martes, 23 de marzo de 2010

MIS LIBROS

La Vanguardia
José Luis Muñoz gana el IV premio
Ciudad de Carmona de Novela Negra
'La Frontera Sur' ha sido , según el jurado, narra "la línea divisoria que separa dos mundos tan dispares pero tan próximos como Estados Unidos y México"
Sevilla (EFE).- El escritor José Luis Muñoz ha sido el ganador del IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona con su obra 'La Frontera Sur', que recibirá el galardón esta tarde en el ayuntamiento de esa localidad sevillana.
Según explica la editorial Almuzara en una nota, el jurado, compuesto por el escritor y guionista Fernando Marías, el novelista argentino Guillermo Orsi y el editor Javier Ortega, ha valorado para la concesión del galardón "la vívida y certera descripción de ambientes, así como la construcción de una sólida trama ambientada en la línea divisoria que separa dos mundos tan dispares pero tan próximos como Estados Unidos y México".
Así, han destacado que los protagonistas "se ven arrastrados por una vorágine de pasiones, donde imperan el crimen y el instinto de supervivencia."
La procedencia de los aspirantes ha sido muy variada ya que, de los más de setenta manuscritos que han optado al galardón, algo más de la mitad provienen de España y el resto de países iberoamericanos como Cuba, Uruguay, Argentina o México.
El premio está dotado con seis mil euros gracias a la colaboración de la Fundación Carriles López y la novela entrará a formar parte de la colección Tapa Negra de Almuzara, donde han publicado grandes maestros del género negro como Lorenzo Lunar, Amir Valle, Guillermo Orsi, Qiu Xiaolong, Leo Coyote, Yasmina Khadra o González Ledesma. Según la editorial, 'La Frontera Sur' es una novela negra con la que Muñoz regresa al lado más duro del género para ofrecer una turbadora historia por la que transitan amantes que aspiran a un paraíso ficticio, policías corruptos y sanguinarios, sicarios y asesinos psicópatas.
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), escritor, articulista y viajero, tiene una extena trayectoria en la narrativa negra española, con títulos como 'El cadáver bajo el jardín', 'Último caso del inspector Rodríguez Pachón' o 'El corazón de Yacaré'.
Entre los premios recibidos a lo largo de su carrera destacan el Tigre Juan, el Azorín, La Sonrisa Vertical, el Café Gijón, el Camilo José Cela y el Ciudad de Badajoz de Novela.

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LA FRONTERA SUR (Almuzara, 2010)
IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona

El territorio de Mike Demon, un vendedor de seguros de vida apacible y acomodada, se extiende desde Los Angeles hasta el sur de California. La suya es una existencia aparentemente normal y encarrilada, marcada por el nomadismo de su oficio, hasta que un día cruza la frontera de México y aparece en Tijuana. Su vida experimenta un brusco giro cuando conoce a Carmela, la guapa camarera de un restaurante de la peligrosa ciudad fronteriza, y nace entre ellos una pasión tan estimulante como peligrosa con la que Mike Demon bordeará el abismo y conocerá los peligros y las miserias del Tercer Mundo que aparece agazapado a sólo un tiro de piedra del Primero. Ya nada va a ser igual y el coste de esa aventura, en la que queda atrapado, será muy caro.
La frontera sur es una novela de género negro y pasiones descontroladas a uno y otro lado de la línea divisoria que separa dos mundos tan diferentes, pese a estar tan próximos, como son los Estados Unidos y México, que representan dos formas de vida contrapuestas, pero es también una historia de amor, trágica y llena de sufrimiento, en la que los dos protagonistas se ven arrastrados por el fatalismo de su difícil relación en un mundo en donde impera el crimen, el desorden, la violencia y el instinto de supervivencia.
José Luis Muñoz regresa a lado más duro y oscuro de la novela negra para ofrecernos un paisaje desolado por donde deambulan maridos que engañan a sus esposas, amantes que aspiran a una vida mejor soñando con un paraíso ficticio, policías corruptos y sanguinarios, polleros que mercadean con personas, empresarios sin escrúpulos, sicarios y psicópatas asesinos en un territorio fronterizo en donde la vida humana vale bien poco y pende siempre de un hilo.
Una novela brutal, pero también tierna, que es un paseo por el infierno interior del ser humano.

CRÓNICA DE UN PREMIO MANTENIDO EN SECRETO
Cuando veinte días atrás, dentro del más absoluto secretismo, me comunicaban desde Almuzara que LA FRONTERA SUR era el IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona me dio un vuelco el corazón. Por una parte la satisfacción por colocar a un hijo ─ quien escriba entenderá perfectamente ese sentimiento de paternidad del autor hacia su criatura ─ y olvidarte de él y por otra la inmensa responsabilidad de lanzar un nuevo libro, el 27, a los escaparates de las librerías y someterlo al juicio de sus lectores.
A partir de esa fecha me encerré en un trabajo duro de relectura y corrección, a veces agotador ─siempre digo que ése es el momento menos agradable de la creación que se supera, imagino, como en el parto, porque la criatura es hermosa y ya va a salir ─ en el que conté con la inapreciable ayuda de una amiga mexicana que, desde la otra orilla, no dudó en echarme una mano con los mexicanismos de los diálogos.
En días posteriores me enviaron el diseño de la portada desde la editorial: me pareció magnífico el trabajo realizado que reflejaba de forma muy gráfica la novela, porque en esa serpiente de cascabel que separa esa frontera entre la ciudad y el desierto, marcada por el vistoso lazo rojo, está resumida la esencia del libro.
Carmona es una hermosa ciudad cuyo único inconveniente es, como dijo su alcalde Antonio Cano, en un aparte, es hallarse muy cerca de Sevilla. Y ya que entramos en época de confesiones no resulta baladí decir que la decisión que tomé de concurrir al premio que lleva el nombre de la ciudad sevillana vino después de un memorable paseo por sus calles hace poco más de siete meses de la mano de la fotógrafa mejor del mundo.
Un póster con la portada de mi novela colgaba de la fachada del esquinado ayuntamiento. El día estaba algo desapacible. La atmósfera no era diáfana. En una terraza, ante un par de cervezas, una charla con Ricardo Bosque, el director de Punto38, trasladado en AVE hasta el evento, y la mujer que mejor me fotografía, quemó las horas previas al acto.
A las 8 y media del día de San José era el acto de entrega del premio. Antes, Juan Ramón Biedma, escritor sevillano que hace muchos años forma parte de esa gran familia de escritores negrocriminales, teorizó sobre la novela negra, trazó su estado actual, que es de buena salud, con o sin los nórdicos. Habló el promotor del premio, de la Fundación Carriles López, a continuación, que es el que desinteresadamente pone sobre la mesa su dotación económica. Lo hizo luego el Delegado de Cultura de esa maravillosa y espectacular ciudad sevillana que es Carmona, Don José Miguel Acal Fernández, que se arrancó luego a cantar, después de los vinos, y nos regaló un maravilloso recital. Y cerró Manuel Pimentel que elogió la novela premiada y desentrañó, sin destriparla, sus entresijos.
Subió luego al estrado Javier Ortega, el director de la prestigiosa colección Tapa Negra, para dar cuenta del veredicto del jurado formado por él mismo, Fernando Marías y Guillermo Orsi. Y yo, a continuación, para, tras defender la vigencia de la novela negra y resaltar su vertiente como útil de denuncia, desear ser digno continuador de los que me han precedido en este prestigioso galardón, Antonio Lozano, Guillermo Orsi y Amir Valle, y hacer notar que lo que recibía el día de mi santo eran tres premios en realidad: uno, ganar el premio en si, lo que para mí es un honor dado el enorme prestigio y que concurren excelentes escritores de las dos orillas del mundo hispano; dos, publicar en la prestigiosa Tapa Negra de Almuzara y poderme codear con Guillermo Orsi, al que doy las gracias como miembro del jurado, Lorenzo Lunar y Amir Valle, mis queridos amigos cubanos, con el canario Antonio Lozano o el queridísimo Francisco González Ledesma; y tres, disfrutar de Carmona, una ciudad maravillosa dónde las haya que invito visiten todos los que me lean, sean o no aficionados a la novela negra. Pasamos luego, todos los presentes, a disfrutar de la cata de vinos Montilla de la mano sabia de Manuel Pimentel, en calidad de presidente de la denominación de origen, que sentó cátedra en su magisterio de educarnos para sacar el máximo partido al elixir de la uva transformado en amontillado, fino o Pedro Ximénez. Bebimos besando las copas con cuidado, saboreando cada gota después de haberla admirado al trasluz y aspirado su aroma. Cundieron aquellas copas de cata porque se paladearon a conciencia y se sacaron de ellas su esencia.
Esa noche mágica se prolongó hasta la madrugada con el explosivo combinado de vino, tapas, arte flamenco y literatura negra. Al guitarrista lo tenían secuestrado y los cantaores se iban animando, tantos que hasta Ricardo Bosque a punto estuvo de soltarse con una jota.
Y todo casaba a la perfección.

EL ARTÍCULO

La Jornada Semanal, Ciudad de México, 26.10.2004

LO QUE BOGEY NO DIJO
Ricardo Bada



Encuentro en una revista holandesa un artículo que se titula Lo que Bogart no dijo, dedicado a frases de películas de Hollywood que se han hecho famosas y hasta proverbiales. La razón del título es bien clara, poniendo los puntos sobre las íes acerca de que Humphrey Bogart jamás dijo en Casablanca aquello de “Play it again, Sam!” que tan recalcitrantemente se le suele atribuir. Y que es tan inventado como la ambigua seudocita de Don Quijote, “Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho”, una frase que Cervantes no escribió jamás. Tampoco Bogey dijo lo de “Play it again, Sam”, y si prestan atención a la escena en que Rick se dirige a Dooley Wilson, el pianista, para pedirle que toque de nuevo As time goes by, sus palabras textuales son las siguientes: “Play it!” a las cuales agrega: “La tocaste para ella, puedes tocarla para mí”.
En la misma Casablanca, por cierto, hay otra frase de Bogey (“Here’s looking at you kid”)
que se ha vuelto locución habitual en Alemania, pero en la versión del doblaje, que traducida
al castellano viene a significar algo así como “Mírame a los ojos, pequeña”.

Quiso la casualidad que el mismo día que leía ese artículo pasaran por la tele Forrest Gump, donde Tom Hanks epitomiza su filosofía de la vida diciendo: “La vida es como una caja de bombones. Al escoger uno no sabes de qué estará relleno”, frase una palabra más larga –en el original y en la traducción– que la emblemática de Marlene Dietrich, “Necesité más de un hombre para cambiar mi nombre por el de La Lirio de Shanghai”, que a su vez es más larga que la de Clark Gable/Rhet Butler al despedirse de Vivian Leigh/Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó (“Francamente, querida, me importa un bledo”), y esta a su vez más larga que la de Greta Garbo, su patético “Quiero estar sola”, que sólo cede el primer puesto en precisión y laconismo a la epifanía con que culmina Some Like it Hot: “Nobody is perfect!”.

Se nos aparecen como muy lejanos, casi prehistóricos, aquellos tiempos en que Gary Cooper le hacía la competencia a Séneca y La Rochefoucauld al final de El jardín del Diablo: “Si este planeta fuese de oro, los hombres se matarían por un pedazo de tierra”. No menos lejanos resultan los de otra frase de Casablanca, en el primer THE END protagonizado por dos varones: “Me parece que este puede ser el principio de una buena amistad”. El progreso se condensa en las escuetas dos palabras que cierran Toro salvaje: “Yo no”. Con alguna que otra variante posterior, más digna del poliéster que del bronce, por ejemplo la de Arnold Schwarzenegger en The Terminator: “¡Volveré! ¡Hasta la vista, baby!” Y una más que le debemos a Clint Eastwood en su cuarta aparición como Dirty Harry (Sudden impact), al decirle al gángster que va a echar mano a su revólver: “Go ahead, make my day (Adelante. Justifica mi jornada)”, nueva demostración del epigrama de Oscar Wilde según el cual la Naturaleza imita al Arte; recuerden que esa frase de Dirty Harry fue usada como argumento retórico por Ronald Reagan cuando se enfrentaba con sus enemigos políticos. Salvando las distancias, es como si el verdugo que lo iba a decapitar le hubiese dicho a Carlos Estuardo: “To be or not to be”.

Debo reconocer que en punto a frases cinematográficas recordables, este repertorio de clásicos siempre sirve para iniciar y/o animar alguna conversación. Pero si me preguntasen cuáles son las mías preferidas, tendría que responder que ninguna de ellas con excepción de “¡Nadie es perfecto!”, que en su género sí es perfecta, ¡oh manes de Osgood Fielding III!

No, yo prefiero generalmente otro tipo de frases, como por ejemplo la del amigo de Cary Grant en Houseboat cuando Grant observa cómo se queda mirando a Sophia Loren, y le advierte: “Es tan sólo la niñera de mis hijos”, y el amigo le implora: “¡Adóptame!” O en Ninotchka, cuando Greta Garbo le muestra a Melvyn Douglas la cicatriz en la nuca que le dejó una herida inferida a las puertas de Varsovia por un lancero polaco: “¡Pobre, pobre Ninotchka!” exclama el buen Douglas, pero Garbo le replica: “No me compadezca. Compadezca al lancero polaco. Lo maté después”. Y pues no hay dos sin tres, recordemos de Harry y Sally aquella escena justamente célebre del orgasmo simulado por Meg Ryan en el restaurante judío Katz’s Deli de Manhattan, escena que –dicho sea de paso– fue grabada por un microfonista español de lujo, y cómo, cuando Meg termina, la cámara enfoca a una señora madura que le dice al camarero que está a su lado: “Quiero exactamente lo mismo que ella”. Por cierto que esa comparsa es la madre del director de la película, Rob Reiner, y ningún malpensado debe malpensar oblicuamente en el complejo de Edipo: la escena no figura en el guión original de Nora Ephron (propuesto para el Oscar de aquel año), se le ocurrió a la propia Meg Ryan.

Y siempre recuerdo también una frase de Cantinflas que acompaña uno de sus poquísimos chistes visuales, y es en la película Gran Hotel (uno sin Greta Garbo), cuando llega allá como huésped y el botones lo conduce hasta su habitación, le abre la puerta y se queda esperando la propina. Cantinflas se echa mano al bolsillo y le dice: “Tenga, para el café”. Y le entrega una taza.

LOS LIBROS

EL TESTIMONIO DEL BECARIO
José Antonio Leal Canales

Editorial Algaida, 2010
336 páginas

No es un recién llegado a estas lides el excelente escritor cacereño José Antonio Leal Canales, autor con media docena de títulos publicados que, en esta novela, con la que ganó la ultima edición del Premio Ciudad de Badajoz, demuestra un perfecto dominio de la técnica narrativa y construye un thriller original que transcurre en el universo de la docencia literaria, campo que el autor conoce sobradamente por su dedicación a ella, y tiene como protagonista al escritor Pablo Romano, profesor de Escritura Creativa contratado por la universidad de Parada ─póngase aquí el nombre de cualquier ciudad de provincias ─, que es encarcelado por violación y asesinato de su alumna más brillante y se siente víctima de una conspiración de su eterno rival del claustro con el que permanentemente está enfrentado.
Con la envoltura de una novela negra, perfectamente armada, Leal Canales traspasa las fronteras del género y nos sirve una denuncia de determinadas prácticas mafiosas que practican algunas élites intelectuales y de las luchas cainitas entre iguales que ya forman parte de la idiosincrasia de nuestra piel de toro.
Un paso adelante el de Leal Canales, del que recuerdo con muchísimo agrado su novela El fuego y las cenizas, que seguro servirá para afianzar su carrera literaria de largo aliento.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LOS AMANTES DEL HOTEL TIRANA
Pedro Antonio Curto
Ediciones Irreverentes, 2009
148 páginas

La novela con la que el vasco afincado en Gijón Pedro Antonio Curto ganó el IV Premio Nacional de Novela Ciudad Local de Loeches se puede leer como una tórrida historia de amor en la que dos amantes, la española Aida y el albanés Aslam, ritualizan sus encuentros amorosos en un hotel de una Albania que comienza a derrumbarse, o como una crónica de desengaños políticos, que van de ese viaje al pasado, a los ancestros del protagonista, combatiente por los ideales de una izquierda utópica en el bando republicano de la contienda civil española, al futuro, con su descendiente enrolado en las peligrosas bandas de delincuentes del este que asolan nuestro país.
La novela de Curto, escrita con oficio, tiene cadencia poética, hurga en los abismos de las pasiones humanas, maneja con sabiduría los resortes del erotismo y consigue, desde el principio, sumir al lector en un ambiente de desencanto en el que se palpa la tragedia que escriben a cuatro manos el personaje masculino y femenino de la historia, aunque sea con el lenguaje de las caricias.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LOS REPORTAJES DE PLAYBOY

Alguien tendría que explicar la necrófila fascinación que los humanos sentimos hacia personajes destacados que, drásticamente, hacen mutis del escenario del mundo. ¿Es acaso una forma de admiración a esa extrema rebeldía hacia la vida que es abrazar la muerte cuando biológicamente no toca? ¿Es una cuestión estética, ya que el finado trasmite una imagen de eterna juventud por negarse a envejecer? ¿0 es una suicida envidia de los que tienen una existencia aburrida y vulgar hacia todos aquellos que se permiten vivir sobre el filo del precipicio y no les importa dejarse caer?
Detrás de cada muerte parece haber una industria carroñera que compite para vender los despojos de sus víctimas. Y eso afecta por igual a los líderes políticos, a las estrellas del cine o a los mitos del rock and roll.

Pronunciemos dos nombres tan alejados y opuestos como JFK o Che Guevara y analicemos sus procesos de beatificación seglar. De JFK (1917-1963), querido y odiado a partes iguales en su país, podemos decir que es un mito incombustible que ha resistido el paso de los años y que ha sobrevivido a toda la mierda que desde su muerte a acá se le ha ido tirando. El JFK que se vende para sus mitómanos es el de un hombre feliz, casado, que tiene dos maravillosos hijos, un político tan liberal y con tantas ganas de innovar que se dice de él que deseaba crear una especie de reino de Camelot en la Casa Blanca.
Del Che (1928-1967) nadie que haya contemplado su imagen yacente en Bolivia, con su barba hirsuta y mirando hacia el cielo, antes de que le cortaran las manos y lo sepultaran en un lugar que hoy por hoy es un misterio sin resolver, puede evitar trasladarse mil novecientos años atrás y ver en la imagen del guerrillero a la de Jesús descendido.de la cruz y a punto de ser envuelto en su sudario.

Marilyn pasó de mediocre actriz a ser valorada como una excelente comedianta; de histérica caprichosa, capaz de sacar de sus casillas a todo el equipo de rodaje, a personaje de enorme sensibilidad devorado por el sistema; de promiscua amante, que tanto se encamaba con los Kennedy como con gente de la Mafia, a quintaesencia del erotismo y del glamour, que dormía desnuda y se perfumaba con Chanel 5.


Sexo, drogas, rock and roll y muerte
Los mitos del rock and roll se forjan en los escenarios y en las tumbas. Un héroe muerto en plena batalla con las drogas o el sida tiene aseguradas sus ventas a posteridad. Por suerte para las discográficas, las bajas en el mundo del rock son muy frecuentes, y es que el rock lleva consigo una aureola de ejercicio maldito, que entraña siempre el riesgo de quedarse en el camino.
Hagamos una enumeración de bajas. Ottis Redding congregó a más personas en su funeral que en sus conciertos. Bob Marley, el profeta rasta del reagge, el jamaicano fumador empedernido de marihuana, sobrevivió a varias condenas de cárcel por su afición a las drogas, estuvo a punto de ser asesinado en un curioso atentado y sucumbió finalmente víctima de un tumor cerebral el 21 de mayo de 1981, siendo enterrado con una ramita de marihuana para que no perdiera la costumbre en el Más Allá. Janis Joplin (1943-1970) moría a los veintisiete años de edad, tras una vida turbulenta en la que se mezclaban relaciones con ambos sexos, una existencia desarraigada, triunfo seguido del fracaso, mares de whisky que hacían más aguardentosa su característica voz, con un pico un pico de heroína clavado en el antebrazo. Jimi Hendrix, un verdadero virtuoso de la guitarra eléctrica y de la distorsión, llevó una mítica vida -solía montárselo con varias mujeres a la vez-, y se gastaba grandes cantidades de dinero en heroína, murió ahogado en su propio vómito, el 18 de septiembre de 1970, a causa de una ingesta de barbitúricos.

John Lenon no buscaba su final, pero fue asesinado a la salida de los tristemente célebres apartamentos Dakota de Nueva York. Quién si buscaba a toda costa su destrucción fue Sid Vícious, el guitarrista de Sex Pistols, enganchado a la heroína por su novia Nancy Spingen, a la que apuñaló en un hotel de Chelsea, y que sucumbió finalmente, tras varios intentos de suicidio y broncas, por una sobredosis de heroína tan pura que le llevó a la tumba; ahora figura en el santoral de la tribu punk por méritos propios. La aureola de la muerte ha beneficiado a Freddy Mercury, líder de Queen muerto a consecuencia del sida, y a Kurt Covain, alma de Nirvana que se suicidó de un disparo tras tener un hijo y al que algunos sonados han emulado.
Pero quién en el mundo del rock se lleva la palma con todos los honores es el inclasificable cantante de culto Jim Morrison, definido como "misionero de sexo apocalíptico", "Rey del rock orgásmico", "Rasputín con cara de ángel del rock". Morrison, fundador del grupo The Doors, en el fondo quería ser un poeta francés del romanticismo y de ahí su muerte el 3 de julio del 71 en París y su tumba, que es la más visitada del cementerio Pere Lachaise de París.

Cine: los más bellos cadáveres

El próximo agosto se cumplen 37 años del suicidio o asesinato de Norma Jean, universalmente conocida como Marilyn Monroe (1926-1962 quizá el mito más rentable de este siglo. ¿Pero hubiera entrado Marilyn Monroe a formar parte de ese Olimpo laico que nos conmueve de no haber muerto joven y ser un bello cadáver? La respuesta es no. Nadie imagina la persistencia del mito con una M.M. fondona, arrugada y con nietos y el sex appel evaporado bajó michelines. La muerte la congeló definitivamente como mito sexual, una prueba de las buenas relaciones que siempre han existido entre Eros y Tánatos, e hizo de ella un objeto de especulación intelectual, cuya aura se acrecentaba con el paso de los años.
James Dean, con sólo tres películas, en las que sus interpretaciones eran lo menos memorable -ni sus adoradores se atrevían a decir de él que era un buen actor- se convirtió en el mito por excelencia: el joven de mirada triste y con problemas familiares a quién los padres y el entorno no entendían, el rebelde -con o sin causa- con quien se identificaba parte de la juventud. Dean fue póster, fue actitud, fue peinado y fue imitado por actores. Dean murió en la edad justa para que nadie llegara a cuestionar su mediocre trabajo de actor. La muerte lo sublima todo.
Hubo estrellas, en ese proceloso y cruel mundo del celuloide, que optaron por un inteligente mutis del escenario antes de ver su cara deteriorada y distorsionada y a sus fans huyendo en desbandada. Greta Garbo no tuvo que morir físicamente, pero sí abandonó las bambalinas y toda vida pública para seguir alimentando el mito de la Divina. Ava Gardner, unas de las más extraordinarias mantis religiosas del cine, que tanto devoraba toreros recién salidos del paseíllo como colegas del Séptimo Arte, se recluyó en un digno retiro. En cuanto a Marlon Brando, el salvaje, es un caso extremo de mito viviente a su pesar, pese a que él se ha encargado de destrozar su imagen pública con toneladas de hamburguesas y los más sórdidos escándalos.
EL MITO DE JOHN F. KENNEDY
Para muchos, JFK es el político perfecto, pero para otros, tras las últimas investigaciones realizadas, si una bala no hubiera terminado con su vida, seria un humano, un político mediocre y algo corrupto.
EL discurso oficial sobre el presidente Kennedy es intachable. Nadie mejor que él conectó con una generación de jóvenes que deseaban cambiar el mundo. Clinton, como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, tuvo que acentuar todos y cada uno de los rasgos que le acercaban a JFK para ser elegido. Sin embargo, lo que se ha aireado durante todos estos años ha puesto en evidencia que JFK era un marido infiel que nutría su bragueta con diosas del celuloide, secretarias, prostitutas o cualquier con tal de que tuviera un par de tetas, que Jackie Kennedy no se había divorciado de él por razones de estado, pero devolvía infidelidad con infidelidad -se decía que antes de cada discurso se relajaba con un buen polvo y así su discurso era más fluido en la tribuna de oradores- incluso que el presidente no era tan liberal como lo pintaban, y para postre ni siquiera era atlético, ya que sufría una grave dolencia en la espalda que le obligaba a permanecer largas temporadas en una silla de ruedas. Curiosamente, nada de lo dicho en su contra ha servido para mellar su aureola realmente mítica.

LA FIRMA INVITADA

BAJO EL SÍNDROME DEL MADROÑO
JOSE LUIS BENITEZ

Recuerdo la primera vez que visité el museo del Prado. Era sobre mediados de los sesenta... del pasado siglo. !Je, je, ha llovido ya! Entonces no era necesario hacer cola, pero sí había que esperar a que se despejase la entrada de tanto oferente de lotería, pobre abuela pedigüeña y los reventa papeletas de graderías y tendidos.
-Pasa, pasa -me ofertó uno medio muletilla, echándose a un lado-. ¡Anda, aquí llegan tres jipis inglesas! A ver si ligo pá esta noche. No veas en la costa -guiñó, tascando un mondadientes.
-Son suecas -le dije.
-¿Suecas? ¿Y tú cómo lo sabes, muchacho?
-¿No has oído que han dicho `esto es el colmo´? -le contesté de chanza-. ¡Pues porque son de Estocolmo!-rematé muerto de risa.
En realidad, se trataba de tres lindas chavas argentinas.
Parecía un encontronazo prematuro, ya en la cuarta fase sciencefiction, con El Bosco: con su ventana abierta al más para allá.
Recuerdo que las salas estaban casi vacías, exceptuando los cuadros. Yo creo que la gente no tenía mucho interés por ver su retrato... ¿Para qué? Los mismos que colgaban allí de las paredes andaban por las calles todavía como fantasmas sin norte. O se parecían que ni calcados al pesado del vecino, chacinero por demás, y que por las noches tocaba el acordeón, entonando la revoltosa.
Sí, es verdad, los turistas venían en masa. Pero esa gente desembarcaba en las playas para tostarse como cangrejos al calor de la paella, del tintorro y del poropopó, ritmo furibundo puesto de moda en la época. Por otra parte (seamos consecuentes), la mayoría no tenía ni la menor idea de quién era Velázquez, Goya, Murillo o Tiziano (que les sonaba a cinZano). Pero tampoco los de esta parte de acá de los piri(neos), por regla general, estábamos muy enterados de las cosas. Teníamos al Quijote -y lo sé de buena tinta- por un personaje histórico y aún no era extraño, si te dabas un garbeo por ahí, escuchar a un buenazo manchego de hogaza -guía de ocasión; siete hijos, una mujer, la madre, la suegra y tres cuñados/castigo, todos colgando de un jamón como el ahorcado del cadalso- asegurar a un grupo de japoneses bajo un sol tórrido nikón en mano que en tal mesón comieron (ñaca, ñaca) amo y escudero y salieron los dos muy satisfechos. O escuchar a un "forofo" (hincha) que Shakespeare era amigo del mítico futbolista Bobby Charlton y que jugaba de delantero en el Manchester United. Y un sinfín de anécdotas parecidas de lo más desternillante y pintorescas. Claro, eran otros tiempos. No existía el erasmo y la ue estaba todavía (huf, huf) más lejos que la Luna.
Por aquel entonces, yo compaginaba insdistintamente las lecturas de Dostoiveski o Faulkner con el producto nacional... a lo bruto. Aparte de creerme Napoléon, César o Alejandro el Magno, según me cogiera el día. O Espronceda, Mme. Stäel, Lord Byron... o Sarah Bernhardt. ¡Oh, pobre osito de mí, iluso de lo foráneo!
Así que merodeaba por los pasillos y estancias del museo más peripuesto que erudito, insuflado de ese olor penetrante de ciprés, a lo lanzas. Incluso fumaba en pipa... a lo tati.
-Oiga, caballero, aquí está prohibido fumar -saltó el vigía.

-Está apagada.
-De todas formas sople ud. para otro sitio. ¿No se ha fijado en el cartel del ingreso? Pues se anuncia bien claro y con letras bien gordas, y debajo pone escupir.
Pocas veces identificaba al cuadro con el pintor. Y de Goya sólo conocía La maja desnuda, que, por cierto, ignoraba que era suya (lo único eroticoide, icono del país, con alguna que otra casta venus de peinado pubis y orondo trasero). Y un momento creí verla saltando del cuadro muy pudorosa (¡huy, huy, que me guipan!) y salir corriendo para cambiarse en el de enfrente, ya vestida. Era arte de birlibirloque lo mío.
Por mi lado cruzaba de tarde en tarde un grupito de colegialas con uniforme, más atentas a los visitantes y al bocata de chorizo medio envuelto en papel de estraza pringoso que a las explicaciones de la profe chicherone. Y seguramente enamoradas en secreto del protagonista del eterno serial el Fugitivo, inocente/culpable del asesinato de su esposa, que al final resultó ser -vaya si es curioso- descendiente de Erik el Vikingo.
Tiernas pulcelas, por las noches suspirantes:
En la torre medieval/
aguardo anhelando en vano./
Ya sabéis lindo Manrique,/
doncel de abultado taco,/
que si la escala rompiese,/
os la cascáis a dos manos.
¡Ah, qué tiempos de exaltación, románticos a más no poder! De seguro, no volverán...
También me acuerdo que, un poco aburrido, para dármelas de... algo, me acerqué a una pintora musesy (antes se decía "güena", a lo cazurro) que se andaba por allí vestida de existencialista trasnochada copiando Las Meninas, con su caballete y sus pinceles, concentrada en el vacío. No estaban los trazos aún bien delineados. El cuadro, en principio, podía representar cualquier otra escenificación, quizás los fusilamientos del 3 de Mayo, por aclarar. Y a mí se me ocurrió importunarla y le pregunté, más atrevido que conocedor del tema -¡hay que fijarse en la valentía de uno!-, si ella pensaba que conseguiría trasladar la luminosidad y la magia del original a su tela. Estábamos parloteando del barroco, no faltaba más. La mujer me miró sorprendida (yo también me sorprendí de que se sorprendiera y me sorprendí a mí mismo por lo que, sorprendentemente, acababa de afirmar para mi sorpresa totalmente sorprendido... Lo cual, en el lapsus que se creó con la confusión, se me había borrado de la memoria lo que antes dijese... El esfuerzo fue inmenso, agotador.). La artista parpadeó, se retiró un paso hacia atrás -casi a lo novilla/hemingway, capeando- y me atajó un poquito severa:
-¿Es ud. periodista?
-¡No!
-Pues entonces no tengo nada que comentar.

Me quedé más tieso que el convidado de piedra. Y me alejé convencido, super corrido esta vez, de que la señora sabía mucho más que yo... En aquella época, por supuesto, no sabía lo que sé hoy sobre el Arte. Que... ¿qué sé? ¡Eh? Pues que la pintura es alquimia: que todo arte es transmutación. Para prevenir la anticipación de los cambios futuros, diría Groucho Marx.
Así que la próxima vez que visitemos un museo -por ejemplo, el museo Picasso- guardemos atención, silencio, reverencia... porque es seguro que el maestro estará contemplándonos a través de sus obras.
Merci, mes amis.


JOSÉ LUIS BENÍTEZ SÁNCHEZ nació el 14 de septiembre de 1951 en Cuevas de San Marcos, Málaga (España).
A finales de 1965 se asienta en Madrid, obedeciendo al traslado de sus padres a la capital. En tiempos arduos -entre trabajo, lecturas y estudios-, se licencia en Antropología (Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad Complutense).
Antes de concluir la década de los sesenta se aventura a viajar por Europa, siguiendo la moda de la juventud de entonces, y realizando esporádicos trabajos en las etapas. Por estas fechas también frecuentaba las tertulias literarias del Madrid de la época, en donde la influencia del pasado artístico se mezclaba sabiamente con los representantes de las nuevas tendencias. Asímismo, recorría salas y "pubs" en donde se representaban recitales poéticos -y participando en ellos-, lo cual le supuso una experiencia de un valor incalculable para su aprendizaje de las Letras.
Ha publicado algunas novelas y libros de poesía, de los que aquí se ofrecen como muestra algunos extractos y párrafos.
Es miembro de ACE (Asociación Colegial de Escritores de España).
http://www.joseluisbenitez.com

LAS PELÍCULAS

La carretera
John Hillcoat


No es precisamente Cormac McCarthy un autor fácil de adaptar al cine. Su pesimismo ante el hombre, y su entorno, ya impactó por su crudeza y violencia en No es país para viejos, novela adaptada por los hemanos Coen y con la cual se alzaron con el Oscar. Ahora se adapta su novela ganadora del Pulitzer (2007), donde McCarthy nos sumerge en el dolor de una naturaleza desposeída de cualquier atisbo de humanidad , luz o color, y de la violencia que surge de este ambiente. En La carretera omite explicarnos que el mundo se está yendo a pique, el pesimismo de McCarthy va un paso más allá, al presentarnos un mundo post-apocalíptico, consumido por la ceniza que surge del fuego y la muerte.
McCarthy en su novela se recreaba en describirnos, con una prosa asfixiante pero tremendamente absorbente, el deambular de un padre y un hijo que se dirigen al sur, al sur del infierno terrenal, y precisamente, ese recorrido descriptivo, emocional y atmosférico es el que propone Hillcoat en su película. Como ya ocurría en la novela, en todo el metraje no se aprecia ningún atisbo de esperanza para sus dos protagonistas, ni para la humanidad sumida en la extinción, el canibalismo, y el instinto de supervivencia más básico. Puede que sea este mensaje tan apocalíptico y aterrador la razón de la incomprensible ausencia del filme en la próxima gala de los Oscar.
El desconocido por estos lares John Hillcoat ha respetado rigurosamente la intención y ambiente de la novela, hasta el punto, que en ciertos momentos, pondera el ritmo narrativo de McCarthy al ritmo intrínseco que se presupone a un filme de 108 minutos. No obstante la labor del director por acercarse a ese ambiente demoledor y oscuro que McCarthy nos hace respirar, oler y tocar en su novela, es admirable. Para ello no sólo se sirve de un mayúsculo trabajo de producción, dirección artística y brillante fotografía de Javier Aguirresarobe, rica en matices, pese a la tonalidad grisácea que envuelve todo el metraje, exceptuando esos sublimes parajes del personaje de Viggo al lado de su mujer y madre del chico. Es precisamente a raíz de uno de estos sueños donde el filme da una de sus patadas al estomago utilizando una sobria voz en off; es cuando el personaje de Viggo Mortensen suelta, recordando cómo ayuda a calmar y arropar las inquietudes de su hijo ante un panorama tan salvaje, algo como: “los que luchan por sobrevivir sueñan con cosas malas, los que ya no tiene nada con lo que vivir sueñan con cosas buenas”.

El director de The Proposition también acierta al plasmar en imágenes la iconografía propuesta por McCarthy, no es casualidad que los personajes deambulen como dos homeless por el extenso, y en su día, rico territorio norteamericano, no es casualidad que frecuenten supermercados, gasolineras y otros símbolos de la opulencia occidental, ni que sus cuerpos se muevan por los escombros iconográficos que marcan el paisaje norteamericano mientras arrastran un carrito de la compra con sus escasos víveres. Ahí radica la garra del mensaje catastrofista del autor, poco importa el origen o la causa del cataclismo que ha llevado a esa situación desesperada, aquí lo importante es observar las consecuencias y ver cómo ese entorno hacer aflorar lo peor y lo mejor del ser humano. Por un lado el paternalismo extremo del padre con un hijo que nunca verá un mar de color azul, o la inocencia de un niño que aún tiene esperanza y confianza, pero por otro lado, la hostilidad del entorno ha hecho aflorar grupos de caníbales peligrosos, que acertadamente, se presentan como un macabro experimento entre los guerreros de Mad Max y los rednack de la América profunda. Puede que los encuentros entre padre e hijo con los caníbales sean los momentos de más tensión y más álgidos del filme, una lástima que hacia el tramo final desaparezcan estos sublimes y terroríficos encuentros.

Pero la trama donde realmente incide es en la emotiva historia de un padre con su hijo, llegando incluso en algunos parajes a recrearse en exceso. Un padre cuyo única llama interior que le queda en la vida es luchar y defender a su hijo del entorno hostil. Un padre cuya congoja de ver perder al único ser querido que le queda sobre la faz de la tierra lo atormenta por el día, por la noche si logra conciliar el sueño, sueña con un pasado bonito y luminosos (mal presagio). Pero a la vez nos explica cómo el padre intenta transmitir al hijo ciertos valores, y sobre todo, motivos y fuerza para seguir viviendo el día en que él ya no esté. Es esa ternura recíproca la única rama que brota en The Road. De hecho es complicado ver a sus demacrados y chupados personajes reír o emocionarse.

Sobre la interpretación de Viggo Mortensen habría que dedicar un solo párrafo intentando esgrimir las razones porque la Academia de cine tendría que haberle nominado otra vez para el Oscar al mejor actor. Pero diciendo que su actuación mantiene un nivel parejo al que demostró en Promesas del este, espero dejar clara la idea. TaNegritambién se merecen una mención honor, las escuetas pero potentes intervenciones de Robert Duvall, Guy Pearce o Michael Kenneth Williams. Y una sublime Charlize Theron en esa madre atormentada por el trágico hecho de dar a luz a un hijo que deberá sufrir en un mundo destruido.
A nivel artístico también hay que destacar la pincelada cromática que consigue la música de Nick Cave y Warren Ellis, pese a hacerse en ocasiones reiterativa y demasiado obvia. A nivel global el trabajo de este dúo, se sitúa un paso inferior que su anterior colaboración para El asesinato de Jesse James.
La carretera no es un filme de digestión suave, ni lo pretende ser. La película de Hillcoat evoca un mundo de horror y destrucción, y lo hace con un estilo visceral, apresador y desgarrador. Su trama remite a una pesadilla universal, al miedo colectivo de quedarse uno sólo en el mundo, por eso el espectador se llevará una desilusión si cree que se encontrará una versión teñida a gris de la muy decente Yo soy leyenda. No, en La carretera no hay espacio para la acción, los villanos de esta catástrofe son tan reales que su presencia aterra, y el héroe es un padre médico que sólo piensa en su hijo. Su ritmo no lo lleva el peso de la acción, algo que podría haber controlado algo mejor su director, sino el peso dramático de esta pareja en una aventura épica que se mueve en los cauces de la road movie.
Podríamos estar hablando de una obra completa si no fuera por esa licencia final respecto al libro, que nos muestra un rayo de luz al horizonte en un hábitat donde no se filtra la luz. Sin duda la angustia dañina del final de libro de McCarthy era cargar demasiado el estado anímico de los espectadores.
MARC MUÑOZ

An education
Lone Scherfig

La película dirigida por Lone Sherfiq viene precedida por su buena acogida en Sundance, y sus tres nominaciones a los Oscar (incluyendo el de mejor película). El filme centra su foco en una joven colegiala londinense de 16 años que se deja seducir por Birt, un hombre de 35 años que introducirá a la chica en un mundo de lujo, glamour y seducción, completamente invisible a los ojos de una adolescente de un suburbio de la capital británica.

La historia se edifica partiendo de un sólido guión del escritor Nick Hornby en el que se adapta el texto ajeno de Lyn Barber. A partir de esa base Sherfiq edifica una bella y emocionante historia de amor con tintes dramáticos donde el verdadero motor es el personaje femenino central. No sólo somos partícipes del descubrimiento que experimenta esta chica al sumergirse de la mano experta de Birt en un nuevo mundo tan cercano geográficamente, pero a la vez tan lejano del plano costumbrista con el que está familiarizada. Sino que además la cinta incide con especial acierto en describir el paso de la adolescencia a la madurez; mediante esta historia de amor la precoz chica acelera su ansiado paso a la edad adulta rodeándose de gente mayor, y siendo asidua a fiestas, clubes y restaurantes reservados a otras clases y edades.
El filme podría haber potenciado el conflicto que obliga a plantearse a la chica si seguir estudiando para llegar a Oxford o por el contrario dejarse llevar por ese fascinante y novedoso mundo descubierto a través de su novio, enfocando más la trama en la ambigüedad de este personaje, del cual, uno nunca sabe del cierto, si se puede confiar en él.

Sherifq se ha adueñado de este interesante material con seguridad y buen hacer. La directora de Italiano para principiantes le aporta el tono adecuado a esta historia. An eduaction deja una sensación de calidez, y sabe transmitir durante ciertos pasajes la emoción que embriaga a una chica descubriendo un maravilloso y lujoso mundo adulto. Para ello Sherifq se basa en una recreación del Londres de los años 60 fidedigna, con una fotografía acorde, y con unas interpretaciones con carácter y llenas de verisimilitud. En especial Carey Mulligan en el papel protagonista, por el cual ha obtenido una nominación al oscar como mejor actriz, y Peter Sarsgaard, en ese papel de hombre maduro con encanto y seductor, pero con su reverso ambiguo y canallesco que aflora en determinados momentos. Quizás, la única decepción sea Alfred Molina en el rol de un padre conservador dibujado con un trazo excesivamente grueso.
An education es una película más que destacable sobre el paso a la madurez, construida a base de muchos ingredientes, que de bien seguro lograrán encandilar al espectador. Es una pena que hacía el tramo final pierda ese encanto y esa fuerza lograda a lo largo y extenso del relato.
MARC MUÑOZ

EL VIAJE

¿UNA ARCADIA RURAL?
texto y fotos: José Luis Muñoz

El 80 por ciento de la población de Myanmar vive en el ámbito rural. Buena parte de ella en aldeas perdidas adonde no llega el agua corriente y a duras penas la luz cuya carestía padece todo el país con continuos cortes de suministro.
El viajero que se pierda por las tierras interiores de Myanmar realizará un viaje al pasado; al de sus padres o abuelos los más jóvenes. El agro no está mecanizado ni parece que vaya a estarlo alguna vez. La penuria del trabajo de los campesinos de Myanmar, su bucólico primitivismo, redunda en encanto para el visitante que experimenta sentimientos antitéticos ante semejante precariedad de todo.
Se pueden contar con los dedos de una mano el número de tractores. ¿El tractor de Myanmar? Las famélicas vacas blancas con giba que pacen o encuentra uno en procesión por las destartaladas carreteras del interior, dejadas en herencia por los ingleses y desde entonces no reparadas, o los musculosos búfalos de agua que se refrescan en los ríos y los lagos en sus momentos de asueto y demuestran, ante el asombro de foráneos que sólo conocen de ellos la mozarella, que son unos formidables nadadores.
Una de esas vacas da vueltas de sol a sol a un infernal círculo de un par de metros de radio para moler cacahuete y de él obtener el aceite con que fríen los birmanos. Esa vaca se alimentará de la pasta endurecida de los cacahuetes, una especie de turrón seco que tiene el aspecto de una cáscara de coco. Todo se aprovecha en esta economía de subsistencia que es la birmana.
Quizá el ejemplo más meridiano de ello, y el que más asombre al extranjero en estas tierras, sea la industria de la palmera que nada tiene que ver con la mediterránea que da dátiles ni, por supuesto, con el cocotero. Un trabajador puede estar al cuidado de diez palmeras dispuestas en fila. Cada mañana se encarama hasta su copa, aparentemente sin esfuerzo, y retira el cazo lleno con la resina que brota de un corte que ha hecho con su machete. De esa resina se obtiene un azúcar exquisito y de ella, por destilación, una especie de orujo que nada tiene que envidiar a los gallegos. Con el azúcar se elaboran unos exquisitos pasteles del tamaño de una yema de huevo, muy dulces. De la pulpa de los frutos redondos, que se abren por la mitad, se obtiene una gelatina alimenticia de más agradable textura que gusto. Si dejamos fermentar esa gelatina se obtiene una variante de cerveza. De la cáscara dura del futo se obtienen durísimas virutas aptas par cualquier tipo de conglomerado. Del tronco de la palmera se pueden hacer planchas para construir una casa. Y, por último, con sus ramas secas se arma una techumbre. Diez palmeras permiten que viva un hombre. Y en todo ese proceso limpio, de verdadera economía sostenible, no se gasta ni un átomo de energía que no sea la muscular.

Un anciano que se cubre con un sombrero cónico conduce el arado del que tira la vaca. Aquí todo se hace a mano. Cualquier actividad requiere el esfuerzo físico y la habilidad del hombre que es capaz de subsistir con lo que le da la naturaleza y saca el máximo provecho de ella sin esquilmarla. Se siembra y se recolecta como siempre se hizo antes de que irrumpieran en los campos las ruidosas máquinas que hacen el trabajo de diez hombres. Se separa con golpes secos el arroz de la mata golpeándola contra una roca. El campo, increíblemente productivo, porque las tierras de Birmania sumergidas durante el monzón son ricas en toda clase de fertilizantes naturales, abastece de comida a los birmanos por lo que es casi imposible ver un mendigo, impensable el que alguien pueda pasar hambre en un país que rebosa comida por todas partes y es despensa de Asia. Arroz, cacahuete, aguacate, tomate, pepino, melón, sandía, naranjas, mandarinas, pomelos, patatas, yuca, remolacha, nabos, durián, judías verdes, boniatos, plátanos, cocos, bananas, piñas, pomelos, fresas, girasoles…más una interminable relación de especies piscícolas comestibles que habitan en sus ríos, cerdos, cabras y pollos. Tienen todas nuestras frutas, todas nuestras hortalizas, y más, muchísimas más de las que podamos imaginar, y con ellas elaboran una comida exquisita y suculenta cuya base es el arroz sobre el que colocan verduras al dente fritas en aceite de cacahuete, carne de pollo o cerdo, y pescado, aderezado con los más diversos currys, que van de los extraordinariamente picantes no aptos para paladares occidentales, a los suaves que ellos destinan a los extranjeros con una sonrisa burlona y de conmiseración hacia nuestros delicados estómagos.

Ese ochenta por ciento de la población campesina vive en aldeas, por llamarlas de algún modo a esas modestas chozas que se confunden con el paisaje porque están hechas de él, en casas de bambú, los más pudientes de madera de teca, siempre a unos palmos del suelo, con techos de hoja de palma, redes antimosquitos en vez de cristales en las ventanas, un tipo de vivienda precario para cuando llega el monzón o un tifón asola la zona cobrándose su tributo en vidas humanas, trescientas mil en el último desastre de esa naturaleza que tanto te da la vida como te la quita en un soplo.

¿El retrete? La jungla. ¿La bañera? Las lagunas de aguas turbias o los ríos cenagosos en donde hombres y mujeres se zambullen vestidos, se frotan ropa, piel y cabello con jabón, bucean para aclararse y luego, pudorosamente, cambian las ropas mojadas por secas y lavan y aclaran aquellas en las aguas de ríos y lagos.

Quien viaje por las fascinantes tierras del interior de Birmania tiene la sensación de hacerlo a un país cuyo tiempo se ha detenido y se llevará imágenes de ensueño.