jueves, 20 de mayo de 2010

EVENTOS

Fería del Libro de Madrid
Librería Estudio en Escarlata

Caseta número 47
Día Sábado 29 de mayo, de 12 a 14 horas
firmaré, a los que se acerquen, los siguientes libros
Fotografía de Susana Villafañe

LA MUJER IGNEA Y OTROS RELATOS OSCUROS (Neverland, 2010)Un miliciano republicano que se conmueve ante el amor de una chiquilla y eso le hace dudar al tener que ejecutar a un terrateniente durante la Guerra Civil española. El cadáver descuartizado de una mujer que hará la vida imposible a su asesino como se la ha hecho cuando estaba viva. Una misteriosa mujer negra que se convierte en mantis religiosa y se queda con el botín de un atraco casi perfecto que acaba en un baño de sangre. El carácter obsesivo de un escritor de novela negra que lo lleva a convertirse en un asesino cuando comienza a sospechar que su cerrajero no es hombre de fiar... En La mujer ígnea y otros relatos oscuros, de muy diversa factura fronterizos todos ellos con el género negro y el fantástico, el lector encontrará distintas e inquietantes miradas a la parte más oscura que todos llevamos dentro.

LA FRONTERA SUR (Almuzara, 2010)
El territorio de Mike Demon, un vendedor de seguros de vida apacible, se extiende desde Los Angeles hasta el sur de California. La suya es una existencia trivial, marcada por el nomadismo de su oficio, hasta que un día cruza la frontera de México y llega a Tijuana. Todo experimentará un brusco giro al conocer a Carmela, la guapa camarera de un restaurante de la ciudad fronteriza. Entre ellos brotará una pasión tan estimulante como arriesgada con la que Demon bordeará el abismo y conocerá de primera mano los peligros y miserias del Tercer Mundo que se agazapa a sólo un tiro de piedra del primero. La Frontera Sur es una novela negra ambientada en la divisoria que separa dos mundos tan diferentes como próximos: Estados Unidos y México. Pero es también una memorable historia de amor en la que sus dos protagonistas se ven arrastrados por el fatalismo de un mundo en el que imperan el crimen y el instinto de supervivencia. José Luis Muñoz regresa al lado más duro del género negro para ofrecernos una turbadora historia por la que transitan amantes que aspiran a un paraíso ficticio, policías corruptos y sanguinarios, sicarios y asesinos psicópatas. Una novela brutal que brinda un recorrido por los infiernos más recónditos del ser humano.

EL CORAZÓN DE YACARÉ (Imagine Ediciones, 2009) En Macladán, un país latinoameriano bañado por las aguas del Pacífico, la dictadura del general Duarte siembra el terror por doquier ahogando cualquier oposición política en sangre. Nelson Correa, un polcía del grupo de tareas, experto en interrogatorios que suelen acabar en muerte, recibe un extraño encargo de Santiago O'Higins, el ingeniero plutócrata que maneja el monopolio telefónico del país: averiguar quién es y qué quiere una atractiva india, Yacaré de Wilson Frades, que le sigue a todas partes y cuya presencia le causa viva inquietud.

EL MAL ABSOLUTO (Algaida, 2009) Una periodista de la ZDF hace coincidir en un documental televisivo a Günter Meissner -ex oficial de las SS de Auschwitz y ahora acaudalado empresario- y a Yehuda Weis -un superviviente del campo de exterminio que vive casi en la indigencia-.
Meissner, con absoluta frialdad y hasta con orgullo, relata ante la cámara las atrocidades cometidas. Cuando Yehuda Weis ve el documental, y descubre en la pantalla de su televisor a su carcelero, el hombre que lo salvó y condenó al mismo tiempo, comprende las razones por las que escapó del Holocausto y ha sobrevivido todo este tiempo: para ese crimen no hay olvido ni perdón posible.
José Luis Muñoz, con un lenguaje desnudo y conciso, construye en El mal absoluto una novela demoledora sobre una venganza aplazada en el tiempo, a medio camino entre la investigación periodística y la fi cción literaria. Una reflexión en voz alta acerca de la condición humana, el mal y sus raíces, un relato extremo sobre el horror en un trhiller que aborda, desde una nueva perspectiva crítica, el período más oscuro de la humanidad y su hecho mas atroz: el Holocausto.

LA CARAQUEÑA DEL MANÍ (Algaida, 2008) Macario, un ex miembro de la banda terrorista ETA que vive un exilio dorado en Caracas como asesor literario de una importante editorial venezolana, recibe la visita de dos de sus camaradas para que se reincorpore a la lucha armada porque la organización sufre un profundo descalabro. Su negativa a hacerlo provocará un rosario de anécdotas violentas y persecuciones en las que se verán implicados los etarras, los servicios secretos españoles, la policía venezolana y las bandas de violentos delincuentes de los cerros de la capital. La situación de este vasco aclimatado al Caribe se complicará sobremanera cuando entre en su vida La caraqueña del Maní, una espléndida y sensual mulata que conoce en una sala de fiestas de la capital.
Jose Luis Muñoz, con un lenguaje rico y colorista en el que se funde la sensualidad caribeña, el género negro, el relato de acción y la novela con trasfondo político, monta un perfecto thriller de rabiosa actualidad que atrapa al lector en sus páginas. La caraqueña del Maní reflexiona, a través de su protagonista atormentado por el pasado, sobre la inutilidad del terrorismo y la expiación de la culpa.

VIAJEROS DE SÍ MISMOS (Brosquil, 2007) Un camarero que escucha las conversaciones de los comensales del restaurante del hotel de Cangas de Onís en donde trabaja y se obsesiona por una mujer madura, su marido y el intruso que viene a turbar su apacible estatus matrimonial; un detective hueiebra¬guetas que vampiriza la vida de sus clientes y cruza la península hasta Mojácar detrás de un supuesto mari¬do infiel que le deparará una sorprendente lección; unos viajeros frustrados por la niebla que oculta de sus ojos las singulares Médulas que han motivado su viaje a Ponferrada; un más que maduro escritor que busca la paz de Grazalema para corregir las galeradas de su próximo libro y se enamora platónicamente de la chica que viene a adecentar el viejo molino en donde se aloja; un fotógrafo que se pierde en la belle¬za nívea del Valle de Arán en invierno y no hace caso de las advertencias de la naturaleza.
Cinco historias de viajes, cinco itinerarios por el inte¬rior de la península, de norte a sur, escritos en hote¬les, retazos de paisajes, olores y sabores en los que José Luis Muñoz, novelista y viajero, altera ligeramente la realidad para hacer de ella ficción. Cinco narraciones cruzadas por el humor, la ternura y el sentimiento en donde el detalle preciso traslada al lector a esos cinco enclaves diversos.

ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRIGUEZ PACHÓN (Algaida, 2006)En un vertedero de la Habana aparece el torso de una mujer sin cabeza. Rodríguez Pachón -un veterano policía desencantado, lector de Faulkner y Hemingway, y devoto del viejo cine negro norteamericano- se hace cargo de la investigación auxiliado por el joven Vladimir. Dos agentes de generaciones muy diferentes que habrán de bucear en un submundo caribeño que nada tiene que ver con el paraíso prometido en las agencias de viajes.
Entre el son, las jineteras, los mojitos y daiquiris y los viejos palacios desconchados se desarrolla esta intriga policiaca, a través de una vorágine de violencia y camino de un final tan sorpresivo como inevitable.
José Luis Muñoz pinta en Último caso del Inspector Rodríguez Pachón, que obtuvo el IV Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, el retrato colorista de una de las ciudades más hermosas y sensuales del mundo, pero acercándose -dijo Javier Rioyo, miembro del jurado- "con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad".

LLUVIA DE NÍQUEL (Algaida, 2004) "Impresionante novela ambientada en el mundo del juego en Las Vegas. Muñoz es uno de los grandes escritores del género en España, aunque su nombre haya sonado menos que el de otros... un autor diez." (Recomendaciones febrero 2006, llibrería Ítaca de Gijón) Mike Demon es un vendedor de seguros que pasa la vida en la carretera y odia el juego por oscuras razones familiares. Una avería en su automóvil le Ilevará hasta Las Vegas, y su profunda desprecio por la meca del juego se irá convirtiendo en fascinación, hipnotizado con el neón de sus luces y el tintineo de las monedas en las máquinas de juego, la Iluvia de níquel.
Lluvia de niquel es una novela envolvente y atmósferica sobre la pasión destructiva del juego y la soledad entre multitudes, la crónica del descenso a los infiernos de un personaje sin redención posible, con la que José Luis Muñoz rinde tributo -como ya hiciera en Mala hierba- a los maestros del género negro norteameriacano. La falsa alegría de las Vegas, paradigma de la doble moral norteamericana, es retratada aquí como una tentadora Babilonia en medio de una sociedad calvinista y en una época en la que el país debe decidir entre el liberal Dukakis y el duro Bush padre. Un relato duro y sin concesiones que narra un uiaje a la parte más oscura del ser humano.

LIFTING (Algaida, 2000) Eduardo Llampart -un abogado especializado en divorcios y escritor de novela negra en sus ratos libres- ha superado sus años de joven inconformista para convertirse en un ciudadano integrado en la sociedad de consumo y que cree tenerlo todo: un adosado en una urbanización de Sant Cugat, una esposa enamorada -a pesar de que todos sus amigos ya se han divorciado-, dos hijos y un perro. Pero un día su mujer decide operarse los pechos, su hija le pide una rinoplastia como regalo de cumpleaños e incluso su propia apariencia es criticada por toda la familia: todo ello evidenciará la fragilidad del mundo en que hasta entonces había vivido.
Ironía, destreza narrativa y un ácido sentido del humor son las claves de esta novela donde la frivolidad adquiere la envergadura de tragadia cotidiana. Lifting mereció el prestigioso Premio de Novela Café Gijón, uno de los galardones con más solera y prestigio del panorama literario español, que acaba de cumplir el medio siglo.

PUBIS DE VELLO ROJO (Tusquets, 1989) Pubis de vello rojo de José Luis Muñoz obtuvo por mayoría el XII Premio La sonrisa vertical en enero de 1990. El jurado valoró la delirante fantasía con la que el autor funde el género de la novela negra o de terror -que ahonda en la exploración de los ambientes marginales de una ciudad portuaria como Barcelona, de la naturaleza perversa de los personajes y de las pesadillas en que viven sumergidos- y el género de la novela erótica que, en este caso, arraiga en los infiernos restituidos literariamente por un Marqués de Sade o un Pieyre de Mandiargues.
Para ejercer su oficio, el más antiguo del mundo, una atractiva pelirroja abandona su lujosa residencia dejando en el lecho a su amante ; tan ambigua como la novela que protagoniza, acude a sus citas comportándose como una auténtica devoradora de hombres y una experta en placeres límite. A la misma hora, un hombre derrotado y amargado sale de su escondrijo enfurecido : tras cometer un acto delictivo, se siente traicionado por la mujer que años antes había sido suya y cuyo recuerdo no le ha abandonado desde entonces ; frustrado pues en el terreno amoroso, el único que da sentido a su vida, sólo encuentra descanso en un vagabundeo que cree le ayudará a olvidarla, o a buscarla a través de otras mujeres. Y ambos se lanzan en medio de la dura noche barcelonesa. A medida que avanza la noche, los dos se internan en un laberinto de deos, de encuentros y desencuentros regidos por un peligroso destino empeñado en confundir presente y pasado, placer y dolor. Pocas pero trepidantes horas bastarán para cambiar definitivamente su vida.

BARCELONA NEGRA (Júcar, 1985) Barcelona año 2005. Una sociedad violenta, despiadada. Una sequía se abate de forma pertinaz sobre la Ciudad Condal. El agua escasea. La urbe se pudre por dentro. La violencia impera en sus calles. No existe moral. Una prostituta aparece degollada en su apartamento. Nadie ha visto nada. Un policía nada escrupuloso investiga con métodos poco ortodoxos. El policía está tan podrido como la ciudad que vigila. La gente muere en la calle, como perros. Los ancianos son invitados a suicidarse. Segunda novela publicada por José Luis Muñoz, Barcelona Negra (Premio Azorín 1985) es una obra descarnada, violenta y virulenta que ofrece una visión tremebunda y caótica de la sociedad del futuro. todo está americanizado, la gente no lee, la imagen se ha adueñado de las mentes y la única relación posible entre los humanos es la violencia y el sexo.

EL CADÁVER BAJO EL JARDÍN (Júcar, 1985) El cadáver de un hombre desnudo aparecer en el jardín de la mansión de un maduro profesor de literatura. No lo conoce, no sabe cómo llegó hasta allí, ignora el móvil del presunto asesinato. La investigación policíaca corre pareja con la introspección a qué, a través de la narración, se somete el protagonista, en un crescendo que deviene imparable hasta su sorprendente final. Una novela negra "impura" en la que se dan cita varios géneros narrativos -la novela psicológica, el fantástico, el terror- punteada con toda clase de referentes culturales y generacionales. Con El cadáver bajo el jardín José Luis Muñoz obtuvo el Premio Tigre Juan de Novela Corta 1985.

PRESENTACIONES DE LIBROS

PRESENTACIÓN EN EL FNAC DE MÁLAGAPúblico selecto y reducido en FNAC Málaga. Lectoras y amigas virtuales que se corporeizaron y tomaron asiento en el Forum de la librería malagueña, más algún caballero, cuando todavía la ciudad seguía bañada con una bonita luz mediterránea. Fue una presentación exquisita, regida por el saber hacer del presentador, José Luis Zacagnini que estuvo mordaz e ingenioso, elucubrando, puesto que en mi libro de relatos abunda la fantasía, sobre mi identidad.
─No crean que se encuentran ante José Luis Muñoz sino ante uno de sus personajes. De tanto crear tipos para sus novelas se ha convertido en uno.
El profesor de Psicología la Universidad de Málaga trazó un símil gastronómico sobre los libros a presentar.
─Les aconsejo que empiecen por el libro de relatos, si no conocen a su autor, que es como una especie de menú degustación, en donde encontrarán de todo y muy variado, y pasen luego a la novela, que es plato fuerte.
Se extendió hablando de mi curriculum literario, de la solvencia de los premios literarios que había obtenido y del aspecto visual de mi literatura, y no sólo visual.
─Leyendo un capítulo de La Frontera Sur, en el que un pickup avanza por una carretera desértica estuve a punto de hacer el gesto de subir la ventanilla porque me ahogaba con el polvo.
Del libro de relatos señaló uno como preferido, Una extraña herencia, que empieza como un relato muy realista y de pronto, sin saberse cómo, hace un guiño y se convierte en relato fantástico e inquietante.
Achacó el haber ganado La Sonrisa Vertical el que tan bien resueltas estuvieran las escenas de sexo. Resaltó el elemento fantástico de las narraciones que se fusionaba con lo negro y la dificultad de leer algunas páginas por su realismo, que lo conturbaba.
De La Frontera Sur dijo que era una de esas novelas que produce enganche, no se puede dejar. Que la devoró en tres jornadas y eso que es voluminosa. Que dentro hay todos los ingredientes del género y una relación muy adictiva del protagonista, el poco recomendable Mike Demon, con una chica mexicana que le lleva directamente a la perdición. Y tras recomendar encarecidamente la lectura de los dos libros, me pasó la palabra.
No es nada habitual, para un escritor, tener que presentar dos libros al mismo tiempo, porque dé la casualidad que dos editoriales, que no estaban confabuladas entre sí, así lo decidieran, pero eso mismo sucedió en el inicio de mi carrera literaria, en el año 1985, cuando presenté mis dos primeras novelas, El cadáver bajo el jardín y Barcelona negra que además aparecieron en la misma colección Etiqueta Negra de Júcar.
Seleccionar los relatos que deben componer un libro como La mujer ígnea y otros relatos oscuros es una labor tan ardua como peligrosa. El criterio del autor es tan subjetivo que puede invalidar su selección. Me serví, entonces, de otro baremo, más neutro y ajeno a mí: reuniría relatos premiados, escasamente difundidos, más otros que han aparecido a lo largo de los últimos años en diversas antologías y revistas. Pero corría el riesgo, bajo ese criterio de selección por el que otros —miembros de jurados o compiladores de relatos para las antologías— habían escogido mis mejores relatos, que el resultado fuera un libro disperso, un cajón de sastre temático y genérico en el que todo tuviera cabida. Una vez ordenados, y releídos, me di cuenta de que el azar había jugado sus cartas a mi favor. Todos los relatos, sin excepción, podían enmarcarse dentro de los dos géneros que más he cultivado a lo largo de mi carrera literaria, el negro y el fantástico, y algunos tenían rasgos de ambos. Además, me di cuenta de que el orden de los relatos, que yo creía fortuito, obedecía a una lógica interna precisa, que el libro se abría con un relato sobre el horror pasado, la guerra civil española, y se cerraba con otro sobre el horror presente, la llamada guerra contra el terrorismo, que el primero estaba próximo en la geografía, pero lejos en el tiempo, y el otro a la inversa, geográficamente muy lejano, pero temporalmente muy cercano.
Se tiende a considerar al relato como pieza menor frente a la novela. Craso error. El relato es una narración cerrada sobre sí misma en la que el autor no se puede permitir el lujo de la digresión, que deja para la novela. El relato, por su brevedad, tiene que enganchar desde la primera a la última línea sin bajar la tensión. El relato, por su factura misma, por su confección en un breve lapso de tiempo, mantiene un tono y un ritmo que la novela no consigue.
El libro, a pesar de que, como he dicho anteriormente, todos sus relatos se muevan entre lo negro y lo fantástico, es diverso y nada reiterativo, porque cada pieza que lo integra, algunas muy breves, otras más largas, difieren en tema, estilo y tono.
Hay relatos de una violencia extrema; otros en los que se cuela el humor y la ironía; los hay que intentan producir escalofríos; negros sí, pero profundamente eróticos; que se mueven en los vericuetos mágicos de la literatura, que es un mundo misterioso en sí mismo; en donde el amor no se sabe si fue realidad o sueño, y quizá no importe; bélicos y de anticipación; gastronómicos e insectofóbicos; sobre el clásico atraco que se resuelve de forma imprevista; de víctimas del más espantoso genocidio; de pandilleros y psicópatas; a uno y otro lado del Atlántico; en uno y otro extremo del mundo.
Lo que sí fue totalmente personal fue la elección del título del libro, que tomé de uno de mis relatos favoritos, La mujer ígnea, que una vez que escribí y leí me di cuenta de que era un homenaje inconsciente a Julio Cortázar, el gran maestro indiscutible del relato que me enseñó a jugar con las palabras.
Y vayamos con la novela. No creo que sea La Frontera Sur una novela negra al uso, como seguramente no lo son mis catorce novelas negras que la precedieron, porque, para empezar no hay una trama enrevesada y detectivesca, no hay demasiados asesinatos, que lo hay pero empiezan muy mediada la novela, y sí, en cambio, una descripción exhaustiva de escenarios, que empiezan con esa detallada visión de Los Ángeles, casi a vista de pájaro, con la que se inicia la novela y sigue luego con Tijuana, el otro eje geográfico. Y son esos dos polos, esas dos ciudades tan poco distantes pera tan distintas, antónimas, protagonistas necesarios, no diré que principales, de la historia que quiero contar.
¿Cómo surgió la novela? Pues, como me sucede últimamente, de un viaje. Hace más de veinte años crucé esa frontera sur que separa esos dos gigantescos países que son Estados Unidos y México, viaje por la Alta y Baja California, un escenario paisajístico casi idéntico, y quedé sobrecogido por el abismo que era capaz de crear una frontera aleatoria que partía en dos el territorio, porque lo que había al norte de la frontera nada tenía que ver con el sur. Tijuana, por aquel entonces, ya era, como ciudad fronteriza en la que se agolpaban todos los desheredados del continente latinoamericano para alcanzar el supuesto paraíso ficticio del norte, una ciudad peligrosa, pero, ni de lejos, la que se ha convertido ahora con esa guerra mal diseñada que el gobierno mexicano libra contra los carteles de la droga que causa tantos muertos. En Tijuana había alegría desbordada con música de mariachis, borracheras de tequila barato, y la miseria más absoluta en sus sórdidos prostíbulos, en las redes de esos polleros sin escrúpulos que pasan por muchos dólares pollos, emigrantes clandestinos, por la frontera sin ninguna garantía de éxito, y corrupción policial que es la norma de un país que tiene un record tan triste como increíble que sin duda es un acicate para los malhechores: el 98% de los delitos no se resuelven nunca.
Y en medio de ese paisaje vasto y desolado, bajo un sol infernal que quiero queme la piel de los lectores, tienen lugar dos historias condenadas a cruzarse, porque parecen fatalmente predestinadas a hacerlo: la del agente de seguros Mike Demon que vive en Los Ángeles, viejo conocido que arranca de una novela anterior que es Lluvia de níquel y de la que La Frontera Sur es su antecedente, un tipo sinuoso con una doble vida, la familiar apacible y perfectamente estructurada con esposa e hijo en una idílica urbanización de clase media de Los Ángeles, y la marginal, la adictiva y oscura marcada por el sexo compulsivo con desconocidas y prostitutas que le proporcionan la carga de adrenalina suficiente para seguir sobreviviendo a una vida sin alicientes, y en el otro lado la de Fred Vargas, un corrupto jefe policial mexicano sin ningún tipo de escrúpulos, violento, que, como dice en una ocasión, quiere ajustar cuentas con el vecino del norte que les arrebató en el pasado tanto territorio y les impide ahora pisar lo que fue suyo.
El nudo de esta novela, que creo debe de leerse de un tirón, sin respiro, para mejor apreciar lo que de tragedia griega tiene, de inevitable, se produce cuando Mike Demon cruza esa frontera, se adentra en Tijuana y se enamora de una prostituta forzada a ello, Carmela, bella e inocente, blanca entre personajes oscuros y depredadores que la explotan sin miramientos, y lo que el americano cree es una simple pasión sexual más, como sus anteriores, acaba convirtiéndose en una relación adictiva que le obliga a pasar una y otra vez la frontera para encontrarse con ella, y su relación con Carmela le llevará a tomar contacto con un submundo indeseado con el que nunca se habría cruzado de no haberse enamorado de esa persona que él sabe inadecuada pero que no puede apartar de si. Por lo tanto La Frontera Sur es también una novela que trata de cómo la pasión anula la razón.
No les voy a contar más. Sólo decirles que, como casi todo lo que escribo, mi literatura es sensorial y envolvente, que creo que La Frontera Sur es una novela que se ve, se escucha, se huele y se palpa, que los ambientes y los personajes secundarios tienen una importancia crucial, que intento meter al lector dentro de la historia para que se estremezca como el autor se ha estremecido mientras la escribía, que es una historia de amores y crímenes, de verdugos y víctimas, separados por una frontera que queda visualmente clarificada en la portada del libro con esa serpiente de cascabel que la cruza una y otra vez, que como dijo con acierto mi amigo y también escritor Ricardo Bosque, es una novela de malos y peores en la que se corre el peligro de identificarse con uno de ellos, con Mike Demon, ese tipo corriente que actúa con una lógica aplastante y es tan peligroso como su antagonista, al que se le ve venir y al menos no engaña.
Que ustedes la disfruten, o la sufran, en compañía de Mike Demon y Fred Vargas.

EL LARGO ADIÓS

JAUME CARBONELLHace unos días una persona muy cercana, después una larga conversación, me deslizó al oído una mala noticia. No sé si decírtelo, ¿sabes quién se ha muerto? Jaume Carbonell. Te lo digo porque sé que le habías dedicado un relato. Tiene buena memoria. En el ya lejano 1989 publiqué, dentro del libro de relatos La lanzadora de cuchillos y otros relatos eróticos (Icaria), que Manolo Vázquez Montalbán tuvo la generosidad de prologar, un relato titulado La mujer cíclica que dediqué a quien ahora mismo no sé dónde está y me deja un vacío.
A mí Jaume Carbonell, tipo tranquilo y de apariencia plácida, siempre me pareció, por su físico, un pintor impresionista francés. Quizá fuera una reencarnación de Renoir. Suavemente grueso, con panza de quién disfruta de los placeres del yantar y del buen beber, lucía siempre una enmarañada barba y ocultaba ojos muy vivos tras los cristales de sus gafas. Durante años coincidimos en las páginas del Butlletí, la revista mensual de la Asociación de Empleados de la Caixa en la que publico reseñas cinematográficas desde hace veinticinco años. Muchas de las portadas de la revista, en uno de sus periodos, salieron de los pinceles de Jaume. Sus cuadros eran un canto a la vida, llenos de luz mediterránea y coloridos, hermosos, decididamente naifs y fue siempre fiel a su estilo, algo que es poco habitual en un pintor.
Qué mejor homenaje que el relato que aquí ofrezco, La mujer cíclica, una pieza curiosa que bascula entre realidad y ficción, recorrida por erotismo desbordante, en el territorio de la duermevela, con un escritor que encuentra las notas perdidas de un pintor en el cajón de una cómoda de la casa que alquila. Y para paliar la oscuridad del relato lo ilumino con reproducciones de ese amigo que se ha ido y engrosa la cada vez más larga lista de los ausentes en la que acabaré figurando.



LA MUJER CÍCLICA
© José Luis Muñoz

A Jaume Carbonell, pintor.

No se consideraba supersticioso, pero al traspasar la puerta del apartamento tuvo la extraña sensación de que entraba en un mundo aparte y como prohibido.
Era un diminuto piso del barrio de Gracia de apenas treinta metros cuadrados y el casero se lo había dejado por el módico alquiler de treinta mil mensuales. «Es ideal para escribir», le había dicho, « ¿porque usted me ha dicho que lo quiere para escribir?» Era silencioso y oscuro en extremo. Sus ventanas se abrían a un patio interior y lo más que llegaba a él era el rumor de los cuchicheos de las mujeres mientras colgaban la ropa en los tendedores. Tenía el suelo cubierto con unas baldosas muy curiosas, de cerámica antigua catalana, las paredes descascarilladas con la pintura amarillenta del humo y los años, y unos muebles ancianos y herrumbrosos que debían estar comidos por la carcoma.
—¿Quién vivía aquí antes?
—Un pintor.
—¿Qué fue de él?
Le vio dudar un instante antes de contestar, como si sopesara el efecto de sus palabras y su conveniencia, pero debió pensar que ya tenía firmado el contrato y nada perdía con su confidencia. —Se suicidó.
Ahora aquel «Se suicidó», mientras traspasaba las puertas de las sucesivas habitaciones, le golpeaba de forma intermitente el cerebro y no cesó hasta que abrió todas las ventanas del apartamento y una bocanada de aire fresco irrumpió como un vendaval en su interior desalojando el olor pesado a cerrado que reinaba.
Fue a cenar a una tasca, y, mientras comía un par de huevos fritos con beicon y bebía una jarra de fresca cerveza, no pudo dejar de pensar en las circunstancias harto extrañas que le habían impelido a coger ese apartamento angosto, oscuro y rancio en el popular barrio de Gracia. Debía dar gracias de ello a su malsana pasión de escritor que le tenía vampirizado desde hacía casi dos años y le había ido alejando sucesivamente de su trabajo, de su esposa y finalmente de sus hijos. Ante la disyuntiva de yo o la literatura, que había sido el ultimátum dado por ella cuando su situación había llegado a un punto límite de incomunicación, y el quehacer literario le absorbía casi por completo las veinticuatro horas del día, no había dudado en optar por la literatura. Hubo de partir, hacer sus maletas, coger su máquina de escribir y peregrinar buscando un lugar tranquilo en el que poder recogerse y crear.
Volvió al apartamento pasadas las doce de la noche. No tenía sueño, se había tomado después de la frugal cena un par de cafés, y se sentó en un butacón con una botella de coñac en una mano y un vaso en la otra. El aire fresco de la noche veraniega penetraba por la ventana abierta e incluso se vislumbraba un retal de cielo tachonado de estrellas.
No tenía sueño, ni tampoco ganas de escribir. El folio permanecía en blanco, aprisionado por el rodillo de la máquina, y el vaso vacío de cristal le hacía compañía. Encendió un cigarrillo y recorrió a pequeños pasos el salón. Sintió entonces como una punzada extraña entre las vértebras, algo parecido a un escalofrío pero que no tenía ningún sentido, y sus ojos se dirigieron casi sin querer hacia una vieja cómoda coronada por un espejo. Se aproximó a ella. No tenía nada de particular; la madera estaba perforada por cientos de túneles, obra de espeleología de las diminutas carcomas, y el cristal rayado duplicaba su cara ojerosa, de pelo entrecano y barba de dos días que le otorgaba un aspecto decididamente sombrío. Abrió entonces, uno por uno, los cajones de la cómoda y se llevó un sobresalto al advertir en uno de ellos un cuaderno de piel. Lo cogió con sumo cuidado. Alguien lo había dejado olvidado allí, posiblemente un inquilino de aquel apartamento, quizás el pintor suicida, se dijo mientras con el cuaderno aprisionado en las manos, como si de una joya valiosa se tratara, iba a sentarse en el sillón y se situaba bajo el haz de luz de la lámpara de pie.
Le bastó hojear unas páginas al azar para comprender que se trataba de un diario y se sintió un poco delincuente violando una intimidad ajena mientras devoraba con los ojos el contenido de aquellas páginas y uno tras otro colmaba vasos de coñac hasta los bordes y encendía cigarrillos.

Barcelona 9 de Setiembre.

Merche no ha querido recibirme. La he estado llamando durante todo el día pidiéndole, más que pidiendo suplicando, una cita y no ha habido manera de conseguirla. Noto que me odia, que no quiere verme nunca más y yo soy un estúpido por andar arrastrándome tras ella. ¿No hay cientos de hermosas mujeres que me están esperando abiertas de piernas? Pues entonces.

Barcelona, 10 de Octubre

Su odio hacia mí llega a límites difícilmente soportables. Si no fuera porque soy un hombre pacífico, que odia la violencia hasta extremos enfermizos, ya le habría echado las manos al cuello y se lo hubiera apretado suavemente hasta ver salir de su linda boca su lengua ennegrecida por la asfixia. Me doy cuenta de que trata de poner a mis hijos en mi contra, de que les está convenciendo de que su padre es un monstruo pervertido y vicioso, un ser alucinado, lo noto en las miradas asustadas de ellos cada vez que vienen aquí a pasar los fines de semana conmigo. ¿Monstruo? ¿Monstruo es amar la pintura, invertir tu tiempo libre en intentar plasmar en un lienzo lo que tus ojos aprehenden de esta lastimosa ciudad en ruinas? Los artistas somos seres envueltos en tinieblas, incomprendidos, que vagamos por la noche eterna del arte sin que nadie sienta otra cosa que conmiseración, una raza aparte de lunáticos condenados a dejar de existir en esta sociedad cada vez más mecanizada que camina hacia la robótica del alma. Si estamos casados somos considerados adúlteros. ¿Nuestra amante? El arte. Y ellas no pueden soportar el que alguien inmensamente superior, intangible, sin envoltorio carnal, les robe el espacio hedonista a que están tan bien acostumbradas.
Barcelona, 15 de Octubre

Se llama Amaya y es vasca. La encontré aterida de frío en un portal tocando con su flauta una linda pieza de Mozart. Tenía el sombrero vacío de dinero y los transeúntes pasaban muy rápidos por su lado, acuciados por el frío. La he utilizado como modelo para un lienzo. No tiene un cuerpo muy hermoso, más bien todo lo contrario, es muy seca y se le marcan las costillas de una forma lastimosa bajo los diminutos senos, pero tiene un bonito culo redondo y carnoso que no me hace ascos a la hora de ingerir mi semen. La he pintado idealizándola mucho, con unos senos armónicos, casi marmóreos, unas caderas pronunciadas y dulcificando la expresión de sus labios amargos. Se ha sentido herida por el retrato, no me ha dicho nada pero lo he notado, se ha sentido muy herida por él, quizá es porque crea que me estoy riendo de ella pintándola tan hermosa cuando no lo es en absoluto.

Barcelona, 12 de Diciembre

Amaya parece no haber entendido muy bien nuestra relación. No podía estar en el apartamento mientras estén mis hijos. Se ha resistido a partir y casi he tenido que echarla a empujones. Ha sido algo muy desagradable, algo tan desagradable que me ha dejado un sabor de boca horrible y me ha obligado a ir a la taberna para hincharme de vino. Luego he subido al apartamento y he roto su cuadro, lo he destrozado, lo he hecho jirones y lo he arrojado al cubo de la basura. No quiero saber nada más de ella, deseo olvidarla, como un mal sueño, olvidarme de todas las mujeres/cárcel.

Barcelona, 12 de Enero.

Merche ha pedido formalmente el divorcio. Lo suponía y no me he sorprendido por ello. He recibido una burocrática citación de su abogado que he hecho añicos de un modo frío e implacable, imaginando que cada trocito de carta era un trocito de su cuerpo. A veces me da miedo la violencia insensata que me recorre por dentro, de la que enseguida me avergüenzo.

Barcelona, 24 de Enero.

He encontrado a una extranjera rubia en la calle y me he sentido francamente fascinado por su cuerpo. No es un cuerpo perfecto pero sí tiene unos contornos pictóricos. Muchos de mis amigos no entienden porque los pintores muchas veces no preferimos auténticas beldades para modelo de nuestros lienzos. Quizá es que tengamos miedo de enfrentarnos a una belleza casi perfecta y optamos por retratar la imperfección realzándola. Me ha costado mucho convencerla de que se desnudara, que se tendiera en el suelo, abriera las piernas y mostrara su vulva rosada. He querido hacer un cuadro muy detallista, concentrarme sólo en su sexo, abierto entre los muslos como una flor, oferente, sin fijarme en el aleteo nervioso de su nariz, en los estremecimientos de su cuerpo, no sé si de turbación o de deseo, pero yo no la he deseado y la he dejado partir con un beso en la frente y un «hasta mañana».
Barcelona, 22 de Febrero.

Me ha venido a visitar Ricard Pérez. Quiere montarme una exposición y yo estoy encantado con ello. Será la segunda que haga en una sala comercial de prestigio. El problema va a ser localizar todos mis cuadros desperdigados por las casas de mis amiguetes, convencerles de que me los presten. La gente es muy reacia a desprenderse de las obras de arte, aunque les digas que son para una exposición, temen que luego ya no vayas a devolvérselas.

Barcelona, 29 de Febrero.

He tenido una visita inesperada. La rubia extranjera de la vulva rosada y grande se ha presentado de forma inopinada y ha entrado muy excitada en el apartamento. La he estado observando mientras me decía en chapurreado inglés que necesitaba pasar la noche aquí porque no tenía dónde ir a dormir y que se había quedado sin blanca. Debe pensar que soy Papá Noel. A ello debe ayudar mi aspecto bonachón, mi exuberante panza y mis luengas barbas de pope griego. No me apetecía nada, pero luego he pensando que hacía más de un mes que no echaba un polvo y ya me imaginaba penetrando su trasero sonrosado. Por la noche me ha buscado ella, yo hacía que dormía y la rubia nórdica se ha arrastrado por el suelo hasta dónde yo yacía y me ha plantado sin más preámbulos su vulva sobre mis labios. Estaba muy limpia, se había lavado especialmente para la ocasión, me dije, mientras a mi vez le hundía mi pene erecto en su boca y tras unos vaivenes me corría con profusión en su paladar y ella se tragaba mi lengua.

Barcelona, 30 de Marzo.

La he tenido que echar también. Me revienta tener que hacerlo, pero es que sino no se van y yo, para crear, necesito de la soledad. Aparte que ya comenzaba a estar cansado de ella, de su cuerpo, de sus labios perforados cada noche, de su ano violado y de sus redondas tetas rogando siempre mis caricias. Había llegado a un estado en que me sentía saturado de sexo y ansiaba una relación más espiritual.

Barcelona, 2 de Mayo.

Hasta ahora no había reparado en él. 0 sí, había reparado en él pero no le había dado la menor importancia. Es un pliego de hojas amarillentas que supongo pertenecieron a un inquilino anterior y permanecían escondidas en un rincón del armario. Lo he comenzado a leer hoy, sin demasiado entusiasmo, pero muy pronto me he sentido prendido de lo que dice. Lo que allí se cuenta es un relato extraño, algo tan increíble que difícilmente puedo dar crédito a ello. No soy supersticioso, no creo en fantasmas, y todas esas sandeces que se dicen en esa especie de diario deberían provocarme hilaridad, pero no es así.

Barcelona, 3 de Mayo.

La lectura de ese maldito manuscrito me tiene como enloquecido. Está muy mal redactado, peor caligrafiado, le faltan acentos y comas, pero pese a todo yo me apasiono con su lectura como un muchachito de quince años ante el primer libro pornográfico que cae en sus manos. Lo que me revienta es que la lectura clandestina y morbosa de esos pliegos fechados en 1910 me impide hacer otra cosa que no sea beber y fumar en pipa. Hace más de un mes que no pinto una sola tela y ello me atormenta. Pero más me inquieta mi falta de voluntad para desprenderme de estos malditos papeles amarillentos de principios de siglo que parecen haberme vampirizado.
Barcelona, 4 de Mayo.

Pero, ¿cómo puedo yo creer en la existencia de fantasmas? Imposible. El autor de estas páginas que yo, noche tras noche, devoro, sí que cree en ellos. Todo es esforzarse, dice, dejarse llevar por la imaginación, cerrar los ojos y un fantasma, delicioso o terrorífico, te visitará todas las noches. ¡Bobadas! Aunque quizá sí sea así; ¿no estaba rodeado de fantasmas blancos en mis noches de insomnio cuando tenía cinco años? ¿Eran frutos de mi imaginación o realmente estaban allí y sólo la mente pura y no contaminada de un niño era capaz de captarlos?

Barcelona, 5 de Mayo.

Algo raro me ha sucedido esta noche. Ya he finalizado la lectura de las cuartillas amarillentas y trato de olvidar a marchas forzadas su contenido que ha estado ejerciendo sobre mí el efecto de una droga dura. Me he corrido. Hacía que no tenía ninguna polución nocturna desde por lo menos los quince años. Entonces tenía poluciones casi cada día y mi madre me retiraba las sábanas de la cama con orgullo porque su niño se había hecho hombre y yo me sentía muy avergonzado de las enormes manchas que dejaba a diario. ¿A qué una polución con casi treinta y ocho años encima? ¿Vuelvo a la infancia? Claro que llevo casi dos meses sin tirarme a nadie y ya iría siendo hora de buscarse un trozo de carne que pasarme por la entrepierna.

Barcelona, 6 de Mayo.

Ha sido muy decepcionante. La tía era medio puta pero ello no era óbice para que mi conducta sexual haya sido tan desastrosa. Yo lo he achacado en parte a que no me haya dejado hundírsela entre sus labios negros como hubiera sido mi deseo oscuro, pues tenía una curiosidad estética por comprobar el efecto cromático del semen blanco derramándose por su barbilla oscura de melanina. Una guineana pequeña, gordita y del oficio, con más de una enfermedad venérea, pero no había encontrado nada mejor en la calle. Cada vez que conseguía una erección y caminaba hacia ella orgulloso, con mi miembro en la mano, dispuesto a hundírselo como una espada en su sexo, tropezaba con su pelambrera hirsuta y áspera como un estropajo de su sexo y ello me destrempaba automáticamente. Ha sido una noche de pesadilla. Finalmente he entrado en el lavabo a masturbarme para saber si el problema era mío o de la negrita. Era mío.

Barcelona, 7 de Mayo.

Una nueva polución y ahora recuerdo algo muy extraño. Había estado con alguien en la cama, una muchacha muy pálida que apenas hablaba y que cerraba sus muslos sobre mi pene mientras mis manos acariciaban sus tetas gélidas. ¿Por qué gélidas? Y, ¿cómo es que no estaba ahora a su lado?

Barcelona, 8 de Mayo.

La extraña desconocida me visita por las noches. La recuerdo perfectamente. Hace el amor de una forma muy clásica, como si viniera de otro siglo, y toda ella, desde el cuerpo hasta la cara, me produce una sensación de antiguo. No me consiente que le meta el miembro en la boca ni tan siquiera lo besa, se limita a yacer a mi lado, a abrir discretamente los muslos y dejar que me vaya dentro. Sin embargo me corro fuera, porque las sábanas de la cama están manchadas. ¿Marcha por las noches, cuando ya todo ha terminado?
Barcelona, 9 de Mayo.

Esta noche todo ha sido más extraño si cabe. He encontrado mi semen desparramado por el pasillo, grandes cantidades de esperma fresco que he recogido con una bayeta. Mientras tomaba mi desayuno he tratado de recordar en qué había invertido la noche pasada. Sí, ella estaba presente, pero no hizo el amor conmigo en la cama, fue en el pasillo, y yo la sostenía firmemente por las caderas mientras una y otra vez la dejaba caer sobre mi miembro.
Barcelona, 10 de Mayo.

Ella sólo viene cuando duermo. Pero no es un sueño. Cada vez duermo más, y no es por desidia. Quiero estar con ella el máximo tiempo posible. Estoy obsesionado por saber qué textura tienen sus labios, por explorar el interior de su garganta con mi miembro. No tomo café, me tiendo en la cama a media tarde, cierro los ojos y espero. A veces tarda una eternidad en venir, pero cuando lo hace la dulzura del momento no admite parangón.

Barcelona, 11 de Enero.

Parece que paulatinamente me voy despegando de las cosas terrenales de este mundo. Hoy me han cortado el teléfono y ayer fue la luz. Tengo un montón de cartas acumuladas, de facturas, de reclamaciones, de recibos impagados que me introducen por debajo de la puerta. Llaman a veces insistentemente y yo hago ver que no estoy. Realmente no estoy. Sólo estoy para ella, y ella no precisa de puertas ni ventanas para estar conmigo.

Barcelona, 12 de Mayo.

Me gusta follarla, follarla con la intensidad que da la pasión, rodear su cintura fría, abrir un poco sus muslos, besar su pubis, en el que a continuación me voy a sumergir, y bailar sobre ella la danza rítmica del amor. No es sexo lo que me atrae de ella sino belleza, porque ella es bella, me recuerda a alguien muy querido, es Venus de Botticelli saliendo de las aguas, con sus suaves cabellos sedosos cayéndole sobre los hombros desnudos. ¡Dios mío! ¡Cuánto la deseo!

Barcelona, 13 de Mayo.

Me lavo y como por ella, sólo por ella, me peino y me visto por ella, sólo por ella, y luego, cuando se desvanecen las luces del sol, me desnudo siguiendo un ritual bien aprendido ante el espejo, y trato de no ver mi abultado vientre que se sumerge bajo las sábanas. La espero con religioso recogimiento, viene con el primer sueño, entra siempre desnuda y desnuda se echa a mi lado, sin hablar, pero sus ojos lo dicen todo. Hay fiebre en su mirada, una fiebre que me arrastra hacia un Más Allá. Quisiera seguirla a donde esté ella. Porque ella no está aquí, no es de aquí, es de otro sitio, y yo ya quisiera estar con ella mañana y tarde.

Barcelona, 14 de Mayo.

Merche estaba detrás de la puerta. La he oído, he oído como gritaba histérica que le abriera, que con ella no valían los trucos, que tenía una citación de los juzgados, que la custodia de los niños la tenía asegurada a la vista de que me había desentendido por completo de ellos en los últimos días. La he dejado gritar hasta que se ha cansado y he oído sus piernas armadas de tacones puntiagudos bajar la angosta escalera hasta la calle. Las ventanas entornadas, la puerta cerrada con dos vueltas de llave, la luz apagada perpetuamente. Si duermo por la mañana, ella viene; si duermo por la tarde, ella viene. Deseo dormir siempre, siempre, para poder tomarla continuamente entre mis brazos.
Barcelona, 15 de Mayo.

Hoy ha sido muy dulce. Se ha sentado sobre mi vientre, de espaldas a mí, y la he visto subir y bajar suavemente engullendo mi pene entre sus nalgas redondeadas en un vaivén imparable que me ha conducido a un furioso orgasmo. Quería tocarla imperiosamente pero mis manos estaban como agarrotadas sobre la cama. La he bañado en esperma.

Barcelona, 16 de Mayo.

Tiene los senos marmóreos, como los de las esculturas. A veces pienso, por la frialdad de su piel, que se trata de eso, de una escultura bajada del Olimpo que se corporiza al contacto de mi carne. Tiene el pezón grande, sonrosado, y el músculo tenso, sin ningún síntoma de flacidez, y la separación que existe entre uno y otro seno no excede de un dedo. Saben a carne fresca y a leche, lo que los hace casi maternos; cuando los succiono con verdadera glotonería tengo la sensación de que de un momento a otro una oleada de líquido cálido me va a inundar mi garganta, y sigo succionando con esa oscura esperanza mientras me abro paso entre sus muslos y dibujo los contornos de su vulva con mi miembro.

Barcelona, 17 de Mayo.

He tomado una decisión. Dormir. Sólo voy a vivir para dormir. Quiero follarla día, tarde, noche y alba. Quiero estar eternamente dentro de su vulva agradable y recorrer centímetro a centímetro su piel marmórea con mis labios impuros. Quiero dormir. La solución está en la cocina, si no me han cortado el gas todavía.

Se resistió a dormir. A la mañana siguiente, nada más amanecer, salió a la calle y se encaminó a las Ramblas. Los barrenderos extendían chorros de agua helada sobre las calzadas y las palomas picoteaban las migajas de pan dejadas la víspera por algún indigente. Vagó todo el día por la ciudad, comió en una tabernucha de mala muerte e intentó llenar unas cuartillas mientras se tomaba un coñac en el Café de la Opera. Se hizo de noche muy temprano y se hundió en la penumbra de un cine en el que visionó una película sin argumento ni actores. Salió a la calle y continuaba siendo de noche. Compró el diario y regresó a su apartamento, muy despacio, tan despacio que cuando introdujo la llave en la cerradura de su puerta el reloj de péndulo de un vecino señalaba las tres de la madrugada. Dentro de cuatro horas amanecería, pensó, mientras cerraba la puerta tras sí y encendía todas las luces, hasta las del lavabo. Se sentó en el butacón y ante el temor de quedar dormido fue a la cocina donde se hizo una taza de café muy cargado. Pese a todo le invadía un sueño profundo que parecía rondar por las paredes del apartamento. Y ya no había más café. Recorrió arriba y abajo la habitación e hizo compañía a una entrañable mosca que se paseaba por el cristal de la ventana. Tras la ventana brillaba la luna y su brillo le producía un extraño estremecimiento. Sentía frío y se sentó en el sillón, pero allí, inmóvil, el frío creció y hubo de levantarse para echarse una manta por encima. Sintió entonces un calor muy agradable, dio cabezadas desesperadas, luchó contra el sueño sabiendo de antemano que la batalla estaba perdida.


LA FIRMA INVITADA

Traigo aquí a un conocido y querido colega de la dolorosa cosecha del 36. Haber nacido en ese año por fuerza tiene que marcar. Ramón Cabrera Naveiras es un escritor de relatos excelente. Este les cortará el aliento. Puro género negro. Y, para acompañarlo, nada mejor que fotogramas de dos inquietantes películas: Henry, retrato de un asesino y Tesis.
EL ÚLTIMO CIRCULO DEL INFIERNO
Ramón Cabrera Naveiras

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Segundo premio certamen de cuentos Villa de Cárcar 2009 (Navarra)


El almacén se encontraba en el extrarradio, cerca de la carretera de circunvalación, en una de las naves industriales que, en desuso desde hacía años, eran ya pura ruina en aquel enorme solar apenas iluminado por las pocas farolas que aún conservaban sus bombillas. Pocas veces la ronda pasaba ya por esa zona. Por alguna razón misteriosa el tráfico de droga y la prostitución callejera no habían elegido aquel enclave solitario, alejado del casco urbano, para su comercio clandestino. La policía lo consideraba un territorio tranquilo, de escasos incidentes, que además muy en breve sería destripado para edificar bloques de viviendas. La elección del lugar, por lo tanto, no había sido hecha al azar.
Por un rótulo de plástico, milagrosamente suspendido de unos ganchos en una marquesina agujereada de uralita, Méndez comprobó que, en efecto, era ese el almacén que antaño se utilizó como depósito de chatarra. El comisario había cogido un taxi para acudir a la cita. Le dejó en la Plaza de España, aun a sabiendas de que luego debería caminar un buen trecho al amparo de la oscuridad hasta las afueras. Su mujer se extrañó de que no utilizara el automóvil. Alegó un problema en los frenos. La realidad es que no deseaba que, fortuitamente, se viera su coche aparcado en el polígono abandonado. Antes de salir de su casa –puso una excusa cualquiera relacionada con su trabajo- preguntó por Clara. No había regresado todavía. Rezongó por lo bajo. Le intranquilizaba que su hija se demorase en volver, sobre todo en invierno y con tiempo lluvioso. Su experiencia como comisario de distrito le había enseñado que esas condiciones ambientales desapacibles despertaban más que nunca los bajos instintos. Se multiplicaban los robos, los asaltos, las peleas, los delitos de sangre. De alguna manera el delincuente se sentía protegido por la lluvia, o el frío, o el color grisáceo del cielo, por la rápida llegada de la noche para cometer sus fechorías. Igual que las alimañas, que los animales de presa. Méndez apretó los puños con rabia ante una idea que, precisamente ese día y en ese instante, le había cruzado el cerebro como una dolorosa acusación. Tal vez por ello evitó contemplarse en el espejo del recibidor al colocarse el sombrero. Luego se cubrió con la gabardina y cogió el paraguas. Ya en la calle advirtió que aún había algo de claridad en el cielo, aunque macilenta y triste. Y recordó, con alivio, mientras daba sus primeros pasos por la acera, que Clara les había advertido durante el almuerzo que ese miércoles tenía ensayo. Formaba parte de un grupo juvenil aficionado al teatro. Quería ser actriz. Con catorce años era ya una mujer espléndida. Demasiado. Algunos tipos la habían llamado de vez en cuando para un casting, pero Méndez le tenía prohibido de momento someterse a pruebas de esa clase. No se fiaba. ¿Cómo iba a hacerlo? Nuevas oportunidades surgirían para la chica en el futuro.
Cuando llegó ya había anochecido. Aun así las señas que le dieron eran tan inequívocas -la última nave a la derecha de la calle central, los muros desconchados con restos de pintura roja muy viva, la marquesina con el rótulo de almacén de chatarra- que no tuvo muchos problemas para orientarse. El polla dura, un cachas búlgaro ya entrado en años, actor en videos X, debía de esperarle frente a la puerta metálica. Eso fue lo convenido. Tuvo que dar un rodeo a la nave para encontrar la entrada. Se ensució los zapatos en el barro mientras sorteaba con dificultad hierros viejos, vigas oxidadas, rejas herrumbrosas abandonadas alrededor del almacén. El polla dura surgió entre las tinieblas como un fantasma. Ya no llovía, pero la noche era cerrada, tenebrosa.



-Hijo puta, me has asustado.
Polla dura tendió a Méndez un pequeño paquete envuelto en un plástico.
-Lléveselo, me quema las manos.
Méndez lo sopesó, le dio la vuelta, se lo guardó en el bolsillo de la gabardina con un gesto de asco. Su solo contacto le produjo escalofríos, la sensación inequívoca de haber ido tan lejos que ya no había marcha atrás. Aquello daba miedo. Siempre mantuvo la esperanza de que alguna circunstancia, un milagro, alguien, incluso alguien, suspendiera o impidiese el encargo a última hora. No había sido así...
-¿No será falso, verdad?
-Por mi madre que no, se lo juro. Cierto del principio al final. Pregúnteselo a Ionescu, él estuvo detrás de la cámara, abajo, en el sótano.
-¿Quién era la cria?
-Yo no lo sé, inspector. De eso no me encargué yo.
Los labios de Méndez se fruncieron con desdén al decir:
-¿Y tú, cabrón? ¿de que te encargaste?
-Dios me perdone.
-Veo difícil que lo haga. A nadie. Porque esto no es ninguna broma. De todas formas, siempre cuídate más de mi que de Él.
Como yo lo hago, pensó enseguida, de alguien. Siempre le llamaba así al referirse a él: alguien. Excesivo poder para enfrentársele, para negarle algo, incluso algo tan abyecto y terrible como lo que acababa de recoger de manos de polla dura. Porque eso era mucho más que un video porno, mucho más que las escenas puercas, sádicas y escatológicas hechas hasta entonces y que alguien, intermediario de clientes desconocidos que a la vez mediaban para otros en una cadena que se perdía en alturas estratosféricas, encargaba a Méndez.
-Esta vez un par de putas morenas. Que les den por el culo y las dejen bien meadas –le pidió unos meses atrás.
Aptas para mentes morbosas, en definitiva no habían ido mucho más allá de lo que podía verse en cintas de este tipo: tal vez la única diferencia entre unas y otras es que en las de alguien debía de ser todo auténtico, sin trucos ni montajes. En un reservado del Club La Rosa de Jericó, un club de alterne, donde el polla dura hacía a veces de barman, se rodaba el material. Su dueño, un tal Ionescu, rumano, antiguo policía de la Securitate y aficionado al porno duro, proveedor en su tiempo de Elena Petrescu, más tarde Ceaucescu, se ocupaba de las filmaciones. Muchachas indocumentadas del Este, engañadas con la promesa de una carrera en el cine, aparecían a menudo en el local para participar como actrices y terminar, bajo amenazas, folladas para los vídeos por polla dura antes de ser prostituídas. Subsaharianos o magrebíes sin papeles, de enormes penes, participaban de vez en cuando para ganarse unos euros.
Pero alguien, hacía de eso ya dos semanas, mencionó lo que ahora Méndez escondía en el bolsillo del gabán.
-¿Has oido hablar de los snuff movies?
Le daba la espalda al hacerle la pregunta. Frente a la cristalera que ocupaba toda una pared del despacho parecía entretenido en mirar la calle, muchos pisos abajo. Como si la cuestión fuese intrascendente; o siéndolo no quisiera ver los ojos de la persona a quien se la hacía.
Méndez titubeó:
-Si –Pero añadió-: Nunca he visto ninguno. Circulan muy bajo mano. Se asegura que la mayoría son un engaño. Igual que la película Holocausto Caníbal.
-Son engañosos si se quiere que lo sean, ¿no es cierto? -Acababa de volverse y le miraba a través de sus gafas oscuras, las manos en los bolsillos, de pie e inmóvil, tanto que a Méndez le dio la impresión de que ni siquiera sus labios se habían abierto. Pero sí, se movieron para decir lo que oyó. Unas pocas frases cínicas, un encargo que ardía como fuego del infierno. Y lo que dijo después-: Tal vez ese... ¿Popescu? ¿Iorgulescu? Da igual, el rumano... Viene de muy arriba el pedido, Méndez, y hay mucho negocio, mucha política en juego. ¿Me entiendes? Quieren algo fuerte, muy fuerte. Más allá del límite. No quiero defraudarles, cojones. Y tú te llevarás un buen pellizco.
Al llegar Méndez a su casa vomitó. Y ni esa noche, ni la siguiente, consiguió dormir. Desvelado, miraba a su esposa, descansando plácidamente a su lado; y más allá, al otro lado del tabique, intuía a Clara, su hija, tranquila en sus fantasías adolescentes. ¿Cómo no fue capaz de presentir hasta donde iban a conducirle unas peticiones cada día más escabrosas? Hipotecas y gastos desmesurados le habían obligado a chanchullos que, de destaparse, hubiesen hecho intervenir a los servicios internos. A alguien, que había descubierto y anotado sus trampas y mentiras, sus negocios en los bajos fondos, sus continuas prevaricaciones, le fue fácil colocarlo entre la espada y la pared. “Tú sigues con tus cosas, le dijo, si a mi me traes las otras. Ya sabes, o estás conmigo o yo estoy contra ti” No tuvo otro remedio Méndez que aceptar. Con una palabra, de un plumazo, con el gesto de un dedo alguien podía acabar con él, suspenderlo de empleo y sueldo e incluso enviarlo a la cárcel. Él era el último eslabón de la cadena, el más frágil, el que si las cosas iban mal pagaría por todos mientras ellos seguirían en sus sillones, en sus casas de lujo, en sus yates, a la espera de que otro imbecil le sustituyera. Nunca avistó el precipicio, sólo el ligero terraplén aderezado con películas de porno duro por el que resbalaba desde algunos meses antes. Pero alguien, de pronto, le lanzaba al abismo; con dos palabras –snuff movies- le condenaba al último círculo del infierno. Atrapado en un engranaje diabólico, alguien y quienes quiera que fuesen los que formaban parte de esa pirámide satánica nunca admitirían ahora una renuncia. Estúpido de él, creyó tener las espaldas cubiertas. Una y otra vez volvía a fijarse en su esposa, en su sueño tranquilo. La sola idea de abandonar representaba un peligro demasiado alto para ella, para los tres. Y más todavía una delación. Era como si tuviese una pistola cargada apuntándole la sien. Tenía que cumplir, obedecer... ¿Pero hasta donde le exigirían que llegara? ¿Había algo más ruin y criminal? Y sin embargo... Sí, Ionescu lo haría.... Por su madre que lo haría.
-Ya no estoy en la Securitate y esto no es la Rumanía de Ceaucescu. Una cosa así, si se sabe, me lleva a presidio de por vida. No me joda usted, Méndez.
Estaban en un rincón oscuro de La Rosa de Jericó, frente a una mesa. Un par de putas charlaban con unos clientes. Polla dura abría una botella de cava detrás de la barra. Ionescu y el comisario, entre silencio y silencio, se observaban como dos adversarios que se midieran las fuerzas antes del asalto final.
-Hay dinero de por medio, coño, dinero, cantidades de dinero, petroleo, influencias... –Méndez clavó la vista en los cubitos de hielo que hacía girar en su vaso de ginebra. Le dolían los ojos por las noches de insomnio. Luego la alzó hacia el rumano-: ¿Quién detiene esto? No hay opción.
-Le digo que no me joda. Búsquese otro.
-Me jode tanto como a ti –Señaló a las mujeres. Tuvo que hacer un esfuerzo para verlas con nitidez-. Sólo por tener aquí a esas dos ilegales puedo cerrarte esta mierda de club. No lo olvides.
Ionescu se revolvió incómodo en su asiento.
-Le he dado pasta a ganar, Méndez. Y muchachas gratis para que se divirtiera con ellas. ¿No ha sido suficiente?
-Tu también has ganado. Y bastante. ¿Acaso en tu puto pais, sin Ceaucescu, habrias podido salir adelante? ¿Cuántos te la tenían jurada? ¿A cuántos mataste o torturaste?
El rumano movió la mano delante de su cara como si espantara una mosca.
-Las leyes eran otras, comisario. No me hable de eso ahora. No estamos allá.
-En el paredón hubieses acabado. Sin juicios. O con un tiro en la nuca en una esquina. ¿Me vas a venir ahora con escrúpulos de conciencia? -Méndez se echó atrás en la silla-. Piensa, como yo lo hago, que en el mejor de los casos la menor acabará de puta, acuchillada por un demente en cualquier descampado, o enferma de sida; o igualmente cadáver para vender sus órganos y salvar la vida de un asqueroso potentado. Déjate de hostias.
-La Rumanía de entonces ya no existe. Y vivimos en España. Usted busca mi ruina.
El comisario se acercó a Ionescu. Hilillos de sangre recorrían, enrojeciéndolos, sus ojos cansados. Acababa de encender un cigarrillo, y las palabras salían de su boca a través del humo. Recordó las palabras de alguien y se las repitió al rumano:
-O trabajas para mí, o lo haces en mi contra. Esto es un callejón sin salida. Yo te procuré pasaporte falso y una nueva identidad. ¿Olvidas que puedo devolverte al pasado?
Se aguantaron la mirada: la de Méndez amenazadora; la de Ionescu atrapada y rencorosa.
-Que hay para mi –preguntó al fin el rumano.
-Trescientos mil euros, y para polla dura cien mil. El veinte por ciento ahora, el resto cuando se me entregue el video. No quiero ni una maldita comisión en este negocio. Y enseguida os largais con viento fresco a Rumanía. Nadie os buscará allí por la película. Simplemente habrá una denuncia por inmigración ilegal de muchachas y el cierre de un tugurio en el que ya no habrá nadie. De lo otro..., de lo otro yo me ocupo. Una secta satánica, una ceremonia ritual con una menor... No me hagas hablar más de ello. Vosotros ya estareis a miles de kilometros.
Méndez no preguntó donde, como ni cuando iba a filmarse la película. Tampoco se planteó si era la velada amenaza o el señuelo del dinero lo que decidió a Ionescu. Lo que importaba es que el snuff movie ya estaba en su poder con toda su carga de maldad, pesado como una losa de la que jamás podría liberarse.
Regresó a su casa de madrugada. Ni una sola luz encendida. Con seguridad Clara y su esposa ya dormían. Detenido en el centro del salón, a oscuras, palpando con repulsión el video en el bolsillo, se puso a reflexionar que hacer con él, donde esconder lo que seguiría oliendo enterrado cien metros bajo tierra, lo que incluso cubierto de hormigón dejaría oir los gemidos de la víctima. En la cisterna del inodoro, si, ese era el mejor sitio, el único por el momento. Pero de improviso le asaltó el presentimiento de haber sido engañado, de que la película estaba en blanco, de que había puesto en manos de polla dura el total de la suma pactada sin que ni una sola escena hubiese sido rodada. No podía exponerse a algo así. Debía examinarla, por muy intolerable que le resultara hacerlo, visionar aunque sólo fuesen las primeras escenas o algunas al azar. Se había acostumbrado ya a la oscuridad y fue hasta el televisor. Colocó el video en el reproductor y se sentó en una butaca. Pulsó el play del mando a distancia y con la respiración contenida esperó. Nada. Nada. Minuto y medio y nada. Nada al cabo de otro rato, sólo el parpadeo, en blanco y negro. Palideció. Aceleró el pase de la cinta. Tal vez más adelante… Nada tampoco. Hijo de puta, hijo de puta… El cabrón de Ionescu le había tomado el pelo y quien sabe donde estaría ahora cargado de euros junto a polla dura, que tan bien había representado su papel al entregarle la falsa filmación. Cerró los ojos mientras renegaba en silencio y apretaba los puños con rabia. El rumano no había tenido cojones para cumplir el encargo; o teniéndolos no le había asustado la amenaza del pasaporte. Intuyó que tal vez no era más que un farol jugado a la desesperada para forzarle. En cualquier caso tiempo tendría para poner tierra de por medio evitando asi participar en un asunto en extremo peligroso. Si, eso es lo que pensó el mal nacido. Trescientos mil euros eran una cantidad enorme para vivir sin problemas en cualquier pais del Este. Méndez le maldijo, y maldijo también a sus muertos. Tenía que actuar, y ya, pero su mente parecía haberse vaciado de toda facultad de decisión. ¿Cómo justificar a alguien el dinero perdido? ¿cómo ajustar las cuentas a Ionescu?
Ni siquiera apagó el televisor cuando, después de unos minutos en los que intentó sin éxito poner orden a sus ideas, se levantó y, como un autómata, avanzó a tientas por el pasillo hacia el lavabo. Le habían entrado ganas de mear. Meando se aliviaría, vaciaría la tensión que iba a reventarle los nervios. Por el camino, desabrochándose la bragueta, advirtió que la puerta de su dormitorio, a la izquierda, estaba cerrada, pero no así la de Clara, situada enfrente. Le extrañó, porque su hija era muy celosa de su intimidad. Asomó la cabeza por el vano y en la penumbra distinguió la cama vacía, sin rastros de haber sido ocupada. Le extrañó. Algo, un vago temor, le revolvió el estómago. Lo descartó. De no haber regresado del ensayo, su mujer le hubiera llamado al móvil, preocupada. No era eso, por lo tanto. En silencio fue a su cuarto. ¿Se habría sentido indispuesta y dormía con su madre? No solía hacerlo. Entreabrió la puerta con cautela, para no despertarlas. Una luz, la de la lámpara de la mesilla de noche, tumbada en el suelo, iluminaba los bajos del lecho, las zapatillas de estar por casa de su esposa, una sábana y la manta revueltas en la alfombra. La pantalla de pergamino estaba abollada, casi quemada por la cercanía de la bombilla. Tuvo suficiente para entender, alarmado, que algo iba mal. La recogió y con ella en la mano vio a su mujer sobre la cama, amordazada, atada de pies y manos, con el camisón puesto. Dejó escapar una blasfemia y le acercó el rostro. Respiraba, pero le hedía el aliento. Intentó despertarla zarandeándola, gritando su nombre, mientras la liberaba de las ataduras y le quitaba el pañuelo de la boca. Inútil. Dormía profundamente el sueño de un somnífero. Miró a un lado y otro intentando descubrir algo en los rincones sombríos de la estancia, detrás de las cortinas que ocultaban el balcón. Desenfundó la pistola. Pensó en un ladrón. De inmediato en un un violador. Se le aceleró el pulso. Entonces se acordó de Clara… ¿Dónde estaba? Recorrió todas las habitaciones, el baño, la cocina, abrió armarios sin encontrarla, la llamó angustiado. ¡Dios! ¿Qué era todo esto? Alguien había ido a por su hija. Sólo a por ella. Y quien quiera fuese, se aseguró bien de que su mujer no pudiera alertarle. La puerta del piso no tenía señales de forzamiento, lo hubiera advertido al introducir la llave. Entonces es que la chica fue abordada en la calle y obligada a facilitarles la entrada. Una vez dentro inmovilizaron a su mujer, la durmieron y se llevaron a su hija. ¿Un rescate? Se precipitó al teléfono, en el salón, por si había algún mensaje. No tuvo tiempo de descolgarlo. A sus espaldas oyó la voz de una chica. Lloraba, le suplicaba que corriera en su ayuda. Se dio la vuelta, confuso y sobrecogido. Esa voz… Tardó, por lo increíble, en reconocer a Clara en la pantalla del televisor; en identificar su rostro desencajado, sus cabellos revueltos, el terror en aquellos ojos llenos de lágrimas que siempre habían sido alegres y chispeantes, sus labios, ahora lívidos, con el inferior temblándole mientras pronunciaba entrecortadas palabras de auxilio… Aun asi, Méndez, en medio del desconcierto, se resistió durante largos segundos a la evidencia. De pie, petrificado, con los brazos caidos a lo largo del cuerpo, contemplaba la escena, que parecía prolongarse eternamente, atónito por lo que veía, incapaz de reaccionar. Ni siquiera se dio cuenta de que se orinaba encima. Comenzaron a temblarle las piernas, un sudor helado le recorrió el cuerpo, la sangre se agolpó en su cerebro, martilleando sus sienes. Se desplomó en el sillón al tiempo que la imagen de su hija desaparecía de la pantalla, el gris parpadeo ocupaba su lugar y, como una maldición, la misma escena volvía a repetirse un segundo después. Hundido en la butaca, los músculos era como si se le hubiesen paralizado. El suyo fue un llanto silencioso, repentino, rígido facialmente, sin expresion alguna de dolor o sufrimiento. Era como si viviese una pesadilla horrenda de la que no podía despertar para ahuyentarla y en la que su cabeza parecía a punto de estallar entre preguntas sin respuesta que se sucedían a velocidad de vértigo. ¿Quién, porque? Pero sólo fueron un par de minutos de confusión. Le siguieron la rabia y un deseo irrefrenable de venganza. Contra Ionescu, puto maldito rumano. Fue él, ¿quién, si no? Y polla dura. No se preguntó las razones. El horror de lo que podían haber hecho con Clara, o de lo que tal vez le estuviesen haciendo ahora, le estaba volviendo loco. Cogió una silla y la lanzó contra la pantalla del televisor, que estalló en mil pedazos.
Salió a la calle en busca de su coche, tropezando en el camino con los muebles, las sillas, cayendo al suelo e incorporándose una y otra vez borracho de sufrimiento. Circuló a toda velocidad por las calles húmedas de la ciudad, desierta a esa hora. Golpeando el volante con los puños, aúllando, frenando y acelerando sin ton ni son, saltándose semáforos y cruces, llevándose casi contenedores por delante, obsesionado por llegar al polígono, al almacén de chatarra, al sótano, para ajustar cuentas con Ionescu, con polla dura, pero sobre todo para intentar salvar a su hija. Pero también con la remota y estúpida esperanza de que, al fin y al cabo, todo terminara siendo sólo la broma cruel de un mal nacido.
Aparcó frente al cierre metálico del depósito, encima de la acera, sobre unos rollos retorcidos de alambre, chocando contra una farola cuya luz amarillenta parpadeó hasta apagarse. Buscó en la guantera la linterna. Con ella en la mano izquierda y en la derecha la pistola se acercó al portalón donde tuvo lugar el intercambio –vídeo por dinero- con polla dura. Estaba medio abierta. La acabó de abrir de un puntapié mientras enfocaba el interior. A pocos pasos, tumbado de espaldas sobre un charco de sangre, el viejo actor porno le miraba con ojos vidriosos. Le habían cortado el pene que sujetaba entre sus labios sin vida. ¿Ionescu? ¿Lo habría matado para quedarse también con su dinero, para eliminar a quien pudiese hablar y huir enseguida? Pero eso le interesaba muy poco ahora. Clara. Ünicamente importaba Clara. Tenía que hallar a su hija, rescatarla de allí y luego…, luego, más tarde, en cualquier momento, esa misma noche, pagaría su culpa reventándose los sesos de un disparo. No merecía vivir, no podía hacerlo. Méndez apagó la linterna, se ocultó tras una columna y escuchó. Silencio. Sólo el goteo espaciado de un canalón encima de algún cristal. Alumbrándose de nuevo avanzó por la nave vacía, pisando escoria, entre una atmósfera cargada de orín. Al fondo divisó un hueco en el muro y, al aproximarse, una escalera de caracol que descendía a las tinieblas. El sótano. Puso el oido. Ningún ruido. Peldaño a peldaño, con sigilo, el pecho encogido por un dolor sordo, guiándose por el haz de luz, fue bajando a las entrañas del almacén. Un pasillo mohoso, sucio, se abría hacia una estancia cuyo paso lo obstaculizaba un bulto envuelto en una cortina estampada, hecha jirones. No es Clara, no ha de ser Clara, se dijo con angustia. Con la punta del zapato lo hizo rodar hasta que quedó al descubierto. Lo enfocó: Ionescu. N cuerpo cosido a balazos. Dos muertos. Entonces había alguien mas moviendo los hilos de este drama espantoso. El verdadero culpable. Saltó por encima del rumano y se detuvo. No se atrevía a avanzar, el miedo a lo que podía esconderse más allá le clavaba los pies en el suelo. La linterna le temblaba en la mano. Le bastaron unos segundos para percatarse del dantesco espectáculo: la silla donde Clara estaba sentada y atada, el charco de sangre coagulada, la cabeza hundida en el pecho, los cabellos castaños caidos hacia delante como una cascada, pegajosos de sudor, la carne desnuda, herida, los instrumento de tortura... No fue capaz de seguir mirando. Su existencia carecía ya de importancia, estaba condenada. Pero no iba a dar el gusto a nadie de acabar con él. No volvería a ser un cobarde. En escasos instantes, los justos para acercarse la pistola al pecho, una bala le atravesó el costado izquierdo. Se desplomó. En su agonía pudo ver, a la luz de la linterna caída a su lado, que alguien -¿alguien?- se aproximaba con una cámara a la altura del rostro. Con la mirada turbia no pudo distinguir las facciones de quien, con seguridad, le había estado filmando, y seguía filmándole, desde que llegó al almacén. Únicamente veía con cierta nitidez sus zapatos, los bajos del pantalón. Ha de ser algo fuerte, muy fuerte, más allá del límite.., le habían exigido. Pero para recordar eso le faltó tiempo.

PAISANAJE

LOS BIRMANOS
Fotos y textos José Luis Muñoz
La gracia de esta pequeña remera del lago Inle, uno de los más maravillosos enclaves de Birmania, desarma a cualquiera. Se acercó a golpe de remo a nuestra embarcación a charlar con los blancos viajeros y estos buscaron en sus bolsillos un bolígrafo que darle. El maquillaje protector del sol se ha derretido sobre sus mejillas y su diminuta nariz. Parece la niña de un spot televisivo, una pequeña que podría anunciar una chocolatina. Sonríe feliz en la inmensidad de ese lago, sobre su frágil embarcación, con la que a remo llegará a la costa después de haber pescado.
Como todos los birmanos, tengan la edad que tengan, este niño se convierte durante una etapa de su vida, corta o larga ─él lo decidirá y quizá en este momento lo esté haciendo─ en monje budista. Sentado en un banco de un establecimiento de Halaw, una pequeña población montañosa, apura los últimos rayos del sol, absorto y con semblante hierático.
Los niños trabajan desde muy temprana edad para ayudar a la economía familiar. Este muchacho es de origen hindú tal como indican sus rasgos, la negrura de su cabello y el color oscuro de su piel. Ofrece comida rápida en la calle. Su establecimiento es el suelo. Su cocina, un pequeño cubo con carbón encendido con el que mantiene caliente algo frito, indeterminado, quizá carne empanada de pollo. Permanece horas, con las piernas cruzadas, hasta que agote su mercancía o se ponga el sol.
Aunque parezca la reencarnación de un Buda feliz se trata de un niño de origen chino, bien alimentado, lo que no es muy corriente en Birmania, e indudablemente feliz. La minoría china, como las que existen en cualquier parte del mundo, se suele situar bien y se dedica al comercio.
Para protegerse del sol, o del frío, las mujeres birmanas se colocan toallas en la cabeza, aunque ésta parezca que se ha colocado una bayeta sin usar. Va bien abrigada porque en Hallaw la temperatura suele descender mucho al atardecer en el mes de diciembre.
Otro miembro de la comunidad hindú de Birmania, perfectamente integrada en la sociedad. El caballero de cabello cano y enorme dignidad viste un forro polar con la cremallera subida hasta el cuello.
Este no es un birmano cualquiera. Obsérvenlo bien. Y lástima que no lo puedan ver como lo vi yo, disfrutar de su hospitalidad o dejarse seducir por su limpia mirada. Para empezar era mucho más alto de lo habitual en su país: metro ochenta y cinco. Y tenía ochenta y pico años llevados con una dignidad extraordinaria. Un tipo elegante y bien parecido, un gentleman exquisitamente educado que hablaba en susurros mientras sonreía. Nos salió al encuentro mientras paseábamos por una vereda con la intención de buscar un lugar desde contemplar la puesta del sol que en Birmania es siempre garantía de belleza. Y el señor salió a nuestro encuentro y nos ofreció la terracita de su modesto establecimiento de comidas. Era de una amabilidad extraordinaria, de una espiritualidad contagiosa. Hicimos fotos mientras el sol se ponía y él permanecía sonriente a nuestro lado. Luego, aunque no teníamos sed, le pedimos un té. Nos trajo, como acompañamiento, unos sabrosos cacahuetes, pequeños y de cáscara oscura, y un agua para lavarnos los dedos que nosotros creímos el té e ingerimos. Casi nos partimos de risa cuando la hija, una birmana bellísima, nos trajo la tetera. A saber qué pensaría de esos bobos extranjeros, aunque nada transparentó su rostro. Anochecía y refrescaba, y el señor birmano permanecía a nuestro lado intentando comunicarse con nosotros en inglés y enseñándonos un cuaderno en el que algunos viajeros españoles que habían pasado por su establecimiento habían puesto sus comentarios. El último databa de cuatro semanas antes. Un mes sin clientes, fue nuestro rápido pensamiento. Decidimos, entonces, aunque no teníamos hambre, pasar al comedor. No era un comedor habitual, sino una estancia de su casa, con tres mesas de plástico y sus correspondientes sillas y una decoración kistch que pretendía ser occidental. Estaba todo, eso sí, impecablemente limpio, reluciente. Cenamos escogiendo los platos de una carta manuscrita en birmano e inglés sin precios. Y la cena fue exquisita, porque nos la prepararon al momento, vimos como la muchacha sacaba los ingredientes de la nevera familiar y al poco rato nos sedujo el aroma de unos fideos que estaban deliciosos. Y barata, no llegó a dos euros con un plato de pollo a continuación del entrante y la bebida. Fue, sin lugar a dudas, una de las cenas más memorables de mi vida y todo tenía algo de mágico, el lugar, la familia, el niño, nieto del dueño, que jugaba en el suelo mientras nosotros comíamos. Nos despedimos del caballero birmano, que debía de tener algo de británico por las venas, con un apretón de manos, con ambas, y dejamos en su libro de visitas nuestro elogioso comentario. Si pasan por Halawn no dejen de visitarle y anoten algo en su cuaderno.El tocado de esta birmana no es muy sofisticado. Sobre el gorro de lana verde ha enrollado, sin mucha fortuna, un par de toallas a modo de turbante. Se lleva la mano al pecho mientras parece sumida en una enorme tristeza.
De esta bella vendedora de un mercado, rodeada por sus hierbas, me llama la atención su extraordinaria fragilidad. Con sus labios pintados y el maquillaje armónicamente distribuido por sus mejillas, atiende su puesto de verduras bien abrigada.
Esta niña con flequillo no carga con esta gruesa rama de árbol sino que juega con ella, imagino. Está en un mercado y observa a su madre, vendedora de frutas.
Los monos también son birmanos. Están sueltos y no suelen dar problemas. Corretean por las calles, en los templos y se alimentan de los plátanos que les dan los vendedores de fruta.
A los niños les encanta que les hagan fotos. Este par de amigos miran con profesionalidad mi objetivo. El mayor, muy delgado, luce unos ojos enormes que le comen la cara. El pequeño ríe con expresión de pillo. Nunca vi niños tan felices como en este país.
No es habitual tropezar con un mendigo. Pero se distinguen entre la pobreza del ambiente. Los birmanos practican una economía de subsistencia, pero no viven en la miseria en donde sí están inmersos, por ejemplo, buena parte de los hindús. Este hombre, precisamente, es de origen hindú, y cruza una calle de Yangoon palpándose los huesos.
La vendedora de piña está leyendo. Mientras, los trozos de piña esperan a su comprador. Sentada en el suelo pasa todo el día junto a la parte portuaria de la ex capital de Birmania, junto al caudaloso río. Su puesto está bien situado, en la zona de desembarco de los ferrys que van de una orilla a otra por lo que deberá vender la piña antes de que finalice el día.
Absorto, este trabajador pedalea con su falda birmana que lucen todos los hombres menos los policías y militares. Debe de ser un mecánico porque empuña, en una de sus manos, una pequeña llave inglesa que sostiene junto al manillar. Lleva una bicicleta bien pertrechada en la que no falta ni el espejo retrovisor para una conducción más segura por la caótica circulación de la ciudad.
Los musulmanes de Yangoon se caracterizan por sus rasgos indoeuropeos, barbas y cabello teñido con un tinte rojizo. Viven en sus propios barrios, alrededor de las mezquitas.