sábado, 31 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 31 de diciembre de 2011

Mademoiselle Bonnaire vino para despedir el año conmigo. Se lo agradecí, aunque lo hiciera a las dos y media del mediodía, ocho horas y media antes de que 2011 expirara. Se lo agradecí porque cruzó la frontera, dejó solas a sus ocas y vino a mi casa bajo la lluvia persistente que en las cumbres es nieve. Se lo agradecí con una copa de vino blanco y dos platas de canapés que pacientemente elaboré para la ocasión: salmón ahumado con rodaja de pepinillo y lecho de mantequilla; jamón de york con huevo hilado; queso azul con nuez; micuit con almendras.
Intercambiamos regalos. Me obsequió con dos libros, sobre magos y brujas de los valles pirenaicos, y yo le entregué un libro de fotografías de Bretaña que compré en Altair días atrás pensando en ella y uno propio, dedicado, Lifting, porque le haré reír, y eso habrá que hacer en 2012 hasta que la risa se nos congele.
Mademoiselle Bonnaire es friolera. Lleva dos camisetas, una camisa, un jersey y un abrigo, más las botas, sin las que no sería ella. Bebemos vino blanco, comemos y hablamos. Yo me intereso por el negocio de foie y le digo que si no sacrifica en un momento u otro sus ocas difícilmente podrá sobrevivir en estos tiempos de crisis. Pero ella quiere a sus animales, se ha encariñado de ellos y desiste de torturarlos. Sus ocas comen lo que quieren y cuando quieren. Nunca las ha alimentado con un embudo clavando sus patas palmípedas en tierra para que no se muevan mientras le pasa la comida y destroza su hígado. La entiendo. Ella no es como mi marero protagonista del relato que ya he dado esta mañana por definitivamente terminado.
Brindamos. Cuando le voy a desear un feliz 2012 me lo saca de la boca. Los franceses nunca deseamos un feliz año hasta que éste no nace, me dice con una voz gutural que me recuerda a Edith Piaff. Es muy francesa. Orgullosa de serlo tanto como yo soy indiferente de ser español o catalán. Admiro, y envidio, el chauvinismo de nuestros vecinos. Yo, de considerarme algo, sería graciense, por mi barrio de Gracia de Barcelona, o aranés, porque éste es mi paisaje sentimental.
El último día del año que agoniza es triste. No porque se muera el año. También. Sino porque llueve; lo hace desde primera hora de la mañana y las nubes lo envuelven todo, bajan de las montañas al valle, devoran el pueblo, hacen desaparecer el prado con los caballos que es la postal que tengo cuando me levanto de la cama y bajo al salón comedor a encender la estufa de leña cada mañana, una rutina hibernal
Se está muy poco tiempo Mademoiselle Bonnaire. No puede dejar solas a las ocas de su granja de Foz. Es una esclavitud eso de ser granjera y tener animales a tu cargo, le digo, pero le agradezco que en un día así, con lluvia, se haya molestado en venir a verme con esos dos libros de regalo bajo el brazo que leeré. Así es que a las tres y media la acompaño a la puerta y, en ella, no sé bien cómo ni por qué, en vez de besar su mejilla para desearle una feliz despedida de año, puesto que no puedo felicitarle el 2012 antes de que nazca, mis labios van a su boca. Y allí, en el vestíbulo, nos estamos besando una eternidad, con la puerta abierta y la lluvia cayendo fuera, sin que sea capaz de cerrar la puerta, subir con ella las escaleras que hemos bajado y llevarla a la cama. Así es que se va, bajo la lluvia, con sus regalos bajo el brazo y la melena suelta. ¿Realidad o ficción? ¿Dónde están los límites? No existen. Todo se cruza. Soy un tipo que sueña que es escritor y vive en el Valle de Arán, y así seguiré creyéndolo hasta que un día despierte.
Cuando se termina un año se suele recapitular. Y eso hago, sentado en el sillón orejero, vigilando que el fuego no se apague, mientras veo, y no veo, porque en algunos tramos de la película dormito, Manual de amor que, cuando la estrenaron, me pareció horrenda pero hoy aguanto con agrado. Será que me estoy reblandeciendo. Será ese largo beso que nos hemos dado, o no, Mademoiselle Bonnaire y yo horas antes en la puerta de la casa.
2011 queda dividido, en su meridiano, por mis dos vidas. La séptima que murió en el sur; la octava que nació en el norte. De la séptima tengo que esforzarme para que definitivamente no se borre de mi cabeza después de haberse borrado del corazón. Paradójico que, después de haberme estado atormentando los recuerdos y las vivencias irrecuperables, los eche ahora de menos sabiendo que todo aquello no volverá y morirá definitivamente con el olvido. Pero todo es relativo. Quien vivió la séptima vida me resulta en estos momentos un perfecto desconocido, alguien al que desde la octava vida no comprendo. Así es que este 2011 tuvo dos muertes. Una, a mediados del año, y otra, hoy. Y el 2011 de medio año que nació en cuanto llegué con mis pertenencias al Valle de Arán ha sido gratificante en líneas generales. Tres novelas publicadas y un libro colectivo, en el plano literario; descubrir mi devoción de abuelo, en el plano personal.
En ese 2011 de sólo seis meses he trotado por los montes de mi Valle; he disfrutado de su fauna; he compartido veladas con familiares, amigos y amigas; he sido, creo, buen anfitrión con todo el que se ha acercado a este lejano paraje; me he convertido en un cocinero aceptable; he recurrido mucho a este diario como terapia personal; he hecho muchas amistadas virtuales y a algunas las he rozado; me he integrado en este pequeño núcleo rural que me ha acogido con cariño; he hecho buenas amistades entre los lugareños; me he hundido en alguna que otra depresión de la que he salido porque no tenía otra opción; he coqueteado con el hielo en la carretera llevado por mi instinto suicida; he leído menos de lo que hubiera deseado; he ido al cine siempre que he bajado a Barcelona; he mantenido algunos amigos en el sur; he perdido muchos otros en esa latitud porque quizá nunca lo fueron; he consolidado mi relación con La Arquitecta; me he indignado siempre que me han provocado; he seguido inmerso en todo lo que sucedía a mi alrededor a pesar de estar rodeado de montañas pero no por ello aislado y ajeno; me he comprometido en labores sociales, manifestándome cuando tocaba; he viajado a Toulouse y Miami por razones profesionales; he aprendido a utilizar el hacha y a hacer fuego siguiendo el manual de una amiga; y he conocido a Mademoiselle Bonnaire a quien no sé si besé o no este mediodía cuando marchó a su granja de Foz o sencillamente fue un simple deseo que no se llegó a materializar.
2012, que está a punto de llegar, lo refleja con su mala leche habitual El Roto en su viñeta de hoy en El País. El psicópata de La matanza de Texas que viene con la motosierra para recortarnos a todos. Tan malo nos imaginamos ese nonato que seguro que no será para tanto y hasta, quizá, sea un buen año. Brindaré para que así sea.

viernes, 30 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 30 de diciembre de 2011

Creo que voy disfrazado de leñador canadiense dentro de mi casa. Bueno, esto, el Valle, no es Canadá, pero algo se parece, en otra dimensión. Canadá, por sus pequeños bosques, por sus pequeñas cascadas, por sus pequeños ríos, comparado con la grandiosidad del paisaje de ese país norteamericano, y Escocia, por sus lagos, los de Liat, especialmente, que parecen sacados directamente de los Highlands. Pantalón de pana, gorra de visera, camiseta de algodón adquirida en México hace unos cuantos lustros, una camisa a cuadros comprada hace una semana en un mercadillo de Vic y que abriga un montón (con estas camisas me ahorro ponerme el jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire) y unas zapatillas que me vienen algo grandes y es de los pocos vestigios físicos que llevo conmigo de mi séptima vida. Con esa pinta, y las gafas de presbicia colgadas del cuello (feo palabro ése: presbicia) más unas gafas de sol, regalo de mis cachorros por Navidad, suspendidas del cierre de la camisa (no hace sol en la casa, menos a las ocho de la tarde, pero de ahí cuelgan como vestigio de mi irracionalidad) bajo los dos tramos de escaleras que van de la buhardilla al salón comedor con un puñado de papeles viejos en las manos, para quemar, que he aligerado de mi caótica mesa de estudio.
Llego en buen momento porque el fuego de la estufa de leña languidece, apenas es una tenue llama rojiza que besa un tronco, así es que lo avivo con esa carga de papeles de todo tipo, fundamentalmente apuntes manuscritos para una conferencia que di en Samatán, la ciudad de las ocas, el mes pasado, aunque también hay entradas de museos, mapas de Burgos y Toulouse, billetes de metro, facturas de visa.... Mientras avivo el fuego con ese combustible de papel (los troncos que arden dentro también podrían haber sido papel, me digo) me siento en el butacón orejero verde y pesco de encima de la mesa un País Semanal atrasado que no leí en su momento. Bueno, tampoco es tan atrasado, es del 18 de diciembre. Hay una entrevista con Tom Waits, que devoro, después de dejar para otra ocasión la de Gary Oldman a propósito de El Topo.
Me gusta la voz aguardentosa de Waits. El tipo tiene dos años más que yo y calza siempre sombrero, como yo esa gorra canadiense con la que me voy casi a la cama y no se separa de mi cabeza. Eduardo Lago, que firma la entrevista, tiene frases muy acertadas sobre el músico: “Su voz hace pensar en alguien que se ha curado el resfriado durmiendo la borrachera en una tumba”, por ejemplo. Waits, que no tiene voz melosa (tampoco la tenía Janis Joplin ni Louis Amstrong), arrastrará siempre su pinta de outsider aunque nade en millones, beba buen whisky de malta y conduzca coches de lujos. Es un personaje de carretera (y él dice que su época más feliz fue esa, cuando hacía autostop y viajó de un extremo a otro de USA) que parece sacado de la mente de William Burroughs y Jack Keruac. En las películas en las que ha intervenido los directores sólo le piden que haga de sí mismo y con eso ya tienen bastante. Y les sobra. Le recuerdo en Vidas cruzadas de Robert Altman, en Jugando en los campos del Señor de Héctor Babenco, en Drácula de Coppola..., y siempre salía borracho. Cuando el entrevistador le pregunta por su ruido favorito, Waits responde: El estampido de un revólver disparado lo más cerca posible de las orejas.
Leída la entrevista y postergada la de Gary Oldman (precisamente el Drácula de Coppola) subo de nuevo a mi buhardilla con mis dos gafas y mi gorra de visera.
Ando liado desde hace tres días con un relato de una extensión mediana. El marero. Como me sucediera con El mal absoluto con un programa sobre Auschwitz y la solución final, que precisamente reponen hoy por televisión en la 2, un reportaje sobre la Mara Salvatrucha concitó mi interés hace cuatro noches, mientras vagueaba delante del televisor. La cámara enfocaba a un marero que hablaba de forma pausada y educada sobre los sesenta y cinco asesinatos que tenía a sus espaldas, un tercio de ellos mujeres. Hablaba sin ninguna emoción de sus crímenes, con la misma naturalidad que yo hablo sobre Thomas Mann con el camarero que lee La Montaña mágica o intercambio impresiones sobre el tiempo que tendremos con la panadera del pueblo. Me di cuenta, escuchándolo, que el asesinato, cuando se convierte en un hábito continuado, pierde su carga transgresora para quien lo comete del mismo modo que el cirujano deja de atormentarse cuando se le muere el tercer paciente en el quirófano. Un monstruo nunca puede tener empatía con la víctima porque terminaría destrozado por sus propios actos. El tipo hablaba de la muerte como si fuera su oficio, y lo era, y alardeaba de ser un experto. Ese marero del televisor no sabe que me he apropiado de su alma, si es que tiene (lo dudo) y lo he convertido en protagonista de un cuento de veinte páginas que está en mi ordenador reelaborándose días tras día hasta que lo dé por concluido y lo deje archivado en una carpeta y allí permanezca hasta que le dé alguna salida, si se la doy.
—¿Y por qué asesina?
La pregunta del periodista podría resultar una tremenda obviedad teniendo en cuenta quién era el entrevistado. Aníbal Ribera no era un marero cualquiera. Decían de él que había pasado de la lactancia, que no tuvo, porque quien trajo al mundo a ese demonio lo abandonó en cuanto le vio la cara, a empuñar un AK 47. De niño sicario, criado en la calle, a jefe de mara. De jefe de mara a terror de todos los jefes de maras del quinto distrito de Guatemala City en el que imponía su ley y vasallaje...
Y aun hoy, veinticuatro horas más tarde, tengo visiones de esa pista helada que ayer pudo conmigo. O yo pude con ella, puesto que logré salir de su gélida y resbaladiza trampa y regresar a mi hogar. Veo el coche en la pendiente, en aquella curva, deslizándose por la capa de hielo y me coge frío de muerte. Pero mi otro yo, el enloquecido, el que me llevó a ese lugar maldito de la montaña, me ha desafiado hoy a regresar a ese punto para superarlo. Mi yo racionalista lo ha mandado a paseo, evidentemente. ¡Qué miedo me da ese tipo irracional que habita en mí!

jueves, 29 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 29 de diciembre de 2011

Hielo. Mi obsesión por el hielo se la debo a mi madre. De ella saqué algunas virtudes, y algunos tics: sacar la llave del bolsillo dos manzanas antes de llegar a mi casa; llevar el dinero en la mano cuando voy a pagar el periódico a mi amiga paraguaya o la cerveza al camarero que lee a Thomas Mann. Y obsesiones: bebidas gélidas. Suelo tomar las cervezas heladas en verano. Tan heladas que muchas veces las olvido en el congelador y me las encuentro al día siguiente reventadas. Suelo ponerme mucho hielo en las bebidas. Por culpa de una bebida helada que me tomé una noche calurosa, en mi sexta vida, tuve un corte de digestión que a punto estuvo de mandarme al otro barrio: todo me daba vueltas, la cama, la habitación, hasta el punto que hube de arrastrarme por el suelo porque caía de bruces ante la falta de equilibrio y estuve seis horas sentado en el jardín, de la que era entonces mi casa, hasta que lentamente me fui recuperando, volviendo a la vida. Desde entonces no tomo las bebidas tan frías; no las tomo, sobre todo, cuando hace una hora o dos que he comido. Ha aprendido de ese accidente que pudo haberme mandado a otra vida, la décima o undécima, la no vida, de una forma estúpida.
Hielo. Nunca fui un buen patinador. Patinaba muy torpe en patines de cuatro ruedas, estaba más tiempo en el suelo, con las rodillas destrozadas. Nunca patiné con esos otros patines en línea, que son filos de cuchillas, sobre hielo. Soy pésimo esquiador de fondo: mi única experiencia me tuvo más tiempo echado en la nieve de la pista forestal nevada que deslizándome por ella. Y desde luego ni loco subo una montaña con hielo.
Pensaba en el hielo, o no lo pensaba, o sí lo pensaba pero mi otro yo me lo quitaba de la cabeza, mientras conducía por una pista forestal hoy, inmediatamente después de comer. La pista subía recodo tras recodo y yo iba despacio, mirando el asfalto. Vislumbré un pequeño tramo helado, no hielo exactamente sino una delgada capa de nieve que no se había derretido en días y se había congelado. Me bajé del coche para comprobar su estado. No patinaba demasiado, crujía bajo la suela de la bota. Bien. Monté. Encendí el motor. Pasé aquel pequeño tramo conflictivo sin problemas, sin que patinara el coche, muy despacio, eso sí. Y seguí monte arriba, disfrutando del paisaje, de las lejanas cumbres cubiertas de nieve, del sol pasando entre las ramas de los árboles yermos, del silencio y soledad del camino, hasta que di con otro tramo helado, blanco, otra vez nieve helada, una capa fina que brillaba, esta vez más largo, y seguí, poniendo la primera, muy despacio, deseando que ese tramo acabara y volviera a pisar asfalto más o menos seco. Pero no. Y en una curva pronunciada y en pendiente pasó lo que tenía que pasar e iba temiendo cuando ya no tenía remedio y no podía retroceder: que el coche patinó, que se fue para un lado, que por mucho que aceleré se fue hacia atrás, descendió sin control unos segundos eternos hasta detenerse las ruedas posteriores en el arcén y contra la ladera de la montaña. Sé que nunca debe frenarse un coche en el hielo, pero cuando vi que me iba hacia abajo el instinto pudo más, eché el freno de mano y pie, inútilmente, claro; luego puse la primera marcha, una vez que apagué el motor, y, temblando, bajé. Aquello sí que era hielo resbaladizo. Tan resbaladizo que yo mismo me deslizaba por la pista. Miré el coche. La posición era muy complicada para salir y me maldije por mi cabezonería suicida de haber cogido esa pista. Realmente era muy difícil enderezar el pesado vehículo teniendo en cuenta el hielo, la curva y que estaba en una pendiente extremadamente pronunciada. La curva, por su relativa amplitud, me permitía maniobrar y encarar el coche hacia abajo si es que conseguía que se deslizara lentamente hacia atrás y se detuviera en el arcén opuesto cruzando la pista en diagonal. Allí, aunque no funcionaran los frenos ni las marchas, la montaña me detendría como parapeto. El peligro es que no consiguiera cruzar el coche hacia el otro lado de la pista y éste se deslizara hacia un cercano barranco y cayera al vacío. Paseé arriba y abajo, maldije el bello paisaje nevado que me rodeaba, me maldije a mí mismo, a ese otro yo imprudente que me había impelido a seguir – los impulsos irracionales acabarán un día u otro conmigo – y decidí correr el riesgo porque no había otra alternativa, o la otra alternativa era dejar el coche en medio de la pista y bajar andando dos horas hasta el pueblo más cercano con el peligro de que se me echara la noche encima y me congelara por el camino. También podía llamar a Mademoiselle Bonnaire para que viniera a rescatarme con su coche a ese punto. O llamar a la compañía de seguros, que me maldeciría y me enviaría un coche en un par de horas si es que encontraba la pista. O llamar al 112 para que bomberos y policía me abroncaran, con toda la razón del mundo, por circular en invierno por pistas forestales. Finalmente decidí que si yo me había metido en el hielo, imprudentemente, yo estaba obligado a solucionar el problema sin la ayuda de nadie, así es que subí de nuevo al coche, lo puse en marcha, quité suavemente el freno de mano, giré el volante en dirección contraria para que cuando se deslizara fuera a parar al arcén opuesto de la carretera y me encomendé a mi suerte. De nada sirvió girar el volante. En cuanto quité el freno de mano el coche se deslizó bruscamente carretera abajo y se detuvo porque se empotró suavemente contra la montaña. Por suerte se había detenido, sin que hubiera respondido ni al movimiento del volante, ni al freno de mano, ni a la primera marcha. Estaba ya fuera de la curva con lo que mi margen de maniobra para intentar enderezarlo se reducía drásticamente por falta de espacio. Además corría el peligro de que en cuanto intentara mover el coche poniendo la primera marcha el vehículo se deslizara sin freno marcha atrás por la pista helada y saltara al vacío. Nuevamente eché pie a tierra para evaluar la situación y tomar una decisión. La única solución era poner la primera marcha, avanzar lentamente hacia el quitamiedos de enfrente, que protegía la carretera del barranco, frenar, si es que respondía el freno, ir hacia atrás, de nuevo hacia delante y hacia atrás hasta que girara por completo y encarara el coche en la pista para descender por ella. Monté de nuevo y lo puse en marcha. Por suerte la primera funcionó y el coche se deslizó suavemente hacia delante hasta quedar completamente cruzado en la pista. No había peligro de colisión con otro coche: yo era el único loco que se había aventurado por esa pista de hielo. Giré suavemente el volante y puse la marcha atrás. El coche se deslizó hacia atrás. Bien. Aquel tramo no estaba tan helado como la maldita curva que me había detenido un par de metros más arriba. Maniobré seis veces más, adelante y atrás, hasta que conseguí girar el coche por completo y encararlo hacia el descenso. Pero faltaba superar la veintena de metros con la pista helada, blanca, y una curva sin quitamiedos por la que, si no dominaba el coche, podría precipitarme al vacío. En caso de perder por completo el control mi cabeza me decía que debía saltar del coche, pero en mi fuero interno sabía que no iba a hacerlo, que me dejaría caer por la ladera, dando vueltas, hasta que algún árbol me parara o siguiera hasta el fondo del valle, ochocientos metros más abajo. Así es que me puse de nuevo al volante para superar la tercera prueba de conducción sobre hielo, una vez superadas, in extremis, las dos anteriores, que parecían imposibles, metí la primera marcha, solté el freno y empecé a bajar despacísimo. Los cinco primeros metros el coche respondió sin patinar, pero luego debió pisar una placa dura de hielo y el coche se cruzó y se deslizó inexorable hacia el barranco. No frené sino que giré el volante en dirección contraria, quizá bruscamente, pero es que ya me veía volando por encima de los árboles en la última secuencia de mi vida, y conseguí corregir la deriva del vehículo y centrarlo de nuevo en la pista.
Cuando dejé a mis espaldas la pista de hielo frené el coche, bajé y respiré muy hondo. El corazón me iba a cien. Y temblaba de pies a cabeza.
Lo primero que hice al llegar a casa fue merendar. Tenía un apetito voraz.

lunes, 26 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Sant Cugat, 25 de diciembre de 2011 No estoy muy seguro de si el tiempo pasado es recuperable. Aunque siempre hay alguna corteza que se salva después del incendio que arrasa el bosque y éste renace de sus cenizas. Esta Navidad hago la prueba. Regreso cuatro años atrás, pero teniendo cuatro años más. ¿Es eso posible? A mi casa de mi sexta vida. A esa hermosa, amplia, luminosa vivienda que entre La Arquitecta y yo edificamos con toda la ilusión y abandoné.

Nada ha cambiado, aparentemente, con lo que tengo la sensación de despertar de un sueño. Creo que la decoración que escogió La Arquitecta fue perfecta porque han pasado quince años y no desentonan los muebles, sillones, mesas, sillas, estanterías que la conformaron. Una colección de cuadros cubre la mitad de la altísima pared del salón comedor, la zona más noble y hermosa de la casa que recibe la luz del sol desde primeras horas de la mañana a través de una puerta ventanal de diez metros de altura. Mi despacho, en la segunda planta, en el que se puede bailar, sigue igual, con mis diez mil libros que no leeré cubriendo sus dos enormes paredes laterales; mi mesa de estudio, porque ya no estoy en ella, está limpia y ordenada. Sigo subiendo escaleras, en mi inspección sentimental, mientras La Arquitecta está al mando de los fogones de la casa y la perfuma con su olor a comida.

Sobre la mesilla de noche del que fue mi dormitorio duerme el sueño de los justos En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, el último libro que estuve leyendo en mi sexta vida y dejé allí, con el punto de lectura en la página doscientos, de la que no pasé. Y eso hago, exactamente, mientras paseo arriba y debajo de la que fue mi casa y ya no lo es, buscando el tiempo perdido, los ecos de mi pasada vida que percibo en cada esquina de ese escenario que me sigue siendo fiel como si el tiempo se hubiera detenido hace cuatro años, cuando pasé las últimas navidades. Llegan los muchachos. O no llegan; se despiertan después de una noche de juerga, ojerosos, en pijama, y tienen que encorvarse, por su altura, para besar a su padre.
Ulises se sienta en el sofá blanco del salón comedor y observa, desde ese ángulo, el ciprés del jardín, que compró cuando su altura era apenas la suya y ahora debe medir veinticinco metros, es el más alto del entorno, le sobrevivirá y él lo abonará con sus cenizas. Y así permanece el viajero, ensimismado y triste, contemplando todos los cuadros y adornos de esa casa, recordando dónde y cuándo los compró, en qué viaje tropezó con esas esculturas orientales, cómo regateó ese batik, que cuelga hermoso encima de un gong chino, en un mercado de Indonesia, de qué hueso de animal están confeccionadas la docena de esculturas que adornan la vitrina del mueble lacado en blanco que tiene enfrente.
Ha prometido ese Ulises, de paso por su Ítaca, que hará los canapés del día de Navidad y entra en la cocina en donde la elegante Arquitecta, que cada vez parece más joven, se mueve entre fogones con sopas que hierven y exhalan un agradable perfume a hogar y un enorme recipiente en donde se hace el fricandó de ternera. La contribución culinaria del viajero en este día destacado va a ser muy simple. Tengo a mi disposición salmón ahumado, huevas de algún pescado, paté de cangrejo, aceitunas, alcaparras, micuit, y voy untando con todas esas sustancias rebanadas de pan de molde que luego troceo minuciosamente con tijeras hasta convertirlos en atractivos triangulitos multicolores de múltiples sabores que combino en una bandeja siguiendo una pauta cromática, como la de la paleta de un pintor.
A las dos y media llega la pequeña reina de la casa y Penélope y Ulises olvidan sus diferencias para disputársela. Con tanta gente a su alrededor la chica está seria, pero enseguida sonríen sus enormes ojos azules y comienzan a moverse barcitos y piernecitas embutidas en leotardos grises mientras va pasando de unos brazos a otros.

Junto al árbol de Navidad de la segunda planta, junto a la puerta del ascensor, están los regalos. Los vamos abriendo uno por uno siguiendo el ritual de todos los años, también de los que no estuve y hube de imaginarme desde mi exilio sentimental en el sur. El que recibo yo es de una enorme utilidad para mi nueva casa. A la pequeña reina le tocan en suerte unos diminutos pantalones de pana de juguete. Pronto le regalaré botas de montaña y una mochila para que me acompañe por los prados de Arán, piensa Ulises mirando a la pequeña reinecita de sus ojos.
La comida es larga, sin prisas. El vino blanco, tinto, el vermú rojo, el cava, llena las copas una y otra vez. Caen todos los platos de forma inexorable ante el apetito festivo de los comensales que se citan alrededor de una mesa que estrena mantel de lujo para la ocasión: un caldo con un enorme gallet napolitano que encierra una pelota de carne; los canapés que hizo Ulises y de los que no queda una muestra en segundos; el fricandó con las setas del Valle que conservaba La Arquitecta de un viaje que hicimos muchos años antes de fijar yo mi residencia en aquel lugar mágico. Los postres, especialmente el turrón de yema tostada, tienen un enorme éxito, concitan el entusiasmo de todos, son un dulce reclamo al que nadie se resiste como epílogo de esa comida de Navidad especial. Luego todos van desertando de la mesa hacia las camas, vencidos por el sueño, para echar una siesta, y quedamos frente a frente Penélope, que no me esperó tejiendo, y Ulises, el viajero, que dentro de tres horas tomará su coche y subirá del llano al monte, a su gélida casa de la montaña, dejando de nuevo Ítaca al cuidado de La Arquitecta.
Yo siempre estaré, le digo.
Y yo, me contesta.

sábado, 24 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic, 24 de diciembre de 2011


Mi cena de Nochebuena en la comuna libertaria de Vic es tan parca como solitaria. El Filósofo Rojo, mi amabilísimo anfitrión, se quedó en la capital para cumplir con deberes familiares propios de estas fechas y yo me subí en uno de esos trenes que llegan hasta Puigcerdá y bajan de temperatura de estación en estación: salí con 17 grados de Barcelona y llegué a Vic, una hora más tarde, con 3. Cargado con botellas de Viña del Vero Gewutztreminer (mi blanco preferido, pura fruta, seguido por el Calvente granadino, más fuertecito y alcohólico), un vermú (coño, sin T me suena mal) rojo Martini y un Orujo el Afilador, más una buena provisión de libros (si se ha de regalar, regalo siempre libros) que compré en Barcelona, recorrí las calles húmedas de Vic desde la estación al barrio de mi amigo maldiciendo la distancia y tentado de coger un taxi, cosa que no hice porque no sé cuál es la dirección.
Es célebre una anécdota de Agatha Christie, la abuelita del crimen que pasaba por ser una señora muy virtuosa mientras jugaba a detectives en sus entretenidas novelas, que me viene este día a la memoria. Creo que desapareció una semana, hubo un vacío misterioso en su vida ( o quizá dos semanas, o un mes, o unos días) y nadie supo qué hizo en ese interregno la escritora de Diez negritos. Vete a saber adónde se fue esos días que se esfumó. Un amante, una cura de desintoxicación, una visita a un hijo secreto...Se dice que apareció en un spa a las tres semanas, y nadie supo a ciencia cierta si se trató de una operación de marketing, para que se vendieran mejor de lo que ya se vendían sus novelas, o bien fue un toque a atención a su esposo Archibald que le estaba siendo infiel con una dama. Creo que incluso se hizo una película tratando de rellenar ese lapso de tiempo misterioso en que la escritora británica se esfumó sin dar razones, como si una nave marciana se la hubiera llevado consigo, mi querida Marciana de Miami que enseña a bailar el tango a los alienígenas.
Yo, como Agatha Christie, no sé bien qué hice los dos días anteriores a éste, ni dónde estuve, ni si estuve en alguna parte. Cuarenta y ocho horas, con sus anécdotas, que mi mente ha borrado por infaustas. Hay un dicho, no sé si relacionado con el síndrome de Murphy, ese de la tostada que siempre cae del lado de la mantequilla (tiene una explicación científica: pesa más ese lado precisamente por la mantequilla; más todavía si se le añade mermelada; por lo tanto la tostada, en su caída, se voltea y cae inexorablemente de forma tal que nos joroba el desayuno y nos deja el suelo hecho un asco) que dice que si las cosas salen mal siempre pueden ir a peor. Pues eso pasó en esas cuarenta y ocho horas en las que no sé en dónde estuve, ni qué estuve haciendo, ni con quién, ni porqué, ni a santo de qué. Pero regresé a la normalidad de estos días, tras hacer borrón y cuenta nueva, a las compras navideñas que este año no son compulsivas (no había colas en El Corte Inglés; no había colas en La Casa del Libro; no había colas en Altair; no había gente en la calle, que todos andamos asustados por ese fantasma de la crisis). Anduve comprando regalos librescos para mis seres queridos. Incluí en ellos a Mademoiselle Bonnaire. En los seres queridos y en los regalos librescos. Me acordé precisamente de ella al mediodía, comiendo con el Filósofo Rojo en un restaurante de Vic, el Giardineto, no comiendo exactamente sino disfrutando con la comida, que es un placer extraordinario, el último que nos quedará en la ya próxima vejez que ambos acariciamos por nuestra fecha de nacimiento a mediados del siglo pasado. Me acordé de la granjera de Foz, y sus ocas indultadas por su bondad infinita, precisamente mientras me deleitaba con una ensalada tibia de micuit con manzana caramelizada; no sé de quién me acordé, o sí, del cocinero a quien quería besar en la cocina, cuando se deshizo en mi paladar un rape exquisito con salsa de almendras; y levantamos las copas a la alegría gastronómica, al placer epicúreo, mientras dábamos cuenta de un flan de crema catalana caramelizado con bolita de helado de coco y azúcar cristalizado en forma de árbol de navidad. Puedo afirmar que la de hoy fue la mejor comida del año, y no la más cara por ello, así es que ésa fue nuestra particular forma de celebrar la Nochebuena por adelantado que tuvieron un par de viejos amigos, que hace más de cuarenta años disfrutan de su relajada amistad, al mediodía. En esas dos horas de experiencias gustativas ambos fuimos felices. Ni que decir tiene que el Filósofo Rojo sacó a colación la filosofía a mi pregunta de por qué el cristianismo satanizaba el sexo, así que hablamos de Platón, de Sócrates, de Aristóteles (habló él mientras quien esto escribe asentía como disciplinado alumno) y yo, en un momento de lucidez (o estupidez), después de elucubrar sobre la duración de los duelos (los dos años que me dijo me parecieron excesivos y trataré de acortarlos por todos los medios) le pregunté qué habíamos venido a hacer exactamente a este mundo del que nos vamos tan pronto que no nos enteramos. Pregunta estúpida por mi parte que quedaba contestada al momento por lo que había desfilado por el mantel de nuestra mesa: comer esa maravillosa ensalaba tibia de micuit con manzana caramelizada, ese rape con salsa de almendra y el flan de crema catalana con helado de coco. ¿Para qué queríamos más razones?
Nochebuena es una noche buena, valga la redundancia, para saber quién se acuerda de uno y quién no. Uno anota debidamente en su libro de contabilidad sentimental las presencias, pero también las ausencias. Del sur me llegó una felicitación por audio de MM. Esa guapa chica, camarera de Las Titas, actriz y escritora, tiene la voz muy cálida, además de unos ojos preciosos, y un carácter maravilloso. Lástima que diste mil kilómetros, pero se puede poner remedio a ello. De Málaga me llegó sincero afecto de una profesora melómana y su alumna feliz y radiante por una maternidad reciente. También una voz del norte, de un chicarrón vasco. Y del centro, una chica sabia y sensata, cuya madurez admiro, que me dio, a distancia, las primeras nociones sobre el arte de hacer fuego y cortar leña con hacha sin llevarse los dedos por medio. Hubo una fruta que me escribió en verde cosas preciosas. Pero hubo ausencias sonoras y sentidas, imagino que reactivas más que proactivas, que quizá se activen, o no, la última noche del año en donde ni yo mismo sé en dónde estaré ni si estaré. Quizá desaparezca de nuevo como lo hice hace días, emulando a la abuelita del crimen, y despierte en una cama de La Habana, con un mojito en la mano, o en el desierto de Namibia, en la cima de la duna 45.
Y mientras esto escribo miro las dos botellas de las que daré cuenta en solitario brindando conmigo mismo, que es con quien vivo constantemente salvo transustanciaciones puntuales que no me fueron demasiado bien: una botella de whisky escocés Macallan de 12 años y un orujito Mosteiro de Xagoaza que me ha dejado, amablemente, el Filósofo Rojo para que ahogue mis penas y soledad relativa (la gata Espurna debe de andar por alguna parte de la casa, pero no la veo porque es la discreción personificada), por lo que tengo el dilema de qué probar primero después de que ya me haya bebido dos copas de Calvente con la modesta cena de atún con pan con tomate de primer plato y tortilla de dos huevos y pan con tomate, de segundo, en que ha consistido mi estoica cena de Nochebuena. Empiezo por el orujo, que me entra divinamente. Seguiré con el whisky. Y luego, dando tumbos, subiré a mi cama si es que llego a ella. Para eso también venimos al mundo. Y la vida mata, como me ha recordado amablemente una inteligente amiga con un oxímoron perfecto. Creo que le pediré permiso para titular con él mi próxima novela. La vida mata.

martes, 20 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic / Barcelona, 20 de diciembre de 2011

El hombre llega pronto al cine. Sólo él sabe que se llama Abimael Koczinsky, porque ese nombre no figura en sus documentos, sólo en su mente. También lo sabe una chica portuguesa de melena rubia y ojos azules a la que recientemente le ha confesado esa identidad secreta y le responde cantando fados tristísimos de despedida. Abimael Koczinsky se dirige a la cafetería del cine. Dispone de media hora para que empiece la película. Pide un café con leche. Se fija en la camarera que le atiende: una joven y hermosa latina para la que él es invisible. Abimael Koczinsky no acaba de aceptar esa progresiva invisibilidad que le otorgan los años y arrecia con el número de arrugas en su cara y la cantidad de canas en su pelo. Es un tipo corpulento que lleva pelo y barba muy corta y viste un jersey gris perla de cremallera cerrado hasta el cuello que le regaló una chica francesa. Sonríe con los ojos, nunca con la boca. Mientras toma ese café con leche, más espumoso de la cuenta, hojea los programas del cine. El de la película que va a ver. Y antes de entrar en la sala, medio vacía, con unos veinte espectadores, y después de haber pagado el café con leche a la guapa latina, tropieza en el urinario con un anciano, más invisible que él, que repite como una letanía una frase que corrobora.
-Dios protege a los corruptos, Dios protege a los corruptos, Dios protege a los corruptos...
Se lava las manos Koczinsky. Casi nadie se las lava cuando va a los urinarios. Lo tiene observado. Hace estadísticas: uno de cada diez hombres lo hace.
Ahora está en el cine, ya, acomodado en la fila séptima, con el móvil apagado después de contestar a una serie de mensajes. Y empieza la película.
Sabina Spielrein, la judía rusa que se somete a los experimentos curativos del joven doctor Jung, le recuerda a otra persona, en su delgadez extrema y elegante, en la sensualidad de sus labios, en la hermosura, con un punto de locura, de su mirada. Koczinsky saborea ese paseo por el Belvedere vienés de la mano de Sigmund Freud, que no suelta de su boca el fálico habano ni cuando se desvanece, y el doctor Jung. Fue un invierno cuando estuvo paseando por ese mismo escenario; hacía un frío extremo, la hierba estaba cubierta por una buena capa de nieve y había que caminar con cuidado para no resbalar por el hielo. Estaba, entonces, muy enamorado de una chica de pelo rizado que se apretaba contra él tiritando y no le soltaba la mano. Viena era, al mismo tiempo, hermosa, triste y decadente, se quejaba constantemente de su perdido esplendor. Era la Viena de Relato soñado de Schnitzler, los cines porno en cada esquina, los puestos de fruta en el Ring, el palacio de la infortunada Sissí que interpretó la infortunada Romy Schneider y las vienesas altas, rubias, elegantes, que parecía fueran desnudas debajo de sus abrigos de pieles.
Sabina Spielrein se enamora de su psicoanalista y pierde la virginidad entre sus brazos al mismo tiempo que recupera la cordura a base de orgasmos y excitantes azotainas en las nalgas que alimentan su masoquismo. El doctor Jung la penetra sin desvestirse ni abandonar ese aire doctoral al que contribuye su cuidado bigote y sus gafas de las que no se desprende mientras da rienda suelta a una lujuria ordenada. Ella tampoco está desnuda, sencillamente se ha deslizado las bragas, o las ha desplazado. Pero es una secuencia de amor hermosa, piensa Koczinsky, espectador de ese drama sexual, y la judía le recuerda mucho a una mujer francesa de ojos azules. Una chica, porque podría bien ser su padre, y lo es en cierta medida.
Últimamente Koczinsky mezcla recuerdos personales con las tramas de películas que ve. Y ésta, al hablar del sexo, le lleva a otra historia, dos años atrás. Koczinsky era entonces Borja Casini, un poeta tan mediocre como romántico y apasionado que conduce su coche por una llanura andaluza, al amanecer de un día de verano. Ha llovido mucho en los últimos días y el verde del campo llega hasta el horizonte, una hierba larga que la brisa ondula formando un oleaje. Lleva bajada la ventanilla del coche porque le excita oler el aroma del campo a esa hora, cuando se despierta. Pero también está excitado, mucho, por esa cita que le espera en un hotel de Carmona.
Espera no perderse en la pequeña localidad sevillana por las indicaciones que le ha dado ella, que el recepcionista del hotel no le interrogue cuando entre ni le detenga cuando gire a la izquierda, tome el primer pasillo que sale a la derecha del ascensor y vaya directamente a la habitación 333.
La carretera es estrecha, suavemente sinuosa; el paisaje de llano es hermoso. Los árboles, aislados, destacan en ese vacío verde como esculturas, concitan su mirada. Los pueblos de casas blancas roban las primeras luces de la mañana.
Cuando deja el coche en donde ella le ha indicado, sin perderse por ninguna de las calles laberínticas de esa hermosa y pequeña ciudad sevillana, a la que volverá meses mas tarde por asuntos literarios, no mira las nobles casas que la conforman, los palacetes augustos, sus cuidadas calles que refulgen bajo un cielo ya muy azul, el de las ocho de la mañana de ese día de verano que, a esa hora, todavía es fresco.
Cuando llama a la puerta 333 tiene un nudo en la garganta. Cuando la puerta se abre, después de que haya oído a la mujer deslizarse con los pies descalzos por el suelo de la habitación, le da un vuelco el corazón, como siempre sucede en cada uno de sus encuentros. Se besan, nada más traspasa él la puerta. Sabine, como siempre, está desnuda, hermosa, oferente y huele a carne abierta: una invitación al deseo. Suele decirle él a ella que tiene un cuerpo renacentista, de modelo de Tiziano, de uno de cuyos cuadros parece sacada, con volúmenes suaves, pechos alzados y perfectamente moldeados a la medida de una mano masculina, generosas nalgas de una rotunda carnalidad rodiniana y acogedor vientre suavemente curvado en cuyo vértice se abre la tilde de su sexo depilado que es una sonrisa vertical perfecta. La besa en la boca, de pie, mientras la abraza y aspira ese aroma dulce que tienen los cuerpos al desperezarse, y luego, ya sí, la arrastra hasta la cama deshecha que guarda el calor de su cuerpo en la noche en sus sabanas, se desnuda con unas prisas impropias para una cita que no es la primera, arrancándose los pantalones, abriéndose la camisa, y se detiene un instante, para contemplarla, para deleitarse en cada una de las formas de ese cuerpo que instantes después le va a proporcionar un placer infinito. Repara en la mirada turbia que anida bajo esas cejas perfiladas, en los labios gruesos y húmedos que dibujan una sonrisa mientras piden ser comidos. Ambos están ansiosos de fundirse en ese abrazo perfecto, dejar de ser dos para ser uno en el placer irracional.
Borja Casini separa los muslos de Sabine, sin esfuerzo porque ella se rinde, y lame el sexo que instantes después va a gozar. Siente, en esa cavidad de carne tibia y húmeda, el primer espasmo de éxtasis, el latido convulso del corazón que manda oleadas de sangre a esa zona y la inunda con el néctar del placer. La bebe despacio, mientras ella se tensa y hunde sus uñas en su espalda. Y luego entra, deslizándose, absorbido, mientras la estruja con un abrazo firme, que ciñe caderas de ánfora, y devora sus labios, sedientos de besos.
La cama tiembla durante la batalla violenta y un espejo, sobre una cómoda, es mudo testigo de los rítmicos embates. Los amantes gimen, firmemente trabados, convertidos en un solo cuerpo de dos bocas, cuatro brazos y piernas. Los corazones bombean la sangre con un ritmo salvaje por las arterias. Borja siempre le dice que un día morirá en uno de esos frenéticos arrebatos sexuales y que no le importará hacerlo. El poeta nota cada uno de los orgasmos de su musa en la parte del cuerpo que tiene metido en ella, un rosario de contracciones que ciñen su columna de carne; advierte al tacto el erizamiento de la piel de los senos que sin pausa acaricia, el temblor del vientre y muslos que lo invitan ahondarse más en esa querida puerta del cielo que se abre como una flor carnívora para devorarle. Y así están durante largos instantes de delirio de los sentidos, sacrificando la vida al placer, ajenos a la realidad, disociados de la mente que ningún papel tiene en lo que sucede, deteniendo el tiempo y demorándolo.
Toma aire el poeta para la acometida final y antes resbala su mirada por ese cuerpo de piel tan fina que trasluce las venas azules que lo riegan. La boca de su amante está enrojecida por los besos y los párpados, cerrados, indican un gozoso abandono. El corazón de ella galopa bajo el seno izquierdo, con un visible pálpito. Ella es Venus y él, el fauno. Sale, un instante, el poeta / fauno del sexo de su amante, provocando una sensación de vacío en esa boca hambrienta que anida entre los muslos de Sabine, para entrar y cubrirla de nuevo, y ahora ya sí, baila sobre su cuerpo, imparable, galopa sin bridas como caballo salvaje, separando los fuertes muslos femeninos hasta formar una uve perfecta con ellos en cuyo vértice se vuelca, toca el cielo de su garganta con los dedos, descarga todo ese deseo largamente almacenado que le duele con un alarido animal, mientras ella ciñe su cintura con brazos convertidos en garras y lo alivia con contundentes golpes de vientre contra vientre para asegurarse que se ha vaciado en ella por completo.
Abimael Koczinsky regresa a la película tras esa digresión erótica que es un paseo por un pasado irrecuperable que el tiempo acabará borrando. La hermosa Sabina Spielrein, quince años antes de que un pelotón de fusilamiento nazi acabe con su vida, habla con el doctor Sigmund Freud de los progresos del psicoanálisis que lleva a cabo con ella el doctor Jung. Hablan de sexo, del acto sexual. En el transcurso del mismo, dice la elegante y hermosa judía rusa, se pierde la identidad, se anula el ego, para ser, sumado a tu amante, otra cosa, otro ser.
Borja Casini perdía su identidad en brazos de esa amante de cuerpo suave y cálido cada vez que rodaba en la cama con ella. Un embrujo que fue, sobre todo, físico. Una atracción irrefrenable y mutua de pieles al margen de sus cabezas.
Cuando Abimael Koczinsky se levanta del cine sabe que nunca más será ese Borja Casini que acudía enloquecido por el deseo a esas citas con su amante en hoteles de medio mundo. Aquello murió y sólo conseguirá revivirlo en su memoria mientras ésta no le falle. Koczinsky se siente paulatinamente invisible, algo, por lo demás, inexorable contra lo que es inútil toda lucha, y cansado desde hace tiempo. Invisible hasta con la gata Espurna que le observa, con indiferencia, la misma que él tiene hacia ella, cuando, ya por la noche, busca refugio en la cama de la comuna de Vic que regenta el Filósofo Rojo y escucha, con el miedo que siempre tiene a que se apague, ese batir furioso de su corazón que tiene su latidos contados.

domingo, 18 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 17 de diciembre de 2011

Y de pronto llegó el invierno. De un día para otro. Después de una tarde insólita en la que el vendaval del Cantábrico, que estuvo entrando en el Valle, subió la temperatura ambiente para luego bajar de golpe y nevar. Y nieva. Y sigue nevando. Veinticuatro horas seguidas.



La nieve transforma este paisaje ocre del otoño en blanco, viste de invierno estos bosques de hoja perenne de pinos negros y abetos que cubren los montes hasta donde mi vista alcanza. Como un niño pequeño, como el niño pequeño que hace mucho tiempo fui y quiero seguir siéndolo hasta el final, porque creo que vinimos al mundo para jugar, fundamentalmente, cogí mi cámara y abandoné el interior de mi casa útero, que estos días, con el frío exterior, es aún más útero, y salí a recorrer los campos que hay a un tiro de piedra de mi puerta a pesar de que nevaba con insistencia y los copos volaban, por el viento, en dirección a mi rostro, se metían en mi boca.
Los caballos del Coth de Baretges, mis caballos de toda la vida, pastaban ajenos a la nieve, trataban de arrancar del suelo la poca hierba helada que quedaba en la pradera en donde los tienen ahora que llega el invierno. Tenían las crines empapadas, algunos hasta heladas, y se acercaron a mí creyendo que les iba a llevar a un lugar más abrigado. En cuanto supieron que yo no tenía potestad para hacerlo, se alejaron. En un corral cercano, bajo techado, los corderos se quejaban con balidos del frío. Y a las gallinas y gallos ni se les oía.



Tomé luego el coche e intenté llegar a una cota más alta del Valle, a Baqueira Beret, en donde está la estación de esquí. No lo alcancé por prudencia. A partir de Salardú los copos eran mucho más grandes, volaban en todas direcciones azuzados por el viento, cuajaban en la carretera que se cubría con un manto blanco inquietante y peligroso, por lo que, en cuanto pude, giré y descendí de nuevo perseguido por esa nevada que no daba tregua y pintaba montes y pueblos de Navidad.
Hacía día de estar encerrado en casa, pero no lo estuve. Tras cortar leña (hoy, un tronco que se me había resistido tres días, saltó en pedazos tras el primer hachazo que le di en su alma), encender la chimenea con periódicos (nunca lo haría con libros, querido Manolo que se te echa mucho en falta) y hacerme la comida (inventé, o no, quizá ya exista, un plato de espaguetis de cuya receta informo: una vez cocidos los espaguetis se echan a una sartén con un poco de aceite; se corta queso azul, nueces y almendras picadas y se añaden; se remueve hasta que el queso se funde; se vierte un poco de crema de leche, se sigue removiendo hasta que la absorba, y al plato y a comer), y dormitar ligeramente en el sofá orejero, cogí de nuevo el coche y fui a Vielha, al cine, aunque la infame película que vi no justificó el paseo, sí las fotos de postal navideña que hice luego saliendo de la diminuta y fría sala de proyecciones. Los copos de nieve que seguían cayendo a las ocho y media de la noche estaban a juego con las iluminaciones navideñas de la capital de Arán. Y regresé de nuevo a casa, iluminando con mis luces largas esos gruesos copos de nieve que bailaban delante de mí y se iban posando en el cristal del limpiaparabrisas.



La foto que ilustra este texto la hice desde mi ventana. Muchas veces me creo que he sido transportado a un cuadro. En estos momentos estoy dentro de uno de mis lienzos favoritos que me fascinó desde la niñez y pude ver, finalmente, en un museo de Viena si la memoria no me traiciona: Cazadores en invierno, de Brueghel. Pues desde el interior de ese cuadro escribo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 15 de diciembre de 2011



Viento
A las doce de la noche entra en el Valle ese vendaval que azota la costa cantábrica y levanta olas de ocho metros en Donostia a la que, finalmente, no iré porque la situación empeora y puede que nieve. El viento muge y se filtra por las ventanas del la buhardilla. La casa se enfría a pesar de que encendí un buen fuego y lo mantuve durante las dos horas que duró la excelente y triste película de Ang Lee La tormenta de hielo que daban por la Sexta3. La vi en compañía, aunque ésta estuvo a distancia. 45 y 500 kilómetros.

La amiga limeña
Noticias de la amiga limeña que dejé en Miami. La simpática y sonriente peruana que me enseñó los Everglades publica en su revista el relato de la media jornada que pasamos juntos. Agradable trabajo, para ambos, mientras descubríamos a los cocodrilos en los pantanos y comíamos luego ceviche en un restaurante peruano del Dowtown. De todo eso me he acordado cuando hoy he tenido noticias de ella. Los amigos que uno hace gracias a la literatura son un premio adicional con el que no contaba cuando empecé a publicar.

El escritor cuántico
Noticias también del escritor cuántico, uno de los muchos amigos de la séptima vida de los que no me olvido y a los que echo mucho de menos. Tiene nueve novela y eso me alegra. Espero que la publique pronto para poder disfrutarla. Además siempre fue un tipo muy generoso conmigo y se ha convertido en mi presentador oficial en la ciudad de los dos ríos.

Fuego
A las siete enciendo la estufa de leña. Tarda en prender. Necesita un País y un País Semanal para que la llama haga presa de los leños que he dispuesto en forma de pirámide. Cuando la llama empieza a devorar la madera cierro la puerta y contemplo ese espectáculo de lenguas rojas que bailan y chispas que salen disparadas y se estrellan contra el vidrio. Desde el sillón orejero estoy más pendiente del fuego que de lo que ocurre en la pequeña pantalla, que no es tan pequeña, la mía, al menos.

Lavavajillas
Sigo sin él. Lo vacié de su agua estancada antes de que se convirtiera en pútrida. Limpié el desagüe de unos cuantos cristales de una copa de vino tinto que se rompió. Lo puse en marcha, Y nada. No funcionó. Con lo que me toca lavar a mano los platos hasta que el único técnico del Valle, que pasa una gripe, se reponga y pueda venir a arreglarlo.

Paseo
Después de comer y hablar con una amiga que siempre me hace reír (con ella me ocurre como el perro de Pavlov en cuanto la oigo) me fui a dar una vuelta por el monte y, de paso, saludar a los caballos que bajaron del Coth de Baretges, porque las temperaturas nocturnas allí arriba deben de ser gélidas, y pastan en un prado cercano que diviso desde mi salón comedor. Encontré a ese caballo albino de ojos azules y pestañas blancas que tiene un aire de Woody Allen y conozco desde que era potrillo y me acerqué a él. Me temo que él no se acuerda de mí. Seguí el sendero hacia arriba y descubrí una nueva ruta que, a través de bosques de avellanos que abundan en la zona, me llevó a dos apartadas cabañas de ganado restauradas y a un río que se deslizaba por un valle angosto. Seguí, cuando el camino se terminó, por una senda de cazadores y me detuve cuando empecé a patinar por la hojarasca. Rodé varias veces montaña abajo a pesar de que iba armado con un bastón que utilizo como cayado. De regreso cargué con una buena cantidad de leños que fui recogiendo por el camino.

Comida
Comí un plato de crema de calabaza. Vaya, creo que ayer también comí los mismo. Y huevo frito con patatas. Vaya, creo que lo mismo que ayer. El postre lo varié: una naranja exprimida. Y, mientras, veo el telediario. El rey recibe a Amaiur y Rosa Diez pide su ilegalización. Cayo Lara se presenta sin corbata ante el monarca y Erkoreka inquiere por su salud.

Leña
Empiezo a dominar el arte de utilizar el hacha. Tengo un grueso tronco sobre el que coloco las ramas de los árboles que recojo del suelo y la emprendo a hachazos con ellas. Es un buen ejercicio, aunque no está exento de peligros. Cada vez que doy el golpe me imagino que el hacha salta de mis manos, describe una parábola y cae justo en mi cráneo. Por eso procuro utilizar ambas manos y que el arma no rebote. Hay ramas que no hay manera de cortar y las dejo por imposibles. Otras sucumben a un solo golpe. Una amiga me dice que es una forma de descargar la mala leche. Pero yo no tengo.

La Benemérita y la mujer caída en su huerto
Regresaba a mi casa con el diario bajo el brazo y olvidándome de comprar el pan. Me di cuenta de la falta de pan cuando ya estaba en el salón comedor y no bajé. Seguía a un agente de la Benemérita, un sargento, que iba fumando un cigarrillo y no llevaba ni gorra ni tricornio, pero sí uniforme. Iba dos pasos detrás de él. Como soy novelista imaginé, por una décima de segundo, que era etarra y tenía a mi posible víctima al alcance de la pistola, si la tuviera, fuera terrorista y ETA no hubiera decretado el fin de la violencia. El guardia civil se metió en un huerto que hay a la izquierda de la calle. Había una mujer de unos ochenta años, en el suelo, en medio de las cebollas y coliflores plantadas. Al parecer se había desvanecido y no podía levantarse. Entré en el huerto y entre los dos alzamos del suelo a la octogenaria.
-Ya no valgo nada-me dijo, llorosa, tras darnos las gracias y excusando su caída.
-¡Cómo que no!-le solté animoso mientras le acompañaba hasta la entrada de su huerto- Bien que la veo todos los días trabajando en la tierra.
La mujer habría permanecido tirada allí, en el suelo, de no haber pasado nosotros.
-A las 2 pasa mi nieto por la calle y me habría visto.
-Pero son la 1. ¿Cuánto tiempo llevaba en el suelo.
-Media hora.
-¿Quiere que le acompañe hasta su casa?
La mujer niega con la cabeza y se hace con un par de bastones. La dejamos que se encamine hacia su casa. El guardia civil va a su casa cuartel. Sigue fumando. Yo tuerzo por mi callejón y subo las escaleras hasta el salón comedor. Entonces me doy cuenta de que no compré pan.

Reserva de hotel
El Filósofo Rojo me confirma que hay habitaciones disponibles en su hotel de Vic. Este domingo por la noche hablaremos de la revolución que nunca llega ante una botella de vino, a ver si vemos las cosas más claras estos dos viejos indignados.

Mademoiselle Bonnaire
Invité a comer a Mademoiselle Bonnaire. Pero ella se excusó. Tenía asuntos que solucionar en un banco. ¿Banco en Foz? He estado varias veces en esa pequeña y fronteriza población francesa y juro no haber visto banco, panadería, restaurante ni nada. Para mí en Foz sólo está Mademoiselle Bonnaire y sus ocas que no convierte nunca en foiegras porque le dan pena. Y lo entiendo. Para hacer un buen foiegras hay que martirizar previamente a ese iracundo bicho. En la conversación que tengo hoy con ella, yo en una terraza de la plaza y ella en su población, me confiesa que, además de doble calcetín, lleva tres camisetas, un jersey de cuello de cisne, un abrigo con capucha y guantes. Es friolera.

La terraza y la camarera
La terraza habitual está cerrada. Así es que voy hoy a la competencia. Como voy menos a la competencia, sólo cuando mi bar efectúa su día de descanso semanal, consumo más, para compensar, y además de la cerveza pido una tostada con pan y tomate y algo de queso mientras despliego Público y disfruto del primer rayo de sol que me cae en la mesa a la una menos cuarto. La camarera, mientras me deja todo lo que ha pedido, me pregunta.
-¿Usted es el escritor?
Bien, con la pregunta deduzco que soy el único escritor del pueblo.
-Sí, soy yo.
-Me lo figuraba. ¿Me dedicará un libro cuando lo compre?
-Por supuesto. En la librería tienen algunos ejemplares.
-Sí, ya lo he visto. Lo compraré cuando termine el que estoy leyendo.
-Perfecto.
-Le invito a café.
-Vaya, es usted muy amable.
Leo Público en dos pasadas. Hay un interesante artículo de opinión sobre Steve Jobs, desmitificándolo. Sigue el tema Urdangarin que socava la monarquía. Y aparece foto de Camps con cara de lechuguino escuchando la grabación de su conversación con El Bigotes. La carrera del expresidente está acabada sea cual sea el resultado del juicio.
-¿Recibió los giros?
Me vuelvo. El sol me da de cara. No distingo a quien está detrás de mí y me habla. No sé quién es. Temo ser descortés. Finalmente lo identifico. El cartero.
-Sí, muchas gracias. Lo trajo su compañera.
Vivir en un pueblo tiene esa ventaja: todos te conocen. Y esa desventaja: todos te conocen.

Cumpleaños de La Paraguaya
Me encuentro a un amigo francés en la librería cuando cojo Público. Vive en Foz, aunque no conoce a Mademoiselle Bonnaire. Le regalé, hace meses, a su mujer, un ejemplar de Babylone Vegas. No sé si lo leyó. Él me dice que no y se excusa. Mientras la amiga paraguaya va hacia la puerta, el francés me coge del brazo y me susurra al oído que es el cumpleaños de mi vecina. La felicito cuando regresa a cobrarme Público. Mientras me devuelve el cambio y me lo agradece, me dice que un francés ha comprado un ejemplar de Llueve sobre La Habana y que vendrá a la terraza del bar para que se lo firme. Bien. Entra un amigo de la paraguaya con su mujer. Decidimos entre los cuatro cantarle el Feliz cumpleaños. No me acuerdo si lo hacemos en inglés, en castellano o en francés. La amiga paraguaya se emociona y recibe nuestros besos.

Peluquería y caza
Hoy no había nadie en la peluquería. Bueno, estaban los peluqueros. Él y ella. Me coge él. El tipo sabe. Yo lo sé en cuanto le veo cortarme el pelo. Le digo que me lo deje corto y acabe con la melena de Bufalo Bill que antes era la de Carlos Marx cuando iba acompañada de una frondosa barba. Leo lo que hay en la peluquería mientras mi pelo va cayendo a trozos y siento frescor en la cabeza. Una revista de caza. Nunca he tenido una entre las manos. Habla de la berrea y de cómo cazar a los ciervos. Pobres. Hay un montón de ciervos astados agujereados por bala. Hay anuncios de rifles y de balas explosivas que giran a toda velocidad hasta incrustarse en el cuerpo del infortunado animal con el que tropiezan. Son baratos los rifles. Por 700 euros puedes tener ese morfitero dispensador de muerte en tus manos. Salen cazadores, y cazadoras, mostrando orgullosos sus trofeos de caza. A mí empieza a horrorizarme la revista. Luego aparece un tipo que caza osos y pisa el cuerpo de un ejemplar enorme pardo que ha abatido con su escopeta. Uff. Y cazadores de leonas con sus piezas. Un pie de foto recalca la belleza del ejemplar cobrado. Más bello sería si lo hubiera dejado vivir. Hay búfalos, ñus, hipopótamos, impalas despanzurrados por las balas. Un articulista se queja de que no les dejen cazar elefantes. Cuando terminan de cortarme el pelo, el poco que me queda está erizado.

Ana Pastor
Sigo a Ana Pastor y sus invitados mientras desayuno café con leche y tarta tatín con crema de leche. Una amiga me reprocha que esté enamorado de Ana Pastor y que quiera casarme con Emma Thompson después de verla ayer en la maravillosa Lo que queda del día. Tendrá celos de ambas. El día está despejado. En el prado que hay delante de mi casa pasta un grupo de caballos. Luego iré a visitarlos. Termino de desayunar y me doy una ducha. Dejo que el agua caliente corra por la zona lumbar. Experimento un gran alivio. Decido aparcar los pantalones de verano y me calzo unos de pana que adquirí en mi séptima vida. Me vienen bien. Cierro la cremallera del jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire hasta el cuello. Y me calo la gorra que me hizo llegar La chica que canta fados. Con ese abrigo subo a la buhardilla

La Arquitecta
A las nueve suena el despertador, pero sigo durmiendo. Suerte que a las nueve y diez me llama La Arquitecta.
-¿Estás en la cama?
-Sí, ¿se nota?
-Tienes voz de dormido.
Prepara las fiestas y me habla de posibles ERES. Este año las navidades van a ser familiares después de cuatro año sin serlas. Me alegro. Hablamos de los minijobs que propone el amo de los patronos Rosell. De lo mal que está todo. De sus temores. Pero estamos ahí. Los dos. El uno para el otro a pesar de que hayamos cancelado el contrato. Y he aprendido que estar ahí es lo más importante del mundo. Más que estar enamorado, que es una fiebre pasajera con fecha de caducidad. Y no tengo muchas personas que estén ahí, la verdad sea dicha. Cuatro.

martes, 13 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 13 de diciembre de 2011


08:55
La razón por la que a esa hora suena el despertador es sólo una: llegar a tiempo a los Desayunos de TVE1

09:00
Tomo café con leche y lo acompaño con uno de los pastelillos árabes que me trajo un amigo de la ciudad que fue el eje de mi séptima vida. Veo y escucho a Ana Pastor, de la que sigo enamorado. Hoy no tiene a un tipo tan maleducado y falsamente campechano como José Bono que se pasó ayer con ella tres puertos. O cuatro. Se refirió a despectivamente a La Chacón, hablando de la ministra de Defensa en funciones; le dijo que no contestaba a sus preguntas porque no le daba la gana; comparó a Ana Pastor con la señorira Rottenmeier; y comentó, fuera de su contexto, la expresión del genial y desaparecido Pepe Rubianes La puta España refiriéndose a él como un tal Rubiales.

10:15
Busco, sin éxito, un mail de La chica que cantaba fados. Hoy no toca. Quizá mañana. Puede que nunca.

11:00
Hay una edad en la que el cuerpo se siente. La que tengo. Al dolor de lumbago, que me agarrota desde hace unos días, se une el de la cicatriz de mi lejana operación de hernia inguinal, que se reaviva en invierno, molestías en el menisco y un dolor en la pierna derecha que no sé si está relacionado con los tres precedentes o va por su cuenta. Mientras no me caiga por la escalera puedo respirar tranquilo.

11:30
Además del cuerpo, fallan otras cosas: el lavavajillas. Algo debe de andar mal que no funciona. Lo vacío. Está inundado. Quito el filtro. Está limpio. Malo. Eso quiere decir que el filtro no ha filtrado nada y la porquería de los platos obtura el desagüe. Aviso a la inmobiliaria del desastre doméstico para que me envíen un operario. No viene. Mientras, lavo a mano los platos, lo que es mucho más lento pero me relaja.

12:00
Toca peluquería para reducir mi melena de Búfalo Bill y dejarla de acorde a la recortadísima barba que ha menguado el tamaño de mi rostro, pero las tres veces que paso por delante del establecimiento veo a la peluquera y a su ayudante ocupados con sendos clientes y no hay cosa que deteste más que esperar en una peluquería. Bueno, sí, esperar en la consulta del dentista.

12:30
Compro Público a mi amiga y vecina paraguaya. Le comento lo bueno que estaba el vino argentino que descorchamos cuando recibí visitas y fue muy digno acompañante de un exquisito entrecotte. No es por agradecer un regalo.

12:40
Ocupo la mesa de mi bar. El sol no le alcanza. Tampoco a las 12:45 cuando ya tengo la cerveza sobre la tabla y he leído parte del periódico. Un economista argumenta en un artículo de opinión las desastrosas medidas que se toman en Europa que no harán más que agravar la crisis. Seremos como los chinos, con salarios de chinos, seguridad social de chinos y condiciones laborales de chinos, es decir: esclavos.

12:50
El camarero que leía a Thomas Mann sale a la calle a darme conversación. Va con camiseta de manga corta. Es menos friolero que yo, que no me quito el jersey de cremallera que me regaló en su momento Mademoiselle Bonnaire y llevo encima un abrigo fino de piel que compré hace diez años en Estambul. Le pregunto si ha terminado de leer La montaña mágica y él entiende que le pregunto por La pérdida del Paraíso. Me contesta que no, que no tiene tiempo por los estudios. No le saco de su error. Hablamos de política. De los artículos de opinión de la prensa, que es lo que nos interesa de un diario. De los libros digitales, que no nos gustan. Del sistema sanitario, que nos van a quitar. De los gastos farmacéuticos, que se podían haber reducido hace muchos años con las recetas de genéricos. De las mafias farmacéuticas, que son lo peor que tenemos en el planeta. De esa gigantesca estafa de la Gripe A que fue un soberbio montaje de los laboratorios para forrarse a nuestra costa.

13:15
Termina nuestra conversación sin que el sol haya llegado a mi mesa. Hay una nube. Pago mi euro veinte de costumbre y regreso a casa.

13:30
Corto leña en el garaje. Empiezo a tener una cierta habilidad. Me pongo un guante, y las gafas de buceo para preservar los ojos. Con una mano aguanto el leño sobre el tronco de madera y con la otra descargo un golpe seco que suele partirlo por la mitad. A veces tropiezo con gruesas ramas que se me resisten y he de pegar siete u ocho hachazos. Lo difícil es propinarlos en el mismo sitio. Al cabo de media hora estoy agotado. Pero ya he llenado el enorme capazo que compré ayer y con esa provisión de leña tengo para todo el día.

15:00
Como una ensalada con lechuga, maíz y atún mientras veo el telediario. Luego frío un huevo. Remato con tarta tatín con crema de leche y cortado.

16:00
Le envío la receta de una sopa mexicana de tomate a una amiga. Es una forma de compensar el libro que me regaló de Enrique Vila-Matas y la aguja enorme por cuyo ojo cabe un camello.

17:30
Enciendo la estufa de leña porque empieza a hacer frío. Al calor de las llamas, arrellanado en el butacón orejero, leo tres capítulos de El círculo alquímico, la novela del colega Paco Gómez Escribano.

18:30
Se está tan bien ante el fuego que sucumbo a una discreta siesta. Dura hasta que languidece la llama.

19:30
Escribo, ya en mi buhardilla, una reseña elogiosa de La niña que hacía llorar a la gente, la extraña y provocativa novela negra de Carlos Pérez Merinero que publica Garaje Negro. Hay una parrafo, en concreto, que me gusta mucho y tengo subrayado: Y las páginas en blanco- ésta es una de las pocas cosas que estoy aprendiendo de este oficio de escritor en el que no haré carrera -, y las páginas en blanco, sí, hay que asesinarlas, llenándolas de palabras.

20:00
Publico un par de entradas en el blog Bajo el volcán: una foto del Valle que conseguí el pasado 4 de diciembre: un paisaje de árboles sobre fondo oscuro que parece un cuadro; y un artículo sobre Jorge Semprún que ya se publicó en Otro Lunes.

21:00
Ceno sopa de calabaza mientras escucho las noticias de las 21:00. Como me quedo con hambre, doy cuenta de un poco de queso de cabra con pan con tomate. Como me sigo quedando con hambre, me bebo un vaso de leche. Y luego exprimo una naranja. Y sigo teniendo hambre pero me aguanto.

22:00
Enciendo el fuego apagado con la incorporación de nuevos troncos. Bajo la protección de las llamas veo un capítulo de la excelente serie inglesa Abbey Dowton que dan por Antena3. Dos actrices conocidas en ella: Elizabeth McGovern, a la que no había vuelto a ver desde Ragtime de Milos Forman, y Maggie Smith. Disfruto con ella. El personaje que mejor me cae es Bates, el ayuda de cámara cojo que se enamora de una criada.

23:30
Busco en el ordenador la reseña de La niña que hacía llorar a la gente, para corregirla. Pongo en el buscador la palabra La niña y aparecen dos archivos más además del que estoy buscando: uno es una foto y el otro un poema pésimo que escribí en el clímax de mi séptima vida. Abro el archivo fotográfico: una niña, en efecto. Al principio no la reconozco; luego, sí. Tendrá cuatro años y está muy seria, sentada a horcajadas sobre un columpio en una playa de Huelva de la que se ven, al fondo de la instantánea en blanco y negro, parasoles. Lleva un traje de baño oscuro con tirantes. Los pies, rebozados de arena, creo que no le crecieron, que son los mismos que tuvo cincuenta años después, ahora. Me cuesta reconocerla en sus rasgos infantiles. Me doy cuenta de que parece un chico travieso, y no una niña, quizá por el pelo corto y esos labios tan finos de esa boca que no sonríe ante el fotógrafo, seguramente su padre. Luego esos labios se ensancharon y esa boca hermosa sonrió de una forma perenne. Lo que más se parece a lo que llegó a ser cincuenta años después son sus piernas, la forma de ellas que no cambió. Y los pies, que no crecieron, que nunca fueron de adulto sino de niña, o de japonesa. Esa niña de cuatro años, que me mira y a la que miro, no sabe en esos momentos nada de lo que será su vida ni, por supuesto, que se cruzará en mi camino cuarenta y cinco años después y yo sucumbiré a esa sonrisa que, en esa vieja foto infantil que yo guardo, no está. La magia de una foto y toda la historia que lleva consigo. La casualidad, o no, de que esa instantánea perdida en uno de los cajones de mi ordenador salga a la luz hoy junto a ese pésimo poema de amor. La niña que hacía llorar a la gente. A mí.

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 12 de diciembre de 2011

Después de diez días de excepción, vuelvo a la rutina. Después de diez días, de nuevo solo. A las ocho y media de la mañana despedí a mi última huésped en la parada del autobús y terminé con ella mis labores como anfitrión que me han mantenido apartado de este diario, y de la literatura, durante todos estos días pasados. Ejerciendo de guía de montaña, cocinero, leñador, amigo, padre y abuelo lo dejé todo aparcado. Cuestión de prioridades. Así es que hoy, después de despedir a La argentina que mejor fotografía las portadas de mis libros (¡Vaya! Esto es muy largo) me encontré de nuevo a solas conmigo mismo, fui a comprar el pan, recibí el parte meteorológico de la panadera y me hice con Público en la papelería de la amiga paraguaya que tiene mi penúltima novela muy destacada en los anaqueles para quien quiera comprarla.

Decidí, tras pasar por el cuarto de baño, recortarme la barba con una maravillosa máquina que compré en la ciudad de mi séptima vida. Dejé atrás ese aspecto entre Carlos Marx y George Moustaksi que tenía, pero, al reducir el volumen de la barba hasta el mínimo mi cabello parecía mucho más largo, por contraste, y mi cara empequeñeció considerablemente. Mañana solucionaré esa asimetría capilar acudiendo a la peluquera del pueblo.

Invité a Mademoiselle Bonnaire a comer. Sorpresivamente aceptó. Las ocas de Foz le daban un respiro. Y preparé una tarta tatín con un par de kilos de manzanas (ya me queda un kilo escaso de los cinco que compré). Si días atrás fallé con la pasta de la tarta, esta vez acerté de pleno al conseguir una masa perfecta que no se endureció en el horno, sino que se mantuvo tierna, y fue el dulce asiento de las manzanas caramelizadas y ligeramente espolvoreadas con canela que corté a cuartos tras pelarlas y quitarles las pepitas centrales. Pero antes de hacer esa tarta con amor, y por eso me salió bien, hice mis deberes literarios, es decir, que envié la versión definitiva de Patpong Road a los editores y estuve contestando el correo.

Mademoiselle Bonnaire llegó con puntualidad británica. Después de casi un mes sin verla apenas recordaba su aspecto. Calzaba unas botas de piel y me confesó que llevaba dos pares de calcetines porque es friolera. Apreció la sopa de tomate y pimiento mexicana que le serví de primer plato (faltaba el aguacate, amiga pueblana, y la tortilla de maíz); no dijo nada acerca de los espaguetis con roquefort que vinieron después, por lo que deduzco que no fueron de su agrado; y me alabó la tarta tatín del postre, lo que, viniendo de una francesa, es doble halago, aunque me censuró que usara canela (además picante, porque la compré en Marrakech) y que yo la acompañara con crema de leche. En ese punto, en el de la crema de leche, discrepamos. Todos los platos franceses llevan crema de leche, por principio, le dije, y a mí la tarta tatín, al menos en España, siempre me la han servido así. Durante la sobremesa, aunque temo que no me haga caso, le dije que votara antes a Dominique de Villepin, un tipo de derechas que me cae francamente bien, antes que a Nicolás Sarkozy, un tipo de derechas que me cae rematadamente mal, en las próximas elecciones presidenciales. Hablamos, también, del imperio franco/alemán que riñe tanto a los españoles, y de mis últimos huéspedes que disfrutaron de mi hospitalidad, especialmente del más pequeño de ellos.

Tenía prisa Mademoiselle Bonnaire, por lo que me quedé de nuevo solo y ya no vino nadie más a hacerme compañía. Me acomodé entonces en el butacón verde orejero, que va muy bien para recostar la cabeza, encendí la estufa de leña con las ramas cortadas por la mañana en el garaje (una gafas de buceo, de mi séptima vida, con las que me sumergí en el Mar Rojo y me permitieron ver las evoluciones de una hermosa sirena, me sirven en esta octava para manejar con soltura el hacha y que no me salten las astillas a los ojos y quede tuerto o ciego) y que subí al salón en un capazo que compré al ferretero del pueblo, del que sin duda soy el mejor cliente, un hombre que, cuando no tiene a nadie a quien atender, cruza la calle y observa cómo crecen las hortalizas de su huerto, y con el fuego crepitando me enganché a la Sexta3, que es una cadena peligrosa, con Un lugar en el corazón, película de Robert Benton que hacía una eternidad que no veía y me permitió disfrutar de las interpretaciones de unos jovencísimos Sally Field, Danny Glover, Ed Harris y John Malkowicz, con pelo, y empalmé luego con Duelo de titanes de John Sturgess, western sobre el duelo de OK corral que me aburrió, pese a descubrir en ella a Lee Van Clef, muerto a la primera de cambio por un puñal de Kirk Douglas, un plano del estrábico Jack Elam y a John Ireland, pero que aguanté porque había buena llama en la estufa de hierro colado y se estaba agradablemente bien con ese calorcillo que desprende el siempre hipnótico fuego, así es que cuando no me interesaba en demasía la película mi vista se concentraba en las llamas.

Fue después del telediario, y de cenar la famosa sopa que probaron todos los que pasaron por mi casa en estos últimos diez días (y la alabaron, como también hicieron con la película El Bosque, ofrecida en primicia) cuando alguien me recordó la canción de un fado y me dije que algo moría sin haber nacido siquiera con lo que nos quedamos sin saber qué hubiera sido si lo hubiéramos dejado crecer y regado.

viernes, 2 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 1 de diciembre de 2011



Encaro el último mes de este año que, en líneas generales, es bueno. Más que bueno, diría yo. Conocí a Paula y puedo asegurar que es una chica extraordinaria, una rubia de ojos azules y cuatro meses, pronto, y eso ya justifica el año, lo cierra con buen balance. Ella es mi mejor activo del 2011. Bálsamo que compensa sinsabores. Y mi ubicación en este Valle de Valles, que, después de cinco meses, me sigue pareciendo un sueño y es una decisión de la que no me arrepiento y es otro regalo imprevisto de este 2011 que se va como todos los años, con sonrisas y lágrimas, unas que enjuagan las otras.


Reina hoy el sol para desespero de los empresarios hoteleros. La gente viene al Valle por la nieve, en invierno. Y sin nieve, hoteles y restaurantes permanecen vacíos, salvo los que están próximos a Francia, los de mi pueblo, por ejemplo, que se llenan de visitantes franceses que no suelen ir más allá. ¿Para qué si aquí tienen todo el alcohol y tabaco que precisan?




No hace frío, pero por las noches, con los cielos despejados, el termómetro baja hasta los cero grados. La casa comienza a enfriarse cuando se va el sol, que lo hace antes de lo que toca porque las montañas altas que hay a su alrededor, las del Coth de Baretges, por cierto, lo ocultan cuando todavía le queda un buen trecho para desaparecer por el ocaso. Es entonces cuando me peleo con la chimenea, casi siempre una lucha de la que salgo victorioso, salvo ayer, que un enorme tronco se resistió a arder; hoy, al atardecer, haré un nuevo intento: Soy obstinado.




Los periódicos, entre tanta mala noticia, traen, al menos, un par de buenas, o a mí me lo parecen. Una, el premio Nacional de Las Letras a José Luis Sanpedro, autor, entre otras novelas, de La sonrisa etrusca; el economista, literato y pensador, que tiene en su debe haber sido el profesor de todos los ministros de economía de este país, es personaje entrañable, lúcido y radical al que se debería clonar y multiplicar cuantas veces fuera necesarias, infinitas. Ya me gustaría estar a los noventa años, que no veré, con esa cabeza tan lúcida y ese discurso tan radical. La segunda noticia es que un buen amigo, al que no conozco personalmente pero es un colega con el que me comunico habitualmente, Fernando Aramburu, un vasco que no tiene pelos en la lengua, ha ganado el Premio Tusquets con Las horas lentas, una novela que transcurre en el País Vasco y trata el tema de ETA. Ganas de leerla cuando se publique, porque seguro que será una novela excelente y todo lo que gire en torno al tema me interesa especialmente sin saber muy bien por qué. Quiero cerrar una trilogía que inicié con La caraqueña del Maní, seguí con Tu corazón, Idoia y terminaré con Los límites del bosque o El bosque sin límites, que todavía no tengo claro como bautizarla definitivamente.




Sigo, mientras tanto, con esas correcciones de Pat Pong Road, novela que verá la luz, sobre el papel y con la tinta, en marzo de 2012. No es género negro, y tampoco estoy seguro de que sea género erótico, aunque su protagonista folla mucho, y creo que lo hace para destruirse, que es una forma placentera de hacerlo, o para demostrar que vive, o para resistirse a la muerte. Es una novela sobre un viaje, el último. Habla de la vida enfrentada al final, que siempre se tiene tan presente y marca la existencia, tema que me obsesiona, como imagino le sucede a todo el mundo, y es central en todas mis novelas, desde siempre. Imagino que es una forma de exorcismo que no siempre funciona. A veces la novela, mi novela, parece un libro de viajes, como en realidad son todos los míos. La releo (ya la he hecho dos veces y ésta, la tercera, será la última antes de enviarla a la editorial) y me produce dolor, desasosiego, desesperanza. Bueno, es lo que quiero transmitir, además de una fascinación por Oriente al que volveré, si nada se tuerce, a finales de febrero, solo o en compañía de otros.




Llamó a la puerta el cartero. Bajé corriendo los tres tramos de escaleras, pero sin soltar la barandilla (una pierna rota es un lujo que no me puedo permitir en esta casa). Me encasqueté, por el camino, la gorra de leñador canadiense que hace poco recibí como primer regalo de Navidad, para aplastar mi cabello largo y alborotado que, junto a una barba asalvajada (neologismo que debo agradecer a La Sonrisa Etrusca), que no corto porque me sirve de bufanda natural en invierno, me da cierto aire a los Carlos Marx o Georges Moustaki del que, por cierto nada sé, ni siquiera si vive. Hay gente que se muere cuando uno está de viaje y ya uni no se entera nunca de su defección. Me trajo la cartera, una amable mujer que me conoce y me saluda cuando me la cruzo por las calles del pueblo, un paquete. Menos mal, suspiré, que no era una fúnebre carta de Hacienda, de esas que parecen esquelas, porque vienen enlutadas, y tanto temo porque nada bueno anuncian. Lo abrí con la ilusión de un niño. Dentro otro maravilloso regalo de Navidad, el segundo que recibo, un libro de Enrique Vila-Matas, uno de los mejores escritorres del mundo, leo, en la contraportado, y lo sucribo, que me envía Poma R. Algú junto a hilo de coser, verde, por supuesto, y una aguja con un ojo por el que podría pasar un camello y es muy adecuada para mi cansada vista a la hora de enhebrar. Deseando estoy que se me caiga un botón. Me emociona el doble regalo. Algún día corresponderé a él.




Hace un par de días que no está Ana Pastor en los Desayunos de TVE1 y, lo siento, pero sin ella no son lo mismo. No sé si ya la han despedido de forma preventiva, antes de que lo haga el PP, y entonces habría que montar un pollo, o es que está griposa. Griposa estaba, y afónica, una dama que me llamó a continuación y con la que estuve hablando largo y tendido mientras mis ojos no dejaban de mirar esas nubes blancas, estáticas, que dejan pasar la luz del sol y anuncian buen tiempo. Mi interlocutora habitualmente es risueña y de risa fácil, lo que ejerce en mí efectos terapéuticos, pero hoy, ni ayer, ni anteayer, era su día, por lo que cambiamos los papeles y yo fui el que me mostré risueño, optimista y reidor mientras ella lloraba al otro extremo del hilo telefónico. Hilo imaginario, porque nunca hubo hilo, creo yo, y menos ahora.




A Mademoiselle Bonnaire, la granjera de Foz, hace mucho tiempo que no la veo y lo lamento y me entristece. Desde que regresé de los cayos de Miami. Debe de andar muy atareada persiguiendo a las ocas de su granja, con sus zuecos de madera hundiéndose en el lodazal, y convirtiendo sus hígados enfermos en apetitoso foie. Pero hoy me escribió y yo le contesté. Tengo la intuición de que hay en ella una buena escritora y que debe insistir en escribir, porque tiene cosas que contar y sensibilidad emocional para transmitirlas. Nada me haría más feliz que ver negro sobre blanco sus recuerdos y pensamientos. Llevo perpetuamente, desde que empezó a hacer frío, el jersey de cremallera que me regaló puesto, creo que hasta me acuesto con él.




Después de ducharme, que siempre mejora mi aspecto (al menos apacigua mi aleonada melena y doma mi barba hirsuta) leí un nuevo capítulo de la novela El círculo alquímico (Ledoira, 2011) de Paco Gómez Escribano que entra a la primera, está excelentemente bien escrita y creo me va a enganchar. Y luego, calculando la posición del sol sobre mi mesa, fui a mi bar con El País (esta vez Público se agotó) y ocupé mi plaza, que parece que está reservada, a leer el diario, beber mi cerveza y tomar el sol, tres actividades que se pueden simultanear perfectamente. Fue entonces cuando me enteré de esos premios a Aramburu y a Sampedro y me aburrí con las primas de riesgo, los mercados, Merkel y Sarkozy, los recortes y el hundimiento de Europa que vendrá después de su secuestro a manos de franceses y alemanes, que lo demás, los periféricos, parece que no somos Europa.



Un francés me buscaba, me dijo la chica del bar, el mismo francés que, según mi buena amiga paraguaya, se interesaba por un ejemplar de Llueve sobre La Habana que ella vende el pueblo y que, finalmente, no compró. Imagino que es un lector de Luchon al que conocí en Toulouse.




Regresé a mi casa con el pan de leña, que suele durarme tres días, bajo el brazo y tras intercambiar parte meteorológico con la hiperactiva panadera. Tienen en la panadería, en una bandeja de cartón junto a la caja registradora, trozos de cocas, ensaimadas, croisanes, del día anterior, me imagino, para obsequiar a los clientes hambrientos. Yo siempre tomo uno y así aligero el camino hasta mi casa y no pellizco la barra de pan por el camino desde entonces, como hacía siempre desde que iba con pantalón corto en mi segunda vida.




Como rápido, con el sol entrando por el ventanal del salón y las noticias de la 1 (alubias blancas estofadas, lomo de cerdo, huevo frito y patatas; tarta tatin, con la que reduje ayer los cinco kilos de manzanas a cuatro: no esas no son las noticias de la 1 sino la comida) y cojo la bici con mi atuendo completo de ciclista. Hay que apresurarse porque el sol dura poco. Intento subir, por la zigzagueante pista que parte del cementerio del pueblo, buen lugar para iniciar la marcha, al Guardader (mirador) de Arres. Es una subida agónica, de las más fuertes del entorno. Subo muy despacio, con la primera y sin bajarme un instante. Nadie circula por la pista que aparece cubierta por un manto de hojas caídas. Ese es el único rumor que percibo, el de las hojas cayendo de los árboles, tras bailar al viento, y el gorgoteo de los cursos de agua que avisan con un brusco descenso de la temperatura cuando te aproximas a ellos. Hay zonas de ese bosque otoñal, cuyos árboles ya muestra sólo su esqueleto, singularmente cálidas, quizá porque hasta hace unos momentos les ha estado tocando el sol, a las que suceden otras gélidas. Contrastes.



Los tres primeros kilómetros de ascenso son insoportables. Las tentaciones de dar media vuelta, constantes. Pero sigo cuesta arriba, al límite de mi resistencia, hasta que veo que se echa la noche encima y no voy a poder llegar a mi meta. Creo que es la tercera vez que intento culminar sin éxito esa excursión. Doy la vuelta a la bicicleta, en uno de los recodos, y desciendo a tumba abierta. Lo que he tardado dos horas en subir lo bajo exactamente en quince minutos con el aire frío chocando contra mi cara y la oscuridad adueñándose de todo el Valle.




Trabajo unas cuantas horas. Contesto, mientras, correspondencia acumulada y depuro los correos electrónicos de las bandejas de entrada, cientos, que no puedo leer todos por falta de tiempo. Si por algo mataría sería por ganar tiempo. Tampoco, no me serviría el tiempo a costa de la vida de alguien. Hay, entre las misivas recibidas, una carta de Rosa Luxemburgo, la primera mujer que entró en mi casa en compañía del Filósofo Rojo, un tándem revolucionario que pedalea al unísono contra la corriente del capitalismo salvaje que nos arrolla sin que podamos hacer otra cosa que gritar, gritar y gritar. Casualmente aparece hoy en una foto, detrás de una pancarta y muy combativa, en El País de hoy que leí en la terraza del bar de mi octava vida al sol. Me adjunta un artículo que escribió para Público sobre los desmanes del gobierno de CIU en enseñanza, que son terroríficos. Si alguien creyó que la derecha catalana era mejor que la española estaba muy equivocado. Son peores, por mucho que Mas parezca un clon de los Kennedy que, como políticos y personas, dejaron mucho que desear.




Después de cenar mi sopa mutante (nunca sabe igual y no tiene fórmula, y ese es su verdadero encanto) me acomodo en el butacón orejero y enciendo la estufa de hierro. Consigo que prendan los leños al tercer intento. Enseguida se caldea la casa agradablemente. Y al calor del fuego hipnótico, en el que casi arden mis pies y piernas por la cercanía, veo Reservoir dogs de Tarantino, su, para mí, mejor película junto a Jackie Brown. Curiosamente sus protagonistas, que hacen gala de los característicos diálogos tarantinianos (Harvey Keitel, Steve Buscemi, Chris Penn, Michael Madsen, Tim Roth, Lawrence Tierney y el escritor Edward Bunker, Perro como a perro, con el que bajo ningún concepto quisiera encontrarme en un callejón sin salida) hablan, en un momento determinado del film, de Pam Grier, la actriz del BlackExplosion que acabaría protagonizando Jackie Brown. Premoniciones. Bueno, la sangrienta película de Tarantino, a pesar de su exceso de hemoglobina, sigue siendo una obra redonda aunque a años luz de Atraco perfecto, la película de Kubrick de la que es un disimulado remake. Y el señor negro y rojo, porque soy anarquista, se retira a su cama a eso de la una de la madrugada, a ver las estrellas por la ventana de su dormitorio, algo que no tiene precio y a lo que me voy acostumbrando. Llegará un día en que ni me daré cuenta de ello.