SOCIEDAD / LOS CHICOS DEL PREU

Recuerdo con nombres y apellidos a casi todos los chicos del Preu de letras del Instituto Milá y Fontanals de Barcelona, aunque con la mayoría de ellos perdí todo contacto a lo largo de los años. A Galobart, Farrerons y Núñez, el deportista hijo del profesor de gimnasia, solo por los apellidos. Tampoco es difícil acordarme de todos ellos porque éramos poco más de diez alumnos los que habíamos elegido Letras frente a dos clases de 30 que optaban por Ciencias. Así es que ya, en aquellos tiempos, y hablo de 1967, éramos una ínfima minoría los que nos interesábamos por la filosofía, la historia del arte, el latín o el griego. Ser tan reducido grupo nos relegaba, no a un aula, como las otras clases del instituto, sino a un despacho en el que había una mesa no muy grande alrededor de las que nos sentábamos todos, incluido el profesor. No hacía falta que pasaran lista, claro, y eso nos obligaba, ya que no podíamos perdernos en el anonimato de una clase numerosa, a cumplir con nuestras obligaciones como estudiantes a diario. El ambiente era distendido. El profesor de griego, de cuyo nombre no me acuerdo, era calvo, llevaba gafas y se notaba que no estaba muy a gusto con un traje anticuado y muy usado y una corbata aflojada, y mostraba poco interés, el de mero funcionario, ante nuestras lecturas de La Odisea. El de latín, mucho más cercano, nos envolvía con el humo de su pipa aromática mientras escuchaba nuestras traducciones de la Guerra de las Galias de Julio César o nos oía recitar las Catilinarias de Cicerón. La profesora de Historia del Arte era una matrona que a mí siempre me pareció una reproducción de la prehistórica Venus de Willendorf, casada, eso sí me acuerdo, con el profesor de Ciencias Naturales que se llamaba Candel.


Durante unos cuantos años seguimos una tradición, que luego se rompió, de vernos una vez cada cinco años para saber lo que había sido de nuestras vidas y cómo nos íbamos haciendo adultos. Esas, las vidas de mis compañeros de ese Preu de Letras, de los que guardo grato recuerdo, y a los que he ido siguiendo,  aunque la mayoría de ellos no lo sepan, han tomado direcciones muy diversas, a veces curiosas. Juan Alejandro Míguez Betriú era un tipo tan brillante como divertido cuyo rastro se perdió en alguna isla de Canarias en la que estuvo ejerciendo como docente de Filosofía, su gran pasión. A él le debo agradecer un territorio sentimental en la Sierra del Cadí, el pueblo de Fornols al que fui en repetidas ocasiones, y una novia que me duró un par de años de relación tormentosa que me inspiró la novela “Pubis de vello rojo” con la que gané el premio La Sonrisa Vertical. Él no lo sabe, claro.

Con Benito Martínez Bosch mantuve una buena relación que se diluyó en el segundo año de universidad en el que nuestros caminos se separaron de forma inexorable. Aún, en ese primer año en el que estábamos matriculados en la facultad de Filosofía y Letras, recuerdo un viaje a Mallorca con tres chicas, Agnese, Carmen y Margarita, que se frustró nada más iniciarse,  por la intromisión de un tal Eudaldo (¡vaya memoria la mía!) no bien partimos del puerto de Barcelona, un Romeo con mucha labia y más experiencia que nosotros, pobres pardillos, que se quedó con la más guapa del grupo, Agnese, una rubia preciosa. 

Berenguer Ballester i Bayá ya era independentista antes de que los hubiera, y polemista puesto que, en pleno franquismo, se negaba a hablar castellano con sus profesores y utilizaba únicamente el catalán, lo que provocaba frecuentes altercados, eso lo recuerdo, con el profesor de Griego. Le perdí el rastro cuando hubo de exiliarse a Francia, creo que aún sigue allí, como miembro del Ejercito Popular Catalán, el grupo que asesinó al alcalde de Barcelona Joaquín Viola y su esposa y al industrial José María Bultó. Trabajaba como periodista en Radio Arrels en la Catalunya Nord y sigue aferrado a sus ideales independentistas y catalanistas. 

Salvador Mas Conde ya era, por aquel entonces, apasionado de la música y recuerdo haber disfrutado algún concierto de piano en su casa de la Plaza Lesseps. Éramos amigos antes de llegar al Preu porque coincidíamos en el autobús 21, que pasaba por Gracia, nuestro barrio, y nos dejaba enfrente del mismo instituto. Nuestras conversaciones, cuando íbamos de pantalón corto, versaban sobre las chicas y lo complicadas y diferentes que eran a los chicos. Ha sido director de la Ópera de Maguncia, de la Orquesta Ciudad de Barcelona, Orfeón Catalán, Orquesta Filarmónica de Würtemberg, Orquesta Sinfónica de Limburg y la Orquesta de Cámara de Israel. Perdí la ocasión de saludarlo cuando era director de la Orquesta Ciudad de Granada y yo residía en la única ciudad del mundo que entierra  sus ríos y mata a sus poetas, según Enrique Morente. Me inspiró un relato, inédito, que espero vea la luz pronto, “Los desencuentros”. Tengo la impresión de que ya no vamos a encontrarnos., como sucede en ese texto. 

Con Salvador Badía Capdevila, que ya era alto como una torre, redactaba un boletín cultural que imprimíamos en ciclostil y distribuíamos entre los alumnos del instituto. No sé de qué hablábamos, la verdad. Yo imagino que de cine, porque ya en aquella época dirigía el cine-club del instituto en el que creo solo llegamos a proyectar “El motín del Caine” de Edward Dmytrick con Humphrey Bogart atormentado capitán del barco, en una copia curiosa, en blanco y negro cuando el original era en color, que no sé de dónde saqué. Con Salvador, que es psicólogo de ABAST, realiza viajes solidarios a Nicaragua con cierta frecuencia y me envía unas crónicas excelentes de ese país convulso, que yo le digo que debería publicar en un libro, mantenemos cierta relación, nos vemos de vez en cuando, ha ido a alguna de mis presentaciones y hasta se subió al festival que organizamos en el Valle de Arán. Ya era un buen tipo y lo sigue siendo. 

Con Ramón Codina Mir, invidente y aficionado al piano (las primeras reuniones de los chicos del Preu de Letras las hicimos en su enorme piso de Vía Layetana y él siempre nos obsequiaba ejecutando una pieza en su piano de cola), la relación se ha mantenido durante todos estos años. Yo le he visto encanecer. Él se lo imagina con respecto a mí y le doy algunas pistas como que desde hace muchos años me he dejado crecer una barba plateada. Nos vemos con harta frecuencia cuando publico algún libro, es decir, casi cada tres meses últimamente, se sienta entonces en primera fila con su mujer Montserrat, que nunca se separa de él, y pone en marcha el magnetófono para grabar todo lo que digo. Me dice que unos cuantos libros míos están en la biblioteca de la ONCE, algo de lo que me congratulo. 

Pau Riba pasó por nuestra clase como una exhalación, visto y no visto. Ya iba con sus características sandalias, perilla y el pelo largo y rizado. Cuando entró por primera vez en clase (hay que tener en cuenta que todos los demás éramos muy formales y vestíamos con traje y corbata) nos chocó su atuendo hippie y su comportamiento excéntrico, pero los profesores, en las pocas clases a las que asistió (quizá una semana y luego desapareció, imagino que para iniciar su fulgurante y brillante carrera musical) lo tenían en alta consideración por ser nieto de quien era: el poeta Carles Riba. No quiero ocultar que si los protagonistas de “Brother” se llaman Caín y Abel es porque los hijos del compositor de “Noia de porcelana” responden a esos nombres. Él se acaba de ir y esa es la razón de que me acuerde, en estos momentos, de los chicos del Preu de Letras: fantasmas en mi memoria. 


BROTHER
Un viaje al lado oscuro
de la sociedad
norteamericana






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