viernes, 17 de febrero de 2017

CINE / MANCHESTER FRENTE AL MAR, DE KENNETH LONERGAN

Manchester frente al mar
Kenneth Lonergan

Manchester, que no está en el Reino Unido, del mismo modo que  París está en Texas, es el microcosmos marino en donde se desarrolla ese melodrama que acumula seis candidaturas a los Óscar de Hollywood. La película de Kenneth Lonergan (Nueva York, 1962) fue presentada con éxito en el Festival de Sundance. Drama familiar en toda regla entre un tío y su sobrino, que acaba de perder a su padre y del que debe hacerse cargo. El tío, el fontanero Lee Chandler (un Casey Affleck monocorde que habla entre susurros), que arregla cañerías y se lía a puñetazos cuando alguien le roza el hombro en un bar, es un tipo con una herida incurable porque le pasa lo peor que le puede pasar a un padre.  No se rehace porque de ese agujero no se sale jamás y lo condena a uno a una infelicidad perpetua. Quizá Patrick Chandler (Lucas Hedges), el adolescente hijo de su hermano muerto, consiga sacarle del hoyo y hasta puede que se complementen.

Kenneth Lonergan, que tiene una larga experiencia como director (Margaret, La familia Savage, Puedes contar conmigo)  y guionista,  construye un correcto melodrama, en alguno de sus tramos emotivo, pero largo en exceso. Manchester frente al mar concurrió´ en la Sección oficial por Estados Unidos en el último festival de Gijón, un pequeño gran evento cinematográfico, y Casey Affleck se llevó el merecido premio a la mejor interpretación masculina. Correcta este Manchester frente al mar porque arriesga poco a nivel formal, más bien nada, y argumental, aunque al menos no se dan esas sonrisas y lágrimas típicas y tópicas de los melodramas (La fuerza del cariño) norteamericanos: aquí pocas sonrisas, ninguna, y escasas lágrimas (el dolor lamina por dentro). Curiosamente lo que más me gusta de Manchester frente al mar es esa interpretación monocorde de Casey Affleck, sus susurros, sus miradas idas, su irascibilidad que busca que alguien le golpee hasta la muerte, aunque él ya esté muerto. Hombre muerto anda.

Tío y sobrino acaban saliendo a pescar en el viejo barco de su padre, como en los buenos tiempos, y compran un nuevo motor con la venta de la colección de armas del difunto Joe Chandler (Kyle Chandler), a quien vemos de cuerpo presente y en flash backs. Final abierto y feliz para una historia que no puede tenerlo porque el protagonista es un muerto (el sobrino se queja de que no le dé conversación a la madre de una de sus novias, para beneficiársela tranquilamente en el piso de arriba).

Una buena secuencia para la retina: la madre Randi (Michelle Williams) de los hijos que tuvo el fontanero Lee Chandler, que acaba de tener un bebé con otra pareja y ha rehecho su vida, le pide, entre lágrimas, que perdone todas las palabras que soltó por su boca cuando la felicidad de la familia ardió literalmente entre las llamas. Allí el protagonista se resquebraja y la película vuela alto.








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lunes, 13 de febrero de 2017

CINE / TONI ERDMANN, DE MAREN ADE

Toni Erdmann
Maren Ade

No siempre los hijos salen a tu imagen y semejanza, muchas veces sucede exactamente lo contrario, como reacción. Y los padres, por regla general, salvo los psicópatas que devoran a sus propios hijos como Urano, que haylos, experimentan por los hijos una suerte de amor no correspondido. Estos son los ejes argumentales de la película alemana que seguramente, y teniendo en cuenta los gustos de la Academia de Hollywood, se lleve el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Toni Erdmann es una larguísima película alemana sobre la espinosa relación entre un padre jubilado, vitalista, medio hippie, excéntrico y ecologista, y su hija ejecutiva de una empresa, rígida y discreta, su antítesis. Cuando Winifried (Peter Simonischek) viaje a Bucarest, en donde está destinada su hija Inés (Sandra Hüller) para saber si es feliz, el encuentro padre hija dará lugar a una serie de situaciones hilarantes que llegarán a su máxima expresión cuando el padre cree un nuevo personaje, el estrafalario Toni Erdmann del título, para aproximarse a su hija y arrancarle una sonrisa.

Maren Ade (Karlsuhe, 1976), la realizadora y guionista del film, trufa esos 162 minutos con una sucesión de escenas humorísticas en las que ese padre clown se burla de la clase empresarial y pone en cuestión el sistema rígido de valores de su hija, algo que ella no ve precisamente con buenos ojos. La anécdota se alarga demasiado y finalmente las continuas bromas de Winfred / Toni Erdmann acaban saturando y la película, en sus momentos finales, deriva hacia el pastelón sentimentaloide, lo que nos es óbice para que asistamos a alguna que otra secuencia hilarante como cuando, en su fiesta de cumpleaños, y ante la imposibilidad de ponerse un vestido nuevo, la circunspecta Inés abra la puerta de su casa desnuda y anime a sus invitados, los empleados de su oficina,  a deshacerse de sus ropas. Eso sí, tanto Peter Simonischek, pasado alguna vez de rosca, como Sandra Hüller bordan sus respectivos papeles.


En Arkaham, una pequeña comunidad de la costa Oeste norteamericana, la vida transcurre sin contratiempos. La irrupción de un peligroso fugitivo de la justicia y el misterioso y sórdido crimen que a continuación de produce alteran la aparentemente plácida vida del pueblo. Afloran las pasiones y e ambiente se vuelve tan tenso que se hace irrespirable. La sombra de la sospecha planea sobre todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Mala hierba obtuvo el premio Ángel Guerra en 1991.




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viernes, 10 de febrero de 2017

LITERATURA / LOS ÚLTIMOS RECUERDOS DEL RELOJ DE ARENA, DE FERNANDO MARTÍNEZ LÓPEZ

LOS ÚLTIMOS RECUERDOS
DEL RELOJ DE ARENA
Fernando Martínez López

Vuelve al género negro, y lo hace con oficio de narrador curtido, ya que Los últimos recuerdos del reloj de arena es su séptima novela (El sobre negro, El rastro difuso, El mar sigue siendo azul, Fresas amargas para siempre, Tu nombre con tinta de café, El jinete del plenilunio), el jienense afincado en Almería Fernando Martínez López, galardonado, entre otros, con los premios de novela Ciudad de Jumilla y Felipe Trigo. Tiene la última novela de este escritor, que cierra una trilogía policial, estructura compleja y un buen número de personajes principales que el autor gobierna con oficio para que la trama no se disperse.
Con saltos continuos al pasado, que explican el presente de dos de los personajes fundamentales sobre los que pivota la narración, el ginecólogo Claudio Berbel Ochotorena, cuyo cadáver aparece desnudo y con signos de violencia en las calles de una Almeria asolada por una huelga de basureros, y el banquero Eugenio Valls, prototipo de la corrupción y deshonestidad financiera (vendedor de ese producto turbio llamado participaciones preferentes que llevó a la ruina a buen número de impositores en nuestro país), construye Fernando Martínez López una trama criminal que debe desentrañar Gabriela Ruiz, una inspectora de policía de fuerte carácter, ayudada por Juan Heredia, un policía gitano (¿homenaje al Flores de Brigada Central de Juan Madrid?), con el que acaba teniendo una relación amorosa.

Están muy presentes en la narración los tiempos precarios que arrostramos y la crisis del sistema social que no es otra cosa que corrupción—. Malos tiempos, para la lírica y para casi todo, malos tiempos para los millones de parados, malos tiempos para la honestidad, malos tiempos para amar, tiempos de corruptos y asesinos. Asesinos. Había uno que debían encontrar—. Con pinceladas precisas nos traslada el autor al pretérito, al mítico burdel granadino de La Bizcocha, por ejemplo, en donde uno de los personajes debe estrenarse por voluntad de su padre. Se percibían respiraciones agitadas, ruidos de somieres, algunas risas, se intuía el susurro de obscenidades, el olor profundo del semen y los fluidos vaginales.

No olvida el escritor jienense dar pinceladas sobre el pasado de todos sus personajes, de sus zonas oscuras que permanecen como heridas que todavía supuran—. Y ahora, tumbada en la cama y los ojos abiertos, notaba el pulso acelerado por el orgasmo que le había proporcionado otra vez Isidro Cruz, un fantasma del que solo quedaban sus huesos descarnados—, como en el caso de ese personaje potente, hasta físicamente, que es la inspectora Gabriela Ruiz, que guarda un recuerdo imborrable de una relación tóxica que le ha dejado marca—. No pudo dejar de amar a aquel chulo rijoso, a aquel seductor que reblandecía voluntades femeninas con la promiscuidad de un perro en celo, a aquel auténtico hijo de puta que, para colmo y como rúbrica al destrozo que le causó a su vida, fue asesinado para que ella tuviera que averiguar quién lo hizo y todas las turbias corruptelas que plagaron su existencia—.
Tampoco falta la sensualidad o la explicitud sexual cuando la narración lo requiere en algunos de sus momentos—. Ella también se había desnudado, sólo mantenía las medias con liguero y los zapatos de tacón alto. El corsé y el mantón habían desaparecido y descubrían unas curvas deliciosas de guitarra, unos senos abundantes y firmes con los pezones enhiestos hacia los ojos marrones de Claudio Berbel Ochotorenay lima el autor de Tu nombre con tinta de café el lenguaje, captura las palabras precisas para conseguir ese efecto deseado.
C
Con un estilo impecable y pulido, dominio de los diálogos y de los tempos literarios y buena arquitectura de personajes, Fernando Martínez López construye un thriller que habla de épocas no tan lejanas de intolerancia en las que homosexualidad debía esconderse y los que tenían esa tendencia sexual debían matrimoniar por conveniencia con el terrible drama personal de ser toda la vida un falsarioFallido intento, querido, y ahora, mientras ya se adentraba en la avenida Vivar Téllez, le venían a borbotones sangrientos cada una de las discusiones y peleas con Paula, harta de indiferencia y de mantener su vagina seca—; del trueque de bebés en los paritorios de los hospitales, práctica al parecer no excepcional como nos informa la prensa de cuando en cuando; y de la crisis financiera de nuestro país, las claves sociales de una novela negra que fluye ágil a lo largo de sus poco más de trescientas páginas y reafirma el talento literario de este autor con una sólida carrera a sus espaldas. 



José Luis Muñoz es un novelista de una fecunda carrera en el género negro; con esta Mala hierba da una vuelta de tuerca a su trayectoria al haber construido una acabada muestra de novela de ambientación americana, en especial la de los años 70, sino que ha dorado a su novela de los ingredientes de acción, pulsiones sexuales desbocadas, violencia incomprensible, que han adornado todo un género. Por ello se sigue el planteamiento ya conocido de situarnos en una diminuta comunidad rural en la que se suceden con mediocridad las mediocres existencias de sus habitantes, y donde hechos, en apariencia triviales, desencadenarán un festival de violencia arrasadora que no dejará títere, ni moral ni físico, con cabeza. En el conjunto hay que recordar la turgente figura de la mujer que organiza el vaivén de las pasiones de los pueblerinos. Es cierto que esta obra no se aparta de la artesanía más lograda del género, pero es una lectura estimulante y diferente en el panorama de la novela negra española. (Otras Lecturas).




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miércoles, 8 de febrero de 2017

CINE / SOLO EL FIN DEL MUNDO, DE XAVIER DOLAN

SOLO EL FIN DEL MUNDO, Xavier Dolan
Si tiene uno en la cabeza la extraordinaria película anterior que surgió del ojo de este jovencísimo genio canadiense de 27 años y mente madura, la desoladora Mommy, puede que Sólo el fin del mundo, una muy buena película, tan buena como poco apreciada y que ha pasado desapercibida para el público y la crítica, le decepcione. Xavier Dolan (Montreal, 1989), tiene sobre sus espaldas una carrera meteórica cimentada en una serie de largos  y otra de premios. El actor, director y productor inició su maratón creativo en el 2009 con Yo he matado a mi madre y desde entonces ya ha rodado siete filmes y acumula un sinfín de galardones, entre los más significativos una Palma de Oro y un Premio del Jurado en el festival de Cannes.

El fin del mundo es la muerte de uno. Todo gira alrededor nuestro. Si nos apagamos, el mundo no existe, porque somos nuestro único punto de vista. Así es que Xavier Dolan no oculta las cartas y su protagonista Luis (Gaspard Ulliel), un joven y talentoso escritor, que podría ser el trasunto del propio director, quiere despedirse de su variopinta y desestructurada familia, que no sabe nada de su estado de salud y a la que no ve desde una eternidad, nada menos que doce años de separación, pero le es difícil encontrar el momento preciso para comunicar la noticia de su muerte inminente.

Parte Xavier Dolan de una premisa que se parece a Mi vida sin mí de Isabel Coixet para radiografiar a una familia que se caracteriza por la inestabilidad emocional de todos sus miembros, especialmente la madre (Nathalie Baye), a la que se supone no recuperada de la pérdida de su marido, y el hermano Antoine, paradigma de tipo fracasado, envidioso y rencoroso interpretado por un Vincent Cassel, maestro de lo excesivo, una especie de Jack Nicholson francés,  que hace insoportablemente irritante su personaje. Cree el protagonista de Sólo el fin del mundo, tras una serie de trifulcas familiares que se desarrollan durante una comida que tiene que ser familiar y resulta casi fratricida (la película casi transcurre en tiempo real), que logrará su cometido, que encontrará ese momento solemne para decir a los suyos que se va de este mundo, pero no ha lugar, porque los hermanos se despellejan unos a otros en continuas diatribas. La comprensión, casi telepática, la encuentra en su maltratada cuñada Catherine (Marion Cotillard), la única capaz de ver su interior sin cruzar una palabra, con solo miradas, y la veneración en su hermana Suzanne (Léa Seydoux), la más normal de los de su sangre, que a lo único que aspira es a liberarse de esa atmósfera familiar opresiva.

Una y otra vez Xavier Dolan vuelve al entorno familiar, leit motiv de su obra, a ese núcleo a veces incómodo e incomprensible que no elige uno al nacer pero que a fin de cuentas es el último refugio instintivo, pero al protagonista moribundo de Sólo el fin del mundo no le sirve, porque no consigue comunicarse con ninguno de sus miembros, desprenderse de esa angustia que lo atenaza. La imposibilidad de despedirse, podría haberse subtitulado el último film de Xavier Dolan.

Xavier Dolan rueda en Francia y con actores franceses, pero tiene uno la sensación de encontrarse en el frío Canadá a pesar del acento reconocible de todos sus personajes. Hace el director de Mommy un alarde de virtuosismo al hacer avanzar el film a través de una serie de diálogos encadenados, más algún breve flashback de la relación homosexual del protagonista con un chico vecino, servidumbre de su origen teatral. Con un rosario de diálogos, a menudo gritos de rabia y reproches hirientes, y una cámara inquieta, que se clava en el rostro de sus actores,  hilvana con maestría este psicodrama potente y coral.   


En Arkaham, una pequeña comunidad de la Costa Oeste norteamericana, la vida transcurre sin contratiempos. La irrupción de un peligroso fugitivo de la justicia y el misterioso y sórdido crimen que a continuación se produce alteran la aparentemente plácida vida del pueblo. Afloran las pasiones y el ambiente se vuelve tan tenso que se hace irrespirable. La sombra de la sospecha planea sobre todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Con MALA HIERBA, novela que obtuvo el premio Ángel Guerra en 1991, José Luis Muñoz, uno de los más fieles cultivadores del género negro de nuestro país, adscrito a la escuela Barcelonesa – EL CADÁVER BAJO EL JARDÍN, BARCELONA NEGRA, LA CASA DEL SUEÑO, PUBIS DE VELLO ROJO -, traslada el escenario de sus novelas policíacas de Barcelona a Estados Unidos. El reencuentro físico de autor, a través de un viaje iniciático por el Nuevo Mundo, con los paisajes, urbes y tipos que tan familiares le resultaban como degustador de cine negro de los años cincuenta, cristaliza en MALA HIERBA, una novela coral, vigorosa y realista, que es un homenaje a Jim Thompson, Mac Behn, James Cain, de quienes se declara admirador y deudor.



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sábado, 4 de febrero de 2017

CINE / QUE DIOS NOS PERDONE, DE RODRIGO SOROGOYEN


QUE DIOS NOS PERDONE
Rodrigo Sorogoyen
En su pase en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián Que Dios nos perdone, un thriller de género negro dirigido por Rodrigo Sorogoyen, un joven director que ha dado el salto de los platós televisivos a la pantalla grande, fue la película española que dejó mejor sabor de boca del certamen.
Estamos viviendo un momento dulce para el cine patrio de género negro que está alumbrando buenas películas de factura impecable que nada tienen que envidiar a los buenos thrillers norteamericanos o las que nos llegan del país vecino, quizá porque España siempre ha tenido una buena tradición en ese género desde muchos años atrás. Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto, La noche de los girasoles, Celda 211, No habrá paz para los malvados, El niño o La isla mínima no son casos aislados, por fortuna.

Un asesino y violador de ancianas anda suelto por Madrid coincidiendo con la visita del Papa Benedicto a Madrid y la policía debe actuar con cautela para que la noticia no explote en la prensa. Coincide el tiempo cinematográfico de Que Dios nos perdone con la etapa más salvaje de la crisis y el movimiento de los indignados del 15M.  Dos policías muy diferentes en carácter y en método, el tartamudo e introvertido Velarde (espléndido Antonio de la Torre) y el violento y visceral Alfaro (Roberto Álamo), se harán cargo de una investigación exhaustiva del caso que les llevará a enfrentarse con sus superiores jerárquicos y con sus propios compañeros.


El director de Stockholm, por la que recibió el premio Goya a La Mejor Dirección Novel, dirige con brío este film policial y dibuja con verismo el perfil de esa pareja de policías tan diferentes, tan antitéticos en carácter como en lo físico,  pero que se complementan, huyendo de tópicos y de finales luminosos, y también el escalofriante modus operandi de ese asesino y violador de ancianas que, como todo psicópata, parece un ser empático. Hay una violencia ajustada y nada truculenta.  Ritmo y emoción garantizados de principio a fin, y final de altura.  


Hiru es un pequeño pueblo del valle de Arán próximo a Francia. Marcos, un forastero que viene del País Vasco, aterriza en él huyendo de su pasado turbio cuando ETA declara su alto el fuego unilateral e irreversible. Un día, en el bar del pueblo, que es su centro social, Marcos reconoce la voz del teniente de la guardia civil Antonio Muñiz, jefe del puesto, y vuelven a su cabeza dolorosos recuerdos del pasado. En esa pequeña localidad rural empieza una escalada de tensión entre sus pobladores. El odio, la desconfianza y el deseo de venganza afloran. Las rencillas solapadas dinamitan la aparente paz de ese enclave idílico y todos se preguntan quién es el forastero y qué ha venido a hacer a su población. Cazadores en la nieve es una novela negra ambientada en el ámbito rural que tiene como trasfondo el terrorismo, la lucha antiterrorista y sus abusos. 

Si algo define al género negro es que la carga de la prueba estará siempre contra el autor que rompa sus reglas, que quiebre la espina dorsal de lo establecido, que prenda fuego a los cánones y encienda la pasión lectora. Es lo que sucede con "Cazadores en la nieve", de José Luis Muñoz, un autor que está siempre bajo sospecha. No importan en ésta ni en ninguna de sus historias la absolución o la culpa, sino la furia y el temblor de una prosa que fatalmente te convertirá en su cómplice. (GUILLERMO ORSI) 

Si existe una escritura ilimitada, no sujeta a géneros ni modas, radicalmente libre y rigurosa, esa escritura es la de José Luis Muñoz (ALFONS CERVERA)

 Si lee Cazadores en la nieve habrán apostado sobre seguro. José Luis Muñoz nunca defrauda. (FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ) 






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CINE / BILLY LYNN, DE ANG LEE

BILLY LYNN
Ang Lee

Apología del quiebro y el requiebro a cargo del taiwanés Ang Lee (Pintung, 1954), o cómo vender un mensaje ambiguo e ir desconcertando al espectador en todos y cada uno de los tramos de una película desconcertante en lo técnico (3D y altísima definición) como en lo ideológico (¿pre o post-Trump?)
El director de El banquete de boda es un tipo inteligente y versátil, un director eficaz al que nunca le falla el oficio. Lo ha demostrado a lo largo de una carrera trufada de éxitos en la que se ha enfrentado a un sinfín de géneros y ha salido casi siempre airoso de ellos. El costumbrismo taiwanés de su primera época de Comer, beber y amar; el drama romántico y victoriano de Sentido y sensibilidad, en el que se sintió inmensamente cómodo y por el que fue recompensado; la agria radiografía social de Tormenta de hielo, uno de sus mejores filmes; el western insustancial de Cabalga con el diablo, una película olvidable; el virtuosismo de Tigre y dragón, en plena eclosión del wusia;   Hulck, un cómic sobre superhéroes; Brokevack Mountain, el film sobre amores homosexuales entre vaqueros;  el film romántico de espionaje en tiempos de guerra de la notable Deseo  y peligro; y la fábula naif La vida de Pi retratan a un director seducido por los desafíos genéricos y la tecnología.

Billy Lynn, drama sobre soldados que combaten en la invasión de Irak (la guerra fue un paseo; la postguerra una pesadilla que todavía dura) es un film desconcertante que uno no sabe  si encuadrarlo como apología del militarismo norteamericano o crítica a la estupidez de un país con rasgos infantiloides. Quizá Billy Lynn, cuyo subtítulo es inquietante, Honor  y sentimiento, la haya rodado el taiwanés cogido por el pescuezo por los estudios que no querían un film demasiado crítico, y eso explicaría  ese final conformista y adocenado.
Billy Lynn (Joe Alwyn), el protagonista, es un soldado de 19 años virgen en el sentido más amplio de la palabra (sexual y militarmente), que se convierte en improvisado héroe cuando un cámara de televisión recoge su gesta por salvar al sargento de su pelotón Shroon (Vin Diesel), un musculoso militar budista que anda filosofando antes de entrar en combate, en una misión en Irak. El escuadrón Bravo, del que forma parte el joven soldado, el sargento fallecido, el sargento Dime (Garrett Hedlund), el afroamericano Lodis (Brian Bradley), el hispano Holliday (Ismael Cruz Córdova), el asiático Foo (Mason Lee, el hijo del realizador),  en representación del país multiétnico que es Estados Unidos, y otros colegas, recibe un permiso especial para explicar en platós y otros forosrasgos de humor en esa rueda de prensa en lo que todos dicen exactamente lo contrario de lo que piensan porque se pliegan a lo que quieren oír los periodistas su gesta en un intento de que esa guerra impopular y nefasta suba algunos enteros en la popularidad del pueblo americano.

Si en los primeros minutos el espectador tiene la sensación de hallarse ante un panfleto militarista made in USA rodado para que se produzcan alistamientos masivos al cuerpo de marineslos jóvenes soldados son recibidos en olor de multitudes allá adónde vayan; viven una especie de cuento de hadas irreal agasajados por todo el mundo y recorren las calles en limusina; la gente se les acerca como si fueran astros de la pantalla para solicitar sus autógrafos porque son los soldados del imperioen Europa ese entusiasmo por los uniformes, de momento, ni lo compartimos ni lo comprendemosy el pueblo patriotero agradece su sacrificionos están librando de los terroristas que nosotros mismos fabricamos; de Saddan Hussein que no derribó las Torres Gemelas y era un muro contra el yihadismo; de las armas de destrucción masiva que jamás se encontraron, adquiere tintes de denuncia pura y dura cuando los militares se dan cuenta de que son meras piezas del show businessla actuación en el estadio, tras el partido de fútbol americano, de los aguerridos soldados en traje de campaña, como teloneros de las contorsiones de Beyoncéy de que ni siquiera se les toma en consideraciónel empresario deportivo Norm Oglesby,  encarnado por un Steve Martin inexpresivo por exceso de botox, quiere llevar su gesta al cine pero les ofrece una miseria por ello, así es que no san valiosos como creían—. Para que asiente más los pies en la tierra el protagonista,  la supuestamente embobada cheerleader Faison (Makenzie Leigh), con la que cree ligar el bisoño Billy Lynnun amor testosterónico a primera vista y al primer roce tras unas cortinasno es otra cosa que una ensoñación más, como esa hortera limusina Hummer (la marca de los blindados artillados de Irak) que los pasea, porque la simpática y cariñosa animadora besa al Billy Lynn héroe, el que vuelve al frente a jugarse el físico, y sólo al héroe (en cuanto él le plantea licenciarse para vivir esa falsa historia de amor, ella se retira, no le interesa el ser humano sino el falso mito).

Cuando parece que Ang Lee ha ganado el pulso a los estudios, ha criticado a la sociedad norteamericana, aquejada por el síndrome de Peter Pan, niños peligrosos que se niegan a madurar y se tragan todo lo que les dicen, hasta lo más inverosímil, se produce el quiebro final, y los chicos soldado, tras ese recreo que les debiera haber abierto los ojos sobre lo estúpidos que son por jugarse el físico por intereses ajenos y no por ideales nacionales, en el caso de que valga la pena jugárselos por ellos, vuelven mansamente al redil, es decir a Irak, al matadero, incapaces de sublevarse y cambiar su destino.
Es más fácil ser un héroe allí que aquí, le dice al soldado Lynn su hermana antibelicista Kathryn (Kristen Stewart), una de las frases para el recuerdo de esa película, cuando no consigue convencerle para que pida la licencia y se ponga en manos de un psicólogo que cura shocks postraumáticos. Pero los chicos marchan marcialmente, predestinados a ser héroes y a ser devueltos en ataúdes de plomo, con un claro comportamiento gregario.    

Buen pulso cinematográfico, eso sí, el del taiwanés, a la hora de confeccionar escenas potentes; escenas bélicas de cierto impactoa Billy Lynn le repugna que le pregunten siempre sobre lo mismo, porque no se siente en absoluto orgulloso de ello: cómo mató al insurgente que quería acabar con la vida de su sargento, y esa es una escena sucia y recurrente que le viene in mente, junto a ese allanamiento de vivienda de una familia iraquí en la que se siente traspasado por las mirada de un niño; y una secuencia catártica, la del show en el estadio, que parece clonadola liturgia y la coreografía es similar—del de las conejitas de Playboy de Apocalipse now.

La película de Ang Lee podría subtitularse la estupidez norteamericana; una estupidez que da miedo, porque contando chistes, desdramatizando el sufrimiento y el dolor ajeno hasta reconvertirlo en parte del show business, pueden acabar con medio planeta, y precisamente a Irak remite la película del taiwanés afincado en Estados Unidos, la madre de nuestras presentes desdichas.







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martes, 31 de enero de 2017

CINE / EMMANUELLE, MON AMOUR

Emmanuelle, mon amour


Veo mucho cine. A veces demasiado, sobre todo en los festivales en los que las sobredosis cinéfilas me recuerdan aquellos tiempos de juventud, con 17 o 18 años, cuando tenía que cruzar la frontera, casi clandestinamente, para ver lo que el franquismo prohibía en Le Boulou, Perpignan o Andorra, robando horas al sueño. Descubrí a Emmanuelle Riva seguramente tarde, quizá en Andorra y de madrugada, porque hasta esa joya cinematográfica, que es Hiroshima mon amour, una de las mejores películas de Alain Resnais y la segunda en la que intervenía la actriz francesa, estaba vetada en esa España árida cultural y políticamente  en la que simplemente se sobrevivía; seguramente a los censores debió herirles que hablaba de amor sin cortapisas, amor, además, entre dos seres libres de razas distintas en esa ciudad mártir japonesa que sufrió el primer gran atentado terrorista de la historia de la humanidad, el más letal de todos ellos: Hiroshima. En esa ciudad castigada por la muerte situó Alain Resnais su poema de amor fílmico en el que una joven Emmanuelle Riva de 32 años enamoraba a Eiji Okada, dos personajes sin nombre que paseaban y se amaban en una ciudad desolada que con la pasión podía renacer de sus cenizas bajo una voz literaria que era la de Marguerite Duras, la autora del guion, una de las mejores escritoras francesas que hayan existido.

Poseía Emmanuelle Riva una belleza espiritual que surgía de su interior y estallaba en sus grandes ojos verdes bajo el arco de cejas anchas bien dibujadas y sobre esos labios gruesos que sonreían tímidamente.  Esa muchacha de Lorena de aspecto frágil, que en realidad se llamaba Paulette, era también poetisa: todo cuadraba. Yo tenía 8 años cuando Alain Resnais rodó esa joya romántica en blanco y negro, pero la vi con 18, un desfase de diez años, y volví a ella mucho más tarde para comprobar su frescura.

Emmanuelle Riva tuvo una larga carrera cinematográfica, lejos del estrellato del que huía, quizá por timidez, pero, curiosamente, no la recuerdo más allá de esa película iniciática. Creo que no vi Kapo de Gillo Pontecorvo, ni León Morín, padre, de Jean Pierre Melville. Me perdí todas sus interpretaciones a las órdenes de directores franceses cuya filmografía apreciaba como Georges Franju (Ojos sin rostro y La sangre de las bestias), André Cayette…Repaso su filmografía y compruebo que le he perdido la pista hasta que la encuentro en la trilogía de Krzystof Kiéslowski, en Azul, pero no la ubico a pesar de que he visto esa película tres veces por lo menos, por mi doble admiración hacia el director polaco y  Juliette Binoche. Emmanuelle Riva se hace mayor y se adapta a sus papeles de abuela, hasta en la película que dirige Julie Delpy, la intérprete de Blanco. ¿Cómo es posible mi ignorancia de ella?

Hasta que me reencuentro con ella en otra película de amor, en Amor de Michael Haneke, precisamente, cincuenta y tres años después de Hiroshima, una de las más estremecedoras historias de amor que se hayan filmado en la que Emmanuelle Riva, ya anciana, vibra en un drama que habla de la desolación de la muerte, de lo que ocurre cuando la parca rompe una pareja que ha envejecido junta, que ha construido toda una vida, y allí ella se me incrusta dentro, otras vez, hasta el punto de que cuando termina la proyección soy incapaz de alzarme de mi asiento, y, cuando lo consigo, deambulo por la ciudad como un sonámbulo. Y ese día derramo las lágrimas que no he derramado en ocho años, por una conjunción de factores, pero Amor es el desencadenante. Así es que mi relación con esa bella y elegante actriz, que se fue discretamente el pasado 27 de enero en París, se reduce solo a  dos películas presididas por ese sentimiento tan irracional como hermoso y cuya magia sobrecoge, el amor en Hiroshima, en la pletórica juventud, y el amor al final de la vida en un apartamento de París en donde reina la atmósfera de sus viejos habitantes. Paulette, con sus cabellos blancos, con sus arrugas, conservó siempre ese brillo especial en la mirada, el brillo verde que encendía sentimientos de ternura en Eiji Okada, él, y en Jean Louis Trintignant, un hombre.

La muerte siempre es joven, porque es ingenua. Tanto como el nacimiento, dijo esa bella y elegante anciana.   


“Me llamo Humberto da Silva dos Purísima Concepçiao, hijo de papá negro, como el puro chocolate, que trabajaba, cuando había trabajo, descargando sacos de azúcar, café y cacao en el puerto de Cidade Baixa.”
Así arranca está fábula sobre la banalidad del éxito y la contudencia del fracaso. Humberto da Silva es un niño de la calle de la populosa y exuberante Salvador de Bahía, la ciudad  negra de Brasil. Él y sus amigos siempre andan jugando al fútbol en la playa. Cuando un promotor lo vea, su vida cambiará. De ser nadie, a ser una estrella. Pero el éxito tiene un precio amargo. 







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