CINE / LA ASISTENTA, DE PAUL FEIG
Quien vaya a ver en plan
serio La asistenta, la versión cinematográfica del bestseller de
la escritora Freida McFadden, sufrirá una decepción, porque esta película, que el mismo director se toma un poco a guasa, es puro entretenimiento sin más, una
forma de perder un par de horas de tu vida y olvidarte de lo que pasa en el
mundo, que no es poco.
Paul Freig plantea su
película como un thriller envuelto en papel de celofán: casa lujosa y kitsch;
dos chicas guapas y fotogénicas que compiten en el tamaño de sus ojos, calzan
la misma talla y podrían pasar por hermanas; un galán impresionante y bien
musculado; cuatro gotas de erotismo elegante; tres giros de guion para marear
al espectador (pero que se ven venir); buena fotografía; pantalla panorámica
que no está justificada y moralina final feminista para redondear el producto,
pues de eso se trata, de un producto que agrade a todo el mundo sin más.
Millie Calloway (Sydney
Sweeney) está con la condicional por un asesinato por el que ha purgado diez
años de cárcel, no tiene domicilio (duerme en su desvencijado coche) y busca
desesperadamente trabajo y lo encuentra como asistenta en una lujosa y enorme
mansión. Quien la contrata, Nina Winchester (Amanda Seyfried), joven madre de
Cecilia (Indiana Elle), pronto se verá que es una mujer inestable, pues tanto
colma de besos y abrazos a su trabajadora doméstica como le echa la caballería
por encima. El marido, el atractivo Andrew Winchester (Brandon Sklenar), hombre
de finanzas, se solidariza con la empleada y le pide disculpas por el proceder
de su iracunda mujer. Pero nada es lo que parece: los locos están muy cuerdos y
los que parecen cuerdos, muy locos.
Viendo el film de Paul
Feig uno echa en falta películas tan entretenidas como esta, pero con un guion mucho
más elaborado como lo fueron Perdida, La mano que mece la cuna, Atracción
fatal o Instinto básico sin salirnos del cine made in USA. La
asistenta no le llega a la suela del zapato a ninguno de esos thrillers; su
primera hora de metraje capta la atención y hasta inquieta por cómo va
descubriendo la asistenta Millie el terreno pantanoso en el que se está
metiendo, esa pareja extraña y su hija pequeña; su segunda parte es un
desmelene que hay que tomarse con mucho sentido del humor, incluida la
apoteosis final, cuando el director pone las cartas sobre la mesa y nos enseña
su juego: no vayan a tomarse en serio esta historia. Eso sí, en la película es
guapo hasta el jardinero italiano Enzo Accardi (Michele Morrone), a quien
deberían haber dado más papel.
El estilo de José Luis Muñoz es extremadamente pulcro y descriptivo; gracias a él, el lector puede llegar a sentir el miedo de los personajes, la dureza de sus contratiempos, el exotismo de sus experiencias, las continuas incomodidades que atraviesan y las desconocidas enfermedades que los asolan. En ese sentido José Luis Muñoz pone especial énfasis en describir el entorno físico que rodea a los personajes, llegándolo a convertir en un personaje más y otorgándole un papel decisivo en el devenir de los acontecimientos. El medio físico, en el contexto de la aventura y del descubrimiento, puede llegar a condicionar al ser humano tanto como su entorno cultural.
CARLOS MANZANO en Entretanto Magazine
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