CINE / LOS ILUSOS 13+13, DE JONÁS TRUEBA
Propuesta
original y rompedora la que nos ofrece Jonás Trueba al montar de nuevo, y
añadir color, a su primera película Los ilusos, estrenada en 2013 y que
vuelve a tener nueva vida 13 años después, de ahí su titulo Los ilusos 13+13,
que demuestra que no siempre ese número impar trae mala suerte, porque vista
esta experiencia cinematográfica uno cree que está ante una de las mejores
películas de este director.
Fresca,
rodada con medios precarios, sin que por ello desmerezca el resultado final,
con sus guiños estéticos a la nouvelle vague, al cinéma vérité y
al video doméstico, Jonás Trueba deja a los protagonistas (un jovencísimo
Francesco Carril, su fetiche presente en todas sus películas, y Aura Garrido) a
su aire y parece que son ellos los que improvisan las situaciones y enhebran
los diálogos en esos escenarios urbanos en donde se desarrolla la película: un
bar, un piso, la calle, una librería, un cine…
En
esta su primera, y también última película, Jonás Trueba poco ha cambiado en
sus preocupaciones y estilo. Las relaciones interpersonales, de amistad y de
amor, son el núcleo de sus narraciones cinematográficas cuyo corpus lo integran
La virgen de agosto, Tenéis que venir a verla, Volveréis y el documental
Quién lo impide. Sus personajes, siempre jóvenes con futuro incierto y
trabajos precarios, pero con inquietudes intelectuales, son seres anodinos, con
reacciones muy humanas que no sobresalen especialmente por salirse de la norma:
ni muy atormentados, ni excesivamente apasionados, algo existencialistas en sus
elucubraciones cuando el alcohol corre por sus venas. Jonás Trueba se erige en
notario cinematográfico de su generación un tanto conformista. Hay en Los
ilusos 13+13 escenas que se alargan en un bar, con charlas sobre el mundo
del cine y la interpretación, alguna secuencia amorosa, paseos urbanos por el
centro de Madrid, intercaladas con secuencias de rodaje (claqueta en mano), y
todo ello aderezado con un subterráneo sentido del humor y ternura hacia sus
personajes que son marca de la casa.
El
cine costumbrista de Jonás Trueba no busca entusiasmar o conmover al espectador
porque sus personajes le resultarán muy cercanos y, a menudo, poco
interesantes, sin sustancia dramática. Esta es una opción que el más joven
director de una dinastía de cineastas toma libremente y en la que se siente
cómodo. En esa liga prefiero el cine mucho más punzante de Cesc Gay, más
próximo a Woody Allen.
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