domingo, 21 de febrero de 2010

MIS LIBROS

Reseña aparecida en Cuadernos del Sur, suplemento literario de El Diario de Córdoba, el 13/2/2010. La foto, maravillosa, es de la cantante Sade, mi musa musical.
Color y sensualidad
Pedro M. Domene


José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), articulista, viajero y autor de una representativa obra narrativa negra, escribe una bellísima historia de amor en El corazón de Yacaré (2009), novela galardonada con el Premio Seseña de Novela Romántica. Para ambientarla, nos traslada a un paradisíaco Caribe con playas de aguas transparentes y mujeres sensuales, pero donde las clases dirigentes gobiernan con la mano dura que les otorga la represión racial y dictatorial. Política, denuncia social y género negro se mezclan para ofrecer al lector una historia en apariencia banal pero deliciosa en su puesta en escena y ambientación, así como en su estructura, presentación de personajes y en el resto de sus pretensiones. El general Duarte gobierna un país imaginario, Macladán, y mantiene el control del mismo ayudado por unos sicarios que forman parte de la policía gubernamental. La represión es tal que las muertes se suceden en el país sin que nadie repare en la represión ejercida por el dictador. El director de la compañía telefónica del país, el ingeniero Santiago O´Higings, sufre un repentino infarto y, tras una exitosa intervención, se sentirá, inesperadamente, amenazado por una hermosa india que lo seguirá a donde vaya. Intrigado por su hermosa presencia y, en ocasiones, asustado de sufrir cualquier atentado, encarga a Nelson Correa, un especialista en interrogatorios, que averigüe la identidad de la joven.

El corazón de Yacaré rezuma erotismo dosificado en las imágenes que se plantean y en las evocaciones de la propia Yacaré, esposa del negro Manuel Wilson Frades, muerto en un aparente accidente laboral, en el que la india nunca ha creído y al que trata de volver la dignidad humana.
José Luis Muñoz ahonda en la puesta en escena de algunos de sus personajes para que no quede en una historia de cartón piedra con un bonito decorado: el propio comisario está pasando por un crisis personal que le lleva a replantearse ciertos conceptos cuando repasa la lista de sus víctimas y éstas le parecen pedir cuentas. La amiga Usnavy, sumida en una soledad que la acerca a Yacaré y su marido cuando aun vivía, se convierte en su aliada para el desarrollo de la acción.
Y lo mejor, pese a tratarse de un país imaginario, enseguida le vienen al lector algunos ejemplos de hechos recientes reales, pese a que se trata de un auténtico ejercicio de imaginación en su estado más puro.
El corazón de Yacaré.
Autor: José Luis Muñoz.
Edita: Imagine Ediciones.
Madrid, 2009.

sábado, 20 de febrero de 2010

EL VIAJE

BAGAN, LA CIUDAD DE LAS DOS MIL PAGODAS
Texto y fotos: José Luis Muñoz


Dos mil pagodas dispuestas en una llanura de apenas cuarenta mil kilómetros cuadrados, en la ribera del río Ayeyarwadi, puede parecer una exageración. Lo es. Son dos mil quinientas.



En el siglo XI, la época de esplendor de Bagán, cuando el reino gobernado por el rey Anawratha comerciaba con China, Ceilán y la India gracias a la importancia de la vía fluvial, eran cinco mil. Durante cientos de años nobles y súbditos aunaron esfuerzos para honrar a Buda y el resultado es esa espectacular planicie que, hasta donde la vista alcanza, aparece poblada de templos y estupas, grandes y pequeños, elegantes y sencillos, majestuosos y minimalistas que sobresalen entre los bosques de acacias y palmeras que brotan de un suelo arenoso, el mismo que los artistas locales emplean para pintar los cuadros de arena sobre lienzos de tela, artesanos que junto a los fabricantes de estuches, jarrones y platos de laca comercian con los secretos de su arte desde tiempos inmemoriales.






Acostumbrado el viajero a las espectaculares y bellísimas estupas recubiertas de pan de oro que se extienden por toda Myanmar, las construcciones de ladrillo de Bagán quizá puedan decepcionarle por su sencillez. Las inclemencias del tiempo borraron todo vestigio del yeso que blanqueaba sus fachadas y sólo algunos pocos pináculos de oro destellan en el horizonte; las delicadas pinturas de su interior desaparecieron y apenas queda algún vestigio mal conservado de ellas. Pero es quizá su minimalismo, en parecida relación a la que se establece entre el románico y el gótico, lo que haga del conjunto monumental de Bagán un espectáculo visual único en el mundo, la armonía con la que esas dos mil quinientas construcciones en ladrillo se integran y embellecen el paisaje hasta convertirlo en un lienzo o en el decorado de un espectáculo por su belleza absoluta.








Imposible visitar todos los templos ─ huecos por dentro, con altares en donde se venera a Buda en forma de esculturas diversas, desde sencillas imágenes a imponentes estatuas de cinco metros de altura recubiertas con pan de oro─ y pagodas ─ macizas, construidas a modo de cajas rusas para preservar alguna reliquia, dientes en el caso de Bagán, de Buda, con sus chedis o campanas centrales ─ por lo que debe uno dejarse llevar por la intuición, y la altura de los monumentos, y perderse por las polvorientas veredas a lomos de las bicicletas que alquilan en los hoteles de la zona o aguantar el traqueteo de las carretas de bueyes que surcan los caminos.





Al atardecer tienen lugar dos espectáculos. Uno precede al otro y se produce inevitablemente todos los días. El de columnas de viajeros dirigiéndose al templo Tathbynnyu, escalando hasta su cima por los empinados escalones, cámara de fotos en ristre, y el del sol que se oculta tras los montes que cierran el paso al Ayeyarwadi y expande una luz mágica al lugar minutos antes de morir y sumir a toda la llanura en una oscuridad total, pero durante los treinta minutos que dura la puesta del sol el viajero se lleva en su retina una imagen imborrable.

LA ENTREVISTA

A veinte años de distancia, toda una vida, recupero esta entrevista que la revista Gente, suplemento dominical de Diario 16, me hizo. Como soy otro, no suscribo algunas de mis afirmaciones radicales, ni esa frase demoledora que me lanza la entrevistadora de que “En usted no hay ternura ni dulzura”. Eso sí, con 20 años estaba tan desencantado como ahora. La foto fue realizada en una de mis casas, en Barcelona, que me trae muchos recuerdos. El perro de cartón, luego tuve uno de verdad, vive, que yo sepa, no la corbata, los zapatos ni la melena negra. Como el mundo es un pañuelo, o quizá es que todos nos movemos en el mismo círculo, me he encontrado luego un montón de veces con la fotógrafo argentina Ana Portnoy, autora de la foto y amiga de mi amigo Raúl Argemí, que mintiendo de forma piadosa me dice que estoy igual. ¡Ja!

JOSE LUIS MUNOZ, ÚLTIMO PREMIO «LA SONRISA VERTICAL»

«El amor no existe»

MIREN ALCEDO
Foto: ANA PORTNOY



Nadie puede esperar ninguna procacidad de José Luis Muñoz, autor del último premio de la novela erótica «La sonrisa vertical» con su obra «El pubis del vello rojo». José Luis Muñoz, treinta y ocho años, salmantino de nacimiento y barcelonés de adopción, aparece como un chico modosito, empleado de banca y padre de familia ejemplar. Metódico y encorbatado, da la imagen del chico formal que una puede presentar a su madre sin ningún reparo.

Pregunta.- ¿Cómo se pueden compatibilizar ocupaciones tan distintas como las de usted, empleado de Banca y escritor erótico?

Respuesta. -Sencillamente. Uno tiene su trabajo por las mañanas y la creatividad por las tardes. Durante la mañana te ganas el pan y por la tarde te dedicas a lo tuyo, a lo que te gusta.

P.-Pero tendrá que compartimentar su vida.

«Lo que importa en las relaciones

entre personas es la pasión»

R.-Claro, de la misma forma que en el trabajo no puedo pensar cuál será el argumento del próximo libro porque entonces sería un desastre. Hay que tener cierta rigidez y cierta disciplina.

P.- ¿También escribiendo tiene disciplina?

R.-Sí, procuro. Tengo unos hábitos más o menos fijos. Por la tarde, a las seis, empiezo a escribir y, sobre todo, por la noche, a partir de las once y depende si es un día que tengo muchas ideas a lo mejor me estoy hasta las dos o tres de la madrugada.

P.- ¿Es usted de aquellos chavales que escribía poemas cuando estaba en el bachillerato?

R.-Sí, siempre he escrito poemas, pero me he centrado en la narrativa. A mi padre -un alto funcionario del Ministerio de Trabajo- le gustaba mucho escribir, aunque nunca publicó nada. Con ocho años ya escribí un texto de ciento y pico páginas que era una novela del Oeste. Y con doce o trece años escribí un mamotreto impresionante de mil y pico páginas; eso ya es peligroso. Era un libro de aventuras que trataba de la colonización de Estados Unidos.

P.-Estados Unidos sigue apareciendo en el resto de su obra.

R.-Sí, tengo un par de novelas, relatos y un proyecto ambientado también allí.

P.-¿Por qué esta fijación?

R.-Pasé una temporada, unos dos meses, en Estados Unidos, y quedé fascinado por el paisaje, las ciudades, la gente.

La incursión de José Luis en el mundo de la literatura erótica es relativamente reciente: en septiembre del 89 publicó «La lanzadora de cuchillos». Antes se había dedicado a la narrativa fantástica y del género negro: grandes urbes en las que se mueven individuos solitarios y muchas veces agresivos ocupan las páginas de este escritor.

P.-Las mujeres no salen muy favorecidas en sus obras.

R.-Bueno, malas son todas las mujeres y todos los hombres de mis novelas.

P.-Después de leerle, se cree que las mujeres son todas putas y los hombres tipos malencarados, casi animalescos y pobres peleles.

R.-Sí, claro. Quizás porque mi visión del mundo es más bien pesimista. Retratar a los triunfadores no me fascina porque es algo que hacen las revistas: retratan continuamente a la gente que ha llegado arriba, que tiene piscinas, dinero, cuarenta mil mujeres u hombres. Por las razones que sean ese mundo a mí, como persona, igual me encantaría, pero literariamente no me seduce.

P.-Pero los personajes, sin ser triunfadores, podrían ser perdedores con encanto, ¿no?

R.-En mi caso, los perdedores no tienen ningún encanto. No sé por qué habrían de tenerlo. Sería una especie de trampa, de mentira. Además, hay que tener en cuenta que en mis obras hay una parte importante de tipo humorístico, esperpéntico. De todas formas, no creo que sea tan exagerado. Muchos de mis relatos se basan en hechos reales. En el mundo, y eso lo sabemos por los diarios, pasan cosas mucho más terribles de lo que yo pueda contar.

P.-Y con estos personajes, frustrados y siempre en lucha entre ellos, ha escrito «El pubis de vello rojo».

R.-Es una combinación de género negro y erótico. Quería escribir algo de género negro, pero cuando empecé vi que una faceta erótica fuerte y la exploté. Son dos historias paralelas de personajes marginales. La primera es la de una prostituta vocacional y la otra historia es de un personaje de los que fueron a la universidad en el sesenta y nueve setenta, que no se ha integrado, que no es un yuppie, que ha quedado desmarcado con el advenimiento de la democracia. En un momento determinado se ve envuelto en un atraco y esa noche sufre un gran desengaño sentimental. Sigo el recorrido de estos dos personajes por la noche barcelonesa hasta que, en un momento determinado, coinciden.

P.-En «La lanzadora de cuchillos», su anterior libro de género erótico, el amor no aparece por ninguna parte.

R.-¿Qué es el amor? Lo que importa en las relaciones entre personas es la pasión y ésta puede generar amor u odio. Las relaciones amorosas siempre son egoístas; si no, son amores platónicos. El amor con mayúsculas no existe. Puedes encapricharte de una persona que quieres mucho.... pero si no recibes nada a cambio hay un momento que...

P.-En usted no hay ternura ni dulzura.

R.-Es verdad. Pero entre alguno de mis personajes, a veces, hay bastante ternura. También tengo historias superdulces que no interesan a los editores.


PUBIS DE VELLO ROJO, mi novela más vendida, 30.000 ejemplares, está a un paso de agotar su tercera edición. Si desea comprar la novela vaya al lateral de este blog

Pubis de vello rojo de José Luis Muñoz obtuvo por mayoría el XII Premio La sonrisa vertical en enero de 1990. El jurado valoró la delirante fantasía con la que el autor funde el género de la novela negra o de terror -que ahonda en la exploración de los ambientes marginales de una ciudad portuaria como Barcelona, de la naturaleza perversa de los personajes y de las pesadillas en que viven sumergidos- y el género de la novela erótica que, en este caso, arraiga en los infiernos restituidos literariamente por un Marqués de Sade o un Pieyre de Mandiargues.
Para ejercer su oficio, el más antiguo del mundo, una atractiva pelirroja abandona su lujosa residencia dejando en el lecho a su amante ; tan ambigua como la novela que protagoniza, acude a sus citas comportándose como una auténtica devoradora de hombres y una experta en placeres límite. A la misma hora, un hombre derrotado y amargado sale de su escondrijo enfurecido : tras cometer un acto delictivo, se siente traicionado por la mujer que años antes había sido suya y cuyo recuerdo no le ha abandonado desde entonces ; frustrado pues en el terreno amoroso, el único que da sentido a su vida, sólo encuentra descanso en un vagabundeo que cree le ayudará a olvidarla, o a buscarla a través de otras mujeres. Y ambos se lanzan en medio de la dura noche barcelonesa. A medida que avanza la noche, los dos se internan en un laberinto de deseos, de encuentros y desencuentros regidos por un peligroso destino empeñado en confundir presente y pasado, placer y dolor. Pocas pero trepidantes horas bastarán para cambiar definitivamente su vida.

LA FIRMA INVITADA

EL NIÑO DE LA MIRADA PROFUNDA
Susana Villafañe

Ilustraciones Tamara de Lempicka


Laureano se despertó de buen humor: su madre le había prometido ir de paseo a la montaña después del almuerzo, y eso lo tenía contento. Era un día de aquellos en que todo el mundo parecía estar apurado y preocupado. Por la mañana había acompañado a su mamá a hacer las compras y observó cómo estaba el ambiente. Al niño de 7 años —más bajo y flacucho que los de su edad — no le entraba en la cabeza por qué la gente se saludaba y felicitaba con tanto entusiasmo en esas fechas, si el resto del año casi ni se miraba. Era muy reflexivo; algo que a los mayores les parecía por demás molesto: estar bajo su mirada era exponerse a un juicio implacable. Su ojeada de ojos verde claro, penetraba en lo más profundo de las almas humanas, no a propósito, era un don innato en él. Podía ver lo que estaba oculto en la parte más oscura… ¡hasta allí llegaba!

—Vamos, nene, no tenemos todo el día. Vas a gastar el peine de darle tanto al jopo.
Su madre tenía premura por salir a la calle.
«Quién sabe para qué tanto apuro», pensó Laureano mientras dejaba el peine y pasaba la toalla por el lavabo para no dejar vestigios que indicaran su paso por allí. Revisó las uñas; su imagen en el espejo desde todos los ángulos posibles; se fijó que los zapatos brillaran y la ropa estuviera bien planchada, sin mácula alguna.
—Estoy listo mamá, ya salgo.
Salió del baño y cerró la puerta con delicadeza; no quería despertar al conviviente de su madre: un empleado de Correos con quien mantenía una relación tirante; aunque Lucía dijera que era muy buen bailarín de tango, —eso fue lo que en realidad la había atrapado— además de ser el único porteño de ojos claros, igual que ella, rondando por Salta, «capital de una de las provincias que lleva el mismo nombre, en la República Argentina». Así fue como se lo había explicado su madre cuando le informó que irían a vivir allí, después de separarse de su padre un año antes. Laureano cerró los ojos y aspiró el aroma de lavanda que llevaba Lucía. Cuando olía su perfume él pensaba en «mamita», por la sensación que le despertaba la fragancia de agua de colonia que usaba: ternura; a eso se debía el diminutivo para esa ocasión. En cambio en los momentos que la veía con el amante de turno, repetía siempre la misma frase: «¿Esto es una madre?... ¡madre de mierda!» Así era de intolerante. Sus celos edípicos no le dejaban cortar el cordón umbilical y su madre tenía que aguantarse esos giros de humor. Caminaron un buen rato hasta llegar al punto de encuentro; un amigo los llevaría en coche hasta el cerro San Bernardo. El niño no entendía por qué no pasó a buscarles a la puerta de la casa si poseía un vehículo. No tenía sentido caminar como dos idiotas en medio del calor norteño; por eso la gente dormía a esas horas. Andar bajo el sol era insoportable en la época estival. Las calles olían a siesta. Aunque pasaran a toda prisa por las casas de estilo colonial, se adivinaba a través de las ventanas entreabiertas —para que pasara aunque sea un mínimo de aire— o persianas que hacían de barrera visual, alguna que otra figura humana en movimiento cadencioso. Un brazo, una pierna o medio cuerpo desnudo, atraían la mirada curiosa de Laureano que completaba las imágenes con su imaginación, y le hacía crear sus propias historias: «Ahora pasaremos delante del cuarto de Justina, la criada de los Ávalos. Ésta tiene contento al viejo de la casa; seguro que por eso se muestra siempre en la plaza con vestidos nuevos». Apuraba sus pensamientos que iban más lentos que sus pasos. Casi a rastras y con la lengua afuera, llegó al lugar de la mano de su «madre de mierda». Se dio cuenta enseguida que ese era el trato para tal situación, por la manera en que el tipo miraba a su mamá. «¿Qué hace este imbécil?», estaba a punto de pensar, al ver cómo aquel hombre cogía la mano de Lucía y se la acercaba a la boca, pero su pensamiento cambió: «¡Qué idiotas!», al observar la mirada lánguida que puso su madre en el momento de intercambiarse besos en las mejillas. También sacó sus conclusiones de por qué no había ido a buscarlos a la casa. Héctor Viñas se deshacía en elogios por Lucía y ésta parecía derretirse por culpa del calor que emanaba su cuerpo; una chorrera de sudor recorría su cuello y atravesaba el escote para perderse en el hueco de sus pechos. Le abrió la puerta delantera del flamante Ford, modelo de ese año: 1947, recién salido de fábrica, según aseveraba el morenazo salteño. La mujer se acomodó como si fuera una dama de alcurnia, merecedora de pasearse en esa categoría de coche, en compañía de semejante caballero galante; tan diferente del empleaducho de correos. El pequeño prefirió ir en el asiento de atrás; no quería ser testigo directo de las estupideces que su madre pudiese decir, tenía suficiente con hacer de rufián, y encima contra su voluntad. Siempre se sentía usado por ella para tapar sus porquerías. Pero ya estaba allí, por lo tanto se disponía a disfrutar del viaje; era algo que le encantaba hacer.



El camino polvoriento lo transportó a la antigua Francia. Se vio dentro de un carruaje de la época de Luis XV; vestido como un príncipe, de regreso a su palacio después de un largo viaje por el resto de Europa. Se sentía seguro: D'Artagnán y sus mosqueteros eran sus guardianes y ningún bandolero se atrevería a salirles al paso. Él también estaba preparado para combatir a cualquier enemigo. ¡Qué se creían ellos!...
Entre tantas historias y combates llegaron al cerro.
— Laureano, vamos despiértate que ya llegamos—. Dijo su madre.
— Mejor que siga durmiendo—. Le sugirió Héctor, mientras la desnudaba con la mirada y controlaba sus manos para que no actuaran por cuenta propia.
— Tenía que haberlo dejado haciendo la siesta en casa, pero ya sabes que no podía venir sola, ¿qué iba a decir la gente?
— ¡Como si tuvieran poco qué decir...! — balbuceó Laureano en voz muy baja.
Para disimular las palabras dichas, se tapó la boca e hizo como si bostezara.
— Ah, querido, te despertaste. Vamos a dar un paseo, sal del auto.
El hombre moreno también disimulaba, y su madre, los tres disimulaban, sabían muy bien qué papel estaba jugando cada uno: Lucía necesitaba dinero para hacerle regalos a sus hijos esas navidades; Héctor deseaba revolcarse en la cama con ella, lo ansiaba desde la primera vez que la vio salir del hospital, donde trabajaba de enfermera, y Laureano pretendía protegerla para que no cometiera más errores en su vida. Para este último era una tarea difícil e imposible. ¿Cómo hacer para cambiar el destino de las personas? ¿Qué hacer para que modificaran su comportamiento?




Héctor cargaba la canasta con la merienda preparada por Lucía. Había hecho pastelitos fritos rellenos de dulce de membrillo y empanadas de carne. Ella siempre decía que al hombre se lo ganaba con la comida, por eso quería que conociera sus habilidades como cocinera. Y él decía que a la mujer se la ganaba con unas copitas de vino, por esa razón llevó dos botellas de Torrontés: el blanco afrutado y medio dulzón era lo ideal para esa circunstancia. Pero las dejó en el coche para ir a buscarlas más tarde. No se alejaron demasiado del vehículo; subir la cuesta costaba bastante como para ir muy lejos; el bochorno y la calentura les hacía brotar agua por los poros, y no era cuestión de cansarse antes de tiempo…
La Catedral Basílica de Salta, que está frente a la plaza 9 de Julio, se divisaba con claridad desde el lomo de la montaña.
—Mira a tu izquierda, — dijo Héctor— se puede ver la torre de la Iglesia de San Francisco, y más allá está el convento de las Carmelitas descalzas.
— ¡Cuántas iglesias tiene esta ciudad! —. Decía entusiasmada su madre.
— Sí, por aquí se ven muchas iglesias… y pocas santas—. Dijo el niño, con sorna.
Lucía hizo como si no hubiera escuchado y desplegó el mantel sobre el suelo, colocó la canasta e invitó a merendar.

A Laureano le hacía ilusión la granadina traída por su madre, le recordaba las fiestas que organizaba su padre; eran tiempos felices. Toda la familia reunida en la casa de Buenos Aires. El asador en medio del patio; el cordero estacado en el centro, y los carbones ardientes que lo doraban poco a poco. La algarabía de los niños y los besos pegajosos de las tías. Su madre, con esos enormes ojos grises, siempre sonreía y cantaba tangos. ¡Cómo le gustaba oírla cantar! « ¡Maldita la hora en que trajo a esa mala mujer a casa!» Como una nube negra cubriendo el sol, apareció el recuerdo perverso, la causa de su desgracia, por la que perdieron el paraíso. Se había dado cuenta de lo que sucedía: vio cruzar las miradas entre su padre y «esa», que no eran inocentes sino cálidas, como las de su madre y el señor Viñas, al besarle la mano.
— Héctor se ha olvidado el vino en el coche, vamos a buscarlo. ¿No te importa quedarte un ratito solo? Tenemos que hablar de unos temas importantes, enseguida volvemos—. Dijo su madre con voz melosa y haciéndose la cariñosa, como tenía por costumbre cuando estaba por hacer algo que disgustaría a su hijo.
—Vayan —. Contestó Laureano moviendo los hombros, mientras pensaba: «Puta de mierda». Sabía cuánto podía durar ese «ratito». Así fue, el ratito se hizo largo, tan largo que la capa negra de la noche lo cubrió todo. Esperaba ver la luna que no aparecía por ninguna parte. « ¿Dónde se habrá metido? Quizá la robaron.», fantaseó. Se hizo el fuerte tratando de alejar el miedo de su lado, mas recordó algo que siempre decía su padre: «El miedo no es de los tontos», y se aferró a ella y a la estampita del niño Jesús que llevaba en el bolsillo, puesta por su madre, para que lo protegiera, según sus palabras. La ciudad brillaba más que otras veces y le hubiera gustado tener alas para ir volando hasta su casa. Por un momento sintió que el dicho de su padre se le escapaba de las manos y se incorporó antes de echarse a llorar, sacó pecho y sintiéndose como un gigante gritó: — ¡Yo no tengo miedo, no, no tengo miedo!
Lo repitió hasta quedar exhausto. El tiempo transcurría; la luna seguía sin aparecer, y Laureano continuaba aferrado a su estampita. Repentinamente vio acercarse una luz. «Eso es demasiado grande para ser una luciérnaga, además nunca andan solas. Debe ser mi madre, que de luciérnaga tiene poco». Apenas terminó de pensar la frase, la luz se le vino encima como una bola de fuego y una voz poderosa retumbó en la oscuridad como salida de ultratumba.
— ¿Qué haces a estas horas por aquí, pequeño? Puedes encontrarte con alguien como yo con intención de hacerte daño.
— ¡Nadie puede hacerme daño porque el Niño Jesús me protege! — Dijo envalentonado.
Enseguida vio cómo una mano enorme se acercaba tratando de agarrarlo, y se sintió igual que un conejo a punto de ser cazado. La luz lo encandilaba y no lo dejaba ver al ogro que estaba detrás de la linterna.
— ¡Mamá, mamá! — Gritó con toda su potencia a la vez que esquivaba el manotazo.
— ¡Hijo mío, ya estoy aquí!
Escuchó la voz de Lucía, que no estaba muy lejos, y el hombre desapareció en la oscuridad de la misma manera que apareció. Laureano tenía ganas de insultar a su «madre de mierda» y echarle en cara lo que le había hecho, pero se abrazó a su «mamita» con todas sus fuerzas. Ella lo besaba y suplicaba que la perdonara.
— ¡Dios mío! este niño está ardiendo de fiebre.


Héctor lo llevó en brazos hasta el coche mientras su madre iluminaba el camino. Lo acomodaron en el asiento de atrás y regresaron a la ciudad en silencio. Se apearon detrás del convento de las Carmelitas Descalzas —alejados de miradas curiosas— y esperaron un rato al taxi que los llevaría hasta la puerta de su casa. Allí los esperaba el compañero de Lucía. Casi se le fue el alma a los pies, al verlo; le pareció más ordinario y deslucido que de costumbre, si lo comparaba con el hombre que acababa de dejar. No le quedaba más remedio que conformarse… por el momento.
— ¿Recién te levantas?— Le recriminó Lucía, haciéndose la enojada para que éste no indagara demasiado.
— ¿Cómo han pasado la tarde? —Preguntó su compañero, rascándose la cabeza.
Aprovechó que tenía la boca abierta para abrirla aún más y dejar salir un bostezo maloliente.
— ¿Qué carajo te importa? — Dijo el niño por lo bajito.
Salió corriendo para encerrarse en su cuarto, mientras dejaba caer otras palabras por el camino. Derramó sobre la almohada todas las lágrimas que tenía guardadas y apoyó su cabeza; tal vez así se le quitara la fiebre y la indignación. Se estiró boca arriba y suplicó descreído: — ¡Dios mío! ¿Por qué no me devuelves al lugar de donde nunca debí salir?... ¡la concha de mi madre!

Fin

- ©Susana Villafañe

SUSANA VILLAFAÑE. Buenos Aires, 1948. Actriz argentina que ha trabajado en diversas disciplinas y en todos los medios, cine, TV, teatro, en su país durante 10 años, en donde también ha realizado giras desde 1979 hasta 1997 por diversos países europeos, del Medio Oriente y casi todos los países de Asia. En los últimos años ha realizado trabajos en cine y publicidad. Como actriz de teatro ha intervenido en Adán y Eva, Escuela de las Hadas, Perdón por mi pasado, Un cuento para mirar, Abelardo es un amigo, La comedieta de las flores, La lección de anatomía, Tres Sainetes Tres, La danza y el espacio. En televisión ha intervenido en Sainetes de ayer y de siempre, El payaso rojo, Eva 2000, Ud. y Landriscina, Adelante juventud, Magimundo infantil, La ciudad infantil, El amor tiene cara de mujer, en las telenovelas de Nené Cascallar, de dos años de duración en Canal 9, Que vol veure en TV3, reportaje Las mil y una en TV3. El magnífico relato El niño de la mirada profunda es un ejemplo de la enorme versatilidad, talento y sensibilidad de esta argentina.



LAS PELÍCULAS

LA CINTA BLANCA
Michael Haneke


“Tengo un sexto sentido para detectar el dolor cuando miro el mundo que me rodea" decía Michael Haneke en una entrevista reciente. Y acierta en su afirmación el director austriaco nacido en Alemania, porque pocos directores hay en el universo cinematográfico, quitando a Lars Von Trier, cuya filmografía transite de forma tan insistente por los tortuosos senderos del dolor humano. Las dos versiones de Funny Games, Caché, La pianista y La cinta blanca así lo confirman.

Puede que sea Haneke uno de los últimos autores que le quedan al cine europeo en cuanto se defina autor como artista que tiene un universo propio, fabricado a partir de sus propias obsesiones, y un lenguaje diferenciador que claramente lo identifica, y seguramente sea La cinta blanca, rodada después de la demoledora versión inglesa de Funny Games, uno de sus experimentos más fascinantes. El espectador que paladee las imágenes de este film, las que muestra su director, y las que oculta, que son tan importantes como las explicitadas, se va a encontrar con una película facturada con un clasicismo absoluto, cercano al cine de Dreyer o Bergman, rodada en un blanco y negro perfecto, sin grises-es una elección simbólica y moral – y provista de una hondura argumental que deja poso y hace reflexionar una vez se abandona la sala.

Apropiándome de un título de Bergman La cinta blanca, ganadora de la última Palma de Oro en Cannes y del Premio a la Mejor Película Europea y clara candidata a recibir el óscar a la mejor película extranjera, es El huevo de la serpiente, porque con la disección que realiza Haneke de esa aldea rural, enclavada en el centro de la Alemania profunda de 1913, justo antes de la I Guerra Mundial, en donde la aparentemente buena relación entre sus habitantes se ve enturbiada por una serie de hechos inexplicables y de una enorme crueldad, estamos viendo el caldo de cultivo que propició el nacimiento del nacionalsocialismo, el mal en su estado más puro. La rigidez de las costumbres, la religiosidad extrema, el ascetismo, la disciplina, el castigo físico como elemento educacional, incidirán sobre la comunidad infantil del pueblo que no hará otra cosa que reproducir los códigos que reciben de sus mayores y aplicarlos a los más débiles: los torturados convertidos en torturadores en este cuento moral y aleccionador.

Varias cosas sorprenden agradablemente en la película de Haneke, dejando aparte su factura impecable por donde las bellísimas imágenes fluyen y atrapan visualmente al espectador, como son la perfecta definición de los personajes de este drama coral, dibujados desde el primer trazo, todos, salvo el médico que resulta ser luego uno de los más tenebrosos y execrables personajes de ese cosmos - la extrema humillación a que somete a su amante es uno de los momentos más duros del film-, y la extraordinaria naturalidad de sus actores interpretándolos, la mayor parte de ellos no profesionales y muchos niños, que bordan con precisión sus papeles y nos trasladan con sus miradas y sombras a esa oscura época de la humanidad en la que Europa experimentaría las dos gigantescas sangrías de sus dos guerras mundiales consecutivas.

Fiel a sus principios cinematográficos, Haneke no filma el dolor, sino que lo sitúa fuera de plano, como ya hiciera con la violencia en Funny Games: el campesino llorando la muerte de su esposa en un encuadre soberbio en el que sólo se ven las piernas inmóviles de la mujer y el hombro estremecido del viudo; los castigos corporales que aplica el pastor a sus hijos, filmados sobre la puerta cerrada tras la que tienen lugar; los gemidos de angustia de una hija, que sufre abusos sexuales por su padre, dibujados en un plano largo del hermano mayor deambulando por la casa oscura, guiado por el lamento de la niña.

“Generalmente, mis películas no están dirigidas a la crítica ni a la audiencia. No formulo respuestas ni cierro finales felices. Quiero que cada cual trabaje con su propia inteligencia. Son películas perturbadoras y sombrías, no son comerciales ni las realizo para complacer a nadie más que a mí mismo” dice Haneke en una contundente declaración de principios.

La cinta blanca es una obra perfecta, cautivadora, puntillosa y fascinante que confirma a Haneke como uno de los mejores directores del cine europeo y digno heredero de los grandes maestros que ya no están.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

3 DÍAS
F. Javier Gutiérrez


Resulta casi patológico ver el trato con que ciertas películas del cine español gozan en salas, premios y los circuitos del mundo del cine. Es sintomático de esta industria defender a capa y espada a ciertos actores y directores de nuestro universo geográfico, mientras que a otros se los ignora. Hablo por ejemplo de una excelente cinta de cine negro rural como fue la inadvertida La noche de los girasoles de Jorge Sánchez Cabezudo, o la que aquí nos ocupa.

3 días se basa en una sencilla pero atractiva premisa en la cuál un meteorito se avecina de forma inexorable hacía la Tierra. Esta situación, mil veces recreada en el cine de Hollywood, lo aprovecha su director F. Javier Gutiérrez para construir un inteligente y emocionante thriller. Por lo tanto el espectador no debe buscar ni explosiones, ni aparatosos colapsos (estamos hablando de un filme de bajo presupuesto), lo que hace Gutiérrez es introducirnos en la piel de Ale, un desganado chico de pueblo que ocupa su tiempo haciendo chapuzas para los vecinos, no obstante la llegada de Lucio, un ambiguo y desconcertante personaje maldito de la aldea, modificará su escala de valores y lo empujará a tener que defender a las hijas de su hermano ante este peligroso personaje.

El filme empieza situándonos utilizando ciertos recursos genéricos del filme de catástrofes, y es en esta parte dónde padece un poco por la ambición. Como por ejemplo en la retransmisión televisiva del secretario general de la ONU anunciando el fin de la humanidad, ahí Gutiérrez peca un poco de su experiencia, algo que logra contrarrestar rápidamente cuando introduce la trama en los parámetros del thriller asfixiante, acongojante y emocional. Incluso en ciertos momentos donde la cámara no tiene más remedio que presentar ese fin de la tierra con el acercamiento del meteorito, la película sorprende por el inteligente uso de sus limitados efectos especiales, y cómo la cámara los realza o los eclipsa según convenga.

En el terreno del thriller este joven director se sustenta en una realización lúcida, donde la cámara subraya esa situación de intranquilidad y miedo que rodea a Ale y sus sobrinas con la llegada del extraño inquilino. Una sensaciones que transmite al espectador gracias a su notable fotografía y a la excelente composición de personajes que logran Victor Clavijo y Eduard Fernández en sus respectivos roles.

3 días es un filme de bajo presupuesto, que parte de un concepto sencillo pero con posibilidades narrativas, y que logra estrujarlas al máximo mediante un uso inteligente y poderoso de los limitados recursos de los que dispone. Consiguiendo en ocasiones secuencias de gran poderío, que consiguen resaltar cómo las circunstancias y el entorno que vive el protagonista le pueden hacer modificar su escala de valores, a pesar de que la inminente llegada de un meteorito la debería resquebrajar. Sin duda, 3 días se merecía un mayor reconocimiento del que tuvo (tan solo el festival de Málaga se acordó del filme).
MARC MUÑOZ

EN TIERRA HOSTIL
Kathryn Bigelow



La estadounidense Kathryn Bigelow recalca mediante una frase al inicio de En tierra hostil que la guerra es una droga. Y precisamente algo de adictivo y destructivo se desprende en su último filme, centrado en los avatares de la profesión más jodida (si me perdonan) de este mundo.

En tierra hostil (The hurt locker) enfoca su mirada en el día a día de una brigada estadounidense de desactivación de explosivos, un cuerpo de élite que debe librar su particular batalla contra la incertidumbre y el peligro que rodea un territorio hostil como el de Irak. El grupo acoge con escepticismo la llegada del temerario sargento James (Jeremy Renner), un alocado artillero capaz de lo mejor y lo peor.

La película es un tour incendiario al infierno de Irak. Una ruta por la tragedia, el miedo, la locura, la desconfianza extrema y otros males que definen la estampa de este país de Oriente Medio. Un tour guiado por tres peculiares soldados de esta brigada, cada uno con sus excentricidades, y eclipsados por el enfermizo y disparatado sargento James, al cual Renner saber aportarle toda su presencia, con un físico rudo, y al que además le sugiere ciertos matices gracias a su notable interpretación que brilla por encima de un sorprendente reparto, donde actores como Ralph Fiennes y Guy Pearce ejercen roles testimoniales.

Uno de los logros que hay que reconocerle a la directora de Días extraños es su habilidad para transmitir al espectador la adrenalina que corroe bajo los vasos sanguíneos de James. Lo hace utilizando las armas que mejor domina; una realización de puro nervio, inquieta, en constante movimiento, y siempre buscando el plano inestable para remarcar lo inseguro de una situación igual de temible por el impacto de las bombas que por los encuentros con insurgentes camuflados entre la población civil.

Es indudable que Bigelow consigue, y con creces, su objetivo de transmitir al espectador toda la angustia, la tensión, el terror, y la desazón que rodea a los militares enviados a la guerra de Irak. Pero la ex mujer de James Cameron cae en cierto deja vu narrativo con una trama plana, que no tiene puntos de avance, sino que se representa más como el adentrase en distintas misiones con la brigada (como si se tratase de misiones de un videojuego), que en explicarnos una verdadera historia. No es que esto incida negativamente en la cinta, pero sí que uno espera algo más a lo largo de ella, más cuando en cierto momento se insinúa una buddy movie con tintes de thriller.

También se le debe agradecer a la directora su apuesta por obviar los discursos morales, y los juicios sobre el tema. Bigelow pretende sumergir al espectador en el horror de la guerra, en la tensión de los artilleros, y en el miedo y la angustia que los rodea, y en su empeño, no recalca su subjetividad sobre el conflicto.

Una película dura y áspera, con escenas realmente impactantes y crudas, pero que logra mantenerte enganchado a la butaca mediante el acertado juego de una tensión dilatada y adictiva. Es pura droga, y puro cine.
MARC MUÑOZ
HIERRO
Gabe Ibáñez


La fascinante isla canaria de Hierro se convierte, por arte del realizador Gabe Ibáñez, en un escenario de pesadilla por el que deambula una bióloga marina atormentada, interpretada por Elena Anaya, que ha perdido a su hijo durante una travesía en ferry, y la recorre de arriba abajo obsesionada por su posible secuestro y sospechando de todos sus habitantes. En su deambular obsesivo desentrañará el misterio de otro niño desaparecido en la isla en extrañas circunstancias, después de un accidente de tráfico en el que queda malherida la madre, pero no dará con su hijo.

Hierro bebe directamente, y sin engaños, de la reciente crónica de sucesos. A la memoria del espectador, mientras la ve, le vendrá el caso del niño desaparecido sin dejar rastro en una isla Canaria, Jeremy, o el de aquel otro suceso, mucho más antiguo, de un camión con sustancias químicas que volcó haciendo desaparecer al pasajero infantil que acompañaba al camionero. Y Hierro bebe, también, de muchos clásicos del cine de horror, recurriendo a niñas inquietantes que juegan al balón en el descansillo de un tétrico hotel, apariciones fantasmales fruto de la mente febril o a las consabidas pesadillas de las que se despierta, con el cuerpo bañado en sudor, la protagonista.

Film de terror, género muy querido por nuestros nuevos realizadores, que utiliza todos sus clichés conocidos sin aportar grandes novedades, pero que se deja ver con cierto agrado y expectación hasta su final que confirma la tragedia intuida desde el principio.

Lo peor de Hierro, aparte de su previsible historia, es la forzada interpretación de Elena Anaya que, pese a su sobreactuación y a sus gritos, no consigue hacer creíble a su personaje y el no haber sacado partido de los paisajes extraordinarios de esa bella isla tan desconocida, esto último más imperdonable.
JOSÉ LUIS MUÑOZ