jueves, 26 de marzo de 2009

la crítica

EL CORAZÓN DE YACARÉ
(Imagine Ediciones, 2009). 224 Pgs. 15 €
José Luis Muñoz

La fascinación que nos causa el Caribe con sus sensuales mujeres (hombres para algunos), movimientos pausados, acentos voluptuosos o playas y bosques paradisíacos ha sido plasmado con excelente pluma por José Luis Muñoz en esta obra. Sin embargo como la perfección no existe, el patetismo de las clases dirigentes en dictaduras de gobiernos opresores y racistas que han machacado durante muchos años a sus habitantes, impregna de negro todo lo relacionado con sus sistemas de administración, tanto ejecutiva, como judicial y policial.
Premiado con el premio Seseña de novela romántica 2009, el autor nos cautiva con la muerte de un ciudadano de origen africano (Manuel) en manos de la policía corrupta, acusado de comunista por haber querido defender a un amigo, siendo aprovechado su corazón inerte para transplantarlo a un acaudalado hombre de negocios blanco, saltándose las listas de espera a golpe de talonario engañando a la viuda Yacaré aprovechando su estado de tristeza. Aunque esta tiempo después, con la ayuda de su amiga Usnavy, trazará un plan de una argucia especial para acercarse al ingeniero O’Higgins, poseedor del corazón de su marido con una pretensión misteriosa que se revela con eficacia a lo largo de la narración, llegando incluso a aclararnos la pregunta que se hacen todos los que la conocen sobre su inusual mezcla de rasgos indios con ojos verdes
Por otro lado el comisario ejecutor de todos los crímenes de estado de la novela pasará una crisis personal como si todas sus víctimas le hubieran transmitido sus maldiciones, que le harán tomar una decisión atrevida en relación con la víctima, no sin riesgo para su persona.
La síntesis del ambiente de la zona caribeña ha quedado muy bien plasmada en las paginas de este ejemplar, si bien se desarrollada en un país imaginario Macladán, en que todos sus personajes son fantaseados, a pesar del recuerdo a la memoria que hace vivir al lector de muchos reales mandatarios de esos parajes, como sería el Trujillo de la Fiesta del Chivo de Vargas Llosa o el de Galíndez de Manuel Vázquez Montalbán.
La historia de amor de la india con su marido negro es de un misticismo absoluto y una belleza excepcional, pues no se recrea en banalidades sexuales, haciéndonos disfrutar del proverbio de que “Sin dinero también se puede ser feliz”, llegando incluso a decir la protagonista Yacaré en uno de sus diálogos “Éramos tan felices, que algo malo tenía que pasar”, y pasó.
A grandes rasgos, en esta fábula a pesar de la acusación a la corrupción más salvaje que hace el autor, nos queda en el paladar una delicia con un final aceptable, en que los protagonistas tienen muy marcados sus papeles, habiéndolos desarrollado la pluma del prosista a la perfección, haciéndose merecedor del premio al que ha sido distinguido, y de la buena opinión que adquirirá de los lectores abiertos a modernas historias de amor, no ausentas de malas experiencias, tan reales como la vida misma.
Xavier Borrell

Reseña publicada en la página webb LLEGIR EN CAS D'INCENDI


LA FIRMA INVITADA

HEDERA HELIX
Ramón Cabrera Naveiras


Señora profesora:

Al despertarme esta mañana, el dinosaurio, como era de esperar, seguía aún allí, invadiendo la casi totalidad de mi pequeño apartamento. A trancas y barrancas he llegado al lavabo, y a la cocina después. Por el camino le he preguntado una vez más: ¿Cuanto va a durar esto? El dinosaurio, por supuesto, ni se digna responderme ni modifica su estúpida e indiferente expresión prehistórica. Llevamos así años, demasiados. De verdad, intento librarme de él, pero siempre sin éxito. La fatalidad nos une. Indudablemente, Monterroso olvidó prever una salida a esta embarazosa situación. Sólo el orfidal, con una taza de tila, es capaz de aliviar el desasosiego que me produce la imaginación de un irresponsable.

Tan cierto como la vida misma. Entonces, con este problema encima de mí, ¿he de preocuparme de una plantita, por mucho que crezca? Cada palo que aguante su vela, señora profesora. El tipo ese de la Hedera Helix que se compre veneno para las malas hierbas o exija explicaciones a Pere Calders. Y si ya no puede ser en este mundo que se espere al próximo, que al paso que se desarrolla la hiedra poco le queda de vida. A mí, dada la situación en que me encuentro, de donde procede esa ridícula enredadera me importa menos que un pimiento. Bastante tengo con lo mío.

Atentamente, su disciplinado alumno Ramón Cabrera.

PD. He escrito “Cuando desperté, el dinosaurio ya no estaba alli”, frase tan estúpida como la contraria de Don Augusto. Pero como que soy un desconocido, el inmenso bicho no se mueve de mi casa. Tal vez si la escribiera un autor famoso... ¿Podría usted recomendarme alguno? Mil gracias.

BESTIARIO

GAVIOTA

Animal que gozó de muy buena prensa cuando se publicó aquella cursilada de Juan Salvador Gaviota, o algo parecido. La gaviota, entonces, se convirtió en símbolo de la libertad y, como ésta es el caballo de batalla de la derecha, nuestro PP la adoptó como símbolo partidario. Y creo que es desde entonces que la gaviota, como ave, ha perdido prestigio. Empezó a tomar cuerpo lo de que son pajarracos muy agresivos - ya lo anticipó el mago del suspense en Los pájaros -, se adueñaron de azoteas y se liaron a picotazos con los vecinos que, incautos, subían a tender la ropa. Lo de que era animal marino ya pasó a la historia, porque ahora a las gaviotas lo difícil es verlas en el mar - hay excepciones, y las de las fotos lo corraboran - y lo fácil es avistarlas en el interior, revoloteando, como hienas carroñeras, por los alrededores de los vertederos de las grandes ciudades para picotear en la basura. Alguien, no hace mucho, me dijo que las gaviotas son como las ratas: hay demasiadas y ensucian mucho, por lo que toman el relevo a las palomas urbanas, otra ave totalmente desprestigiada. A mí, pese a todo, me siguen gustando las gaviotas, aunque únicamente cuando sobrevuelan los puertos pesqueros y anuncian, con su griterio, la cada vez más precaria riqueza de nuestros mares.




Esas gaviotas habitan en Issaouira, Marruecos, y me las encontré delante de la cámara.

NEWS

De literatura
El escritor argentino, aunque radicado en Granada, Andrés Neuman ha resultado ganador del premio Alfaguara con su novela EL VIAJERO DEL SIGLO, una ambiciosa historia "Así, a través de la comparación entre el pasado y nuestro presente, analiza conflictos actuales como la emigración, el multiculturalismo, las diferencias lingüísticas y la emancipación femenina."
Andrés Neuman pretende establecer un diálogo entre la Europa de la Restauración y los planteamientos de la Unión Europea; entre la educación sentimental actual y sus orígenes, entre la novela clásica y la narrativa moderna.


Enrique Vila-Matas gana el premio Mondello de Palermo con su novela DOCTOR PASAVENTO, un galardón más que el escritor catalán añade a su larga nómina de distinciones internacionales que le reconocen como uno de los autores internacionales más prestigiosos del momento. Alegría.







De barbarie
Siguen saliendo a la luz los estremecedores detalles de la masacre que el estado de Israel perpetró en Gaza. Los soldados que intervinieron en la letal campaña detallan el asesinato de civiles inermes a sangre fría, el destrozo sistemático de viviendas e infraestructuras, y civilizadas conductas como dejar sus excrementos en las neveras de las casas palestinas. A eso hay que añadir el empleo de bombas de fósforo. Asco.

De desprestigio
La absolución del gobierno de Aznar en el lamentable asunto del Prestige. La jueza de Corcubión que instruye el caso exime de responsabilidad a los autoridades españolas y afirma que se actuó bien alejando el barco de la costa, dejando que se partiera en dos y derramara todo el petróleo sobre la costa del norte de España y Francia. Aunque el perito que ha defendido esa actuación resulta no ser imparcial, según información de El País, sino todo lo contrario: un asesor del gobierno Aznar. ¡Qué vergüenza! Y estupor.

De soledad
La que padece José Luis Rodríguez Zapatero desde que quiere hincar el diente en el País Vasco y el PNV le da la espalda sumándose al coro de desafectos. Mal lo tiene el resto de legislatura y veremos si no tiene que convocar elecciones anticipadas. La mala gestión de la salida de Kosovo, país que no reconocemos - y me pregunto por qué - se suma a una larga lista de despropósitos que se inició con la cacería de Bermejo, el cazador cazado.


De cainismo
El que practica, desde su coto privado Telemadrid, la reina de Taifas Esperanza Aguirre poniendo a caldo a Alberto Ruíz Gallardón y acólitos espiados, a los que tacha de mentirosos, e intentando pasar página. ¡Qué hablen los juzgados ya que no pueden hablar las comisiones de investigación!

LA PELÍCULA

EL CURIOSO CASO DE
BENJAMIN BUTTON
David Fincher

Sirve un breve y fascinante texto del escritor norteamericano Scott Fitgerald como soporte literario de la última y sobresaliente película del realizador norteamericano David Fincher que tiene, en su haber, una bien ganada aureola de cineasta rompedor ─ El club de la lucha, Seven, The Game, Alien3 ─, que no le impide llevar a la pantalla un texto clásico aunque con muchos pies en la fantasía.


Benjamín Button (un extraordinario Brad Pitt que sobrevive al maquillaje y a unos excelentes efectos especiales invisibles) es un niño que nace anciano y, a medida que cumple años, va rejuveneciendo, una fantasía vital con la que medio mundo ha soñado alguna vez. Aceptado con normalidad en su entorno ─ un asilo de ancianos en Nueva Orleans, a principios del siglo pasado, regentado por Queeni (Taraji P. Henson) una generosa mujer de raza negra que lo adopta una vez que su padre lo abandona, un 4 de julio, a los pies de sus escaleras tras haber fallecido la madre biológica a causa del parto ─ Benjamín verá como todo a su alrededor envejece mientras él rejuvenece a medida que va creciendo en altura, y en esa lógica absurda se cruzará con la niña Daysi de la que se enamoró a los doce años, cuando su aspecto era el de un viejo de ochenta años que andaba ayudado con un bastón, a mitad de la vida de ambos, en la treintena, para separarse luego por su diferente ciclo vital y volverse a encontrar con Daysi ya convertida en mujer (una espléndida Cate Blanchett) en circunstancias muy distintas, al final de la vida de ambos, cuando ella es una anciana y él un bebé.


Narrada desde el presente ─la utilización precisa de la voz en off subraya su textura de cuento fantástico─, desde la habitación de un hospital de Nueva Orleans azotado por el Katrina en donde la anciana y agonizante Cate Banchett rememora esa increíble historia a su hija Caroline (Julia Ormond), que la cuida en sus últimos momentos, Fincher repasa en un largo flash back un amplio periodo de la historia de su país y lo ilustra con una ambientación fastuosa que reproduce, con todo detalle, el Estados Unidos de principios del pasado siglo. La película, cuyo epicentro es esa historia de amor imposible de dos personajes que sólo coinciden en un momento de sus vidas para separarse irremediablemente en opuestas direcciones vitales, es un mágico paseo por la sociedad norteamericana de entre guerras por el que el espectador se deja llevar en estado hipnótico.


Con un puntillismo cinematográfico minucioso, Fincher dibuja con cariño todos los personajes de su saga, tan brillantes los secundarios como los principales, y cubre el largo retablo cinematográfico ─ tres horas que pasan en un suspiro gracias a las buenas artes de embaucador del demiurgo que está detrás de la cámara ─ con multitud de anécdotas colaterales, como esa bonita historia de amor adúltero que Benjamin Button, con aspecto sesentón, mantiene con Elizabeth Abbott (Tilda Swinton) una atractiva mujer de espectáculo muy parecida al amor de toda su vida, o la primera experiencia sexual en un prostíbulo, y la primera borrachera, de la mano de su padre natural Thomas Button (Jason Flemyng), a quien conoce cuando es un adolescente aunque su aspecto sea mucho más provecto que el de su progenitor.


Hay en medio de este texto fílmico, marcado por el clasicismo de su historia, estallidos de genialidad cinematográfica como la concatenación de acontecimientos casuales que conducen al atropello de Cate Blanchett y frustran, para siempre, su carrera de bailarina, el reloj de la estación de tren que va marcha atrás y devuelve a la vida a los combatientes caídos de la Primera Guerra Mundial o las visualizaciones en blanco y negro y en cine mudo de las anécdotas del anciano del asilo que cuenta a Benjamín las muchas veces que ha sobrevivido a los rayos, perfectamente imbricados en una narración cinematográfica que fluye, sin desmayos, desde la primera secuencia de ese reloj que se cuelga en la estación de tren de Nueva Orleans a principios de siglo y tiene la osadía de ir en sentido inverso, a la última, en el mismo escenario pero cien años más tarde, con las aguas del Misisipi, agitadas por el Katrina, que la inundan y devoran deteniendo, definitivamente, ese enorme y gran cronómetro con el que se abre la película: el fin del tiempo, de una vida, una época y de la historia en sí misma.JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL VIAJE

RETORNO AL PASADO

No era un ingenuo, ni estaba bajo síndrome de nostalgia aguda. Ni me engañaba diciéndome que si regresaba al territorio de mi infancia me quitaría de encima 52 pesados años, diluiría mis arrugas y mis canas desaparecerían. El pasado, por mucho que lo intentemos, es irrecuperable y sólo anida en la memoria; allí permanece con una precisión asombrosa, que somos incapaces de reproducir, y reina con su sonido, su luz, su color, su perfume, que ya no existen, como el resplandor de una estrella que desapareció hace millones de años y nos llega ahora.
Sólo a través de un par de películas, ambas, no por casualidad, de Víctor Erice ─ El espíritu de la colmena y El Sur ─ he tenido la sensación de recuperar ese pasado ya tan lejano que guardo, preciso, en la memoria. Pero hoy no voy a comprar una entrada para soñar en el cine sino que voy a hacer ese mismo trayecto cinco décadas más tarde, armado de escepticismo: las cosas no son como uno las recuerda.
Estoy en Siguenza, hermosa villa medieval de la provincia de Guadalajara conocida por el Doncel, un guerrero imberbe que murió en Granada, su castillo restaurado convertido en parador y las deliciosas yemas seguntinas. Me alojo en una hospedería ubicada en un edificio renacentista que pertenece a la Universidad de Alcalá de Henares. No soy estudiante, pero quizá me hayan admitido por esa pinta de profesor venerable que tengo a causa de la barba que luzco desde hace más de un año. Porta Coeli se llama el establecimiento hotelero, y lo recomiendo a quien se acerque a la ciudad. La oferta tentadora, 162 euros por cuatro noches, me invita a prolongar una estancia que iba a ser sólo de dos días. Pero no me arrepiento.

En Siguenza empezaba todo, en la estación, que más o menos sigue igual después de 52 años. Yo arribaba con mi padre en un destartalado y humeante tren, después de una noche en vela por la excitación y el traqueteo de las traviesas, y allí, a pie de andén, estaba mi tío Juan José, con una boina calada y frotándose las manos, porque las amanecidas en la Meseta son siempre gélidas, que me subía en su mítica vespa para llevarme a Miedes de Atienza por un camino infernal de algo más de 50 kilómetros que cubríamos en tres horas.
Vuelvo a Miedes de Atienza en un día de primavera, y lo hago en mi vieja bicicleta, que ya tiene más de quince años y siento como parte mía, indisoluble, que no cambiaría por ninguna más moderna. La máquina se ha hecho al cuerpo, y viceversa. Nos entendemos y existe un vínculo de fidelidad. Somos centauro.
Retorno al pasado. Exactamente 52 años atrás. Más que una vida. Varias vidas las que vivimos sin más nexo que el recuerdo y el cuerpo que habitamos, que se transforma.

El día es perfecto para la excursión. Hace un buen día primaveral y mi forma física está medianamente bien después de los 62 kilómetros del día anterior, por lo que no voy a sudar sangre yendo de Atienza, en cuyas afueras dejo aparcado el coche, a Miedes: 18 kilómetros y dos suaves pendientes que se superan perfectamente poniendo el plato en segunda.
El aire está limpio; el cielo, diáfano, sin una sola nube que lo enturbie, y el silencio, absoluto. Cuando tenía 6 años no recordaba que el paisaje fuera tan accidentado, con tantas lomas. Ahora, con la bicicleta, noto las subidas. Antes, en la vespa del tío Juanjo, todo me parecía recto y llano. Puede que no fuera exactamente el mismo camino, que el trazado de la carretera que se hizo posteriormente vaya ahora por otro lado. De aquellos días recuerdo un frío espantoso que me cortaba la cara, porque el sol aun no había caldeado el aire, el petardeo de la vespa, en la que iba de pie, y las piedras del camino, que saltaban impelidas por las ruedas.
Me encantaba ver amanecer porque en la ciudad no tenía ocasión; era mágico ver cómo se iluminaba el campo y se concretaban las, hasta entonces, sombras nocturnas, como la luz comenzaba a pintar de color el paisaje monocolor de la noche cuando ya arribábamos al pueblo que despertaba de las sombras y se llenaba con el kikirikí de los gallos.

El pueblo lo intuyo, antes que verlo, al final de un paisaje lleno de verdes - los pastos regados con la lluvia de estos días-, ocres, de las tierras roturadas, y amarillos pajizos, algo sucios, del trigo cortado que, como cabellera rasurada, crece erizado. El horizonte es una paisaje parcelado que muestra la paleta de los sobrios colores de Castilla con los que se identifica el mesetario que hay en mí. Las ráfagas de viento traen perfume a miel. Sobre las lomas de las colinas esos nuevos monstruos blancos de tres brazos, los molinos eólicos, con los que a buen seguro se enfrentaría a ciegas el Ingenioso Hidalgo.
Miedes en el horizonte. Lo sé porque reconozco el campanario de su iglesia, pero que se dilata en el espacio por una ligera pendiente que se agudiza por el cansancio y el viento en contra. Los últimos tres kilómetros se hacen agónicos. Pero la emoción de pisar el mismo territorio, cinco décadas más tarde, hace que dé las últimas pedaladas que me llevan hasta el pueblo, en donde busco la sombra que dan las primeras casonas de piedra.

A lo largo de este viaje en el tiempo me he dado cuenta de que no sólo yo soy muy distinto, sino que el paisaje también lo es, y el pueblo más. Ha cambiado Miedes de Atienza en su sustancia, aunque se mantengan en pie casas que, una a una, voy reconociendo. Y no verlo como entonces, con sus calles arenosas, llenas de estiércol, con sus tipos con boina, refajo y colilla entre los labios, arreando a las mulas y los burros con una retahíla de blasfemias - antes el español blasfemaba mucho - , me llena de decepción. Querría congelar el tiempo pasado, pero eso no es posible.
No hay un solo mulo donde antes había tantos que llegaban en tropel al caer la tarde y se concentraban alrededor de la fuente, levantando nubes de polvo, con la mulada, hasta que sus dueños los cogían y los llevaban a sus casas. Sólo un caballo de tiro, pastando a la entrada del pueblo, que mueve la cabeza cuando paso para seguir comiendo hierba.

No hay moscas, cuando antes había millones que quedaban prendidas en unas tiras pegajosas o eran exterminadas a golpes de DDT, que también estuvo a punto de exterminarnos. Recuerdo cubos de moscas, montañas de moscas en las ventanas. Me recuerdo matando moscas con una pala de plástico. Las moscas ahogándose en la miel, cayendo en la sopa, en la leche…
No hay moscas, no hay burros, no hay mulos. Y las trilladoras romanas han sido sustituidas por enormes tractores. Todas las calles están asfaltadas. Todas las casas, restauradas. A duras penas, porque la memoria la conservo intacta, descubro la casona en donde Faustino tenía su tienda de comestibles, la única, en donde te servía Coca Cola en botella polvorienta y a temperatura de calle y alimentos caducados. Nadie murió por esa causa. Y por esa esquina, ascendiendo por la calle, llego a la plaza, que ya no es mi plaza, sino otra muy cambiada e irreconocible, asfaltada, en la que corretean niños en bicicleta en ese espacio que yo recorría con la mía hasta que ¡zas!, tropecé con una enorme piedra en el camino, caí al suelo y me rompí la pierna. Fui un pionero, porque nadie, hasta aquel momento - luego ya sí - se la había roto. Mi tío, como médico del pueblo, me escayoló la fractura, pero yo, un día sí y otro también, porque no me estaba quieto ni un segundo, la rompía y vuelta a empezar.

Había un frontón, y lo sigue habiendo, pero lo cambiaron de sitio. Allí pintaban los mozos del pueblo grafitis alusivos a sus reemplazos, adornados con tacos jugosos y viriles, y jugaban a pelota con la mano desnuda dejándose las palmas ensangrentadas. Ahora dos papás, mientras sus niños pedalean por los alrededores, sacuden con las raquetas pelotas de tenis blancas.

Quería reencontrar Miedes vacío. Despoblado. Yo andando por calles desérticas. Mísero, como cuando lo conocí, paradigma de esa España rural que pasaba hambre, de rostros huesudos y ojos hundidos. Sin agua. Sin luz. Sin retretes. Con cocinas con fuego de leña. Con gallinas en las calles. Con mulas cargadas con sacos de trigo que sustituían al papel moneda. Con el perfume del estiércol flotando constantemente. Y no. Me encuentro con un pueblo de veraneo, excesivamente concurrido, en donde la chiquillería juega al aire libre, ha dejado en casa la play station, disfruta del entorno y hace de la calle su patio de juegos.
De pequeño no había advertido el color rojizo de las piedras de las casas. Ni de que muchas de ellas fueran casas nobles, con sus blasones correspondientes levitando sobre sus puertas. El ayuntamiento, sobre el que un reloj enmudeció hace tiempo, sirve de bar: eso es nuevo. Allí residían los alcaldes del pueblo, don Casimiro y la tía Restituta, maravillosos nombres que parecen sacados de La familia de Pascual Duarte, dos aldeanos típicos que milagrosamente viven ambos, aunque en Madrid. Desapareció el horno en donde cada vecino horneaba su pan y sus dulces. Tengo memoria de los mantecados deliciosos que hacía tía Rosario.

La casa de los tíos se alza delante del banco en donde permanezco sentado mientras la bicicleta descansa, apoyado su pedal en el bordillo de la acera. La casa es mucho más grande de lo que me imaginaba, un fenómeno que generalmente se produce a la inversa: el niño siempre tiene una percepción volumétrica mucho mayor que la real. La puerta la han cambiado los nuevos inquilinos. Hay una reja en donde antes había una puerta partida que se abría por arriba. También hay rejas en las ventanas. Y hasta la calle tiene nombre, que antes no tenía, y número, el 1. Sigue el corral, imagino que ahora convertido en jardín, en donde tía Rosario tenía unas cuantas ocas que cada día ponían huevos de sabor extraño, como a húmedo, y te picoteaban las piernas. Desapareció la enorme higuera a la que trepábamos como monitos mis primos y yo y desde cuyas ramas podíamos saltar directamente al balcón. Sigue en pie la casa de al lado, de una sola planta, la del loco, porque ese pueblo tenía su loco, un infeliz que se cayó desde lo alto del campanario, perdió la razón y los chicos del pueblo se lo recordaban constantemente al grito de ¡Qué viene el loco! cuando aparecía por una esquina. ¡Maravillosa terapia! Y también había un cojo, al que constantemente se le recordaba su defecto y que tenía muy mala pata, por cierto, y una lengua viperina.

No parece haber nadie en la casa, pero desde luego está habitada. Hay visillos en las ventanas. Las tejas son nuevas. Hay luz. Ya no tendría el tío Juan José que hacer equilibrios sobre el balcón para hacer complicados empalmes - la electrocución era imposible dada la baja potencia eléctrica - que llevaran más luz a su casa para que tía pudiera poner en funcionamiento la lavadora recién comprada, automática a medias, porque había que mover la ropa con el palo de una escoba para suplir las carencias del motor. “Nunca vi una escoba tan limpia” le decían los que ignoraban el uso que le daba.
Es la casa, pero no es la casa. La habitan otros, pero seguro que dentro podría encontrar nuestros fantasmas, el rastro de gritos, risas, con que poblábamos ese aire denso de hogar apenas tocado por el sol que entraba a través de gruesos muros. Seguro que por dentro no la reconocería si pudiera entrar. Puedo llamar y, si me abren, decir que me gustaría verla porque en ella un niño que yo fui pasó los más maravillosos veranos de su vida. Tres veranos inolvidables y míticos.
Me gustaba jugar en el granero, sobre los montones de trigo que descargaban los pacientes del doctor Juan José que le pagaban de esa forma en una época en la que existía el trueque, y allí arriba, en la buhardilla, revolcándonos, llenándonos de polvo cabellos y ropa, desgranaba historias de terror que mantenían embobados a Rosarito, Juanjo y Aguedita, mis tres primos. Ya era narrador, sin saberlo. Y hasta me acuerdo que ponía efectos especiales, música, para dar más énfasis al relato. Y que improvisaba sobre la marcha.

Los niños dan vueltas a la plaza en sus bicicletas, sin caerse. Ya no hay pedruscos en los que tropezar, romperse una pierna, ser enyesados. Ya no se utilizan las piedras como armas disuasorias. Me dieron la bienvenida con una buena pedrada en la cabeza, a modo de saludo para el chico recién llegado de la ciudad, que me hizo una pitera sangrienta, pero no me acuerdo si reprimí el llanto para que no me tomaran por una nena, ni si devolví la pedrada.
Voy hacia la fuente, pero no dejo de mirar la casa de los tíos. Sí, la fuente es la misma, exacta, con sus caños de madera que rezuman agua a borbotones por dos redondos orificios, con esa agua estancada de su pilón, en donde aletean algas verdosas, y un extraño adorno en su alto, que no sé si es nuevo, no lo recuerdo: una piña. ¿Qué hace una piña? ¿A quién se le ocurrió coronar la fuente con semejante adorno?
No había agua corriente en el pueblo, como en buena parte de África sucede ahora mismo. Había que ir un montón de veces a la fuente a cargar agua para beber en los botijos, para asearse, para cocinar. Para ese niño que era, el no tener agua ni luz era parte del juego, el encanto del lugar.
Hay muchos rubios. También los había entonces. Mujeres y niños rubios. Rubios como Natividad, la muchacha más bella del pueblo, una especie de Venus renacentista, o Mary Pura, la hermana de Antonino Pío, el mozo que tiraba los tejos a mi hermana sobre el tejado de una casa, valga la redundancia, o quizá es que tirar los tejos venga de las tejas en donde los enamorados se subían a pelar la pava, lejos de los mayores.
Ahora hay modernos coches de gran cilindrada ─ audis, bmw, porque quien se fue del pueblo a probar fortuna en Catalunya o Madrid, como los que se fueron a América, siempre vuelven ricos o lo han de aparentar ─aparcados en donde antes descansaba el desvencijado coche de línea que tenía una cuerda por freno y un agujero en el suelo por donde se podían contar las rocas de la carretera. Sólo tuvo un accidente, milagrosamente, y un pasajero se rompió la crisma y acabó en el cementerio. El armatoste alcanzaba, en las rectas, los 40 km hora.

Lo que sucedía todas las noches debajo de ese coche de línea aparcado ignoro si era fruto de mi imaginación calenturienta o una expresión de salvaje sexo rural. Sea lo que sea, había una chica muy popular, del mismo modo que había un loco, un cura, un médico, un tendero, un alcalde, un practicante barbero, porque en ese microcosmos rural todas las profesiones estaban representadas, que enseñaba a los mozos del pueblo las artes amatorias bajo la bóveda del autocar de línea, y había tan escasa luz allí debajo, más bien ninguna, por lo que todo entre las ruedas se hacía a ciegas, lo que otorgaba un plus de privacidad a esos intercambios clandestinos de placer en el que los mozos recibían su instrucción sexual sin tener que pagar. Treinta años después escribí un relato sobre el tema, LA AMPARITO, que se publicó en Penthouse y luego lo hizo en UNA HISTORIA CHINA de Ediciones Koty, libro muy difícil de encontrar, por cierto.


Hay perros en el pueblo, unos cuantos, pero sestean en el suelo, ni siquiera se levantan cuando pasa por delante de ellos un ciclista. Hay muchas bicis en el pueblo para prestarle atención a ese forastero que se detiene constantemente para tomar fotos. Y ese perro tumbado al sol, algo lanoso, se parece a Tim, el perro mal cazador al que unos italianos tirotearon y dejaron herido y el tío Juan José recuperó para que siguiera siendo tan mal cazador. Tim y Loli, una perra perdiguera manchada y de orejas caídas sobre la que escribí un relato, por ahora inédito, nuestros perros que nos seguían a todas partes, con los que jugábamos y nos llenaban de babas.
La subida hacia el Torreplazo, casi en los límites de la provincia de Soria, se intuye dura. Pero a la salida de Miedes me detengo ante una casa con huerto que no tardo en identificar. Sí, no hay duda, más por la ubicación que por la casa en sí. Aquí vivía Don Julio, un señor rico y viudo que cometió un desliz con su jovencísima criada y se tuvo que casar con ella. Don Julio, que le llevaba cuarenta años, por lo menos, a su joven esposa. Don Julio que hablaba de su problema a las autoridades del pueblo, el cura, el médico, el maestro, pidiendo consejo, y no tuvo más remedio que casarse so pena de que le rompiera la crisma su suegro a garrotazos. Don Julio que, ahora, habría sido juzgado como corruptor de menores y estupro. Vagamente la recuerdo a ella, aunque me falla el nombre; era bonita, femenina, rubia, frutal y dulce. Y recuerdo al hijo que ya tenía Don Julio del primer matrimonio, el Boni, con flequillo y pecas, con el que jugaba siempre, con el que correteaba por el huerto, entre manzanos de los que comíamos a dentelladas los frutos verdes que colgaban. Y me acuerdo del día en que aquella abeja se despistó de su colmena y me dio tal picotazo en la frente que me tiró al suelo.


Las tardes de verano en el huerto de Don Julio, eternas, merendando pan tostado con miel tan espesa que se masticaba, encaramados a la tapia, que aún existe en parte, chapoteando en la balsa con el calzoncillo blanco como bañador. Y ahora, en el mismo lugar, un niño, de la edad que yo tendría entonces, la emprende a estocadas con la pared de la casa con una espada de palo. Ese niño era yo. Y Don Julio se convirtió en personaje de ficción, fue protagonista de un relato que se publicó el pasado año después de ganar el certamen Luis Cabrera: CANCIÓN DE MUERTE EN MORALZARZAL, aunque hubiera tenido que llamarse Canción de muerte en Miedes de Atienza.
Ahora ya si, con la primera marcha, el plato corto, sol de muerte que me hace sudar y que las mallas se peguen a las piernas, pero sin perder el aliento, subo la empinada cuesta zigzagueante que conduce al Torreplazo. El paisaje es agreste, con matojos espinosos que brotan de las piedras y las revientan, con flores, silvestres, que expanden su perfume a miel. Reina un tono verde grisáceo de estepa que contrasta con la pureza de azul cobalto del cielo que quizá exija otro colorido en la tierra. La carretera asciende en pronunciados meandros. Pronto pierdo de vista el pueblo. Y cuando el sol parece que va a aplastarme y desmontarme de la bicicleta, sopla una brisa fría que viene de unos montes lejanos, nevados, directamente, sin obstáculo, en mi ayuda, a darme un respiro. Subo a ese Gólgota rememorando escenas, mirando la línea blanca que demarca la carretera, el granulado del asfalto que me como con las ruedas.

Si me resisto a mirar la cuesta y me centro en el aburrido asfalto creo que avanzo más rápido, con menos esfuerzo. No cejo hasta culminar el monte, llegar al mojón, a esa columna sin nombre que todos conocían como el Torreplazo y, desde allí, mirar el pueblo a mis pies, desde la perspectiva más espectacular, y los molinos eólicos, esos enormes monstruos blancos que mueven sus tres palas constantemente porque el viento no deja de soplar.


El descenso es a tumba abierta. Menos mal que, además de los antiguos quitamiedos de piedra, por entre los que uno puede colarse e irse al vacío, han puesto vallas metálicas que refuerzan la seguridad. Bajo enflechado. ¿Treinta, cuarenta kilómetros hora? Freno en las curvas.
Cincuenta y dos años atrás iba sentado sobre el manillar de una bicicleta que conducía mi hermano por esa pronunciada pendiente, y llevaba una inoportuna bata de colegial cuyo extremo se enganchó entre los radios de la rueda delantera y la detuvo en seco; la bicicleta se puso de pie, saltamos los dos por los aires, como en la viñeta de un tebeo, pero no nos hicimos nada: en aquellos tiempos éramos de goma. Ahora, si me caigo, me rompo todos los huesos. Por eso freno. Voy frenando. Y cruzo el pueblo, hasta detenerme en el cementerio.


No lo recuerdo así, con esa capilla neogótica al final del mismo que ahora luce y le confiere un aire más tétrico, de relato de Poe si se transita por sus alrededores al amanecer, al anochecer o en día brumoso. Seguro que la añadieron como contrapunto al templete románico de la entrada.
Yo solía saltar la tapia, de noche, para demostrar mi valor, y corretear entre los muertos. Ahora los niños se enfrentan a muertos vivientes virtuales en sus consolas. De noche, eso lo recuerdo, veíamos fuegos fatúos que nos aterrorizaban y nos espoleaban hasta llegar a casa. Entrábamos pegando gritos de espanto y tocándonos el cogote con los dedos fríos. Y por las noches soñábamos con fantasmas, los veíamos entrar en las habitaciones, envueltos en sus sábanas y con sus cadenas.
Pedaleo. Miedes queda a mi espalda. No me vuelvo. En el horizonte, tras unos montes, la nube de un incendio. El aire me corta la cara. El sol me abrasa. Pedaleo sin mirar atrás.
No sé si volveré otra vez.

La bibliografía de Miedes de Atienza
Relatos
LA AMPARITO, publicado en la revista Penthouse y posteriormente integrado en UNA HISTORIA CHINA (Ediciones Koty)

CANCIÓN DE MUERTE EN MORALZARZAL, relato premiado con el Miguel Cabrera en su edición de 2008 y publicado por la Junta de Andalucía.
"A Don Julio lo trajeron atado de manos y con una enorme brecha en la frente. Con ese aspecto desaliñado, con los pantalones descordados, un zapato y la camisa hecha jirones, era difícil reconocer en él al aristócrata de Moralzarzal. Le habían estado apaleando durante toda la noche, con bastones nudosos de pastor, la partida que lo prendió, pero todavía había dignidad en su mirada, nobleza en su gesto, elegancia en su porte."
TIEMPO DE TRENES, relato inspirado en mi tio Juan José y galardonado con el premio XX Concurso BIM de la Rambla en 2008.
"El tren silba cortando el aire, una bala en un paisaje yermo por las mismas vías por dónde antes avanzara la vieja locomotora de vapor. El mismo recorrido, pero distinto tiempo, distinto viaje. Aquel viaje de antaño, que embriagaba todos mis sentidos, ahora es sólo una excursión. El mismo camino, porque la vía atraviesa los mismos parajes, la misma distancia, y algunas variaciones en el paisaje. Más que en el paisaje, en las construcciones, en las estaciones que el tren deja atrás; asépticas éstas se me antojan; aquéllas, las del pasado, dotadas de un indeterminado lirismo. Todo más bello antes, más prosaico ahora. Cuestión de años, los que van de un niño con pantalón corto y toda la vida por delante, con la mirada fascinada perdida más allá de la ventanilla del tren, a la de un hombre maduro que viaja con su desengaño a cuestas".
Si quiere leerlo íntegro clique aquí
LA LOLI
La Loli es un perro perdiguero de orejas gachas y peladas, pelaje blanco con manchas pardas, cuerpo delgado y ágil.
La Loli tiene un mirar triste y dulce a la vez. La Loli es golosa: le gusta el azúcar y el chocolate. Y apacible: tras una jornada de caza, cuando regresa tras el amo, adora echarse a sus pies, seguir fijamente el ritual de las manos del hombre llenándose la pipa de tabaco, hasta quedarse dormida.
Principalmente, lo que más le gusta a la Loli es la caza; husmea con el hocico, levantas las orejas y se detiene: la pieza está cerca. La Loli casi nunca falla cuando va de cacería: cuando la perdiz o el conejo están próximos, emboscados en el matorral más cercano, la Loli se paraliza, detiene su pata en el aire, se convierte en una estatua para salir disparada como una flecha cuando la presa intenta la huída.

Novelas
TRES VERANOS, novela que recoge mis experiencias en esos tres veranos y permanece, de momento, inédita.
"Cuando salimos de nuevo a la calle debían de ser cerca de las nueve. La ciudad pueblo parecía haberse despertado de su letargo nocturno y gentes y bestias recorrían ya sus empedradas calles. Eran gente muy curiosa, nuca llegué a imaginármelos así a los habitantes de aquella comarca. Parecían uniformados todos ellos. Vestían con pana negra, se sostenían los pantalones manchados y gastados con amplias fajas, lucían camisas blancas bastante renegridas, no se afeitaban sino muy de tarde en tarde, mordisqueaban colillas apagadas con las hileras de sus dientes amarillentos y careados, y boinas negras cubrían como casquetes sus cabezas. Yo esperaba ver caballos, caballos por todas partes, pero los animales que ascendían penosamente con las alforjas rebosantes de gavillas de paja, cántaros de agua, o kilos de apestoso estiércol eran viejos y depauperados asnos o, a lo más, mulos que relinchaban ásperamente mientras sus amos arrastraban sin piedad de las riendas, propinándoles toda clase de golpes en los flancos y obsequiándonos, a nosotros más que a ellos, con el más rico repertorio de blasfemias que se pueda oír".
Artículos
VIAJE A UNA ARCADIA RURAL, publicado en el diario El Mundo el 30/08/2003 y galardonado con el premio Provincia de Guadalajara.
"CREO QUE EL mejor verano de mi vida fue el de 1958, el año en que mis tíos Juan José y Rosario me invitaron a pasar el verano en Miedes de Atienza, un minúsculo pueblo de Guadalajara en donde vivían con sus tres hijos. La víspera de la partida estaba muy nervioso: era mi primer viaje. Mi padre me acompañó. Viajamos toda la noche en un tren arrastrado por una locomotora de vapor.No dormí ni un solo instante, a pesar de que el traqueteo de las vías es una melodía que invita al sueño; estaba demasiado emocionado para hacerlo y permanecí con la cara pegada a la ventanilla del compartimiento contando los postes que jalonaban la vía férrea, leyendo los letreros suspendidos de las marquesinas de las estaciones que dejábamos atrás envueltas en la nebulosa de humo y carbonilla, y el alba me encontró con los ojos abiertos".
Si quiere leerlo íntegro clique a continuación.
Con mi tía Rosario, hoy
http://www.elmundo.es/papel/2003/08/30/catalunya/1465478.html

EL LARGO ADIÓS

NATASHA RICHARDSON

Nos debía muy buenas interpretaciones para irse así, tan de repente, a los 45 años y de una forma tan tonta, aunque morirse nunca es algo tonto. Su óbito me recuerda al accidente dramático que tenía aquel niño en VIDAS CRUZADAS, la genial película de Robert Altman, el nieto de Jack Lemmon al que un coche arrolla levemente cuando vuelve del colegio a su casa, el crío se levanta, dice que no es nada, entra en su hogar y se derrumba entonces y va directo al hospital y de allí al cementerio dejando un pastel de cumpleaños por apagar. Es lo que tiene el cerebro.

Natasha Richardson, de la dinastía artística de los Redgrave, abuelo, tíos, madre, hermanos y esposo, Liam Neeson, vinculados a los escenarios, tuvo un desgraciado accidentes esquiando, se levantó y dijo, entre risas, que no era nada y que vaya torpeza caerse en una pista de novatos y murió poco después sin que nadie pudiera hacer nada.


Tenía la belleza y la elegancia de su madre, su fortaleza aristocrática, su estructura osea, una mirada directa, y el apellido de su padre, el realizador del free cinema Tony Richardson, el de LA CARGA DE LA BRIGADA LIGERA, en la que tenía un pequeño papel, UN SABOR A MIEL, MIRANDO HACIA ATRÁS CON IRA, TOM JONES, LA FRONTERA y, mira por dónde, LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO.

De ella guardo una interpretación inquietante, aunque era la víctima: EL PLACER DE LOS EXTRAÑOS, una película malsana de Paul Schraeder, el guionista de las mejores películas de Martin Scorsese y director maldito donde los haya, en la que era la pareja de Rupert Everett y ambos eran vampirizados, en una misteriosa Venecia, por un matrimonio retorcido integrado por Cristopher Walken y la gran Helen Mirren.



martes, 10 de marzo de 2009

news

El mazo de la ira
Muchos nos metimos en la piel de Emilio G. el hombre del mazo, que tuvo suficientes agallas para destrozar una Herriko Taberna al ver su casa dinamitada por una bomba de ETA. Un aplauso generalizado para un hecho, en sí, incívico y reprobable pero tan comprensible, que salía de sus entrañas. Quizá habría otro clima si miles de Emilios, que se ha tenido que exiliar de su pueblo tras el mazazo, surgieran en el País Vasco, una sociedad atenazada por el miedo, el único lugar de la península adonde no ha llegado todavía la democracia, la gente que compra un periódico lo ha de esconder, nadie dice a quién ha votado y los temas políticos no entran en las conversaciones de calle. Aunque contra las cuerdas, los profesionales del miedo y el terror siguen enraízados en el tejido social de Euzkadi y ahí están las 100.000 papeletas en blanco que nadie debe ignorar. Décadas de mirar hacia otro lado, de silencios, de miedos más que justificados y el fracaso más rotundo de todos los gobiernos en sus intentos de aislar al terrorismo de una banda que tiene un amplio respaldo popular e incondicionales hasta la muerte, hacen de ese maravilloso rincón de la geografía ibérica un lugar único en el mundo por su irreductible violencia política.
Muchas cosas se hicieron mal, en el pasado, en Euskal Herría: la sangre y los muertos que costaron el izado de las ikurriñas, las torturas del cuartel de Intxaurrondo, las patadas en las puertas, la nefasta guerra sucia que emprendió el gobierno de Felipe González, y a todo ello se aferran los fascistas de los puños y las pistolas, reivindicando el pasado y negando un presente en el que no hay Intxaurrondo, ni guerra sucia y las ikurriñas ondean en todas las localidades.
En Catalunya, anticipándonos a EEUU que tienen a un Barack Hussein Obama, tenemos a un cordobés llamado José Montilla como President de la Generalitat y no pasa nada. ¿Aguantará la sociedad vasca un lehendakari que se llame López o le pondrá el PNV, el padre de esos hijos díscolos que queman autobuses y ponen dianas a los nombres, todas las zancadillas posibles? Pues mucho me temo que eso último es lo que pasará.


EL PP EN EL BUEN CAMINO
Parece que la nueva estrategia del PP del renovado Mariano Rajoy, que ha movido todas las fichas aznaristas incómodas de su partido y ha entendido, por fin, lo que es una oposición constructiva, está dando sus frutos para pesar del PSOE en donde empiezan a encenderse todas las alarmas. En Galicia una clara victoria, indiscutible, de Nuñez Feijoo ante un Touriño ensombrecido por cuatro años de gobierno que no parecen haber convencido a nadie, recupera para la derecha esa comunidad tan emblemática que no han sabido gestionar los socialistas en connivencia con los nacionalistas del BNG; en el país Vasco se preparan a aupar a la lehendekaritza a Patxi López y arañan, según las encuestas, al desgastado Chávez en Andalucía sin que les haga mella ese rosario de imputados en casos de corrupción que les crecen como enanos en Madrid y Valencia, sino todo lo contrario. Una hábil gestión de los escándalos de la Comunidad de Madrid ─ el del espionaje y el de la corrupción ─ le van a servir en bandeja de plata la cabeza de su enemiga ancestral Esperanza Aguirre. Lo de Valencia ya es mucho más complicado, porque Camps es amigo, pero si su delito se reduce a unos cuantos trajes, pues me parece una fruslería.
Malos vientos soplan para el PSOE envuelto en una crisis económica de dimensiones históricas que no ha hecho más que empezar y con la que tendrá que lidiar con todos los partidos políticos en el Congreso enfrente tras perder la alianza del PNV que no le va a perdonar bajarse del poder en Euzkadi. Sólo le falta la puntilla de las europeas que, presumiblemente, perderán.

UN CARTEL CALIENTE
Nunca un bolígrafo estuvo mejor acompañado, mejor sostenido, que éste del cartel que sirve de reclamo para un concurso de literatura erótica convocado en Venezuela al que, lamentablemente, no puedo presentarme por no ser venezolano. Dos magníficos y rotundos atributos femeninos, entre los que se encaja, animan a escribir a quienes plasman en el papel sus sueños húmedos y seguro que el jurado tendrá abundante material para elegir en ese país cuyo nombre rinde culto a Venus y está poblado por las muchachas más guapas del mundo y aprenden desde la cuna lo que es seducción femenina. Echa uno de menos premios como la Sonrisa Vertical, que mantiene su colección, aunque a medio gas, y colecciones eróticas como la Fuente de Jade que en su día lanzó Martinez Roca y puso al alcance de los aficionados un buen puñado de novelas de autores clásicos como Apollimaire, Restic Le Breton, etc, aunque anda la literatura que se publica, en general, bastante lubricada con un erotismo cada vez más explícito que hace innecesarias esas colecciones temáticas.


EL MOSSO ESCRITOR
No es el primer policía que se mete en la tarea de escribir. Todos recordamos a Tomás Salvador y hasta hubo uno que fue acreedor del premio Nadal. Pero sí es el primer mosso de esquadra, la policía autonómica de la Generalitat, que lo hace, y lo que he leído de la novela, el capítulo que me tocó comentar, me obliga a recomendarles este Códex 10 que Eduard Pascual publica en Roca Editorial. Parte él con una clara ventaja sobre todos los que nos metemos en el género de oídas y somos unos indocumentados ─ confieso que nunca pisé una comisaría de policía, ni con el franquismo, por suerte, ni me hice amigo de un policía o forense para escribir mis ocho novelas que se inscriben, más o menos, dentro del género negro ─, que escribe sobre lo que sabe, lo que le convierte en un peligroso competidor.
Uno se pregunta si se metió a mosso de esquadra para eso, para robar buenos argumentos de la realidad. Lo positivo es que ya tengo a alguien a quien preguntar cuando escriba la próxima y tenga alguna duda.


AL BASHIR

Buena noticia, en principio, que el TPI se decida a llevar a juicio al dictador genocida que reina en Sudán, al que se le responsabiliza, entre otras cosas, de la muerte de 300.000 civiles en Darfur, aunque la consecuencia inmediata haya sido la expulsión ipso acto de todas las ONG que intentaban paliar el desastre sobre el terreno. Una iniciativa, esta la del TPI, que queda ensombrecida por el doble rasero que siempre se sigue en todos los foros internacionales y lo complicado que va a ser cumplir la orden de arresto. Hay alguien, hoy retirado, que tiene sobre sus espaldas haber desencadenado una guerra que ha devastado un país, haberlo destrozado de arriba abajo, tras invadirlo con burdas mentiras, haberlo saqueado de sus riquezas, y haber colocado sobre ese erial a sus empresarios amigos para lucrarse desvergonzadamente con sus negocios privados. Ese individuo está localizado en un rancho de Texas con el honroso título de haber superado en ineptitud a Richard Nixon. No deseo otra cosa que el juez Baltasar Garzón ordena su caza y captura y también, de paso, del que siempre se vanaglorió de su amistad, lo siguió hasta el infierno y puso los pies sobre la mesa.

EGOLATRÍA

EL MAL ABSOLUTO
LA BIBLIOTECA IMAGINARIA 1/3/2009
reseña de Cristina Monteoliva

Título: El mal absoluto
Autor: José Luís Muñoz
Editorial: Algaida
Págs: 312
Precio: 20,70 €

La conciencia es esa vocecilla que habita en la cabeza de todos y cada uno de nosotros, esa incansable vigilante de nuestros actos, la misma que nos advierte de lo que hacemos bien y mal. Y es que cuando hacemos algo que sabemos incorrecto, no podemos dejar de pensar en ello, el recuerdo se convierte en una tortura constante, y nuestra conciencia, en nuestro carcelero particular. Pero, ¿qué pasaría si elimináramos a esta vocecilla insistente de nuestras mentes? ¿Y si hubiera alguien que ni siquiera la hubiera tenido nunca? La verdad es que ésta pregunta no me la había hecho hasta ahora, justo después de leer El mal absoluto, la sobrecogedora novela de José Luís Muñoz ganadora del XI Premio de Novela Ciudad de Badajoz.
La ZDF (cadena de televisión alemana) quiere ofrecer a su audiencia un programa especial sobre la vida en los campos de concentración con motivo del sesenta aniversario de la entrada del ejército bolchevique en Auschwitz. Para ello, la joven y apasionada periodista Eva Steiger deberá entrevistar a Günter Meissner, un rico ex oficial de las SS y vigilante en Auschwitz, y a Yehuda Weis, un superviviente judío que vive en la prácticamente indigencia física y moral. Ninguno de los tres, sin embargo, puede imaginar hasta qué punto puede afectar a sus vidas este reportaje.
Probablemente, por lo dicho hasta ahora, penséis, amigos lectores, que El mal absoluto es otra obra más acerca de la Segunda Guerra Mundial, sobre las penurias y las crueldades de esa época tan oscura, una historia de buenos y malos que no aportan mucho más a la literatura. Nada más alejado de la realidad, por muchas razones que intentaremos explicar a continuación. En primer lugar, la obra de José Luís Muñoz está claramente dividida en dos partes: la primera de ella se centra en el reportaje televisivo,en la recopilación de testimonios de la periodista Eva Steiger. En la segunda, de extensión mucho más reducida y en el que el narrador omnisciente gana en importancia, se desarrolla un thriller de lo más intrigante, de los que hacen que, irremediablemente, devoremos las páginas a velocidad vertiginosa para conocer el final.
Diremos, en segundo lugar, que con la excusa del reportaje, de esa toma directa de testimonio de los personajes, el narrador omnisciente se hace a un lado durante gran parte de la obra. El relato directo, el que viene de boca de los propios protagonistas de tan terribles episodios hace que los hechos se sitúen más cerca de nosotros. Los detalles se hacen más vivos, casi se puede oler la humedad, la suciedad, la sangre… Es prácticamente imposible no experimentar, en un sencillo ejercicio de empatía, el miedo y el horror que muchos padecieron esos días. Pero, ¿cómo comprender a los ejecutores?¿Acaso eso es posible?
Por si esto fuera poco, añadiremos que en esta obra no sólo obtendremos los escalofriantes datos que ya conocemos por reportajes televisivos u otras obras literarias, sino que José Luís Muñoz da un paso más cuando nos relata todos y cada uno de los pasajes más inhumanos, los más horribles que tuvieron lugar en el campo de concentración nazi. Y, sobretodo, esta novela, como ya indicábamos antes, no sólo nos da el clásico punto de vista de la víctima judía, sino también aquel del nazi implacable.
Finalmente, destacaremos la gran elección por parte del escritor de los tres personajes principales, así como su habilidad a la hora de plasmar sus personalidades en el papel: Günter Meissner, el nazi sin remordimientos; Yehuda Weis, el judío atormentado por sus recuerdos y Eva Steiger, la periodista incapaz de no tomar partido.
En definitiva, El mal absoluta es una novela apasionante, un documento imprescindible para conocer un poco más Auschwitz y, sobretodo, una genial obra que no puede dejarnos a ninguno indiferente, pues son tantas las aristas que deja al descubierto, que meditar sobre al menos alguna de ellas se nos hará del todo imposible.
Estremece pensar que haya personas sin conciencia que dan por buenas todas sus atroces acciones, sin pensar en el daño que hacen a la humanidad, sin ponerse en el pellejo de nadie más. Mejor no toparse con nadie así por la vida. Pero, en todo caso, no dejéis de leer El mal absoluto, una novela que tanto bien puede haceros, aunque esto suene contradictorio.



ANIKA ENTRE LIBROS. BLOG DE LITERATURA EN LA RED
reseña de Joseph B. McGregor

EL MAL ABSOLUTO
XI PREMIO DE NOVELA "CIUDAD DE BADAJOZ"(El mal absoluto, 2008) Jose Luis Muñoz Editorial AlgaidaColección Novela Primera edición: febrero de 2008© José Luis Muñoz, 2008© Algaida Editores, 2008 Género: Thriller ISBN: 9788498770261 309 Páginas

XI PREMIO DE NOVELA "CIUDAD DE BADAJOZ"Eva Steiger, periodista de la ZDF, especialista en temas de actualidad, entrevista para un documental de televisión al magnate del acero Günter Meissner. Durante la guerra mundial fue un temible y cruel oficial de la SS de Auschwitz pero ahora se ha convertido en un respetado y reputado empresario. Durante la entrevista, el ex oficial nazi trasmite en todo momento la imagen de un tipo elegante, educado y encantador; nada que ver con un torturador o un verdugo, aunque a Eva le inquieta mucho la frialdad con la que contesta sus preguntas, rebate sus acusaciones o intenta justificar sus crímenes.Días después, la periodista mantiene también un extensa y detallada entrevista con Yehuda Weis, superviviente del campo de extermino que la afecta y remueve profundamente. Cuando la ZDF emite el documental por televisión Weiss reconoce en Meisser al hombre que lo condenó y salvó cuando estuvo confinado en Auschwitz. Pero éste se siente incapaz de llevar a cabo su venganza.
"El mal absoluto" se puede dividir en dos partes claramente complementarias. La primera me resultó bastante interesante ya que se plantean una serie de cuestiones muy complejas que aluden al grado de responsabilidad del pueblo alemán en el genocidio. ¿Fueron sólo culpables los nazis?; si los alemanes tampoco protestaron ni se manifestaron en contra del confinamiento de judíos en campos de exterminio ¿No fueron responsables también de todos esos crímenes por omisión?; si Alemania apoyó masivamente a Hitler, creyéndolo como el líder necesario para acabar con la crisis, ¿no habría pasado lo mismo en idénticas circunstancias?, ¿La caída del muro de Berlín ha fortalecido el florecimiento del neo-nazismo?...Pero también se plantean cuestiones de hondo calado ético y moral: ¿Llevamos todos nosotros un nazi dentro, un torturador escondido, esperando la más leve oportunidad para salir a la luz? ¿Habríamos cometido muchos de nosotros los mismos crímenes de haber sido oficiales de la SS? Meissner defiende la teoría de que sí. Sin embargo, Eva se resiste a aceptar algo semejante.Durante gran parte de la novela (hasta la página 220 aproximadamente), los personajes dialogan, se confiesan, discuten, polemizan, expresan sus inquietudes y temores sobre las cuestiones antes apuntadas. Destacan, en ese sentido, por su larga extensión las dos entrevistas que Eva mantiene primero con el verdugo (Meissner) y después con la víctima (Weiss); en especial la segunda en la que el superviviente de Auschwitz le responde a un largo cuestionario en el que detalla a la periodista cada una de sus nefastas o dolorosas experiencias como prisionero en el campo de exterminio. Realmente impresionante.Muñoz sabe dialogar muy bien, dotando a las conversaciones de la fluidez y la tensión necesaria para que se lean bien. Este bloque motivará bastante no sólo a los previamente interesados por el tema del genocidio judío sino a todos aquellos lectores que busquen que una novela les haga también pensar un poquito. En ese sentido, en "El mal absoluto" se plantea una interesante reflexión sobre las raíces del mal o de la crueldad. ¿Es algo intrínseco al ser humano y sólo hay que encontrar un medio para darle cancha o por el contrario no todos estamos habilitados para ejercer de torturadores o asesinos?A partir del momento en que Weiss decide hacer justicia, la narración se transforma en un intenso thriller que se me antoja bastante bien engarzado con la primera parte de la historia, evidentemente mucho menos emocionante y más discursiva. Todo esto se traduce en el (casi) perfecto equilibrio narrativo del texto en el que ambas partes comparten sin fisuras la misma sobriedad expositiva así como idéntico ritmo y agilidad. De este modo, Muñoz demuestra en esta novela ser un narrador sobrio y directo, poco amigo de las descripciones minuciosas o excesivas y que sabe ir al grano, aspectos fundamentales para que la trama avance con la soltura y celeridad adecuada.


ALJARAFE VIVO
Reseña de Francisco Vélez
24 abril / 7 mayo 2008

”“La fortuna es de vidrio
se rompe
cuando más resplandece”
Publilio Siro

el libro,
la literatura
y la poesía


El mal absoluto
Jose Luis Muñoz.
Algaida, 309 páginas.

XI premio de novela ciudad de badajoz.
Esta novela cuenta drama y tragedia de muchas vidas inocentes en el campo de exterminio de Auschwitz. Un lugar que ha pasado trágicamente a la historia y que en esta tensa e intrigante narración , llena de detalles y con
un ritmo bien logrado, plantea drama crudo y real que el lector irá percibir en su lectura desde el comienzo de la narración. Su contendido ofrece escena de una crueldad inusitada y directa, de descripción perfecta llena de detalles de lo que verdaderamente fue aquel horror. Miseria, firmeza y degradación en los comportamientos humanos ausentes de la más elemental clemencia
Una joven periodista alemana, muy profesional, que pese a su edad, ya conoce la crueldad y experiencias humanas tras un tiempo como corresponsal en la guerra de Irak. Y que una vez de vuelta a Alemania donde trabaja para la ZDF alemana, decide investigar sobre el espinoso problema de un campo de exterminio.
Cómo fue la vida en ese uno de esos horribles lugares. La aniquilación fría y sistemática de miles, y miles de personas de todas las edades con una descripción estremecedora.
Con el deber profesional y coraje de elaborar un reportaje intenso solidamente documentando, opta entrevistar por separado a dos personajes. Günter Meissner ex oficial de la SS de Auschwitz. Y terminada la contienda
acaudalado industrial de posguerra poseedor de un exuberante orgullo por haber prestado sus servicios a su adorado Führer Adolfo Hitler, en la gran “causa” por la limpieza del honor de su patria. Frente a él Yehuda Weis, superviviente del campo de exterminio, que se desvive solitario entre terribles recuerdos delpasado, sumido en la indigencia física que le obliga a caminar con muletas y llevar el peso del pasado. Dos vidas frente a frente que
compartieron un espacio en estados diferentes.
Cuando el documental se proyecta en la televisión, Yehuda Weis descubre en la pantalla a ese hombre que fue
su carcelero. El oficial de la SS que lo condenó y al mismo tiempo lo salvó de una muerte anunciada.
Comprende las razones por las que escapó del Holocausto pero para un crimen como aquel no puede existir el olvido. Es la historia de una venganza aplazada que nos lleva a través de sus páginas a situaciones tan conmovedoras como sorprendentes, que van situando al lector en un estado de alta tensión y difíciles
criterios hasta la sorpresa final
Impresionante historia para lectores de corazones fuertes.
“Es el retrato de una fiera con una tigresa”