LITERATURA / LO QUE LA TIERRA CALLA, DE IVÁN BAEZA
Inspirado thriller rural de arquitectura impecable el
que ofrece al lector Iván Baeza, y es
que últimamente ando muy obsesionado con la arquitectura de las novelas, con su
construcción, y esta, además de bien escrita y tener todos los ingredientes
para ser adictiva, tiene buenos
cimientos y es un edificio que no tiene fallas estructurales, y eso a pesar o
gracias de una trama laberíntica en el tiempo pero que no nos hace perder el
hilo, y para los que se despisten ahí está el glosario de personajes al final
del libro, porque la novela del madrileño es un drama coral, maneja el escritor
un sinfín de personajes bien definidos que se caracterizan, casi todos ellos,
por arrastrar más sombras que luces. Y hay un pueblo en el centro, un personaje
más de la novela, sacudido por acontecimientos sangrientos que hacen que se
pierda la calma y se produzca ese efecto llamada cuando el morbo se extiende y
los buitres van a la carnaza: Había más guardias civiles y periodistas en el
pueblo que habitantes.
Un guardia civil que trapichea con droga y es siervo
de un terrateniente; ese terrateniente que organiza orgías prohibidas para
gourmets alemanes sin escrúpulos (Cuando un monstruo prueba la sangre…)
que podrían figurar en la lista Epstein; una guardia civil que va por libre en
la investigación de unas desapariciones conchabada con un escritor con el que
tiene una relación estrictamente profesional; ese escritor sin ideas que
necesita estar inmerso en un hecho delictivo real para empezar a funcionar y
alumbrar un best seller que dé un giro positivo a su carrera estancada (Necesita
una buena novela, una buena historia, es la única forma de que vuelvan a
publicarle las grandes editoriales); un pervertido sexual que se asfixia, o
lo asfixian; una relación incestuosa entre hermanastros; un atraco a un
banco seguido de violación de ese hermanastro que es un seductor nato y la
chantajea (Grabó el vídeo sin mi consentimiento y después me lo mandó con la
intención de chantajearme); ese seductor nato que mantiene una relación
impropia con una menor que no lo parece (Él se había resistido con todas sus
fuerzas, pero Sofía no la había dado tregua / Sancho, que tengo quince años y
tú treinta y dos); una mujer que lo sabe todo en ese pequeño pueblo en
el que suceden muchas cosas; mujeres que no pueden luchar contra sus deseos
carnales (Podía notar como los pezones se le endurecían marcando la seda de
la blusa. Las puntas de unos dedos buscaron el tanga, que pronto le rozó las
caderas y los muslos hasta quedar enredado en sus tobillos); un cura con
flaquezas humanas al borde de su abismo vital son algunos de los personajes de
esta novela con título más que excelente: Lo que la tierra calla. Ella
lo intentaba, lo intentaba, lo intentaba, pero no podía. Era la misma casa, la
misma mesa, los mismos trofeos de caza, aquella misma maldita lámpara hecha de
cuernos, la misma chimenea. Todo la llevaba hasta aquel día en el que Inés,
Sara y Luisa desaparecieron. Y ahí arranca la historia, en el pretérito, todo
eso pasa en un pequeño pueblo de La Mancha en donde todos se conocen, todos
tienen algo que ocultar y el drama de la desaparición de tres niñas muchos años
atrás parece reproducirse con el de dos adolescentes en el presente: En la
sangre de aquella gente aún latía el dolor por la pérdida de las tres niñas
ocurrida dieciocho años atrás.
Iván Baeza estructura su drama rural en torno a una
cena con mal final que se convierte en el vector de esta novela negra cuyas
piezas van encajando a la perfección, y parece labor de relojero suizo que así
sea: un año antes de la cena, quince años antes de la cena, días después de la
cena… Saltos del presente al pasado que nos hacen bucear por esa pequeña
sociedad corrupta hasta las entrañas de la que pocos personajes se salvan
porque a casi todos les pueden pasiones malsanas: Sucumbir a nuestros deseos
más bajos es algo natural. Todos los llevamos dentro desde que somos hombres.
Pueblo pequeño, infierno grande — Esto es un pueblo pequeño y tú, por más
que te hayas casado con Constanza Algaba y vengas a pasar unos días de vez en
cuando, nunca dejarás de ser un forastero, una persona de la que no hay que
fiarse demasiado porque jamás entenderá como es la vida aquí—, como el
desembarco de la periodista Silvia Intxaurrondo en la ficción también con otra
notable novela.
La novela es ágil, trepidante, arrastra. Iván Baeza
narra bien, con una concisión que consigue el efecto buscado: Y, sin saber
por qué, su pie pisó el freno. El cuerpo de Guadalupe se abalanzó hacia delante
y fue detenido por el cinturón de seguridad. Su cabeza sufrió una potente
sacudida mientras el olor a goma quemada penetraba en el interior del vehículo.
/ Los dos se arrastraron hacia abajo, enredados en una madeja de golpes,
arañazos y mordiscos. Los diálogos, tan abundantes como rigurosos, ayudan a
la trama, perfilan los personajes. Hay quiebros argumentales suficientes, pero
no rebuscados como ocurre en otras novelas del género que rizan el rizo. Y casi
termina el autor con una especie de experimento metaliterario en el que el
escritor de la ficción — Jamás hubiera imaginado que él pudiera ser el
protagonista de su propia novela— enmienda la plana de algunos de los
hechos de los que ha sido testigo privilegiado gracias a la amistad con la
guardia civil —La novela que tenía en la cabeza acababa de dar un giro
inesperado que no pensaba desaprovechar— y se toma sus libertades para la
novela que está escribiendo, y presume que será ese best seller que
persigue, y se llama Lo que la tierra calla. Entonces Enrique supo
que la realidad siempre es más fea que la ficción.
Ya hacia el final un toque de atención del autor sobre
sí mismo: Vivimos de robar vidas, sentimientos, desgracias e ilusiones de
los demás. Si lo miras desde esa perspectiva, somos alimañas que se alimentan
de carroña. La desmembramos y la volvemos a recomponer antes de convertirla en
un plato apetecible para el lector. Lo consigue, sin lugar a dudas. ¿A
qué había venido al pueblo? A conseguir una buena novela. Un disfrute
considerable el que nos regala Iván Baeza. Una buena novela que ha sido una de las finalistas del IV Premio Fernando Marías.
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