CINE / EL SONIDO DE LA CAÍDA, DE MASCHA SCHILINSKI
La historia de los
últimos cien años de Alemania desde el punto de vista de cuatro niñas y
adolescentes, Alma, Erika, Angelika y Lenka, que comparten un mismo espacio,
una granja de la región de Altmark, a orillas de un río que separaba el país
hasta la reunificación. Un fresco espectacular el que le sirve al espectador la
directora Mascha Schilinski (Berlín, 1984) en su segundo largometraje tras La
hija a lo largo de más de dos horas de cine creativo, sensible y
emocionante que fluye con asombrosa naturalidad, un ejemplo de cine sensorial
en el que imagen, sonido y movimientos de cámara se hacen muy presentes y son
parte de su gramática narrativa.
Alma (Hanna Heckt), que
toma su nombre de una hermana fallecida y está obsesionada con la muerte, es una
niña de siete años y testigo muda de la dura vida rural que se desarrolla ante
sus ojos en compañía de unos padres taciturnos que jamás sonríen, de sus
hermanas y la servidumbre de esa granja que se rige por estrictas normas de
vida calvinista (las cenas austeras, en donde nadie pronuncia una palabra
mientras sorben una sopa insípida, parecen imágenes salidas de una película de
Carl Thedor Dreyer) en la Alemania de la Primera Guerra Mundial. Erika (Lea Dindra) se sitúa en los albores de
la Segunda Guerra Mundial y vive obsesionada por su lisiado tío Fritz (Filip
Schnack / Martin Rother) y la criada Trudi (Luzia Oppermann) que lo cuida,
hasta el punto que realiza numerosos dibujos de su pierna amputada, camina por el
piso superior de la granja, como si ella también fuera una lisiada, y le
fascina la visión del muñón de su pariente. Angelika (Lena Urzendowsky), con la
granja en territorio de la RDA tras la partición del país en donde el río es
frontera natural, es una adolescente en el despertar de la sexualidad que
coquetea con su tío Uwe (Konstantin Lindhorts), que la entrena para una
competición deportiva haciéndola nadar en el río, y su primo Rainer (Florian
Geibelman) al que ridiculiza por su timidez. La berlinesa Nelly (Zöe Baier), en
la Alemania actual, vive con su hermana mayor Lenka (Laeni Geiseler) y ya se
encuentra con una granja renovada (su madre la emprende a martillazos contra
las viejas paredes) pero que la inquieta por lo que transmite el ambiente del
pasado de esa antigua edificación hasta el punto de tener pesadillas nocturnas mientras
su hermana traba amistad con Kaya (Ninel Geiger), una niña, que ha perdido a su
madre, con la que bucea en el cercano río.
Cuatro historias que se
entrelazan en un puzle narrativo que va del pasado al presente constantemente y
que utiliza diversas texturas fotográficas: video doméstico, flous,
contraluces, imágenes cenitales y subacuáticas; cuatro planos narrativos de
niñas y adolescentes marcadas por el miedo a la muerte (los retratos de muertos
de la primera historia; las puntadas en los párpados de la chica que cae del
carro y muere entre sus ruedas, para mantenerlos abiertos en la foto de
familia; la mosca que entra en la boca del niño muerto en el pajar; la mortaja
de la abuela a la que cierran la boca abierta); el despertar de la sexualidad
muy presente en la segunda historia (la obsesión de Erika por el muñón de su
tío, por el sudor de su ombligo en el que intenta posar su dedo cuando duerme)
y en la tercera historia (Angelika que se desnuda ante su primo, o se aproxima
hasta casi rozar a su tío que fuma, o que escapa al pueblo vecino en busca de
marcha), mientras en la cuarta pesa ese pasado que sacude a la adolescente que
duerme entre sus paredes y presiente todos los fantasmas que han vivido entre
ellas.
Trazos poderosos de
poesía visual con influencias de tres grandes maestros del cinema nórdico (de
Ingmar Bergman y Carl Teodor Dreyer, muy presentes en la primera parte, y de
Michael Haneke de La cinta blanca) con escenas que impactan: los padres
de Alma precipitando al vacío a su tío Fritz para que pierda una pierna y no
vaya a la guerra; las siniestras fotos de los muertos que pueblan las estanterías
de la granja; la niña Erika fascinada por cómo la criada Trudi masturba a su
tullido tío Fritz (Filip Snack) que grita por las noches por el dolor de su
pierna amputada; la foto polaroid en la que la rebelde Angelika huye, en la que
queda impresionada como un fantasma, y de la vida, porque desaparece para
siempre.
El sonido de la caída
es un proyecto muy ambicioso y complejo del que sale ganadora esta creativa
directora alemana que construye un universo hipnótico y fascinante. Su película
es una historia coral con infinidad de personajes con los que reconstruye los
cien últimos años de la historia de su país, obviando sus momentos más
traumáticos: el nazismo (deliberadamente no hay una sola mención, seguramente
porque en las zona rurales y apartadas no se sintió su influjo maléfico) y la
partición de Alemania tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial: la granja
es una burbuja aparte del país y al margen de sus vaivenes sociopolíticos.
El río y el enorme patio
en donde tienen lugar las fiestas (que recuerda al de Novecento de
Bertolucci) como espacios temporales de las cuatro historias; las moscas, como
mensajeras de la muerte, y las anguilas, con su simbología sexual; las recurrentes
obsesiones suicidas de las niñas (cuando Lenka bucea y Kaya simula que se ha
ahogado; Angelika abrazada al cervatillo muerto de la era e imaginando que la
rastrilladora de su padre la pasa por encima); el sexo, muy presente en las
cuatro historias, observado con fascinación morbosa y ansiado como fórmula de
adquirir la mayoría de edad, y los
fantasmas (la niña Alma posando exactamente igual que su hermana muerta de la
que es un clon perfecto) son algunos de los nexos de este film perturbador,
exquisito y poético escrito por la propia directora y Louise Peter, con el que
ganaron el premio Thomas Strittmatter, servido en pantalla cuadrada con una
fotografía espléndida y muy experimental del suizo Fabian Gamper que hace un
alarde de virtuosismo en cada uno de los fotogramas.
Esta película río obtuvo
el premio del Jurado en el Festival de Cannes, fue la candidata por su país a
competir por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y la pueden ver,
y disfrutar, en la plataforma Filmin. No se la pierdan.








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