LITERATURA / CMYK, DE MARIO MARÍN
Insólita novela, como su mismo
título CMYK, del onubense Mario Madin (Aroche, 1971), artista plástico (licenciado
en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla) y escritor que ha publicado Mis
lástimas preferidas, El color de las pulgas, Mañana es el día
siguiente, Morir es un color, Jesuclisto, Go, go, god morning to
scholl y El suelo de las paredes, por el momento, y con la que ha
ganado el 26 premio literario Kutxa Ciudad de Irún de novela en castellano.
Insólita por su
argumento, las andanzas disparatadas de su protagonista Cinta, una psicótica
que oye constantemente voces, gente que le habla —Primero pensó partir un
pincel y clavarlo como una estaca en su corazón. Las voces le decían Clávalo y
sal corriendo, clávalo y sal corriendo—, repasa a lo largo de la novela su
vida e infancia —Mi padre también tuvo motos. La más, una Kawasaki AI 250.
Verde. Mi padre siempre que la recuerda dice verde con una sonrisa de bebé
dormido. Luego nací yo, mi madre empezó con lo del miedo y el hombre paró. Mi
madre le dice que mi padre era el formato motero guapo y rebelde Brando en
Salvaje, más el Che atravesando Sudamérica— y su entorno familiar e
ideológico: Nosotros en casa izquierda. somos clase obrera y somos clase
obrera. lo sabemos de siempre. luego da lo mismo que yo para acá y luego para
allá o que tenga mis gustos o deje de tenerlos.
CMYK,
que se inspira en un caso real, la ambienta el autor en su Huelva natal —En
Huelva la gente tiene un rollo de chauvinismo cutre con los sevillanos que solo
es una envidia mal digerida—, junto al mar —Eso es la marea. la marea
cambia más o menos cada seis horas, con su rollo de pleamares y bajamares y el
cambio de aire. el que pesca se sabe las tablas mejor que las de multiplicar—
y es una original novela urbana poblada por personajes marginales —Samaniego
es un noyonqui. Ahora no va como un cadáver por las calles pidiendo o al
descuido de lo que sea, tampoco le roba la madre ni a la hermana, o entra y
sale de prisión como si fuera su casa. Tampoco le falta ya ningún diente— con
algún que otro desliz hacia el negro en donde abunda lo surreal que emerge de
la cabeza de la protagonista. Un relato punki de desarraigo y locura, del no
futuro —Mucha gente se quita de en medio porque le parece feo todo lo que
ve. El entorno, la vida que les tocó y ellos mismos. Feo en la cabeza, con
colores gris, ceniza o pardo. Y paisajes mentales sombríos mates y anodinos—
en el que prima la originalidad literaria y el fraseado transgresor sobre la lógica
narrativa.
Mario Marín describe bien
—Un negro se acercó respetuoso y con la mirada me dijo si quería ver los
zapatos. Un metro noventa con la piel barniz. Los ojos y los labios y la nariz
y los dientes para portada de GQ—, es muy original a la hora de introducir
sexo en su relato —A pocos metros más parejas hacían lo mismo, enredados
como cangrejos peleando, las manos en expedición de reconocimiento, las lenguas
mapeando, los cinturones y los botones en huida, mucha saliva, mucho, mucho
ahogo, mucho resoplido—, y lanza algunas pullas brillante, por boca de su
protagonista, sobre la religión, por ejemplo: Lo de la religión es el mejor
invento de la humanidad. Ni el grifo, ni la rueda, ni la imprenta, ni el
dinero, ni la electricidad. La religión.
Mario Marín rompe
esquemas narrativos, no sigue un hilo, sino que va y viene del presente al
pasado, de un personaje a otro, pero es sumamente brillante y eficaz a la hora
de transmitir emociones: El duelo no es rememorar al muerto, no es soñarlo,
no es acordarse de cómo se reía o lo bueno que era con los demás, el duelo es
la constatación del vacío, caminar el páramo, cotejarlo, verificar la ausencia.
Novela tan breve, algo
más de 200 páginas, como densa, con mucho diálogo y mucho silencio: este
explicitado con frecuentes y desconcertantes tres puntos suspensivos. Experimento
inmersivo apto para un lector abierto a experiencias literarias rompedoras.
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