirve, sobre todo, a si mismo. Seguro que lo van a devorar.

AGENDA
© JOSÉ JAVIER ABASOLO

6.00 A.M.: Suena el despertador. Me levanto empapado en sudor
aunque he dejado abierta la ventana del dormitorio, pero aún así el calor se ha adueñado de la casa. Abro la ventana en vano, no hay ni una brizna de brisa. La ciudad, en agosto, es inhabitable pero a mí me ha tocado joderme y trabajar como un cabrón. Soy nuevo en esta plaza, hace tan sólo tres meses que me han trasladado, y aunque ha sido un ascenso me he encontrado con que aquí soy el último mono y no he tenido más remedio que aguantarme y quedarme trabajando este mes.
6.01 A.M.: Instintivamente miro el lado derecho de la cama pero Sonia no está. Debo seguir dormido porque no recordaba que se ha quedado con los niños en el pueblo de sus padres. A mí me toca trabajar mientras ellos se pasan todo el día disfrutando en el río, junto a la chopera. Ése es el significado profundo de la institución familiar.
6.03 A.M.: Por fin, la ducha. Cómo se agradece el agua. Dejo que fluya por todo mi cuerpo, refrescándome, devolviéndome la vida. Me siento renacer. Ahora sí que puedo decir que acabo de despertarme.
6.22 A.M.: Todo en esta vida llega a su fin. También la ducha. Normalmente no suelo permanecer veinte minutos en la bañera, pero es que hace un calor insoportable y es donde mejor se está. Por mí me hubiese quedado ahí metido todo el día.
6.23 A.M.: Mientras me seco el contacto de la toalla con mi verga me hace recordar la noche anterior. Estaba buena la brasileña, ¿o era colombiana? No lo sé ni me importa, el caso es que estaba muy buena. Eso sí que fue un polvo salvaje. Amo a Sonia y me vuelven loco los niños pero, qué cojones, todo el mundo tiene derecho a divertirse y estaba solo y surgió la oportunidad y... a la mierda con las explicaciones, soy un hombre y he tenido la ocasión, no es necesario darle vueltas al coco. Además, era gratis, invitaba la casa.
6.24 A.M.: Pensando en la brasileña, o colombiana, he tenido una erección y he manchado la toalla. Bueno, no importa, a la lavadora y santas pascuas, toallas tengo de sobra. La verdad es que soy todo un tío, después de la noche que he pasado aún me quedaban reservas.
6.26 A.M.: Mientras me afeito vuelvo a sentir cómo todos los poros de mi cuerpo se anegan con el sudor. Acabo de salir de la ducha y ya estoy congestionado de nuevo. Esta ciudad es una puta mierda, tengo que hacer lo que sea, lo que sea, para salir de ella. Es cierto que se cobra mucho más y que después de haber estado aquí me será más fácil ascender pero no acaban de gustarme ni la ciudad ni sus gentes. En fin, si hago bien mi trabajo, y lo sé hacer, no será mucho tiempo el que pase aquí.

6.34 A.M.: No hay nada como un café bien cargado para despertarme del todo. Mientras lo tomo sorbo a sorbo, plácidamente, pongo la radio. En la ciudad hace, a esta hora, una temperatura de 36 grados. Hubiera sido mejor no saberlo, oídos que no oyen corazón que no siente. No por no saberlo iba a hacer iba a dejar de hacer calor, pero el saber con toda exactitud cuál es la temperatura, no sé por qué, el caso es que me deprime aún más.
6.40 A.M.: Hora de vestirse. Por mí no me pondría ni el calzoncillo pero me temo que mis superiores no se tomarían con mucho sentido del humor el que apareciera en pelota picada por el despacho. Además, en algún sitio tengo que llevar la cartera y los útiles de trabajo. Me pongo la camisa hawaiana y el vaquero rojo. Realzan mi piel morena y mi espeso bigote negro. Tanto la camisa como el pantalón son superceñidos así que cojo la mariconera para llevar allí mis cosas. Me miro en el espejo. Pese al sudor que surca por mi frente estoy bien hecho. Soy todo músculos, puro hombre. Me acuerdo de Sonia, pero está lejos, en el pueblo, disfrutando. Me acuerdo de la brasileña, o colombiana. Ella está aquí, en la ciudad, a mi disposición. Creo que voy a pasar una buena noche, aunque todavía esté empezando el día. Pensando en ello vuelvo a tener una erección. Me duelen los huevos dentro del pantalón ceñido, pero lo supero. En realidad, me encanta esa sensación.

6.52 A.M.: Conduzco hacia el trabajo. La ciudad aún se está despertando. No están puestas ni las aceras. No sé si es cierto eso de que a quien madruga Dios le ayuda pero yo estoy dispuesto a prosperar en mi trabajo. Todo por el bien de mi familia y por el mío propio, por salir de esta asquerosa y mugrienta ciudad.
6.58 A.M.: Aparco el coche en el sitio que tengo reservado. Cuando salgo de su interior observo a la gente, aún poca, que transita por la calle dirigiéndose a su trabajo. Me siento el rey de la ciudad, aunque sea una ciudad tan repugnante y polvorienta como ésta.
7.00 A.M.: Llego al trabajo. Algunos, los que dentro de poco van a finalizar su turno, me miran con asombroso, incapaces de entender que alguien sea capaz de llegar antes de tiempo, de renunciar a una hora de sueño, por hacer las cosas bien y prosperar. Ésos nunca llegarán a nada. La mayoría me saluda con respeto y temor. Es una sensación agradable.
7.01 A.M.: El café de la máquina está asqueroso, como siempre, pero me sienta bien. Tomármelo antes de entrar en faena es como un pequeño rito, y los pequeños ritos son los que consiguen que la vida sea un poco más agradable.

7.05 A.M.: El jefe se asoma por la puerta de su despacho y me sonríe. Le hago una señal con el índice. Confía en mí y no le puedo defraudar. Es mucho lo que me juego.
7.08 A.M.: Bajo las escaleras del sótano. A pesar del sofocante calor que asola la ciudad, allí siempre hace frío. Mejor así. Voy a encontrarme con el primer cliente del día y nada mejor que sentir un leve frescor mientras negocio con él. Le detuvieron ayer a la noche, antes de que me fuera, pero pese a ello tuve tiempo de darme cuenta de que ahí había negocio. Algunos cretinos lo llamarían instinto cuando en realidad tan sólo se trata de profesionalidad.
7.18 A.M.: La charla no está dando los frutos que yo quería. Paciencia, todavía es pronto, antes o después cederá.
7.25 A.M.: Después de todo, resulta que no tengo tanta paciencia. He agarrado al tipo por el cuello y le he atizado una patada en los cojones.

7.27 A.M.: Al cabrón éste le va la marcha, así que he apagado mi cigarrillo en su ombligo. Me enfurezco, no me gusta desperdiciar un hermoso cigarrillo rubio de contrabando por culpa de un hijo de mala madre que se niega a colaborar, así que le pateo repetidamente el estómago.
7.32 A.M.: Llamo al doctor porque no quiero que se me vaya de las manos. No, por lo menos, antes de que me diga todo lo que quiero saber.
7.37 A.M.: El tío canta de plano.
7.39 A.M.: Le parto la nuca con la porra, limpiamente. No me gusta ver cómo la celda se ensucia de sangre.
7.41 A.M.: El camión de la basura, como llamamos entre nosotros al furgón que se ocupa de los cadáveres, se lleva el del tipejo. Calculo que dentro de un par de días alguien lo encontrará y al cabo de un mes la investigación subsiguiente se archivará bajo el epígrafe de crimen sin resolver.
7.42 A.M.: De repente me entran unas ganas irresistibles de llamar a Sonia pero me las aguanto. Aún estará durmiendo. Aquí el pringado que madruga para que a su familia no le falte un trozo de pan soy yo. De todos modos no me importa, cuando uno se casa y tiene hijos adquiere una gran responsabilidad y hay que saber asumirla, no como otros, demasiados, que después de dejar preñada a la novia la abandonan. Habría que pegarles un tiro a todos, por cerdos y cabrones.
7.47 A.M.: El segundo café de máquina del día. Esta vez no me sabe tan horroroso. Llevo casi una hora en la comisaría y las cosas van saliendo. A ver si no se tuercen.
7.49 A.M.: Se acerca el jefe y me pregunta cómo van las cosas. Le saco un café y le digo que bien. Empiezo a contarle lo que he sacado en claro del interrogatorio pero me dice que le acompañe a su despacho. “Ahí podremos hablar con más tranquilidad”, añade.
7.52 A.M.: Me parece increíble, pero creo que estoy haciendo unos progresos extraordinarios. Tan sólo llevo tres meses en esta ciudad y el propio mandamás me ha ofrecido tabaco. Parece una tontería, pero conociendo al jefe ese dato es importante. Observo cómo las extrañas formas que crea aleatoriamente el humo ascienden hasta el techo, mientras recibo una calurosa felicitación. Tengo ganas de contárselo a Sonia, estará orgullosa de mí.
9.13 A.M.: De nuevo en la calle, donde se hace el auténtico trabajo policial. Siento cómo la adrenalina se extiende por todo mi cuerpo. La espera, la espera... Es lo peor de este trabajo, pero también lo mejor. Es como una droga.
9.15 A.M.: Por fin puedo respirar tranquilo. La información que he obtenido del tipo era fetén, se estaba preparando un atraco. Acaba de aparecer un vehículo sospechoso junto a la joyería.
9.18 A.M.: Los atracadores salen de su coche. Esperamos a que entren en la joyería y les damos el alto. Alguien, tal vez yo mismo, no ha esperado a que se rindieran y ha iniciado el tiroteo. Los cinco atracadores han muerto. Uno de los dependientes de la joyería también, mala suerte, estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. Una mujer joven se pone a llorar como una histérica. Está maciza la cabrona y cuando gimotea se le mueven los pechos de un modo muy erótico. Me recuerda a la brasileña, ¿o era colombiana? Da igual, son todas lo mismo, unas zorras a las que lo único que les gusta es el folleteo. Pues conmigo van bien servidas. Tengo una erección que disimulo como puedo dando una patada a uno de los cadáveres. Eros y Thánatos, como estudié en el bachillerato. Si es que lo tengo todo, hasta cultura.
10.20 A.M.: De vuelta en comisaría el jefe me felicita.
10.45 A.M.: No aguantaba más y he llamado al pueblo. He pillado a Sonia y los niños desayunando. Se lo cuento todo y recibo la enhorabuena de mi mujer. La noto, de todos modos, un poco angustiada, me dice que me cuide. Le contesto que esté tranquila, que no tiene que preocuparse por nada, que sé cuidarme. Es fuerte y ya sabía cómo iba a ser su vida cuando decidió casarse con un policía, pero la lejanía hace que se inquiete más de lo normal. Le digo que me pase con los niños. Mientras espero que se pongan oigo cómo le dice al chico que su padre es un héroe. El crío me lo repite entusiasmado. Luego me dice que ayer el abuelo le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta y que la maneja perfectamente. Se ha caído un par de veces y tiene una herida en la rodilla, pero no le duele y ya anda en bici con sólo dos ruedas, me repite muy ufano. Es un monstruo mi chaval. La niña no sabe aún hablar pero repite incesantemente papá, papá, papá, papá. ¿Qué más se puede pedir?

10.50 A.M.: El jefe me dice que acaba de llamar el Gobernador en persona para felicitarle por la operación y decirle que transmita a todos los hombres que han participado en la misma esa felicitación. “Creo que te corresponde a ti ese honor, ya que eres tú quien les ha dirigido”, me dice.
10.54 A.M.: Hablo con los chicos y les transmito el mensaje del Gobernador. Todos aplauden.
1.30 P.M.: Por fin he acabado el atestado. Ésta es la parte que menos me gusta del trabajo, la de plasmar por escrito todo lo ocurrido. Cambio tan sólo algunas cosas, las suficientes para hacer más comprensible el informe, detalles sin importancia, pero que acrecientan la importancia de nuestra acción. Como tengo experiencia en estas lides solvento magníficamente el inconveniente del dependiente muerto explicando cómo los atracadores dispararon contra él a sangre fría, motivando nuestra posterior reacción.
2.30 P.M.: Rueda de prensa del jefe en directo. Todas las emisoras de televisión recogen sus palabras, en las que muestra su satisfacción por los resultados de la operación. La mayoría de los periodistas le felicitan, excepto uno, un tipo escuchimizado y con barba, un baboso en definitiva, que le pregunta insidiosamente si no hubiera sido posible evitar las muertes. Afortunadamente el jefe lo lleva todo bien preparado, gracias sobre todo a mi informe, y la cosa no pasa a mayores.
3.15 P.M.: Como con el jefe en un restaurante del centro. Aire acondicionado, cocina exquisita, vasos de cristal labrado. No pagamos la comida ni las copas, por supuesto, es lo menos que se puede hacer por dos personas que abnegadamente arriesgan su vida para servir a los ciudadanos. La conversación es agradable e intrascendente, como se corresponde con el relajado ambiente del local, pero cuando estamos acabando el jefe me dice que está muy satisfecho con mi trabajo. “Si sigues así dentro de poco estarás haciendo cosas más importantes”, añade sonriéndome.
6.25 P.M.: El periodista borde que intentó poner en un compromiso al jefe ya no volverá a hacerlo. Ha sido fácil y prácticamente sin violencia, tan sólo con la mínima necesaria. Le he seguido y cuando ha entrado en un bar a tomar un café le he vigilado, esperando el momento propicio. Nada más tomarse su bebida ha entrado al retrete y ahí ha sido mío. Lo único que he tenido que hacer ha sido agarrarle por los cabellos e introducir su cabeza por el hueco de la taza. Creo que he sido persuasivo. Sé que no nos denunciará, es imposible que lo haga, no me ha visto la cara, no sabe quién soy y, por otra parte, no le han quedado marcas, al menos físicas. Además, si en algo me precio de ser un experto, es precisamente en conocer a los hombres y ese tío era un cobarde que se ha cagado en el pantalón. Olía muy mal, pero a mí ese olor me ha sabido a gloria. Otro plumífero más que dejará de molestarnos.
7.00 P.M.: De vuelta a comisaría le digo al jefe que a partir de ahora el periodista impertinente no volverá a incordiarnos. No se muestra muy eufórico, pero por sus palabras me doy cuenta de que está contento.

8.10 P.M.: Tranquilidad. Desde que he regresado no ha habido apenas movimiento. Es una pena, pero no todos los días se detiene por casualidad a alguien de quien se puede sospechar que está preparando un golpe importante. De todos modos tampoco ha ido mal la tarde. He detenido a un camello de baja estofa, un colgao de mierda, y le he requisado la mercancía. Ni siquiera le he detenido, no merece la pena, ¿para qué?, ¿para que un juez sin dos cojones le suelte al de media hora?
9.17 P.M.: La droga requisada al yonqui de mierda ha cambiado de manos y ahora tengo dos mil euros más en el bolsillo. Me encanta hacer negocios con El Pirao, es un tío legal, aunque sospecho que él se lleva el triple de lo que me paga a mí, pero así son las cosas. Además, sabe que si intenta engañarme o traicionarme lo va a pasar muy mal. No están mal los dos mil euros para una sola tarde. No me hacen rico pero me vienen de puta madre. Este año Sergio empieza el colegio y Sonia quiere enviarle a uno muy elegante, en el que se estudia todo en inglés. Sí señor, el inglés es el futuro, y yo para mis hijos lo mejor.
10.00 P.M.: Llamo a Sonia y le digo que la quiero. Luego hablo con Sergio y le digo que ya es hora de acostarse, aunque comprendo perfectamente que en verano y en el pueblo los horarios son diferentes. Después de hacer como que estoy pensándolo mucho le digo que sí, que puede quedarse a ver el concurso que dan por la tele. La peque, me dice Sonia, hace más de media hora que duerme como un angelito.
11.37 P.M.: Otra vez sudando pero ahora no me importa. La colombiana --porque es colombiana, no brasileña, al menos eso es lo que ella me ha dicho-- jadea como una perra y folla como una camada entera, pero yo sé responderle apropiadamente. Es imposible que sus orgasmos sean fingidos, nadie es tan buena actriz. Dios, qué buena está. Ha sido impresionante y todavía nos espera más, mucho más. Esta ciudad sigue sin gustarme pero tiene sus cosas buenas. Creo que la brasileña, aunque ella insiste en decirme que es colombiana para mí que es brasileña, y yo nos vamos a entender. Es cuestión de papeles, si no quiere ser deportada a su país tendrá que acostumbrarse a mi diaria presencia.

11.55 P.M.: Confirmado, la brasileña, o colombiana, es ilegal. Cuando le he dicho que en el futuro no va a tener que preocuparse más por ese detalle le han brillado los ojos y me ha hecho una mamada como nunca me la han hecho. Ésta es una de las cosas que más me gustan de mi profesión, el poder ayudar a la gente.
6.00 A.M.: Suena el despertador. Me levanto empapado en sudor pero no me importa. Tengo que volver al trabajo, como suele decir el jefe el crimen nos espera y los ciudadanos tienen que saber que gracias a nuestro esfuerzo y dedicación están seguros. Sigue sin gustarme madrugar pero lo hago con placer. Ayer las cosas rodaron muy bien y todo parece ir por buen camino. Quién sabe, quizás dentro de poco obtenga un ascenso y me destinen a la capital, donde están las auténticas oportunidades. Sonia y los niños se merecen lo mejor y yo estoy dispuesto a hacer lo que sea para proporcionárselo.


José Javier Abasolo (Bilbao, 1957) tiene una larga trayectoria literaria como autor de novela negra. Ha obtenido, entre otros, los premios de novela Prensa Canaria con Lejos de aquel instante, con la que además fue finalista del premio Hammett, y el premio Francisco García Pavón con Antes de que todo se derrumbe. Sus obras han sido traducidas al francés y al italiano. Es, así mismo, asiduo colaborador en la revista digital sobre género negro La Gangsterera y comentarista de obras de dicho género en el programa literario de radio El encantador de palabras. En su última novela se da un paseo por New York.

Libros publicados
Lejos de aquel instante (Alba Editorial, 1997)
Nadie es inocente (Alba Editorial, 1998)
Una investigación ficticia (Cims, 2000)
Hollywood-Bilbao (Hiria, 2004),
El color de los muertos (Hiria, 2005),
Antes de que todo se derrumbe (Algaida, 2006)
El aniversario de la independencia (Tropismos, 2006)
Heridas permanentes (Tropismos, 2007)