CINE / NAOMI WATTS ENTRE LYNCH, CRONEMBERG Y HANEKE
Confieso una debilidad
absoluta por la británica Naomi Watts (Shoreham, 1968), que me gusta en todas
sus películas y que muchas veces voy a ver estas porque veo que ella aparece en
el reparto. Un amor platónico que hago extensivo a Mónica Belluci, Eva Green,
Hellen Mirren o Enma Thompson. Esa mujer de físico frágil y cabeza inteligente acaba
de recibir el premio Donostia a toda una carrera que se inicia cuando David
Lynch se fijó en ella para protagonizar la muy inquietante Mullholand Drive,
una de las mejores películas del director marciano al que tanto echamos de
menos los cinéfilos, en su doble papel de Betty Elms y Diane Selwyn. En ese
film hipnótico, que no me canso de ver, la Watts desplegaba su extraordinaria
sensualidad y ambigüedad sexual ante Laura Harring, la morena del tándem
protagónico.
La actriz de belleza sin
par y elegancia de otra época, no lo tuvo nada fácil en su vida. Su padre, un
técnico de sonido de Pink Floyd, los abandonó y su madre hippie se trasladó a
Australia en donde transcurrió la vida de esta actriz a salto de mata por el
escaso poder adquisitivo de su progenitora. Naomi se considera hija de esos dos
países.
En Australia empezó a
hacer sus pinitos interpretativos en series de televisión y en una película, Flirting,
junto a la australiana Nicole Kidman. Con Mullholand Drive ganó en 2001 el
premio a la interpretación de la Sociedad Nacional de Críticos de Cine. A ella
siguieron la versión norteamericana de la película de terror japonesa The
Ring, Ned Kelly, Le Divorce, un film bastante anodino de
James Ivory, y la intensa y dramática 21 gramos a la orden del mexicano
Alejandro González Iñarritu —volvió a actuar a sus órdenes en Birdman— con
la que ganó un premio Bafta.
La Watts pataleaba en la
inmensa mano del enamorado King Kong en la versión que hizo del
gigantesco gorila Peter Jackson, sin duda su película más comercial. Con peluca
morena, que no le sentaba nada bien, interpretó el drama romántico ambientado
en Extremo Oriente El velo pintado sobre una novela de William Sommerset
Maugham con Edward Norton y quien fuera su pareja, y padre de sus hijos,
durante once años Liev Schreiber. Luego la cogió otro de los grandes del cine,
David Cronemberg, para Promesas del Este, el violento thriller
protagonizado por un mafioso ruso con los rasgos de Viggo Mortensen. Y otro
monstruo del Séptimo Arte, el austriaco Michael Haneke, la somete a tortura en
la durísima versión norteamericana de Funny Games como mujer de Tim
Roth, ambos víctimas de un par de odiosos psicópatas con la cara de Michael
Pitt y Brady Corbet, que luego dirigiría The Brutalist. En 2010 se puso
a las órdenes de Juan Antonio Bayona para rodar Lo imposible, filme de
catástrofes y supervivencia sobre el tsunami que arrasó Tailandia, y un año más
tarde a las de Clint Eastwood en J. Edgar, sobre el jefe del FBI, con
Leonardo Di Caprio.
Naomi Watts, de físico
exquisito, dulce mirada de ojos azules y enormes dotes interpretativas, es una de
las grandes actrices del momento y sin duda nos va a regalar memorables interpretaciones
todavía cuando se acerca a la barrera de los 60 años; le va a pasar como a
Meryl Streep o Hellen Mirren, que va a encontrar papeles a su medida en el cine
o los van a fabricar para ella. Es, además, una mujer comprometida con los
tiempos que corren. “El odio está creciendo y lo que ocurre en el mundo
asusta”, ha dicho, tras recibir el galardón en Donostia. Y cuando Bayona le ha
hecho entrega del premio, la reproducción de las farolas modernistas de la
Concha de San Sebastián, se ha mostrado muy agradecida con su descubridor David
Lynch: lo ha elevado en su honor hacia el cielo, aunque el oscuro creador de Twink
Peaks seguro que está en el infierno, fumando.







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