Hoy sí, por fin, he visto las venas y he tocado el hueso en mi pie izquierdo que habían permanecido invisibles por la hinchazón durante todos estos días de angustia. El final del túnel Y mi pie ha entrado sin dificultad en el zapato, y ha salido. Vuelta a la normalidad.
Tomé el coche y fui a Vielha. Trámites de correos. Busqué el Qué Leer en la librería más importante de Arán y no lo encontré. Se lo pediré a mi vecina paraguaya. Y luego, de regreso, me detuve a comprar en un supermercado fronterizo, con muchos más clientes franceses que españoles que vienen aquí a cargar de alcohol barato sus vehículos.
Estaba optimista. Por eso compré mucha comida: tomates, pepinos, pimientos, naranjas, queso de cabra, chorizo, alubias blancas, pintas, lentejas, garbanzos. Me encontraba eufórico después de tantos días de encierro y obsesivas miradas a mi maldito pie izquierdo viendo cómo crecía.
Pero no he hecho locuras, no he querido tentar la suerte, y no he salido de casa en cuanto he regresado del supermercado y he descargado toda la comida que había comprado y llenado la nevera hasta los topes. Esta invasión de alienígenas que he sufrido me ha dejado muy tocado, me ha hecho ver la insoportable levedad de mi ser.
Me he encontrado en el garaje con Araña después de semanas sin verla. O Arañas. Estaba muy cerca de la puerta de acceso a la vivienda, a pasos de la escalera que conduce al salón comedor. No me ha hecho gracia verla tan cerca de la frontera. Creía que se había muerto de hambre o que se había mudado de vivienda tras sus cacerías infructuosas de insectos y ausencias de telarañas. Pero o tiene una pareja o yo veo doble. A la otra la he visto cuando subía cargado de víveres la escalera, bien visible en una de las paredes, junto al cuadro de luces que hay detrás de la puerta de entrada, en mi casa. No se ha movido al verme, al contrario que la del garaje que ha corrido a esconderse debajo de mi coche. Creo que ésta es mucho más grande que su compañera. Quizá mida cinco centímetros. Es inmensa. Sólo falta que me pique en el pie, me digo, mientras paso por su lado conteniendo la respiración.
No conozco a nadie que empatice con insectos y arácnidos. Nadie los tiene como animales de compañía, salvo algún psicópata. No hay comunicación posible entre mamíferos y ellos salvo que los primeros se los sacuden mientras los segundos los incordian. ¿De qué le puedes hablar a una araña? ¿O a una cucaracha? Un insecto, en tu casa, te mueve a matarlo de inmediato. Lo consideras un invasor que te amenaza con su sola presencia. Y esa araña ha cruzado la línea roja, ha pasado del garaje, en donde era consentida, a mi casa, en donde no es bien recibida, aunque no lo sepa. Pero no tengo insecticida en casa. Demonios, no tengo nada; hasta hace unos días no tenía ni alcohol ni gasas. Paso de nuevo por delante de la araña, conteniendo la respiración, salgo a la calle, entorno la puerta con cuidado de no espantarla, aunque el espantado soy yo, y busco la droguería. Cerrada. El pueblo tiene horarios franceses y a la una y media no se encuentra ninguna tienda abierta. Regreso a mi casa preocupado: no me puedo ir a dormir con ese monstruo correteando por las paredes.
Hoy compré Público en vez de El País, para castigar a éste. Me parece que, a partir de ahora, dejaré de comprar ese diario. Me irritó profundamente un editorial que leí ayer en el que defendía la reforma de la constitución auspiciada por el PPSOE y veía innecesario el referendo. Ya dejé de comprarlo unos cuantos años, porque me pareció vomitivo su posicionamiento ante el 11M, firmes y a las órdenes de Aznar, pero luego me olvidé porque no soy vengativo. Leo Babelia por Muñoz Molina y a pesar de que escribe en ese suplemento literario, que deja mucho que desear, una periodista que me detesta tanto como yo a ella. Odio recíproco y eso que no nos conocemos personalmente aunque sí de vista y espalda contra espalda en alguna comida. Público debidamente doblado es un arma contundente. Espero no fallar el golpe. Tampoco quiero espachurrar a la araña contra la pared blanca que tendría que pintar. Así es que me armo de valor, me digo, para apaciguar mi conciencia, que estoy defendiendo las paredes de mi hogar, y descargo un golpe seco y contundente sobre el arácnido que lo derriba y lo hace caer bajo el radiador con sus largas patas dobladas. No estoy seguro de haberlo matado, pero en la pared hay una ligera mancha oscura de alguno de sus fluidos que han escapado de su cuerpo cuando le di con Público. Espero que no resucite y se vengue, porque no puedo rematarla con un pisotón al no verla.
Más tranquilo subo las escaleras y como. Lentejas, porque desde que alguien me dijo que la dificultad de cicatrización de la maldita rozadura, que a punto estuvo de dar al traste con mi pie, podía venir de falta de hierro voy a comerlas todos los días, y un risotto que no lo tiro porque lo he hecho yo. Suelen salirme bien; hoy me sale infame. Cosas que tiene el arroz.
Sopeso ir al Coth de Baretges, para celebrar el buen estado de mi pie, pero decido ser prudente, escuchando el consejo de una burgalesa que va en bici con falda y tacones, y tengo una tarde de lo más movida que pasa primero por la cama de una de las habitaciones, la que recibe el sol a esa hora, para hacer una siesta solitaria, y sigue luego en el sofá en donde me engancho con la maldita Sexta3 en un programa que decido que sea doble, aunque bien podría ser triple porque la tercera, El hombre de Alcatraz, también me interesa: la siempre hermosa película de Kevin Costner, buen hacedor de westenrs, Bailando con lobos, y la antaño impactante El expreso de medianoche de Alan Parker. La película de Parker fue tildada, en sus tiempos, de racista contra los turcos, aunque los que salen no lo parecen sino sicilianos por su gesticulación, físico y bigote. No salen bien parados, cierto. El padre de Brad Davis, su intérprete y también de Querelle de Fassbinder, que murió de sida hace muchos años, le dice a su hijo encarcelado: Estoy hasta las narices de esa mierda de comida turca. ¡Cuánto deseo irme a cenar al Hilton un bistec con patatas y quetchup! Disiento frontalmente de este progenitor porque la comida turca es buenísima y el quetchup, y lo que representa, me produce vómito.
Mientras permanezco siete horas en el sofá abducido por el cine – quizá a la megapelícula de Costner en la que sale un actor indio que, no es broma, se llama Grahan Greene (tendría un padre muy leído) le sobren un par de horillas – pienso en la inmortalidad. Vivo como si fuera inmortal, como si me quedaran un montón de años por delante, cuando el montón de años está por detrás, y me permito el lujo de consumir siete horas de las que me quedan en ver dos películas que ya he visto. Ese pensamiento, que se cruza con las imágenes de las dos películas, me impide disfrutarlas como es debido. Con ese razonamiento, de que el tiempo es sagrado y hay que priorizar las actividades, podría enloquecer y prohibirme ir al Coth de Baretges, en el que ya he estado un montón de veces, porque consume cuatro horas de las previsiblemente escasas que todavía me quedan, o tendría que hacer una selección exhaustiva de lecturas que debo llevarme conmigo antes de irme a la tumba, o no guisar y comer sólo bocadillos porque son más rápidos de preparar que un estofado o unos canalones. Por eso mi yo hedonista prefiere apartar al yo racionalista y seguir viviendo como si el reloj no se fuera a parar nunca, y si me apetece ver un par de películas que ya he visto, las veo, y si me apetece ir a un paraje en el que ya he estado cien veces, voy, y si decido emplear un par de horas en la cocina, lo hago y disfruto. ¿Que mañana no estoy? Pues mala suerte. Tampoco me voy a cabrear post mortem.
No hay nada eterno, aunque nos esforcemos que así sea y nos produzca desalientp no poder prolongar nuestros instantes de felicidad y placer. Ni el amor es eterno, ni la pasión dura más de dos años, por mucho que pongamos nuestro empeño en ello, ni la expresión artística, aunque dure más que el amor y que la pasión y sobreviva al artista, lo es porque se extinguirá con la humanidad, cuando la Tierra salte hecha pedazos, se congele o hierva y bibliotecas, museos, cines, palacios de ópera dejen de ser. La eternidad es el privilegio de ese Universo del que formamos parte y seguimos sin entender, creyéndonos su centro cuando sólo somos uno de sus millones de granos de arena.
Cuando ya se acaba El expreso de medianoche, en esa escena en la que Brad Davis va a ser violado por el obeso jefe de los carceleros, que parece de chiste, es el actor que encarna a Brutus en la versión de Popeye Robim Williams de Robert Altman y tiene, además, dos ridículos y muy obesos hijos a su imagen y semejanza, veo un nuevo arácnido que se pasea por la pantalla de mi televisor encendido, ajeno a la pelea que tiene lugar a sus espaldas y acaba con el jefe de los carceleros apuntillado en la nuca con un punzón estratégicamente colocado en la pared contra la que va a parar. Contagiado por la violencia de la pantalla, esgrimo de nuevo Público, que es un diario muy combativo y el único realmente de izquierdas, y asesto un golpe de gracia a esa nueva araña invasora que, por tamaño, debe de ser hija o nieta de la que liquidé tras la puerta de entrada.
Mañana insecticida.
Y antes de dormir alguien me desea buenas noches desde Vannes, una hermosa ciudad por la que paseé hace muchos años de la mano de la Arquitecta de mi Sexta Vida cuando pensaba que ésta iba a ser eterna.
¿La vida? Caminos que se cruzan y te llevan a destinos inesperados, sujeta a imprevisibles cambios y mediatizada por las personas que se cruzan en el camino y alteran su curso previsible, para nuestra sorpresa, gozo o sufrimiento. A veces pienso que la séptima vida no fue sino la excusa para saltar de la sexta a este paraíso de montañas de la octava y quizá última, pero muy larga. Deseo.
Mi pie izquierdo me marca las rutinas. Si me tengo que tomar el antibiótico cada 8 horas y antes del desayuno, comida y cena debo variar todos los horarios de mis comidas. Así es que me levanto a las 7 para desayunar, ¡Dios, qué pronto! y tomar la primera pastilla (claro que luego me vuelvo a la cama dos horas más y no está nada mal ese nuevo sueño segregado del que me despierto con más hambre y me obliga a desayunar otra vez), como a las 3 de la tarde exactamente, después de tragar la segunda píldora de la jornada, y ceno a las 11, tardísimo, marcado por la tercera y última pastilla.
Salgo a la calle, a la pata coja. Compro El País. Una banda de moteros ha ocupado toda mi cervecería y el resto de la población las mesas de la otra. Así es que sin la cerveza del domingo me voy a comprar el pan de leña poco quemado a la panedera, Quizá me falte comer carne. Pienso en ese maldito alien que hay en mi pie. Voy a la carnicera. Es una mujer entrañable, educada y elegante. Guapa a sus ochenta y pico años. Le pido un filete. Me corta un trozo de entrecot de un dedo de grueso y buen aspecto. Hablamos del tiempo, que ese siempre es un tema recurrente que nos afecta a todos, mientras le pido cien gramos del paté que ella fabrica. Le hablo de la humedad de Barcelona, pero no de mi pie. Me preguntan cómo van las cosas por la capital. Mal, le digo. Le explico que la gente rebusca entre la basura, duerme en los parques, las familias desahuciadas buscan refugio en los cajeros de los bancos que los echan de sus casas y que el número de pobres ha aumentado con esta crisis junto al de ricos. Sale su hijo y entra en la conversación aportando el dato de la gente que acude a los comedores sociales. Nos indignamos los tres con los sueldos de los banqueros, de los consejeros de banca, de los bonus, que salen de nuestros bolsillos. Nos indignamos con Hacienda a la que pagamos más los que menos tenemos mientras los que más tienen evaden sus impuestos con mil argucias legales. La señora se indigna con su pensión de 300 euros que cobra de viuda al mes y que le obliga a seguir trabajando en la carnicería. Revolución o guerra, es la conclusión final de los tres después de la conversación sociopolítica. La montaña también se indigna y se colorea de rojo. Y a la pata coja regreso a mi casa, compruebo que la carne es buenísima, como el yogur que también le compré a la señora y es casero.

No es el mío, pero podría serlo. Me dolió toda la noche. Se me hinchó más. La rozadura tenía peor aspecto. Me vi sin pie. Sin poder subir al Coth de Baretges y quedándome a dormir en el garaje de mi casa. Aunque todo es relativo. En el diario una foto de un atleta que corre con piernas de madera que parecen palos de jokey adosados a sus rodillas. Cojeando monto en el coche. Hoy es un buen día para comprobar cómo funciona el sistema de salud del Valle. En el hospital de Vielha toman mi filiación y me indican que espere ante la puerta del consultorio número 3. La espera me da para devorar dos capítulos más de Erich el zurdo. Por momentos la novela me parece una película de Godard. Un doctor diez años más joven que el paciente me recibe. Le enseño el pie. Le hablo de todo el proceso. De esa hinchazón desmesurada que empieza a inquietarme. No se inmuta mientras teclea en el ordenador la receta de un antibiótico y anota mi dolencia: celulitis. Creía que eso sólo lo tenían las mujeres. Pero no le contradigo. De regreso compro la medicina, una botella de alcohol, gasas. Me limpio la herida. Para celebrarlo me voy a la terraza del pueblo en donde me cobran la caña de cerveza a euro veinte. Me siento con Público que acabo de comprar a mi vecina paraguaya que yo creía argentina. Cuando entro está montando una estantería en su pequeña papelería librería. Le digo que lo hace muy bien, con guasa. Hago una llamada. Bueno, dos. Una para hablar con Paula. La niña me maúlla al oído. La echo de menos. Llamo a Blue Velvet. La invito a comer. Blue tiene costumbres extrañas: no ponerse aceite, ni vinagre, ni sal a las ensaladas. Dice gustarle mi rissoto a pesar de las setas. Se interesa por mi pie. No lo ve, porque lo oculto con un calcetín de lana blanca, tal como me ha dicho el médico. Bebe vino tinto. Yo, agua. Una semana bebiendo agua mientras tome los antibióticos, uno cada ocho horas.
Informe Semanal emite un buen reportaje de Vicente Romero, un periodista ético y riguroso, sobre la hambruna en el Cuerno de África. Lamentablemente nos lo han de recordar porque no nos acordamos tan ensimismados como estamos con esta maldita crisis. Nuevamente esa imagen de África con niños desnutridos y moscas en la boca. Madres que han perdido a todos sus hijos. Sepultureros trabajando a destajo para abrir fosas en el desierto. Las estadísticas son dramáticas. Puede que en los próximos meses mueran 600.000 niños de hambre. Una madre los ha perdido a todos y regresa a su aldea desolada. ¿Cómo podemos permanecer quietos mientras 600.000 niños mueren de hambre? ¿Por qué mi dinero, y el suyo, y el del vecino, y el de más allá, ha ido a salvar a la banca putrefacta en vez de emplearse en paliar ese lento infanticidio? No quiero que con mi dinero, con mis impuestos, con el 35 o 40% de mis ingresos que se queda papá estado se refloten bancos cuya obra social es aumentar un 100% los sueldos de sus ejecutivos y consejeros. No quiero que mi dinero vaya a parar a un ejército que no sé qué está haciendo en Afganistán. No quiero que se emplee mi dinero en construir AVES para siete viajeros y aeropuertos fantasmas como los de Castellón o Lleida. Quiero que mi dinero sirva para salvar la vida de esos 600.000 niños que morirán de hambre en los próximos meses mientras los dirigentes del FMI se forran a comilonas y el Papa Ratzinger se pasea por Madrid en olor de juventudes. ¿Qué demonios hace ese Papa que no va a Somalia? ¿Por qué no se vacían las arcas de la Iglesia en ayuda humanitaria? ¿Por qué se preocupa tanto el Papa por los que no han nacido y tan poco por los que ya están aqui?
Amplio reportaje en Informe Semanal, después de hablar de la caótica situación de Libia (alguien tendrá que aclararnos quiénes son la CNT, no la central anarcosindicalista sino el Consejo Nacional de Transición de la era pos-Gadafi) sobre La piel que habito, lo último de Almodóvar que está a días de estreno. Se habla del rodaje, de los actores Antonio Banderas, que me da auténtico terror, de la pequeña y bella Elena Anaya, se entrevista al endiosado director manchego en una especie de making off sobre el rodaje de esta película en Toledo. Banderas tiene una frase brillante: Almodóvar es un género en sí mismo. Y te gusta o te disgusta. A mí, salvo excepciones, me disgusta. Pero veo todas sus películas. Luego debo de ser sadomasoquista. Se olvida, el largo reportaje laudatorio, de la novela en la que el manchego se inspira: Tarántula. Años atrás, cuando el director de Átame (una de sus pocas películas que me gustan) compró los derechos de esa pieza maestra del polar francés sentí un estremecimiento de horror sobre lo que podría perpetrar el singular director. Puede que Terry Jonquet, su autor, salga de su tumba para vengarse.
Más cine. Me pongo en el DVD Samaritan girl del director oriental. Me cabreo porque la versión coreana es sin subítulos y he de escuchar la doblada al castellano. Por momentos me parece una película risible. Hay escenas sencillamente espantosas como la del padre policía irrumpiendo en un hogar, por las buenas, y recriminando al páter familias, que está comiendo con su esposa, la suegra y los niños, que se acueste con su hija mientras le da una buena tunda de bofetadas. Vamos, eso ni Almodóvar. Pero luego pasan cosas, hay imágenes desconcertantes, diálogos de, por puro imposibles, hipnóticos, y la película, a mi pesar, acaba gustándome con sus innumerables imperfecciones. Por si fuera poco la chica protagonista, una colegiala de manga erótico que se prostituye con los clientes de su fallecida amiga para devolverles el dinero que éste les cobró cuando hacía de puta (ahí es nada) escucha constantemente a Erik Satie. Rayos, no hay manera de librarme del músico normando que me recuerda mi séptima vida. 
Escribo con el maravilloso aroma a tierra mojada que entra por las dos ventanas abiertas de mi estudio de la buhardilla. Creo que no hay olor comparable a éste. Acaba de caer una tormenta modesta, apenas un par de rayos lejanos, y una pequeña nube nocturna se vació sobre mi casa, supongo que también en mi pueblo, quizá en todo el Valle.
El calor no cesa y la humedad crece. Hoy El Destilador Cultural me ha dado una agradable sorpresa y me ha demostrado que, además de cine, sabe cocinar. Su ajoblanco estaba buenísimo, mucho mejor que todos los que yo llevo haciendo en mi última temporada. Luego él se fue a trabajar y yo al cine, sin muchas ganas, que conste, más por amortizar mi estancia aquí que por otra cosa, porque en Arán no hay más películas que las que uno se quiera montar en la cabeza mientras pasea por la montaña.
La cuarta casa de mi sexta vida tiene tantas escaleras como la primera de mi octava, pero el triple de metros cuadrados. O más. Quizá lo que más me guste de ella es mi despacho, que sigue siéndolo, en donde estoy en estos momentos tecleando esto que escribo. Literalmente se puede bailar en él. Las dos paredes laterales y enfrentadas rebosan de libros, los de mi padre y los que, a lo largo de cuarenta años, he ido acumulando con la intención de leerlos algún día, pero ya me di cuenta, hace mucho tiempo, que eso no sería posible. Hubo un tiempo en que eso me angustiaba. Ya no. Me iré de este mundo con unos cuantos deberes literarios y ésa será, quizá, el motivo principal de mi resurrección.
Día extraño en el que Ulises redacta este diario desde la cuarta casa de su sexta vida, en el despacho en donde alumbró la mayor parte de sus novelas y escuchando a la Voz en el viejo Vieta que sigue sonando a pesar de los pesares.
La Ciudad Condal, en verano, es un infierno del que se debe huir. A Arán, por ejemplo, que echo mucho de menos cuando me arrastro, que no ando, por las aceras barridas por el sol y que multiplican por diez el calor que reciben. Ojos Azules me dice que en el Valle también hace calor y ha ido a la piscina. No me habla del mismo calor, porque si lo tuviera no podría ni hablarme.


Confeccionar un buen bizcocho tiene un grave inconveniente: que te lo comes. Y eso he hecho nada más levantarme, partir un buen trozo para el primer café con leche, y otro para acompañar el segundo. Y suerte que ya no había café, ni excusa, para tomarme una tercera porción. Hoy debería hacer ejercicio, coger la bici y perderme por algún prado, pero no sé si lo haré. Estoy muy vago.
Resulta una sorpresa más que agradable que de nuevo el género norteamericano por antonomasia, el del Oeste, viaje a Europa y que sea un director de filmografía escasa como Mateo Gil quien se atreva hacer una secuela de Dos hombres y un destino, el western sofisticado y musical de George Roy Hill, a partir de la hipótesis de que los célebres bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid se salvaron de la balacera que les deparó a ambos el ejército boliviano, y da en la diana al subtitularlo Sin destino. Mateo Gil, que confecciona una película más que notable en todos los aspectos, también el visual, con una fotografía precisa, no mira hacia la perversión del spaguetti western sino hacia los clásicos, directamente a John Ford, y por ello en su película el paisaje abierto de Bolivia adquiere una relevancia especial, es el escenario perfecto para que se desarrolle esa historia crepuscular y de perdedores interpretada por el sobreviviente Butch Cassidy (un Sam Shepard magistral), al que Eduardo Noriega, interpretando al ingeniero español que roba una mina, le da una más que correcta réplica y Stephen Rea, el actor irlandés asiduo de los films de Neil Jordan o Ken Loach, completa el reparto como agente de la agencia Pinckerton que se pasa toda la vida persiguiendo al legendario bandido.

