Pero antes, antes de sumergirme en el universo viscontiano que huele a flores de cementerio en su decadencia, me perdí por un bosque. Cumplí primero la promesa de visitar a los caballos que pacen en un prado próximo, antes de que los suban de nuevo al Coth de Baretges cuando las nieves que lo cubren se fundan. Me acerqué a ese gracioso potrillo, todo vida, que galopaba al lado de su madre, sin separarse de ella, buscando siempre el contacto protector de su lomo. Madre e hijo forman una estampa entrañable, enternecedora. Me aproximé luego a un viejo conocido, al feo caballo albino de ojos azules, pestañas y crines blancas y mancha amplia en la frente, que bauticé con el nombre de Woody Allen, porque se parece al cómico neoyorquino. Lo conozco desde que es potrillo, pastando por el Coth de Baretges, y celebro que aún viva, que no lo hayan sacrificado, que ya no lo sacrifiquen porque su carne debe de ser dura y correosa. Me di cuenta de lo despistado que llego a ser, porque Woody Allen es una hembra y no un macho como siempre creí. En otras ocasiones, cuando está en el Coth de Baretges, se dejaba tocar. Hoy no, se apartaba cuando me aproximaba a él, relinchaba suavemente y se alejaba temeroso. Se ha olvidado de mí.
Seguí prado arriba y me metí en el bosque sorteando una cabaña pintada de azul a la que nunca oso acercarme. La he bautizado como la casa de Unabomber. Llegué, por una pronunciada pendiente, a una borda restaurada y cerrada desde la que se disfruta una buena vista sobre el pueblo. Seguí luego el curso de un río fragoroso que descendía montaña abajo con breves cascadas hasta que el camino se interrumpía por el propio curso de agua. No era prudente atravesarlo, porque las piedras en las que podía apoyarme estaban húmedas y las posibilidades de dar un resbalón, muy altas, así es que, prudentemente, regresé sobre mis pasos y tomé un camino de herradura que surgía a la derecha, en dirección opuesta al pueblo. Había, en ese camino que no había hollado anteriormente, grandes cantidades de leña cortada que mentalmente almacenaba para el próximo invierno. Aquel camino de carro, por el que podía perfectamente transitar un todoterreno (había roderas recientes) desembocaba en la carretera del Portillón y enlazaba, en un quiebro de 45 grados, con otra pista forestal que, en sentido contrario, trepaba por la falda de la montaña, embarrada por el curso de un río. Seguí andando sin rumbo fijo por ese nuevo camino que dejaba muy abajo el río. En un momento determinado la pista se ensanchaba considerablemente, de forma desproporcionada. Llegué a pensar que quizá, en ese lugar, hubiera habido antiguamente una casa de la que ya no quedaban restos. No tropecé, en todo el trayecto, con persona ni animal. Aunque sí vi señales inequívocas de ambos en tierra. Negras y compactas deyecciones de cabra, por ejemplo. Dos envoltorios vacíos de preservativos Durex alta sensibilidad, también. Esto último era curioso encontrarlo en esa parte tan recóndita del bosque, en un lugar tan apartado. ¿Alguien del pueblo que tiene una relación clandestina? ¿Dos adúlteros que se citan bajo el techado protector de los árboles para consumar la pasión que los devora? ¿Dos fogosos menores que no tienen otro lugar en donde practicar sexo? Habrían venido allí en su coche y éste habría sido su lecho de amor. Seguí mi camino hasta que éste se estrechaba considerablemente y ya no permitía el paso de ningún vehículo. El suelo estaba cubierto de traicionera hojarasca que camuflaba un terreno embarrado por continuos cursos de agua ocultos. Hube de sortear árboles caídos que imponían su barrera, saltarlos o encogerme para pasar por debajo de ellos. Seguí hasta llegar al curso alto del río que estaba centrando todo mi paseo. Cruzarlo en aquella parte seguía siendo arriesgado. Además bajaba con mucha fuerza por el deshielo. Así que opté por sentarme a su vera, en una peña libre de húmedo musgo, y leer la novela de Juan Bas Ostras para Dimitri que hoy me acompañaba. Junto al fragor del río, que apagaba otros ruidos del bosque, el crujido de las ramas y el piar de los pájaros, leí un capítulo especialmente sangriento que narraba con detalle un espeluznante ajuste de cuentas. Puede que fuera influido por la lectura, o por mi habitual desconfianza, pero hubo un momento en que alcé la cabeza y miré a mi alrededor para ver si todo estaba en orden, si estaba realmente solo en ese lugar. Así era. Cuando terminé ese capítulo desandé lo andado. El palo que llevaba me servía para asegurarme del terreno que pisaba. Mis pies, ante suelos resbaladizos y embarrados, buscaban las solitarias piedras. La humedad de aquel entorno era completa. Los troncos caídos estaban cubierto de musgo; de algunas ramas de hayedos desnudos colgaban líquenes. De regreso, ya cuando la senda se convertía en camino de herradura, vi un par de cartuchos de escopeta de caza. Empezaba a tener elementos para un relato, o para una novela ambientada en estos parajes que se está sedimentando en mi cabeza y que quizá escriba. Tengo a los dos protagonistas, tengo más o menos una historia y puedo reproducir milimétricamente este escenario, el del bosque. Con esta y otras ideas en la cabeza llegué a la carretera y desistí de bajar al pueblo por el asfalto y opté por el mismo camino de la ida, el que me llevaba directamente a la cabaña que domina el pueblo. Había una enorme piedra, junto a la puerta cerrada, que me sirvió de asiento. Miré el reloj. Las siete de la tarde y había luz para una hora. Los días empiezan a alargar y a cundir. Decidí que esa piedra, esa casa a mi espalda, esas montañas nevadas enfrente, el pueblo abajo, era el escenario perfecto para terminar con la novela del amigo Bas. Los últimos párrafos de la misma, los que hacen referencia a un atentado espantoso de Al Qaeda en el Gugenheim de Bilbao, son puro humor negro, marca de su autor. No pude evitar desternillarme a solas en ese bucólico lugar mientras leía como Patxi Murga, el protagonista y, en ocasiones, alter ego de Bas, se equivoca a la hora de recoger su brazo, desprendido por la terrible explosión, y se lleva el de un infortunado japonés que no le pueden reimplantar. Bas te hace reír con cosas impensables. Bas siempre es políticamente incorrecto, a Dios gracias. Con el libro leído (cuando uno conoce al autor la lectura siempre está mediatizada por ese conocimiento y tiene, por lo tanto, elementos que la enriquecen) desciendo al pueblo, llego a mi casa, dejo mis botas embarradas junto a la puerta, subo descalzo los escalones de madera, me preparo una cena frugal y me dispongo a ver El inocente, la última película de Visconti.
Extranjero siempre ha sido una palabra que me ha gustado, antes de leer a Camús o ver la película homónima de Visconti, quizá porque en mi infancia/adolescencia fui extranjero de la vida y eso fue el comienzo de mi obsesión por crear mundos propios al margen de la realidad mediante la escritura. Absolutamente extranjero en el colegio; algo extranjero en mi casa; muy extranjero en la universidad de Barcelona, cuando leía a Cortázar apoyado en la columna del patio de Letras con mi jersey de cuello de cisne, negro, y mi pelo recogido en coleta; maravillosamente extranjero cuando desembarco en un país desconocido; excitantemente extranjero cuando abrazo por primera vez el cuerpo desnudo de una mujer extraña que va a dejar de serlo; extranjero a veces conmigo mismo cuando entablo una discusión con mi otro yo…
Hoy me metí en una cueva. Bien, he estado en varias cuevas a lo largo de mi vida, hasta en la de Altamira cuando era niño de pantalón corto, pero nunca en una cueva, digamos, no turística. Pero la de hoy no era una cueva en el sentido más estricto de la palabra sino una antigua mina. La entrada estaba en un lugar criminal; tenías que trepar por enormes bloques de roca lisa y con pocos puntos para agarrarse hasta atisbar, en uno de ellos, su diminuta entrada. Una cueva del Montseny, de su vertiente mediterránea y más soleada, árida, con pinos achaparrados y sendas polvorientas en las que echaba de menos el sonido de las cigarras. Y además, llegué a la entrada de esa gruta abierta por el hombre, con los pies sencillamente destrozados por calzar unas botas que me había dejado para la ocasión el Filósofo Rojo y me iban pequeñas. Así es que me asomé a esa boca oscura y redonda, como un bostezo en la montaña, cojeando, con los dedos retorcidos y las uñas de los dedos gordos de los pies hundidas en la carne. Un masoquista. Buscando mi castigo, como diría mi psiquiatra argentina. Entramos en la angosta y abandonada mina iluminados por la luz de una linterna que llevaba quien iba a la cabeza del grupo ilustre de excursionistas: cuatro profesores y alguien que escribe. En la entrada, como una trampa, un enorme orificio angosto que, como un sumidero, te llevaría al centro de la tierra si cayeras por él. Según avanzábamos, a ciegas, tanteando las paredes, con la cabeza gacha por si dábamos con ella contra el techo, intuimos más orificios. No había murciélagos, ni agua, ni humedad excesiva. Daba la sensación de que aquella había sido una explotación minera de poca monta. Pero costaba imaginar a personas allí adentro, trabajando a pico y pala, en esos angostos pasadizos, y transportando luego el mineral arrancado hasta el pueblo más cercano. De regreso los pies me dolieron un espanto, pero pensé en el alma de aquellos mineros que habían dejado su vida en las infectas galerías de las que acabábamos de salir sanos y salvos, y mi dolor de pies, de dedos, de uñas, me pareció una menudencia. Explotaciones mineras, las llamaban. Explotación salvaje e inhumana de seres humanos.