lunes, 25 de enero de 2010

EL VIAJE

EL PUENTE DE TECA
Fotos y texto: José Luis Muñoz
De Birmania sale buena parte de la teca, el oro de los bosques, que consume el mundo. Esa durísima y cara madera, inalterable, ignífuga, que tanto sirve para las cubiertas de los barcos como para los muebles de jardín de Occidente, la utilizan en Myanmar para la construcción de templos, palacios, casas… y puentes.
En Amarapura, ciudad de la inmortalidad, a once kilómetros al sur de Mandalay, una de las muchas capitales imperiales del país, la penúltima durante algo más de cincuenta años, que, como otras, pasó del esplendor a la decadencia, se encuentra el puente de teca más largo del mundo, el puente peatonal U Bein, de kilómetro y medio de largo y sobre más dedos mil postes que cruza el apacible lago Taungthaman─ nombre del ogro que llegó allí en busca de Buda─ en cuyas orillas flamean las estupas blancas de unas cuantas pagodas. Dicen que este puente de más de doscientos años de existencia y aspecto robusto lo construyó un súbdito musulmán por su propia cuenta y que pagó la osadía con su cabeza por no haber consultado su construcción con el rey Bodawpaya. Verdad o mito lo cierto es que ese puente sencillo, que se eleva cuatro metros sobre la superficie del lago, es uno de los lugares más bellos de todo el país al atardecer, uno de los puntos más fotogénicos, y concita la admiración de visitantes y lugareños que pasean lentamente por su entablado, a pie o en bicicleta, y se detienen a admirar, subidos a esa larga atalaya, un paisaje de un bucolismo irreal con prados extensísimos punteados por árboles en los que pacen los búfalos de agua tan importantes para las labores del campo de los labradores. Hará bien el viajero, después de visitar las estupas de Amarapura y su inmenso cenobio de monjes budistas, que han escogido tan hermoso lugar para meditar e iluminarse, acercarse al lago media hora antes de la puesta de sol, alquilar en la orilla una chalupa por 3.000 kyats y decirle al barquero que pase bajo las columnas del puente y se sitúe luego enfrente de la pasarela para contemplar como el disco solar se hunde y como las personas que están sobre el puente se convierten en fantásticas sombras chinescas. Luego, durante unos minutos, la semipenumbra otorga una luz mágica a todo el entorno, al lago, al puente y a la pagoda de Kyauktawgy como el telón de un teatro que baja muy despacio.






















LA FIRMA INVITADA

EL MONTE SERENO
Rosario Muñoz


Las fotos son de José Luis Muñoz, el agradecido sobrino por tener una tía así, y los paisajes pertenecen a una zona entre Medinaceli y Sigüenza que recorrió el fotógrafo y viajero en un intento por recuperar su pasado.


Allá en mi tierra, en el valle del Lobatón, en lo alto del Monte Sereno había una ermita azotada por los vientos, a la que cuando yo era pequeña me gustaba subir. Recuerdo que metía la cabeza entre los barrotes de un ventanuco que tenía la puerta y así, de esta guisa, contemplaba su interior, apenas alumbrado por una lucecilla mortecina, pero permanente, que alargaba las estatuas de Cristo y de su Madre, situadas a cada lado del Altar como si de figuras fantasmales se tratara. A mí, la contemplación de estas figuras me atemorizaba, como también la penumbra, la soledad y el silencio del lugar y poco a poco, iba sacando mi cabeza de entre los barrotes para alejarme de allí y volver a tomar el sendero que me conduciría nuevamente al pueblo, entre el frenético silbido del huracán que me zarandeaba con fuerza, hasta hacerme perder el equilibrio algunas veces.
Una vez abajo, en el valle, yo dirigía la mirada hacia las alturas para contemplar el Monte Sereno y su minúscula ermita, pero a veces los negros nubarrones, amenazando lluvia, ocultaban la ermita a mis ojos, como si hubiese desaparecido por completo y tanto me preocupaba su posible desaparición, por causa de la furia de la Naturaleza, que me prometía volver a subir en fecha próxima para comprobar por mí misma su existencia o desaparición.
En verdad me atraía sobremanera el Monte Sereno y más que el Monte, su ermita, expuesta a los cuatro vientos, como un lugar enigmático y misterioso.
Gustaba a veces, cuando estaba en su cima, de llamar a voces y esperaba con ansia que el eco me devolviese las palabras que acababa de pronunciar.
Volví a subir en otras ocasiones y en una de estas visitas, me sorprendió ver la puerta de la ermita abierta de par en par, quizá, la fuerza del huracán había podido con sus oxidados goznes y la había abierto y penetré en su interior, ávida de curiosidad. Ahora si que podía contemplar a mis anchas el recinto sagrado y a lo mejor se desvelaría el misterio de la ermita del Monte Sereno. Pero dentro había alguien, una figura enlutada, alta, delgada, con pañuelo negro anudado bajo la barbilla, que musitaba palabras en voz baja, como si rezase una letanía.
Salí disparada del santo lugar y bajé más pronto que nunca, quedándome, no obstante, escondida tras de una roca para verla bajar y descubrir de quién se trataba.
La espera fue larga, pero por fin, la figura alta, delgada y enlutada bajaba por el sendero y pasó, sin verme, junto a mí. Apenas pude ver su cara, pero me pareció joven y una cosa me llamó poderosamente la atención, era una mujer, pero tenía barba. Sin duda era la santera, mujer sobre la que se cernía una misteriosa historia de amor y maternidad, de amores desgraciados, por culpa de los cuales se había visto envuelta en una triste circunstancia y según las malas lenguas, Dios la había castigado doblemente con el crecimiento de la barba y la negrura de la boca.
Fuese o no cierto el castigo, la verdad es que decían de la santera que era joven y guapa, pero que ocultaba su juventud y belleza bajo una apariencia de mujer mayor, siempre vestida de negro de los pies a la cabeza. Vivía sola, su casa estaba siempre cerrada a cal y canto y no hablaba con nadie, ya que la gente rehuía su compañía y los muchachos apedreaban su puerta. Apenas salía de casa y cuando lo hacía, era para subir a la ermita del Monte Sereno, donde se encontraba con el demonio.
Me impresionó mucho el relato que corría de boca en boca y lejos de atemorizarme, sirvió de acicate para que picara mi curiosidad más aún y decidí llegar al conocimiento de lo que ocurría en la cumbre del Monte Sereno. Pero pasó mucho tiempo sin poder subir a él, ya que la lluvia y más tarde la nieve, hicieron imposible su ascensión.
Durante esta época mi deseo de saber no decayó, muy al contrario, sirvió para que mi impaciencia no esperase más y el primer día soleado, después del mal tiempo pasado, subí a la cumbre del Monte Sereno. Si siempre me había latido el corazón, esta vez casi se me salía; los latidos eran más fuertes que de costumbre y estaba atemorizada más de la cuenta, pero yo era un poco temeraria y no me arredré.
Al llegar a la ermita, metí la cabeza entre los barrotes de la ventanilla, como de costumbre. En su interior lucía la lamparilla del Santísimo, esa que alargaba hasta el techo las figuras de Cristo y la Virgen. El reposo, el silencio, la soledad, reinaban como siempre dentro del lugar; sin embargo, delante del Altar un bulto negro, apenas perceptible, acurrucado, musitaba palabras ininteligibles. Retrocedí asustada, sacando mi cabeza de la ventanilla enrejada y huí precipitadamente de allí; mas al poco tiempo me detuve y escondí, al oír el ruido de la puerta de la ermita, que se abrió con gran sigilo y en cuyo umbral apareció la figura enlutada de la santera.
Desde mi escondite pude verla en el momento en que se quitaba el pañuelo que cubría la cabeza; su cara estaba cubierta por una espesa barba y sus labios eran negros. Me dio mucho miedo verla... y entonces pensé que era cierto lo del castigo divino.
La santera cerró la puerta de la ermita y se dirigió a un lugar de la cima, al borde de un precipicio. Allí se sentó, se deshizo el moño y una cabellera que llegaba hasta la cintura, de pelo negrísimo, quedó en libertad. Como estaba sentada de espaldas a mí, no podía ver su cara, pero sí oír sus palabras, dirigidas a no sé quién, como invocando la presencia de alguien.
Yo estaba justo en el lado opuesto, contemplando desde mi atalaya, en lo hondo del valle el pueblo, pero hasta mí llegaba la misma palabra repetida una y otra vez con voz de cabra; ven... ven... ven... que el eco se encargaba de devolver.
Estaba muy asustada y regresé a mi casa, dejando en las alturas a la santera con sus invocaciones. Mi madre que estaba en la puerta, esperándome, me preguntó:
─ ¿ De dónde vienes, Marta?
─ Del Monte Sereno.
─ ¿Es posible?.
─ Sí, ¿por qué?.
─ Insensata, no vuelvas a subir ¿ no sabes que por ahí arriba anda suelto el demonio?.
Me dormí muy impresionada por lo que había vivido en el Monte Sereno durante el día y soñé con la mujer barbuda que repetía una y otra vez con su voz característica, que tanto me había impresionado, ven... ven... ven... Mi madre acudió a mi dormitorio, al oírme angustiada.
─¿ Qué te pasa Marta, tenías alguna pesadilla?
─Sí, mamá, estaba ahí arriba.
─¿ En el Monte Sereno?.
─ Sí.
─Ya no vuelvas a subir. Todo el que sube ahí...
Pero mi madre se detuvo al llegar a este punto de la conversación, me besó y me arropó, aconsejándome que me durmiera otra vez.
A la mañana siguiente me levanté muy tarde, estaba cansadísima, por causa de las fuertes emociones del día anterior. Mi abuela me preparó el desayuno y me regañó por haber subido al Monte, que según ella estaba endemoniado por culpa de esa mala mujer.

─¿ De la mujer barbuda? .
─¿ Cómo sabes que tiene barba?.
─Porque la he visto.
─¡ Jesús María! que chica esta.
─Pero, ¿ por qué la castigó Dios?
─Porque cometió un infanticidio, para ocultar su deshonra.
─¿Y eso qué es?
En esto se presentó mi madre, que regañó a la suya por contarme lo que no debía.

─¿Por qué le cuentas esas cosas a la niña, sabiendo lo impresionable que es? dijo mi madre.
─ No le he dicho nada, sólo lo que has oído.
─ Pues ni eso siquiera.
─ Está bien.
Mi madre me acarició la cabeza repetidas veces, al tiempo que decía:
─Ya lo sabrás cuando seas mayor, ahora eres una niña; pero quiero que me prometas que no has de volver a subir a la ermita; podríamos tener un disgusto, si te encontrases con esa mujer.
─Prometido, mamá.
La promesa estaba hecha y yo tenía que darle cumplimiento, pero no me podía resignar a quedarme sin saber la desgraciada historia de la santera, tan unida a la del Monte Sereno y su ermita.
Deseaba por momentos convertirme en una mujer mayor, para que me desvelaran el secreto de la mujer barbuda... pero me tenía que contentar con la contemplación de la ermita desde el llano y además difícilmente podría volver a ver a la mujer de negro. Pero como yo sabía donde vivía ésta, " monté guardia" frente a su casa; pasaron los días y no se abrió la puerta misteriosa ni una sola vez, por lo que decidí no volver, ante tantas dificultades como surgían.
Larga espera ha sido la mía; he tenido que llegar a ser "mayor", como me decía mi madre, para saber la verdad de la vida y desgracias de Teresa, que ese era su verdadero nombre, aunque nadie la llamaba por él; cualquier apodo despectivo era válido para nombrarla y cuanto más despreciable mejor, que en eso coincidían todos los habitantes del valle del Lobatón, allá en mi tierra.
El pecado de Teresa, mujer de gran belleza, había sido un amor imposible (célibe él por compromiso) y fruto de esos amores, un niño, que ella enloquecida arrojó por el barranco, desde lo alto del Monte Sereno, para "ocultar su deshonra", según la frase sentenciosa de mi abuela.
Teresa fue víctima de toda clase de vejaciones, de insultos; se quedó sola, abandonada forzosamente por su amado, al que castigaron con el destierro y también por sus padres, que la echaron de casa y no pudiendo soportar el peso de tantas desgracias juntas acabó arrojándose también ella por el mismo barranco por el que arrojó a su hijo.
Y esto ocurrió allá en mi tierra, en el valle del Lobatón.

He vuelto a mi tierra, he sentido nostalgia del tiempo pasado en ella; allí está la casa donde yo viví, pero no hay nadie, ya está desierta.
He sentido la llamada de la ermita y como una autómata he subido a ella, por el mismo sendero tortuoso, por las mismas piedras por donde yo subía cuando era pequeña; con los mismos nubarrones grises por encima de ella.
Y he llegado a la puerta de la ermita y he metido la cabeza por entre las mismas rejas. Allí estaban inmóviles, pétreas, las mismas estatuas, con las mismas sombras y esa luz mortecina alumbrando a medias el recinto sagrado donde la santera, expiaba culpas de un amor imposible, amasado con penas.
Al igual que cuando era pequeña, he retrocedido atemorizada y me he escondido tras una peña. La puerta se ha abierto sigilosamente, rechinando de vieja y en su umbral ha aparecido... el espíritu de la santera.
He bajado corriendo por la misma senda y una vez en el valle, he mirado a la ermita. Nunca más volveré a ella; allí flota el espíritu de Teresa.
Volveré a mi tierra, volveré a mi casa, aunque está desierta, pero a la ermita jamás volveré.

domingo, 24 de enero de 2010

EL LIBRO



STRADIVARIUS REX
Román Piña

Editorial Sloper
266 págs.

Un primer capítulo en el que, con clave de humor, recorremos la Casa Blanca en los momentos en que Bill Clinton se apresta a que le hagan la famosa felación que pasó a la historia, sirve de referente para lo que va a ser la novela de Román Piña, profesor, columnista, editor, director de una excelente revista literaria, La Bolsa de Pipas, y novelista que con Gólgota (Lengua de Trapo, 2005) obtuvo el premio de novela Camilo JosNegritaé Cela.
Piña parte de una idea original que nos recuerda a Zelig, una de las más caústicas películas de Woody Allen: su protagonista se metamorfosea en cada uno de los capítulos, cambia de nombre, personalidad y aspecto físico, tanto es un jardinero como un escritor que aspira al Planeta y al Nobel, mujer como hombre, lo que le obliga a analizar el mundo que le rodea desde nuevas perspectivas y a no tener principios inamovibles.
“Mi cuerpo era el de un pescadero gallego llamado Germán, obeso y miope, con bigote poblado y gay. En cuanto desperté al nuevo día en La Coruña y vi que estaba en España, supe que nada iba a impedirme regresar a casa. Me miré en el espejo del baño y no quise fijarme demasiado en Germán. En su rostro porcino, sus greñas y los dientes renegridos por el tabaco. Deseché la tentación de cumplir con su deber, por ablandar la resolución del Destino, y pasé olímpicamente de abrir la pescadería. Me vestí con la única ropa de calle que encontré: el típico atuendo de los moteros jipis, todo cuero, tachuelas y flecos. Puse en marcha la Harley y me lancé a las autopistas”.
Un vendaval de humor recorre esta novela originalísima de Piña que no deja títere con cabeza y recorre buena parte de los mitos culturales de nuestra civilización, cinematográficos y literarios. Es el humor un difícil arte que nada tiene que ver con el ser gracioso y que en España, además de Juan Bas, tiene contados cultivadores, y el escritor mallorquín demuestra en sus 266 páginas de endiablada prosa, que saltan con habilidad de un tema a otro y es imposible que aburran, un dominio de un género que precisa de inteligencia además de gracia.
A resaltar, entre otros hallazgos de un libro que sorprende por su inclasificación genérica, el cachondeo que se monta el autor a costa de Salvar al soldado Aquiles en el capítulo que titula Grecia en el que están presentes, entre otros, Odiseo, Agamenón, Leónidas y Aquiles, por supuesto, pero también Hitler, John Lennon y Woody Allen, entre otros.