CINE / ORWELL: 2+2=5, DE RAOUL PECK
La actualidad de George Orwell es sencillamente
inquietante. Lo peor de las distopías es que acaban cumpliéndose. El profético novelista
y periodista inglés, nacido como Eric Arthur Blair, alumbró una serie de obras visionarias
de contenido político y social como Rebelión en la granja o 1984
cuyas coincidencias con el presente alarman. El realizador haitiano Raoul Peck
(Puerto Príncipe, 1958), especializado en documentales comprometidos (El
joven Karl Marx, Exterminad a todos los salvajes, Siempre en
abril y Lumumba, buena parte de ellos disponibles en la plataforma
Filmin) nos ofrece en Orwell: 2+2=5 un lúcido retrato del escritor
británico desde su infancia en la India, en donde nació en el seno de una
familia de clase media, su estancia en Birmania como policía colonial, que le
hizo aborrecer su papel represivo y lo concienció socialmente, y su presencia
en la guerra civil española en las filas del POUM que dio origen a su Homenaje
a Cataluña.
Raoul Peck, que insiste una y otra vez en que el poder
puede convencer, mediante coacción, que 2+2=5, uno de los axiomas del Gran
Hermano, y una vez llegado a ese punto de no retorno adueñarse de la voluntad
de los pueblos sojuzgados, utiliza retazos de películas, de las dos versiones
que se hicieron de su 1984, la de Michael Anderson de 1956 y la más
reciente de Michael Radfor, secuencias de la película en dibujos animados de Rebelión
en la granja, de Tierra y libertad, de Ken Loach, imágenes de un
biopic con George Orwell retirado a la isla de Jura para escribir la que va a
ser su última novela, y hace un repaso crítico a todos los totalitarismos,
desde el nazismo (los discursos hipnóticos de Goebbels y Hitler) al polpotismo,
terminando en la guerra de Ucrania y en la masacre de Gaza.
Orwell, con una obra literaria comprometida con la
sociedad y no solo crítica con el fascismo sino con todo el totalitarismo por
su cercanía al trotskismo (ahí está Stalin y sus purgados que, a medida que son
fusilados, desaparecen de las fotografías oficiales del líder) hablaba del
crimen del pensamiento (cuando el sistema sea capaz de espiar el cerebro
humano, algo ya próximo), las neolenguas y la presencia vigilante del Gran
Hermano que regirá la sociedad del futuro con ese ojo que todo lo ve y ese oído
que todo lo escucha, omnipresente, y que ya lo estamos experimentado en la
domótica con nuestros asistentes de hogar.
Conceptos aberrantes como guerra preventiva, la que se
hizo contra Irak por si tenía esas armas de destrucción masiva que finalmente
no encontraron; la guerra es la paz, argumento que esgrimen todos los
dirigentes políticos cuando emprenden una aventura bélica; la libertad es la
esclavitud, que entronca con esos nuevos movimientos de extrema derecha que
reivindican la libertad para suprimirla en cuanto alcanzan cotas de poder; y la
ignorancia es la fuerza, algo que han adoptado los fascismos tecnológicos que
dominan las redes sociales, ya los anticipó el escritor inglés en su obra
premonitoria.
No se salta Raoul Peck en su documental la vertiente
íntima y familiar del personaje retratado, el complejo de culpa colonial (ahí
el director se sirve de alguna secuencia de Memorias de África) que
arrastró durante su juventud en India y Birmania, la relación con su mujer que
murió joven, y con su hijo al que tuvo que educar en solitario, y finalmente su
muerte temprana por tuberculosis a los 47 años. Dos horas de metraje que pasan
volando por el interés sociológico que conlleva el documental y por su habilidoso
montaje. El estreno de esta película, tan magnifica y rigurosa como
inquietante, llega en plena distopía de la era Trump, con lo que resulta de
rabiosa actualidad. No se lo pierdan, aunque resulte aterradora.









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