martes, 29 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Madrid, 29 de mayo de 2012


Larga, y a veces tensa, es la conversación telefónica que me saca hoy de la cama, en Madrid,  después de una noche de sueños cerrados que siguió a un último tercio de la tarde de ayer en el Café Gijón, inusualmente vacío, pelando la hebra con mi querido homónimo ante una vaso de horchata, yo, y un poleo menta, él, centrados ambos en la aceleración de la vida y la crisis de los cincuenta, los suyos. Así es que la señal de llamada del teléfono sigue, en cinco minutos, a la del despertador, y vuelvo a la cama, tras salir de ella, con el móvil pegado a la oreja, porque en posición horizontal me veo más relajado que en vertical: la sangre fluye hacia el cerebro en vez de a los pies. A medida que hablamos, y nos hacemos mutuos reproches mi interlocutora y yo, la tensión se reduce en vez de crecer. Miro el techo de la habitación de invitados en donde estoy alojado y trato de ver todos y cada uno de los rasgos de la chica que me habla desde el otro lado, imaginarla vestida, y antes, cuando se vistió, con braguitas de encaje y sujetadores abrazadores, sus desnudeces, cuando se ajustó la falda tubo a sus caderas marcadas, se abotonó la blusa, se pintó ojos y labios, se alisó el cabello dorado con el peine, se miró y sonrió ante el reflejo que le devolvió su espejo. Odio el teléfono, como odio la distancia, y es un recurso que acepto a regañadientes porque no hay otro. Con lo fácil que sería convencerla en un cara a cara. Pero quien está al otro lado, con sus quejas, tiene una cualidad, sobre muchas otras, que sencillamente me vence: sinceridad absoluta sobre la que hemos establecido una relación que ambos, descreídos y escépticos, ansiamos duradera. Durante muchos años estuve viviendo con una persona que nunca se guardó dentro de sí misma lo que pensaba, que, a veces, con acritud inconsciente, me subrayó los muchos defectos que tenía y sigo teniendo. Y, de nuevo, me encuentro con alguien que hace de la sinceridad su bandera, que no esconde sus sentimientos, aunque estos sean de rabia, la ofusquen, y crea yo que estén equivocados. Los hechos nunca son iguales para todos. La objetividad es una impostura, hasta la estadística, que parece una ciencia exacta que puede medir la pobreza o riqueza de un país, lo es. Tendido sobre la cama, sigo hablando, pero hay una cosa importante en esa conversación: veo a la persona de una forma diáfana. Verla sin verla por su transparencia que emana de ese hablar apresurado y apasionado que es otra de sus características. Imagino su gestualidad latina, el movimiento de las manos, el fruncimiento de sus labios, el entrecejo marcado y me gustaría tener su cabecita sobre mi hombro y decirle, no con palabras sino con lenguaje corporal, lo muy equivocada que está. Me la imagino al sol de ese sur que he dejado hace cuarenta y ocho horas y que dora la cabellera rubia de vikinga que enmarca los ángulos perfectos de su rostro. Lo que parece una discusión, y no lo es, termina convirtiéndose en un susurro de amor y en un lamento compartido por no estar juntos, por esos kilómetros que siempre se interponen entre nosotros y alimentan nuestros miedos. A ambos nos frustra ese hilo telefónico, que nos une como un cordón umbilical durante una hora, pero por el que no podemos deslizar nuestras manos, nuestros labios, nuestros cuerpos, para amarnos como deseamos hacerlo. Así es que me conformo con besarla, acariciarla y amarla con la cabeza, cerrar los ojos e imaginar tus brazos trenzados a mi cintura, cariño mío, y el roce incansable de tus besos sobre mis labios.

domingo, 27 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Madrid, 27 de mayo de 2012

Estuve días atrás en Fuengirola. ¿Días atrás? Día atrás. Un tipo estupendo, que se llama Manolo, me invitó a una paella a su casa. Tras doce meses de separación le trencé un fuerte abrazo. Doce meses, un año. Pero estamos más o menos igual. Yo con un moreno camboyano. Hay hombres a los que quiero. Sí, sin tapujos. Manolo con sus sesenta y siete años, uno de ellos. Claro que no creo que haya nadie que deje de querer a Manolo, a su sobrina, para la que ha sido padre/madre, y a su nieto Michelle. Le pregunto por qué no sube al Valle de Arán a pasar unos días. Me mira con los ojos muy abiertos, tras poner una cerveza en mi mano: Hemos parido. Michelle es un nieto al que cuida como un hijo como cuidó como a una hija a su sobrina. Van llegando los invitados. Abrazo al enorme y generoso Alessio, excelente fotógrafo. Otro hombre al que quiero. Quiero últimamente a muchos hombres. Y a Pilar, a la que encuentro más guapa, joven, que once meses antes, exquisitamente femenina, como siempre. Charlamos alrededor de esa mesa por la que corren las botellas de vino. ¿El postre? Algo que quedó pendiente doce meses atrás: leche frita. Exquisita. Mi amigo Manuel es un gran cocinero, además de culto, buen conversador y de gustos exquisitos . La decoración de su baño es buena prueba de ello: imágenes eróticas de Mappelthorpe, Newton, obras clásicas de la escultura, una colección de fotos de penes marmóreos y una instantánea de él, diez años atrás, posando desnudo, realmente sexy. ¿Es un cuarto de baño o una pinacoteca?
Camino de Fuengirola a Madrid estuve meditando. Y enviando las gracias a cada una de las personas que se acercaron en Granada a la librería Picasso. Eva, Alicias, Virtudes, José Luis, Marian, María, Jesús, Miguel… Y Gregorio, el buen y generoso amigo Gregorio. Camino de Madrid pasé de nuevo por Granada y estuve a punto de entrar en la ciudad. Lo habría hecho de haber recibido una llamada que no llegó a mi teléfono móvil. Esperé cinco minutos. No me llamó. Seguí camino. Me cansé. Conduje hasta la noche. Llegué a casa de mi hermano. Comí esa ensaladilla rusa madrileña que tanto me gusta, aunque hecha por mi hermano que tiene buena mano para ella. Me derrumbé, con un par de cervezas frías, en la cama después de resumir mi viaje a Camboya.

Compartir franja horaria de firmas con mi tía no es normal. Ella no se lo cree. Llega en silla de ruedas. La ciática la está matando. Pero atiende amablemente a todo aquel que se acerca a la caseta 104 de Estudio en Escarlata a pedirle que le firme los Cuentos de una maestra rural. Yo firmo, aunque no sea creíble, dos ejemplares de Patpong Road a dos José Luis Muñoz. Y falta un tercero que no viene. Despacho bastantes ejemplares de mi última novela, de Marea de sangre, de Tu corazón, Idoia y hasta de Muerte por muerte. Mi tía tiene la muñeca rota de firmar. Acapara a las chicas guapas. Alguna cae en las redes de mi firma. Vienen hasta amigas personales. Hablo con la librera, con sus hijos. El día es soleado, pero fresco. La gente de Madrid es abierta. Hablo con lectores. Con una paisana salmantina. Con un amigo de León. Con un par de amigas de Facebook. Me hacen fotos. Sonrío. Mi tía parece una escritora consagrada, entre Carmen Laforet y Martin Gaite. Va de rojo, elegante, con una pasmina al cuello. Firma casi toda la edición. Quedan libros contados: 15 escasos. Ella, que siempre había estado al otro lado del mostrador, está hoy detrás de él, dentro, firmando libros, los suyos. Le pregunto cómo se siente. No me lo creo, contesta.
Comida en familia. Hablamos de literatura, y de política. Cae una empanada gallega. Y maravilloso jamón de bellota. Hay hasta pan con tomate. Rosa me da la fórmula de un exquisito mousse de limón del que repito: ocho yogures, el zumo de ocho limones y una lata de leche condensada. Juanjo saca una enorme bandeja con cerezas del valle del Jerte en donde se ha quemado parte del cuello y el brazo derecho. Considero que ya soy suficientemente maduro para comer esa fruta que he estado desdeñando, de forma irracional, durante sesenta años. Me sorprendo a mí mismo porque me gustan. Me gustan tanto que decido recuperar el tiempo perdido, esos sesenta años de rechazo, y me las como casi todas. Cerezas. ¿Por qué me negué a comerlas siempre? La mente humana es muy compleja y está llena de recovecos. Cerezas, me repito, mientras las como a docenas y confieso, a los incrédulos comensales que me rodean, a la pintora Águeda y a la profesora Charo, que hoy, 27 de junio (creo que he firmado muchos libros con la fecha 26, porque últimamente no controlo los calendarios) es el día de mi reencuentro con las cerezas.

viernes, 25 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Granada, 25 de mayo de 2012

Fiel a la palabra dada. Rito del castellano viejo que hay en mí. Como del extremeño aventurero que, cuatro años atrás, me llevó a esta ciudad que me acogió con cariño infinito y en donde labré amistades que duran en la distancia y deseo sean eternas. Y fiel a la palabra dada once meses atrás, de nuevo en la ciudad de los dos ríos, la tortuosa Granada de calles retorcidas, mañanas calurosas y tardes y noches benignas. Paseo, desde la serenidad de mi octava vida, por los escenarios de mi séptima que están congelados, como si el tiempo no hubiera pasado. Tomo copas y tapas con amigos al sol. Abrazo y beso a amigas que se alegran de verme. Departo sobre literatura y pasión creativa con Gregorio Morales en esa terraza de la Ermita adonde he vuelto de nuevo. ¿Se acuerda de mí el camarero que me pone la cerveza sobre la mesa? Le suena mi cara, seguro, porque en mi séptima vida me puso seiscientos tubos de cerveza y esas tapas de patatas a lo pobre, que me cansaban, pero ahora me gustan. Como en Granada, la ciudad sin sal ni saleros en las mesas, de repique incesante de campanas desde los minaretes de las mezquitas convertidas todas en iglesias. Huele a flor de azahar esa ciudad árabe que es un laberinto en el que me pierdo siempre si no consigo establecer un punto de referencia. Es un dédalo de calles que van y vuelven, que uno coge sin saber adónde te llevan, quizá al punto de partida. La ciudad árabe que celebra la fiesta de las cruces con entusiasmo cristiano. La ciudad de mis espejismos en una travesía del desierto que hice sin más bagaje que mi propio corazón. Ceno, como, solo o acompañado. Rememoro el pasado, aunque sea doloroso. Me enfrento a mis fantasmas y pienso en Kim Novack en Vértigo, y en que la vida imita al cine, a la literatura, que se retroalimentan, que soñamos despiertos y vivimos dormidos, que eso que llamamos la realidad realmente no existe, porque tiene mil prismas diversos y cada cual la ve a su manera.

Un buen gazpacho, una buena paella, y dos escritores que comparten pasión por lo literario frente a frente, hablando de sus libros, de ese virus que les impele una y otra vez a rellenar espacios con palabras y emociones encapsuladas en cada una de las sílabas. Estoy en esa mesa, a las dos del mediodía, y me cambio a la mesa de enfrente, a las ocho de la tarde. Y allí hablo con dos amigos, que deseo lo sean para siempre, sobre mis viajes, mi nueva vida, mis libros. Pedimos, después de las tapas de ensaladilla rusa que van con las cervezas, un par de platos de carpaccio, exquisitos, con su ración de rúcula y parmesano. Hablamos de la amistad, del mundo de las emociones, de las complejidades de cada ser humano, de la aparente normalidad bajo la que ocultamos nuestra anormalidad. Planeamos su próxima visita al Valle, cuando estalle, de forma espectacular, el otoño con todo su esplendor de hojas multicolores bailando en el aire límpido de la montaña, bajando de la cúpula de esos árboles mecidos por el aire al suelo alfombrado. Y terminamos tomando helados en Los Italianos, siguiendo una arraigada tradición de la ciudad.

Regreso muy despacio, como regresaba muchas veces muy despacio a mi casa que ya no lo es, lamiendo un helado de nueces, gozando del frescor de la noche, por esas aceras de suelo brillante que tiene Granada y espejean mis pasos. Ya no reparo en los grafittis de las paredes que son para la ciudad como los árboles que devoran los templos de Angkor, una parte consustancial del paisaje urbano. Cruzo el Paseo de Violón, que tantos cientos de veces crucé a lo largo de mi efímera e intensa séptima vida, paso, sin alzar la vista, por debajo de una ventana ya sin luz y busco, encontrando, la casa de mi amigo en donde me alojo.

lunes, 21 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 21 de mayo de 2012

Perdonen que les deprima de nuevo, y perdonen que les trate de usted hoy, pero creo que así debe ser, y no es que hoy esté alicaído, como ayer, que se me juntó cansancio, jetlag y depresión postviaje al terror existencial que arrastro desde que vine a este mundo, y tampoco es por el tiempo, que sigue como ayer, lloviendo en el valle, nevando en las cumbres, sin violencia pero sin descanso para que este paraje en donde he fijado mi residencia permanezca verde como los valles irlandeses de John Ford, ni tampoco porque haya vuelto el frío y haya tenido que bajar de nuevo al garaje y cortar leña para la chimenea, a pesar de la falta de costumbre, porque ya debemos estar en primavera si mis cálculos no me fallan, sino por algo que leí, y luego vi, en ese diario que compro siempre alrededor de las 13:00, porque mi amiga paraguaya cierra su librería a las 13:15 puntualmente, en el salón/comedor de mi casa, porque hacerlo en la terraza de mi bar ante mi cerveza cotidiana no era posible hoy, por la lluvia persistente que lleva cayendo desde hace cuarenta y ocho horas, y no fue la noticia de la muerte de Robbin Gibb, de los Bee Gees, que sigue a la de Donna Summer, aunque también, no voy a engañarles, esas dos huidas del mundo me afecten y resuenen sus voces en mi interior asociadas a dos películas que estimo, Fiebre del sábado noche de John Badham y Bilbao de Bigas Luna, sino un artículo sobre cine que, como sabrán los que me conocen, es otra de mis pasiones, que firmaba hoy Carlos Boyero, un crítico cinematográfico con el que suelo coincidir y cuyas crónicas leo con fruición, titulada Talentos sombríos en paralelo, en el que hablaba sobre la última película de un director que admiro, aunque cada una de sus películas me produzca un profundo desasosiego, el austriaco Michael Haneke, Amor es su título, que ya me produce desasosiego mucho antes de que vaya a verla y admirarla, como todo cine realizado por ese cineasta absolutamente necesario, como lo fue, en su momento, Ingmar Bergman, otro maestro del cine desasosegante, y no exactamente por lo que leí de la película, ni por una imagen en la que aparece el director junto a Isabelle Huppert, puede que una de las mejores actrices que conozco, y un reconocible Jean-Louis Trintignant, que ha ido envejeciendo en la pantalla a medida que yo también lo hacía, y no es exactamente por una imagen más pequeña de la protagonista femenina de ese film llamado Amor, una viejecita con ojos apagados, mirada perdida y cabello cano a la que Trintignant, su enamorado marido en la ficción, le sostiene  el rostro con ternura entre sus manos, sino por el nombre de la actriz que aparece a pie de foto y leo una y otra vez, Emmanuelle Riva, y, mientras deletreo cada una de sus sílabas, mi cabeza vuela al siglo pasado, al nacimiento de la nouvelle vague francesa, a Alain Resnais, que ahora está empeñado en filmar bromas tontas cuando entonces era un director riguroso, serio y vanguardista que deslumbraba con El año pasado en Marienbad, y caigo en la cuenta de que esa anciana desvalida es nada menos que la Emmanuelle Riva de Hiroshima mon amour, la bonita y joven chica francesa que se enamora de un japonés en una película de una belleza plástica absoluta, con guión firmado por Marguerite Durás, que la radiante Emmanuelle Riva, de la que no supe nunca más, me aparece el 21 mayo de 2012 convertida en una mujer senil, y eso me deprime, me hunde, me obliga a encararme una y otra vez ante el espejo y a preguntarme dónde está el muchacho cinéfilo y pletórico de vida que quedó fascinado con la belleza de Emmanuelle Riva en Hiroshima mon amour en una sala de Arte y Ensayo de Barcelona que se llamaba Publi.

No sé si me comprenden.   

domingo, 20 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 20 de mayo de 2012

Hay días que no deberían existir. Éste. Borrarlos del calendario de tu vida o hacer algo más práctico: seguir durmiendo haciendo caso omiso al despertador. Pero cometí el error de salir con el pie izquierdo de la cama. Miré el cielo. Nuboso. Me gustan las nubes. Pero éstas estaban bajas, eran nubes que comprimían, ahogaban, velando el paisaje de los montes cercanos. Bueno. Después de tanto empacho de sol en Camboya algo de nubes, fresco y lluvia podrían irme bien, pensé mientras bajaba las escaleras cogido a la barandilla, porque hace años que no me fío de mí mismo. Me hice café. Bien. Hice churros. La cagué. Parecen fáciles de hacer pero si te desvías un milímetro en la proporción de la pasta (exactamente la misma cantidad de agua que de harina, y verter ésta en el agua cuando hierva, y remover hasta que espese la masa en el mismo recipiente en donde ha hervido el agua, no en otro) no salen. Y no salieron porque puse un milímetro cúbico más de agua que de harina. Así es que desayuné unos churros grasientos e infames mientras intentaba sintonizar un programa televisivo decente: no lo hay. Los recortes se lo cargaron ya todo y la televisión pública echa mano de archivos: las niñas de Alcasser. Miré el cielo. Las nubes se despeñaban montaña abajo y empezaban a soltar su carga de lluvia. Últimamente me cansa todo, excepto la belleza. Me cansa el buen tiempo. Me cansa el mal tiempo. Me cansa la playa. Me cansa la montaña. Me cansa la felicidad. Me cansa la desgracia. Y además últimamente me cansa mucho mi propia vista. Cansado por todo, especialmente por el día, maldito domingo, el peor de la semana, el más deprimente, subí a mi despacho y prendí el ordenador. Ninguna buena noticia, ningún correo estimulante. Alguien, que no sabe lo que me importa, me abronca suavemente por una locura nocturna, y leo esas pocas líneas y me siento francamente mal, hundido. Debe de ser por el día, porque tampoco hay que hundirse por una frase principal seguida de una subordinada. Y porque es domingo. Salgo a la calle y voy a comprar el diario, con pocas ganas de salir y comprar el diario. Lo compro y desisto de leerlo en mi terraza de todos los días. Me doy cuenta, mientras vuelvo a mi casa, de que no tengo ganas de ver a nadie, ni de hablar con nadie, ni de saber nada de nadie. Leo el diario y escucho a Miles Davis, cuya música me deprime y hunde, si ello es posible, un poco más. Suerte que en España conseguir un revólver no es tarea fácil. La lectura del diario con Grecia, España, el artículo de Paul Krugman y las viñetas corrosivas de El Roto sobre la crisis, me noquean. Estoy tan fuera de combate que, a pesar de estar leyendo el diario en la cocina, dejo que unas maravillosas judías verdes puestas en agua a hervir, se quemen ante mis narices. ¿Qué más me puede pasar? Sí, puedo caerme por las escaleras, quedar en silla de ruedas, no pasar del garaje, tenerme que buscar una planta baja. Estoy tan desanimado, tan hecho polvo, tan sin ganas de hacer absolutamente nada, que calibro la posibilidad de volver a la cama, cubrirme con la manta la cabeza y desaparecer hasta mañana. Pero no lo hago y decido escribir sobre mi lamentable estado de ánimo, a ver si escribiendo sobre él, remonta, pero no, sigue exactamente en donde estaba antes, en el abismo. Estar solo tiene esta enorme ventaja, que, por mucho que busques a tu alrededor, no hay un mal hombro en el que apoyar la cabeza y buscar consuelo. Así es que tendré que consolarme yo, pero mañana. Hoy, imposible.

sábado, 19 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR



Barcelona 18 de mayo de 2012

Aún no sé bien dónde estoy. Paseo por la ciudad como un zombi. Me extraña que no haga calor. Que no sude. Que los peatones y los coches respeten los semáforos. En la traslación de veinticuatro horas (14 volando y diez perdidas en los aeropuertos de Phnom Penh y Bangkok) quizá dejé parte de mí en el Mekong o en el lago Tonle Sap. ¿Estuve? Me lo repito mientras camino por mi ciudad que me parece extraña. El viaje, poco a poco, pasa a convertirse en recuerdo. Pero sigo, de alguna manera, en Camboya: calzo sandalias, llevo el pantalón de lona verde, la camiseta negra, el chaleco de cazador, el pasaporte en el bolsillo.


Cojo el metro. Me siento. Enfrente una chica joven que habla por su móvil con alguien. La miro. Es una chica veinteañera y de cara muy afilada y nariz bien perfilada, grande pero bonita. También son bonitos sus ojos. Pero sus cejas son exclamativas. Habla con alguien, presumiblemente una amiga, mientras el vagón de metro se adentra en el túnel. Sostiene entre las manos un libro de bolsillo abierto que está leyendo y ha abandonado por la llamada. No puedo leer el título, pero sí su autor: George R. Martín. Lo conocí en una Semana Negra. Tenía un aspecto terrible de granjero del profundo sur norteamericano. Comía a dos carrillos. Era bastante gordo. Vestía con un tejano con peto. La chica que habla con su amiga no sabe que quien tiene delante conoce personalmente a su adorado George R. Martín. Afino el oído. Eso hacemos los que escribimos. Me doy cuenta de que está hablando con su amiga de George R. Martín. Concretamente de esa novela que deben de estar leyendo las dos al mismo tiempo. Escucho. Discuten sobre los personajes. Sale a colación un tal príncipe de hielo. Parece que no se ponen de acuerdo con lo que están leyendo, con la interpretación del texto. La chica de las cejas exclamativas trata de explicar a su amiga algunos puntos oscuros que su interlocutora no ha comprendido. La trama es complicada. Le dice que un padre se casa con su hija. Bien. Llegamos a una parada, entra gente en el vagón, y sigue la conversación. En el túnel la chica de las cejas exclamativas empieza a irritarse con su amiga. Le dice: No te enteras de nada. Discuten acaloradamente a la salud de George R. Martín. Cada vez la interlocutora que veo aparece más irritada con la interlocutora que no veo. Y vislumbro un gesto de rabia y cansancio. Al final corta la comunicación con una frase lapidaria: ¿Sabes una cosa? No quiero hablar más de la novela contigo. Adiós. Me levanto, porque llego a mi parada, y la chica de las cejas exclamativas y mal genio se enfrasca en la lectura del libro de bolsillo de George R. Martín. Curiosos los lectores de literatura fantástica y SF. No son lectores normales. Son casi una secta de fanáticos. No leen otra cosa que literatura fantástica y SF, de la misma manera que yo raramente leo ese tipo de literatura.


Entro en una cafetería de La Illa. Me siento a una mesa próxima a la puerta. Despliego el diario para leer las catástrofes financieras del día e indignarme un poco más de lo que estoy. Le pido al camarero un café con leche y un croissant. El Titánic se hunde y habrá que ir pensando en subir a los botes. Europa es un continente sometido a un ataque de pánico. ¿Provocado por poderes ocultos? Seguramente. Metiendo miedo es más fácil el saqueo. Y además todo lo hacen por nuestro bien. Se cargan la sanidad para que tengamos sanidad. Se cargan la educación pública para que tengamos educación pública. Y un día nos dirán que nos cortan la cabeza para salvarnos la vida. Pero me traen un café con leche y un croissant, para endulzarme las malas noticias, y reparo en la mano que me los deja sobre la mesa. Una mano morena, bien cincelada, que responde a una chica oriental realmente hermosa. Sigo con la vista esa mano, subo por su brazo, el cuello y acabo en su rostro. Estoy a un paso de preguntarle si es camboyana, porque me lo parece, por el color oscuro de su piel, por sus ojos rasgados y labios gruesos, pero mi timidez congénita me lo impide. Ya no presto atención al periódico y sí a ella, que se mueve, vestida con su uniforme de camarera, con elegancia por el local, con elegancia hasta cuando coge una especie de bayeta seca y limpia los cristales, las mesas, o cuando empuña un mocho con el que fregotea el suelo. Es una chica extraordinariamente bella. Si me concentro en ella y borro el entorno puedo fantasear con que sigo en Camboya. La miro fijamente mientras, en la mesa de al lado, una madre divorciada abronca a su hijo indolente que se presenta al examen para el permiso de conducir. No consigo que la muchacha oriental fije sus ojos rasgados en mí. La madre divorciada de al lado despotrica contra su hijo y contra su exmarido, al que acusa de malcriarlo. El hijo pone cara de circunstancias, esperando que su docilidad, el no contestar a su madre con ningún exabrupto, sea recompensado económicamente. Pues no te voy a dar más dinero. Se lo pides a tu padre. La camarera oriental desaparece.

Duermo en una especie de zulo. Pero antes he cenado una exquisita fideúa. Y antes he estado haciendo el amor. Y antes he comido una ensalada que he preparado para dos personas. Y antes he estado jugando con un bebé. Y antes he llegado a ese hotel, cuyos recepcionistas me conocen, y he preguntado por esa habitación reservada desde Phnom Penh. Y el recepcionista, antes, me ha pedido que espere, porque con la crisis es también camarero, ha de servir dos cafés con leche a dos chicas sentadas a una mesa del bar del hotel, y seguramente hará también de mujer de la limpieza si se tercia. Y antes he aparcado mi coche en un descampado. Y mucho antes he recorrido el finger que han puesto a ese avión procedente de Bangkok que ha aterrizado puntualmente en el aeropuerto a las 7:45 horas. Y entre el aparcamiento de mi coche en el descampado y mi recorrido, arrastrando el equipaje por el finger, he estado contemplando, como siempre suelo hacer, el ciprés de mi casa de la sexta vida, que sigue creciendo, que me sobrevirá, que pienso abonar con mis cenizas cuando llegue el momento de partir, Ulises. Y después, quince horas después, ya de madrugada, estoy conduciendo mi coche por una carretera con curvas, luchando contra el sueño, bajando el cristal de la ventanilla del coche para que entre el fresco aire del campo, pellizcándome para no dormir, tomando las curvas del pantano muy despacio, sin testigos, porque a las tres de la madrugada nadie circula por esa carretera, los camioneros ya están durmiendo. Y conduzco despacio porque me caigo de sueño, porque al sueño se añade el cansancio del jetlag, porque rompo una promesa dada a alguien. Y en la última curva de la carretera, llegando ya al pueblo, viendo las luces, intuyendo la rotonda que circunvalo con los ojos cerrados, eso, se me cierran los ojos un instante, una décima de segundo, duermo sobre el volante ese instante que va de cerrar los ojos a abrirlos bruscamente y a tiempo de no salirme de la carretera, y entonces ya llego a mi casa, por fin, a Arán, y me derrumbo sobre la cama.   

martes, 15 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Phnom Penh, 16 de mayo de 2012

Esto se acaba, y siempre sucede lo mismo, que el tiempo se ha hecho corto, que habrías necesitado quizá una semana más para explorar el lago Tonle Sap, que ya echas de menos Camboya a horas de emprender el viaje de retorno.
Ayer estuvo lloviendo, diluviando, desde Sihanouckville a Phnom Penh. Caía tanta agua del cielo que el conductor del minibús iba rezando y cogía el volante con ambas manos. Los arrozales por los que pasábamos estaban anegados. Las aldeas, embarradas. Volvimos a pasar por delante del santón, pero no nos detuvimos, confiados en que terminaríamos el viaje con buen pie.

Pasaban por la ventanilla del vehículo motos con cinco ocupantes, furgonetas tan atestadas de mercancías que no podían cerrar sus puertas, ciclistas pertrechados con capelinas que zigzagueaban evitando los charcos. Los búfalos de agua seguían impertérritos en sus lodazales. Los cocoteros esbeltos se combaban por el fuerte viento.
Regresamos al mismo hotel, el Cardamon, y a la misma habitación que dejamos días atrás, la 511. Callejeamos por Phnom Penh, tras dejar el equipaje, como si fuera nuestra ciudad, a pesar de la lluvia persistente. Rechazamos todos los tuk tuks que se nos aproximaban porque queríamos andar. Había que sortear charcos, montones de basuras y los coches que los aparcan por sistema sobre las aceras.

Descubrimos la bonita librería Boston y pedimos un zumo de frambuesa y otro de mango, exquisitos ambos, mientras nos secábamos un poco. Curioseamos entre los anaqueles. Muchos libros en inglés, libros en camboyano de Joyce y mucha bibliografía sobre los jemeres rojos.

Fuimos andando hasta el río Tonle Sap, después de bordear el Palacio Real. Seguía lloviendo. El agua bajaba color de chocolate y se fundía, al terminar la isla central, con la algo más azul del Mekong. Pasamos por delante de un altarcillo, junto al río, en el que los camboyanos hacían sus ofrendas. Curioseamos luego por el interior de un monasterio budista edificado junto a un grupo de pagodas. Y al tuntún, sin perdernos, atravesamos un mercado popular, resistiendo sus acres olores a carne y pescado, y volvimos al hotel, literalmente empapados y hambrientos.
Nuestra última cena fue en el exquisito restaurante del otro lado de la calle, una casa colonial francesa con bonito jardín. El restaurante recoge niños de la calle y les enseña el oficio de camarero. Hay dos jóvenes que lucen en sus camisetas la palabra "profesor" y una docena de niños  que son estudiantes aplicados, porque sirven a las mesas con absoluta corrección y oficio.  La cena fue buena y copiosa, pero lo mejor el extraño postre: arroz rojo en una sopa de mango y rambutanes.

Y nos volvimos a meter en el hotel, con la lluvia que cae de forma persistente e inunda la ciudad. El monzón empieza cuando nosotros nos vamos.Fue benigno este país con nosotros.

lunes, 14 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Sihanoukville, 13 de mayo de 2012

La carretera que conduce de Phnom Penh a Sihanoukville nos permite descubrir las primeras montañas de este país que es una inmensa llanura dominada por el río Mekong. Los montes no tienen más allá de quinientos metros y están densamente cubiertos por la jungla. Como todo viajero, hacemos una parada en un  santuario de carretera, un templete moderno, y horrendo, y un santón que te desea buen viaje a cambio de unos cuantos rieles o dólares: las divinidades camboyanas aceptan ambas monedas. En el amplio arcén de la carretera barrido por un imprevisto viento que comba las ramas de los árboles se han detenido furgonetas, turismos, motos y autobuses y de ellos salen sus ocupantes y hacen cola ante el santón para terminar bien su viaje. Una orquesta de niños empieza a tocar sus instrumentos de percusión cuando yo paso por delante. Me detengo a escucharlos y entrego mi donativo. Pero no le damos nada el santón, ni nosotros, que somos agnósticos, ni el chófer del minibús.

Sihanoukville está a cuatro horas por carretera de la capital. En Camboya de poco sirve saber la distancia que hay entre un punto de origen y el de destino y todo se cuenta en tiempo invertido. Hasta ahora para hacer distancias de 160 kilómetros hemos invertido casi cuatro horas. Pero esta carretera, pese a que no hemos dado limosna al santón de carretera, está en buenas condiciones. El minibús desciende ese grupo de montes por un firme nuevo y sin baches y el mar, después de tantos días sin verlo, aparece gris, ante nuestros ojos, porque está muy nublado y pronto nos cae una tormenta tropical.

La gente no suele ir a Camboya por las playas, y comete un error. Al viajero le suenan las playas de Phuket, en Tailandia, o prefiera las de Malasia, olvidándose que Camboya tiene cuatrocientos kilómetros de una costa bellísima con playas limpias de arena blanca y mar moderadamente calmo.

Nos alojamos en el Independence Hotel, que preside la playa del mismo nombre, un establecimiento lujoso, con piscina y playa privadas y buenas vistas que se eleva sobre el mar en la punta de un suave promontorio. La habitación es la mejor de todo el viaje. También los desayunos.

Dejamos el equipaje y vamos a comer a la playa de Occheuteal, famosa por su hilera interminable de chiringuitos junto al arenal en donde se puede comer aceptablemente y por un precio razonable. Nos sentamos a la mesa de un guía amigo de nuestro conductor que habla perfectamente español y pedimos una ración de gambas rebozadas, exquisitas, y arroz con verduras. No faltan los botellines de tres cuartos de litro de cerveza Angkor. Como mi inglés es muy limitado, aprovecho la presencia de ese simpático camboyano hispanoparlante para preguntarle sobre la situación del país, los motores de su economía, el turismo español. Este último, que nunca fue muy boyante, ha bajado considerablemente por la crisis. En cuanto a la economía está creciendo gracias a que Camboya se perfila cada vez más como destino turístico.

Poco antes de las once decidimos hacer una excursión de Koh Rong Samloem, pero cuando vemos el barco con el que vamos a navegar estamos a punto de quedarnos en tierra. El abordaje es estilo pirata, porque no hay nada que se parezca a una pasarela, así es que trepamos como buenamente podemos, a pulso, a la segunda cubierta. El barco, por llamarlo de algún modo, es un armatoste de dos pisos, alto, y con estabilidad cero que está a punto de volcar en el mismo puerto. Se escora tanto hacia uno de sus costados que es imposible mantener el equilibrio y a uno le viene a la mente las noticias de barcos que naufragan en las costas de estos países por no estar en condiciones e ir sobrecargados: el nuestro reúne los dos requisitos. Dando bandazos a derecha e izquierda, como un tentempié, se adentra en el mar y el cascarón de quilla plana, ideal para navegar por los ríos pero nefasto para hacerlo en el mar, pretende llegar a Koh Rong Samioem.

Vamos en la cubierta de arriba, tumbados bajo una toldilla y bromeamos sobre las posibilidades que tenemos de llegar secos a destino. Confieso que siempre suelo armarme con sentido del humor, relativizarlo todo, actitud fundamental para manejarse por esos países, pero la posibilidad de terminar en el fondo del mar no deja mucho espacio a las bromas: aún me quedan por hacer muchas cosas antes de ahogarme o perderme por las montañas. El barco brinca de popa a proa y se ladea a babor y estribor con el fuerte oleaje que hay, pero lo que más pánico me da es que los pasajeros del cascarón desvencijado que avanza lentamente y con un ruido de motores insoportable, se asusten en un momento determinado y se vayan todos hacia el lado opuesto del barco, cuando este se incline, y demos la vuelta de campana bajo el mar. Por suerte hay salida rápida: no hay una sola pared en el navío. Tan ensimismado estoy en mis angustias que no disfruto mucho del paisaje, pero no me mareo, y eso que hay para marearse. Miro a las chicas camboyanas que hay a mi alrededor y todas se abrazan las rodillas y ocultan sus cabezas entre ellas. Quizá hicimos mal en no dar una limosna al santón de la carretera, me recrimino.

A la media hora de viaje se producen los primeros mareos con consecuencias. Dando tumbos, y por turnos, nuestras compañeras de viaje camboyanas (las occidentales, cuatro con aspecto de valkirias germanas, resisten) se aproximan a la borda y sujetándose a una barra de madera, para no caer al mar, arrojan a éste lo que guarda su estómago. Y el mío sigue firme e inflexible, yo creo que por el mal rato que estoy pasando. Lo paso tan mal que voy abrazado a un chaleco salvavidas, por si acaso, y calculo si podré alcanzar a nado la costa en caso de naufragio. Mi compañero de viaje dice que exagero los riesgos y duerme plácidamente recibiendo el sol que se abre paso entre las nubes. Hago pocas fotos y cuando intento ponerme en pie no puedo mantener el equilibrio, así es que opto por permanecer de rodillas, quizá rezando al santón de los buenos viajes.

Divisamos una isla, pero no es la nuestra. El barco sigue abriéndose paso por un oleaje cada vez más bravío y saltando como puede sobre un mar cada vez más rizado en el que empiezan a aparecer crestas de espuma. Navegamos entre islas, pero el mar no se calma sino que se enfurece más, y ya son pocas las camboyanas que mantienen el estómago en su sitio. Hasta que divisamos Koh Rong Samloem, la circunvalamos y el mar, de repente, se calma, se vuelve una tersa superficie apenas sin ondulaciones.

En una bahía resguardada echamos el ancla y el patrón del buque nos invita al buceo. Los jóvenes alemanes hacen alarde de sus dotes como nadadores y se lanzan al agua desde la segunda cubierta, con un salto impecable. Yo, mucho más modesto, opto por bajar a la primera cubierta y buscar la escalerilla metálica de descenso.

El agua está tibia, pero no todo lo caliente que me temía, pero ni con gafas ni sin ellas se ven los fondos marinos ni la fauna que debe pulular por entre nuestras piernas: el oleaje la ha vuelto turbia. Las camboyanas, y también ellos, se bañan vestidos. Cuando digo vestidos quiero decir que se tiran al agua con pantalones tejanos y camisas, lo que llevan puesto. Se quitan los zapatos, eso sí. Hay dos razones que explican su conducta. La primera es que son extraordinariamente pudibundos a la hora de mostrar sus cuerpos. La segunda, sobre todo ellas, que bajo ningún concepto quieren ponerse morenas. Nadamos durante cuarenta minutos alrededor del barco y subimos a él cuando empieza a girar de nuevo la hélice. Nuestro cascarón se dirige entonces a la isla mayor del conjunto, Koh Rong, y la travesía es plácida porque ya no estamos en mar abierto sino resguardados por una serie de islas que paran el oleaje. El desembarco en la playa se hace mediante una pequeña chalupa que lleva hasta la orilla a los pasajeros de ese crucero y, como la operación se eterniza, el patrón, con buen criterio, subcontrata una afilada canoa local que puede llevar a una treintena de personas a bordo en cada desplazamiento.

En Camboya casi todo se organiza sobre la marcha y en eso los camboyanos son expertos. Mediante el móvil, que es su oficina portátil, subcontratan servicios cuando los necesitan, como éste.

Desembarcamos en una playa idílica. El paraíso, aquí, en Phuket o en el Caribe tiene el mismo paisaje: aguas tranquilas que besan una orilla de arena blanca y vegetación exuberante punteada por algún que otro cocotero. Alquilamos un par de tumbonas por un dólar, nos bebemos una lata de cerveza cada uno y haraganeamos bajo la sombra de un árbol. Cuando nos quemamos acudimos al agua a refrescarnos. En uno de esos baños refrescantes mi compañero de viaje, que está resultando un tipo ideal, pisa un erizo y sale del mar pegando saltos y con el pie cogido de la mano. Tiene doce pequeñas púas clavadas en la planta del pie derecho y no hay manera de sacarlas si no se dispone de pinzas, y aquí, en esa isla medio salvaje, no las hay. No es el único que tiene un incidente con los erizos. Un americano abandona la orilla a saltos y somete su pie acribillado de espinas a las manos de su compañero que debe de ser cirujano por el esmero que se da en sacarle una por una todas las dolorosas púas. Le digo a mi compañero de viaje que contrate los servicios de ese improvisado galeno, pero el sistema, una navaja, no acaba de convencerle.

Ya que entrar en el mar se ha convertido en un ejercicio peligroso, decido dar una vuelta por la isla. Viven unas pocas familias, cuatro a lo sumo, y tienen sus modestísimas chozas de palma, ligeramente elevadas con respecto a la playa, a cincuenta metros del mar. Algunas de esas minimalistas viviendas las alquilan a viajeros. Pregunto el precio de una de ellas para una amiga que pretende retirarse a Camboya. No me entiende la dueña, pero seguro de que por tres dólares al día tendría casa, plato de pescado, escudilla de arroz y compañero sentimental: yo.

El lunch, que se sirve en la playa, no es muy apetitoso, pero lo pruebo. El pescado está bueno, y además no tiene espinas. El arroz que lo acompaña, frío. No hay cerveza sino repugnantes coca-colas. Yo como mientras mi compañero de viaje sigue obsesionado por esas doce púas que se han incrustado en la planta de su pie.

Regresamos en las canoas al barco. Me mentalizo para un viaje de retorno infernal, y lo es para muchas (ellos no se marean) que se doblan sobre la frágil cubierta del cascarón y echan las tripas al mar mientras alguien (madre, hermana, amiga) le da golpecitos en la espalda. Viajamos en la primera cubierta de regreso porque en la segunda, la alta, la sensación de movimiento es más insoportable. En cuanto dejamos las islas a nuestra espalda, el mar se encrespa. Es un suave mar de fondo que a un barco en condiciones le haría cosquillas, pero bate el nuestro como si fuera una colilla. Me consuela ver que canoas filiformes, mucho más marineras que nuestro buque de Popeye, también las pasan moradas cortando el oleaje por el medio. Miro al capitán del buque, que lleva el timón dentro de un rústico puente de mando, y su expresión hierática no me dice nada sobre si estamos a punto de naufragar o hay posibilidades de alcanzar la costa. A su lado una camboyana francamente guapa tampoco dice nada con su expresión, aunque si con su actitud: lleva el chaleco salvavidas firmemente ajustado al cuerpo. Yo he perdido la pista del mío. A babor, junto a una de las salidas del barco, un camboyano duerme profundamente, tanto que no advierte cuando el fuerte oleaje entra por esa puerta abierta e inunda sus pies. Temo que una ola se lo lleve y no se entere. Una señora que tengo enfrente tuerce el gesto y, a continuación, la cabeza hacia la borda. Después de ésta creo que seremos capaces de cruzar el Cabo de Hornos sin problemas.

Cuando divisamos la costa suspiro. A un kilómetro de ella creo que podría llegar haciendo el muerto y nadando de espaldas, que es lo que hay que hacer en estos casos. Cuando el barco se acerca a quinientos metros de la playa creo que nos hemos salvado definitivamente. Y al cabo de media hora desembarcamos en tierra firme, ponemos los pies en el malecón y, para premiar nuestra valentía y arrojo, decidimos regalarnos con una comida en un restaurante recomendado por la Lonely Planet, el New Sea Wiev Vila, que está junto al embarcadero. Una rubia pizpireta y norteamericana nos atiende. Lleva el pelo muy largo, un vestido negro ajustado a la cintura y no es excesivamente alta ni corpulenta. Vamos, que está bien. Se mueve mucho al andar, lo hace con pasos de bailarina, y hace gestos afirmativos con las manos, como levantar los dos pulgares mientras pronuncia un sonoro okey. Además sonríe mucho. Le debe gustar mi acompañante. Nos dice que hoy es el día del curry, así es que mi compañero de viaje pide carne de cerdo con curry y yo Pollo Masala. Las cervezas no faltan.

Estar como restaurante recomendado en la Lonely Planet que, como guía de viajes, es exagerada (proliferan las peleas de borrachos en Sihanoukville: no hemos visto ninguna; los carteristas: tampoco; hay asaltos con violencia: cero), es como estar en la Guía Michelín aquí, que ahora es allá: tener clientela asegurada. El New Sea Wiev Vila está bastante lleno y la comida es buena y barata: 4,25 $ cada plato; 1,5 $ la cerveza; 2,25 $ los postres. Por 17 $ cenamos (aunque se equivocaron en la cuenta y pretendieron que cenáramos por 12 $) los dos y nos metemos dos postres buenos. La tarta de queso con vainilla está exquisita, sobre todo por su base de galleta. Es fundamental que la base de una tarta de queso sea de galleta para que sea buena. Yo pido una crême brulleé que es un sucedáneo de crema catalana, sólo que mucho más solida.

A la salida del restaurante tomamos un tuk tuk que nos lleva al Independence Hotel. No hay regateo posible y la tarifa es fija: 5 $. El camino, de noche, se hace más largo y el tuk tuk se ahoga en las subidas y hace las bajadas con motor parado, para ahorrar combustible. Los tramos de la carretera están sumidos en la oscuridad más completa que rompe, de cuando en cuando, la luz de una cabaña abierta, una tienda que no sé que venderá a esas horas de la noche o un cobertizo iluminado en el que alguien, que no se sabe qué hace, se balancea en su hamaca bajo una nube de insectos. De los nuestros da cuenta una escuadra de disciplinados gekos que vigilan el pasillo del hotel desde la puerta del ascensor hasta la de la habitación.

domingo, 13 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Phnom Penh, 12 de mayo de 2012

El palacio Real de Phnom Penh me recuerda de inmediato el de Bangkok: el mismo tipo de arquitectura. Edificio de mármol blanco al que se accede por escalinatas en los cuatro costados y rematado por una serie de tejados superpuestos de teja brillante. El conjunto de palacios, Pagoda de Plata y jardines ocupa una extensión impresionante a orillas del Tonle Sap, el otro brazo del Mekong, cuidados por aplicados jardineros que los podan en este preciso momento. Cruzar la explanada de cemento para ir de un palacio a otro a las nueve de la mañana requiere un esfuerzo extraordinario. El sol, en la ciudad, quema, se refleja en el suelo y nos da en la cara creando una sensación de ahogo. Pero es precioso el conjunto, es bello e impresionante a la vez, aunque lo que más me gusten sean esas pinturas murales de carácter épico que adornan los largos pasadizos de los muros que resguardan los recintos palaciegos.

Cuando entramos al Museo Nacional de Camboya, otro impresionante edificio, de terracota, llegamos al cénit de nuestra resistencia. Subir las escaleras que llevan a la entrada requiere dos largos tragos de agua fresca. La situación no mejora en el interior, pero buscamos los ventiladores colocados estratégicamente y no avanzamos hasta el siguiente hasta que nos vemos capaces de dar diez pasos seguidos.

La escultura jemer es realmente impresionante por su belleza y perfección. Los artistas camboyanos de antaño dominaban el arte de la talla, sabían dar a sus esculturas las proporciones exactas y pulían sus obras hasta darles un perfecto acabado. Hay salas enteras con representaciones divinas de Visnú, Shiva y Ganesha, el dios elefante. Observando los rostros de las divinidades, sus rasgos (ojos rasgados, narices achatadas y labios gruesos) no es difícil reconocer en ellos a los actuales camboyanos, salvo en su altura.

Estar unos días en un país te ofrece la posibilidad de comprenderlo, además de amarlo. La explicación del auge del hinduismo en Camboya, de que la música callejera me suene a hindú y de que los camboyanos, por lo general, sean tan oscuros de piel, tiene una explicación simple: los jemer eran un pueblo llegado de La India, a pesar de que Camboya no limita en ninguna de sus fronteras con el gigante indostánico.

Hay un grupo de monjes budistas que, pese a las advertencias de no tocar las estatuas, manosean las de las divinidades hindúes y las de Buda, posteriores, cuando los jemeres abrazaron los preceptos de Siddhartha. La vigilante de la sala, lejos de amonestarles, les ofrece platos llenos de rodajas de mango. Los monjes en Camboya tienen vida de cura.

A la salida del museo un tullido por las minas antipersonas extiende la palma de la mano y recibe un billete de dólar. También lo han recibido las sucesivas orquestas  de músicos sin brazos o piernas que hemos visto y oído a lo largo del país. Viven de eso y de la caridad pública porque ningún estamento oficial tiene dinero para ayudarles.

Conviene hacer una buena comida para lo que nos espera por la tarde. Nuestro amable conductor guía nos lleva a un restaurante de buffet ubicado en el centro de la ciudad tras habernos dejado callejear por los puestos del Mercado Ruso. Los camboyanos, justo es decirlo, no son tan buenos artesanos como sus vecinos birmanos o tailandeses. No he visto, por ejemplo, un solo cuadro o grabado que no hiera la vista. Tampoco tallan masivamente la madera como lo hacen los exquisitos artistas balineses. Ni hay joyería, ni collares, ni sortijas, ni pulseras ni pendientes. Pasminas sí, pero ya tengo para montar una tienda a mi regreso.

Fallo a mi propósito de enmienda de no beber cerveza. Caen dos Angkor durante el buffet libre. La cocina jemer es, para mi gusto, demasiado suave comparada con la tailandesa, por ejemplo. Fallan los postres. Aunque en una ocasión comí un platillo de leche de coco con tapioca que estaba exquisito. Por suerte localizo el mango y me como uno entero.

En una calle tranquila se encuentra la antigua cárcel de Tuol Sleng. Un letrero ruega que se hable bajo mientras se visita. No hace falta: uno sencillamente enmudece. Traspasar los muros alambrados de la antigua prisión polpotista es adentrarse en el infierno, el terror de Conrad. Y es que Conrad, a través de la genial versión que hizo Coppola de su novela El corazón de las tinieblas, está relacionado con Camboya: ahí acaba el viaje en busca del enloquecido Kurtz, en unas ruinas de Angkor de las que penden cadáveres como trofeos en Apocalipse now.

Cuesta imaginar que personas parecidas a las que he tratado durante estos días, o familiares suyos, pudieran ejercer de verdugos. Pol Pot, un asesino en serie de aspecto afable, como toda la camarilla que formaba parte del Angkar, el núcleo duro de esos maoístas más maoístas que Mao, diseñó una cadena de terror que nadie fue capaz de romper. Como todo totalitario, sea de derechas o de izquierdas, los asesinos mesiánicos eligieron la víctima y dirigieron el odio de los campesinos, a los que decían representar, hacia los habitantes de las ciudades. En tres días todas las urbes de Camboya quedaron desiertas y sus habitantes confinados en campos de trabajo que eran campos de exterminio siguiendo el modelo ideado por Hitler. Pero aquí las victimas eran los suyos, su propia gente. En poco más de tres años fueron exterminados tres millones de camboyanos, la cuarta parte de la población. Diecisiete mil en las celdas lúgubres que recorro en silencio. Pol Pot veía enemigos por todas partes que hacían peligrar esa demente revolución sin escuelas, sin familia, sin médicos ni ingenieros; un niño esgrimía un revólver y automáticamente era ascendido a rango de general de ese ejército en el que todos sus miembros vestían el mismo atuendo campesino fúnebre: camisa y pantalón negros, pañuelo a cuadros azules y blancos, sandalias. Los instrumentos de tortura y exterminio eran tan rudimentarios como brutales. No se podía gastar inútilmente balas, así es que acababan con la vida de sus víctimas, entre estas paredes por las que pasean mis ojos, a golpe de azada, de barra de hierro, de martillo. Solían tener a los sacrificados sujetos a somieres metálicos, que todavía están en las checas, los encadenaban, los partían literalmente a golpes, los machacaban sin piedad, les amputaban las manos y los pies con unas curiosas cajas metálicas que hay sobre esos somieres macabros, les arrancaban los pezones y las uñas, les arrojaban gasolina encima y les prendían fuego. No se han limpiado esas habitaciones en donde las víctimas expiraban con insoportable lentitud sufriendo lo indecible. Hay sangre hasta en el techo, hay gotas de sangre seca que ya forman parte del suelo, hay sangre en las paredes de esos largos pasillos a los que abren sus puertas esas tétricas celdas. En otra habitación están los retratos de los infelices que iban a morir. Siguiendo el modelo de los nazis, de los que no se diferenciaban aunque enarbolaran la hoz y el martillo, fotografiaban y databan a cada una de sus víctimas. Hay miles de retratos y en todos ellos brilla el espanto, el saber que dentro de horas, días, ya no estarán, el suponer que van a irse en medio de atroces torturas. Hay hombres, mujeres y niños. Hay jóvenes y ancianos. Hay abogados y campesinos. Muchos niños. Bebés. Los jemeres rojos, cuando mataban a alguien, se llevaban por medio a toda su familia, incluidos sus hijos, sin reparar en su edad: así no habría recuerdo de la infamia, no se producirían actos de venganza. Toda Camboya, llamada entonces cínicamente Kampuchea Democrática, fue víctima o verdugo. Ningún verdugo fue capaz de girar su arma contra el que le daba la orden de torturar y asesinar, rebelarse y volarle la cabeza. Nadie truncó esa inacabable cadena de terror que se llevó a la tumba a la cuarta parte de la población.

Hay tres pabellones de la muerte. En el siguiente las celdas son muy reducidas, de cada habitación sacan cincuenta cubículos, casi nichos, en donde a duras penas un hombre puede dar dos pasos hacia delante y ninguno hacia el lado. Pero todas esas estrechas celdas tienen sus vigas, para colgar a sus víctimas e irles aplicando las insoportables torturas. Y sumideros por donde la sangre pueda deslizarse fuera, caiga por la fachada.
Nadie que entrara en Tuol Sleng salía con vida.

Hay un pabellón con alambradas. Y más celdas, éstas con puertas de madera con una ventanilla por donde los verdugos pasaban escudillas de arroz a los que iban a masacrar. No llegan a jaulas. Son mucho peores. Mejor ser pato en la época de Pol Pot que llevar gafas o saber inglés.

En dos celdas vacías, sin camas de tortura, pero con rastros de sangre en el suelo, están los retratos de los verdugos, los causantes del drama. El Hermano Uno, como le gustaba llamarse a sí mismo Pol Pot, parece un tipo agradable y simpático, siempre sonriente. Pocos llegaron a juicio. El ideólogo del genocidio murió de viejo en la selva y su cadáver incinerado. Cuatro ancianos líderes jemeres rojos fueron juzgados y condenados. Otros fueron exterminados por ellos mismos por sospechas de traición. Hay fotos del triunvirato de la muerte, pero los camboyanos, furiosos, han rayado sus rostros con saña, en lo que puede interpretarse como un linchamiento poético. Los treinta años de prisión a los que fueron condenados parecen pocos, poco sufrimiento para los causantes de tanto dolor y muerte. A veces cuesta ser civilizado. Yo, pese a mis firmes convicciones, creo que me tomaría la justicia por la mano. Aparecen fotos, sin rayar, de Khaing Khe, camarada Duch, Pato, el responsable del chupadero de vidas humanas; de Nuon Chea, Camarada 2, el brazo derecho de Pol Pot; de Khieu Samphan, jefe de estado; de Ieng Shary, la ministra de Asuntos Exteriores. La banda de asesinos fue reconocida por Naciones Unidas y apoyada, entre otros, por Tailandia y Estados Unidos. Todos viven. Como la mayor parte de los jemeres rojos, integrados en la sociedad civil, formando parte del gobierno de la nación.

Subimos al microbús en silencio. El guía conductor tampoco habla. Como los alemanes de ahora del período de Hitler. Pero la siguiente parada es más de lo mismo. The killing field. Los campos de la muerte que inmortalizó para el cine Roland Joffré en la impresionante película Los gritos del silencio que veré en cuanto regrese. Aparentemente es un idílico prado verde bien cuidado para pasear y airearse a 12 kilómetros de la capital. Pero un atento caminante verá fosas comunes en lo que ahora son hondonadas repletas de agua, restos de ropa aprisionada en la tierra de los caminos y hasta algún hueso perdido. Los que lograban sobrevivir a los tormentos de la prisión de Tuol Sleng morían aquí. Antes los narcotizaban con ruidosas canciones revolucionarias que elogiaban la vida agraria y denigraban a los habitantes de las ciudades. Y no utilizaban balas. Instrumentos campesinos para masacrar a sus víctimas. Con lo mismo que labraban mataban.
Nos detenemos ante un árbol. Lo llaman el árbol de los niños. Contra él estrellaban los guardianes de ese campo de la muerte a los niños de sus prisioneros. Encontraron restos de sesos y huesos astillados a su alrededor.
Uno llega sin aliento hasta la enorme estupa transparente que se ha erigido en el lugar como homenaje a las víctimas del genocidio. Es un monumento de treinta metros, circular, relleno con las calaveras que encontraron en ese campo de la muerte, cráneos a los que les faltan los dientes, porque se lo arrancaron en vida, partidos, astillados, perforados, no por balas sino por picos.

Anochece en Phnom Phen cuando regresamos en silencio. Esta Camboya hay que conocerla, aunque duela, y para que no se repita. Pero se repite, una y otra vez, aquí y allá.

¡El horror, el horror! (El corazón de las tinieblas Joseph Conrad).















  

sábado, 12 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Kampong Chan, 10 de mayo de 2012

No hay quien unte las dos bolas de mantequilla sobre el panecillo sin sal que nos dan en el hotel para desayunar. Estamos somnolientos después de una noche de perros (ladrando) y esas bolas heladas se nos resisten. El hotel local en donde nos alojamos está ubicado en la zona más ruidosa de la ciudad y mi compañero de cuarto no pudo pegar ojo: ladraban los canes flacuchos que andan sueltos por las ciudades y se alimentan de las basuras y gruñían los camiones. A mí me molestaba el ruido del aire acondicionado. Pero estamos en el desayuno, con esa bola de mantequilla que no hay quien unte, así es que desisto de ello y me la como a mordiscos con esa baguette sin sal, herencia del protectorado francés que Camboya fue. El café con leche que pido es simplemente café. Me lo tomo. No hay zumo sino mango y sandía. Doy cuenta del mango. Quince minutos más tarde estamos montados en el microbús y dejamos el Mekong y la ciudad del árbol de los enormes vampiros a nuestra espalda. Y seguimos hacia el sur, cruzando el país.



Kampong Chan aparece a mitad de camino hacia Phnom Phen. Me he dormido casi todo el trayecto y la bofetada de calor al apearme es brutal. Por suerte nuestro conductor lleva una buena provisión de botellines de agua helada. Un guarda sale de la sombrilla de un gigantesco árbol y nos extiende a mano un par de entradas por las que pagamos cuatro dólares.

Detrás de un estanque de agua verdosa aparece el templo. En un prado próximo pace un grupo de vacas blancas y esqueléticas que azuza un pastor. La parte antigua del templo es hinduista y se recorta sobre un cielo azul ornado por cocoteros altísimos cuyas copas se juntan. Andamos despacio, a cámara lenta, con sendos botellines de agua en la mano y nos vamos deteniendo ante cada detalle.

La decoración de los dinteles está muy elaborada y se conserva bien. Somos los únicos extranjeros en ese lugar, los únicos visitantes, también. La parte central del templo es más moderna, un santuario de culto budista con las paredes cubiertas de murales que recrean las distintas etapas de Buda, pero lo que me llama la atención es la presencia de dos ancianos tendidos en el suelo y que uno de ellos, esquelético, parece muerto. Me acerco a él y se mueve y me mira con ojos completamente apagados. El otro anciano, sentado, parece tener más vida.

Cerca del estanque se alza un modesto monasterio de monjes budistas. Están sus túnicas azafranadas tendidas, para que se sequen después de lavadas. Tres monjes fuman unos pitillos. Un cerdo enorme, pata negra, se pasea por el exterior y gruñe a un perro flaco que huye con el rabo entrepiernas. Las monjas están aparte, en unos barracones sencillamente infectos de madera que me recuerdan Dachau. Pero no vemos a ninguna. No me extraña su falta de vocación. Discriminadas hasta ante los ojos de Buda.

Saliendo del templo nos acercamos al mercado de la ciudad. Hay una enorme variedad de frutas y las vendedoras se sorprenden por nuestra presencia. Una vende carne de cerdo, sin moscas. La mayor parte, sin clientes a esa hora, opta por balancearse sobre sus hamacas o sentarse en los puestos de venta sobre sus piernas cruzadas.

Seguimos camino hacia la capital y a las doce nos detenemos en un restaurante de carretera. En el exterior un grupo de vendedoras nos ofrecen apetitosas tarántulas fritas que nadan en un aceite muy amarillo. Un tipo cojo las ofrece vivas, dentro de su sombrero de las que no se sabe por qué no escapan. Dos niños se empeñan en que les compre por un dólar una piña de plátanos. Otra vendedora ofrece sabrosas cucarachas de agua (grandes como una mano) rebozadas y fritas. ¿Vamos a comer aquí? Podemos escoger entre el bufet y la carta. Cuando una diminuta camarera destapa los pucheros tenemos claro que comeremos a la carta. Hay cientos de moscas pegadas a un papel cerca de los fogones y las posibilidades de que hayan caído en la comida son muy grandes. ¿Se las comerán? Pedimos lo más aséptico del menú: fideos con vegetales fritos. Como y el niño de los plátanos me los sigue ofreciendo con una cantinela que me adormece.

Por el camino el conductor compra a una chica un kilo de rambutanes y nos los ofrece como postre. A mi compañero de viaje no le gusta en exceso la fruta. A mí, sí. El rambután se pela con facilidad de su cáscara peluda y el interior, una bola blanca y dulce está exquisito.

Cruzamos la Camboya rural que es el ochenta por ciento del país. Los campesinos aran la tierra con su propio esfuerzo o con búfalos de agua, animales potentes que producen la mozarella italiana que aquí, sin embargo, no se consume: no hay queso camboyano. Cerca de muchas viviendas hay gigantescos plásticos transparente desplegados y debajo de ellos recipientes con agua. Preguntamos al conductor por su utilidad. Trampas para grillos. Por la noche encienden luces detrás de las pantallas, los grillos chocan contra ellas, resbalan y se ahogan en el agua. Fritos, dice, están muy buenos. No tenemos curiosidad por probarlos, la verdad.

Dormimos. Aunque aumenta el traqueteo. A medida que nos acercamos a la capital el tráfico es más denso y el firme de la carretera sencillamente infernal. En los suburbios abrimos los ojos. La gente se ha multiplicado en la carretera y a las habituales motos se añaden coches y bicicletas. Muchos viandantes caminan tapándose la nariz. El conductor nos da una explicación: todas las cloacas de la ciudad desembocan en ese apestoso barrio y con esas aguas fecales del país cultivan lo que comen. Cientos de casuchas con tejados de uralita se hacinan siguiendo el curso de un albañal grisáceo y las viviendas se comunican unas con otras a través de pasarelas.

El hotel de Phnom Phen está bien situado, bastante céntrico, a pocas manzanas del mercado central, en un barrio de casas de estilo francés. Tras ducharnos decidimos callejear y rechazamos todos los tuk tuks que nos ofrecen. Las calles carecen de nombre, son números. La nuestra, la 132, cruza una enorme avenida de circulación caótica. No hay pasos cebra ni nada que se parezca a un semáforo. Pero existe una técnica muy racional, que enseguida aprendemos y ponemos en práctica: hay que cruzar despacio, para que la moto, bicicleta o coche tenga tiempo de esquivarte, y no detenerte. Si corres la posibilidad de ser atropellado se incremente. La 132, en cuanto se acerca a la orilla del Mekong, que se desdobla en dos y forma una isla en medio y entonces toma el nombre del lago Tonle Sap una de sus ramas, se convierte en una calle del barrio rojo. Chicas con minifaldas extremas y muy pintadas se contonean desde dos hileras de bares de alterne. Hay occidentales que salen de ellos, rumbo a sus hoteles, con una o dos novias de pago.

Acabamos en el Tonle Sap. El río tiene una anchura de, por lo menos, medio kilómetro, y barcos de turistas y de pesca lo surcan lentamente. Los camboyanos se sientan en bancos del paseo a ver la puesta de sol sobre el río o corren por el centro del paseo para intentar sudar. Nosotros sudamos andando muy despacio, a pasitos.

Lonely Planet recomienda un restaurante junto al río. No lo encontramos y nos metemos en otro sumamente elegante y bonito, el Bonpha. Un educado camarero nos sienta a una mesa que tiene inmejorables vistas al río. Nos hundimos en el sofá demasiado mullido mientras hacemos los pedidos. Las cervezas Angkor, bastante frías, llegan antes que mi buey con pimienta camboyana, aunque el plato debería llamarse realmente pimienta camboyana con ternera, y las gambas que pide mi colega. Ambos convenimos que el restaurante es una exquisitez y el típico lugar para llevar a una chica. Pero no tenemos novias en Camboya. Y yo dejé pasar un par de ocasiones con otras tantas viudas. No debemos olvidar que el periodo jemer rojo dejó familias diezmadas. Mañana visitaremos los campos del horror, tendremos la otra visión de este país aparentemente amable y sonriente que se convirtió en un infierno dantesco, pero no hablamos de eso, aunque sí, sino sobre todo de cine, de su agónica situación en España, de los muchos talentos que se pierden. Y, mientras, siguen llegando a la mesa cervezas Angkor, más o menos frías, y rematamos la cena con un mojito que nos sabe a agua.

viernes, 11 de mayo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Kampong Thom, 9 de mayo de 2012


Hoy fui de boda. No a la mía, aunque tampoco podría descartarse dado el interés que despierto entre las nativas camboyanas de cierta edad y viudas mi aspecto de galán maduro. Me quedaría a vivir aquí si no fuera por el calor sofocante y que no hay aceite de oliva. Pero en Camboya me cocería a fuego lento, se licuaría mi cerebro, sería incapaz de pensar, menos de escribir, y mi única actividad sería la de balancearme en una hamaca, como hacen la mayor parte de los habitantes de este país al mediodía.
Hoy, cuando salí del hotel y monté en el microbús blanco y con aire acondicionado, habilitado para diez personas, aunque sólo viajemos dos, para dejar atrás Angkor y Siem Riap, crucé mi mirada con Mister Sothy que, a las puertas del Royal Empire y con las piernas cruzadas en la postura de flor de loto sobre su tuk-tuk, esperaba nuevo cliente occidental, u oriental, porque japoneses y chinos se ven a patadas. Agitó la mano, mientras pasaba a su lado, y yo la mía, en señal de despedida definitiva. Así es que ayer, al final del día, me equivoqué por completo en mis predicciones al decir que no volvería a ver a Mister Sothy, pero ahora si que puedo afirmarlo.

Antes de salir de la ciudad el conductor, un camboyano blanco, joven y educado, nos pide permiso para embarcar en el viaje a su esposa e hijo. Se lo damos, por supuesto. Suben los dos en una gasolinera de carretera, en una estación de servicio, como las de allí, aunque la gasolina, embotellada en los recipientes de litro de agua, se pueda adquirir en cualquier cabaña de la selva, en los puestos locales en donde venden frutas, zumos, cervezas y aguas frías.
La esposa de nuestro conductor es alta, para lo habitual de aquí, atractiva y elegante. La delgada falda tubo que lleva le obliga a andar a pasitos. El niño es un diablo que no se está quieto y no deja un segundo de hablar.

Nos adentramos en un territorio cada vez más rural. Cruzamos una inmensa planicie en la que despuntan, sobre un mar de hierba en el que pace el ganado y algunos enormes búfalos de agua, grupos de altísimos cocoteros. De cuando en cuando hay hondonadas en el terreno llenas a rebosar del agua de lluvia que no se ha evaporado y yo me pregunto si son los cráteres que dejaron las bombas que soltaron los B52 en sus 60.000 misiones. Seguramente sí. Aunque quiero ver el paisaje, el traqueteo del coche me duerme y no me despierto hasta que el microbús se detiene en el puente de Kampong Kdei. Bajamos para fotografiarlo, y seguimos camino por una Camboya cada vez más rural, la que dijo proteger el iluminado asesino de Pol Pot. Es tomando un camino de tierra rojiza que sale de la carretera cuando me entero de que voy de boda. Muy educadamente el conductor nos pide autorización para asistir, durante una hora, a la boda de su primo. Permiso concedido, le decimos a coro. El microbús traquetea por un camino infame y levanta nubes de polvo rojo. A ambos lados de esa pista terrosa y roja, paupérrimas chozas de bambú y techo de palma edificadas en círculo por entre las que corretean pollos famélicos y criaturas. Tras cinco kilómetros de pista bacheada, llegamos a nuestros destino.

Con un gusto estético que haría las delicias de Pedro Almodóvar, los padres de los novios han adecentado el patio central de tierra entre sus viviendas (alrededor de la casa de los padres establecen los hijos las suyas y así cuidan unos de otros) y allí han puesto sillas y mesas de plástico engalanadas con manteles rosa fucsia que dañan la vista. Un toldo de colorines resguarda del sol a los invitados que van llegando y son agasajados por la madre de la novia, que no me quita ojo, y una corte de bellezas locales pintadas como peponas, con tocados altos tipo madre Simpson y espantosos trajes de seda azules. Una batería de gigantescos altavoces amontonados atruena el ambiente con espantosas canciones melódicas cantadas con voces chillonas y empalagosas: Camela a la comboyana.

No sabemos cómo hemos acabado en esta boda, pero allí estamos, invitados a ella y con las manos vacías. Además nuestra indumentaria, sobre todo la mía (chanclas, pantalón corto, una camisa de lino color curry, que me compré en Rajastán en mi séptima vida, y la chaquetilla sin mangas azul de cazador, más mi melena y barba asalvajada) es la menos indicada para ir de boda, pero allí estamos, saludados una y otra vez por los muchos invitados que van llegando al banquete, de los campos cercanos, a disfrutar de la comida.
Una boda camboyana poco tiene que ver con una occidental salvo en su espantosa liturgia externa (invitados vestidos de domingo, música a tope y alegría forzada, aunque la novia, otra muñeca pepona espantosamente maquillada, porque se le fue la mano con los polvos blancos para ocultar su piel morena, aparatosamente peinada y vestida de lentejuelas, tenga cara de ir al matadero, y a él se encamine quizá). El novio elige entre una terna de cinco muchachas casaderas de las familias campesinas de los alrededores, y la novia se deja elegir dócilmente por el novio. La ceremonia suele durar todo el día, pero la gente llega, come y se va con las sobras de la comida en bolsas de plástico transparente (las que utilizaban los secuaces de Pol Pot para asfixiar a sus víctimas) en donde echan el pollo, el pescado, la sopa sobrante, y arramblan con todas las cervezas que pueden sin miramientos. Así es que yo creo que muchos hacen acto de presencia ese día con el único fin de comer gratis.

La madre de la novia nos sienta a una de las mesas concurridas. Antes, por el camino, he ido saludando con cabezadas y juntando las manos, como hacen los camboyanos pero también los tailandeses y birmanos, a cuanto hombre y mujer se cruzara en mi camino, exhibiendo sonrisas encadenadas. Me siento un poco como el Peter Sellers de El Guateque. Los compañeros de mesa son todos varones, que nos miran con más curiosidad que nosotros a ellos, salvo dos señoras que se sientan a mi derecha; a un par de ellos, cetrinos y mal encarados, me los imagino con el pañuelo a cuadros azules de los jemeres rojos, su vestimenta ancha y negra y sus sandalias en vez de botas militares, y seguramente no me equivocaría porque un millón y medio de camboyanos fueron jemeres rojos, incluido el actual primer ministro del Partido del Pueblo de Camboya, un grupo político que se anuncia en las carreteras más que la Coca-Cola, que no se anuncia nunca. No llevo gafas, aunque las necesito: me habría salvado de la purga, aunque mis manos suaves delatarían a quien no ha manejado nunca una azada. Nadie tiene ni idea de inglés ni de francés, así es que la comunicación es fluida. Tampoco veo que hablen mucho entre sí los invitados de las mesas próximas: los decibelios impiden cualquier tipo de conversación y quizá para eso están, para evitarlas. No hay posibilidad de huida así es que toca comer lo que te ponen y someter a prueba la resistencia de tu estómago e intestinos, porque de ella dependerá que acabes el viaje. Como precaución nos negamos, con educación, a que pongan hielo en nuestras cervezas a temperatura de sopa: es lo más inocuo que pasa a nuestro estómago. No nos preguntamos con qué agua habrán lavado la ensalada que nos sirven. Pescamos algunos fideos con nuestros palillos, en cuyo manejo ya somos diestros. Comemos alguna albóndiga de pescado. El pollo parece lo mejor de la comida. Luego hay cerdo, pero me temo que es tripa. Así es que me abono al arroz, que es lo menos peligroso de cuanto hay en la mesa después de la cerveza sin hielo. No sé si hubo pastel nupcial, no lo creo, y tampoco lo esperamos. El chofer cumplió su palabra y nos rescató a la hora justa. Y marchamos cuando llegaba el novio, vestido con camisa rosa brillante, pantalones negros ceñidos y zapatos blancos. Miré por última vez a la novia: seguía teniendo cara de susto. Yo también la tendría si fuera el novio.
Sin la mujer ni el hijo del conductor, que hemos dejado en la aldea, seguimos hasta los templos de Sambor Prei Kuk, toscos y preangkorianos, un centenar de santuarios de ladrillo perdidos en la selva en los que la luz entraba por la bóveda abierta. No son grandes obras arquitectónicas, son muy modestas después de lo que hemos visto, pero el paseo queda justificado por la belleza de la selva de su entorno. El último templo es el que más nos gusta…porque no hay templo, fue literalmente devorado por un árbol. Uno hasta espera que el baniano escupa por alguna de sus bocas un ladrillo después de su digestión de siglos.

Nuestro hotel en Kampong Thom, adonde finalmente llegamos a las tres de la tarde, es modesto pero es el único edificio de la ciudad que tiene ascensor. Me relajo con una hora de siesta, y lo mismo hace mi compañero de aventuras. En teoria tiene wifi, pero no en la práctica. Luego curioseamos por el mercado local, y mejor hubiera sido no hacerlo para haber cenado luego a gusto. El ver nubes de moscas paseando por sus pollos creo que me va a hacer desistir comerlo por una buena temporada.

—Pues imagina cómo estaría el que comimos esta mañana en la bodame dice, con buen criterio, el cineasta que me acompaña y recoge imágenes del viaje.
—Sí, pero la diferencia es que no lo vi.

Esa noche, de forma excepcional, comemos en una pizzería cuyo reclamo es su estilo norteamericano y las banderitas del país que lanzó las bombas desde los B52 y llenó el país de muertos y socavones. Yo una margarita; él una calzone. Regadas con cuatro cervezas Angkor, más calientes que frías, pero ya estamos acostumbrados a esos tragos desde la boda de la mañana. Y regresamos al hotel, envueltos en sudor, con la frustración de no haber podido ver cómo emprendían el vuelo los cientos de vampiros que colgaban de un gigantesco árbol junto al río Mekong, pasado el puente francés que recuerda a cualquiera de la Segunda Guerra Mundial.  Lonely Planet informaba que alzaban el vuelo a las seis de la tarde. Nos engañó. Fuimos a las siete y allí seguían, colgados de las ramas, como racimos, cabeza abajo y chillando de forma desagradable. 

Dormimos con el aire acondicionado a 17 grados. A esa temperatura no hay cucaracha que salga de su escondrijo, aunque, a decir verdad, todavía es la hora de que veamos alguna. Pero más vale ser prevenidos y dormir tranquilos.