sábado, 25 de febrero de 2012

LITERATURA

Sábado 3 de marzo a las 19 horas


José Luis Muñoz presenta el libro

CUENTOS DE UNA MAESTRA RURAL

(Lapizcero Ediciones, 2012)

de Rosario Muñoz Martín

Librería Estudio en Escarlata

c/ Guzmán el Bueno, 46

MADRID
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El próximo sábado día 3 de marzo, a las 19 horas, presento en la Librería Estudio en Escarlata de la calle Guzmán el Bueno 46 de Madrid el libro Cuentos de una maestra rural (Lapizcero Ediciones, 2012) de Rosario Muñoz Martín. Será una presentación entrañable y especial. Por que Cuentos de una maestra rural es el primer libro que publica esta escritora novel de...91 años. Y, además, se trata de muy mi querida tía paterna. Así es que acudan todos a arroparla, porque se lo merece.


LA ESCRITURA Y LA VIDA
Este prólogo va a ser, sin duda, el más personal que escriba por mi relación familiar con la autora de este ramillete fresco de relatos en los que campa un humor entrañable e irónico y un acertado retrato de la cotidianidad. Del buen quehacer literario de la autora he sido testigo durante muchos años y usted, lector, va a disfrutar de él en cuanto abra el libro y empiece a leer los exquisitos relatos que conforman Cuentos de una maestra rural.
¿Por qué es especial este prólogo? Porque Rosario Muñoz es mi tía por parte de padre y, como a su hermano y a su sobrino, que esto escribe, alguien le inoculó ese virus que es la literatura que nos dio el don y la capacidad para contar historias.
Cuando me preguntan qué es para mí la literatura, mi respuesta, casi un automatismo, no se hace esperar: la vida. Al menos mi vida. Porque sin la literatura, seguramente, mi existencia sería muy distinta, mucho más oscura, anodina, con menos alicientes, irremediablemente peor.
Rosario Muñoz es una persona longeva, pero llena de vitalidad, un ejemplo envidiable para los que aspiramos a tener su edad, su atildado aspecto físico y su prodigioso estado mental. Sólo los muy jóvenes, o los muy mayores, pueden presumir de los años que tienen. Pese a su edad, Rosario Muñoz escapa al prototipo de anciano sencillamente porque no lo es, y no sé en qué edad está, pero sospecho que no ha llegado a la tercera y debe de estar en algún recoveco de la segunda.
El término anciano se asocia a una persona al final de su vida y desapegado del mundo que le rodea, sin más interés que el plato de sopa encima de la mesa o los rayos del sol que entran por la ventana y llenan su casa de luz o el banco del parque; eso no casa con la autora de esta colección de relatos deliciosos. Rosario tiene 91 años, y una escritora que publica a esa edad es ya todo un acontecimiento en esta sociedad en la que ser joven vale más que tener talento. Si les digo que, además, Rosario está al día de todas las nuevas tecnologías, es una lectora voraz, se interesa por todo lo que pasa a su alrededor y escribe a diario, porque disfruta con ello, estaré haciendo un retrato aproximado de esta mujer extraordinaria y entrañable que tengo la fortuna de tener por tía.
Las muchas vivencias de Rosario, que se reflejan en sus cuentos de una factura impecable, nacen de esa larga posguerra que una buena parte de España sufrió en sus carnes; años de penurias, trabajo duro y ausencia de las más elementales comodidades que ella supo afrontar con valentía, amor a los suyos y un impagable sentido del humor que mantiene intacto hasta la fecha y es una de sus claves vitales. Maestra rural casada con un médico y madre de cinco hijos, los años que Rosario pasó en pequeños pueblos de la Castilla profunda en la que el agua había que ir a buscarla a la fuente, la luz era un artículo de lujo y los fríos inviernos se pasaban junto al fuego de la chimenea, forjaron su carácter fuerte y combativo y le crearon, además, un poso memorístico que ella va recuperando en los relatos que nos ofrece. Rosario hace literatura de lo cotidiano, de las charlas en los patios de vecinos, de los encuentros de jubilados en los parques o en las consultas de los ambulatorios, con un lenguaje ajustado a lo que relata, diálogos chispeantes, que domina con la soltura del que tiene buen oído, mirada tierna hacia los seres humanos que retrata y una ironía extraordinaria que encontramos entrelíneas.
Ninguno de los cuentos que integran este volumen tiene desperdicio y todos son brillantes. Paseos por el parque relata con sentido del humor los encuentros que tienen lugar en esos oasis entre edificios que hay en las ciudades, reservas para “personas con fecha de caducidad próximas”, como dice su autora. En Mi vecina Eufemia, Eu desde que entramos en Europa y en el euro, retrata a una entrañable mujer a través de conversaciones de rellano. La matriarca, la pieza más larga, casi una novela corta, es un desternillante retrato de familia de aire berlanguiano; Los ruidos es una narración inquietante sobre una paranoia que tiene su origen en la infidelidad matrimonial. En La ribera oscura sigue los pasos de una mujer que padece alzheimer y quiere quitarse la vida ante la indiferencia de los suyos. En la espera de un consultorio médico tiene lugar El poeta rural, en el que un vate creído de sí mismo ameniza a su paciente vecina con sus versos insípidos. Cuentos de aldea: El Duero, es una dura diatriba contra las maledicencias de los pequeños pueblos, sus difamaciones y linchamientos morales. El monte sereno es un relato cruzado por el misterio y la superchería que gira alrededor de una santera maldita. Y Cuentos de aldea: Padre, es una dura historia que retrata la miseria moral de unos pueblerinos que se ceban en el dolor ajeno y ocultan terribles realidades.
Sirva esta colección de relatos entretenidos y maravillosamente bien escritos, con un estilo directo y sencillo que va al corazón del lector, y seguramente le harán sonreír en muchos de sus pasajes, como carta de presentación de esta autora fuera de norma que llega a la literatura cuando otros muchos se han ido de la vida. Y esperamos los que la apreciamos que siga su fructífera andadura literaria y que a este libro siga otro, y a ése, otro más, porque la literatura es la vida.
Gracias, Rosario, y bienvenida a este club que llevaba muchos años esperándote.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

CINE

LA CONSPIRACIÓN
Robert Redford


Seguramente Robert Redford será recordado más como galán cinematográfico por excelencia e impulsor del cine independiente que se hace en Estados Unidos a través del festival de Sundance que organiza cada año, que por sus méritos como director. En esta última faceta cinematográfica el protagonista de Dos hombres y un destino y actor fetiche del desaparecido Sydney Pollack tiene una filmografía muy irregular. Recibió el oscar por la, en mi opinión, su peor película, Gente corriente, y a esa misma altura estaba la soporífera y bien intencionada Leones por corderos, una crítica política demasiado suave hacia el stablishment de su país, o Un lugar llamado Milagro, un curioso remedo de realismo mágico a mayor gloria de Sonia Braga, que fue pareja del actor director; muy superiores, en cuanto a calidad cinematográfica, son sus dos filmes que podríamos denominar “ecológicos”: El hombre que susurraba a los caballos, en el que asistimos al despertar como actriz de Scarleth Johanson, y El río de la vida, dos bellos ejemplos de cantos a la naturaleza a la par que relatos iniciáticos, mientras que Quiz Show, el dilema, otra de sus cintas sociales, no acababa de cuajar, en mi opinión, por su marasmo narrativo que abocaba al espectador al aburrimiento.
La conspiración, su último trabajo tras la cámara, pertenece a uno de los subgéneros más genuinamente norteamericanos, el cine judicial, que ha dejado un sinfín de obras maestras a lo largo de su historia (Doce hombres sin piedad de Lumet, Matar un ruiseñor de Mulligan, Testigo de cargo de Hitchcoock, sin olvidarnos de El proceso Paradine, del mismo director, y un larguísimo etcétera) y se centra Redford en diseccionar el proceso que llevó a la horca a los asesinos del presidente Abraham Lincoln, a las puertas del fin de la guerra que enfrentó norte y sur del país, un grupo de insurgentes sudistas que aprovecharon una función de teatro para asesinarlo de un pistoletazo disparado por el actor de teatro John Wilkes Booth (Toby Kebbell) cuando el estadista estaba en su palco. El film de Redford se centra en la figura de Frederick Aiken (James McAvoy), un abogado militar y héroe de guerra, y en Mary Surrat (Robin Wright), cuya principal culpa parece ser la de haber permitido que los conspiradores se reunieran y planearan el magnicidio entre las paredes de su pensión y ser la madre de John Surrat (Johnny Simmons), el único miembro del grupo al que no consiguen capturar, y en el denodado esfuerzo del primero por salvar la vida de la segunda, convencido de su inocencia, enfrentado a una marea de venganza que quiere pasar por encima de la justicia y llevarla a la horca como castigo ejemplarizante
Robert Redford no cuestiona el sistema judicial norteamericano (el film no es un alegato contra la pena de muerte, que forma parte del acerbo cultural del pueblo estadounidense como la Coca-Cola o la revista Playboy) sino que denuncia una injusticia puntual y, en este caso concreto, la intrusión clara de la política en un proceso que más bien fue un linchamiento porque los procesados, y condenados, no gozaron de suficientes garantías judiciales para defenderse. La relación que se establece entre ese hombre justo, a pesar de estar en el bando contrario y de las presiones que recibe de círculos próximos para que deje un caso que no le va a beneficiar, que es el abogado Frederick Aiken, y la adusta Mary Surrat, que acaba agradeciendo sus esfuerzos, centran este film que el intérprete de Memorias de África conduce con tino y tiento, ilustrando el sólido guión de James D. Solomon y sin desviarse de los cánones del género. Un film de factura clásica, bien dirigido, bien ambientado y bien interpretado (entre sus secundarios de lujo destaca un Kevin Kline que compone un odioso Edwin Stanton, ministro de la guerra y principal impulsor del castigo ejemplar a los acusados, y Tom Wilkinson que está perfecto como el humano Reverly Jonson, el mentor del abogado Aiken) que no decae en sus algo más de dos horas y nos ilustra sobre un acontecimiento poco conocido que Redford tiene la habilidad de resucitar en la que es una de sus mejores películas además de lección de historia.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LITERATURA

EL MAR SIGUE SIENDO AZUL
Fernando Martínez López
Ediciones Baile del Sol, 2011 , 442 páginas

Del accidente de Palomares poca información se tiene más allá de la anécdota de ese baño histórico que se dio Fraga Iribarne, con un bañador antediluviano, y la afirmación sesgada de que las bombas atómicas que perdieron frente a ese pueblo de Almería los B52 de las fuerzas armadas norteamericanas eran inocuas y no causaron daños, algo que nadie se creyó en su momento y menos los directamente afectados.
Fernando Martínez López recupera ese suceso lejano y lo noveliza, pero no sólo se limita a hacer una pormenorizada relación del accidente, en el que perecieron siete tripulantes de las naves siniestradas, sino que, con una gran ambición por su parte, construye una intriga en la que Palomares sigue aportando víctimas a causa de sus niveles de radiación, dos personajes del pasado se vuelven a ver las caras (el alemán Karl Braum, traumatizado por los bombardeos aliados de Dresde y residente en el pueblo almeriense, y el norteamericano Daniel Williamson, que lo capturó y es, en Palomares, el general al mando de las tareas de supervisión de la zona); desaparecen misteriosamente dos de los habitantes del pueblo, por culpa de unos documentos secretos que se perdieron en el vuelo, la carpeta de combate, y los descendientes de esos dos hombres viven secularmente enfrentados.
La arquitectura narrativa de El mar sigue siendo azul es perfecta, y eso tiene mérito al tratarse de una novela tan extensa como ésta. A lo largo de sus más de 400 páginas, Martínez López va alumbrando sucesivas subtramas, que se complementan, para ofrecer al lector una aproximación al desastre nuclear, en el que el gobierno de EEUU ninguneó a la dictadura franquista, y nos muestra el factor humano del suceso, más allá del accidente en sí: la forma en que cambió para siempre la forma de vida de ese tranquilo pueblo de la costa de Almería.
En cuanto al vehículo literario sólo decir que es perfecto, que no tiene fisuras, porque todas sus piezas encajan, que la documentación, extensa y fidedigna, se digiere perfectamente por lo bien imbricada que está en la trama, y que el autor demuestra agilidad a la hora de crear personajes de todo tipo, edad y condición (Pedro Fenoy Sánchez, Antonia Salcedo, Diego Parra, Consuelo, Rodrigo, Gines Parra, Rocío...) en una narración que se distingue por su coralidad.
Nos encontramos, pues, ante una novela cuidada al detalle, primorosamente bien escrita y que revive unos acontecimientos olvidados que cambiaron la vida de Palomares aquel día fatídico. Y la postrer víctima de las bombas se produce en el último renglón de la novela con el que el autor pone el broche final.
En un pueblo del sur de España que perdió su anonimato para siempre por la caída de las armas de guerra más destructivas que el ingenio humano había diseñado.
Una novela recomendable, a la que sólo le pondría una pega (el lector querría saber más del enfrentamiento Braum/Williamson, que queda en apunte), y un autor al que no hay que perder de vista porque nos dará nuevas alegrías literarias.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

jueves, 23 de febrero de 2012

CINE

NADER Y SIMIN.
UNA SEPARACIÓN
Asghar Faradi



La calidad del cine iraní no es cosa de modas pasajeras. En el estado islámico de los ayatolás, a pesar de las muchísimas cortapisas que ponen los integristas del sistema político-religioso a la libertad creativa, sobrevive un núcleo de cineastas que sortean como pueden los escasos márgenes de libertad que tienen y facturan con constancia y rigor una serie de películas dignísimas que han contribuido al prestigio de esa cinematografía hasta hace poco desconocida. Abbas Kirostami es el más reconocido en el ámbito internacional (El viaje, Y la vida continua, A través de los olivos, El sabor de las cerezas, Copia certificada), pero no se debe olvidar a Bahman Ghobadi y su durísima Las tortugas también vuelan, Majid Majidi y su film Baran sobre los refugiados afganos y sus condiciones de vida en Irán, Hana Makhmalbaf, la directora de Buda explotó por vergüenza, Mohsen Makhmalbaf, el autor de Kandahar o a Jafar Panahi y su film El globo blanco. El cine iraní, que se caracteriza por su tono intimista y carácter social, digno heredero del neorrealismo italiano, ha sido reconocido en el ámbito internacional con numerosos premios en festivales de prestigio.
Nader y Simin, una separación es la historia de una ruptura matrimonial (alguien la ha comparado con Kramer contra Kramer de Robert Benton), en el seno de una familia de la clase media formada por Simin (Leila Hatami), la esposa joven, independiente y emprendedora que quiere buscar nuevos horizontes fuera de su país, y Nader (Peyman Moaadi), su marido, que decide quedarse para cuidar a su padre enfermo de alzheimer. Cuando Nader, abandonado por su esposa y también al cuidado de la única hija del matrimonio, decide buscar una cuidadora que se haga cargo de su imposibilitado progenitor, surgen los problemas y la situación se deteriora porque la vida sin Simin se le viene encima. Un improcedente empujón propinado por Nader a la cuidadora, cuando la despide porque cree que le está robando, tiene como consecuencia aparente que ella pierda el hijo que espera, y a partir de ahí la situación se va complicando de forma imparable hasta llegar a un proceso judicial lastrado por la diferencia social entre los demandantes (desempleados y de clase baja) y los demandados, (profesionales bien cualificados) y en el que unos y otros mienten y deforman la realidad para esquivar sus responsabilidades.
Con un pulso narrativo firme, austeridad de medios, estilo documental y un trabajo interpretativo de primer orden, Asghar Farhadi construye este drama familiar que deja heridos por el camino (una hija que no se decide a tomar partido por ninguno de sus padres, pero tendrá que hacerlo, y el director lo deja hábilmente en el aire) y se va tensionando a media que avanza y mantiene al espectador clavado en la butaca, pero es también un retrato implacable de la sociedad iraní, con sus luces (puede llamar la atención al espectador occidental la facilidad con que se concede un divorcio, por ejemplo) y sombras (la lucha de clases siempre presente, y el pobre, y si además tienen antecedentes penales, siempre será estigmatizado tenga o no razón; la religión como espada de Damocles que hará decir la verdad a los que mintieron). Un cine social con la misma solvencia e incisión que en Europa hace Ken Loach, por poner un ejemplo conocido, y que cuestiona valientemente la burocracia de su país (las investigaciones judiciales y policiales para dilucidar exactamente lo que ha sucedido adolecen de un sinfín de vicios) y la vida cotidiana de un país asfixiado en una zona gris.
Nader y Simin, una separación es una película redonda que no hace más que confirmar el buen momento de esta cinematografía que llega a nosotros gracias a las plataformas de los festivales que las dan a conocer y premian.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LITERATURA

LLUEVE SOBRE LA HABANA

José Luis Muñoz







Desde mi punto de vista, nos encontramos con la mejor novela escrita hasta la fecha de José Luis Muñoz o al menos la más redonda, la que más me ha convencido de todas las que he leído de este autor, bastante honesto en todo lo que escribe – nunca nos da gato por liebre – y que merece la pena siempre leer.
Se trata, en esta ocasión, de un thriller ambientado en La Habana que funciona perfectamente como novela negra o policiaca de esquema clásico, pero también como una suerte de documento social y político acerca de la penosa situación que padecen los cubanos como consecuencia de la dictadura castrista de Fidel. En ese sentido, tan importante es la investigación o peripecia policial como la descripción de ambientes y personajes, por lo general asociados al lumpen y la prostitución; en definitiva, supervivientes de todo tipo o pelaje, cuyas actitudes, maneras de pensar o decisiones, equivocadas o no, surgen como una necesidad imperiosa de sobrevivir a toda costa. En ese sentido, pienso que el retrato que hace el autor sobre la situación cubana resulta bastante veraz y convincente, a la par que riguroso y objetivo.
Toda la acción de la trama recae sobre Rodríguez Pachón, un peculiar instructor de policía, putero y cinéfilo y sin embargo voluntarioso y eficaz, que se convierte en la estrella de la función y con quién el lector entra enseguida en complicidad y conexión. A través de él vamos recorriendo los diferentes rincones de La Habana y conociendo a una serie de personajes con los que se relaciona y que son, como señalé anteriormente, fiel reflejo de la lamentable situación de la sociedad cubana, regida por Fidel Castro. Por lo tanto, LLueve sobre La Hábana es una novela negra pura, protagonizada por un personaje mezcla del Inspector Maigret de Simenon y el detective duro y nihilista de Raymond Chandler, que conoce perfectamente el terreno donde pisa y que trabaja por libre. Además, hace gala en todo momento de una infatigable cinefilia, lo que le permite al autor introducir constantes referencias cinematográficas a lo largo de la narración, citando títulos de películas o reproduciendo situaciones o diálogos similares a los de algunos clásicos del cine negro.
Combinada con la historia policial aparece otra de tipo sentimental, experimentada también por Rodríguez Pachón, con ecos (lejanos) de Vértigo de Hitchcock, y que tiene que ver con la doble obsesión amorosa que éste siente hacia una mujer y una jinetera que se le parece. Esta trama está perfectamente enlazada con la policiaca pero, desde mi punto de vista, de manera desigual; es decir, parece que durante gran parte de la novela la desazón sentimental que Pachón siente por esta mujer es más importante que la resolución del caso. De igual motivo, sirve como excusa para introducir bastante escenas erótico-festivas que son de agradecer y que están muy bien narradas y descritas por Muñoz, situaciones que muchos autores actuales – españoles y extranjeros – nunca suelen resolver satisfactoriamente para mi gusto.
Por último señalar, la importancia que tiene la situación política en la detención del asesino en serie, autor de varios homicidios a jóvenes jineteras, y que no puede ser detenido porque razones diplomáticas ya que es norteamericano y trabajador de la Embajada, algo realmente muy original y que impide que la acción sucede en otro lugar que no sea La Habana.


La Página Ediciones, 2011. 287 páginas.
JOSEPH B MACGREGOR en Mundo MacGregoriano

CINE

LA VOZ DORMIDA
Benito Zambrano



Se le ha achacado al director Benito Zambrano, autor, entre otras, de las películas Solas y Habana Blues, ambas excelentes, de maniqueísmo a la hora de abordar la novela homónima de la escritora extremeña Dulce Chacón, y de un exceso de sentimentalismo en su dramatización. Pero es difícil, casi imposible, no caer en ellos cuando lo que se cuenta es una historia de víctimas y verdugos de la que emocionalmente estamos todavía tan cerca. Es como pretender que Steven Spielberg deje bien a los nazis en La lista de Schindler.
Con un deliberado subrayado dramático desde la primera imagen, y una enorme carga de humanidad, el director andaluz recrea la durísima y cruel posguerra española que siguió a la salvaje guerra civil y dejó tirados en las cunetas de España aproximadamente a doscientos mil fusilados cuyos familiares aún los andan buscando. Y se centra en la vida de dos hermanas: Hortensia (Inma Cuesta), una presa y condenada a muerte por su militancia irreductible al Partido Comunista, de la que nunca reniega como los antiguos mártires cristianos, y la otra libre, Pepita (María León) removiendo cielos y tierra para salvarla del pelotón de fusilamiento.
Recrea con verismo Zambrano esa España triste y herida de los dos bandos con sus respectivos muertos, semillero de odios después de terminada la contienda, la de los vencedores ensañándose con los vencidos, humillándolos, haciéndoles cantar himnos fascistas, besar efigies espantosas del niño Jesús o sometiéndolos a juicios farsa en los que el abogado defensor está al lado del fiscal. Nos habla de solidaridad y dignidad humana, de buenos sentimientos, de historias de amor trágicas que se entrecruzan, de esa lucha heroica que continúa por parte de quienes no aceptaron la derrota, de la salvaje represión con torturas y asesinatos de los llamados “bandoleros” que eran los valerosos resistentes.
La voz dormida es un film emocional que llega al alma del espectador, toca fibras sensibles de su corazón, y lo consigue, en buena parte, gracias a dos actrices revelación en estado de gracia como son Inma Cuesta y María León, ambas bellísimas y llenas de luz, metidas en sus papeles, con las lágrimas en los ojos desde el primer momento, reflejos de la apenada alma andaluza que así se expresa, con sentimiento extremo, y ante las que Daniel Holguín y Marc Clotet, que les dan la réplica sentimental, se hallan a años luz.
Y perfectos esos punteados dramáticos de las nanas desgarradas que canta Inma Cuesta y erizan la piel en su última secuencia.
JOSÉ LUIS MUNOZ

LITERATURA

CAEN CHUZOS DE PUNTA SOBRE LA HABANA
José Luis Muñoz



Julio Travieso Serrano, un autor cubano al que no conozco ni he leído, me acusa de que mi penúltima novela publicada Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011) es un burdo plagio, casi textual, de una que él editó en el año 2004 con idéntico título. Acusar a un escritor de plagiario es un asunto grave, es como tildar a un juez de prevaricador.
La vida de la literatura está llena de pleitos y lances de este tipo, pero no creo que este tipo de publicidad indeseada sobre esas dos novelas que transcurren en La Habana y escritas a uno y otro lado del océano les sea favorable sino todo lo contrario. Yo no busco conflictos, ni enemigos, porque la vida es muy corta para estar batallando, pero haberlos haylos. Malhadada coincidencia que dos novelas compartan el mismo título. También hay un poeta que se llama José Luis Muñoz, y me callo. Y un jefe de policía con el mismo nombre y que sale más veces en Internet que yo, y guardo silencio y no le digo que se cambie de nombre.
Sobre el título de mi novela, que de haber sabido de la existencia de la de Julio Travieso Serrano habría llamado Diluvia sobre La Habana o Caen chuzos de punta sobre La Habana, he de decir que me vino a la cabeza después de ver una magnífica foto en blanco y negro en El País Semanal en la que un mocetón negro llevaba a su pareja en una moto por una calle de la capital cubana barrida por la lluvia. Tanto me gustó la foto que incorporé un capítulo con ese nombre, Llueve sobre La Habana, inspirándome en ella, Y tanto me gusto el titulo de ese capítulo que decidí que fuera también el de la novela. Y así fue, sin más, porque además consideré que esa frase recogía la tristeza de mi historia policial que era, sobre todo, sentimental. Luego, cuando la publiqué, me di cuenta, buscando por Internet reseñas, que Julio Travieso Serrano había publicado una con el mismo título. Malhadada casualidad.
Sobre los títulos de las novelas hay muchas coincidencias y curiosidades, y seguro que eso les sucede a buena parte de los escritores. Cuando publiqué la novela La Frontera Sur no advertí que Horacio Vázquez Rial, dos años antes, sacaba a la luz Frontera Sur. De poco me habría servido utilizar otro nombre que me rondaba por la cabeza, Al sur de la frontera, porque ese fue el título de un documental de Oliver Stone. El mal absoluto, el título certero con el que bauticé mi novela sobre el horror del Holocausto, era un ensayo literario de Pietro Citati publicado muchos años antes. La pérdida del Paraíso bien podría ser un remedo de El Paraíso perdido de Milton. Marea de sangre, mi novela negra sobre la Costa Brava, también tenía un homónimo que era una película bélica de submarinos. Por la misma regla de tres podría considerar que mi amigo el librero Paco Camarasa me estaba robando el título de Barcelona negra, mi segunda novela publicada, al tomarlo para bautizar el evento literario negrocriminal que se celebra en la Ciudad Condal y él organiza. O podría considerar que una novela publicada por Ediciones Irreverentes con el título El sabor de la piel copiaba mi anterior El sabor de su piel. O podría enfadarme con un grupo de raperos que tiene una canción que se titula El corazón de Yacaré, justo el titulo de otra de mis novelas publicada antes de que sonara la canción. Y así, sucesivamente, los ejemplos serían incontables. Ni yo acuso a los raperos, a Paco Camarasa ni a Ediciones Irreverentes, ni Milton, Horacio Vázquez Rial y Pietro Citati me piden cuentas.
Lo que ya no es de recibo, y eso seguro que lo sabe el colega cubano Julio Travieso Serrano si ha leído mi novela, es que diga que la mía es un plagio de la suya, y lo digo porque le supongo honrado y cabal, como yo lo soy. Que en ambas hay jineteras, claro, evidentemente, como hay ron cubano, playa, mulatas, son, palmeras... No creo en fenómenos paranormales, no creo que Julio Travieso Serrano se metiera dentro de mí para redactar mi Llueve sobre La Habana, y por lo tanto esa acusación sin fundamento de ningún tipo es un disparate absoluto.
En cuanto a las similitudes detectadas entre su obra, treinta según dice, y la mía no sé de dónde habrán sacado el párrafo supuestamente plagiado que exhiben como trofeo: “Al ser detenido por la Policía, el chulo Vlad González no opone resistencia, se comporta cobardemente. 'No sé a qué esta detención', dice”. Eso no lo escribí yo, reconozco mi estilo, y no sé de dónde lo han sacado, seguramente de su propia novela pero no de la mía, desde luego, porque tengo memoria y sé que a Vlad González, uno de mis personajes, nunca le llamé chulo en ningún momento. Es más, esa detención de la que habla, no sé si mi colega cubano o quién tan torpemente le asesora, no tiene lugar así ni por asomo. Y seguro que si Julio Travieso Serrano lee el párrafo en cuestión verá que no existe ni el más mínimo parecido.
Además lo que más me molesta de todo este asunto es que alguien me crea tan inmensamente torpe como para, después de haber plagiado una novela, no me moleste en cambiar su título para no ser descubierto. Imagino que a nadie le cabe en la cabeza semejante proceder estúpido. Pues tampoco en la mía.

miércoles, 22 de febrero de 2012

CINE


EL TOPO
Tomas Alfredson


El universo literario de John Le Carré, sin duda el maestro del género de espías por, aparte de méritos literarios propios e indudables, haber sido él mismo destacado espía y conocer, como nadie, los entresijos de ese mundo turbio, ha sido siempre adaptado al cine con maestría, y me vienen a la memoria películas memorables como El espía que surgió del frío, de Martín Ritt, por ejemplo, en gélido blanco y negro y con la rocosa expresión omnipresente de Richard Burton; Llamada para un muerto, de Sidney Lumet, con James Mason (haciendo de Smiley) y Maximilian Schell; El sastre de Panamá, de John Boorman con Geoffrey Rush y Pierce Brosnan olvidándose de James Bond; La chica del tambor, de George Roy Hill con Diane Keaton; La Casa Rusia de Fred Schepisi con Sean Connery y Michelle Pfeiffer; y El jardinero fiel de Fernando Meirelles con Ralph Fiennes y Rachel Weisz, sin olvidar la serie televisiva que Alec Guinnes interpretó a las órdenes de John Irvin, todas, sin excepción, adaptaciones cinematográficas memorables que eran fieles al desencanto sartriano del espía/escritor.
Tomas Alfredson, el director sueco que adquirió un enorme prestigio con su película anterior Déjame entrar (2008), filma con rigor esta adaptación de la novela homónima de John Le Carré El Topo. una intriga de espías y agentes dobles en la que Smiley (un Gary Oldman sencillamente extraordinario en su parquedad gestual y su grisura física que es también moral) es el protagonista de la tétrica función que tiene como fondo la guerra fría y se mueve entre Londres, Budapest y Estambul. Ese grupo de espías del M16. que se autodenomina a sí mismo como La Cúpula y celebra las reuniones en un búnker metálico e insonorizado bajo la batuta de Control (John Hurt), centra una película mortecina, gris, a pesar de su color, más por él (el mismo tono cromático, creo recordar, que Llamada para un muerto de Lumet), y el propio Smiley es el encargado de dilucidar quien, de entre ellos, se está pasando al enemigo.
En ese mundo, el de las cloacas del estado, no existe el más mínimo glamour; sus antihéroes, que llevan una vida aparentemente anodina de grises funcionarios, nada tienen que ver con el agente 007 ideado por Ian Fleming, sino que viven siempre agazapados y con el temor de ser, en algún momento, sospechosos con o sin fundamento, y allí, desde luego, no existe el término amigo, ni menos piedad: el que la hace, la paga con su vida.
La película de Alfredson, deliberadamente lenta, con poca acción (salvo ese esporádico tiroteo en Budapest), es un trhiller asfixiante en el que las atmósferas, los silencios, los vacíos, las miradas de desconfianza que los espías se dirigen entre sí, tienen tanta importancia como esa partida de ajedrez que, con eficacia, juega Smiley para descubrir quién de sus compañeros de La Cúpula es El Topo y está filtrando información a los soviéticos.
El film del realizador sueco se beneficia de un guión milimétrico y sin fisuras firmado por Brigget O’Connor y Peter Straughan; un plantel de actores como Colin Firth, que se encuentra en uno de sus mejores momentos de su carrera, el joven Tom Hardy, Toby Jones, el Truman Capote de Infamous y Ciarán Hinds (La deuda, Munich), un rostro imprescindible en toda película de espías que se precie, además de John Hurt y Gary Oldman; la música del español Alberto Iglesias, a tono con el aire fúnebre del film, y una fotografía sencillamente extraordinaria, por su tono próximo al blanco y negro, y porque, en sus planos distantes, pero en los que el espectador escucha perfectamente lo que están hablando los personajes, se convierte en el tercer ojo del film, en un paranoico espía de lo que sucede en la pantalla y hace que desconfiemos de todo lo que vemos, como el propio Smiley.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

martes, 21 de febrero de 2012

LITERATURA

DOS NARRADORES ANTE CUBA
Gregorio Morales




“Cuba acusa al escritor español José Luis Muñoz de plagiar su última novela”, afirman los titulares de prensa. Se refieren a “Llueve sobre la Habana”, que se basaría en la homónima del cubano Julio Travieso Serrano.
Pero el mundo literario no es nunca lo que parece. Siempre median en él suspicacias, rivalidades, y, a menudo, invisibles intereses. Y es que, aunque extrañe, el pensamiento sigue teniendo un inmenso poder. Se suele ser más permisivo con quienes infringen la ley que con quienes cuentan la infracción. Peor aún si lo hacen con pericia, arte y sabiduría.
¿Es posible que todo un país acuse a un escritor? Por estos titulares de prensa, parece que sí. A menudo los escritores han estado en el punto de mira de quienes no toleran pensamientos divergentes. Escribir de verdad siempre ha resultado peligroso. Peligrosa se ha hecho para José Luis Muñoz su última novela.
¿Plagio?
La acusación de plagio la ha difundido la Agencia Literaria Latinoamericana, un organismo del Estado cubano. A menudo, sus directores han pasado previamente por otros entes de la Administración. Olga Lidia Triana, su actual directora, ha sido, entre otras cosas, vicepresidenta del Instituto Cubano del Libro. De esta forma, en efecto, es como si la Cuba oficial hubiera hecho la denuncia, máxime en un país donde no se mueve nada sin el visto bueno de las alturas.
¿Pero ha plagiado realmente José Luis Muñoz a su colega? Para demostrarlo, la Agencia muestra fragmentos como los siguientes:
Julio Travieso Serrano, en la página 113: El chulo Camel, al ser detenido por la policía, se comporta cobardemente frente a los agentes. ‘Yo no hice na, yo no hice na’, dice.
José Luis Muñoz, en la página 53: Al ser detenido por la policía, el chulo Vlad González no opone resistencia, se comporta cobardemente. ‘No sé a qué esta detención’, dice.
¡No cabe duda de que el escritor español ha plagiado, y mucho! ¿O no? ¡Ay sorpresa! Si vamos a la página en cuestión, ¡resulta que ese párrafo no existe! Es una mera elaboración redactada por los denunciantes. Sólo son textuales en ambas citas las frases entrecomilladas, ¡pero éstas sí que son distintas! La perversidad consiste en darle la misma forma a los dos párrafos, de modo que quien no conozca las novelas, deduce que uno está copiado del otro. No se trata sino de una manipulación que cae hecha añicos en cuanto abrimos los originales. Así, Muñoz no utiliza nunca la palabra “chulo” para referirse a su personaje. La misma inconsistencia hay en el resto de las pruebas esgrimidas. Todas son arbitrarias, sacadas de contexto y tendenciosamente interpretadas.
Diferencias
¿Pero por qué, qué finalidad tiene tan gratuita acusación? Los dos autores hacen un relato magistral de la Habana de los años 90, constreñida por el duro embargo norteamericano, una Habana pobre pero vitalista, con ansias de sobrevivir. ¡Pero hay una clara diferencia! La novela de José Luis Muñoz, sin habérselo propuesto, deviene un descarnado y demoledor retrato del castrismo, constituyendo su tema principal el miedo de las autoridades a Estados Unidos, más allá de las proclamas anti imperialistas. Y, en este trasfondo, se muestran la corrupción, el engaño y la liviandad. Y también el valor. Entre los pequeños héroes, está el escritor Virgilio Utrillo, muerto de hambre por no seguir los preceptos del Régimen, y cuya mujer se ve obligada a ejercer la prostitución.
La novela de Julio Travieso, sin embargo, no es que sea complaciente, pero pasa de puntillas por los temas espinosos, los elude, mira a otra parte. El Régimen no es nunca responsable, sino en todo caso, los individuos, y tiene un cuidado extremo sobre qué individuos carga alguna crítica. Ni por asomo llega a insinuar cosas como ésta que escribe Muñoz: “Ese era uno de los pocos negocios [un burdel] que había sobrevivido a la dictadura de Batista, y decían, aunque nadie podía probarlo, ni decirlo en voz alta, que porque el compañero Fidel pasó unos días de orgías con las muchachas y ordenó luego que se hiciera la vista gorda” (pág. 69).
En este contexto, la acusación de plagio huele mal. Lleva el tufo de una venganza orquestada, sabe al típico castigo que se practicó con pericia en los tiempos de Stalin en la extinta URSS, cuando a los escritores no gratos se los denigraba en el diario Pravda, y luego se usaban esas descalificaciones como prueba de su culpabilidad. De esta forma, miles y miles de escritores vieron confiscados sus manuscritos, fueron detenidos, encerrados en los sótanos de la Lubianka, y muchos de ellos no volvieron a ver la luz del sol. El gran Isaak Babel fue uno de ellos.
Sospechosamente la acusación de plagio llega en un momento de reactivación del victimismo castrista con sus tradicionales tópicos. Sólo un día después de que la Agencia Literaria Latinoamericana acusara a Muñoz de plagio, la prensa difundía las belicosas declaraciones de Fidel Castro contra Estados Unidos y España, éstas en las figuras de Aznar y Rajoy. La contigüidad es claramente significativa.
¿Implica lo anterior que las novelas de Julio Travieso Serrano y José Luis Muñoz no tienen nada que ver? En absoluto. Tienen mucho que ver, hasta el punto de que resultan complementarias para conocer La Habana. Pero sus similitudes son sólo temáticas. Las mismas similitudes que habría, por ejemplo, entre dos novelas que se desarrollaran en la Guerra Civil española.
José Luis Muñoz ha sido víctima de lo que podríamos llamar “un incidente diplomático”. Lo que resulta esencial en una novela negra, la crítica social, no ha caído bien en algún alto punto de la pirámide jerárquica cubana. No será la primera ni la última vez que el pensamiento crea ronchas. Y es que no hay nada que no sea veraz que no produzca un cierto escándalo o incomodidad. Es la marca de que un libro es bueno, de que su autor ha desvelado lo que permanecía oculto. Julio Travieso Serrano llega al corazón humano. Pero José Luis Muñoz llega al corazón humano y también al corazón de Cuba. Y eso es ya demasiado. Nadie ama los espejos reales aunque se escondan en las olorosas páginas de un libro. Aunque lo realmente importante de este incidente es que la literatura sigue teniendo un inmenso poder. Y que los novelistas son absolutamente necesarios para la libertad. Tanto el cubano como el español, cada uno con sus medios y las posibilidades a su alcance, abren camino a un mundo más justo.
Recuadros
Crítica del Régimen
José Luis Muñoz
:
-Tener gota en Cuba era contrarrevolucionario, era ser merecedor de un pelotón de fusilamiento. (Pág. 73).
-El socialismo los había igualado a todos, bien cierto, pero en la miseria, la socialización de la pobreza salvo para los comecandelas. (Pág. 33).
-Prefería la dieta de bofetadas, que le pegara mucho y fuerte el instructor, antes de verse en un campo de reeducación, asistiendo a clases doctrinales del partido y cortando caña a machetazos desde que salía el sol hasta que se ponía. (Pág. 55).
-¿No son los gringos nuestros enemigos jurados? ¿Pues por qué son intocables? (Pág. 65).
-El comandante las agotaba no templando sino dándole a la muela, porque quería hacer de ellas putas marxistas. (pág. 69).
Julio Travieso Serrano:
-Si no tienes un trabajo te pueden sancionar con la Ley contra la vagancia. (Pág. 19).
-Por fin, recuerda a Milagros, casada con Hermes, que es chulo de su esposa y, además, recoge apuestas para la lotería clandestina. (Pág. 53).
-No me desagradaría que me guardasen ahí, siempre y cuando a mi lado pusieran ilustres vecinos, por ejemplo, un general y un ministro. Incluso aceptaría a un Héroe del trabajo socialista que no tenga mucho olor a sudor. (Pág. 58).
-¿Por qué comiste con Miranda? Sabes que es un enemigo de la Revolución. (Pág. 82).
Argumento
-José Luis Muñoz:
La sádica muerte de una joven por un norteamericano y la consiguiente investigación policial ponen al descubierto las entrañas de la Habana, mostrando filias, fobias, contradicciones y anhelos del pueblo cubano. Publicada por Editorial la Página (2011).
-Julio Travieso Serrano:
El amor por una jinetera revela el encadenamiento trágico de varias vidas que no son sino el trasunto trágico de La Habana. Publicada por Editorial Renacimiento (2009).
Biografía
-José Luis Muñoz (Salamanca, 1951). Desde 1985, ha publicado treinta libros, sobresaliendo sus novelas de género negro. Está en posesión de prestigiosos premios como el Tigre Juan, Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical y Camilo José Cela, y ha publicado numerosos artículos de opinión y reportajes en diarios y revistas. Su concurrido blog se llama “La soledad del corredor de fondo”.
-Julio Travieso Serrano (La Habana. 1940). Licenciado en Derecho por la Universidad Lomonosov de Moscú, se doctoró en el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias en la URSS. Trabajó como profesor y también como periodista en Cuba y México. Su obra ha sido traducida a varios idiomas como el alemán e italiano. Posee la orden A.S.Pushkin que confiere el Estado ruso por el conjunto de su obra.

GREGORIO MORALES (Granada, 1952) Novelista, poeta, dramaturgo y articulista. Máximo exponente de la estética cuántica. Ha publicado los libros Y Hesperia fue hecha (1982)Puntos de vista (1986), Razón de amor (1987, La cuarta locura (1989), Erótica sagrada (1989), Cuentos de terror (Varios autores, 1989), El amor ausente (1990), El pecado del adivino (1992), El cadáver de Balzac (1998), El juego del viento y la luna. Antología de la literatura erótica (1998/1999), Ella. Él (1999), El devorador de sombras (relatos de suspense y terror) (2000), El mundo de la cultura cuántica (Varios autores, 2003), Puerta del Sol (2002), La individuación (2003), Principio de incertidumbre (2003), Canto cuántico (2003), Nómadas del tiempo (2005), La isla del loco. Escritos sobre arte (2005), Quixote Erótico (El erotismo en el Quijote) (2005), El gigante de cristal. Textos sobre Granada (2005), Por amor al deseo. Historia del erotismo (2006), Marilyn no es Monroe (2011)


lunes, 20 de febrero de 2012

CINE

MELANCOLÍA
Lars Von Trier



La filmografía del danés Lars Von Trier se va cimentando obra tras obra y no deja de sorprenderme, aunque no siempre positivamente. Esa obligación de epatar, de ir siempre más allá en cada una de sus películas, puede mermar muy seriamente el producto resultante y conducirlo a un callejón sin salida. Von Trier se sabe noticia y eso puede ser muy peligroso para él y para su cine. Por unas declaraciones desafortunadas sobre el nazismo fue expulsado del festival de Cannes que, sin embargo, premió su película a concurso. Un ejemplo de la primacía de la obra por encima de su propio creador.
Anticristo, su película precedente, y polémica, quedaba seriamente dañada, según mi parecer, por esa deriva de ultraviolencia final que quedaba totalmente descontextualizada de la película que, hasta ese momento, era muy estimable. Melancolía es mucho más sosegada y huye de esos excesos visuales, aunque haya en ella mucho Lars Von Trier y dogma.
El último film del director de Los idiotas se articula como una sinfonía, y es que la música, ese preludio de Tristán e Isolda de Wagner, puede que el compositor que más ha hecho por la épica en el cine, acompaña casi todas las imágenes del último film del realizador danés, hasta el punto de que es difícil imaginarla sin los grandilocuentes compases del compositor alemán.
Se inicia la película con un preludio bellísimo de imágenes en descomposición, plano a plano, de una plasticidad absoluta y dotadas de halo trágico, para seguir con los dos movimientos, correlativos pero bien diferenciados. El primero es coral y relata la larga secuencia de la boda frustrada entre Justine (Kirsten Dunst), una joven con desequilibrios emocionales, y Jack (Stellan Skarsgârd), un tipo perfecto que, además de rico es guapo, ceremonia que deviene en violento psicodrama de personajes enfrentados que convierten lo que tiene que ser un momento forzadamente feliz en una tragedia de desencuentros entre los propios novios, por el carácter psicopático y depresivo de la novia, y de los padres de ésta, Dexter (John Hurt) y Gaby (Charlotte Rampling) que se lamentan en público de sus pasadas desavenencias y lanzan sus prevenciones hacia el matrimonio, todo ello filmado por Lars Von Trier cámara al hombro y con barridos violentos, pura gramática dogma que a mí, en particular, ya me empieza a pesar.
El segundo movimiento de esa sinfonía trágica que cierra el film es el fin del mundo según Trier, cuando un extraño y bello planeta, Melancolía, se aproxima a la Tierra, y cuatro personajes, aislados en la mansión en donde se frustró la boda, la novia, su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg), el marido de ésta John (Keifer Sutherland) y el hijo de ambas, afrontan sus últimos momentos de existencia entre confesiones privadas y señales inequívocas de amor. Una segunda pieza, pues, intimista y rodada según los patrones clásico del cine que el cineasta demuestra conocer.
Melancolía es la obra de Von Trier más trascendente (al hilo de otro film filosófico que le precede: El árbol de la vida de Terrence Malick) y filosófica, una síntesis de su doctrina dogma, que le sirve perfectamente para apuntalar la larga secuencia de la boda (que remite a la de Celebración, de su discípulo Thomas Vintenberg) y de virtuosismo antidogma, más próximo a Europa que, para mí, sigue siendo su mejor película, que encontramos en el preludio y en el segundo movimiento con extraordinarios planos cenitales, por ejemplo, de los caballos galopando bajo la niebla o ese Apocalipsis desprovisto de efectos especiales, pero tan efectivo, con que cierra Von Trier su película y deja noqueado al espectador.
En el fondo de este film complejo, fascinante, desasosegante y, a ratos, algo plúmbeo por su excesivo metraje, hay mucho Bergman, cineasta que, junto al danés Dreyer, sigue siendo central en toda la filmografía que llegue del norte de Europa, porque los personajes de esa boda frustrada, atormentados, desequilibrados y burgueses nada complacientes con su rol, parecen sacados de las películas del gran maestro sueco en su amarga reflexión sobre la vida. Y hay mucho Tarkowski en los planos grandilocuentes, mudos, en esa fotografía verde/gris tan sabiamente utilizada para hablarnos de la insoportable levedad del ser frente al cosmos, de esa segunda parte apocalíptica.
Habiéndose puesto el danés el listón tan alto, lo tiene difícil para sorprendernos, y sorprenderse, con su próximo filme. Espero que no le ocurra como a David Lynch y su sequía después de Erland Empire.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LITERATURA

LA NIÑA QUE HACÍA LLORAR
A LA GENTE
Carlos Pérez Merinero
El Garaje Ediciones, 2011
388 páginas




La carrera literaria de Carlos Pérez Merinero (Ecija, 1950) es guadiánica. Este economista andaluz, que vive en la actualidad en Madrid, ha publicado varios libros sobre cine, escrito unos cuantos guiones (el de Amantes, entre otros, el filme más notable de Vicente Aranda), dirigido alguna película (Rincones del paraíso) y publicado once novelas (La mano armada, Llamando a las puertas del infierno, El ángel triste, El papel de la víctima, Sangre nuestra...), la mayoría de las cuales pertenecen al género negro pero con un estilo muy personal que lo diferencia de todos sus colegas y hacen de él un escritor tremendamente original.
Tras un silencio editorial de un buen puñado de años, una nueva colección de novela negra con exquisito diseño, la madrileña Garaje Negro que dirige Manuel Blanco Chivite, antiguo editor de Vosa, se atreve a publicar La niña que hacía llorar a la gente, novela negra arriesgada sobre una actriz de cine infantil con la que el protagonista y narrador tiene una fijación amorosa, y que es un complejo ejercicio de estilo.
Y te obedecí. Te obedecí, sí, como siempre iba a obedecerte. Como siempre iba a obedecerte hasta que me cansé de hacerlo y te maté.
Porque la última novela de Carlos Pérez Merinero, que cierra su trilogía Fronteras de la inocencia formada por Razones para ser feliz (1995) y Sangre nuestra (2005), huye deliberadamente del suspense (el lector sabe, desde las primeras páginas, que el autor / narrador terminará asesinando a la protagonista de la historia) para centrarse en un ejercicio narrativo original e inclasificable, una aproximación oblicua al género negro transgrediendo buena parte de sus normas, y lo hace con una prosa cortante, de digestión lenta, pero, al mismo tiempo, muy original y de gran valor literario.
La niña que hacía llorar a la gente está infestada de cine, algo que Carlos Pérez Merinero lleva en la sangre, y violencia irracional, leit motiv de todo su producción literaria, esta vez repartida entre perros y niños, dos tabúes dentro del género. Carlos Pérez Merinero es, sobre todo, un provocador, en el fondo pero también en la forma al adoptar ese oportuno punto de vista de narrador protagonista que escribe la novela para su compañera femenina por la que siente amor / odio y a la que acompaña en todas sus fechorías sangrientas como testigo pasivo de las mismas, para levantar su acta notarial.
Tengo una coartada perfecta, si es que a estas alturas hacen falta coartadas. Y es que nadie podrá contradecirme si mintiera sobre el pasado, sobre nuestro pasado. Y si hubiera alguien, ese alguien tendrías que ser tú. Tú, que estás muerta porque yo te maté.
Y lo hace Pérez Merinero con una técnica sorprendente, desde la segunda persona del singular, tiempo verbal muy arriesgado, y adornando su narración con redundancias buscadas, titubeos, retorcimientos de frases, retrocesos temporales y elipsis, hasta conseguir, con ese caos narrativo, una atmósfera de locura criminal plenamente acertada que alcanza uno de sus cenit en este párrafo en el que el asesino, escritor y cinéfilo autor de la novela reflexiona sobre el propio hecho literario.
Y las páginas en blanco- ésta es una de las pocas cosas que estoy aprendiendo de este oficio de escritor en el que no haré carrera -, y las páginas en blanco, sí, hay que asesinarlas, llenándolas de palabras.


JOSÉ LUIS MUÑOZ

CINE

LA PIEL QUE HABITO
Pedro Almodóvar




Confieso haber sentido un ataque de pánico cuando Almodóvar, ya hace bastantes años, compró los derechos de Tarántula, la extraordinaria novela de Thierry Jonquet, un mago del polar recientemente desaparecido. Temía que el director manchego, al versionar tan dura como alambicada novela, la historia de una venganza terrible a través de la transformación de un cuerpo masculino en femenino, la llevara a su campo, la coloreara con su particular paleta que a tantos fascina y a unos pocos revienta. Tener un universo propio tiene esos riesgos, y nadie le niega a Almodóvar regentar el suyo que es barroco, kitsch y desmesurado, del que salen tanto genialidades absolutas como despropósitos inconmensurables, porque precisamente si algo caracteriza a su cine es eso, la desmedida y el ser libérrimo, con los pros y los contra que ello conlleva.
Me equivoqué de plano con mis temores, porque La piel que habito no sólo guarda una devota fidelidad a su original literario (aunque Almodóvar en todas sus entrevistas haya omitido el hecho de que trabaja sobre la idea comprada de uno de los mejores novelistas franceses que ha dado el género negro) sino que es una de las mejores películas de nuestro director más internacional.
Una cuidadísima puesta en escena con planos ingeniosos (Banderas besando los labios de Elena Anaya, amplificados en esa enorme pantalla a través de la que espía todos sus movimientos, por ejemplo); una ausencia de guiños a su platea de incondicionales (salvo el de ese violador disfrazado de pantera que se abate sobre su víctima chapurreando brasileño y resulta excéntrico y creo que es una licencia que se toma sobre el original literario); un excelente clímax ascendente jugando hábilmente con pasado y presente para no destripar la sorpresa hasta casi al final de la película; una medida interpretación de Antonio Banderas que, en las manos del manchego. hasta parece un actor y lo es como lo fue en Átame o en La ley del deseo; la belleza indiscutible del rostro de Elena Anaya, impresionante, y del que Pedro Almodóvar saca extraordinario partido; y una terrible historia de amor y venganza muy trágica, la del cirujano plástico que, mediante el bisturí, se fabrica una mujer a su medida, con reminiscencias de Ojos sin rostro de George Franjú (el aspecto de Elena Anaya con el rostro vendado y el vestido guante remiten a la protagonista del film francés sin lugar a dudas) y también del William Wyller de El coleccionista (al que ya había homenajeado con anterioridad en Átame, otra de sus películas notables), son los ingredientes que el director de Volver maneja con soltura extraordinaria arropado por una fotografía excelente y la música de Alberto Iglesias, envolvente, misteriosa y que puntea los momentos cumbres del filme.
La piel que habito es una vuelta de tuerca moderna al mito de Frankenstein, sólo que aquí el doctor se enamora perdidamente de su obra perfecta y lo que, en principio, es un acto de venganza despiadada (el castigo al causante de la muerte de su hija) se convierte finalmente en una trampa letal en la que cae como víctima el creador del bello monstruo. Un material en donde reina el amor, el deseo y el travestismo que, en definitiva, pertenecen también al universo almodovariano.
Lo dicho: uno de los mejores trabajos de Almodóvar. Aunque también diré que le falta la dureza despiadada de la novela de Thierry Jonquet en la que se inspira.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

ARTÍCULO

MARY PECK BUTTERWORTH,

INSIGNE FALSIFICADORA DE BILLETES CON ENAGUAS VIEJAS
Ana Alejandre



La historia de esta mujer es reconfortante en momentos de crisis económica como la que estamos atravesando y padeciendo, porque nos ilustra de los inventos que la imaginación, acuciada por la pobreza, puede crear con resultados tan brillantes como los de esta historia que siendo real, parece pura ficción.


Nuestra protagonista, una feligresa de Massachussets, Mary Peck Butterworth, nacida en 1686 en Rehoboth, Massachussets, a los 24 años se casó con John Butterworth, un modesto granjero con el que malvivía trabajando en una pequeña granja, herencia familiar . Fue madre de siete hijos y con escasísimos medios económicos se convirtió en el jefe y cerebro de una banda de falsificadores con la que logró amasar una suculenta fortuna, a pesar de lo peregrino de su sistema pero que funcionó tan bien que ojalá hubiera tenido el Gobierno de Zapatero un cerebro así para sacar a España del atolladero con las enaguas de las ministras o los calzoncillos de los ministros y demás jerifaltes, por poner un ejemplo. La historia se las trae y es hora de contarla:


Nuestra avispada amiga, con sólo 34 añitos y un cerebro con más peso que el de un premio Nobel, inventó un sistema de falsificación de billetes con los que mantener a sus siete churumbeles que comían como catorce. Todo lo hizo sin moverse del pequeño pueblo de Massachussets en el que vivía, pero su inteligencia y capacidad de iniciativa le llevó mucho más lejos de lo que nunca hubiera podido imaginar.


El lector se estará preguntando ¿cómo llegó a la idea de falsificar billetes con sus propias enaguas?, (la cosa tiene miga, desde luego), pues, muy sencillo, porque se dio cuenta que la imagen de un periódico sobre el que había depositado la plancha caliente se quedó impresa en la camisa de uno de sus hijos cuando estaba planchando y almidonando la ropa familiar. Entonces pensó –y es que las amas de casa no dejan de pensar nunca en cosas prácticas y no en el futbol y bobadas de esas que les gustan a los maridos-, que si eso era posible, pudiera serlo también si dejaba la plancha caliente sobre un billete de banco, emitido en la colonia inglesa por entonces, y después lo pusiera sobre un papel, que se produjera el milagro. Pensado y hecho, la cosa funcionó a medias, porque la impresión aparecía débil y el papel arrugado, si no se quemaba el papel con el calor de la plancha. Pero como era una mujer echada ‘pa alante’ –no hay forma de planchar mirando para atrás-, empezó a buscar variantes y lo encontró la solución tiesa y almidonada. Puso la plancha caliente que había posado sobre un billete sobre la muselina almidonada de una de sus enaguas usadas, pero más tiesas que una mojama con el almidón que le había dado a tutiplén para ese fin, y así consiguió el molde del billete estampado sobre la susodicha enagua y luego lo fijaría en el papel con la plancha no muy caliente. Después, sólo había que terminar marcando los perfiles directamente en el papel con una pluma de ganso, para subrayar los últimos detalles, entre ellos el valor del billete, cuestión principal que no era moco de pavo. Como fue todo un éxito rotundo y en aquella época no existían los medios de control y detección de billetes falsos actuales: que si el holograma, que si la banda magnética, que si el gramado del papel y todas esas zarandajas, el billete falsificado coló, ése y unos cuantos de decenas de miles más que produjo la familia en pleno y cuyos billetes lo utilizaban en el vecindario sin despertar sospechas, porque ¿quién iba a pensar que aquella madre multípara con carita de mosquita muerta era la jefa de una banda de falsificadores y además un cerebro de las finanzas? Pues nadie, pero nuestra buena amiga –quién tuviera la suerte de tener cerca a alguien así para solucionar los problemas de fin de mes, en fin-, no sólo se conformó con falsificar caseramente los billetes que después colocaba en los distintos comercios locales, sino que aumentó el negocio y pensó en la expansión del mismo por lo que contactó con revendedores a los que les vendía los billetes que “fabricaba” a la mitad de su valor nominal. ¡Todo un genio de la ingeniería financiera, la nena! El éxito fue total y tan enorme la cantidad de billetes que falsificó a base de enaguas y papel en blanco que, en muy poco tiempo, llegó a afectar a la economía de Nueva Inglaterra y al control de las finanzas coloniales.


Sin embargó, cometió un error, la muchacha, quizás porque el éxito conseguido y el dinero que habían “trincado” así le obnubiló su capacidad lógica-matemática y de raciocinio y “se le fue la olla”, hablando coloquialmente. ¿Cuál fue su error? Pues se compró una valiosísima mansión, una de las más lujosas de Reboboth que inscribió a nombre de uno de sus hijos para “despistar” a los de Hacienda; pero como a estos -aunque parezcan que están dormidos son como los búhos que duermen con un ojo cerrado y otro abierto-, en una inspección rutinaria les llamó la atención la compra de dicha mansión e interrogaron a uno de los hermanos de nuestra heroína –que era más tonto que su hermana, desde luego-, sobre la sospechosa compra y de dónde habían sacado el dinero y, después, a la propia protagonista de esta increíble historia, quienes presos del pánico, uno y otra, pero más el uno que la otra, confesaron la verdad, además de ser interrogados también el hijo, supuesto propietario de la mansión, la nuera y uno de los revendedores de los billetes. Es decir, no faltó nadie a la cita con la Justicia, aunque de todos es sabido que ésta siempre es lenta, pero cuando huelen dinero corre que se las pela.


Sin embargo, el juicio que se celebró en 1723, le dio otro golpe de suerte a nuestra amiga que fue declarada inocente, ya que la idem había arrojado al fuego los moldes con los que fabricaba sus “inocentes” billetitos, aunque es de suponer que se quedaría con copia porque inocente o no, era más lista que el hambre y ésta sí que le daba miedo.Después de su declaración de inocencia –el inocente fue el fiscal que no encontró pruebas contra ella-, se dedicó “a sus labores”, a las que se había aficionado, y no sólo siguió falsificando billetes ella y su familia, sino que enseñó a hacerlo a toda la parroquia –hay que buscarse cómplices que además del silencio, ayuden en las labores-, y sólo abandonó tan lucrativa afición a los 88 años, edad a la que murió inmensamente rica y alabada por todos los que aprendieron a que siempre es mejor un billete falso que una deuda cierta.


Hay que decir que esta mujer y toda su prole figuran en los anales de la historia de los mayores falsificadores del mundo en un puesto de honor. Se advierte esto para evitar suspicacias de quienes crean que esta historia real es un puro cuento, aunque hay que admitir que lo parece; pero lo lamentable es no poder contar con otra Mary Peck en estos momentos, porque la zona del euro sí que iba a temblar.


Dios tenga en su gloria a tan inocente criatura.

ANA ALEJANDRE es escritora, editora y colaboradora de prensa. Ha publicado los libros Tras la puerta cerrada, Doce cuentos solitarios y La ofrenda. Dirige numerosos blogs literarios.

CINE

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS
Enrique Urbizu



Hay películas actorales, productos que han sido diseñados exclusivamente para que un actor los interprete y mantenga en pie desde el primero al último fotograma. La última película de Enrique Urbizu (La caja 507) es uno de ellas y recupera, una vez más, el lado malvado de uno de nuestros galanes más desaprovechados de todos los tiempos, ese actor excelente que es Jose Coronado, al que le regala la película de su vida y seguramente un Goya.
Porque No habrá paz para los malvados, un título, por lo demás, excelente y con fuerza, es puro cine negro, que no policial, aunque su protagonista omnipresente, Santos Trinidad, en un guiño que el director hace al espagueti western, y no el único (el cowboy policía usa botas de vaquero, camina como ellos y algún paisaje del extrarradio, como ese del vertedero de las afueras de Madrid con el skyline de los rascacielos de la Castellana, remite a desolados paisajes del western regurgitado por los italianos) sea un policía malo, corrupto, al otro lado de la ley.
Si el espectador desvía los ojos de la figura de ese solitario y perdedor policía, del que apenas intuimos que tuvo una feliz vida anterior (un retrato de una mujer y un niño preside la mesilla de noche de su solitario dormitorio) y un feo asunto en Colombia en el que murió el mejor de sus amigos y compañero de cuerpo, advierte fallos de guión: no acaba de cuajar esa relación entre colombianos y yihadistas, y no se sabe bien porqué el policía malvado persigue con saña a unos y a otros. Quizá no importe, porque la película es Coronado, su forma de interpretar ese personaje, de andar, beberse cuba libres en las barras de los bares, con una gota de cola y el resto ginebra, meterse el cañón del revólver hasta la garganta cuando se enfrenta a su desolación, andar por un Madrid desolado como un verdadero zombi, sin amigos ni amigas, un lobo solitario abocado al fatalismo desde el primer fotograma de la película al último.
La película de Urbizu tiene la textura sucia de las primeras películas urbanas de Martín Scorsese y su violencia, brutal, está a la altura del maestro ítaloamericano. No hay un atisbo de piedad por parte del director hacia ese personaje solitario, como los antihéroes de Jean Pierre Melville, que malvive las noches madrileñas y anda a trompazos y tiros contra todo aquel que se cruce en su camino, no hay nada amable en su carácter y en su relación con los demás, y sin embargo se le acaba queriendo.
Sólo se advierte un rasgo de humor negro, pura hiel, en No habrá paz para los malvados, y es en su desenlace. El policía maldito, corrupto y malvado, que ha cruzado la frontera sutil que separa ley de delincuencia y ya se ha instalado en ella, desbarata, sin ser consciente, un nuevo 11M por el que suponemos recibirá una medalla a título póstumo. Dios escribe muchas veces con renglones torcidos. Con el revólver de Santos Trinidad, por ejemplo.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

domingo, 19 de febrero de 2012

LITERATURA

EL CÍRCULO ALQUÍMICO
Paco Gómez Escribano
490 páginas
Editorial Ledoria, 2010

La aparición de un misterioso cuadro del siglo XVI en la catedral de Toledo origina una serie de investigaciones acerca de su autoría. Obras del mismo pintor aparecen en El Cairo y en Jerusalén. En todos ellos aparecen tres destacados alquimistas pertenecientes a las tres religiones: cristiana, judaica y musulmana, y están las claves de una misteriosa fórmula alquímica tras la que van detectives, mafiosos y agentes del Mossad.
Con estos mimbres, que responden a las pautas del género thriller con la mirada hacia el pasado y que giran en torno de catedrales y obras de arte, cuyo máximo exponente y desencadenante genérico fue Dan Brown y su exitosa y popular El código Da Vinci que recogía, a su vez, los frutos sembrados muchos años antes por el erudito Umberto Eco en El nombre de La Rosa, Paco Gómez Escribano construye su primera, ambiciosa y compleja novela, aunque el autor no parezca nuevo en el oficio en absoluto ya que, a medida que el lector avanza en su trama, apreciará que maneja con maestría de veterano en estas lides los entresijos de un thriller complejo como éste, con muchas claves subterráneas por el camino y bien documentado, y lo adereza con una equilibrada dosis de tensión, emoción, acción, misterio, fantasía y reflexión.
Una novela bien escrita que se lee sin desmayo y lleva al lector, de la mano de sus múltiples personajes (curas, mafiosos, expertos en arte, agentes secretos, personajes fantasmales) por escenarios de medio mundo y del pretérito al presente

JOSÉ LUIS MUÑOZ

CINE

UN MÉTODO PELIGROSO
David Cronenberg



Después de dos notables películas que entraban de lleno dentro de los parámetros del cine negro, y lo hacían de una forma magistral, Una historia de violencia (2005) y Promesas del Este (2007), el canadiense David Cronenberg, autor de títulos tan inquietantes como Cromosoma 3, Videodrome, La zona muerta, La mosca, Inseparables y Crash, gira, aparentemente, ciento ochenta grados y nos ofrece una película de corte clásico y aire decimonónico que sólo tiene de común denominador con las dos inmediatas anteriores uno de sus protagonistas, el excelente Viggo Mortensen con quien parece vivir un idilio artístico.
La relación entre el doctor Carl Gustav Jung (Michael Fassbender, actor de moda y ubicuo en un sinfín de películas recientes) y su maestro Sigmund Freud (Viggo Mortensen realizando una composición perfecta del padre del psicoanálisis, habano fálico incluido del que no se desprende ni cuando se desvanece) a raíz del tratamiento por parte del primero de la paciente judía rusa Sabina Spielrein (Keira Knightley), a la que trata de su enfermedad mental a base del recién estrenado método del psicoanálisis, es el tema central del último film de Cronenberg que se beneficia de un guión extraordinario firmado por Christopher Hampton, oscar al mejor guión por Las amistades peligrosas de Stephen Frears, realizador ocasional de Carrington, y autor de una obra de teatro, The Talking Cure que, junto a la novela A most dangerous method de John Kerr, sirve de base literaria al film. Las relaciones entre estos tres personajes, que trascienden lo meramente profesional (Jung rompe una de las normas éticas de su profesión al convertir a su paciente en amante), son lo suficientemente tortuosas y atormentadas como para concitar el interés de este director aficionado a los temas escabrosos y que, a la edad de 68 años, está en lo mejor de su carrera cinematográfica después de un recorrido insólito por producciones de serie B, o Z, de sus inicios. Con un estilo depurado, una narrativa cinematográfica clásica, una correcta ambientación y unos actores que funcionan casi a la perfección (la química entre Keira Knightley y Michael Fassbender era fundamental para que la película llegara a buen puerto), Cronenberg construye un drama amoroso sólido en el que Jung se debate entre la atracción hacia lo locura que representa Sabina Spielrein y la felicidad burguesa de su matrimonio con Emma Jung (Sarah Gadon), decantándose por esta última.
Del mismo modo que David Lynch aparcó sus señas de identidad cinematográficas, de su sello estético inconfundible, para rodar El hombre elefante, Cronenberg aparca las suyas en esta recreación del nacimiento de psicoanálisis, que no ilustra mucho sobre su metodología pero sí sobre sus impulsores, porque el director canadiense está mucho más atento a la psicología del terceto protagonista que a sus teorías médico científicas en las que no entra demasiado. Si a Lynch le sedujo la malformación física monstruosa de Joseph Merrick, a Cronenberg, la personalidad patológica de Sabine Spielrein con sus trastornos sexuales, afición al masoquismo incluida, que atraparon al circunspecto y racionalista doctor Jung.
La película tiene un triste final con el reencuentro, al cabo de los años, de una Sabine Spielrein curada, convertida a su vez en psiquiatra, y madre de un niño, y su antiguo médico y amante Jung. Ese hijo que corretea por el jardín bien podría ser el suyo, piensa el psiquiatra suizo, si se hubiera dejado guiar por el impulso amoroso y no por la razón.
Somos dos, o tres, o cuatro, y siempre andamos peleando dentro de nosotros mismos con nuestras terribles contradicciones que, con las decisiones que conllevan, marcan nuestras vidas y las que giran a nuestro alrededor.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

RELATO




ENTRE SUEÑO Y DESCONCIERTO

Susana Villafañe




El viento azotaba las azoteas –que para eso están–, y los gatos huían despavoridos; no les importaba ni las ratas dejadas atrás, que correrían su propia suerte. Eso creían los felinos, pues no sabían cómo eran de listos los roedores: ya dispondrían de los desagües para escapar antes que la lluvia se desatara con la furia anunciada por las nubes, que de tan negras, asustaban. Los relámpagos iluminaban los tejados y los truenos retumbaban en las chimeneas, refugio de las palomas.

–Cierra la ventana –dijo Javier en voz suave, mientras acariciaba con ternura la mejilla de Cristina–, hace frío, no es conveniente en tu estado.
Los papeles comenzaron a revolotear por la habitación y el hombre se apresuró a recogerlos antes que se dispersaran. La ventisca entró con potencia y sin pedir permiso; su acción repentina y traicionera impedía a la mujer cerrar la ventana. Entre el viento y su estado le quitaron las pocas fuerzas que le quedaban y se derrumbó.

Javier perdió el control de la situación, no sabía qué hacer en primer lugar, entonces hizo un rápido planteo del estado de cosas y sus posibles soluciones: «Si sigo recogiendo papeles, el viento desparramará otros; pero mi mujer está en el suelo, quizá desmayada, tal vez muerta. Si cerrara primero la ventana y Cristina estuviera agonizante, ¿cuánto tiempo le quedaría? De todos modos será mejor que antes cierre la ventana. ¿Y si cerrara la ventana y a Cristina le faltara el aire? Pues la atenderé primero. Sí, pero los papeles seguirían desparramándose. Después me llevaría mucho tiempo ordenarlos.» Los segundos corrían raudos y la solución no llegaba. Finalmente se decidió por cortarle el paso al viento, pero éste entraba con más energía aún y no lo dejaba acercarse a la ventana. Los documentos amenazaban con escaparse, cómplices del infortunio y hubiera sido imposible recuperarlos. Se arrastró por el suelo para tener más posibilidades de llegar sin ser impedido por el viento y consiguió sentarse bajo la ventana, apoyando la espalda en la pared. Su mujer seguía tirada en el piso, inconsciente. Los papeles comenzaron a reunirse y a confabular en su contra. Se arremolinaron y estaban a punto de formar una columna, en el momento en que Javier juntó coraje suficiente para cerrar la ventana, enfrentándose a la adversidad. Se arrodilló y se puso mirando a la pared como quien reza. Trató de asir las hojas de la ventana con la actitud de los levantadores de pesas. Inspiró profundamente para inflar los pulmones y los llenó del polvo transportado por el viento. Fue atacado por una tos incontrolable que le quitaba las pocas fuerzas de las que disponía, pero no el coraje. Así que se levantó con más furia que el propio viento y pegando un grito tarzánico (por Tarzán) cogió las hojas de la ventana y empujó hasta cerrarlas. No les dio tiempo a los papeles para que concluyeran su plan de escape, y estos se desplomaron desparramándose por toda la habitación. Otro dilema se interpondría entre sus decisiones inmediatas. ¿Debería recoger los documentos esparcidos, antes de dedicarse a su mujer? Este tramo de su vida era de una importancia relevante, ya que si su esposa recobraba el conocimiento y veía el desastre producido, como consecuencia de las indecisiones de su marido, podría ocurrir otra catástrofe de mayor envergadura: a ella le exasperaba el fallo con el que había nacido su esposo, aunque lo sobrellevara bien, a veces, y la exasperación le producía unas reacciones inesperadas que su marido no aguantaba en absoluto. Por lo tanto pensó que lo mejor sería poner un poco en orden el recinto, después de examinar a su mujer y comprobar que aún respiraba; hasta le pareció que roncaba plácidamente, y entonces le puso un almohadón para apoyo de la cabeza. Aprovechó esta circunstancia para tomarse la tarea con tranquilidad. Lo primero que hizo fue amontonar los papeles en un solo bulto, para tener una idea clara de qué cantidad se trataba, y calcular cuánto tiempo le llevaría clasificarlos, y después organizar por temática y fecha, ese lío. Entre facturas pagas, recibos por pagar, escritos sin importancia, publicidad solicitada y otra sin solicitar, avisos del correo, reclamos de acreedores, manuscritos sin pasar a limpio, servilletas castigadas con sus ocurrencias en mesas grasientas de bares cercanos… Parecía que nunca terminaría de repasar mentalmente los documentos que tendría que ordenar. Por lo tanto decidió llevar a su mujer a la cama y dejarla dormir hasta que la sabia naturaleza la despertara. Eso no le llevó mucho tiempo de meditación ya que le pareció una decisión sensata; además pensó que la pobre mujer estaría incómoda en el piso frío y no tenía sentido hacerle pasar la noche de esa manera, teniendo una cama confortable donde reposar. Después del esfuerzo mental y físico provocado por la reciente situación, se dispuso ir al cuarto de baño para lavarse un poco y aflojar tensiones. Tenía ganas de orinar y debería lavarse las manos antes, pero también debería lavarse después y esto le suponía otro conflicto, lo que le hizo detenerse a meditar otra vez sobre los pasos a dar: «Si me lavo las manos antes y después de… gastaré el doble de jabón, aparte de provocarme cierto escozor en mis partes tiernas, por culpa de un tipo de alergia provocada por algunos componentes de la maldita pastilla para la higiene personal. Pero tampoco podré hacerlo con las manos sucias, y lo están: pues he manipulado esa cantidad de documentos llenos de polvo… Pensándolo bien ¡qué asco! llevo las manos llenas de esa porquería transportada por el viento…y quien sabe cuánta basura ha entrado. Será mejor que ni me ponga a imaginar, sino tendré que hacer una lista, y no estoy de humor para eso; tengo bastante con lo que debo ordenar antes que Cristina despierte». Mientras pensaba concientemente en lo que debería hacer, su inconsciente le hizo revolver el botiquín: buscaba algún tipo de desinfectante, alcohol o algo parecido. Sería una buena solución. Encontró los elementos necesarios. Empapó un trozo de algodón hidrófilo en el líquido y se lo pasó, a conciencia, por las manos –que dejaron el algodón negro de mugre– y lo arrojó a la papelera. Por fin pudo vaciar sus riñones y dar descanso a la vejiga a punto de explotar. El agotamiento estaba por doblegarlo; se resistió, y fue decidido a sentarse frente al escritorio para concluir el trabajo que se propuso. Empezaba la labor más dura de esa noche inesperada. Menos mal que el día siguiente sería sábado y no tendría que presentar ninguno de esos documentos. Pensó en ello y se quedó un poco más tranquilo. Decidió hacerlo por etapas, para lo cual se trazaría un plan. Cogió una hoja en blanco donde escribir un orden de acción. No llegó a escribir ni una letra: el cansancio era enorme y los ojos no se aguantaban abiertos; los cerró en un intento por concentrarse y ya no los pudo abrir. Su cuerpo cedió y se desmoronó sobre la mesa. No le dio tiempo a meditar cual sería la mejor posición para no terminar con fuertes dolores en el cuello, o de cómo colocar los brazos para no despertar con las extremidades acalambradas o sentir ese hormigueo causado por la falta de circulación.

La sombra de una paloma se reflejaba sobre el escritorio. El sol pegaba con timidez y entibiaba la anatomía de Javier. Fue lo primero que vio Cristina al entrar en el salón. No le sorprendió la ausencia de su marido en la cama: era habitual encontrarlo dormido en la mesa de trabajo. La ventana estaba abierta, dejaba entrar una suave brisa, y el trino de los canarios, de la vecina del quinto piso, se oía alegrando la mañana. Se quedó un momento para sentir el calor, sin hacer ruido. Javier se despertó sobresaltado. Miró a su alrededor y vio todo en su sitio; no había indicios de lo sucedido por la noche.

–¿Cómo estás cariño?– Preguntó muy preocupado–. ¿Descansaste bien?
–Si, me fui a la cama temprano, tuve un día agotador, ¿no lo recuerdas?
–No bromees, has ordenado todo para darme una sorpresa. Menudo susto el de anoche…
–No se de qué me hablas. Será mejor que termines de despertarte. Deberías dormir más seguido en la cama, querido. Voy a preparar el desayuno– Dijo esto y salió rumbo a la cocina.
Javier estaba aún desconcertado, no sabía si lo sucedido por la noche había sido un sueño, fruto de su imaginación o si Cristina le estaba jugando una broma. Se fijó la hora en el reloj de pared: eran las 8 de la mañana. Se preguntó qué día sería. Abrió el cajón del escritorio para buscar el reloj digital, que además de las horas marcaba los días de la semana y mes –Ese que les había regalado la prima Dolores, y por ser de un gusto asqueroso lo tenía escondido–. Verificó el día, era sábado, 28 de enero de 2009. No le aclaraba gran cosa. Encendió la radio para escuchar las noticias; esperaba que dijeran algo sobre el temporal nocturno: «La pasada noche, un borracho fue atropellado por un ciclista, bajo una hermosa luna llena…» Escuchó esta y otras noticias pero no decían nada de vientos ni tempestades. Entonces pensó en la posibilidad de haber sufrido una pesadilla. Antes de dejar el sillón, estiró las piernas y los brazos, giró el cuello a la izquierda y a la derecha varias veces, y rotó el torso para un lado y el otro. «La gimnasia del día ya está hecha». Se dijo, y fue a sacarse la última duda. Se dirigió a la cocina para desayunar con su mujer y ver si presentaba algún síntoma de la supuesta enfermedad, de la que él estaba convencido que ella sufría. Allí no había nadie, la pila estaba llena de trastos sucios, quien sabe desde cuando; olía a desperdicios orgánicos y las ventanas estaban cerradas. Se tapó la nariz y al salir cerró la puerta. La angustia empezó a fluir desde su estómago, y fue directo al cuarto de baño. Abrió la tapa del inodoro para vomitar. Cuando terminó se dio vuelta para enjuagarse la boca y se encontró con su imagen en el espejo. Pegó un respingo hacia atrás y miró espantado esa cara de espanto que lo miraba. Se tocó el pelo blanco, desordenado, y paseó sus manos por los surcos de la cara. No se recordaba de esa forma. «No, no puede ser; no tengo tantos años como para estar así. ¿Qué está pasando?» Se metió en la ducha y abrió el grifo para ahogar el llanto y los gritos escapados del alma. Le ayudó a salir del aturdimiento en el que estaba sumido. Una vez calmado, se quitó la ropa empapada, y después de secarse el cuerpo, se puso el albornoz. Las huellas de los pies mojados quedaron por el pasillo, a su paso hacia el dormitorio. Tampoco había nadie allí. Un recorte de periódico, sobre la mesilla de noche, llamó su atención. Sintió un escalofrío seguido de un pinchazo en el corazón. Otra vez la zozobra le impedía respirar con normalidad. Se apretó el pecho con la mano que sostenía el trozo de papel. Se recostó para reponerse y poder leer el recorte. Estaba seguro que allí encontraría la respuesta.

Tres días después, desde el quinto piso, se oía la voz de un periodista que leía las noticias en la televisión local: «La soledad y el abandono se ha cobrado otra víctima. Un anciano de 87 años ha sido encontrado muerto en su cama. A su lado había un viejo recorte de periódico. Era una nota necrológica que recordaba el fallecimiento de su esposa: Cristina de las Mercedes Aparicio y Borda, nacida el 10 de abril de 1923 y fallecida el 28 de enero de 1989. Su esposo, Javier Pastor y Tavernet, hace partícipe de su dolor a sus familiares y amigos. Decía la nota en cuestión». Se produjo una leve pausa tras la cual continuó: «Con esta triste noticia ponemos fin al programa. Hasta mañana».

Un relámpago iluminó la oscuridad de la noche, acompañado del retardado trueno, para dar paso a una torrencial tormenta.
La señora del quinto piso cerró la ventana, antes de que el viento hiciera volar los papeles de su escritorio.


SUSANA VILLAFAÑE



Argentina. Del 48. Artista multidisciplinar. Actriz de teatro, cine y televisión. Bailarina. También escritora. Es mi psiquiatra particular y quien mejor retrata las portadas de mis libros. Y, sobre todo, es una buena y fiel amiga.

CINE

MIENTRAS DUERMES
Jaume Balagueró


Con una filmografía exitosa a sus espaldas desde su primer film, y el aval del público y también, aunque no tan entusiástico, el de la crítica especializada, el leridano Jaume Balagueró es, indiscutiblemente, el maestro del cine de terror español, género en el que nuestra cinematografía tiene muchos cultivadores y filmes notables, y para demostrarlo allí está esa larga filmografía (Los sin nombre, Darkness, Frágiles, Rec) con casi una película por año.
César (Luis Tosar) es el portero de un edificio de apartamentos del Ensanche barcelonés, con una relación complicada con su propietario argentino (Carlos Lasarte) que desconfía de él y busca despedirlo; su trabajo le permite conocer a fondo los secretos de todos los inquilinos con los que alimenta su pulsión voyeur. Con Clara (Marta Etura) la siempre sonriente nueva vecina del 5º B, tiene una fijación e idea una retorcido plan, y para ello cada noche se colará en su apartamento sin que ella lo advierta, llegando, en su obsesión por ella, a cotas cada vez más arriesgadas.
La última película de Balagueró es la historia de una obsesión enfermiza llevada a los últimos extremos; César, su protagonista, es un émulo del dualismo humano, del amable doctor Jekyll por la mañana y el siniestro Hyde por las noches. Mientras duermes, aunque tenga algunos momentos terroríficos y sangrientos, se aparta de todo lo que ha hecho hasta el momento el director de Los sin nombre (aquí no hay sustos, ni cámara subjetiva, ni efectos especiales, ni puertas que se cierran, ni pasillos oscuros) para adentrarse en los terrenos del trhiller psicológico, y lo hace con mediana fortuna. Si la ambientación y la atmósfera están plenamente conseguidos (Balagueró en eso es un maestro), la historia tiene incomprensibles lagunas y los personajes fallan. Hay garrafales errores de guión, que firma Luis Marini, y desbaratan la credibilidad de la película (sin ir más lejos, cuando la pareja formada por Clara y Marcos (Alberto San Juan) sorprende en su habitación al intruso portero; o la invasión provocada de cucarachas, poco creíble por excesiva), frente a secuencias impactantes como la de esa lucha a muerte entre dos personajes que acaba en la bañera con uno desangrándose por una brutal herida que recibe en el cuello, perfecta en su contundencia. Y es una lástima porque la idea original de la película, con ese portero amable y servicial que, por las noches, se mete en la casa de una de sus vecinas para adormecerla y violarla, tiene indudable gancho (aunque la explicación a esa conducta, tener un hijo, se me antoje un tanto disparatada) y remite directamente al cine de Román Polanski.
Estamos, pues, ante un film fallido de un maestro del cine de terror que ha intentado explorar, sin demasiado éxito, otro género, el trhiller psicológico. Y tampoco es que estén demasiado convincentes los actores, con excepción de Luis Tosar, una apuesta segura para cualquier película que lo tenga, pues ni Marta Etura, a pesar de que es su esposa en la vida real, ni Alberto San Juan, encasillado como actor de comedia, transmiten la necesaria verosimilitud a los personajes que interpretan.
JOSÉ LUIS MUÑOZ