SOCIEDAD / CRIMEN SIN CASTIGO
Reconozco mi obsesión por el mal y de ahí que ocupe la centralidad de todo lo que escribo, sea el eje de mi obra narrativa y de buena parte de los artículos que voy publicando en diversos medios. Quizá el horror que me produce el mal provenga de mis raíces cristianas y de ese precepto de “no desees al prójimo lo que no quieras para ti”, que incumplen precisamente esas malas personas que muchas veces son de misa diaria y golpes en el pecho y a los que un Jesucristo renacido expulsaría del templo a latigazos. La capacidad del ser humano para cometer atrocidades no tiene límites. El virus del odio, junto al de la estupidez, quizá sea el más fácil de inocular y transmitir. “No hay más infierno para el hombre que la estupidez y la maldad de sus semejantes”, decía el Marqués de Sade que, en realidad, era un moralista disfrazado de pervertido. La apelación a la bestia que llevamos dentro se consigue con unos cuantos eslóganes primarios y una serie de bulos. La humanidad, en su forma i...

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