LITERATURA / LLUVIA DE CRISTAL, DE DOLORS FERNÁNDEZ GUERRERO
Obsesionados por
clasificarlo todo, podríamos decir, en términos generales, que Lluvia de
cristal (Vitruvio Ediciones, 2026), la novela que figuró entre las
finalistas del Premio Planeta en la edición 2024, puede adscribirse en el domestic
noir, porque los investigadores no son profesionales sino gente de barrio
que indagan sobre una serie de sucesos y buscan un nexo común entre ellos. Y el
barrio que elige Dolors Fernández Guerrero (Barcelona, 1968), poetisa con una
amplia obra publicada a sus espaldas en esta su cuarta novela tras El club
del tigre blanco, Hologramas y Huye, Alisa, es la Verneda de
Barcelona. Así es que también podemos
afirmar que Lluvia de cristal es una novela de barrio.
Fuenciscla, Fuen para sus
allegados, es una jubilada ciertamente entrometida y astuta a la que no se le
escapa nada de lo que sucede en su microcosmos ciudadano, así es que cuando una explosión sacude su
edificio, deja heridos a Eloy, empleado de Telefónica separado cuyo hijo Grego
ha desaparecido —Han secuestrado a su hijo y el miedo lo acogota, como si no
tuviera bastante con su cuerpo maltrecho—, descubren en el parking el
cadáver maniatado de Enrique Garrote y se entera de que cerca apareció el
cuerpo decapitado del marroquí Abdul, sospecha que todos esos sucesos, que se
producen en un corto intervalo de tiempo y a pocos metros, están relacionados.
Fuen cuenta, para su investigación, con la ayuda de Ramiro Blázquez, un apuesto
guardia de seguridad, también herido por esa deflagración, y la de la joven periodista
Alicia Sanz para desentrañar esos sucesos criminales.
Las primeras páginas de
la novela nos llevan al hospital en donde se recuperan los heridos de la
explosión, una habitación que comparten Eloy y Ramiro. Eloy sentía aversión
por Ramiro. Expresarlo de otro modo hubiera sido mentir. En su opinión era un
personaje arrogante y estúpido que le provocaba dolor de cabeza. Casi todos los personajes se relacionan con un
local, el Turbo Gymn, el gimnasio en donde no solo se practican artes marciales,
también se trapichea con drogas, frecuentado por Ramiro que no tiene muy buena
relación con quien lo lleva, Fran, un personaje oscuro que tiene entre manos
turbios negocios. Ramiro le propinó un golpe en la cabeza y Fran cayó hacia
atrás, sobre el sillón ergonómico. Con el gimnasio también está relacionado
Aleix, el oscuro psicólogo del niño desaparecido. La magnitud del desastre
era enorme. Aleix era consciente de las bifurcaciones que podía tomar el tema,
de cómo lo salpicarían si no era sumamente cuidadoso. Y Rachid, el marroquí
que aparece decapitado y ha dejado embarazada a Laila, también es socio del
club.
Escrita con lenguaje
preciso, la novela de Dolors Fernández Guerrero, impecablemente construida (¡cuántas
veces se echa en falta una buena arquitectura en una narración!) y amena, es
una historia de barrio, repito e insisto, el de la Verneda luchadora y
solidaria en donde se producen los crímenes, al que reivindica la autora, y también
novela coral sobre su paisanaje, porque en ese escenario entran y salen
multitud de personajes cuyas perfilaciones psicológicas están muy conseguidas,
y hay un sinfín de ellos. La trama criminal de la novela le sirve a Dolors
Fernández Guerrero para denunciar la violencia machista: Enrique Garrote (el
apellido cuadra con el sujeto), el hombre que aparece maniatado en el parking,
maltrataba sistemáticamente a Raquel, la compañera de trabajo de Eloy— Cuando al fin, al sexto día de la
desaparición de Enrique, los Mossos d’Esquadra la llamaron, supo que su marido
ya no volvería a molestarla más y sintió la punzada del miedo, una extraña
sensación que era de otra índole, visceral e irreversible— y también la
pederastia: se insinúa que Grego, el niño que padece síndrome de Asperger, ha
sido secuestrado para ese fin por una red.
Lluvia de cristal
es una novela de personajes que entran y salen de la trama sin descanso, pero
sin perderles nunca la pista en esos ires y venires. Raquel, precisamente, es
uno de los más atormentados de la novela y queda perfectamente perfilado por la
autora. Solo cuando el tabaco le faltaba Raquel bajaba al estanco, a la
vuelta de la esquina, y compraba varios cartones. El dependiente, que la
conocía, la miraba asustado, sin atreverse a preguntar. Volvía a casa y seguía
fumando. Bebía hasta caer borracha. El último brindis siempre era para el
fantasma de Enrique. Raquel se agarrará como tabla de salvación al
desesperado Eloy, angustiado por la desaparición de su hijo.
En la novela coral que es
Lluvia de cristal no falta ni un ogro, Boris, en honor a Boris Karloff,
el gigante primario Jacint Bustamente natural de Organyá y que vive en Os de
Civis, con lo que la novela se traslada geográficamente a una Cerdaña sumida en
la nieve en su último tramo. Dentro de ese elenco de personajes, la autora no
se olvida ni siquiera del blanco caniche de la jubilada: Lolo. Lolo,
contagiado por el mal humor de Fuen, empezó a gruñir y a ladrar. Amenazaba a
todos los que pasaban por su lado y los señalaba con fiereza. En realidad, solo
enseñaba sus afilados colmillos de perro faldero con el hocico demasiado
estrecho para lastimar en serio a alguien.
Hay lugar para los
sentimientos y el enamoramiento en Lluvia de cristal, el de Eloy por su
compañera de trabajo y viuda Raquel. Raquel, te echo de menos, criatura. Me
gustaría decírtelo, susurrarte al oído palabras de consuelo. Sé por lo que
estás pasando, pero no me das opción. Hace tres semanas que no apareces por el
hospital. Y erotismo, Ramiro hace piruetas acrobáticas con sus ligues sin
bajar la persiana de su dormitorio. Ella, rubia y de pezones sonrosados,
parecía una valquiria dispuesta a defender con su belleza el territorio. En un
momento dado, cerró la cortina. El balanceo de sus pechos plenos e ingrávidos se
quedó grabado en la memoria de Eloy durante mucho tiempo.
Lluvia de cristal
reserva para el lector una doble confesión al final, una declaración de Ramiro
hacia la inalcanzable Raquel, que no solo es de amor, porque también confiesa
otro asunto que no voy a desvelar: Tal vez deba ser así. Las madonas miran
al frente, a algún punto indeterminado en el horizonte, inexpresivas. Están
acostumbradas a la adoración y los que las veneran se conforman con el destello
de reconocimiento en sus ojos, con un rictus cercano a la sonrisa. Porque
también, sobre la narración, sobrevuela un halo poético y un tipo bruto, que
soluciona los asuntos a golpes, tiene corazón y sentimientos y se convierte en
uno de los ejes sobre el que gira la novela.
Con Fuen, mujer de pueblo
que le confiesa a Alicia sus avatares cuando entró a servir para gente
adinerada y quedó embarazada de su empleador (atentos a los reproches de la
periodista feminista a la mujer por ser condescendiente con el padre de su hijo
cuando la cuenta su historia), Dolors Fernández Guerrero hace un guiño a miss
Marple, la apacible abuelita de la que se servía la dama del crimen Agatha
Christie para resolver los más complejos crímenes, y para redondear el homenaje
a la novela policial, el escritor Marcelo Escuin, que cuida al pequeño perrito Lolo
mientras su ama se sumerge en sus pesquisas, acaba escribiendo una novela con
ese material que se llama Los crímenes de La Verneda y es todo un éxito.
Disfruten de una trama
ingeniosa, de la reivindicación del barrio que sobrevuela sobre lo narrado (la
solidaridad entre sus vecinos), su humor entrañable, sus personajes y la muy
cuidada escritura de la que hace gala Dolors Fernández Guerrero.






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