miércoles, 31 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR



Arán, 31 de agosto de 2011

Hoy sí, por fin, he visto las venas y he tocado el hueso en mi pie izquierdo que habían permanecido invisibles por la hinchazón durante todos estos días de angustia. El final del túnel Y mi pie ha entrado sin dificultad en el zapato, y ha salido. Vuelta a la normalidad.
Tomé el coche y fui a Vielha. Trámites de correos. Busqué el Qué Leer en la librería más importante de Arán y no lo encontré. Se lo pediré a mi vecina paraguaya. Y luego, de regreso, me detuve a comprar en un supermercado fronterizo, con muchos más clientes franceses que españoles que vienen aquí a cargar de alcohol barato sus vehículos.
Estaba optimista. Por eso compré mucha comida: tomates, pepinos, pimientos, naranjas, queso de cabra, chorizo, alubias blancas, pintas, lentejas, garbanzos. Me encontraba eufórico después de tantos días de encierro y obsesivas miradas a mi maldito pie izquierdo viendo cómo crecía.
Pero no he hecho locuras, no he querido tentar la suerte, y no he salido de casa en cuanto he regresado del supermercado y he descargado toda la comida que había comprado y llenado la nevera hasta los topes. Esta invasión de alienígenas que he sufrido me ha dejado muy tocado, me ha hecho ver la insoportable levedad de mi ser.
Me he encontrado en el garaje con Araña después de semanas sin verla. O Arañas. Estaba muy cerca de la puerta de acceso a la vivienda, a pasos de la escalera que conduce al salón comedor. No me ha hecho gracia verla tan cerca de la frontera. Creía que se había muerto de hambre o que se había mudado de vivienda tras sus cacerías infructuosas de insectos y ausencias de telarañas. Pero o tiene una pareja o yo veo doble. A la otra la he visto cuando subía cargado de víveres la escalera, bien visible en una de las paredes, junto al cuadro de luces que hay detrás de la puerta de entrada, en mi casa. No se ha movido al verme, al contrario que la del garaje que ha corrido a esconderse debajo de mi coche. Creo que ésta es mucho más grande que su compañera. Quizá mida cinco centímetros. Es inmensa. Sólo falta que me pique en el pie, me digo, mientras paso por su lado conteniendo la respiración.
No conozco a nadie que empatice con insectos y arácnidos. Nadie los tiene como animales de compañía, salvo algún psicópata. No hay comunicación posible entre mamíferos y ellos salvo que los primeros se los sacuden mientras los segundos los incordian. ¿De qué le puedes hablar a una araña? ¿O a una cucaracha? Un insecto, en tu casa, te mueve a matarlo de inmediato. Lo consideras un invasor que te amenaza con su sola presencia. Y esa araña ha cruzado la línea roja, ha pasado del garaje, en donde era consentida, a mi casa, en donde no es bien recibida, aunque no lo sepa. Pero no tengo insecticida en casa. Demonios, no tengo nada; hasta hace unos días no tenía ni alcohol ni gasas. Paso de nuevo por delante de la araña, conteniendo la respiración, salgo a la calle, entorno la puerta con cuidado de no espantarla, aunque el espantado soy yo, y busco la droguería. Cerrada. El pueblo tiene horarios franceses y a la una y media no se encuentra ninguna tienda abierta. Regreso a mi casa preocupado: no me puedo ir a dormir con ese monstruo correteando por las paredes.
Hoy compré Público en vez de El País, para castigar a éste. Me parece que, a partir de ahora, dejaré de comprar ese diario. Me irritó profundamente un editorial que leí ayer en el que defendía la reforma de la constitución auspiciada por el PPSOE y veía innecesario el referendo. Ya dejé de comprarlo unos cuantos años, porque me pareció vomitivo su posicionamiento ante el 11M, firmes y a las órdenes de Aznar, pero luego me olvidé porque no soy vengativo. Leo Babelia por Muñoz Molina y a pesar de que escribe en ese suplemento literario, que deja mucho que desear, una periodista que me detesta tanto como yo a ella. Odio recíproco y eso que no nos conocemos personalmente aunque sí de vista y espalda contra espalda en alguna comida. Público debidamente doblado es un arma contundente. Espero no fallar el golpe. Tampoco quiero espachurrar a la araña contra la pared blanca que tendría que pintar. Así es que me armo de valor, me digo, para apaciguar mi conciencia, que estoy defendiendo las paredes de mi hogar, y descargo un golpe seco y contundente sobre el arácnido que lo derriba y lo hace caer bajo el radiador con sus largas patas dobladas. No estoy seguro de haberlo matado, pero en la pared hay una ligera mancha oscura de alguno de sus fluidos que han escapado de su cuerpo cuando le di con Público. Espero que no resucite y se vengue, porque no puedo rematarla con un pisotón al no verla.
Más tranquilo subo las escaleras y como. Lentejas, porque desde que alguien me dijo que la dificultad de cicatrización de la maldita rozadura, que a punto estuvo de dar al traste con mi pie, podía venir de falta de hierro voy a comerlas todos los días, y un risotto que no lo tiro porque lo he hecho yo. Suelen salirme bien; hoy me sale infame. Cosas que tiene el arroz.
Sopeso ir al Coth de Baretges, para celebrar el buen estado de mi pie, pero decido ser prudente, escuchando el consejo de una burgalesa que va en bici con falda y tacones, y tengo una tarde de lo más movida que pasa primero por la cama de una de las habitaciones, la que recibe el sol a esa hora, para hacer una siesta solitaria, y sigue luego en el sofá en donde me engancho con la maldita Sexta3 en un programa que decido que sea doble, aunque bien podría ser triple porque la tercera, El hombre de Alcatraz, también me interesa: la siempre hermosa película de Kevin Costner, buen hacedor de westenrs, Bailando con lobos, y la antaño impactante El expreso de medianoche de Alan Parker. La película de Parker fue tildada, en sus tiempos, de racista contra los turcos, aunque los que salen no lo parecen sino sicilianos por su gesticulación, físico y bigote. No salen bien parados, cierto. El padre de Brad Davis, su intérprete y también de Querelle de Fassbinder, que murió de sida hace muchos años, le dice a su hijo encarcelado: Estoy hasta las narices de esa mierda de comida turca. ¡Cuánto deseo irme a cenar al Hilton un bistec con patatas y quetchup! Disiento frontalmente de este progenitor porque la comida turca es buenísima y el quetchup, y lo que representa, me produce vómito.
Mientras permanezco siete horas en el sofá abducido por el cine – quizá a la megapelícula de Costner en la que sale un actor indio que, no es broma, se llama Grahan Greene (tendría un padre muy leído) le sobren un par de horillas – pienso en la inmortalidad. Vivo como si fuera inmortal, como si me quedaran un montón de años por delante, cuando el montón de años está por detrás, y me permito el lujo de consumir siete horas de las que me quedan en ver dos películas que ya he visto. Ese pensamiento, que se cruza con las imágenes de las dos películas, me impide disfrutarlas como es debido. Con ese razonamiento, de que el tiempo es sagrado y hay que priorizar las actividades, podría enloquecer y prohibirme ir al Coth de Baretges, en el que ya he estado un montón de veces, porque consume cuatro horas de las previsiblemente escasas que todavía me quedan, o tendría que hacer una selección exhaustiva de lecturas que debo llevarme conmigo antes de irme a la tumba, o no guisar y comer sólo bocadillos porque son más rápidos de preparar que un estofado o unos canalones. Por eso mi yo hedonista prefiere apartar al yo racionalista y seguir viviendo como si el reloj no se fuera a parar nunca, y si me apetece ver un par de películas que ya he visto, las veo, y si me apetece ir a un paraje en el que ya he estado cien veces, voy, y si decido emplear un par de horas en la cocina, lo hago y disfruto. ¿Que mañana no estoy? Pues mala suerte. Tampoco me voy a cabrear post mortem.
No hay nada eterno, aunque nos esforcemos que así sea y nos produzca desalientp no poder prolongar nuestros instantes de felicidad y placer. Ni el amor es eterno, ni la pasión dura más de dos años, por mucho que pongamos nuestro empeño en ello, ni la expresión artística, aunque dure más que el amor y que la pasión y sobreviva al artista, lo es porque se extinguirá con la humanidad, cuando la Tierra salte hecha pedazos, se congele o hierva y bibliotecas, museos, cines, palacios de ópera dejen de ser. La eternidad es el privilegio de ese Universo del que formamos parte y seguimos sin entender, creyéndonos su centro cuando sólo somos uno de sus millones de granos de arena.
Cuando ya se acaba El expreso de medianoche, en esa escena en la que Brad Davis va a ser violado por el obeso jefe de los carceleros, que parece de chiste, es el actor que encarna a Brutus en la versión de Popeye Robim Williams de Robert Altman y tiene, además, dos ridículos y muy obesos hijos a su imagen y semejanza, veo un nuevo arácnido que se pasea por la pantalla de mi televisor encendido, ajeno a la pelea que tiene lugar a sus espaldas y acaba con el jefe de los carceleros apuntillado en la nuca con un punzón estratégicamente colocado en la pared contra la que va a parar. Contagiado por la violencia de la pantalla, esgrimo de nuevo Público, que es un diario muy combativo y el único realmente de izquierdas, y asesto un golpe de gracia a esa nueva araña invasora que, por tamaño, debe de ser hija o nieta de la que liquidé tras la puerta de entrada.
Mañana insecticida.
Y antes de dormir alguien me desea buenas noches desde Vannes, una hermosa ciudad por la que paseé hace muchos años de la mano de la Arquitecta de mi Sexta Vida cuando pensaba que ésta iba a ser eterna.
¿La vida? Caminos que se cruzan y te llevan a destinos inesperados, sujeta a imprevisibles cambios y mediatizada por las personas que se cruzan en el camino y alteran su curso previsible, para nuestra sorpresa, gozo o sufrimiento. A veces pienso que la séptima vida no fue sino la excusa para saltar de la sexta a este paraíso de montañas de la octava y quizá última, pero muy larga. Deseo.

lunes, 29 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR



Arán, 29 de agosto de 2011
Mi pie izquierdo me marca las rutinas. Si me tengo que tomar el antibiótico cada 8 horas y antes del desayuno, comida y cena debo variar todos los horarios de mis comidas. Así es que me levanto a las 7 para desayunar, ¡Dios, qué pronto! y tomar la primera pastilla (claro que luego me vuelvo a la cama dos horas más y no está nada mal ese nuevo sueño segregado del que me despierto con más hambre y me obliga a desayunar otra vez), como a las 3 de la tarde exactamente, después de tragar la segunda píldora de la jornada, y ceno a las 11, tardísimo, marcado por la tercera y última pastilla.
Creo que viene el otoño. Se huele en el aire. Por eso vinieron dos operarios, dieron unos cuantos martillazos en el techo de mi salón comedor, pusieron un tubo en el agujero que abrieron y lo conectaron a una chimenea, bueno, no, a una estufa de leña. Espero no quemar la casa cuando la utilice y seguro que me quedaré dormido todas las noches mirando el fuego este invierno.
Escribo y me miro el pie izquierdo. Llevo setenta y dos horas mirándolo, esperando que se produzca algo tan paranormal como su hinchazón, pero a la inversa, y recibiendo consejos y apoyos muy diversos. Hay quien me dice que estoy loco aplicando alcohol a la herida que no hace más que quemarla (Bueno, las heridas se queman en las películas con teas encendidas así es que muy malo no debe de ser) y me derivan hacia el agua oxigenada y el yodo; los hay que rezan a los santos, a los orixás o hacen magia, blanca espero; y los que se creen que estoy de broma, pero no es ninguna broma aunque me haya reído para desdramatizar. Bueno, hay quien me puso más nervioso, como la californiana que tuve en casa, que me escribe diciendo que a lo mejor me tienen que cortar el pie. ¡Vaya ánimos! “A una amiga mía que le pasó lo que a ti le terminaron cortando la pierna”. ¡Vaya! ¿Y por qué no la cabeza, puestos? A todos estoy muy agradecido de que se hayan interesado por este miserable miembro de mi cuerpo, pero especialmente a La Arquitecta de mi Sexta Vida, que sé que estará siempre a mi lado; a Blue Velvet, que está a mil kilómetros al norte pero se preocupa; a Madame Deveria, Dama de Sanabria, que es una persona exquisitamente atenta y educada; a La Camarera de las Titas de Granada, que me hizo de enfermera a distancia; a un colega rojo que no conocí en esta Semana Negra, porque no fui invitado a ella... Pero lo importante es que mi pie lo mantengo y no me lo voy a dejar cortar.
Decido que hoy sea el día que me rebele contra mi estado, así es que, harto de mi encierro salgo a la calle, compro El País a mi amiga paraguaya y me siento, porque los veraneantes huyeron ya a sus casas y sus rutinas, en mi terraza a tomarme mi cerveza de euro veinte al sol. No hay que tomar alcohol con los antibióticos. ¡Pues yo tomo!
De la lectura de las noticias me interesa una insólita. Deberían aprender todos los empresario del país de Isidoro Alvárez, el propietario de El Corte Inglés que, pese a haberse reducido un 13,5% el beneficio neto de su grupo, ha optado por aumentar la plantilla. No voy mucho a esos grandes almacenes, prefiero dar de comer al pequeño comercio, pero siempre me ha parecido muy correcta su política empresarial hacia sus empleados y clientes. Su comportamiento en tiempos de crisis, cuando los empresarios, por sistema, recurren a los ERES o a las deslocalizaciones, merece respeto.
Con el cuarto sorbo a la cerveza, que me cuesta tragar (en este otoño avanzado apetece más un chocolate con churros) paso a otra nueva insólita. Ricos de Francia y Alemania piden pagar más impuestos. La noticia se puede analizar desde dos vertientes muy distintas. Una, positiva. Bien, unos cuantos ricos, seguramente no los más, creen que deben de ser más solidarios con la crisis y arrimar el hombro como lo estamos haciendo todos. La otra lectura de la noticia no puede ser más negativa con la maldita clase política que nos gobierna aquí, en Francia y en Alemania: ¿Tienen que ser los propios ricos los que digan a los anodinos gobiernos que les suban los impuestos? Una razón más para indignarse y decirles lo que oyen en la calle: No nos representan.
Ya en casa, de mucho mejor humor (la cicatriz cerró, no sé si por las invocaciones que a uno u otro lado del Atlántico se han hecho, y el pie no me duele y hasta diría que adelgazó algo) escribo mientras escucho a Dolores de Cospedal, la mujer lista y seria del PP. “Subir impuestos sólo genera paro”. No sé de dónde lo ha sacado: subir impuestos, y tener más servicios sociales con ellos y mejorar infraestructuras genera empleo. Sigue. “Estamos en contra de resucitar el impuesto de patrimonio por demagógico”. Está en una rueda de prensa y un periodista le ruega que matice. Oigan, eso dijo, porque yo lo oí en esa cadena y en otra, osea que no fue una psicofonía. “Todos sabemos que las grandes fortunas no suelen pagar impuestos de patrimonio”. Bien, sí, lo sabemos, y por eso estamos indignadísimos, señora Dolores de Cospedal. Tras decir eso, ya sabido, debería decir, a continuación: “Eso con nosotros se va a terminar y las grandes fortunas pagarán por sus gigantescos patrimonios”. Pues no, no lo dijo. Asume, y da por inevitable y natural, como el huracán Irene, el que los ricos se escabullan de pagar impuestos. ¡A las armas! Creo que mi pie izquierdo se enciende y quiere dar una patada.
Mi comida es frugal, para pasar la segunda pastilla de la jornada. Licuo un tomate, una zanahoria y una manzana, echo un poco de sal, remuevo y bebo: exquisito. Luego un huevo revuelto, porque se me rompe al echarlo a la sartén y tomo la decisión, en el último instante, con el tenedor de madera, de revolverlo, y unas patatas fritas exquisitas que compré semanas atrás a la Tendera Discreta. Para beber: agua del Garona que pasa a cincuenta metros de mi puerta.
Sigue el run run con esa reforma constitucional que nos quieren imponer con nocturnidad y alevosía los anodinos que nos gobiernan en este momento y los que lo harán a partir de noviembre. Al dictado de los mercados que nadie eligió y gobiernan el mundo (SPECTRA que hubiera dicho Vázquez Montalbán que se está perdiendo todo esto) se quiere introducir en la constitución un techo de déficit. Yo pondría en la Constitución un clausula que dijera que todo partido político que incumpla el programa por el que fue votado sea inmediatamente desalojado del gobierno.
Decidido a ser mal enfermo, a media tarde, tras una solitaria siesta de hora y media, me pongo la malla de ciclista, cojo la camiseta más zarrapastrosa, me encasqueto el casco amarillo, me coloco las sandalias de Capitán Tapioca, las que me han hecho esa rozadura y son las culpables de todo, con calcetines de lana (mis intentos por meter mi pie izquierdo en una zapatilla de deporte resultaron vanos: de un 43 pasó a 45 y no entra, y si llega a entrar no sale), monto en la bici tras estar tres cuartos de hora arreglando el freno de la rueda delantera que se desenfrenó cuando me dieron la noticia de que iba a ser abuelo en horas (soy pésimo mecánico, pero lo suplo con mi obstinación enfermiza) y me voy carretera abajo, y arriba, hasta Canejan, un pueblo más allá de Les, en la línea fronteriza, en la falda de un elevado monte y que fue el primero que los maquis de la UNE, la Unión Nacional Española, conquistaron en 1942 tras rendirse el retén de la Guardia Civil cuando agotó la munición. En Canejan lamento no haber cogido el monedero para recompensar mi hazaña con una clara y regreso a mi casa cuando ya anochece. Hoy pruebo las luces de posición de mi bicicleta Funcionan. No me han arrollado. Y Blue Velvet me dice que llegó a La Ciudad de Las Luces.

domingo, 28 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR



Arán, 28 de agosto de 2011
Salgo a la calle, a la pata coja. Compro El País. Una banda de moteros ha ocupado toda mi cervecería y el resto de la población las mesas de la otra. Así es que sin la cerveza del domingo me voy a comprar el pan de leña poco quemado a la panedera, Quizá me falte comer carne. Pienso en ese maldito alien que hay en mi pie. Voy a la carnicera. Es una mujer entrañable, educada y elegante. Guapa a sus ochenta y pico años. Le pido un filete. Me corta un trozo de entrecot de un dedo de grueso y buen aspecto. Hablamos del tiempo, que ese siempre es un tema recurrente que nos afecta a todos, mientras le pido cien gramos del paté que ella fabrica. Le hablo de la humedad de Barcelona, pero no de mi pie. Me preguntan cómo van las cosas por la capital. Mal, le digo. Le explico que la gente rebusca entre la basura, duerme en los parques, las familias desahuciadas buscan refugio en los cajeros de los bancos que los echan de sus casas y que el número de pobres ha aumentado con esta crisis junto al de ricos. Sale su hijo y entra en la conversación aportando el dato de la gente que acude a los comedores sociales. Nos indignamos los tres con los sueldos de los banqueros, de los consejeros de banca, de los bonus, que salen de nuestros bolsillos. Nos indignamos con Hacienda a la que pagamos más los que menos tenemos mientras los que más tienen evaden sus impuestos con mil argucias legales. La señora se indigna con su pensión de 300 euros que cobra de viuda al mes y que le obliga a seguir trabajando en la carnicería. Revolución o guerra, es la conclusión final de los tres después de la conversación sociopolítica. La montaña también se indigna y se colorea de rojo. Y a la pata coja regreso a mi casa, compruebo que la carne es buenísima, como el yogur que también le compré a la señora y es casero.
Invierto la tarde entre la contemplación sadomasoquista de mi pie, por el que se interesa Blue Velvet, y en una sesión triple en la Sexta 3 que empieza con El talento de mister Ripley, sigue con La noche del cazador y acaba, al menos para mí, con Un beso antes de morir, las tres más que excelentes películas aunque el único e insólito film de Laughton se lleve la palma artística. Hay un diálogo que me sorprende, puro humor negro.
-Estoy pensando en volver a la mina.
-Eso siempre lo dices después de haber ahorcado a alguien.
Maravillosa conversación entre el verdugo, que acaba de colgar a un condenado a muerte, y su esposa antes de la cena y después de besar a sus angelicales hijos que duermen.

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 28 de agosto de 2011


Mi pie izquierdo sigue exactamente igual. Las tres pastillas que me tomé no hicieron el más mínimo efecto. La rozadura tiene su mal aspecto habitual. El empeine sigue con su desmesurada hinchazón que indica que bajo la piel algo sucede, una batalla de buenos y malos que, de momento, los primeros van perdiendo a pesar de los refuerzos. Y yo cojeando por la casa, subiendo a ritmo lento los cuatro pisos y maldiciendo, cuando estoy en el último, que me olvidé algo en el primero.

El domingo se anuncia espléndido, radiante, con cielo azul, un tímido velo de nubes que el sol disolverá, y el verde de mis montañas es una gigantesca esmeralda, pero yo lo veré a distancia, desde el velux de mi buhardilla. He desinfectado la maldita rozadura por enésima vez. Me he puesto encima una gasa impregnada de alcohol a ver si viendo las estrellas la cosa mejora. Y procuro no ser pesimista. Cuando el cuerpo no reacciona ante una tontería así, ante una simple rozadura en la que se metió, junto a la humedad, un poco de polvo, algo está pasando. Tampoco es que tenga muy buena cara. No me da el sol ni me va a dar en los próximo días de reclusión. Así es que mi rostro tiene un color macilento, la barba es todavía más blanca y las arrugas en la frente, surcos en el barro del que estoy hecho, son todavía más pronunciadas. Quizá debí llegar al Valle con más salud, más joven. Quizá me esté dejando llevar por mi maldita propensión al dramatismo del que huyo en la vida real para derivarlo a mis novelas. Un cuco canta desde un bosque próximo. El aire entra, límpido y transparente, por las dos ventanas abiertas y recorre el pequeño espacio de mi buhardilla en donde planté mi estudio. Tanta vida, a la que no puedo responder, me desazona. A mi lado el teléfono, la cartera, la botella de Ballantine's, que si utilizo será como desinfectante, y las fotos de los seres queridos, a los que quiero aunque no sé si soy correspondido. Blue Velvet se interesa por mi pie y eso me conmueve. Mal, le contesto, desde mi móvil. Ni los churros que me hice a primera hora, estrenando mi máquina, me levantaron el alicaido ánimo. Luego se cayeron de mis torpes manos la taza del desayuno, los platos, que se hicieron trizas en el suelo. Y a la pata coja los barrí para tirar el destrozo a la basura.



Vuelan dos vencejos y la montaña de enfrente, la que limita con mi Coth de Baretges, tiene un halo de rectilíneas y suaves nubes blancas. Esta el aire tan limpio que puedo distinguir cada árbol del bosque. Soy un voyeur de la naturaleza mientras mi propia naturaleza me traiciona.


sábado, 27 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 27 de agosto de 2011
PIE


No es el mío, pero podría serlo. Me dolió toda la noche. Se me hinchó más. La rozadura tenía peor aspecto. Me vi sin pie. Sin poder subir al Coth de Baretges y quedándome a dormir en el garaje de mi casa. Aunque todo es relativo. En el diario una foto de un atleta que corre con piernas de madera que parecen palos de jokey adosados a sus rodillas. Cojeando monto en el coche. Hoy es un buen día para comprobar cómo funciona el sistema de salud del Valle. En el hospital de Vielha toman mi filiación y me indican que espere ante la puerta del consultorio número 3. La espera me da para devorar dos capítulos más de Erich el zurdo. Por momentos la novela me parece una película de Godard. Un doctor diez años más joven que el paciente me recibe. Le enseño el pie. Le hablo de todo el proceso. De esa hinchazón desmesurada que empieza a inquietarme. No se inmuta mientras teclea en el ordenador la receta de un antibiótico y anota mi dolencia: celulitis. Creía que eso sólo lo tenían las mujeres. Pero no le contradigo. De regreso compro la medicina, una botella de alcohol, gasas. Me limpio la herida. Para celebrarlo me voy a la terraza del pueblo en donde me cobran la caña de cerveza a euro veinte. Me siento con Público que acabo de comprar a mi vecina paraguaya que yo creía argentina. Cuando entro está montando una estantería en su pequeña papelería librería. Le digo que lo hace muy bien, con guasa. Hago una llamada. Bueno, dos. Una para hablar con Paula. La niña me maúlla al oído. La echo de menos. Llamo a Blue Velvet. La invito a comer. Blue tiene costumbres extrañas: no ponerse aceite, ni vinagre, ni sal a las ensaladas. Dice gustarle mi rissoto a pesar de las setas. Se interesa por mi pie. No lo ve, porque lo oculto con un calcetín de lana blanca, tal como me ha dicho el médico. Bebe vino tinto. Yo, agua. Una semana bebiendo agua mientras tome los antibióticos, uno cada ocho horas.


ÁFRICA
Informe Semanal emite un buen reportaje de Vicente Romero, un periodista ético y riguroso, sobre la hambruna en el Cuerno de África. Lamentablemente nos lo han de recordar porque no nos acordamos tan ensimismados como estamos con esta maldita crisis. Nuevamente esa imagen de África con niños desnutridos y moscas en la boca. Madres que han perdido a todos sus hijos. Sepultureros trabajando a destajo para abrir fosas en el desierto. Las estadísticas son dramáticas. Puede que en los próximos meses mueran 600.000 niños de hambre. Una madre los ha perdido a todos y regresa a su aldea desolada. ¿Cómo podemos permanecer quietos mientras 600.000 niños mueren de hambre? ¿Por qué mi dinero, y el suyo, y el del vecino, y el de más allá, ha ido a salvar a la banca putrefacta en vez de emplearse en paliar ese lento infanticidio? No quiero que con mi dinero, con mis impuestos, con el 35 o 40% de mis ingresos que se queda papá estado se refloten bancos cuya obra social es aumentar un 100% los sueldos de sus ejecutivos y consejeros. No quiero que mi dinero vaya a parar a un ejército que no sé qué está haciendo en Afganistán. No quiero que se emplee mi dinero en construir AVES para siete viajeros y aeropuertos fantasmas como los de Castellón o Lleida. Quiero que mi dinero sirva para salvar la vida de esos 600.000 niños que morirán de hambre en los próximos meses mientras los dirigentes del FMI se forran a comilonas y el Papa Ratzinger se pasea por Madrid en olor de juventudes. ¿Qué demonios hace ese Papa que no va a Somalia? ¿Por qué no se vacían las arcas de la Iglesia en ayuda humanitaria? ¿Por qué se preocupa tanto el Papa por los que no han nacido y tan poco por los que ya están aqui?



LA PIEL QUE HABITO

Amplio reportaje en Informe Semanal, después de hablar de la caótica situación de Libia (alguien tendrá que aclararnos quiénes son la CNT, no la central anarcosindicalista sino el Consejo Nacional de Transición de la era pos-Gadafi) sobre La piel que habito, lo último de Almodóvar que está a días de estreno. Se habla del rodaje, de los actores Antonio Banderas, que me da auténtico terror, de la pequeña y bella Elena Anaya, se entrevista al endiosado director manchego en una especie de making off sobre el rodaje de esta película en Toledo. Banderas tiene una frase brillante: Almodóvar es un género en sí mismo. Y te gusta o te disgusta. A mí, salvo excepciones, me disgusta. Pero veo todas sus películas. Luego debo de ser sadomasoquista. Se olvida, el largo reportaje laudatorio, de la novela en la que el manchego se inspira: Tarántula. Años atrás, cuando el director de Átame (una de sus pocas películas que me gustan) compró los derechos de esa pieza maestra del polar francés sentí un estremecimiento de horror sobre lo que podría perpetrar el singular director. Puede que Terry Jonquet, su autor, salga de su tumba para vengarse.

KIM KI DUK


Más cine. Me pongo en el DVD Samaritan girl del director oriental. Me cabreo porque la versión coreana es sin subítulos y he de escuchar la doblada al castellano. Por momentos me parece una película risible. Hay escenas sencillamente espantosas como la del padre policía irrumpiendo en un hogar, por las buenas, y recriminando al páter familias, que está comiendo con su esposa, la suegra y los niños, que se acueste con su hija mientras le da una buena tunda de bofetadas. Vamos, eso ni Almodóvar. Pero luego pasan cosas, hay imágenes desconcertantes, diálogos de, por puro imposibles, hipnóticos, y la película, a mi pesar, acaba gustándome con sus innumerables imperfecciones. Por si fuera poco la chica protagonista, una colegiala de manga erótico que se prostituye con los clientes de su fallecida amiga para devolverles el dinero que éste les cobró cuando hacía de puta (ahí es nada) escucha constantemente a Erik Satie. Rayos, no hay manera de librarme del músico normando que me recuerda mi séptima vida.



LA SÉPTIMA VIDA Para que no la olvide, mientras desayunaba, la TVE2 hablaba de extranjeros en Andalucía. Y sacaba a uno que precisamente conozco, el dueño de dos restaurantes hindúes que no son gran cosa pero que estaban situados en mi territorio sentimental granadino. Uno, al lado de la Plaza de Gracia, que cruzaba yo todos los días y en cuyas terrazas solía sentarme a leer el diario mientras bebía una caña y comía una tapa de migas o patatas a lo pobre, a cincuenta pasos, literalmente de mi casa. El otro restaurante estaba a doscientos pasos de una casa que frecuentaba y era un poco mía, que fue despacho y ocasional comedor y dormitorio. Esa séptima vida me persigue y acecha sin que pueda hacer nada por evitarlo salvo una lobotomía.

viernes, 26 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 26 de agosto de 2011

Escribo con el maravilloso aroma a tierra mojada que entra por las dos ventanas abiertas de mi estudio de la buhardilla. Creo que no hay olor comparable a éste. Acaba de caer una tormenta modesta, apenas un par de rayos lejanos, y una pequeña nube nocturna se vació sobre mi casa, supongo que también en mi pueblo, quizá en todo el Valle.
Llegué, desde Barcelona, con quince minutos de retraso sobre la hora prevista. Al autobús que nos transportaba, a mí y a siete viajeros, cuatro de los cuales se apearon en Balaguer, le falló el turbo y se ahogaba en las cuestas. Daba pena ver cómo le adelantaban los más pesados camiones sin que el acelerador sirviera de gran cosa. Pero a mí me ha gustado este viaje lento que me ha permitido disfrutar de la gradación del paisaje, del seco de las tierras de Lérida al verde según subíamos hacia el Pirineo. Desde la atalaya de ese autocar lento he descubierto multitud de sendas, grutas, cultivos, que conduciendo yo no reparo. Me he dado cuenta, por ejemplo, que torturan, en Lleida, a todos los árboles frutales, forzándolos a permanecer de perfil, como los antiguos egipcios de la época de las pirámides, para permitir que pasen entre las filas, en las que se alinean disciplinadamente, los tractores de recolecta. He descubierto, también, un estrecho camino al borde de uno de los pantanos que se sortean en el recorrido, que desaparecía en una oquedad. Una escalera labrada en la piedra que trepaba por una enorme pared rocosa hasta alcanzar la presa. Y un misterioso refugio en la roca con aires de silo nuclear. Iba leyendo Erich el zurdo, pero también, de vez en cuando, miraba por la ventanilla, descansaba los ojos de las páginas impresas para posarlos en el paisaje o en mi pie hinchado.
Me preocupa esta hinchazón repentina de mi pie izquierdo. La descubrí esta mañana al calzarme. No me entraba el zapato. Tenía un buen número de picadas de mosquito tigre y una fea rozadura medio infectada, pero eso no podía provocar que mi pie fuera un tercio más ancho que su vecino derecho. Mi yo aprensivo ya me ha visto sin él, como el capitán Achab de Moby Dick, subiendo con mucha dificultad las escaleras de su barco, mi casa en mi caso, no valga la redundancia. Mi yo racional cree que es bastante problemático que sin pie pueda resistir en el valle y subir los cuatro pisos de mi casa. ¿Cómo andaré por la montaña con un pie de madera? ¿Trombosis? ¿Diabetes? Quizá coja un cuchillo de cocina y lo abra para ver qué serpientes albergo.
En Pont de Suert el renqueante autobús fue sustituido por un microbús que se hizo cargo de los cuatro únicos viajeros. Fue peor el cambio. Si el autobús se ahogaba en las cuestas, el microbús lo hacía en las rectas también, y hasta en las bajadas. Un trasto deshauciado. El chófer, además, conducía con el culo, no tenía ni idea de cómo entrar las marchas y cada vez que lo hacía parecía que se iba a desmontar la carrocería. Me daban ganas de ponerme yo al volante.
Tres horas antes me había despedido de la pequeña Paula. Ella no sabía que su abuelo se iba al monte. Seguramente la encontraré muy cambiada cuando la vuelva a ver. Ya no será un bebé de días. Ya no tendrá esa inocencia de los recién nacidos. Los niños crecen muy rápidamente, demasiado, me digo, mientras veo a la madre de Paula radiante, con ese trozo de ella que ha llevado nueve meses en su vientre, y que hace nada jugaba con las palomas de la Plaza Catalunya de la mano de su papá, un tipo que entonces era muy joven, lucía una envidiable melena y pesaba veinte kilos menos.
Comiendo, una hora antes de mi despedida de Paula, una ensaladilla rusa excelente con mayonesa de verdad y un jamón de Jabugo con rúcula y tomates cherry, que hasta me gustan, me doy cuenta de la cantidad de ojos azules que han irrumpido en mi vida en los últimos tiempos sin darme cuenta: Paula; Clive Owen, que es su padre; el padre del protagonista de Plan oculto, la película de Spike Lee; su madre; los cuatro hermanos de Clive Owen; Blue Velvet...
Cinco horas antes me levantaba, me duchaba, desayunaba y volvía a ducharme, porque estaba pegajoso, en Sant Cugat. No reparé entonces en mi pie hinchado porque quizá no lo estuviera. Me puse a escribir en el despacho en el que se puede bailar mientras volaba a La Alhambra a través de un documental de la 2. Y soñaba con una cena en uno de los restaurantes del Albayzín, con más vistas que cocina, absorto en esa joya del arte de los nazaríes y en dos lágrimas de ámbar que brillaban intentado emular los muros iluminados de La Roja.

jueves, 25 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Sant Cugat, 25 de agosto de 2011
El calor no cesa y la humedad crece. Hoy El Destilador Cultural me ha dado una agradable sorpresa y me ha demostrado que, además de cine, sabe cocinar. Su ajoblanco estaba buenísimo, mucho mejor que todos los que yo llevo haciendo en mi última temporada. Luego él se fue a trabajar y yo al cine, sin muchas ganas, que conste, más por amortizar mi estancia aquí que por otra cosa, porque en Arán no hay más películas que las que uno se quiera montar en la cabeza mientras pasea por la montaña.
El planeta de los simios, el origen, nada tiene que ver con El planeta de los simios, la película de un modesto artesano, Franklin J. Schaffner, que se convirtió en película de culto de la ciencia ficción, ni con el pésimo remake que de ella hizo Tim Burton, sin duda su peor película. No me engancha nada, en absoluto, salvo para comprobar lo mucho que ha influido Stanley Kubrick en los jóvenes cineastas, porque los números coreografiados de los monos, sus luchas por el liderazgo, incluso el bastón eléctrico que enarbola César, el chimpancé inteligente, tras arrebatárselo a su malvado cuidador, remite a ese prólogo magistral de 2001, una odisea del espacio, y la rebelión de esos monos enjaulados, su fuga por la ciudad, es puro Espartaco pero sin romanos pero sí con lanzas. Poca cosa más en esa película en la que, por fuerza, empatiza uno con los simios y en la que, a pesar de los dientes y puños de las bestias, sus victimas mortales se cuentan con los dedos de una mano: el chimpancé César/Espartaco controla a los suyos para que no cometan demasiados desmanes con los humanos. Otra cosa sería si la cinta la hubiera dirigido el desaparecido, en su Holanda natal, Paul Verhoven. Tampoco hay sexo. A César no le mola ninguna de las chimpancés.
Saliendo del cine me voy a ver a Paula, una rutina maravillosa, y literalmente me embeleso con la muñeca que duerme en la cama, al lado de su madre que ya es una madraza y cuida a su retoño con esmero de leona: sólo falta que la limpie a lengüetazos y dan ganas de hacerlo. El perfume de los bebés es adictivo. Y la cara de Paula, sus mofletes, lo más parecido a un hermoso tomate. No sé las horas que paso, sentado en uno de los bordes de la cama, contemplándola. Me conmueve esta obra de arte, este milagro de carne y huesitos completamente inerme. Duerme de forma muy plácida ese cachorro humano y sólo al final de hora y media abre los ojos, nos mira y parece escuchar la sarta de bobadas que le decimos. Mueve entonces los pies y las manos, frunce el ceño, bosteza y reclama, insaciable, su pitanza con un maullido suave.
Salí hoy más tarde de casa de Paula, después de comer una ensaladilla rusa que hizo la arquitecta de mi sexta vida, tardó más minutos en pasar el autobús urbano nocturno y crucé la plaza de Catalunya en donde un pequeño retén de indignados, versión perroflautas, discutían los puntos del día, o de la noche. Pero me fijé, entonces, en una hermosa escultura de la plaza, en la que siempre se posaron mis ojos desde que a los ocho años mi padre me llevaba, cogido de la mano, a dar de comer a las palomas. Es un desnudo marmóreo, no sé si de Clará o de uno de sus discípulos, de una mujer hermosa de amplias caderas, fuertes y redondeadas nalgas y senos suaves que mira desde el pedestal de su belleza a todo transeúnte que cruza la plaza. Ese pensamiento, que nunca controlamos, traidor, ajeno a nuestra voluntad, me lleva en un segundo al El Sur, la película inacabada de Víctor Erice, a mil kilómetros del epicentro de Barcelona, al núcleo de mi séptima vida gatuna.
El tren, el último de la noche, siempre es un espectáculo literario porque recoge a los rezagados de la ciudad que se dispone a dormir. Mientras continuo leyendo Erich el zurdo de Domingo-Luis Hernández, disfrutándola mucho, permanezco atento a los personajes del vagón que permanece anclado en el andén de la estación de Plaza Catalunya hasta que sea la hora de partida. Delante, vistas en escorzo, hay un par de rusas, bien nutridas, rubias y hermosas, que hablan en su ininteligible, para mí, idioma de Dostoievsky. Enfrente se sienta un músico ambulante de cincuenta años, con el rostro demacrado de Rudolf Nureyev, al que le hace compañía un perro labrador color canela, Micmic se llama según consta en su collar, que permanece pacíficamente echado en el suelo mientras su amo conversa con alguien por su celular. Entra, diez minutos antes de que arranque el tren, un nutrido grupo de jóvenes franceses, ellos con pantalón corto, y ellas con falda un dedo por debajo de la ingle (si no fuera por las ordenanzas municipales del púdico y torpe alcalde Trias uno iría con hilo dental por las calles de la sofocante Barcelona) que casi llenan el vagón que yo ocupo. Luego entra un muchacho negro, bajo y fibroso, que mete con descaro la mano en la melena de una de las chicas francesas sentadas y la agita hasta despeinarla sin que ella se cabree en exceso por su libertad. Yo me abstengo de hacer lo mismo por si acaso. Y, además, soy el más veterano, con mucho, de ese vagón anclado, seguido, a mucha distancia, por el desmejorado perroflauta que, ahora que me doy cuenta, no es músico sino malabar, uno de esos que tiran bolos al aire en las esquinas de las calles mientras el semáforo vira del rojo al verde.
El tren arranca y el viaje me permite avanzar tres capítulos de Erich el zurdo, situarme en La Habana, mira por dónde, que es también el escenario de Llueve sobre La Habana, mi novela que encabeza la colección de la que la novela del tangerino tinerfeño es su segunda pieza. El rubio y maduro perroflauta de melena larga y descuidada, que es la mera imagen de Nureyev, baja en La Floresta, seguido de Micmic, su perra, el escenario de mi cuarta vida, la de hippie fumata con cola de caballo, tejanos raídos y zuecos que se pasaba las noches en blanco bajo los acordes de King Crimson, Santana y The Doors. El núcleo de franceses debe descender en Terrassa, como mínimo, pues son turistas low cost, fina manera de decir que no tienen un euro en el bolsillo.
Cuando el tren llega a Sant Cugat son cerca de la una de la madrugada y el bochorno se hace notable al abandonar el vagón refrigerado que sigue camino. Una pareja inerrracial, muy joven, me precede. Ella es una chica atractiva y el es un negro de estatura mediana, delgado y fibroso. No me confirman que son pareja hasta que salen de la estación de tren y se cogen de la mano. Alguien me dijo, en mi séptima vida, que los abismos culturales truncan ese tipo de relaciones. Yo creo que el amor lo puede todo, es un tsunami emocional que rebasa fronteras, creencias religiosas y políticas, color de pieles. Y los jóvenes que me preceden se quieren, y se desean, porque en un momento determinado, ante un portal que quizá sea la casa de ella, se funden en un abrazo íntimo y apasionado, en un larguísimo beso de película, de esos que duran minutos y y en los que las bocas permanecen tan pegadas hasta ser una. Los sobrepaso, discretamente, dejo atrás a los amantes sin saber si finalmente él subirá al piso de ella o si, porque están los papás de la chica en casa y son tradicionales, el afortunado subsahariano seguirá camino hacia su casa. Al llegar a una esquina me vuelvo, disimuladamente, y ya no los veo. La chica lo invitó a subir a su cama porque los papás están en la casa de la costa de vacaciones o tienen el sueño muy profundo. Llego a paso lento y ligeramente deshidratado, tras subir una rompedora cuesta que nace bajo el puente del tren, a la cuarta casa de mi sexta vida que me aloja momentáneamente en estos días especiales de mi octava. Me abre la puerta El Destilador Cultural que me demostró esa mañana ser tan buen cocinero. Me bebo un par de zumos de naranja con mucho hielo picado. Veo un poco la tele. Todavía los rebeldes libios, el ejército de Pancho Villa, no han encontrado a Gadafi ni éste se ha suicidado siguiendo mi consejo. Escribo y me peleo con Open Office, mi nuevo programa de tratamiento de textos, porque ni yo, ni quién parió ese maldito programa, encuentran la forma de numerar las páginas, y me voy a la cama sabiendo que a la noche siguiente estaré de nuevo en Arán, tapado con una manta y se habrá terminado eso de sudar. Voy a echar a Paula mucho de menos.

miércoles, 24 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Sant Cugat, 23 de agosto de 2011
La cuarta casa de mi sexta vida tiene tantas escaleras como la primera de mi octava, pero el triple de metros cuadrados. O más. Quizá lo que más me guste de ella es mi despacho, que sigue siéndolo, en donde estoy en estos momentos tecleando esto que escribo. Literalmente se puede bailar en él. Las dos paredes laterales y enfrentadas rebosan de libros, los de mi padre y los que, a lo largo de cuarenta años, he ido acumulando con la intención de leerlos algún día, pero ya me di cuenta, hace mucho tiempo, que eso no sería posible. Hubo un tiempo en que eso me angustiaba. Ya no. Me iré de este mundo con unos cuantos deberes literarios y ésa será, quizá, el motivo principal de mi resurrección.
Ayer bajé en tren a Barcelona, más o menos sobre las seis de la tarde. No me demoré en ninguna librería, a pesar de que la estación en la que descendí, Provenza, no estaba muy lejos de Bertrand, sino que cogí directamente un autobús, un poco a ciegas, que me dejó a dos manzanas de la casa de Paula.
Paula roba más tiempo que cualquiera de mis novelas que escribo o de los libros que leo. No sabe esa princesa risueña, que se pasa el día durmiendo y sólo abre los ojos para comer, la de admiradores que tiene. Concitados alrededor de su cuna estaban sus padres, tíos y abuela cuando llegué. Su cuerpo dormido iba pasando de unos brazos a otros y todos repetíamos la misma salmodia, sin cesar y sin que nos cansara oírla. Paula es la niñita más hermosa del universo. Hay quien aventura que será top model. No lo creo. Paula será muy inteligente y luchadora, montañera fuerte, viajera indómita. Quizá le dé por escribir y su abuelo pueda ayudarle.
El tiempo se eterniza mirando al ángel durmiente. No me reconozco. Estaba yo muy escéptico con mi papel de abuelo que no casaba mucho con el de autor de novela negra, y además de las duras, el hard boiled, la negrura sin concesiones, pero todo se vino abajo cuando vi por primera vez a Paula y me sorprendí a mi mismo llorando de emoción. Permanezco horas, sentado al lado de su cuna con barrotes, mirando su cara perfecta, oyendo su pausada respiración y el estremecimiento de sus mofletes. No espero nada más que eso, contemplarla, espiar una deliciosa risa automática que, a veces, le sobreviene en uno de sus sueños, o ver cómo de repente frunce el ceño, hace una mueca y estira sus bracitos para desespezarse. No hay nada en el mundo que seduzca más que un bebé.
Estoy tanto tiempo en casa de Paula, hipnotizado por ella, que casi pierdo el último tren de la noche. Seguí leyendo la espléndida novela de Domingo-Luis Hernández Erich el zurdo, que no es exactamente una novela negra, aunque haya muerte y desazón campando por sus páginas, y estuve luego observando a mis compañeros de vagón mientras el tren avanzaba estaciones. Nadie se comunicaba entre sí. Mi compañera de asiento, una chica que se parecía una enormidad a Jennifer Lawrence, la protagonista de Winter's Bone, miraba en su cámara fotográfica las fotos que le había hecho su adolescente chico, que ocupaba el asiento de enfrente, mientras se bañaba en la playa de la Barceloneta; un magrebí joven, con barba recortada, escuchaba música árabe por sus auriculares; otro joven se conectaba a internet con su i-phone. Otro consultaba los mensajes de su móvil. Una señora mantenía una conversación por teléfono en un inglés tan pausado que lo entendía. El único pasajero que permanecía ensimismado era un latino que viajaba con su guitarra enfundada y había terminado su jornada laboral en alguna esquina de la ciudad.
Reina un calor húmedo en la cuarta casa de mi sexta vida. Hoy me duché cuatro veces, con agua fría que salía caliente. No soporto la humedad, así es que ya descarto acabar mis días en Birmania: moriría. Una amiga burgalesa me cambia el aire seco de su ciudad por el mío cargado de agua. Se lo regalo. Ella vive en Burgos, La Ciudad, y yo en Arán, El Valle. Mi contacto que tengo en el monte, hacia el que tiraré a pesar de Paula, me dice que sigue haciendo calor pero que esta noche habrá tormenta. No me quiero perder esas tormentas de verano con su sinfonía extraordinaria de truenos y los fuegos artificiales de los relámpagos. Quiero sentir repicar las enormes gotas de agua sobre las ventanas de mi dormitorio, adormeciéndome.
Cené en casa de Paula espaguetis al pesto, pero me sirvo dos vasos de naranjada con hielo y luego dos de leche bien fría porque mi sed es descomunal a altas horas de la madrugada. Demoro mi hora de ir a la cama. El Destilador Cultural trabaja dos pisos por encima de mi despacho. Vuelvo a tener problemas con el ordenador y que alguien me ayude si puede. Perdí, no sé cómo, porque no se abría el programa, el Microsoft Office 2007 y lo sustituí por Open Office que no me gusta nada. No me acostumbro a él. Las veces que he intentado descargarme Microsoft han sido un desastre y un timo. Desconfío de las descargas gratuitas que no lo son nunca. Sus sistemas de engaño son muy burdos. Tras una de las descargas, por cierto larguísima, que tardó un par de horas en aposentarse en mi ordenador, me salió un aviso diciéndome que el programa tenía nada más y nada menos que 492 errores graves y me ofrecía depurarlos con un programa alternativo que me costaba 400 euros, uno por error. Lo desinstalé, claro. No quiero esa clase de regalos envenenados. Así es que si alguien me ofrece el link de una descarga fiable le estaré muy agradecido porque hasta el momento todas las que he probado han sido un timo.
Envío a Ojos Azules, a la adulta, un mensaje nocturno que no la despierta sino a la mañana siguiente, cuando me responde. Y me voy a la cama no sin antes mirar por la tele para ver lo que hacen los indignados libios que lo están bastante más que los españoles y andan a tiros. Otra dictadura cae, como cayeron uno tras otro los regímenes de los países del Este de Europa. ¿Me pregunto que sentirá en estos momentos Muammar el Gadaffi, el otrora guapo y joven coronel convertido en su propio esperpento via cirugías plásticas, acorralado y abandonado por los suyos? De tenerlo todo a no tener nada. Mataron a unos cuantos de sus hijos, a algunos de sus nietos y ya no controla nada. Creo que en esos momentos uno no debe mirar hacia sí mismo sino hacia la historia, como hicieron Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo el 23 F. Desenfundar la pistola y volarse la cabeza para terminar tu vida con dignidad.

lunes, 22 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR



Barcelona, 22 de agosto de 2011

Día extraño en el que Ulises redacta este diario desde la cuarta casa de su sexta vida, en el despacho en donde alumbró la mayor parte de sus novelas y escuchando a la Voz en el viejo Vieta que sigue sonando a pesar de los pesares.
Pasea la mirada ese maduro y barbudo Ulises por las estanterías de su despacho que siguió siendo suyo a pesar de que anduvo ausente tres años y medio y sucumbió al encanto de las sirenas. Y se reencuentro ese viajero cansado con unos cuantos miles de libros que no podrá leer, ordenados por nombre de autor en los anaqueles. Como siempre le faltarán cinco o seis vidas más y no sé a quien se las comprará
Recibió el marinero la felicitación cariñosa del Filósofo Rojo, camarada de correrías revolucionarios que ve en Paula la esperanza para ese Nuevo Mundo que hay que construir; y también de la Fotógrafa Argentina, por esa nieta maravillosa que tuvo Ulises. Y la amiga pueblana, la chica de los enormes ojos oscuros, sombrero panamá y corazón de oro. Y, por supuesto, Ojos Azules a la que echa tanto de menos Ulises en este último y breve viaje que le ha llevado de los altos montes y prados a ese puerto húmedo en donde lleva varado desde hace una semana.
Me pasé la tarde confeccionando canapés. No fue Ulises sino el abuelo de Paula. En eso, lo confieso, soy bueno, porque siempre los hice con amor. En algunas otras cosas también soy bueno, pero pocas. Me pasé dos horas entregado a cortar en triángulos el pan de molde, untarlo de mantequilla, paté o queso fundido y adornarlo con almendras o nueces. Hacer canapés no tiene ningún secreto sino dedicación y no importarte entregar esas dos horas que te llevará hacerlos para satisfacer a tus seres queridos. El resultado dos horas más tarde, comiéndolos con vino de Rueda y cava, brindando por esa maravillosa Paula, la chica más hermosa del universo, fue satisfactorio.
Pienso disfrutar de la pequeña Paula cada segundo.
Y Ulises, en su despacho, se rompe por dentro escuchando La Voz en su viejo Vieta que todavía funciona, milagrosamente.

domingo, 21 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 21 de agosto de 2011
La Ciudad Condal, en verano, es un infierno del que se debe huir. A Arán, por ejemplo, que echo mucho de menos cuando me arrastro, que no ando, por las aceras barridas por el sol y que multiplican por diez el calor que reciben. Ojos Azules me dice que en el Valle también hace calor y ha ido a la piscina. No me habla del mismo calor, porque si lo tuviera no podría ni hablarme.
Nunca me llevé bien con el verano, al contrario de otras personas cercanas que parecían disfrutar de él. Como norteño prefiero el fresco, y hasta el frío. Este invierno me pondrá a prueba.
Mientras llego a la parada de autobús razono por qué los pueblos cálidos no podrán evolucionar nunca ni tener el mismo nivel de progreso social y económico que los fríos. Con esta temperatura lo que menos apetece es trabajar. Sí balancearse en una hamaca, tomar un daiquiri y admirar el balanceo de una mulata que se dirige al mar. Y uno no duerme por las noche, sino que cae en un sopor, anestesiado por la humedad y el calor, una conjunción criminal. El calor te aplasta a las dos de la tarde. Si estuviera en Cuba, vale, pero estoy en Barcelona, España.
Por mucho que miro no veo mulatas en bikini, ni mares turquesas, ni mojitos ni daiquiris, sino una ciudad en domingo, con las persianas bajadas, las calles desiertas y algún transeunte suicida, como yo, desafiando la canícula. Me siento como un viejo en el banco de la parada, hasta que llegue el bus, y sigo leyendo Erich el zurdo, la muy buena novela de Domingo-Luis Hernández.
Me acosté tarde, ayer, cerca de las cuatro de la madrugada. Me falló, inexplicablemente, el programa de tratamiento de textos del ordenador y hube de buscar otro alternativo con urgencia. Sudé para bajármelo y no es el mismo que tenía antes, sino bastante peor, pero sirve para escribir. Me levanté tarde. A eso de las once, porque no puse el despertador y en mi cuarto de Barcelona en el que estoy de prestado no entra ningún rayo de luz. No vi al negro de la esquina, así que se quedó hoy sin croissant. Quizá me estuvo esperando horas pero fui yo el que no se presentó hasta demasiado tarde. Nadie en sus cabales aguanta tanto tiempo en una esquina de la calle Numancia bajo ese sol infernal. Ni un negro que ha cruzado el estrecho en patera.
Hoy es domingo, así es que toca comida familiar en la cuarta casa de mi sexta vida. No la recupero, ni la casa ni la vida. Nunca lo intenté aunque no conseguí convencer a quien siempre temió que así fuera y vivió con esa angustia inexplicable. Ese quizá fue uno de mis fallos de mi breve séptima vida: no haber resultado convincente. Mientras subo una pendiente sin sombra posible, después de haber bajado del tren, recibo una bienvenida en forma de tres picotazos en la mano de parte de un mosquito tigre hambriento. Antes de que llegue a la casa en donde me esperan, me pican en los brazos. Cuando me siento en la mesa y alzo mi copa de champán para chocarla con los otros tres comensales, los tigres se lanzan a picotearme en los tobillos. Vienen de Oriente. Quizá me vaya a Camboya este año. Lo tengo entre ceja y ceja. Enero será una buena fecha.
Como en el jardín con la arquitecta de mi sexta vida, el Destilador Cultural y un amigo suyo chileno al que conozco desde el jardín de infancia. La conversación deriva, después del arroz con conejo, a la situación actual y yo hago gala, con humor, de mi profundo pesimismo aconsejando a los dos jóvenes, menos que mileuristas, que comparten la mesa conmigo que emigren de este país que se hunde. O que vengan conmigo a labrar campos de cultivo en Arán. O se pasen a Francia. No descarto hacerme francés, Ojos Azules. Al menos nuestros vecinos se aman a si mismos y saben quiénes son. Aquí estamos en fase de conocimiento y somos pocos y mal avenidos. Pensamos en el divorcio sin ni siquiera habernos casado.
La siesta es como caer en coma. Modorra en medio de la que uno se deshidrata. No corre una brizna de aire en la cama que ocupo, ni aunque pegue la cara a la puerta del balcón abierto. No se mueve una hoja de los árboles de la calle. El aire es sencillamente irrespirable. Cierro los ojos y me sueño en un lago del Pirineo, bañándome.
A las ocho vamos a ver a Paula. Está más guapa que ayer. Empieza a ganar peso y a abrir los ojos azules con los que nos mira maullando como un gatito. Pasa de unos brazos a otros como un juguete. Nunca estará tan solicitada como en estos días. Ser abuelo, pienso, es disfrutar de todas las ventajas de ser padre y no tener ninguno de los inconvenientes. Dejamos a Paula con sus padres agotados y nos vamos a cenar, la arquitecta de mi sexta vida y yo, a un restaurante argentino de la calle Muntaner. Tiene aire acondicionado, que es lo fundamental. Y carta de capricho. Lo importante llega lo primero: cervezas heladas. Luego una ensalada de rúcula con parmesano, unos empanadillas, una ensaladilla rusa sin mayonesa, un vitelo tonato a años luz del que me preparaba, en sus buenos tiempos, la madre de la madre de Paula.
Y allí estamos, comiendo, frente a frente, sin rencores ni reproches, como buenos amigos, o más, sin deseos de que nuestras vidas giren y vuelvan a reencontrarse, asumiendo que ambos, por nuestra parte, cerramos esa etapa.
Me pregunto por qué la fotógrafa del alma, que retrataba las entrañas de los desconocidos, fue incapaz de retratar las mías, lo que había dentro de mi corazón y mi cerebro, a pesar de que estaba más próximo, o eso creía, que la mayoría de sus modelos. Me pregunto muchas cosas que no tienen respuesta mientras mis ojos persiguen los ires y venires de una camarera argentina que me gusta y va de negro, con un pantalón que le marca mucho las caderas y el pelo oscuro recogido en una cola de caballo. La miro a los ojos, un momento que ella pasa por la mesa, pero me rehuye la mirada, avergonzada.
En verano me gustan todas las mujeres. Las dos que entran con pantaloncitos cortos. La que está en la terraza y va al baño, de hombros anchos y tatuados que dejan al aire una camiseta negra sin mangas. Hasta una mossa de esquadra que, con el revolver colgando del cinto, se dirige al final del restaurante en donde le esperan sus colegas policías. Y en invierno.

sábado, 20 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 19 de agosto de 2011

Ser abuelo empieza a tener sus rutinas a partir del segundo día. Benditas sean. Hay dos sesiones de Paula; una por las mañanas y la otra por las tardes. E interregnos deliciosos como descubrir, por ejemplo, un horno cerca de la clínica en donde confeccionan unos excelentes croissants (juraría que los rellenan con leche de almendra) que como mientras leo el diario y espero a la arquitecta de mi sexta vida. Ayer me informó, porque sabía de mi aprecio, de que hace casi un año murió Jill Clayburgh, noticia que me descolocó por dos motivos, por la defección en sí, que siento, y por no haberme enterado. Debía estar perdido en algún valle o pico de montaña de ese Valle que añoro, más ahora que la humedad de Barcelona se torna insufrible, a niveles de Benarés pero sin Ganges ni hindúes por las calles. Murió Jill Clayburgh, una actriz a la que adoraba sinceramente, tanto como a Naomi Wats o Emma Thompson o Vanessa Redgrave. La intérprete de Una mujer descasada o de La Luna de Bertolucci, en donde encarnaba a una madre coraje decidida a todo para salvar a su hijo, dejó el mundo el 5 de noviembre de 2010. Leo más tarde en Google que la causante de su fuga de este mundo fue la leucemia.
Hoy Paula duerme. Tiene los ojitos cerrados y los puños apretados. Sus padres aseguran que les dio una mala noche. Cuesta imaginarse que 3 kilos novecientos gramos de niña tierna puedan turbar el sueño de sus padres. Pero sí. Paula tiene buenos pulmones cuando se enfada.
Yo tengo fobia a las clínicas, pero hago una excepción por Paula, a pesar de que me ahogue en la habitación si permanezco mucho tiempo en ella. De cuando en cuando debo salir afuera, a estirar las piernas. Entiendo a la madre de Paula que quiere irse cuanto antes. Aunque una planta de nuevas madres es un universo de alegría y vida que nada tiene que ver con otras secciones lúgubres de todo recinto hospitalario en las que se lucha a vida o muerte. A la vista de tantos niños, de tantas futuras madres con vientres fértiles que, en días o meses, darán a luz a sus retoños, me pregunto qué está pasando en el mundo, qué feliz noticia hay para que se dé esta fiebre reproductora. Bienvenida sea Paula y los que nazcan con ella, porque son la esperanza para que este planeta rectifique su giro, enderece su equivocada órbita. Habrá que enseñarla, desde pequeña, nociones de economía, lo perversos que son los mercados, pero también lo hermosos que son los valles colmados de flores, la música de las esquilas de las vacas, leerle hermosos cuentos o hasta escribírselos para ella. ¿Sabré hacerlo? La subiré en mis brazos al Coth de Baretges y le iré presentando, uno a uno, a mis caballos y vacas. Arrancaré flores de los prados para decorar cada uno de sus rizos. La dejaré corretear por la hierba alta de los pastizales. Y que se asombre por los glaciares del Aneto. Le enseñaré los nombres de las estrellas y caminaré con ella por las sendas iluminadas por la luna. Y a no tener miedo de los bramidos de los ciervos. A hollar la nieve virgen. A beber en los arroyos que brotan de las rocas. En esta octava vida que quizá ya sea novena y no me haya dado cuenta.
Cuando me ahogo allí dentro, en el hospital, salgo a la calle, que es peor, un infierno de calor y humedad. Y la calle me hace huir al hospital, a esa planta de maternidad que es de esperanza. Empiezan a aparecer por Barcelona los mendigos negros, los senegaleses que malvivían con el top manda y que ahora arrastran carritos con sus escasos enseres o piden limosna en las esquinas, sin esperanza después de haber sido diezmados en el paso del Estrecho. A uno le doy un croissant que acabo de comprar y le cojo la mano. Me paga con su sonrisa, y ya tengo de sobras. Esa, ese negro en esa esquina malviviendo, es el alma social del nuevo alcalde de Barcelona, su política inteligente encaminada a convertir a esos inofensivos vendedores que no hacen mal a nadie en futuros delincuentes cuando les acucie el hambre. Quizá, aunque sólo fuera por razones egoístas, deberíamos evitarlo. Pero no es mi caso. Nada más satisfactorio que dar sin esperar nada a cambio.
En la planta de maternidad de la clínica el mundo es feliz y está lleno de esperanza. Lejos de la miseria callejera, los nuevos niños de nuestro mundo reclaman su comida con dulces lloriqueos que se parecen a los maullidos de los gatos. Pero hoy Paula ni abre los ojos ni mueve los labios: duerme en su cunita de cristal, ajena a ese ir y venir de las visitas que dejan flores, elefantes rosas y ositos de peluche, de los familiares y amigos que entran y salen de la habitación, miran a la niña y tratan de establecer un parecido con el padre o la madre.
No sé a quién se parece. Seguramente a nadie, en estos momentos. Es el suyo un rostro en formación que irá desarrollando sus rasgos en los próximos días. En eso de los rostros se producen mutaciones mágicas. Por ejemplo, la madre de Paula, tras años de no parecerse a mí en absoluto, vuelve a reproducir todos mis rasgos tras haber alumbrado a esa preciosa niña y yo me siento orgulloso de verme reflejado en ella.
Al mediodía como en el jardín de la casa de mi sexta vida con la sensación, cada vez más intensa, de que la séptima fue un sueño largo del que terminé por despertar. El sur queda lejos y es más un ideal que una realidad. Tres vermuts y dos copas de priorato me envían directamente a hacer una siesta larga, más bien una modorra, y de ella no me despiertan ni los picotazos de los insidiosos mosquitos tigre, una plaga endémica que espero no llevar al Valle y que se caracterizan por picar en los tobillos y piernas, hacerlo a la luz del día y en silencio absoluto. Por la tarde bajo a ver a Paula con la arquitecta de mi sexta vida. Sigue durmiendo la niña. Y de su sueño no le sacan ni cuando le ponen un pijama a su cuerpo de juguete.
Leo el periódico en una sala de espera mientras los padres de Paula departen con amigos. El dedo de Mourinho, el impresentable entrenador del Madrid, en el ojo de Tito Vilanova es el tema central de la prensa. Es más importante eso que la hambruna en Somalia o el fraude de las agencias de calificación a las que todo el mundo paga, y hacen caso, sabiendo que son la quintaesencia de la corrupción. Me indigno suavemente. Ya me indignaré más y con más fuerzas en este otoño caliente.
Dejo a Paula durmiendo pacíficamente en su cuna de cristal. Con más sed que hambre me meto en una taberna mejicana, pero la salsa guacamole de sus nachos es sencillamente infecta. Así es que termino cenando en un restaurante junto a Gimlet en compañía de la madre de la madre de Paula y del Destilador Cultural con el que acabo hablando de Kubrick, el mejor director de cine de todos los tiempos según una encuesta reciente. Con permiso de John Ford, apostillo.

viernes, 19 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 18 de agosto de 2011
Llegó Paula y se abrió paso en el mundo. Lo hizo tímidamente y haciéndose esperar. Se encontraba muy feliz en su mundo perfecto y esférico para querer salir. Le llegaba, quizá, el rumor enloquecido de nuestro mundo para tener ganas de asomarse a él. Pero, finalmente, tomó el camino de salida, apretó los puños, presionó y buscó la luz desde la oscuridad protectora de su mundo para tener vida propia. ¡Qué valentía la suya!
Soy muchos. A veces creo que excesivos. Con Paula nace otro yo que se derrite de ternura y al que le tiembla el pulso cuando coge en sus brazos ese pedacito tierno de carne que mueve bracitos y piernas y entreabre unos ojos azules como el cielo. Paula los tiene rasgados, carece de pestañas y hay que adivinar sus cejas. Es una chica con manos de pianista de dedos muy largos, o quizá de escritora. Tiene buenos pies, con los que andará con firmeza por este mundo que ya empieza a conocer.
Hay una serie de cosas para las que no se hicieron las palabras. Mi relación, recién iniciada, con Paula es una de ellas. Mi pluma se torna tosca si quiero describir lo que siento cuando me mira, o eso quiero creer. ¿Quién es este tipo inmenso que me tiene en sus brazos y me suelta toda esa sarta de amorosas tonterías? debe decirse.
En un momento cree que se precipita al vacío, en su sueño, y alza brazos y piernas para librarse de su imaginario abismo. La mezo y la canto entre mis brazos convertidos en cuna. Cabe sobre mi antebrazo que se mueve suavemente para adormecerla. La miro y es un ángel y me digo que ella es una de las justificaciones para estar en este mundo y seguir sobreviviendo.

martes, 16 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 16 de agosto de 2011

Todas mis preocupaciones, angustias, ilusiones... todo queda aparcado, hasta este diario que desde hace años me acompaña para paliar la soledad del corredor de fondo. El mundo está requetemal, pero lo mejoraremos, ¡qué caramba! Yo cumplo años pero hay quien, amablemente, me ve joven. Cabalgo sobre la bicicleta de un extremo a otro del Valle, aunque hoy, regresando de Vielha, rompí uno de sus frenos y menos mal que la bajada hasta el pueblo es suave. Es igual. Desenfrenado. Mis heridas cicatrizaron porque apliqué un bálsamo en ellas. O varios. El Valle es uno de ellos. Voy a terminar esa macronovela que tengo pendiente, de la que me falta su último capítulo, y no sólo porque me lo recordó mi buena amiga pueblana sino porque la persona a la que dedicaré mi obra más larga y ambiciosa, mi pequeña Paula, ya ha iniciado el camino de la vida y pronto se asomará a este mundo. Paula me hará más mayor, más maduro, más ilusionado, distinto, eterno.
El reloj de la iglesia del pueblo marca las siete con otras tantas campanadas. Voy al Coth de Baretges, una vez más, a ver cómo se apaga este día especial entre mis amigos los caballos y las nubes.

lunes, 15 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 15 de agosto de 2011
Por suerte perdí la señal de la Sexta3. Así descanso de ver películas. Soy adicto al cine desde muy tierna edad y las culpables de esa dependencia lo saben y andan sueltas. Una la reencontré en el Café Salambó.
Un día extraño. El de hoy. Terminé una novela que se llama Lo que queda de nosotros (Ediciones Atlantis, 2011) de Francesca Valentincic (nunca vi apellido tan raro ahora que lo escribo) y empiezo otra que se llama Lo que fue de nosotros (Nuevos Rumbos, 2011) de Carlos Manzano, y juro que no fue premeditado. Y como no creo en las casualidades, máxime cuando tengo pendientes de leer unos cuarenta libros y he cogido exactamente uno que tiene un título casi idéntico al que acabo de dejar, creo que recibo un mensaje. Fenómenos paranormales aparte, ambas son dos buenas novelas. La de Carlos Manzano, confieso, la devoro. Adictiva. La empecé hoy y mucho me temo que antes de que acabe el día la termine.
Veo un documental sobre los aztecas al mismo tiempo que leo un mensaje de mi amiga pueblana, la pintora que vendrá un día desde su México al Valle para regalarme un sombrero panamá, su sonrisa y su mirada. A esa profesora le estaré siempre muy agradecido por las correcciones que me hizo en los diálogos de La Frontera Sur. Y además dice que la chiveo. Me gusta chivearla. El documental me recuerda que todavía tengo pendiente el último capítulo de Otumba. También me lo recuerda la pueblana.
No pasa nada en el mundo. O no me interesa lo que pasa salvo esa espantosa sangría de niños en el Cuerno de África que unos pocos aviones tratan de paliar. Una mujer que coge un saco de comida confiesa haber perdido seis hijos. Mundo.
No estoy para pensar en el mundo sino en la comida. Hago una comida especial, porque creo que hay que romper con las rutinas. La tortilla de patatas sale redonda, en todos los sentidos. El arroz con leche se me quema antes de que eche el arroz a la leche hirviendo. ¡Cómo es posible! Suerte que todavía me queda ese estupendo bizcocho del que di buena cuenta esta mañana con un par de cafés con leche. Voy a comprar el diario a mi vecina, la simpática paraguaya que me invita a barbacoas. No me siento a leerlo en la cervecería vasca de los descuentos porque no dispongo de tiempo. Las horas, en la montaña, aunque cueste creerlo, pasan tan rápidas como en la ciudad. Compro mi pan de leña, discretamente quemado. Y un mantel de lino tan pequeño que parece una servilleta grande y me vende una seria dependienta dominicana, guapa por cierto, en una de las tiendas de turistas de la carretera. ¡17 euros! Estoy harto del hule. Hoy pongo una buena mesa. Voy a comer de capricho. Media docena de espárragos; treinta aceitunas rellenas de anchoas, algo que Bigas Luna siempre consideró el summun del surrealismo: ¡torturar a una pobre anchoa dentro de una aceituna!; queso de cabra que no es, ni con mucho, el que compré cuando vinieron mi amigo filósofo y su consorte hace un mes; y la redonda tortilla de patata. Descorcho una botella de vino tinto, alzo la copa y brindo a mi salud mientras veo, distraídamente, las noticias. Luego hago una larga siesta y me digo que si tengo tres habitaciones ¿por qué voy a utilizar siempre la misma? Así es que me tumbo en la de invitados, que tiene las dos camas juntas, abro la ventana velux y me dejo caer placenteramente en el sueño, húmedo, por cierto.
Me levanto bostezando hora y media más tarde. Miro las sábanas que me han acogido. Les haría falta un buen planchado si tuviera plancha, pero no la tengo aunque la casa tiene tabla de planchar: se la debió agenciar el anterior inquilino. Otra cosa que falta: una rejilla para el horno. De milagro no se me queman los bizcochos depositados en su fondo en vez de en medio. Pequeños detalles domésticos que he de ir solventando.
Escribo. Sigo pasando a limpio un escrito premonitorio fechado en abril de 1971. Ha llovido desde entonces y me han salido canas y arrugas. Es una novela corta muy política, fruto seguramente de mis años de clandestinidad antifranquista, de la que derivan, me doy cuenta de ello, novelas posteriores y relatos. Existe entre esos papeles perdidos y ahora recuperados, a medias manuscritos y a medias mecanografiados con una Hispano Olivetti que me regaló mi suegro el siglo pasado, una similitud extraordinaria con una de mis novelas más recientes: El corazón de Yacaré, tanto que parecen su borrador.
Sigo enganchado a Lo que fue de nosotros, y me lo pregunto, la adictiva novela de Carlos Manzano que gira en torno a un hecho espantoso, el peor para unos padres: la muerte de un hijo. Además, asesinado. Algo que siempre rompe una pareja. Y cojo la bici, cuando ya son cerca de las ocho de la noche, para generar un poco más de adrenalina, y me voy por la carretera a Era Bordeta y de allí, por una pista forestal que descubro, a Es Bordes. Un repecho, en el último segundo, escasos veinte centímetros de cuesta, me desmontan de la bici cuando ya la he subido toda, en el último tramo, pero echo pie a tierra por prudencia, cuando noto que el corazón se me va a salir por la boca y quizá esos veinte centímetros criminales de cuesta, un nueva pedaleada, una simple décima de segundo, sean los suficientes para mandarme a la incineradora en vez de al Coth de Baretges en un invierno lejano y frío, así es que desmonto de mi caballo de dos ruedas, sin ningún sentimiento de derrota, arrastro la bici esos malditos veinte centímetros de cuesta que me han vencido y me dejo caer en un banco en donde, para compensar mi frustración ciclista, sigo con la adictiva novela de Carlos Manzano, leyendo diez páginas, bajo un cielo gris plomizo. Luego regreso por la carretera, siempre en bajada, con la tercera puesta que cambio a segunda para entrar en mi garaje. Fin del día. No. El fin del día es con Topaz de Alfred Hitchcock que veo en la Sexta3 una vez recuperada la señal. Cine. Maldito cine.

domingo, 14 de agosto de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR



Arán, 14 de agosto de 2011
Confeccionar un buen bizcocho tiene un grave inconveniente: que te lo comes. Y eso he hecho nada más levantarme, partir un buen trozo para el primer café con leche, y otro para acompañar el segundo. Y suerte que ya no había café, ni excusa, para tomarme una tercera porción. Hoy debería hacer ejercicio, coger la bici y perderme por algún prado, pero no sé si lo haré. Estoy muy vago.
Que repitan Informe Semanal las mañanas del domingo me permite recuperarlo al haberlo perdido el día anterior por culpa de la buena programación cinematográfica de la Sexta3 a la que sigo reprochando que corten por sistema los títulos de crédito finales (así me quedo sin saber en dónde filmó John Huston la kipliniana El hombre que pudo reinar), que pongan excesivos anuncios, no emitan las películas en versión original y se sirvan, algunas veces, de las películas coloreadas de Ted Turner o, peor todavía, de sus versiones mojigatas y conveniente cortadas para el mercado norteamericano que sigue considerando tabú algunas porciones del cuerpo humano (pezones, senos, nalgas, sexos) mientras no tiene inconveniente en que otras (ojos, cabezas, lenguas, brazos, piernas) sean sajadas por los matarifes de turno de la ultraviolencia que cultiva su cinematografía. Al hilo del tema mi huésped norteamericana me confesó haber visto una versión para monjas ursulinas de Instinto básico (sin picahielos, sin escenas de bondage, sin bailes lésbicos, sin el cruce de piernas de Sharon Stone, sin nada) y lo sorprendida que se quedó al visionarla en nuestro país: Era otra película completamente distinta. Imagino que en USA la película de Paul Verhoven quedaría reducida a simple cortometraje. Con razón huyó el holandés de Hollywood.
Informe Semanal, hoy, me muestra lo que hacen los vándalos de Londres en su primer reportaje, esa sucesión de tiendas saqueadas de sus plasmas, coches y comercios incendiados, el rastro macabro de sus cinco muertos, una policía impotente por una falta de efectivos derivada de los recortes. Los indignados de las Islas Británicas añaden a su desideologizada lucha un componente hooligan ciertamente peligroso para el movimiento y que hay que aislar en otros contextos. Dirigen su rabia y frustración (son jóvenes sin empleo y sin esperanza de encontrarlo, que vivirán con sus padres en precaria situación y hartos de tenerlos en sus casas, machacados por una sociedad de consumo que les hace anhelar los productos de lujo y, al mismo tiempo, se los veta) contra los pequeños comercios cuando deberían asaltar los bancos. Un estallido de rabia, fuego y violencia sin un cauce ideológico cuya única baza es la mediática que se les vuelve en contra. El segundo reportaje de Informe Semanal habla de otros vándalos mucho más sofisticados: los especuladores que hunden las bolsas, los países, las empresas, las personas, que causan infinita más destrucción que esos hooligans ingleses pero lo hacen silenciosa y educadamente, a base de un millón de órdenes de compra, o venta, por segundo, en ese casino global en donde hemos metido a nuestro mundo para ahogarlo. Sin incendios, sin ruido, sin policías que los persigan, sin más arma que un teléfono o el teclado de un ordenador, la especulación, monstruo ciego e implacable, sigue su voraz camino que no es otro que el de enriquecerse rápidamente caiga quien caiga en su camino.
Hoy compro El País a mi amiga y vecina paraguaya, aunque la película, del género terror con adolescentes memos, Sé lo que hiciste el último verano, no me fascine, pero no puedo sentarme en la terraza del bar vasco del pueblo, ni en el que me hacen un descuento de diez céntimos por la cerveza, ni en el otro que cobran las cañas a euro y medio y por eso dejé de frecuentarlo, así es que recorro la localidad, algo aturdido por el gentío inusual de domingo de agosto constituido por cientos de turistas franceses copando terrazas de bares y restaurantes, cruzo el Garona y me acomodo sobre la piedra sobresaliente de un murete que delimita un pequeño campo de cultivo con cebollas exuberantes, rojos tomates, que dan ganas de arrancar de la mata, y colgantes judías verdes, a hojear/ojear el diario.
La foto que elige El País como ilustración al título Somalia se muere es estremecedora: una hermosa y dolorida mujer, casi un icono religioso, llamada Safia Adem. Mientras en Europa los especuladores se forran y envían a millones al paro con sus transacciones a velocidad de la luz, en el cuerno de la cuna del mundo, la desventurada África, los niños mueren a miles de hambre ante nuestra indiferencia. Afrontemos la cruda y dura estadística: 30.000 niños muertos en cinco meses. ¿No debería remover nuestras conciencias semejante infanticidio mientras nuestros gobiernos tiran el dinero en guerras absurdas y reflotan bancos para que nos sigan exprimiendo? No tienen bastante los somalíes con la sequía que una guerrilla, franquicia de Al Qaeda, Al Shabab, les pone las cosas aún más difíciles con la sharía estricta y el asesinato de cooperantes. En África hay más AK 47 que panes porque así interesa a la comunidad internacional. El continente con más recursos, para ser expoliados, y el que tiene la población más empobrecida. Para postre, en el puerto de Mogadiscio, capital de un país que no existe, los países occidentales han instalado su cementerio nuclear para bajar aún más, si ello es posible, la esperanza de vida de los somalíes a los que tenemos el cinismo de perseguirlos como piratas. La foto de Safia Adem, con una túnica verde azul que le cubre cabeza y cuerpo, es de una belleza serena, como serena y bella es su modelo que refleja en el rostro el dolor de haber perdido a su hijo de tres años, uno de los 30.000. Una Piedad de Miguel Ángel en versión negra, un rostro exquisito que recorre el mundo sin ella saberlo. Una imagen bellísima que refleja, con su mirada abatida, la pena de todo un continente.
En las antípodas de esas negras noticias sobre el continente negro hay un reportaje sobre geografía erótica que me interesa en EPS, y más, si cabe, por las opiniones reflejadas en él de mi buen amigo Gregorio Morales, escritor cuántico, poeta maldito y erótico, presentador de todas mis novelas en la ciudad de los dos ríos, uno de los que dejé en Granada después de abandonarla sin volverme a mirar La Alhambra, para no llorar. Habla el reportaje de las distintas zonas erógenas de los cuerpos humanos cuya visión, tacto o aroma nos excitan y producen esas agradables descargas cerebrales que ponen en marcha todo un complejo mecanismo de deseo. El culo en la hembra es poderoso, central, y se busca su redondez y fortaleza en un anhelo que arranca de la caverna. El pecho es alimenticio, se quiere grande o pequeño según la etapa socioeconómica (pecho opulento de la Loren en la posguerra y el minimalista de Twiggy o La Gamba en los sesenta/setenta), por eso se exprime, lame, chupa, buscando un néctar inexistente en ese contenedor carnoso y palpitante. De piernas se hace mención en el erótico reportaje a las de Anne Bancroft, (a la que ayer vi en un pequeño papel de madre alcohólica, y hermosísima, de Nicole Kidman en Malicia) en El graduado; la visión de unas hermosas piernas erotiza imaginando la porción que se pierde bajo la falda, y las de la Bancroft saliendo de esa media mítica ante la mirada embobada de Dustin Hoffman hizo que nos identificábamos con él todos los varones puberescentes de la época que ahora pintamos canas. Las vulvas más hermosas y apetecibles son las rasuradas y con poco pelo, aunque eso vaya a modas, y ahí tienen la velluda de Courbet que se abre entre un par de generosos muslos en El origen del mundo. Del hombre prima el culo, al que a las mujeres les gusta ver trabajando entre un par de piernas abiertas, durante la oscilación amorosa; y los pectorales, que se desarrollan en el gimnasio y muchos machos se depilan. El pene es tabú, salvo para Robert Mappelthorpe, el único órgano del cuerpo humano que se transforma mediante estímulos y es tan bello en erección como desafortunado en reposo salvo en las esculturas de Miguel Ángel. Y habla de los pies (descubro que soy podófilo, una parafilia que suena muy mal, entre pedófilo y podólogo, otros dos nombres infames, como los japoneses y los chinos, porque me encantan los pies pequeños en las mujeres), de la erótica de las axilas, de los vientres abombados, de los ombligos cincelados, de la boca, por donde todo empieza, con ese beso húmedo que se dan los desconocidos cruzando las lenguas en el paladar poco antes de conocerse a fondo en un cuerpo a cuerpo.
Dejo las cebollas, tomates y judías verdes a mis espaldas, después de tan estimulante lectura, cruzo el río tumultuoso que se ondula con cada piedra que cabalga, paso entre la vorágine ruidosa de visitantes que se atiborran con sangrías en las mesas del pueblo y después lo harán en sus casas con el cargamento que llevan en sus coches y regreso a mi casa. Ya ante la puerta, mi amable vecina paraguaya me invita a una barbacoa que declino amablemente. Quiero comprar esta tarde de domingo un poco de soledad.
De la muerte a la vida, en muy pocas páginas, en muy pocos renglones. Llueve en el Valle. Cuando pare daré un paseo en bici.

sábado, 13 de agosto de 2011

LA PELÍCULA

BLACKTHORN. SIN DESTINO
Mateo Gil

Resulta una sorpresa más que agradable que de nuevo el género norteamericano por antonomasia, el del Oeste, viaje a Europa y que sea un director de filmografía escasa como Mateo Gil quien se atreva hacer una secuela de Dos hombres y un destino, el western sofisticado y musical de George Roy Hill, a partir de la hipótesis de que los célebres bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid se salvaron de la balacera que les deparó a ambos el ejército boliviano, y da en la diana al subtitularlo Sin destino. Mateo Gil, que confecciona una película más que notable en todos los aspectos, también el visual, con una fotografía precisa, no mira hacia la perversión del spaguetti western sino hacia los clásicos, directamente a John Ford, y por ello en su película el paisaje abierto de Bolivia adquiere una relevancia especial, es el escenario perfecto para que se desarrolle esa historia crepuscular y de perdedores interpretada por el sobreviviente Butch Cassidy (un Sam Shepard magistral), al que Eduardo Noriega, interpretando al ingeniero español que roba una mina, le da una más que correcta réplica y Stephen Rea, el actor irlandés asiduo de los films de Neil Jordan o Ken Loach, completa el reparto como agente de la agencia Pinckerton que se pasa toda la vida persiguiendo al legendario bandido.
Mateo Gil en Blackthorn, el nuevo nombre bajo el que se esconde el viejo fugitivo retirado que aspira a una vida apacible hasta que aparece Noriega en su camino y la trunca, conoce a la perfección las claves del western en su subgénero de cine de persecución al que también pertenecía su precedente de Roy Hill, construye personajes sólidos, leales a sus principios aunque sean enemigos (la relación entre Cassidy y el agente de la Pinckerton, por ejemplo), rueda con pericia los tiroteos al estilo Peckimpah, aprovecha el lujo de filmar en el espectacular salar de Uyuni para regalarnos alguna de sus mejores secuencias (cuando Butch Cassidy/Blackthorn se vuelve en su montura para comprobar como su inmediato perseguidor se derrumba de su caballo antes que él), inserta oportunos flash-backs con un par de jóvenes actores con un parecido considerable con Robert Redford y Paul Newman, que van dando sentido a la historia posterior, y es absolutamente respetuoso con esa épica mística que caracteriza a los mejores westerns que se hayan filmado, incluyendo la canción que interpreta el propio Shepard con su banjo mientras trota por la cordillera de los Andes, en donde acaba perdiéndose sin destino.
Sólo falta esperar ahora que la película sea vista con buenos ojos en la cuna del género (el film ha sido muy bien acogido en el festival neoyorquino de Tribeca) y que Hollywood se decida de nuevo a apostar por un género que nunca debió haber olvidado. La última lección les viene de España y es de una ortodoxia ejemplar.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL RINCÓN DE LA POESÍA

A AMÉRICA NUESTRA, 1973
Adriana Serlik

He visto volcarse en un atardecer
un río de sangre que venía de los Andes
cuando los gritos y alaridos
subían como un puño de la garganta.
He visto funerales
moviendo las pisadas de la calle
y miradas con tristeza
quedando vacías de repente.
He visto celebrar
a generales de otra hora
aparentes victorias
sobre arroyos de espuma y calaveras.
Y me miro las manos
que se van en banderas
en golpes al dersprecio de aquellos
que no quisieron la esperanza
otra esperanza de América.
Pero no todo es olvido
en este lugar de la tierra
ocupada por pueblos ricos en machetes, fusiles e ideas.
Todo, a pesar de todos
seguirá el derrotero tan querido
y los traidores morirán una mañana
con el mutismo de América.

Este poema forma parte del poemario Ara puc alenar (Libros del Luthier, 2011)

ADRIANA SERLIK (Avellaneda,1945) Comenzó sus estudios de música a los cuatro años, obteniendo a los 12 el título de Profesora Elemental en el Conservatorio Santa Cecilia de Buenos Aires, finalizando sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música "Carlos López Buchardo", siendo alumna de la compositora Eidylia Mell, quien compuso la música de sus "Discursos desolados".
Terminó Magisterio, especializándose en la enseñanza artística y en la Escuela de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, concurriendo a las lecciones de la cátedra de su director, el destacado poeta Roberto Juarroz.
Dirigió diversas bibliotecas, dictando además clases en el Curso de Ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNBA.
Ha realizado la producción integral de programas de radio para Radio Municipal y Splendid de Buenos Aires, Radio Caritas y Comuneros de Asunción del Paraguay y la RAI (Italia).
Becada por el gobierno italiano, asistió al "Curso de especialización para Directores de Programas de Televisión" realizado por la RAI en Florencia.
Llegó a Madrid en 1975, tomando la nacionalidad española en 1985.
En 1980 fue invitada por la Directora de la Casa de España en Asunción del Paraguay para organizar las actividades culturales de la institución, ésta luego la denunció ante la policía paraguaya y estuvo detenida y desaparecida durante seis días. Fue liberada gracias a las gestiones realizadas por los españoles residentes en Paraguay y al corresponsal de la Agencia Efe en esa ciudad, a todos ellos les debe la vida.
En Madrid ha cursado estudios de musicoterapia con el profesor Juan Carlos Olea.
Ha escrito artículos para diversos medios de Buenos Aires, Asunción del Paraguay y Madrid y trabajado como correctora y traductora para diversas editoriales españolas.
Actualmente vive en Rascafría profundizando sus conocimientos de Musicoterapia , Cábala y prepara una obra sobre Walter Benjamin.
Dedicada a la enseñanza es la Secretaria de Paz del Registro Civil y Juzgado de Paz de Rascafría.