SOCIEDAD / LA BANDA DE LAS TOGAS
Se supone que los jueces
deben dar sensación de imparcialidad en sus instrucciones y resoluciones. El
juez no es un gurú superdotado por encima del bien y del mal sino una persona
humana con sus virtudes y sus defectos. Los jueces votan en las elecciones,
tienen ideología e incluso, sospecho, alguno de ellos está afiliado a algún
partido político, pero en el ejercicio de sus funciones eso no debería tener
ninguna influencia. Pero la tiene, y mucha.
Todos sabemos, sobre todo
por sus asociaciones (Asociación Profesional de la Magistratura, Asociación
Judicial Francisco de Vitoria y el Foro Judicial Independiente), que la mayoría
de jueces españoles son conservadores. De ello tiene en parte la culpa su
farragosa forma de acceso a la carrera judicial. Difícilmente, aunque hay
excepciones, saldrán jueces de los extractos sociales más menesterosos de la
sociedad porque sus familias no podrán permitirse que su hijo no solo estudie
la carrera de derecho, sino que luego esté una temporada larga de años
opositando y pagando preparadores que habitualmente son también magistrados. La
minoría progresista, asociada en Jueces por la Democracia, dentro de la
judicatura española se calcula que no sobrepasa el diez por ciento. La
posibilidad de que te toque un juez conservador es mucho más que probable. Con
esos datos en la mano, perfectamente verificables, podemos decir que la derecha
controla de forma absoluta una judicatura que tiene sus raíces en el franquismo y no ha hecho la transición
democrática como sí lo han hecho las fuerzas armadas.
La oposición a juez, como
la de notario, además de extraordinariamente onerosa, para marcar una tendencia
de clase, es fundamentalmente memorística, y uno echa de menos, sobre todo a
raíz de lo que está ocurriendo últimamente en España, un test psicotécnico de
sus señorías para detectar psicopatías o demencias, del mismo modo que se hace
para las fuerzas del orden, porque como ellas, los jueces pueden arruinarte la
vida para siempre, y a la actualidad me remito.
Que se hace política en
España con las togas es algo tan evidente que ni los propios magistrados tratan
ya de disimular. Utilizar la justicia con fines espurios es algo que la derecha
internacional le funcionó relativamente bien (encarcelamiento de Lula de Silva)
pero que luego se les puede volver en contra (encarcelamiento de Bolsonaro). Los
golpes de estado dejaron ya de darse con tanques y tricornios subiéndose al
atril del Congreso de los Diputados. No corre la sangre, lo que tenemos que
agradecer, pero la eficacia es la misma o mejor.
España, para su
desgracia, tiene una banda de jueces, con permiso de sus señorías, que uno sospecha que anda coordinada con el
PPVOX y que llega a las más altas instituciones, entre ellas al Tribunal
Supremo, ese que según el ministro del Interior del PP Ignacio Cosidó dijo que
iban a controlar por la puerta de atrás gracias al juez Marchena, el magistrado
que presidió el juicio al Procés sin escuchar sistemáticamente a una de las
partes con el sonsonete del “No procede” porque la sentencia ya parecía dictada
de antemano, el mismo Tribunal Supremo que dictó una sentencia digna de estudio
por la que condenaba al Fiscal General del Estado por revelación de secretos
(que no existían, porque habían llegado a oídos de una serie de periodistas) para
desmentir un bulo, una condena histórica por el rango del enjuiciado, sin
ninguna prueba, afirmando que tenía que ser él o su entorno. Cosas que suceden
cuando uno se mete con la pareja de Isabel Díaz Ayuso y que se lo digan a Pablo
Casado. En esa banda de magistrados están, entre otros, el juez Llarena y su
obsesión por Puigdemont, la pieza a cobrar que se le escapó una y otra vez, o
el juez García-Castellón, el que llegó a instruir una causa por terrorismo
contra Tsunami Democrático porque a un ciudadano francés le había dado un
infarto, había muerto y él lo consideraba víctima de terrorismo a pesar de que
su propia familia del finado lo contradecía. Fue también el propio García
Castellón el que apartó del sumario de la Kitchen a Mariano Rajoy (el Barbas o
el Asturiano, según testimonios policiales) o a Cospedal (de la que se tienen
grabaciones que la implican) de la trama de la policía patriótica del PP que se
está juzgando, el mismo que abrió una serie de causas contra Podemos que fueron
cerradas todas, una detrás de otra, porque partían de falsedades y aun así se
abrían para desprestigiar al partido morado. No sé, pero en una empresa
particular, si uno de sus ejecutivos la caga de forma reiterada, lo despiden.
Con la justicia los jueces pueden cagarla de forma contumaz y siguen en su
puesto. El régimen disciplinario se lo aplicaron con mucho celo y celeridad a
Baltasar Garzón por meter las narices en donde no debía.
Pero llegamos a la estrella
de los jueces, al no va más, al juez Peinado, el que quiere pasar a la historia
por derribar al gobierno de progreso legítimo de España, obsesionado por la
esposa del presidente a la que la ha humillado recientemente retirándole el
pasaporte por riesgo de fuga y obligándola a presentarse cada quince días en
los juzgados. Que el juez Peinado no es imparcial, ni justo, lo sabe primero él
mismo y luego el PPVOX y las asociaciones ultras que están detrás del proceso.
Que actúa, desde el primer momento, con mala fe manifiesta es un hecho
comprobable que reconocen numerosos juristas de prestigio. Peinado pasa por ser
el que más ruido hace con ese golpe de estado de togados, según el magistrado
emérito del Tribunal Supremo Martín Pallín, que empezó muchos años atrás,
seguramente con la Ley de Amnistía, y es un sujeto que actúa con una temeridad
absoluta sencillamente porque puede y le dejan.
Las actuaciones del juez
Peinado con respecto a la esposa del presidente son tan escandalosas, y a veces
ridículas, que seguramente pasarán a los anales de la mala praxis judicial,
pero lo peor del caso no es que exista un Peinado, sino que se consientan sus
actuaciones fuera de toda medida y lógica como esa guinda del pastel de retirar
el pasaporte a la esposa del presidente por riesgo de fuga. ¿Bromea? Entre los
jueces, como entre los ciudadanos de a pie, hay malas personas que, a
sabiendas, hacen mal su trabajo y lo hacen porque ninguna instancia superior le
para los pies.
Peinado, en sus delirios
de grandeza, ve delitos por todas partes desde que Begoña Gómez nació y se
levanta de la cama. Uno empieza a sospechar si existe una especie de atracción
fatal hacia la esposa del presidente del gobierno y si la cita tantas veces
para verla. Le acusa de tráfico de influencias (sin una sola prueba),
corrupción en los negocios (no hay ni un solo dato de enriquecimiento),
apropiación indebida (el software de la Complutense) y malversación de los
caudales públicos (su secretaria le ayudaba puntualmente en algunas tareas como
han hecho todas las secretarias de las mujeres de los presidentes del
gobierno). De hecho, las investigaciones de la UCO no han encontrado un solo
delito en las actividades de la esposa del presidente del gobierno, salvo el
caso de la apropiación del software de la UCM sobre el que hay dudas, pero eso
al juez Peinado le da exactamente igual.
España puede presumir de
tener los peores jueces del mundo, a los más descaradamente partidistas, y
Peinado, sin lugar a dudas, se lleva la palma por méritos propios. Y todo eso
sucede por la enorme debilidad de un gobierno de Pedro Sánchez que ni siquiera
gobierna y mucho menos tiene el poder, un clásico cuando llega a la Moncloa una
supuesta izquierda que es considerada por la derecha un okupa porque la patria
es suya.
El grito de guerra de José María Aznar, que
recientemente ha vuelto a reivindicar, “el que pueda hacer, que haga”, y llega
hasta Estados Unidos, es un repique de campanas de la fachosfera que le puede
salir como un tiro por la culata porque puede provocar la reacción contraria
cuando vayamos a las urnas. Millones de compatriotas, mucho más patriotas de
los de la pulserita, estamos hartos de los tejemanejes de los que no tienen más
proyecto para España que hacerla suya, repartirla entre sus amiguetes, privatizar
lo público y vender el país a los fondos
de inversión.
God Brother, cuando se
tuerce, es Dog Brother. Ese padre alcohólico, anarquista trasnochado, vendedor
de poesías pornográficas y pastor de la iglesia de las Cuatro Esquinas hasta
que fue expulsado por conducta licenciosa, bautizó a los dos hijos que tuvo con
Keyla, una modelo que compartía su caravana hasta que lo abandonó, con los
nombres de Caín y Abel. Caín Brother sale de la penitenciaria de San Diego tras
cumplir una condena de diez años por un crimen que no cometió. Abel se olvida
de pasar a recogerle, pero lo aloja en su modesta casa de Paradise Hill, que
comparte con su pareja, la sensual Eva Blondie. En sus noches insomnes, y
atormentado por los recuerdos de presidio, Caín Brother planea una doble
venganza. Está a punto de empezar un viaje sin retorno al helado norte de
Estados Unidos, adonde sospecha que huyó su madre Keyla.
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