CINE / EL HOMBRE MENGUANTE, DE JAN KOUNEN
Sesenta y ocho años han
pasado para este remake francés de uno de los clásicos del cine fantástico y de
terror basado en un relato de Richard Matheson y, curiosamente, mientras el
espectador la ve se solapa en blanco y negro las imágenes de esa primera
versión de 1957, El increíble hombre menguante (ya avisaba con el
título) de Jack Arnold, un artesano que confeccionó todo un clásico sin él
saberlo, cine B que los años convirtieron en cine A. Eso les sucede, lo del
solapamiento, a los que la vieron, claro.
Resulta curioso que el
color y unos efectos especiales más sofisticados, tampoco mucho, para qué vamos
a engañarnos, hagan anhelar la anterior versión. El holandés Jan Kounen no es
el perturbador David Cronemberg de La mosca, otro clásico del cine B. Quizá
es que no hiciera falta este remake que nada añade al original salvo que sus
personajes hablan en francés. El director deja frío con su película basada en
las proporciones, en ese protagonista Paul (Jean Dujardin) que empequeñece a la
velocidad de la luz (un liliputiense perdido en un enorme sillón de buenas a
primeras) y una esposa, Elise (Marie-Josée Croze), que pasa bastante de él. El
gato se quiere comer al protagonista cuando se convierte en una miniatura; la
hija Mía (Daphné Richard) mete a su padre en su casa de muñecas; y una araña
quiere devorarlo, pero se resiste a hacerlo, cuando el hombre menguante no
alcanza el tamaño de una mosca.
No hay emoción, no hay
terror, no hay suspense en esta versión del relato de Richard Matheson a quien
Fernando Marías admiraba y sobre el que escribió un genial relato de zombis. No
ayuda una fotografía neutra y sin matices que otorga al film textura
televisiva. Y no es que el cine francés no haya incursionado con éxito el
fantástico de la desproporción: ahí está la reciente Vermin: La plaga
con sus arañas gigantes que era mucho más eficaz a la hora de crear tensión y
fobia: salías del cine tentándote la ropa. Resultaba más creíble, y
terrorífica, la antigua versión de El hombre menguante que esta nueva.
Quizá es que en 1957 éramos más inocentes.




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