jueves 30 de diciembre de 2010

MIS LIBROS

Publicado en la web literaria ANIKA ENTRE LIBROS
Título: La frontera sur
Autor: José Luis Muñoz
Editorial: Almuzara
Págs: 373
Tags: corrupción, prostitución, Tijuana, México, drogas, policía, novela negra, California, frontera
ISBN: 978-84-92924-19-6
Reseña: Empar Fernández
Mike Demon, el turbio personaje que protagoniza La frontera sur, es un corredor de seguros felizmente casado con Suzanne, una americana guapa y de buen trato. Tiene un hijo del que se siente orgulloso y es un republicano convencido. Ha fijado su domicilio en Los Ángeles, California, al norte de la frontera que separa Estados Unidos y México y a pocas horas de la peligrosa ciudad mexicana de Tijuana. Lleva una vida sin grandes altibajos, sus frecuentes viajes profesionales le permiten ausentarse en alma y genitales del hogar conyugal. Es infiel casi por rutina, un adicto al sexo en lecho ajeno que, como algunos de sus colegas, no experimenta culpabilidad alguna. La infidelidad forma parte de su naturaleza, como el vello corporal o el color de los ojos y, como sus características físicas, tiene una raíz temprana, un progenitor de estricta observancia religiosa. Un padre oprimido y opresor, un cretino.
Trágica y ferozmente enamorado de Carmela, una joven mexicana forzada a prostituirse por su propio hermano, que no tiene más sueño que salvar la frontera y formar parte del american way of life, Demon se ve sometido al chantaje de Fred Vargas (el lector avezado sabrá apreciar la sonoridad negrociminal de su nombre), el corrupto jefe de policía al sur de la frontera. Es Carmela, el origen de todo su deseo, la joven que le obsesiona y cuyo cuerpo menudo y de una belleza perturbadora llega a desquiciarle. Por Carmela Mike Demon está dispuesto a mentir y a pagar grandes cantidades cediendo al repetido chantaje. Por la bella Carmela Mike Demon vive un delirio, soporta golpes y humillaciones y a punto está de perder cuanto posee.
La frontera sur es la historia del coqueteo de Mike Demon con la fatalidad. De un tocar fondo con ambos pies y de un valiente impulsarse hacia arriba instantes antes de perecer, de rendirse. Una trama que progresa a buen paso y que se cierne sobre el lector atrapando su atención sin contemplaciones, unos personajes de trazo fino y proceder impulsivo y unos diálogos sorprendentemente naturales son algunos de los valores de La frontera sur. Pero aquello en lo que el autor consigue, a mi entender, un verdadero triunfo narrativo, es en el retrato de una ciudad dominada por la violencia, la corrupción y el todo vale y todo se compra. Un infierno en la tierra, una verdadera trampa para rapaces. Un ambiente desolador en el que el riesgo, como las miasmas de antaño, está en todas partes.
Tijuana entera es una ciénaga y así, sin remilgos, llamando pan al pan, y con la maestría de los grandes narradores, nos la presenta José Luis Muñoz.

LOS LIBROS

EL ELEFANTE DE MARFIL
Nerea Riesco
Grijalbo, 2010, 542 páginas


Es Nerea Riesco, con dos novelas en su haber que preceden a ésta, El país de las mariposas (premio Ateneo Joven de Sevilla) y Ars Magica, una de las más exitosas autoras de novela histórica de este país, género por el que transita con pericia extraordinaria pese a su juventud, y se acerca a él, uno de los más populares en la actualidad, junto a la novela negra, con el rigor de quien antes de ponerse ante el teclado del ordenador se documenta de forma minuciosa, filtra esa ingente información, cogiendo lo que le interesa, y lo adereza luego con la pasión por la escritura que traslada luego al lector.
El elefante de marfil se inicia con una catástrofe sísmica, el terremoto de Lisboa que se sintió en Sevilla, y, a través de los miembros de una familia de impresores que regenta el negocio Aquí se imprimen libros, los Haro, traza una saga que recoge la vida de la capital hispalense, ciudad de adopción de la autora, durante parte del siglo XVIII y XIX. Un recorrido por las costumbres de una ciudad y una intriga, que se oculta en una de las partes de la catedral, que habla de una partida de ajedrez jugada durante la dominación musulmana de la ciudad y aplazada en el tiempo y de cuyo resultado depende el destino de La Giralda, son el núcleo de esta novela. Aparentemente.
El desastre comenzó a las diez en punto, de la mañana. Las campanas de la Giralda tañían solas, como locas. Los bancos del templo se agitaban sin importarles el peso de los fieles que estaban sentados sobre ellos y los que estaban de pie cayeron sorprendidos porque la tierra les faltaba. El púlpito amenazaba con descolgarse de su columna y un par de monaguillos asustados se acercaron tambaleantes al padre Zacarías para ayudarle a bajar la escalera.
Podría creer el lector que El elefante de marfil es un thriller histórico, de los muchos que se publican con enorme éxito desde que Dan Brown dio con la piedra filosofal en El Código da Vinci, pero eso sería reducirla. O una novela sobre el noble juego del ajedrez, como indica su portada. El juego de los escaques, como forma incruenta de dirimir las disputas, y la intriga por descubrir las reglas del juego en algunos motivos arquitectónicos de la catedral de Sevilla, son excusa argumental, pero no es lo esencial. Por encima de intrigas, misterios y claves que descifrar hay una novela de amor, o de muchos amores, porque los personajes femeninos de El elefante de marfil, los Haro, mujeres enérgicas y racionales, se enamoran de amantes aventureros que les insuflan irracionalidad y pasión amorosa. Como en las novelas de García Márquez (hay algunos referentes al realismo mágico) las vidas se repiten, de generación en generación, y los miembros de esa familia novelada se pasan el testigo sentimental. Y es en la descripción de los estadios de la pasión amorosa en donde se hace más patente la prosa sensorial, exquisitamente cuidada, de Nerea Riesco. El lector ve a los amantes, escucha sus suspiros, participa de su éxtasis.
León la recibía jovial, apretándose contra su cuerpo. La besaba en los labios, le lamía la lengua, le robaba el aire. Se colocaba tras ella y desabrochaba uno por uno, con tranquilidad pasmosa, la infinita hilera de minúsculos botones que sujetaban su enlutado vestido, desde el cuello hasta la cintura. Después empujaba suavemente la tela y acariciaba con la yema de los dedos la delicada ropa interior alargando ese momento, conteniendo el deseo.
Una narración tan ambiciosa no sería posible sin unos personajes que la hicieran creíble, y por los que el lector sintiera empatía, y un territorio perfectamente descrito. El costumbrismo no pesa, sino que ilustra, porque Nerea Riesco reconstruye ante nuestros ojos, con una técnica literaria extraordinariamente visual, la Sevilla bulliciosa de aquellos tiempos con todo lujo de detalles, en la que no falta, expresamente, ninguno de sus tópicos (toreros, cigarreras, bandoleros…), y en cuanto a los personajes la autora los crea y cuida hasta en sus más nimios detalles, los hace hablar y andar por el escenario que reconstruye, amar, comer y divertirse. Julia, la viuda de Haro, la impresora que inicia la saga; León de Montenegro, su aventurero esposo; Abel, Guiomar, el malvado Cristóbal Zapata, que se consume en su amor no correspondido, o la mismísima mamita Lula, la sabia sirvienta africana, son algunos de los esos seres de carne y hueso que salen de la imaginación de la autora y transitan durante esos cien años de historia hispalense.
Sentimientos exaltados, envueltos en excelente literatura, que se convierten en un placer para los sentidos. Porque para los sentidos, para todos, parece haber escrito Nerea Riesco El elefante de marfil.
José Luis Muñoz


ÁNGELES NEGROS
José Vaccaro Ruiz
Ediciones Atlantis, 2010. 390 páginas


Tener voz propia dentro del género negro que se escribe en España y huir del tópico no es nada fácil. La literatura negrocriminal, tan de moda en nuestros días, está incorporando nuevos valores que acceden al género con entusiasmo y reciben el premio de sus lectores. Son muchos y jóvenes. El de José Vaccaro Ruiz, un narrador al que no hay que perder la pista, es un caso extraño, un rara avis dentro del panorama. Puede que el haber llegado tardíamente a la literatura, con 65 años y una cabeza extraordinariamente bien amueblada, redunde en beneficio de sus novelas. Seguro. Vaccaro no habla sobre sí mismo, porque quizá ya se le pasó el tiempo, ni se deja seducir por experimentalismos, porque no le interesan y dificultarían las tramas de sus novelas, sino que se limita a contar historias que circulan deliberadamente por los límites de lo políticamente correcto, y es un ejercicio que hace extraordinariamente bien, con una prosa eficaz, a la que ni le sobra ni le falta nada y está siempre al servicio de una narración que no decae en ningún momento y fluye sin aspavientos.
Una serie de asesinatos, aparentemente inconexos entre si, sacude el oasis catalán. Las víctimas, asesinadas de forma brutal y por diversos procedimientos, son renombrados políticos de los principales partidos del espectro más algunos profesionales aparentemente sin tacha. Jover, un investigador desencantado, se pone a indagar la desaparición de una de ellas y descubre un inquietante nexo que une todas esas muertes mientras el peculiar asesino sigue con su frío trabajo con intención de culminarlo.
Cuida con mimo José Vaccaro Ruiz el escenario de su novela, consciente de la importancia que tiene el paisaje sobre el paisanaje, por lo que Ángeles negros está bien surtida de descripciones de algunos de los barrios por donde discurre (“El Raval es un reducto urbano insertado en el corazón de la ciudad de Barcelona adonde nadie acude con intención de hacer relaciones públicas. Si un oasis es para un desierto una zona de vida en medio de la muerte, el Raval es, para Barcelona, un agujero negro en mitad de su universo de diseño. Allí la gente se cruza procurando no mirarse, como una forma de evitar problemas. Donde no esperas que nadie te dé nada, al contrario, que te lo quite si puede, no hay interés en ser sociable”); confiere debida encarnadura a sus dos protagonistas, el asesino en serie, que se venga así de su lamentable estado de incontinencia intestinal (no es muy normal un criminal que use pañales y ése es un detalle chocante, pero no baladí, que explica su venganza implacable), y el correoso investigador, cuyas vidas transcurren en paralelo, y eso no solo lo hace a través de precisas descripciones físicas de ambos, muy naturalistas, sino también, sobre todo, a través de un tratamiento impecable de unos diálogos que Vaccaro maneja con soltura.
Ángeles negros es una excelente novela negra, muy ágil a pesar de su volumen de páginas, porque el escritor sabe soldar muy bien los pasos de su doblete protagonista, pero es también una demoledora crítica a la corrupción en todos los ámbitos de lo público, que Vaccaro parece conocer muy bien por su actividad profesional (abogado y arquitecto). El novelista dispara con arma de grueso calibre contra una clase política que no le inspira ninguna simpatía, de la que ya sabemos lo proclive que es a ser corrompida por el vil metal, pero de la que ignoramos sus más inconfesables vicios que son los que motivan la labor del justiciero y centran la novela. Vaccaro se convierte en un avezado guía de las cloacas del poder, y nunca, como en esta novela, el término fue tan acertado.
El protagonista de Ángeles negros, el encallecido investigador Juan Jover, es todo un feliz acierto; tiene rasgos del Méndez de González Ledesma, porque perteneció a la franquista BIPS y no se arrepiente de ello, y del Carvalho de Vázquez Montalbán, porque, como aquel, se refugia, de cuando en cuando, en la gastronomía y en la buena bebida, pero en su desencanto vital no es tan inocente como sus ilustres predecesores y le aleja de ellos su ácida visión de la sociedad y la ausencia de ternura.
Bienvenidos ambos al club de la novela negra: autor y personaje. Y bienvenida una literatura que entretiene mientras denuncia y deja un sabor amargo en la boca.
José Luis Muñoz


LA HIJA DE CLEOPATRA
Michelle Moran
Flamma Editorial, 2010. 445 páginas.
El auge de la novela histórica no es una moda pasajera. Recuerde el lector Quo Vadis del premio nobel polaco Henryk Sienkiewicz, Ben-Hur del norteamericano Lewis Wallace, Los últimos días de Pompeya de Edward Bulwer-Lytton, Sinuhé el egipcio de Mika Waltari o El dios de la lluvia llora sobre Méjico de László Passuth, entre otras muchas, pero ahora se publica muchísimo más en nuestro país y no son pocos los autores patrios que se apuntan al género.
La historia de Roma da para mucha literatura (aconsejo al lector que no se pierda los libros magníficos que sobre ese imperio, determinante de nuestra cultura y que nos explica el presente, tiene escritos Pedro Gálvez). La norteamericana Michelle Moran aborda en La hija de Cleopatra los avatares de Selene, y sus hermanos Ptolomeo y Alejandro, hijos de Cleopatra y Marco Antonio, cuando quedan huérfanos y son trasladados, en su calidad de prisioneros de lujo, a la Roma imperial por el vencedor de la guerra contra Egipto, Augusto, y confiados a Augusta, primera esposa de Marco Antonio. En Roma, Selene se ve envuelta en numerosas intrigas protagonizadas por un misterioso y justiciero defensor de los esclavos, que firma sus proclamas en el templo con el nombre de Águila Roja, y será testigo de la guerra de ambiciones y poderes que sacude la sociedad romana.
Con habilidad, soltura y buen ritmo construye Michelle Moran este thriller histórico en el que los ojos de la hija de Cleopatra, como extranjera, aportan su visión valiosa de ciertas prácticas bárbaras que le causan profunda extrañeza. Como en otras civilizaciones muy avanzadas, la cultura, el cultivo de las artes y el desarrollo del pensamiento no estuvieron reñidos con la crueldad, y la autora norteamericana nos ilustra, entre otras cosas, sobre el triste destino que sufrían las niñas no deseadas, que eran abandonadas en la columna lactaria (en donde algunas se salvaban por ser amamantadas por voluntarias nodrizas que se apiadaban de su situación) para ser reclutadas, siendo niñas, para los burdeles; lo que valía un esclavo, nada, alimento de las lampreas de los estanques; cómo se remataba a los gladiadores malheridos o los juicios públicos que llegaban a condenar a muerte a todos los siervos de un patricio por el delito de uno de ellos.
La hija de Cleopatra es una novela atractiva, bien escrita, con diálogos abundantes pero bien construidos, perfectamente desarrollada de principio a fin y que cumple a la perfección con los requisitos de su género, el de deleitar instruyendo.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

CINE

NEDS
Peter Mullan

Enésimo ejemplo de actor (Braveheart, Trainspotting, Mi nombre es Joe, Harry Potter y las reliquias de la muerte, entre otras) que se pone con éxito al otro lado de la cámara es el caso del escocés Peter Mullan (1959) que con Las hermanas de la Magdalena (2002), su segunda incursión como director, ganó el León de Oro del Festival de Venecia y con Neds, la Concha de Oro del Festival de San Sebastián. Neds, acrónimo de no educados y delincuentes, se adscribe plenamente en esa corriente del cine inglés que parece heredera del free cinema de antaño, rebusca en lo social y tiene como epígono más destacado a Ken Loach. Y si hubiera que buscar un referente cinematográfico a la película de Mullan creo que Sixteem, una de las películas más ásperas de su maestro, podría ser su espejo. Neds describe sin subrayados innecesarios, pero con fría dureza, que roza en ocasiones lo insoportable (la agresión del hijo al padre, por ejemplo), el lento e imparable descenso hacia el infierno de su joven protagonista, un niño estudioso y sumamente inteligente al que el irrespirable ambiente familiar (padre alcohólico, odioso y maltratador; madre sumisa y ausente; hermano marginal integrado como líder en una banda violenta de barrio) y la nefasta educación que recibe en su colegio regido por la, hasta muy recientemente bien aceptada, disciplina inglesa que conllevaba todo tipo de castigos corporales y humillaciones psicológicas, lo abocan a la violencia y la delincuencia en un barrio gueto de clase obrera desclasada. Mullan no cae en la poética de Ford Coppola en el tratamiento épico romántico de las bandas de La ley de la calle (los chicos malos del escocés son rematadamente feos y desagradables, no conducen motos ni lucen tupés glamurosos) y compone un retrato negro y asfixiante de unos adolescentes abocados a la delincuencia y a ser carne de cañón del sistema penitenciario inglés al que irán a parar después de ser expulsados de su sistema educativo represivo. Los jóvenes airados de Neds, sin perspectiva política de lucha de clases, canalizan su ira contra sus compañeros de aula o contra las otras bandas del barrio porque no tienen futuro ni horizonte. Con un elenco de jóvenes actores, entre los que destaca su protagonista Martin Bell (Concha de Oro al mejor actor en el festival de San Sebastián), que no parecen actuar en ningún momento sino representar ante la cámara su cotidiana marginalidad, arma Mullan esta dura historia, un túnel oscuro del que no se divisa salida posible, y que termina con una imagen poética del protagonista y una de sus víctimas, a la que ha dejado catatónica tras una brutal paliza, caminando de la mano entre leones, mucho más apacibles, dignos y civilizados los selváticos felinos que la sociedad en la que viven. Toda una parábola.
José Luis Muñoz


TAMARA DREWE
Stephen Frears

Confieso que la deriva de Stephen Frears (Leicester, 1941) como director la entiendo tanto como la desaparición absoluta de Michael Cimino, castigado por dilapidador, o el olvido de Ken Russell, por excéntrico: misterios cinematográficos los tres entre miles de casos incomprensibles. Que el director de una obra tan redonda y bella, tan extraordinariamente tejida, como Las amistades peligrosas, y de una notable adaptación de la novela negra de Jim Thompson, Los timadores, o una aceptable crónica del cuarto poder, Héroe por accidente, haya pasado a hacer obras menores, casi telefilmes, en su país de origen debe de tener alguna explicación secreta, pero yo no la capto. Quizá que el británico se ha vuelto acomodaticio y le gusta estar en casa con zapatillas y manta sobre las rodillas. Y el asunto es que Frears, aunque en otro tono, con muchísima menos ambición, hace películas pequeñas pero correctas, bien confeccionadas, tocadas por ese inconfundible humor british. En The Queen abordaba un retrato soberbio, lleno de mordacidad, de la reina de Inglaterra en sus horas más críticas gracias, sobre todo, a su intérprete Hellen Mirrow. Pero sabía a poco. Como Tamara Drewe, que sabe a poco de inmediato aunque luego resulte que tiene mucha más sustancia de lo que parece. En medio de la idílica campiña inglesa, en el condado de Dorset, poblada de verdes pastos, árboles con aspecto de esculturas y cottages de ensueño, la quintaesencia del paisaje victoriano, Nicholas Hardiment (Roger Allam), un escritor policial de éxito, decide rentabilizar su residencia de verano convirtiéndola en un singular albergue para escritores: él seguirá escribiendo, en un cobertizo, y su esposa Beth (Tamsin Greig),se encargará de agasajar a sus especiales clientes. Allí, los colegas, todos mucho menos exitosos que él (una escritora excéntrica se autopublica en internet; Glen McCreavy (Bill Camp), un profesor norteamericano, está bloqueado con un ensayo sobre Thomas Hardy y otros tantos buscan la inspiración en ese enclave bucólico) conviven e intercambian sesudas reflexiones literarias durante las cenas. La llegada de la joven periodista Tamara Drewe (Gemma Arterton), patito feo convertido en cisne vía rinoplastia, para vender su casa natal, alterará la paz de ese parnaso literario y revolucionará a los escritores que quedarán literalmente cegados por la longitud de sus piernas y la brevedad de su pantalón corto. Dos mitómanas adolescentes, maleducadas y embaucadoras, Jody Long (Jessica Barden) y Casey Shaw (Charlotte Christie), que sueñan con llevarse a la alcoba a la estrella de rock Ben Sergeant (Dominic Cooper), que actúa en un prado del lugar con su banda, no tienen más que hacer que fisgonear las idas y venidas de esa gente de ciudad que se ha instalado en su pueblo de mierda; por diversión manipularán a todo el grupo con el envío de mails usurpando la personalidad de la joven periodista y causarán un notable enredo. Y Tamara Drewe, a todo esto, se debatirá entre su antiguo amante, el adúltero escritor Nicholas Hardiment, el bucólico y apuesto granjero Andy Cobb (Luke Evans) o el roquero Ben Sergeant, tres prototipos de hombres diametralmente opuestos. Aunque parezca un dislate, Frears admite similitudes de Tamara Drewe con otras obras suyas, como The Queen y Las amistades peligrosas (el paralelismo entre el plano del trasero de Gemma Arterton, tumbada enCursiva la cama, mientras Roger Allam lee su libro en el ordenador de su dormitorio después de haberse acostado con ella, y el de Uma Thurman, mientras John Malkowicz escribe una de sus peligrosas cartas, es evidente). Son siempre relaciones peligrosas entre hombres y mujeres, ya sea en la campiña inglesa o en la francesa, dice Frears. Finalmente Tamara Drewe termina siendo un juego cinéfilo destinado a homenajear a Lejos del mundanal ruido, novela y película. Su guión, firmado por Moira Buffini, ha sido extraído de una novela gráfica de Posy Simmond, publicada en tiras semanales en The Guardian, que es una versión puesta al día del drama de Thomas Hardy. El cantante de rock, con los ojos pintados, interpreta el papel del apuesto militar Terence Stamp de la película de John Schlesinger; el granjero rudo, pobre y siempre descamisado que clava postes en el campo es Alan Bates; el escritor adultero y desalmado sería Peter Finch; y Tamara Drewe, Julie Christie, confusa, como aquella, entre el amor de los tres hombres y que, como en la novela de Thomas Hardy y en la película de Schlesinger, se quedará finalmente con el campesino honrado, la opción más aburrida y segura. Y hasta las ovejas que se despeñan por el acantilado acosadas por el perro de Lejos del mundanal ruido las transforma Frears en vacas, locas por el can del roquero que, en una estampida, digna de La conquista del Oeste, hacen justicia en una de las secuencias que más chirrían del conjunto. Suerte que no introduce zombis. ¿O los zombis son las dos adolescentes que acaban retratándose con el roquero hortera con un teléfono móvil y así cumplen su sueño anhelado? La última película de Stephen Frears es un vodevil campestre de desvaríos amorosos, un poco al estilo de la shakesperiana El sueño de una noche de verano, regado con gotas de comedia costumbrista y relato coral de arquetipos (escritores ridículos, un joven leñador pobre y guapo, estrella del rock y una muchacha sobrada de hormonas que parece un dibujo sexy de Horacio Altuna o Milo Manara) y salpimentado con sátira, a fin de cuentas una versión moderna de un clásico de la literatura británica y de una de las mejores películas de Schlesinger, un cineasta que hizo el camino inverso al de Stephen Frears, de ahí, quizá, ese exorcismo en vez de intentar hacer una versión seria del original, tarea difícil y muy laboriosa para el director con zapatillas en que se ha convertido. Y hay algo evidente en Tamara Drewe: que Frears se ha divertido, y de paso, nos divierte.
JOSÉ LUIS MUÑOZ


POESÍA
Changdong Lee
Mija Yang (Junghee Yun), una abuela atildada al cuidado de su nieto adolescente, porque su madre trabaja en otra ciudad y no puede tenerlo consigo, se interesa por la poesía y acude a un taller literario para que la enseñen escribirla al mismo tiempo que empieza a sentir pérdidas de memoria consecuencia de un incipiente Alzheimer. Esta pérdida de salud coincide con la violación y el suicidio de una compañera de clase de su nieto y la sospecha de que éste puede estar involucrado en ello, lo que no produce en el abúlico adolescente el más mínimo sentimiento de culpa. Ante este cúmulo de adversidades la mujer consigue, finalmente, trasladar la congoja y el dolor que siente por dentro, mimetizándose con la víctima de ese violación, una chica cristiana llamada Agnese, a un poema que será leído en el taller literario, en su ausencia, ante la admiración de su profesor que lo pone como ejemplo de lo que es poesía: ver las cosas de verdad, directamente.
El quinto largometraje de Changdong Lee (Pez verde, Bombón de menta, Oasis, Sol secreto), película minimalista y de trazado muy simple, obtiene de su sencillez su principal virtud, pero de ahí deriva también su mayor defecto. Su ausencia de pretensiones, el nulo énfasis en el hecho más dramático de la historia, el que Mija Yang tenga que bregar con un nieto violador sin sentimiento de culpa en coincidencia con su demencia senil, más algunos tramos del film claramente prescindibles (los spitchs que se marcen todos y cada uno de los alumnos del taller literario, por ejemplo, sobre sus propias vidas) merman este film demasiado sencillo, tanto que se olvida y deja huella escasa en el espectador. Lo mejor de la película de Lee es, sin duda, la protagonista femenina, magníficamente interpretada por Junghee Yun, una de las más destacadas actrices de la cinematografía surcoreana, que imprime humanismo y ternura a su papel de Mija Yang, un ejemplo de abuela abnegada muy típico de nuestros días, y que tiene una relación conmovedora con Mr. Kang (Hira Kim), el impedido anciano al que cuida para ganarse la vida.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

PAISAJES Y PAISANAJES

EL SUEÑO DE TÁNGER 2
Fotos y texto José Luis Muñoz
Por fin descubro al autor de los ladridos. Encaramado a una de las casas vecinas a la muralla, confundido con las almenas, el can, uno de los pocos que hay en la ciudad marroquí, al contrario de los gatos, que abundan por doquier, me ladra oliendo al intruso que hay en mí. Lo fotografío, y sigo. O seguimos, porque el amigo, silencioso, no se desprende de mí, me sigue, o me precede, como una sombra humeante con su cigarrillo prendido.La luz del atardecer crea efectos mágicos, dibuja con sombras las paredes encaladas de la medina que parece despoblada. Rejas y ventanales ojivales son idénticos a uno y otro lado del Estrecho. Entre las sombras, la difusa del perro que me ha ladrado y sigue haciéndolo hasta que deje de olerme.La medina de Tánger tiene una estructura caótica, y ese caos es su principal atractivo. Sin razón aparente, la rampa de una calle es sustituida por una empinada escalera. Calles y casas parecen construidas por sus habitantes, y siguen su lógica caprichosa enfrentada a mi racionalismo heredado de la Barcelona de Ildefons Cerdá. Lo único moderno parece ser esa boca de incendios roja que quizá no tenga agua cuando la necesiten. La chica, vestida con una chilaba morada y cubierta por el yihad, acompaña sonriente al adulto que transporta una caja abierta con ropa. ¿Camisas? Una gran mancha roja en una pared no se sabe qué señala exactamente. Los cables de la luz vuelan de una fachada a otra.Aunque comida por la herrumbre, que devora sus paredes, esta puerta mudéjar lobulada no pierde su elegancia. La fachada del fondo en la que luce, o lucirá cundo se haga de noche, un modesto farol, tiene un aspecto más lamentable. Lentamente se va desmoronando desde hace siglos.La electricidad llega a las casas a través de un entramado anárquico de cables. Cada ventana tiene su techo de teja. Y las azoteas suelen ser almenadas, imitando el porte de la muralla. Tengo fijación por las puertas. Hasta por las feas, como ésta, incapaz de asumir el verde con que está pintada y el reborde rosáceo de su arco. Dos cerraduras. Tres aldabas, dos de anilla y la otra en forma de mano. Un de ellas muy baja, quizá para niños o enanos. Esta historiada aldaba de bronce sí me gusta. Y el azul añil de la puerta que llama. Dentro de su historiado círculo hay un motivo vegetal, o quizá una llama, que se repite en la superficie de abajo del llamador. La pintura ha formado una rugosa superficie.Puerta cerrada a cal y canto con cerrojo. Alguien pintó de azul el historiado arco externo y los bordes de los tres arcos superpuestos. La posición de las aldabas es curiosa, están levantadas. Por si no funcionara el cierre hay un candado. Las puertas de Tánger estén siempre muy bien guardadas.El número 1282 debe indicar el de la vivienda. Me niego a aceptar que se refiera a la edad de una puerta del siglo XIII. Entre los dibujos geométricos de su arco insertaron tableros de damas. Esta aldaba tiene el mismo color que la puerta que abre. La simplicidad de su dibujo grabado, dos líneas que se cruzan en aspa y un juego de puntos equidistantes de las figuras geométricas creadas, es su virtud. Me reprimo de hacerla sonar. La torre de la mequita que culmina la Medina recibe de lleno la luz mágica del atardecer. Esos rayos, hasta que se extingan, tienen una extraña potencia. Su superficie de ladrillos contiene una rica sucesión de arabescos. Hay seis ventanas cegadas con mosaicos en cada un de las paredes del hexagonal minarete. Solo rompe su armonía ese tubo de desagüe que los cristianos hubieran convertido en gárgola mágica. El ocio parece ser una parte esencial de la vida en la ciudad. Ese no hacer nada porque nada cambiará y, por lo tanto, es inútil el esfuerzo. Los niños están en la calle, juegan en ella, como al otro lado del Estrecho hacían sus mayores cincuenta años atrás. Yo, por ejemplo. El pequeño se aguanta la cabeza mientras el mayor parece pensativo, apoyada la espalda en esa puerta azul añil, quizá evaluando el riesgo de coger esa patera que le llevará al paraíso ficticio o a la muerte húmeda. La ropa blanca se orea entre las rejas de esta ventana. El viento que sopla desde Tarifa a Tánger la seca pronto. Una sábana que se ha desprendido de sus humores corporales que han quedado prendidos después de tantas noches de sueño o de amor. La sábana tiene vida propia y se introduce entre la reja de la ventana. El cielo tiene una irreal tonalidad azul, apagada y luminosa.
Una aldaba azul que golpea directamente la puerta. El metal contra la madera no debe de hacer mucho ruido. El estado impecable de la madera indica que nadie llama a esa casa, que es un adorno. Que nadie, sino su dueño, visita esa vivienda. Que seguramente sea su único habitante y no reciba invitados. a al mismo tiempo. Los desconchados no restan, sino que suman. Como en Roma.Sigo con aldabas y puertas. Estas necesitan manos de pintura. La madera se ha renegrido por una capa de mugre que ni siquiera es uniforme. Mientras la miro, y saco la foto, ganas me dan de coger una brocha de pintura y embellecerla de añil. Una historiada puerta azul con la estrella marroquí en su frontispicio, resaltando sobre el abigarrado arabesco. El arco no es muy mudéjar, tiene influencias europeas. Incluso hay columnas de un cierto clasicismo. El claveteado de la puerta es intenso. La boca, raja, del buzón, no está centrada. No hay aldaba visible, por lo que hay que aporrear la puerta para que te abran.La estrella marroquí aparece, también, en los capiteles ornados con entramados vegetales. Sin duda se trata de la vivienda de un prohombre. Un clavo se desprendió de la puerta y dejó su herida en la madera azul. En la columna que parte en dos el frontis se distingue con claridad el 71, el número del portal, y luego una inscripción en árabe. Quien labró la filigrana del frontis metió una flor en la estrella marroquí. Este puerta sintetiza le fusión de las dos culturas, el mestizaje evidente de la ciudad marroquí más europea.Un oscuro y pendiente pasadizo cubierto y un marroquí que sube por él empujando su carrito de niño. Hay luz suficiente al final del túnel, pero no todos los túneles son así. Pienso en los míos.El cielo rosáceo del atardecer planea sobre la ciudad. La finca de primer término tiene formas delicadas y disfruta de buenas vistas sobre la bahía. Un muro con almenas caprichosas la circunda. Donde termina el muro se eleva una celosía blanqueada. La finca tiene, por lo menos, tres espacios separados y un jardín cuidado. También puede que se trate de la vivienda de algunos de los muchos ingleses establecidos en la ciudad cuyas tumbas aparecen en el cementerio cristiano. Le digo al amigo, que no ha perdido contacto visual en ningún momento conmigo y sería un estupendo policía, y quizá lo sea en horas libres, éstas, que quiero tomar café. Que me gustaría ir al café que solía frecuentar Paul Bowles y en donde situó al escritor Bernardo Bertolucci en El cielo protector. No sabe quién es Paul Bowles ni Bertolucci. Sí sabe quién es Barbara Hutton. Hace unos momentos, subiendo, me señaló la mansión de la multimillonaria norteamericana y actriz ocasional.Ya de noche las calles de Tánger se iluminan. Y uno no huele el peligro por ninguna parte. Tenía una visión muy sesgada e irreal de la ciudad que no se corresponde en absoluto con la realidad. Una urbe peligrosa con jóvenes esnifando pegamento y ruido de navajas en sus calles oscuras. El amigo me guía hasta un café en donde se detuvo Kofi Anan y Bill Clinton, cuyas fotos adornan las paredes del local. El líquido de la infusión es oscuro, espeso, muy dulce, hirviente, servido en vaso de cristal floreado que el camarero deposita en el hueco redondo de un soporte de madera que hay junto a la mesa. El café está muy concurrido por jóvenes a los que triplico la edad. Hay una chica sin velo, muy guapa, con los cabellos sueltos, que fuma un cigarrillo de grifa que le pasa su novio. Hay más chicos que fuman grifa a mi alrededor y pienso que si estoy más rato allí, tomándome ese café terroso, me voy a colocar. No hay cerveza, pero sí grifa en este Tánger musulmán en donde el 90 por ciento de las mujeres van cubiertas de pies a cabeza. Los tangerinos me han saludado amablemente al entrar, me han deseado paz y felicidad. Bienvenido, me han dicho. Temo que ese café espeso me desvele. Pero es inofensivo, pese a su color.Un sastre cose en su mínima tienda ante el retrato del monarca que está por todas partes. Cuelga una chilaba morada de la pared. Y un par de perchas, y un par de títulos o licencias. Hay una cita en árabe, seguramente del Corán. No parece tener mucho trabajo. La iluminación nocturna pinta de tonos pastel las paredes de la medina. Arcos, cables, resistencias. Luces de las tiendas. Escasos viandantes que se difuminan como fantasmas ante el objetivo de mi cámara. Las calzadas están limpias. Granada, la ciudad que mata a sus poetas y esconde sus ríos, palabras de Enrique Morente, está mucho más sucia.Una frutería modesta en la que destacan un puñado de plátanos y algunos huevos. Parece que también hay cebollas, aunque no estoy seguro de ello. Y más huevos, o envases de huevos, bajo la alacena. Nadie vigila el negocio porque ningún ladrón roba en donde no hay nada. El peluquero está sentado, medio en penumbras tras la escasamente tupida cortina de bolas de madera cuya función es únicamente despertarle, con su ruido, cuando entra un cliente. No ha entrado ninguno en todo el día y se ha entretenido en cortarle los bigotes al gato. El dibujo naif de un chico peinado ilustra sobre su oficio. El suelo es un damero. El peluquero es tan delgado que se le marcan las angulosas rodillas bajo los pantalones. Su oficio no le da para comer.Una tienda en donde hay de todo un poco, y baraka, suerte. El tendero parece muy animado, pero no habla con nadie. Tampoco vende. Tiene botellas de jugos, dulces, higos…Un sinfín de chucherías. Y baraka, mucha baraka. Hasta la vende en caja. La puerta de una de las salidas de la Medina. Aquí hay un poco más de gente. El amigo rumia lo que me pedirá por sus servicios de guía no solicitado mientras fuma su cigarrillo veinte del día. Es un tipo serio y amable, que habla un cadencioso español con escaso acento. Me habla lo justo y no intenta llevarme a ninguna tienda porque capta mi escaso interés por las compras. Una tienda de dátiles, el exquisito fruto de la palmera. Ristras de higos secos cuelgan del techo. No hay vendedor en la tienda. Seguro que está en otra parte, hablando o fumando. La iluminación, dos bombillas colgando de sendos cables.Con cazadora de cuero, desenfocado, mi guía amigo se dispone a dar por finalizada su jornada laboral. Salimos de la medina por esta hermosa puerta de pronunciado arco ojival. Indefectiblemente mis ojos se desvían hacia el escaparate de esta pastelería marroquí., pero supero la tentación y no degusto ninguno de sus aceitosos dulces. Imagino coberturas de hojaldre chascando entre mis dientes y rellenos de pasta de almendras, nueces o pistachos liberados de su interior,Las cinco y cuarto, que serán las 6 y cuarto peninsulares, y noche cerrada en Tánger. El viento zarandea el agua de la fuente que preside la plaza. Jóvenes con atuendos occidentales, y no tan jóvenes tocados con bonete, charlan desafiando al viento del Estrecho. El amigo, que se debe llamar Mohammed, me pide tres euros por los servicios no solicitados. Lo rebajo a dos. Se va gruñendo con las dos monedas en el bolsillo y el cigarrillo en la boca. Yo regreso al hotel en donde me tomaré una cerveza y algunas almendras antes de meterme en la cama. No he visto al fantasma de Bowles. Quizá mañana. No desespero.