martes, 29 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 29 de noviembre de 2011

La Maga del Fuego me dio unas cuentas ideas para transformar esos cinco kilos de manzanas que no sé por qué compré, pero seguro que hay una razón oculta que se me escapa. La Maga del Fuego es una persona especial. Una chica. Una chica en el sentido más literal del término, porque es muy joven, pero nadie lo diría leyendo los sabios consejos que siempre me da. Y sabe de todo, que eso es lo importante. Me asesoró con la chimenea, me dio directrices para meter la aguja en el ojal, se preocupó por el pie que iba a perder, me procuró un programa informático cuando lo perdí, y ahora me dice todo lo que puedo hacer con las manzanas, enviándome un buen número de recetas para poderlas comer sin que me aburran, porque las manzanas me aburren soberanamente. Así es que seguiré las recetas de tartas de manzana, de manzanas caramelizadas, de manzanas al horno que obran en mi poder gracias a ella.
El día, hoy, era tan luminoso como ayer y yo estaba algo menos oscuro por dentro. Trabajé de buena mañana en lo mío, ese libro tan largo que estoy corrigiendo, a veces de forma despiadada, como hay que corregir un libro propio, y terminé la extraña novela de Pérez Merinero La chica que hacía llorar a los perros, por lo que me toca, ahora, El círculo alquímico de Paco Gómez Escribano, tantas veces postergada por otras urgencias. Y luego irá una novela de Alicia Estopiñá, y después la de Émpar Fernández, y la de José Manuel Benítez Ariza que un mensajero de color y acento francés, el único negro que he visto en el Valle, me trajo esta misma tarde.
Pero me salto mi cita diaria con Público, la mesa de la terraza del bar, el sol y la cerveza a euro veinte que me sirvió, esta vez, El camarero que leía a Thomas Mann.
Leí en el diario del trostkista Jaume Roures muchas cosas desagradables y feas sobre miembros de nuestra realeza, que daba vergüenza leerlas, y me entristecí con un obituario cinematográfico: Ken Russell. Los jóvenes no lo recordarán, pero era un director que iba por el mundo provocando con los temas escabrosos de sus películas y su puesta en escena operística. Su cine era declaradamente desmedrado y Oliver Reed, un dipsómano camorrista con la mejilla cortada por un cuchillo de pelea, interpretó unas cuantas películas con él, la demencial Los diablos, con Vanesa Redgrave, y Mujeres enamoradas, en la que tenía una pelea con Alan Bates ante una chimenea, los dos tal como vinieron al mundo, lo que provocó cierto escándalo. Estuvo muy de moda Russell, que a mí siempre me pareció excesivo, y luego se esfumó, o se diluyó, como la escarcha de mis ventanas cada mañana.
Alguien me mandó un fado como mensaje de despedida que luego no fue. Lo escuché a pesar de que los fados me hunden en la tristeza, porque eso es lo que pretende un buen fado, y me prohibo oírlos, como las composiciones de Eric Satie o las sinfonías de Mhaler.
A media tarde, mientras trabajaba, alcé los ojos y vi un cielo maravilloso, el que se ve por la ventana de mi estudio, con el Coth de Baretges, por el que tantas veces he ido de la mano de Mademoiselle Bonnaire, recortado sobre un cielo incendiado del atardecer que surca la estela de un avión, y no pude resistirme a fotografiarlo.

lunes, 28 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 28 de noviembre de 2011

Hoy leí en el diario Público cosas que suscribo de forma absoluta. Y no atañen a la desgraciada situación sociopolítica que atravesamos. Ni a los vergonzosos tejemanejes económicos, por llamarlo de forma fina, en el que están envueltos destacados miembros de la Casa Real. No. Atañe a la literatura y a la Feria del Libro de Guadalajara, a una conversación entre dos Nobel: Mario Vargas Llosa y Hertha Müller. “La literatura tiene enormes beneficios y uno de los más importantes es que nos hace vivir una vida que es infinitamente más digna y más libre que la que tenemos en realidad” dice Vargas Llosa. Mi defecto, de terribles consecuencias, es mezclar realidad y ficción, pretender que la ficción, lo que uno tiene en el imaginario, se convierta en realidad, con la salvedad de que la vida, como una buena novela, es incontrolable, se rebela contra su autor y en mis novelas los finales felices no existen; Hertha Müller opina que “La literatura es como un psiquiatra de precio muy asequible”. Bien, así había sido para mí hasta entonces, pero ¿qué hacer cuando esa terapia literaria empieza a fallar?
Hoy el cielo tiene una telaraña de nubes blancas y la temperatura de la casa, sobre todo la del salón, ha bajado considerablemente: 12 grados. Sobre las ventanas se ha formado, fruto de la condensación nocturna, delgados bloques de escarcha que el sol irá derritiendo. Mientras desayuno un pastelillo moruno y un café con leche, miro y escucho a Ana Pastor, pero lo hago con cierto desinterés, lo que me preocupa.
El sol llega a mi mesa de la cervecería a las 12:45 y yo llego a la mesa puntualmente, a esa hora, y hoy la fría caña de cerveza lo hace un minuto más tarde de que haya tomado asiento. Antes he comprado buenas patatas, arroz y azúcar a La Tendera Silenciosa. Y La Amiga Paraguaya me ha insuflado algo de ánimo cuando he entrado en su papelería a comprar mi diario, el que trae esas intervenciones de los dos admirados premios Nobel.
Hoy no voy a pasear porque tengo mucho trabajo. Empecé de mañana, con las correcciones de la novela. He dejado de sentir piedad conmigo mismo y me estoy tornando despiadado: si hay que cortar, corto; si hay que rescribir un capítulo, lo hago.
Al mediodía tengo necesidad imperiosa de comer verdura. Hiervo la cuarta parte de una coliflor que compré en Supermercados Boya hace dos días. Y sigo con un huevo, puesto que me olvidé de ir a la carnicería, con arroz blanco. De postre mordisqueo la primera manzana de esos cinco kilos que compré y no sé si destinar a elaborar sidra: me aburre. No hacer sidra, que no hice nunca, sino comerme esa manzana, comerme cualquier manzana. Menos a Poma, que no me la he comido, de momento. La manzana es una fruta aburrida y, si es así y yo lo sé, me pregunto por qué compré cinco kilos. No tengo respuesta. Tampoco me preocupa no tenerla.
Voy abrigado por casa y también mientras trabajo en lo mío, esa novela que estoy podando concienzudamente a la vez que realizo algunos injertos necesarios. Mi aspecto de leñador canadiense lo es por el jersey de Mademoiselle Bonnaire y la gorra de cazador que llevo encasquetada en la cabeza y me abriga. De cuando en cuando me tomo un descanso para consultar la correspondencia o leer una buena entrevista, por ejemplo la de Ignacio Ramonet, que me apresuro a colgar en mi muro de Facebook y crea cierta polémica. Y cuando me vence el sueño, me retiro a la cama a dar una cabezada. Antes mis siestas se producían entre las 16 y 17 horas: ahora suelen sobrevenirme a las 18:30. Muy extraño. ¿El cambio de horario? Y además de golpe. Siento una sacudida en la cabeza y abandono la lectura del texto para bajar al dormitorio con urgencia y cuidando de no caerme por la escalera. Hoy media hora de duermevela es suficiente. Y regreso a la buhardilla.
Alguien se acuerda de mí y me llama por teléfono. Esas llamadas, he de confesarlo, tienen un gran valor terapéutico, sobre todo en invierno. Llevan cariño y humor en su esencia. La que llama, y el que coge el teléfono, consideramos que el humor es fundamental para sobrevivir. Si hay que morir, mejor hacerlo riendo. La interlocutora tiene una sentido del humor realmente envidiable, y otras cosas, igualmente envidiables. El mío, el sentido del humor que tengo, hay que rascar para dar con él porque no se encuentra en superficie.
Estoy enfrascado en uno de los capítulos y alguien llama a la puerta. Nadie suele venir a esta casa entre semana, así es que bajo galopando los tres tramos de la escalera y llego a la calle justo para recibir un paquete de manos de un clon de mi vecina paraguaya que, como yo no contestaba, ha estado a punto de dejárselo a ella, al original. Mientras firmo un recibo electrónico sobre una pantallita y apunto mi DNI conforme ha llegado el paquete a mis manos, estoy a punto de decirle a mi vecina paraguaya, porque es ella, diantre, qué hace repartiendo paquetes cuando su negocio es la papelería y los libros. Una pena que la repartidora no haya llamado a la puerta de al lado y los dos clones no se hayan visto las caras y creído, ambas, que se estaban mirando en un espejo.
Abro el paquete mientras subo las escaleras. Un hermoso libro de relatos, El hilo de Sofía, editado por Atlantis, en el que colaboro junto a Eugenia Rico, José Vaccaro Ruiz, Recaredo Veredas, Javier Puebla y J.D. Álvarez entre otros. Mi relato, Última cena en Sofía, es autobiográfico, negro y humorístico.
Esta noche planeo ir al cine. A las diez, en el único cine de Arán, que está en su capital Vielha, proyectan Detrás de la puerta, la última película de Jaume Balagueró con Luis Tosar, una historia sobre un portero psicópata cuyo guión deja mucho que desear y tiene enormes lagunas y situaciones no creíbles. Es el trabajo más flojo que he visto de Balagueró. Pero se está bien en el cine, tienen puesta la calefacción y los demás espectadores no son del tipo ruidoso. Además no hay palomitas ni venden bebidas.
Desde la tarde, o creo que desde el día anterior, planeé ver hoy las estrellas. La Luna está menguante y es una noche adecuada para ese tipo de espectáculos. De regreso a casa me desvío y me interno por una sinuosa pista forestal que, de noche, es todavía más sinuosa, y me detengo en un claro del espeso bosque de abetos que cruzo tras dejar atrás Vilamós y Arrés de Jus. La vista del cielo, una vez que apago las luces del coche, es majestuosa. Hay estrellas que brillan con una intensidad flamígera que deslumbra, pero la vista, a medida que se acostumbra, va descubriendo miles de estrellas que realmente son polvo blanco en el universo. Ajeno al frío, a oscuras, no alejándome del coche, por si luego no consigo regresar a él, permanezco en éxtasis cósmico diez minutos, en medio de un silencio absoluto que sólo rompe el lejano rumor de un curso de agua. Me siento pequeño, pigmeo, miserable mirando ese cielo infinito del que veo una infinitésima parte. Me deprime mi pequeñez. Siento la insignificancia de la nada que soy y sigo camino, por esa pista estrecha y solitaria, hasta casa, no muy animado.
Dejé un par de radiadores abiertos, porque hoy no me apetecía encender la chimenea, y se notaba un calor agradable al entrar en la casa. Subí directamente a la buhardilla y abrí mi correo. Leí una carta que alguien me envió y sentí el frío de su escritura. Supe que esa persona, definitivamente, había muerto y que debía acostumbrarme a ello y asimilarlo si quería seguir viviendo. Pero no estoy seguro de que ese psiquiatra de precio muy asequible, que dice Hertha Müller, me sirva de consuelo, ni que con la literatura pueda recrear algo semejante a lo que viví. Hay cosas inenarrables, aunque estén ya muertas y que, al no poder ser narradas, se olvidarán, y que, al ser olvidadas, quizá nunca se sepa si fueron así y si fueron. De todas formas morirán con nuestra memoria, y con nosotros.

domingo, 27 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 27 de noviembre de 2011

A las 12:45 el sol de otoño llega a la segunda mesa de la primera fila de la terraza del bar en el que me sirven las cervezas a euro veinte. Dura hasta las 13:30 y luego todas las mesas, seis, quedan en sombras. Es un sol esquinado cuando en verano era frontal y duraba hasta las cinco. Yo lo sé y procuro estar a esa hora puntualmente después de haber desayunado café con leche y un pastelito árabe del Albaicín, de los que me trajo mi amigo de Granada, y haberme duchado, y me siento con El País a esperar mi cerveza. Hoy la caña llega con cinco minutos de retraso. Hay mucha clientela y un solo camarero, que no es el que lee a Thomas Mann. Curiosamente hoy no hay franceses sino españoles. Y hablan a gritos, como si todos estuvieran sordos. Y los que fuman se colocan a mis espaldas para consumir sus cigarrillos en la puerta del bar y me rozan en sus idas y venidas. Leo el diario, con prisas, pago mi cerveza y me levanto.
Cojo el coche y me voy a Canejan, a por leña y a dar un paseo. El día es espléndido, como ayer, como anteayer, sin una sola nube en el cielo y es una blasfemia encerrarse en casa con ese sol. Pero el campanario de la iglesia del pueblo me recuerda que son las 3 y cuarto y decido regresar a casa con mi cargamento de leña, para comer.
Cambié la disposición de los muebles del salón comedor: situé el sillón orejero junto a la estufa de leña y la mesa y las sillas al otro extremo de la habitación, lejos de la cocina y cerca del ventanal. Hoy guisé alubias blancas con chorizo: se hicieron rápidas y quedaron buenas. Y huevo frito con patatas, porque me dio pereza ir a mi carnicera. Abro un Coto, me lleno dos veces la copa y bebo, como postre, un zumo de naranja. Luego subo a la buhardilla, con el jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire, que me esquiva últimamente, y una gorra de leñador canadiense que Esther Williams tuvo la amabilidad de enviarme por correo.
Trabajo en la corrección de Pat Pong Road hasta que me vence el sueño. Estoy cambiando bastantes párrafos de la novela, utilizando la podadora, y eso lleva bastante tiempo. Es la tercera vez que releo mi novela y encuentro cosas que no me gustan o no cuadran. Estoy encallado en una de las partes del libro que se titula Bajo el monzón. Decido echar una siesta en medio de la corrección para ver si luego retomo el trabajo más inspirado. Últimamente duermo mucho, más de la cuenta, y las siestas duran casi siempre dos horas. Quizá es que esté deprimido y quiera cerrar los ojos al mundo. Me despierto ya de noche, a las seis y media de la tarde. Y sigo con la novela hasta que se hace la hora de la cena. Entonces bajo, caliento la sopa y enciendo la chimenea. Los troncos estás secos y prenden en cinco minutos con papeles de diario. La sala se caldea. La sopa entra maravillosamente bien en el cuerpo. Luego me exprimo un par de naranjas y veo Australia por TVE1 mientras doy cuenta de una bolsa de patatas fritas adictivas. Esther Williams tiene razón: A Nicole Kidman se le fue la mano con el bótox y en esta película se le nota especialmente. Ya la había visto en el cine, pero es de esas que es agradable de ver, por su fotografía y la espectacularidad de alguna de sus escenas, ideal para compaginarla con el espectáculo siempre hipnótico de las llamas próximas a las piernas. Cuando la película acaba, la chimenea está apagada. El último tronco que metí, uno bastante grueso, ha ardido a medias y me servirá para mañana.
Subo de nuevo a la buhardilla y lo hago con el jersey de lana y cremallera de Mademoiselle Bonnaire y la gorra de cazador de Esther Williams. Y me enfrento de nuevo a mi novela.
Y me veo reflejado en la venta de la buhardilla con mi gorra, mi jersey, mi pelo largo y mi barba,tecleando el ordenador. Un fantasma en el que no acabo de reconocerme.

sábado, 26 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 25 de noviembre de 2011

La jornada empezó de forma inmejorable cuando una amiga mía, a la que de nuevo doy las gracias por el detalle, me envió un texto extraordinario de Enrique Vila-Matas que, ipso facto, colgué en mi muro de Facebook. Escribía el barcelonés sobre esa faceta de cazadores en la sombra que tenemos los escritores cuando vamos a los sitios, sean fiestas, restaurantes, viajes, bares de copas o lupanares, a la búsqueda de personajes para nuestras ficciones.
A un día gris sigue otro luminoso. El cielo estaba más o menos como ayer. Yo, no. Dejé que entrara la luz por mis ojos. Y que el viento que soplaba con fuerza y renovaba el aire me azotara. Adoro el viento. Adoro cada una de las manifestaciones de la naturaleza que me indican su vitalidad. Así es que con viento y euforia fui a comprar mi diario a mi amiga paraguaya y luego me dirigí a la capital de este rincón pirenaico a hacer unas gestiones.
Vielha, Viella, Vieja, no lo es tanto.
Tiene la capital una hermosa iglesia de transición del románico al gótico, confluyen en ella los ríos Garona y el Nere, que desemboca en él en medio de un hermoso parque fluvial, y un comercio aceptable además de un buen hospital, buen número de bares y algunos restaurantes con encanto.
Busqué, después de mis gestiones en correos, una terraza en donde diera el sol y, al no encontrarla, me senté frente a la seda del Govern a leer la prensa y una revista sobre los Pirineos que compré.
Cuando volví sobre mis pasos me dije que nada había mejor para combatir una endeble depresión de un día que hacer una gran compra, así es que me acerqué a Les, al supermercado Boya. Era el único español entre tantos franceses e hice una compra XXXL, a lo grande: cinco kilos de manzanas con las que haré un sinfín de tartas tatin; cinco kilos de naranjas que me proporcionarán zumos para un par de semanas; cinco kilos de cebollas para sopas y risotos; una enorme barra de mantequilla para confeccionar un sobao pasiego, calabaza, zanahoria y luego caprichos tipo bolsas de patatas fritas, a las que intento resistirme sin éxito, nachos mexicanos con su correspondiente salsa muy picante y queso rochefort.
Encendí la chimenea con enorme éxito, al regresar a casa (la llamarada prendió muy rápido en los troncos, al contrario que ayer, que anduvo resistiéndose, y duró el fuego casi tres horas, calentando el salón comedor) y comí un enorme plato de ensalada con lechuga, maíz, zanahoria rayada y atún; cayó luego media bolsa de nachos con su correspondiente salsa picante y terminé con un huevo frito de las gallinas del pueblo. No contento con eso me tomé un trocito de turrón de yema quemada (ya empiezo las Navidades) acompañado con una copita de moscatel, y me arrellané en el sofá a contemplar cómo el fuego hacía su trabajo en la chimenea y la película Cóctel, que ya había visto pero que me agradaba volver a ver, porque no me molestaba a esa hora de la siesta, y en la que descubrí, además, a una jovencísima Elizabeth Shue bastante menos atractiva de la mujer que luego fue en, por ejemplo, Living Las Vegas, la única película con Nicolas Cage dentro que, no sólo soporto, sino que me gusta.
Despaché varias cartas en mi buhardilla, cuando ya el sol había dejado paso a la noche (a las seis es noche cerrada), alguna de ellas con cierta tristeza (o mucha, para qué engañarnos); me reí con una llamada telefónica y seguí enfrascado en esa tortura que son las galeradas de una novela, esa fase que consiste en leer una y otra vez lo que has escrito para detectar erratas, incoherencias y estupideces en tu texto, y estuve con esa actividad después de comer y ver una seca película rumana, excelente, por cierto, 4 meses 3 semanas 2 días, de Cristian Mungiu, merecidísima Palma de Oro del Festival de Cannes de 2007 que hoy daban con el diario Público, y así estuve, perdido en mi texto, viajando de nuevo a Bangkok, escenario de la novela que saldrá en marzo 2012, hasta que las cabezadas del sueño, terribles, me hicieron dejarlo todo e ir directamente a la cama.

jueves, 24 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 24 de noviembre de 2011

Después de las nueve volví a ser el único habitante de mi casa, y regresé a la normalidad. Hacer una lavadora, por ejemplo. Ir a comprar el diario a mi amiga paraguaya que intenta vender, si encuentra lectores, ejemplares de mi novela Llueve sobre La Habana que sobraron en Miami.
Mi cervecería habitual sólo abre los fines de semana, y la otra está llena, así es que me voy a una terraza de la carretera, a leer Público, a que me dé el sol, sobre todo.
El día está alegre, pero yo no estoy a su altura. La luminosidad me sobrepasa. Regreso a casa con la intención de comer temprano e ir por la tarde a Vielha, pero eso no sucede.
Después de comer una crema de calabaza, un huevo con patatas y terminar los dátiles que quedaban en la nevera mientras veo el telediario, tengo una larga conversación telefónica y en ella oculto mi estado de ánimo, como siempre, y me muestro optimista y expansivo. ¿Por qué lo hago?
Los correos electrónicos que leo por la tarde, cuando subo a mi buhardilla, tampoco me alegran el ánimo, precisamente. Leo cuatro líneas de tristeza destilada que me hielan el corazón. Ni me anima la solitaria siesta que hago cuando, corrigiendo la novela que saldrá en marzo 2012, me sobreviene un ataque mortal de sueño. Tampoco me levanto más animado de la cama cuando ya es de noche, a las siete. Pero, sin embargo, simulo euforia y optimismo en mi segunda y larga conversación telefónica del día, poco antes de la cena. ¿Por qué no me muestro como estoy realmente? ¿A qué vienen todas estas simulaciones de mi estado de ánimo?
Ceno la sopa que, normalmente, me anima, no hoy, y algo de queso camembert que dejó mi amable huésped en la nevera. Luego me peleo con los troncos de la chimenea hasta que arden con unos cuantos diarios de por medio. Y me siento en el butacón de orejeras para ver Minoritary Report que no termino de ver con la atención que requiere porque mi cabeza está por otras vidas.
A veces pienso que ya nací deprimido.
Eso sí, el cerebro, ese imperfecto ordenador, después de muchas vueltas en su disco duro, escupió hoy el nombre de un pintor austriaco que, sin nombrarlo, porque no nos salía su nombre, figuró en la sobremesa de ayer: Egon Schiele. Bueno, algo positivo en el día. Un cuadro suyo, de una pelirroja prostibularia, fue la portada de Pubis de vello rojo. Entonces yo tenía pinta de ejecutivo, solía ir con corbata, usaba gafas y lucía pelo negro y espeso.
Ante de dormir escribo una misiva larga sin saber mucho el sentido que tiene escribirla y enviarla. Dudo antes de insertar el nombre del destinatario. Opto por enviarla. No sé si obtendrá contestación ni qué sentido tiene esperarla.

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 23 de noviembre de 2011

Hoy, al contrario que ayer, me despierto antes que El amigo granaíno para obsequiarle con unos churros para el desayuno. Mientras se calienta el aceite y el agua para la masa, intento encender el fuego de la chimenea. La casa, a esa hora de la mañana, está a 15 grados. Tras un montón de intentos baldíos y quemar una Vanguardia, un País y un Público, consigo que una llama prenda en uno de los troncos.
Hacemos una breve excursión por la mañana. Subimos en mi coche hasta Baqueira Beret y tomamos la pista de la izquierda, la más estrecha, tras cruzar un modesto curso de agua, seguramente el que da lugar al Noguera Pallaresa, y caminamos hacia Montgarri con un paisaje adusto formado por cumbres nevadas, bosques que no han perdido su oscuro verdor, bandadas de nubes y un mar de hierba ocre en el que no pasta una sola vaca ni un solo caballo.
El refugio de Montgarri está cerrado, por lo que nuestro plan de tomarnos el vermut allí se frustra. Nos sentamos en las escaleras. Hablamos de mujeres, amores, relaciones frustradas, pasiones amorosas y sexuales, desengaños y difíciles convivencias. Estamos en casi todo de acuerdo. No le digo que allí, precisamente, en un invierno, comenzó mi breve séptima vida.
Regresamos a buen paso. Acuso, he de confesar, los veinte años menos que tiene mi compañero de excursiones venido del sur. El amigo granaíno tiene un paso rápido y alegre, como su carácter. En ese camino de regreso seguimos con el tema femenino. Las mujeres marcan nuestras vidas. Y esa charla ocupa todo el tiempo de regreso al coche.
Hago la comida. Un risotto con setas y queso. Butifarra del valle con patatas fritas. Manzana y mandarinas de postre. Café. Hoy no le dejo hacer la siesta porque anochece muy pronto y no puede irse del Valle sin ver el Coth de Baretges. Subimos hasta arriba por la pista forestal que, en algunos de sus tramos, ha devorado la lluvia intensa que ha caído en días pasados.
El Coth de Baretges, todo hay que decirlo, perdió hoy su magia. No era de sus mejores días, más bien de los peores. Unas nubes inoportunas cubrían todas las cumbres de la Maladeta que parecían haber perdido la nieve acumulada en días pasados. La hierba dejo de ser verde para ser ocre. Damos un paseo hasta un refugio situado en el lado francés. Aparcamos el tema de mujeres para centrarnos en la política. En las elecciones. En la debacle socialista. En la resurrección, merecida, de Izquierda Unida. En la situación insostenible. Cuando llegamos al refugio francés el día está de caída. Y damos media vuelta, de regreso al coche, antes de que nos sorprenda la noche. Un ciervo enorme, que se camufla con los ocres del paisaje, resulta un insólito regalo para nuestros ojos; corre monte arriba y desaparece.
Hoy es el último día de El amigo granaíno en Arán. Mañana por la mañana marchará rumbo a Barcelona, y de allí a Granada. Quiere agradecer mi hospitalidad invitándome a cenar. Acepto. A las nueve, tras recibir una misteriosa misiva de Luz, que va dirigida a otra persona (no creo en ese tipo de errores) y otra de Mademoiselle Bonnaire, a las que contesto, tomamos el coche y vamos a Escunhau. Es Niu es un restaurante excelente, pero está vacío. Si no nieva pronto el Valle se declarará zona catastrófica, y no parece que lo vaya a hacer. Compartimos una pastel de puerros con salsa de setas y una arroz espinacado, ambos platos maravilloso. Bebemos un Viña del Vero blanco. Después caen unos medallones de ternera con foie, por mi parte, y un solomillo a la plancha, por la suya. No hablamos de mujeres, las agotamos todas en charlas anteriores, ni de política, sino de hijos. El de su hijo único y yo de mis tres. Y luego evidenciamos nuestras coincidencias sobre gustos pictóricos ( Lucien Freud, Francis Bacon, Pollock, Caravaggio, Gainsborough, Turner, Modigliani, Courbet) y desavenencias (Monet). Me gusta Manet y su Olimpia desnuda, le digo. De Courbet destacamos su sorprendente y provocador El origen de la vida. De Caravaggio, su violencia pictórica y real. Él se toma un helado de vainilla y yo, un sorbete de limón. Rematamos la cena en el solitario restaurante en el que no ha entrado nadie con un par de cafés. Y regresamos a casa.
Aún tengo tiempo de intervenir en una polémica acerca del ojo de la aguja en Facebook. Imposible que pase un camello, cierto, si ni siquiera soy capaz de que lo haga un hilo. Me aconsejan que chupe la puntita. Ya lo hago, pero ni por esas. Cada vez que pierdo un botón, tiemblo. Las próximas visitas femeninas vendrán con la aguja ya enhebrada.

lunes, 21 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 21 de noviembre de 2011

Después de veinticuatro horas, nueve en avión, dos horas en Madrid, tres en tren, dos horas en Lleida y tres en autocar (me salen veinte, bueno, pero debe ser la diferencia horaria) llegué por fin a mi casa en donde mi huésped granaino estaba muy bien instalado y me tenía la cena preparada. Brindamos con vino, cava, comimos pasteles árabes de Granada, hablamos de la séptima vida, a la que él pertenece, del Albayzín, del Sacromonte, de la SE, de cine, de mujeres, de la CDLB, de Montpellier y las francesas, de la desaparecida Mademoiselle Bonnaire, de Miami y las latinas, de Italia y Mónica Belluci, de hijos y nietos, vimos la película El Bosque, peaje que deben pagar, gustosamente, todos los que se dejen caer por mi casa, y programamos las excursiones de mañana. Y sin jet lag me voy a dormir.

sábado, 19 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 19 de noviembre de 2011

Terminó mi trabajo, para lo que había venido a Miami, y casi se me había olvidado. Presenté mi libro junto a un cuentista cubano, Rolando Tarajano, que presentaba el suyo: Sexo salvaje. Buena audiencia, aunque a las 12 pocas personas, cinco, que fueron creciendo hasta alcanzar la cincuentena según pasaban los minutos. Dos conocidos sentados escuchándome: la simpática limeña y Gilberto Aguilera, al que conozco de años, un escritor dominicano que me regala su libro dedicado La otra cara del fuego. Gracias, Gilberto, y gracias limeña de ojos verdes. Hablo de que el sexo está en el ADN caribeño. Y el en mío, aunque eso no lo digo. Dedico, al sol, algunos libros cuando terminamos la charla y tras responder a preguntas. Hablo con jóvenes cubanos e hijos de cubanos, con una muchacha dulce y expansiva de risa fácil y su novio guapo; con la madre, más guapa, rotunda, del chico guapo, cubana que aparenta la mitad de los años que tiene. Le pregunto a su hijo cómo consigue conservarse su madre tan bien. El aire acondicionado. Picoteo algo en la sala de la hospitalidad de los autores de la Universidad y regreso al Hilton. Trabajo de forma incansable el texto de Pat Pong Road. Hay mucho sexo existencial y trágico en esos paseos terminales por Bangkok, tanto que me deprimo, que debo parar en la lectura y tomar aire.
La profesora de tango que ve alienígenas me llama para que me haga una foto con ella en el hall del Hilton. Bajo con la cámara y un tercero nos inmortaliza. Luego cojo un taxi para ir a la cena de la embajadora. Pero el taxista es un viejo haitiano que ve mal y anda despistado. Recorro Miami con él y me exaspero. Me va diciendo en francés que esa calle es difícil de encontrar. Damos vueltas y más vueltas y el contador sigue corriendo. Finalmente llego, al borde del infarto y soltando fuego por la boca.
En el patio interior de la residencia, junto a una hermosa piscina, me espera la embajadora. Soy de los primeros en llegar a pesar del taxista incompetente. Es una mujer delgada y encantadora que fuma mucho. y habla con una dicción perfecta. Luego llega la corte de autores hispanos: Jorge Volpi, Sergio Ramírez, Vicente Molina Foix, Javier Serra, María Dueñas, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Margo Glentz, Alan Pauls. La cena es exquisita. Hablo con mis vecinas de mesa de literatura, de política, de lo que se nos viene encima con Rajoy. También del Valle de Arán. Los postres son la guinda: profiteroles con chocolate caliente y mouse de maracuyá. La embajadora es un encanto de persona, nos colma de atenciones. Da gusto ser escritor. A las dos nos devuelven al hotel en una van que conduce María, la muchacha que nos convocó. Por el camino hablo con Agustín Fernández Mallo del Valle de Arán, de Oriente, de Birmania, con la vehemencia que acostumbro.
Mañana, a estas horas, estaré cruzando el Atlántico.

DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 18 de noviembre de 2011

Terminaron mis vacaciones, y empezó la lluvia y el viento, en sincronía. No, no es un huracán. El último lo tuvieron hace cinco años. El clima cambia. Pagué la cuenta de mi hotel de Miami Beach y me fui en taxi al Hilton de Miami Downtown conversando, por el camino, con el conductor guatemalteco, un buen hombre, muy simpático. Me dieron una hermosa habitación con vistas espectaculares y toda una pared de cristal que daba vértigo mirarla: caer desde el piso 16 no debe de ser sano. Aunque seguro que el cristal aguanta. ¿También un disparo de pistola? Me duché mientras seguía lloviendo, y me puse a trabajar, perfilando la presentación de mañana, y empezando a corregir las páginas de mi próxima novela Pat Pong Road que saldrá en marzo, quinientas páginas de literatura demoledora entre Henry Miller y Michael Houellebeqc (milagro si lo escribo bien). Cuando estableces distancia con el texto escrito y más o menos te gusta, es que funciona.
Llueve a cántaros, pero llevo los libros a la feria, me descargo de ellos, en un transporte que tiene la Miami Book Faire y con un chófer colombiano muy educado que me pregunta por la novela que presento. Apenas como: una magdalena triste, un café con leche. Y maldigo al hotel tan lujoso por haber de pagar la conexión a Internet. Hago una breve siesta. Me levanto a media tarde. Sigo pensando en la presentación y corrigiendo las páginas de Pat Pong Road. De cuando en cuando miro la ciudad, la panorámica que tengo de ella desde ese piso 16, barrida por la lluvia.
Quedo para cenar con una amiga argentina, profesora de tango. No tomaré clases, bailo mal. Me lleva en su coche a un restaurante cubano bueno, el Versailles. Ella pide pescado; yo, pollo en tiras con arroz, plátano frito y frijoles. Está bueno. Tenemos una conversación extraña, sobre OVNIS. Ella es devota de J.J. Benítez y me jura haber visto un platillo volante en una montaña de Córdoba. Yo, en esos temas, soy escéptico, como Santo Tomás: si no lo veo no lo creo. Pero ella jura y rejura que vio ese objeto volante no identificado, que le dio paz. Bueno, puede ser un personaje próximo, la argentina profesora de tango que vive en Aventure, una de las poblaciones por las que pasé en mi bici china días atrás, y a la que secuestran unos alienígenas para que les enseñe a bailar el tango. Afuera, en la calle, llueve a cántaros. Y yo me tomo un café cubano mientras escucho de sus labios que no le gusta leer novelas, que lee de todo menos novelas. ¡Vaya! Me lleva al hotel por la calle 8, la de Little Habana, la que hice días atrás en bici, incluso pasamos por delante de la librería Universal, la que ya tiene mis libros en la Miami Book Faire, y regreso a mi habitación para sentarme y ver ese espectáculo de luces desde el ventanal de mi habitación.
Empiezo a tener muchos personajes en la mente pero me falta la historia. Hoy, un tipo casi albino, con brazos imposibles, que desayunaba a mi lado. Llevaba todo la piel lechosa cubierta de tatuajes geométricos. Tenía un rostro brutal, de esos que no se inmutan mientras te estrangulan con el meñique. Luego tengo a la profesora de tangos con alienígenas. Al italiano de la tienda de bicis, ligeramente homófobo. A una limeña de ojos verdes que me contó una hisrtoria negra. Cocodrilos de los Everglades. Negros más grandes que Mike Tisson. Travestís que te pueden partir en dos de un golpe de karate. Latinas todo curvas y labios. Algún que otro rastafari que no se lava en meses. Tres policías corpulentos del barrio cubano. El tipo que está en la calle fumando habano tras habano. Las mansiones vacías con sus embarcaderos. Los locales de ocio de Ocean Drive con chicas que bailan. Tony Montana. Pero no tengo tiempo por esa maldita presentación y ese libro que tiene que salir. Pero ahí quedan, en mi cerebro, para una próxima historia.

viernes, 18 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 18 de noviembre de 2011

Sin bicicleta china me encuentro raro, como si ya no pudiera caminar. La dejo a las diez de la mañana en la tienda. El encargado no está pero hay un italiano que, para abreviar mi espera, charla conmigo. Lleva quince años viviendo en la ciudad. Le gusta. Conoce España. Estuve en una ciudad muy bonita, cerca de Barcelona, en donde todos eran maricones, un peligro, oiga. Se refiere a Sitges con su comentario políticamente incorrecto. Le pregunto de dónde sale tanto dinero en Miami, que se palpa en las calles, en los coches, en los yates, en las mansiones, que no casas. Sí, mucho dinero, mucha droga. El otro día vino un chico de veintipocos años con un ferrari Testa Rosa. ¿De dónde lo sacó? Miami Vice, claro. Tony Montana hundiendo la nariz en una montaña de coca.
No llega el encargado del otro día sino un chico joven en su lugar. Hablamos mientras le hago entrega de la bici china. Me pregunta de dónde soy. Barcelona, aunque podría decir Salamanca, Valle de Arán. ¿De dónde demonios soy? Ahora de aquí, de Miami, hasta el domingo. ¿Y tú? De Granada. Feliz coincidencia que me lleva a mi séptima y brevísima vida, tan breve como intensa. Hablamos de Granada, de su madre que quizá venga a la presentación de mi libro, de la calle Gracia en donde estuve viviendo esos tres años y medio que ya no sé si forman parte de mi experiencia o fueron un sueño.
Augusta Cornejo, la amiga peruana, ya está en el hotel, esperándome para llevarme a los pantanos de Florida. Se ofreció amablemente a ello y yo acepté. Es una chica hermosa, simpática y radiante, de ojos verdes, muy animosa, y facciones ligeramente incas. Nos damos dos besos en el lobby y excuso mi retraso. Montamos en su auto y tomamos la 8 Street, calle que se convierte en carretera que no se acaba nunca. Por el camino, pasando por esa inmensa llanura de los pantanos cubiertos de engañosa vegetación, hablamos de literatura, política, amores, países, cocinas, de todo. Me explica las razones por las que abandonó Perú hace quince años la chica limeña. Tomo nota de su aventura para un relato o novela negra. Siempre ando trabajando y robando anécdotas a mi alrededor.
Montamos, bajo un sol espantoso y húmedo, a 40 grados, en una de esas embarcaciones que planean por encima de los pantanos a una velocidad de vértigo. La sensación de ir volando por encima de la hierba y el agua es curiosa. De cuando en cuando se detiene para mostrarnos los cocodrilos el conductor. Se los conoce a casi todos, los llama por su nombre cuando los saurios, con sus ojos saltones y la risa impostada de sus mandíbulas, se acercan a saludarnos. Son hembras y cuidan de sus huevos, nos dice el guía, un tipo enorme que podría alimentar a todo ese zoológico acuático. La vegetación es espesa, los arbustos hunden sus raíces en el agua que los refleja a la perfección y duplica. No puedo evitar imaginar a Alvar Núñez Cabeza de Vaca atravesando esos pantanos y sobreviviendo. Si me reencarno de nuevo en escritor escribiré su historia. Le comento a Augusta, por encima del ruido endemoniado de los motores exteriores de la planeadora, la determinación de vivir de alguna gente, de aquellos conquistadores enloquecidos llegados de Marte. Yo creo que me dejaría morir por comodidad. Cabeza de Vaca cruzó el país de extremo a extremo, andando, luchando contra indios hostiles y apareció en California. Una epopeya humana. Yo me derrito sentado en la planeadora.
De regreso comento que probé ceviche en un restaurante dominicano de Cabo Florida y me gustó, y la limeña lo coge al vuelo y me lleva a un restaurante de su país, en el Downtown. La comida es exquisita, le digo, mientras saboreo el ceviche de corvina, muy picante, regado con abundante lima, y picoteo de un inmenso plato de carne guisada, calabaza y un arroz verde. Hablamos, mientras comemos, del proceso literario, porque estamos trabajando ambos, aunque no lo parezca, ella anotando en su cabeza computadora lo que le digo para publicarlo en su revista, y yo tratando de ser lo más brillante posible, y no sé si lo consigo porque estoy muy relajado con la compañía.
Me deja en el hotel, a la hora de la siesta. Y prometemos reencontrarnos el sábado a las 12, cuando presente Llueve sobre La Habana. Sesteo una horita y luego me voy a dar un paseo por la playa hasta los bares de copas animados de Ocean Drive, pero me siento muy extraño sin mi bici china, raro, y me cansa andar. No llego hasta donde quería, hasta el paseo paralelo al puerto, sino que me doy media vuelta, tras hacer unas cuantas fotos hermosas, y regreso a mi hotel a dar cuenta del resto de la bolsa de patatas fritas y dos Fantas de naranja, mi dieta nocturna. Escribo un par de reseñas de cine, las envío y me meto en la cama que tiene manta. ¡Para qué carajo manta si estamos a 40 grados! Por el aire acondicionado, que mantiene la habitación a 15. Apago el aire, porque me molesta su zumbido, y me duermo sin taparme mientras pienso en lo que me pondré pasado mañana para ir a la cena que en honor de los escritores españoles presentes en la Miami Book Faire dará la cónsul embajadora de España en su residencia. ¿Bermudas, camiseta y sandalias de Coronel Tapioca? Porque no llevo más ropa. No sé si como artista me puedo tomar esa licencia. Bueno, sí, una corbata para liármela al cuello.

jueves, 17 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 17 de noviembre de 2011
Hoy es día libre. Jornada sin programar. Pero sigo con mi pesada bicicleta china que, a medida que pasan los días y las horas, chirría un poco más por falta de grasa (me la llevo yo toda en mis manos que parecen de mecánico cada vez que se sale la cadena) y se está empezando a descuajeringar, maravilloso palabro (la cesta baila y espero que no caiga al mar con su cargamento de dinero, cámara de fotos, novela de Carlos Pérez Merinero y tarjetas de crédito). Así es que, sin nada fijo que hacer, me voy a sudar un poco por la carretera marina que me lleva hasta el Downtown de la ciudad y luego veré que hago.
Primero paso por el recinto de la Miami Book Faire. Están montando las carpas en las calles unos cuantos cientos de operarios, cambiando la fisonomía de un solar que está detrás de la torre de la Libertad, el único edificio de Miami que tiene más de veinticinco años. Y creo que localizo en una de las calles mi librería, la Universal, que pondrá a la venta los ejemplares de Llueve sobre La Habana antes y en la presentación. Decido, sobre la marcha, acercarme a Little Habana y me guío por el puro instinto, sin mapas, y llego a la primera después de cruzar un puente y pasar por debajo de los raíles aéreos del suburbano.
A medida que pedaleo por la calle central del barrio cubano voy recordando todo, tiendas y hasta caras. Sí, caras que vi hace tres años, o cuatro, perdí la cuenta, y vuelvo a ver ahora. Hay un vistoso tipo con sombrero que siempre está fumando un habano a la puerta de la tienda de cigarros demostrando que se puede vivir fumando, y mira que se debe de haber fumado miles de cigarros habanos el hombre. Aguanta con estoicismo, y sin mover un músculo de su cara, que me recuerda al de El Indio Fernández y es cinematográfica, que los turistas posen con él y se hagan fotos a la puerta de su tienda. Hay muchas tiendas de tabacos en Little Habana y los operarios lían los cigarros a la vista del público bajo las aspas de los ventiladores. Hay tiendas de frutas tropicales, y en la más vistosa de ellas, que exhibe gigantescos aguacates del tamaño de una pelota de rugby y plátanos multiuso, le pido a la viejita que regenta el negocio, tras aparcar mi pesado vehículo, un zumo de mango. Entiende mango, pero no zumo, y mira que se lo repito. Claro, para ellos es jugo y yo sin enterarme. El jugo está frío y sabroso. Lo trago dispuesto hoy a hacer una dieta muy sana a base de vitaminas. Pedaleo y paso por delante de un triste motel abandonado que se anunciaba con infinidad de corazones. Cerrado estaba hace tres o cuatro años y nadie se ha dignado abrirlo para dar refugio a corazones desbocados y clandestinos entre sus sábanas. La de historias que podrían contar sus camas. La de historias de amor e infidelidades que han cobijado sus puertas que cerraron y no parecen querer abrirse.
El restaurante más chic del barrio, que no parece Miami sino un poblamiento de cualquier país de Latinoamérica, y es que la ciudad ostentosa de los rascacielos y de las casas con embarcadero privado quedó muy atrás, tanto que ya no lo veo (los rascacielos sí, por eso se llaman así, para que se vean desde la otra punta del planeta) es unp dominicano con decoración estilo castellano viejo en cuya entrada, además de un enorme y vistoso gallo de madera, que fotografío, hay un pistolero con cara de malas pulgas por si a un comensal le entra la tentación de irse sin pagar.
Una tienda mexicana que ofrece productos de ese país (tacos, enchiladas, guacamole, Coronitas) tiene, además de la bandera de México lindo pintada en un pedrusco informe en su entrada, una virgen de Guadalupe kitsch entre rejas, por si a alguien se le ocurre robarla.
El monumento a los caídos en Bahía Cochinos sigue en pie, con sus enormes balas de cañón cercándolo a modo de adorno y la llama perenne por los mártires que cayeron en esa encerrona. Y cerca, un centro social en donde viejitos enjaulados juegan a las cartas y fuman porque están al aire libre.
No sé cuantos miles de números llevo recorridos en Little Habana, ni cuantas iglesias cristianas dejo atrás, cuando llego a la librería Universal, por fin, amarro la bici a una verja, me saco el casco y entro. Soy consciente de que mi aspecto con la camiseta cutrosa, mi barba salvaje, mi melena de añejo surfero y mis piernas al aire que asoman por mis bermudas no es muy tranquilizador, por lo que la señora de la tienda, la dueña, me pregunta qué quiero, mientras tantea debajo del mostrador su Smith and Wesson y comprueba que todas las balas estén en el tambor, pero suspira de alivio cuando le digo que soy escritor y presento novela, la que ellos deberán tener y no tienen porque todavía no se la he llevado, en la Miami Book Faire. La señora, muy amable, la misma de hace tres años aunque no muy buena fisonomista, porque no se acuerda de mí, me regala una revista de la feria en la que está la situación de su caseta y mi foto en alguna de sus páginas. Me doy cuenta luego, mientras, siguiendo la dieta sana del día, me tomo dos pasteles de coco en una dulcería en la que ya me detuve la primera vez que estuve en Little Habana (soy hombre de tradiciones, lo reconozco, y de pocas aventuras) regados con dos zumos de naranja natural y con las espaldas guardadas por tres forzudos policías de Miami que toman Coca Colas en una mesa vecina, que hay otros españoles presentes en el evento literario como Espido Freire, a la que conozco de ver en saraos y jurados, Vicente Molina Foix y Agustín Fernández Mallo.
Regreso al Downtown con cuarenta grados a la sombra, deshidratándome, lo que no está mal para ser noviembre, y al ritmo de Celia Cruz que escapa de las casas de discos. Y sigo con esa imagen, que no se me borra, de la tristeza de esos cubanos del exilio, obligados a echar raíces en una tierra que no es la suya y soñando con regresar a la de la que fueron expulsados, y entiendo y respeto a esos cubanos del exterior, desarraigados y serios, que no cruzan palabra conmigo, como a los del interior, expansivos y amigables que te acompañan a todas partes en cuanto bajas del avión en La Habana.
Hago la siesta en una pequeña islita, junto al puente de Brickell, el del arquero, arrullado por el murmullo del mar al que puedo caer si ruedo del banco al agua, y sigo camino hacia Miami Beach, pero no por el puente habitual, saturado de peligroso tráfico, sino por uno que pasa por la Venetia Island y me permite fotografiar la ostentación del Miami Beach feliz, esa apoteosis del dinero a la vista, ese club selecto del que forman parte Julio Iglesias, Shakira, Gloria Stefan y capos de la droga, que seguro que haylos entre tanta mansión de lujo y yates de enorme cilindrada. Me vienen a la memoria el Tony Montana, Al Pacino, de El poder del dinero de Brian de Palma y Corrupción en Miami de Michael Mann, que no estaba nada mal para estar basada en la popular serie de televisión.
Miami debe de ser una ciudad tranquila. No he visto apenas policías salvo aquellos tres que estaban en la dulcería de Little Habana y otro más que pasó a lomos de un caballo pura sangre por la acera. Tampoco he visto altercados, ni gritos, ni bocinazos por asuntos de tráfico. Claro que no me he perdido por el barrio heavy, Haití, que dejo para otra ocasión, cuando ya no tenga apego a la vida.
En uno de los puentes de Venetian Island, que se abren para dejar paso a un velero (en Miami, en los cruces, las embarcaciones tienen preferencia sobre coches, ciclistas y peatones) descubro las dos caras de la ciudad separados por un par de metros: el de una negra joven y muy linda, bien vestida, y de un homeless hermano con greñas rastas y aspecto de no haberse dado un baño en meses.
Cuando se alza el puente y paso, entro en Miami Beach por una zona nueva que descubro, yo que creía tenerla controlada toda, por el barrio judío presidido por esa gran mano abierta junto a un estanque del monumento al Holocausto que se completa con un corredor circular en el que están gravados en bajorrelieve los nombres de algunos de los judíos que perecieron en esa abominable carnicería más algunas fotos de esa masacre vergonzosa. Y llego a casa, a mi hotel justo para darme una ducha, echar una siesta de una hora y salir de nuevo a la calle a retratar el atardecer que, como siempre, es espectacular frente a ese paseo que corre paralelo al muelle de Miami y enlaza con su puerto deportivo.
¿Mi cena? Tres Fantas de naranja, a las que soy adicto desde que mi mamá me las daba como premio cuando me portaba bien, nunca, y una bolsa de patatas que compré en una Pharmacy, que no es una farmacia, como su nombre indica, sino un drugstore que nunca cierra. ¡Vaya dieta la de hoy!

domingo, 13 de noviembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 16 de noviembre de 2011
Hoy el desayuno no me parece tan malo. El zumo de naranja es más que aceptable. Caen tres vasos. A los huevos revueltos sin sal me acostumbro. Algo que parecen magdalenas son letales: me las dejo tras mordisquearlas. Pegajosas y húmedas y con sabor a cilantro. Creo que si un panadero de España se instalara en este país (o de Francia) su éxito sería completo. ¿Puede un país no tener pan? Eh aquí uno. El café no me molesto en probarlo, lo cambio por un vaso de leche, que está bien.
Sigo el programa previsto. La bici me la encuentro en donde la dejé. Nadie se la llevó. No podría con semejante armatoste que debe de pesar una tonelada. Así es que me pongo a pedalear con mis bermudas, mi camiseta cutrosa y llena de agujeros, las sandalias de Coronel Tapioca, las gafas de sol y el casco amarillo hacia Ocean Drive, sin perder un solo instante la referencia del mar que queda a mi derecha y hoy está revuelto, con bandera roja en los puestos de salvavidas que fotografío uno tras otro porque me parecen bellas y entrañables esas casetas de madera primorosamente pintadas con colores pastel.
El camino tiene pocas pendientes, transcurre por aceras amplias y desiertas (poca es la gente que pasea y prefiera la locomoción natural al del vehículo) que de cuando en cuando abandono para mirar la playa. Hay tramos en que la pista para ciclistas va paralela al mar y es una gozada. Hace calor, pero se soporta por la brisa marina, que sopla con fuerza, y por las nubes, que siguen dándome un respiro. Además, cada dos kilómetros hay duchas para refrescarse el cuerpo.
Ocean Drive es una calle que no tiene fin. Miles de números. La carretera va siguiendo esa delgada lengua de arena en la que está Miami Beach y salta, de vez en cuando, alguno de sus numerosos canales por puentes. En un malecón batido con furia por el mar alborotado encuentro a un grupo de pescadores dominicanos, los mismos que encontré hace cuatro años. O me lo parecen. No cambian las costumbres. Bajo el puente descansan los pelícanos, los descendientes de los que vi tres años atrás. Y por el paseo llama la atención ver octogenarios haciendo footing o a lomos de bicicletas más ligeras que la mía.
Sorprende de este país el civismo de los automovilistas. Te dejan pasar siempre, incluso dan marcha atrás si consideran que te están barrando el camino. La gente es amable, salvo excepciones, aunque no muy comunicativa. Y nadie se mete con uno, lo que está bien. Y cada uno va vestido cómo le da la gana, lo que es una gozada. Para viajar a Miami la prenda imprescindible son los bermudas.
Después de 35 kms tengo sed, y hambre. Pero mi restaurante preferido, uno que está en un palafito sobre el mar, ha cerrado por traspaso de negocio contradiciendo mi idea de que todo sigue igual tres años más tarde. Me quedo bastante frustrado porque ése, además de ser un restaurante aceptable, gozaba de unas inmejorables vistas marinas.
Voy a otro, que he visto al pasar con la bici. Está al borde de un canal marino. Algunas de sus mesas, al borde mismo del agua. Cojo una un poco más adentro, por prudencia. Estoy mareado de hambre y sed y sólo falta que me caiga a ese canal abundante en cocodrilos. Me entiendo con el camarero con mi inglés elemental de supervivencia, el que te permite comer y coger los aviones sin perderte. Me traen un plato enorme con media tonelada de ensalada sin sal ni aceite, unos cuantos trozos de pollo, encima de ella, picatostes y salsa de queso. Todo revuelto. Echo en falta una bolita de helado para completar el conjunto. Y que lo rieguen con café. Total, todo se mezcla, deben pensar, por lo tanto lo mezclamos de entrada y así vamos más rápidos. Como hay hambre doy cuenta de casi todo el plato, salvo la aburrida ensalada, que la dejo. Caen, por el camino, tres cervezas Coronas con lima, heladas, lo mejor de la comida. Y observo a los otros comensales, gente feliz, me doy cuenta de ello, gente muy risueña, tanto como la dueña del restaurante, una mujer con gafas de sol que atiende la barra del bar y da un campanillazo cada vez que un barco pasa por delante del local y espera que el cercano puente levadizo se alce para poder pasar. Me quedaría a dormitar un buen rato. Pero decido seguir leyendo la novela de Carlos Pérez Merinero. Y luego, tras pagar y dejar ese dichoso diez por ciento de propina, vuelvo a montar en mi bólido chino y emprendo, lentamente, el camino del hotel, esos otros 35 kilómetros que hago sin detenerme casi, sólo una vez cuando, ¡horror!, se volvió a salir la cadena y yo, solito, sin mancharme en exceso los dedos de grasa, fui capaz de arreglarla, y con mucho sueño, tanto que una vez que entro en mi habitación no me resisto a hacer una pequeña siesta de...nueve horas.

Miami, 15 de noviembre de 2011

Cuando me levanto no sé que voy a tener un mal día. Una mala mañana, no exageremos. Pero ya me levanto con el pie izquierdo. Y torcido. ¿Jet lag? ¿Hambre canina? Tomarme el mojito de agua no fue buena idea ayer. Debí comerme una pizza. O unos espaguetis. Bajo a desayunar, muerto de hambre, y el tipo de los desayunos, un gigante negro, creo que me dice que me hacen falta vales. ¡Qué vales! Bueno, voy a recepción y suspiro de alivio: la chica es hispana; eso lo atestigua su cara y el letrerito con su nombre: Lorena. Pero, por si acaso, en mi pésimo inglés de haberlo estudiado veinte años en la Berlitz, el Instituto Británico y el Americano, que pasé por todos y no me sirvió de nada, le pregunto si habla español. No dice sí, sino que gruñe. Mal asunto. Me fijo entonces en su cara: una gordita antipática con acné y gafas. Podría ser una gordita simpática con acné y gafas. Pero no. Hoy no tengo mi día. Le explico que su colega del restaurante me pide vales para el desayuno. Sin decir nada consulta mi reserva y tarda un montón en encontrarla. Mientras, atiende a dos llamadas y cobra a dos clientes que se van. Crece mi hambre, y mi mala leche. No está el desayuno en su reserva, me dice. Sí está el desayuno en mi reserva, le digo. Es muy extraño, me dice, en todos los años que llevo aquí nunca la reserva se hace con desayuno. Pues yo lo hice. Descuelga el teléfono. Habla con alguien. Lo están mirando, me dice, colgando. Y añade, para provocarme: Quince minutos. Podría ser peor: un par de horas. Voy a la habitación, muerto de hambre, y eso que los desayunos norteamericanos no suelen ser muy buenos a no ser que pagues un pastón por ellos. Las tarjetas se han desmagnetizado, las dos: no abren. Vuelvo a bajar y le pido a la chica simpática nuevas tarjetas. Me las hace, sin protestar. En dos minutos estoy de nuevo abajo con mi impreso de reserva con los malditos desayunos incluidos. Se lo muestro, irritado. Por hambre uno puede matar, me doy cuenta. Le digo, muy secamente, que no me haga perder más tiempo. Me lo hace perder. Rellena con parsimonia y a mano cinco vales, cinco papeluchos, y luego desaparece cinco minutos en su despacho, uno por vale. Me estoy mareando, y el hambre, unida al cabreo, es mala combinación. Finalmente aparece y me entrega los papeles. Aquí los tiene. Y me dice De nada, cuando se los arranco de las manos.
Bueno, el desayuno no es gran cosa. No hay sal en los huevos revueltos. Pero el zumo de naranja es aceptable. Y los yogures. Y además, tengo hambre y poco me importa la calidad de los productos, lo que mi estómago precisa es llenarse, y se llena de queso, jamón de york, huevos revueltos, zumo de naranja y ese café aguado que hacen los norteamericanos y se lo toman por litros.
Con bermudas, camiseta cutre y las sandalias del Coronel Tapioca me voy a alquilar la bici. El trasto es chino. Es enorme y pesado. Eso sí, tiene un sillín que parece un sofá por sus dimensiones y en el que te puedes dormir pedaleando. Por suerte Miami tiene pocas pendientes y no son muy largas: los puentes. Para ir de Miami Beach a Miami Dowton tengo que coger una carretera de tráfico congestionado que va saltando de isla en isla. Por suerte tiene un marcado carril bici que respetan los coches. El día está soleado, hace calor, sudo, pero de cuando en cuando una nube me da un respiro. Invierto tres cuartos de hora en llegar al Dowton y pierdo cinco minutos ante uno de los puentes levadizos que se alzan para dejar pasar a un velero. Sigo camino cuando el puente recupera la normalidad y en Briskay Avenue la cadena de la bici se suelta. Maldigo mi suerte porque no hay manera de volverla a su lugar y lo único que consigo es ponerme las manos perdidas de grasa y hacerme un rasguño en un dedo con los dientes aserrados metálicos del circuito. Perfecto: a ver si se me infecta y me cortan el dedo. Llamo por teléfono a la casa de las bicis y les explico el percance. En veinte minutos tiene un chico allá, me dicen tras describirles, más o menos, en donde estoy. Los veinte minutos son tres cuartos de hora al sol. Bebo agua. Pero no puedo leer: con esas manos no puedo hacer nada. Podría dar, en ese momento, la mañana por perdida y cancelada, pero últimamente he aprendido a calmar mis estallidos de rabia gracias a las enseñanzas recibidas por una guru de mi séptima vida: Por mucho que te cabrees, no cambias las cosas. Cierto. Así es que no me cabreo en esos cuarenta y cinco minutos al sol bebiendo agua. Al final viene un tipo latino y cuadrado (aquí hay mucho tipo cuadrado, blancos y negros) y me arregla la cadena en un momento, ante lo que pongo cara de imbécil. No sé lo que hace, la verdad. Y me lleva a una estación de servicio a lavarme las manos.
Miami sigue igual a cómo la dejé hace tres años. Hasta están los mismos manifestantes que vi entonces protestando por un parque público prometido y que el ayuntamiento no llevó a cabo. Parece que no les han hecho caso y siguen protestando con sus carteles dando vueltas a la acera una y otra vez. Tres años. Y el resultado ha sido gastarse las suelas de los zapatos y quedarse afónicos. Aquí todo el mundo protesta, me dice el latino, como si lo censurara.
Con mi bici arreglada, y sin detenerme, voy a Key Biskaine. Tres cayos, tres puentes, uno con bastante pendiente, y un buen montón de kilómetros por el Key Biskaine hasta llegar al Cabo Florida en donde está mi restaurante dominicano al que siempre acabo yendo. Antes de subir, inspecciono la laguna marina, buscando al manatí: no está. Si dos enormes iguanas verdes que no se dejan fotografiar. Y subo por las escaleras de madera, tras encadenar la bici, al restaurante que está lleno de ruidosas y alegres familias dominicanas. Al servicial camarero, el mismo de la otra vez que no se acuerda de mí, normal, le pido una cerveza Presidente, helada. Y me la trae helada; esa cerveza dominicana es extraordinariamente buena, más si uno llega a ella acalorado y ligeramente deshidratado por una marcha sin pausas hasta allí. Así es que pido otra. Y otra más, está ya por vicio. Y entre cerveza y cerveza, que parece que he ido al restaurante para beber, un plato de ceviche, que es la primera vez que lo como y me gusta, y una paella que, para ser dominicanos, la hacen bien. Más plátano frito. Y delicioso café cubano, un pocillo dulce y agradable. 40 USD. No es barato, pero el lugar es agradable.
Pedaleo hasta el faro. Lo fotografío un montón de veces. Me tumbo en un delgado malecón, casi al nivel del mar calmo, a hacer una pequeña siesta, Y sigo luego hasta una playa en la que soy testigo de las argucias de un tejón por hacerse con una bolsa de desperdicios de un cubo de la basura. La consigue, al final, y los testigos de su hazaña estamos por aplaudirle.
Es difícil resistirse a tomar un baño. Así es que me meto en el agua, que está ligeramente fresca, y nado sin meterme mar adentro, contra mi inveterada costumbre de hacerlo: los bañistas forman parte de la dieta de los tiburones de Miami.
De regreso, el aire me seca. A las seis atardece. Aún puedo tomar unas cuantas instantáneas de los rascacielos del Dowton y de las iluminaciones del centro, de esa torre del ayuntamiento que las luces pintan de rojo y de los edificios Art Decó azules y rosas. La carretera que me lleva a Miami Beach la hago completamente a oscuras. Suerte de los coches que, con sus faros, me trazan el camino.
En un drugstore, que no cierra, compro, antes de llegar al hotel, un botellín de Orange Crush y chips de plátano. Y en el ascensor coincido con una negra espectacular, un compendio de curvas tan infinitas como irreales. Y sospechosas: es un hombre. Wesley Snippes con peluca, pechos y nalgas postizas. Me sonríe cuando se baja en su piso moviendo su increíble culo respingón sobre el que se puede poner una botella de whisky y un par de vasos.
Miami, 13 de noviembre de 2011

Volar sigue siendo un incordio. No sé qué tal se irá en barco, la verdad. Porque hay que estar cuatro horas en el aeropuerto para pasar todos los controles habidos por haber, dejarte manosear por un tipo que te pide permiso porque algo pitó en el arco (quizá los chicles del bolsillo) y luego darse unas caminatas interminables por esa mastodóntica T4 y coger el trenecito sin conductor que te lleva a la T4S, un satélite que está mucho más lejos, donde acaba la galaxia. En fin, llego desarbolado, a eso de las 11 y media, a las proximidades de mi meta, después de haber salido del hotel a las 9 y media: el viaje, sin empezar, ya dura dos horas. Desayuno. O no desayuno, porque tomarse a esas horas una cerveza y una chapata de ibérico decente y una ensaladilla rusa no creo que sea el desayuno, ni por la hora ni por los elementos. Y paso con El País y el ordenador a la puerta 683. la de mi embarque, según consta en el panel. En un momento que aparto la vista de mi ordenador veo a un amigo y colega: José Carlos Somoza. Le llamo. Nos fundimos en un abrazo. Hace siete meses que no lo veía, desde la presentación en el Hotel Kafka. El se va al Cervantes de Nueva York, a dar unas lecturas y unas charlas, y luego hace un periplo por Francia para promocionar su novela El Cebo que ha publicado en Actes Sud, mi editorial francesa. Hablamos de literatura, de crisis editorial, de Cuba (nació en La Habana, pero no ha vuelto), de sus dotes actorales, hasta que le llaman para embarcar. Le invito a pasar unos días en mi casa de la montaña. Me lo agradece y me ofrece su casa de Madrid. Pero está Hamlet. Eso lo pienso, pero no se lo digo, mientras le veo arrastrar su troley hasta su puerta de embarque. Hamlet, un enorme gran danés que inspira pavor hasta a sus amos, una bestia que te puede devorar en cuanto te huele y la tienen encerrada en una jaula, como una fiera del zoo.
Embarcamos media hora más tarde. No va lleno el avión y yo tengo la suerte de que nadie se sienta a mi lado. Tomo posesión de la ventanilla. Sigo leyendo La niña que hacía llorar a la gente. Nos retrasamos en el despegue. Hay overboking de vuelos en la T4 y tardan media hora más en darnos salida. Sigo en tierra y ya llevo cuatro horas de ese viaje que no ha empezado. Finalmente despegamos. Leo, duermo y escribo. Duermo cuando cierran las ventanillas y me privan de las vistas para proyectar El regreso al planeta de los simios que ya vi. Echo un sueño. Luego pasan la comida. Infame. Prefiero el bocadillo de la merienda. He desarrollado alguna facultad oculta y ya no me tiro la crema de leche en el pantalón cuando abro el potecito en la que la sirven con el café: suele salir a presión, disparada, y caer donde más daño hace. Pero esta vez lo abro muy suavemente y no se vierte ni sale disparada. Bien. Pero me mancho con el yogur de fresa que, ése sí, sale disparado y aterriza en el pantalón en cuanto abro el envase, en una zona, además, sensible, en la entrepierna, y yo lo empeoro más lavándola con el cubito de hielo de la Coca Cola. No me levanto del asiento hasta que se seca.
Escribo. Las dos horas de autonomía que tiene la batería del ordenador. Un relato que se llama Breve encuentro y nada tiene que ver con la película de David Lean. Es un relato largo, 16 páginas, que salen de golpe y quizá se conviertan en novela. No lo sé. No está cerrado. Puedo incorporar materiales diversos. Intuyo que se alargará. Lo iré trabajando por las noches, en el hotel de Miami.
Cuando anochece disparo un buen montón de fotos por la ventanilla del avión. Me encantan las nubes grises que se convierten en rosa según cae el día. Las fotografío con o sin el ala del avión. Y luego la inmensa ciudad de Miami que aparece cuando las nubes se abren, con su festival de luces.
Cuando el avión aterriza llevo trece horas de viaje, aunque efectivas han sido nueve. Pero me quedan tres más. Me explico. Primero el avión no tiene parking, perfecto, y tiene que esperar que uno emprenda viaje para hacerse con ese finger solitario. Y pasar el control de pasaportes para entrar en USA es un tormento chino. Hago cola bufando y maldiciendo por dentro y por fuera. Las colas son interminables. Calculo una demora de hora y media. Más. Los agentes de aduanas siguen tomando las huellas de todos los dedos de las dos manos más el iris, además de analizar el pasaporte y consultar por el ordenador que no seas comunista. Yo les aconsejaría, como medida para disuadir futuras entradas de visitantes, que les hagan un examen de inglés, un exploración rectal, al viejo estilo, con introducción de dedo, y una extracción de sangre, no sea que les lleves alguna enfermedad. De momento su obsesión son las plantas. Si te pescan con una zanahoria en el bolsillo estás apañado.
Cuando, después de hora y media, llego ante el seco funcionario latino, sonrío no sea que me ponga pegas. Pero no, las habituales: me fichan.
Encuentro de milagro la maleta con los treinta libros de Llueve sobre La Habana, que no me han decomisado (no las tenía todas conmigo, la verdad) y salgo a la búsqueda de un taxi.
El jamaicano que me conduce a Miami Beach en un yelow cab no pone el taxímetro, a pesar de que se lo pido. Fixe Prize, me dice. How much? 33USD. No discuto: los pagaré.
El Seagull Hotel es un establecimiento tan tronado como las casas de La Habana que se caen a trozos no muy lejos de la capital cubana. Pero la habitación es gigantesca y la cama XXXL, para hacer un trío, o más, si se diera el caso, que no se dará, ni dúo. El aire acondicionado a toda marcha mantiene la habitación en un clima polar. La apago, porque además hace un ruido de mil demonios. Y me pongo cómodo: los bermudas, una camiseta y las sandalias de Coronel Tapioca, y me voy a dar un paseo hasta la animadísima Ocean Drive.
Miami es la ciudad del neón nocturno. Los hay de todos los colores, pero abundan los rosáceos que iluminan edificios Art Decó. Paso de largo por todos los restaurantes, por una sala latina en la que tres chicas se contonean sobre un escenario y atraen a toda clase de curiosos, y acabo sentándome a una mesa de una terraza y cumpliendo con el ritual del mojito. Aguado. Y caro.
Miami es puro Caribe. Se nota en las mujeres, exuberantes, marcando cadera y nalga con vestido ajustados y cortos, melenas negras al viento, andares de bailarinas, prestas a menearse en medio de la acera cada vez que les llega un ritmo latino de los números locales. Hay una buena proporción de negras, algunas hermosísimas y otras elefantiásicas. Hay pandas de latinos con su indumentaria ancha y gorras de visera al revés, cargados de cadenas y con piernas y brazos tatuados. Y algunas rubias espectaculares, anglosajonas puras. Apuro el mojito, desencantado al darme cuenta que soy el más mayor del lugar, y de toda la calle, y regreso a mi hotel, acariciado por la brisa, dando ligeros tumbos por la acera, mucho más suaves que los de una chica que me precede y a la que su pareja ha de sujetar para que no se caiga al suelo.