SOCIEDAD / TRUMP NOS FELICITA POR EL AÑO NUEVO
No podíamos empezar mejor
este 2026 que corre el peligro de ser tan bueno como el 2025. Capten mi
siniestra ironía. Donald Trump, como elefante en cacharrería, irrumpe en
Venezuela, la bombardea con una demostración de poderío aéreo (150 aeronaves
entre aviones y helicópteros), suma ochenta víctimas mortales más a su ya larga
lista de asesinatos en supuestas narcolanchas y secuestra al presidente de una
nación soberana que nada absolutamente ha hecho a Estados Unidos salvo venderle
el petróleo. Esa es la postal de felicitación del año que empieza del emperador
del mundo, nuestro nuevo Calígula, tipo campechano que va destrozando el mundo
entre bromas y chirigotas.
No voy a derramar muchas
lágrimas por Nicolás Maduro, que fue una pésima elección de Hugo Chávez y carecía
del carisma de su predecesor. El líder bolivariano ha arruinado su país (bloqueado
por Estados Unidos, todo hay que decirlo, que ha hecho la vida imposible a
Venezuela como lleva décadas haciéndolo con Cuba) y tiene ademanes de payaso
caribeño. Me creo tanto a él como a esa oposición venezolana liderada por María Corina
Machado, el infamante Premio Nobel de la Paz de este año, y su hombre de paja,
dispuestos a entregar el país a Estados Unidos desde el primer momento. Mi
breve estancia en Caracas a principios de este siglo fue suficiente para ver
cómo respiraban los cachorros fascistas de entonces que insultaban desde los
medios de comunicación a Hugo Chávez, pedían abiertamente que lo asesinaran y
despreciaban a sus seguidores llamándoles monos. Y eso lo hacían en una
dictadura, como decían sufrirla. Son los que aplauden ahora en la Puerta del
Sol de Madrid la intervención yanqui, el asesinato de ciento sesenta de sus
compatriotas (si sumamos los ocupantes de las supuestas narcolanchas acribillados
y rematados a las víctimas de este acto terrorista) y la entrega de sus
recursos naturales al vecino del Norte: patriotas de hojalata que no son otra
cosa que traidores vendepatrias que lamen la bota estadounidense.
Estados Unidos ha incursionado
militarmente en un país que nada hostil le ha hecho y ha secuestrado (llamemos a las cosas por su
nombre) a su presidente con la delirante acusación de encabezar el Cartel de los
Soles, introducir droga en Estados Unidos y tenencia de armas (desde cuándo, me
pregunto, es delito tener armas si Estados Unidos promociona precisamente que
todo ciudadano tenga un arsenal en su casa), acusaciones falsas y peregrinas
pero que probablemente sirvan para encerrar a perpetuidad a Maduro (un tribunal
decente lo primero que haría sería cuestionar la legalidad de esa detención).
Venezuela no destaca precisamente por tener drogas sino petróleo, ni armas, que
las produce precisamente Estados Unidos que es el mayor traficante de armas del
planeta. Y petróleo es lo que anda buscando Trump además de controlar su patio
trasero y lastimar los intereses de China, su rival principal, que lo compraba al
país caribeño y no lo pagaba en dólares, algo que hay que subrayar para
entender lo que está pasando. Que Nicolás Maduro amañara las últimas elecciones
es más que probable, pero Venezuela tiene una apariencia de democracia que para
sí quisieran otros países de su entorno: la oposición se manifiesta con toda la
contundencia posible y llena las calles de Caracas sin que se la reprima
policialmente y se presenta a elecciones, aunque estas, presuntamente, sean
luego amañadas (habitualmente una comisión internacional velaba por la limpieza
de los comicios). También Donald Trump dijo, cuando perdió frente a Biden, que
las elecciones en su país fueron amañadas. Ciertamente las cárceles de Venezuela
están llenas de presos políticos como las de Estados Unidos de emigrantes que
llevan décadas trabajando en el supuesto país de las oportunidades, pero el
problema de Venezuela no es una democracia cuestionada sino el petróleo y su
extracción. Es el petróleo, estúpidos, ha venido a decir Donald Trump a los
ilusos que se creían que iba a traer una democracia tutelada a Venezuela, un
petróleo que el régimen chavista no sabe administrar, y eso es muy cierto, y
cuyas ganancias no siempre van al bolsillo de los venezolanos, que hace años
iniciaron su diáspora por millones, sino seguramente a los de sus corruptos gobernantes.
Venezuela es un país fracasado económicamente hablando, como lo es Cuba.
Aun admitiendo que Nicolás
Maduro sea un corrupto, un tirano, un antidemócrata, un dictador, el que lo ha
apresado de forma tan espectacular (nadie duda de la eficacia del ejército
norteamericano como nadie duda de su nefasta sanidad: no se puede tener todo), es
un delincuente condenado en firme (podría haber sido presidente desde la
cárcel), pendiente de juicio por un intento de golpe de estado (alentó el
asalto al Capitolio), sospechoso de ser un pederasta y amigo íntimo del que
controlaba la red, corrupto hasta las cejas (desde que ha llegado a la
presidencia de los Estados Unidos se favorece a sí mismo y a los suyos sin
tapujos), asesino (sin pruebas ha dado órdenes de matar a las tripulaciones de
las supuestas narcolanchas), pirata (asalta petroleros en aguas internacionales
y se los queda), secuestrador y suministrador de armas para que un país,
Israel, cometa un genocidio atroz. Un tribunal imparcial podría sentarlo en el
banquillo con un rosario de acusaciones criminales en su contra. Quizá el
Tribunal Internacional de La Haya debería emitir una orden de búsqueda y
captura contra Donald Trump. Soñemos.
Lo distópico se ha hecho
realidad en muy poco tiempo. Los argentinos eligen a un loco de frenopático;
los chilenos, a un nazi nieto de nazis que alaba a Pinochet; los salvadoreños,
a un dictadorzuelo que ofrece sus cárceles infames al mejor postor; y los norteamericanos
a un papanatas bocazas e iletrado con lenguaje de taberna y tics autoritarios
que está barriendo a los emigrantes de su país, los echa a patadas, los
encarcela (sí, también a esos venezolanos que ahora lo aplauden, ovejas que
lamen la cuchilla del carnicero), persigue por el color de la piel u origen a
ciudadanos norteamericanos, censura los medios de comunicación que lo critican
y tiene a su favor un Tribunal Supremo elegido por él que autoriza todas sus tropelías.
La única virtud que tiene
el actual dictador de Estados Unidos, alguien que, como Hitler, sueña con
abolir la democracia y las libertades de su país, es la sinceridad, la claridad
con que expone sus argumentos. Los cargos por los que ha secuestrado a Maduro
son puro teatro e incluso suenan a algo pactado con alguna facción del régimen
bolivariano que puede haber vendido a Maduro y la sospecha de la traición se
cierne sobre Delzy Rodríguez que ya se está plegando a los designios de quien
ha secuestrado a su presidente. Yo, a lo que voy, es a por vuestro petróleo,
y así lo expresó en su rueda de prensa el multimillonario empresario en su
mansión de Florida, no en la Casa Blanca, saltándose todo el protocolo
institucional. Estados Unidos va a apropiarse de todo el petróleo venezolano y
va a administrar el país como le dé la gana. A la traidora María Corina Machado
la ha despachado en un santiamén para desolación de la oposición declarándola
no válida para el cargo: le sale más a cuenta pactar con lo que queda del
régimen bolivariano que iniciar una transición democrática. Calígula ha amenazado,
de paso, a Colombia, porque Gustavo Petro le planta cara, a Cuba y hasta a México.
Lo malo no es que haya un
Donald Trump con el culo en el Despacho Oval, o en su mansión de Florida, un genocida
como Benjamín Netanyahu gobernando Israel, como hubo un Adolf Hitler o un Josif
Stalin, por citar algunos monstruos del pasado y el presente, sino que se le
consientan sus actos y no tengan freno. La Unión Europea, una entidad de paja sin
peso político que ya debería disolverse por dignidad, ha callado de forma vergonzante
ante lo que es una clarísima violación del derecho internacional, no ha dicho
absolutamente nada en contra de este atropello arbitrario. El único país que ha
tenido el coraje de condenar ese acto de terrorismo que ha cometido Estados
Unidos contra un país soberano ha sido España, lo que nos honra, sí, y nos
coloca en la diana de ese demente que quiere controlar su hemisferio. Si el
mundo ha permitido el genocidio en directo del pueblo palestino, que ha sido un
globo sonda para ver si había algún tipo de reacción, cualquier otra tropelía
es posible y ahí tenemos Venezuela.
Donald Trump ha hecho
saltar por lo aires el orden internacional para instalar el suyo que es el caos.
Los derechos humanos y la democracia le importan un carajo y ahí están las brutales
redadas que hace en su país contra los emigrantes o las invasiones militares de
ciudades que no le son afines. El empresario megalómano elegido por la mayoría
de los norteamericanos ha venido a la política para forrarse y lo dice
claramente. El sátrapa norteamericano cogerá lo que le apetezca de su entorno
geográfico: Groenlandia, por ejemplo, lo que queda de Ucrania (Monsanto y las
tierras raras) y deje Putin. El emperador naranja comulga con algunos de los
principios fundacionales de su país: el genocidio de sus habitantes y el robo
de tierras (la mitad de Estados Unidos era territorio mexicano y aspira a
extender fronteras, hacer Estados Unidos más grande a costa de los demás). El
respeto entre países ha dejado de existir, lo mismo que la soberanía (Trump ha
declarado a Europa como su enemigo y ha prometido inmiscuirse en sus procesos
electorales para establecer en el Viejo Continente gobierno afines). La razón
de la fuerza se ha impuesto a la fuerza de la razón, y no es cosa de ahora sino
de hace muchos años, pero en la actualidad se hace a cara descubierta. Solo se
respetan entre sí los países que tienen armamento nuclear. Pero los que tienen
la bomba controlan a los que no la tienen para que no la tengan (Irán, por
ejemplo, país en el punto de mira de la coalición Israel-Estados Unidos que
seguramente volverá a ser bombardeada). ¿Hay que invertir, entonces, en defensa
en detracción de nuestro estado de bienestar tal como andan las cosas? Es una
pregunta pertinente y compleja que debemos hacernos.
El mundo es infinitamente
peor en este 2026 que nace con el estruendo de las bombas norteamericanas y el
secuestro de un jefe de estado y millones de sus ciudadanos vitoreando al
terrorista y delincuente que se salta todas las leyes, y ahí está la derecha
española, el PPVOX que se abraza al trumpismo. Miles de serpientes están saliendo del huevo
ahora mismo.
Lo de Trump en Venezuela,
seguramente en Groenlandia, posiblemente en Colombia y también México (el
bravucón no amenaza por amenazar y que se lo pregunten a Nicolás Maduro ya
encarcelado en Nueva York) da carta blanca para que Rusia se anexione lo que
crea conveniente de Ucrania y recupere el Este de Europa (el sueño del zar moscovita
es reconstruir lo que fue la URSS), y China haga lo mismo con Taiwan. Los
gigantes nucleares se reparten el mundo y sus zonas de influencia y la última
confrontación será con China (lean, si la encuentran, mi novela distópica Ciudad
en llamas en la que proféticamente daba en el clavo con doce años de
antelación). Lo malo de las distopías, es que se acaban cumpliendo.
Uno de los grandes
valores del cristianismo era la empatía, no desear para el prójimo lo que no
desearías para ti mismo, y eso, por desgracia, se ha perdido, no se enseña ni
en las escuelas. En el caos mundial, en el que estamos inmersos sin posibilidad
de reacción, se ha instalado la psicopatía. Trump, Netanyahu y Putin son
muestra de ello. Nuestra única esperanza es que al mandatario norteamericano le
ocurra lo que al presidente de Estados Unidos le sucedía en Civil War,
otra historia profética, que sean los propios norteamericanos los que echen a
patadas a su indeseable mandatario por las buenas (las urnas en las próximas
elecciones en noviembre del 2026 pueden ser un aviso) o las malas. No todo
parece perdido cuando Zohran Mandami, el alcalde de Nueva York progresista y
musulmán, ha condenado abiertamente la tropelía que ha cometido su presidente y
ha prometido cumplir la orden de arresto internacional contra el criminal
Benjamín Netanyahu si pisa su ciudad.
SIGUE LA HISTORIA ÉPICA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA. EL 27 DE ENERO EN LIBRERÍAS.


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