SOCIEDAD / HOMBRE BLANCO HABLA CON LENGUA DE SERPIENTE
El lenguaje no puede ser neutro. Ni la literatura. Knut Hamsun era un magnífico escritor y, a pesar de ello, nazi. Bertolt Brecht estaba en las antípodas. El silencio ante la barbarie es complicidad. Y lo digo por los muchos colegas que callan por si ofenden a sus lectores. O estos no los leen si saben lo que piensan de todo esto que pasa a su alrededor. O no compran sus libros. No existe neutralidad ante lo execrable. El silencio es aceptar que lo que ocurre es inevitable. Aboguemos por la ética de las palabras también. Contra su manipulación. Contra los eufemismos: lo de ellos es terrorismo; lo nuestro, guerra preventiva que se hace por la paz. Contra las mentiras. La guerra es la paz, dicen los que las declaran siempre. Odiamos la guerra, dicen los que las promueven. Y esta guerra, la que sacude los bolsillos del mundo y siembra cadáveres en Oriente Medio, está plagada de mentiras aparte de ser completamente irracional. Por las mujeres libres de Irán, dicen, y se asesinan a ciento ochenta niñas en una operación quirúrgica. Observen la utilización perversa del lenguaje: operación quirúrgica que nunca lo es. Bombas inteligentes, como si esos artefactos letales pudieran discernir a quien matar. Daños colaterales. Fuego amigo. Neutralizado, cuando se asesina a alguien. Hay que acabar el trabajo, que dice Netanyahu cuando se desembaraza de alguien como cualquier jefe de un clan mafioso. La sangre es el negocio. Toda guerra es un negocio. Esta especialmente porque los que la han empezado no lo desmienten siquiera. Porque el presidente de la nación más agresiva del mundo es un empresario que ha llegado a la política para forrarse. Y bailar, y pasárselo bien, y bailar con su guapa mujer en los salones de la Casa Blanca, y dirigir el país desde su residencia privada y estar muy entretenido mientras pone el mundo patas arriba y contempla divertido como los dirigentes de los países vasallos hacen cola para chuparle el culo. Forrarse. Ya se proclama con total desvergüenza enriquecerse con la muerte del mismo modo que uno se declara nazi o fascista. Tres mil millones de dólares más, reconocidos, desde que ha empezado su segundo mandato el emperador de la cara naranja. El dueño de la corporación mundial (Estados Unidos no es un país, es un negocio, oí que decía en la película Mátalos suavemente Brad Pitt) hace que sus palabras, caprichosamente, suban y bajen la bolsa. Lo hace, simplemente, para especular él y sus amigotes de cuadrilla. Vende cuando él la sube, y compra cuando la baja. Él y sus familiares, porque la familia está dentro del clan mafioso, y ahí está su yerno sionista Jared Kushner. Y el lobby armamentístico, el mayor peligro para la democracia de Estados Unidos, como resaltó el general Eisenhower, que necesita perentoriamente de las guerras para engrasarse con beneficios multimillonarios. Pero vayamos con el lenguaje. Con el pobre lenguaje del mandatario norteamericano que adolece de infantilismo, que parece el de un niño caprichoso de parvulario, solo que su parco lenguaje (bueno, malo, horrible, enfadado, cobarde, castigo, y frase corta porque no llega a más) no es inocuo, está manchado de sangre. La sangre sale de su boca a borbotones cada vez que habla, o simula que reza en trance con una corte de lunáticos alrededor que le imponen sus manos. No ha leído ese mandatario un libro en su vida, ni siquiera el Antiguo Testamento, los libros que se están retirando de las bibliotecas públicas de Estados Unidos por perniciosos. No ha habido racismo ni genocidio en la historia fundacional de ese Estados Unidos que se está reinventando porque se cree sus propias patrañas. Presume de ser un paleto de taberna, en vez de sentir vergüenza por serlo. Es mal educado hasta decir basta. A conciencia. Histriónico, porque todavía actúa como si estuviera en un talk show televisivo. Y machista a mucha honra: A las mujeres se las agarra por el coño. Una estrella del porno dijo que la tenía pequeña, insignificante, que aquel fue el peor polvo de su vida. Y presumiblemente pedófilo.
Siempre fue un tipo de pésimo gusto (la infame Torre Trump de NY, la mayor horterada jamás vista) que se rodea de mujeres neumáticas que responden al sueño erótico norteamericano: barbies recauchutadas a las que da cargos públicos. Un tertuliano de la Fox acusado de maltrato para el Pentágono. Secuestra, roba y asesina, dando un buen ejemplo a los ciudadanos de su país con su falta absoluta de moralidad. Viola las leyes nacionales e internacionales. Alardea de hacer lo que le da la gana. Inicia un progromo contra los migrantes a los que encierra y expulsa. Una de sus cárceles está vigilada por cocodrilos en los manglares de Florida. Hace bromas con los cocodrilos. Es un tipo divertido, chistoso, ocurrente, que se ríe de Macron, le echa un pulso a Pedro Sánchez o piropea a Georgia Meloni. Arruina la economía de su país, pero no la suya, que es lo que importa. Cuando, alegre y obscenamente, proclama a los cuatro vientos que nos estamos haciendo ricos, y los suyos le corean, aplauden y ríen, está hablando exclusivamente de él, estúpidos, porque vosotros os estáis empobreciendo a medida que el capo nada en oro. ¿Qué esperabais de un multimillonario? La guerra es el negocio. El complejo militar de Estados Unidos es quien decide qué guerra hay que empezar, dónde y cuándo. Y la guerra sigue el rastro del petróleo en Irak, Venezuela y ahora Irán. No hay dinero del contribuyente norteamericano para sus operaciones quirúrgicas, para su tratamiento de cáncer, obesidad, diabetes, pero sí lo hay para gastarse miles de millones de dólares sembrando la muerte en las antípodas y joder a Europa con oleadas migratorias, que también de eso se trata: joder a Europa. Destruir para construir es el sagrado mantra que genera inmensas cantidades e beneficios en la primera actividad y en la segunda. Eso lo saben en Gaza, el primer paso de este negocio inmobiliario sobre sangre y huesos quebrados. El capitalismo mata de forma salvaje, sin complejos. El capitalismo os ahoga durante décadas, cubanos, que vais a ser el próximo destinatario del caprichoso Calígula que tendrá el honor de tomar la isla para hacer de ella un prostíbulo y vuestro verdugo será también el que os saque de la miseria, explotándoos, por supuesto. La Habana de Batista, y vuelta a empezar. Los gazatíes sobrevivientes construyendo ese emporio de Golden Gaza para multimillonarios exclusivos, agradeciendo a su verdugo el estar vivos, tener trabajo y vivir segregados en algún lugar desechable lejos del mar. Orwell decía que la estupidez es el arma, que los que declaraban las guerras lo hacían en nombre de la paz. El virus de la estupidez se propaga a la velocidad de la luz por las redes sociales.
Y eso sucede porque una población cada vez más estúpida elige a los peores, a los que les van a esclavizar, para que los gobiernen. Ovejas que lamen la cuchilla del carnicero mientras hacen cola en el matadero. ¡Beeee! No hay espíritu crítico, ¿Qué es eso de la filosofía? ¿Pensar? Que piensen otros por nosotros, que somos binarios y perezosos. Blanco o negro. Que decidan por ti. Que maten a los malos. A los niños porque, cuando crezcan, serán malos. A las mujeres para que no vayan a parir a esos niños que serán el germen del odio. Y, mientras, sube la bolsa y yo me forro, que de esto va el mundo, de unos ricos cada vez más ricos que actúan como jefes mafiosos, y unos pobres cada vez más pobres e ignorantes, carne de cañón que hasta irán a morir para que tú te forres con sus cadáveres envueltos en sus banderas que serán sus sudarios. Destruyo para construir prosperidad porque vosotros, palestinos, nativos americanos, cubanos, no sabíais crear riqueza para mí, y yo sí sé cómo hacerlo. Saco petróleo de las entrañas, carbón, contamino el planeta, pero a mí no me afecta y si el mundo se acaba me da exactamente lo mismo, gilipollas, porque yo no lo veré. La guerra de Irán, hasta el momento, le ha costado doce mil millones de dólares a Estados Unidos, al contribuyente norteamericano que tiene que empeñar su casa para una operación o un tratamiento médico. Y lo siguen votando. Estúpidos.
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