LITERATURA / NUESTRA PARTE DE NOCHE, DE MARIANA ENRÍQUEZ
No siempre un buen escritor resulta ser un buen novelista. Para construir una novela se necesitan nociones de arquitectura, literaria, por supuesto, pero arquitectura. E hilo narrativo, también. Incluso, diré más, un escritor mediano puede ser un aceptable novelista si arma su historia con coherencia y atrapa con su trama al lector. Se me ocurren dos nombres de escritores excelentes, y magistrales cuentistas, Borges y Cortázar, que no fueron (Borges ni lo intentó) buenos novelistas.
Todo esto viene a cuento
de Nuestra parte de noche, el último premio Herralde, de la argentina
Mariana Enríquez de quien Anagrama ya había publicado los libros de relatos Los
peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego. Nuestra
parte de noche tiene mucho de Borges, si extraemos de la presunta novela
una serie de fragmentos narrativos que podrían funcionar como relatos
magistrales, pasado por Lovecraft. Siempre había cazado entre los
abandonados y ahí, en el norte, en la frontera, tenía un coto ideal de gente
pobre, olvidada, tan desamparada que ni siquiera recurría a las autoridades si
les faltaba un hijo o un hermano. Y desde hacía años, además, contaba con los
secuestrados que sus amigos militares le entregaban. Reina en las más de
600 páginas de esta novela un gusto de la autora por el horror y lo siniestro —
Habían mutilado su cuerpo y habían usados su cabeza para rituales—en un
libro que, sin embargo, escapa de las normas genéricas, y de la construcción
novelística, también.
Mariana Enríquez (Buenos
Aires, 1973) habla de la infausta dictadura argentina, lo horrísono en sí mismo
sin necesidad de ir más lejos —Una de las tantas chicas asesinadas por los
militares y arrojadas a los ríos, los ojos comidos por los peces, los pies
enredados en la vegetación, sirenas muertas con el vientre lleno de plomo—y
lo fusiona con una especie de realismo mágico en donde anda una extraña
organización con rituales sanguinarios, la Oscuridad —Y vio cómo la
Oscuridad le rebanaba los dedos primero, después la mano y, enseguida, con un
sonido glotón y satisfecho, se lo llevaba entero— y médiums —El médium
se acercó a ella, la rodeó con sus pasos lentos, y usó tres de sus uñas doradas
para rasgarle la espalda de un zarpazo. La sangre le chorreaba por las piernas
desnudas, le dibujaba un cinturón oscuro: los Iniciados miraban boquiabiertos—
que se comunican con el inframundo. Quizá una novela sobre López Rega, el
Brujo, y la Triple A habría sido más efectiva y tan horrible o más que el libro
de Mariana Enríquez.
Un padre, Juan, y su
hijo, Gaspar, recorren Argentina por carretera, desde Buenos Aires hacia las
cataratas de Iguazú. El padre, homosexual —No tuvo que decirle que se
tragara hasta la última gota, Andrés lo saboreó con una voracidad inquietante.
De todo lo que alguien podía usar para dañarlo, nada era más conveniente que el
semen y Juan no quería dejar un resto en ningún lado—, trata de proteger al
hijo del destino que le ha sido asignado y la madre es un fantasma que murió en
circunstancias poco claras. Toda lo novela es una especie de viaje a ninguna
parte que se estanca, no se sabe bien hacía donde se dirige y se pierde en sus
numerosas digresiones.
Mariana Enríquez crea
atmósferas malsanas —Vio criaturas con los dientes limados de forma tal que
sus dentaduras parecían sierras; vio a chicos con la marca de la tortura en sus
piernas, sus espaldas, sus genitales; olió la podredumbre de chicos que ya
debían estar muertos—, en eso es maestra, pero no consigue coser con
eficacia una historia en donde realismo y fantasía se esfuerzan en ir de la
mano y rechinan. La escritora argentina toca muchos palos en su relato
fantasmagórico —La vibración es lo primero, la casa tiembla: se parece a un
insecto atrapado en una habitación, el zumbido crece cuando se acerca al oído
que escucha, se aleja cuando el insecto se detiene en un rincón o vuela a menor
velocidad o se posa sobre la pared—, llena de fantasmas su largo relato —Los
fantasmas son reales, y no siempre vienen los que uno llama— pero no atrapa
por su dispersión narrativa y falla en la perfilación de los personajes.
Hay apuntes de crítica
política a esas grandes fortunas que se labran a sangre y fuego: ¿Cómo se
hicieron ricos? Lo habitual: saqueo, sociedades con otros poderosos, entender
de qué lado estar durante las guerras civiles y aliarse con políticos
poderosos. Los primeros Bradford llegaron al Buenos Aires en 18 30 o 1835. Y
cierto nihilismo con el cuestionamiento del papel paterno y materno, porque
Gaspar, el protagonista, no tiene madre y su padre es un ausente que no le
protege: Los padres no tendrían que existir, tendríamos que ser todos
huérfanos, crecer solos, que alguien te enseñe a hacer la comida y bañarte
desde chico y nada más. Curiosa resulta la referencia a la larga agonía de
la niña colombiana Omayra Sánchez que fue grabada mientras se hundía
irremisiblemente en el cieno por la erupción del volcán Nevado de Ruíz y parece
haber impactado a la autora que tenía, cuando sucedió, su misma edad: Pero
no apagó y ella también se dio vuelta y se quedó mirando a la nena que
agonizaba en su tumba de barro y mugre, con las piernas atrapadas y los pies
apoyados en la cabeza de su tía.












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