jueves, 29 de mayo de 2008

NEWS

DOBLE PRESENTACIÓN EN GRANADA:
LA CARAQUEÑA DEL MANÍ Y EL MAL ABSOLUTO
El próximo viernes 6 de junio, a las 20,30 de la tarde, tendrá lugar en la librería Picasso de Granada de la calle Obispo Hurtado número 5, la presentación de mis dos últimas novelas editadas por Algaida, LA CARAQUEÑA DEL MANÍ (Premio Camilo José Cela) y EL MAL ABSOLUTO (Premio Ciudad de Badajoz), a cargo de César Girón, Gregorio Morales y Alicia Núñez.


LA CARAQUEÑA DEL MANÍ
“La entrada a mi apartamento es como todas las entradas a las viviendas de Caracas: difícil y con sus riesgos. Hay que andar siempre con la vista ladeada, con la cabeza algo torcida, volverse de vez en cuando por si uno es seguido. Me recuerda a mi época de clandestinidad en Euskal Herria, pero aquí el enemigo es difuso, puede ser un mocoso enganchado al crack y con el dedo nervioso, puede ser un policía corrupto que quiere ampliar su sueldo con un secuestro exprés, un miliciano ultraizquierdista para el que Chávez va demasiado lento o el novio celoso de una chica cuyo culo levantaste sin saber que estaba comprometida.
Venezuela es una ciudad de puertas y verjas, una especie de fortaleza del miedo en la que sus habitantes se han acostumbrado a vivir sitiados. Cuando entro en mi casa franqueo una empalizada de hierro, lo que me recuerda a esas viejas películas del Oste en donde los fuertes perdidos en el desierto se rodeaban de unos artilugios de maderas para hacer frente al ataque de los indios; luego, en tierra de nadie, hay un espacio de tres metros que me separa de la entrada al edificio propiamente dicho, y dos puertas de seguridad que debo abrir una detrás de otra, de pesado metal, con cerraduras distintas, y una nueva puerta que es la del ascensor, con cerradura también, hasta llegar a la planta y a mi vivienda que tiene una puerta de mierda que un buen patadón desarbola y echa abajo. Alguien, con ironía, dice lo complicado que lo tendríamos los caraqueños para huir a la calle en caso de terremoto. Otro, que los cerrajeros pueden ser los que alienten, por beneficio propio, la epidemia de delincuencia.
Estoy tumbado en la cama y contemplo el ocaso en el Monte Ávila. Anochece rápido en el trópico y el momento no es especialmente bello, carece de la magia fotográfica de otros lugares del mundo, La Habana, sin ir más lejos, cuyas puestas de sol son eternas y bellas. El día se acaba a las seis, por la proximidad al eje del Ecuador, y sobreviene una noche cerrada. La noche se hace interminable si no voy al Maní y la música que reina en la ciudad es la de los autos insomnes y los conductores locos, los piqueros, que se desafían a muerte y hacen carreras por el dédalo de las autopistas hasta que uno de ellos pierde, se estrella y se mata. La sala de fiestas de salsa cubana se ha convertido en una obsesión para mí, en el centro de mi vida. La descubrí a poco de llegar a Caracas y no la he soltado desde entonces. No puedo calcular la cantidad de ron que me he tragado en sus mesas.
Prendo un cigarrillo venezolano y me echo en la cama. Llevo un pantalón corto y nada sobre el torso, y nada debajo del pantalón, las puras pelotas. Me toco los brazos buscando los bíceps que han huido de ellos. Debería hacer gimnasia. Me estoy reblandeciendo en Caracas bajo ese clima tan suave que oscila entre los veinte grados y pocas veces sobrepasa los treinta y que dicen es el único motivo por el que la ciudad no se ha vaciado. Ya casi no camino como no sea del lugar en donde dejo el coche a la oficina. Nadie camina por una ciudad que parece diseñada por los gringos y sólo admite coches en autopistas, que se cruzan unas con otras y describen cerrados bucles.
Fumo una cajetilla de tabaco local al día, un negro bronco de hebras que parecen corteza de árbol, sin filtro, que acaban fatalmente en mi lengua, raspándola. Y espero con cierta ansia, porque sé que la llamada se producirá hoy, precisamente, esa tarde, por el celular, hoy que es miércoles. Por eso salí antes de la oficina, por eso me vine a mi apartamento, a que me llamaran tranquilamente para que yo pudiera contestar del mismo modo.
Lo cojo al primer timbrazo, cuando apenas vibra en la mesilla de noche junto a la cama.
- Aló.
- Iñaki. ¿Eres Iñaki?
- Iñaki, okey. ¿Con quién hablo?
Mis interlocutores no tienen nombre. Puedo llamarlos A, el más locuaz, y B, el hombre tumba. ¿Cómo sé que son lo que dicen ser? ¿Y si son picoletos con cara de vasco? ¿Y si son topos en búsqueda de un jefe fantasma para así tener controlada desde el vértice de la pirámide a la organización?”


Autora Vivian Watson en Sopotocientos
LA CARAQUEÑA DEL MANÍ


Como caraqueña trasplantada a Madrid, ha sido curioso leer esta novela que transcurre en la Caracas actual y por la que transitan malandros, buhoneros, policías corruptos, sifrinos estirados y escuálidos clase media, mujeres bellísimas de todos colores pero sobre todo mulatas de infarto expertas bailadoras de salsa, mucho ron y marroncitos, y adúlteros de toda clase y calaña. Quien busque sexo, violencia y crimen lo encontrará en abundancia en estas páginas, sin menoscabo a su calidad literaria, que, sin duda, la tiene. La prosa de Muñoz es ágil y bien condimentada, con descripciones muy visuales y una trama impecablemente construida. El personaje principal es un ex etarra que vive refugiado de su pasado en esa capital del caos que es la Caracas de la era chavista, y la caraqueña a la que se refiere el título es una mulata que el protagonista conoce en El Maní, ese lugar emblemático que tanto recuerdo de mis años universitarios y al que iba a hacer el ridículo porque la salsa es algo que nunca se me ha dado. Nunca.

Gregorio León en LA TORMENTA EN UN VASO

Que José Luis Muñoz nos ofrezca una novela excepcional no debe constituir una sorpresa, a estas alturas. Hay autores que suponen una apuesta segura. Y especialmente cuando transitan territorios que sienten como suyos. Es lo que le pasa a José Luis Muñoz con el género negro.Pero La caraqueña del maní (título muy bello, para empezar) es más que una novela negra. O no sólo eso. Es un homenaje a la capital de Venezuela, presentada con todas sus contradicciones y contrastes. Una ciudad que, al menor descuido, pasa a ser selva y culebra. La urbe endemoniada se convierte unos metros más allá en la selva agreste que describió sin ahorrar ni un detalle ni un adjetivo Alejo Carpentier en Los pasos perdidos. Aquí también hay exuberancia, que alcanza a las mujeres que rozan la vida de Macario, el personaje que nos mueve por La caraqueña del Maní. El ex dirigente de la banda terrorista ETA, aunque perseguido por el pasado, intenta correr más rápido que él, con el resultado esperable en estos casos. Y elige el trabajo como director de una editorial. Esta pirueta tan exagerada podía provocar un accidente de nefastas consecuencias en términos de credibilidad. Pero José Luis Muñoz lo evita, con oficio y con talento, hasta parecernos verosímil.


EL MAL ABSOLUTO
"- Llegó un tren a Auschwitz con 4.500 niños y sus madres.
Guarda silencio unos momentos mientras suspira. Luego se revuelve con cierta incomodidad en su asiento, cuando contesta.
- Sí, lo recuerdo. Venían de Cracovia.
- ¿Qué fue de ellos?
- Fueron apilados en camiones.
- ¿Para?
- Para ser llevados a las cámaras de gas.
-¿Lloraban? ¿Gritaban?
El rostro desencajado de la periodista contrasta frente al rostro inmutable del entrevistado. Gunter Meissner vuela al pasado, a una gélida noche, a ese transporte fantasmal entrando en la estación de Auschwicz entre nubes de humo, abriendo las puertas y descargando el cargamento humano ruidoso, implorante. Madres congeladas que apretaban sus retoños entre sus brazos, que protegían entre sus miserables trapos a infantes que ya eran cadáveres. Le molesta esa turba, y le molesta que haya llegado a esa hora intempestiva, que lo hayan sacado de la cama. Se pasea entre los niños y sus madres con la fusta entre las manos. Grita a derecha e izquierda y los guardianes de las SS descargan golpes terribles de culata sobre los cráneos de algunas madres. Ya nadie grita. Ya reina un silencio sepulcral que resalta el rugido incesante del horno crematorio cercano, ese mugido de bestia insaciable que devora todo lo que le echen. Y da la orden de separar a las madres de los niños y de que éstos sean amontonados como simples mercancías en la cabina de carga de los camiones que esperan transportarlos a las cámaras de gas. Los cogen como carne, los estrujan entre las manos, los golpean contra la carrocería del camión, los lanzan agonizantes como fardos a su interior y abren fuego contra las madres que se rebelan por no compartir el destino de sus vástagos. Empieza a hablar y su voz es neutra, su mirada muy fría.
- Sí, se quejaban, protestaban. Trataban de escaparse algunos y había que correr detrás de ellos.
- ¿Qué edades tenían?
- Siete, doce años.
- Como sus nietos.
- No confunda las cosas. Eran judíos. Sí, niños, pero crecerían y serían judíos. Eran la mala simiente. Eso es lo que creíamos entonces, Quizá estábamos equivocados, pero toda Alemania lo estaba, toda Alemania sabía qué se estaba haciendo con los judíos, no seamos hipócritas, y miraban hacia el otro lado. ¿Cree que la gente no sabía lo de los hornos crematorios? Aquellas columnas apestosas de humo eran vistas por todos, hasta por los aliados que nunca bombardearon el campo a pesar de conocer exactamente su ubicación, no merecíamos su atención, nos dejaron acabar nuestro trabajo ¿Qué hacía el vecino cuando la Gestapo deportaba a una familia judía y ya no se volvía a saber más de ella? ¿Protestaba? No, claro que no, se quedaba con su casa.
- ¿Qué hacían con los niños de ese tren de Cracovia?
- Los atrapábamos y los arrojábamos a los camiones.
- Como ovejas.
- Sí, no eran niños para nosotros en aquellos momentos, no los veíamos así.
- Muchos morían por los golpes.
- Cierto. Los cogíamos por las piernas y los lanzábamos al interior del camión. Algunos morían del golpe, con el cráneo fracturado. Pero hubieran muerto después en la cámara de gas.
- ¿Se da cuenta señor Meissner, de que está hablando de niños? ¿Se da cuenta de que fue un asesino de niños?
- En Auschwitz, mi querida señorita, no éramos muy respetuosos con los derechos humanos. Ese concepto vino después.
- ¿Y no siente nada?
- Nada. ¿Qué quiere que le diga? ¿Qué no puedo dormir por las noches? ¿Qué no puedo conciliar el sueño? ¿Qué me he intentado suicidar? Pues no, mi buena amiga. Nada. No me conduciría a ninguna parte expresar arrepentimiento de algo que hice. Investiguen con la misma lupa lo que hizo Stalin en su Gulag, o los crímenes execrables de Estados Unidos en Vietnam. ¿Por qué siempre hemos de ser nosotros los villanos de la función?
- ¿Considera que obró correctamente?
- Hice lo que tenía que hacer, cumplí con mi deber".

EL MAL ABSOLUTO
Publicado en la revista QUÉ LEER num. 133/JUNIO 2008


Narrativa THRILLER PSICOLÓGICO
"El mal absoluto"
José Luis Muñoz publica una de sus novelas más oscuras: nos muestra el horror repugnante del nazismo, pero también reflexiona sobre hasta dónde es aceptable llegar en la venganza.

Su pasión por los viajes se refleja en su prolífica obra, ambientada en lugares como Cuba, Las Vegas, Venezuela.... y, en esta ocasión, en Auschwitz. El mal absoluto representa un giro en la obra del autor. José Luis Muñoz no solo quiere crear un thriller; busca provocara al lector y hacerle reflexionar sobre los recovecos del mal y la condición humana.
El mal absoluto nos adentra en un período del que se ha escrito mucho, pero desde un ángulo por el que se ha pasado de puntillas: la venganza de los que han sido salvajemente ultrajados. La lectura nos lleva a plantearnos: ¿hasta dónde llegaríamos para vengarnos? ¿Cómo habríamos actuado nosotros si hubiésemos vivido en la época nazi?
Sabina Martínez


Libre con libros
Una novela valiente
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), novelista galardonado también con los premios Tigre Juan, Azorín, Café Gijón, Camilo José Cela, Juan Rulfo y La Sonrisa Vertical, se inspiró en otro personaje descubierto a través de la pantalla y compuso su novela tras documentarse concienzudamente. Pero no ha querido dar voz sólo al ex miembro de las SS, sección de la Calavera, encargado de seleccionar (trabajos forzados y gratuitos, prostíbulo, experimentos médicos, comandos de apoyo, crematorio...), cuando no de eliminar personalmente a los presos de Auschwitz. La entrevista, de la que los propios familiares de Meissner reniegan, permitirá que Yahuda Weiss lo localice y trame la más cruel de las venganzas. Salvado de las cámaras de gas por caprichosa decisión del todopoderoso nazi, que lo violó, el judío vive con la mala conciencia de no haber muerto (recuérdese a Primo Levi) junto a los suyos, ni siquiera en la rebelión de los «Sonderkommandos» a los que pertenecía. Su voz es el contrapunto, contundente, irrebatible, ante los sofismas de Meissner, aunque tampoco haya excusas para la «shoah» que decide aplicarles al nieto de éste, en circunstancias que no procede revelar aquí, agravantes todas ellas.
Una novela valiente, bien escrita y de innegable eficacia para conseguir el propósito del autor.
Manuel Pecellín

RESEÑAS

Publicado en LIBRE CON LIBROS



Puede que a ‘El mal absoluto’ le chirríe en exceso su forzada arquitectura dialógica, pero es eficaz para conseguir el propósito de José Luis Muñoz
El domingo 28 de octubre de 2007, justo pocos días después de que se fallase el Ciudad de Badajoz, ganado por José Luis Muñoz con El mal absoluto, en Babelia se publicaba un reportaje de Günther Schweiger titulado «El encuentro con un nazi en Madrid». El alemán, que ha dirigido la película ‘El paraíso de Hafner’, relata no sin horror y sorpresa sus reacciones frente al protagonista del film. «Tratar con Hafner –escribe– me intranquilizaba. Nunca había conocido a nadie así. En Austria vi a viejos nazis con la mirada huidiza del que se sabe rechazado. Pero él lucía la autoconfianza insultante del que jamás rindió cuentas» (pág. 28). Es la misma actitud que mantiene Günther Meissner, el antiguo ‘Cara de ángel’ de Auschwitz, protagonista de El mal absoluto, ante las preguntas que le plantea Eva Steiger, joven redactora de la ZDF ( Zweites Deutches Fernsehen. La TV-2 alemana).
Paul María Hafner fue uno de los miles de responsables intermedios del Holocausto, que encontró refugio en España, donde se hizo economista y empresario de éxito. El ex Obersturmführer, voluntario en su día de las Waffen-SS alemanas, tomó parte activa en varios campos de concentración. Acepta que Schweiger ruede un conjunto de entrevistas sobre sus actuaciones en aquellos terribles años de la Soah y, cuando visionó la película, sin haber mostrado ni el menor signo de arrepentimiento, lo único que se le ocurriría comentar es que no le gustaba su nariz. De lo único que parece arrepentirse G. Schweiger es de no haber ganado la guerra desencadenada por su admirado Adolf Hitler. Todo lo demás, Holocausto incluido, lo juzga perfectamente justificable.
Obligado es recordar aquí el famoso libro de Hanna Arendt, Eichman o la banalidad del mal. Según se sabe, la pensadora judía alemana, que mantuvo durante decenios un idilio con Martín Heidegger, filósofo de indudable filiación nazi, fue elegida para informar como reportera sobre el proceso que en Jerusalén se le hizo al cruel ejecutor de la «solución final». Lo que más impresionó a Arendt fue que el antiguo omnipotente verdugo de tantos millares de personas era un hombre sin cualidades relevantes, alguien capaz de sostener el Holocausto con la misma tranquilidad de conciencia del funcionario que escribe un oficio insignificante ordenado por el jefe de la sección.
Aunque Adorno, el miembro más distinguido de la Escuela de Frankfut, dijese que tras Auschwitz era imposible componer poesía, la verdad es que no pocos poemarios (algunos escalofriantes, como los de Celan) y centenares de novelas se refieren a aquella incalificable brutalidad, a sus víctimas y ejecutores. ¿Cómo entender que el país de la filosofía, la música clásica, la Bauhus, la mística, la pureza luterana... llegó a generar algo tan abominable y de lo que no pocos nunca se arrepintieron ? ¿Cuántas complicidades no fue preciso sumar para hacer desaparecer en los campos de exterminio a casi siete millones de personas, judíos sobre todo, pero también gitanos, homosexuales, deficientes y rojos españoles, es decir, «los desechos» de la sociedad aria? Son preguntas también planteadas aquí.
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), novelista galardonado también con los premios Tigre Juan, Azorín, Café Gijón, Camilo José Cela, Juan Rulfo y La Sonrisa Vertical, se inspiró en otro personaje descubierto a través de la pantalla y compuso su novela tras documentarse concienzudamente. Pero no ha querido dar voz sólo al ex miembro de las SS, sección de la Calavera, encargado de seleccionar (trabajos forzados y gratuitos, prostíbulo, experimentos médicos, comandos de apoyo, crematorio...), cuando no de eliminar personalmente a los presos de Auschwitz. La entrevista, de la que los propios familiares de Meissner reniegan, permitirá que Yahuda Weiss lo localice y trame la más cruel de las venganzas. Salvado de las cámaras de gas por caprichosa decisión del todopoderoso nazi, que lo violó, el judío vive con la mala conciencia de no haber muerto (recuérdese a Primo Levi) junto a los suyos, ni siquiera en la rebelión de los «Sonderkommandos» a los que pertenecía. Su voz es el contrapunto, contundente, irrebatible, ante los sofismas de Meissner, aunque tampoco haya excusas para la «shoah» que decide aplicarles al nieto de éste, en circunstancias que no procede revelar aquí, agravantes todas ellas.
Puede que a la obra le chirríe en exceso su forzada arquitectura dialógica, pero es una novela valiente, bien escrita y de innegable eficacia para conseguir el propósito del autor.
Título: 'El mal absoluto'
Autor: José Luis Muñoz
Editores: Algaida. Sevilla, 2008
Libre con Libros
Blog dedicado a la literatura de Manuel Pecellín




Publicado en la revista QUÉ LEER num. 133/JUNIO 2008
Narrativa THRILLER PSICOLÓGICO
"El mal absoluto"
José Luis Muñoz publica una de sus novelas más oscuras: nos muestra el horror repugnante del nazismo, pero también reflexiona sobre hasta dónde es aceptable llegar en la venganza.

Con el rotundo título de El mal absoluto, José Luis Muñoz, escritor salmantino (1951) afincado en Barcelona, publica su última novela, con la que ha obtenido el Xi Premio Ciudad de Badajoz de novela. Reconocido autor de novela negra, ha hecho incursiones con éxito en otros géneros, y entre los numerosos premios que ha recibido destacan el Tigre Juan, el Azorín, La Sonrisa Vertical, el Café Gijón y el Camilo José Cela de novela y el Juan Rulfo de cuento.
Su pasión por los viajes se refleja en su prolífica obra, ambientada en lugares como Cuba, Las Vegas, Venezuela.... y, en esta ocasión, en Auschwitz. El mal absoluto representa un giro en la obra del autor. José Luis Muñoz no solo quiere crear un thriller; busca provocara al lector y hacerle reflexionar sobre los recovecos del mal y la condición humana.
Una joven periodista de la televisión alemana prepara un documental sobre Auschwítz, para lo que contacta con un ex oficial de las SS. octogenario que ha triunfado en los negocios y en su vida personal, y con un superviviente del campo. Las entrevistas conforman la primera parte de la novela, donde a través de las respuestas de los personajes conocemos la vida en Auschwitz, el horror cotidiano, visto por el verdugo, que se siente orgulloso y muestra su rostro a la cámara sin ningún pudor, y por la víctima, que se siente culpable de haber sobrevivido y se esconde ante el mundo. Cuando finalmente se emite el documental, la víctima, Yehuda Weis, reconoce a su carcelero en ese ex oficial altivo y pretencioso. A partir de ahí, la segunda parte de la novela, la venganza. El mal absoluto nos adentra en un período del que se ha escrito mucho, pero desde un ángulo por el que se ha pasado de puntillas: la venganza de los que han sido salvajemente ultrajados. La lectura nos lleva a plantearnos: ¿hasta dónde llegaríamos para vengarnos? ¿Cómo habríamos actuado nosotros si hubiésemos vivido en la época nazi?
Sabina Martínez


LA OPINIÓN DE GRANADA
Novela de José Luis Muñoz
El mal absoluto del Holocausto nazi
El escritor salmantino José Luis Muñoz ahonda en las raíces del mal durante el período nazi en su última novela, El mal absoluto, en la que combina la investigación periodística y la ficción literaria.

EFE En declaraciones a la prensa, Muñoz ha señalado que el origen de la historia de "El mal absoluto" (Algaida) está en una serie de reportajes que emitió la BBC con motivo del 60 aniversario de la liberación de los campos de concentración. "Uno de aquellos documentales incluía el testimonio de un superviviente de Auschwitz y de un antiguo oficial de las SS del campo", comenta Muñoz. De hecho, la primera parte de la novela, unas doscientas páginas, narra la entrevista que una periodista de la televisión alemana ZDF hace al antiguo oficial de las SS de Auschwitz Günter Meissner, ahora un acaudalado empresario, y a un superviviente del campo de extermino que vive casi en la indigencia, Yehuda Weis. En el documental de la BBC, comenta Muñoz, también se entrevistaba a un verdugo y a varias víctimas y "curiosamente, el primero salía en una lujosa casa y no mostraba el más mínimo arrepentimiento, mientras que los supervivientes del Holocausto aparecían en penumbra, como avergonzadas de haber sobrevivido". El autor asegura que "en todo momento he intentado no tomar partido por ninguno y mostrar las ideas de cada uno". De este modo, Meissner se pavonea con sus argumentos en un intento de que el lector "casi entienda sus razones", aparte de que proclama una y otra vez unos argumentos que invitan casi a entenderlos, aparte de decir que "los nazis hicieron cosas buenas". La víctima muestra, por su parte, una actitud extraña porque es "doble víctima", pues para sobrevivir tuvo que hacerse colaboracionista con los nazis. Las cien últimas páginas del libro están dedicadas a "una venganza aplazada en el tiempo", una segunda parte, escrita en tono de 'thriller', que arranca cuando Yehuda Weis ve el documental y descubre en la pantalla de su televisor a su carcelero, el hombre que lo salvó y condenó al mismo tiempo. La ironía con la que juega Muñoz hace que, incapaz de realizar directamente la venganza, Weis encarga su ejecución a un joven turco, una minoría denostada en la Alemania actual, igual que sucedió con los judíos en la Alemania nazi. Muñoz ha confesado que estuvo "muchos años documentando la historia, tomando muchas fotografías y visitando Auschwitz". El autor se ha desligado de la actual "moda" de novelas ambientadas en aquel período y asegura que no ha leído las dos últimas obras más célebres sobre este tema, "Las benévolas" y "El niño con el pijama de rayas". Con "El mal absoluto", José Luis Muñoz pretendía que sus personajes invitaran a "la reflexión sobre la maldad" y "la capacidad que tienen los gobiernos para alentar esa maldad". Para el escritor, "cuando no hay límites, como pasó con Hitler, las personas nos convertimos en animales, y hoy podría pasar lo mismo", advierte. Considerado una de las voces más consolidadas de la narrativa negra española, Muñoz, que vive actualmente en Barcelona, ha escrito obras como "El cadáver bajo el jardín", "Barcelona negra", "La casa del sueño", "Mala hierba", "Último caso del inspector Rodríguez Pachón" y "La caraqueña del Maní". Esa trayectoria en la novela negra no le ha impedido hacer incursiones en otros géneros como la novela histórica, con la trilogía de "La pérdida del Paraíso" o "Los ritos secretos"; en la literatura erótica ("Pubis de vello rojo", "El sabor de su piel"); el género fantástico con "El Barroco"; o la crítica en clave de humor del mundillo literario en "Lifting". Muñoz atesora además numerosos premios literarios como el Tigre Juan, el Azorín, la Sonrisa Vertical, el Café Gijón, el Camilo José Cela de novela y el Juan Rulfo de cuentos.

UN POCO DE FRANCÉS

LA DERNIERE ENQUETE DE L'INSPECTEUR RODRIGUEZ PACHÓN
Bibliosurf.com
Traduit de l’ espagnol par Alexandra Carrasco Actes sud, mars 2008 / 12,5 x 19 / 150 pages ISBN 978-2-7427-7360-2
Cuba, une île asphyxiée par le blocus. A La Havane, les habitants vivent de petits boulots et de débrouille. Pour les touristes, le tableau est pittoresque : soleil, immeubles peints en couleurs pastel et prostituées un peu partout, illégales mais tolérées puisque l’économie locale dépend en grande partie d’elles. Un inspecteur féru de littérature, fanatique de Faulkner et d’Hemingway, amateur de vieux films américains, évolue dans ce milieu. Bien que chargé de la traque aux maisons clandestines, il est en contact avec les maquerelles et apprécie ces filles dont corps et culs remuent comme nulle part ailleurs. Amoureux de Minerva, il accepte plutôt mal les hommes qui tournent autour d’elle. Il en deviendrait presque méchant... Chargé d’enquêter sur la découverte d’un tronc de femme décapitée, il aimerait entraîner son collègue Vladimir dans sa vie de déglingue. Entre les maisons lépreuses dans les ruelles humides et moites, la fin inéluctable sera surprenante et plus violente qu’aurait pu le laisser supposer la pourriture tranquille. José Luis Muñoz décrit avec passion, ironie et sarcasme la décadence d’un individu sur fond de ville ambivalente, suintant d’humidité autant que de sueur, une ville de l’alcool et du sexe, misérable dans tous ses autres aspects. Né à Salamanque en 1951, José Luis Muñoz vit depuis de nombreuses années à Barcelone où il se consacre à l’écriture et à diverses activités journalistiques. Il a déjà écrit une vingtaine de romans noirs, récompensés par un certain nombre de prix littéraire.

Rodríguez Pachón
(Último caso del inspector Rodríguez Pachón - 2005)
José Luis Muños Actes Noirs - Actes Sud - 2008)
Inspecteur de police à La Havane, Rodríguez Pachón est un vieux de la vieille. Dans cette ville au charme tropical désuet, parmi ses rues délabrées et la pauvreté de sa population, une vie colorée et bruyante s’accroche et perpétue la joie de vivre l’instant présent, seul luxe des cubains de ce 21e s. C’est aussi une ville sans grand banditisme, voyant peu de crimes de sang, même si corruption et vénalité se faufilent dans tous les replis d’une société aux ressources de plus en plus maigres. Pauvreté et misère sont le lot de beaucoup, résultat d’un blocus Américain imposé de longue date et aux effets pernicieux. Officiellement pour déstabiliser Castro. Mais le Commandant est toujours à la barre du pays, d’un pays qui s’enfonce de plus en plus dans la récession et la pauvreté. Pourtant Rodríguez, castriste de longue date, est toujours confiant. Les vrais pourris, les fossoyeurs du peuple, les profiteurs capitalistes sont tous de l’autre côté : fuyards, traîtres et expulsés, tous à Miami. A la Havane il gère son petit monde avec bonhomie, mais fermement quand il le faut : l’ordre est à ce prix. Que ce soient les touristes espagnols et autres, toujours à l’affut de femmes cubaines, les poivrots braillards et bagarreurs, ou les putes qui ne savent pas se tenir.A côté de ça, il mène sa petite vie tranquille, faite de cigares, de bonnes lectures, de cafés très forts, de petites faveurs que lui valent sa fonction de flic, et surtout de jeunes métisses au tempérament de feu. Même vieillissant, Rodríguez sait apprécier les plaisirs de la chair, tout spécialement chez Madame Lupe où la jeune Minerva le comble et dont il est le client régulier. Avec passion, mais aussi avec tendresse, une tendresse dont il ne se croyait plus capable et dont il se rend compte de manière encore plus aigüe alors que Minerva reste absente du bordel de Mme Lupe depuis plusieurs jours. Ses préoccupations à propos de la jeune prostituée seront finalement mises en veilleuse, car le corps d’une femme morte et dépecée est retrouvé près d’une décharge. Fait peu courant à La Havane, ce genre de meurtre met la police en alerte et Rodríguez se voir confier la direction de l’enquête. Bien difficile, car la jeune femme reste non identifiée et les traces sont maigres. Recherches sur les pervers sexuels, sur les femmes disparues occupent le temps de l’inspecteur, mais à son rythme, car au cœur de cet été cubain qui chauffe les sens et qui rend chaque effort pénible et contraignant, il essaye de s’économiser. Malgré la pression de plus en plus grande de son chef, malgré sa solitude de plus en plus profonde. Persuadé que sa vie sans Minerva sera de plus en plus impossible.S’il continue cependant, c’est rempli du sentiment que sa fonction et ses recherches servent vraiment à quelque chose d’utile. Mais jusqu’où pourra-t-il aller ?
Itinéraire crépusculaire d’un flic qui sait qu’il bascule dans l’autre versant de sa vie avec la vieillesse en ligne de mire. Un personnage qui s’accroche à sa vie et à ces raisons d’exister qui le soutiennent depuis toujours, qui contemple le délabrement de sa ville, tout en profitant de sa convivialité. Un flic qui ressent, comme beaucoup et sans se l’avouer, que le régime contrôlant Cuba est proche de l’impasse. Le crépuscule d’une vie en parallèle du crépuscule annoncé d’un pays qui se contentait de peu et qui voit ce peu se réduire à la misère.Et pourtant, comme ses concitoyens, Rodríguez Pachón profite de la vie et de ses côtés épicuriens, immédiats. Demain est loin et le futur à long terme incertain pour des fonctionnaires comme lui… Mais l’itinéraire de l’inspecteur croisera une fois de trop la mort, le propulsant vers un destin qu’il ne contrôlera plus.
D’une écriture incisive et prenante, l’Espagnol José Luis Muñoz nous plonge dans l’univers grouillant de vie qui environne l’inspecteur de police, et nous fait suivre son quotidien rempli de détails qui caractérisent ces classes populaires qu’il contrôle et défend, sans folklore inutile ni clichés. L’ambiance tropicale, toile de fond permanente, y est rendue avec une force discrète qui soutient le récit, créant une atmosphère qui marque tout en participant à l’impression de vécu que le lecteur ressentira à la lecture de ce roman de qualité.Un roman qui trimballe une forme de langueur noire qu'on découvre enfouie sous les aspects actifs d’une intrigue qui est beaucoup plus qu’un banal « Ki l’a fait », et qui débouchera sur une fin implacable et désespérée.José Luis Muñoz, un auteur à découvrir.
EB (mars 2008)
(c) Copyright 2008 E.Borgers

LA FIRMA INVITADA




Paco Gómez Escribano, un autor que ya es viejo conocido de quien este blog escribe, me envía, para su publicación, un relato sugerente sobre amores furtivos que descubren sus cartas cuando una misiva llega, misteriosamente, a las manos de la visitante de un museo. Lean y disfruten.


La carta
Paco Gómez Escribano


En mi enésima visita al museo, justo cuando me aproximaba a admirar una pila bautismal, me ocurrió un suceso inesperado. Al acercarme, vi que en la pila había una carpeta de color verde. La tomé en mis manos y miré alrededor. La sala estaba vacía en esos momentos, así que miré la carpeta por si había algún nombre escrito. Al no encontrar nada, la abrí en un intento de identificar al dueño, pero tampoco encontré dentro nada que fuera significativo y que me permitiera identificar a la persona que, evidentemente, se había dejado olvidada la carpeta en la pila. Invadida por un cierto grado de curiosidad, fisgué entre el contenido, consistente en unos folios en blanco y en un sobre, un sobre en blanco cerrado. Al asirlo, me di cuenta rápidamente de que contenía algo. Cerré la carpeta y me dirigí al conserje del museo. Le referí el casual encuentro de la carpeta y le dije que se la quedara por si alguien preguntaba por ella.

-No puedo quedarme con eso, señorita -me dijo muy serio.

-¿Por qué no?

-Pues porque no sé de quién es, ¿qué quiere que haga?

-Pues..., qué se yo -le dije-. Guárdela y alguien preguntará por ella.

-Oiga, señorita, yo no me la he encontrado. Así que no voy a cargar con el muerto. Lo que debe hacer es llevar eso a objetos perdidos.

La respuesta del conserje, que nada más pronunciar la última frase siguió con sus tareas ignorándome descaradamente, me dejó desconcertada y sin palabras. Salí del museo sin saber muy bien qué hacer con la carpeta y me metí en la primera cafetería que encontré. Mientras me traían el café, encendí un cigarrillo y empecé a dar vueltas al sobre en blanco entre mis manos. Después de que el camarero depositara el café humeante en la mesa, decidí abrirlo. Quizá el contenido podría darme alguna pista acerca del dueño de la carpeta. Empecé a leer. Se trataba de una carta, una carta escueta pero intensa, dramática y melancólica.




"Querida Mercedes:

Como sabes me han dado el traslado que pedí y por el cual me felicitaste. Me voy del museo. Sé que te sorprendió y no me extraña, tantos años juntas y no te había dicho nada. Pues, querida amiga, el motivo de mi traslado eres tú. Vuelve a sorprenderte. Ahora ya puedo decírtelo, quiero decírtelo. Llevo años enamorada de ti. ¿Sorprendida? Creo que en el fondo, no tanto. Eres una persona muy inteligente y alguna vez habrás notado algo.

No puedo seguir trabajando a tu lado, Mercedes, ni verte todos los días sabiendo que nuestro amor es imposible. Lo sé y me retiro esperando no verte más pero, eso sí, guardando tu recuerdo para siempre en mi corazón. Espero sinceramente que continúes siendo muy feliz con Pedro y los niños. Hasta siempre.

Eternamente, Lucía."



Volví a meter el papel en el sobre mientras mis lágrimas caían en la mesa. Apuré el café, pagué la consumición y volví a encaminar mis pasos hacia el museo. Volví a interpelar al conserje y, como pude, intenté hacerle ver la urgencia de encontrar a Mercedes. Tras aclararle, a falta del conocimiento de sus apellidos, que era la amiga de Lucía, me condujo a su despacho. Ella me atendió de manera cortés.

-Buenos días, siéntese. ¿En qué puedo ayudarla?

-Creo que esto es para usted. Lo he encontrado casualmente -le dije tendiéndole la carta.

Mercedes terminó de leer la carta con lágrimas en los ojos y su mirada era tan amarga que supe en ese mismo instante que Lucía se había equivocado. Aunque, puede que hubiera tomado la decisión acertada. Nunca lo sabré.




Paco Gómez Escribano nace en Madrid en 1.966 en el seno de una familia trabajadora. Estudia Formación Profesional en la rama de Electrónica Industrial. Más tarde, realiza estudios de Ingeniería Técnica en Electrónica Industrial en la Facultad de Alcalá de Henares.
Ha ganado el 2º premio de Novela corta en el Certamen Internacional de Novela Corta "Lola Peche", del casino de Algeciras. Edición 2006.
Finalista en diversos certámenes de narrativa breve. Tiene varios relatos publicados en libros de recopilaciones de relatos cortos.
Coordina cada año la organización del Certamen de narrativa breve
"Revista Digital I.E.S. Ventura Morón".

EL LARGO ADIÓS

SIDNEY POLLACK
Murió Sidney Pollack, un director al que los puristas del séptimo arte seguramente calificarían como “un buen artesano”, pero que nos ha dejado en la retina películas tan maravillosas como DANZAD, DANZAD, MALDITOS, LOS TRES DÍAS DEL CÓNDOR, LAS AVENTURAS DE JEREMIAH JOHNSON ─ uno de los westerns más hermosos que he visto ─ y, por supuesto, MEMORIAS DE ÁFRICA. Un hombre dedicado al cine, polifacético en su relación a él ─ produjo películas tan importantes como SENTIDO Y SENSIBILIDAD de Ang Lee, o LOS FABULOSOS BAKERS BOYS; fue actor en MARIDOS Y MUJERES de Woody Allen y en EYES WIDE SHUT, el film póstumo de Kubrick ─ alguien que puso siempre su oficio en películas bellas o interesantes, que buceó en todos los géneros con más o menos fortuna ─ TOOTSIE, para mí, es una de las más flojas ─ y que puede considerarse el descubridor de Robert Redford, a quien dirigió en PROPIEDAD CONDENADA con Nathalie Wood, y con el que rodó luego tres películas. El cáncer se llevó por sorpresa a este cineasta fecundo y bueno.

LAS COSAS DE LA VIDA

POLVO NEGRO
Que nadie se lleve a engaños porque esto no es un relato erótico sino la crónica tragicómica de alguien que no tiene muy buena relación con su impresora láser ─que encima se llamada Brother, lo que ya parece un pitorreo ─de la que se sentía muy ufano cuando la compró y le está llevando por el camino de la amargura de un tiempo a esta parte. ¡Viva la pluma de oca!
Sigo con la convicción de que o la tecnología no se ha hecho para mí, que puede que yo sea especialmente torpe, o andan sueltos por ahí unos cabronazos de cuidado que, además de tomarnos el pelo, juegan con nuestra salud, al menos con la mental.
Una de mis últimas neuras venía motivada por los elevadísimos costes de los tóners, tambores y demás artilugios de las maravillosas impresoras láser, tan elevados que valían más los consumibles que la propia impresora, algo que todavía no entiendo y me subleva. Por esa razón, cuando se consume un tóner tengo la tentación de comprarme una nueva impresora en vez de una nueva carga: total, valen lo mismo.
Un día, al ir a comprar un tóner en una tienda de informática de El Corte Inglés y no tenerlo, me fijé en un maravilloso kit recargable de tóners que en su caja lucía una pegatina que anunciaba un ahorro de ¡¡¡hasta un 70 por ciento!!!. Y en efecto su precio, 35 euros, suponía más o menos un 70% menos del tóner ─ 110 euros ─. Por fin, me dije, a alguien se le ha ocurrido lo que a mí, reutilizar la estructura del tóner y rellenarlo. ¡Seamos ecológicos y racionales, caramba!
─¿Está bien esto? ─ pregunto al dependiente tomando la caja.
─Pues no le sé decir, no hemos vendido ninguno hasta ahora.
Debía haber dejado la cajita en su sitio, pero no, decidí experimentar.
Muy contento me fui con el artilugio a casa. Siguiendo el prospecto visioné, primero, el CD de instrucciones que acompañaba el invento. Y las seguí paso a paso.
En primer lugar el polvillo negro del tóner es una sustancia odiosa. Dicen que es similar a la sal. ¡Y un huevo! Es como la mina de un lápiz, o los polvos pica pica que nos metía por la espalda el compañero que se sentaba detrás de nosotros en el colegio. Al abrir, con precaución, el botellín de plástico, la primera ráfaga de polvillo cae en tus manos. Dicen, en las instrucciones, que lo agites. Al agitarlo, aunque pongas el tapón, el maldito polvillo sale por todas partes y empieza a mancharte el ordenador, la impresora, la mesa, por supuesto las manos, y si te descuidas los pantalones, la camisa. Se les olvidó en el CD que para hacer la operación de rellenado hay que ponerse mono de mecánico.
Yo, con las palmas tiznadas, con la nariz ennegrecida, opté por quitarme toda la ropa. Sacar el tapón del viejo tóner para rellenarlo es una labor ardua, no hay manera sino es rompiéndolo con un pequeño destornillador que va en el kit, y en las maniobras también sale polvillo negro del tóner que vas a reutilizar, y eso que estaba vacío. Al verter el contenido del botellín de polvo al tóner, haciendo coincidir la boca de la botella de plástico con el orificio de entrada de la carcasa, un buen porcentaje de él cae fuera, sobre mesa, ordenador e impresora, por mucho que te esmeres, y es que el polvo es como una maldición que sale por todas partes. Una vez lleno ─ te das cuenta que se ha llenado cuando una montaña de puto polvo te cae entre las manos, no hay otro sistema ─ te las ves y te las deseas para taparlo con el taponcito de plástico que, en las maniobras de extracción, ha quedado dañado de forma considerable y no ajusta y, por tanto, deja caer polvo negro por todas partes. Cuando por fin crees que la operación ha terminado, echas mano de la fregona, pones tus pantalones, camisa y calzoncillos a lavar, te das una ducha y te enjabonas el pelo ─ porque uno acaba peor que si hubiera estado debajo de un coche cambiando el aceite y ese maldito polvillo negro es como una pesadilla terrorífica, se multiplica, pero fuera del tóner─, y cierras la impresora para hacer la prueba y comprobar que tu esfuerzo y toda la ropa que te has ensuciado han valido la pena, la impresora sigue sin detectar el tóner cargado y desde luego no funciona. Tiempo, dinero, paciencia, ropa manchada, la casa hecha un cristo…para nada. Pero aún puede ser peor, por lo que uno, a fin de cuentas, da las gracias. En uno de los lógicos bufidos, soplidos y toda clase de aspavientos que uno hace para intentar desalojar el maldito polvo negro del tambor de la impresora, de las manos, de la mesa, uno puede tener la mala suerte que esa mierda le salte a los ojos con lo que, según el CD, no se restriegue usted, vaya corriendo a Urgencias y se pasará un tiempo en la UCI hasta que recupere la visión de los ojos o se los saquen. Ósea que a dar las gracias porque al menos uno, después de todo, sigue entero aunque la impresora no le funcione. Ah, y no se lo pierdan, en la caja de marras, en un bocadillo rojo, podemos leer : “Fácil, rápido y limpio”.

LA PELÍCULA

ELEGY
Isabel Coixet

Es la catalana Isabel Coixet una de las más atípicas realizadoras del panorama cinematográfico español. Es, con Pedro Almodóvar─ quien precisamente produce todas sus películas ─, la realizadora más internacional y su cine, si tiene una característica común, es el de su imbricación con el mundo de los sentimientos y de las emociones que la realizadora de A los que aman ─ una película romántica de época que, pese a contar con la presencia de Monica Bellucci, pasó sin pena no gloria ─ no tiene reparo ni miedo en situar en cualquier punto de la geografía; es por esta razón, por la creencia de que las historias del corazón son universales, que ubica, aunque ella diga que accidentalmente, sus películas en cualquier punto del mundo, que se ha convertido en la cineasta española que más ha rodado, proporcionalmente, fuera de su país y lo ha hecho, mayoritariamente, en inglés, una lengua ajena en la que sin embargo ella dice sentirse cómoda.

Elegy, su último título, es, aparte de una de sus mejores películas ─ sigo prefiriendo Mi vida sin mí, su film más perfecto y acabado, y detestando La vida secreta de las palabras, por falsa y pretenciosa ─la menos personal, y ello se debe a que Coixet parte aquí de un guión ajeno que, sin embargo, hace suyo desde el punto de vista temático, y adapta una obra literaria, “El animal moribundo” de Phillip Roth, uno de los mejores escritores norteamericanos vivos.
David Kepesh (Beng Kingsley), un maduro seductor innato, alter ego del propio Roth, imparte clases desde hace años en una universidad norteamericana, actividad que le permite, al mismo tiempo, tener relaciones con sus alumnas más hermosas y apetecibles una vez termina el curso lectivo. Cuando se prenda de Consuela (Penélope Cruz), una hermosa alumna de ascendencia cubana, siente que su vida da un giro brusco, que no sólo es atracción sexual lo que le mueva a poseer su cuerpo sino que hay amor y una molesta dependencia que no había sentido en sus relaciones esporádicas con otras muchachas. En su lucha contra esos sentimientos que lo atan, que le provocan celos que le hacen incurrir en situaciones ridículas, el profesor que busca la belleza en las mujeres reflexiona sobre su propia decadencia y el atisbo de la vejez, y la muerte, en el horizonte, algo que visualiza dramáticamente en los más de treinta años que le separan de su amante y en la percepción de lo transitoria y breve que será esa relación.
Es Elegy una historia de amor triste y conmovedora, trágica y esperanzadora al mismo tiempo, narrada con un tempo lento, fotografiada con precisión, con tonos apagados, jugando con las luces y las sombras, maravillosamente bien musicada con piezas del compositor Erik Satie, cuyas composiciones al piano han arropado tantas y tantas historias de amor cinematográficas, y ha supuesto para Isabel Coixet, que siempre se ha mostrado molesta a la hora de rodar escenas de sexo, un desafío del que sale airosa, pues las escenas de cama, acordes con la carnalidad que recorre la obra del escritor norteamericano, rezuman tanta sensualidad como tristeza, tanta vida como muerte.
El intérprete de Gandhi está perfecto en el papel de ese viejo fauno seductor, Penélope Cruz irradia belleza y frescura en su actuación y el inconmensurable Dennis Hooper , en su papel de George O'Hearn, poeta y confidente del protagonista, aporta el punto de vista irónico a este drama que gira en torno al amor y la futilidad de la vida y remite, como no, a cualquier imagen de Hooper, el pintor: la soledad del ser humano ante su destino. JOSÉ LUIS MUÑOZ

miércoles, 21 de mayo de 2008

NEWS

DE CÓMO MI
FANTASMA PRESENTÓ
EL MAL ABSOLUTO
EN BADAJOZ,
o mi vida en la T4
Llego a la T4, a las dos del mediodía, con la intención de tomar un enlace a Badajoz y llegar allí a las 5 para presentar, en el marco de la Feria del Libro, EL MAL ABSOLUTO a las 8 de la tarde, ignorando que me voy a convertir en un prisionero de la T4 durante cinco horas de interminable espera que podrían haber sido muchas más. Camino por sus pasillos interminables, arrastrando mi troller y el ordenador portátil y me pregunto porqué no instalan un bicing en el mega aeropuerto, un sistema de bicis de alquiler, a imagen y semejanza del que existe en ciudades como Barcelona o Sevilla, para trasladarse con celeridad a las lejanísimas puertas de embarque ─ la mía, la K, está en el extremo ─. Primera idea de las muchas que se me van a ir ocurriendo, porque otra cosa no tendré, pero tiempo me va a sobrar.
Cuando un avión se empieza a retrasar, malo. Mi vuelo a Badajoz, según los minúsculos paneles informativos que hay cada medio kilómetro ─ ¿por qué no los hacen un poco más grandes, un poco más visibles, y un poco menos distantes uno de otro, que espacio tienen, caramba? ─ sufre un retraso de media hora, pero a los quince minutos, cuando vislumbro otro panel, el retraso es de 45 minutos, y así, subiendo hasta la indefinición, mientras me acerco a la puerta de embarque, la última de la última del faraónico aeropuerto ─ la K98, con resonancias montañeras: más allá, la nada─, en donde una enigmática empleada contiene con cara de palo las idas y venidas de los impacientes pasajeros. Empiezo a temer, no sé por qué, que no voy a llegar a esa presentación. Me acerco a la señorita.
─¿Tenemos para mucho tiempo?
─El avión está allí ─ y señala con el dedo un destartalado focker, con la puerta abierta y aspecto de haber sido abandonado a su suerte en el aeropuerto desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
─Entonces, ¿saldremos pronto?
─Sí, no creo que tardemos porque somos muy pocos.
Ah, ¡maldición! Ahí estaba el quid de la cuestión, que éramos muy pocos, que el avión no se llenaba. Y empieza el teatro, o el sainete. En la pantalla, el atraso se dilata, al final ya no hay hora prevista sino un interrogante y el parpadeo de la palabra RETRASADO que parece una bomba que nos vaya a estallar a todos. Los pasajeros se acercan impacientes al mostrador. Ha pasado media hora desde la hora prevista para que ese pajarraco despegue. La empleada de Iberia ladea la cabeza, hace gestos de pesimismo, finalmente susurra.
─Me parece que esto tiene mala pinta. No quiero ser pesimista…
Sí, pero lo es. Finalmente, después de unas cuantas llamadas, anuncian que nuestro vuelo se ha cancelado por avería. ¿Avería? Habrase visto cinismo. La horda enfurecida de pasajeros se dirige al mostrador de Iberia a cambiar el billete del vuelo cancelado por el del posterior y a llenar las hojas de reclamaciones que, tal como lleguen, irán a la papelera. Yo me empiezo a temer que mi presencia en Badajoz, cuando se presente el libro a las 8, va a ser virtual, ante una silla vacía. Me cambian el billete para otro vuelo, que, mira por donde, sale, teóricamente, dentro de quince minutos. Aún puedo llegar, me digo, con la ilusión de un niño pequeño. Pero cuando consulto la puerta en el mini panel de salidas, vuelta a empezar, como una broma de mal gusto: el vuelo aparece como retrasado, se insinúa que quizá despegue a las 19,55 ─ la hora en que debería empezar a hablar de mi libro ante mi auditorio ─ y ni siquiera aparece la puerta. Ventajas de privatizarlo todo, de que por encima del servicio público esté el rendimiento. No sé si se han dado cuenta que desde que Iberia se privatizó fue muchísimo peor, y lo siento por los apóstoles del liberalismo que dicen que todo funciona mejor cuando es negocio. El día que privaticen la Sanidad, todos al cementerio.
Muerto de asco, de aburrimiento, sin ganas de leer, y eso que tengo en la maleta la estupenda novela de mi amigo Julio Murillo EL AGUA Y LA TIERRA, uno come para matar el tiempo y matarse un poco a si mismo. La oferta gastronómica en la T4 es tan extensa como parca la posibilidad de extraer dinero de la cuenta corriente en un cajero automático ─ uno, sí, como lo oyen, uno en los diez kilómetros de esa tierra de nadie por donde deambulan pasajeros perdidos, y con el agravante de que en ningún bar aceptan Visa ─, y hay de todo realmente, todo…caro, empezando por los bocatas que se venden con una banderilla clavada en el pan: “Sólo 6 euros”. ¡Cómo que sólo 6 euros un tristísimo bocadillo! Claro que es de ibérico, aunque no muy bueno, después de una revisión ocular de uno que es experto y sólo come el fino jamón de la Sierra de Aracena. Finalmente opto por uno de queso, malo, y otro de tortilla de patatas ─ yo las hago mucho mejor ─, seco, más una cerveza: 12 euros. Como por aburrimiento, cómo me conecto con mi portátil a Internet, por la misma razón, y pago 7 euros por una conexión de 1 hora al operador de Aena que se enriquece con el hastío de esos pasajeros dejados en el limbo del olvido.
Los atentados contra la lógica son los que más me soliviantan. Tanto control, tanto quitarse los zapatos, los cinturones, abrir el ordenador, etcétera, ante los arcos de seguridad del aeropuerto, y luego, en las tiendas, vendiendo a precios astronómicos, eso sí, botellas de Ribera del Duero que pueden ser armas letales para secuestrar un avión. ¿Cómo mató mi nínfula al desprevenido Mike Demon en LLUVIA DE NÍQUEL? Tan mortal como un cuchillo, o un cutter, el gañote roto de una botella puede degollar a quien se tercie en un avión. Te lo decomisan, imagino que para bebérselo, antes de los arcos detectores, pero en cambio lo puedes adquirir tan campante en cualquier tienda del macro aeropuerto. Claro que también puede ser letal el bolígrafo que llevo en la chaqueta, para firmar ejemplares de EL MAL ABSOLUTO, si actuara como Joe Pesci, que da más miedo porque es casi enano y debiera dar risa. Aunque ni siquiera hace falta una botella rota ni un bolígrafo para hacerse con un avión: metan en él a mi amigo David Panadero y que le dé un ataque de pánico en pleno vuelo y veremos qué pasa. Mucho David Panadero que, aunque es persona afable, nunca se sabe, y mejor que estemos todos lejos de él si le coge un cabreo.
Me da tiempo de todo, de reflexionar sobre lo divino y lo humano, de sentir piedad por los enganchados a la nicotina, por ejemplo. Los fumadores de la T4, enjaulados en esas cajas de cristal, tienen mucho de cuadro de Hooper. Silenciosos, a solas con sus cigarrillos, saborean la condena de su vicio en esa cárcel transparente que los deja a merced de todo el mundo con su nefando pecado del tabaco. Míralos, los pervertidos, todos juntitos. ¿Cuándo los meteremos en Guantánamo después de tantos siglos de permisividad? Lo absurdo de la medida, el de recluir a esos viciosos irredentos, viene cuando uno descubre que la jaula no tiene techo, que sus puertas permanecen abiertas y el pernicioso humo se expande por el aeropuerto. Sentado, o tumbado, porque ya no sé qué posición tomar para paliar la insoportable espera, observo a un caballero de edad provecta, más o menos como la mía, que saborea una pipa, y me llega, inconfundible, al aroma achocolatado del tabaco que consume en su cazoleta. Mi propuesta a la T4 con respecto a la fumadores: que permanezcan bien cerrados, tapiados por arriba y por los lados, con puertas de cierre hermético, y que se ahoguen en sus humos, eso sí, manteniendo la transparencia de sus paredes, para que los demás, los que no fumamos, podamos contemplar su agonía entre humos.
Lo más vivo de esa catedral tumbada de cristal y hierro en donde miles de personas permanecemos encerradas con nuestras neuras y nuestras desdichas ─ puede que las mías sobrepasen a las de la media, se lo digo muy en serio, porque mi vida se ha convertido en una novela con final incierto desde que me ha dado por literaturalizar mi existencia ─ son unos pajaritos invisibles que uno escucha, pero no ve, y que deben anidar en los altos e inabarcables techos del aeropuerto, una especie aviar que se debe de haber adaptado al hábitat, tras haber entrado en él por casualidad, y ha criado y se alimenta con las migas de los bocadillos de siete euros que dejan los pasajeros comedores compulsivos que matan su aburrimiento con un juego de mandíbulas.
Uno se encuentra encerrado en esa caja de cristal en la que empiezo a temer que vaya a residir en mis próximos días si ese maldito vuelo a Badajoz no sale como Tom Hanks, un actor al que no soporto, en una película de Steven Spielberg, que recreaba un caso real. Desesperado busco la droga del azúcar, acordándome de mi amiga Vero, fumadora de Guantánamo a quien dediqué EL MAL ABSLUTO, por cierto, y el premonitorio relato FUMADORES CLANDESTINOS. Hay una tienda notable, de delicatessem, con precios de altura, en donde venden todo lo que esas monjitas de clausura, que renuncian al sexo, fabrican en el silencio de claustros anclados en el pretérito para que sucumbamos al placer de la glucosa y nuestro tránsito por la vida sea tan dulce como breve. Pastelitos de almendra, polvorones, tortitas de Santa Inés, yemas de Santa Teresa, todo muy santo y muy dulce, muy letal. Estoy por comprarme una cajita de yemas y suicidarme junto a los fumadores de Guantánamo, pero el precio y el que, en una de las minipantallas, de pronto hayan cambiado la hora de mi nuevo vuelo y me indiquen que están embarcando, me hace dar media vuelta y salir de estampida hacia una de las puertas K, la más extrema.
El focker es tan pequeño que no cabe el equipaje de mano. Es como un minibús con alas. ¿Volará? Mientras, con mi móvil, envío mensajes desesperados a mi editor, Miguel Ángel Matellanes, para que entretenga a la audiencia por si llego a tiempo. Quizá llegue a la carpa de presentaciones de la Feria del Libro de Badajoz a las 8 y media, me digo con optimismo, y mi irrupción con maleta y ordenador incremente las ventas del libro. Pues no. Con ese focker, que no supera la velocidad de un coche, es misión imposible. Al menos, las azafatas ─ y que me perdone la vice María Teresa Fernández de la Vega, que últimamente se horroriza por cualquier cosa, como con el polígamo ese que se hizo una foto con ella y a lo peor quería sumarla a su harén─, son guapas, jóvenes y simpáticas, que para esos trances, cuando levitamos apartados del seguro suelo, como cuando levitamos entre la vida y la muerte en los hospitales, mejor tener ángeles aleteando a nuestro alrededor que demonios. A trancas y barrancas el focker se alza, con un ruido infernal, y planea como un insecto sobre la T4, perdiéndola de vista, por fin, después de seis horas de exilio forzoso en ella. Cuando el aeroplano se mete entre nubes tengo la sensación de que, en cualquier momento, saldrá de entre ellas el Barón Rojo y nos ametrallará.
En el focker de la Segunda Guerra Mundial solicito, a la desprevenida azafata, el ABC. Siempre conviene estar enterado de lo que piensa el enemigo. Leo un artículo de Carrascal que, sin corbata de colores, no es lo mismo, y que acerca el mechero, como últimamente todo el mundo, al ninot de Rajoy. Pero me concentro en una noticia que ni Philip K. Dick hubiera ideado en sus años más luminosos, cuando los androides soñaban con ovejas mecánicas ─ o era al revés ─, sobre el proyecto del Pentágono de implantar sensores y micro cámaras a unos coleópteros convenientemente entrenados para que hagan de espías, y juro que lo leí y no lo imaginé. Me parece una idea brillante e imaginativa. Cuando veamos un bicho de esas características volar alrededor de nosotros es que somos importantes para la CIA. A partir de ahora ojo avizor con los insectos, que si ya antes nos producían mucha desconfianza e incomprensión, más ahora equipados con esos sofisticados artilugios. Podremos hacerlos prisioneros, habilitar una caja para ellos, solicitar un rescate o ejecutarlos. El tema puede ser muy literario.
Cuando cojo un taxi, en Badajoz, son las 9. ¡Qué bien! Mi yo virtual debe de estar cerrando la presentación y firmando ejemplares de EL MAL ABSOLUTO. Soy el autor invisible. ¡Qué maravilla volar con Iberia, me digo! mientras un taxista me lleva al NH Gran Casino que, en efecto, es un Gran Casino, y consigo llamar a Consuelo Rodríguez, la concejala de cultura, y a Miguel Ángel Matellanes, mi editor, que se ha hecho pasar por mí en la presentación del libro y lo ha defendido con tesón.
Maravilloso NH, me digo, aunque la planta baja sea horrenda, pero la habitación es de película. Pero hay una pega, voy a disfrutarla escasamente seis horas, porque mi vuelo de regreso sale a las ¡¡¡¡7 y media!!!! Me ducho, me afeito, me envuelvo en un albornoz, me como una bolsa de chips, me bebo una cerveza, como tengo hambre y mañana no voy a tener tiempo de saborear el maravilloso desayuno, me como una bolsa de frutos secos, me bebo una Fanta, miro el plasma, me tumbo en la cama y, cuando estoy a punto de caer en beatífico sueño, me llama mi editor para decirme que me esperan en la planta 3 para cenar.
No está el afable Manuel Celdrán, el buen alcalde conservador de la ciudad, pero sí Consuelo Rodríguez, Miguel Ángel, miembros del jurado como Manuel Pecellín y el exitoso escritor Javier Sierra que está lanzado a la conquista del Imperio con sus novelas y con quien, por cierto, estuve codo a codo firmando en Maite Libros de Barcelona durante el Sant Jordi.
La cena es opípara, hasta en exceso. Entre bocadillito de hamburguesa, tostas de queso de cabra y secreto troceado con patatas al horno ─ así tampoco se podría desayunar al día siguiente, me digo ─ mi vecino de mesa y miembro del jurado, Manuel Pecellín, que ha sido quién ha presentado de EL MAL ABSOLUTO, me habla de la maldad de los nazis, de la complicidad de la nación alemana en el Holocausto, y yo le espeto como cientos de romanos, con entusiasmo, ya se han lazando a un progrom contra los gitanos rumanos, quemando cinco campamentos, para luego escuchar divertidas anécdotas de su periplo como profesor de un instituto de la villa.
─A una chica que mejoró el Cógito, ergo sum por Coitus, ergo sum, le puse un diez.
─Un muchacho me puso un ejemplo de verbo defectivo muy curioso: cojear.
─Un grupo de extrema izquierda, minoritario, se extrañó de haber derrotado al sacrosanto PCE en las elecciones municipales que siempre ganaba el partido por antonomasia en un pueblecito de Badajoz. Cuando se preguntó a algunos de los electores la razón de su voto a esa formación, tan extrema como desconocida que tenía tantos militantes como dedos mi mano, la respuesta estuvo llena de sabiduría: por las herramientas. Claro, la hoz y el martillo.
Una Consuelo Rodríguez llorosa, mientras le dedico EL MAL ABSOLUTO, me confiesa que para ella va a ser muy duro leerlo y seguro que se va a saltar algunas páginas de mi novela. Mujer, no es para tanto. Mientras, Javier Sierra se deshace en alabanzas acerca del imperio y habla del patriotismo del pueblo norteamericano y de que la Hacienda yanqui es la hostia de seria, no como la de aquí. Y nadie habla de María San Gil, de la espantá popular, y me quedo sin saber si mis agradables contertulios de mesa son marianistas o pertenecen a las esencias aznaristas del partido. Otra vez será, que como jurado nos iremos viendo años, o eso espero.
La velada se levanta tras los helados de tres colores, los cafés y los licores de hierbas. Dedico un MAL ABSOLUTO a Javier Sierra, a un colega poeta, a un criador humanitario de pollos y pavos que se los come pero no los mata ─ aunque dice que no hay animal más estúpido que el pollo: será para comérselo sin mala conciencia después de que su sicario lo haya asesinado ─, y tras escuchar que el secreto es originario de Badajoz, como la sopa de ajo, como las migas de pastor. No sé qué diría un andaluz a todo eso.
Puede que sea por las hierbas, pero a altas horas de la noche, con la mesa ya vacía y los camareros con cara de muertos de sueño y con ganas de enviarnos de un escobazo a nuestra suite, Miguel Ángel Matellanes, no sé si porque soy de Salamanca, me propone escribir una Catedral del Mar ─ para eso tendré que buscar escritores que me la escriban ─ ambientada en Madrid, sobre la construcción del barrio de Salamanca. Quizá para echarnos, seguro, un camarero nos da dos invitaciones para que nos vayamos a tomar una copa, eufemismo de jugar, al casino. Y nos levantamos, pero no nos vamos al casino, que ya sabemos los dos lo que le sucedió al pobre de Mike Demon en LLUVIA DE NÍQUEL, sino que desfilamos hacia nuestras habitaciones. Pido a recepción que me despierten a las 6 y media y me tengan en la puerta del hotel un taxi. Y duermo en una cama en donde pueden dormir ocho.