CINE / ROMERÍA, DE CARLA SIMÓN
La cineasta catalana
Carla Simón (Barcelona, 1986) se ha ido construyendo una sólida filmografía que
gira alrededor de su ámbito familiar, cine de sanación personal podríamos llamarlo.
El trauma de haber perdido a sus padres a muy temprana edad a causa de su
drogadicción y el sida, es el eje sobre el que pivotan todas sus películas. Su
forma de hacer cine, que a veces llega al espectador, y otras no, parte de un
naturalismo muy personal que con frecuencia parece la obra de un aficionado al
cine que tiene por primera vez una cámara en sus manos y quiere contar una
historia y no sabe bien cómo. Carla Simón hace del amateurismo estilo.
La directora de Alfarrás,
película que confieso no pude ver entera por absoluto aburrimiento, viaja a
Vigo con esta historia que versa sobre la estancia de su padre en esa ciudad
gallega, y lo hace a través de su alter ego Marina (Llúcia García Torras), la
joven que quiere conocer a la familia paterna, la relación que tuvieron con su
padre antes de morir y saber quién era realmente su progenitor. Romería
es pues un viaje iniciático a ese núcleo familiar que nunca existió.
La película de Carla
Simón tiene un arranque muy lento y caótico, parecen sus escenas sacadas de un
video doméstico de cualquier cena o boda, y solo empieza a tener entidad
dramática, e interesar, a mitad de su metraje cuando la joven Marina empieza a
percibir por parte de su abuelo (José Ángel Egido), y sobre todo su abuela
(Marina Troncoso), que su padre era la oveja negra de su conservadora familia
que ocultó su enfermedad terminal, SIDA, y se avergonzaba de él hasta el punto
de tenerlo oculto. Cuando la joven hija de ese padre que no ha llegado a
conocer se enfrenta a esa familia que la tiene marginada por ser hija de quien
es y casi no la reconoce como integrante de ella, es cuando la película de
Carla Simón vuela alto, quizá demasiado tarde.
La adolescente Marina se
adentra en el universo de esos padres que no pudo conocer gracias al idilio que
tiene con su primo Mitch. Carla Simón introduce en ese segmento de la película,
el más brillante, imágenes oníricas de esos padres que se amaron de forma
desordenada, cayeron en la droga y la concibieron quizá de forma irresponsable,
y en un plano onírico enfrenta a la joven pareja bohemia con su hija, quizá la
mejor escena de Romería. Esta es la parte más poética de un film
irregularmente concebido.
Con Romería Carla
Simón culmina la trilogía familiar que empezó con Verano de 1983 y siguió
con Alcarrás. Demuestra Carla Simón, a lo largo de ese exitoso periplo
cinematográfico trufado de reconocimientos, ser una directora con voz propia
dentro del panorama nacional, aunque no siempre convenza por el amateurismo
buscado de sus realizaciones y la ausencia de ritmo cinematográfico y tensión
dramática.
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