CINE / YUNAN, DE AMEER FAKEHR ELDIN
Cine lento, pero intenso,
el de esta producción entre Alemania, Canadá, Qatar, Palestina, Italia y
Jordania dirigida por Ameer Fakehr Eldin (Ucrania, 1991), sirio del exilio
nacido en Ucrania. Yunan llega tras El extranjero, el debut
cinematográfico de este jovencísimo director, film denso sobre los exilios,
interiores y exteriores, y el desarraigo que comportan.
Munir (Georges Khabbaz),
un escritor árabe exiliado en Alemania, sufre un bloqueo mientras está
escribiendo una novela y ese parón se une a su angustia vital cuando su madre,
aquejada por demencia senil, ya no le reconoce. Munir abandona a su pareja
(Sophie Strupix), tras una noche de sexo frustrante—una secuencia hopperiana:
los dos desnudos, en plano lejano, en una habitación oscura que ilumina de
tanto en tanto la luz de un tren que pasa por la ventana—, y va a refugiarse a
una perdida isla del mar del Norte completamente llana que casi desaparece bajo
el mar cuando estallan las fuertes tormentas de invierno. Allí se hospeda en el
hotel rural que regenta Waleska (Hanna Schygulla) y en el contacto con la
pequeña comunidad del enclave, que vive de la ganadería, empieza a encontrar el
sentido de la vida que había perdido y lo abocaba al suicidio.
Resulta curioso decir que
una de las mayores virtudes del film de Ameer Fakehr Eldin es precisamente su
morosidad, ese ritmo lento de cada una de las secuencias que permite al
espectador fijarse en los más nimios detalles y disfrutarlos. El escritor
árabe, que frecuentemente hiperventila por ataques de ansiedad, visualiza un
relato recurrente que funciona como bucle en el film: la historia del pastor
(Alí Suliman) sin nariz, ojos ni boca que vive con una bella mujer (Sibel
Kekilli) y cuida de un rebaño de ovejas; un cuento que le contaba una y otra ve
su madre y le traslada a esas tierras de su país que hubo de abandonar para
instalarse en Hamburgo.
En algunos momentos, la
película del realizador sirio remite a las del turco Nuri Bilge Ceylan. En
otras, la secuencia de la ballena varada, al ruso Andréi Sviáguintsev de Leviatán.
Nuestro escritor pedalea en la vieja bici que le ha dejado Waleska por la única
vía asfaltada de esa isla deshabitada, que también tiene una vía férrea, pasea
por sus prados entre apacibles vacas manchadas, se asoma a ese mar que pronto,
en una de las más espectaculares secuencias, inundará la isla, y socializa, de vez en cuando, con sus escasos
habitantes en el pequeño bar en donde se reúnen para beber y luego practicar
una especie de lucha canaria que termina cuando se derriba al contrincante, y
Munis prueba sus fuerzas con Karl (Tom Wlaschiha), el hijo de Waleska que
siempre le ha mostrado su hostilidad y le pregunta qué ha venido a hacer a la
isla.
El paisaje es un
personaje más en Yunan. Una isla que tiene contadas elevaciones, en
donde están construidas las escasas casas de sus habitantes, que las preservan
de la inundación del mar cuando sube de nivel por los temporales que la sumergen.
Ameer Fakehr Eldin recoge, a plano cenital de dron, ese espectacular fenómeno
de los verdes prados que van siendo engullidos progresivamente por el mar y
redibujan otro paisaje y convierten las viviendas en micro islas. El personaje
de Waleska, la misteriosa dueña del único alojamiento, con quien al principio
no congenia Munir (discute con ella porque no quiere darle alojamiento por no
haber reservado previamente: la rigidez germana), se convierte en un personaje
amable y cercano que termina empatizando con el extraño y se convierte en un
elemento de sanación. Es tierna la escena en la que ella pone música árabe en
su reproductor y los dos, ante los habitantes de la isla reunidos en el pequeño
hotel, improvisan una danza sinuosa.
Fakehr Eldin
compone un film tan bello, como reflexivo e intimista, exquisitamente bien
fotografiado y musicado y en donde ese paisaje llano de la isla es más que un
simple decorado. Yunan es una película sobre el desarraigo del exilio y sobre
la relativización de la propia existencia. En voz interior, mientras Munis
vuelve a su Hamburgo del que se ha ausentado en ese viaje, reflexiona sobre la
levedad de la vida y sobre esa patria que es la infancia, el cuento mil veces
repetido del pastor sin boca, nariz y orejas, su bella mujer y sus ovejas.
LOS 39.
EL FUERTE NAVIDAD
Trilogía La
pérdida del paraíso (II)
Sinopsis de LOS
39. EL FUERTE NAVIDAD
¿Qué sucedió
con los primeros españoles que pisaron el Nuevo Mundo? ¿Cómo se perdió el sueño
que prometía gloria y terminó en tragedia?
Enero de 1493. Cristóbal Colón regresa a España para anunciar su descubrimiento a los Reyes Católicos. En la isla de la Hispaniola deja a treinta y nueve hombres en el Fuerte Navidad, la primera colonia europea en América. Allí comienza una historia fascinante y brutal: la de los pioneros que soñaron con un paraíso y encontraron el infierno. La ambición por el oro, las luchas por el poder, la enfermedad y el deseo desmedido por las mujeres taínas encendieron un conflicto sin retorno entre colonos e indígenas. En medio de ese caos, Marín de Urtubia, un hombre culto y contradictorio, vive un amor imposible con la joven Canayma mientras presencia el derrumbe de los ideales de Colón y el nacimiento violento de un nuevo mundo.
Con una respiración narrativa poderosa y una reconstrucción histórica impecable, José Luis Muñoz nos sumerge en los días que marcaron el inicio de la conquista, en una novela donde la aventura, la pasión y la tragedia se funden para mostrar el reverso humano de la epopeya.
Los 39. El Fuerte Navidad es la segunda parte de la trilogía La pérdida del paraíso, próximamente adaptada como serie de televisión producida por Secuoya Studios para TVE.
La historia jamás contada del comienzo de una conquista que cambió el mundo. Un relato de sangre, deseo y poder en los albores de la historia moderna. Donde nació el mito, comenzó también la caída.
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