CINE / CASO 137, DE DÓMINIK MOLL
No abundan mucho, sobre
todo en el cine europeo, películas de género negro protagonizadas por agentes
de Asuntos Internos, que son muy corrientes en el cine norteamericano plagado
de agentes corruptos. El director alemán Dóminik Moll (Bühl, 1962) afincado en
Francia, galardonado con dos premios César y con una larga carrera de thrillers
a su espalda, que nos había dejado agradablemente impactados por la precisión
de relojería de Solo las bestias, film modélico de rural noir
cuyas piezas encajaban a la perfección gracias a un guion sencillamente
extraordinario, se pone tras la cámara y también escribe Caso 137, un
policial austero y muy eficaz a todos los niveles inspirado en un caso real.
Francia hierve con las
protestas de los chalecos amarillos que amenazan con tomar París y la policía
se ve desbordada por la magnitud de las manifestaciones y su virulencia (una
serie de fotos fijas, excelentes y expresivas, dan cuenta al espectador de esa
reedición del Mayo Francés). Un grupo de cuatro policías de paisano disparan
sus proyectiles contra unos manifestantes que huían. Uno de ellos, muy joven,
resulta gravemente herido en la cabeza con secuelas de por vida. Stephanie
(prodigiosa la interpretación de Lea Drucker), una inspectora de Asuntos
Internos, deberá descubrir la identidad de esos policías de los que solo tiene
las imágenes borrosas de las cámaras de seguridad de la zona y si se
extralimitaron en su labor represiva.
Caso 137
sigue paso a paso la exhaustiva investigación de esa policía que se enfrenta a
sus compañeros y a sus superiores —los interrogatorios a los jefes policiales
que comandaron el despliegue de los antidisturbios son muy realistas, como los
de los policías sospechosos de integrar ese grupo— por llegar a la verdad en
una tarea ciertamente ingrata. Dóminik Moll no solo se centra en el celo
investigador de esa mujer valiente y testaruda, sino que también nos ofrece una
visión de su entorno familiar (divorciada y al cuidado de un hijo adolescente
que le pregunta: ¿Por qué todo el mundo odia a la policía?), con una
relación tensa con su exmarido también policía (Yohan Blanc) y la novia de este
(Antonia Buresi), una sindicalista policial que critica que ponga contra las
cuerdas a colegas del cuerpo, lo considera una traición al cuerpo. La
investigación da un giro considerable cuando Stephanie consigue el testimonio
de una camarera (Guslagie Malanda) de hotel que grabó con su móvil todo el
incidente.
Caso 137
denuncia de la brutalidad policial (aquí, en España, todavía se piden
aclaraciones por el comportamiento de los policías que cargaron contra
ciudadanos pacíficos en Cataluña el 7 de octubre), la impunidad de la que
suelen gozar esos funcionarios públicos que deberían defender a los ciudadanos
y muchas veces se convierten en un peligro para ellos, la marginación de las
pequeñas poblaciones frente a la gran urbe (Stephanie nació en la misma
población que la víctima y la familia de esa brutalidad policial), cuestiona el
concepto de orden público —Stephanie, en el fondo, simpatiza, pese a su rol,
con las reivindicaciones sociales de los chalecos amarillos— y la justicia, que
casi siempre exonera esos casos a los policías pese a las evidencias, y es
también un retrato muy humano de la víctima (aparece en la última secuencias
hablando de sus secuelas de por vida), su entorno familiar modesto y esa
policía ejemplar que da la cara —la tensa reunión con la madre de la víctima
que ni quiere ahorrarse por ética profesional —y lucha con denuedo para llegar
al fondo cueste lo que cueste.
Caso 137
es una película modélica en todos sus aspectos que atrapa por su narrativa
cinematográfica, su guion perfecto y unas interpretaciones sobresalientes de
todos los actores.
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