lunes, 27 de abril de 2015

SOCIEDAD / LA VERGÜENZA DE SER EUROPEO

LA VERGÜENZA DE
SER EUROPEO



En una foto de las desvergüenza y el canallismo, los líderes de la última cumbre europea celebrada en Bruselasa la que ha existido el nuestro, que ya creo que es de nadie, ni de su propio partido, los dirigentes se han levantado de sus asientos para guardar un hipócrita minuto de silencio por las setecientas o novecientas víctimas del último naufragio de una barcaza repleta de refugiados que huían del caos de Libia y de África en general.

La solución para ese problema europeo, del que Europa y Occidente son directamente responsables¿quién convirtió alegremente Libia en un estado fallido?, ¿quién hizo lo mismo con Irak y lo está permitiendo con Siria? no es otra que la lucha a muerte contra los traficantes de seres humanos, y a muerte es matarlos, y la destrucción de las barcazas en origen: esperemos que los drones encargados de hacerlo sepan si están llenas o vacías, o quizá ese detalle no les importe a los que guardan ese minuto de silencio.
La imagen, y la brillante y sesuda decisión, como europeo me produce vergüenza e indignación. La receta de esos líderes de una Europa, que hace mucho tiempo dejó de ser la mía, es que los refugiados, porque el que huye de las guerras, masacres y violaciones de los derechos humanos es un refugiado, mueran al otro lado del Mediterráneo y así se lavan las manos.

En vez de procesar, sí, procesar y seguramente condenar, y meter en la cárcel,  que es en dónde algunos de estos líderes del pasado deberían estar, los que desmantelaron países como Libia o Irak sin tener ni idea de lo que eso podría generar, o quizá sí, porque no me creo tantísima estupidez, se carga directamente contra la víctima, el que huye tras haber pagado a todas las mafias que encuentra por el camino y dejando su vida y la de los suyos en el heroico intento de buscar un destino mejor, lo que usted y yo haríamos en sus circunstancias.

Esos dirigentes de la Unión Europea que se han reunido en Bruselas dan sencillamente asco. Para ellos el mayor de mis desprecios y quizá no estaría mal hacer justicia poética con ellos y meterlos en una patera y facturarlos directamente para Libia, Irak o Siria.  

LA DOBLE VIDA, una novela negra y erótica
Arturo sonrió. La R de raya había provocado un estremecimiento en los labios de la rusa, una graciosa convulsión. Se preguntó si podría besarla. Oscar no le había aclarado ese extremo. Se dejó caer en el sofá mientras cogía el mando a distancia del televisor y quitaba el sonido. Irina se había desprendido de los zapatos y las medias. Aquella era una escena premonitoria que siempre le excitaba: una mujer acariciando sus piernas mientras deslizaba las medias por ellas, éstas enrolladas, como brazaletes de seda, en sus tobillos, liberando el perfume de su piel. Y las piernas de Irina eran perfectas; al sentarse la falda había trepado dos dedos por encima de su rodilla y mostraba el inicio de unos muslos suaves. Luego la rusa abrió el bolso, sacó una papelina y vertió su contenido sobre la mesa: el polvo blanco fue un grueso trazo de tiza sobre el cristal en cuanto lo extendió con el dedo.

CINE / BANDA DE CHICAS DE CELINE SCIAMMA

BANDA DE CHICAS
Céline Sciamma
Banda de chicas, que se proyectó en la sección Perlas del pasado festival de San Sebastián después de pasar por el de Cannes, es una película desoladora, y no porque sea especialmente dura a nivel visual,  ya que puede parecer una típica comedia sobre adolescentes descerebrados, tan común en la cinematografía norteamericana, que se divierten con pequeñas gamberradas, pero no. La película es francesa y las protagonistas parisinas, hijas de emigrantes africanos, que no se sienten integradas, un tema de rabiosa actualidad desde los atentados de Charlie Hebdó en el país vecino y las afiliaciones al Estado Islámico, aunque la película es anterior.

 Una chica negra maltratada en su casa por su hermano mayor, que asume el rol de padre, habitante del inhóspito banlieue, esa zona marginal de las grandes ciudades francesas que saltan a los titulares en cuanto sus enfurecidos habitantes se echan a las calles a quemar coches, decide unirse a una banda de chicas de su mismo color, unas chonis poligoneras de ascendencia africana, que se dedican a pelearse con otras bandas y a pequeños hurtos, cuando por su mal expediente académico se le cierran las puertas para seguir con sus estudios.

Céline Sciamma (Pontoise, 1980) directora polémica en su país a raíz de Tomboy, la historia de un niño que quiere ser niña,  por la que ha sido atacada por grupos conservadores contrarios a que el film se proyectara en escuelasretrata ese grupo salvaje femenino con sumo cariñolas chicas, además de encanto natural y ser muy agraciadas, derrochan simpatía y comunican bienpero no le da ninguna esperanza de rehabilitación. Lejos de reivindicar un cambio social, o buscar un culpable a su situación, esas muchachas marginales a lo único que aspiran es a ropa cara, maquillaje, alojarse en lujosos hoteles con las ganancias de lo que roban y tener un chico que las proteja: unas jóvenes airadas de lo más convencionales que no saben dirigir su rabia en la dirección adecuada, un lumpemproletariado que, a menudo, sirve al orden imperante que nunca cuestiona.


Banda de chicas es un retrato casi documental—el casting entre actrices no profesionales ayuda a la frescura de los personajes— de esos suburbios infectos, colmenas de inmigrantes recluidos en guetos perfectamente separados que, de cuando en cuando, crean problemas e incendian las periferias de las grandes ciudades en estallidos de rabia incontrolados. Un grave problema de integración sociocultural que tiene Francia en sus entrañas y cuyas explosiones son impredecibles. Céline Sciamma lo muestra en un film tan entretenido como eficaz pero que no apunta a  ninguna solución. Muestra la realizadora gala una realidad y, a veces, de forma tan festiva—en sus gamberradas las chicas se lo pasan en grande—que puede inducir a algún equívoco como el que ese tipo de vida sea la única solución que les quede a estos desheredados que, pese a haber nacido en el primer mundo, siguen siendo considerados ciudadanos de tercera.  
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Novela erótica y negra 
publicada en EE.UU por Suburbano Miami.
 A las dos en punto alguien llamó quedamente a la puerta y él se levantó del sofá y fue a abrir. Óscar no había exagerado en sus descripciones: Irina era muy guapa. Pasó por su lado, sin decir nada, con una sonrisa impostada en la cara, sin mirarle a los ojos. Olía bien y no iba nada maquillada: era joven y tan bella que no le hacía falta. Arturo la miró de pies a cabeza mientras cerraba la puerta y seguía el balanceo elegante de su cuerpo trasladándose por la habitación. Tenía andares de chica de pasarela. Nadie, viéndola, podía decir de ella que era una puta de lujo; la rusa tenía el aspecto de una señorita de compañía, de una de esas chicas que saben idiomas, tienen cultura, pueden hablar de cualquier cosa y acompañan a los ejecutivos en sus vacaciones extraconyugales. 

sábado, 25 de abril de 2015

LITERATURA / LA TENTACIÓN DE SAN VALENTíN DE FRANCESC ROVIRA LLACUNA

LA TENTACIÓN DE SAN VALENTÍN
Francesc Rovira Llacuna 

publicado en CALIBRE 38            

Con la arquitectura de la novela negra se puede incursionar maravillosamente bien en el género de humor, y la hibridación, cuando hay talento, suele ser descacharrante. El vasco Juan Bas, director del festival La Risa de Bilbao, puede ser considerado como uno de los máximos epígonos de esta variante literaria en España.
La tentación de San Valentín tiene los ingredientes precisos para que una novela de este tipo, más humorística que negra, funcione y enganche. La investigación de Marc de Prim, un abogado atípico con coleta, que tiene un canario en su pisito de soltero que atiende al nombre de Pavarotti y dedica  los fines de semana a cabalgar a lomos de una Harley Davidson con sus amigotes Pascual, Alaric e Isabelo, con los que forma el grupo Moteros de la Justicia (todos son abogados, fiscales o jueces) se centra en unos chanchullos urbanísticos en los que la clase política local está bien implicada, es decir, actualidad total, sólo que Francesc Rovira LlacunaLa respuesta está en Orsay y Héroe en la casa de los vientosno pone nombre a la formación política y deja que lo haga el lector en función de sus fobias.  Tiene la desgracia nuestro héroe de enamorarse de una señora estupenda, Claudinasencillamente descacharrante la secuencia de la seducción tipo mantis de la mujer imponente al abogado con coleta, futurible alcaldesa de Cabrera de Mar y novia de Conrado Sautier, un arquitecto director general de urbanismo que suena para ministro. No faltan muertes, como la de la prostituta María Perejil, paródica; párrafos subidos de tonoEn lugar de mostrar contrariedad, me clavó de nuevo su mirada verdiazul y me acercó la boca muy despacio. Mis labios se encontraron con los suyos, al mismo tiempo que mi mano fue progresando muslo arriba hasta llegar a palparle sus finas bragas de tacto sedoso,  ni situaciones rocambolescas que hacen que la novela avance entre las manos del lector a una excelente velocidad de crucero.

Cuida mucho el abogado y profesor de narrativa sabadellense Francesc Rovira Llacuna el lenguaje, construye imágenes tan efectivas como descriptivasMis dedos se lanzaron a marcar el móvil de Claudina con la fatalidad del exalcohólico que toma furtivamente la botella a sabiendas de que, con ese gesto, contraviene su voto de abstinencia—, tiene un excelente oído para los diálogos, con los que moldea perfectamente los personajes de su novela coral, hace que la ironía planee siempre por la novelaCon el pequeño tsunami, se me había soltado la goma con la que me sujetaba la coleta y debía parecer el león de la Metro, una vez acabado de asear con la manguera a presión por los cuidadores del zooy sabe dotar de un buen ritmo a una narración que, por su tipología, es un poco deudora de las películas de Luis García Berlanga plagadas de conseguidores, trepadores y políticos que buscan el enriquecimiento personal.






viernes, 24 de abril de 2015

CINE / REGRESO A ÍTACA DE LAURENT CANTET

REGRESO A  ÍTACA
Laurent Cantet
Una película hablada de principio a fin y rodada en tiempo real tiene mucho riesgo. O los diálogos son muy buenos, o el elenco de actores es excelente, porque si no la película cae. Roman Polanski parece haberse decantado en sus dos últimas películas por ese género del teatro filmado fuera del escenario teatral, aunque La Venus de las pieles transcurría entre una platea vacía y un escenario durante una prueba. La agilidad de los diálogos de Regreso a Ítaca está garantizado por el creador del personaje Mario Conde: Leonardo Padura. Y los actores, muchos, todos cubanos, están soberbios.

Regreso a Ítaca es una película mestiza; su realizador Laurent Cantet (Melle, 1961) es francés, pero su alma parece cien por cien cubana y no es la primera incursión que el cineasta hace en la isla (7 días en La Habana). Un escenario mínimo, un terrado en la Habana Vieja con vistas al Malecón, y un grupo de actores excelentes para pergeñar un drama coral completamente dialogado en el que cada uno de esos amigos, cuatro hombres, uno de ellos que regresa de España para quedarse de nuevo en la isla tras quince años de ausencia, y una mujer, habla de sus victorias y fracasos, de las rencillas que los separaron, de cómo sortearon  las dificultades de vivir en la isla en el período especial, de sus sueños revolucionarios traicionados, y todo ello mientras se pone el sol en esa ciudad mágica, entre copas, platos de fríjoles y humo de cigarrillos, a través de gritos, llantos, abrazos y pocos silencios, porque el cubano cuando se pone a platicar, como dicen ellos, no hay quien lo pare.

Laurent Cantet, que ganó el César a la mejor ópera prima en 2001 por Recursos humanos y la Palma de Oro del Festival de Cannes en 2008 por Entre los muros, cuenta con un guion sin fisuras, en el que se implica con el escritor cubano de novela negra Leonardo Padura, y entre ambos lo hacen avanzar dramáticamente sin desmayo en esa larga noche cubana, y, sobre todo, dirige a un grupo de actores extraordinarios y en estado de gracia que interpretan con una naturalidad pasmosa y sin los que la película nunca saldría adelante. Jorge Perugorría, Isabel Santos, Fernando Hechavarría, Néstor Jiménez y Pedro Julio Díaz Ferrán son creíbles y tremendamente humanos, sus diálogos, a veces desgarrados otros divertidos, están llenos de matices.


Sin fáciles sentimentalismos, pero tremendamente humana gracias al dibujo preciso de unos personajes con los que el espectador se puede identificar fácilmente, porque les coge cariño, Regreso a Ítaca es un homenaje a la forma de ser cubana y a un pueblo, el cubano, modélico y único en la faz de la tierra, que seduce con su especial idiosincrasia al director francés y a quienes conocen la isla. 


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"— Háblame de la rusa, Óscar.
            Los cuatro empleados del estudio habían salido a desayunar y estaban los dos solos. Por la ventana se divisaba la fisonomía ondulada de La Pedrera, enfrente mismo, y las ramas de los frondosos plátanos que jalonaban el Paseo de Gracia de Barcelona como anuncio vegetal de la primavera que se avecinaba. El despacho soleado estaba en consonancia con la buena marcha de la empresa. Los compañeros de promoción le decían que había tenido suerte; él lo negaba. En la vida no existe la suerte, sino la perseverancia. Se había pasado diez años aprendiendo en el estudio de Markowitz, un gurú de la publicidad, hasta convertirse en el elemento decisivo de la empresa, su mano derecha, sus ojos y oídos; luego sólo tuvo que dar un golpe de timón, hacerse con toda la cartera de clientes de su mentor, demostrarles que Markowitz, sin él, no era nadie. Y armarse de audacia. Trabajaba para dos cadenas privadas de televisión, principalmente, y los resultados eran, hasta la fecha, inmejorables. Pero lo que más dinero daba eran las campañas de perfumes, los sofisticados anuncios en donde mujeres bellísimas y etéreas flotaban en nubes de aroma con acento francés.
            — Pues es una rusa típica: rubia y ojos azules."

LITERATURA / HUBERT SELBY, RÉQUIEM POR UN GRAN MAESTRO

HUBERT SELBY: RÉQUIEM POR UN GRAN MAESTRO
Puede que este nombre, el de Hubert Selby, no les diga nada a muchos norteamericanos, y no digo a los españoles. Los libros llegan a uno de forma aleatoria por vericuetos extraños, por amigos que te los recomiendan o regalan, por una crítica literaria que uno lee al azar, por verlo destacado en el escaparate de una librería de referencia. No me ocurrió nada de esto con el escritor norteamericano. Última salida a Brooklyn llegó a mis manos tras verlo en una librería, editado por Anagrama, la mejor editorial literaria que existe en España, y seguramente me atrajo el título. Así es que hace quince años compré esa novela, me la llevé a casa y la devoré en cinco sesiones a pesar de su considerable número de páginas. Me di cuenta entonces de lo gran escritor que era ese tal Hubert Selby del que no había oído hablar hasta entonces, de lo magistralmente que, en sus páginas, radiografiaba el dolor y la soledad, por haberlos sufrido en su persona, y lo bien que retrataba el paisaje urbano desolado en el que se desenvolvían sus personajes, su Brooklyn natal. Sin que hubiera crímenes, especial violencia o sangre en sus páginas, y, desde luego,  ninguna trama criminal al uso, Última salida a Brooklyn era una genuina novela negra poblada por personajes perdedores abocados a un destino trágico—existe una conexión evidente entre novela negra y tragedia griega—, y desde entonces, en conferencias, foros o artículos, la pongo como ejemplo del género, que, en realidad, no es sino una mirada crítica a la sociedad que nos envuelve, y Selby odiaba con furia la sociedad en la que le había tocado malvivir.

Curiosamente he vuelto a Hubert Selby en mi último viaje a Nueva York, porque quizá he paseado, sin saberlo, por sus calles de Brooklyn. He estado en los escenarios de su novela Réquiem por un sueño, en las playas, nevadas porque era invierno, de Coney Island; en esa pasarela de madera que se adentra en el mar y que la extraordinaria película homónima de Darren Aronofsky recogía con Jared Leto corriendo por ella y una fantasmal Jennifer Connelly, una de las actrices más bellas de Estados Unidos, girándose en una escena onírica que nunca se haría realidad. Y, una vez de regreso a España, he estado viendo, además de la película que me sigue pareciendo la mejor de Darren Aronofsky, una entrevista que le hacía a Hubert Selby, que encarnaba en el film a un odioso carcelero con gran sentido del humor, Ellen Burnstyn, la viuda enganchada a las pastillas de la versión cinematográfica de esa novela tan terrible como conmovedora cuyos personajes despiertan nuestra piedad.

Hubert Selby era, físicamente, un personaje de una fragilidad física extrema y así él se reconoce: estaba muriendo cuando nació. Su madre tuvo un parto muy complicado. Se ahogaba el nasciturus en el útero materno. Así es que Hubert Selby, desde el segundo cero, se aferró a la vida como nadie, porque la perdía, pasó por un sinfín de vicisitudes, tuvo una salud enfermiza que le hizo frecuentar durante años hospitales y quirófanos y ser desahuciado por los médicos que pronosticaban su inminente muerte, pero el pequeño Hubert Selby siempre daba la batalla por la vida, sobre todo en sus libros espléndidos, que escribía sin haber tenido estudios—se alistó en la marina mercante a los 15 años—, haber ido a ningún taller literario ni tener padrinos influyentes, porque era un narrador nato autodidacta,  y de sus libros, que le sirvieron para aferrarse a la vida contando historias de desolación absoluta, la suya, hablaba con enorme modestia. Los personajes de su breve, pero intensaningún lector que se adentre en sus páginas sale indemne, producción literariaEl demonio y La habitación, además de las dos novelas citadas que fueron adaptadas al cine—eran seres desquiciados, desubicados en la sociedad y politoxicómanos—él se enganchó a la morfina para paliar el dolor de sus enfermedades y no se libró nunca de ella—y algunos moralistas  lo tacharon de pornográfico y lo llevaron a juicio por hablar en sus libros, sin tapujos y con una crudeza extrema, de prostitución, homosexualidad y drogadicción.   
Cuatro años después de esa entrevista grabada, Hubert Selby, el escritor de frase corta y lapidaria, fallecía, pero su legado literario es importantísimo y sus  novelas, evidentemente, son piezas capitales de la novela negra y así lo seguiré defendiendo en todos los foros a los que acuda y en todos los artículos que me toque escribir.

Mis respetos a un gran maestro, a un escritor inmenso, a un personaje, pese a sus limitaciones físicas, con una fuerza interior extraordinaria, del que me he estado acordando cuando paseaba, una mañana de marzo, entre gaviotas que graznaban, por un Coney Island sepultado por la nieve, totalmente blanco, como un fundido cinematográfico. 


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"Evitar mirarse al espejo del cuarto de baño era como aplastar con el pulgar la alarma del reloj despertador, salir por el lado izquierdo de la cama, buscar a tientas las zapatillas, levantar la tapadera del váter y orinar: actos reflejos que hacía a ciegas, como un autómata, todas las mañanas de su vida" 

viernes, 17 de abril de 2015

LITERATURA / ASHAVERUS EL LIBIDINOSO

ASHAVERUS EL LIBIDINOSO
Miguel Arnas Coronado

De cuando en cuando encuentra uno, al azar (o no tan al azar, porque tengo la suerte de conocer al autor), libros que le devuelven a uno el placer de la lectura: éste Ashaverus el libidinoso, publicado espléndidamente por la editorial granadina Nazarí y escrito por Miguel Arnas Coronado (Barcelona, 1949).
No es nuevo en este oficio el barcelonés que lleva exiliado en Granada nada menos que 24 años. Escritor desde siempre, articulista que tiene en la red un interesante blog, El árbol de Arnas, ha ganado dos premios literarios: en 2006 el Provincia de Guadalajara de Narrativa por su novela Buscar o no buscar (Ediciones Irreverentes, 2006), y en el 2010 el Francisco Umbral por La insigne chimenea (Everest, 2010). Es miembro muy activo, además, y eso es importante en su currículum para entender el sentido del humor y la ironía de los que hace gala,  del Institutum Pataphisicum Granatensis.

Ashaverus el libidinoso es una novela de estructura compleja pero de lectura fácil gracias a que está prodigiosamente bien escrita y a que Miguel Arnas Coronado saca punta a un artefacto literario muy trabajado—se notan las horas de artesano que implica ser un buen contador de historias—que bebe en las fuentes de los libros de caballerías de nuestro Siglo de Oro. Enrique Fuster Bonín es el caballero andante de esta epopeya histórica, moral e irónica con la que Miguel Arnas Coronado pasa revista a algunos de los acontecimientos capitales del convulso siglo pasado, y así ese chueta,  falso iqueño, maestro de todas las impostaciones posibles, (¿no es asimismo todo escritor un gran impostor?) adopta en la Alemania de la República de Weimar el nombre de Rudolf Hoffman para hacerse pasar por ario y codearse con el canciller Franz von Papen y los jerarcas nazis de las SA; a  su regreso a España, entra en contacto con el mundo de Falange, traba amistad con Manuel Hedilla, conoce a Rafael Sánchez Mazas  y frecuenta al músico Federico Mompou y al escritor Max Aub, cuyo aliento literario también planea sobre la obra; o pasa por la Francia ocupada, transformándose en Alphonse Gärtner-Najera. ¿Quiénes somos? ¿Uno o varios? Varios.

De ese vertiginoso itinerario geográfico e histórico va dando Enrique Fuster Bonín sus aceradas opiniones; así habla, por ejemplo, del ambiente de enfrentamientos en la misma Falange: La verdad es que en la capital, sobre todo, el combate interno se dirimía entre, por una parte, los proletarios que Manuel Hedilla había sabido apartar de los sindicatos rojos, todos muy jóvenes, y por otra los señoritos atildados y pletóricos de fijapelo; o del Holocausto: Consiguen eliminar hasta cinco mil diarios en algunos campos. Son de una eficacia terrible. Lo mismo fabrican cañones o tanques que exterminan una raza.

En esa rocambolesca trama que lleva al lector de la Alemania a punto de caer en las garras del nazismo a la España  en donde salta en pedazos la Segunda República para dar paso a la guerra incivil, Miguel Arnas Coronado cuela una narración paralela, pretérita, en forma de antiguo manuscrito que cae en manos de ese judío superviviente: la del judío errante Todrós, estudioso de la Cábala y enamorado de Hannah, lo que le permite al autor clonar, con eficacia y sin que suene a impostación, el castellano antiguo: Llegado a pie a Barcelona, extrañose ahora del camino inverso a lomos de mula, mas a lo bueno aína se acostumbra cualquiera. Arrimóseles un perro, al que Todros acostumbró darle restos y el animal fue fiel hasta el final del viaje.

Contiene este relato, novela dentro de la novela, escrito en lenguaje cervantino, alguno de los momentos más divertidos del libro, pasajes de erotismo y picaresca que hacen honor al título Ashaverus el libidinoso, ya que Todros, erudito en la Biblia y físico, no le haces ascos a ninguna mujer dispuesta que encuentra por los pajares de las pequeñas villas que recorre en su itinerario. Si Hannah me cabalgó porque le plugo, peor es la postura de Raquel, quien me ofrece sus posaderas para ser azotadas. O este otro pasaje: La mano de Hannah lo condujo adelante y atrás hasta que la humedad llegó a chorrearle brazo abajo, cosa que asustó al mancebo convencido como estaba de que le había dañado, haciéndola sangrar. Pero no era daño sino deleite, y en su cara lo mostraba.

Abunda la ironía y el humor, porque se prestan a ello las andanzas del tal Todros: Aquella noche durmió abrazado a Raquel, porque más vale cuerpo caliente aunque odioso que soledad temerosa. Se documenta Miguel Arnas Coronado en los usos y costumbres sexuales de la época para ofrecernos, por ejemplo, este rudimentario condón femenino que despertará la curiosidad del lector. Como físico y sabio, tomaba Todros precauciones al yacer con sus amigas en las aljamas donde había predicado, exigiéndoles, o bien que metieran en su natura un lienzo pequeño empapado en vinagre y atado con una hilacha mientras lo hacían, o que se irrigaran con vino agriado, cuanto más viejo y agrio, mejor. Verter fuera habría sido el delito de Onán.
El protagonista de Ashaverus el libidinoso, Enrique Fuster Bonín, es como Zelig, uno de los personajes más brillantes ideados por Woody Allen: tiene la capacidad de adaptación de los camaleones, y de ahí que sea un superviviente; cambia de nombre, de idioma, de personalidad, según la compañía; y está en poder del don de la ubicuidad que le permite estar en todas partes y en todos los momentos estelares de su época, para ser su testigo crítico. En su búsqueda del origen del mal, uno de los leit motiv de la narraciónlos últimos trece años de mi vida los he dedicado a averiguar qué es el mal y lo he hallado repartido de forma muy equitativa analiza los acontecimientos históricos y las bárbaras matanzas que convirtieron Europa en un  gigantesco cementerio durante la primera mitad del siglo XX.

La multiplicad de escenarios por los que transcurre la novela, aparte de proporcionar agilidad a la misma y que nunca se aburra al lector,  le permite a Miguel Arnas Coronado llevarlo al Berlín convulso en el que a diario se enfrentaban los matones nazis con los comunistas, al París epicentro de la cultura sojuzgado por la barbarie nazi, a la España pobre, cutre y seca a punto de estallar en conflicto civil, y a Barcelona, finalmente, y es en esa ciudad, por ser la suya, en donde el autor se explaya retratando lugares, como esa cafetería  mítica de la Gran Vía, El oro del Rhin, que ya solo existen en la memoria, o ese Barrio Chino y sus gentes que fueron barridos de la ciudad del diseño que cada día se reinventa a sí misma. Una mujer que él encontró vieja, barrigona, pintarrajeada de un carmín tan chillón como podría haber sido el graznido de un flautín en medio de un recital de órgano, embutida en una falda cuyo final se situaba muy por encima de las rodillas.

Hay homenajes a la música, que, con el amor y la literatura, confiesa el autor, forma su tríptico vital. La música le parece la culminación de la creatividad humana, casi tanto como el hecho mismo, lo ha oído decir, de abrir con el bisturí un torso y eliminar un tumor que acabaría matando a la persona de no ser extirpado. Lamentos en voz alta sobre la condición humana: ¡qué vergüenza ser humano! ¡qué vergüenza, pertenecer a cualquier raza! Y acertadas sentencias que cuela con habilidad el escritor catalanoandaluz en su bien armado artefacto literario: El cinismo es la defensa del impotente que trata de salvar la vida. Pero hay, sobre todo, un gran amor por la literatura, heroico en esta época. Confiesa Miguel Arnas Coronado en la solapa que ha leído y escrito como el lujurioso confiesa que fornicó. Doy fe de ello. Busquen Ashaverus el libidinoso y no se la pierdan.