sábado, 28 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 28 de abril de 2012
Llovió todo el día. Lo hizo lentamente. Hubo un momento en que, abriendo la ventana, era capaz de distinguir el sonido que hacía cada gota cayendo. El cielo estuvo gris. Había nubes altas, nubes medianas y nubes bajas que descendían por los montes hasta los prados del fondo del valle. Un paisaje de Cumbres borrascosas que siguió al ventoso de ayer, con ese viento cálido que del sur me trajo hasta las ventanas de la casa la arena del desierto.
La lluvia rompe mis rutinas. No hay cerveza al mediodía después de la compra del periódico. Me olvido de coger el pan. Llego a la oficina de correos cuando ya la han cerrado. Conduzco bajo la lluvia ida y vuelta pueblo/Vielha/pueblo.
Poco a poco voy recomponiendo el caos que se ha adueñado de mi casa. Soporto el caos hasta que éste se hace demasiado agresivo: por ejemplo, cuando ya no encuentro el mando a distancia del televisor por tantos papeles que inundan mi mesa de trabajo, o cuando soy incapaz de localizar la grapadora. Entonces me pongo a arreglar ese desorden, pero sin poner mucho empeño en ello, a plazos: hoy un poco, mañana otro poco.
Ese caos se nota en la cocina. Cocino poco últimamente. Y lo que hago me sale mal. Una cosa tan simple como un arroz a la cubana, pero sin plátano, se convierte en un incomestible engrudo de arroz inundado con agua; la salsa de tomate, que suelo bordar, sabe demasiado a cebolla cruda, que no se acabó de freír, y ajo. Herví judías verdes el otro día, pero me quedaron como plásticos. Pero me lo comí todo, mentalizándome de que era prisionero en un penal y que ésa era la bazofia que me pasaban los carceleros por debajo de la puerta de la celda. Como a Richard Gere en una película de chinos que vi.
A media tarde, entre anuncio y anuncio de otra película, decido hacer un bizcocho de chocolate. Pero, cuando me pongo a ello, a mezclar a ojo dos huevos, harina, levadura, aceite y azúcar, me doy cuenta de que me da una pereza terrible rallar el chocolate venezolano que me trajo meses atrás, de Caracas, Marcos Tarre Briceño, un escritor de novela negra de los de verdad. Así es que decido, sobre la marcha, incrementar la harina, duplicarla, hasta que queda una masa que, por su textura, calculo me servirá para hacer rosquillas, y, para la transformación del abortado bizcocho que no fue en las rosquillas que serán, le añado un buen chorro de anís.
Desayuno rosquillas. Mejor tomarlas frías que recién hechas. Milagrosamente no están como el arroz a la cubana, que pifié, sino que están aceptablemente buenas. Pero llenan. Me como cuatro y tengo que tomar buenos sorbos de café con leche para tragarlas. Desayuno rosquillas con las cifras del paro. Estos trescientos mil nuevos parados son a cuenta de Rajoy. Todo un récord en cien días de gobierno. Cada vez mejor. Así hasta la debacle final.  
A última hora de la tarde dejó de llover. Pero el manto de nubes bajó más, aprisionando el paisaje, situándose a unos pocos de metros sobre los tejados de pizarra de las casas. Estuve escribiendo. Nada importante: sobre cine. Y viendo un par de películas sin prestarle demasiado atención, nada que ver con la atención que sí presté a Crash de David Cronemberg, que me siguió pareciendo morbosa e impactante.
De cuando en cuando, cojo mi libro recién salido. Lo abro con miedo. Me gusta la cubierta. Y no porque la foto de la portada sea mía. Me gusta el color naranja que impregna la tapa de cartón del libro. Leo alguna página al azar. Me siento siempre extraño cuando tengo en mis manos un libro recién publicado, la sensación de no ser yo quien lo escribió sino otro, un extraño, un impostor que se adueña de mi cuerpo y mi cabeza y me impele a crear historias. Patpong Road no tiene una historia lineal. No es tan narrativa como otras novelas mías, sino que es más discursiva. Un discurso a través del sexo. Un exorcismo para huir del miedo a la muerte. ¿Qué hay más lejano y cercano a la muerte? El sexo. El sexo como adicción. El sexo como objetivo y finalidad de la vida. El sexo como obsesión compulsiva. Es una novela corrosiva. Incómoda. Incomoda. No hay cosa más inútil que escribir un libro para que el lector se quede igual al leerlo. No espero mejorar la especie humana escribiendo. Dejo mi novela, que ya no es mía, en la estantería. Y sigo escribiendo, redondeando esa reseña cinematográfica, ese texto arcilloso con el teclado de mi ordenador.
Lleno la pipa. Leo el mensaje que lleva impreso el paquete de Amsterdamer: Fumar mata. Pues fumo.

jueves, 26 de abril de 2012


Arán, 25 de abril de 2012

Hui de Barcelona y subí a Arán. Podría circular a ciegas por los trescientos y algo de kilómetros que separan ambos territorios. De hecho hay un yo que conduce, con piloto automático, y otro, en mi interior, ensimismado en multitud de pensamientos, recuerdos e ideas que llenan mi cabeza. Me detuve a repostar, el coche y yo mismo, en una estación de servicio de la N2, antes de tomar el desvió a Balaguer. Desayuné una napolitana de crema y un café con leche mientras hojeaba El País que compré en el mismo establecimiento. Luego seguí, ya sin parar, hacia el Valle y saboreé esa gradación de paisajes que iban siendo más bellos a medida que subía hacia el Pirineo. Y cuando llegué a casa, no bien descargué las maletas del coche, me hice rápidamente la comida, justo para ver el telediario de las 3.
El cielo tenía un color gris cobalto. Seguramente por esa ciclogénesis explosiva que entraba por el norte y levantaba olas de cinco metros en el Cantábrico. Pero no hice caso de las nubes, ni del viento, y, con los nuevos pantalones de montaña que me compré en Barcelona (verdes, de lona resistente, con buenos bolsillos), monté de nuevo en el coche, bajé hasta Les, circunvalé la primera rotonda, circulé un breve trecho entre el río Garona y el camping y tomé la serpenteante pista que lleva hasta Sant Joan de Torán. Después de quince minutos de ascenso, no tomé el desvío que iba a ese pueblo, y que suelo hacer con mi bicicleta de montaña cuando estoy en forma, sino que seguí la pista forestal hasta casi su final, cuando ésta ya se cerraba por piedras que habían rodado por las laderas de las montañas y nieve que todavía no se había derretido. Dejé el coche aparcado en una explanada, junto a unos enormes troncos de árboles talados, con la marcha atrás y el freno de mano puestos, e investigué una nueva ruta que se perdía entre un bosque de gigantescos abetos. A medida que subía por la montaña, arreciaba el frío y el viento, y me arrepentí, entonces, de no haberme puesto las botas en vez de las sandalias. Pero seguí ascendiendo, procurando evitar, en lo posible, las enormes manchas de nieve helada, que cubrían buena parte del camino y las laderas del monte. Y así hasta una explanada, rodeada por completo de nieve, resguardada, a medias, por un circo boscoso y ya muy cerca, o eso me lo parecía, de alguna cumbre. Quizá, detrás de ese bosque que me cerraba el paso, habría un lago, pero no podía saberlo porque no iba calzado de forma adecuada y podía helarme los pies en el intento. Así es que opté por buscar una enorme piedra, sentarme en ella y leer.
Me gusta leer en esos parajes solitarios, sin nadie absolutamente a mi alrededor, inmerso en la calma de la naturaleza, y, esta tarde, sintiendo la caricia brusca del viento, sus dedos gélidos que curten la piel de mi rostro y lo hacen más árido. Me siento, en esos momentos, parte infinitesimal del entorno, la esquina del paisaje, observador y parte. De cuando en cuando, levantaba la vista de la novela que tenía entre las manos y oteaba a mi alrededor con la sensación de que era observado por los pobladores de ese bosque que me circundaba. Las rachas de viento, fuertes y bruscas, que arrancaban de forma tan caprichosa como se detenían, agitaban las ramas de los árboles, producían ese sonido que adoro cuando me pierdo en la montaña: el rumor misterioso, como un bramido sordo que se multiplica hasta el infinito, que se produce  cuando se agitan las copas de los árboles, la respiración de una naturaleza que siento viva en cada uno de sus detalles.
Levanté la vista del libro cuando escuché un ruido extraño, que procedía del bosque, como un gruñido suave, y mi mirada atenta pudo ver como un par de ciervos, al galope, salían de la empalizada vegetal, cruzaban el prado y se perdían monte abajo. Cuando el viento arreció más, emprendí el descenso, pero me detuve a seguir leyendo en el banco de piedra que había junto a una solitaria cabaña cerrada doscientos metros más abajo, junto a un redil para vacas. El enclave era precioso, me dije, y perfecto para subir hasta allí en una noche estrellada y extasiarse con la bóveda celeste en un día sin luna. La pista, que pasaba junto a la cabaña, se abría paso entre dos pequeños montículos coronados de abetos y se podía ver, entre ellos, a lo lejos,  las cumbres nevadas del macizo de la Maladeta, esa muralla pétrea de aristas impresionantes. Seguí bajando camino y, en una de las revueltas, me topé con un ciervo; sorprendido por mi presencia, el animal optó por lanzarse monte abajo y desaparecer en la espesura. Vi dos ciervos más, a lo lejos, pasando entre los troncos de los árboles en una carrera desbocada. Escuché el bramido de otros, que se comunicaban entre ellos, anunciando seguramente la presencia de ese extraño en el bosque. Y sorprendí a un cervatillo mientras mordisqueaba unas plantas al borde del camino, lo tuve a escasos cinco metros de distancia porque el aire soplaba a mi favor y no me distinguió hasta que hice crujir una rama en el suelo.
A las ocho y media emprendí el regreso definitivo al coche, pero me iba deteniendo para disfrutar de esa luz suave que precede a la puesta del sol, de esa quietud absoluta que sólo rompía las rachas de viento violento. Crucé entonces un bosque silencioso que, de cuando en cuando, se alteraba con el rumor de las ramas y el ruido de las hojas otoñales levantadas del suelo que rodaban por el camino a mi encuentro. Me sentía extraordinariamente bien en mi buscada soledad, como Dersu Uzala en la tundra y bosques siberianos. Saboreé con lentitud luces, colores, aromas a resina y hierba, canto de pájaros, mientras andaba sin prisas apurando esos últimos instantes de luz, envuelto por la belleza del entorno. Subí entonces al coche, después de cargarlo de leña que había tirada alrededor,  y emprendí el descenso hacia Les cuando ya era de noche. En una de las muchas revueltas de la pista, otro ciervo, éste enorme, se aturdió con los faros del coche, corrió un trecho delante de mí, intentó subir por la ladera más próxima y, al no conseguirlo porque era muy empinada, optó por tirarse montaña abajo.  
Llegué a casa tan cansado que apenas comí algo de queso mientras veía las noticias de la noche y me fui a la cama, a dormir, a una hora inusual: las once y media.  

martes, 24 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Barcelona, 23 de abril de 2012

Koczinsky entró en el restaurante porque tenía hambre y no había comido nada en todo el día. Servidumbre de las firmas del día de Sant Jordi cuando uno es escritor, se dijo para justificar su ayuno prolongado. Podría haberse tomado una cerveza y un bocadillo en cualquier sitio, pero optó por entrar en ese pequeño local, porque le pareció luminoso y limpio, después de descartar un chino que ofrecía menús a buen precio a partir de cuatro personas. Desventajas de ir a cenar solo. Se dio cuenta, al entrar, que el color blanco de sus paredes, sobre las que destacaban algunos cuadros con motivos marinos (peces multicolores) era lo que daba al local ese aspecto de limpieza y luminosidad; y la sensación de asepsia que llevaba implícito el blanco era, precisamente, lo que le había invitado a entrar en aquel lugar, más que la carta que había en el exterior, en la que abundaban pescados y pastas. El restaurante estaba vacío, era el único cliente.
¿Para cenar?
Si.
¿Solo?
Solo.
Quien le atendió, presumiblemente el dueño del restaurante, era un viejo conocido. A Koczinsky difícilmente se le olvidaba una cara. Quien parecía ostentar la propiedad de aquel local y le acompañaba hasta una de las doce mesas, a la que se sentaba después de dejar el periódico sobre ella, era el maître de Memorias de Asia, un restaurante oriental famoso por su bogavante a la sal, insuperable. El chino, algo regordete, con el pelo muy corto que parecía un cepillo, y ademanes corteses, como la mayoría de sus compatriotas, no le reconoció. Cuando puso la carta en sus manos y Koczinsky leyó los platos que ofrecían, se extrañó de que ninguno de ellos fuera oriental dado que el dueño del establecimiento sí lo era. Finalmente el escritor pidió unos espaguetis con queso y nueces, exquisitos, y unos huevos estrellados cuyas patatas, cortadas muy finas, estaban en su justo punto de crujientes. 
Mientras comía, de espaldas a una pantalla de plasma que reproducía una película de artes marciales (el dueño había tenido el detalle de bajar el volumen, con lo que los golpes de kárate y los gritos de los luchadores llegaban difuminados), entró un nuevo cliente, un extranjero con un libro en la mano que se sentó a la barra, pidió un sándwich y una cerveza. Koczinsky, que aquella tarde había firmado algunos pocos libros (los posibles compradores se acercaban al puesto, hojeaban sus novelas y terminaban dejándolas) pensó que la crisis golpeaba por igual a todos, a él, que últimamente estaba vendiendo poco, y al chino de Memorias de Asia, que quizá estuviera arrepintiéndose de haberse marchado de ese restaurante y esa noche perdía dinero con su único comensal.
A la hora del postre, el escritor, tras escrutar la carta, se decidió por un sorbete de mango y mandarina. Mientras lo saboreaba con lentitud (la combinación de las dos frutas era una conjunción perfecta y exquisita; la textura del helado, suave, acariciaba el paladar, después de enfriarlo) pensó, sin saber por qué, en el pequeño empresario que en ese momento se estaba suicidando en Italia, pegándose un tiro en la sien si tenía pistola a mano, en el trabajador que se quitaba también la vida, incapaz de soportar la mísera situación a la que le había llevado el tsunami de la crisis global, tirándose al vacío desde la azotea de su casa. No pidió café, pagó la cuenta con un billete de veinte euros y se marchó mientras el extranjero seguía enfrascado en su novela (no pudo leer el título ni el autor).
Subiendo por la avenida Josep Tarradellas, que a las once y media de la noche estaba bastante desierta, (algún ciclista bajaba por el carril bici con las luces prendidas y algún autobús urbano trasladaba a algunos pocos pasajeros absortos y somnolientos) y mientras se dirigía adónde tenía aparcado su coche, sabía lo que haría al día siguiente, porque lo tenía todo extraordinariamente planificado, pero no podía intuir la extrañeza absoluta que le produciría escuchar una voz antaño muy familiar, al otro lado del teléfono, cuando a las 22:00 llamara a una persona para felicitarla en su aniversario. Tampoco estaba seguro Koczinsky de hacerlo, llamar a esa persona, u olvidar ese aniversario definitivamente. La voz que escucharía al día siguiente Koczinsky sería la de una desconocida y tendría la intuición de que la suya, seca y distante, causaría en la interlocutora idéntica sensación. Quizá es que siempre lo fue, una desconocida, se diría al día siguiente, a las 22:15, después de colgar y permanecer diez minutos concentrado en sus pensamientos, en silencio y desasosegado. Aquella voz, reflexionaría Koczinsky veinticuatro horas más tarde de acceder a su coche, tumbado en la cama de su hotel, había perdido su antaño característico tono musical, carecía de vitalidad y alegría, ya no era cantarina sino opaca.  
¿Y de qué se extrañaría Koczinsky si no se conoce ni a sí mismo?
Estamos al día siguiente y Koczinsky está tumbado en la cama, ante un cuadro abstracto que cuelga de la pared de la habitación (esos cuadros que se pintan al por mayor para las habitaciones de los hoteles, que ni siquiera llevan firma porque seguramente los fabrica una máquina), mira su maleta, que al día siguiente cogerá, y la cámara de fotos, con la que se retratará. Se ve más Hopper que nunca, más desde que esa tarde un personaje le ha dicho que ya no quiere serlo y se le ha rebelado dentro de su narración.  

domingo, 22 de abril de 2012

SANT JORDI

Hoy, día de Sant Jordi, entre las 17 y 19 horas estaré firmando ejemplares de mis siguientes libros en Sigoleyendo.com de la calle La Luna 1, de Barcelona.

La pérdida del Paraíso
Viajeros de sí mismos.
El corazón de Yacaré
Muerte por muerte
La mujer ígnea
Marea de sangre
El sabor de su piel
Llueve sobre La Habana

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 22 de abril de 2012

En la República Independiente de Arán suceden cosas muy extrañas. En ocasiones, bastantes, creo encontrarme en una republica marxista (de Groucho). Sé de mi poca afición al futbol, de la que no me avergüenzo pero tampoco estoy orgulloso. Los colores y la adscripción ciega a un equipo me pueden. No hay cosa que más me divierta que oír a alguien que ganaron, metieron tantos goles y sudaron la camiseta. ¿Desde el sofá de su salón de estar? El último partido de fútbol lo vi con Juan Bas, en la Semana Negra, con sendos gin tónic en la mano, y porque iba a ganar España en el Mundial. Pero no soy sordo, y ayer por la noche los estampidos de los cohetes, muchos, y las tracas nocturnas me hicieron sospechar que el Barça habría ganado a alguien y lo celebraban. Sorpresa mayúscula cuando enciendo el televisor a la mañana siguiente y compruebo que el Real Madrid batió al equipo del exquisito Guardiola. Arán celebra la victoria de los merengues. ¡Fantástico! Me gusta esta tierra de nadie, de sí mismos, que tiene supermercados que se llaman Madrid, apellidos España en cada pueblo, procesiones por Semana Santa y socios del Real Madrid en cada esquina. Los araneses son, primero, araneses; segundo, franceses; tercero, españoles; y, a la fuerza, catalanes. Gentes de la montaña que hablaban euskera hace siglos. Creo que soy consecuente conmigo mismo al fijar mi residencia aquí, en una población regida por un marbellí.
           
Con eso de los libros y Sant Jordi me paso el día subiendo y bajando, buena parte de mis horas en la carretera que va de Arán a Barcelona, de la que conozco cada curva, hasta las copas de los pinos afectadas por la procesionaria. Ayer, sin ir más lejos, estuve siete horas conduciendo que se me hicieron leves escuchando música de Kurdistán por Radio 3, que imagino cerrarán por los recortes. Bajé a Barcelona, firmé tres libros, tres, pero a cambio compartí una comida agradable con Joaquím Carbó, entrañable colega al que hacia lustros no veía (él sigue más o menos igual; yo no) y Pep Albanell, con el que nunca había coincidido. Apunté, mientras comíamos carne a la brasa en el restaurante de la sede social de La Caixa, que la buena literatura se escribía siempre sobre el fracaso. Nadie escribe sobre un personaje de éxito, sobre alguien al que las cosas le van insuperablemente bien (¡qué aburrida es la felicidad!) y las grandes y pequeñas obras de la literatura universal giran casi todas alrededor del fracasado, el infeliz, el marginado… El perdedor tiene un encanto del que carece el triunfador. Estuvieron de acuerdo mis colegas y durante la comida literaria afloraron algunos autores como Coetzee (Me enteré de que el protagonista de la extraordinaria La edad de hierro es blanco cuando yo estaba convencido de que era negro, lo que quizá me mueva a releer la genial novela del premio nobel sudafricano) y Paul Auster, de quien recomendé su Diario de invierno que ninguno de ellos había leído.
 
En mis viajes Arán/Barcelona/Arán, que hice ayer sin cansarme ni darme cuenta (podría ganarme la vida como conductor ya que no me la gano como escritor) advertí, tanto en la bajada a la gran urbe como en la subida (no fue una alucinación) que han vaciado buena parte de los pantanos del alto Pirineo. Acostumbrado a la visión de esos maravillosos embalses que reflejan en sus aguas los bosques de los alrededores, me quedé perplejo cuando los vi literalmente vacíos. ¿Adónde fue esa enorme cantidad de toneladas de agua que los llenaba? No la vi en el pantano siguiente, ni en el otro. Tampoco acierto en la causa de haberlos vaciado. ¿Prevén un deshielo brutal que los llene a rebosar? ¿Pasan sed en Barcelona? Misterios. Pero pensé automáticamente en Chinatown de Polanski.

 Sant Jordi se celebra por anticipado en Arán. Hoy. Preparé canapés para la ocasión. Tortilla de patata. Compré queso Idiazabal. Parmesano. Montó Lis, la amiga paraguaya, una espectacular carpa en el centro del pueblo, y allí me ubiqué, parapetado detrás de mis libros y bolígrafo en mano. Pese a ser el último vecino de allí, el recién llegado, el tipo extraño del que nada saben y se deben preguntar qué carajo hace aquí, lejos del mundanal ruido, firmé un montón de libros. Se agotaron los ejemplares de Llueve sobre La Habana. Se vendieron muchas Pérdidas del Paraíso. Algunas Mareas de sangre. Algunos Corazones de Yacaré. Mujeres ígneas, también. Viajeros de sí mismos tuvo una buena acogida después de confesar que el último relato de la antología transcurría en el Coth de Baretges. Hablé con hoteleros, dueños de restaurantes, presumo que algún  guardia civil, paisanos de Salamanca, oriundas de Cáceres, brasileñas, el alcalde marbellí, aranesas de pura cepa…Al final tuvieron más éxito mis libros que mis canapés, que me los comí casi todos yo,  regados con el cava de mi amiga Lis. Vino a buscar un ejemplar de Llueve sobre La Habana, la estrella indiscutible de la jornada, la dueña de La Trastienda y me pidió que dedicara el ejemplar a su marido vasco. Confieso que ésa fue una de las dedicatorias que más me gustó escribir, porque la dueña de La Trastienda, adonde voy a volver a pesar de que tenga Internet en casa, es sencillamente un encanto.
 
No vino Mademoiselle Bonnaire a este Sant Jordi avanzado en Arán, al que la invité, sin éxito. Había quedado con unos amigos para divertirse con unos juegos de guerra con pistolas de pintura. Entrenamiento para lo que puede venir. Me juró que no había votado a Sarkozy, ni a nadie, que se había abstenido, a pesar de que ella me criticaba cuando yo me abstenía en las elecciones españolas. Hablamos de futuras excursiones cuando mejore el tiempo, de ir a los lagos de Liat tomando la ruta que parte de Sant Joan de Torán, cuando la nieve se funda. La intrigué con los tres regalos que le tengo guardados y le iré entregando progresivamente. 

Llovizna. Las nubes cubren casi todo el Valle. Y me bebí yo solo media botella del txacolí que compré días atrás en La Trastienda. Esas cuatro copas me tumbaron en la cama de la que me levanto a las ocho de la tarde, muerto de frío. Tendré que cortar leña y avivar un buen fuego.





  

lunes, 16 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Madrid, 15 de abril de 2012

El día de la República lo celebramos con la rotura de cadera del Rey. El Rey, lisiado, antes o después de cazar un elefante, fue una imagen más que gráfica de la decadencia y obsolescencia de la monarquía a la que lleva tiempo creciéndole los enanos. Quizá, por esa razón, nos reunimos unos cuantos, pocos, en una especie de catacumba de un ruidoso pub irlandés para hablar del libro de mi tía. No hablamos, claro, o sí, aunque no del libro de mi tía, aunque también, sino sobre todo de la ocurrencia de la editorial de celebrar semejante encuentro en lugar tan sórdido, quizá, como apuntó alguien, una antigua checa. Las cervezas negras, espesas, que se escanciaban del grifo en la barra poegajosa, me llevaron al Dublín de Joyce. Departí con mi homónimo más homónimo posible, José Luis Muñoz, sobre el cine español en coma, más cuando el doctor Wert está a su cuidado para cortar los tubos que lo mantienen aún con vida. Terminamos la jornada en familia, estrictamente, cenando en un restaurante del barrio de Malasaña, nombre terrible, y haciendo chascarrillos a cuenta del patoso monarca y marcas de whisky que conoce.
Hoy, cuando me levanté, a pocos pasos de la Plaza Castilla, las nubes de lluvia habían marchado, lucía un cielo límpido y soplaba un aire fresco. Siguiendo Bravo Murillo, calle que no conocía, Peter Brother, un inglés erudito que se mueve bien por Madrid y conoce todos sus museos, me llevó, después de una larga caminata de hora y media, a la casa museo del marqués de…, aquí me falla la memoria (pero Google me la refresca: Museo Cerralbo, calle Ventura Rodríguez 17), un general carlistón que vivía como lo que era, en un lujoso palacete con dos alas: verano e invierno. Tenía el prócer un buen número de bustos romanos desnarigados de patricios, en los jardines y en las escaleras interiores que de la planta baja subían a la de los aposentos; pendía de la alta claraboya, que iluminaba ese espacio, una enorme y pesada araña. Tenía tal cantidad de obras de arte entre cuadros (Tizianos, Tintoretos, Zurbaranes, Grecos, Veroneses) jarrones de porcelana de Sevres y chinos, y armas (armaduras enteras, yelmos, capacetes, mandobles aserrados para partir sarracenos por la mitad y de un solo tajo, espadas, sables, puñales, mosquetes, ballestas, lanzas, picas, revólveres) y tal cantidad de espejos en las paredes que algunos lienzos, ¡oh sacrilegio!, estaban anclados en el techo por falta de espacio. Pero quizá lo más impresionante de ese conjunto de riqueza ostentosa y ambición desmedida, era su regio comedor, presidido por una mesa de madera noble y centelleante con las paredes repletas de bodegones, y una exquisita sala de baile, con su bóveda pintada con murales exquisitos, palco para músicos, divanes, para que descansaran sus cuerpos los cansados bailarines, y paredes cubiertas de espejos que multiplicaban hasta el infinito el salón y sus detalles. Cerrando los ojos podía uno extasiarse con las evoluciones de los bailarines que, por aquel suelo de brillante madera, habrían pasado; creí ver a damas de estrecha cintura con rostros velados y empolvados, graciosas pecas sobre las comisuras de los labios y bustos comprimidos emergiendo por sus escotes, cuchicheando entre sí a golpe rítmico de abanico, y a uniformados aristócratas intercambiando entre sí gestas bélicas mientras arrastraban sus sables por el suelo y contaban sus condecoraciones que cubrían la tela azul de sus casacas. Creí reconocer en ese palacio el escenario de algunas películas de época, quizá de Volaverunt de Bigas Luna. Cerraba el paseo por esa época pretérita, mi viaje en el tiempo, una fotografía sepia del carlistón, cuyo fantasma debe pasear por palacio cuando la última visita haya salido, con su jovencísima esposa, veinte años menos que el barbado personaje, una mujer extraordinariamente bella y delicada.
Seguimos nuestro paseo incansable por el Majerit de escasos vestigios musulmanes (la afición por el ladrillo y un minúsculo resto descarnado de la muralla árabe), pasamos por delante del Palacio Real y entramos en La Almudena, la espantosa catedral neogótica con pinturas neorrománicas y fachada neobarroca atestada de feligreses, y cruzamos luego el puente de Segovia, del que nadie ya se arroja por sus mamparas antibalas que frustran todo atisbo de suicidio. La próxima parada de ese itinerario cultural por un Madrid hasta ahora, para mí, inédito, fue la iglesia de San Francisco. Me llamó la atención su ascética fachada barroca con rectas columnas, frontispicios rasos y hornacinas vacías de estatuas, en contraste con el ornamentado interior del templo cuya cúpula parecía abrirse de un momento a otro al cielo. Paseamos por la iglesia, mientras los feligreses dominicales recibían la eucaristía de manos del sacerdote y una acólita, deteniéndonos en los altares laterales, admirando las ciclópeas esculturas de los apóstoles que nos miraban desde lo alto de sus pedestales.
Nos entró hambre después de esa caminata de tres horas y de tanta belleza vista, así es que, después de admirar la sierra nevada y el bosque de la Casa de Campo desde un mirador barrido por viento gélido con aroma de nieve, comprobar, apesadumbrados, que la mítica librería Fuentetaja cerró sus puertas, víctima, una más, de la crisis, fuimos, pasando por Sol, al Barrio de Las Letras y nos aposentamos a la mesa de Domine Cabra, restaurante de trato exquisito y excelente comida. Berenjenas rellenas de carne picada, bañadas en salsa de pimiento rojo; maigret de pato con compota de manzana, mouse de chocolate, dos cervezas Mahou mientras escuchaba a Peter Brother desgranar detalles de su viaje a la Polinesia, a bordo del Aranui, que duró tres meses y me produjo envidia.
Como, al parecer, no habíamos andado lo suficiente, seguimos nuestro paseo por la Castellana. A esa de las cinco me separé de mi cicerone cultural y entré en el Café Gijón. Ni rastro de Valle Inclán, ni siquiera de Camilo José Cela o Fernando Fernán Gómez. Busqué la mesa más esquinada, que estaba libre, tomé asiento junto a ella y leí el diario mientras un uniformado camarero me traía un café. A las seis y cinco, como parte de mis rutinas ya establecidas en la capital del reino, llegó la dama que esperaba, un personaje que parecía salido del palacio de la mañana. Hoy no llevaba trenzas sino que su negro cabello, azabache, pendía, salvaje, a ambos lados de su rostro enigmático. Llevaba los labios pintados con rojo carmín; vestía un vestido de una pieza con falda acampanada, deliciosamente kistch, que una chaquetilla de punto oscuro ceñía al busto. Pidió un café con leche mientras yo, sediento, una tónica. Se había prometido a sí misma ser menos locuaz que la vez anterior, pero no lo consiguió. Hablamos de alcoholes diversos, de su afición por el vodka y las catas que hace, como complemento etílico a su aprendizaje de ruso y su posible establecimiento en el imperio de Putin, un hijo de puta al que sigue admirando esta sorprendente veinteañera que se parece a Rachel Weisz y tiene un toque perverso; le hablé yo de ese Madrid recorrido por la mañana y que ella no conocía; me habló ella de una relación que mantiene, de forma intermitente, con Russell Crowe, ese actor australiano con pinta de bestia que es un actor excelente y recala, para verla, en la capital de España cuando sus rodajes se lo permiten; me preguntó por Anita Pallenberg y le confesé lo muy ilusionado que estaba con esa relación pese a la diferencia de idioma y su, no siempre, accesibilidad; hablamos luego de Anonymus y de lo que a ella le gustaría emular al personaje, colocarse la máscara y colgar de los puentes de Londres a unos cuantos banqueros; hablamos de Camboya, mi futuro inmediato, y de Berlín, ciudad en la que había estado; me confesó el nulo interés, por su parte, de aprender el catalán; le hablé del sorprendente hallazgo de mi relato Marero, después de haberlo perdido; repasé, con ella, todas las películas que no había visto, por, esa fue su razón, ser muy joven, todos los libros que aún no había leído, por la misma razón; me confesó que estaba plantando acelgas, berenjenas…Y así estuvimos hablando, amigablemente, la que, para los uniformados camareros de blanco del Café Gijón, bien podría ser mi nieta, y yo, al que reprochaba la Dama del Fuego mis densos silencios, para dar paso a los ángeles, y mis miradas perdidas en el infinito. La observé, las dos veces que cruzó el café, para dirigirse al baño, el suave balanceo de sus caderas esquivando mesas y sillas; le dije, cuando se sentó, lo muy hermosa que era, lo seductora de su enigmática mirada, y ella sonrió, halagada, confesando lo que agradecían sus oídos los piropos. Primavera e invierno.

sábado, 14 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 13 de abril de 2012
Cuando leí Intimidad del anglopaquistaní Hanif Kureishi, y vi luego la versión cinematográfica que de la novela hizo Patrice Chereau, no supe que estaba leyendo, en parte, lo que iba a ser mi octava vida, pero con final, previsiblemente, feliz. Crucemos los dedos, pero vivamos la intensidad de los instantes. La vida te da imprevisibles y generosos regalos que uno, desengañado, no espera.
Hoy fui relativamente feliz paseando por Barcelona. La nota triste y dramática la puso una joven mendiga negra, una muchacha que habrá cruzado África de punta a punta, puede que haya sido robada, violada y maltratada por el camino, ha invertido todo el ahorro familiar para cruzar en una patera el Estrecho jugándose la vida y acaba durmiendo en los portales de una ciudad extraña y lejana: tenía un bebé en sus brazos. Con esa imagen, la de ese bebé de una desheredada y excluida de este mundo, me he encogido. Tentado he estado de darle dinero, aunque ella no lo pedía y arropaba al bebé ante una jornada de lluvia, pero no lo he hecho y he seguido mi camino. Con esa imagen golpeando la conciencia, mis pasos me han llevado al único territorio del que me siento: el land de Gracia. Cuando ese barrio proclame su independencia, yo lucharé a su lado. Uno es, definitivamente, de donde pasó su infancia. Conozco cada rincón, cada plaza, cada callejón de ese pueblo que se integró en la gran ciudad. Seguramente, objetivamente hablando, no sea un barrio muy agraciado, pero tiene personalidad, respira, late en todas sus arterias. Si antes era un barrio de pequeños artesanos (la música de las serrerías la escuchaba cuando, con mi cartera a la espalda y mi pantalón corto, iba al colegio) ahora es multicultural y alternativo.
El sol rompe las nubes y deja de llover cuando me siento a la mesa de una terraza para leer el diario de las negras noticias (España al borde del rescate; el PP planteándose tipificar como resistencia a la autoridad las sentadas; el ministro Wert dando la estocada a nuestro cine) e indignarme. Ahogo mi ira con una cerveza. Un latinoamericano canta con buena voz mientras rasguea su guitarra. Prometo darle un euro si se acerca, sombrero en mano. Pero no lo hace. Por una u otra circunstancia hoy no doy rienda suelta a mi vena solidaria.
Me cito con Anita Pallenberg en la Plaza de la Revolución. Sí, Gracia, como barrio rojo que es de Barcelona, bautiza así sus plazas pese a su alcalde Trias que hará lo que sea para cambiarlo y poner a algún santón del nacionalismo catalán en su lugar. La exnovia de Mike Jagger (o de Keith Richard, tanto da) llega hoy vestida de rojo, con pantalones ceñidos y una chaquetilla negra sin mangas sobre la blusa: mis colores ácratas, me doy cuenta ahora, no entonces. Nos damos dos besos en las mejillas cuando nos vemos. Nos miramos a través de las respectivas gafas de sol que velan nuestros ojos. Con botas de tacón, la intérprete de Performance es más alta que yo. Me susurra, mientras me roza la mano (no acaba de cogérmela) que le parezco muy raro. ¿Por qué? le pregunto. Porque vas vestido. Subimos por la calle Verdi, dejamos atrás los cines y entramos en un restaurante indonesio. Como a mí, a la actriz le pirra la cocina oriental. El restaurante, seis mesas, es diminuto, y la camarera que lo atiende, más. La comida es buena, pero echo en falta el picante de esas lejanas tierras. Hablamos de nuestra mutua fascinación por Asia. De Indonesia y Tailandia, países que conocemos ambos. De la delicadeza de las asiáticas. De la chica de la portada de ni próximo libro. De Wong Kar Wai. Con los postres hablamos de literatura. De los autores que nos hicieron viajar a Oriente antes de pisar aquellas tierras: Pearl S. Buck y Sommerseth Maugham. A Anita Pallenberg, que habla conmigo un fluido español sin apenas acento(ella es de origen alemán e italiano; cabello y ojos, alemanes; vehemencia latina) le gusta Coetzee (le golpeó, como a mí, La edad del hierro, novela que regalé a una fotógrafa, y Thomas Bernard (me regala uno de sus pocos libros que no he leído: El aliento , y ese detalle me emociona). En un momento de la comida, cuando ella ha dado cuenta del arroz con vegetales y yo, de mis fideos con salsa de soja y ternera, y estamos con los postres, tapioca con leche de coco, cojo su mano. Es la primera vez que como con Anita Pallenberg, en una relación que hemos empezado por el final del común de las historias, y el hecho de compartir mesa con ella en un restaurante indonesio del barrio de Gracia, mi país, mi tierra, me emociona.
Podría decir que, después de comer, la acompañé al aeropuerto en donde cogió un vuelo para Londres o Nueva York, París, Berlín o Roma, pero no fue así. Recogidos en la habitación de un hotel seguimos hablando de literatura, de filosofía, del arte de vivir y gozar el instante, ella, con su español fluido y yo, excusándome de mi poca pericia con el inglés. Entre cigarrillo y cigarrillo (Anita Pallenberg es compulsiva, hasta fumando) se interesó por el estado de mi pierna (la he recuperado, por suerte) y me prohibió hacer cualquier tipo de ejercicio. Y yo fui, a medias, obediente. Nos emocionamos cuando ambos afirmamos que una de las mejores novelas que habíamos leído era La montaña mágica de Thomas Mann. Coincidimos ambos en que Muerte en Venecia, al hilo de Mann, es una de las obras maestras del cine. Le prometí, en el caso hipotético, más bien imposible, como el camello y la aguja, de que suba al Valle (Anita Pallenberg es chica de asfalto, tiendas de ropa y ajetreo urbano, y no la veo plan zen en las montañas entre vacas y caballos) con un ciclo Kubrick, zumo de naranja, sobaos pasiegos, rosquillas y su cabeza en mi hombro.
Volví al mismo escenario de la mañana y mediodía por la noche: a la calle Verdi. Pero sin Anita Pallenberg, sustituida por El Destilador Cultural. Invité a ver al instruido y profundo cinéfilo Las malas hierbas, de Alain Resnais. El otrora genio de la nouvelle vague juega, con descaro, a reírse del espectador. El resultado, inclasificable, con deserciones entre el público de la sala durante su proyección, provoca alguna sonrisa cada veinte minutos. Pero esa tomadura de pelo cinematográfica nos da pie para bajar la calle Verdi, cuando salimos, carcajeándonos de nuestra estupidez como espectadores de Las malas hierbas y descubrir un exquisito, y barato, restaurante francés en la Plaza de la Revolución tras desistir, por overbocking (cola en la calle) de entrar en el indonesio en el que estuve con Anita Pallenberg al mediodía. Comimos divinamente, bebimos una botella entera de verdejo Verdeo (fácil de recordar), reímos a costa de la deplorable situación de nuestro mundo saqueado por bucaneros de toda estofa, para no llorar, y lloramos, eso sí, de felicidad absoluta, con el postre, un fondant de chocolate blanco con salsa de coco que no se puede describir lo que nos hizo segregar: cada vez que la cucharita entraba en la boca era un estallido de placer. Con las copas de vino estuve a punto de hablarle de mi relación platónica con Anita Pallenberg, a la que seguramente conocería porque él es muy instruido. Aquella cena fue el extraordinario colofón a un día completo al que sólo le faltó, puestos a pedir la perfección, algo de sexo. Pero no se puede tener todo.

viernes, 13 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán / Barcelona, 12 de abril de 2012
Hoy sonó el despertador a las cuatro de la madrugada. Abrí los ojos. En realidad no los había cerrado en toda la noche. En las cuatro horas de mi breve noche, debo matizar, mientras saco un pie fuera de la cama, pesco las zapatillas de mi séptima vida, que cada vez me vienen más grandes, bajo las escaleras y me voy a duchar al cuarto de baño de la segunda planta. Hoy no me miro la cara en el espejo. A estas horas, espantosa, y que no empezará a recomponerse hasta dentro de cuatro si consigo dormir durante el viaje. Hay días que no me la miro. Hoy. Me visto rápido, porque ya tenía la ropa encima de la otra cama, no tardo en encontrar los zapatos, me cepillo los dientes, cierro la maleta, cojo la cartera, el móvil, las gafas de presbicia, a pesar de lo mal que suena esa maldita palabra, me encasqueto a media cabeza mis gafas de sol y bajo a la calle. Silencio absoluto mientras paso por el obrador y olfateo el aroma a pan recién hecho. Nadie en la parada y quietud sólo rota por el gorgoteo del Garona. El pueblo duerme. Tres minutos más tarde me coge el autocar de la ALSA. Me dirijo en catalán al conductor que me responde en castellano, como ya es habitual.
Duermo. Cuesta hacerlo en las curvas hasta Pont de Suert. Más en las del pantano que empieza a continuación, no bien se deja atrás el pueblo. No somos muchos pasajeros. Media docena. Una mulata que subió en Vielha y regresa a la República Dominicana. Una joven pareja que emprende viaje lejano y ha sacado dos billetes para el aeropuerto. Duermo sobrepasadas las curvas del pantano, cuando vienen esas largas rectas que me sé de memoria, como si condujera. Sueño. Creo que estoy despierto, pero sueño. El sueño más largo duró tres años y medio. Pero fue un sueño. Cuando se toma perspectiva sobre los acontecimientos estos cuadran y se llega a comprenderlos. Entiendo perfectamente la reacción de los protagonistas de aquella historia, que interpretaron con solvencia sus papeles mientras el telón estuvo alzado. En la distancia todo cuadra, hasta los personajes de ese sueño y sus debilidades y terrores se hacen humanos, comprensibles. No hay personajes blancos, ni negros. Los matices eran importantes, aunque ellos los ocultaran. Era como si supieran que aquello era un tránsito pasajero y en ese tiempo breve se esforzaran en ser perfectos, en que sus trajes no tuvieran una arruga y no se notara la impostura de sus voces teatralizadas. Pero debo olvidar ese sueño pasado, aunque me duela hacerlo, cada vez menos, y eso también me duela, y concentrarme en el sueño presente. Aquel libro se cerró y escribimos a dos manos la palabra fin. Sueño, intento dormir, con la voz de fondo de dos mujeres que subieron en Pont de Suert y no han dejado de hablar. Con el presente que se reanudará a las 18:30, puede que más tarde, o temprano, en la habitación de un hotel, como muchos de aquellos sueños húmedos que tuve en la adolescencia y se materializan ahora, en esta edad que me niego a asumir. El invierno de la vida, como resume Paul Auster en el título de su última novela. Imagino, como llevo haciéndolo desde días pasados, sus pasos hasta la puerta, su característica forma de llamar, una contraseña, y yo alzándome de la cama, cruzando el cuarto, abriendo. Sueño con esa imagen provista de sonido, mientras el autocar enfila las largas rectas de Lleida y la amanecida hasta hace bello ese insípido paisaje llano, con esa relación que recibo como un regalo en mi octava vida de forma inesperada. Y el autocar me lleva a ella, como un imán, por una llanura de pastos cuadriculados y pueblos que huelen a estiércol mientras cigüeñas, con ramas en el pico, cruzan el cielo pálido que el pincel del sol va pintando de color. Balaguer, la ciudad que dejó de oler a col agria, que he cruzado un centenar de veces cuando subía a ese Valle de Arán en donde ya vivo buscando un aislamiento que no quiero. Toca desayunar en mi pastelería habitual que abre cuando el autocar atraca en su muelle, junto al Noguera Pallaresa que nace en Baqueira Beret: café con leche y ensaimada cubierta con azúcar glas que me deja perdidos los pantalones de pana. Y mientras mastico la ensaimada, mientras bebo el café en cuatro sorbos, escribo sobre mis sueños pasados, muertos, y futuros, extraordinariamente vivos.
En Vilagrasa me llega un anticipo gracias a las tecnologías: foto por sms. Unas piernas que asoman por entre una minifalda con raja. Una chica que conduce y se hizo esa foto con la cámara de su teléfono móvil para enviármela aprovechando un atasco. Vilagrasa, como todos los pueblos de la Plana de Lleida, agrícolas, son sencillamente espantosos. Los árboles frutales, algunos floridos, se alinean con tiralíneas, constreñidos, como si hubieron sido aplastados con planchas. Son árboles sin personalidad, iguales, esculpidos para ser explotados a gran escala. ¿Pueden dar buenas manzanas, me pregunto? Dispuestos en largas hileras, con perfiles artificialmente afilados, permiten que pasen entre ellos los tractores de labranza, los que luego, cuando salgan los frutos, recolectarán sus manzanas verdes, rojas, Golden, Fuji, Gran Smith… No me imaginaba, en mi octava vida, ser experto en manzanas.
Ya no sueño. Ni duermo. El autocar casi se llenó en Balaguer. Subió un africano al que despidió otro. Serio, delgado y rapado, oculta sus ojos bajo gafas de sol. Pienso en Salambó. Una de las mejores novelas históricas que haya leído. Uno de los más prestigiosos premios literarios que se conceden en el país. No podía imaginar que allí, en la barra del Café Salambó de Pedro Zarraluki, empezaría una historia literaria. No podía saber entonces, cuando entré y aquella desconocida me hizo una seña desde la barra del bar, que cuatro meses más tarde ella llamaría a la puerta de un hotel. No podía imaginar mientras hablaba con aquella rubia de cabello bien peinado y porte elegante, que tomaba, posiblemente, un gin tónic, aunque no puedo afirmarlo, iba a ser la chica del Balmoral. Me pareció atractiva, simpática, dispersa, vital. Era tan alta como yo. Hablamos de literatura, de mis libros, que iba a presentar, mientras yo daba cuenta de un café. No sé quién pagó las consumiciones. No creo que fuera yo. Ese día no pagué nada. Nos despedimos con dos besos en las mejillas sin presentir, o sí, los besos que nos daríamos cuatro meses más tarde. Ella llamaba por primera vez a una habitación del hotel Balmoral y yo le abría la puerta que cerraba definitivamente mi séptima vida. El Balmoral como perfecto exorcismo, como en su día lo fue el hotel Astoria en el que sólo había estado a través de mis novelas. Capítulos que deba añadir a mi inacabada novela La habitación del hotel: la vida de alguien, presumiblemente yo, contada a través de los ojos de las habitaciones de los hoteles en que ha estado, hasta llegar al último hospedaje. Imbricación de vida con literatura, que, en mi caso, es lo mismo. Mientras el autocar se desliza en pendiente, ya por la autovía, cruzando un campo verde hasta el horizonte, regado por las lluvias de los últimos días, miro esa foto de esa falda gris con raja por la que asoman dos piernas perfectas y largas. Sólo yo sé por qué hoy ella se puso falda en vez de sus habituales pantalones. Quizá la piropeen en el trabajo y ella, mientras abre el ordenador, se ría paladeando las horas futuras e imaginando esa mano bajo su falda que rozará sus muslos. Pasan camiones por la ventanilla del autocar. El negro duerme tras sus gafas oscuras. Yo voy a imitarlo y soñar, para abreviar el viaje. 84 kilómetros hasta Barcelona. Y dos cotorras que no han parado de hablar desde que embarcaron en Pont de Suert. ¿De qué se puede hablar durante cuatro horas seguidas?
El desayuno con La Arquitecta es ya un ritual cuando bajo del autocar en Barcelona. Llego yo antes a la cafetería y la aguardo dentro, porque fuera hace frío. Pido el desayuno del día a una camarera sudamericana menuda y de voz dulce, el segundo en pocas horas: café con leche y bocadillo caliente de fuet aplastado por la plancha. Hojeo el diario mientras espero. El PP quiere endurecer las leyes para los que provoquen, o convoquen, altercados públicos. Sigue la deriva fascista del partido en el poder. En Europa crece la ultraderecha. La hija de Le Pen, que pide la reimplantación de la pena de muerte, es la candidata antisistema y de los jóvenes según El País. No quiero creerlo. La Arquitecta llega con su porte elegante. Tras dudar, pide mi desayuno. Le asusta y angustia el futuro. Como a todos. Hablamos de la situación europea, del suicida griego, del suicida cubano, de los niños, que a pesar de que ya superan los treinta seguirán siendo los niños, de mi viaje…Le hablo de mi novela sobre Eribert Heim, el carnicero de Mathaussem. Hablamos de nazis, terroristas y marines. Creo que pasamos más de media hora de animada cháchara. Quedamos en vernos más tarde. Yo dejo mi maleta en el hotel tras tomar el metro en Reina Cristina. Duermo diez minutos.
Los bebés cambian muy rápido. Éste es ya una muchachita. Siempre se me queda mirando fijamente con sus enormes ojos azules, extrañado, hasta que me gano su confianza diciéndole bobadas. Preparo una ensalada mientras la muchachita se entretiene jugando en un parque infantil acolchado, con sus peluches. Llega La Arquitecta. Luego, la madre. Comemos sin quitar un ojo a la estrella, que no nos lo quita a nosotros y se entretiene rompiendo papel de cocina y tirando los pedacitos al suelo. Yo estoy hoy gracioso, ocurrente, tengo chispa desde hace meses. A mí alrededor se desternillan con algunas barbaridades que digo. La muchachita se asusta de nuestras carcajadas. Hace pucheros. ¿Pucheros? ¿De dónde vendrá esa extraña expresión?
Me retiro a dormir al hotel. Me ducho. Me cepillo los dientes. Intento sintonizar una emisora musical, pero no lo consigo. Corro las cortinas, para crear un ambiente tenue. Me seco el pelo. Dormito. Me despierto. Hablo con La Arquitecta. Miro un cuadro abstracto que cuelga de la pared de enfrente. Hablo con Anita Pallemberg, que está inmovilizada en un atasco, pesadilla cortazariana. No llueve. Llovía antes cuando entré en el hotel y el recepcionista, desconfiado, me siguió hasta la puerta del ascensor, me preguntó por el número de la habitación y quiso saber mi nombre: pensaba que era un okupa, o un sicario que iba a liquidar a uno de sus huéspedes. Hoy, los dos golpes en la puerta son muy quedos, extraños, como si la mano que los da perteneciera a un cuerpo asustado. Pero abro, porque deseo entrar en esa otra dimensión que no sé si es real o bien es otro sueño…
Un mal gesto provoca un terrible calambre en mi pierna derecha. El dolor es tan fuerte que me inmoviliza. Mis intentos por andar resultan baldíos. Esa pierna no me responde. Si me levanto de la cama, me caigo. Así que permanezco echado mientras la enfermera actúa con el miembro dolorido con golpes de karate que palían algo ese calambre constante. Tengo hambre, ganas de tomarme un bocadillo, pero no soy capaz de bajar al bar del hotel. Así que permanezco echado y rezo para que el dolor desaparezca por la noche. Jodido entrar en el invierno de la vida, como dice Auster. Peor no llegar al otoño. ¡Qué infinitamente lejos queda la primavera!

martes, 10 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 10 de abril de 2012
Hoy debería estar en San Sebastián, pero no me moví de mi casa salvo para ir a la oficina de correos de Vielha al mediodía, quince minutos antes de que cerraran. No me moví de mi casa porque estuvo lloviendo todo el día, con un breve intervalo de sol, un rayito, que aproveché para sacar a secar las sábanas recién lavadas de mis huéspedes. Así que apenas pisé la calle, ni el campo, porque ya lo pisé ayer cuando me aventuré, a pie, por una pista forestal (la pista más forestal que uno pueda conocer) que subía por un monte y no conducía a ninguna parte, moría en medio del bosque. Una pista forestal, como su nombre indica, para que entren y salgan de ella los camiones con los troncos cortados. Y esa excursión de ayer la hice, por la tarde, con un sol sensacional, parándome en cada grueso tronco que veía derrumbado en los márgenes del camino para sentarme y leer la divertida novela de Alicia Estopiña Merlot. Me senté sobre tres troncos de árbol talados, y cómodos, y sobre una roca que me ofreció un asiento porque tenía respaldo: total cuarenta páginas de soleada lectura en un silencio absoluto sólo interrumpido por el piar de los pájaros y el vuelo rasante de un halcón cuya sombra me sobresaltó. Por eso, quedarme hoy en casa quedó sobradamente compensado por las cuatro horas que ayer a la tarde estuve paseando por estos montes. Pero no fui a San Sebastián hoy.
Ayer empezó mi vida rutinaria, a medias. Todavía quedaba gente de vacaciones. Y restos de los festejos de estos días: una pasarela, por la que desfilaron las modelos locales luciendo las últimas creaciones de una firma de costura y sobre la que bailaron sevillanas y entonaron la Salve Rociera. Extraño lugar Arán, libre de sardanas y barretinas, más andaluz que catalán y con gotas de vasco, supermercados que se llaman Madrid, socios del Real Madrid orgullosos de serlo, apellidos España en cada núcleo de población y ausencia de senyeras. Pero vino gente de fuera al pueblo, y, algunos, poco recomendables según estuve escuchando. La gente habla fuerte. Y yo escucho, aunque no quiera, aunque parezca absorto en el nivel de mi cerveza y en las malas noticias que me trae el diario. A mis espaldas cuatro tipos hablaban de accidentes mientras sus mujeres asentían a todo lo que decían. Hablaban de accidentes de tráfico. De qué hacer si atropellaban a alguien por la carretera. Quizá alguien había muerto arrollado en la carretera días atrás y eso les daba pie. Todos hablaban de lo que les complicaría la vida ese tipo de accidente aunque no llevaran una gota de alcohol en el estómago. Todos, los cuatro, estaban de acuerdo en no parar y dejar al herido en la cuneta, muriéndose. Uno, más bestia, por si el herido sobrevivía y podía identificar el coche que lo había arrollado, abogaba por bajarse y tirarlo al río. Hablaban de hipótesis, imagino, sí, pero era lo que pensaban y me ponían los pelos de punta. Acabé la cerveza, me levanté y, entonces, los pude mirar. Pinta de bárbaros, de esos que pueden apalizar a alguien hasta la muerte porque les miró mal o les pisó inadvertidamente un pie. Bárbaros que trasplantados a la exYugoslavia cometerían sin pestañear todas las atrocidades posibles. Con el asentimiento de sus mujeres. Pero a lo que iba. A la lluvia persistente de hoy, que cubría de gotas todas las ventanas de la casa vacía, y a que ni salí de casa a comprar El País ni fui a San Sebastián. Así es que, después de una comida sencilla (judías verdes con patatas; un híbrido extraño entre gallo y lenguado que rebocé y freí; rodajas de mango) me eché un rato en la cama, a dormir, a soñar, me levanté a media tarde, escribí un rato sin muchas ganas, contesté unos cuantos mails subidos de tono, y que yo subí más si eso era posible, lo que resultaba muy difícil, y bajé a la cocina a hacer un pastel bretón. A la hora cuajó perfectamente, subió, gracias a la levadura, quedó esponjoso y lo mejoré con una buena capa de azúcar glas: será mi desayuno de mañana. Aunque ése no es exactamente el pastel que yo quería hacer y comer, el pastel bretón al que me aficioné en Bretaña en uno de los viajes de mi sexta vida y cuya receta pediré a Mademoiselle Bonnaire, a la que he visto cuatro horas escasas desde que empezó 2012. Y como bajó la temperatura, encendí la estufa de leña por la noche, y, para tener un motivo para estar allí, junto al hipnótico fuego, sin hacer nada, vi el divertido DVD Entre copas y reí un buen rato, aunque no tanto como con Ostras para Dimitri, la última novela de mi amigo Juan Bas que acabé días atrás y es una sucesión imparable de hilarantes barbaridades.
Quizá sustituya San Sebastián por Santander. Las distancias nunca me importaron si la recompensa lo merece. Y lo merece, me digo, sin duda lo merece.

viernes, 6 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 6 de abril de 2012
Esta foto es cortesía de José Luis Zacagnini, Zaca para sus íntimos, un gaditano de ascendencia argentina y siciliana, cóctel explosivo entre la autoestima porteña y la peligrosidad mafiosa, que, a partir de estos días pasados, se ha hecho un poco aranés, es decir, mestizo total, más de lo que ya era. Así es que gracias por prestársela a este corredor de fondo que se ha quedado sin cámara y ve, desde entonces, las cosas de otra manera.
Retrasaron Los Exhomónimos su partida por culpa de la procesión de Semana Santa. Los catalanes sabemos la escasa tradición procesional del Principado. Se pueden contar con los dedos de una mano. Pero en Bossòst, mi pueblo de adopción, todo es posible. Y hasta una plaza de toros, me susurra mi homónimo mientras pasan por delante de nosotros las columnas de romanos, marcando el paso a golpe de lanza en el suelo, el Nazareno (este año mi carnicero) y los penitentes encapuchados que llevan en andas los pasos, entre ellos uno nuevo llegado de Sevilla y habla de esa relación Norte/Sur que se produce en el Valle. Para unos andaluces, y para un catalanosalmantino algo granaíno y definitivamente aranés, también, resulta extraño ver peinetas y mantillas en este enclave del Pirineo en vez de barretinas, que no hay ninguna. Tentado estoy de pedirle a Alicia (me he cansado de llamarla Exhomónima) que cante una saeta al paso de esa Dolorosa que aguanta en sus brazos el cuerpo herido de Jesús.
Tras esas mujeres enlutadas y con velos, marcha la corporación en pleno, con el alcalde malagueño en el centro, portando su vara. Cierra el cortejo un coro de beatas cuyos cánticos dirige sin batuta el cura del pueblo, llegado a este rincón desde latitudes lejanas por esa falta de vocaciones que quizás la crisis resuelva, porque la Iglesia es una empresa más, con buen sueldo y al margen de ERES y sigue vigente, más que nunca, lo de vivir como un cura.
Todas las tiendas están cerradas al paso del cortejo procesional por respeto, que también, pero sobre todo porque los quinientos habitantes de Bossòst se echaron a la calle y se pusieron ropas de romano o penitente y no quedó nadie para atenderlas. Localizo, entre los conocidos, a mi vecina paraguaya, que va tocando el tambor ataviada con capirote y hábitos de penitente, (reconozco sus tejanos y zapatos que asoman por debajo de su hábito morado) y al hijo de la panadera, vestido de romano y que marca el paso de forma muy entusiasta.
Marcharon mis huéspedes y buenos amigos, acabada la procesión, después de un más que sentido abrazo y con la promesa de próximos reencuentros. Me dijo La Exhomónima expansiva que, durante estos días, se había sentido dentro de un menage a trois. Si fue así nunca me enteré y todo debió suceder cuando estaba dormido. Espiritual, puntualiza. Claro, de Semana Santa. Abstinencia de comer cualquier tipo de carne.
Quizá sea por envidia del Nazareno (para el próximo año me pediré ese papel de llevar al cruz a cuestas si aceptan un Jesús de la tercera edad) o simplemente por ganas de mortificarme, o porque no quiero sentirme de nuevo solo en mi casa, que monto en la bici, con todo el atuendo de ciclista (casco amarillo, mallas, chaqueta de chándal, zapatillas de deporte, calcetines blancos de lana a medio tobillo, bolsa de almendras y un Cacaolat) y tomo la carretera hacia Les. Mientras desciendo a tumba abierta y llego a la primera rotonda del pueblo vecino, tomo la decisión de torturarme, ya que es Viernes Santo, con la más dura excursión ciclista del Valle: los 40 kilómetros de pista zigzagueante que parten de Les y te llevan, cruzando tres valles, al refugio de la Honería del valle de Torán. La subida de Les, que se toma poco antes de llegar a la central eléctrica y la piscifactoría de esturiones, es agónica, un perfecto Vía Crucis. Hay algunos tramos que superan los 16 grados de pendiente y hago haciendo zigzag por la pista. Pero subo mi Gólgota, con determinación suicida, con la bici entre mis piernas en vez de la cruz sobre mis hombros, haciendo mis inevitables paradas para comer puñados de almendras, beber agua o recobrar el aliento, aunque mi preparadora física de la séptima vida desaconsejara esas paradas que sólo servían, según ella, para enfriar los músculos. A las tres y media de la tarde, después de un sinfín de cuestas, con la camiseta empapada de sudor y la chaqueta del chándal doblada en el interior de la pequeña mochila, alcanzo la pista de tierra que irá descendiendo suavemente hasta que lo haga de forma brusca, ya en su tramo final. Cuando la tomo está desierta (en la asfaltada sólo me he cruzado con un coche que se ha cruzado conmigo en una de las paradas de descanso) la temperatura cae en picado y empieza a caer lluvia fina que sería nieve con un par de grados menos. En una vaguada, en donde habitualmente suele haber caballos (hoy no) encuentro grandes placas de nieve y hielo que sorteo como puedo. Descendiendo, mientras cruzo un bosque mágico, veo los cuartos traseros blancos de un ciervo mediano que emprende la huida en cuanto me ve y se pierde entre el entramado de troncos que conforman una empalizada visual. El aire se hace más frío conforme me aproximo a las moles de unos picachos completamente cubiertos de nieve desde su base a su cima, y las nubes que tapan el cielo amenazan con descargar. No hay más ruido que el siseo de las ruedas de mi bicicleta cruzando los charcos de agua helada que cubren cada uno de los socavones de la pista y salpican de barro mis pantorrillas.
Me detengo para reponer fuerzas (me bebo el Cacaolat y como otro buen puñado de almendras) y sigo camino. Mientras disfruto del deslumbrante paisaje que corre a mi lado (bosques y prados sin fin a mi derecha; peñascos amenazadores y árboles con raíces descarnadas, en precario equilibrio, a mi izquierda) reflexiono sobre lo bien, emocionalmente hablando, que me ha ido la visita de Los Exhomónimos, ambos psicólogos, aunque el serlo no sea garantía de nada, con los que he hablado sobre la complejidad de algunos de mis personajes de mis novelas, de La Frontera Sur, por ejemplo, un libro que a Zaca le deja arena en los labios y le produce acuciante sed. Hemos hablado de Mike Demon, y de Carmela. Mis charlas con ellos me han servido, por ejemplo, para comprender perfectamente el personaje de la mexicana, alumbrar todas sus sombras y darme cuenta de que lo realmente extraordinaria no era ella sino la ceguera de Mike Demon que la veía como la mujer que nunca fue. Carmela quiere precisamente el tipo de vida que Mike Demon desea abandonar, y ella la quiere porque nunca la tuvo; de la misma forma que Mike Demon se empeña en tener otro tipo de relación con Carmela que no sea el asfixiante matrimonio del que huye. Cada uno deseando lo que no tiene. Y ahí está uno de los dramas de la novela, ese desencaje de los personajes que no se dicen el uno al otro lo que sinceramente anhelan. No se percata Mike Demon, cegado por su pasión amorosa y sexual, de lo convencional que llega a ser Carmela en todos los sentidos. Ella termina convirtiéndose en su sueño. Pero no es real. Resulta curioso, y fascinante, para el que escribe, que los personajes se le rebelen constantemente y no circulen por el camino que les has trazado. Ocurre en la ficción con la misma asiduidad que en la vida real.
Curioso centrarme en esos pensamientos mientras sorteo con la bici las rocas caídas de las montañas y los charcos profundos. De cuando en cuando me detengo, aspiro el aire, que ya no es tan gélido, y hasta disfruto de un débil rayo de sol que se cuela por entre las nubes y barniza de color el paisaje silencioso que me rodea. Nadie a veinte kilómetros a la redonda salvo los ciervos y los jabalíes que me observan desde la parte más recóndita de esos bosques interminables de pinos alpinos por entre los que la pista, cada vez más destrozada, se abre paso.
Cuando me acerco al valle de Torán lo reconozco. Tengo en mi retina, y en mi cabeza, un mapa de la zona y sé que ese descenso abrupto, después de diez kilómetros llaneando por sucesivos valles, me llevará al refugio de la Honería. Las montañas nevadas de los alrededores son como los rascacielos de la Gran Manzana que me servían de referencia para no perderme por las calles de Manhattan. Emprendo el descenso, abrigado con la chaqueta del chándal, cortando el viento con mi cara, pero no me encasqueto el casco amarillo que llevo colgando del manillar. He de ir frenando, además de sorteando, con bruscos quiebros de manillar, las piedras que han ido cayendo de las montañas. Procuro no cruzar las manchas de nieve y hielo que, en algunos tramos en donde no llega el sol, se mantienen de la última nevada de febrero, la de la ola siberiana, y cubren buena parte del camino para no patinar y caer al abismo. Y rezo, mientras me deslizo por esa pendiente, para que un determinado paso, que sé complicado, esté expedito y no tenga que regresar por el mismo camino desandando lo andado y al límite de mis fuerzas. El enclave, cuando llego, está realmente complicado. En una revuelta brusca, junto a un torrente que erosiona la montaña, se ha caído parte de ésta sobre la pista y una enorme roca, de unas cuantas toneladas, barra el camino. Imposible pasarlo con un cuatro por cuatro aunque el conductor tenga pericia. A duras penas, haciendo equilibrios sobre un abismo por donde se han desplomado cientos de rocas, consigo cruzar a pie ese tramo complicado, tirando de la bicicleta. Luego el camino no mejora, es un espeso barrizal minado de piedras cuya pendiente me hace ir frenando constantemente. Al cabo de un rato me duelen las manos. Y finalmente llego al valle de Torán, a una pista más conservada y, de ésta, a una medianamente asfaltada.
Son casi las seis de la tarde cuando entro en el refugio de la Honería tras dejar la bici contra la pared, en la entrada. El guarda es un tipo amable que me saluda en catalán. Le pregunto si estoy a tiempo de comer alguna cosa. Me ofrece sopa o potaje de Cuaresma. Ya que estamos penitenciando el cuerpo, escojo esto último. Para el segundo no hay opción: butifarra con patatas fritas. Mientras llega la comida le pido una cerveza. Estoy sediento. Y tomo asiento en una bancada del refugio, junto al fuego de una estufa de carbón. Liquido con tres sorbos el contenido de la lata y hojeo una revista sobre los Pirineos que cojo de la estantería de la librería del refugio atestada de libros sobre montañismo. Habla del Valle de Arán, precisamente, en uno de sus reportajes. Me llega el sabroso potaje de garbanzos, espinacas y bacalao mientras estoy leyendo algo que me asombra a medias: en el siglo X el idioma del Valle era el euskera. Así se explica la existencia de tantos topónimos vascos. Luego los habitantes se latinizaron y adoptaron el occitano. El potaje cuaresmal está bueno, y yo estoy hambriento y desgastado, y me sirvo tres platos enteros. El guarda del refugio celebra mi apetito. Ataco la butifarra mientras sigo leyendo esa revista que me da informaciones que hasta ahora desconocía. De postre pido melocotón en almíbar. Remato la comida con un café, que he de tomar a muy pequeños sorbos porque me abrasa el paladar, y miro al exterior por una pequeña ventana: nubes, pero no creo que lleguen a descargar el agua que llevan.
Cuando me acerco al mostrador a pagar, pego la hebra con el guarda de la Honería, porque en esta octava vida mi locuacidad supera a la de mi séptima. El tipo es algo más joven que yo, quizá cincuenta años; conserva el pelo negro y eso me produce insana envidia. Me intereso, mientras me devuelve el cambio del billete de 20 euros que le entrego para pagar la comida, por si fue duro el invierno. No pasamos de diez bajo cero y llegamos a veinte negativos, me dice. La máquina quitanieves no daba abasto. Sigo charlando con él y le pregunto por el camino que lleva a los lagos de Liat y que sale a unos dos kilómetros del refugio. Me confirma que es uno de los itinerarios más espectaculares de Arán, que va siguiendo la senda que los mineros abrieron para transportar el hierro de las explotaciones, bordea un angosto valle hasta alcanzar los lagos que uno diría trasplantados directamente de Escocia. Y por el camino te encuentras con la cascada mayor del Pirineo, me dice, como primicia. Estaba convencido de que la más alta era el Sauth deth Pish. Me saca de mi error. El Sauth deth Pish tiene veinte metros; ésta, casi 300. Imagino esa caída de agua y anoto esa excursión en la agenda de mi cabeza para cuando las nieves se fundan, en junio. Tras estrecharle la mano y desearnos ambos suerte, sigo camino. Hasta Montaut todo es bajada. Me deslizo por una pista que va siguiendo el río Torán a una velocidad suicida: 50 kilómetros por hora llego a alcanzar. Al tomar las curvas me ladeo como un motorista y aprieto ligeramente el freno antes de entrar en ellas. Me cruzo con un coche y no me adelanta ninguno hasta que llego a la carretera nacional. El último tramo, los últimos tres kilómetros antes de llegar a casa, son los más agotadores. Acuso, entonces, el cansancio del día, y a eso añado una digestión pesada por mi ingesta desmedida de platos de potaje de Cuaresma. Entro en el pueblo a las siete y media, seis horas y media después de haber salido. Dejo la bici en el garaje y me voy directo a la cama. Pongo el despertador a las 22 horas. No quiero perderme la procesión nocturna. Y a esa hora, puntualmente, me calzo las botas, me abrigo, porque ha bajado bastante la temperatura, y me aposto en la esquina de mi calle a ver los pasos. Una novedad con respecto a la procesión de la mañana: un paso con Cristo muerto metido en una urna iluminada llevado a hombros por agentes de la Benemérita, con atuendo de penitentes y capirotes, que también cierran el cortejo con su uniforme de gala y el tricornio de charol colgado del cuello. ¡Ay Carmela!

miércoles, 4 de abril de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 4 de abril de 2012

Llegaron dos buenos amigos proyectados desde la séptima vida, los Exhomónimos, como notarios de que ésa realmente tuvo lugar, y que mantengo en esta octava, a pesar de la distancia que nos separa: mil kilómetros. Los encontré en la calle del pueblo y fue como si el tiempo no hubiera transcurrido. "Decíamos ayer…" Cambiamos Granada por Arán. Ella, simpática, dicharachera, de sonrisa amplia y actitud expansiva. Él, docto profesor al que tengo un cariño muy especial, un homónimo lector de ensayos al que lentamente estoy atrayendo a la ficción. Vinieron del sur para estar unos días conmigo y compartir charlas y risas en compañía de buenos vinos, tintos y blancos, que me trajeron, y buena comida, la que intenté hacerles y creo conseguí. Hacer un buen plato es cuestión, sobre todo, de afecto. Anduve entre fogones haciendo una olla aranesa, por primera vez en mi vida, y la disfrutaron con sumo agradecimiento. La suerte del primerizo que quizá no se repita. Estos días, grises y lluviosos por fuera, porque es Semana Santa, resultaron alegres por dentro. Les enseñé unos cuantos parajes del Valle y mi homónimo dijo una frase lúcida, puro sentimiento: Que el paisaje le estaba entrando en el alma. El Valle no sólo es hermoso, que lo es, no sólo tiene un encanto especial por la suavidad de su paisaje que, raramente, es agreste, sino que establece una relación afectiva con quien lo pasea, es como una amante desnuda que se deja recorrer la piel con besos suaves desde los pies a la frente. Han andado a la vera de ríos fragorosos que llevan en sus aguas el hielo de la nieve que se funde; han cruzado bosques silenciosos; han caminado por paisajes nevados…Las excursiones se han convertido en plácidos paseos sin horarios ni metas. A veces nos hemos acercado a alguna cascada, para verla en su grandiosidad y sentir el frescor del agua despeñándose, o hemos espiado el nacimiento de un río que se soterra y reaparece brotando impetuoso entre las piedras.
Hay algo mejor que el paisaje, que la comida, que estos bellos pueblos: la compañía, me dicen. Lo mismo puedo afirmar de ellos. Les explico, mientras conduzco, detalles del Valle, les hablo de esa idiosincrasia tan especial que lo convierte en un territorio único.
El día tuvo una agradable sorpresa poco antes del mediodía, uno de esos regalos impensables, un verdadero milagro: la iglesia de Artiés estaba abierta, de forma excepcional. Las iglesias del Valle cierran todas sus puertas por temor a ese salteador de tallas románicas que se llama Erik El Belga que arrambló todo lo que pudo. Pero hoy, abrieron esa iglesia tan especial y mis amigos del sur quedaron literalmente en éxtasis contemplando sus bóvedas ilustradas con maravillosas pinturas murales, su gótico retablo ejecutado con rigor estético, los retablos laterales, barrocos pero cobijando en sus hornacinas esculturas que parecían venir directamente del románico, o las características columnas, inclinadas hacia fuera, porque los arcos de la bóveda están cediendo y las abren con su peso. El románico, y en eso estoy totalmente de acuerdo con mi homónimo, es tosco, es una maravillosa chapuza arquitectónica y escultórica, es arte tan primitivo como auténtico, nacido de nuestras propias imperfecciones. Y es de sabios vernos como imperfectos. Como nos vemos mortales en nuestras visitas, hoy, a los cementarios al pie de las iglesias de este Valle, con muertos que miran a las montañas y ya forman parte de ellas. Durante veinte minutos estuvimos extasiándonos con la lección de los siglos en esa iglesia de Artiés, atentos a las explicaciones del lugareño que cuidaba del recinto. En uno de los retablos, en altorrelieve algo ingenuo, la secuencia del martirio de Santa Cristina nos llamó la atención: la santa, en cueros, con una braguita dorada, rolliza, está en uno de los cuadros sufriendo en sus carnes desnudas el flagelo de sus verdugos. ¿Sadomaso? inquiere mi amigo sureño mientras la fotografía una y mil veces.
Difícil desconectar la mirada de esa excelsa obra de arte que es, en su conjunto, la iglesia románica de Artiés, el pueblo natal del único conquistador de origen catalán, Don Gaspar de Portolá, avistador del Cañón del Colorado, y centrarse en los placeres del estómago en ese santuario gastronómico de Gessa que es el restaurante Rufus adonde vamos, porque Arán es una perfecta fusión de naturaleza, arte y gastronomía. El antiguo escalador cambió las paredes verticales de las montañas por el fuego de los fogones para regocijo de sus comensales, hoy, nosotros. Compartimos un exquisito micuit y unas alcachofas al horno sencillamente en su punto, y seguimos con un solomillo de ciervo con salsa de queso, mi homónimo, y un foie a la sal con salsa de higos nosotros dos. Rematamos con flan de queso, por mi parte, y manzana frita con coulís de naranja por la suya. Bebemos lo que pudimos. Brindamos por los viejos tiempos y, sobre todo, por los venideros, por las muchas vidas que nos tocarán vivir, por la felicidad en cada una de ellas. Hablamos de lo divino, de lo humano, del estómago, de la carne, del corazón, del complejo mundo afectivo, de nuestra amistad que se redobla con este maravilloso encuentro tras ocho meses de ausencia que no notamos.
-Sentiste tanta envidia de lo que hacían tus personajes en tus novelas, que, un buen día, decidiste vivir como ellos-me dice mi homónimo, escrutándome con mirada azul y en tono doctoral que no admite discusión.
Cierto. Y me di cuenta de que lo que funciona en la literatura no siempre resulta en la vida real. Como ocurre en las ficciones, los personajes acaban escapando a tu control. Yo mismo, convertido en personaje de mi séptima vida, alguien que a veces me cuesta creer que verdaderamente existió.
Como con otras cosas de esta octava vida disfruto intensamente del placer de la amistad verdadera y generosa, me río de mí mismo, y se ríen ellos conmigo y, después de tan copiosa como exquisita comida, un paseo por Unha, otro, más largo por Bagergué, y regreso a casa, para caer en brazos de la siesta mientras la lluvia roza suavemente los cristales de las ventanas y va dejando en ellos mi rastro de lágrimas. Del sueño termina uno despertándose.
Y ya de noche, tras una exhaustiva sesión fotográfica de La Graciosa, que mis amigos soportan sin retirarme su amistad, me entra en el móvil un mensaje emotivo. ¿Puede un maremoto de sentimientos expresarse a través de un sms? Puede. A cuatrocientos kilómetros siento su aliento en el cuello, el roce de sus dedos, el surco de sus labios en mi piel y su mirada amorosa. Tenemos 111 años. Y espero llegar a 150.