lunes, 18 de junio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 18 de junio de 2012

Truenos. Suaves. En las cimas de las montañas. Llegaban distantes. Tormentas lejanas. Pero estrellas en el pueblo. Y un viento caliente que no sé de dónde venía.
Anonymus. Me vino la idea viendo esa película anarquista que es V de vendetta, muy adecuada para los tiempos que corren. Orwellianos. ¿Y si doscientos mil ciudadanos, o un millón, saliéramos a la calle con la máscara de V y su sombrero? Ahí queda la idea. Y que la cojan los hacedores de disfraces. Yo me lo pongo si hay diez mil que están dispuestos a hacerlo en la próxima manifestación.

Nosotros podemos. Echar a patadas a Carlos Dívar, por ejemplo. No se habría conseguido sin la presión mediática y de toda la opinión pública. Ahora toca Rato. La lista es larga.
Cruasán. Su aroma me despertó a las cuatro de la madrugada. Los estaban horneando en el obrador vecino y, aunque tenía las ventanas cerradas, el delicioso perfume se filtraba por las junturas. Eran los cruasanes del desayuno de mañana. Iban a llegar recién hechos a los paladares de los que los mojarán en el café con leche. Aunque yo nunca los mojo. Me gustan tanto que los saboreo sin mezclar sabores. Vuelvo a dormir. Sigue relampagueando.

Nazis. Ya no sé dónde esta la prima de riesgo. En la estratosfera. Ni los intereses que pagamos por lo que nos prestan todos los días: el 7 %. Y España se sigue precipitando por el abismo sin encontrar árboles que le paren el golpe. ¿Arderemos, nos ahogaremos o quedaremos entre los hierros retorcidos? Pero los griegos votan más de lo mismo aunque la izquierda de Syriza gana posiciones. Los que han mentido, los que han hundido a Grecia, vuelven a gobernarla. No lo entiendo. Cosa de locos. Y además, por ser el partido más votado, Nueva Democracia recibe un bonus de 30 diputados extras. Lo entiendo menos. Y los nazis se sientan en el parlamento con su discurso racista y violento. Eso, además de no entenderlo, me asusta.
Cristales. Limpiar cristales creo que es peor que planchar. Sobre todo los de las puertas de mi balcón. Crees tenerlo limpio, pero nunca está. Lo limpias por un lado, pero se ensucia por el otro. Cuando lo limpias por el otro lado sale el sol y te das cuenta de que está peor ahora que cuando empezaste. Ese es el ejercicio agotador de hoy que sustituye a la bici de ayer.

Ommmmmmmm.
Galdós. Sigo leyendo con gusto Ronda de Madrid de José Manuel Benítez Ariza. Es una novela costumbrista que está maravillosamente bien escrita. A veces me parece estar leyendo a Galdós.

Trastienda. Voy menos de lo que debería. Es una de las mejores tiendas del pueblo. Y además, la pareja que lleva el establecimiento son un  hombre y una mujer encantadores. Les compro un maravilloso paté Landes reñido con mi dieta. Ya cogeré la bici. Un txacoli Bengoetxe de Getaria. Dos yogures caseros. Comprar en las tiendas del pueblo es agradable y procuro hacerlo siempre, y más en estos tiempos. Le hablo  de mi viaje a Camboya mientras mete en una bolsa de papel mis compras. Me habla él de un viaje que no hizo a Hong Kong. Lástima. Hazlo. No lo dejes pasar. Y sí, empiezas por Hong Kong, sigue luego por Tailandia, Indonesia, Camboya y déjate para el final lo mejor: Birmania.
Lluvia. Llueve sobre el Valle de Arán. Truena. Luego diluvia. Buen tiempo tendrá mi visitante de mañana que estará un par de días por el valle. Viene mentalizada a todo. A la lluvia, también. Le gusta el agua. También el vino, el cava y la cerveza. Haremos algún paseo bajo paraguas si esto no amaina. La llevaré, si se deja, a un restaurante de Bausén, a comer ciervo. Una contradicción, lo sé. No los cazo, pero me los como.
Nueva novela. Cuando pase esta semana me voy a poner a trabajar en mi nueva novela. Le hablé a Julio de ella. Negra y futurista. El remake de Barcelona negra. En octubre espero hacer su presentación. Con libro.

Melancolía. La película de Von Trier. Un tema que centró buena parte de la penúltima paella en la Barceloneta con Julio y Jesús, éste último otro amigo gracias a la literatura, como la que vendrá mañana a verme. A tres horas de la presentación fantasma del libro que no existió hablamos del estadio placentero de la melancolía que le queda a uno cuando el amor se acaba. En esa tristeza honda nos sentimos, incomprensiblemente, a gusto, y con ella alargamos el enamoramiento perdido. La melancolía es el último coletazo, el extertor agónico que precede a la muerte y la suaviza. Y es creativa. En ese estado se escribe poesía, tristes melodías…Y hablamos de enamoramientos, también, con las copas de sorbete de limón mediadas y el sol abriéndose paso entre los parasoles y la playa a cincuenta metros llena de pieles que se queman al sol y huelen a crema protectora. ¿Nos enamoramos de una persona o de nuestro estado de gracia de estar enamorados? ¿Existen realmente las personas de las que nos enamoramos? ¿Somos tan egocéntricos que en realidad nos estamos enamorando de nosotros mismos?

Tinto Pesquera cosecha 2000 Reserva. Cayó. Fue descorchado hace tres días, en compañía de un enorme entrecot de un dedo que sobresalía del plato. ¡Qué mejor compañía para ese vino que ese pedazo de carne de vacuno maravillosa! Era un vino para tomar con alguien, madame Deveriá. Pero, si no había nadie, fui dando cuenta de él en solitario. La segunda copa vino al día siguiente, con unos modestos huevos fritos con pimientos. La tercera copa, ayer, con un fuet notable que conseguí en una tienda. El último sorbo, hoy, con un soberbio Idiazabal. Siempre solo. Te di las gracias cuando me lo entregaste. Te doy las gracias ahora, que el vino ya forma parte de mí.

Ommmmmmmm.  

Hopper. En La Thyssen. Yo voy. No me la quiero perder. Hopper es el pintor más literario que existe. Detrás de cada uno de sus cuadros hay una historia triste y solitaria. ¿Cómo lo consigue con esos colores suaves? Pura magia. Se entiende en Lucien Freud, por ejemplo. Sus cuadros remiten a nuestra descomposición y muerte. Son grises, tétricos. Cuerpos como naturalezas muertas con la piel flácida y las venas sobresaliendo debajo de la piel. Pero Hopper es suave, colorido, luminoso y, sin embargo, triste. Es su luz, apagada. Son sus sombras. Sus espacios. Los desconocidos que beben a su aire en sus bares. Puede verse con Miles Davis en la cabeza.  Y terminar tomándose un bourbon en algún bar de Madrid. Hopper explica, como nadie, el desarraigo americano que tanto me fascina y del que hablo en Lluvia de níquel y La Frontera Sur. Hopper es género negro, sin duda.
Moscas. Se me ha llenado la casa de ellas. Por la tormenta. Entraron mientras limpiaba los cristales por fuera con papel de diario. Dos docenas. De todos los tamaños. Maté a un par. Acabaron enterradas en la bolsa de la basura. El resto me incordia. Una huyó por una ventana que abrí tras estrellarse contra el cristal una docena de veces. Mierda de moscas. Una corretea por la pantalla del televisor, sobre la barba de Ignacio Escolar. Otra la tengo sobre el antebrazo, perdida en mi vello.

Espaguetis con salsa de tomate. Antes, un corte de Idiazabal. Antes, tres rodajas de fuet. Antes, a las seis de la tarde, un zumo de dos naranjas exprimidas. Y dolor en la rodilla, persistente, mientras subo y bajo las escaleras porque me dejé algo arriba, o abajo. Dolor que viene de mi peripecia ciclista de ayer, suave, pero que me dejó dolorido. ¿Se sienten los años? Claro. Y el lumbago.
Tqmmmmmmmmmmmmmmm


domingo, 17 de junio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Barcelona, 15 de junio de 2012


Este es un año tenso y apocalíptico, de sustos diarios. Así es que lo que pasó en la presentación de Patpong Road era previsible. René Lodosa, el protagonista de la novela, es un escritor maldito. Ficción y realidad se retroalimentan constantemente en mis libros, y  a veces la ficción se anticipa, como una fatal premonición, a la realidad. ¿Soy yo también escritor maldito? A juzgar por las vicisitudes en la presentación de la novela en la Casa del Libro de Barcelona, sí. Así es que celebré mis bodas de plata con esa tortuosa amante que es la literatura, sin libro, algo que no me había pasado en mis veinticinco años como escritor. Y fue una lástima porque entre Empar Fernández, Pablo Bonell Goytisolo y yo mismo conseguimos llenar hasta los topes la enorme sala de presentaciones de la librería de la Rambla de Catalunya. Así es que gracias a todos y a cada uno de los que por allí se acercaron (Poma, Leo, María, Antonia, Margarita, Susana, Alicia, Julia, Alex, Teresa, José María, Carmela, Ana, Jesús, Ángels, Karin, Raúl, Marc, Tania, Santi, Rosa, Ramón, Paula…y los que me olvido) y se fueron sin mi libro dedicado porque no estaba.
Presentar un libro sin libro tiene su qué. Un punto de surrealismo. Crea, sin duda, expectativas sobre el objeto ausente. Es un misterio. ¿Dónde está mi libro? Pues no lo sé, realmente. Suerte que yo tengo el mío. Tras las palabras de Empar Fernández y Pablo Bonell Goytisolo, que hablaron de su novela presente Hombre muerto corre, glosó Patpong Road Julio Murillo y lo hizo con su magisterio habitual y su generosidad de amigo de doce años. Mi rostro de cabreo (Pablo Bonell Goytisolo me dijo que era la viva imagen de Robert de Niro y no andaba desencaminado: Robert de Niro en El cabo del miedo, por ejemplo, con ganas de ceñir un alambre de acero al cuello de los responsables de ese desaguisado; otro asistente me comentó que me parecía a Naipul, premio Nobel de literatura y tipo de cuidado) se dulcificó automáticamente cuando entró en la sala la asistente más joven, apenas diez meses de vida, ojos azules enormes y rizos rubios que, pese a su corta edad, se comportó de forma muy educada y apenas si farfulló algún sonido. Cambió mi cara y hasta yo lo noté. Se hizo la luz en la borrasca. Así es que con la expresión menos tensa, hablé de mi libro fantasma y maldito, del porqué de su escritura, de si yo soy o no soy René Lodosa, de los distintos grados de prostitución, de mi literatura sensorial, del fatalismo como núcleo de esta novela negra en donde no se comete un solo crimen, de lo depredador que es Occidente, del encanto de Oriente, de los dos viajes que hay en la novela, el exterior y el interior, del erotismo descarnado que recorre todas sus páginas, de lo original que era celebrar mis bodas de plata sin tener el libro presente. Así es que sí, sin duda fue la presentación más extraña en la que he participado, pero que no se repita. Y lo mejor de ella, sin duda, ver reunidos en pocos metros cuadrados, en dos filas de la sala de presentaciones, por caprichos del destino, a mis seres queridos.
La foto es cortesía de mi buena amiga La Psiquiatra Argentina.

miércoles, 13 de junio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 13 de junio de 2012


Vuelvo a mi abandonado diario. Quizá porque me falló la medicina de una fantástica sopa que me tomé como cena (hay que volver a la sopa en invierno, y hoy, en el Valle, es invierno) y mel i mató, que es un postre nacionalista y muy dulce, y ni por esas se alzó mi ánimo.
Hoy es un día importante, aunque no redondo, a cuarenta y ocho horas de la presentación del viernes y mis bodas de plata literarias, algo en lo que he caído hace muy pocos días cuando cogí uno de los dos ejemplares que me quedan de El cadáver bajo el jardín, mi primera novela publicada, y miré su fecha de edición: 1987. Veinticinco años de relación agridulce con una amante insaciable que te pide todo y te exprime a diario. Y veinticinco años y treinta y dos libros después, Patpong Road, novela con aspecto de epitafio que presenta este viernes en La Casa del Libro de Barcelona mi amigo Julio Murillo.
No puede ser redondo el día si llevo buena parte de él pensando en negro. Pero todo es negro, como cada día, después de leer El País en mi terraza, con mi cerveza, poco antes de la una, y sumergirme en las noticias que son más terroríficas que los relatos de Edgar Alan Poe. Hoy, el artículo de Paul Krugman es aterrador. La profunda crisis de España, económica, pero también de valores, nos hace olvidarnos de horrores mucho mayores: la salvaje guerra civil que se libra en Siria, por ejemplo. Los sirios mueren porque no tienen petróleo.
Pero hay cosas positivas, además de esos cuatro grados, positivos, de hoy, que también podrían ser negativos. Por ejemplo: hice mi primera parrillada de carne, y no la quemé en las brasas, ni se me cayó ningún trozo al voltearla. Eso sí, alguna hierba del monte la aderezó. Estuve sentado bajo una carpa, en una campa, rodeado de vecinos, porque desde la séptima vida he dado un vuelco a mi existencia y he decidido hacerme social. Quizá por la sociabilidad, se sentó a mi lado un lugareño, alto como un armario y fuerte como un toro, que, mientras afilaba un palo con una navaja de hoja aserrada (de esas que si entran en carne ajena hacen un boquete de aquí te espero) me confesaba, quizá animado por mi condición de novelista, que es un psicópata, y no mentía. Me interesé por su medicación.
Estaban mis compañeros de mesa y refrigerio, mayoritariamente mujeres con sus niños (productos del baby cheque de Zapatero, me confesaron las madres) bien abrigados, con anoraks, mientras yo, alimentando mi aura de hombre poco friolero, permanecía sentado en manga corta pero con ganas de huir al coche y coger una cazadora. De cuando en cuando soplaba el viento que amenazaba con desarbolar una lona rupestre que debía protegernos de un sol que salió minuto y medio. Mientras hablábamos, comíamos panceta, butifarra y mordisqueábamos un gigantesco pollo bien braseado, tan aplastado que parecía un enorme sapo después de ser atropellado por las ruedas de un camión. Mi compañera de mesa, en un momento determinado, me arrojó, por accidente, un vaso de vino a la camisa recién lavada y planchada. Bien, me dije. Es lo que pasa con ir con niños. Porque podría ser el padre de todos ellos, y el abuelo de algunos.

De vuelta a casa mi amigo franco/alsaciano, comunista recalcitrante y solidario con nuestro rescate económico, me envía la canción de Paco Ibáñez A cabalgar. Nos deben de ver muy mal en Francia, me digo, mientras la escucho. Habrá que volver a la canción protesta. Raimon, sube de nuevo a los escenarios y desempolva tu guitarra ametralladora. Y si eso no funciona, echarse al monte. Una partida guerrillera por esta zona es muy viable. Los bosques tienen infinidad de escondrijos para ocultarse después de dar un golpe de mano. Me faltan voluntarios. Y dotes de mando, que no tengo ni una y en la mili no pasé de soldado raso. Y enemigos que no sean difusos como los mercados, la prima de riesgo y compañía. Lo fácil que era con Franco, un sistema binario.  
Otro amigo, un catalanogranadino, algo que intenté ser y fracasé de forma estrepitosa, me invita a celebrar el próximo día 16 el Bloomsday. Prometo hacerlo. Buscaré algo que se parezca a un pub irlándes, mascaré una Guinnes después de trocearla con tenedor y cuchillo y me acordaré de mi amado Joyce mientras arrojo dardos a su retrato.

Olfateo mi ropa, como perro perdiguero, y huelo a humo y vino. Más por el humo de la pipa. Un mensaje que entra en mi móvil blanquea mi pensamiento. Cierro los ojos y me enrosco al cuerpo de una rubia. Prendo mi pipa otra vez, últimamente demasiado por tener en la buhardilla cerillas y cenicero. La botella de Ballantine’s, en cambio, está envejeciendo. Así seguirá, acumulando años, mientras no tenga un vaso a mano. No voy a ser Bukowski bebiendo a morro. Quizá dentro de veinticinco años más, en mi papel de viejo indigno.
Antes de ir a la cama, me hago una pregunta: ¿Soñaste la séptima vida? Me está pasando como esos sueños intermedios que uno tiene durante la noche, que si no te despiertas en medio de ellos no te acuerdas. A veces lo relativo de las cosas asusta. He olvidado quién fui. Morí. Resucité. Nada en mí hay hoy del ayer. El recuerdo. Pero ya ni recuerdo.
Y así, con la incerteza que tuve siempre acerca de quién soy, me hundo en el sueño, que quizá sea la verdadera vida.

viernes, 8 de junio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 8 de junio de 2012

A las ocho y media de la tarde cogí el cuatro por cuatro, que me compré en la sexta vida sin saber que lo iba a utilizar en la octava, como me señaló días atrás una buena amiga, y subí, porque hay que escalar por  ocho kilómetros de curvas implacables y retorcidas, los seiscientos metros de desnivel, que se suman a los ochocientos del Valle, hasta la pista del Bosque de los Ciervos, denominación propia, por el que últimamente me pierdo buscando paz y sosiego.
El final de la tarde era tan brumoso como el último día que estuve en ese mismo paraje; la pista estaba embarrada; los abetos emergían de la niebla como hermosos gigantes con sus largas y elegantes ramas de dos colores. Lloviznaba. Iba pertrechado con mis pantalones de lona comprados hace meses en Decathlon, una camiseta de manga corta, el chaleco azul de cazador, al que solo le faltan las balas para que el atrezzo sea perfecto, y mis sandalias de la séptima vida que me llevan por la octava para sentir la tierra más próxima a las plantas de mis pies. Me di cuenta de que iba desabrigado, pero era tarde para remediarlo; de que me iba a mojar, pero no me importaba. Me puse a dar mis primeros pasos por el bosque armado con mi cámara de fotos y, a los dos kilómetros de lento paseo (últimamente soy más de paseos que de excursiones, un matiz importante que me permite saborear la naturaleza y no competir con ella, que es otra cosa) me topé con dos hermosos ejemplares de ciervo que, al verme, tras un momento de indecisión (el que aprovechan los cazadores para abatirlos), huyeron monte arriba perdiéndose en la espesura de ese bosque brumoso que es su santuario en el que se integran y confunden.

Siempre que tropiezo con esos animales, que es cada día que voy al bosque, me cruza por la cabeza la película El cazador y la secuencia en la que Robert De Niro levanta su carabina, apunta, acaricia el gatillo y perdona la vida a un ciervo que tiene a tiro. Sé que si termino comprándome un arma de caza, cosa que no descarto, seré incapaz de disparar. Así es que no creo que acabe comprándomela.  

Seguí andando, acompañado por el ruido de los arroyos, la lluvia y el cantar incesante de los pájaros, un coro musical que me acompañaba en ese paseo tardío (lamento no tener más nociones de ornitología, ni de botánica, no tener nociones de casi nada, ser un perfecto ignorante de este hábitat que admiro y disfruto) por una pista encharcada que me obligaba, en ocasiones, saltar esas pequeñas lagunas formadas por el agua de la lluvia y los pequeños cursos de agua que cruzaban el camino. A las nueve de la tarde, o de la noche, según se mire, emprendí el regreso sin acelerar el paso. La luz iba menguando y las nubes se iban adueñando del camino convirtiendo el bosque en un territorio de fantasía. Mi vista, forzada a ello, se iba adaptando a esa progresiva falta de visibilidad del fin del día. Llegó un momento en el que el silencio se hizo absoluto; los pájaros del bosque dejaron de cantar, de repente, y sólo podía escuchar el ruido de mis pisadas amortiguadas por el barro del suelo.
Y fue entonces cuando lo vi, imponente, detenido en el camino, emergiendo de la bruma: un ejemplar enorme de ciervo macho que no se movía mientras yo seguía acercándome a él. Me di cuenta, entonces, de que no podía ser un ciervo, que la oscuridad, la distancia, la niebla, empezaban a producirme visiones, porque el supuesto animal no se movía, permanecía quieto, como un alto arbusto que adaptara su forma. Era eso, un pequeño árbol que, de lejos, podía parecerme un ciervo, me dije, mientras la distancia se acortaba y yo me lamentaba de mi falta de visión. Y el arbusto se puso en marcha, saltó hacia delante, corrió ladera abajo, se perdió en la espesura del bosque y minutos más tarde oí su inconfundible bramido rompiendo el sacrosanto silencio. Un ciervo que, bajo la bruma, cuando la luz mengua por el anochecer, debió creer que yo era un arbusto que andaba.

Cuando ya llegaba al coche, a las diez, de la noche ya aunque todavía había algo de luz, me di cuenta de una cosa que llevo advirtiendo últimamente: mi pertenencia al bosque. Es algo que resulta difícil explicar, pero tengo la sensación de que vengo de él y a él he regresado. El bosque siempre tiene algo de mágico, fantástico, llega a inquietar porque no sabemos qué se oculta tras sus troncos, en su espesura. En el bosque, curiosamente, me siento protegido, bajo techado, como esos ciervos que veo todos los atardeceres en el Valle.

domingo, 3 de junio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 3 de junio de 2012


La lluvia define mi primer día en Arán, en donde faltaba desde hacía mucho tiempo, desde que dejé el Valle para irme al otro extremo del mundo, a Camboya, un viaje que ya me parece lejano, y desde que empecé esta caótica promoción de la novela recién publicada por España que me ha llevado al centro, al sur y al este de la piel de toro. Así es que ayer, por fin, aunque sólo sea por cuarenta y ocho horas (el martes, miércoles y jueves, vuelta a empezar) recalo en mi casa, para tener la satisfacción de dormir en mi cama, por fin, tras haber dormido en una serie de camas ajenas y amigas, en algún hotel/convento, tras siete horas de conducción ininterrumpida desde Elche, en donde dejo dos amigos y una amiga con los que estuve hablando de política ante un vaso de cerveza la noche anterior, a Arán por la llamada Autopista Mudéjar que me lleva a Teruel, Zaragoza y Huesca antes de saltar a la provincia de Lleida. Así es que esta mañana, la lluvia, suave, su rumor, como una arrullo, me despertó, con la luz del día, y esa lluvia, como un aspersor divino que estuviera regando los verdes valles y los frondosos bosques de este país extraño y atípico que es, en mi octava vida, mi patria, no ha cesado de caer en todo el día, mojando, sin molestar, como lluvia del norte que es, tanto es así que por la tarde, después de comprar El País a mi amiga paraguaya Lis, leer ya los últimos capítulos de la adictiva novela El club de los filósofos asesinos de mi amigo Julio Murillo, ver una película de Lawrence Kasdam que me ha decepcionado, dormitar un poco en el sofá y comer, más de la cuenta, un bizcocho que he bordado y he hecho simplemente a ojo, sin pesar ni medir los ingredientes, que es cómo mejor salen las cosas, he cogido el coche, he bajado hasta Les, he bordeado el camping desierto junto al río Garona, que bajaba crecido y con aguas turbulentas camino de Francia, he subido los ocho kilómetros de carretera serpenteante que llevan a San Joan de Torán y me he adentrado en el Bosque de los Ciervos al que, de ahora en adelante, llamaré así aunque hoy sólo veo uno, y de forma tan fugaz que apenas es un reflejo en mi retina, y haya oído a dos más bramar en la espesura de la foresta alertándose de mi presencia. Y ha sido bajar del coche, pasear, que no caminar, por la pista de tierra, escuchar el murmullo de la lluvia sobre los charcos y las hojas de los árboles, deleitarme en el paisaje, en esos enormes abetos de ramas exquisitamente esculpidas en dos colores, en esos pinos negros altísimos, sumergidos bajo las nubes bajas, o, a veces, caminar dentro de ellas hasta verme, si pudiera, difuminarme en su interior hasta desaparecer engullido por ellas, y sentir esa magia especial del Valle, disfrutar de su misteriosa belleza que, con el paisaje nublado, la bruma, la lluvia, queda resaltado. Y me he puesto a andar sin rumbo fijo, por caminos encharcados, sin darme cuenta de que el agua que empapaba la hierba, el agua que caía suavemente de esas nubes bajas, de la que me libraba en cuanto caminaba por esos túneles perfectos que forman las ramas de los árboles cuando se entrecruzan y construyen arcos sobre las veredas, estaba calando las botas, hasta que he sentido los pies fríos, hasta que me he dado cuenta de que anochecía, que me había alejado mucho del cuatro por cuatro, que me iba a perder el telediario de las nueve (me lo perdí y sobreviví a la ausencia de malas noticias), así es que me he detenido en un punto aleatorio de ese bosque infinito que me atrapaba en su silencio, he decidido poner fin a mi paseo frente a un árbol concreto ante el que me he detenido un buen rato, sin saber por qué, sin que el árbol, entre los miles de árboles que conforman el bosque, destacara especialmente sobre los otros (buen ramaje, ancho, musgo en el tronco, una planta trepadora), y he emprendido, paseando, el camino de regreso, a eso de las nueve de la tarde, porque la noche se demora en estos días tan largos, con un andar deliberadamente lento, el mismo que utilizaba en mi séptima vida cuando regresaba a mi apartamento por la noche, atento a cada rama, a cada árbol que parece un ser humano inmóvil que proyecta sus brazos/ramas retorcidos al vacío, a cada tronco caído, muerto, y cubierto de musgo, vivo, a cada hoja de otoño, prensada como pasta, presta a convertirse en hongo, a cada retazo de niebla que tanto se formaba como se desgajaba a impulsos de una brisa imperceptible que alguien sopla, sí, porque el bosque está vivo, se mueve, muta, habla en susurros, paseando yo, porque no iba de excursión, no competía con nadie, ni conmigo mismo, paladeando cada instante, cada segundo sagrado de este tiempo que se va y siente uno como agua en la mano, que escapa por mucho que juntemos los dedos, ese paisaje bello, triste y misterioso que interiorizo, del que ya formo parte, sin el que creo no poder vivir, que me ha atrapado hasta el punto de sentirme ya un poco árbol, niebla, musgo.

viernes, 1 de junio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Atienza, 30 de mayo de 2012

Voy en busca de mis paisajes sentimentales. Por eso voy de Madrid a Atienza, buscando el retiro del Convento Santa Ana. Y me dejo guiar por el GPS que me saca de la autovía de Zaragoza y me lleva por carreteras secundarias y desiertas a Jadraque. Subo al castillo con el sol en vertical sobre mi cabeza y a paso muy lento, controlando la deshidratación y los latidos de mi maltrecho corazón. Bordeo la imponente fortaleza, cuando corono la loma, perfectamente conservada, y sigo hasta Atienza con música de chicharra y aire que me seca los labios y me hace ansiar una jarra de cerveza.
Con los años me torno conservador, Si un establecimiento hotelero me gusta, repito. Así es que con el recuerdo del Hotel Convento Santa Ana al que una vez, en la agonía de mi séptima vida, llegué, regreso en la epifanía de mi octava. Cambiaron los dueños, como cambié yo, pero el hotel es el mismo. Un expansivo porteño, huido del corralito argentino, alto y con bigote poblado, se encarga del bar y la cocina; un elegante caballero delgado y de pelo cano y edad pareja a la mía, atiende la recepción; una guapa sudamericana, quizá colombiana, se encarga de las habitaciones y ayuda en las mesas, parca en sonrisas.

Me ducho, bajo a comer, hago una siesta reparadora a la hora en que las cigarras atruenan el campo castellano y me voy a dar un paseo a las siete de la tarde, con un sol  que abrasa el páramo y a mí que por él ando.
Paseo entre trigales que son verdes, antes de ser dorados, y tierras roturadas de color ocre, sorteo un rebaño de corderos por el aviso de sus perros pastores que velan por él, trepo hasta un suave altozano con el sol ya moribundo, pero que muere matando, busco el acomodo de una roca recubierta de musgo dorado y dejo que mi vista planee, como los dos buitres que me vienen siguiendo por si desfallezco, por esa tierra infinita y parcelada a la que los chopos, esculturas arbóreas, ponen su nota de sombra o indican, cuando conforman un muro verde, la presencia de algún humedal o un pequeño arroyo que palia, modestamente, la sequedad de tanta tierra de secano.

Ante este paisaje castellano, severo y adusto, de campesinos de Solana con rostros cuarteados por el sol, tierras roturados y cielos límpidos manchados por la mota de alguna nube solitaria, antes esos pueblos de roca roja que se arraciman en torno a la espadaña de su iglesia románica y esas espigas mecidas por el viento que son un mar verde agitado que llega hasta el horizonte, sale mi espíritu mesetario y el recuerdo indeleble de esos tres veranos de mi infancia, pasados en estos paisajes que en nada han cambiado salvo en sus caminos que son carreteras asfaltadas y en los postes de electricidad que llevan la luz a sus casas.
Antes de que el sol se acueste voy a Miedes de Atienza, paso por delante de la que fue la casa de mi tía Rosario y, buscando la era en donde solía jugar (me acuerdo con pantalón corto y sombrero de paja, subido a lomos de una mula mansa y llena de pulgas que arrastraba un arado, cincuenta y tres años atrás, siete vidas antes) tropiezo con una lugareña menuda, enjuta, de cabello cano y apariencia monjil que me precede por el sendero a esas horas de la atardecida.
¿Cuánto tiempo hace que vive aquí, en el pueblo, señora?
Se vuelve y sonríe con su dentadura postiza.
Nací aquí.
Pues entonces quizá se acuerde de mí. O no, porque han pasado muchos años. Mi tío era Juan José, el médico del pueblo.
Claro que me acuerdo de élexclama
Él murió. Pero Rosario, mi tía, vive, con 91 años y escribe libros.
¡Vaya! Yo tengo ochenta. Claro que me acuerdo de la señora del médico…Rosario, sí, Rosario. ¿Y dice que vive?
Estuve hace dos días con ella.
Desde el altozano hablamos del trigo que se cultiva ahora cuando antes también había campos de cebada y centeno, de los tractores que terminaron con las mulas, de la moneda que era entonces el saco de trigo, de los duros inviernos en soledad.
¿Ve esa arboleda y esas ovejas? Pues eso es la Respenta.
La Respenta, el Torreplazo, la botica de don Faustino con las coca-colas caducadas, el loco del pueblo, el Cojo malaleche, la caballada, la tía Restituta, Antonio Pío que cortejaba a mi hermana por los tejados, la Amparito que se bajaba las bragas y recibía a los mozos debajo del coche de línea, el frontón, la fuente de los tres caños, el Ayuntamiento ahora poblado por vencejos, el horno de pan en donde se hacían los mantecados, la Mary Pura, Consuelo la asistenta bizca, el farmacéutico que mataba a los perros con inyecciones…
—Parece mentira de que no nos acordemos de lo que hicimos ayer pero sí de cincuenta y tres años atrás.
Somos cinco familias en invierno, y estoy muy sola desde que me quedé sin marido. Mi hijo sube, de vez en cuando, para arar los campos. Yo tengo unos garbanzos, pero con la pedrada del otro día no sé que habrán sido de ellos.
Y así permanecemos, hablando, ante ese espectáculo de tierras cuarteadas por los cultivos que poco a poco dejan de estar iluminadas por el sol y apagan sus colores.
¿Cómo se llama, señora?
Natividad.
¡Vaya! Conocí a una Natividad de este pueblo, una chica rubia y de ojos azules.
Yo conozco a uname dice. Pero es morena y vive en Guadalajara.
No debe de ser la misma. ¿Le puedo hacer una foto?
Vuelve el rostro con coquetería.
Uy, no, que no estoy peinada.
La inmortalizo con tres disparos de mi cámara. No sé cómo habrá quedado doña Natividad, porque cada vez que apretaba el disparador ella agitaba su cabeza a derecha e izquierda. Alguna habrá quedado bien.
Está usted muy guapa, señora. Un placer haber hablado con usted.
Vaya con Dios.
Lo mismo le digo.
Eso de Vaya con Dios, aunque dicho con la mejor intención, produce algo de mal fario. Procuro no pensar en ello mientras conduzco, con la ventanilla bajaba, por carreteras comarcales desiertas que me llevan a Atienza después de pasar por Alpedroches. El campo castellano huele a retama y tomillo. A lo lejos veo un espejismo con el sol ya en desbandada: un campo de lavanda azul entre tierras roturadas ocres y verdes trigales, y un castillo imponente que corona una roca escarpada y vigila una llanura infinita. Por estas tierras anduvieron Mio Cid y Don Quijote, ambos caballeros andantes.