CINE / MARTY SUPREME, DE JOSHUA SAFDIE
Nunca hay que ir
predeterminado al cine. O sí, y la agradable sorpresa puede ser aún mayor por
inesperada. No me gusta como actor Timothée Chalamet, hasta ahora, y verlo de
héroe en Dune me rechinaba, aunque asumo que su físico infantil pueda
hacer estragos entre las jovencitas de hoy en día que ya no buscan el macho
metrosexual de antaño, de anteayer mismo: Brad Pitt y George Clooney ya son
dinosaurios, asumámoslo. Una película sobre un as del ping pong, a pesar de que
me encanta practicarlo como jugador mediocre que soy, pues tampoco me parecía
un argumento estimulante para pasar más de dos horas en un cine. Así es que
miel sobre hojuelas por haberme acercado escépticamente a ver esa más que
excelente película de Joshua Safdie, biopic sobre el campeón de ping pong Marty
Reisman, la mejor entre las aspirantes, de lejos, a los Oscar de Hollywood.
Chalamet
produce, a su medida, una película que le catapulta su carrera como actor, pues
hay que decir que su interpretación es más que sobresaliente en su encarnación
de ese as del tenis de mesa, un buscavidas en toda regla, vendedor de una
modesta tienda de zapatos neoyorquina que se propone, al precio que sea, y a
veces tan insoportable como los golpes
en el culo con una pala de ping pong que recibe por parte del odioso magnate Milton
Rockwell (Kevin O’Leary) para que le lleve en su jet privado al campeonato de Tokio,
ser campeón de ping pong: hasta 22
títulos llegó a acumular sobre sus espaldas alguien que estuvo compitiendo
hasta los 67 años.
Joshua Safdie (Nueva
York, 1984), el director de esta maravilla cinematográfica que se mueve con
soltura entre la comedia y el drama, recrea
a la perfección el ambiente de su ciudad en los años cincuenta; retrata con
precisión esos antros cutres y llenos de humo en los que Marty Reisman se
ganaba los dólares fingiendo ser un jugador mediocre de ping pong para luego derrotarlos
a todos cuando estaban confiados y desplumarlos; nos muestra las fórmulas que
ideó el buscavidas con cara de crío para enfrentarse al campeón japonés del
mundo después de haber sido eliminado por él en Estados Unidos; su obsesión por
acostarse con la rutilante actriz de Hollywood Kay Stone (Gwyneth Paltrow),
pareja del odioso Milton Rockwell —es, también, una forma de venganza— con un
sinfín de artimañas, que finalmente accede a tenerlo en su cama casi por
agotamiento; su relación con una pobre muchacha de barrio, Rachel Mizler
(Odessa A’zion), casada con el bruto Ira Mizler (Emory Cohen), a la que deja
embarazada; y, finalmente, su luminosa paternidad, broche de oro humano de ese
joven que parecía que solo vivía para el tenis de mesa.
Marty Supreme
está extraordinariamente bien rodada de principio a fin, sin baches, siguiendo
el perfecto guion, modélico, del propio director. Traslada Joshua Safdir el
vitalismo, a veces agotador, de su hiperactivo protagonista a la pantalla; nos
tiene pendientes de esas pelotas que van y vienen rebotando y haciendo
malabarismos imposibles sobre las mesas, en partidas de ping pong que adquieren
categoría de épicas, como la que se desarrolla en Japón, sencillamente genial; hipnotiza
en sus más de dos horas de metraje vertiginoso que no decae ni un segundo porque
lo trufa con un sinfín de divertidas anécdotas que enriquecen la peripecia de
ese personaje y lo convierten en un ser carismático: Marty huye por las
ventanas de sus perseguidores, se desliza por las escaleras de incendios, se
cuela en casas de amigos a altas horas de la noche porque no tiene en donde
dormir: su vida es un caos, pero sale de todos los embrollos milagrosamente.
Basculando entre la
histeria, cuando tiene desesperadamente que reunir dinero para viajar a Tokio y
cumplir su sueño de enfrentarse al campeón del mundo, y la ternura, la película
tiene muy conseguidos gags de humor, muy negros por cierto, cuando entra en
escena un impagable Abel Ferrara en papel del gánster Ezra Mishkin que ha
perdido a su perro, y ahí se produce un fogonazo, literal y nunca mejor
dicho, de cine negro.
Marty Reisman, un judío
que se permite, por el hecho de serlo, hacer bromas sobre el Holocausto, el protagonista
absoluto que fagocita todas las secuencias en las que aparece, prácticamente
toda la película, es un funambulista que camina por la cuerda floja, fracasa
una y otra vez, cae y se levanta, incansable al desaliento y obsesionado por
alcanzar su objetivo: encarna ese sueño americano, cada vez más lejano y
utópico, de que todo es posible en Estados Unidos si uno le echa redaños a lo
que quiere, la fábula del vendedor de periódicos que llega a ser presidente que
se ha trastocado en la pesadilla del empresario multimillonario que llega a la
Casa Blanca.
La película es lo mejor
que ha dado el cine americano en este año aciago marcado por la barbarie, una
demostración de creatividad, buen pulso y corazón. Al tanto con las lágrimas de
Marty Resiman cuando ve a su hijo recién nacido, porque son contagiosas, y
encaja esa secuencia con la primera del film: la carrera de esos espermatozoos
por fecundar un óvulo femenino después de que Marty le haya hecho el amor a
Rachel en el destartalado almacén de la zapatería en la que trabaja, entre
montañas de cajas. Ese es el más grande triunfo del vendedor de zapatos
convertido en el mejor jugador de ping pong del mundo: su paternidad. La cara
de embobamiento de Timothée Chalamet (bigotito de adolescente imberbe, gafitas,
acné en las mejillas) cuando la enfermera saca de la cuna al hijo que acaba de
tener y se lo enseña a través de los cristales es el broche de oro de un film
redondo. Puñetazo de optimismo, humanidad, buen rollo y buen cine el que nos regala
Joshua Safdie.










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