martes, 12 de julio de 2016

SOCIEDAD / PIE DE FOTO

PIE DE FOTO
Miren esa foto. Fíjense qué cara de placer y felicidad la de esos sujetos que están a horas de desencadenar el Armageddon. Se han puesto de acuerdo para vestir igual los tres mosqueteros de la infamia, se llamaron poco antes de ese fatídico vuelo a las Azores para pactar el color de sus trajes y corbatas. Tony Blair tiene la mirada enloquecida del que se arroja al abismo de la mano de George W. Bush. El presidente de Estados Unidos es el representante de las grandes corporaciones que huelen negocio y son las que toman la decisión. José María Aznar ríe porque se cree el amo del mundo al lado de esos dos sujetos que lo van a dejar infinitamente peor de lo que está.
La gentuza suele ir muy trajeada. No hay más que ver a los grandes capos de la Mafia de Chicago. La gentuza suele sonreír cuando toman alegremente una decisión letal cuya consecuencia va a ser el exterminio de cuatrocientas mil personas, hacer saltar por los aires toda una zona del planeta y multiplicar el terrorismo exponencialmente. Esa barbaridad se materializó contra la opinión pública de los tres países que gobernaban y que ellos ignoraron en un alarde de democracia. Los tres tipejos sonrientes de la foto se pasaron literalmente por el forro a los millones de personas que salieron en todo el mundo para impedir la barbaridad que orquestaron.
El informe Chilcot elaborado en el Reino Unido sobre esos tres tipejos es demoledor pero no dice nada nuevo que ya no supiéramos. El Trío de las Azores fue a invadir ilegalmente un país sin un mínimo fundamento de que fuera una amenaza. Ahora sí lo es. Ahora no hay país. Como no lo hay en Siria, Libia, en todos los lugares en los que gentuza bien vestida, que sonríe ante las cámaras momentos antes de mancharse los colmillos de sangre, actúa. Ahora podemos volar por los aires en un tren de cercanías de Madrid, mientras nos tomamos una copa en un restaurante de París o paseamos en un autobús de dos pisos por las calles de Londres. Ese es el legado de la irresponsable y criminal actuación de los tipejos que sonríen.
George W. Bush está callado en su rancho, pintando monigotes y comiendo pretzels, perdonado por Barack Obama: en Estados Unidos es más grave mentir sobre el sexo oral con una becaria que mentir para arrasar un país. Tony Blair entona un mea culpa a medias y puede que se enfrente a un juicio si las viudas de los soldados británicos muertos en el conflicto (las 400.000 viudas iraquíes no tienen esa prerrogativa) le piden responsabilidades penales tras la lectura de ese exhaustivo informe. José María Aznar aún cree que tiene la razón y se reafirma en la bondad de su decisión de lamerle la suela del zapato a su gran amigo George W. Bush.

¿Cuándo van a responder los tres tipejos ante una corte por sus crímenes de guerra? ¿Dónde hay que firmar para llevarlos allí? 






domingo, 3 de julio de 2016

CINE / HIGH RISE, DE BEN WHEATLEY

HIGH RISE
Ben Wheatley

Adaptación de la novela distópica de J.G. Ballard llamada High Rise, que puede verse como una reedición de La naranja mecánica, porque comparte con la obra de Stanley Kubrick ese aire gamberro y transgresor que hizo de esa película un icono cinematográfico y cultural en la década de los setenta, precisamente cuando se publicó la novela de J.G. Ballard. High Rise no llega a tanto, pero se recrea en la desmesura y borda el ambiente alucinado en donde tiene lugar la claustrofóbica película, un edificio siniestro y megalómano.

El film homónimo del británico Ben Wheatley (Bellirecay, R.U. 1972) es un ejercicio de imaginería potente e hiperviolencia que funde arquitectura de vanguardia y lucha de clases para enfrentar a los que viven en los pisos bajos de un moderno edificio y los que habitan en los altos, incluido el demiurgo del complejo, un tal Royal (Jeremy Irons), que se reserva la última planta en donde tiene un inmenso jardín y su alocada mujer puede montar a caballo. El doctor Robert Lang (Tom Hiddleston) es el último inquilino en llegar a ese extraño edificio que se va deteriorando a marchas forzadas. El brutal Richard Wilder (Luke Evans), que quiere rodar un documental sobre el rascacielos, lidera a los amotinados. El edificio es como el Titánic, o la serie británica Arriba y abajo, Pertenecer a determinada clase social comporta también una ubicación física, así es que ese rascacielos que se erige en protagonista de la novela es una parábola de una sociedad desigual que puede explotar en cualquier momento.

High Rise no se corta en cuanto a sexo y violencia y camina hacia la locura visual a medida que a sus personajes se les va la cordura. El caos se apodera de ese microcosmos que simboliza la sociedad que se resquebraja por las desigualdades flagrantes que hacen estallar la violencia. Por si hubiera alguna duda del carácter político y revulsivo de la película, ésta acaba con unas palabras de la Dama de Hierro defendiendo el sistema capitalista.

Apabullante a nivel visual (las macrofiestas que montan los de abajo y, luego, los de arriba; la secuencia del suicidio inspirada en la gente que se precipitó de las Torres Gemelas), el film de Ben Wheatley (El ABC de la muerte, Fuego libre, A Field in England, Turistas, Kill List) es hiperbólico a conciencia, irrita visualmente, coge al espectador por las solapas y lo sacude sin piedad.


Pura dinamita social este film original en cuyo elenco femenino destaca la atractiva modelo y diseñadora de moda Sienna Miller (Foxcatcher, American Sniper) y Elizabeth Moss, la Peggy Olson de Mad Men



sábado, 2 de julio de 2016

SOCIEDAD / LO INCOMPRENSIBLE

LO INCOMPRENSIBLE

Recuperarme del estado de shock tras el resultado de las últimas elecciones me ha llevado un par de días. Que hayan fallado las encuestas de todos los medios de comunicación, desde los más progresistas a los más conservadores; que ningún politólogo haya sido capaz de vaticinar este resultado sorpresa; que ni las encuestas a pie de urna, las más fiables, se hayan acercado a los resultados oficiales de las elecciones generales del 26J suscita la perplejidad incluso en el partido que ha ganado los comicios. ¿Se han equivocado todas las encuestas, todos los pronósticos? Existe, y eso ya se tiene en cuenta en los estudios demoscópicos, el voto vergonzante, el que se oculta, curiosamente el del que vota al PP (¿cómo se puede votar a un partido y te avergüenza reconocerlo?), pero se sitúa en un 10%. Las encuestas a pie de urna se hacen de forma aleatoria, en diversos colegios electorales, en diferentes comunidades, y arrojaban un resultado similar al de todos los sondeos previos. Todas fallaron. ¿Todas fallaron?
El responsable último del escrutinio es un sujeto, el ministro del interior, bajo sospecha después de las grabaciones que hemos oído en los últimos días. La fórmula viene a ser la habitual. Los que menosprecian lo público lo utilizan para fines privados, en este grave caso para desprestigiar al enemigo político. En ningún país con salud democrática esa es una función de ningún ministro del interior. Un ministro del interior tan torpe, además, que deja que le graben una conversación delicada. En Francia, Alemania o el Reino Unido ese sujeto habría presentado su dimisión  o se le habría cesado. Aquí no y él es el responsable último del proceso electoral. ¿Nos podemos fiar? El tipo que cargó contra los titiriteros, tachándolos de enaltecedores del terrorismo, cuya causa acaba de ser sobreseída, es el que controla el proceso electoral. Hago un esfuerzo y lo asumo.
A lo largo de la historia de la democracia, y, en diversas ocasiones, las elecciones han sido amañadas. Recordemos, sin necesidad de remontarnos muy lejos, el caso de México que enfrentó a AMLO y Felipe Calderón durante meses con la plaza del Zócalo de DF ocupada por los seguidores de López Obrador, o el de Estados Unidos y esas papeletas perforadas de Florida harto sospechosas que dieron la victoria a George W. Bush por la mínima. En el caso de las elecciones del 26J, si hay algún atisbo de sospecha de fraude, deberían revisarse las votaciones, pero me cuesta aceptar la teoría del fraude que implicaría la complicidad de los interventores de los partidos en las mesas electorales y la de los informáticos que introducen los datos de las votaciones. ¿Se pueden falsear esos datos? Sí, pero se pueden cotejar con los resultados de todas las mesas y el tsunami tendría consecuencias parecidas a la mentira del 11M. O quizá no, dado el pasotismo del electorado español. 
Si aparcamos el hipotético fraude electoral, debemos aceptar que ha habido un votante de derechas motivado que ha retirado su confianza a Ciudadanos para devolvérsela al PP (no le ha gustado nada el pacto PSOE Ciudadanos) y que se ha producido una abstención masiva del votante a la izquierda del PSOE que se ha quedado en casa o se ha ido a la playa. La coalición Unidos Podemos, la del botellín de cerveza entre Alberto Garzón y Pablo Iglesias, no ha sumado sino que ha restado, algo ilógico pero que explica el fallo de las encuestas. Las sospechas no se dirigen a la formación de Pablo Iglesias sino a la de Alberto Garzón. Al votante de Izquierda Unida no le ha motivado que su formación haya sido poco menos que engullida por el partido morado ni que Pablo Iglesias haya ido moderando su discurso precisamente para atraerse un voto más conservador, objetivo que no ha conseguido. La figura del león enjaulado que gráficamente ha dibujado Juan Carlos Monedero es un buen retrato del dirigente podemita. Cayo Lara, el defenestrado dirigente de Izquierda Unida, en una de sus intervenciones públicas, decía bien a las claras que no le apetecía votar en estas elecciones. Gaspar Llamazares, en una entrevista en la Sexta, mostraba nulo interés por la coalición antes de entrar en un mitin con auténtica cara de asco. En las filas de Unidos Podemos se perfila con claridad cuál ha sido la causa de su fracaso: Izquierda Unida; su más de un millón de votantes se ha desentendido por completo y no ha seguido las directrices de su nuevo dirigente Alberto Garzón. Algunos de sus dirigentes en territorios conflictivos como Madrid, han pedido la abstención o han votado a otro partido. La izquierda sigue en este país con su problema endémico de siempre: su desunión y fragmentación, el cainismo que es una de nuestras señas de identidad y nos persigue a lo largo de los siglos. La izquierda política no está al servicio del pueblo, como repiten una y otra vez las formaciones, sino de sus intereses partidarios que al ciudadano le importan bien poco. Así es que el 26 J se ha desaprovechado una oportunidad clara de mandar al PP a la oposición y gobernar con un programa de izquierdas por una frívola lucha de egos y siglas. El enemigo no era el PP. El enemigo estaba dentro, era el caballo de Troya de Desunidos No Podemos.  
El votante del PSOE no se ha ido a Unidos Podemos como erróneamente predije. Me equivoqué en todas mis predicciones, más que en los Oscar. Si uno observa el cuadro electoral y suma los ocho diputados que pierde Ciudadanos y los cinco del PSOE el resultado se acerca bastante a esos catorce que aumenta el PP, el ganador indiscutible de estas elecciones. Y ahí, en ese incremento sustancial de votos, como sustancial ha sido el decremento de Unidos Podemos, tampoco funciona la lógica de los politólogos, ni siquiera de los de derechas: nadie se explica que el partido que abandera la corrupción en España, con decenas de altos dirigentes encausados, condenados y encarcelados, con su presidente cobrando sobresueldos de dudosa procedencia durante años, con una legislatura marcada por la subida de los impuestos y los recortes sociales, con alto índice de desempleo y pobreza, con la última guinda del saqueo del fondo de las pensiones (a ver qué dicen cuando no se puedan abonar las mensualidades, de dónde van a sacar el dinero) haya subido en escaños de forma tan espectacular con respecto a los anteriores comicios. ¿Ha calado el discurso del miedo a Pablo Iglesias y a la liquidación de España por los movimientos separatistas? El problema secesionista crece con el resultado: tras el 26J los que quieren la independencia de Cataluña han aumentado de forma exponencial. El discurso del miedo ha funcionado a la perfección, como ha reconocido Pablo Iglesias, y ha movilizado al votante conservador. 
Quién vota a un partido corrupto se hace cómplice de él, como el receptador se hace cómplice cuando le compra lo robado al ladrón. Quizá Mariano Rajoy, el presidente que sólo lee diarios deportivos, se identifique con el español medio como le sucedió al iletrado George W. Bush con los estadounidenses, que metieron en la Casa Blanca a uno de los suyos que cogía los libros al revés y aprendió geografía a base de destrozar países. Vimos, en la noche electoral, dar botes a Mariano Rajoy en el balcón de la sede del PP reformada con dinero negro mientras sus seguidores coreaban, con escarnio, el Sí se puede de Podemos, que en realidad tampoco es de Barack Obama sino de un líder sindical chicano, y repetían la palabra español, muy parco ideario, mientras el derrotado Pablo Iglesias reivindicaba a Salvador Allende (tras decir, días antes, en el programa de Ana Pastor que se había hecho mayor y ya no era comunista, como si serlo fuera síntoma de infantilismo) y entonaba la canción El pueblo unido jamás será vencido, que lo ha sido por desunido.
El que coreaba a un Mariano Rajoy, que no se creía su propio resultado, es el votante que identifica a Podemos con los malos, como si de una película del Oeste se tratara, en una simplificación que resulta insultante para una inteligencia media, Ante el grupo enfervorecido de seguidores que agitaba banderas azules, Mariano Rajoy, en otro de sus alardes de brillo político, largó, según él, uno de los discursos más difíciles de su vida, una palabra repetida: Gracias, gracias. Difícil, sí.

El 26 J es el fin de una ilusión que ha pinchado como un globo, el entierro de la ética política en nuestro país y la demostración de que la derecha siempre vencerá a una izquierda, históricamente desunida, que consume sus esfuerzos en atacarse con saña. Bien harían Pedro Sánchez y Pablo Iglesias yendo a un monasterio budista a meditar sobre lo catastrófico de sus estrategias electorales. El pueblo español ha hablado y no vamos a discutir la victoria del PP aunque a algunos nos siente como un ataque de piedra. El pueblo norteamericano quizá hable pronto eligiendo a Donald Trump. Así es que siempre hay algo peor que puede suceder. 



viernes, 1 de julio de 2016

CINE / MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS, DE JIA ZHANG-KE

MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS
Jia Zhang-ke

Después de la notable Un toque de violencia, una película de cine negro con trasfondo social, Jia Zhang-ke (Fenyang, 1970) vuelve a hablar, en tono crítico, de lo que es su país, China, y lo hace a través de un retablo familiar dividido en tres partes: un pasado más o menos inmediato, los años 90; el presente, 2014, y el futuro, el 2025. En Más allá de las montañas, que tras su paso por el festival de Cannes recibió en San Sebastián el Premio a la Mejor Película Europea (algo muy discutible, porque es una película china por los cuatro costados aunque en la producción figure Arte France Cinema), el director de Naturaleza muerta, Plataforma y Shijie se aboca de lleno a un melodrama sentimental que tiene algún ribete folletinesco.

Tao (Zhao Tao, la actriz de La pequeña Venecia), una mujer exquisita, ama al honrado minero Lianzi (Liang Jingdon), pero termina casándose con el dueño de la mina Zang (Zhang Yi), un emprendedor hombre de negocios; pero el dinero no da la felicidad (la mujer se divorcia y el marido obtiene la custodia de su único hijo Dólar; sí, como lo oyen, así se llama su hijo fruto de estos tiempos de capitalismo chino voraz), y la falta de dinero, tampoco (el minero enferma gravemente a consecuencia de su trabajo esclavo). El hijo Dólar, ya en Australia, y en el 2025, está a punto de olvidar sus raíces, tanto como el idioma (ya no sabe hablar chino y sólo se expresa en inglés), y hasta de su madre Tao hasta que conoce a una profesora que le recuerda a ella y le devuelve al pasado.


Esta coproducción entre China, Francia y Japón (la productora de Takeshi Kitano), es un film emotivo sobre las relaciones de familia y la descomposición de la sociedad china con el advenimiento de las nuevas élites económicas que han vuelto a restablecer las clases sociales, ese peculiar modelo del comunismo en maridaje con el capitalismo que debe de remover al Gran Timonel en su tumba. Siempre he vivido en China y soy muy consciente de las mutaciones fulgurantes que ha habido en el país, no solo en el ámbito económico, sino también en las personas. Nuestra forma de vida ha cambiado totalmente ahora que el dinero es el centro de todoJia Zhang-ke se encarga de remarcar las diferencias entre uno y otro estatus (vestimenta, coches, casas, gustos musicales), rueda en la presa de las Tres Gargantas, que tanto ha contribuido a cambiar el paisaje social y natural de China, y reivindica unas raíces populares que se pierden a todo ritmo; pero también se extravía la película por una ambición desbocada, excesivo metraje y caos en la escritura del guion, que, hacia el final, adquiere un tono de farsa que chirría con el conjunto. Y, además, los actores, especialmente Zhang Yi, dejan mucho que desear en sus interpretaciones.




viernes, 24 de junio de 2016

SOCIEDAD / MOMENTO HISTÓRICO

               MOMENTO HISTÓRICO
Según todas las encuestas, hasta las de los medios más conservadores del país, los votos de izquierda estarán a un paso de conseguir la mayoría absoluta en el próximo parlamento español que se constituya tras el 26J, lo que abre la puerta a una cómoda gobernabilidad en torno a programas progresistas de salvación ciudadana. No es sorprendente la estimación teniendo en cuenta que el votante español es, mayoritariamente, de izquierdas o de centro izquierda, aunque se abstiene cuando los suyos le decepcionan y de ahí las mayorías absolutas que tienen los partidos de derechas. Un gobierno progresista que encare los gravísimos problemas que tiene la nación (entre ellos Cataluña) es factible y deseable por la mayoría de la población. En estos últimos días de campaña las formaciones políticas van a intentar atraer a esa bolsa de indecisos del 30% para mejorar los resultados que les otorgan las encuestas, y unos aciertan en el método, y otros desbarran y consiguen exactamente el efecto contrario (y al PSOE me refiero).
El votante de derecha del PP, rocoso e irreductible, asume la corrupción endémica que corroe hasta las entrañas al partido al que vota (el caso de Valencia no se ha podido extrapolar al resto del estado, al menos no con la misma rotundidad) pero prefiere seguir votándolo ante el espantapájaros de que vienen los malos, una simplificación que el propio Mariano Rajoy alimenta en su fin de campaña en un intento de atraerse al votante de Ciudadanos a su redil (la derecha unida jamás será vencida). Ese maniqueísmo pueril no le va a restar votos, sino todo lo contrario: el sistema binario de valores funciona. El votante del PP asume que su candidato está tocado, muy escorado, tiene escaso brillo intelectual (no le he oído hablar nunca de literatura ni he sabido nunca si está leyendo algún libro; eso sí, practica la marcha atlética) pero Mariano Rajoy mantiene esa imagen de persona afable y moderada, (falsa, sólo aparente, porque sus políticas regresivas no son moderadas sino extremas en el dolor que causan a la ciudadanía) que tanto gusta a la gente de orden. El votante del PP asume que la situación es pésima, eso es pura objetividad, fría estadística, pero que si ganan los malos será peor, y descuenta los recortes sociales, la pobreza, la desigualdad, el trabajo precario, la falta de oportunidades, como propias de la sociedad que nos ha tocado vivir. Así son las cosas y no se pueden cambiar, suele ser el mantra del que le aterra cualquier cambio y se ancla en el conformismo, la peor rémora contra el progreso. Bueno sería para el PP, al que las encuestas no le otorgan ni un mínimo de posibilidades de seguir gobernando el país por su imposibilidad de conseguir consensos con otros partidos (erre que erre, le sigue tendiendo la mano, que es una zarpa, al PSOE para hundirlo definitivamente), pasara a la oposición, hiciera su travesía del desierto durante unos cuantos años, jubilara a su vieja guardia, diera paso a savia renovada (hay gente del PP del País Vasco muy válida, aparte de heroica, que parece que no milita en el mismo partido) y hasta se renovara y cambiara de nombre dando lugar a un partido de derechas de corte europeo.

Curiosamente Ciudadanos es el partido, a día de hoy, más beligerante con Mariano Rajoy, y así lo vimos en las invectivas que le lanzó sistemáticamente Albert Rivera en el debate a cuatro televisivo para noquearlo en el plató. Ningún dirigente (Pablo Iglesias utilizó el guante de seda y manejó el susurro hacia Pedro Sánchez, un recurso muy novedoso) se mostró tan duro con el todavía presidente en funciones. El líder de la formación naranja le lanzó a la cara, no sólo el famoso SMS a Bárcenas sino, y ahí una novedad importante, los varios cientos de miles de euros cobrados por el presidente según esa contabilidad B del extesorero cuyos apuntes ya nadie pone en duda salvo el propio afectado por ellos, Mariano Rajoy. Con los estándares europeos, un mandatario bajo sospecha habría tenido que dimitir, pero España es diferente. Los ataques al dirigente del PP, los más duros vertidos en un plató televisivo, y la tajante exigencia a su cabeza ante un previsible pacto de derechas (pero los números no le avalan)  no tienen otro fin que  Ciudadanos intente crecer a la desesperada con el votante del PP que vota al partido con una pinza en la nariz, pero la formación de Albert Rivera se estanca en ese 14% (lo que ha perdido el PP) que le otorgan las encuestas y de ahí no va a salir. La fórmula PP/Ciudadanos va a quedar muy lejos de la mayoría absoluta y Albert Rivera es un globo que se desinfla y que sólo conseguirá su objetivo, partido de derechas homologable a la europea, si el PP se cuartea en su travesía del desierto y se pasa a sus filas.

El papel del PSOE va a ser determinante en esta tesitura política. El partido del genuino Pablo Iglesias atraviesa uno de sus momentos más complicados de su historia por la pérdida de confianza de sus votantes y está a un paso de ser bisagra, en vez de actor principal, de la nueva situación política que se avecina. Las afirmaciones rotundas de Pedro Sánchez de que no hará presidente a Pablo Iglesias (personaliza en el líder de Podemos, pero quizá esté echando un globo sonda a Íñigo Errejón) le van a pasar factura y provocarán una sangría de votos del PSOE, cuyos votantes dudan de que su partido no vaya a terminar haciendo presidente a Mariano Rajoy, hacia Unidos Podemos, al que ven como única garantía creíble de que el PP no siga gobernando. Pedro Sánchez es esclavo de la vieja guardia del partido, de la que se habría de alejar si pudiera (Felipe González, Alfonso Guerra, Corcuera, Rodríguez Ibarra), que aboga porque el PSOE pase a la oposición antes que pactar con la formación morada (poco les importa a los dinosaurios políticos los ciudadanos sometidos de nuevo a la política de genocidio social y cultural que perpetra el PP y esos socialistas de pacotilla son los principales culpables de la situación de su partido), y de los barones, capitaneados por Susana Diez, que esperan al día siguiente de las elecciones para devorar el cadáver político de su candidato. Pedro Sánchez selló su muerte política, y la del PSOE, en el momento en que se levantó de la mesa de negociaciones con Podemos para su acuerdo suicida con Ciudadanos (éste ataca al PSOE en campaña, pero el PSOE no le devuelve los golpes). Todo el mundo sabe, y más los votantes desconcertados del PSOE, que fue Pedro Sánchez el que dinamitó la posibilidad de un gobierno de progreso, por mucho que repita que no, que fue Podemos. La arrogancia y prepotencia de Pablo Iglesias hizo el resto, por supuesto. Pedir ministerios por televisión y lanzar mensajitos amorosos al líder socialista desde la tribuna de las Cortes es algo de lo que debe de estar arrepintiéndose el líder de la formación morada.  

Y llegamos a Unidos Podemos, la formación que, según las encuestas (con lo poco fiables que suelen ser éstas y el riesgo de manipulación que sobre ellas planea, precisamente, para atraer el voto conservador hacia el PP), puede liderar un gobierno de izquierdas en este país si el PSOE deja su orgullo a un lado y se sube al caballo ganador y no se confunde de adversario político. El líder de Podemos Pablo Iglesias ha demostrado ser el más inteligente y hábil de los cuatro en disputa. Primero ha sellado un pacto con Izquierda Unida (debería haber puesto a Alberto Garzón en la segunda posición en Madrid, no en la quinta), la formación genuinamente de izquierdas de la que surgió Podemos, y se ha atraído la simpatía (un Pablo Iglesias llorando) de Julio Anguita, el histórico y honesto luchador de la izquierda histórica. El discurso de la coalición es claro y contundente, porque Pablo Iglesias es un maestro en el arte de la comunicación: los de abajo y los de arriba. Los de abajo somos los que hemos soportado una crisis que los de arriba han orquestado para enriquecerse exponencialmente con nuestro sufrimiento. Eso ha sido así y Unidos Podemos pesca votos en la desaparecida clase media española que se ha proletarizado y ve en ellos a sus legítimos representantes. La capacidad política de Pablo Iglesias para sumar formaciones (Izquierda Unida, Compromís, las Mareas) a su proyecto regeneracionista ha rubricado su habilidad negociadora; del sorpasso al PSOE quiere pasar al sorpasso al PP y muy cerca le va a rondar. La formación morada tiene al PSOE contra las cuerdas y su potencial aliado se lo ha puesto muy fácil. Del mismo PSOE depende su relevancia como partido político de izquierdas, marginando a las rémoras que tiene en sus propias filas y sumando escaños a esa gobierno de progreso, o pasar a ser una formación irrelevante que siga el camino del PASOK griego, el de la desaparición.

Las espadas están en alto y el 26 J hay dos contendientes entre los que toca elegir, la derecha con su política de asfixia social y cultural que ya conocemos, hacernos cómplices de la corrupción votando a los que han esquilmado sistemáticamente lo público para sus negocios privados (les hemos pagado sus tarjetas black, sus sobrecostes en obras públicas, sus mordidas del 3 al 10%, sus sobresueldos, sus cacerías, sus volquetes de putas, sus lingotazos de whisky y sus rayas de coca), los tipos de las amnistías fiscales y los papeles de Panamá, los de arriba, o un gobierno de salvación ciudadana con las políticas sociales de las que se olvidó un PSOE también enfangado en asuntos de corrupción y que toma a Podemos por su adversario en vez de por su aliado. Yo me mojo por la segunda opción, aunque va a ser muy complicada y quizá exija el sacrificio de unos cuantos egos que sobran en la política española. Mientras haya ilusión hay vida.  
Booktrailers de CAZADORES EN LA NIEVE, el thriller telúrico,  la novela negra que es un western


«Fórmula de la quintaesencia Muñoz: microclima negro + nieve tenebrosa = eclosión roja».
FERNANDO MARÍAS
«José Luis Muñoz es tan convincente escribiendo que, si alguna vez la realidad no se pareciese a una de sus novelas, habría que sospechar que es ficticia».
JOSÉ CARLOS SOMOZA
«No importan en esta ni en ninguna de sus historias la absolución o la culpa, sino la furia y el temblor de una prosa que fatalmente te convertirá en su cómplice».
GUILLERMO ORSI
«Si existe una escritura ilimitada, no sujeta a géneros ni modas, radicalmente libre y rigurosa, esa escritura es la de José Luis Muñoz».
ALFONS CERVERA


lunes, 20 de junio de 2016

CINE / CORAZÓN GIGANTE, DE DAGUR KARI

CORAZÓN GIGANTE
Dagur Kári

El cine norteamericano había tratado los problemas de la obesidad mórbida en Precious, sin ir más lejos, un melodrama del 2009 que se hizo con un montón de premios, entre ellos los Globos de Oro y los Oscar. La obesidad mórbida y la marginación que padecen los que la sufren está en el eje de esta pequeña gran película de una cinematografía emergenteDe caballos y hombres, de Benedikt Erlingsson,  mientras Sparrows de Rúnar Rúnarsson, la ganadora de la Concha de Oro del último festival de San Sebastián, sigue sin estrenarseque es  la islandesa.

Fúsi (Gunnar Jónsson) es un solterón de 43 años que trabaja descargando maletas en el aeropuerto de Reykjavik, en Islandia, aunque nunca haya viajado. Cuando no trabaja se reúne con su amigo Mordur (Sigurjón Kjartansson) en el sótano de su casa para jugar con maquetas bélicas que reproducen los escenarios de la batalla de El Alamein de la Segunda Guerra Mundial, o con su pequeña vecina Hera (Franziska Una Dagsdóttir) en los ratos que está sola y busca la compañía de ese extraño adulto que en realidad se comporta como otro niño. Su sobrepeso le hace objeto a Fúsi de bromas pesadas y humillaciones por parte de sus compañeros de trabajo capitaneados por Elvar (Thórir Saemundsson)la ducha forzada; la encerrona con una prostituta, algo a lo que ya está acostumbrado y acepta con resignación. Fúsi nunca ha estado con ninguna chica. Cuando Rolf (Arnar Jónsson), el novio ocasional de su protectora madre Hera (Margrét Helga Jóhannsdóttir), con la que vive, le regale por su cumpleaños unas clases de baile country y un sombrero vaquero, conocerá a Sjöfn (Ilmur Krisjánsdóttir), una basurera con problemas psíquicos y emocionales, que sueña con tener una floristería propia, y ella le insuflará algo de esperanza en su desolada existencia.

Con pocos elementos y escenarios (la casa de Fúsi, la de Sjöfn, las cintas transportadoras de maletas, el sótano de ese amigo que es el único que lo soporta…) Dagur Kári (París, 1973), un islandés formado cinematográficamente en Dinamarca, construye este melodrama equilibrado que huye de lo lacrimógeno y acerca al espectador a un par de seres humanos, que los que están a su alrededor puede considerar como frikis (uno por su sobrepeso; la otra por su disfuncionalidad mental) en una película que es un canto a la tolerancia y una denuncia del bullying.

Sin subrayados especiales, con movimientos de cámara precisos, unos cuantos primeros planos (de los ojos algo bovinos, pero sin embargo extraordinariamente expresivos, de Gunnar Jónsson, de su parpadeo incesante) y el urbano entorno gélido de Islandia (filmaciones bajo las borrascas de nieve), el realizador nos mete en esa historia protagonizada por seres que la sociedad margina y consigue que empaticemos con ese pedazo de buen hombre que es su protagonista, al que la naturaleza ha castigado con muchos kilos de más.


Gunnar Jónsson es un actor extraordinario que es capaz de transmitir dolor, desolación, ternura, felicidad, humillación e ira con la mirada, un mínimo gesto, la respiración fatigada o los andares de su corpachón. Su composición de un ser perdido al que todo el mundo margina y del que todo el mundo sospecha (lo arrestan por el simple hecho de ser amigo de la niña vecina y su padre lo tacha de pederasta) es magistral y ha merecido los premios de interpretación de la Seminci de Valladolid y del festival de Tribeca. Ese gigante, como dice el título de la película en su estreno español, seduce con su corazón enorme en esta pequeña gran película cuya humanidad está en proporción al peso de su protagonista.   
Booktrailer EL HIJO DEL DIABLO


jueves, 16 de junio de 2016

SOCIEDAD / EL CAOS

EL CAOS
¿Es un oxímoron un caos organizado? Cada vez estoy más convencido de que el caos que parece dominar el mundo desde hace unas décadas no es algo casual, sino que hay una intencionalidad programada para que siga y se multiplique, porque detrás de él hay oscuros intereses para que así sea, o confluencias sospechosas. Será por deformación profesional, pero cuando se intenta descubrir quién está detrás de un crimen hay que buscar directamente al que sale beneficiado por él, que lo pueda haber perpetrado directamente o, si es más inteligente, a través de terceros a los que a lo mejor ni siquiera conoce e ignoran que son manipulados. El jugador de ajedrez que mueve sus piezas.
El caos ha golpeado hoy, con toda su brutalidad, Bruselas, el centro de Europa, causando dolor irreparable en las víctimas directas y terror paralizante en la sociedad belga y europea. El terror ha cumplido con su objetivo. Meses atrás había sido París, golpeado por dos veces, y Londres, Madrid, Moscú, Marrakech, Mogadiscio, Bamako... Los atentados de Bruselas se producen, casi de forma simultánea, con las vergonzantes imágenes de la crisis de los refugiados, los nuevos judíos, a los que Occidente, una Unión Europea cada vez más inepta y pasiva, rechaza, expulsa, pone en su camino un sinfín de barreras y acaba pagando a Turquía para que actúe de gendarme y los detenga en una política que no dudo en calificar de criminal, porque mata a la gente. No se tardará en invertir en patrulleras que los intercepten en el mar y disparen contra las barcazas que crucen el Mediterráneo para que no lleguen. Y mueren niños, de frío, se amputan pies y piernas a los refugiados, que huyen de los que ponen bombas en Madrid, París y Bruselas, en esos campamentos de la vergüenza sumergidos en el fango, una imagen que recuerda lo que sufrió el éxodo republicano cuando buscó refugio en la Francia del Frente Popular (un hecho vergonzante que me viene a la cabeza ahora, porque seguimos repitiendo la historia, como si no hubiéramos aprendido nada de ella), se humilla y mortifica a esos millones de personas que no tienen país porque Occidente, con una política irresponsable, contribuyó activamente a que lo perdieran.
El caos está planificado. El caos está planificado para que el ideal de Europa, si lo hubo hace décadas, desaparezca dinamitado por las bombas y el tableteo de los kalashnikov. Ya ha desaparecido. Europa ya tiene fronteras y controles por todas partes. Europa pierde día a día las libertades que la caracterizaron. Gana el terrorismo. Gana quien está detrás de ese terrorismo.
Con la caída del muro de Berlín y el desmantelamiento del bloque soviético, era una necesidad crear un foco de tensión para justificar la industria armamentística y dar relevancia a las empresas de seguridad, otro de los grandes beneficiarios de este caos. La concatenación de sucesos tras el 11 S, con la invasión de Afganistán, la destrucción de Irak, una primavera árabe que derivó en otra cosa y la desaparición de Libia, parecen los movimientos de una jugada diabólica con dos objetivos muy claros: crear un movimiento yihadista de reacción en territorios en donde no había (Sadam Hussein, Muamar al Gadafi y Bashar al- Ásad, autócratas sanguinarios, eran laicos), que se ha conseguido con creces con el nacimiento del DAESH y las ramas de Al Qaeda, y agitar el avispero en el sur de Europa para perjudicarla directamente. El patético trío de las Azores fue el peón  utilizado por Spectra (diría el desaparecido Manuel Vázquez Montalbán) para desestabilizar las dos orillas del Mediterráneo. Los valores europeos, de los que en estos momentos nadie se acuerda, no un simple mercado económico, podrían ser peligrosos para los que mueven los hilos del mundo a los que sólo les mueve el poder y el dinero. El terrorismo gana por goleada la partida. Hay pérdidas de libertades, control de las comunicaciones, restricciones a la libertad de expresión y movimiento. Nunca estuvimos tan controlados como lo estamos ahora: nuestra imagen la registran un sinfín de cámaras desde que salimos de nuestra casa; nuestras conversaciones son escuchadas y nuestros correos electrónicos han perdido su condición de privacidad. Y a ello hay que añadir un empobrecimiento progresivo de la población, debido a los recortes sociales, para redondear la situación.
En este momento de crisis de valores la izquierda europea es la gran desaparecida del escenario: está ausente de Europa, y en países como Grecia, con Syriza, ha sido absolutamente domesticada para que no suponga ningún riego y aplique obedientemente el dictat de la Troika. Paralelamente crecen en toda Europa, menos en España, los movimientos xenófobos, racistas, de extrema derecha y antiislamistas. Todo un caldo de cultivo social que recuerda al que hubo previo a la Segunda Guerra Mundial.

Da la sensación de que todo está descontrolado en el mundo en el que vivimos y que sufrimos, cuando todo, seguramente, está absolutamente controlado por los que planifican, desde sus despachos, ese descontrol rentable que cotiza en bolsa. Las dos guerras mundiales, la guerra fría y la guerra contra el terrorismo son, ante todo, oportunidades de negocio que juegan con las cartas de los nacionalismos y las religiones para arrastrar a las masas en uno u otro sentido y enfrentarlas. Para ellos, los sin nombre, no somos más que una manada de ñus y nuestra sangre y nuestra carne no tiene ningún valor, porque somos los peones a sacrificar por los que juegan la partida. Siempre ha sido así.  
Booktrailer de Cazadores en la nieve