martes, 31 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 31 de enero de 2012



9:00. Suena el despertador. Lo apago. Sigo durmiendo. 9:05. Me levanto. Me duele ligeramente el lumbago. Me visto. Camiseta de México, forro polar de Decatlon, jersey de mademoiselle Bonnaire, pantalón de pana de La Arquitecta, dos calcetines míos, zapatillas de La Sonrisa Etrusca, gorra canadiense de La Chica de la Bicicleta. 9:15. Sube el café mientras Ana Pastor entrevista a Ruiz Gallardón que se ha ido del centro, en donde seguramente nunca estuvo, a la derecha. 9:25. Rifirrafe Ana Pastor/Gallardón a propósito de deuda/déficit. 9:45. Me gusta Esther Palomera, a pesar de estar en La Razón. Parece una indignada. 10:20. La cartera me trae devuelto el paquete de libros que envié a Miami. En inglés una nota excusándose por el estado del paquete, pero ninguna razón de por qué no lo entregaron. Lo abrieron buscando droga en sus páginas. Mierda. 10:30. Escribo a mi amiga limeña diciéndole que los libros prometidos no le llegarán. Me contesta que gracias a la incompetencia del servicio postal de su país de adopción tendremos una excusa para una cita. En Arán. Promete pasar en 2013 para recoger los libros dedicados y beber una copa de vino conmigo. Me gusta en plan. ¡Viva el servicio postal USA! 11:00. Mi amiga de Puebla me dice que los aztecas hacían pozoles con carne humana. Ahora los pozoles son con carne de cerdo o ternera. Algo ganaron con la conquista. Bromeo con la idea de meterla dentro de un pozole y comérmela. 11:15. Intercambio con La Dama del Fuego opiniones sobre bebidas espirituosas. El tema inicial es el Pippermint frappé, título de una película de Carlos Saura. 11.30. Me ducho. Diez minutos bajo el chorro de agua caliente. Una gozada. Se empaña el espejo. Se derrite ligeramente el hielo que cubre la ventana. 12:00. El radiador que está en la puerta de la calle marca 6 grados; el del salón comedor, 12. El del dormitorio, 14. 12:15. Paseo por la nieve, hasta Les. 3 kilómetros cuatrocientos metros siguiendo el curso del Garona. Día gris. El paisaje en dos colores: blanco de la nieve y el cielo, negro de los árboles. Interactúo con un asno solitario que se pasea aburrido dentro de su cerca. Le toco la cabeza y le hablo. Le hago un buen montón de fotos. Llego al quiosco de diarios de Les cuando ya está cerrado. No puedo comprar Público. Paseo por el pueblo. Llovizna. Regreso por el mismo camino. Me sale un perro ladrando de una casa. Lo conozco y sé que no es muy valiente. Le gruño y sale corriendo con el rabo entre piernas. Saludo al burro prisionero de su cerca que debe de estar pasando frío. Tropiezo con un rebaño de cabras que suben montaña arriba. Piso nieve virgen. Ando siempre atento a las agujas de hielo que penden de los tejados. Llego a casa, sin caerme, a las. 14:45. Caliento sopa. Veo el telediario. Después de siete meses la sopa, renovada día a día, me sigue pareciendo buena, aunque nunca sepa igual. 15:15. Friego el suelo con agua. Queda fatal. Parqué con manchas de agua. No hay manera. Seguro que si me lee la Dama del Fuego me da una solución. 15:45. Me retiro a hacer la siesta a la habitación. Duermo. Me despierta el frío de un sueño agradable. 17:00. Contesto mails especiales e íntimos. Me gusta sentirme querido, y deseado. 17:15. Estreno mi pala de nieve. La compré ayer por 20 euros al ferretero que me tiene como el mejor cliente del pueblo. Ataco el hielo que se ha formado frente a la puerta del garaje. Abro un camino entre la nieve. 17:30. Compro patatas, dos tomates, lechuga iceberg, chocolate en polvo y café a La Tendera Tímida. 17:45. La panadera me da el parte meteorológico para el jueves, el día en el que entrará la ola siberiana: máxima –5. Mínima: -18. Ya me entra frío. 18.30. Compruebo, y apruebo, el nuevo diseño de El Destilador Cultural. 18:45. Felicito al Destilador Cultural. 19:00. Leo unas cuantas páginas del libro de EVM que me regaló Poma por Navidades. 20:00. Apruebo la huelga general convocada por Mariano Rajoy contra Mariano Rajoy. 20:30. Cada vez que cierro los ojos sueño y me sé soñado. 21:00. Ceno sopa y huevos revueltos con champiñones. 21:30. Enciendo el fuego después de bajar al garaje a cortar leña. Debo tener reservas de madera para el jueves y los días que sigan, cuando los 18 grados bajo cero me tengan asediado en mi casa. Será una prueba de fuego. De hielo. 22:00. Me pongo una película ya vista en el reproductor de DVD, Elizabeth, con Cate Blanchet, una actriz que casi nunca me decepciona. Descubro en el film a un Daniel Craig antes de ser James Bond en el papel de siniestro sacerdote asesino torturado a conciencia por Geoffrey Rush. 23:40. Sigo intercambiando conocimientos alcohólicos con La Dama del Fuego. Me envía la fórmula del Toro Blanco. Es un secreto. 24:00. Caliento el dormitorio con el radiador eléctrico mientras el agua de la fusión de la nieve de mi tejado se hiela sobre mis ventanas. Sopla el viento. Todo el mundo duerme en el pueblo. Me queda una cerilla. Prendo el tabaco en la pipa. Se apaga tras dos chupadas. Me quedo sin fumar. Todavía tengo un habano de La Marciana de Miami. Para otro día. Otro mes. Fin.

lunes, 30 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 29 de enero de 2012



Pasé, como es habitual en mí por otra parte, de un extremo a otro. De ir en bermudas, camiseta corta y sandalias, a abrigarme con forro polar, jersey de mademoiselle Bonnaire, pantalón de pana, dos pares de calcetines, botas y anorak. Traje conmigo la nieve al Valle de Arán. Nevó durante toda mi primera noche después de regresar de La Graciosa, siguió nevando por la mañana sepultando literalmente el pueblo bajo una masa de nieve que transformó, y embelleció, el paisaje de montañas que circunda esta bella población. Durante la noche me despertaban, con metódica periodicidad, las pequeñas avalanchas de la nieve que se iba desprendiendo de los tejados inclinados y caía a la calle.


A la mañana siguiente, mientras los niños del pueblo hacían monigotes o se deslizaban por las laderas a bordo de sus trineos, yo me fui a fotografiar a los caballos. De nuevo me encontraba dentro de un cuadro de Bruegel mientras miraba a mi alrededor el paisaje blanco del invierno. Trataban los animales, sin éxito y algo desorientados, de arrancar alguna brizna de hierba congelada bajo esa espesa capa de nieve que lo cubría todo y me llegaba casi hasta la rodilla; se apretujaban entre ellos para darse calor.
La nieve es hermosa pero te enseña a ser muy precavido con ella. Pisar donde alguien, antes que tú, haya puesto su bota, por ejemplo, para no hundirte más, pero no hacerlo si ves que esa huella ya se ha helado, porque podrías patinar, es algo que hago automáticamente; no caminar nunca pegado a las paredes de las calles sino por el centro de ellas para evitar ser atravesado por uno de esos cuchillos de hielo que se forman cuando la nieve de los tejados se funde o desaparecer bajo una avalancha es otra norma dictada por el sentido común; pisar el suelo con mucho cuidado y estar siempre atento a él: si cruje bajo tus pies puedes andar tranquilo. Escapar del invierno sin una rotura de huesos es fundamental.
Al atardecer la luz, con el subrayado de la nieve, tiene una magia especial, y el fotógrafo que hay en mí va hacia uno de los miradores del pueblo, junto a una diminuta ermita, una pequeña elevación cubierta por nieve virgen que nadie, hasta ese momento, ha pisado. Mi excursión bajo el frío invernal del atardecer tiene su premio fotográfico: una postal navideña del pueblo con la torre de su iglesia románica, iluminada, sobresaliendo con una luminosa pincelada de naranja entre la blancura de los tejados de las casas que la circundan que centra la mirada en esa aguja de piedra después de deleitarse por lo que la rodea. Y con esa imágen, y otras muchas que mi cámara fotográfica ha captado, y dos películas de la Sexta3 vistas al calor de la estufa de leña, Corazones de hierro de Brian de Palma, en la que Sean Penn compone un personaje odioso, y Guerreros, de Daniel Calparsoro, alguna de cuyas más impactantes imágenes se rodaron precisamente en el Valle de Arán, me voy a la cama, bien abrigado, sepultado por dos mantas y con el radiador del dormitorio encendido. Sueño con mis personajes de mi octava vida.

jueves, 26 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 25 de enero de 2012







Siguen los fenómenos extraños mientras pedaleo con mi defectuosa bicicleta cuya cadena, cada dos por tres, se sale del engranaje y va haciendo un ruido de mil demonios. Voy a la parte norte de la isla y contemplo como los surfistas, incansables, van tras su ola perfecta. Yo busco esa perfección en el paisaje. Y descubro nuevos rincones de esta isla de bolsillo, un acantilado impresionante de roja volcánica negra azabache contra el que el mar se estrella implacable una y otra vez, moldeándolo y formando en sus oquedades piscinas de agua transparente.




Me acerco hasta el borde, atraído por el abismo, y me siento. Y me quedo horas, hipnotizado, contemplando como el mar, con una fuerza extraordinaria, barre una y otra vez una plataforma de roca y se despeña de ella formando cascadas, hasta un pavoroso agujero que parece vaya a absorberme en su sima y escupirme en medio del océano. El mar bello, terrible y siempre mutable, nunca igual, que fotografío una y otra vez y en cada una de las instantáneas me ofrece una nueva cara, siempre impresionante. El mar que es un hervidero de espuma blanca que salta y ruge y me amenaza como una fiera gigantesca. Regreso conmocionado. Y tanto me gustó el espectáculo marino que como deprisa, tomo de nuevo la bici y voy al mismo escenario de la mañana. Pero es diferente. Me doy cuenta entonces hasta que punto nos engañan los sentidos o sencillamente cambia la perspectiva de las cosas. El acantilado no me parece tan alto ni tan tenebroso como por la mañana y el mar, a pesar de que sopla el viento y éste orla de blanco las olas, no golpea con esa fuerza matutina sino que lo hace suavemente. Tanto ha cambiado el paisaje que empiezo a dudar que ése sea el mismo acantilado que me tuvo en estado hipnótico por la mañana. Pero lo es, porque el viento no ha borrado todavía las huellas de mis sandalias que dejé y me guían a ese balcón. La única explicación posible es que ahora la marea sea baja. Pero si la marea es baja, el acantilado tendría que parecerme más alto y no lo es. Realmente estoy perplejo.




Atardece, y yo espero, por la posición de las nubes que llenan el cielo, una puesta de sol tan espectacular como la de ayer, con esos tonos rojizos. Pues tampoco. No sé por qué razón la puesta de sol es completamente azulada, no despide el astro rey, cuando se acuesta por el horizonte, un solo rayo bermellón. No lo entiendo. No entiendo nada de la naturaleza cambiante del que soy un pequeño espectador que se hace preguntas y disfruta de ella. Quizá, para compensar ese acantilado tenebroso que de pronto ha desaparecido, ese mar furioso que se tornó calmo, o esa puesta de sol azulada en vez de roja sanguínea, un enorme arco iris traza un puente inmenso desde la isla Montaña Blanca a la Montana Bermeja.

martes, 24 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 24 de enero de 2012

Ayer fue un día de fenómenos paranormales. O subnormales. Empezaron ascendiendo a la Montaña Bermeja. De enorme pendiente pero fácil de hacer, de un tirón por una senda perfectamente marcada. Nada que ver con la penosa ascensión, y el más penoso descenso, a la Montaña Amarilla. Las bautizan por colores, y aciertan. La Amarilla es amarilla, y la Bermeja, roja. Pero fue coronar esa cima y disfrutar de las vistas de la isla (desde cualquier punto elevado se ve La Graciosa en su totalidad debido a sus reducidas dimensiones) cuando empezaron los problemas, relativos, porque tampoco me quitan el sueño. Una llamada desde mi séptima vida, cuando estaba en la cumbre, me descolocó por la información que me dio. Tardé unos segundos en identificar la voz. ¡Caramba, me dije, cómo se olvida todo, hasta las voces! Alguien, un escritor cubano al que no tengo el gusto de conocer ni haber leído, me ha denunciado por supuesto plagio por Llueve sobre La Habana, título idéntico al de una novela que él publicó en 2004. Cuando mi interlocutora cuelga su teléfono me doy cuenta de que el amor potencia uno de los sentidos y anula los otros, aunque mi observación llega a destiempo. Con esos pensamientos nocivos, que me envenenan por dentro, sigo mi periplo por la bella isla, descubro lugares de una belleza terrorífica, oxímoron que se puede aplicar a unas galerías gigantescas que la fuerza del mar ha abierto en una colada volcánica negra azabache por la que entra y sale, rugiendo y bufando, hirviendo literalmente. La naturaleza es el más prodigioso arquitecto, me digo cuando me detengo a fotografiar un arco perfecto que han labrado durante siglos la conjunción del viento y el agua, los verdaderos dueños de La Graciosa. Y sigo, pedaleando con mi bicicleta renqueante que se encalla en las dunas que invaden la carretera, hasta el apartamento para saborear la noticia de esa denuncia por plagio. Lo más chusco del asunto es que el autor cubano, o el que tan mal le asesora en este tema, incluye como prueba del delito un párrafo de mi novela que yo no he escrito. Fenómenos paranormales. O subnormales. Claro que el autor cubano afirma, además de descalificarme con la ayuda de un amigo tan conocido como él, que acaba de publicar una obra maestra. Envidio su autoestima. Yo sólo estoy medianamente satisfecho de lo que publico, y a veces ni eso. Y tras esos fenómenos paranormales, esta misma mañana sucedió otro. Llovió. No sobre La Habana dichosa, sino sobre La Graciosa. No me lo podía creer. Pensé que alguien colgaba la ropa y por eso caían gotas. Pero, ¿quién? Así es que llovía del cielo, de un par de nubarrones negros que descargaron un poco de agua, seguramente la única lluvia que caía en la isla durante el año, ni para llenar el culo de un vaso, y yo para verlo. Cogí la bici renqueante (cuando fui a cambiarla las otras estaban peor) y me fui primero a Pedro Barba, a darme un baño en las aguas tranquilas de su puerto desierto, a pasear por entre las casas primorosas y deshabitadas, y luego, remojado, seguí por un territorio de hermosísimas dunas, eché una siesta al sol, adormilado por el oleaje cercano, seguí camino pasando por debajo de la Montaña Bermeja, no bajé a la peligrosa Playa de Las Conchas sino que regresé al pueblo, para comer, y después comprobé el cuarto fenómeno paranormal de estas dos jornadas extrañas: un correo dirigido a mi séptima vida, que estaba seguro de haber enviado la noche anterior, esperaba que lo disparara hacia la interesada en la bandeja de salida. Y me dije que si el azar, de forma aleatoria, había impedido que ese correo saliera el día anterior yo no tenía por qué contrariarlo, así es que lo eliminé. Zas. Y creo que así mantuve, más o menos, que tampoco sé si me interesa, una amistad, porque el contenido de ese correo que no existió, ya que no cumplió su función de ir del emisor al receptor, era demasiado duro para su destinataria, había nacido por la noche después de haberse ido adobando con hiel durante todo el día, y no estoy para causar daño a nadie, aunque ese alguien quizá lo merezca. Y después de comer, más de la cuenta, porque he comprado muchos víveres y creo que quedarán para el próximo inquilino del apartamento, cogí la bici y la cámara y me fui a ver la puesta de sol en las dunas. Y, bueno, me quedé noqueado con tanta belleza, con tanta, tanta, tanta belleza. La belleza de las cosas. La belleza de esta isla maravillosa que me llevo en la retina de mi cámara. Y ya de regreso a mi apartamento, a ciegas, de noche, por mi manía de apurar las horas del día, y sin un solo tropiezo porque me conozco al dedillo la pista que me lleva a Caleta del Sebo, me encuentro en el ordenador con el quinto fenómeno paranormal de estos dos días, un documento perdido ayer, que anduve buscando y no hubo manera de localizar, que aparece hoy sin que lo invoque en la pantalla del ordenador, tan misteriosamente como desapareció ayer tras haberlo creado: lo guardo, aunque piense, a buenas horas mangas verdes porque ayer, maldiciendo el fallo informático, lo tuve que reproducir de memoria. Puede que si salgo a la calle esta noche un OVNI me abduzca para regocijo de La Marciana de Miami, la profesora de tangos. Y salgo, mirando hacia el cielo, hacia las estrellas, por si veo un platillo volante planeando como un moscardón a mi alrededor.

lunes, 23 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 22 de enero de 2012

Me hice con una bici renqueante. No había otra. Mañana me la cambiarán porque habían alquilado las buenas y sólo les quedaba ésa, la renqueante. La conseguí en un restaurante. Aquí los restaurantes no sólo hacen comidas, del mismo modo que todos los isleños alquilan sus cuatro por cuatro o se ofrecen a llevarte de excursión. Pero antes de alquilar esa bici que chirría desayuné lo de todos los días, y sin Ana Pastor. Bueno, hoy es domingo y estaría en su casa con su afortunada pareja. Tengo el síndrome de domingo, no cuando me levanto, pero sí cuando oscurece.
Vinieron unos operarios a arreglar la antena y el resultado es que no veo una sola cadena española y sí doscientos canales extranjeros. Me inclino por Rusia Today, RT. Qué hace un canal ruso emitiendo en castellano es para mí un enigma. Hablan maravillas del zar Putin, por supuesto, y alertan del demonio americano. Como en la guerra fría. Predicen una confrontación China-USA. Curioso, porque ya lo anticipé en una novela. Y hablando de novelas, antes de montar en la bici, empiezo Los crímenes de La Graciosa, el arranque, el primer capítulo, que no quiere decir que la deje a medias, que no siga, que me canse, que me aburra, que se meta en medio otra historia. De hecho hasta que no pasan de las cien páginas el nasciturus no tiene garantizada su vida. Ahora simplemente es un espermatozoide tonto a la busca de su óvulo. Que lo fecunde no depende de mí. ¿O sí?
Monto en la bici renqueante a las 11 de la mañana. Hoy el día como ayer, con luces y sombras, con sol y nubes. Como mi existencia. El camino, una pista ancha habilitada para que circulen cuatro por cuatros, me lleva justo a ese punto entre los volcanes Montaña del Mojón y La Aguja Grande al que llegué andando campo a través ayer. Tomo una pista que sale a la izquierda y señala Montaña Amarilla a cinco kilómetros. Por el camino me detengo ante un corral. Por fin sé de dónde proceden unas malditas y pesadísimas moscas que si la toman con uno no hay quien se las saque de encima: cabras. Me saludan y sacan sus cabezas del cercado para que les haga unas cuantas fotos. Y luego sigo el camino, bordeando ya el mar.
En Bajo del Corral un surfista busca su ola perfecta. Me detengo a admirarlo. Cabalga sobre olas medianas y descabalga de ellas cuando se aproxima mucho a la costa repleta de cantos rodados negros de lava. Y vuelve a buscar su ola, a cabalgarla y a bailar por su filo de espuma antes de perder el equilibrio y zambullirse en las aguas agitadas. Pienso en el hijo de una buena amiga, y en esa buena amiga. Y sigo camino.
La pista, a veces, la invade la arena y las ruedas de la bici se encallan en ella y me desequilibran. No me voy al suelo de milagro. Ahora sale el sol y me unto, precavido, con protección Aloe Vera 30 que compré en un supermercado de Caleta del Sebo y se me mete en los ojos, como siempre me sucede: un incordio. Y sigo pedaleando, a ciegas y con los ojos escocidos, y deteniéndome cada vez que quiero capturar una imagen: cada dos minutos.
El camino termina en Punta del Pobre. A saber a qué pobre se refieren. El origen del los topónimos es siempre un misterio. Desde ese punto diviso con claridad la cala de aguas tranquilas y transparentes en la que me bañé sin ropa el primer día, la de La Cocina, y la impresionante Montaña Amarilla, el volcán de pared sulfurosa. Decido subirlo. Lo dejo todo metido en la cesta de la bici, incluida la camiseta, y sólo me llevo conmigo la cámara de fotos. Desde ese lado, abrupto, no hay senda, así es que la trazo yo a ojo. Alcanzo trabajosamente la cresta de la primera montaña y voy a la conquista de la segunda, la definitiva. Es una subida de 172 metros. Se haría bien si no fuera por lo resbaladizo del terreno, por la gravilla volcánica que sobre las paredes de azufre amarillas me hacen trastabillar constantemente. Pero no me caigo. A medida que asciendo la panorámica es más espectacular. La Punta del Pobre la veo a vista de pájaro y ya no distingo mi bicicleta. Asciendo rápido, sin dudar, por la empinada ladera amarilla sin pensar en el regreso, que será más problemático, pero he aprendido en esta octava vida a pensar sólo en el presente, y el presente es este ascenso bajo un sol de muerte, y el descenso ya veré cómo lo hago. A la media hora de subida corono la cima. Vale la pena el esfuerzo y el riesgo de un arañazo. Desde Montaña Amarilla se ve toda la isla de un extremo a otro, todos sus conos volcánicos, todas sus llanuras sombreadas por las nubes, los núcleos poblacionales de Pedro Barba y Caleta del Sebo con sus casas encaladas, las playas ribeteadas por la espuma de las olas. Recorro la cima de un extremo a otro, saco fotos y emprendo el descenso que, en efecto, es bastante más complicado. La pendiente de la ladera de azufre y la maldita gravilla de piedra volcánica negra que la recubre hacen que los resbalones sean continuos. Decido bajar de lado, despacio y tanteando donde coloco el pie, y en alguno de sus tramos, cuando veo que voy a bajar rodando montaña abajo, me sujeto con las dos manos a la tierra, busco las escasas plantas que no tengan espinos, alguna roca voluminosa que no amenace moverse y voy descendiendo sin percances, sin rasguños, sin torceduras de pie hasta La Punta del Pobre.
Una hora más tarde estoy en mi apartamento, hambriento y sediento. Cae una bolsa de patatas fritas y una lata de cerveza Tropical, en la terraza, al sol. Luego, con más calma, hago la ensalada y mientras, pongo la mitad de la sama que sobró del día anterior sobre la plancha al fuego y descorcho una nueva botella de Malvasía, éste mucho más fino que el que terminé. Y suavemente alcoholizado, y bruscamente cansando, me voy a la cama a hacer una siesta de media hora que se prolonga exactamente hora y media.
Y aquí estoy, ante el ordenador, después de tomarme un café, dudando entre hacerme la cena o irme directamente a dormir, digiriendo el síndrome de domingo por la noche. Y no sé por qué, o sí lo sé, quizá, triste. Quiero días sin noches.
Una buena amiga, o quizá no tanto, me envió el enlace de una entrevista del diario Público a Paul Auster. La leo y me reconozco en un buen número de respuestas. También calculo cuántas mañanas me quedan, aunque eso no lo pueda saber nadie. Mis errores me siguen torturando, titulan la entrevista al autor norteamericano. Mis errores me siguen torturando.

sábado, 21 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 21 de enero de 2012

Vivo en la calle La Sirena esquina El Trapecio. Buen barrio. Calle de arena. Me encanta ese odio al asfalto que tienen los isleños. Los gracioseros, que no los graciosos, como sería más lógico. Y hay unas plantitas mustias, que crecen en cuanto dejas atrás el escalón para acceder a la puerta y que alguien riega con mimo, porque la arena de alrededor está húmeda. Yo no, desde luego. O quizá fue que se orinó un perro.
Hoy desayuno en silencio sin la compañía de Ana Pastor. Soledad absoluta. Dos cafés con leche y unos cruasanes industriales, duros, que pasados por la tostadora son comestibles y resultan exquisitos si los adornas con mantequilla y mermelada amarga de naranja.
Hará mal tiempo. Lo veo por la puerta de la terraza. Sopla el viento y hay una nube negra, inmensa, que corona el risco de Famara, la pared perpetúa que tengo delante de la terraza del apartamento, e impide que el sol alegre el ambiente. Pero salgo a la calle con mis bermudas, mi camiseta de manga corta y mis chanclas. La gente va abrigada. Los isleños deben considerar el día de hoy como frío. Todo es relativo. Mi cuerpo se ha hecho en estos meses a cuatro bajo cero con lo que diez grados positivos es una temperatura primaveral.
He establecido mis propias rutinas en la isla. La primera: ir a por el pescado. Ayer debió ser un buen día, porque en la pescadería de la lonja asoman, entre el hielo picado, las cabezas sin vida de un buen número de especies marinas. Pregunto al adusto pescador por el nombre de unos peces de piel rosácea. Samas y bocinegros. Me llevo una sama mediana, abierta por la mitad, que haré a la plancha y quizá me dure dos días, porque es mucho mayor que el burro que compré ayer. Y con el pescado regreso a casa.
Intento ir a la playa de Las Conchas. Pero no tengo mapa. Me dejo guiar por la intuición y ésta me lleva a un grupo de casas destartaladas, habitadas por gallinas y un solitario caballo en medio de una nada colmada de plantas espinosas en las que afloran, como un milagro, delicadas flores amarillas. Decido tirar monte arriba sin senderos. Me guío por los volcanes. El perfil de uno me suena. Y el de otro. El de la izquierda se llama Montaña del Mojón, y el de la izquierda La Aguja Grande, y ninguno de los dos supera los doscientos metros. Creo que el camino para ir a la Playa de Las Conchas pasa exactamente en medio de ellos. No voy errado. Después de hacer mi propio y particular camino por esa nada árida colmada de plantas espinosas y arbustos enanos y retorcidos, que nadie sabe de dónde obtienen su humedad para subsistir en este bello erial, desemboco en un camino ancho y lo sigo.
Me gusta esta nada, como me gusta el paisaje pleno de árboles, prados y ríos de Arán. Me gusta esa nada por la que mis ojos pueden ver sin trabas hasta el infinito y el cielo es un techo gigantesco ornado de nubes. El camino pasa junto a algunas fincas agrícolas. Por llamarlas de alguna manera. El clima es tan seco y duro en la isla, llueve tan poco, si es que llueve alguna vez, que en esos cercados sólo hay chumberas, y gracias. En uno de los cercados descubro un solitario limonero con frutos. Deben de estar secos esos limones que cuelgan de las ramas.
El camino tiene una ligera pendiente. Los dos volcanes de referencia quedan a mi espalda. El cielo está nuboso, por suerte, y el sol se deja ver a intervalos. Sopla esa agradable brisa, la de los constantes alisios, que es como si un enorme ventilador propulsara el aire. Cuando culmino la pendiente aparece el otro lado de la isla, espectacular, un buen numero de islotes y roques azotados por el mar. Montaña Clara es inconfundible por el color pálido de las laderas del volcán que cubre el sesenta por ciento de la isla. Más allá la enorme isla de La Alegranza con su único habitante. Y el Roque del Infierno, que habría que preguntar a qué debe su nombre. Me acerco al mar que rompe con fuerza contra una barrera de lava negra. El oleaje es frenético, hipnótico. A una ola sigue otra. Paraíso para surferos suicidas. Los muros de agua, orlados de espuma blanca que el fuerte viento que sopla convierte en una suerte de lluvia vertical que asciende hacia el cielo, azotan la playa de arena y cantos rodados negros. Las gaviotas sobrevuelan el oleaje en busca de pescado. Siguiendo la costa llego a un terreno de dunas gigantesco coronadas por matorrales que ocupan sus cimas. Me desprendo de las sandalias y con ellas en la mano arribo finalmente a La Playa de Las Conchas, vigilada por la impresionante Montaña Bermeja.
La belleza de la Playa de Las Conchas es directamente proporcional a su peligrosidad. Es bellísima. Una bandera roja ondea desde tiempos inmemoriales y no ha sido arriada nunca ni lo será hasta el fin de los días. Como recuerdo que una vez anterior, con los pies en la arena, un terrible oleaje traicionero estuvo a punto de derribarme y arrastrarme, no me mojo ni los pies sino que permanezco a diez metros de donde rompen las olas y vigilante. Hay un nudista, pero no se baña, ni se moja siquiera. Y yo. Nadie más. Retrocedo y busco un lugar para hacer una pequeña siesta. Y dormito con el rumor constante de las olas, ese bramido amenazante, como estampidos de cañón, y el sol tostándome cada vez que le dejan las nubes. A la una del mediodía emprendo el regreso a Caleta del Sebo. Llego a las tres. Preparo una apetitosa ensalada con lechuga, tomate, aguacate, atún y aceitunas y me como media sama que he puesto a la plancha. Me sabe a gloria, aunque más sabroso estuvo el burro de ayer. Luego me voy a hacer la siesta a La Playa del Salado, busco una oquedad confortable que me resguarde del viento incesante, con muretes de piedras, y dormito bajo los rayos de ese sol intermitente que está más tiempo oculto entre nubes que brillando fuera de ellas. Pero sigo trabajando, hasta dormido. Una historia que quizá escriba, o no: Los crímenes de La Graciosa. ¿Hay delitos en esta isla de 500 habitantes o puede haberlos? Hay guardiciviles, aunque no los haya visto porque quizá se mueven en traje de baño en sus patrullas por la isla. Un sargento y un número. Una sargento, mejor dicho, una mujer de unos cincuenta años y autoritaria, madre de un crío. El número es un joven de veintitantos años. Los dos ocultan los motivos por los que han ido a parar a ese rincón tan apartado como tranquilo. Pero alguien muere, rompiendo la tranquila rutina isleña, y no se sabe bien por qué. El solitario habitante de La Alegranza aparece con un disparo en la cabeza, un aparente suicidio con su arma de caza. Todos dan por buenas esa evidencia, menos el joven número de la Guardia Civil.
No sé. No sé si la empezaré a escribir o me olvidaré de la historia. No sigo con mis elucubraciones literarias porque el viento que sopla es gélido y me hace levantar el vuelo t salir de mi refugio. Voy medio desnudo, muy desabrigado, en contraste con todo el mundo con el que me cruzo que va con forros polares. Tropiezo con mis vecinos, por cierto. Ella es guapa y delicada; él parece un hooligan. Me saludan entre sonrisas mientras entran en su apartamento y yo en el mío. Y estoy tan helado que invierto una hora en hacer arroz con leche, aunque sólo tenga arroz, leche y azúcar (nada de corteza de limón, y eso que pasé por delante de un limonero esta mañana, ni canela) y mientras hierve, a cámara lenta, cosas del maldito butano, meriendo dos veces. Y luego abro el ordenador y leo los mails de tres mujeres. Uno de ellos es una respuesta telegráfica y tampoco esperaba más; el segundo rezuma sentimientos y ternura; el tercero es una relación de excitantes promesas. Este es el resultado de cartearme con fantasmas.

viernes, 20 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 20 de enero de 2012

Me despierta un ruido rítmico. Me digo, medio en sueños: el vecino cortando leña. Pero no estoy en Arán, me doy cuenta, cuando abro los ojos. Veinte golpes del cabezal de una cama contra la pared de un dormitorio y un largo gemido final antes del silencio. La pareja de al lado que se da los buenos días. Son jóvenes y rubios, pero no me he quedado con sus caras. De los vecinos de la izquierda sólo he visto la ropa colgada para que se seque: unos sujetadores anticuados y enormes en los que cabe mi cabeza perfectamente.
Despertarse haciendo sexo está bien. Y dormirse, también. Mi quinta vida fue muy sexual, claro: las hormonas saltaban echando chispas. De mi sexta recuerdo un coito ante el espejo de una cocina, mucho antes de que Jack Nicholson lo hiciera con Jessica Lange en El cartero siempre llama dos veces, y otro en un sillón, el último mueble de mi segunda casa. Mi séptima vida fue toda sexo, de principio a fin. En la octava hay fantasmas y ensoñaciones diversas.
Pero volvamos a la realidad. Y la realidad es que Ana Pastor desayuna en Canarias una hora antes que en la península. Hoy la que sufre su cerco es una ejecutiva de una agencia de renting, los que marcan la economía, los que dan órdenes a nuestros nefastos gobiernos de calzonazos. Entre Ana Pastor y los periodistas invitados la ponen a caldo. Deberían prohibir las agencias de calificación. Pero no sólo no las prohíben sino que les pagan por hacer informes nefandos que sirven a oscuros intereses, los mercados.
A las nueve, hora canaria, estoy en la pescadería de la lonja. Hago una pregunta no pertinente al pescadero que es para que no me dirija la palabra. ¿Qué pescado fresco tenemos? Me mira y se apiada de mí por mi aspecto de turista. Aquí todo es fresco, señor. Salgo con un burro bajo el brazo, no un asno sino un pescado isleño que responde a ese nombre. Lo dejo en la nevera de casa y me voy a dar un paseo.
No sé por dónde tirar, así es que cojo un sendero arenoso que me lleva en dirección contraria a la que quería. Tampoco pasa nada. Tengo tiempo. Dispongo seis días por delante para perderme por el norte, el sur, el este y el oeste de la isla. El sendero arenoso me lleva hasta el cementerio del pueblo y luego desciende, hasta el mar. Marea baja. El mar que ha invadido una playa interior que es como una laguna, desagua. Las partes de esa laguna sin agua son un finísimo barro que se traga literalmente los pies. El agua que vuelve al mar está fresca. Cruzo ese río improvisado de cinco metros de ancho que no me llega a la rodilla. Luego, tomo de nuevo la pista arenosa y bordeo dos playas hasta que arribo a una desierta, la playa del Salado, y, como no hay nadie y olvidé el traje de baño en el apartamento, me baño sin ropa. El agua es cristalina. Pura delicia. No había visto nunca un agua tan transparente. Braceo un rato y salgo. Me tiendo en la arena, para secarme, y luego sigo, hasta el volcán que veo al fondo de la isla, en uno de sus extremos, y destaca por una de sus paredes de azufre y de un color siena intenso. A sus pies hay una recóndita y protegida cala, la playa de la Cocina. Desierta. Desciendo y me doy un nuevo baño bajo la impresionante mole volcánica, la montaña Amarilla, que parece grabada a bajorrelieve, un cuadro gigantesco de Barceló. Me seco. Y me doy otro baño. Y me seco. Y me tumbo utilizando como almohada El mar sigue siendo azul, una muy buena novela de Fernando Martínez López que leo cuando no la tengo bajo la nuca.
Regreso a mi apartamento con mucho apetito. Hago a la plancha el burro. Preparo una ensalada de lechuga, tomate y aguacate. Descorcho un malvasía de Lanzarote. El pescado, con muchas espinas, es una delicia, sabroso y suave, de carne blanca. Disfruto comiendo en la terraza, al sol, con la vista del mar y del mirador del Río delante coronando los 425 metros del risco de Famara.
Sopeso hacer la siesta cuando termino de comer. Pero es un crimen con esta tarde soleada. Así es que me pongo de nuevo en marcha, en otra dirección, bordeando la costa por una senda estrecha, delimitada por hileras de piedras volcánicas, que me lleva por paisajes marinos de ensueño y luego se encarama a unos montes y se hace abrupto por momentos hasta que llega a Pedro Barba, el segundo núcleo habitado de la isla, un puñado de casas hermosas de paredes blanqueadas junto a las que crecen palmeras. No hay nadie salvo un isleño que debe estar al cuidado de las casas vacías. Está regando y escuchando música y me lanza una mirada oblicua. Es ya muy tarde para que alguien ande merodeando por esa zona. Así es que, sin descansar, regreso, porque quiero hacer con luz suficiente la senda abrupta que sube y baja montañas. La noche me sorprende en la senda delimitada por piedras volcánicas. El mar es una masa oscura que ruge y espumea. La brisa marina me está enfriando los hueso. Los últimos quinientos metros los hago a ciegas, guiado por el resplandor de Caleta del Sebo en el horizonte, adonde finalmente llego justo para cenar y ver las noticias: tortilla de dos huevos, patatas fritas, queso majorero de Fuerteventura y un yogur griego.
Los vecinos de al lado vuelven a las andadas. Pero esta vez no hay gemido. No hay orgasmo.

jueves, 19 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 19 de enero de 2012

Chasqueé los dedos y por arte de magia estaba en La Graciosa. Huí del frío y duro norte de cortos días invernales y hachazos a los leños para mantener siempre vivo el fuego, al sur amable que alarga las horas de sol y multiplica el tiempo. Cambié los seis grados negativos por los diecinueve positivos de las Islas Afortunadas en donde siempre es primavera. La Graciosa es una isla, tres volcanes, quinientos habitantes, muchos de ellos pescadores, calles que hacen ascos al asfalto y prefieren que las invadan la arena, playas vírgenes, tan bellas como letales, y un paisaje agreste barrido por el viento. Y me olvidaba de una pareja de la guardia civil en vacaciones perpetúas, matrimonios en luna de miel a los que premian con este apacible destino.
Tomé un barco en el pueblo lanzaroteño de Órzola, topónimo que parece vasco, después de cruzar la isla, que ya no es la cuidada por César Manrique, en una guagua ocupada mayoritariamente por guanches de habla tan cerrada a los que apenas entendía, ni ellos a mí. Las isleñas jóvenes y bellas, de piel muy oscura, tienen rasgos árabes y un hablar dulce que recuerda al de las cubanas, aunque también las hay trigueñas de ojos azules.
Durante la travesía marina de media hora escasa un miembro de la tripulación que estaba ocioso se avino a convertirse en improvisado guía turístico al verme solo en la cubierta de arriba. Me habló del despoblado Roque del Este, cuyo cono perfecto es bien visible una vez que el barco abandona el puerto de Órzola y cabecea sobre un moderado mar de fondo; de la Isla de La Alegranza, habitada por un solitario pescador que se niega a dejarla y exhibe su título de propiedad; y Montaña Clara, el cuarto islote que conforma con La Graciosa el archipiélago de Chinijo, reserva biomarina por donde nadan viejas, abadejos, bocinegros y meros. Me explica el locuaz marino como antiguamente, cuando los isleños carecían de agua corriente, la iban a buscar a una fuente de la vecina Lanzarote a la que accedían jugándose el físico por una pared vertical y la cargaban en enormes cubas de vidrio, o como los pescadores cruzaban a sus mujeres el estrecho que separa ambas islas y éstas debían subir la falda de un empinado monte cargadas con el pescado que habían sacado sus maridos para irlo a vender a Haría caminando quince kilómetros, o de qué manera llegó el agua corriente y la electricidad, hace cuarenta años, por un conducto bajo el mar, de la isla grande a esa diminuta a la que me dirijo buscando sol y agua marina.
Una tal Montse que, con ese nombre, debe de ser catalana aunque no me lo confiesa, me sale a recibir al puerto de Caleta del Sebo en cuanto amarra el trasbordador, y en su cuatro por cuatro, por los caminos arenosos de la población, que parecen del Far West, me lleva hasta el apartamento que contraté vía Internet. Es perfecto: silencioso, bastante amplio y con terraza con vistas al mar y a la impresionante pared del mirador del Río que con sus 467 metros de altura parece que vaya a sepultar la isla. Por el camino Montse me ha ido informando de los horarios de la lonja de pescado, me ha señalado los dos supermercados, los tres bares, los dos restaurantes y un bar de copas musical que hay en el muelle. No veo ninguna iglesia.
El tiempo es distinto aquí abajo, tan al sur. Las horas que mediaron para la puesta de sol se dilataron. Primero cargué de comida en un supermercado y luego me fui a dar un paseo a una playa cercana disparando mi cámara ante cada gaviota encaramada a los tejados y a unos curiosos patos de pico carnoso que deambulaban por la playa buscando alimento bajo las piedras. ¿Patos marinos? Nunca los había visto. Llegué a una despoblada playa en cuanto dejé las últimas casas blanqueadas con los marcos de las puertas azulados del pueblo y me tumbé sobre la arena, junto a unos matojos, a ver cómo desaparecía la luz del sol. Así permanecí una hora hasta que la oscuridad empezó a dominar y una brisa marina bajó la temperatura. Entonces regresé a la que será mi casa por mis próximos siete días, me hice la cena, vi las noticias y me fui raudo a la cama, muerto de sueño.

martes, 17 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 16 de enero de 2012



Hoy me levanté pronto. Las nueve y media. Tampoco muy pronto. Dejé que sonara el despertador y salí de la cama media hora más tarde. Bajé a ver a Ana Pastor al salón. Me enteré de que había muerto Fraga Iribarne, mientras subía el café. Pensé en los cines de arte y ensayo, esa pequeña ventanita a la cultura que abriò durante el franquismo, con él al frente del ministerio de Información y Turismo, y por la que se colaron algunas películas interesantes que no habría visto de no existir esas salas: El sirviente, Repulsión. Mordí la madalena. Estaba mejor de salud, con algo de apetito. Miré la pantalla del televisor. Todos pasaban por el domicilio del gallego, que eso era ante todo y de ahí esa extraña amistad con Fidel Castro que los suyos del PP veían con muy malos ojos. Sobre todo ese Aznar sin bigote que se desplaza al domicilio del finado para ensalzarle.
Creo que hoy saldré a dar una vuelta. Pero antes viene el cartero. Tengo una duda. Si es una mujer, como en efecto lo es, tendría que decir la cartera. Pero en la cartera llevo billetes. ¿Y la cartero? No sé, todo suena mal. Prescindamos del sexo. El cartero que es mujer. Hace frío cuando le abro la puerta y me entrega un giro. Bajo con la gorra puesta. Me ducho luego. Las doce. Pero antes miro el correo hotmail y gmail, contesto algunos mensajes, bromeo. Mi amiga mexicana dice que me va a enviar recetas de su país, para arreglarme el estómago, pero se resiste a hacerlo. Quizá espera a que esté curado. Casi lo estoy. Ducharse con agua caliente es placentero. Estoy un buen rato bajo el chorro hirviente, hasta que casi se me salta la piel y el calor derrite la escarcha de la ventana. Me visto. Me abrigo. Me pongo un montón de prendas encima. El jersey fetiche de Madame Bonnaire, que es lo único que me queda de ella. Y una caja de galletas vacía. Y un par de libros sobre brujas que voy leyendo y me divierten. Decido sacar a pasear a Vila-Matas. Lo hago por la economía local. Así es que a las 12:45, cuando el sol acaricia la terraza de mi bar, tomo posesión de esa mesa, que lleva quince días vacía, y empiezo a leer el libro sin sacarme la gorra canadiense de la cabeza. Aun con la gorra puesta, el abrigo de piel comprado en Estambul, en el curso de uno de los maravillosos viajes de mi sexta vida, y las gafas de sol, El camarero que lee a Thomas Mann, y al que no le pregunto si terminó La montaña mágica, me pone la cerveza de euro veinte sobre la mesa. Hablamos. Él es joven y va arremangado y con poca ropa. Yo, encogido. Pero me saco el abrigo. Hablamos de política, de luchas de religiones, de la maldita crisis, de los desheredados del mundo que deberán ponerse en pie ante el capitalismo opresor. No cantamos La Internacional. Otro día. Bebo la cerveza a pequeños sorbos. Enero, pleno invierno, montañas nevadas y yo tomando mi fría cerveza porque es un ritual. Pero falla el diario que ya no lo vende mi amiga paraguaya. Así es que leo la metaliteratura de Vila-Matas, capto sus sutiles comentarios, su sentido del humor que empieza riéndose de sí mismo y del escaso éxito de sus primeros libros. Con los derechos de autor de su primer libro publicado el editor le invitó a un gin tonic. Uno, puntualiza, porque el segundo que pedí ya lo pagué yo. Me gusta leer ese libro. Lo suelo leer antes de dormir. Lo tengo en la cabecera de la cama. Fue el primer regalo navideño que recibí, una semana antes del 25 de diciembre, enviado por una devota lectora. Y disfruto hoy de su lectura al sol, y lo iré sacando cada día que haga sol para seguir sentándome en mi mesa de la terraza en donde El camarero que lee a Thomas Mann me sirve las cervezas. Y mientras leo a Vila-Matas pienso en las muchas gratificaciones que para mí ha tenido la literatura, que, realmente, ha sido mi vida, en los muchos amigos que gracias a ella he hecho dentro de la profesión, en mi relación con lectores a los que he conocido personalmente. Juan Madrid me dijo, en una ocasión, una frase que suscribo. Estaba sereno. Es un tipo con pinta de duro, broncas, exboxeador, pero legal. Mujeriego de manual. Escribo para que me quieran, me dijo. Bueno, yo no, pero sí publico para que me quieran. Y nada me hace más feliz que recibir felicitaciones de los lectores que han disfrutado con mi novela, o alguien, creo que un mexicano, que me dijo que había empezado a escribir, y a publicar, gracias a que me había comenzado a leer.
Hoy es un día de sol. Es un día para estar en esta terraza o para hacer una excursión, ya que estás bien, no del todo, pero mejor. Quizá curado completamente si te tomaras ese Acuario azul que una amiga me receta. Así es que como poco, o casi nada, algo de verdura, que salvo in extremis de que se queme una vez evaporada el agua, un triste huevo frito y una cuajada y monto en el coche.
Tengo ganas de probar las raquetas de nieve que me compré el otro día en Barcelona. Así es que subo en coche hasta Baqueira Beret. Los esquiadores se deslizan, haciendo zigzag, por las laderas cubiertas de nieve. Suben y bajan en los telesillas. Una y otra vez. A esa hora la luz es preciosa. El cielo azul tiene una tonalidad suave y el blanco de la nieva azulea. He ido conduciendo con una sinfonía de Tchaikowski en el dial y no ha sido buena idea hacerlo. Su música me deprime. Pero me ha acompañado mientras he cruzado el valle de un extremo a otro. Pensamientos fúnebres. Lo que queda del día. Si es que ya queda algo. ¿Diez, quince años? Y luego, pura mierda hasta la nada. Y con esos pensamientos optimistas conduzco hasta el enorme aparcamiento de Baqueira Beret que, a esa hora, ya está vacío. Llego cuando todo el mundo se va. Mejor.
Luce un sol suave que va camino de su ocaso mientras me anudo las raquetas a las botas, me abrigo, me encajo los guantes en las manos, cojo mi cámara de fotos y me pongo en marcha. Tomo el camino que va a Montgarri, sepultado por toneladas de nieve helada que cayó hace quince días y se mantiene por la baja temperatura. Los crampones de las raquetas se agarran bien al hielo. Cruzo placas por las que me deslizaría irremediablemente y no resbalo. Hice una buena compra. Pero hacen ruido. Ese es el inconveniente. La nieve, o el hielo, cruje bajo mis pisadas en un estruendo continuo. Camino kilómetros, hasta que pierdo de vista el coche y el aparcamiento. Me detengo para hacer fotos, muchas, fascinado por el paisaje sepultado por la nieve, por los arroyos helados, por los árboles muertos y ese cielo azul pálido que lentamente se apaga. A las cinco y media, cuando me faltan cuatro kilómetros para alcanzar Montgarri y estoy en medio de un bosque que me cobija del frío, doy media vuelta.
Montgarri, dónde empezó todo, me digo. La desdicha que fue mi felicidad que fue mi desdicha. Un trineo tirado por huskies siberianos desciende por la ancha pista, al otro lado de la montañas, la que utilizan en verano los coches, en dirección al santuario. Oigo ladrar a los perros y hasta el silbido del látigo del conductor rozando sus lomos. Un paisaje de Jack London, de un blanco cegador moteado por los abetos oscuros que han perdido la nieve de sus ramas. Me enamoré de una conductora de trineos de huskies siberianos que fue mi desdicha que fue mi felicidad que fue mi desdicha. Pero no la llamo. ¿Para qué? Nada tiene sentido, sino regresar al punto de partida, al coche, antes de que oscurezca.
Y oscurece. Oscurece cuando ya distingo el coche en el aparcamiento, pero no soy capaz de acelerar, complicado hacerlo con las raquetas que se clavan en la nieve y en el hielo y por eso demoran mis pasos. Y, mientras ando, ya exhausto, entumecido, pienso en esos relatos de montañeros que veían próximo el refugio en la nieve y no pudieron llegar a él, que se desplomaron a veinte metros de la puerta de su salvación, incomprensiblemente, y los encontraron helados. El sol se ha ido y la temperatura baja en picado, me doy cuenta de ello, y eso que, por fortuna, no sopla el viento. Y, por primera vez, me alarmo, porque no puedo acelerar el paso, porque siento que me estoy durmiendo, que se entumecen mis piernas, mis brazos al mismo tiempo que me sobreviene un sueño traidor y una voz, desde mi interior, me aconseja que me detenga. Quinientos metros. Pienso en mi relato Los surcos de la esquiadora de fondo y lo fácil que resulta dejarse morir en la nieve. Es un suicidio pasivo. Es detenerse y ya está, esperar la congelación de tu cuerpo que se produce sin dolor ni violencia, sin más trauma que el que la sangre se hiele en tus arterias. Las máquinas que aplanan las pistas, una vez han marchado los esquiadores, descienden con sus focos encendidos por las laderas. Inútil llamar su atención, porque están muy lejos. No me oirán. Además, seguro que llego, sólo son cuatrocientos metros, ya distingo perfectamente mi coche.
Puede que de repente estemos a 8 grados bajo cero. Tengo el bigote y la barba congelados, endurecidos, y no me siento las orejas; acelero, como puedo, el paso y me las cubro con las manos enguantadas. Arribo al coche agotado y apenas acierto para desembarazarme de las raquetas, subir, encender el motor y poner la calefacción al máximo. Y desciendo.
Un ciervo, ágil, cruza por delante de mí y se pierde en la ladera nevada de una montaña dando saltos. Él sobrevive con estas temperaturas extremas, y yo he estado a minutos de congelarme. Pero es una muerte dulce, nada violenta, natural y lenta que asumes como si entraras en un sueño blanco, me dice ese yo suicida que llevo dentro y debo controlar si no quiero tener un disgusto.
Una amiga argentina me estará psicoanalizando en estos momentos, como buena porteña, e interpretando que llevo años buscando un castigo con el que expiar mis culpas y no voy a parar hasta aplicármelo.

domingo, 15 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 15 de enero de 2012
No estar en plenas condiciones físicas y solo no tiene ventajas y sí todos los inconvenientes. Durante dos días sentí el estómago al revés. Algo debí comer, aunque no sé qué, que me sentó mal. Tan mal me sentí esos dos días que sonó el despertador a las nueve y seguí durmiendo hasta las doce. Además, si no estaba Ana Pastor, ¿para qué iba a levantarme? Postrado en la cama, y maldiciendo mi escasa salud, intenté dirigir mis sueños hacia la fantasmal Chica de la habitación 511. No tuve suerte. La veía desnuda, eso sí, con todos sus turbadores detalles, pero el sueño no progresaba. Debía de tener la culpa mi malestar estomacal y las náuseas que me asaltaban en esas horas de duermevela hasta que finalmente proyecté un pie fuera de la cama y me levanté tambaleándome al mediodía. El sueño, lo sabía ahora con certeza, sólo podría tener continuación si regresaba a esa habitación 511 del hotel Balmoral. Así es que tendría que volver para reencontrarme con esa exquisita rubia.
No estar al cien por cien, sino al veinticinco por cien, como es mi caso, sólo tiene inconvenientes, repito. Hay un film de Almodóvar, sobre una escritora solitaria de novelas rosa que interpreta Marisa Paredes, que tiene una imagen sangrante de lo que es la soledad: ella quiere sacarse sus botas, ajustadas, y no puede, porque no tiene a nadie que tire de ellas y libere sus pies, y así se queda, tirada en el suelo, renegando, con sus pies martirizados dentro de esas botas presidio. Yo he de cortar leña, porque si no la corto yo nadie lo va a hacer, con el estómago revuelto y sin fuerzas, ya que llevo dos días sin apenas comer, o comiendo arroz hervido, y he de seguir propinando hachazos certeros en el garaje si quiero que la estufa de leña funcione y me caliente la casa, y falta hace porque las temperaturas bajan todos los días de los cero grados, a las ocho de la noche, a los cinco o siete bajo cero de la una de la madrugada. Así es que corto leña, sin ganas, y sin fuerzas, como una maldita rutina más y contemplando como mi reserva, que yo creía tener para dos semanas, me va a durar escasamente un par de días más, con lo que tendré, de nuevo, que ir al monte a recoger esas ramas recubiertas de hielo y cargarlas en el coche.
La leña, en la chimenea, arde bien. Ya la prendo a la primera con unos cuantos papeles de diario (de diario, porque los de revista no sirven), una bolsa repleta de virutas (las que saltan de los hachazos que doy en el garaje y luego recojo) sobre las que coloco los leños, de más finos a más gruesos, cruzados encima y luego sólo tengo que prender el papel con una cerilla, cerrar la puerta y abrir la entrada de aire para que una potente llamarada, rugiendo, prenda y empiece a devorar los leños. Pero no puedo dejar la estufa a su aire, hay que mimar el fuego para que no se apague, y eso me lleva a andar todo el santo día subiendo escaleras, los dos tramos que van de la buhardilla al salón, y viceversa (steps creo que se llama ese ejercicio tan popular y buscado en los gimnasios que hago obligado y gratis veinte veces al día) para ir avivando el fuego, cuando languidece, e irlo alimentando, sin que se empache, con nuevos leños que dejo encima de la estufa para que se vayan secando y ardan mejor cuando los meta en la caldera.
No salí estos días porque no tenía fuerzas para hacerlo, ni ganas. Y porque mi amiga paraguaya sigue haciendo boicot a la prensa y, con ello, boicot a la terraza en donde El camarero que leía a Thomas Mann servía una cerveza a las 12:45 al solitario corredor de fondo. Así es que los del pueblo, incluida la panadera que me da el parte meteorológico, la carnicera y el dueño de una bodega, que antes no me saludaba y ahora sí lo hace, han dejado de verme durante cuarenta y ocho horas y no sé qué estarán pensando que me ha sucedido, eso suponiendo que piensen en mí, cosa que dudo.
Hoy, después de ver una película en compañía (aunque la compañía estuviera a trescientos sesenta kilómetros de distancia, pero eso es lo que tiene vivir como un eremita), una comedia con Dustin Hoffman y Emma Thompson, me estuve acordando de con quién la vi en mi séptima vida, que huye de mi cabeza a pasos agigantados y empieza a formar parte de mi desmemoria. Esa película, cuando la vi con esa chica de la séptima vida, no me gustó. Y hoy, cuando la he visto con esa chica que está a trescientos sesenta kilómetros en mi octava vida y ha sido la que me ha alertado que la proyectaban, sí me ha gustado. Nunca uno es el mismo cuando ve una película, ni la ve con los mismos ojos, ni con el mismo estado anímico. Pero la película me gustó hoy, sobre todo, por Emma Thompson, uno de mis fetiches cinematográficos, con quien me casaría a ciegas si encontrara algún modo de hacerle llegar una prueba del amor que siento hacia ella desde la primera vez que la vi en la pantalla. Quizá no sea tan guapa como otras colegas de profesión, ni tan sexy, ni tan joven, pero me deslumbra su talento, sus miradas, sus sonrisas y la inteligencia, bondad y ternura que imagino inherentes a su persona.
Después de ver esa película me sentí mejor, tomé un plato de sopa con relativo apetito y una cuajada. Luego metí los últimos leños cortados en la estufa y la cerré bien, no sea que una chispa traicionera salte fuera y prenda fuego la casa, y subí a mi buhardilla y allí, de pronto, reparé en una serie de circunstancias que me acompañan a diario, y me visten, y en las que no había caído. Mis pies, por ejemplo, se cobijan en unas zapatillas que me regaló La Sonrisa Etrusca en mi séptima vida. Un jersey de cuello alto y cremallera de color gris, que llevo con cariño en casa y fuera de ella, es el regalo de la desaparecida Mademoiselle Bonnaire. La gorra de cazador canadiense que me regaló La chica de la bici no se separa de mi cabeza ni cuando estoy bajo techado, la mantiene caliente. Y una hermosa pulsera de metal y cuero, regalo de La chica de la habitación 511, se ajusta a mi muñeca derecha. Es éste último regalo el que más desconcierto me produce, porque no es posible, me digo, que quien camina por nuestros sueños y se disuelve al despertar de ellos te deje un presente real, porque toco la pulsera y es real. Claro que no sé en qué dimensión estoy exactamente.

jueves, 12 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 12 de enero de 2012




De nuevo en el Valle después de dos días en Barcelona. Una niebla espesa me hizo compañía, de regreso, hasta más allá de Lleida, lo que me impidió disfrutar de los árboles frutales, de sus manzanos, sobre todo, sembrados al lado de la carretera. Luego, pasado Alfarrás, la niebla se abrió y me acompañó la luz y un cielo luminoso hasta llegar a casa.
Se me hizo breve el camino. Pensando y rememorando, que eso hago cuando conduzco, además de procurar escuchar música clásica si doy con la emisora adecuada. Rebobinando en mi cabeza los últimos filmes que vi. Las buenas películas son las que crecen cuando ya las has visto. Las malas se olvidan en cuanto se encienden las luces y te levantas de la butaca. Es como el buen café, que te deja su sabor en la boca buena parte de la tarde aunque lo hayas tomado al mediodía. Lo mismo pasa con los buenos sueños, que crecen si consigues recordarlos. O los viajes, cuyas secuencias te asaltan constantemente con olores, imágenes, sonidos que reviven dentro de uno. La mente es un cinematógrafo que no se cansa de proyectar imágenes.
Vi dos películas, el mismo día, y tuve un sueño, que fue como una película. Drive. La historia de un conductor que trabaja como especialista en filmes de acción y alquila sus servicios a hampones que perpetran atracos para facilitarles la huida una vez han cometido la fechoría. Basada en una novela muy corta de James Sallis que acaba de editar RBA y yo regalé al Destilador Cultural que cumplía años, 29, y me hacía a mí, como progenitor orgulloso, un poco más mayor. Un buen ejercicio de estilo, la película, pero con un exceso de violencia gratuita. Además no se emplean armas de fuego casi sino cuchillos, martillos, tenedores, para que la sangre salpique la pantalla del cine Verdi, además de la cazadora de ese conductor letal. Hay una presencia fugaz de Christina Hendricks, mi mito erótico de Mad Men, que dura dos minutos en el film y además sale gorda y desastrada: la revientan de un disparo.
La otra película, vista en el Verdi, es El Topo, sobre la novela de John Le Carre, y es un desfile de buenas interpretaciones, empezando por Gary Oldman, pasando por Colin Firth y terminando con John Hurt, Control. El mundo real del espionaje no tiene ningún glamour, no hay coches de lujo ni chicas espectaculares, y los agentes viven modestamente y suelen ser alcohólicos que se anastesian con whisky la cavidad del alma que no tienen. Las tétricas cloacas del estado retratadas en su estado grisáceo en la época de la guerra fría con el bloque soviético. En esos ambientes no hay amigos, o los amigos duran hasta que tienes que matarlos porque se pasan el enemigo. Y los matas sin dudar, aunque sean tus amantes.
La tercera película está en mi cabeza, fue un sueño que tuve. Últimamente confundo ficción y realidad y no soy capaz de descubrir qué es una cosa y qué otra. El sueño, que en realidad parecía una película, podría llamarse La habitación 511. Lo tuve en esa habitación del hotel Balmoral, en donde recalé agotado por el viaje en coche desde Arán a Barcelona, acompañado con la misma niebla, que lleva días sin levantarse y empezaba en Alfarrás y terminaba llegando a la Diagonal. Me tomé, en un bar de la esquina, un pastel de tortillas y una cerveza y me dije a mí mismo que lo mejor era dormirme para paliar el cansancio de la conducción. Eso hice con la tele encendida, que siempre es buena compañía para esos menesteres. Y tuve un sueño erótico que, en realidad, se parecía mucho a un relato que escribí hace muchos años y se publicó en una compilación: El regalo de Navidad. Porque el sueño era eso, el regalo de Navidad que se daban mutuamente dos extraños: sus cuerpos respectivos para gozarlos sin límites ni pausas. Estando a dos semanas pasadas de Navidad el sueño era, per se, absurdo. Pero eso pasa con todos los sueños. Además yo no era el protagonista, sino un espectador del sueño, una especie de convidado de piedra voyeur sentado en una esquina de la habitación, y esa es la razón de que hable de un sueño/película. Aunque quizá sea una película y deba mirar en Google por si existe una con ese título: La habitación 511. El sueño era tan vívido y real como los que tiene mi protagonista de esa historia de terror que ya he terminado, que no es de horror sino misteriosa, gótica y romántica, cuyo protagonista, un escritor de novelas de género fantástico, hace el amor cada noche con una chica que parece un fantasma y lo abandona puntualmente en su cama a las seis de la madrugada. La chica del sueño al que yo asisto como espectador es rubia, alta, elegante y muy bonita. Viste toda ella de negro, con medias de ese color, hasta medio muslo, y también lo es su ropa interior. El protagonista del sueño, que no tiene cara ni edad, es un personaje comodín, aguarda desnudo y expectante en la cama. Durante cuatro horas, hasta que oscurece, los dos amantes hacen el amor de todas las formas posibles con el entusiasmo de un primer encuentro y la química de la piel funcionando hasta las últimas consecuencias: se besan, se lamen y se devoran. Son dos desconocidos que se han citado en esa habitación del hotel para darse placer, sin más, en la habitación 511, y hasta ese momento no se habían visto sino de forma circunstancial en la barra de una cafetería. Entre orgasmo y orgasmo, hablan de sus cosas, de su situación personal, de sus parejas e hijos que tienen. Y vuelven a hacer el amor. Ella tiene un cuerpo precioso y elegante y goza del sexo de forma desbocada y desinhibida. Disfruta de mí, le dice en uno de sus arrebatos eróticos, y se deja penetrar por cuarta o quinta vez, separando mucho sus muslos y abrazándose las rodillas. Quizá no es un sueño, me digo, sino que estoy recordando una película muy notable de Patriche Chereau, Intimidad, que me causó muy buena impresión cuando la vi hace unos lustros y me la sigue causando cada vez que la reviso. Los amantes del sueño, antes de despedirse, se citan para un próximo día. Eso me suena a una película del desaparecido Robert Mulligan: El próximo año, a la misma hora. El cine se mete en los sueños, imita a la realidad o ésta imita al cine. Cuando me despierto, en la habitación del hotel Balmoral, estoy solo, no hay nadie y la tele sigue a lo suyo. Así es que todo ha sido un sueño, sin posibilidad de que realmente haya pasado así, me digo desilusionado. Y además yo no era el protagonista del sueño sino un espectador del mismo. Pero tengo dudas, como el protagonista de mi relato que se llamará, finalmente, El último inquilino (barajé otros nombres, pero me quedo con el primero que le puse a esa narración corta que ha crecido tanto que se ha convertido en una novela breve) y bajo a la recepción para preguntar si han visto a una chica rubia y elegante subir a mi habitación. El recepcionista, que es un empleado discreto y amable, se queda muy sorprendido por mi pregunta y mueve la cabeza negativamente. Cuando suben chicas a las habitaciones lo que quieren los clientes es que pasen desapercibidas. Así es que yo, para el recepcionista, soy un espécimen extraño.
Pues venía soñando con esa rubia, de regreso a Arán, la de esa película que he soñado y podría llamarse La habitación 511, que quizá deba convertir en relato, o incorporar a una novela inédita que transcurre en habitaciones de hoteles, antes de que el sueño se desvanezca, y en las dos películas que vi en esa corta estancia relámpago en Barcelona, y en la fiesta de cumpleaños que organizamos para el Destilador Cultural y en los regalos que recibió además de ese Drive (la última novela de Carlos Zanón, un colega al que hay que seguir; Bajo el volcán, la buena adaptación de la novela de Malcom Lowry por parte de John Huston), y en la cena que me comprometí a elaborar e hice. Una sopa txalapeña, y mientras cortaba los tomates, los pimientos, los ajos y la cebolla pensaba en mi buena amiga pueblana; y unos solomillos con jerez y champiñones fileteados.
La casa estaba fría después de dos días de ausencia y hube de cortar mucha leña en el garaje, y quemarla, para que, poco a poco, se fuera calentando. Vi alguna película, pero sobre todo, estuve pendiente de las ondulantes llamaradas que iba alimentando con nuevos leños, y dormité, de cuando en cuando, con la esperanza de seguir en ese sueño con la chica rubia de la habitación 511 y no ser espectador, sino actor, de todo lo que tiene lugar en esa cama doble del hotel Balmoral. Pero nada. Así es que me voy a la cama, a dormir, con la esperanza de que la chica aparezca en mis sueños nocturnos y haga breve esta noche fría que cubrirá, una vez más, mis ventanas de escarcha.
La vida es sueño. La mía, sobre todo.

lunes, 9 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 9 de enero de 2012

Sospecho que en el anterior reencarnación fue leñador. No se explica, sino bajo esa circunstancia, el entusiasmo que despliego buscando leña fresca por estos bosques cuando las existencias del garaje escasean y el frío arrecia (hoy una capa de hielo cubría las ventanas del dormitorio y la buhardilla y no se disolvió hasta las doce del mediodía, cuando el sol la fundió). Digo leña fresca, pero recojo leña helada. Conozco los yacimientos. Uno es importante y hay toneladas de leña cortada que desecharon las compañías taladoras de árboles y se pudren en las veredas. Así es que yo las recojo, limpio con ello el bosque, y lleno el coche hasta los topes de leña helada, hasta que el dolor de las manos, al borde de la congelación, me lo impide.
Ese bosque, el que cubre toda esa zona del Portillón, entre Arán y Francia, está devastado. Hace cuatro años un huracán, que azotó toda Catalunya y alcanzó velocidades de 120 kms por hora, arrancó de raíz centenares de abetos, los volteó, y de esa catástrofe natural quedan infinidad de vestigios surrealistas, raíces que miran al cielo, perdiendo la tierra que tienen entre sus garras, y ramas que escarban en el suelo buscando convertirse en raíces.
Recolectar leña es un ejercicio sano. Con mi gorra, mi forro polar y el jersey de cremallera que me regaló la misteriosa Mademoiselle Bonnaire, que no se deja ver este 2012, tengo el aspecto de un habitante de las montañas, me fundo en el paisaje. Hace un día soleado y me digo que sería un crimen por mi parte no disfrutar esos instantes de sol, así es que me meto por el bosque devastado por el huracán, camino entre esos cientos de monstruosos árboles derribados por la cólera del viento, el paisaje de una hecatombe, y busco una buena piedra para tumbarme. La piedra que encuentro, más o menos del tamaño de mi cuerpo, es cómoda, así que me extiendo todo a lo largo y disfruto durante diez minutos de esa siesta campestre rozado por los rayos del sol que se reflejan, exactamente, en el Coth de Baretges al que podría llegar, si fuera águila, en dos minutos sobrevolando el bosque que me rodea.
Luego, de regreso, descargo y almaceno cuidadosamente la leña y troceo, con hachazos certeros, sin herirme las manos ( la piel fina se ha endurecido y de aquí dos días tendré las manos callosas de los trabajadores manuales) unos cuantos maderos, los suficientes para alimentar la estufa de leña todo el día.
Eso sí, creo que todo yo, desde los pies al pelo, huelo a humo.

viernes, 6 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 6 de enero de 2012



Cuando una vida se apaga te preguntas por el sentido de todo esto. Si venimos a morir, ¿por qué demonios venimos? Eso dejando aparte de que hay gente que flaco favor hizo a la humanidad viniendo al mundo: Hitler, sin ir más lejos. Tiene sentido la vida, si es que la tiene, que no lo acabo de ver con claridad, si dejas un rastro en ella. El común de los mortales deja ese rastro en forma de hijos, una forma de perpetuarse maravillosa, una trampa de la sabia naturaleza a la que pocos se resisten. Los hijos, hasta que a su vez mueren ellos, guardan memoria de sus padres y de alguna forma estos viven en sus recuerdos. Pero otros dejamos películas, partituras musicales, esculturas, catedrales, inventos, libros... con los que, en el fondo, queremos trascender a nuestra desaparición física, un autoengaño de eternidad, autoengaño porque ni siquiera el mundo es infinito y un día de estos saltará en mil pedazos y ni habrá catedrales, partituras musicales ni libros, sólo polvo cósmico.
Discutía el otro día sobre la conveniencia de la eternidad, acerca de esa fantasía, que en la mitología disfrutan los vampiros alimentándose de sangre ajena, de no morir y vivir eternamente si eso fuera factible. Hacía ese razonamiento retórico sentado en un banco, arrobado por la belleza del paisaje de este Valle, con La Arquitecta de mi vida que estaba a trescientos kilómetros de distancia y manteníamos esa conversación gracias a la cobertura de nuestros respectivos teléfonos móviles. Le comunicaba las ganas de seguir viviendo que me embargaban para disfrutar de, por ejemplo, lo que estaba percibiendo ante mí en esos momentos: unas cumbres nevadas, unos bosques bellísimos, la música del viento pasando a través de las ramas de los árboles, y el afecto hacia los seres queridos, sobre todo hacia el último, el más pequeño, entrañable, vulnerable y tierno que se asomó al mundo a mediados del 2011. Impulsivamente quería ser eterno para, por ejemplo, asistir a todos los cumpleaños de esa niña, conocer a su pareja, ver la cara que tendrían sus hipotéticos hijos, qué llegaría a ser en su vida. Pero si fuéramos eternos, como yo deseaba en aquel momento, impulsivamente y sin razonar demasiado, la vida dejaría de tener sentido me dijo con sabiduría La Arquitecta. ¿Para qué íbamos a levantarnos, desayunar, ver a Ana Pastor, escribir y pasear si eso lo podríamos hacer al día siguiente y al otro y al otro? Seguramente seríamos unos eternos vagos que no nos moveríamos de la cama y ahí se acabaría la evolución de nuestro mundo, llegaría su estancamiento y fin. Si vivimos es precisamente porque tenemos la perspectiva de la muerte y ese fin, que además ignoramos cuándo se va a producir, nos hace ser activos, generosos en nuestros afectos, epicúreos en la forma de disfrutar de la vida con todos nuestros sentidos y con la intensidad del último día porque quizá lo sea.
Una vida querida y cercana se apaga y yo pienso en la vida cuando planea la muerte en esa cama en donde respira afanosamente por instinto de supervivencia. Un hombre fuerte y luchador, defensor de la República, buen padre y abuelo, íntegro, honesto, generoso y valeroso se va apagando lentamente, como las últimas llamas de mi estufa de leña cuando ya dejo de alimentarla. Antes de que empezara a agonizar por esa muerte en vida, lenta e irreversible, que es el Alzheimer, quise enseñarle mi Valle. Lo llevé a lagos, cascadas, cimas, bosques y ríos que, a sus ochenta y cinco años, no sabía que existieran. Comimos y departimos alegremente ante botellas de vino en esa semana vacacional. Yo estaba en un buen momento de mi sexta vida, sin tener ni idea de que iba a dar paso a la séptima, y él, hacía un año, había perdido a su mujer pero, lejos de hundirse en la tristeza, quería seguir viviendo.
Estuve tres años y medio, lo que duró mi sexta vida, sin verle, pero hace unos días, precisamente el de Navidad, me encontré con él. La enfermedad había minado su cuerpo, que reposaba como un muñeco roto en una silla de ruedas, y la carne había huido de su rostro que tenía los pómulos muy marcados contra su piel que siempre había sido blanca. Sus ojos claros, bajo sus hirsutas cejas, no veían ya. Pero mantenía un suave cabello, largo, tupido y que le cubría toda la cabeza y le confería a él, un anciano próximo a los noventa años, un aire infantil. Me senté a su lado, le tomé de la mano y le dije quién era. Creo que me reconoció, porque sonrió e intentó repetir mi nombre. Luego acerqué mi boca a su oído y le canté una canción anarquista, de su época, de cuando estaba en el frente combatiendo al fascismo. Su sonrisa se hizo más amplia. A combatir, le dije cogiéndole de la mano. A combatir, intentó repetir él.
El soldado libra su última batalla en una guerra perdida, la de la vida, después de haber sobrevivido a la guerra y la larguísima posguerra que mató en vida a buena parte de este país que es España. Y yo, recibiendo la noticia sobre ese último combate, me quedo postrado en el sillón, ante el fuego, esperando que la última llama se consuma. De los troncos sólo quedó la ceniza. Me siento desolado.

jueves, 5 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 5 de enero de 2012

Ser el dueño y el único empleado del negocio tiene la ventaja de que uno lo abre cuando le place, o cuando se despierta. Olvidé el teléfono despertador en la buhardilla, así es que, cuando sonó a las nueve, debió sacar de la cama al vecino pero no a mí, que seguí durmiendo hasta las once de la mañana. Tampoco es necesario madrugar mucho ahora que no tengo a Ana Pastor como estímulo, me digo, para justificar mi vagancia en esta víspera de Reyes cuyo regalo se va a posponer hasta el día diez: me gustaría que viniera bien envuelto y con un lacito rosa. Así es que me levanté, me vestí, me calcé la gorra de leñador canadiense, que es un fragmento, apenas un suspiro, de mi octava vida, y bajé al salón comedor a encender la chimenea porque estaba helado. Con la vista en el fuego, que crepitaba alegre con un combustible formado por pequeñas cortezas y ramas, tomé mi café con leche y una porción de una tarta tatin que me hice la noche anterior agotando el stock de manzanas rojas más una verde que estaba olvidada en un rincón de la nevera y no sé los meses que llevaba allí, indultada. Mientras comía las manzanas caramelizadas y espolvoreadas con canela, ¡picante! de Marrakech, advertí que ése era un acto premonitorio, una especie de preludio. Acabadas todas las manzanas tendré que ir a por más, pero esta vez no serán cinco kilos, con una me bastará.
Subí a la buhardilla. El día estaba despejado y lucía un sol hermoso que alumbraba con una luz muy especial las cumbres nevadas de las montañas cercanas. Pude abrir, por fin, tras dos días de intentos infructuosos, los mensajes FB que se me resistían, y unos traían buenas noticias, gracias a que soplaba el Siroco, y otro, malas. La mala es que una amiga de la infancia, la que me colaba entre sus faldas (yo era un niño y ella, una adulta diez años mayor) en los cines de barrio, haciéndome cómplice silente de sus novillos, y de los de mi hermana, tiene graves problemas de salud que, desde aquí, deseo que no sean tanto y que muy pronto se recupere y nos volvamos a ver en el Café Salambó de nuestro barrio de Gracia, al lado del Verdi en donde tantos westerns vimos a hurtadillas en vez de ir a las aburridas clases del colegio. Pensaré en ella, el día de su intervención, y le enviaré todas mis energías para que salga con bien del trance. Seguro que saldrá y se pondrá buena.
Decidí que, puesto que el día era tan espléndido y mi amiga Paraguaya ha decidido no vender más prensa diaria (eso va a complicar sobremanera que yo esté a la una menos cuarto delante de mi cerveza en la terraza del bar que sirve El camarero que lee a Thomas Mann y va a perjudicar, por consiguiente, a la economía del pueblo: o voy a comprar el diario al pueblo cercano, y lo leo en una terraza de allí, o regreso con la prensa a mi pueblo para leerla en la terraza de siempre con el sol de siempre que sale a la una menos cuarto), coger el coche e ir al vecino Les a hacerme con un periódico (no tenían Público, así es que me conformé con El País) y subir luego por una carretera con enormes revueltas a Caneján, un pueblo pintoresco que está muy próximo a Francia. Dejé el coche aparcado y tomé una senda panorámica y aérea que me llevó a un villorrio semiabandonado a cuatro kilómetros, pero tuve, por el camino, dos encuentros inquietantes. Un pastor de ovejas, con aspecto de ido, me miró con expresión amenazadora cuando tomé la senda, como si el monte, el bosque, la hierba que pisaba, fuera suya. Caneján, ya lo pude comprobar tiempo atrás, no recibe con buenos ojos a los forasteros. Bueno, no generalicemos: alguna gente de Caneján. Una vez, hace años, entré en un bar y, como en una película del salvaje Oeste, se hizo silencio entre los parroquianos y todos se volvieron para mirarme. Pues una mirada parecida fue la de ese pastor de ovejas de hoy, emboscado tras las paredes de una borda, su cabaña para el ganado, y que me escudriñó con malos ojos: esas cosas se notan aunque uno no le vea, se transmite por el aire. Podía haberme acercado y preguntarle si le ocurría algo, pero no estoy para conflictos con pueblos vecinos. Así es que seguí por la senda, dejando al pastor que me miraba mal con sus ovejas y sus neuras, y disfruté, como nunca, del día, del sol, del paisaje, de la luz pasando a través de las ramas desnudas de los árboles, de las nubes ligeras que volaban por encima de las cumbres nevadas, del tapizado grisáceo de bosques sin hojas de las laderas, del murmullo de los arroyos, y me iba deteniendo cada pocos metros, un poco en éxtasis, intentando captar tanta belleza con mi modesta cámara y mi más modesto arte fotográfico, disparando tantas fotos que, seguramente, alguna me quedaría bien. Hasta llegar al final del recorrido, a ese grupo de casas medios deshabitadas (hoy estaba convencido de que lo estaban del todo porque permanecían cerradas a cal y canto, puertas y ventanas, y ninguna columna de humo salía de sus chimeneas) y me senté en un banco a leer, a terminar casi, la novela El círculo alquímico de Paco Gómez Escribano que me acompaña en las excursiones y cuando me siento ante el fuego en el sillón orejero del salón comedor (a Vila-Matas, regalo de una buena amiga, lo leo por la noche, en la cama, antes de dormir; y un libro sobre brujas del Pirineo, regalo de Mademoiselle Bonnaire, que sigue sin dejarse invitar a comer –las ocas, las ocas, las ocas-, cuando voy de un piso a otro de mi casa o después de cortar leña y comprobar que mantengo todos los dedos de las manos en su sitio). Estuve leyendo tres capítulos de la novela, al sol, en manga corta (me saqué el jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire y lo doblé en el banco porque tenía calor en pleno invierno y en lo más alto del Pirineo), hasta que se fue el sol y empezaron a llegar nubes que amenazaban con lluvia, de repente, uno de esos cambios bruscos que se producen en la montaña. Me alcé y emprendí camino de regreso y, mientras lo hacía, fui recolectando toda la madera que veía cortada por el camino, ramas de avellanos, sobre todo, que es un árbol que abunda por la zona y tiene una madera recia y sin corteza, y en uno de esos ejercicios de flexión para coger las ramas del suelo e irlas atando con la maravillosa cuerda que, para ese fin, me acompaña en todas las excursiones (hago un nudo corredizo que va perfecto para abrazar las ramas y que no se pierdan en su traslado), descubrí a un tipo, otro raro y amenazante, que me miraba fijamente, y con desconfianza (esas cosas se advierten, a pesar de la distancia que había entre ambos, un centenar de metros) desde un prado. Si todas las casas estaban vacías y deshabitadas me preguntaba de dónde narices había salido ese individuo, con aspecto de labriego (eso también se advierte, como él advertiría, a pesar de la distancia, que el tío de la gorra que iba con manga corta en pleno invierno y arrastraba unos leños atados con cuerdas era de ciudad, un forastero que estaba invadiendo su territorio) que me miraba con malos ojos. La cosa es que me estuvo siguiendo, en silencio, y sin acortar la distancia, buena parte del camino, que se detenía cuando yo me volvía y le miraba. Por suerte no vi que empuñara ninguna escopeta de caza. Y ya cuando regresaba al pueblo, cuando entraba y llegaba al coche (no, no me lo habían rayado más de lo que ya está, ni me habían pinchado ninguna rueda, pero hice las comprobaciones) volví a ver al pastor del principio, con sus ovejas, mirándome fijamente mientras permanecía apoyado en su cayado en un campo cercano. Lo vi porque sentí su mirada en el cogote (esas cosas se sienten, no sé por qué, pero así es) y me giré, y allí estaba, mirándome mal, mirando al intruso que había invadido su pueblo, que había pisado su camino forestal, que había recogido su leña caída de sus árboles por el camino y respiraba su aire de sus montañas en su pueblo. Me acordé de Deliverance de John Boorman. Y con imágenes de esa película regresé a casa, a las cinco de la tarde, dinamitando mis horarios. Comí, o merendé, o cené, que sé yo que hice (espaguetis con gírgolas, vino blanco verdejo, dos polvorones, tres porciones de turrón de Jijona, un café con leche, un zumo de naranja), encendí la chimenea, porque había vuelto a bajar la temperatura, y me arrellané en el sillón orejero a ver una película de la Sexta3, aunque más bien estuve contemplando el fuego, siempre hipnótico, que devoraba los leños de la excursión en la chimenea. Y luego seguí, en la buhardilla, puliendo mi relato de horror. Lástima que no pueda meter ni al pastor ni al labriego de hoy en él ni con calzador. Los dejaré para otra ocasión.
Las montañas, el apego del hombre a la tierra, las trifulcas por las lindes y las propiedades son causa de odios ancestrales y muertes y, por lo tanto, un buen tema para la novela negra rural. Y ahí está el famoso caso de Tor, un diminuto pueblo del Pirineo: siete habitantes, tres asesinatos y un asesino entre esos cuatro que sobrevivieron y ahí anda suelto sin que le hayan podido echar el guante.

miércoles, 4 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 4 de enero de 2012



Ahora que todo el mundo deja de fumar yo, que nunca había fumado sino ocasionalmente, cuando alguien me ofrecía un cigarrillo, fumador social, fumo, sin engancharme al vicio. Una o dos pipas diarias. Tabaco Amsterdamer, porque era el que fumaba cuando era muy joven y también tenía pipa. Además, la cazoleta incandescente y humeante es una buena compañía para el escritor, le seda, le hace ser más reflexivo, no tan abocado al texto porque debe cuidar que no se le apague la pipa.
Estuve los tres días últimos escribiendo ese relato de terror que ha resultado no serlo; fantástico, si hubiera que definirlo. Inquietante con dosis de amor. Amor por un fantasma. Lo he escrito en primera persona, pero no soy yo el protagonista, aunque tenga alguna de mis características: es escritor. Pero de novela fantástica. He tomado prestado del pasado un escenario que vi, una enorme casa del Ensanche barcelonés que, durante mi sexta vida, visité con la intención de comprar. Era uno de los pisos más grandes y hermosos que había visto, en pleno centro de la ciudad, pero antiguo, con pasillos enormes sin fin (había visto ya El resplandor de Kubrick) y seguro que lleno de fantasmas porque tuve la percepción de que en aquella casa de principios de siglo había muerto mucha gente antes, quizá en las propias habitaciones, porque antes la gente, no como ahora, moría en sus casas y allí se las velaba. Así es que fueron todos esos pensamientos lúgubres los que me hicieron desistir de comprar aquella casa a dos pasos del hotel Ritz, señorial, con chimenea y un salón de estar ideal para dar fiestas, pero con largos y oscuros pasillos y vecinos ancianos que se irían muriendo a poco que me instalara. La casa quedó aparcada en mi memoria, y ahora me la descargo para ese relato fantástico con algún que otro escalofrío de horror. No sé por qué razón el protagonista de esa historia, que también es el narrador, es de origen ruso. Quizá lo haya tomado de la pareja de La chica que admiraba a León Trotsky que nació en Rusia. Sí, algo de él tiene. He robado el alma y el físico a un portero que tuve en la tercera casa de mi sexta vida, alguien que habría contratado David Lynch para interpretar El hombre elefante tal cual, sin añadir nada a su monstruosa apariencia. Y le he robado el físico, y casi el alma, a una chica que conozco para que sea el fantasma que inquieta los sueños de mi protagonista ruso, que se le aparece y desaparece noche tras noche sin que llegue a saber si existe en la realidad o no. Así es que he metido todos esos elementos en la coctelera literaria, los he agitado y ha surgido la historia que no ha sido como yo lo había planeado, que se ha torcido y derivado hacia dónde ha querido ella, la historia. La magia de la literatura.
Cada escritor tiene su método para escribir, sus pequeñas trampas. Mi trampa es muy sencilla: no tengo método. Me siento ante el ordenador y dejo que la escritura fluya de dentro. Me invaden los personajes, recreo los escenarios, porque los voy recorriendo de la mano de ellos y literalmente los veo, incorporo lo que sucede a mi alrededor cuando conviene a la historia (por ejemplo: el crujido de un mueble en la noche, que es algo que siempre produce inquietud, y que oí anteayer, cuando estaba enfrascado en escribir y me había dejado la puerta de la calle abierta, aunque eso no lo supe hasta la mañana siguiente). Suelo hacer esa primera fase de escritura a impulsos, es decir, que escribo sin freno, me dejo comas, me como letras, cometo un sinfín de errores ortográficos porque el dedo se me va de la V a la B, por ejemplo, que son vecinas en el teclado, pero no lo corrijo. Ni siquiera pongo los guiones en los diálogos que quedan mezclados con el texto. Corrijo cuando calculo que he acabado el relato; éste, al final de las veinticinco o treinta páginas que aproximadamente tendrá. Me estoy una hora, entonces, pasando el corrector ortográfico, y luego leo el texto, y corrijo. Y lo vuelvo a leer, otra vez, y a corregir. Pongo entonces los guiones de los diálogos, y los mejoro al oído. Eso es fundamental: que cada personaje pueda ser identificado por la forma de hablar.
Es un proceso éste, el literario, muy similar al de una escultura. El escultor primero corta la piedra; luego le va dando forma, lentamente; finalmente, la pule al detalle. Los detalles son importantes, fundamentales. Sin detalles una novela tendría una página y un relato, dos líneas. Los detalles son la vida que tiene la narración. Hay que mimar a los personajes, porque sin ellos no hay narración posible, no hay historia: no me veo con ánimo de escribir la historia de una piedra, aunque hay gente que lo hace: mi amigo Francisco Javier Irazoki que escribió un texto extraordinario sobre una bomba lapa. Hay que saber explicar lo que dicen los personajes, y lo que callan. Los silencios también son importantes. Y otra cosa fundamental que se me ha olvidado por el camino: el punto de vista de la historia. Aunque yo nunca lo sé hasta que no me pongo delante de la pantalla del ordenador y empiezo a escribir. Esta historia de fantasmas, por ejemplo, podría haberla escrito en tercera persona y no sé bien cuál es la razón por la que la he escrito en primera.
El proceso creativo es duro y exige disciplina, y a veces uno se encalla en, por ejemplo, poner punto final a la narración. Cuando eso pasa debe uno levantarse y hacer otra cosa y ya vendrá ese final que se resiste. Yo, por ejemplo, me he ido a recolectar leña al bosque que tengo a cinco minutos de mi casa. Me he ido después de comer unos espaguetis con champiñones que no acaban de salirme tan buenos como la primera vez que los hice. Me he ido al bosque, a coger leña, porque estoy terminando las provisiones, y toda la que he encontrado, cercana a un río que corría por en medio de la arboleda, un paisaje artúrico y musgoso, con el suelo tapizado de hojas que se adherían a las plantas de las botas, estaba empapada de agua, rezumaba humedad, el musgo la cubría. Ya se secarán, me dije, mientras reunía un buen haz de leños cortados que iba recogiendo del camino y los anudaba con una cuerda de tres metros que me había comprado por la mañana en la ferretería del pueblo, de la que soy su mejor cliente. Los arrastré por el camino, hacia mi casa, con gran esfuerzo, y terminé con las manos y las muñecas, en donde me anudaba el otro extremo de la cuerda, doloridos. Lo dejé todo a secar en el garaje. Y subí a la buhardilla, a ver si se me ocurría un final más brillante que el que originalmente había puesto. Así es que, me doy cuenta ahora, tengo también mi método de escritura, algo anárquico, porque nunca hago fichas de los personajes, sino que estos se dibujan según aparecen en el texto, pero un método a fin de cuentas que empieza cuando una idea me ronda la cabeza, la sueño durante varias noches y finalmente me arrastra a escribirla, porque es la historia la que escoge al narrador, no nos engañemos, y nosotros, los escritores, meros escribas que escribimos al dictado de no sabemos quién.
Tampoco estoy muy convencido del título del relato, provisional, que me suena mucho a Polanski: El último inquilino. Será otro. Tengo hasta el día de Reyes para que se me ocurra. El título y el final. Pero no me angustio. Siempre sale. Nunca me ha ocurrido que un texto me haya derrotado. Al final consigo domarlos y conducirlos. O eso creo. O eso es lo que me deja que crea el texto.

lunes, 2 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 2 de enero de 2012



Nada como ver una película a solas. Es otra película. Eres libre de explicitar tus emociones. Aunque esa película la hayas visto unas cuantas veces antes, no importa. Además, hoy era día de cine. Llovía después del vendaval nocturno que trajo nubes y agua. Nevaba en las altas cumbres, por donde yo andaba ayer. Los bosques que veía por la ventana de la buhardilla estaban espolvoreados de azúcar glas, como me dijo Miss Apple. Las nubes parecían brotar de ellos, como humo de un incendio imposible. Los caballos pastaban en el prado que es mi cuadro de todos los días, indiferentes a la lluvia como antes lo fueron a la nieve. Así es que no salí de casa. O sí salí, lo imprescindible, un instante, para comprobar que había dormido con la puerta de la casa abierta, que se me olvidó cerrarla anoche, por lo que alguien pudo entrar y visitarme, y tras cerrarla de un portazo me fui a comprar Público a mi amiga paraguaya. No hubo cerveza en el bar de El camarero que leía a Thomas Mann puesto que no había mesas fuera y seguía lloviendo. Así es que regresé a casa con el periódico bajo el brazo, lo leí por encima, miré cómo llovía y caían las gotas de los tejados vecinos y organicé la tarde.
Hice un buen fuego después de comer verdura y carne. Me arrimé a las llamas que enseguida prendieron, a pesar de estar húmedas (los leños que cogí en la excursión de ayer estaban empapados de agua, pero el fuego los seca pronto) y me dispuse a ver Las amistades peligrosas, una de mis películas favoritas, por sexta o séptima vez, algo que suelo hacer siempre con las películas que me gustan porque en cada visión descubro algo que me pasó inadvertido en la anterior, porque el que se sienta a ver la película nunca es el mismo espectador de años atrás. Menos inocente, más escéptico, más de vuelta de todo. La disfruté una vez más, y no pude evitarlo. La disfruté como nunca lo había hecho en todos los visionados anteriores, y no pude evitarlo. Capté en toda su agudeza los diálogos sin desperdicio del gran Christopher Hampton, el guionista de la reciente Un método peligroso, que adaptaba brillantemente para la pantalla la novela de Choderlos de Laclos, militar metido y escritor, que en su día leí en la colección La Sonrisa Vertical. Gocé, y no pude evitarlo, de la magistral puesta en escena de su director, Stephen Frears, que estaba en estado de gracia en 1988 y en el mejor momento de su carrera cinematográfica. Y me derretí literalmente, y no pude evitarlo, con las interpretaciones de John Malkovich, con su cara de serpiente, encarnando al perverso vizconde Valmont, y Glen Close como marquesa de Merteuil, dos malos malísimos pero tremendamente vulnerables al fin y al cabo. Me recorrió un escalofrió por la espalda, y no pude evitarlo, cuando Valmont, cumpliendo su papel de seductor desalmado que juega con los sentimientos de las personas, y está enterrando los propios sin él saberlo, y condenándose, hiere una y otra vez a la virtuosa Madame de Tourvel (maravillosa Michelle Pfeiffer que interpreta con la mirada acuosa de sus ojos azules) repitiendo como un mantra la frase Y no pude evitarlo cuando le miente y le dice que no la quiere, que le ha sido multitud de veces infiel, que le aburre estar con ella, que la abandona, que se busque otro amante, y no puede evitar ser tan cruel con ella un Valmont esclavo de si mismo, de su reputación, caído en la zanja de su propia trampa: enamorado hasta el tuétano como su víctima lo está de él. Me estremecí, y no pude evitarlo, con esa secuencia del duelo en la nieve en la que Valmont / Malkovich se deja matar por el estoque del caballero Danceny (un Keanu Reeves casi en la adolescencia) y le ruega, en su agonía, que le diga a la moribunda Madame de Tourvel lo mucho que la quiso y le perdone por haberla maltratado. Y se me erizó la piel, y no pude evitarlo, en el broche final de este film memorable, con esa desoladora imagen de la marquesa de Merteuil / Glen Close huyendo de la ópera, abucheada por la platea, que trastabilla, que se quita todo el maquillaje ante el espejo, cuando llega a su palacio, que se enfrenta a sí misma sin artificios, a su más completa soledad, a la realidad desprovista de máscaras y trampas. Así es que como estaba solo, y no podía evitarlo, como yo era el único espectador de mi cine, como nadie me veía salvo yo mismo, me harté de llorar, sí, por la película, primero, luego quizá por otras cosas, aprovechando la coyuntura, y confieso que fue un ejercicio saludable, porque lloré esta vez por todas las veces que vi Las amistades peligrosas en compañía y no lo hice por decoro, por las que las vi en el cine y me aguanté las lágrimas cuando encendían las luces, las que vi en compañía de mis hijos porque no quería que vieran a un padre sensiblero, las que vi en compañía de las mujeres de mi vida, ante las que no podía deshacerme en lágrimas por lo que hubieran pensando de mí. Y lloré porque Las amistades peligrosas, además de ser una película tristísima, como era el día de hoy en cuanto me alcé de la cama, triste y lluvioso día de cine, romántica que no cursi (lo siento, o no lo siento, pero el romanticismo fue uno de los más fructíferos movimientos artísticos de la humanidad), es una obra maestra, redonda hasta en sus más insignificantes detalles, con actores inspiradísimos que van desde esa Uma Thurman interpretando a Cecile de Volanges, inocente y sensual que ofrece sus nalgas como escritorio de las perversas misivas que escribe Valmont con pluma de ganso, a un Keanu Reeves mucho antes de ser el famoso actor que luego fue. Sí, lloré por la perfección artística de esta película espléndida, como lloré la primera vez que vi La Alhambra de Granada o se me hizo un nudo en la garganta al ver con mis ojos el Taj Mahal o el Cañón del Colorado. Lloré como cada vez que escucho a Mahler, y por eso no le escucho.
Y me doy cuenta, y no puedo evitarlo, de que los usos amorosos no han cambiado esencialmente de aquella época, el siglo XVIII, a la actual, el XXI, salvo en las formas. Si entonces los enamorados y los futuros amantes se enviaban, por medio de criados, esas misivas lacradas, perfumadas y envueltas en cintas de colores que estaban llenas de insinuaciones y florido lenguaje amoroso de doble sentido para conseguir una cita, el método es ahora el sms o el mensaje vía FB, exactamente igual, con el mismo fin, con la misma mecánica. Lo escrito, en papiro, papel de barba, teléfono móvil u ordenador, puede ser más turbador, y desde luego más cómodo, que la comunicación directa que luego vendrá o no. Otro asunto sería saber cómo se relacionaban los campesinos de aquel siglo XVIII antes de que guillotinaran a sus petimetres aristócratas, pero esos no concitaron el interés de la literatura.
Tiramos el sedal a los ríos y esperamos pacientemente a que el salmón pique. Y el salmón, alguna vez, nos arrastra río abajo y nos ahoga. Y no podemos evitarlo.