SOCIEDAD / LA SERPIENTE ASOMA EL HOCICO EN CEUTA
La crisis migratoria de
Ceuta está durando demasiado y se está enquistando de una forma muy peligrosa.
Por una parte hay una pésima gestión del gobierno que, a veinte días de esa
invasión, como parte de una guerra híbrida que desde hace años mantiene
Marruecos contra España, no ha solucionado el problema y, por otra parte está
el bloqueo permanente del PPVOX a cualquier iniciativa del gobierno que pueda
aliviar a los ceutíes que están soportando una situación extraordinaria, y
hablo fundamentalmente del traslado de esas quinientas niñas especialmente
vulnerables que se niegan a acoger comunidades que, como la de Ceuta, están
gobernadas por la derecha. Mucho enarbolar la bandera de España y hablar de la
españolidad de Ceuta, pero a la hora de la verdad los compañeros de partido se
desentienden de ese trozo de España enclavado en territorio marroquí.
Todos los analistas
coinciden en quien está detrás de esa invasión de ochenta mil personas que
cruzaron a nado la frontera el 30 de julio de 2026, y que el gobierno elude
señalar por razones diplomáticas que no se entienden: Marruecos. Y no solo
Marruecos sino, por ende, Israel, que mantiene una muy cordial relación con el
reino alauita que en ningún momento ha condenado el genocidio de Gaza de sus
hermanos musulmanes y, por supuesto, Estados Unidos, obsesionada con España y Pedro
Sánchez porque se atrevió a plantarle cara. Israel, a través del Mossad,
asesora y entrena el DGDE marroquí, el equivalente a nuestro CNI, un dato a
tener en cuenta, y para Estados Unidos Marruecos es un socio mucho más fiable
que España.
En las últimas 48 horas,
la situación en Ceuta, y en parte coincidiendo con la visita de José María
Aznar que ha ido allí única y exclusivamente a echar leña al fuego, la crispación
se ha elevado muchos enteros y hemos asistido a hechos muy preocupantes como
manifestaciones violentas y de claro signo xenófobo (y manipuladas por la
extrema derecha y su grito de guerra “Pedro Sánchez, hijo de puta” al que nos
tienen acostumbrados) que han terminado arrasando los precarios campamentos de
los migrantes en la playa, los han incendiado con sus escasas pertenencias y han
impedido el acceso de la Cruz Roja que les llevaban alimentos, agua y medicinas.
Por un momento, salvando las distancias, la actitud de esos manifestantes se
parecía mucho a la de los colonos israelíes con los gazatíes.
Pobres contra más pobres todavía
que se han jugado la vida, y 160 la han perdido, nadando hacia un quimérico
Occidente que los rechaza porque el virus del odio, como el de la ignorancia,
es de los que más rápidamente se propagan. Pobres que piensan que esos que
duermen en las calles de Ceuta y ocupan sus playas (porque les vedan el acceso
a los polideportivos en donde estarían en mejores condiciones hasta que se
resuelva su expulsión o no) son sus enemigos naturales y responsables de su
precariedad. Pobres que han perdido la memoria de pertenencia de clase y dirigen
su ira contra los que llegan después de ellos.
Uno se pregunta por qué
un país que fue tan solidario con los refugiados de Ucrania y acogió a nada
menos que 350.000 de ellos, no es ni siquiera capaz de hacer lo mismo con 500
niñas. La respuesta es clara: puro racismo. ¿Molestan los migrantes, la mayor
parte de los cuales se integran en nuestra sociedad porque vienen para
trabajar, más que los casi cien millones de turistas que recibimos que alteran
nuestras ciudades, las toman al asalto y nos expulsan, literalmente, de ellas
porque ocupan viviendas en las que antes vivíamos los locales? ¿No son los
ricos expatriados que vienen de países europeos, un millón y medio de personas,
con un nivel de ingresos muy superior al nuestro y que teletrabajan desde
nuestras ciudades, los que hacen subir el precio del alquiler de las viviendas
y el de los bienes de consumo en general? Pero a todos esos no los rechazamos,
los recibimos con los brazos abiertos porque sufrimos de aporofobia, el rechazo
a la pobreza, que creemos nos puede contagiar los que cruzan desiertos y mares
huyendo de guerras, persecuciones o ausencia de futuro.
En Ceuta la serpiente está empezando a romper el huevo y el gobierno de la nación tiene una enorme responsabilidad en ello por no poner los medios para impedirlo. Los manifestantes de estos dos últimos días, envalentonados y porque pueden y les dejan, han destrozado mobiliario urbano, han prendido fuego a las chabolas de los migrantes y han impedido el paso de un convoy de la Cruz Roja ante la más completa pasividad policial que no ha hecho absolutamente nada para impedirlo. Contrasta mucho, y hay que decirlo muy alto y claro, la contundencia que emplean las fuerzas de orden público cuando se trata de manifestaciones de izquierda o de independentistas, a los que aporrean (y ahí tenemos el caso de esa profesora jubilada que fue empujada por un agente al que no se le ha expedientado, o la paliza brutal y desproporcionada a un chico por exhibir una bandera estelada) con la connivencia cuando las manifestaciones son alentadas por el PPVOX y se exhiben símbolos preconstitucionales. Marlaska es un ministro cuestionado desde hace mucho tiempo que debería dimitir por no controlar unos cuerpos de seguridad que están infiltrados por simpatizantes o militantes de extrema derecha en los que la sociedad no confía porque actúan con absoluta parcialidad. La conducta de algunos ceutíes violentos contra los migrantes que llegaron a nado, y a los que les niegan el pan y la sal, no puede saldarse con meros lamentos sino con acciones contundentes y detenciones a los promotores de los disturbios, y eso no se va a producir porque este gobierno, mal que nos pese, no puede gobernar porque tiene a todo el estado profundo en contra y no controla absolutamente nada. Y el gobierno progresista es el principal responsable de que las cosas estén así porque en los casi ocho años que gobierna no ha hecho nada para revertir esta situación.
"Una epopeya americana /
Libertad" es mi ajuste de cuentas con la sociedad norteamericana, la
novela negra que más profundiza en ese sector marginal de la sociedad blanca
que se ha sentido relegado por las minorías raciales y sexuales, lo que se
conoce como trash white (basura blanca), uno de los caladeros de votos de ese
nuevo fascismo que conocemos como trumpismo, antisistemas que nunca han votado,
porque desconfían de las elite de Washington, pero la novela es también una
novela negra, que sumerge al lector en el lado más oscuro de una sociedad que,
como sus gobiernos, se sirve de la violencia para dirimir sus diferencias, y un
viaje a ese inmenso y hermoso país que me genera al mismo tiempo amor y
odio.
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