martes, 27 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 26 de marzo de 2012

Acabé el día viendo El inocente. ¿Por tercera vez? Sigue siendo una de las películas que más me gustan del príncipe rojo, ese curioso aristócrata de izquierdas que era Luchino Visconti. Habla, de nuevo, como en otras muchas de sus películas, de la descomposición de su clase social. Olí, en esos escenarios burgueses, en esos palacios ampulosos tan bien retratados, el hedor de la podredumbre, de la descomposición de la aristocracia. Giancarlo Giannini, un actor no especialmente afortunado ni considerado, borda su papel de marido en un matrimonio de conveniencia con esa exquisita, y ya olvidada, Laura Antonelli, un icono erótico de la época, en el que campa a sus anchas la amante encarnada por Jennifer O’Neil, la chica de Verano del 42 de Robert Mulligan. Advertí, porque siempre cuando uno vuelve a ver una película capta detalles que se le pasaron por alto en anteriores revisiones, que una serie de planos aparecían suavemente velados por un tel cuando Laura Antonelli se cubría el rostro con un fino velo, y no eran planos subjetivos. Me llamó la atención de que un homosexual confeso como Visconti se recreara en la carnalidad del cuerpo perfecto de la italiana. En algunos momentos Laura Antonelli parecía la Olimpya de Manet. Quizá se había equivocado Visconti en los papeles y hubiera tenido que dar a ésta el papel de amante y a Jennifer O’Neil, el de esposa. Curiosamente las escenas de pasión amorosa de Giancarlo Gianini no tenían lugar con su amante sino con su despechada y humillada mujer. La secuencia del infanticidio, El inocente al que alude la novela homónima de Gabriele d’Anunzio que adapta Luchino Visconti en su película testamentaria, sigue siendo cruel, horrorosa. Sobre ese niño descarga el marido el odio que siente hacia el amante que embarazó a su esposa y al que nunca podrá vencer porque ya murió. Muchos de los movimientos de cámara, siempre suaves, por los recargados salones italianos, me parecieron ya vistos en Muerte en Venecia, su obra cumbre: es su mirada idéntica, disecciona. Mientras la veía, ya sin el fuego de la estufa de leña, porque la temperatura en la casa se ha situado en 17 grados por la noche, sentado en el sofá, con los pies descalzos sobre una mesa de cristal, reflexionaba sobre mis vidas pasadas que me habían llevado a ésta, a este lugar, a cumplir un sueño que me estuvo rondando desde que descubrí el Valle a los veintidós años. Casi cuarenta años para dar este paso y sin la certeza de si será el último o habrá otros.
Pero antes, antes de sumergirme en el universo viscontiano que huele a flores de cementerio en su decadencia, me perdí por un bosque. Cumplí primero la promesa de visitar a los caballos que pacen en un prado próximo, antes de que los suban de nuevo al Coth de Baretges cuando las nieves que lo cubren se fundan. Me acerqué a ese gracioso potrillo, todo vida, que galopaba al lado de su madre, sin separarse de ella, buscando siempre el contacto protector de su lomo. Madre e hijo forman una estampa entrañable, enternecedora. Me aproximé luego a un viejo conocido, al feo caballo albino de ojos azules, pestañas y crines blancas y mancha amplia en la frente, que bauticé con el nombre de Woody Allen, porque se parece al cómico neoyorquino. Lo conozco desde que es potrillo, pastando por el Coth de Baretges, y celebro que aún viva, que no lo hayan sacrificado, que ya no lo sacrifiquen porque su carne debe de ser dura y correosa. Me di cuenta de lo despistado que llego a ser, porque Woody Allen es una hembra y no un macho como siempre creí. En otras ocasiones, cuando está en el Coth de Baretges, se dejaba tocar. Hoy no, se apartaba cuando me aproximaba a él, relinchaba suavemente y se alejaba temeroso. Se ha olvidado de mí.
Seguí prado arriba y me metí en el bosque sorteando una cabaña pintada de azul a la que nunca oso acercarme. La he bautizado como la casa de Unabomber. Llegué, por una pronunciada pendiente, a una borda restaurada y cerrada desde la que se disfruta una buena vista sobre el pueblo. Seguí luego el curso de un río fragoroso que descendía montaña abajo con breves cascadas hasta que el camino se interrumpía por el propio curso de agua. No era prudente atravesarlo, porque las piedras en las que podía apoyarme estaban húmedas y las posibilidades de dar un resbalón, muy altas, así es que, prudentemente, regresé sobre mis pasos y tomé un camino de herradura que surgía a la derecha, en dirección opuesta al pueblo. Había, en ese camino que no había hollado anteriormente, grandes cantidades de leña cortada que mentalmente almacenaba para el próximo invierno. Aquel camino de carro, por el que podía perfectamente transitar un todoterreno (había roderas recientes) desembocaba en la carretera del Portillón y enlazaba, en un quiebro de 45 grados, con otra pista forestal que, en sentido contrario, trepaba por la falda de la montaña, embarrada por el curso de un río. Seguí andando sin rumbo fijo por ese nuevo camino que dejaba muy abajo el río. En un momento determinado la pista se ensanchaba considerablemente, de forma desproporcionada. Llegué a pensar que quizá, en ese lugar, hubiera habido antiguamente una casa de la que ya no quedaban restos. No tropecé, en todo el trayecto, con persona ni animal. Aunque sí vi señales inequívocas de ambos en tierra. Negras y compactas deyecciones de cabra, por ejemplo. Dos envoltorios vacíos de preservativos Durex alta sensibilidad, también. Esto último era curioso encontrarlo en esa parte tan recóndita del bosque, en un lugar tan apartado. ¿Alguien del pueblo que tiene una relación clandestina? ¿Dos adúlteros que se citan bajo el techado protector de los árboles para consumar la pasión que los devora? ¿Dos fogosos menores que no tienen otro lugar en donde practicar sexo? Habrían venido allí en su coche y éste habría sido su lecho de amor. Seguí mi camino hasta que éste se estrechaba considerablemente y ya no permitía el paso de ningún vehículo. El suelo estaba cubierto de traicionera hojarasca que camuflaba un terreno embarrado por continuos cursos de agua ocultos. Hube de sortear árboles caídos que imponían su barrera, saltarlos o encogerme para pasar por debajo de ellos. Seguí hasta llegar al curso alto del río que estaba centrando todo mi paseo. Cruzarlo en aquella parte seguía siendo arriesgado. Además bajaba con mucha fuerza por el deshielo. Así que opté por sentarme a su vera, en una peña libre de húmedo musgo, y leer la novela de Juan Bas Ostras para Dimitri que hoy me acompañaba. Junto al fragor del río, que apagaba otros ruidos del bosque, el crujido de las ramas y el piar de los pájaros, leí un capítulo especialmente sangriento que narraba con detalle un espeluznante ajuste de cuentas. Puede que fuera influido por la lectura, o por mi habitual desconfianza, pero hubo un momento en que alcé la cabeza y miré a mi alrededor para ver si todo estaba en orden, si estaba realmente solo en ese lugar. Así era. Cuando terminé ese capítulo desandé lo andado. El palo que llevaba me servía para asegurarme del terreno que pisaba. Mis pies, ante suelos resbaladizos y embarrados, buscaban las solitarias piedras. La humedad de aquel entorno era completa. Los troncos caídos estaban cubierto de musgo; de algunas ramas de hayedos desnudos colgaban líquenes. De regreso, ya cuando la senda se convertía en camino de herradura, vi un par de cartuchos de escopeta de caza. Empezaba a tener elementos para un relato, o para una novela ambientada en estos parajes que se está sedimentando en mi cabeza y que quizá escriba. Tengo a los dos protagonistas, tengo más o menos una historia y puedo reproducir milimétricamente este escenario, el del bosque. Con esta y otras ideas en la cabeza llegué a la carretera y desistí de bajar al pueblo por el asfalto y opté por el mismo camino de la ida, el que me llevaba directamente a la cabaña que domina el pueblo. Había una enorme piedra, junto a la puerta cerrada, que me sirvió de asiento. Miré el reloj. Las siete de la tarde y había luz para una hora. Los días empiezan a alargar y a cundir. Decidí que esa piedra, esa casa a mi espalda, esas montañas nevadas enfrente, el pueblo abajo, era el escenario perfecto para terminar con la novela del amigo Bas. Los últimos párrafos de la misma, los que hacen referencia a un atentado espantoso de Al Qaeda en el Gugenheim de Bilbao, son puro humor negro, marca de su autor. No pude evitar desternillarme a solas en ese bucólico lugar mientras leía como Patxi Murga, el protagonista y, en ocasiones, alter ego de Bas, se equivoca a la hora de recoger su brazo, desprendido por la terrible explosión, y se lleva el de un infortunado japonés que no le pueden reimplantar. Bas te hace reír con cosas impensables. Bas siempre es políticamente incorrecto, a Dios gracias. Con el libro leído (cuando uno conoce al autor la lectura siempre está mediatizada por ese conocimiento y tiene, por lo tanto, elementos que la enriquecen) desciendo al pueblo, llego a mi casa, dejo mis botas embarradas junto a la puerta, subo descalzo los escalones de madera, me preparo una cena frugal y me dispongo a ver El inocente, la última película de Visconti.


domingo, 25 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 25 de marzo de 2012
Desgracia. Parece perseguirme en esta recién inaugurada primavera. Empezó por el ordenador y esa misteriosa mancha sanguinolenta que se extendió por su pantalla y me ha provocado ceguera. Siguió por la pérdida irreparable de un relato que busqué durante tres días infructuosamente en sus entrañas. Es lo que pasa con lo virtual. El papel era más difícil de extraviar. Como esa pérdida, la del relato, me tiene varios días sin dormir, voy a reescribirlo, aunque nunca será el mismo. Veré si recuerdo exactamente de qué iba. Siguió mi desgracia cuando me bloquearon la cuenta Hotmail, algo que suelen hacer con frecuencia para tocarme las narices y hacerme perder el tiempo respondiendo a cómo me llamo, cuándo nací, dónde nació mi madre, a quién escribí mis últimos correos, cuál fue el asunto que puse en ellos, etc.. . No fue menos desgracia que ayer me despistará y dejará al fuego (de mi cocina vitrocerámica, así es que de fuego nada) mi legendaria sopa, que se achicharró: suerte que estaba en casa y empecé a oler a quemado. Luego se me borró el diario de un escritor correspondiente al día de ayer. Y el postre fue cuando mi cámara de fotos decidió que dejaba de funcionar y me dejó sin capturar unos cuantos paisajes.
Todo falla a mi alrededor. Quizá como premonición de que, en algún momento, sea yo quien empiece a fallar. Por esa razón, cuando ayer cogí la bicicleta y me fui pedaleando hasta Sant Joan de Torán, una aldea con, literalmente, seis casas y un bar regentado por un vasco y una francesa, tuve mucho cuidado de no derrapar, en el descenso, en las curvas. No puedo permitirme el riesgo de romperme una pierna. Ni la cabeza.
Como es domingo, el pueblo se llenó de franceses. Con ellos, casi todas las mesas del bar estaban ocupadas. Sudé sangre por conseguir una, mi cerveza cotidiana y poder leer El País. Me centré en el enloquecido yihadista de Toulouse. Hacía tanto sol que empecé a añorar el invierno. Aunque iba con manga corta sigo llevando el pantalón de pana y una chaqueta del mismo tejido que deberé colgar ya en el armario. Y regresé a casa, harto de sol, sin tener muy claro qué me iba a hacer para comer. Finalmente fueron macarrones. No es lo mío. Mucho mejores los que me hizo en Vic El Filósofo Rojo. Le pediré el truco. Porque al final todas las recetas tienen su truco. Hasta unos simples macarrones. Les puse ajo, cebolla picada, tomate y la carne, pero no acabaron de estar buenos.
No estoy a la altura de la gloriosa primavera que explota en el Valle y hace crecer el caudal de los ríos con el deshielo. Ese desfase con el tiempo climático es más insufrible que el desfase temporal de hoy por el cambio de hora. No me acabo de aclarar si el día es más corto o más largo. Al final resultó ser más largo. Abro las ventanas, para purificar el aire del interior de la casa y que entre ese maravilloso olor a campo en ebullición, pero también lo hacen las abejas, avispas y demás insectos incordiantes. Escucho los pájaros, los balidos de las ovejas, los golpes de hacha que da mi vecino a sus troncos, y me invade una inexplicable sensación de soledad y desamparo que no tuve en invierno, quizá porque entonces no me lo podía permitir. Disfruto, o sufro, de la quietud. Contemplo cómo la corriente de aire arremolina los papeles de mi escritorio. Y me siento vencido. Y para vencer mi derrota monto de nuevo en la bici y me voy al Portillón, setecientos metros de desnivel en 8 kilómetros. No mejora mi autoestima, sino que empeora, considerablemente, cuando un tipo andando me adelante a mí, que voy en bici. No tengo en consideración que el caminante, pertrechado con sus correspondientes palos, zapatillas deportivas y mallas, es bastante más joven que yo. Así es que para disimular, y que mi humillación no sea tan grande, me detengo en un mirador y le dejo que me pase delante cuando ya me está adelantando. Pero, ¿a quién engañas? A ti no, desde luego, que asumes tu derrota, y al caminante menos, que se debe de estar carcajeando de ese ciclista que sube más lento la cuesta que él.
Permanezco cinco minutos sentado en el mirador, contemplando el pueblo a mis pies, y luego monto de nuevo en la bici. La hibernación de estos meses ha atrofiado mi musculatura. Cuando corono el Portillón, todos los músculos me duelen y el corazón retumba bajo las costillas. Así es que busco una piedra, que ya conozco de otras veces, y me tumbo al sol, a descansar, a contemplar el bosque, a mirar ese Coth de Baretges profusamente nevado que me desafía a alcanzarlo, quizá mañana si me veo con fuerza para ello.
Cuando emprendo el descenso, a tumba abierta (¡que me coja ahora el caminante!) tengo en la cabeza una merienda: chocolate con churros. Y me pongo a hacerla en cuanto dejo la bici en casa y subo al salóncomedorcocina. Y a pesar de mi pericia con los churros no acierto con la harina, me salen rematadamente mal, pero me los como. Tampoco es que el chocolate me quede perfecto: no consigo acabar con los grumos.
La jornada tendría un balance deprimente y desastroso si no fuera por cuatro amigas que se interesaron por mí, acordándose de mi existencia a su manera, y una que me olvidó a lomos de su bicicleta o cantando en el coro. Una chica me escribe casi a diario, desde el lejano México, y nuestras misivas son cada vez más intimas en el convencimiento, por parte de ambos, de que no vamos a superar la virtualidad por culpa de ese inmenso océano que nos separa y yo amenazo cruzar en vuelo transoceánico. Una amiga, o más que amiga, de mi séptima vida me lanza reproches que yo reconduzco hasta hacerme perdonar aunque con gusto la sometería a dura penitencia con látigo y cilicio. También me escribe Mademoiselle Bonnaire, de quien no había vuelto a saber, y me habla de su granja, de que pase un día por ella a comer su foie porque, al parecer, cebó sus ocas y las sacrificó a pesar de sus buenos sentimientos. Aunque la comunicación más estimulante del día, la más cercana, la establezco por teléfono. Quien me llama tiene una voz bonita, de chica de la radio, además de otras muchas virtudes, y me habla de un neologismo que ella ha inventado y me aplica con generosidad cada vez que me ve; le animo a que envíe el palabro a la RAE para su reconocimiento. Así es que no sé por qué me quejo. Sí, porque no estoy a la altura de la primavera.
Por la noche, después de celebrar la victoria de la izquierda en Andalucía y ver una buena película con Lachicadelabici, un calambre brutal me sacude una pierna. A duras penas trepo por la escalera, abro la puerta del nuevo dormitorio, al que me he mudado, y me derrumbo en la cama confiando en que la pierna se arregle mañana. Veremos. Mañana.

lunes, 19 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic, Barcelona, Arán, 18 de marzo de 2012
Extranjero siempre ha sido una palabra que me ha gustado, antes de leer a Camús o ver la película homónima de Visconti, quizá porque en mi infancia/adolescencia fui extranjero de la vida y eso fue el comienzo de mi obsesión por crear mundos propios al margen de la realidad mediante la escritura. Absolutamente extranjero en el colegio; algo extranjero en mi casa; muy extranjero en la universidad de Barcelona, cuando leía a Cortázar apoyado en la columna del patio de Letras con mi jersey de cuello de cisne, negro, y mi pelo recogido en coleta; maravillosamente extranjero cuando desembarco en un país desconocido; excitantemente extranjero cuando abrazo por primera vez el cuerpo desnudo de una mujer extraña que va a dejar de serlo; extranjero a veces conmigo mismo cuando entablo una discusión con mi otro yo…
Me sentí extranjero a lo largo de los tres años de mi séptima vida, cuando ejercía de catalán en Granada entre algunos catalanofóbicos. Me siento ahora, en Catalunya, cuando ejerzo de castellano. Nada tan patético como los nacionalismos extremos; nada tan ridículo y provinciano como creerse el ombligo del mundo y despreciar a los demás. Como me sucedió hace un par de días, mientras esperaba el autobús que me llevaría de Barcelona a Vic con mi maleta. Estaba sentado en el banco de la parada de la calle Caspe y se situó a mi lado un viguetá (natural de Vic) de unos cuarenta y cinco años, trajeado, sin corbata y pelo medianamente largo. Un indigente descarado se le acercó a pedirle dinero. Yo acababa de dar dos euros a una pareja que arrastraba un carrito con un, supuesto, niño dentro (no lo vi y luego pensé que debía de ser un truco para mover a piedad). El tipo que se dirigió a mi vecino de cola, que permanecía de pie mientras yo estaba sentado en el banco, era verborreico y tenía cogida la mano del viguetá que, tras pedirle que se la soltara, le dijo que no le iba a dar un euro. Bien. Yo tampoco se lo habría dado por el simple hecho de cogerme la mano. Aixó és lo que hi ha, dijo mi vecino de cola mientras yo le hablaba de la crisis económica, en català, y le comentaba que cada vez veía a más gente rebuscando en los contenedores, que cada vez más personas acudían a los comedores sociales, que esto no hay quién lo pare. Això és lo que hi há, siguió repitiendo como un mantra conformista. Es lo que hay, como si no se pudiera cambiar y nos tuviéramos que adaptar y aguantarnos. Mi situación, yo sentado y él de pie, me impedía discutir. No puedo confrontar nunca si yo estoy más abajo que mi oponente y tengo que alzar la cabeza para mirarlo. Tampoco iba a levantarme para comprobar que yo era más alto que el viguetá que repetía su mantra Això és lo que hi ha como si hubiera descubierto la piedra filosofal. Hizo, luego, un giro dialéctico, y en catalán despotricó contra España, las Españas, que no nos querían a los catalanes, que nos robaban, que nos estafaban, que los andaluces y extremeños eran una panda de vagos, que su hijo no hablaba bien castellano y que él se sentía orgulloso de su ignorancia, de que lo hablara mal, obligado cuando los moros se dirigían a él en ese pestoso idioma castellano. Los moros, claro, para definir al personaje que me estaba dando la matraca. Es como dos hermanos, y hay uno que se droga, y el que no se droga le dice al que lo hace: Mira, ya no quiero saber nada de ti. Pues eso nos pasa con España. Bien, España se droga, no lo sabía, y Catalunya es el hermano bueno y recto. Mientras aquel tipo despotricaba contra La puta Espanya, sin entender un ápice el significado que le dio el genial gallegocatalán Pepe Rubianes (La puta España, sí, ésa de las tapias de los cementerios) que tenía la culpa de todo, hasta de la crisis mundial, según su parecer, a mí empezaba a dolerme la cabeza, el hígado y los oídos. Tenía que haberle interrumpido a ese estúpido nacionalista que se creía que Catalunya era lo mejor del mundo, que los hijos de puta que hay en Catalunya, por el hecho de ser catalanes, ya no eran hijos de puta, y haberle dicho en lenguaje cervantino que yo nací en Salamanca de padre madrileño y madre extremeña, aunque hablara medianamente bien el catalán; que su hijo, con un padre tan desgraciado como él que no se molestaba en que aprendiera un idioma que hablan más de trescientos millones en el mundo, sería un ignorante y tendría menos posibilidades de encontrar un trabajo que no fuera de matarife de cerdos en Vic; que España, salvo algunos descerebrados como él, que haberlos haylos y se retroalimentan con su diarrea mental, es tan maravillosa y digna como lo pueda ser Catalunya; que viví en Andalucía, en donde fui un extranjero bien acogido, y que ahora estoy en Arán, que es un valle abierto que hace gala de sus cuatro lenguas (aranés, catalán, castellano y francés)…pero no lo hice, porque estaba sentado y no valía la pena levantarse para perder saliva, tiempo y paciencia con un palurdo de esa estofa. Recé para que no se sentara a mi lado cuando viniera el autobús y me siguiera dando la tabarra durante la hora de trayecto hasta Vic. No lo hizo. Bakunin me escuchó.
Extranjeros. Ayer. De regreso de la excursión a esas minas angostas por la parte más árida del Montseny. La pareja que nos había indicado el camino y nos había prestado la linterna para explorar el interior de la cueva, nos esperaba al pie de su solitaria casa de la rectoría junto a la sencilla iglesia románica del siglo XI que habían restaurado. La mujer, de aspecto más joven que el marido, acariciaba a su gos de atura (especie muy apreciada de perro pastor catalán que se caracteriza por su gran tamaño, aspecto lanudo y su experiencia en vigilar y conducir rebaños de ovejas) mientras le decía al can, y a nosotros: Sort que aquest es català (Suerte que éste es catalán) ¿Tienen nacionalidad los perros? Ahora me entero. ¿Dicen guau en catalán?
Ayer el Filósofo Rojo, que se parece a Gramsci y es catalanogallego o gallegocatalano, me echó por tierra una de las señas de identidad culinaria, las del emblemático y, falsamente catalán, pà amb tomaquet. Fueron los murcianos que trabajaron en la Exposición de Barcelona los que lo inventaron para poder tragar, untándolo con tomate y aceite, el seco pan que les ofrecían sus patronos catalanes explotadores. Y es en Andalucía dónde más se come pan con tomate. Extranjeros.
Extranjeros. Los que había hoy en ese mercadillo que ponen en una de las calles de Vic, cerrada al tráfico los domingos, en donde estuvo, precisamente, ese cuartel de la Guardia Civil que los asesinos de ETA volaron, con niños incluidos, y del que queda, como recuerdo, una vergonzante placa (una indignidad que un día quemaré). Compré tres pares de calcetines. Los necesitaba. A buen precio. En su etiqueta ponía que habían sido fabricados en España y no en China. Había fruta y verduras con buen aspecto. Miel y quesos. Camisas baratas. Sostenes y bragas que el viento zarandeaba. Y extranjeros. Ese 30% que ostenta Vic y que son la excusa para que el ultraderechista Anglada consiga un buen porcentaje de votos entre los ciudadanos de esa tranquila y cuidada ciudad del interior de Catalunya que teme perder su identidad con tanta multiculturalidad. Bien está que trabajen en las cárnicas, pero que no se exhiban luego por nuestras calles, que no enturbien con su oscura presencia ese crisol blanco y puro de la Catalunya interior. Parece Tombuctú, me dice, en un momento determinado, el Filósofo Rojo. Y miro a mi alrededor: somos casi los dos únicos blancos que circulan entre los clientes mayoritariamente africanos de ese mercadillo callejero.
Extranjeros. Ruidosos. Los que me acompañaban esta mañana en el vagón de tren camino de Barcelona desde Vic para tomar luego el autocar de ALSA que me llevaría de nuevo al Valle. Tres negros. O subsaharianos. Tres negros. Y yo, un blanco que intentaba leer el periódico sin conseguirlo por la escandalosa conversación de esos tres negros con voz de barítono. Hablaban a gritos. Un francés con cadencia africana, lo que indicaba que eran de etnias y países diferentes. Debían de estar sordos. Desde luego tenían unos vozarrones increíbles, tipo Barry White. Pero me daban una tabarra insoportable. Además no hacían más que levantarse e ir al espacio que había entre vagones para fumarse un cigarrillo, y, cada vez que abrían esa puerta, me atufaba un olor denso a humo de tabaco. Y siguieron hablando a voz en grito durante todo el trayecto, incluidas las paradas, sin que yo pudiera enterarme de lo que estaba leyendo. Estuve por pedirles que cantaran. Que cantaran, pero que no hablaran. No lo hice. Permanecí sentado.
Extranjeros. En el autocar de la ALSA que me lleva al Valle. Un conductor rumano, al que ya conozco de otros viajes y me conoce también. Una pasajera rusa, joven, morena, de piel clara, guapa, que se pasa todo el viaje hablando con el conductor rumano en un más que correcto castellano con acento musical. Hay otro extranjero, de no sé qué país, que habla por el móvil. Y yo, que soy extranjero de mi mismo. Dormito buena parte del viaje, pues no funciona la conexión wifi del autocar. Sueño con el fricandó. Con la cocinera de ese fricandó. Con las promesas de futuros fricandós. Con un viaje a Donosti. Con Angkor. Leo la parte del diario que los negros del tren Vic/Barcelona impidieron con sus tronantes voces. El autocar hace la parada preceptiva en Balaguer a las 18:30. Desciendo a tomarme un café en el bar de la pequeña estación de autobuses. Ahora es de chinos. Una mujer china me pone un café con leche excesivamente caliente y malo. Soplando, para enfriarlo, se me pasa el tiempo de ir al baño. Pondré a prueba mi próstata en las próximas dos horas de viaje. Vuelvo al autocar cuando éste arranca. El conductor rumano sigue hablando con la chica rusa que vive en Bossòst pero que no conozco. La muchacha rusa, subiendo hacia el Valle, mientras el autocar bordea el pantano, habla de que los chinos están invadiendo Siberia. Chinos. Chinos por todas partes. Pero ni uno solo en el Valle con la falta que nos hacen por sus horarios flexibles. Me gustaría tener un chino al lado de casa como lo tenía en Granada. Sí toda clase de latinos. Pero no chinos. Un conductor vasco que toma el relevo, para que el rumano descanse y se siente al lado de la pasajera rusa, habla de que chino y ruso son los idiomas, después del inglés, más demandados por los alumnos catalanes. Sólo un 1% pide francés. Francés. Fricandó. Donostia. Angkor.
Llego al Valle de noche, nevando. Caen copos racheados, no excesivos, que seguramente no cuajarán pero sí aumentarán la base de nieve que hay en las cimas de las montañas y en la estación de Baqueira Beret. El termómetro marca tres grados positivos. Voy con la camiseta de manga corta negra que he estado utilizando estos últimos días en Barcelona y Vic, en donde la temperatura subía hasta los 26 grados. En Arán regreso de nuevo al invierno. Arrastro la maleta por las calles del pueblo. Veo las noticias en cuanto llego a casa. Todavía no ha estallado la guerra Israel/Irán. Me tomo un café con leche y un par de trozos de un sobao que hice antes de ausentarme y adolece de un exceso de mantequilla y ralladura de limón. Me quedo con hambre. Pero tengo más sueño que hambre. Conecto un teclado, extranjero con respecto a mi nuevo mini ordenador, con el que podré seguir practicando la escritura directa con Lachicadelabici que a estas horas quizá ande por África.

sábado, 17 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic, 17 de marzo de 2012
Hoy me metí en una cueva. Bien, he estado en varias cuevas a lo largo de mi vida, hasta en la de Altamira cuando era niño de pantalón corto, pero nunca en una cueva, digamos, no turística. Pero la de hoy no era una cueva en el sentido más estricto de la palabra sino una antigua mina. La entrada estaba en un lugar criminal; tenías que trepar por enormes bloques de roca lisa y con pocos puntos para agarrarse hasta atisbar, en uno de ellos, su diminuta entrada. Una cueva del Montseny, de su vertiente mediterránea y más soleada, árida, con pinos achaparrados y sendas polvorientas en las que echaba de menos el sonido de las cigarras. Y además, llegué a la entrada de esa gruta abierta por el hombre, con los pies sencillamente destrozados por calzar unas botas que me había dejado para la ocasión el Filósofo Rojo y me iban pequeñas. Así es que me asomé a esa boca oscura y redonda, como un bostezo en la montaña, cojeando, con los dedos retorcidos y las uñas de los dedos gordos de los pies hundidas en la carne. Un masoquista. Buscando mi castigo, como diría mi psiquiatra argentina. Entramos en la angosta y abandonada mina iluminados por la luz de una linterna que llevaba quien iba a la cabeza del grupo ilustre de excursionistas: cuatro profesores y alguien que escribe. En la entrada, como una trampa, un enorme orificio angosto que, como un sumidero, te llevaría al centro de la tierra si cayeras por él. Según avanzábamos, a ciegas, tanteando las paredes, con la cabeza gacha por si dábamos con ella contra el techo, intuimos más orificios. No había murciélagos, ni agua, ni humedad excesiva. Daba la sensación de que aquella había sido una explotación minera de poca monta. Pero costaba imaginar a personas allí adentro, trabajando a pico y pala, en esos angostos pasadizos, y transportando luego el mineral arrancado hasta el pueblo más cercano. De regreso los pies me dolieron un espanto, pero pensé en el alma de aquellos mineros que habían dejado su vida en las infectas galerías de las que acabábamos de salir sanos y salvos, y mi dolor de pies, de dedos, de uñas, me pareció una menudencia. Explotaciones mineras, las llamaban. Explotación salvaje e inhumana de seres humanos.

Hoy el Filósofo Rojo hizo macarrones. Le dije que los hacía muy bien. Y es una verdad incontestable. Además es en casa del Filósofo Rojo en donde suelo comer macarrones. Los hace con carne picada de primera calidad, cebolla troceada y tomate. Le dije que sus macarrones me parecían una obra de arte culinaria. El Filósofo Rojo, además de ser un buen anfitrión, un excelente amigo, es también buen cocinero. Se parece a Gramsci físicamente. Y es Rojo como el filósofo, intelectual, teórico marxista y fundador del Partido Comunista Italiano. Terminamos la comida con sendos Macallan. Eché de menos los cigarros de antaño, pero ya no fuma. Y yo sólo lo hago en pipa en el Valle de Arán. Hablamos del mundo. Lo arreglamos a nuestra manera, conscientes de que nuestra influencia en el devenir de los acontecimientos será del todo irrelevante. Ayer, con el mismo entusiasmo que hablamos de política y especulamos con el éxito de la huelga general del día 29, hablábamos de mujeres y lo hicimos en una cervecería del centro de Vic. Yo tomaba una Franciskaner. Él, una cerveza a presión. El camarero que atendía la barra era un armario, uno de esos tipos de espalda triangular que cuando andan oscilan el cuerpo a derecha e izquierda manteniendo los brazos en una actitud marcial. Hablábamos de sentimientos, más que de sexo. De las mujeres que habían pasado por nuestras vidas y nosotros por las de ellas. Yo le hablé de algo que me atormenta últimamente, de la relatividad de las relaciones sentimentales, del peso que crees que van a tener algunas en tu vida y de la decepción que te provoca comprobar la poca huella que te dejan. Yo estaba hambriento. No había comido. No lo había hecho porque ese mediodía, entre las 14:30 y las 18:30, comer hubiera sido perder el tiempo. Así es que me bebía esa Franciskaner, que algo me alimentaba, y pensaba en ese fricandó exquisito con setas que un alma caritativa había cocinado para los dos. Y en ese fricandó exquisito que nos comimos para cenar, una hora después de las cervezas en el local con el camarero armario de movilidad reducida, había mucho amor, convenimos ambos; diferente al que había tenido lugar en esas cuatro horas anteriores en que me olvidé de comer, más desinteresado, si ello era posible. Por esa razón hoy, cuando después de la siesta y poner en marcha el ordenador con el que escribo estas líneas (nuevo, pequeño y con un pésimo teclado que me obliga a escribir muy despacio y prescindir de la escritura directa que tanto le gusta a La Chica de la Bicicleta) y me fui al cine con el Filósofo Rojo (una sala con cuatro butacas ocupadas de las doscientas que tenía) y mientras veía la película ¿Y ahora adónde vamos?, una mezcla de cine de Fellini, Lisístrata y La vida es bella (bella es la directora e intérprete libanesa Nadine Labaki), estuve pensando en la rubia cocinera de aquel fricandó que comimos durante la cena del día anterior y en el cariño con que lo había cocinado para nosotros.

miércoles, 14 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 14 de marzo de 2012



Últimamente ya no cojo el coche para bajar a Barcelona. Dejé de hacerlo después de comprobar que era más barato, además de más cómodo, tomar el autocar de línea que me dejaba en la Diagonal. El único inconveniente es que sale a las cuatro y media de la madrugada del Valle. Pero hoy, a esa hora, no hace ni siquiera frío y una simple chaqueta de pana marrón, un pantalón del mismo tejido, azul, una camiseta negra y una camisa de verano son suficientes para no pasar frío porque sencillamente no hace. Duermo durante buena parte del viaje. Tomo un café con leche y una palmera en la parada que el autocar hace en Balaguer, aunque el vehículo hizo otra no oficial, en Pont de Suert, porque una pasajera se estaba orinando. Vamos en familia: no más de seis pasajeros, más algunos que suben a mitad de trayecto, en Balaguer. Y con la luz de la madrugada devoro las últimas páginas de Diario de invierno de Paul Auster que me regaló una señora de Burgos. En Burgos hay señoras, como en Bilbao, o en Donostia; en otras ciudades quizá mujeres. Y es en el formidable atasco que se forma antes de entrar en Barcelona, a diez kilómetros, cuando veo pasar por la ventanilla un enorme camión con destino a Luanda. ¿Luanda? te preguntas con una cierta incredulidad, volviendo a leer el nombre en la parte de carga del largo vehículo. Sí, y Maputo también, por si tenías dudas. La fila del camión se vuelve a detener y el autocar en el que viajas lo adelanta de nuevo. Te fijas en el conductor. Ni es negro, ni tiene pinta de aventurero. Luanda, repites, y tienes la tentación de apearte del autocar que te lleva a Barcelona y subirte a ese camión que quizá tarde meses en cruzar África hasta llegar a Luanda con su extraño cargamento. Pero no lo haces porque ya no tienes tiempo.

Propones a La Arquitecta compartir el desayuno. Acepta con un escueto Ok por sms. La esperas en una terraza próxima a la Diagonal. Todavía no has pasado por el hotel, así es que llevas el ordenador y la maleta y pones ambas cosas a buen recaudo mientras pides un café con leche y una chapata de sobrasada y beicon. El servicio es rápido, hasta en la terraza, y apenas te da tiempo de leer una página y media de la novela de Auster que en muchos, demasiados, de cuyos párrafos te estás viendo. Ves a La Arquitecta de lejos y le haces una seña. Ya no es la chica de dieciocho años que conociste en la Universidad, ni tú el tipo con coleta, zuecos y camisetas ceñidas que tenías veintiuno. Ibáis a comeros el mundo y el mundo ha sido el que os ha devorado. No anda La Arquitecta con la ligereza de antaño, y tú cojeas. No se quita las gafas de sol cuando se sienta a tu mesa y pide a la camarera lo mismo que tú te acabas de comer. No es porque sea fotofóbica sino porque está tensa, y comprendo perfectamente su tensión, y yo soy, en buena parte, el culpable de ella. Le muestro la portada de Patpong Road. Le parece bonita, pero su cabeza está en otros meridianos. Me pregunta a qué he venido. Cito, por este orden: a ver a mi nieta, a ver a mis hijos, a ver a mi novia (¿es mi novia?), a verla a ella y a comprarme un nuevo ordenador pues éste, con el que escribo, sigue con su misteriosa e incordiante mancha sangrante, un fenómenos paranormal para La Marciana de Miami que me regaló dos excelentes puros que ya me fumé.

Me pongo a cuatro patas ante la rubia a la que más quiero del mundo. Ladraría como un perro o me convertiría en un saltimbanqui por ver aflorar su sonrisa. La damita cumplirá siete meses en dos días y tiene un suave pelito rubio arremolinado, como el negro de su madre al nacer, unos ojos enormes y azules que te siguen siempre y una boca presta a reír. Es el bebé más hermoso del mundo. Me podría estar horas contemplándolo, jugando con él o haciendo payasadas. Eso hago durante dos horas. Y ante cada una de mis estupideces, la niña se ríe, se carcajea. Por una parte deseo que su vida de bebé se prolongue muchos meses más, porque esa personita es como un dibujo animado, pero por otra deseo que ya tenga cuatro años, ande, se pueda calzar unas liliputienses botas y me pueda dar la mano cuando vayamos a la montaña, a mi Valle.

Hago la comida. Una macroensalada con unos ingredientes que compré en un cercano Bon Preu. Lechuga iceberg, manzana verde fileteada, aguacate, maíz, aceitunas, cebollitas en vinagre, pepinillos, espárragos, atún y nueces. A La Arquitecta se le pasan todos los males en cuanto ve a la niña. La coge, la besa, la zarandea. El bebé es un muñeco articulado de carne que mueve bracitos y piernas e intenta ponerse en pie. Creo que andará sin pasar por la etapa previa del gateo. La Arquitecta cree que será una chica lista porque le encanta mirar cuentos. La dejamos en el cochecito para que nos permita comer. Nos lo permite sin una queja. La llamo por su nombre. Gira la cabeza. Sabe ya cómo se llama. Sí, será una chica lista, y además hermosa. Intento descubrir qué tiene de mí. Rasgos de su madre son evidentes, y los ojos del padre, sin duda. Esta mujercita inspira una ternura inmensa. Sigo observándola mientras saboreo un café Nexpresso.

Si mi séptima vida siguió, más o menos, las pautas del guión de Herida de Louis Malle, mi octava parece inspirarse directamente en Intimidad de Patrice Chereau sobre una novela de Kuriesmaki que, casualmente, cito en Patpong Road. Así es que las dos personas que, periódicamente, nos citamos en una habitación de un hotel para hacer sexo, seguimos haciendo sexo pero ya no somos los desconocidos de la primera cita. Si tuviera que resaltar algo de ella diría que es una rubia muy atractiva, con cara de nórdica, que tiene buena figura y mirada penetrante. ¿Lo que más me gusta de su físico? Quizá la suavidad de su piel, la ondulación de sus caderas, la longitud de sus piernas.
Mientras la espero, expectante, escucho el griterío de los niños de una escuela cercana que hacen el recreo en el mismo patio interior al que abren sus ventanas las habitaciones traseras del hotel que es nuestro territorio. Cada vez que oigo pasos por el pasillo me tenso esperando que sea ella. Hoy se retrasa diez minutos sobre la hora fijada. Llama con dos pequeños golpes a la puerta. La abro sin más ropaje que una pulsera de cuero y plata que me regaló en la primera cita. Nos besamos junto a la puerta, mientras la cierro con el pie. Ese beso dura minutos. Ella, bromeando sobre nuestras efusiones, cita siempre una cola. Me gusta esa situación, y me excita. Es una escena de fotografía de Helmut Newton, pero al revés: el hombre está desnudo mientras la mujer está vestida, aunque por poco tiempo. No aprecio el vestido nuevo que se ha comprado. Ni la ropa interior de encaje. Ni sus medias. Caemos sobre la cama y hacemos sexo y nos convertimos en una especie de enorme vaso comunicante por donde circulan los fluidos. La luz mengua y no encendemos la luz, con lo que somos sombras chinescas batallando. El respiro del primer asalto lo aprovecha ella para fumar un cigarrillo. Me gusta mirarla mientras se fuma el pitillo: cruza las piernas y sus pies entrelazados ocultan su sexo. Volvemos a amarnos. Con ella todas las fantasías son posibles. Durante dos horas y media nuestros cuerpos se entrelazan formando complicadas figuras. Parecemos adolescentes aunque juntos sumemos exactamente 111 años. ¿Qué estoy haciendo? Negándome a envejecer. Nos despedimos en el ascensor, ya vestidos, con un beso que se prolonga el tiempo que la cabina tarda en bajar los dos pisos del hotel.

Voy a cenar con La Arquitecta, El Destilador Cultural y El Director de El Bosque. Para ello debo coger el tren en la estación de Gracia. Y aprovecho el trayecto para leer las últimas páginas de Diario de invierno que me resultan demoledoras. Con su eco subo, renqueante (la pierna derecha no la tengo a pleno rendimiento) la cuesta que nace más allá de la estación. “Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?”. Me pregunto. Cenamos bien, aunque falten cervezas. El ajetreo amoroso me ha provocado sed. La Arquitecta se interesa por ella. La describo y resalto la virtud que más aprecio: cariño. Omito detalles sobre sus muslos, boca, pechos y nalgas. Cenamos en la cocina. La cocina de mi sexta vida que se truncó con la séptima. La séptima vida que nada tiene que ver con la octava y sus sorpresas agradables. El clavo que saca otro clavo, como me hizo ver la señora de Burgos subrayando la sabiduría del refranero español. Bebemos un Priorato suave y mantenemos los cuatro una conversación políticamente incorrecta. Sale el cine, no podían faltar las menciones al séptimo arte entre los tres cinéfilos. Y hablo de Diario de invierno de Paul Auster. Y, con esa última pregunta de la novela retumbándome en el cerebro, camino rumbo a la estación para coger ese último tren que me lleve a Barcelona

lunes, 12 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Agen, 11 de marzo de 2012
Agen está entre Burdeos y Toulouse, territorio gascón, a unos pasos del hermosísimo Gerd, tierras de D’Artagnan y Armagnac. El Garona pasa uno de sus extremos. El río de mi pueblo. Pero aquí es ancho como el Ebro, profundo, se desliza con placidez por delante del muelle portuario en desuso, cruzado por cuatro puentes, uno, pura extravagancia, un canal de agua por el que, de cuando en cuando, pasan barcos de turismo. La ciudad es pequeña y agradable, tiene una enorme y moderna librería, cafeterías, tráfico tranquilo.
Las mañanas de estos dos días del Polar Encontre (irónico nombre de las jornadas que hace referencia a la población de Bon Encontre, a pocos kilómetros de Agen, en donde una virgen se apareció a unos pastores, se encontró con ellos, y por eso esa gigantesca y espantosa estatua blanca de la madre de Dios que observa el pueblo desde un pequeño cerro) transcurren dentro del amplio salón, un hangar que se utiliza para los acontecimientos musicales. Los autores ocupamos nuestras mesas, encendemos las lamparillas y organizamos nuestra puesto de libros. Asumimos de buen grado nuestro papel de libreros de nosotros mismos. Los dibujantes, con sus rotuladores, tienen bastante más éxito que nosotros dedicando sus álbumes: ellos siempre tienen cola mientras los autores recibimos con cuentagotas a nuestros lectores. Sensibles los organizadores a mi poco dominio de la lengua de Moliere, me han situado al lado de una escritora de novela histórica y manga que es hispanoparisina: Cristina Rodríguez. Nos hemos reído durante estos dos días de convivencia en la mesa de firmas contando anécdotas. Pierre Schuller, un alsaciano hiperactivo, optimista y comunista ortodoxo, se pasea con su elegante pajarita y se acerca muchas veces a hablar conmigo. Durante cuarenta y ocho horas el amigo alsaciano y yo hemos hecho muy buenas migas hablando de política francesa, de política española, que sigue con apasionamiento, y de música. Monsieur Schuller canta a la menor ocasión, preferentemente en los restaurantes, algo impensable en la rígida España que he dejado trescientos kilómetros al sur. El alsaciano, casado dos veces, no aparenta en absoluto la edad que tiene. Es alto, elegante, rubio, ojos azules y fuma constantemente en pipa. Me habla de su colección de libros (algunos, los de las portadas sexys, forman parte de este Polar Encontre) una de las mayores, quizá la mayor, de Francia: 40.000 volúmenes. A su lado mis 10.000 libros no son nada. Durante estas mañanas en Bon Encontre, sentado en esa mesa, parapetado tras mis libros, he ido leyendo Diario de invierno de Paul Auster que me regaló días atrás una lectora firme candidata a presidir mi club de fans. De cuando en cuando un lector se acerca con uno de mis libros en la mano para que se lo dedique. Algunos me conocen de cuando estuve en Toulouse, en Noviembre. Uno viene con su esposa de Toulouse porque disfrutó mucho con Llueve sobre La Habana y quiere leer otra novela mía. Se lleva Tu corazón, Idoia. Pero lo habitual es que me vengan con ejemplares de Le derniere enquête de l’inspecteur Rodríguez Pachón o Babylone Vegas. Aunque mi francés es pésimo, procuro hablar con ellos y, cuando no me entiendo, abuso de mi vecina Cristina Rodríguez que, amablemente, hace de intérprete. Escribo las dedicatorias en francés. Y me maldigo, siempre, de mi escasa habilidad con los idiomas.
El amigo Claude Mesplede aparece a las 11 de la mañana. Pasa a saludarme. Mesplede es el mayor enciclopedista mundial de género negro que existe en el mundo. Su diccionario de género negro, dos gruesos volúmenes con dos mil páginas, es la Biblia del policial. Departimos durante un buen rato. A Mesplede le conocí en el tren de la Semana Negra, leyendo Le derniere enquête de l’inspecteur Rodríguez Pachón. Es amigo del camarada alsaciano y, como él, comunista de la vieja escuela.
No puedo quejarme por los libros que dedico esta mañana, ni los que dediqué la mañana anterior. Los lectores que entran en el salón son verdaderos aficionados a la literatura y salen con sus bolsas repletas de novelas dedicadas. Un francés rubio y con aspecto de alternativo me compra una novela erótica en español: El sabor de su piel; y Barcelona negra. Los cuatro ejemplares de Llueve sobre La Habana que me traje desaparecen muy pronto y acaban en manos de españoles que viven en Agen, como el amable Ángel, un asturiano que me hizo de traductor simultáneo en mi intervención de la tarde anterior, su esposa y una amiga vasca, ambas admiradoras de Cuba y lo cubano. También hay quien se me acerca y se excusa por no poder comprar ninguno de mis libros por la crisis económica, pero toma nota de ellos para otra ocasión. O una señora de cierta edad (quince o veinte años más de los muchos que ya tengo), elegante y guapa, que departe conmigo en un correcto español porque tiene una casa en el Valle de Arán y le hace gracia que un autor español presente en el Polar Encontre venga de allá.
Al mediodía vamos a comer a un bonito restaurante de Bon Encontre. Me siento con Pierre, Claude y un grupo de dibujantes italianos. La comida, que gira en torno al pato y al cerdo, es buena, como el vino tinto. Acabamos cantando a voz en grito canciones revolucionarias cubanas (Comandante Che Guevara), italianas (Bandera Rosa) y de la guerra civil (Ay Carmela). Claude y Pierre conocen las letras de todas las canciones y forman un dúo magnífico. Yo me añado en algún momento, cuando sé la letra de algunas de esas canciones incendiarias.
A las 16 45 regreso al Valle y hago caso de la recomendación de mi amigo alsaciano. No cojo la autopista a Toulouse sino que me interno por carreteras secundarias con el Gerd y Gasconia. El paisaje rural, con suaves lomas verdes de pastos, idílicos lagos, canales navegables y arboledas todavía desnudas de hojas, es tan bello que me detengo en numerosas ocasiones para tomare fotos. Llego al anochecer, saboreando hasta la última luz de ese maravilloso paisaje.

martes, 6 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Madrid, 5 de marzo de 2012

Fenómenos paranormales. Hoy, al despertar y encender el ordenador, aparecieron en la pantalla líquida unas enormes manchas rojas. Por un momento pensé que eran mis ojos. Me los restregué. Luego me cercioré de que era la pantalla líquida, de que algún vaso de color, como podría ser al cuerpo humano un vaso sanguíneo, se había roto. Quizá sea un castigo al exceso de hemoglobina que se derrama en mi literatura. Lo acepto. Escribo, desde entonces, a ciegas-

El Café Gijón es un buen sitio para quedar con alguien. No para tomar algo que no sea estrictamente café. Tengo la mala idea, mientras espero a unos amigos venezolanos, de pedir una cerveza y una ración de calamares. La cerveza, bien. Los calamares crudos, duros, mal rebozados, peor fritos. Hace años comí con unos amigos en el Café Gijón. La comida, creo recordar mientras me tomo los calamares, fue mala. Despliego el diario. Estoy en internacional cuando veo entrar a la pareja que espero. Les hago una seña. Vienen a mi mesa. Ella pide un vermú. Él, un café y un agua con gas. No tienen Vichy catalán.

Comemos en el quiosco del Palacio de Cristal, a diez pasos del Café Gijón. Mientras como el rissoto, mi amigo venezolano me explica cómo liquidó a un caimán del Orinoco con su Mágnum. Un disparo a la cabeza. El caimán se hizo el muerto. Se dio cuenta de que vivía cuando lo cargaron en la parte trasera de la camioneta y empezó a dar coletazos. Lo colgaron, hasta que murió.
-¿Hay caza en el Valle de Arán? – me pregunta -. ¿Alquilan escopetas?
Del tema cinegético volamos al chavismo. Ellos comen filete de cerdo con salsa, yo, lubina. Me muestran las fotos de sus hijos. Su hija es bellísima. No tiene acento venezolano. Hablé con ella esa misma mañana. La saqué de la cama. Dudan que Chávez llegue a las próximas elecciones.

De nuevo al Café Gijón. La Dama del Fuego que tuvo una relación con Pippermint es un personaje. Lo supe antes de conocerla. Ocupa una mesa de la cafetería y yo me voy a sentar en la de al lado antes de verla. Le gustan las esquinas. En eso coincidimos. Nos damos dos besos mientras me siento y pido un café solo. Tiene en sus manos un cuadernito cuadriculado lleno de palabras extrañas en un más extraño alfabeto. Ruso, me aclara. Preferí el ruso al chino, puntualiza. Sabe cuatro idiomas, construir albercas con sus propios brazos, cocinar todo tipo de pasteles, coser, plantar berenjenas...sabe muchas cosas para los 21 años que tiene. Triplico su edad, pero mantenemos una conversación distendida. Ella habla, casi sin parar. Yo escucho y, de cuando en cuando, meto baza. Le gustaría conducir un tanque. Le gustaría irse a Rusia a trabajar. Tiene cara de rusa. Me fijo en su rostro. Los pómulos muy marcados, la piel muy blanca y dos trenzas que recogen su pelo negro. Me gusta su mirada turbia y su sonrisa casi constante. Viste de negro. Un traje sin mangas. Es una chica guapa. Pero no se lo digo hasta más tarde. Me pregunta por Mi relación con el Pippermint. Le digo que, cuando se publique o lo premien, irá una comida. Me pregunta por Bellabestia. No tardará en salir. Le hablo de mi nonagenaria tía y del éxito que tuvo en la presentación en Estudio en Escarlata. Entiende de armamento, de buques de guerra, de tanques, de estrategia militar. Yo le hablo de literatura. Ella escribe, publicó un libro. ¿Qué no habrá hecho? Me pregunta varias veces por qué río. Le digo que me parece un personaje. Que quizá deba disecarla y rellenarla de paja por dentro. Se ríe. Hablamos de disecciones de cadáveres, de la exposición Bodys con cadáveres de chinos ejecutados, de las momias de Guanajuato. Mejor la plastificación. Pasamos dos horas hablando. Cuando salimos a la calle ella se pone unos guantes negros que le llegan hasta los codos y se echa sobre los hombros un elegante abrigo. Andamos por la Castellana. Me doy cuenta de los zapatos de tacón que lleva. Debería haberme puesto el esmoquin, le digo. Y que es guapa, también. No se ruboriza sino que sonríe. Me despido de ella con dos besos. Le reitero mi invitación a que suba al Valle de Arán. No te voy a disecar, le digo. Ni yo te cortaré la cabeza, me contesta. Cojo el 27 que me lleva a Plaza Castilla. Sigo, hasta que desaparece de mi campo visual, sus elegantes andares sobre los zapatos de tacón. Creo que estableceré una nueva rutina cada vez que vaya a Madrid: quedar con la Dama del Fuego en el café Gijón.