LITERATURA / UNA EPOPEYA AMERICANA: EL VIAJE POR LA AMÉRICA PROFUNDA

 


Uno, cuando era muy joven y no tenía capacidad para viajar —los tiempos cambian: mi nieta ha estado en Europa, América, Asia y África, tiene más sellos en el pasaporte de los que tengo yo a mis 75 años— soñaba con hacerlo cada vez que abría un libro. Ahí estaban escritores y viajeros como Robert Louis Stevenson que te llevaban a los mares del sur —creo que Manuel Vázquez Montalbán escribió la novela homónima en homenaje al novelista escocés—, aventureros como Jack London que te hacían transitar por la nevada Alaska de los buscadores de oro con lobos y osos que te acechaban, y otros como Julio Verne o Emilio Salgari que hacían sus trayectos vía mapamundi sin levantar el culo del asiento, pero tenían una imaginación desbordante. Más tarde, otros autores como Paul Bowles, Joseph Conrad, Sommerseth Maugham, Vicki Baum, Pearl S. Buck o Karen Blixem, alias Isaak Dinessen, me dieron otras perspectivas del viaje, más filosóficas, y su relación con la literatura y la vida, que es otro viaje que inevitablemente acaba mal.


De cada uno de mis viajes que he hecho a lo largo de mis tres cuartos de siglo, suele salir un libro, sobre todo cuando piso ciudades, o países, que son literarios.  De mi estancia en Bangkok salió Patpong Road; de mi breve estancia en Cuba, Último caso del inspector Rodríguez Pachón y Llueve sobre La Habana; de mi fugaz paso por Caracas para recibir un premio erótico por El sabor de su piel, La caraqueña del Maní; de mi viaje a Estambul, La muerte del impostor; de mis viajes por Alemania El mal absoluto, El rastro del lobo y La soledad de Hans Teodore Mankel; de mi recorrido por Islandia, La bahía humeante; de mi viaje a México, el viaje al pretérito de El centro del mundo; de mis muchos viajes a Estados Unidos por razones familiares —hermana y sobrinas que residen allí—, La casa del sueño, Lluvia de níquel, La frontera sur, La Manzana Helada, Mala hierba, La colina del Telégrafo y Yakutat; en El viaje infinito recopilaba todos mis viajes desde la infancia y lo terminaba con uno pendiente a la Polinesia. Y cuando no, he viajado al pasado con la trilogía Los 39. La pérdida del paraíso, a África subsahariana que solo he pisado con mi imaginación en Los perros, El mokorero del Okavango y Monrovia. Con eso quiero decir que el viaje es un hecho determinante que preside mi corpus literario como mi curiosidad por las razones del mal, otra de mis obsesiones.

Habitualmente hago viajes de placer y luego estos, dan lugar o no, a novelas que recogen algunos de los apuntes que hago durante ellos. Con la trilogía Una epopeya americana, quizá mi novela negra más compleja y ambiciosa que se publica en tres partes dado su volumen de páginas (más de mil), el proceso fue inverso. Planeé ese viaje a conciencia para escribir una novela negra que también sería una especie de road movie y, sobre todo, una disección de esa sociedad norteamericana de la llamada América profunda que tan rica literariamente hablando resulta y hemos visto reflejada en el cine y en los libros. Iba a documentar, mediante notas a vuelapluma, fotos y videos, los lugares de ese itinerario que empezaba en San Diego, California, y subía por toda la costa Oeste, pasando por las Vegas, el Valle de la Muerte, Yosemite, Cañón del Colorado, Yellowstone, para terminar en Alaska. Y por el camino, iba a ir creando a mis personajes de ficción con los tipos que veía en gasolineras, bares, moteles y caravanas. Los hermanos Brother, Caín y Abel, salieron casi de la nada, de ese sentimiento religioso integrista que permea la sociedad norteamericana y nace de los mismísimos pioneros que siguen muy presentes en ella. Dos chicos jóvenes, guapos, violentos, marginales y desclasados condenados a enfrentarse por el caprichoso nombre que les puso su padre, God o Dog Brother según el humor del día de ese patriarca que malvive en una caravana inmunda y caótica, un antiguo combatiente en la guerra de Vietnam traumatizado por el horror, un medio hippie y poeta que vive en la más absoluta indigencia y ofició como pastor en una de las muchas iglesias, la de las Cuatro Esquinas, que pueblan el territorio norteamericano como una plaga bíblica. Una sociedad que tiene más iglesias que bares es problemática y sospechosa, suelo decir. De una población de Nuevo México, Taos, una ciudad de adobe, extraje a uno de los secundarios de lujo de la novela, Aspenwind, el indio enorme y despiadado que acompaña a Abel Brother en la persecución a su hermano y es un trasunto del Joe el Indio de las novelas de Mark Twain, y a su esposa, una nativa americana de obesidad mórbida que no podía moverse y vi en una de sus tiendas de artesanía y era como una muñeca de cera a punto de derretirse. Cain Brother, que ha chupado diez años de presidio por un crimen que cometió su hermano, tiene en la cabeza su fría venganza que ejecutará sin prisas contra los que lo vejaron brutalmente en la cárcel y contra su propio hermano en lo que más le duele. El personaje femenino, Eva Blondie, salió casi al final del viaje, cuando embarcaba con mi coche en un ferri rumbo a Alaska y la vi en la cubierta del barco: una rubia atractiva y desinhibida con los brazos tatuados y mucho poderío. Ella iba a ser Eva Blondie, el sueño húmedo de Norteamérica, una mezcla de Marilyn Monroe y Scarlette Johansson, una chica nacida en Solvang, una población danesa incrustada en la soleada California, sensual y promiscua. Y hay otro personaje, ausente, pero no menos importante, Keyla, la madre de los Brother y esposa de God/Dog, una actriz frustrada que solo hizo un par de anuncios y huyó, supuestamente, a Alaska, mitificada por los hijos que perdieron su pista y a la que recuerdan de forma constante. Personajes todos ellos que forman parte de esa capa marginal que se conoce como White Trash, basura blanca, que son blancos, heterosexuales, machistas y postergados por la cultura woke de los últimos años que, según ellos, favorece a las minorías raciales, negros, orientales e hispanos, y sexuales (homosexuales, lesbianas, trans, queer…) frente a los verdaderos norteamericanos hijo de los pioneros que llegaron en sus caravanas de cuatro ruedas winchester al hombro y limpiaron de bisontes y nativos ese país inmensurable.


Una epopeya americana / Libertad es, también, un western, por supuesto, pero los forajidos ya no se persiguen a caballo por Monument Valley, otro de los escenarios espectaculares de la trilogía, sino a bordo de pickups disparándose con escopetas de repetición y revólveres. Hay bandas latinas dispuestas a vengar a su jefe; cazarrecompensas que no salen muy bien parados; bailarinas de striptease con pezoneras en sus senos; moteles siniestros que he pisado previamente; casinos en donde los jugadores venden a su novia o esposa para seguir jugando; bosques infinitos como el de Umpqua, cuatro mil kilómetros cuadrados de foresta en el estado de Oregón,  en donde se me apareció un lobo; carreteras heladas, glaciares, osos, comida basura, obesos mórbidos, casas perdidas en ninguna parte, todo ese imaginario de Estados Unidos que es real y por eso se refleja en su literatura y su cinematografía y que he constado en ese viaje que duró tres meses. Es una novela de paisajes ilimitados y paisanajes que viven fuera del sistema y que han dado su voto mesiánico a Donald Trump en las últimas elecciones. Porque, aunque no lo pretenda, la novela tiene trasfondo social muy importante y es política, sin ser maniquea: nunca juzgo, expongo. Es mi ajuste de cuentas a un país que conozco sobradamente por haberlo pisado en numerosas ocasiones, que admiro por su música, su literatura, su cine, sus variados paisajes, pero que detesto por su forma de vida, el cacareado y engañoso american way of life que permite soñar que un vendedor de periódicos llegue a ser presidente del país, y su política nefasta imperialista que se extiende como una hidra por el mundo. Un país que alumbra a Paul Auster, Robert de Niro, Martin Scorsese, al pintor Hopper, al fotógrafo Mapplethorpe, al alcalde de Nueva York Mandani, pero también a Donald Trump y sus secuaces gubernamentales y a los evangélicos sionistas que justifican y apoyan el genocidio de Gaza, en el que exhibir una bebida en la calle puede conllevar que te arreste el sheriff de turno pero llevar un arma de fuego está tan bien visto como la Coca-Cola y la pena de muerte, en donde se producen matanzas masivas en las escuelas sin que se ponga coto al gran negocio de la venta de armas, el país más destructor de los dos hemisferios, el que ha alentado infinidad de golpes de estado en todo el orbe y ha invadido más países, secuestrado presidentes como a Maduro en Venezuela o asesinándolos en Irán. No hay un solo Estados Unidos sino muchos. Nueva York y San Francisco son islas de progresismo en un país mayoritariamente conservador que sigue apelando a sus pioneros fundacionales que han dejado una impronta religiosa en la sociedad, muy difícil de disolver, que enarbola el Antiguo Testamento porque el Nuevo y los Evangelios les parecen subversivos y comunistas.


Estados Unidos es muy difícil de asimilar desde una óptica europea, tienes que cambiar el chip en cuanto entras. Es una sociedad del despilfarro que te congela en los hoteles mientras en el exterior reinan temperaturas superiores a los cuarenta grados; que te atiborra de comida basura en los restaurantes populares que rebosan los platos y te vende en los supermercados helados con dimensiones pantagruélicas en recipientes de polvos de lavar; que te deja en las mesillas de Las Vegas esa Biblia integrista, vengativa y violenta al lado de un listado de chicas de compañía despampanantes marcando el 696969 para que no se te olvide. Una sociedad de contrastes con cuarenta millones de pobres de solemnidad que no tienen en donde caerse muertos y una sanidad que no te salva la vida si no tienes tarjeta de crédito en la boca y saldo en ella; una sociedad que idolatra el éxito y el dinero por encima de todo y que el emperador naranja ha sabido hacer suya con el lenguaje de taberna que conecta con las clases más populares e iletradas que se pierden si escuchan más de una frase porque no tienen comprensión lectora. De todo esto va también esta novela, de la violencia endémica que forma parte del ADN norteamericano, de las matanzas por armas de fuego, del sexo que se compra y vende, de esos hermanos que una vez se quisieron y ahora se odian y se persiguen a lo largo de más de mil páginas y miles de kilómetros por buena parte de la inabarcable geografía norteamericana. Un viaje, en definitiva, el que yo hice para escribir esta novela épica sobre uno de los países más fascinantes y contradictorios del mundo.

 


COMPRAR "UNA EPOPEYA AMERICANA / LIBERTAD"

Comentarios

Entradas populares