Este mes de mayo pasa tan rápido que no me entero. Con mis nuevos oficios como cartero y librero, además de chico de las mudanzas, no tengo tiempo para nada. O para casi nada. Veo Huracán Carter que, no sé por qué razón, no quise ver nunca y hoy me di cuenta de que me equivocaba. Si ayer vi un trozo de En el calor de la noche, hoy tocaba esa película de Norman Jewison, un director que no me gusta en exceso, quizá porque lo asocio a El violinista en el tejado, una película que detesto, a El caso Thomas Crown, una frivolidad espantosa, y a Hechizo de luna, una comedia romántica terrible con Cher, pero Huracán Carter, excepcionalmente, es una película notable, a ratos muy emotiva, y Denzel Washington borda su papel como boxeador condenado a cadena perpetúa por un crimen que no cometió. Ruby Carter tuvo un policía que le cogió ojeriza y ése le hundió para toda la vida. Si alguien se obsesiona por destruirte acaba consiguiéndolo. Hermosa la anécdota de ese niño negro que aprende a leer con el libro autobiográfico del boxeador y dedica luego todos sus esfuerzos en sacarlo de la cárcel. Después de la sesión de cine de la Sexta 3 (desisto de ver Conspiración de silencio, de John Sturges, a pesar de que me apetecía mucho), leo un capítulo de la novela que me ha enviado un amigo por mail, un trhiller que engancha, voy a correos con tres paquetes y me cito con una atleta sudorosa que sale de un gimnasio. Mientras agonizo en mi séptima u octava vida, perdí la cuenta, me tomo una cerveza a la que sigue otra y le hablo de Huracán Carter, y de la canción que en su honor compuso Bob Dylan, una de sus mejores. Pero no estoy para hablar. Y tampoco lo está la atleta que se queja del polen de los plátanos que agita el viento sobre su cabeza. Me haré aranés, le digo, ante su indiferencia. Cae la noche en Granada y lo hace como siempre, bajando en picado la temperatura. De ahí nuestra frialdad, de la meteorología. Miro el cielo oscuro, las farolas, mi bicicleta y mi vaso de cerveza vacío y me doy cuenta de que ya no tengo nada que decir. Regreso en bicicleta a mi apartamento, que lo es por 20 días más, tras despedirme de la atleta en una esquina próxima a la confluencia de los dos ríos que tiene la ciudad, y pedaleo entre las casetas de la Feria del Libro. Llego a casa justo para ver las últimas escenas de El resplandor, cuando Jack Nicholson arremete contra todo con su hacha, cuando ese padre enloquecido y asesino, poseído por un fantasma, se pierde en el laberinto nevado. Y me lamento de la corta vida que tuvo Kubrick, de ese biopic sobre Napoleón que dejó pendiente, y me lamento de la corta vida que todos tenemos, algunos muy corta, y la importancia que cobran, no ya los años o los meses, sino los días, las horas, los segundos cuando hace muchos años dejaste atrás el ecuador.Granada, 9 de mayo de 2011
Disminuyen las torres de libros y aumentan los paquetes de envío en mi estafeta de correos de mi apartamento que abandono en 21 días. He sido muchas cosas en la vida, y casi todas las hice mal. Obrero de la construcción, revolucionario, fotógrafo, encuestador, estudiante, funcionario público, bancario, marido, montañero, ciclista, poeta, nunca librero hasta hoy, impelido por las circunstancias. El día es soleado pero no afecta a mi estado de ánimo, nublado. Hay que empaquetar los CD de música, los DVD y hoy me encuentro en situación de derrota, sonrepasado. Las mudanzas siempre son traumáticas. Se rompe algo y se pierden muchas cosas en ellas. Y lo que uno deja cuando abandona los sitios son trozos de tu alma que ya no vas a recuperar jamás.Ayer vi Desayuno con diamantes, de nuevo. Es La Comedia, con mayúsculas. Dos actores guapísimos y en estado absoluto de gracia, esa angelical y sofisticada Audrey Hepburn y ese guapo mozo que era George Peppard. Una película interpretada por fantasmas de los que sólo sobrevive, de milagro, el de Mickey Rooney disfrazado de japonés. Es curioso, pero nunca vemos la misma película, porque el que se siente ante ella no es el mismo que se sentó, por ejemplo, hace cuatro años o el que lo hizo hace diez, veinte o treinta. Ayer la vi y me pareció una comedia tristísima. Capté un dramatismo en la historia que no había captado en anteriores visionados. La infelicidad absoluta de Audrey Hepburn, por ejemplo, que no vive en la realidad sino en un mundo de ilusiones que se va desmoronando cuando sus novios (o clientes, pues ella es prostituta, otra particularidad en la que no había caído en anteriores visionados) dejan de interesarse por ella, cuando despide a su marido en el autobús o cuando abre el telegrama que le comunica la muerte de su hermano. Genial la escena del guateque, en la que Blake Edwards se muestra brillante y divertido ( es el director de los guateques, de El guateque, del retrato de la Norteamérica dipsómana – en Desayuno con diamantes todos soplan más de la cuenta, a todas horas, y fuman: ¡qué inmoral resulta ahora! – que llevó a sus últimas consecuencias en Días de vino y rosas ) y maravillosa esa escena final en que la pareja, por fin, se besa bajo la lluvia con el gato por medio. Es mi comedia favorita. Una delicia. Aunque ayer la viera con infinita tristeza.
Granada, 5 de mayo de 2011
Vivo en el estado de caos de la cuenta atrás. Mi apartamento se ha convertido en una sucesión de cajas de cartón llenas hasta el límite y libros amontonados. Ese estado de transición me enerva. Mientras, hago funciones de estafeta de correos, mandando paquetes con libros a lectores que me los solicitan y me hacen un favor liberando peso de mi mudanza. Las mudanzas son traumáticas. Creo que hice diez a lo largo de la vida. Esta, creo, será la definitiva, la última. Aunque quien sabe, quizá acabe en Las Marquesas, como Stevenson. No es mal sitio. O en Birmania, que conozco. Trajinando con mis propios papeles descubro novelas antiquísimas, escritas en el año 1967, con máquina de escribir Hispano Olivetti, que debería tirar pero guardo. Hay un par sobre la guerra civil que pueden ser recuperables. Con la obsesión de empacar me olvido hoy de las películas de la Sexta 3. También de leer. Y de escribir. Hago un par de viajes a contenedores de papel, para deshacerme de unos cuantos kilos de revistas. Voy dos veces a correos para enviar paquetes de libros a lectores, fundamentalmente de La pérdida del Paraíso. Y a las nueve me tomo una cerveza con la fotógrafa onubense en un bar a orillas del Genil. ¿Está cayendo la calidad de las tapas o soy yo que me estoy volviendo excesivamente crítico? Hablo, con Onuba, entre trago y trago, de Mike Demon que pasó la frontera y se instaló durante tres años en el sur y huye, de nuevo, al norte, siguiendo la llamada de la selva, ese extraño grito telúrico que siente cuando pisa la hierba de los prados de las altas montañas. Luego Mike Demon, que se siente muy cansado, coge su bici y regresa al caótico apartamento y se sienta ante el televisor para ver y escuchar, con náuseas, los debates sobre la ejecución, ¿o habría que decir asesinato?, de Bin Laden. Mike Demon, teniendo en cuenta su catadura moral, lo aprobaría. Yo no. Dando por sentado que el líder de Al Qaeda era, ¿o es?, un sanguinario fanático, hay algunos detalles de esa operación Gerónimo que me resultan hirientes. En primer lugar dudo, por sistema, de la información oficial ofrecida, pero, aceptándola, aceptando que efectivamente comandos de los SIAL hayan abatido al terrorista más buscado en una operación relámpago, no puedo dejar de pasar por alto que, según los mismos comandos que se lo cargaron, el saudí estaba inerme por lo que pudo ser capturado para ser juzgado y se optó por eliminarlo. La información sobre la ubicación de esa casa fortaleza de Pakistán asaltada fue obtenida mediante tortura sistemática a un preso de Guantánamo, el ahogamiento simulado. Y me pregunto qué autoridad moral tenemos si actuamos como lo hacen los que perseguimos. El orador de la Casa Blanca no sólo no cierra Guantánamo sino que aprueba los métodos injustificables de su predecesor. Seguramente Bin Laden ha tenido el fin que merecía, pero se han conculcado, por el camino, buen número de derechos humanos y eso no es tolerable en un estado de derecho democrático. Pero, ¿somos democracias?Granada, 4 de mayo de 2011
Apenas pisé la calle para comprar cuatro cosas a los chinos; al carnicero, que hoy no fumaba, una pechuga de pollo fileteada. Mañana la haré con ajo y almendra molida. No piso la calle porque ando embalando libros, metiéndolos en cajas, los que puedo, y el resto con intención de venderlos, regalarlos o lo que sea, se amontonan alrededor de mi ordenador, formando muros, o en la mesa redonda, en torres que amenazan derrumbarse. En cada mudanza uno deja cachos de sí, es inevitable. Se pierden recuerdos. Se muere uno y renace de sus cenizas, y así, una y otra vez, hasta la resurrección última tras la que no queda más que la muerte definitiva. Se van al contenedor un buen número de revistas, cuatro kilos, y con ellas historia de treinta y cinco años atrás, cuando era un joven colaborador de las revistas Playboy, Penthouse, Interviú o GQ. Y después de llenar cuatro cajas de cartón me siento en el butacón a contemplar la librería vacía y me deprimo. Con intención de deprimirme más veo Las horas, de Stephen Daldry, que proyectan en la Sexta3, pero no la disfruto por los gritos de los energúmenos que pueblan las calles de Granada cantando y gritando con motivo del Barça-Madrid. El fútbol sigue siendo el opio del pueblo, en dictadura y democracia. A la una de la madrugada, cuando ya Virginia Woolf/Nicole Kidman se ha metido en el río con los bolsillos llenos de piedras y Ed Harris se ha arrojado por la ventana, me voy a tirar dos bolsas de revistas a un contenedor de papel y, de paso, paseo por la ciudad. Hace más frío dentro de la casa que en la calle. Me detengo ante el escaparate de una librería y sigo bajando por la Acera del Darro hasta el Paseo del Violón. El Genil, con las últimas lluvias, baja crecido. Completo el círculo subiendo por San Antón, Alhamar, cruzando la calle Recogidas y entrando en mi calle por la Plaza de Gracia. Ya empiezo a conocerme las calles de la ciudad de los dos ríos, cuando me faltan, exactamente, 26 días para dejarla.Granada, 2 de mayo de 2011
Tal día como hoy los españoles se levantaron contra los ejércitos napoleónicos. Eso trajo, mira por donde, reponer en el trono a nuestro rey más nefasto, Fernando VII. Ayer fue 1 de mayo y fue una fecha muy indicada para reencontrarme, tras años de búsqueda y captura, con mi amigo Pedro Gálvez. Mientras él comía unas pocas almejas y yo me inflaba a comer pescado rebozado, el escritor, un auténtico maestro de la novela histórica, el autor de Hypatia, fagocitada por Amenabar en Ágora, El maestro del emperador y La emperatriz de Roma, entre otras, me contaba cómo hace meses atentaron contra su vida en Munich, me daba cuenta con humor de las cuatro puñaladas que recibió, tres en el estómago, una en la espalda y otra en el cuello, del que me enseña cicatriz, que, lejos de mandarle al otro barrio lo han devuelto a éste con nuevas fuerzas, porque Gálvez, hijo de Galva, guerrillero venezolano, agente secreto en Alemania Oriental, ex miembro del PCE, parece mucho más joven y lleno de vida que la última vez que lo vi en la Semana Negra de hace cuatro o cinco años. Me alegra verlo, en tan buen estado, y vivo aunque lo visitó la muerte muy de cerca, y hablamos de literatura, al sol, en una terraza de Torre del Mar, Málaga, bajo la dulce mirada ambarina de Onuba, testigo de nuestro encuentro. Lleva tres años sin escribir, pero va a hacerlo de nuevo con una trilogía sobre la represión franquista. Yo, entre vinos, asombrándome de las pocas almejas que engulle, le regalo un ejemplar dedicado de mi novela Llueve sobre La Habana, un paseo negrocriminal por la Cuba castrista.
Ayer las bombas inteligentes de la OTAN mandaron al limbo a tres nietos de Gadafi. Como soy novelista, y por escritor, empático, me puse enseguida en la piel del mandatario libio para sentir todo su dolor y su odio. ¿A cuántos libios hay que matar, a cuantos niños hay que machacar, para que no mueran más libios? Es una ecuación absurda y espantosa. Gadafi ya ha muerto con esos tres nietos aplastados por las bombas de la todopoderosa Alianza Atlántica. Loco y perplejo. Los que matan a sus familiares son los mismos que le han armado y le han dado palmadas en el hombro no hace muchos meses. ¡Qué rápidamente se pasa de amigo a enemigo!
Muere Osama Bin Laden. Estados Unidos venga el 11 S ejecutándolo en su casa de Pakistán. No se molestaron en cogerlo vivo: lo frieron a tiros. Golpe maestro de su ejército a un terrorista genial. Sí, también hay genios del mal. Dicen que fue uno de los mayores terroristas del mundo. Lo dudo. Sí el más buscado, un mito que reposa en el fondo de algún mar. No voy a llorar su muerte, por supuesto, y me parece un asesino despreciable y fanático, sin duda. Un enloquecido profeta digno de una novela que quizá escriba en mi obsesión por explicar el mal que llevamos todos dentro. Pero si acudimos a las estadísticas, los muertos causados por el saudí creado por la CIA en Afganistán son muchísimos menos que los causados por el trío de las Azores de infausta memoria que siguen vivos y sin sentarse en un tribunal. ¿Cuándo los llevará un juez a La Haya?Granada, 30 de abril de 2011
Me despierto media hora antes de que suene el reloj del móvil a las 9 y media. Me ducho. Ante la ausencia de leche y la sensación de derrota me echo a la calle. Llueve, pero no lo suficiente como para volver a subir al apartamento y coger el paraguas bilbaíno. Voy a la chocolatería de Bib Rambla, pero antes compro El País en uno de esos establecimientos sin horarios que tienen de todo un poco y nunca cierran, chinos pero sin chinos, con un argentino amable. El chocolate con churros aquí es con porras. Son mejores mis churros. Cuando me atrevía a hacerlos, antes de la gran quemada que curó milagrosamente sin apenas dejar señales en mi mano. Tampoco se me nota ya el mordisco que me dio Nick en el antebrazo, hace seis años, una cicatriz que me dolía con el cambio de tiempo, como la de la hernia inguinal. Despliego El País mientras mojo una porra cruda por dentro en el espeso chocolate. Viene jugoso. De Babelia leo el siempre magnífico artículo de Antonio Muñoz Molina. Habla de una exposición de cuadros de habitaciones con vistas, que me suena a película de James Ivory, visitada en Nueva York, una de las tres ciudades del mundo, y se extiende luego a los escritores, a la necesidad de crear en espacios cerrados y luminosos, en silencio, con puertas con pestillo. Habla de Virginia Woolf, a la que leí mucho y bien en mi lejana juventud junto a Katherine Mansfield y me quedaba transido por la sensibilidad de su prosa, femenina y compleja, de sensaciones más que de acción, reflexiva siempre y con un punto de fatalismo que llevó a la primera a las aguas gélidas de un río con la falda llena de piedras. Dejo para más adelante un largo artículo sobre Mahler, mi compositor favorito, aunque oírlo me tiente siempre al suicidio, y disfruto con un artículo de Manuel Vicent sobre John Huston, cineasta irregular, no como John Ford, pero que legó unas cuantas obras maestras, entre ellas La jungla de asfalto y Vidas rebeldes, dos de mis preferidas, cintas tan de perdedores que en la segunda murieron todos sus protagonistas en cascada, empezando por Clark Gable, siguiendo por Montgomery Clift y acabando por Marilyn Monroe. Huston tenía cara de mala persona, bordaba el papel de padre incestuoso que para él fabricó Roman Polanski en Chinatown. De Babelia, con la mitad de las porras engullidas y el local a medio llenar, me voy a las cifras escalofriantes del paro: los cinco millones. El 45% de los jóvenes no tiene empleo. Hay provincias andaluzas en las que el paro supera el 30%. ¿Por qué no dimite este gobierno de una puñetera vez y convoca elecciones para perderlas? Como era de suponer, las nefastas medidas de recorte tomadas al dictado de los mercados, el FMI y las agencias de calificación que nos miran con lupa han servido para que el paro crezca de cuatro millones a los cinco insoportables de ahora. No da crédito la banca. Pues que se nacionalice. Que se nacionalicen las cajas y se conviertan en el banco estatal. La solución es muy clara y veremos lo que se tarda en llegar a ello. Gobernados por un capitalismo sin entrañas y sin fronteras, desaparecido el freno de la Unión Soviética y la amenaza comunista, no creo que los que manejan el mundo, esos tipejos que se reúnen una vez al año en un hotel exclusivo, el club Bildebergh, que a mí me suena a la Spectra contra la que clamaba Manolo Vázquez Montalbán, cuyos juicios se echan tanto en falta ahora, nos diseñen, en unos años, una bonita guerra mundial, ¿o será global?, para que nosotros mismos eliminemos ese excedente de mano de obra parada manu militari, destruyamos a conciencia Europa y así los que sobrevivan tendrán trabajo para edificarla de nuevo. ¿Lo veré? Espero que no. Pero sí quizá Paula que va a venir a un mundo hostil y a la que habrá que proteger. Acabo mi lectura salteada del diario con las declaraciones de un personaje infame, de Alfredo Urdaci, el que pilotaba los tendenciosos telediarios de la época Aznar, el Fernando VII del XXI, acusando a la actual TVE de partidista y falta de objetividad. El comentarista de El País, de todas formas, debe de ser amnésico, porque resalta las informaciones tendenciosas que Urdaci ofreció sobre los atentados del 11M, achacándolos a ETA pese a las abrumadoras pistas que apuntaban a Al Qaeda, que es, exactamente, lo que hizo el que creíamos era el diario progresista por excelencia, el que leo excepcionalmente porque es viernes y me acompaña a la ingesta de chocolate con porras. Repasen, por favor, lo que informó El País en esa fatídica fecha, que no tiene desperdicio, que parecía que el director del rotativo madrileño era José María Aznar. Dejé de comprar el diario, desde entonces, pero lo compro los viernes, por Babelia, y no siempre. Perdió El País, para mí, toda su credibilidad que ya puse muy en duda en la primera guerra de Irak cuando afirmaba que el país gobernado por el sátrapa Sadam Hussein, que tuvo un juicio y ejecución fulminante sin que le dieran tiempo a decir quién le armó con esas armas químicas con las que gaseó a los kurdos, era una potencia militar y peligro para el mundo. Potencia en tanques de cartón piedra. En fin, perro mundo éste al que venimos no se sabe por qué, para rabiar mucho y gozar aisladamente, aunque hay pecados que llevan en si mismos su penitencia, como estoy comprobando en carne propia. Pago los cuatro euros por el chocolate y las porras y regreso a casa, pero antes paso por el supermercado de los chinos y me saluda, en la entrada, el carnicero que está fumando un pitillo bajo una lluvia que chispea. No saben los chinos que ésa es la antepenúltima vez que me ven, que el supermercado, como todo el presente, ocupará un rincón de mi memoria hasta que sea borrado, por falta de espacio, y entren otros datos, imágenes y sensaciones en mi disco duro. Compro pan, huevos, bolsas de basura gigantes para meter toda la ropa que voy a tirar, que espero sea casi toda, patatas fritas adictivas, tortas de Inés Rosales para el desayuno, un par de cartones de leche y me quedo sin comprar la media pechuga de pollo fileteada porque el carnicero sigue en el exterior, paladeando su cigarrillo. Y ya sí, con las dos bolsas de la compra, bajo la llovizna, regreso a ese apartamento que me ha acogido en estos tres años. Dejaré como legado, y por peso, unos cuantos de mis libros por si el próximo inquilino se interesa por le lectura y, de paso, por uno mismo. 
Ha muerto Ernesto Sabato. 99 años. Apenas tres novelas, pero deja una huella indeleble en la literatura. Todavía recuerdo la fascinación que me produjo Sobre héroes y tumbas. Y hace cuarenta años que la leí. De todo hace tanto tiempo ya.
Cada vez me gusta más El imperio del sol, una de las películas más arriesgadas de Steven Spielberg sobre la novela de J. G. Ballard, un escritor de ciencia ficción que narró su traumática experiencia en el Shangai de la invasión nipona en una novela extraña y muy autobiográfica. La pérdida de la inocencia de ese niño obligado por las circunstancias a ser adulto, un increíble Christian Bale mucho antes de convertirse en psicópata asesino en American Psycho, el extraño personaje arribista interpretado por John Malkowicz, son dos puntos a favor de esta película retorcida y emocionante que mira la guerra desde los ojos de un niño fascinado por los aviones. Una sorpresa descubrir, esta vez, a un jovencísimo, en un papel secundario, Ben Stiller. Y emocionantes las muertes de Miranda Richardson y la del pequeño kamikaze japonés y esa escena en la que los padres, al final de la película, les cuesta reconocer a su hijo después de años de separación. Como suele ocurrir, la película fracasó en la taquilla.Vielha, 25 de abril de 2011
Vielha, 24 de abril de 2011
Vielha, 23 de abril de 2011
Este Sant Jordi mis libros en Librería Negra y Criminal, en la calle La Sal número 5 de la Barceloneta, y frente al mercado de la Boquería de Las Ramblas, como todos los años.TU CORAZÓN, IDOIA (Corona Borealis, 2011). Una novela sobre ETA contada por un etarra.
MAREA DE SANGRE (Erein, 2010) Una historia de corrupción y crímenes ambientada en la Costa Brava
LA FRONTERA SUR (Almuzara, 2010) Una novela violenta y adictiva situada en la frontera más peligrosa del mundo, la que separa Estados Unidos de México.
LA MUJER ÍGNEA Y OTROS RELATOS OSCUROS (Neverland, 2010) La recopilación de mis relatos premiados, un paseo por mi corpus literario.
Vielha, 22 de abril de 2011
Vielha, 21 de abril de 2011
Barcelona, 20 de abril de 2011
La fiesta de inauguración de la terraza de Verónica Vilasanjuán es todo un acontecimiento social, indica la llegada del buen tiempo y quien no esté invitado a ella hará todo lo posible para que eso no suceda el año que viene. Por suerte me llegó la invitación con días de antelación y ése es el motivo por el que prolongo mi estancia en Barcelona, pero antes de acudir me bajo al centro, en mi vieja bici que, proporcionalmente, tiene más años que yo, y quedo para comer con un cineasta en el restaurante de la Librería Laie, que es un sitio que recomiendo, la librería, por supuesto, y el restaurante que, por muy módico precio, te da en el menú del día canelones, de los buenos, crujientes, bien rellenos de carne y con abundante salsa bechamel, filete de ternera tierno con puré de manzana y exquisito arroz con leche, además de bebida. Hablo de cine, con el cineasta, de su próxima película que estrenará en unos meses, y del caótico e injusto mundo que nos toca vivir. Nos indignamos y nos prometemos asistir a esa macromanifestación del 14 de mayo para decir bien alto que ya estamos hartos. A las ocho y media, con mi bici, acudo a la fiesta de Verónica. En la terraza de su ático hay unos cuantos plasmas. La excusa es ver el partido Barça Madrid, pero el motivo principal es reunirnos unos cuantos amigos, pasarlo bien, beber moderadamente y comer, al menos yo, sin freno, porque los bocadillos de butifarra que trajo Marta Areny estaban riquísimos, y la ensaimada mallorquina que trajo no me acuerdo quien, mejor todavía. Éramos casi treinta personas, y un par de perros muy comedidos. Y había un niño. Algunos se pintaron en la frente los colores de guerra del equipo blaugrana. Y antes del partido crucé palabras con Andreu Martín, el único escritor de la reunión, que me habló de su próxima novela sobre mafias chinas en Barcelona, que pinta muy bien, me hizo algunas confidencias sobre turbios asuntos policiales, que me dejaron boquiabierto, y se mostró, él que es tan optimista, desolado con el panorama social y solo esperanzado de que a él lo peor de esta crisis, que mucho tememos sea la vuelta al fascismo, ya no le coja entre los vivos. Pero pasamos al partido, que fue tenso, porque el Barça, y eso que yo no tengo ni idea de futbol, porque no me gusta, porque sólo vi cuatro partidos en mi vida, jugó fatal en la primera parte, lo hizo bien en la segunda, con muchas ocasiones de gol perdidas, y volvió a jugar mal en los treinta minutos de desempate, por lo que se mereció perder ante el Real Madrid, algo que desoló a mucho y alegró a Fernando, el único madridista de la reunión con el que, cuando todos marcharon, estuve de charla hasta casi las tres de la madrugada, ron por medio, hablando de La Pastora, el personaje hermafrodita que ha novelado Alicia Giménez Barlett, pero anteriormente Manolo Villar Raso, sobre el poeta Marcos Ana, de cuya vida Almodóvar hará película, sobre el maquis comunista, sobre la ocupación del Valle de Arán, en donde estaré en muy poquito tiempo. Y a las tres y media regresaba a casa de la futura madre de Paula, o ya es la madre de Paula, porque Paula existe, la palpé bajo ese vientre abombado, para echar un sueño, que fue profundo después de haber libado cuatro cervezas, tres copas de vino, una de cava y el roncito de final de día.Bellcaire, 19 de abril de 2011
Tengo una cita con unos viejos amigos. Lo de viejos no es por la edad, madura, sino por conocernos desde cuarenta años atrás. Salgo a la una menos cuarto del mediodía de Barcelona creyendo que llegaré a las dos, justo para darme un baño en Cala Mongó y localizar la roca en donde suelen extender las toallas mis anfitriones. Pero llegar a esta población del Alt Ampurdá ha resultado laborioso, una especie de gynkama con toda clase de obstáculos por el camino. Claro que la culpa, en parte, ha sido mía. En vez de coger desde un principio la AP7 desde Barcelona he coqueteado con la NII, una infame carretera que corre paralela a la costa, pasa por todas las poblaciones y coge todos los semáforos en rojo, por lo que he decidido pasarme a una Autopista de peaje, la C32, o 33, hasta que se terminó, y pasarme de nuevo a la NII y perderme por ella. El día estaba gris, desapacible, como corresponde a Semana Santa, porque ya es un clásico de todos los años. Ponga usted la Semana Santa en Agosto y le lloverá y le hará frío. En las proximidades de Girona, la NII se convierte en un escaparate de sexo en carretera. Cada curva está punteada por una silla de plástico, a veces por una sombrilla y botellines de agua y kits higiénicos. Las dispensadoras de placer pagado esperan a sus clientes sentadas; otras, aburridas, cruzan palabras entre ellas. Alguna se mete en el interior del coche de un cliente que se detiene en una pista de tierra paralela. Buena parte de las chicas lleva minifalda. Hay una que se esconde entre la maleza. Otra, fuma, nerviosa y observa de forma arisca a los conductores que pasan. Las hay guapas. Jóvenes. Casi todas extranjeras: latinas y rumanas. Rubias, morenas. Se sitúan a unos cien metros unas de otras, para no hacerse la competencia, delimitando su territorio con esas sillas de plástico blanco. En breve, el flamante conceller Felip Puig las retirará de las carreteras. Es más una cuestión estética mientras sigue, en la sociedad, el debate entre regularización, cuando su comercio sea ejercido sin presiones, o abolición. Dejo ese supermercado sórdido del sexo a mis espaldas y confluyo, finalmente, en la AP7. Pago el peaje y voy a 80 Km/h a causa de obras que duran siglos y kilómetros. Los carriles se estrechan tanto que adelantar un camión se convierte en operación de riesgo. Y pago por eso. Me irrito. Entre los 110 km/h, los radares que crecen como hongos y las obras, conducir en coche se convierte en suplicio de Tántalo. Habrá que volver al caballo y al carruaje. Llego a Bellcaire casi al mismo tiempo que mis amigos de la playa de Cala Mongó, las tres de la tarde. Comemos fuera, en la terraza del apartamento que tiene ella. Fideúa y vino Martin Codax. Las conversaciones van de lo sentimental a lo político y se añade, a ellas y a la comida, la hija de mi anfitriona. Es una muchacha locuaz y vitalista; un vistoso tatuaje luce en su hombro. Cuando tomamos café sale el sol y nos da de lleno. Mi amigo, el más antiguo que conservo, se refugia bajo las alas de su sombrero panamá de 9 euros y sus gafas de sol. Arreglamos un poco el mundo, pero con desgana. Ya ni nos indignamos de lo indignados que andamos siempre. Yo jugueteo con un caracol que tiene la concha algo maltrecha. Me divierte tocar sus cuernos retráctiles. Lo dejo a salvo de las pisadas, sobre un muro encalado y comida abundante entre las hojas de las muchas plantas que tiene mi amiga. A media tarde paseamos por el pueblo, irrealmente tranquilo cuando a pocos kilómetros, en La Escala y en L’Estartit, debe de reinar el bullicio de la Semana Santa. Allí sólo se escuchan los pájaros y el ladrido de algún perro. Hay un viejo castillo, que conserva el foso y dos toscos torreones, y una ermita románica del siglo X. Unos carteles en la carretera indican que un barrio de Bellcaire se llama La Bollería, pero unos pasos más adelante, cuando se acaba éste, señala otro nombre: La Ovellería. Parecido fonético pero significado distinto. No se coordinaron a la hora de poner los carteles informativos del nombre del lugar. Tampoco parece que ese error del nomenclátor les quite el sueño. No se indignan, pasan. Todos pasamos. Una pista de tierra nos lleva hasta un barrio aún más extraño, un antiguo camping de caravanas reconvertidas en casas adosadas a las mismas. Me recuerda a la América profunda. Las casas de ese barrio son todas ilegales y se construyeron aprovechando el resquicio que les ofrecía el antiguo camping; por eso tienen luz, y agua, aunque no desagües. De ahí que los propietarios conserven las caravanas, muchas de ellas inservibles, con las ruedas desinfladas, cubiertas por la maleza, en sus jardines. Por si les derriban las casas volver a ellas e ir a plantarlas a otra parte. De momento es una habitación más de las viviendas, el cuarto de los invitados. De regreso a la casa escuchamos cómo se comunican dos cucú que descansan sobre los cables del tendido eléctrico. No puc, dice uno a otro, razón por la que Josep Plá dijo que eran los pájaros más vagos del mundo. Leo El Viejo Topo mientras la anfitriona se coloca el mandilón y vuelve a cocinar. La casa es pequeña, pero da buenas vibraciones, quizá por los muchos cuadros que cubren sus paredes y ella pinta. Música barroca de ambiente. Un artículo de Jorge Vestrynge, el antaño delfín de Fraga Iribarne reconvertido a la ultraizquierda, habla del declive americano: 100 millones de obesos y 250 millones de armas. Un 1% de su población entre rejas. Cenamos una tortilla de ajos tiernos y espárragos trigueros y tiene lugar una conversación surrealista a la que asisto impávido. Un buen argumento para un relato, o quizá una novela. Una amiga de la muchacha del tatuaje en el hombro, que llega justo a la hora de la cena, y que busca urgentemente un muchacho que la haga madre según nos cuenta. No es un SOS sexual, ni sentimental, sino simplemente biológico. La fuerza ciega del instinto reproductor contra el reloj biológico. Para la actividad placentera del sexo la amiga de la hija de mi amiga no tiene problemas, pero cuando ella les manifiesta sus intenciones se produce una desbandada de su cama. Y quiere ser madre. Y sería muy triste que lo fuera por inseminación artificial. Me parece estar asistiendo a una escena de una película de Woody Allen, quizá Poderosa Afrodita. Paladeo una última copa de Martín Codax y mi mente toma nota para un futuro relato o novela. De humor. La amiga de la chica del tatuaje en el hombro ya ha efectuado varios casting de pretendientes; los cita a todos a una determinada hora en una cafetería, habla con ellos, los evalúa y escoge al mejor para que la insemine. Pero debe gustarle. Lo quiere alto, guapo. Y si le gusta y se enamora, mejor. Lo malo es que para que se produzca el embarazo, o lo bueno, es que hacen falta varios encuentros sexuales y tenga un semen en condiciones, algo que no abunda. Maneja esa chica desconocida, pero que me gustaría conocer, una lista de pretendientes y se la consulta a su madre. Quizá debería atarlos a la cama, sugiero, inmovilizarnos mientras les extrae a sus víctimas el preciado semen con sus artimañas corporales, así no hay marcha atrás, ni preservativo que valga. No me acabo de creer la historia, pero la muchacha del tatuaje en el hombro me confirma que todo es muy cierto, que su amiga está angustiada porque sabe que si no tiene ese hijo ahora, a los treinta y cinco años, no podrá tenerlo más tarde. Yo no me postulo. Ya fui padre y seguro que la calidad de mi semen está por los suelos. Buscamos a ese posible padre del hijo que quiere tener la amiga de la hija de mi amiga. Se hace tarde. Las once y media de la noche y me quedan un par de horas por una autopista en obras y llena de radares. Besos de despedida a las chicas y apretón de manos a mi amigo. Y cojo el coche, con sueño, deseando llegar a Barcelona. Pienso por el camino en esa mujer ansiosa por ser madre.Barcelona, 18 de abril de 2011
Pedaleando por la Diagonal, hacia el anochecer, ayer, una mujer se arrebujaba dentro de su abundante ropa para sobrevivir en su banco vivienda. A su alrededor unos cuantos carritos de supermercado llenos hasta los topes con bolsas llenas, seguramente, de nada. La obsesión de tener algo los que nada tienen me desconcierta. Los hay que coleccionan perros, y en ellos buscan el cariño que les falta de las personas, pero abundan los que se rodean con carros de supermercado repletos de bolsas de nada. Bolsa y Banco. Más sensibilizado desde que vi Inside Job. Un segundo sin techo, este joven, de la edad de mi hijo, aun no muy deteriorado, por lo que cabe colegir que le han embargado la casa hace una semana, prepara su cama en el interior de un banco, el Bilbao Vizcaya, de la Avenida de las Corts. Hoy lo he visto en el mismo banco, ya echado sobre su lecho de cartones, pobre y tan cerca del dinero que almacena el cajero y que le sacaría del apuro si vomitara sus billetes en un acto de justicia. Creo que la banca, en general, está ofreciendo su desinteresada ayuda asistencial a los que ha dejado en la calle con una mano delante y otra detrás. Para que luego digan que el capital no tiene corazón y no agradece las generosas aportaciones de ese joven que les ha donado su prestación social y esa mujer que tiene al cielo por techo, todo un lujo, para que ellos sigan con su ingeniería financiera.
Tarde de fotos. La cita es en Verdi Park y la fotógrafa, argentina , con un marcado acento porteño a pesar de llevar viviendo acá veinticinco años. Alguien que me hizo unas fotos, cuando tenía un cuarto de siglo menos y aspecto de ejecutivo que iba a zamparse el mundo. Los años, curiosamente, me han dado una pátina más contracultural. Mi cabeza es mucho más de izquierdas que entonces. Algo bueno tiene madurar: te convierte en un radical. Buscamos escenarios del barrio de Gracia, mi barrio, mi tierra, mi patria, porque somos de donde pasamos nuestra niñez y de las calles en las que jugamos, y hallamos un barecito en una plaza empedrada y unas paredes desconchadas de una esquina que pueden servir como fondo. He aprendido, en estos años, a mirar a la cámara y ella me obliga a abrir los ojos, sabedora de la tendencia que tengo a cerrarlos. Tras nuestra jornada de trabajo, ella como fotógrafo y yo como modelo, nos sentamos a charlar en el Café Salambó ante una taza de café y un té. Con la fotógrafa argentina me he visto en cinco ocasiones: una, veinticinco años atrás en uno de los pisos en donde viví, posando con un perro de cartón que sobrevivió al de verdad que luego tuve; y los otros cuatro encuentros tuvieron lugar en Negra y Criminal, con mejillones y vinos de por medio. El sorbido del café y del té en el café de Pedro Zarraluki, que se va llenando, se prolonga, para desespero de los camareros, cuatro horas y nuestra conversación se convierte en una sesión terapéutica en los dos sentidos, y eso que yo siempre rehusé visitar a un psicoanalista. Siempre fui buen escuchador y eso imagino que ayudó a mis novelas, a sus diálogos, pero a partir de los cincuenta empecé también a hablar. Lo que me cuenta de su vida, que yo ya intuía, da para cinco o seis novelas, todas dramáticas. Lo mío es mucho menor, una frivolidad. Pero cuando me escucha, mirándome con sus sabios ojos verdes, me cita una película: Herida. Y no puedo estar más de acuerdo. Barcelona, 17 de abril de 2011
Resaca de ese pre Sant Jordi que montó el comisario Paco Camarasa ayer en Negra y Criminal que, a estas alturas, uno no sabe si es un club o una librería. Día soleado. Una mesa en la calle, para que los escritores descansaran de su esfuerzo firmando libros, vasos de vemut, excelentes patatas fritas y los míticos mejillones sin los que estos sábados no serían lo que son. Siempre me alegra encontrarme con colegas. Estaban allí Andreu Martin, Jordi Sierra i Fabra, Leo Coyote, Carlos Zanón, José Vaccaro Ruiz, Cristina Fallarás, Javier Calvo y Raúl Argemí, y me encontré con buenos lectores, que siempre son amigos: Ramón Cabrera Naveiras, con el que siempre me quedo corto hablando y con las ganas de invitarle a una cerveza y hablar de Hierro; mi paisana Celia Santos, que es hermosa, sana, cariñosa y simpática; Susana Villafañe, la que mejor fotografía mis libros y a quien los escribe; el pintor Juan Luis Quintana, a quien reencuentro después de 40 años de ausencia convertido en un tipo cosmopolita que se ha pasado media vida viviendo por USA; Vicente Roselló, cuya presencia, por inesperada, me emociona; Santi, el viejo camarada de la barricada con el que siempre sueño con un mundo mejor; Yahaira, La Maja Negra, que seguro escribo mal y mira que es hermoso ese nombre venezolano…y luego nos vamos a tomar una paella y unos vinos a la Barceloneta, y más tarde terminamos con mojitos frente a la silueta del Hotel Vela, brindando por una mañana soleada y un atardecer bellísimo aunque fresco. Luego unos se van a ver el partido y yo me retiro a mi guarida en donde extraño a Paula y a la madre de Paula.




