LITERATURA / LA COSECHA DE HIELO, DE SCOTT PHILLIPS
Scott Phillips (Wichita,
Kansas, 1961), librero y fotógrafo antes de convertirse en escritor, es un autor
norteamericano que llegó apadrinado de la mano de James Lee Burke, su maestro
literario. Con la novela que nos ocupa, La cosecha de hielo, su ópera
prima, publicada en el año 2000 en Estados Unidos, y en 2025 por una de las
mejores editoriales de género negro de nuestro país, sino la mejor, Sajalín,
hizo doble carambola: ganó el California Book Awards y vio cómo se llevaba al
cine con un buen reparto encabezado por John Cusack y Billy Bob Thornton,
dirigida por Harold Ramis y con guion de Robert Benton, el de Kramer contra
Kramer. Miel sobre hojuelas.
Con un estilo lacónico, fraseado
corto que huye de los adjetivos como de la peste, y manejo impecable de unos
diálogos ágiles que sirven para dibujar a todos y cada uno de los muchos, y
siniestros, personajes que pueblan su novela, Scott Philips narra la agitada
noche de la Navidad atípica de su protagonista—… la Navidad no era Navidad
sino te follabas a alguien a quién acababas de conocer—, la del oscuro
abogado Charlie Arglist, que se mueve por todos los clubes desangelados de
striptease de Wichita (no se sale el autor de su propia ciudad), y asiste como
testigo, y algo más — La cabeza de Gerard estaba a menos de cinco metros de
la punta del cañón. Charlie dudó. “Piensa que es un pato. Un pato inmóvil, con
el pelo rizado y la polla tiesa”. Apretó el gatillo y el arma se disparó.—,
a una serie de asesinatos mientras va barruntando como quedarse con la pasta de
su jefe mafioso y huir de la ciudad para darse la gran vida, y todo ello en ese
plácido día de paz, veinticuatro horas frenéticas, con la nieve cayendo como
fondo idílico, y las familias reuniéndose alrededor del árbol de Navidad para
cantar villancicos y abrir los regalos.
Francie ya se había
quitado el tanga y estaba acuclillada torpemente, muy concentrada, intentando
coger un billete de cinco dólares con los labios mayores de la mano paralizada
de Culligan. Scott Phillips describe a la perfección el
ambiente sórdido de esos antros que están abiertos toda la noche y en donde
bailan con indolencia chicas desnudas en el escenario que sirven de decorado
carnal para las transacciones ilegales que tienen lugar ante sus narices y
sobre las que es prudente no husmear. Culligan estaba allí para apreciar el
arte de Rusti, una chica regordeta y pelirroja de veinte años con un ojo a la
funerala y peinada a lo Farrah Fawcett. Sobre su pezón izquierdo revoloteaba un
tosco tatuaje azulado de un pájaro, y las palabras Free Bird le rodeaban el
derecho mientras bailaba a su habitual ritmo, lento y lánguido, pasando como
siempre del tempo de la canción que sonaba en la máquina de discos.
Hay violencia seca,
despiadada, rasgos de humor tan disolvente como la sosa caustica — Dottie
estaba sentada en un extremo de la larga mesa, frente a su marido, y repartidos
alrededor de la mesa había cinco nietos somnolientos y malhumorados, dos
mujeres de mediana edad y un solo yerno rechoncho, el único elemento móvil del
retablo, pues no paraba de mover el tenedor frenéticamente del plato con tarta
a la boca y viceversa.—y una inmejorable técnica narrativa para describir esa
noche interminable en la que la sangre se mezcla con la nieve caída y nos
retrotrae a los mejores autores americanos del género, a los James Thompson,
James Cain y Mac Behm: La cara ensangrentada, con la boca y los ojos
abiertos en lo que podía interpretarse como una expresión de sorpresa, era la
de Deacon. Porque en esa noche larga y movidita hay muchos ajustes de
cuentas y algunos se llevan sorpresas nada agradables.
Hay pasajes, como la
muerte de una de las femme fatal Renata (en la versión cinematográfica
la bellísima Connie Nielsen) que pueblan La cosecha de hielo, que parecen
directos herederos de secuencias cinematográficas, porque la novela de Scott
Phillips resulta muy visual, podría ser perfectamente un guion. Renata se detuvo junto a la chimenea y volvió
la cabeza para mirar hacia el cuarto de baño. Charlie levantó la pistola. Y aun
así era una mujer preciosa. Su cutis parecía más suave que nunca. Era casi
dulce.
Charlie Arglist, el
protagonista, casi siempre pasivo testigo, pero, a veces, elemento activo de
las fechorías que tienen lugar, es un cínico sin escrúpulos, padre y exmarido a
su pesar, al que uno de sus colegas le suelta a bocajarro: ¿Qué tal la
Navidad? ¿Has visto a tus hijos y toda esa mierda? En este insólito día de Navidad,
desmitificado en todos sus aspectos (cruda violencia y sexo, porque el mundo
del delito no entiende de fechas sagradas), ese abogado poco recomendable y
heterodoxo piensa en cómo despedirse de su ciudad, además de quedarse con el
botín de su jefe: Volvió a notar el comienzo de una erección. ¿Qué le estaba
pasando? Quizá el hecho de estar a punto de abandonar la ciudad lo ponía
cachondo, tal vez la necesidad sociobiológica de dejar en ella parte de su
código genético antes de marcharse.
Bautismo de sangre el del
protagonista. Antes de esta noche nunca había matado a nadie, y ahora había
matado a dos personas. A tres si contaba con que había ayudado a Dick a matar a
Roy Gelles. Digamos que dos y media. Scott Phillips no se sale de los
cánones de la novela negra norteamericana, porque no hace falta, para
ofrecernos una historia ochentera tan magnifica como dura y divertida que se
devora con rapidez. La cosecha de hielo huele a añeja, y aquí el
adjetivo es un cumplido.
UN VIAJE DE PESADILLA A
LA AMÉRICA PROFUNDA
sinopsis







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