CINE / SHOAH, DE CLAUDE LANZMANN
Versión remasterizada la
que nos ofrece la plataforma Filmin del documental de Claude Lanzmann Shoah,
sin lugar a dudas el testimonio clave del horror del nazismo que convirtió
Europa en una gigantesca fosa común, casi diez horas de grabaciones y entrevistas
que nos adentran en el mal absoluto que azotó el viejo continente en el pasado
siglo y que, por desgracia, puede repetirse en el presente por una humanidad aquejada
de desmemoria que se resiste a sacar lecciones de su historia y se obceca en
repetirla.
Al contrario de otros
documentales sobre ese acontecimiento atroz, Shoah no se sirve de las
imágenes horrorosas de archivo de los campos de la muerte del nazismo, no hay planos
de montañas de cadáveres, ni hay seres famélicos deambulando ante la cámara
como muertos en vida, sino que se centra en la oralidad de sus protagonistas a
los que entrevista hasta que el dolor al revivir de nuevo el pasado les bloquea
a muchos de ellos: el peluquero que cortaba los cabellos a las mujeres antes de
conducirlas a la cámara de gas cuando reconoce entre las víctimas a amigas de
su infancia, entre otros muchos dolorosos testimonios que recoge el film.
Claude Lanzmann y su
equipo viajan a una Polonia paupérrima bajo el sistema comunista (carros
tirados por caballos percherones, viviendas miserables, campesinos famélicos) para
hablar también con testigos presenciales de esas carnicerías que tenían lugar
en los alrededores de Auschwitz, y a la Checoslovaquia de Treblinka, nombres que ya quedan
indisolublemente ligados al horror del Holocausto; busca a los pocos
supervivientes de los sonderkomandos, los judíos que los nazis dejaban
con vida para realizar los trabajos sucios de los campos de exterminio (limpieza
de las cámaras de gas, enterramiento de cadáveres, cremación) en Estados
Unidos, Suiza, Israel o Polonia, y consigue los testimonios estremecedores del
horror que vivieron: muchas veces las víctimas eran arrojadas vivas a los
hornos crematorios.
También Lanzmann y su
equipo entrevistan a algunos de los verdugos que a toda costa tratan de
librarse de su responsabilidad como cooperantes en esa barbarie y se justifican
ante el realizador con el mantra de la obediencia debida, aquellos que salieron
indemnes de los juicios de Nuremberg que los debieran haber condenado. Algunos
de esos testimonios fueron grabados con cámara oculta y, en casi todos, sale a
relucir con cierto orgullo la espantosa eficacia y la rigurosa planificación de
un estado que cometió el mayor asesinato masivo de la historia con una frialdad
espantosa. Se exhiben documentos oficiales en los que se habla siempre con
eufemismos y se elude hablar de seres humanos asesinados que son convertidos en
piezas a tratar a los que se les aplica un tratamiento especial: el exterminio.
Hay estadísticas de esa infame actividad criminal, ratios de eficacia
empresarial, burocracia que encubre toda esa actividad homicida, críticas por
asumir más piezas de las que se pueden tratar a algunos de los jefes de los
campos de la muerte, o por los primeros enterramientos masivos en fosas que
luego hubieron de ser desenterrados para quemar los cadáveres en los hornos
porque la tierra, literalmente, levitaba por la fuerza de los gases generados
por la descomposición de miles de cuerpos humanos. El nazismo fue la más
espantosa de las distopias posibles y los crímenes se cometieron con la
colaboración de cientos de miles de personas que dejaron a un lado su humanidad
para ser cómplices del asesinato masivo.
El film de Claude
Lanzmann sigue, de forma obsesiva, el trazado de las vías de esos trenes de la
muerte, sus itinerarios, sus horarios, las estaciones por las que pasan; hay primeros
planos de esos viejos trenes a vapor, las bielas en movimiento, el traqueteo de
sus ruedas que rechinan sobre las desgastadas vías, los vagones de mercancías
en los que los judíos viajaban hacinados como bestias y aún se utilizaban se
convierten en imágenes siniestras. Las agencias de viajes planificaban al mismo
tiempo itinerarios turísticos y los viajes de la muerte que el Reich pagaba con
los bienes confiscados a los judíos que sufragaban, sin ellos saberlo, su
exterminio. La cámara del cineasta francés se centra en el rostro desolado del
conductor de uno de esos convoyes que iba y venía de ciudades europeas y
entraba en el complejo de Auschwitz Birkenau con su cargamento humano, pero
también en la indiferencia cómplice de los campesinos polacos y checos que
convivían al lado de esos establecimientos del horror y terminaban
acostumbrándose al ruido de los disparos, a los alaridos de horror de las
víctimas, al hedor insoportable de los cientos de miles de cuerpos quemados y
que testificaban que el asesinato sistemático de millones de seres humanos era
de sobra conocido, incluso por los aliados que no hicieron nada por impedirlo: hubiera
bastado bombardear toda la estructura ferroviaria que iba a los campos de
exterminio para salvar cientos de miles de vidas humanas. Esos campesinos
polacos y checos, ciertamente despiadados, eran los que a los que se dirigían
al matadero los alertaban con el significativo gesto del índice rebanando el
cuello para anunciarles la muerte segura que los esperaba al final del viaje.
es un alegato contra el mayor crimen cometido en la historia de la humanidad, contra
los verdugos directos, los que colaboraron desde puestos burocráticos y se
escudaron en la obediencia debida, los testigos presenciales que normalizaron
ese horror y hasta lo justificaron con sus sentimientos antisemitas. Los
judíos eran ricos. No me gustaban los judíos. Las judías sí me
gustaban, porque eran guapas. Los indiferentes incapaces de ponerse en el
lugar de las víctimas: Si mi vecino se corta un dedo, yo no siento su
dolor, llega a decir un campesino polaco al que entrevista el documental
para justificar su indiferencia ante el horror que veía a diario. Hay quienes,
simplemente, se lamentaban de que aquello, el exterminio de semejantes, no se
produjera de una forma más discreta porque los gritos de espanto que les
llegaban a los oídos les molestaban. Cerrar los ojos, volver la cara ante la
barbarie.
En el árido documental
que es Shoah, sin música de fondo, en donde a veces oímos al silencio
que grita, la cámara se fija en un rostro a punto de descomponerse por el dolor
insoportable y lo que cuenta, cuando se recupera, nos hace visualizar
secuencias de horror absoluto. El
realizador, convertido en entrevistador, presiona para que el entrevistado dé
testimonio de lo que hubo de vivir porque Shoah es mucho más que una
película, es un documento notarial histórico de la barbarie. El film de
Leinzmann, un riguroso trabajo de documentación en el que empleó once años, debería
pasarse en las escuelas para abrir debates sobre lo que es capaz de hacer el
ser humano cuando los valores morales se desmoronan y la empatía, esa que Elon
Musk aborrece, desaparece. Los asesinos en serie del nazismo, los que no fueron
ahorcados por haber colaborado en esos horrendos crímenes, esos pocos verdugos
a los que, con cámara oculta, el equipo de rodaje consigue entrevistar, no son
individuos marginales, no son delincuentes profesionales, no tienen un aspecto
que amedrente, sino que son personas como nosotros con los que nos iríamos a
tomar un café y eso resulta todavía más perturbador. Shoah no solo
documenta el horror del Holocausto, sino que se convierte en un alegato
demoledor y descarnado de la humanidad que lo consintió de la misma forma que
ha consentido el genocidio de Gaza en directo. Gaza, precisamente, es la
respuesta a la pregunta de Auschwitz.
El nunca más,
ese grito que estalló al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se ha olvidado
por completo y por eso resulta tan necesaria la visión de la película de Claude
Lanzmann, por su rabiosa actualidad en un mundo que está a un paso de caer en
el mismo horror del pasado.
EL HOLOCAUSTO COMO NO SE HABÍA CONTADO ANTES. UN THIRLLER SOBRE UNA VENGANZA APLAZADA EN EL TIEMPO.








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