domingo, 29 de marzo de 2015

LITERATURA

LOS ESCRITORES
OLVIDADOS
        
Durante mi juventudque era la época en la que más leía, hasta cuatro libros semanales que intercalaba con otras tantas sesiones de cine de programación doble, y aún me sobraban horas, lo que para mí ahora resulta un misterio y habla bien a las claras de la relatividad del tiempocayeron en mis manos una serie de libros de escritores que estuvieron de moda en aquel entonces y de los que luego las editoriales se olvidaron no sé por qué criterios.
         Había entre esa lista de autores un español del que ahora nadie se acuerda, Armando Palacio Valdés, y del que leí, si la memoria no me flojea, La hermana San Sulpicio. Ovetense, amigo de Leopoldo Alas Clarín, perteneció a la generación de escritores realistas españoles del siglo XIX. Preguntas a cualquiera quién era Armando Palacio Valdés y al noventa por ciento de la gente ni le suena su nombre.
         Había dos autoras que me fascinaban por su exotismo en una época en que la gente viajaba muy poco y hacerlo a través de los libros era una solución cómoda, más teniendo en cuenta que cada libro es por sí mismo un viaje. Recuerdo a Vicki Baum, que nació en Austria y murió en EE.UU., adonde se exilió huyendo del horror nazi, y sus novelas de viajes por hoteles lujosos como Gran Hotel que fue llevada con bastante éxito al cine y protagonizó la gran Greta Garbo. Ahora apenas nadie se acuerda de ella.
         Otra escritora amante de los ambientes exóticos, fascinada por Oriente, y cuyos libros me llevaron de alguna manera a esos parajes mucho más tarde, fue Pearl S. Buck. La escritora estadounidense, que ganó el premio Nobel de literatura en 1938, vivió durante cuarenta años en China y el país asiático fue el escenario recurrente de toda su obra literaria que fue adaptada en tres ocasiones al cine. Inexplicablemente dejó de editarse hace mucho tiempo y, al parecer, a ninguna editorial española le apetece volver a hacerlo.
         El caso de Erskine Cadwell, un gran autor norteamericano, es el paradigma del escritor a la sombra como le ocurrió a Bioy Casares con respecto a Borges, con la salvedad de que los argentinos eran además muy buenos amigos. El autor de La ruta del tabaco, cuyas dotes literarias siempre fueron extraordinarias y captó la esencia del sur de Estados Unidos como nadie, tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de dos pesos pesados de la literatura norteamericana que solaparon su talento: William Faulkner y John Steinbeck. Olvidado durante años por el mundo editorial, ha sido reeditado, felizmente, en Navona, pero me temo que sin mucho éxito.
         Knut Hamsum, un escritor noruego que obtuvo el premio Nobel de literatura en 1920, fue olvidado a conciencia por motivos puramente extraliterarios pero que pesaron enormemente en la divulgación y valoración de su obra. Su fervorosa adscripción a la Alemania nazi y su admiración por Adolfo Hitler ocultó una obra literaria extraordinaria que se reedita con cuentagotas y sentimiento de culpa.

         Dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar. La afirmación es relativa y, en muchos casos, injusta. Todos y cada uno de estos escritores que nombro aleatoriamente, por haberlos leído en una etapa determinada de mi vida, merecen sin duda una eternidad que la moda u otras circunstancias les niega.

VIAJES

LA TERCERA VEZ QUE
VI NUEVA YORK

Las ciudades cambian, pero también nosotros que las visitamos y quizá más que ellas. Las ciudades nacen, crecen, envejecen, se deterioran, exactamente igual que nosotros, o bien se someten a operaciones de cirugía estética que arrasan barrios emblemáticos para edificar viviendas de lujo en su lugar. Las ciudades son seres vivos que nos sobreviven, salvo que sean derruidas por una hecatombe, y, aun así, renacen casi todas de sus cenizas.

Mi tercer viaje a New York nada tiene que ver con el que hice un año antes del fatídico 11 S, en el que recorrí sus avenidas fascinado y con dolor en las cervicales, ni con el de apenas siete años atrás, disfrutándola con la serenidad de lo ya conocido. Mi último viaje a la megápolis, que es un crisol de razas y culturas, se produce en un crudo invierno, con nieve en sus avenidas y temperaturas que rozan los diez grados bajo cero. Y la ciudad se me muestra en toda su dureza, una especie de monstruo urbano grandioso, Gotham oscuro, que exhala bocanadas de vaho desde sus entrañas ruidosas, unos intestinos recorridos por el transporte suburbano que no se da un segundo de respiro.
He paseado estos días bajo la música frenética de las máquinas quitanieves, los camiones de bomberos, los patrulleros de la NYDP, las ambulancias y los vecinos que apartan la nieve con palas. No hay un momento de silencio en una ciudad que nunca duerme y siempre está parpadeando. He estado saltando entre charco y charco de los millones de baches, que nadie repara, de sus infinitas avenidas que la nieve y el hielo traicionero rellenan para que el desprevenido viandante ponga el pie en ellos y se hunda. Pero no he visto a un solo neoyorquino resbalar y caer al suelo, ni un solo roce entre los miles de coches que circulan por sus calles y se saludan a bocinazos, que deben de estar acostumbrados a situaciones extremas que paralizarían a cualquier otra ciudad del mundo. La megápolis, que se paralizo un 11S, no puede permitirse otro parón.

Este tercer viaje he visto otra ciudad muy alejada de las postales turísticas por voluntad propia, porque hay muchas New York y conozco muy pocas, y de haber nacido seguro que tampoco me habría familiarizado con todas. Así es que nada de subir al Empire, ni de ir a la Estatua de la Libertad, ni disfrutar del puente de Brooklyn más de lo necesario. Me he perdido por Chelsea, que parece un barrio de Bagdag en el que, sin embargo, hay lofts lujosos, salas de arte vanguardistas, tiendas de ropa de primeras marcas enclavadas en hangares ruinosos. He recorrido las calles descuidadas de Greenwich Village en las que he echado de menos los artistas de antaño y de más la suciedad de ahora. He viajado a Polonia por la  Bedford Av. de Brooklyn y, sin dejarla, un kilómetro más abajo, a las comunidades de los judíos jasídicos que tanto sufrieron los horrores del Tercer Reich porque eran pobres y no pudieron huir, que se identifican con sus singulares vestimentas y tocados y rezan constantemente haciendo honor a su nombre de piadosos. Y he paseado por las playas nevadas de Lonely Island, por donde algunos valientes esquiaban, otros pescaban acodados sobre un muelle de madera que se adentraba en el mar y la enorme noria permanecía quieta azotada por un viento gélido. Y de allí a Little Odessa y sus rusos que compran vodka en tiendas con caracteres cirílicos, restaurantes enormes y vacíos de la mafia rusa y tipos eslavos por las calles. He viajado a Chinatown, que sigue siendo uno de los barrios más fascinantes de la ciudad y está devorando a Little Italy, cada vez más Little, curioseando por sus mercados de fruta, sus peluquerías o sus restaurantes que sirven una comida oriental adaptada al paladar norteamericano. 

Me he recorrido New York en el mítico metro de extremo a extremo, contando las ratas que correteaban por sus vías y preguntándome por qué nunca remozan sus estaciones o limpian sus andenes pegajosos de suciedad en los que la suela de mi zapato quedaba pegada. Me ha sido imposible cuantificar tanta belleza aunada en el Metropolitan o en el Moma, en los que, de ser neoyorquino, viviría en una jaima y he padecido el delicioso mal de Sthendal. He visto como unos negros la emprendían a puñetazos entre ellos, en un ajuste de cuentas, y pateaban al caído sobre unas cajas de cartón ante la indiferencia de los viandantes, que también era la mía, como si fuera la secuencia de una película, y grafittis en honor de jefes de bandas latinas muertos en una pelea antes de alcanzar los treinta años. He visto mucha pobreza en la calle, tribus de excluidos, que contrastaban con las buenas cifras que el país tiene en cuanto a desempleo. Mucha soledad en la ciudad más frenética del mundo, gente que habla sola o con desconocidos, que se reinventa una y otra vez, en donde enormes máquinas arrasan casas pobres para edificar en sus solares rascacielos que eleven la especulación hacia el cielo. He comido casi siempre mal, y rápido, como buena parte de los neoyorquinos que van con sus platos de comida basura en una mano y sus vasos de parafina llenos de café aguado en la otra, y he bebido cervezas a precios de artículos de lujo. Me he acercado al atardecer al río Hudson y al East River, a ver cómo ese diamante que es Manhattan se va iluminando gradualmente por la noche. He visto una manifestación en la que los manifestantes estaban acorralados literalmente entre vallas, como ovejas en un redil, para que no interrumpieran en ningún momento la circulación frenética de las avenidas.


Me sentí neoyorquino en mi primer viaje, también en el segundo, y, curiosamente, no en el tercero. La ciudad ha cambiado, pero yo, seguramente, he cambiado mucho más, quizá demasiado, y mi distanciamiento con Gotham es quizá irreversible. Ya no soy el tipo del año 2000 deslumbrado por los rascacielos, que ahora apenas he mirado, porque no concitaban mi atención, como las luces de neón de Times Square cuyo parpadeo invadía la habitación de mi céntrico hotel. He perdido mi inocencia ante la Gran Manzana que estos días me ha parecido más la New York de Midnight cowboy, el drama de John Schlesinger con Dustin Hoffman y Jon Voight, en lugar de la deliciosa comedia de Neil Simon Descalzos por el parque con Robert Redford y Jane Fonda. Eso sí, la ciudad es puro cine, el más inmenso plató del mundo que ya ha visto uno miles de veces en las salas oscuras de los cinematógrafos.

SOCIEDAD

NO VOY A HABLAR
DE VENEZUELA
         Pero sí voy a hablar de China, por ejemplo, país ejemplar en materia de derechos humanos, en donde no hay libertad de expresión, asociación, reunión, ni nada que se le parezca; en donde poblaciones enteras son obligadas a migrar en cumplimiento de los planes estatales de reubicaciones masivas; no hay ninguna regulación para preservar una atmósfera salubre (la contaminación causa miles de muertes al año en el país asiático); se practica la tortura a los detenidos y se siguen condenando a miles de ciudadanos (tantos como en el resto de todo el mundo) que son ejecutados inmediatamente (antes existía la práctica ejemplar de que los familiares de los reos pagaran la bala y después los cuerpos de los ejecutados eran despiezados y vendidos para trasplantes o para siniestras exposiciones artísticas que dan la vuelta al mundo)  después del juicio condenatorio sin posibilidad de apelación de la sentencia. Pues bien, con ese país tan respetuoso con los derechos humanos mantiene el nuestro relaciones políticas y económicas excelentes, con exportaciones por valor de más de tres millones de dólares en 2014 e importaciones por valor de casi trece millones.
         No voy a hablar de Venezuela, pero sí voy a hablar de México, país que registra desde hace muchos años una corrupción endémica, el derecho a la vida es una entelequia a juzgar por los cien asesinatos al día que se producen al día (55.325 desde que asumió el poder Enrique Peña Nieto), miles de personas han desaparecido (22.000 en los últimos seis años), una parte importante de las fuerzas policiales están implicadas en delitos gravísimos de extorsión, secuestro, asesinato o connivencia con bandas de narcotraficantes, no se garantiza la integridad de los reclusos en sus hacinadas cárceles, etc. etc. Y parecidas cosas podrían decirse de países limítrofes como Guatemala y Honduras, devastados por la violencia de las maras.
         No voy a hablar de Venezuela pero sí voy a hablar de Arabia Saudita, un país tan avanzado en el respeto de los derechos humanos que se rige por la sharia, difunde urbi et orbi el nefasto salafismo, decapita por espada a reos condenados a muerte sin garantías jurídicas, aplica la pena de latigazos por blasfemia, condena a las mujeres a prisión por adulterio (en Irán se lapida a homosexuales y adúlteras), las mujeres tienen sus derechos restringidos, etc., país con el que el nuestro ha firmado un sustancioso contrato para construir el AVE a la Meca que reportará millones de dólares de beneficios. O Qatar, sin salir de la órbita de los países del Golfo, que explota a su población emigrante que trabaja en condiciones de semiesclavitud y patrocina alguno de nuestros más punteros clubs de fútbol mientras financia, según palabras del ministro de Cooperación y Desarrollo alemán Gerd Müller, a los asesinos sanguinarios del Estados Islámico.
No voy a hablar de Venezuela, pero sí de Estados Unidos que, a pesar de sus buenos datos económicos en los que el paro roza sólo el 5%, el 15% de su población, 45 millones de seres humanos, viven en el umbral de la pobreza, ha legitimado la tortura, puesto que no ha castigado a los políticos que la utilizaron (Bush, Cheney, Rumsfield) en las cárceles secretas y públicas de la CIA, mantiene ese limbo jurídico en donde no hay derechos humanos que es Guantánamo, no ha juzgado a los responsables que destruyeron un país, Irak, por bastardos intereses económicos, en contra de toda legalidad internacional y sobre burdas mentiras, mantiene unas relaciones comerciales y diplomáticas magníficas con el siniestro régimen de Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial, entre otros (no digamos con China), sigue manteniendo el castigo bárbaro y medieval de la pena de muerte en muchos de sus estados y no castiga la brutalidad policial que se emplea, casi siempre, contra la población negra, y a hechos recientes me remito.
Pero sí voy a hablar de Venezuela, del viraje de Nicolás Maduro, que no es Hugo Chávez aunque habla igual que él, hacia fórmulas dictatoriales a pesar de haber ganado democráticamente el poder; de la represión de su población con docenas de muertos en las manifestaciones; de detenciones arbitrarias y sin juicio; de su estado de violencia endémica en las calles que arrastra de mucho antes de que se pusiera en marcha la revolución bolivariana; del estado de desabastecimiento general por su desastroso manejo de la economía.

Pero no hablemos sólo de Venezuela, que se está haciendo, sobre todo, por espurios cálculos electoralistas que todos conocemos. 

CINE

MAPA DE LAS ESTRELLAS
David Cronenberg
No es el canadiense hombre que se deje domesticar por nadie. No lo era cuando hacía sus primeras películas de serie B en las que sus protagonistas tenían múltiples cicatrices físicas, que se correspondían con las psíquicas, les estallaba literalmente la cabeza o se convertían en mosca. La evolución de la carrera de este cineasta insólito, que siempre sorprende en sus películas nada convencionales, es digna de estudio. Algunos creyeron que, tras los éxitos de Una historia de violencia y Promesas del Este, películas redondas, sobre todo la segunda, el inquietante judío de origen lituano iba a convertirse en maestro del cine negro. Pues no, quizá porque lo tenía fácil. A continuación rodó Un método peligroso, una película de época en la que se batían Sigmund Freud y Ernst Jung, y después Cosmópolis, la vida de un bróker neoyorquino a través de un paseo en limusina por Manhattan, adaptando una novela de Don DeLillo.

En Mapa de las estrellas Robert Pattinson, el protagonista de Cosmópolis, salta de la parte trasera de la limusina al asiento del conductor; él es Jerome Fontana, escritor y actor que pasea a las estrellas por Hollywood esperando que llegue su momento de gloria, el personaje más normal. Julianne Moore es la decadente y poco glamurosainterpreta una secuencia sentada a la taza del inodoro con las bragas en los tobillos y habla de su estreñimiento mientras se limpia con papel de váteractriz Havana Segrand, una neurasténica asaltada por fantasmas del pasado cuyo sueño es hacer el remake de la película por la que su difunta madre Clarice Taggart (Sarah Gadon), abrasada en su casa en un oscuro accidente, estuvo a punto de conseguir un oscar en los años 70, y tan mezquina que acepta el papel aunque le llegue de rebote por la muerte del hijo pequeño de Azita Wachtel (Jayne Heitmeyer), la actriz que debía protagonizarla; Agatha Weiss (Mia Wasikowska) es una jovencita recién salida del reformatorio por pirómanaintentó quemar la casa de sus padres con su hermano dentroque entra al servicio de la excéntrica actriz; el Dr. Stafford Weiss (John Cusack), padre de la chica, sobre la que pide una orden de alejamiento, es un charlatán que escribe best-sellers, da masajes a domicilio a Havana Segrand y tiene un programa como gurú en la televisión; su esposa Christine Weiss (Olivia Williams) es una mujer depresiva y la agente del hijo de ambos, Benjie Weiss (Evan Bird), antigua estrella infantil de televisión y politoxicómano que se ha hecho mayor—pongan el nombre de Haley Joel Osment o Macauley Culkin en su lugar—, un chaval egocéntrico, maleducado y desagradable con los que le rodean; y Carrie Fisher que hace de sí misma.
Con esta fauna enloquecida David Cronenberg (Toronto, 1943) construye una película demoledora sobre el estado actual de la fábrica de sueños que lo más glamuroso que tiene es el famoso letrero clavado en la colina del Monte Lee. Drogas, infidelidades, tríos de cama, lesbianismo, abusos sexuales, incestos, maltrato, televisión basura, todo un cóctel infernal que el director de Inseparables remueve a conciencia para que le llegue al espectador el hedor de la putrefacción que reina en Hollywood.  

El canadiense se sirve de la hipérbole más feroz en esta fábula sangrienta, en el sentido más literal de la palabra, sobre un mundillo que al parecer detesta y del que no espera nada, y menos con esta credencial. Si El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder era un melodrama sobre la decadencia de los astros cuya luz se apagaba con los años, ambientada en la época dorada de la ciudady atentos, que aquí también hay piscinas adónde van a parar muertos, y lujosas casas jaula transparentes, para ser observados, como las del peculiar matrimonio Weiss, Mapa de las estrellas es una pesadilla sobre la decadencia de la fábrica de sueños, en donde ya no brilla ninguna estrella, gobernada por imbéciles que tienen una calculadora en el cerebro y buscan un público de encefalograma plano.

Con mano convulsa, y excesos visuales marca de la casa—hay imágenes que sajan como el bisturí que  creo que es su profesión frustrada—, David Cronenberg hace derivar lo que parece una sátira enloquecida poblada por personajes disfuncionales emocionalmente, y físicamentelas quemaduras de Agatha Weiss hacen pensar en las cicatrices de los personajes de Crash, verdaderos frikis, hacia un drama con tintes negro negrísimos. Si el matrimonio Weiss no pudo escapar a su destino de conocerse y engendrar dos peculiares hijos, éstos parecen abocados a seguir su mismo camino. Una película negra que entronca con la esencia de la tragedia griega, el destino al que no pueden escapar los protagonistas del film.


David Cronenberg produce malestar, hiere, no deja indiferente a nadie, quizá irrite a muchosUna sátira desagradable y sin sentido sobre Hollywood en la que unos repulsivos personajes se hacen cosas horribles entre sí, dice Usa Todayy se acerca, en su demencial provocación, a otro David, Lynch. Mapa de las estrellas trastoca al espectador, lo que no está nada mal entre tanto cine acomodaticio. Una película sulfurosa, que quema, porque el fuego es un elemento omnipresente en ella. 

CINE

WHIPLASH
Damien Chazelle

Hablar de grandes películas sobre el mundo del jazz me lleva inexorablemente a Bird, de Clint Eastwood, sin ir más lejos, sobre la figura del genial Charlie Parker al que Forest Whitaker interpretaba en uno de sus mejores papeles, o Ray, el estupendo biopic de Taylor Hackford con Jamie Foxx que era Ray Charles en la pantalla. Y la sombra de Charlie Parker, de su genialidad como músico, planea sobre Whiplash, la tercera película de Damien Chazelle, que ha tenido una andadura gloriosa por festivales de cine (Premio al mejor nuevo director en el Festival de Cine de Valladolid, Premio de la Audiencia y Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance, mejor película en el Festival de Calgary, mejor película estadounidense en el Festival de Mill Valley, mejor actor de reparto en los festivales de North Texas, Ohaio Central y Vancouver, y lo dejo aquí por agotamiento, porque la lista de galardones es larguísima). La película fue, antes de ser largometraje, un brillante cortometraje de 18 minutos, así es que pesa sobre él la sospecha de que es un cortometraje alargado en extremo, pero se salva de tener uno tono reiterativo gracias a su excelente banda musical.

Whiplash es un film iniciático que gira en torno al mundo del jazz y la lucha por hacerse un lugar en el exclusivo mundo de la música en el que no hay que destacar sino ser el primero, cueste lo que cueste. Así es que el film de Damien Chazelle, con estupendas partituras jazzísticas y jamsesions, que no tiene tiempos muertos y por ello se hace amena, a pesar de una cierta falta de sustancia, es también una narración que gira alrededor del enfrentamiento entre un joven batería excepcional, Andrew Neiman (Milles Teller), que se deja literalmente la sangre en las baquetas,  y su más que rígido maestro Terrence Fletcher (J.K. Simmons), el terror entre el profesorado del conservatorio Shaffer de Nueva York. Frente a la osadía creativa de Neiman, el rigor espartano de Fletcher que recurre a toda la agresividad posible y permisible para hacer que brille el talento de su joven discípulo al que no le admite el más mínimo fallo (Neiman llegando a un ensayo, ensangrentado tras un accidente de coche, recibe el varapalo y los insultos de su humano profesor que le espeta: Neiman, estás acabado).

Un tipo como el odioso Terrence Fletcher (por cuya interpretación J.K. Simmons consiguió el oscar al mejor actor de reparto, sellando una lista interminable de premios) sólo es posible en la competitiva sociedad norteamericana. Sus modales de sargento instructor de marines, lenguaje soez y berridos incluidos, podrá sonar hiperbólico a ojos europeos, pero su discurso posterior, cuando batería y exdirector de orquesta se encuentran, el primero a punto de dejar el jazz por el trato vejatorio recibido del segundo, y éste expulsado del conservatorio en donde daba clases precisamente por la denuncia anónima del primero, en el que amigablemente, ante un vaso de cerveza, el maestro justifica sus métodos pedagógicos extremos en aras de descubrir a un nuevo Charlie Parker, y quizá el joven y maltratado Neiman lo sea, porque de músicos anodinos y grises el mundo está lleno, resulta un final feliz algo forzado de un film que tiene la tensión y fuerza suficientes como para mantener al espectador pegado a la butaca durante sus 106 minutos.

Va de jazz esta película que de principio a fin es un duelo actoral entre sus protagonistas (los secundarios son irrelevantes), pero podría ir de boxeo o de gimnasia rítmica también, porque el sistema es el mismo: todo y por encima de todos para ser el mejor.   

SOCIEDAD

LA DESMEMORIA
DE JOSÉ BONO
Está haciendo el exministro de defensa del último gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y expresidente del Congreso José Bono, uno de los versos libres del PSOE, el más derechista del partido fundado por Pablo Iglesias, una tourné por todas las cadenas televisivas para vender su libro de memorias por el que, se dice, Planeta le ha pagado una cantidad astronómica (¿a cambio de qué?, me pregunto) que nunca recuperará la editorial. En el libro el líder socialista cuenta cosas que nunca contó antes, seguramente porque deseaba rentabilizar todas esas informaciones que ahora da en formato de libro.
Entre las muchas revelaciones que está vendiendo José Bono hay una que me llama poderosamente la atención y es todo lo referente al 11M. Dice el exministro de defensa que el gobierno de José María Aznar había recibido informaciones policiales de que se preparaba un atentado de corte yihadista y que no hizo caso de esa alarma, y que, cuando se produjo el más brutal atentado de la historia de España, y de eso fue testigo toda la sociedad española, el presidente del gobierno hizo todo lo posible y lo imposible por atribuir la autoría de los hechos a ETA porque en ello le iba las elecciones que finalmente perdió el PP. No es nuevo lo que cuenta José Bono, pero llama la atención de que sea precisamente él el que dé esa información en su libro de memorias, sobre todo porque, y ahí están las malditas hemerotecas para comprobarlo, fue el dirigente del PSOE que más apuntó, poniéndose al lado de José María Aznar, hacia la autoría de ETA hasta el punto de que le escribí personalmente una carta, que no sé si llegó a leer, diciéndole si no le daba vergüenza comulgar con las teorías conspiranoicas de la derecha y si no veía ni leía los medios de comunicación europeos y estadounidenses, o algunos diarios españoles muy dignos en aquel momento, como La Vanguardia (El País tuvo, en esa ocasión, un tristísimo papel de asunción de las teorías de José María Aznar que sus lectores no olvidaron) que desde el minuto cero confirmaron que había sido Al Qaeda la autora del atentado.

Pues bien, José Bono, parece aquejado de amnesia sobrevenida. Todo vale para vender su libro.  

sábado, 28 de marzo de 2015

CINE

EN TERCERA PERSONA
Paul Haggis
Puede que ésta sea la película más personal de Paul Haggis (Ontario, 1953), y, también, la que menos guste a los seguidores del realizador canadiense que tiene una escasa filmografía, sólo tres películas, como director. El guionista de Million Dollar Baby es un excelente contador de historias y la hondura de ese film de Clint Eastwood deberíamos achacarlo por igual al director y al guionista. Paul Haggis es también el director del impactante thriller sobre la guerra de Irak En el valle de Elha y del film de historias cruzadas Crash, con el que debutó tras la cámara. Y con éste último, en cuanto estructura, tiene que ver bastante En tercera persona aunque se centre en dos historias sentimentales, ambientadas en Roma y París, y en el drama de una madre que intenta recuperar a su hijo aunque haya perdido su custodia por una discutible negligencia, en Nueva York.

Pero de lo que realmente va En tercera persona es de literatura, del escritor y la enfermedad de narrar, de cómo quien inventa historias saca sus personajes de la realidad, fagocita situaciones vividas o se las imagina a partir de premisas, provoca otras para saber cómo reaccionarían sus personajes, utilizando a las personas como conejillos de indias de sus experimentos literarios, o utiliza la literatura como terapia y exorcismo para intentar curarse de males irreparables.
A pesar de su metraje, 137 minutos, En tercera persona pasa ante el espectador a velocidad de crucero porque Paul Haggis sabe imprimir un buen ritmo al entremezclar sus tres historias principales, dos de las cuales, la que protagoniza un atolondrado empresario americano en Roma, Scott (Adrian Brody), que se enamora irracionalmente de una bella gitana desconocida, Monika (la israelita Morian Attias), hasta el punto de entregarle todo su dinero a su marido, el mafioso Marco (el italiano Ricardo Scamarcio), para que recupere a su hija, y la de la pareja formada por Rick (James Franco), pintor adinerado que vive con la sofisticada Sam (la actriz francesa Loan Chabanol), y Julia (la ucraniana Mila Kunis), camarera de hotel, en liza por la custodia del hijo de ambos, son los talones de Aquiles del film porque la primera, un sainete italiano lleno de tópicos no es creíble, y la segunda, un melodrama, tarda demasiado en estallar para concitar el interés del espectador, y el pegamento que utiliza para interrelacionarlas, el personaje de Theresa (Maria Bello), abogada de Julia y, al mismo tiempo, esposa divorciada de Scott, resulta demasiado artificial. Así es que la única historia que borda Paul Haggis es la principal, la que protagoniza un escritor en horas bajas que se retira a París para escribir, Michael (Liam Neeson), su joven amante Anna (Olivia Wilde), una escritora diletante que busca su apoyo, y la esposa del primero, Elaine (Kim Basinger), de quien se ha separado por su joven amor y por el sentimiento de culpa por un accidente familiar que intenta exorcizar en la novela que está escribiendo.

En tercera persona dista mucho de ser una película perfecta, pero Paul Haggis consigue el milagro de que las piezas vayan encajando una en otra y de que las tres historias, aparentemente ajenas entre sí, acaben estando íntimamente interrelacionadas. Por ello es un film que chirría muchas veces cuando se está viendo pero que adquiere altura cinematográfica en las últimas secuencias, cuando el director de Crash decide poner todas sus cartas sobre la mesa y que más o menos todo encaje.

Manejarse en tres escenarios, con actores de muchas nacionalidades y tres idiomas, y saltar de la comedia erótica (los encuentros en el hotel entre Michael y Anna) al drama más desopilante (el intento desesperado de Julia por abrazar, aunque sea un instante, a su hijo) hacen de En tercera persona un film desajustado.