domingo, 31 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 31 de julio de 2011

Regreso a la séptima vida. En sueños, el único atajo para llegar a ella. Me despierto justo cuando orillo la puerta del cielo, cinco minutos antes de que suene mi despertador puesto a las 8. Hoy toca excursión con el amigo montañero y filósofo y la amiga paisana de Jacques Brel. Llega ella después que de hayamos desayunado con una bolsa de croissants. Muy francés. Le ofrezco café. Y luego vamos todos, una vez más, al Coth de Baretges que sigue teniendo el aspecto de parque zoológico que tenía el último día que subí a él.
Conozco ya a algunos elementos. El semental de hace un par de días no está apático como entonces sino muy tierno y busca el afecto de una vaca que pasta y pasa por completo de él. Los arrumacos a esa hembra francesa, que se diferencia de las del resto de la manada en que no es blanca sino algo canela, no surten ningún efecto, y entonces el semental quiere tomarla por la fuerza lo que redunda en un fracaso estrepitoso. La vaca objeto de sus deseos lo único que quiere es acabar su pitanza y ese tipo, muy pesado en todas las acepciones, es un incordio. Ni por las buenas ni por las malas. Dejamos al toro triste y compungido intentándolo una vez más y a alguna ternera macho que lo emula saltando sobre terneritas hembras – lo que ven hacer a sus mayores – e iniciamos el ascenso del verde monte que se eleva tras el refugio del Coth de Baretges. Suerte de mi palo, mi tercera pata, que a veces actúa como muleta y a ratos es el perfecto soporte para que descanse apoyado en él. El bastón que recupero de la última vez que subí al refugio con mi amigo y su hija que parece mucho más joven lo cedo, galantemente, a la dama y ella, galantemente, lo deja tras una roca. Lo cogemos a la vuelta, me dice. No hay vuelta por ese monte, así es que allí está. El vía crucis termina en lo alto de la montaña junto a un mojón que señala la frontera, y siguiendo la frontera, por la cadena de montañas, disfrutamos de la visión extraordinaria del macizo de la Maladeta, mismamente enfrente, con el Aneto y sus glaciares perpetuos.
Los mojones fronterizos están numerados. En el 345 echo una siesta breve. El sol me da en la cara y no me doy cuenta de que me estoy quemando por la brisa. Claro que también se queman mis compañeros de marcha. Cogí un sombrero horrible, para protegerme del sol, y lo llevo en el bolsillo. En el mojón 342, ante la mirada vigilante de un par de buitres que no hacen otra cosa que pasar por encima de nosotros por si alguno de los tres desfallece, comemos. El bocadillo que ha preparado mi colega neobotánico es tan contundente que dos mordiscos me sacian. Saca la bretona, tentándonos, una tableta de chocolate oscuro y los varones aceptamos la invitación. Después de unos cuantos frutos salados apetece echar una siesta. Eso hacemos los del Valle mientras el foráneo despliega su mapa, empuña la brújula y va descubriendo nombres de picos en lontananza, riachuelos que platean y hasta las denominaciones de las cabañas que desde ese observatorio de águilas a 2.200 metros tenemos.
El sol brilla con ganas y lentamente nos vamos friendo los tres a cámara lenta sin enterarnos. Los buitres no pierden la esperanza y nos siguen. La excursionista bretona descubre un zorro que desde la cima se desliza rápidamente al barranco. No da tiempo de hacerle fotos. Abajo, entre las rocas, gritan las marmotas.
Seguimos de pico en pico y de mojón fronterizo en mojón fronterizo. A esas alturas pastan manadas de caballos y en un valle cercano vemos a un centenar de gregarias ovejas que apenas se mueven. Nos movemos constantemente entre Francia y España. Nunca habíamos pasado tantas veces la frontera en un sentido y en otro. Y nadie nos pide el pasaporte.
Descendemos aleatoriamente, por una vaguada sin río. Al final, un valle, una pista, un paisaje de una belleza extraordinaria, prados verdes que se extienden hasta el infinito y rebaños de vacas francesas blancas y de color vino tinto que marchan en perfecta formación sin mezclarse unas con otras. Descubro ese rincón francés, una cuña perfecta que se mete en España y limita con el Vallé de Arán y Huesca, que es uno de los lugares más bellos que he visto. Millones de flores aromatizan un campo que sabe a miel y al fondo, como un escenario, las interminables alturas de la muralla de la Maladeta cuyos picos tocan el azul del cielo y se pierden entre nubes.
A las seis estamos de nuevo en el coche. Y antes, muertos de sed, abrevamos en el pilón en donde lo hacen los caballos. Veremos mañana el resultado. Los tres quemados, abrasados, nos metemos en el coche y rematamos la jornada con un par de claras en el bar de los vascos del pueblo y un brebaje que se llama Dominique, cerveza con jarabe de fresa, que se toma la montañera.
Llevo más de una semana a excursión diaria y resisto.

sábado, 30 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 30 de julio de 2011


Que dos tipos de la misma edad, parecido peso, similar bagaje cultural y político compartan, además, una misma filosofía de la montaña – disfrutar del paisaje, pararse cuando el entorno lo requiera, echar una siestecita al sol, comentar la ruta sobre plano, etc – es un lujo inalcanzable. Hoy, con ese amigo, del que lo soy desde hace más de cuarenta años, planeamos una excursión larga y la ejecutamos: desde Varradós, al que nos aproximamos en el todoterreno, al lago y minas de Liat, uno de los paisajes más espectaculares y, a la vez, más desoladores de Arán. Empezamos el camino con niebla pero un pastor con aspecto de yihadista islámico, cuyos perros primero parece que quieran mordernos y luego juguetean con nosotros, nos asegura que tendremos buen tiempo. Y así es, en efecto. La niebla se alza y podemos disfrutar del azul de cielo enmarcado por nubes vaporosas que van y vienen.
El camino es un GR11 medianamente bien señalizado. Hay trozos en que la senda se pierde y nos metemos por las que abren las vacas. Se nota que muy pocos excursionistas la hacen. Al cabo de una caminata de una hora avistamos el valle del ferruginoso río Unhola y la pista aérea que conduce al lago Montoliu. Iniciamos entonces el descenso hacia el Valle de Tort, así llamado por los meandros que hace un río entre pasto verde, y después, siguiendo un camino punteado por cascadas hermosas, llegamos al Pas del Estret en donde de forma permanente una furgoneta metálica sirve de vivienda al solitario pastor que controla las vacas de esos valles perdidos. No vemos a nadie. Por una pista pedregosa alcanzamos un prado superior en donde un cuatro por cuatro, por lo menos de la segunda contienda mundial, fue a dar con sus huesos y de allí nunca más salió: quedan las puertas, los asientos destrozados y los ejes sin ruedas hundidos en el barrizal adonde fue a morir ese vehículo que ya es monumento. Y de allí descendemos ya al valle de los lagos de Liat que los avistamos después de bordear un espectacular cráter que se traga literalmente su río de desagüe.
El sol acaricia las aguas del lago y la hierba que lo circunda. Me tumbo y hago una siesta exactamente de siete minutos. El único ruido del entorno es el que hace mi colega desplegando su detallado mapa y haciendo algunas comprobaciones con su brújula. Tras mi descanso iniciamos la subida a las abandonadas minas que dominan desde una atalaya rocosa los dos lagos de Liat. Esa ruina del poblado minero, sus casas de pizarra sin techo, una puerta cerrada que se mantiene intacta en una casa de la que sólo queda su fachada y el vuelo ruidoso de tres grajos nos impresionan. Estamos ante los vestigios de una civilización que ya desapareció del valle, la de los numerosos poblados mineros, perdidos en las alturas, sometidos a los gélidos inviernos, que socavaron las montañas buscando zinc, carbón o hierro. Bajamos a un nuevo lago, el de Pica Palomera, que vislumbramos. Y con la mirada fija en sus aguas nos tomamos el segundo bocadillo cuando ya rozamos las seis de la tarde. Hora de regreso. Un setentón, en un prado cercano, busca un lugar para plantar su tienda de campaña. Como tiene aspecto de no haber hablado con nadie en los últimos cuatro días le damos cinco minutos de conversación. Se recorre con su mochila y su tienda el Valle a pie, no le gusta el refugio próximo, porque padece de próstata y teme importunar a sus vecinos de noche -¿a quién si no hay nadie?- ni las vacas a las que teme más que a los osos y por esa razón forma un cerco alrededor de su lugar de acampada. Le deseamos buenas noches, y frescas, mientras seguimos camino procurando no perdernos a medida que mengua la luz y aumenta la niebla. A las nueve de la noche, o de la tarde, la niebla, espesa, que nos envuelve y no nos deja ver a cuatro metros a la redonda, impone un poco de tensión a nuestra marcha, pero tengo fe ciega en la habilidad y sentido de la orientación de mis colega montañero y llegamos a buen puerto, al todoterreno, a las nueve y media, cansados pero satisfechos de haber alcanzado en esta primera excursión larga todos los objetivos propuestos.

jueves, 28 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 27 de julio de 2011
Overbooking. Desde hace días el corredor de fondo no está solo sino muy bien acompañado. Un mes, el pasado, con la casa vacía y una semana en la que se concentran las visitas y tengo que tirar de agenda. Si hoy es martes, ¿a quién le toca visitarme? Me gusta.
Al mediodía vino el amigo y su hija. Degustaron la sopa de nunca acabar. Trajeron un par de setas que encontraron en el bosque, dos hermosos rovellones, a los que hemos sobrevivido, que guisé con la butifarra del Valle, y una enorme botella de whisky que beberé a su salud cuando escriba. Disfrutaron con mis torrijas. Voy a creerme que soy un buen cocinero. Tuvimos una larga sobremesa con suculentas anécdotas de viajes. Una de Roma me pareció fantástica, de película de persecuciones con un conductor especialista. Yo conté mi azarosa y kafkiana salida de La India. A las 5 cogimos el coche y subimos al Coth de Baretges por la sinuosa carretera del Portillón. El primer tramo de ese camino que ya me conozco al dedillo lo hicimos bajo la niebla. El segundo, con lluvia intensa. La pista era un larguísimo río de seis kilómetros que discurre por un bosque majestuoso de enormes abetos. Padre e hija son avezados montañeros. Confieso que me costó seguir su paso. Uff con mis años.
Overbooking en el Coth de Baretges. Nunca había visto tanta animación como hoy alrededor del pilón de agua que hay junto al refugio. Caballos, vacas, mulas, burros que se cruzaban, rebuznaban, mugían o relinchaban y, en medio de ellos, tres humanos que hablaban estremecidos por la belleza de la naturaleza. Pero el rey de ese animalario diverso era un gigantesco toro semental de por los menos setecientos kilos que se paseaba majestuoso entre las hembras pero sin ganas de montarlas. Debería estar cansado. O no se enamoraba de ninguna. Las vacas eran de color blanco, francesas. Que no se irrite por ese comentario la vecina de Paul Gauguin.
Me hizo feliz ver disfrutar a padre e hija con los caballos. Más cuando he visto las fotos que les he hecho. Las fotos capturan expresiones que en la realidad se escapan, porque la instantánea las congelan y permiten su análisis. Él parecía el hombre que susurraba a los caballos. Lo hacía cogiendo con cariño las cabezas de las yeguas y dándoles el afecto que buscaban. A ella le enternecían los traviesos potrillos y se le iluminaba su cara de niña, abría mucho los ojos. Con tanta carne viva a nuestro alrededor habríamos firmado un manifiesto jurando no comer más carne de potro, ternera, ciervo, conejo…
Durante el descenso hacia el coche llovió con ganas y nos envolvió la niebla, pero no tuvimos la suerte que sí tuvo la tarde anterior la excursionista bretona que vio dos ciervos. Ni salamandras. Ni fresas en los bordes del camino. El cupo de animales lo teníamos completo.
Junto al Garona, que baja impetuoso y pleno de agua, me despedí de los dos amigos que montaron en su gigantesco todoterreno. Y, muy profesionalmente, les pregunté si les ha gustado la excursión incompleta en la que se quedaron sin ver esa vista espectacular de la Maladeta y el Aneto que últimamente se resiste. ¿Seré en mi octava vida guía de montaña?
Ya en casa, después de cenar, subí a mi buhardilla. Y puse un CD de Santana. Caravanserai. La banda sonora de mi cuarta vida. Quien la escucha arropado por maderas en una casa de tejado de pizarra de un pueblo del Valle de Arán que mira a la iglesia y al Coth de Baretges es un tipo simplemente mayor, de pelo y barba blanca, desencantado de todo, en una octava vida que intuye será la última. Quién la escuchaba en una casucha de La Floresta era un joven de larga melena, cuerpo joven y delgado, lleno de ilusión que creía que la vida iba a ser ilimitada y no se imaginaba el presente.
Hablo con la madre de Paula, que tiene hipo y está presta a asomar la cabeza al mundo, y con la arquitecta de mi sexta vida de mi breve séptima vida y de mi incierta octava vida en la que busco tiritas para sellar mis heridas.

miércoles, 27 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 27 de julio de 2011

Altero todas mis rutinas hoy, salvo la de desayunar con las noticias que siguen centrándose en el nazi de Oslo. Un tipo tan educado y amable como la pareja de despiadados asesinos de guante blanco, ¡qué detalle tan inquietante!, de Funny games, la película de Haneke que veo por enésima vez en cualquiera de sus versiones en la Sexta por la noche. Bizcocho y café con leche. No es el bizcocho del último día, el que estuvieron desayunando los últimos amigos que pasaron por mi casa. En algo fallé. No puse limón, ni ralladura de su cáscara. Ya no tiene remedio.
Me olvido hoy del diario y voy a La Trastienda con el paraguas abierto. Diluvia. Un café solo mientras me conecto a su wifi. Alabo el paté del otro día. Tuvo éxito. Leo mi correo. El Miami Herald Tribune se interesa por Llueve sobre La Habana. No me sorprende. Miami es el lugar del mundo, fuera de la isla, en donde hay más cubanos. La editorial se compromete a enviarles un ejemplar. Mientras, intento un contacto con la Miami Book Fire. Ya estuve hace tres años pero no me importaría volver de nuevo. Adoro los cayos de Miami y rodar en bicicleta por su paisaje marino de ensueño.
Hoy tengo comensal. He invitado a comer a una paisana de Paul Gauguin. Se presenta a las dos y media en atuendo de montañera y con una buena botella de vino. Picoteamos el queso Idiazabal y el paté de foie y setas que compré a los vascos. Le gusta mi gazpacho. Y mi carne con patatas. Y más mis torrijas. Repasamos, entre otras cosas, la gramática parda española que le parece muy fuerte y soez. No entiende por qué todas las palabras referentes al sexo son tan groseras y suenan tan mal. Cierto. Me desafía a que diga un taco en el idioma de Moliere. Salope. Se escandaliza, es un insulto muy fuerte, el peor. Lo incorporé ayer en la novela que estoy corrigiendo, Te arrastrarás sobre tu vientre, en la boca de uno de los personajes franceses.
Sigue lloviendo mientras avanza la tarde. No nos importa hacer esa excursión que nos hemos prometido con este tiempo. Nos calzamos las botas de montaña y subimos al todoterreno después de tomar un café. Le hablo de la araña que guarda mi garaje. La conoce. Pero no me la presentó. Mientras vamos camino del Portillón seguimos hablando. Ambos somos muy locuaces, no hay silencios. Yo, que no lo fui nunca, hasta la séptima vida y ahora en la octava, como resaca, imagino, de la anterior. Tiene unos enormes ojos azules, y yo que creí que eran verdes. Debo de estar mal de la vista. No hay manera de que me tutee. Por respeto, dice. Preocupante que la gente me respete tanto. Diluvia. El peor día de todos los días para hacer esa excursión programada al Coth de Baretges al que iré mañana, pasado mañana y quizá al otro.
Dejo el coche en la pista embarrada y nos ponemos en ruta. Agua. Por todas partes. Lloviendo del cielo y brotando de las piedras, convirtiendo el camino en un río, a trechos, o en un barrizal, siempre. Chapoteamos. Seguimos montaña arriba, sin inmutarnos, con el cabello mojado y los pies nadando en las botas. Ni nos quejamos ni damos media vuelta. Un par de fanáticos de la naturaleza de los que no abundan. Me cubro con la capelina. La paisana de Jacques Brel sube a buen ritmo, más que yo. Me pregunta cosas sobre Tu corazón, Idoia. Nunca había imaginado un club de lectura así, en medio de la montaña barrida por la lluvia y la bruma. Le confieso que todos los personajes del libro, incluido el perro que tanto le extraña que el protagonista no mate, están cogidos de la realidad, una práctica común en mí e imagino que en casi todos los escritores. No creo que veamos, al culminar el Coth, la maravillosa vista del macizo de la Maladeta y el glaciar del Aneto. No importa, porque el camino es precioso, me dice. El bosque tiene un aspecto fantasmagórico, con sus altos abetos que aparecen y desaparecen entre las nubes.
Sigue lloviendo, a cántaros. La montañera fotografía una salamandra en el camino que a duras penas resiste la embestida del agua que baja por el camino como si fuera un arroyo. El lagarto negro y amarillo permanece quieto, hasta que le hacen la foto, como un consumado modelo, y luego se deja arrastrar por la corriente montaña abajo.
Me pregunta, mientras coge puñados de fresas de los bordes del camino, por qué hay tantos crímenes en mis novelas. Le contesto porque así no mato a nadie. Sólo conozco a una escritora de novela negra que fue asesina antes que autora de éxito, una excepción; sobre su crimen Peter Jackson rodó Criaturas celestiales con Kate Winslet. La ha visto. Hablamos de cine francés, de Isabell Huppert y Una mujer en África, de la belleza de Sophie Marceau, de los enormes ojos de Isabel Adjani, de la humanidad de Gerard Depardieu, de Jean Reno, Sergi López, Olivier Martínez. No hay cine en Vielha. Tendría que montar uno. Pero no tengo tiempo. Los días en la montaña siguen teniendo 24 horas, menos si descontamos las cinco horas de la excursión de hoy bajo la lluvia.
No hace frío hasta que llegamos al Coth. El final del camino, le digo. No, el final será cuando lleguemos al coche, me corrige. La bruma es tan espesa que no se ve el refugio sin guarda hasta que materialmente no estamos encima de él. Los pastos en donde dos días atrás comían los caballos están empapados de agua y nuestras botas se hunden hasta las hebillas. Nos guarecemos dentro tras abrir el pesado portón de hierro que lo cierra. El próximo día habrá que llevar una caja de cerillas para encender fuego y calentarnos las manos. Las ocho y la niebla espesa cubre la vista extraordinaria de la Maladeta que es el principal encanto de la excursión. No hay caballos por los alrededores, ni se oyen sus esquilas. Hacemos tiempo hasta las ocho y media a ver si el tiempo mejora. Empeora. Hablo de mis viajes alrededor del mundo, de tres destinos en los que me hubiera quedado a vivir: Hierro, Birmania y éste, Arán. Al final fue Arán.
Regresamos. Hemos tardado un par de horas en subir, lo mismo en bajar. Calculamos seis kilómetros y no los 2 y medio que figuran en el cartel que hay al inicio de la pista forestal. El frío aumenta y la humedad nos traspasa los huesos. Sigue el diluvio persistente. Somos un par de excursionistas locos. Yo ya lo sabía de mí, pero no de ella. Se queja, en uno de las revueltas del camino, de no haber visto a los ciervos prometidos por mí. No hemos terminado la excursión, le digo. Y así es. Doscientos metros más abajo un par de hembras jóvenes se paralizan en el camino ante nuestra presencia; una huye montaña abajo y la otra, tras subir, baja luego para reunirse en la espesura del bosque con su compañera. Luego ya no los vemos, pero oímos los bramidos. Le brillan los ojos de alegría a la montañera bretona.
Ella tampoco pisa las babosas ni cuando va en bici. Dos radicales respetuosos con la naturaleza.

martes, 26 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 25 de julio de 2011
TXAKOLI


Pienso que es un buen vino para recibir a un amigo. Y a su hija. Lo compro en La Trastienda, mi comercio preferido. Mi oficina. Me gustan esos bares, o restaurantes, que también son tiendas, en donde degustas un vino o un paté y, si te place, te los llevas. El txakoli está frío. El paté es de foie con setas. Paté y txakoli, vascos. Le pregunto a la dueña de La Trastienda, de la que ya casi soy amigo, el porqué de tanto vasco en el Valle. Yo soy gallega, me dice, Jon es vasco. Ah. Por proximidad. San Sebastián está a dos horas y media en coche. Un día cogeré el coche y me iré a San Sebastián, me bañaré en La Concha, comeré angulas y regresaré a mi Valle. Mi amigo, y su hija, me esperan guarecidos bajos sus paraguas ante la iglesia. Los llevo a casa. Me alegro de verlos a ambos. A él lo vi la última vez en el Café Salambó, en la triple presentación. A ella cuando iba en un cochecito, un día de Reyes, en el puerto, esperando a Sus Majestades que llegaban por el mar. Siempre es bueno charlar con un amigo de mi séptima vida que recupero en la octava, bueno, que no perdí nunca. Soy malo calculando la edad de su hija. Como no tengo coca-cola, ni fanta de naranja, y no bebe vino, le ofrezco leche. Como si tuviera catorce o quince años en vez de los veintisiete que asegura tener. Suerte aparentar menos le dice uno que siempre aparentó más. Brindamos. Los hombres de barba blanca con txakoli, y la chica que parece más joven con una copa de agua del río Garona que hoy pasa crecido por el pueblo. Compraré Fanta la próxima vez que vengan. Repasamos la situación del mundo, y nos indignamos. Todos estamos indignados. La chica que tiene veintisiete años en vez de los quince, también. Ella con más razón. Pertenece a ese sector que sufre un 50% de paro en sus carnes, que cuando trabaja no le pagan las horas extras, que cuando quieren los despiden. Ya lo decimos los indignados: No es una crisis, es el sistema. Hablamos del Valle, de sus bellezas, de los caballos y ciervos que tropiezo a diario. Les cuento mi encuentro con Woody Allen. No lo sacrifican porque la carne de los caballos albinos no es buena, me dice mi amigo. Todo tiene explicación. Me gustaba más la mía: que el carnicero se apiadaba de su cara y lo indultaba. Les prometo una excursión pasado mañana, llueva o haga sol. Eso último será imposible. El sol se fue. Debemos estar en una glaciación y no me enteré. O se anticipa ese fin del mundo maya del 2012. Y hablamos de nuestra vida laboral, de cuando ambos trabajábamos en una misma oficina, codo con codo, en el centro de Barcelona, como bankeros, que ahora con lo de Bankia y el escandaloso sueldazo de Rodrigo Rato se escribe con K de okupa, del bar adonde íbamos a desayunar, del camarero amable que nos servía los cafés con leche y los bocadillos y resultó ser el violador del Ensanche, de compañeros y compañeras a los que perdí la pista, de los que murieron ya y no me enteré, de la muerte, de perros, de mi doberman, de cuando me mordió cuando quise separarlo de otro macho con el que se peleaba, de mi experiencia con mastines en Babia, espantosa, de su viejo caballo al que le gustaría liberar en uno de los prados del Valle, de la cierva y el bambi que vi días pasados en la carretera, de que nos podemos morir en cualquier instante, de que yo me pude morir hace un par de días arrollado por un cabrón de conductor loco, de mis novelas, de lo que estoy escribiendo en estos momentos…así hasta las nueve. Se marchan como vinieron a mi casa, con lluvia, y con El mal absoluto bajo el brazo dedicado. Pasado mañana los llevaré al Coth de Baretges. Mañana iré con la excursionista bretona al Coth de Baretges. Pasado mañana iré con el asturiano que viene expresamente a Arán al Coth de Baretges. Y ayer ya estuve en el Coth de Baretges. ¿Y si me empacho de tanto Coth de Baretges?



LA CAMARERA DE LAS TITAS
Le curso una invitación formal. Le envío unas cuantas fotos de la Artiga de Lin para que se anime a venir. Me habla de sus alergias a las plantas. Si lo llego a saber alquilo una casa en el Sahara en vez de en Arán. Le digo que venga con escafandra de buzo porque aquí si algo hay son plantas, millones de plantas y flores. Me asegura que vendrá para romper mis largos silencios. No me conoció en mi cuarta vida; entonces mis silencios eran eternos y yo era un personaje de Antonioni que no se comunicaba ni consigo mismo. Debuté en escena con ella. Tuvimos un beso que no ensayamos previamente. Creo que esa será la última vez que suba a un escenario. Aunque en realidad lo que hice fue sentarme a una mesa de Las Titas, Granada, a orillas del Genil.

lunes, 25 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 25 de julio de 2011
WOODY ALLEN
Nos hacemos mayores. Todos. Al atardecer subí al Coth de Baretges. Llegué hasta arriba en el todoterreno, cuando termina la pista accesible y el camino se llena de piedras y se estrecha. No estaba solo. Caminaban por el prado tres muchachos y había un par de coches, uno de ellos un todoterreno, seguramente de un pastor, que bloqueaba la pista. Dejé el mío próximo al borde del camino, casi con la rueda en el aire. Y bajé con mi bastón masai. Las nubes estaban bajas, pero aun así permitían admirar el majestuoso paisaje de uno de los lugares más bellos del Valle. Hoy había caballos, muchos, cientos, como nunca había visto en otras ocasiones. Bajaban al trote por las laderas, en grupos, las madres con sus potrillos a los que cuidaban y mimaban con esmero enternecedor. Algunos, curiosos, se acercaban tanto a mí que debía levantar el bastón para ahuyentarlos. Otros, en grupos compactos, parecía que quisieran abalanzarse sobre mí y salía yo de su camino en el último instante para impedir que me arrollaran. Algunos machos relinchaban. Todos tenían sed. Pasaban primero por el largo pilón lleno de agua que hay junto al refugio y, después de hartarse, comían hierba. Busqué entre ellos a mi amigo. Lo había visto hacía tres meses, en el grupo, cuando estuve en el Valle buscando casa y subí al Coth. He hablado muchas veces de él en este diario. Es un caballo feo y desgarbado, de ojos azules, mirada bovina, cabeza con manchas blancas y crines blancas. Parece albino, porque hasta blancas son sus pestañas. Lo he bautizado como Woody Allen porque le encuentro un parecido con el genial humorista norteamericano, porque pienso que si el director de Annie Hall fuera caballo sería así. Bromeando conmigo mismo suelo decir que el carnicero no lo mata porque se apiada de su aspecto y lo reconoce entre los otros caballos que son lindos y lo indulta. A Woody Allen lo conozco desde que es potrillo, desde hace siete años, y lo he ido retratando. Puedo hacer un álbum de fotos con sus fotos, escribir su vida imaginada trotando y comiendo en esos pastos y algo marginado por su manada que advierte su fealdad. ¿O no? A lo mejor es muy atractivo para las yeguas. Lo busco entre esos cientos de caballos y no lo encuentro. ¿Lo habrán sacrificado? me pregunto. Pero no. Ahí está. Aparece exactamente el último, cuando sus colegas de manada ya han bebido suficiente agua y están cenando hierba, viene, al contrario de los demás caballos que han bajado al Coth de Baretges a galope tendido, al paso, y me busca, va directamente hacia mí, se me acerca con su mirada bovina y se detiene a menos de medio metro, lo suficiente para que alargue la mano y toque su inmensa testuz. Quiero imaginar que sabe quién soy yo y me reconoce, que tiene memoria y afecto. Le hablo y parece escucharme mientras me mira muy fijamente con sus ojos azules tan característicos. Pasa el tiempo para todos, Woody Allen, incluso para ti, que te he visto crecer y ahora eres un caballo enorme y tripudo pero conservas inalterables tus peculiares rasgos que hicieron que me fijara en ti desde el primer momento ahora hace siete años. Llegará un día que ya no te vea y me entristeceré.

WHISKY
La mejor hora para escribir es esta. Ya he cenado esa maravillosa sopa que nunca se acaba, que es pura magia y cada día que pasa es más rica, y ya han pasado ¡¡¡45 días!!! y subo a la buhardilla, pero hoy lo hago en compañía de una botella de whisky. Me sirvo medio vaso mientras hago una pausa en mi trabajo. Corrijo un texto antiguo. Doy un sorbo. Pongo un CD de Gilberto Gil mientras me relajo. Es el primer whisky que me tomo a solas. Un Ballantine’s que compré días atrás cuando mis amigos subieron a hacerme compañía. No había Macallan que es el favorito de mi amigo vigetano. Dudé entre esa marca, que finalmente compré porque era la que solía beber en mi larga séptima vida, o un Four Roses que era la que estuve bebiendo en mi intermitente quinta vida cuando me reunía con Labios de Fresa en un pub del barrio de Gracia en el que nunca más he vuelto a entrar. Por eso no compré días atrás Four Roses con el que hubiera revivido el pasado y me decanté por Ballantine`s. Doy dos tragos más al vaso, hasta que lo termino. Y luego bajo las escaleras, tras apagar la luz, en dirección a la cama, con el rumor incesante de la lluvia sobre las ventanas. Apago la luz y duermo.

PAULA
Ya faltan muy pocos días para que Paula venga a este mundo que debemos arreglar entre todos para que no sufra mucho en él y sea feliz. Es lo que más deseo. Arreglar el mundo por ella, por El Destilador Cultural, por el director de El Bosque, por la madre de Paula. Creo que se llama Paula por Isabel Allende. Me gusta que así sea. Estuve regalando a la madre de Paula, desde que podía leer, novelas de la escritora chilena a la que yo nunca he leído. Curioso por mi parte. Suponía que le gustarían, y así fue. Luego ella misma se las fue comprando. Creo que Paula se la compró ella misma. Si algún día coincidiera con su autora se lo diría, porque seguro que le gustaría saber que hay una Paula que se llama así por ella, que formé a una de sus fieles lectoras aún sin haber leído uno solo de sus libros. Pues Paula vendrá muy pronto, en semanas, quizá en días, porque debe de estar ansiosa por ver qué mundo le espera ahí fuera, porque querrá conocernos a todos los que hemos ido hablando de ella, a veces con temor y prevención, porque la presencia de Paula nos hace a todos un poco más mayores, a algunos mucho, completa un ciclo vital.
AMIGOS
Los conocidos empiezan a dejarse caer por este Valle y a llamarme. Poco antes de la una del mediodía lo hace uno al que aprecio, que es lector fiel, acude a todas mis presentaciones y compartió parte de mi vida laboral de mi extensa sexta vida. No ha cogido un buen momento para ir al Valle. Hoy llueve con ganas y el sol hace una semana que no se deja ver, quizá haya desaparecido. Viene con su hija a la que no conozco y se alojan en un hotel de Escunhau que era al que siempre iba. Me alegra su llamada. Mi vida de ermitaño tiene eso, que cuando alguien te llama enseguida saltas y le invitas. Le digo que pase por la tarde. Haré una buena merienda con queso Idiazabal y paté que compraré en La Trastienda. Les enseñaré mi cueva.

NAFISSATOU DIALLO
Conocemos la cara de la víctima de DSK y su pormenorizado relato porno de su encuentro con el exdirector del FMI en la habitación del Hotel Sofitel de NY. El poderoso se creyó con poder a todo, incluido el derecho de pernada con esta camarera que entró a hacer su cama y se encontró a un sátiro en estado de priapismo agudo, un depredador sexual como lo describen mujeres que lo conocen. La vida sexual de DSK no sé si deja en pañales la de Georges Simenon o relega a cuento de hadas la de Catherine Millet, pero no es eso lo que se juzga sino un acto de violación que más tiene que ver con violencia que con sexo. A Nafissatou Diallo intentarán acallarla con calumnias (se ha dicho de todo de ella ya: que es una mentirosa, que tiene un novio en la cárcel por narcotráfico, que es madre soltera, que es una prostituta, sólo falta decir que fue ella la que violó a DSK) y con todos los medios posibles que tienen los poderosos, incluido dinero para silenciarla.

ANDERS BEHRING BREIVIK
Sorprende la frialdad de este despiadado asesino en serie noruego. ¿Un solo tipo puede liquidar a cien personas en poco más de dos horas? Pues sí. La bomba fue para distraer a la gente; el plato fuerte, la orgia de sangre, estaba en la isla de Utoya. Este fascista tuvo tiempo para escribir 1500 páginas de aberraciones entre las que incluía una crítica a Carme Chacón por la osadía de ser ministra de Defensa embarazada y una delirante teoría de cruzado que combate el Islam que invade la Europa aria y cristiana. El tipo utilizó munición para cazar elefantes, las letales balas explosivas dumdum, y fertilizantes y aspirinas para construir sus bombas caseras. Tipos como este atildado Behring son el subproducto de las ideologías ultras que proliferan en buena parte de Europa, Noruega entre otros países, en donde un conciudadano del Partido del Progreso, la organización ultraderechista que consiguió un 23% de los votos en las últimas elecciones, se quejaba de que el ultra noruega sólo hubiera matado blancos en vez de islamistas o negros. Y además comía en un restaurante turco. Una paradoja.

domingo, 24 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 24 de julio de 2011
ZULÚ


El mecanismo por el que un film acaba convirtiéndose en un clásico y película de culto es algo que me fascina y es difícil de razonar. Pasa con esta película de Cy Enfield, un director británico al que los críticos de Cahiers del Cinema, o de Dirigido Por, tildarían seguramente con el despectivo epíteto de artesano, y que veo por enésima vez y ocurre que, a pocos días de entrar en la sesentena, ¡qué horror!, mi visión es distinta a la que tuve de esa película a los dieciocho, a los treinta años, a los cuarenta o a los cincuenta, en cada una de mis siete vidas precedentes. La película es la misma, pero soy yo el que cambia y aprecia rasgos que pasaron inadvertidos en cada una de los visionados anteriores. Lo primero que me llama la atención es que Zulú, con la que se rumoreaba alcanzaban el orgasmo los sudafricanos racistas al verla por la cantidad de negros guerreros de esa etnia que eran masacrados por los aguerridos soldados británicos de casaca roja, sigue tan vigente cinematográficamente como el día que se estrenó, quizá más, y en nada su mensaje es racista porque los zulúes del film son retratados como guerreros fieros pero nobles que terminan reconociendo el inmenso valor de sus enemigos y los dejan vivir después de homenajearlos con sus cánticos. Es una película ejemplar sobre una gesta heroica, que está en los libros de historia, en la que un poco más de un centenar de soldados británicos resistieron el ataque de más de diez mil zulúes enardecidos por haber derrotado al ejército británico el día anterior, y nos da una visión panorámica de lo que puede ser la resistencia humana al límite, la solidaridad, cuando la vida pende de la disciplina, la eficacia y la fe en unos mandos castrenses que, como la tropa, se juega la vida, porque allí ser derrotados lleva implícita la muerte. Pero no es un largo spot militarista. La fotografía de la película es extraordinaria, luminosa – los exteriores se rodaron en Natal -, el dibujo de los personajes perfecto, desde ese James Booth, un buen secundario que seguramente ya habrá muerto (muriò hace 6 años, me lo confirma Wikipedia), en su papel de borrachín trilero que, en el momento de la verdad, tiene un comportamiento heroico en la defensa del hospital, salvando la vida de sus compañeros, hasta esos oficiales tan distintos como los que interpretan Stanley Baker, un ingeniero de puentes más civil que militar, que está de paso en la misión atacada y toma el mando porque su nombramiento como teniente es unos meses anterior al del otro teniente, militar de vocación, aristocrático, cazador de guepardos y con un punto de amaneramiento que interpreta Michael Caine en su espléndido debut cinematográfico. Es una cinta épica, y así lo remarcan las escenas de acción, las luchas cuerpo a cuerpo y los disparos de la fusilería contra las masas de zulúes que una y otra vez intentan asaltar la misión, y también la excelente música de John Barry, que a veces suena a alguna de sus bandas sonoras que puso a las películas de James Bond, las canciones de los guerreros zulúes, contrapunteadas por el ruido de sus pisadas, cuando se acercan al reducto británico, o el ritmo que hacen golpeando sus grandes escudos con sus cortas lanzas. Pero ayer unas cuantas secuencias me llamaron la atención. Primero me preguntaba que fue de Ulla Jacobsson, la actriz noruega, rubia, de ojos azules y piel clara, bellísima, la hija del enloquecido predicador que interpretaba Jack Hawkins. ¡Joder! También murió la hermosa rubia, en 1982. ¡Maldita Wikipedia! Segundo, me llamó poderosamente la atención la belleza de los cuerpos de las zulúes que danzan, en una masiva ceremonia matrimonial, al inicio de la película, cientos de ellas, con una piernas perfectas que para sí querríamos en nuestra vieja Europa, sin un átomo de grasa, perfectamente torneadas, como las de mi maga hechicera de mi séptima vida que creo era negra y no me enteré de ello hasta ayer. Tercero, me gustó mucho cómo Cy Enfield, con una simple imagen – Stanley Baker no consigue, con su mano temblorosa, meter la última bala en el tambor de su revólver – refleja ese miedo antes de la batalla. Cuarto, descubrir a Patrick Magee, que murió en el mismo año que Ulla Jacobsson, el escritor cuya mujer es violada y asesinada por los impresentables drugos de La naranja mecánica de Kubrick, en papel de heroico cirujano que opera en el hospital mientras por la ventana los zulúes intentan destruirlo y tomarlo. Y ver a Nigel Green, un buen secundario del cine británico, como sargento mayor ataviado con enormes bigotes que enlazan con sus largas y pobladas patillas, que tiene una relación paternal con la tropa. Y, por último, la cara de satisfacción de ese James Booth, héroe sin proponérselo, cuando rompe la cerradura del armario de las bebidas alcohólicas y bebe a morro de una botella de coñac, descabezada por su bayoneta, mientras todo a su alrededor arde y se derrumba, un momento de placer etílico intenso cuando la muerte acecha por todos lados. Lo dicho: un clásico.

EXCALIBUR
El reverso de la moneda, la segunda película de esa sesión doble de la Sexta 3. La volví a ver porque me las prometía muy felices con una escena erótica, una de las mejores del film de John Boorman, en la que Hellen Mirren, la reina Isabel II del biopic de Stephen Frears, como Morgana seduce a su hermano el rey Arturo con un vestido reticular que la desnuda más que la viste y lo cabalga, mientras él duerme, para engendrar un hijo incestuoso y malvado, en la película el del propio Boorman que luego interpretó La selva esmeralda. Me quedé con las ganas de ver a la hermosa y joven Hellen Mirren porque esa escena fue escamoteada en la versión que exhibió la cadena, teóricamente amante del cine, pero que proyecta las películas coloreadas por Ted Turner, otro atentado, y se salta por sistema los títulos de crédito del final, por lo que cabe preguntarse qué versión compraron. Volvemos a la censura, espero que sea sin querer y de forma excepcional, porque podrían pasarnos El último tango en versión light, sin la escena de la mantequilla, o El imperio de los sentidos sin las eyaculaciones y sería el acabose. Caí en la cuenta, mientras veía Excalibur en mi octava vida, de que uno de los caballeros de la Tabla Redonda era nada más ni nada menos que el gran Liam Neeson emboscado tras una barba y que retaba a un Lancelot descafeinado por el honor de una reina Ginebra también sin cafeína, como la mayor parte de los actores de la función de fin de curso que me parece el film en general. Había olvidado que el protagonista de La lista de Schindler tenía un papel en el film artúrico. Con la película de Boorman tengo una relación extraña a lo largo de los años. La detesté cuando la vi a los veintitantos años en su estreno, no me gustó absolutamente nada, quizá porque tenía muy presente Camelot de Joshua Logan y me pareció una patochada; cambié de opinión y me gustó mucho cuando la vi al cabo de diez años de su estreno; me volvió a gustar cuando la vi a los veinte años; y la volví a detestar, es decir, que fui a la opinión de partida, cuando la veo hoy. ¿Por qué? Las interpretaciones, salvo excepciones, me parecen lamentables, sin fuerza, y los personajes inexistentes, todos. El Rey Arturo sencillamente parece un tonto. Las escenas de acción, los combates, los asaltos a los castillos, las justas, parecen de feria medieval de cualquier pueblo de Catalunya, carecen por completo de épica. Y, en general, el aspecto visual de la película, salvo algunas escenas del final, tomadas de las películas de Kurosawa con un sol rojo sangrante que remarca la muerte que se dan mutuamente Arturo y su hijo, lamentable. Esa opción de Boorman por dar brillo excesivo a las armaduras hace que parezcan de hojalata, cacharrería salida del lavavajillas, que vea al Mago de Oz a caballo en vez de aguerridos caballeros, y lo mismo puedo decir de esos destellos verdosos de la espada Excalibur, mandoble que parece comprado en una juguetería, el casquete metálico que lleva incrustado en la cabeza el mago Merlín o el tratamiento del paisaje, que resulta tan artificioso como los guerreros de pega o los decorados de cartón piedra de los interiores de los castillos, la cueva de Merlin o la antorcha que lleva el mago con fuegos artificiales en vez de llama. Las imágenes de este film, pretendidamente épico y operístico, no están a la altura de la música de Carl Orff y Richard Wagner que conforman su banda sonora extraordinaria, hay una clara disonancia entre lo que se escucha y lo que se ve. Ridley Scott o Paul Verhoven le hubieran dado el tono épico que no supo, o no quiso dar, Boorman de quien sigo admirando Deliverance, A quemarropa y El general. Y no creo que sea incompetencia por parte de un director que ha demostrado siempre ser muy competente, sino una opción narrativa y estética que sencillamente se me escapa.

AMY WINEHOUSE
Me entero de su muerte mientras bebo mi caña diaria en la plaza del pueblo con las montañas de enfrente devoradas por las nubes y el sol ausente que desapareció definitivamente del Valle, nada sé de su existencia en los últimos siete días, aunque tampoco llueve. 27 años y dos álbumes que deja Winehouse no es un bagaje muy amplio para alcanzar la inmortalidad. La suya es una defección que no sorprende a nadie dadas las aficiones de la destartalada cantante británica por toda clase de drogas y alcohol. Tampoco me sorprendió nada la muerte de Michael Jackson. Un cadáver joven que se añade a la mitología del rock y sus muertos por excesos pero que Su Majestad Satánica hace trizas sobreviviendo y fundando un nuevo grupo alejado de los Stones. Hace cuarenta años fui a un concierto en Barcelona de los Rolling que se anunciaba como la despedida de los escenarios de los incombustibles roqueros, y ahí siguen, reinventándose.

MORALINA
Felip Puig suma fuerzas a la exministra Bibiana Aido en una cruzada contra el sexo de pago. El primero pretende limpiar las carreteras de prostitutas, porque son un peligro para la circulación cuando cliente y trabajadora acuerdan el intercambio de placer por dinero en los arcenes, y la segunda la emprende contra los anuncios de contactos que durante toda la vida hubo en la prensa escrita. Estoy a favor si esas medidas reducen la siniestralidad en nuestras carreteras y tienen como fin, ambas, la erradicación de las mafias que explotan a muchas de estas chicas, no a todas, pero lo de las prohibiciones me produce siempre, será por genes, un repelús. Veo que todas las últimas medidas que se toman desde el poder son contra los manteros, los parados que cobran el desempleo y van trapicheando como pueden y, ahora, las trabajadoras del sexo, que siempre las hubo y en la Edad Media ejercían en los alrededores de las iglesias. El mismo celo me gustaría que se pusiera con los defraudadores fiscales, un 30 % o más, que si pagaran lo que debieran nos sacarían de muchos apuros, los empresarios piratas que emplean trabajadores sin contratos ni seguridad social, los que evaden sus capitales, los que radican sus empresas en paraísos fiscales, los que incumplen sistemáticamente los programas por los que fueron votados, los que pretenden dar aire a la sanidad privada a costa de quitárselo a la pública, etcétera, etcétera, etcétera. Vamos, que se cumplan los mandamientos del 15 M, que son mínimos, y que hoy convocan, tras tomar Madrid desde la periferia, una gran manifestación que acabará en Sol, el kilómetro cero de la Spanish Revolution a la que asiste mi corazón que no mi cuerpo. Y sigue.

RUBALCABA
El candidato del PSOE (me niego a llamarlo socialista) intenta a la desesperada que el PP no obtenga mayoría absoluta, que sería su mayor triunfo, y para ello coge en su nuevo programa buen número de propuestas del 15M, un movimiento al que todos los políticos parecen cortejar desde que saben que cuenta con el apoyo del 80% de la población que se declara indignada por la situación. No cuela, claro, y lo primero que se le ocurre a uno es lanzarle la frase lapidaria: A buenas, mangas verdes. El brillante orador e inteligente político que es Rubalcaba, un tipo que, confieso, me cae bien por su aspecto quijotesco y su justa actuación durante el 11M, estuvo siete años en el gobierno para impulsar algunas de esas medidas que ahora promete alegremente con la certeza de no cumplir ninguna de ellas porque no tendrá responsabilidades de gobierno. Él se sacrifica por unas siglas y Camps, en una jugada calculada, lo hace aparentemente por las contrarias sabiendo que será recompensado su gesto de renuncia a la presidencia de la Generalitat valenciana con un ministerio muy pronto, quizá con una vicepresidencia.

FAMILIARIDAD
Desde hace unos días la actitud de mi proveedora de periódicos argentina (llamarla quiosquera me lleva directamente a Fellini, y no es eso, y además el negocio que tiene es una papelería, por lo que seguramente estrecharemos relaciones comerciales en un futuro próximo, es decir, cuando agote los paquetes de papel que compré en Vic y los reponga con los de su establecimiento) es más familiar, entrañable y cálida conmigo, lo que no me molesta. Ayer me llamó “chico” mientras me alargaba el diario Público con el libro policiaco. Hoy subió un grado en su familiaridad y me llamó “chiquirrín”. Mejor eso que boludo, por ejemplo. No sé cómo corresponderla. Niña, chiquilla, guapa, ricura…

LA QUINTA VIDA
Ando estos días recuperando mi quinta vida a través de unos escritos que llegan a mis manos, porque los extraje de un cajón, y que transcribo para guardarlos en el ordenador en vez de, quizá lo más inteligente, tirarlos al contenedor de papel. Son páginas manuscritas por un joven de 25 años y alumbradas, en su inmensa mayoría, en esos tiempos muertos que eran las guardias cuarteleras. Después de pasar por Almería, librarme por los pelos de La Marcha Verde, y de dos meses en una gélida Granada (de nuevo la ciudad que mata a sus poetas y esconde sus ríos, según Enrique Morente, 34 años atrás) aterricé en el Hospital Militar de Barcelona y daba utilidad a ese tiempo perdido por la patria en escribir o leer mientras otros le daban a la botella de coñac. Hoy pasaba al ordenador un escrito de enero de 1977, titulado El frío, para exorcizar el que sin duda debía de hacer en esas fechas en el hospital castrense, un edificio viejo y destartalado, en medio de una montaña feraz incrustada en la ciudad, y cuyo máximo aliciente era que desde sus ventanas podía verse La Casita Blanca, meublé emblemático de la ciudad y, con un poco de suerte y buena vista, a sus huéspedes en plena acción. Y según lo iba leyendo y descifrando mi letra de aquel entonces, me daba cuenta de que me encontraba ante una versión de uno de los relatos por mí más queridos, Los surcos de la esquiadora de fondo, que fue claramente premonitorio y razón y causa de que me encuentre ahora en Arán. Ese joven de uniforme caqui y cetme en mano resulta que, en sus sueños castrenses, se deslizaba por el paisaje lleno de quietud y misterio adonde he ido a parar. Magia. Estoy donde siempre quise estar.

martes, 19 de julio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 23 de julio de 2011
Hoy me despierta la ducha del vecino. ¿Por qué hoy y no otro de los 45 días que llevo viviendo en el valle? ¿No se han duchado hasta ahora? Pero haraganeo más en la cama, hasta que ese rayo filtrado por las nubes, llega a mis párpados. Me levanto. Desayuno con las noticias. Los telediarios son un monográfico noruego.
A la ficción le pedimos verosimilitud, cosa que no hacemos con la realidad. Si un tipo, yo mismo, escribiera que un individuo de aspecto educado y encantador, guapo, pone una bomba de enorme potencia en el edificio del gobierno de Oslo y luego toma un transbordador e irrumpe en un campamento y mata a 80 personas, no lo creeríamos. Bueno, me lo dicen, y no lo creo. ¿Alguien puede matar él solo a 80 personas? ¿Alguien puede ser tan inmensamente letal para disparar tantas balas y con tan buena puntería? Lo que en buena lógica haría un comando de una docena de criminales lo hace uno solo. El noruego encantador no dudó en asesinar niños y adolescentes, no le tembló el pulso ni le falló la puntería. Del mismo modo que a sus adorados nazis, por los que seguramente debe profesar adoración ese asesino en serie, no les temblaba el pulso cuando gaseaban seres humanos.
Después de comprar Público, y la novela policial, voy a la carnicería y me llevo un enorme bistec y mató. Mató es un queso fresco, una variante del requesón que se elabora en la montaña. Luego me pongo los pantalones de lycra, una camiseta birmana con mucha historia detrás de ella, el casco, unas gafas de ciclista y monto en mi bici. Subiré al Guardader, mirador, de Arres, siete kilómetros por una carretera que es una serpiente y que escala exactamente 612 metros. Lo que hice semanas pasadas andando, en bici se me antoja un via crucis. Con la primera marcha fija, zigzagueando, y el sillín de la bici muy levantado, subo lentamente pendientes que alcanzan, en ocasiones, los 16 grados. Se nota. Pero soy muy testarudo y llego a la meta fijada porque me he marcado dos obligaciones en cuanto llegue al mirador y las cumplo. Enviar un mensaje por mi móvil que, en realidad, no es mío y lo remito a su origen. Y leer el último poemario de mi amiga argentina Adriana Serlick que lo hago tumbado sobre la hierba, con la música del viento pasando entre las ramas. Lo que tardo en subir hora y media lo bajo en quince minutos frenando continuamente. El sudor de la ida se seca de inmediato a la vuelta. Y entro en el pueblo justo para el telediario de las 3 que veo mientras tomo un plato generoso de gazpacho que sobró del día anterior y degusto esa magnífica carne de ternera que me compré por la mañana. Hoy iré antes a La Trastienda, ya mismo, porque no quiero perderme Zulú ni Excalibur, un magnífico programa doble que pasan en la Sexta 3.
Arán, 22 de julio de 2011

Me levanto casi siempre a la misma hora, cuando un rayo de sol llega justo a mis párpados, aunque hoy, y ayer también, lo haga a través de las nubes. Desayuno con el president Mas justificando los recortes sociales en Catalunya y con una novedad en el obituario de hoy: ha muerto Lucian Freud, a los 88 años. Y lo lamento, porque el pintor de las carnes retorcidas, de los cuerpos sufrientes, de la insoportable pesadez de nuestra humanidad, cuyos desnudos hirientes, a años luz del erotismo ,me estremecían, era uno de mis artistas contemporáneos preferidos, junto a Francis Bacon y Egon Schiele. Tres tipos bien extraños.
Si una de las metas del arte, de todas las artes, es conmocionar al, en el caso de la pintura, espectador, como en la literatura al lector, el nieto de Sigmund Freud lo conseguía en cada una de los cuadros que pintaba. Decía el británico de origen austriaco que sólo pintaba a amigos, familiares y amantes, porque sólo podía pintar sobre lo que conocía íntimamente. Lucian Freud me servía, como Bacon y Schiele, también Antonio López, para sustentar la idea de que no siempre en el arte la meta es la belleza. Freud comunicaba en sus cuadros su profundo descreimiento hacia el ser humano, lo hacía materia caduca cercano a la muerte. Me hubiera gustado ver la cara que debió poner la reina de Inglaterra cuando vio su retrato.
Hoy no he visto a mi araña cuando he puesto en marcha la lavadora que está en el garaje. Tiene muchos lugares en donde esconderse. Espero que nos vayamos conociendo en estos años y firmemos un pacto de no agresión. Como a los normandos que invadieron Francia y allí se quedaron como aliados de los reyes franceses, le cedo parte de mi territorio a condición de que no salga de él y explore los demás pisos. Verla subir por la escalera hacia mi salón comedor será considerado casus belli y actuaré con el insecticida en consecuencia.
El cielo estaba muy gris; el tiempo, desapacible, frío. Pero si estamos en verano yo voy con camiseta, pantalón corto y sandalias. Si me abrigo en el mes de julio, ¿qué me pondré en diciembre? Monto en mi bici y voy hacia Les, pero dejo Les a mis espaldas y paso a Francia y algún día me temo que, pedaleando sin freno, acabe en Toulousse que hoy la tuve a 140 kilómetros. Poco antes de llegar a Foz, la primera población francesa, un villorrio disperso y pobre en donde lo único interesante que hay es una pastelería en la que venden los mismos pasteles de crema con los que me alimenté en París hace cuarenta años, tomo una pista forestal, aleatoriamente, que no sé adónde diablos me va a llevar. Empieza con una fuerte pendiente, que la supero, y luego sube suavemente, en zigzag, cruzando un tupido bosque muy húmedo y cubierto de hojarasca otoñal. Pedaleo cinco kilómetros monte arriba, en solitario, acompañado por el graznido de algún pájaro, sin descender de la bici, lo que da fe de que estoy adquiriendo forma física. El truco es encontrar el ritmo y simplemente mantenerlo. A cierta altura, a bastante, porque el río que corre por el fondo del valle deja de verse y de oírse, empieza a caer agua nieve. La intuición me dice que no va a llover de forma espectacular, ni a granizar, así es que subo más, sigo esa pista solitaria y lo único que lamento es no haber traído conmigo alguna provisión por si me entra un ataque de hambre en cuanto haya quemado las dos tostadas con mantequilla, el zumo de naranja y el café con leche del desayuno. Resisto. La pista muere en un enorme bosque cuyos árboles no identifico, puede que sean hayas, y me regala una sorpresa inesperada: sin buscarlo he ido a parar al punto exacto del Pirineo francés en donde diez años atrás liberaron a los tres osos eslovenos que reintrodujeron en la zona. Un cartel informativo, con tres animales troquelados en metal, informa que allí soltaron a Pyros, el macho de 180 kilos, Mellva y Ziva, las hembras de 90 y 88 kilos, y hasta ponen el nombre de sus madrinas, las esposas de unos cuantos prefectos de la zona de Haute Garonne en donde me encuentro. Esos osos extranjeros, que no sabían de fronteras, se reprodujeron y cruzaron a Arán cuando les vino en gana y se comieron unas cuantas ovejas y alguna vaca causando un enorme revuelo entre los ganaderos del otro lado del Pirineo. Dos de esos enormes plantígrados fueron muertos a escopetazos, oficialmente en legítima defensa según esgrimieron sus cazadores, un francés y un aranés. Se estima que la población actual de osos en esa parte del Pirineo es de unos 16 ejemplares, pero es difícil censarlos. Por eso no me extraña encontrar, a continuación, cuando sigo avanzando por la pista, que muere en un sendero cubierto por la hierba húmeda muy alta, que atestigua que hace mucho tiempo que no ha circulado por él ningún ser humano, una huella enorme y reciente de un oso perfectamente dibujada en el barro. La madre de Paula me dice que acabaré mis días en el estómago de un oso. No lo creo; mis posibilidades de encontrarme con una de esas hermosas bestias son ínfimas, aunque el año pasado escuché por dos veces su rugido en un valle próximo a Montgarri y mentiría si dijera que no me intranquilizó y anduve mirando el resto del día a derecha e izquierda. Dejo la bici apoyada contra el tronco de un árbol y sigo avanzando por ese sendero que en muchos de sus tramos es un arroyo. Chapoteo con mis sandalias en el agua y miro a derecha e izquierda. El bosque es una masa tupida de árboles que me resguarda de la llovizna que sigue cayendo. El sendero se complica cada vez más, se hace más estrecho, corre paralelo a un barranco insondable y el agua que cae lo convierte en un barrizal en el que me hundo. Recibo en mis piernas desnudas una buena ración de picotazos de las numerosas ortigas. Decido que he llegado a mi meta. Doy media vuelta y recupero la bicicleta. Dejo a mis espaldas el bosque de los osos y desciendo por la pista hasta la carretera. Y allí, en el lado francés, estoy a punto de ser embestido por un enloquecido automóvil que adelanta a otro y me pasa a menos de medio metro. No me da tiempo a insultarle. Los coches desbocados son mucho más peligrosos que los osos, abundan más.
Apetece una sopa, pero hago un gazpacho al llegar a casa. Y después de esa inyección de vitaminas, un huevo frito de las gallinas del pueblo con unas patatas de la tendera tímida. Acompaño el condumio con un par de copas de Marqués del Remei, un Penedés que me dejaron mis amigos. Y lo culmino con un yogur aranés casero que compré ayer a los vascos de La Trastienda. Luego la siesta, con la película de la Sexta 3, Cuenta conmigo, que supongo que ya vi en mi sexta vida, aunque no la recuerde, y un sueño agradable, he de reconocerlo, en el que de forma muy vívida aparece la maga que me hechizó en mi séptima vida. El encanto se rompe en cuanto me despierta un mensaje que llega al móvil. Y al abrir los ojos veo que el corredor está solo, como viene siendo habitual y dice el título de este blog, y su octava vida, en el fresco norte, nada tiene que ver con la soñada séptima, en el cálido sur, que quizá no existió nunca y sólo fue una mera ensoñación.


Arán, 21 de julio de 2011

Regreso a la rutina después de romperla durante tres días, los que estuvieron, gozando de mi hospitalidad, mis amigos de Vic, aunque la denominación no sea del todo certera; él es de Vic, sin serlo realmente; y ella de Sabadell, aunque viva en Barcelona. Yo, no sé de dónde demonios soy. De mí mismo, imagino, y de mis siete vidas anteriores.
Durante esos días, en los que recuperé el mecanismo del habla - que practico a diario con frases cortas cuando compro El País a mi vecina argentina o pido mi cerveza al camarero vasco- , y me creí un animal social, bebimos cinco botellas de vino tinto y dos de blanco, que parecen excesivas pero no lo son porque hablamos mucho, sobre todo de política ficción, actividad que nos sirve para ir sobrellevando esta penosa situación en la que nos encontramos. También abrimos una botella de Ballantine. Y fumé algún que otro pitillo, vicio que no practicaba desde que salí de Granada, junto a otros, mientras deshojo la margarita de comprarme o no una pipa.
Durante esos días de agradable compañía de ese par de viejos amigos les hice de guía de montaña, además de cocinero afortunado, y seleccioné algunos de mis rincones preferidos, no muy lejanos, y fácilmente accesibles en atención a la dama florista que anduvo cosechando flores silvestres y me ha llenado la casa de ellas, cosa que agradezco porque siempre una mano femenina y sensible le viene bien a una casa. Los llevé al Sauth deth Pish, un espectacular salto de agua; dimos un largo paseo desde el Pla de Beret al santuario de Montgarri con parada para tomar un café con leche en el refugio concurrido por ingleses de mediana edad, como nosotros, que tomaban sopa (y esa noche la tomamos en mi casa, por cierto) ; curioseamos por el tupido bosque que circunda la abandonada mina Victoria con sus galerías selladas; tomamos un poco de sol, que salió, en la Basse de Oles; subimos al anochecer al Coth de Baretges para ver a mis ciervos que ese día no salieron del bosque a comer en el prado aunque luego una madre y su bambi se cruzaron delante del coche muy cerca de Bossòst y despertaron nuestra ternura; y terminamos haciendo una excursión bajo la lluvia al Ulsh de Joueu, un río que desde la Artiga de Lin emprende un vertiginoso descenso por una vaguada sumergida en la umbría hacia el Garona, cabalgando sobre peñascos y rugiendo. Mis huéspedes marcharon encantados por la estancia, con la promesa de regresar, y yo me quedé de nuevo solo en mi casa, a paladear de mi retiro espiritual.
Tocaron de nuevo a difuntos hoy a eso de las doce, pero yo no estaba en la terraza del bar vasco de la plaza, así es que no sé si el entierro fue más concurrido que el de días atrás. Se ve que los lugareños se ponen de acuerdo para morir. Y más irán pasando por ese trámite, porque cada día me cruzo con un par de señoras que podrían ser mis abuelas. Empiezo a conocer a bastante gente del pueblo, además de a mi vecina argentina, que tiene la deferencia de guardarme El País aunque ignore que el viernes y el sábado me paso a Público por la película y el libro policiaco; hay un tipo vago que regenta una bodega y alardea de su ociosidad contumaz – lo veo siempre sentado en una mesa, al sol, con un cigarrillo en la boca y me sigue los pasos cuando paso por delante preguntándose si estoy en su pueblo de paso o para quedarme -; mi carnicera, una señora tan mayor que me dan ganas saltar el mostrador y cortar yo mismo los bistecs; la panadera, una mujer delgada que es puro nervio y que siempre, cuando voy a por mi barra de cuarto de pan de leña, me habla del tiempo; una pareja de vascos encantadores y amables que regentan el único bar con wifi de la localidad, razón por la que me tendrán de cliente hasta que solucione mis dificultades para tener acceso desde casa. Me falta por saber quién es el alcalde – uno de sus predecesores fue maqui además de profesor de literatura, invadió su propio valle, liberó Francia de los nazis como general del ejército francés y acabó sus días en una explotación forestal de Marruecos, una peripecia vital que a lo mejor me invitan a novelar en cuanto averigüe la gente mi oficio- el médico, el farmacéutico y el cura, porque a los policías, que periódicamente ponen un puesto de control en la rotonda de la entrada, los conozco, o me conocen, para ser más exactos. También conozco a mi araña, la que reina en el garaje y salvará su vida, y la mía, mientras no suba a las habitaciones, que no se mueve cuando la observo –hoy estaba lejos de sus telas de araña vacías, en medio de la pared – y que me parece que cada día que pasa se hace más grande. Hoy, confieso, la he mirado con temor y he sopesado ir a la droguería a comprar un espray de insecticida.
Comí una ensalada con lechuga, atún, maíz y manzana, unos deliciosos huevos fritos con patatas de una calidad extraordinaria, que compré a una tendera tímida en su local cerca de la iglesia, y un más delicioso arroz con leche (una de mis especialidades culinarias que en Granada siempre me salía mal y aquí bordo, tan inexplicables mis éxitos presentes como mis fracasos pretéritos) y entré en coma durante la digestión: me dormí mientras pasaban por la Sexta 3 El gran Houdini con Tony Curtis y Janet Leigh, los papás de esa hembra masculina que me parece tan excitante y se llama Jamie Lee Curtis, y me fui inclinando hacia la posición horizontal cuando le tocó el turno a Los hijos de Katie Elder, un buen western de Henry Hathaway con John Wayne y Martha Hyer. Abrí los ojos en una de las peleas a tiros y comprobé, horrorizado, que mi siesta había durado tres horas y pico, la suma de las dos películas que me acompañaron en mis sueños. Me fui entonces un par de horas a La Trastienda, el bar y tienda de exquisiteces de uno de los muchos vascos que hay en el pueblo, a tomarme un café con leche, lo que me hizo recordar que no tengo café en casa, y conectarme a internet, y regresé justo a casa para ver como el compungido Camps dimitía como presidente de la Generalitat valenciana, que ya iba siendo hora, por sus trajes entallados que le regaló la trama Gürtel, en lo único que le han pillado. ¡Vaya trajín! que dijo Fraga a un periodista una vez, con esa retranca de los gallegos.
Mientras estuve haciendo de guía de montaña estos días atrás he descuidado mi bicicleta, pero me prometo tomarla mañana en cuanto salga el sol y castigar mis piernas con una buena pedaleada hasta Vielha. Además planeo un nuevo ascenso al Coth de Baretges acompañado de una lectora de Tu corazón, Idoia a la que le extraña que el protagonista de la novela deje morir a uno de sus camaradas y proteja, en cambio, la vida de su perro. Le expliqué una de las razones: Aitor tiene mucha más empatía con el doberman Nick que con el torpe terrorista Berenguer que no es vasco y sí su rival sexual. Y le oculto otra que quizá le desvele, camino del Coth, porque tres horas de paseos por la montaña dan para muchas confidencias: tuve un perro doberman, que me quiso muchísimo y al que quise, que se llamó Nick, y tal fue mi devoción por él que le dediqué un par de libros: Lifting y el mismísimo Tu corazón, Idoia. No podía matarlo en mi novela.
Vic, Barcelona, Arán, 16 de julio de 2011








A los veintiún años era un radical, un anarquista convencido que luchaba con todas sus fuerzas y algunos riesgos en la desigual lucha contra la salvaje dictadura de Franco de la que ya nadie se acuerda. Quiero creer que mi grano de arena en la playa, junto a los millones de granos que se unieron en esa tormenta de libertad, contribuyó al cambio y trajo la democracia. Aunque quizá hubiera llegado sin nuestro esfuerzo, sin la prisión o la muerte de algunos camaradas que dieron su vida por un ideal. Una novela pendiente, sin duda.
Conduzco hasta Barcelona desde Vic al lado de mi amigo, con el coche cargado con la vieja bici, su maleta, la mía, algunos libros (los de Umbral, las obras completas de Goethe, mis manuscritos de juventud, un libro sobre la conquista de México) y me preguntó, en el camino, qué queda de ese joven revolucionario de veintitantos años que lanzaba adoquines desde las barricadas de la universidad. Todo y nada. Intelectualmente estoy desencantado; emocionalmente, desalentado; pero quiero seguir en la lucha como una forma de seguir viviendo, simplemente, por mí mismo.
El día que el mundo deje de interesarme haré la maleta para dejarlo.






Ya no soy miembro de un grupúsculo radical anarquista que se llamó Negro y Rojo, un puñado de jóvenes voluntariosos que creyeron que la utopía era posible, pero sigo en la brecha a través de Socialismo 21, una nueva izquierda, la que surge del desencanto hacia los políticos, a la izquierda de la izquierda oficial, profundamente indignada.
La charla coloquio, motivo por el que vamos a Barcelona, tiene lugar en una especie de hangar del barrio de Gracia que nos prestan. En la tarima el profesor Pedro Montes, un economista que trabajó en el Banco de España, y a su lado un joven profesor universitario. El auditorio está formado por comunistas, socialistas. trotskistas y anarquistas que dejaron atrás la cincuentena, que ya no tienen pelo, lucen barriga, canas, cojeras, los que cuarenta años atrás estaban con este que les escribe al lado de la barricada ensayando un asalto al palacio de invierno que el final no se produjo: la fiera murió en su cama y nosotros nos hicimos viejos sin ver realizadas las utopías.
Voy para informarme. Para afianzar mi profundo pesimismo. Y el profesor Montes, puro didactismo, me muestra unos datos absolutamente desoladores, unas magnitudes numéricas tales que hacen imposible una salida a la crisis. España se hundirá. Después que Grecia y Portugal. A continuación de Irlanda. Poco antes que Italia, a la que le seguirá Francia, quizá Alemania, quizá toda Europa. ¿Cómo se puede pagar una deuda que es una borrachera de ceros, de millones de euros, que es lo que acumula el estado español? Nunca, se contesta Montes. Estamos asistiendo a una época de capitalismo suicida, que ya no crea riqueza porque no le interesa y la ha cambiado por la especulación que es mucho más fácil que montar una empresa y mucho más lucrativo. Europa se hunde. Quizá Estados Unidos. Por muchas privatizaciones que hagan los estados para bajar el déficit y calmar la gula insaciable del capital, toda medida es un parche inútil porque la bola de nieve se hace cada día más grande y va pendiente abajo. ¿Qué va a suceder? Lo que ya sucede. Los recortes en Sanidad que ha emprendido el gobierno Mas están matando pacientes, quizá su finalidad. Los pacientes que son operados en neurocirugía, que permanecían hospitalizados en la UCI una media de una semana, ahora sólo permanecen tres días. ¿La consecuencia? La mortandad se ha duplicado. De eso se trata. De suprimir a ese excedente humano que somos todos. ¿Cómo? Ya se inventará alguien alguna guerra. Mientras, ladramos, porque existimos.
Human Rigths va a pedir el procesamiento de George Bush por una lista interminable de delitos: asesinatos, detenciones ilegales, secuestros, torturas. Espero que en el pack vayan también Tony Blair y Aznar. Cuando empecemos a meter en la cárcel a los políticos –Camps va a ser procesado, puede que condenado, y va a seguir al frente de la Generalitat Valenciana- y a los banqueros, querrá decir que nuestra lucha empezará a tener efecto. Estamos a las puertas de una revolución social, de una envergadura no computable, en la que se dirime la ecuación de ellos o nosotros. Después de las tomas de las plazas, las manifestaciones multitudinarias, el asalto simbólico a Madrid tendrá que venir, forzosamente, el asalto al palacio de invierno, y no se hará con las manos. Me doy cuenta de que no ha cambiado mucho la situación de la etapa de Franco a ahora, solo nominalmente: el dictador zafio y cutre ha sido relevado por los mercados sin rostro, una hidra de múltiples cabezas cuyo anhelo es quedarse con todo lo que le falta. Llegará el día en que nos vendan a peso.
Después de comer humus, musaka en un libanés de mi land de Gracia, llevo a mis camaradas y colegas de Vic a mi Valle. Cuatro horas que empiezan en un paisaje yermo y terminan en el más verde de los verdes. Para dar la bienvenida a mis huéspedes, de noche, en el salón comedor desde cuyo ventanal se divisa el Cloth de Baretges, alzamos las tres copas de champán y brindamos por esa revolución que seguramente ninguno de los tres va a ver pero por la que seguirá luchando con todas las fuerzas. Nuestra indignación suma ciento ochenta años.

domingo, 3 de julio de 2011

PRESENTACIÓN

Jueves, día 14 de Julio. 20 horas
CAFE SALAMBÓ
C/ Torrijos, 51 (junto a cines Verdi)
BARCELONA -BARRIO DE GRACIA
Hablaré con Celia Santos, paisana y periodista cultural, y José Vaccaro Ruiz, amigo y colega, sobre mis tres últimos libros de la cosecha 2011 mientras tomamos una copa.
Y Negra y Criminal los venderá a quien quiera comprarlos en el mismo local.





MUERTE POR MUERTE



(Bicho Ediciones, 2011)
El profesor Eduardo Bosch ejerce la docencia en la isla de Ibiza. Nada parece perturbar la vida de este chueta ilustrado, amante de la literatura y felizmente casado con su antigua alumna Berta Monjó, hasta que la casualidad hace que su camino se cruce con el de un pendenciero inglés que veranea en la isla. De ese encuentro asimétrico nace un siniestro acuerdo que liberará a Bosch de un problema engorroso que hace tiempo le quita el sueño. Se trata de encauzar la natural violencia de ese hijo de las Islas Británicas y darle un sentido práctico. Pero el resultado del encargo no se ajusta a lo pactado. Planteado como un cuento moral, Muerte por muerte es un thriller que reflexiona sobre la justificación del asesinato en casos extremos, algo, por otra parte, no nuevo en la literatura desde que Dostoievski escribiera Crimen y castigo. Y es que literatura, mucha reflexión literaria, hay en Muerte por muerte, narración en que ésta y la vida se cruzan constantemente porque Eduardo Bosch tiene rasgos de Raskolnikov y Humbert Humbert, el profesor de Lolita de Nabokov, y habla del Ulises de Joyce a sus alumnos.



LLUEVE SOBRE LA HABANA



(La Página Ediciones, 2011)
En una Cuba sumida en uno de sus habituales periodos especiales empiezan a aparecer jineteras salvajemente asesinadas. El psicópata sexual actúa cada vez con más desfachatez, protegido por el temor a un incidente diplomático. Rodríguez Pachón, un veterano policía, que conoce las calles de La Habana como la palma de su mano, intentará la caza de ese asesino en serie y topará con la burocracia del régimen. Pero este instructor policial, castrista a la vieja usanza, desencantado, lector de literatura norteamericana y mujeriego compulsivo, es un tipo obcecado que no se dará por vencido.




TU CORAZÓN, IDOIA



(Corona Borealis, 2011)
El Comando Barcelona de la organización terrorista ETA prepara un golpe espectacular en la Ciudad Condal. Pero no todos sus miembros están de acuerdo en provocar una masacre. Aitor, un liberado del grupo con años de experiencia y curtido en el tiro a la nuca, es un heterodoxo que no comulga con los atentados indiscriminados de ETA, pero acepta la disciplina y se somete a Idoia, la vehemente jefa del talde, una mujer tan atractiva como dominante que no admite la disensión entre los suyos. Entre Aitor e Idoia, enfrentados ideológicamente, se establece una relación de amor odio mientras se ocultan de las fuerzas de seguridad que estrechan el cerco alrededor de su madriguera. En ese ambiente, irrespirable, una cárcel con las puertas abiertas que no se pueden traspasar, se acumula la tensión, mientras Aitor repasa su vida pasada. El autor se adentra en el corazón de ETA y su entorno y describe con precisión los perfiles psicológicos de los terroristas, seres humanos que se obligan a sí mismos a cometer actos terribles en aras de un ideal imposible de alcanzar. Pero Tu corazón, Idoia es también una historia de amor desesperado que explota en el ambiente enrarecido y opresivo de la clandestinidad

sábado, 2 de julio de 2011

LA PELÍCULA

UN CUENTO CHINO
Sebastián Borenzstein

Simpática fábula del argentino Sebastián Borenzstein, que debutó con La suerte está echada, que tiene como protagonistas a Roberto, un ferretero maniático compulsivo, de vida tan ordenada como solitaria, y Jung, un chino desvalido en busca de su tío en el gran Buenos Aires, al que el primero acoge en su tienda como un perro abandonado mientras busca al familiar que se haga cargo de él. La convivencia forzosa entre los dos hombres, las diferencias culturales y el desconocimiento del idioma por parte del oriental dan lugar a una serie de situaciones cómicas en las que Ricardo Darín se siente a sus anchas y tiene una correcta réplica en Huang Shen Huang, un debutante oriental.
Con un mensaje de buenismo (la película es un cántico a la amistad por encima de fronteras y culturas y a los buenos sentimientos que afloran en un personaje hosco y amargado en cuanto se rasca un poco en su superficie), muy propio del cine argentino y que, muchas veces, pesa como una losa porque lo aboca al sentimentalismo, el film de Borenzstein, que no engaña ni en el título, pivota sobre los absurdos que se producen en el mundo –el film se inicia con la imagen de una vaca cayendo del cielo y convertida en arma letal y se cierra con una vaca ordeñada por Mari (Muriel Santa Ana), la obcecada novia de Roberto, imagen de la felicidad encontrada por el protagonista – que tienen muy distinta lectura para un oriental –todo acontecimiento no se produce porque sí, sino que lleva, implícito, un mensaje que se ha de interpretar- y para el occidental, el ferretero maniático compulsivo encarnado por Darín que colecciona noticias estrambóticas.
Una puesta en escena minimalista pero eficaz y un buen trabajo actoral, sobre todo del protagonista de El secreto de tus ojos encarnando a ese misántropo y cascarrabias personaje que cuenta los clavos de las cajas que le envían los proveedores para comprobar, una y otra vez, que siempre faltan, o se acuesta a las once en punto de la noche, para lo que permanece despierto mirando el reloj hasta las diez cincuenta y nueve, hacen que esta película, sin pretensiones y contada como una fábula de Esopo, entretenga y provoque la sonrisa en buena parte de sus tramos (el encuentro de Jung con su presunto tío ciego del que acaba no siendo sobrino; la visita de Roberto a la embajada de China buscando solución a su huésped y topándose con una rígida burocracia) y que pasemos por alto el flash back de la guerra de las Malvinas en la que se traumatizó Roberto, muy forzado, o la anécdota de ese policía tan malo y rapado que trata indignamente al chino, por el hecho de serlo, y quiere vengarse del cabezazo que le da el ferretero Roberto en respuesta a su comportamiento xenófobo.
José Luis Muñoz

MIS LIBROS

Acaba de salir en bolsillo LA FRONTERA SUR. Algunas razones para leerla
LA CRÍTICA HA DICHO SOBRE LA FRONTERA SUR


Hay muchas escenas para recordar: la redada en un burdel para cazar unos narcos. El sucio y animado ambiente de este restaurante en donde Mike ve por primera vez a Carmela. El sangriento interrogatorio al jefe de la banda, cazado en aquel burdel. Hay que entender este mundo para contarlo: las mujeres que ejercen un negocio ilegal, pero que a la vez colaboran con las fuerzas del orden que debería desmantelarlo. Los cadáveres de prostitutas adolescentes, las fuerzas del orden metidas en el negocio de la droga y el chantaje. Entre ellos, un policía que, aunque imperdonable, carga sobre sus espaldas la tragedia de perdición y dolor que, tan fieramente, cuenta este libro.
Lilian Neuman en suplemento CULTURAS de La Vanguardia


Una trama que progresa a buen paso y que se cierne sobre el lector atrapando su atención sin contemplaciones, unos personajes de trazo fino y proceder impulsivo y unos diálogos sorprendentemente naturales son algunos de los valores de "La frontera sur".
Pero aquello en lo que el autor consigue, a mi entender, un verdadero triunfo narrativo, es en el retrato de una ciudad dominada por la violencia, la corrupción y el todo vale y todo se compra. Un infierno en la tierra, una verdadera trampa para rapaces. Un ambiente desolador en el que el riesgo, como las miasmas de antaño, está en todas partes.
Empar Fernández en ANIKA ENTRE LIBROS

“La Frontera Sur” habla de esto, con escenas de ritmo y resolución cinematográficas, sin efectismos, abandonando a sus personajes a la suerte que ellos mismos juegan como fulleros sin respaldo. José Luis Muñoz escribe sin manierismos, con eficacia demoledora, a puro contragolpe. Como un boxeador acorralado, saca fuerzas de la desesperación de personajes y situaciones sin salida, y encuentra una que los lectores disfrutamos: la de la mejor novela negra. Y gana por nocaut.
Guillermo Orsi en CAFÉ PORTEÑO

Este es un libro, según ha manifestado su autor, de tensiones fronterizas, y así hay que leerlo, entenderlo y saborearlo en todo su esplendor, puesto que retrata magistralmente esa diferencia que traza la línea divisoria entre la California estadounidense y la baja California, la zona sur mejicana, repleta no solo de contrastes económicos y cuanto conlleva el concepto hasta niveles extremos, sino también de incertidumbres, de muerte y miedo ante la corrupción, escaparate del extraordinario mundo del narcotráfico, aunque sobresale la sombra que proyecta el flujo constante de la inmigración, imagen alternativa de ese otro Tercer Mundo.
Pedro M. Domene en CUADERNOS DEL SUR, suplemento literario de El Diario de Córdoba

Paco Ignacio Taibo –hijo- decía, en la última semana negra de Gijón, “se van a romper lanzas sobre las novelas light, que están haciendo estragos y es literatura chatarra”. Este no es el caso de José Luis Muñoz, él apuesta fuerte y sitúa su historia en el marco mexicano, donde ha floreciendo una literatura de denuncia, donde corrupción, violencia y política se confunden. Es curiosa la notoriedad que buscamos y lo poco que nos gusta pasar desapercibidos, porque tanto en esta literatura como en los narcocorridos sus protagonistas reales son los que más se complacen de ver sus desmadres, muertes y violencia por escrito o cantadas.
Luis Muñoz Díez en CULTURAMAS

Este laureado y reconocido escritor ha creado una perfecta obra al más puro estilo norteamericano. Dos mundos diferentes entre sí, separados por una frontera que delimita el sur decadente de México, un lugar corrupto, pobre y sucio, del vecino rico del norte, Estados Unidos, un universo lleno de oportunidades y sueños, un paraíso brillante y esplendoroso. En realidad dos mundos con sus miserias y sus bajezas, dos hipocresías representadas por unos personajes calcados de los estereotipos más lacerados en la novela negra norteamericana.
M. Vilanova en LLEGIR EN CAS D’INCENDI

Pero si algo cabe destacar de esta novela, son sus personajes. Todos ellos con vida propia, personajes llevados al límite, pero que fluyen sin ser forzados, sin artificios, sin exageraciones, pero capaces de contarnos historias duras y desgarradoras; la inmoralidad del protagonista, Mike Damon, la brutalidad de Fred Vargas, el policía, o la fuerza y valentía de Carmela, que pese a su situación, aún mantiene vivos algunos de sus sueños.
Una novela que, en ocasiones, nos revolverá las tripas, en otras nos emocionará pero lo que no hará nunca es dejarnos indiferentes.
Celia Santos en MÁS QUE PALABRAS

En un mundo fronterizo, la baja California entre México y Estados Unidos, discurre La frontera sur. El protagonista, Mike Demon, se adentra en un infierno de inmigración, crimen, corrupción, narcotráfico, prostitución y peligro, con grandes contrastes de fondo, como el amor de Carmela, la exótica y dulce mexicana que enamora a Mike. Calificada por su autor como "un libro de tensiones fronterizas" seguro que cosecha grandes éxitos.
Ana Morilla Palacios en GARNATA

Es mi obligación comenzar esta crítica admitiendo que no soy seguidor de la novela negra. Y este particular cobra especial importancia por el hecho de que La Frontera Sur me ha parecido fascinante desde la primera página hasta la última. De hecho, es una novela que prácticamente se lee de un tirón por lo bien hilados que están sus argumentos y el lenguaje claro que emplea José Luis Muñoz. Los personajes mexicanos emplean un vocabulario al que estamos totalmente acostumbrados aquellos que hemos visto películas rodadas en aquel hermoso país (que lo es) y suma un punto más en la credibilidad de la novela. El héroe de la historia, si es que puede considerársele así, es el prototipo de hombre en el que ningún hombre decente querría convertirse y, a pesar de ello, el lector puede comprenderle. Infiel y enamoradizo, Mike Demon es uno de tantos hombres maduros que sueñan con recuperar la juventud perdida y que, al tiempo, no quiere destruir todo lo que ha tardado años en crear.
OZIO CERO

Situada en una larga tradición literaria y cinematográfica, La frontera sur refleja con rigor y verosimilitud un mundo despiadado que ofrece un marcado contraste entre ambos lados de la frontera, pero las diferencias son de grado, pues si en Estados Unidos, como se dice expresamente, los móviles que impulsan a los hombres son la violencia, el sexo y el dinero, Mike Demo podrá comprobar que en México estas mismas fuerzas, sin ninguna restricción policial, fluyen libremente hacia su exacerbación; y así, el sexo se resuelve en violaciones y esclavitud, el dinero recurre ampliamente al chantaje, la violencia llega al asesinato.
HOY ES

Una novela descarnada, sucia como debe ser el género negro y en la que, aunque busques bien, no encontrarás buenos y malos sino malos y peores. Y con la que, seguro, pasarás unas horas apasionantes viajando por esas fronteras que siempre han sido y serán tierra de nadie y tierra de todos.
Ricardo Bosque en LA BALACERA

En fin, que se agradece el esfuerzo del autor por mostrar dos niveles. Quien desee leer simplemente una historia la encontrará. Quien busque en el trasfondo hallará ecos de otros mundos, de otras historias y realidades que son comunes en los telediarios. Mujeres asesinadas después de ser violadas y enterradas en la arena, cadáveres que jalonan el desierto al otro lado de la frontera, abatidos por la Border o detenidos por la migra, por la sed, el cansancio, el engaño o el propio clima. No se pierdan esta historia fronteriza que no les dejará respirar de la mano de José Luis Muñoz, creo que repetirán.
Luis Vea García en LA BIBLIOTECA IMAGINARIA

Una novela trepidante de las que no puedes dejar hasta que las terminas, Yo me la he bebido a grandes sorbos apasionados. Es una novela brutal pero tierna, explícita, que brinda un recorrido por los infiernos de las sociedades fronterizas, y el hombre siempre anda entre elecciones difíciles de acomodar. Una novela de amor y odio donde sus protagonistas se ven arrastrados por el fatalismo. ¡Brutal de la muerte! Y no es sueco, es español nacido en Salamanca.
Víctor Claudín

La novela se lee en un abrir y cerrar de ojos y sobre la trama principal flotan los ambientes sórdidos y corruptos del vecino país del sur, que José Luis Muñoz retrata con su habitual maestría narrativa. Una vez más, la Novela Negra sirve para plasmar la sociedad de los paisajes por donde discurre. El final es espectacular porque es uno de esos finales que no concretan y es la imaginación del lector la que debe dilucidar la resolución del conflicto que, por otra parte, es obvio.
Paco Gómez Escribano

La novela negra en castellano tiene aquí uno de sus mejores exponentes en los últimos años. El protagonista se ve inmerso en una espiral que pone de relieve las enormes diferencias que separan dos zonas limítrofes, la frontera entre USA y México. El libro se lee con fruición porque está muy bien escrito, las descripciones son soberbias y los personajes tienen entidad. José Luis Muñoz, que ha demostrado desde siempre tener oficio, alcanza aquí probablemente su cota más alta, su novela más redonda y acabada.
Kubrick