LITERATURA / KUKLINSKI, DE ERNESTO MALLO
El argentino Ernesto
Mallo (La Plata, 1948) aparca, por un momento, a su Perro Lascano y Buenos
Aires para viajar al Estados Unidos de los años setenta y seguir el rastro
sangriento de Richard Kuklinski, el asesino del hielo, quien está
considerado el mayor asesino en serie de la historia criminal y se atribuye más
de doscientos crímenes ejecutados por sus propias manos y de las más diversas
maneras. A uno lo había seguido desde que salió del refugio en el Bowery.
Como estaba recién bañado, lo estrangulé bajo el puente Williamsburg. A otro lo
degollé; a un pelirrojo alto y delgado le clavé un picahielo en la frente.
Ernesto Mallo podría
haber escrito un ensayo sobre ese monstruo, con la información que dio en
presidio en las muchas entrevistas que concedió (era un narcisista de manual,
también) y los análisis clínicos de los psiquiatras que lo trataron, pero
prefiere construir una novela sobre ese peculiar personaje que se atribuye,
entre otras hazañas, el asesinato del sindicalista Jimmy Hoffa— Murió en el
acto, lo metí en el maletero y conduje hasta New Jersey, donde una prensa
hidráulica compactó el coche y Hoffa con él. Me hizo gracia que un líder
sindical pasase a formar parte de un auto japonés—. Nunca sabremos si ese
crimen de la mafia lo ejecutó Richard Kuklinski o fue fruto de su inventiva
(véase El irlandés de Martin Scorsese). La cárcel es un gran
mentidero. Aquí, el perro salchicha se jacta de un pasado de gran danés. Pero
Kuklisnki, incluso por sus dimensiones y su fuerza descomunal, era un gran
danés.
Mallo indaga en una
infancia brutal, sin ningún rasgo de amor por parte de su madre Anna y su padre
Stan— Pero no hay más infierno que este, del que Stan fue el principal
demonio y yo su ilustre discípulo. — , en donde la violencia se normalizó
de tal modo — Con aquel palo de escoba que no pudo detener a Stan, Ana
descargaba su ira contra mí, le diera yo motivos o no. Stan tenía a Anna para
desahogar su mierda, Anna me tenía a mí. Yo no tenía a nadie. — que ese
niño Kuklinski, que ya apuntaba maneras (experimenta con el dolor animal quemando
un gato por simple placer) sufrió y fue el laboratorio que lo convirtió en un
asesino precoz. Que se destruyeran entre ellos era lo mejor que podía
suceder. Y es en la infancia donde se forja el monstruo que será.
La primera parte de la
novela de Ernesto Mallo, escrita en primera persona, es una especie de diario
confesión de las hazañas de su protagonista. Para Kuklinski no hay más código
ni más poder que la violencia. Yo siempre supe qué hacer con mi odio. Nací
dañado, herido, sabiendo que las heridas están mejor en los otros que en mí. Cuando
se entrena como boxeador, su preparador lo coloca ante su espejo: “Muchacho,
tú no eres un boxeador” —me dijo—, “eres un asesino”. Me definió en tres
palabras. La cosa más importante en la vida, creo, es saber quién es uno.
Con la misma frialdad
espantosa que el asesino de hielo perpetra sus numerosos crímenes, Ernesto
Mallo narra esa carrera criminal a la que puso fin, después de treinta años—
Ahora estoy acabado, miro la puerta de acero por la que entré y por la que solo
muerto habré de salir. —, el policía Pat Kane que cobra protagonismo en la
segunda parte de la novela.
Kuklinski,
no solo está extraordinariamente bien escrita, sino que mantiene al lector
atrapado en una espiral de maldad incomprensible para un ser normal. El
monstruo cobraba por cada muerte que perpetraba: En aquel trabajo habían
muerto cinco personas por un botín de cincuenta mil, a diez mil por cadáver,
fue un negocio ruinoso. El asesino del hielo era (murió en presidio y no se
sabe si de muerte natural) un psicópata de manual, carne de psiquiatra, cuyas
habilidades fueron explotadas por la mafia que lo tenía a sueldo como
sicario. Para mi sorpresa, vi que aún
le quedaban algunas respiraciones. Agonizaba. Me bajé, cerré la puerta, metí la
pistola por la ventanilla y le disparé a la cabeza. Un monstruo que, sin
embargo, se casó, tuvo una mujer y dos hijas que, en teoría, nada sabían de sus
andanzas criminales— Yo creo que las mujeres siempre saben todo de sus
maridos. Puede ser, pero muchas veces eligen no saber, dice Pat Kane, su
apresador—, aunque lo podían sospechar por su comportamiento irascible hacia su
mascota, sin ir más lejos: Richard retira el pie, el perrito yace muerto,
sus ojos reventados, los sesos esparcidos alrededor. Bárbara y las niñas están
paralizadas por el horror.
Kuklinski, tan
inteligente como corpulento, mataba por el placer de matar, — No hay placer
comparable a la sensación de dar la muerte. El sexo tal vez, pero no siempre. —como
afirma a lo largo de la novela en numerosas ocasiones. Un asesino que cuando
está de vacaciones con su mujer y sus hijas sigue matando, aunque nadie le
encargue hacerlo, porque es un adicto de la sangre: En el tiempo de ocio, no
mata por encargo, mata por placer. Y se cobra tres víctimas aleatorias.
Ernesto Mallo nos lleva
con su narración a la parte más oscura del ser humano. Yo no mataba para
robar, robaba para matar. Su asesino mata de forma irracional. Este es
un tipo al que me hubiera gustado matar, pienso, en su mirada leo que él
percibe mis sentimientos. La comunicación, cuando es sincera, no necesita
muchas palabras. En realidad, el mayor asesino en serie de la historia de
Estados Unidos era un esclavo de sus pulsiones homicidas, necesitaba matar como
el normal de los mortales respirar: Matar lo alivia, lo calma, le quita esa
especie de vértigo interior que no deja traslucir pero que está siempre dentro
de él. Kuklinski es un cazador que no reprime sus instintos. En la
mentalidad obtusa de los policías no cabe la idea de que alguien pueda matar
por placer, como los cazadores.
Si algún rasgo humano hay
en semejante personaje podría ser que el de que, según alardeaba, jamás asesinó
a mujeres ni a niños y que todos a los que mató merecían la muerte que les
aplicó. Kuklinski, piensa, es como un elemento químico que actúa por
presencia envenenando todo cuanto lo rodea, reflexiona Pat Kane, el policía
que lo retiró de la circulación.
Sumérjase el lector en una
trama adictiva que evita el morbo y huye de lo gore, cuando hubiera sido muy
fácil sucumbir, y viaje al epicentro del mal si tiene suficiente valor para
hacerlo, y hágalo porque, me atrevería a decir, que Kuklinski es la
mejor novela de Ernesto Mallo.
Una radiografía de la América profunda a través de dos hermanos condenados a enfrentarse, Caín y Abel Brother, una mantis seductora, Eva Blondie, y un padre enloquecido, God /Dog Brother. Un viaje a la parte más siniestra de Estados Unidos.
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