SOCIEDAD / LO DEL TITANIC Y EL TITAN


 

Resulta una luctuosa paradoja que el Titan, ese minisubmarino capaz de adentrarse en los abismos del mar, haya implosionado junto al pecio del Titanic. Bajar a esas profundidades es un capricho de multimillonarios ávidos de emociones fuertes que ya han decidido no subir al Everest porque tienen que hacer cola y pedir la tanda. Pero bajar a casi cuatro mil metros no es lo mismo que tirarse en el Dragon Khan, que también es una experiencia fuerte aunque esté controlada. Aquí han muerto, además de los trabajadores de la empresa Ocean Gate que organiza esos viajes con pocas garantías, el hijo de un multimillonario, un padre más que irresponsable por arrastrar a su vástago a esa aventura con final letal.

 


En el naufragio del Titanic, como todos recordarán, hubo una lucha de clases de la que en el presente parece que se ha olvidado. Los de primera subieron a los botes. Los de tercera, se ahogaron. Ya estaba establecido por entonces que no todas las vidas, ni todas las muertes, eran iguales. Quien tenía más dinero compró con su billete un salvoconducto a la salvación. Además, en el Titanic, la separación entre clases se hizo muy visible: los de primera tenían hasta salas de baile, disfrutaron de exquisitas veladas musicales y extraordinarios ágapes gastronómicos, mientras los de tercera viajaban hacinados en la bodega del barco, sin ventilación, capiculados como en una lata de sardinas, un poco mejor que los esclavos negros que eran cazados en África y transportados en barco a América unos cuantos años antes.

 


Sorprende la cantidad de recursos y tiempo que se han empleado en intentar rescatar ese batíscafo que seguramente implosionó el primer día y de ahí que se perdieran las comunicaciones. Barcos, aviones, minisubmarinos rastreando una amplia zona a la búsqueda de cinco personas atrapadas en las profundidades del mar por capricho propio. Como casi ha coincidido esa tragedia con la catástrofe del barco que se llevó a la fosa común  del Mediterráneo nada menos que a unas setecientas personas, las comparaciones son odiosas y las diferencias tan lacerantes como las de los pasajeros del Titánic. A los parías que soñaban llegar a la tierra prometida de Europa, pagando cantidades astronómicas por viajar hacinados en la bodega del barco las mujeres y niños y los varones en cubierta, prácticamente nadie los buscó, los dejaron ahogar, y lo peor del caso es que esa tragedia espantosa la asimila la humanidad con una tranquilidad pasmosa porque no hay foto del centenar de Aylanes que viajaban en ese cascarón atestado y se los han comido los peces. El Mediterráneo ya es como el río Ganges, por donde corre más muerte que vida.

 


Digamos de una vez por todas que las políticas migratorias de la Unión Europea son criminales, que los palos en las ruedas que se ponen a todas las organizaciones que vuelcan sus esfuerzos por salvar a náufragos en el Mediterráneo, son criminales, que gobernantes como Meloni en Italia u Orban en Hungría son criminales que no merecen formar parte de ese club nada selecto que admite a cualquiera.

 


Los más de setecientos inmigrantes sin nombre que se ahogaron en un barco sin nombre ante la indiferencia del mundo son los que iban 111 años antes en las bodegas del Titanic, ese pecio al que unos multimillonarios con nombre y apellidos querían acercarse por mero capricho. La sociedad ni avanza ni evoluciona. 



Literatura y vida, honestidad y farsa, verdad y ficción, son algunas de las cuestiones que aparecen de manera clara y valiente en la novela, a las que el protagonista se enfrenta, bien a su pesar, con más torpeza que pericia, y a las cuales José Luis Muñoz quiere aproximar también al lector para que, de alguna manera, recoja, comparta o rebata las reflexiones que el bueno de Mankel va elaborando acerca de los diferentes elementos que conforman el hecho literario. “La soledad de Hans Teodore Mankel” es, me atrevo a decir ―a pesar de que siempre he evitado decir a nadie lo que tiene que hacer―, una novela que todo aquel que participe de alguna manera en la farándula literaria debería leer, aunque más allá incluso de eso y más importante aún, he de decir que José Luis Muñoz nos ha regalado una vez más una gran novela y una magnífica pieza literaria. 
CARLOS MANZANO en CULTURAMAS

 



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