martes 20 de mayo de 2008

EL VIAJE

LOS CAYOS DE FLORIDA

texto y fotos José Luis Muñoz

Como la cola troceada de un gigantesco reptil, separados por brazos de mar calmo, los Cayos de Florida, cuerpos plácidos de arena que duermen sobre aguas tranquilas de tan poca profundidad que las carreteras que los unen apenas sobrepasan algunos centímetros el nivel del mar, nacen donde muere la península de Florida, se acercan, hasta noventa millas, a la isla de Cuba, con la que sin duda estuvieron unidos antaño, con la que comparten paisaje, luz, mojitos, escritor ─ Ernest Hemingway tuvo casa a uno y otro lado del Atlántico ─, pero no paisanaje.


Un cormorán nada silencioso en una laguna salada mientras el sol se alza. No es lo que se dice estimulante el desayuno del hotel donde me alojo. Café aguado, leche en polvo, infames donuts, hasta el pan para tostar, que queda crudo, es malo, pero vale la pena meterse en el estómago esa bazofia, acompañada de un zumo de naranja que sabe a todo menos a eso, mientras la mañana avanza y un empleado limpia la piscina. El hotel, por otra parte, es hermoso, de madera, con un hermoso patio interior ajardinado, colonial, con enormes ventiladores en las habitaciones que, de momento, no hace falta que funcionen.
Cuando con mi pantalón corto y mi camiseta barata me lanzo a la calle varias cosas me llaman la atención. La primera, la cantidad de gallos sueltos que pululan por parques, centros comerciales y que cruzan las calles, tan campantes, provocando el frenazo de los vehículos que circulan a escasa velocidad. No tardo en enterarme que el gallo es el animal totémico de esos islotes arenosos, que es su símbolo, y por eso aparece retratado en todas partes, figura en sus sellos postales.
Brilla el sol con enorme potencia y la luz me deslumbra a pesar de mis gafas oscuras. Pero sopla una agradable brisa marina, casi constante, y es agradable pasear. Avanzo por un paseo flanqueado por hermosas casas de madera con sus fachadas pintadas en colores pastel, cuidadas en extremo, en las que flamean, orgullosas, las banderas de las barras y estrellas. Por todas partes, esbeltas, con su mensaje paradisiaco, cocoteros cargados de frutos, se recortan sobre un cielo azul turquesa. Y bandadas de turistas, con su aspecto fachoso, con los pies atrapados en sandalias, sus muslos sobresaliendo de sus shorts, engullendo enormes cucuruchos de helados bajo un sol que es una caricia pero quema traicioneramente.
Un tipo muy anciano, casi como Hemingway si viviera, vende las entradas de su casa museo. No tiene nada de particular la hermosa vivienda con amplios balcones en donde el autor, antes de volarse los sesos, debía tumbarse en una hamaca a beber whisky, nada que la equipare, en vistas, a la que tuvo después en La Habana, la Villa Vigía. Es ésta más pequeña, más a escala humana. Hay cuadros e imágenes por todos lados, más ninguna que lo relacione con el enemigo barbudo que más al norte desafió al imperio.
Porque los Cayos de Florida son para los norteamericanos que tienen vedada la entrada en el último reducto romántico del paraíso comunista eso, un sustituto de Cuba, sólo que más limpio, más ordenado, con posibilidades de consumo, con lujo asiático en sus hoteles, sin mulatas, sin jineteras, sin negros, con un mojito descafeinado que no es el que se puede beber en La Habana, con música enlatada que empieza a sonar cuando se pone el sol y nada tiene que ver con la música en vivo y en directo que brota de las entrañas de los cubanos 90 millas más allá.


Allí, entre bandadas de pelícanos y cormoranes, una baliza enorme, pintarrajeada, recuerda a los gringos que Cuba dista 90 millas, y ante ese monumento absurdo, lo más cercanos que estarán en su vida de la legendaria isla orgullosa, se hacen fotos muchachos de Minnesota, chicas con tetas de plástico y ejemplares de esa raza de norteamericanos mórbidos que se han extendido por todo el mundo como una plaga.

No se come bien en los Cayos de Florida, como no se come bien ya en ninguna parte del mundo. Se bebe, eso si. Y yo bebo, acodado en una terraza, viendo pasar, con mi cámara a la gente, con ese otro ojo mecánico que se ha convertido en el inseparable testigo de mis viajes. Y observo las calles limpias, el cielo limpio, las fachadas limpias, los turistas limpios con sus atuendos floridos, disfrazados para el trópico, lamiendo helados.

El anochecer es tan largo como hermoso. Acodado junto a una barra, con un mojito en la mano, contemplo como el sol se sumerge lento en el horizonte mientras los veleros que salieron por la mañana regresan a puerto, como un funambulista, en equilibrio sobre palos con ruedas, juega a escupir fuego por la boca, como una hermosa mujer, al otro lado de la mesa, me observa en silencio sin saber que ése, quizá, sea nuestro último viaje.

EL DVD

BAILAR EN LA OSCURIDAD
Lars Von Trier

Hay en el cine de Lars Von Trier tantas dosis de creatividad como trasgresión, una actitud provocativa que no va reñida con el deslumbramiento que produce contemplar cada una de sus películas. Este genio irreverente que viene precisamente de un país, Dinamarca, que ha dado a uno de los mayores demiurgos cinematográficos, Carl Theodor Dreyer, consigue, película tras película, cuestionar las reglas del cine convencional e insuflar una bocanada de emoción e intensidad al celuloide que impresiona. En “Europa”, un hipnótico trhiller que bebía directamente del expresionismo alemán, construía una cerebral telaraña fílmica en la que atrapaba indefectiblemente al espectador; en “Rompiendo olas” se lanzaba sin red en una bella e intensa historia de amor que guardaba ciertas similitudes con “La hija de Ryan” de David Lean, con la que compartía situaciones, paisaje y paisanaje; “Los idiotas”, su película más transgresora, sentaba los principios del dogma cinematográfico, un decálogo de pureza contra el cine adocenado que inunda nuestras pantallas.

El director danés da una vuelta de tuerca al melodrama más puro, al estilo del cine de Douglas Sirk, y lo funde con el musical de los años dorados del cine americano en “Bailar en la oscuridad”, que mereció la Palma de Oro en el último festival de Cannes, y el resultado de esa arriesgada imbricación es un film fascinante, bello y surcado por la emoción. Tras la prueba de fuego de esos tres primeros minutos a pantalla negra, sólo con música, y nada gratuitos, por cierto - trasunto de la oscuridad de los ojos de la protagonista, para quien tiene mucha más importancia la música que la imagen que va perdiendo - , purgatorio iniciático por el que deben pasar quienes acudan a ver el film de Von Trier, vienen dos horas y pico de cine magistral dirigido directamente a nuestras células emocionales. Ambientada en una época especialmente dura - la depresión americana -, “Bailar en la oscuridad” narra la historia de una madre que se está quedando ciega y emigra de su pobre país centroeuropeo hacia el sueño americano con la esperanza de poder operar a su hijo y salvarle de la ceguera hereditaria a que está condenado, y por conseguirlo es capaz de trabajar de sol a sol en una inhumana cadena de producción, matar y morir.



Con una forma de hacer cine que se aleja deliberadamente de toda ortodoxia - utilización del video digital, con la consiguiente imagen granulada; los personajes salen constantemente del encuadre sin que ello importe; la película está filmada toda ella cámara al hombro, excepto los números musicales - Van Trier alumbra una de las películas más viscerales y geniales de los últimos tiempos, un tipo de cine que tanto puede hacer desertar de la sala a muchos espectadores, porque no es cómodo ni fácil, como fascinar a quienes acepten su desafío estilístico.
Una vez vista la película se diría que no podía haber sido intrepretada por nadie que no fuera la cantante islandesa Bjork, en su primera y, según ella, última experiencia cinematográfica. Pocos actores son capaces de dejarse literalmente la piel como ella, pocos personajes son capaces de conmovernos como el que da vida, aunque no debiéramos olvidarnos de una Catherine Deneuve hermosa, desmaquillada y creíble en su papel de obrera amiga de la protagonista, ni a los norteamericanos David Morse y Joel Grey, el acrobático bailarín de “Cabaret” que interpreta un espléndido número musical en la escena del juzgado.



Si “Europa” estaba concebida casi con una frialdad matemática y con la precisión de un engranaje de relojería, aunque a la postre resultara lírica, “Bailar en la oscuridad” se sitúa en las antípodas y trasciende pasión y sentimiento por todos sus poros. El tandem Von Trier y Bjork, cuyo rock industrial y singular voz se funden literalmente con las bellísimas imágenes musicales, toca el cielo en muchas ocasiones: el número musical de los leñadores en el tren; Bjork bailando amorosamente con su víctima; el canto, a capela, de una melodía de “Sonrisas y lágrimas” en la celda donde está recluida; la danza con los condenados del corredor de la muerte.
Muy pocas veces la emoción consigue saltar de la pantalla a la platea; nunca una escena final, sobre la que se extiende con toda brutalidad el silencio, había dejado al espectador literalmente clavado en la butaca y falto de aliento. Porque, además de todas las virtudes ya enumeradas, el film de Von Trier es uno de los más firmes alegatos contra la bestialidad de la pena de muerte, lo que además lo hace oportuno. Seguramente Dreyer se sentiría muy orgulloso de este vástago danés que amenaza con reinventar el cine en nuevas obras maestras. JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL RINCÓN DEL POETA

LA SANGRE DEL AMOR
Borja Casini

Brota sangre de amor
De mi lanza de carne
Brota el río de la vida
Hacia la sima precisa
Después de horas
Días
Meses
Años
Amándonos,
Después de lamernos,
Uno al otro,
Como bocados exquisitos,
De tocarnos
Como amantes ciegos
En la turbia penumbra
De sucumbir a los sentidos,
De fenecer de placer,
De moldearnos los cuerpos,
De bebernos.

Brota la sangre del deseo
Horas constreñida,
Meses aplazada,
En tu cuenco de seda,
En tu cáliz de carne,
Llenándote entre pálpitos,
Abrazado por tus piernas,
Sin escapatoria posible,
Mientras el vértice de tu cuerpo
Me atrae como el abismo
Y tiembla tu carne toda,
Gime tu boca,
Mientras soy león que te devora,
Gacela tibia,
agonizante doncella
que muere entre mis brazos
sofocada por mis besos
herida por mis dedos
que son cuchillos
que entran en tu cuerpo
moldean tus senos
y agitan tus nalgas.


Beso tu carne
Como beso el terciopelo de la fruta,
Devoro tu pulpa,
Con bocados hambrientos,
Aspiro la dulce fragancia
Que exhala tu cuerpo
Cuando, rendida,
Te abres
Como flor carnívora,
Y yo soy insecto,
Pegado en los pétalos
De la flor de tu belleza.

Somos
Árbol de ramas retorcidas
De hojas temblorosas
Cuyos troncos se entrecruzan
Se funden,
Cuyos contornos se confunden,
Sin límites ni fronteras,
Sin saber bien
Dónde acabo yo,
Dónde empiezas tú,
Porque no hay ni tú ni yo
Sino la suma de los dos
Un ser hambriento de placer
Sacudido por el deseo
De hambre infinita
Brutal y delicado
Con sus cuatro piernas
Dos cabezas
Y dos corazones
De sincronizados estallidos.

Y después del amor
Mientras mis dedos recorren
La geografía de tu cuerpo,
Cuando tus ojos se cierran,
Cuando tus labios no son sino sonrisa
Y tu cabeza busca
La almohada de mi hombro,
Y tus manos juegan
En la selva de mi pecho,
Soñamos
Con todos los paisajes que no vimos,
Con todos los océanos que no surcamos
Con toda la vida que no vivimos.

EL ARTICULO DEL DÍA

Seguimos con la serie de artículos que publicó, en su día, el diario El Sol sobre la guerra de Irak, la primera, la madre de la segunda, la que se nos dijo que era limpia, quirúrgica, pero que fue una matanza despiadada.

Publicado en el diario El Sol, Opinión, el 30 de enero de 1991
Con la guerra de Vietnam, EEUU aprendió que la información puntual de un conflicto contribuía a engrosar las filas de adeptos al pacifismo. Ésta es la razón de que, con el mutismo también interesado de Irak, haya eliminado el elemento humano: los muertos de la guerra.

Los muertos de la guerra
José Luis Muñoz

HAY UN fragmento de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, que me viene incesantemente a la cabeza durante todos estos días como una pesadilla. Se trata de uno de los pasajes del libro que más me impresionó. El coronel Aureliano Buendía, paradigma barroco de todos los tiranos militares sudamericanos, perpetuado a través de generaciones, masacra una población, mata a todos, a hombres, mujeres y niños, y luego, para hacer más invisible su acto, amontona los cadáveres sobre las vagonetas de un tren y los aleja del lugar del exterminio. No hay pruebas, no hay testigos, no hay memoria de la masacre; uno puede llegar a pensar que esa matanza no se ha producido realmente.
La pesadilla tan magistralmente registrada por la pluma de García Márquez en Cien años de soledad se está reproduciendo ante nuestros civilizados ojos occidentales, para demostrarnos, una vez más, que la realidad siempre marcha muy por delante de la literatura, y que ésta, por mucho que intente estremecernos, no Ilega sino a palidísimo reflejo de los acontecimientos que tienen lugar a nuestro entorno.
Se ha desatado una guerra anunciada, ignominiosa, y ya no hay lugar casi para la reflexión puesto que se ha impuesto sobre razones y sentimientos la lógica militar, para la cual la vida de un hombre sólo tiene un significado táctico que es muy inferior al de una batería, un blindado o un avión. Esta guerra, que será recordada con vergüenza, se ha puesto en marcha contra el pesar de muchos y también con la aquiescencia entusiasta de otros. Se han esgrimido razones a favor y en contra, se ha negociado poco y mal, se ha subvalorado la sensibilidad árabe y finalmente los cañones han impuesto su demente dialéctica y nos encontramos ante una tesitura terrible.
Como en muchas otras, en esta guerra la primera víctima ha sido Iba verdad. Hacía años, quizá desde los tiempos remotos del franquismo, que no asistíamos con impotencia a tamaña manipulación informativa como la que estamos sufriendo a diario.
La guerra apenas existe. Llueven noticias contradictorias. Un día se tiene un optimismo sin freno y, al día siguiente, reina el pesimismo. Se dice que es la primera guerra televisada de la historia del mundo, pero lo cierto es que nunca, como ahora, hemos estado más huérfanos de imágenes. Las escenas que nos llegan lo hacen con el sello de la censura, son vagas, nos presentan, a lo sumo, a unos pilotos americanos entusiasmados por la capacidad destructiva de sus aparatos, fuegos de artificio con banda sonora sobre la castigada Bagdad, y una y otra vez las plúmbeas imágenes que demuestran la precisión de las bombas y los misiles guiados infaliblemente hacia su blanco.
Hemos enriquecido a marchas forzadas nuestro léxico, sabemos lo que es un Patriot, un Scud un B-52, un avión invisible, y cuando empiecen a actuar los tanques vamos a completar nuestra maravillosa cultura bélica con los nombres de la múltiple variedad de carros de combate que se van a emplear en la zona.
A casi dos semanas del comienzo de esta pesadilla hay gente que se empieza a hacer una pregunta estremecedora. ¿Y los muertos? Los muertos se nos están escamoteando de este conflicto, porque se nos está vendiendo esta guerra, desde el lado americano, como una lid limpia, una serie de operaciones quirúrgicas en la que se han puesto a prueba todas las precisas armas que tenía almacenadas y oxidadas el Pentágono para el hipotético enfrentamiento Este-Oeste que al final ha sido Norte-Sur.
Las bombas y los misiles, las 100.000 toneladas que han caído sobre tierra iraquí haciendo estremecer el desierto como si fuera sacudido por un terremoto, son inteligentes, han sido lanzadas sobre zonas deshabitadas, pero evidentemente nadie puede creer en la exactitud de su precisión. Testimonios directos del conflicto, que no toman partido por uno u otro, hablan de que los muertos en lrak se cuentan a miles, y no son precisamente militares todos ellos. A un muerto por tonelada de bombas, que es una proporción optimista y razonable, podíamos hablar de 100.000 muertos, aunque hay quien triplica esa cifra.
Estados Unidos está aplicando la estrategia militar de tierra quemada a lrak, y a los numantinos dirigentes de Bagdad no les interesa reconocer sus cuantiosísimas bajas para mantener la moral de sus ciudadanos. Esta masacre ─ bombardear ciudades, en donde lógicamente viven civiles, está tan en contra de las convenciones internacionales como las brutales palizas que han sufrido de forma evidente los pilotos aliados capturados- sólo se puede llevar a cabo impunemente si falta la imagen, la información. EEUU aprendió de la guerra del Vietnam que la información puntual de un conflicto sangriento y brutal contribuía a hacer engrosar las filas de adeptos del pacifismo, y ésta es la razón de que, ayudada por el mutismo también intensado de su contendiente, haya eliminado drásticamente el elemento humano de esta guerra, los hombres, mujeres y niños que perecen bajo ese alfombrado de bombas. Por contra se nos bombardea con tecnicismos, cifras macroeconómicas de la formidable inversión diaria que supone esa monstruosidad y de las elucubraciones de estrategas.
La pornografía es a veces necesaria, y en la guerra, para aprender a odiarla, imprescindible. Las únicas imágenes de sufrimiento y crispación, de cuanto terrible existe en esa vorágine de matar que se apodera de los seres humanos, nos han llegado de Israel y de Bagdad. En Israel por la caída de los misiles Scud, el arma provocadora de Saddam Hussein, que constituye su más formidable artilugio militar pese a la escasa mortalidad del mismo. Cada misil que cae en suelo israelí desvela el sueño a la coalición antiiraquí y, por contra, afianza a Saddam Hussein como líder vengador de las masas árabes. Las otras imágenes terribles de la contienda vienen de Bagdad, están en los rostros maltratados de unos prisioneros cuyo futuro es incierto, obligados a la autocrítica. Del resto de víctimas civiles que hayan podido tener los iraquíes, de lo verdaderamente pavoroso de la contienda, sólo nos llegan rumores. Bush habla de juzgar a Saddam Hussein por crímenes guerra. ¿No debería él también ocupar ese banquillo? Es posible que se nos escamotee la mortandad de este conflicto, que las víctimas sean enterradas clandestinamente, sepultadas en el mar o lanzadas al espacio. No las vamos a ver mientras dure este baile de hierro y sangre porque están decididos, en ambos bandos, a que la guerra continúe hasta el final. Es una forma escandalosa de manipulación a la que ya nos vamos acostumbrando, vital para neutralizar a los enemigos más irreductibles de las masacres: los amantes de la paz. Nos quieren ciegos, pero también mudos y paralíticos.

En Londres comienzan las prohibiciones de las películas de guerra ambientadas en el desierto, de las canciones pacifistas de los sesenta. En Italia empiezan a haber recortes en los Informativos porque, según los divos de la RAI, se habla demasiado de la guerra. En nuestro país comienza el macarthismo liderado por nuestro presidente que advierte de los peligros de infiltrados entre los manifestantes de buena fe por la paz, o por alguno de sus acólitos sucursalistas que acusa a los que estamos contra la masacre de hacerle el juego a Saddam Hussein.
Estados Unidos y sus aliados se han extralimitado en su funcíón, que era la de recuperar Kuwait, cosa que, de momento, ni han intentado, y se han limitado a devastar Irak con el silencio de la comunidad Internacional y de Naciones Unidas. Autorizar el uso de la fuerza no es necesariamente declarar una guerra, recuperar Kuwait no es destruir Irak. El país del Tigris y el Éufrates acabará siendo una dantesca alfombra de muerte y podredumbre que se nos va a ocultar a todos los occidentales que con nuestra acción u omisión, o nuestra reacción tardía, hemos sido en parte cómplices de este desastre. No creo que nos den opción a ver los muertos, como mucho cuando todo haya acabado, y al verlos nos encogeremos de hombros, reconfortados por el bajo precio del petróleo, por los buenos resultados bursátiles, diciendo para nuestros adentros: "Ellos se lo buscaron".

LOS RELATOS DE PLAYBOY


Este relato fue publicado en la revista Playboy, en su número 140 de Agosto 1990
LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE
José Luis Muñoz

Al diario de Levante, sobre cuyo ejemplar del 27 2 90 escribí este relato a falta de otro papel.

A Fernando Trueba, poruqe lo que sigue lo escribí haciendo tiempo antes de ver “El sueño del mono loco” en un bar de Valencia de cuyo nombre no consigo acordarme.



Toda aquella historia empezó cuando Pablo perdió su empleo en la editorial. Un buen día encontró en su mesa de despacho el sobre fatídico con la carta de despido y la indemnización en forma de un alargado cheque de siete cifras. Recurrió a Magistratura, pero ello no sirvió para conseguir su readmisión. Sobraban puestos de trabajo en aquella editorial, y más desde que la multinacional alemana extendió sus tentáculos sobre ella y la fagocitó en cuerpo y alma. La explicación de todo ello estaba en que la gente se había cansado de leer y los hombres del futuro se pasaban las horas muertas sintonizando los más de veinte canales televisivos a, relegando los libros a la mera cobertura de las paredes vacías.
Por entonces yo tenía veintiséis años, cuatro años menos que Pablo, una salud envidiable y una belleza que parecía inmarchitable. Me habían salido algunas pequeñas patas de gallo alrededor de los ojos, y, a fuerza de fruncir el ceño, dos surcos paralelos se abrían camino en mi piel entre las cejas, pero eso era todo. Cuando despidieron a Pablo, yo ya hacía muchos años que había perdido mi empleo, y pese a mis denodados esfuerzos no había conseguido uno solo que me satisfaciera y en el que durara más de tres meses.
A Pablo se le ocurrió la idea durante una noche de verano de tórrido calor. Yo estaba medio desnuda, tomando el aire en la terraza de nuestro ático, y él había salido afuera a fumarse un cigarrillo. Me miró de forma muy animal y segundos después me hacía el amor sobre el suelo frío y duro.
Se había prendido un segundo cigarrillo, mientras se ajustaba el slip a la cintura, cuando me dijo con cierto deje amargo, como si estuviera arrepentido del primitivo impulso que le había llevado a poseerme.
Creo que ya solo sirvo para esto.
Vamos, Pablo, querido. No te tortures. Encontrarás trabajo. Eres un buen profesional. Tus traducciones de Faulkner siempre han sido reputadas como excelentes por la crítica. Nadie ha traducido mejor que tú “Mientras agonizo”.
Para lo que me sirve en estos momentos.
Fui adentro a buscar una copa y cuando salí Pablo me recibió con una mirada inquieta que me desazonó.
Ya está, tengo una idea, me dijo. No te asustes. Me dirás que no, pero es un buen trabajo, te lo aseguro.
Bien. ¿De qué se trata?
Y me lo explicó. Contrariamente a lo que él pensaba, a mi no me pareció tan descabellado su proyecto.
Empezamos poniendo anuncios en el diario, y, al pie del anuncio, el teléfono, y cuando lo vimos publicado en la prensa esperamos con tensión a que el teléfono sonara. Y sonó. Yo no me atrevía a descolgarlo y le propiné un codazo a Pablo para que lo hiciera, y él, tras dudar un instante, se hizo con el auricular.
La primera vez, como en todo, fue la peor. Nuestro primer cliente era un tipo de mediana edad, gordito, que estaba tan violento como lo estábamos nosotros, o quizás más, y desviaba los ojos avergonzado cuando nuestras miradas se cruzaban. Una sensación pegajosa de incomodidad se apoderó de mí cuando me desnudé y me tumbé en el diván que habíamos dispuesto en el centro de la habitación como escenario. Pablo no lo pasó mejor que yo. Le costó muchísimo tener una erección y mucho más mantenerla. El espectáculo duró cinco minutos exactos, que fueron suficientes para que nuestro mudo espectador se levantara, fuera al lavabo y regresara con aire de alivio en el rostro. Y el momento más bello de aquella nuestra primera jornada laboral fue cuando dejó sobre la mesa las diez mil pesetas acordadas de antemano.
Pablo estaba eufórico con la facilidad con que habíamos conseguido aquel dinero y me azotó el rostro con los dos billetes.
¿Ves lo fácil que ha sido? Nos hemos dado un lote y encima nos han pagado. ¿Qué te parece?
Terrible le contesté. No me ha gustado lo que he hecho, era como si estuviera haciendo el amor con ese individuo. Me he sentido exactamente igual que una puta.
Vamos, cariño, no seas nena. No hemos hecho nada malo. Nos hemos limitado a amarnos ante un mirón, y le hemos excitado. Ha sido agradable para él y para nosotros.
¿Para nosotros? ¿Te ha gustado? A mí no me ha gustado nada, Pablo, nada.
Seguíamos poniendo anuncios y a nuestro piso acudía la gente más variopinta que imaginarse pueda. Por lo general eran tipos de mediana edad, de clase media, y varones, pero también venían sexagenarios, matrimonios y hasta alguna mujer solitaria a la que excitaban nuestros juegos amatorios.
Pronto llegamos a ganar tanto dinero como si los dos tuviéramos un trabajo fijo y decente. Pablo estaba eufórico por lo bien que salían las cosas y llevaba la contabilidad del, según él, cómodo negocio.
No te entiendo, querida. ¿Aún tienes dudas acerca de lo que hacemos?
Tengo todo tipo de dudas, Pablo. No sé si lo que hacemos es moral. Vendemos nuestra intimidad.
¿Y no es acaso peor vender nuestra vida como hacíamos cuando teníamos un trabajo fijo? ¿Crees que mis traducciones estaban bien pagadas? No, en realidad trabajaba por amor al arte, lo que me daban no compensaba ni por asomo la cantidad de horas invertidas.
Un día acudió a nuestra cita amorosa un extraño cliente. Era un hombre de sesenta y pico años que, al parecer, hacía diez días que había enviudado y se confesaba asiduo de las salas X, los videos porno, las cabinas de los sex shops y las revistas eróticas. Nuestro anuncio le había excitado la libido y allí lo teníamos sentado en su silla, dispuesto a devorar con su mirada nuestros cuerpos jóvenes mientras se amaban.
Aquel anciano demostró ser un espectador fuera de lo normal por sus apetencias. Pagaba algo más que los demás, pero a cambio exigía la veracidad del espectáculo, no el mero fingimiento de nuestros orgasmos. Pablo me penetraba pero nunca llegaba a eyacular de verdad. Con aquel anciano debíamos llegar hasta el final, no simular los orgasmos sino tenerlos realmente, y conseguir aquello nos costaba casi siempre una considerable cantidad de tiempo para regocijo de nuestro cliente que veía así multiplicada la duración del espectáculo.
No me gusta ese individuo dijo un día Pablo. ¿Con qué derecho exige que lleguemos hasta el final? ¿Qué más le da? ¿No se excita igual si yo no me corro?
Paga más, salí yo en su defensa. Busca más que el espectáculo, busca la verdad del acto sexual.
¿Paga más? ¿Y qué?
Logramos transmitirle nuestra excitación. Y eso es bueno. Ese pobre hombre ya no puede tener una erección normal y su vida erótica se ha reducido a esto. Le tengo una gran lástima.
¿Para qué quiere una erección normal? Hay gente que no se resigna al inevitable declive de nuestra carne.
Aquel anciano se convirtió en nuestro cliente más habitual. Llegaba a visitarnos más de una vez a la semana, y tanto le gustaban nuestros escarceos eróticos que llegó a venir casi todos los días.
Una tarde ocurrió un percance curioso. Pablo no alcanzaba su clímax y yo tuve que echar mano de todas mis artimañas para conducirlo al éxtasis. Moviéndome despacio, encima suyo, conseguí provocar uno de sus orgasmos más placenteros. El anciano, azorado por nuestra violenta culminación, se levantó y torpemente, ante nuestra sorpresa, se dirigió al lavabo.
Regresó a la habitación cuando ya nos habíamos vestido. Tenía la piel de la cara enrojecida y parecía muy excitado y eufórico a juzgar por su tono de voz.
Lo he conseguido. Lo he conseguido por fin, acertó a decir.
¿El qué? Preguntamos los dos a coro.
Una erección y una eyeculación. Pensaba que mi sexo había muerto definitivamente y tendría que conformarme el resto de mi vida con mirar sin tener ningún tipo de reacción física. Y no ha sido así. ¡Cuánto se lo agradezco a los dos, queridos amigos!
A mí la declaración del anciano me halagó y me conmovió. Pablo quitó hierro al asunto.
Querida, eres una sentimental. Ese tipo es tan cerdo como los demás. Un asqueroso voyeur.
No tienes derecho a ser tan cruel y despectivo con él.
El anciano siguió acudiendo puntualmente a las citas para disgusto de Pablo, que le aborrecía cada vez más. Un día, cuando ya se marchaba, me hizo una insólita proposición que me dejó aturdida. Se lo comuniqué a Pablo mientras se duchaba.
Hoy el señor Rubén me ha dicho algo que a lo mejor nos interesa.
¿El señor Rubén? ¿Quién es ese?
Nuestro mirón favorito.
Ah. El viejo sátiro. ¿Qué te ha dicho ese pájaro?
No va a venir más.
Vaya. No lo creo.
Sí. Es cierto. No va a venir más.
¿Se ha cansado de admirar nuestros cuerpos? ¿Ha memorizado ya todas nuestras posturas?
Dejará de venir, pero con una condición: desea hacer el amor conmigo.
Pablo calló y me miró a través de las cortinas entreabiertas de la ducha. Por un momento temí que armara un gran escándalo y por ello seguí hablando.
Y ha prometido recompensarme con doscientas mil pesetas.
Pablo enmudeció mientras se anudaba la toalla de baño a la cintura y salía de la ducha.
¿Y qué piensas hacer? ¿Follar con ese degenerado, con ese piltrafa, con ese cadáver putrefacto? ¿Serás capaz de hacerlo?
Tenía dudas acerca de cuál iba a ser mi decisión, y confieso que la reacción violenta de Pablo, lejos de hacerme desistir, acicateó mi deseo caritativo de complacer sexualmente a mi generoso sexagenario.
Haré el amor con él, dije con determinación.
Haz lo que te dé la gana.
Rubén vino una vez más y Pablo y yo montamos nuestro número en el diván. Pablo estaba furioso conmigo y lo demostró taladrándome con violencia mientras me tiraba del pelo y me pellizcaba los pezones.
Me estás haciendo un daño espantoso le susurré al oído.
Pero él fingió no oírme y acabó vertiéndose en mi interior entre violentos jadeos.
Cuando Pablo salió de mí, yo me acerqué al anciano voyeur, le tomé de la mano y lo conduje hasta el dormitorio haciendo caso omiso de la mirada rabiosa de mi marido.
Tengo miedo, terror me confesó Rubén. Miedo de no conseguirlo.
Relájese.
Lo senté en la cama, con cuidado maternal, le saqué los zapatos, los calcetines, cogí sus pies helados y los calenté entre mis senos.
Eres tan maravillosamente hermosa me dijo con voz entrecortada mientras hundía sus manos en mis cabellos.
Le saqué los pantalones, le desabroché la camisa, le desprendí de sus anticuados calzoncillos en medio de un ritual que parecía más de madre que de otra cosa, y madre sobre todo me sentía de aquel cuerpo escuálido, arrugado y desamparado que ansiaba resucitar entre mis dedos.
Le tomé el pene entre mis dedos y lo acaricié con suavidad mientras le besaba en la boca y dejaba que sus manos se posaran en mis senos y en mis nalgas, y, a fuerza de caricias conseguí la tórrida resurrección de su carne.
Rubén estaba gozoso y yo sentí palpitar su corazón bajo mis senos mientras me ceñía la cintura con un abrazo. Me senté a horcajadas sobre su vientre y guié con mi mano su pene repentinamente joven y endurecido al interior de mi sexo. Me agradó sentirlo allí dentro, en las entrañas, durante aquellos instantes, gozando el viejo y moribundo miembro de mi cuerpo joven. Me moví despacio sobre él mientras sus manos paseaban embelesadas y despacio, como incrédulas, por mi carne fresca y turgente y su boca áspera y seca buscaba la textura dulce de mis pezones. Me moví con más ganas sobre él hasta sentirlo duro, fuerte, potente, como el tronco de un viejo árbol en mi interior, y seguí cada vez más excitada en mis movimientos hasta que conseguí su éxtasis, y con el suyo el mío, fundiéndose nuestros fluidos gozosos, su esperma y mi flujo, en las entrañas de mi sexo en medio de una explosión de placer.
Te amo tanto me susurró Rubén al oído, llorando de emoción mientras me acariciaba con suavidad la espalda. Eres bellísima, y hoy puedo decirte sin exageración que ha sido el día más feliz de mi existencia. Ya puedo morirme en paz.
Cuando Rubén marchó dejando un talón bancario sobre la mesa, encontré a Pablo crispado, consumiendo con voracidad un cigarrillo y mirando con vértigo al vacío siete pisos abajo.
¿Se ha corrido? Preguntó como un autómata, escudriñándome con sus ojos de forma feroz.
Moví afirmativamente la cabeza y sonreí.
Se ha portado como un hombre de verdad.
¿Te ha gustado? Siguió preguntándome sin atreverse a mirarme a la cara.
Dudé un instante antes de contestar.
Me ha gustado. He sentido un placer muy especial, lo confieso. Él conseguía transmitirme su gozo y eso ha sido grande, hermoso, inexplicable.
Recibió mi respuesta como si alguien le golpeara con una barra de hierro en la cabeza y lo dejara aturdido. Pablo no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Encontró trabajo en una nueva editorial y sus traducciones de las novelas de Conrad han sido muy celebradas. Nuestros excitantes anuncios en los diarios dejaron de publicarse. Yo, por la tardes, permanezco próxima al teléfono por si suena y oigo la voz de Rubén. Pero mi amante sexagenario no ha vuelto a solicitarme y no he tenido noticia alguna de él. Solo me cabe el orgullo de haberle hecho, durante unos segundos, el breve tiempo que duró su orgasmo, inmensamente feliz, y sus palabras de amor correspondido aún resuenan en mis entrañas. Y cuando Pablo, de forma mecánica y brutal, como acicateado por un instinto de venganza, me toma, yo instintivamente cierro los ojos y me imagino que estoy con Rubén, y mi orgasmo es suyo esté donde esté.

viernes 9 de mayo de 2008

NEWS

DE FERIA EN SEVILLA:
UNA CRÓNICA A SIETE EUROS Y DOS DAVIDESLos escritores José Luis Muñoz y David Torres se reúnen el 1 de mayo a las 20.00 horas en la Pérgola en el encuentro Novela negra: las fronteras del género, organizado por la editorial Algaida (Grupo Anaya). Los autores debatirán sobre este género, sus antecedentes y posibilidades y su posible clasificación. Al mismo tiempo plantearán las posibilidades que la novela negra ha abierto en las técnicas y recursos narrativos así como la aceptación que tiene este tipo de novela en España, tanto por parte de la crítica especializada como del público lector y de sus diferencias con otros países europeos. José Luis Muñoz acaba de publicar El mal absoluto. La última novela de David Torres se llama El gran silencio.

Firmé ejemplares de EL MAL ABSOLUTO─uno a una simpática señora llamada Trujillo, amiga, que no pariente, de Carmela Trujillo─, muchos más de los que suponía ─tenía un triste y difícil récord en Madrid cuatro años atrás: cero libros, aunque, como Dios aprieta pero no ahoga, de allí salió la recientemente premiada UNA EXTRAÑA HERENCIA─, en una Sevilla radiante, en fiestas. Las 24 horas de ajetreos ─tres firmas en tres librerías, FNAC, El Corte Inglés y…─se convirtieron en placer por la compañía. A Begoña Minguito, jefe de prensa de Algaida, la conocí en Barcelona, durante el Sant Jordi e, inexplicablemente, le vendí una imagen de tipo serio que está muy lejos de mí como ella misma pudo comprobar. Eso les dijo ─ que tuvieran cuidado con José Luis Muñoz, escritor serio entre los serios─ a mis dos colegas en estas 24 horas sevillanas, dos deliciosos gamberros que se ríen de todo, empezando por sí mismos, y que son David Torres, el escritor recientemente galardonado con el premio Tigre Juan ─ que yo gané cuando daban calderilla ─ por su novela NIÑOS DE TIZA, y el inmenso, en todas las acepciones del término posibles, David Panadero, amante de serie B, devoto de frikis y defensor de la subcultura, inmejorable presentador pese a sus credenciales y declarar que era abstemio, algo que luego desdijo prácticamente a base de cervezas, copas de vino y sustancias más turbias e indefinibles .
Opino que una de las gratificaciones extras que te brinda la literatura es ésta, precisamente, la de conocer y compartir buenos momentos con tipos como David Torres y David Panadero. Reímos a mansalva ─ los davides se saben todos los chistes y los saben contar─, intercambiamos libros y dedicatorias, bebimos de forma comedida, firmamos lo nuestro, soliviantamos con nuestras gamberradas a la recta jefa de prensa, una políticamente correcta Begoña Minguito, y dimos con nuestros castos cuerpos en la lujosa suite del hotel Occidente que la editorial nos había brindado para la ocasión.
Entre juerga y juerga aun tuvimos tiempo, perfectamente serenos y profesionales, de elucubrar sobre nuestras respectivas novelas, qué nos había movido a escribirlas y qué opinábamos de la novela negra, ante un selecto auditorio a las 8 de la tarde, conducidos por la profesionalidad y voz cavernosa de David Panadero, horas antes de que intentara tomarse un Pippermint con Cola─Cao, combinado friki al que un barman, en sus cabales y muy centrado a pesar de la hora nocturna, se negó en redondo a preparar. Ya de retirada, escoltados por el editor y una elegante jokey ─con quién hablamos de caballos y de Fernando Savater─, paseando por las callejas del barrio de Triana iluminadas por farolillos, David ─ no Panadero sino Torres, aunque seguramente en eso también estaría de acuerdo ─me confesó su devoción, que yo comparto plenamente, por Monica Belucci ─ de la que, por cierto, vimos su fantasma acodado en una barra de una tasca sevillana, una presencia que aún dudamos si era real o bien se debía al fino con que acompañábamos una ración de calamares ─y la extrañeza porque en nuestro merodeo nocturno por bares de tapeo nos acompañara una guapísima sevillana rubia como el sol y con cierto aire, mejorado, a lo Emma Suárez.
─Los vikingos conquistaron Sevilla─le aclaré.
─Ah. Eso lo explica todo─ sentenció David Torres.
Y tomamos un taxi de 7 euros. Tarifa plana para desplazarse a cualquier lugar de Sevilla. De los taxistas podemos hablar, o guardar silencio. Decir que te dejaban dónde ellos querían, que si les pedías ir a una plaza te dejaban en otra ─”Tire por esa calle y ya llega” ─a veces hasta a un kilómetro de tu destino ─ “Siga el río que ya se topará con el restaurante ese”, y aun estamos buscándolo ─y que te daban vueltas y revueltas, cruzando una y otra vez el Guadalquivir, para que viéramos todos los puentes, por culpa de nuestro acento madrileño─catalán. Pero eso sí, siempre a 7 euros. Tentados estuvimos de cambiar el billete de avión por el paseo en taxi, sobre todo porque con el calor que hacía no oían a Jiménez Losantos en la Cope.
Dejé Sevilla, con pesar, con David Panadero cruzando una avenida para tomar su AVE y David Torres, que se hizo veinte piscinas como si nada y me dedicó un libro, BELLAS Y BESTIAS, en traje de baño ─”Esta es la firma con menos ropa que he estampado en mi vida”, confesó─, tirando los tejos a la políticamente correcta Begoña Minguito.

FIRMA INVITADA

Conocí a David Torres en una Semana Negra, hace muchos años. Hablaba de boxeo, deporte al que son muy aficionados y hasta algo practicantes, con mi buen amigo Juan Bas en la terraza del hotel Don Manuel de Gijón, la oficina informal de la Semana Negra en donde las conversaciones, aderezadas con espirituosos diversos, llegan hasta el alba. David venía a Gijón para presentar EL GRAN SILENCIO (editorial Destino) con el que había quedado finalista del Premio Nadal. Me complació mucho encontrármelo de nuevo en Sevilla, en la Feria del Libro, compartiendo firmas y charla. No me resistí a pedirle un relato para mi blog. Aquí lo tienen, una sensible reflexión sobre la absurda globalización que lleva a unos negros de una tribu africana a perderse en un aeropuerto de la Ex Unión Soviética. Que lo disfruten, y si les gusta échenle el ojo a NIÑOS DE TIZA, su última y laureada novela.
Semeretievo, 4:00 a. m.
David Torres
Para Antonio Polo
Había dado ya varias vueltas por las inmensas salas sin luces, harto, rendido, sin sueño, con la bolsa de mano al hombro, contemplando a los pasajeros derrengados sobre los asientos de plástico, sentados de cualquier forma sobre el suelo sucio de papeles y bolsas. Eso fue después de cinco horas de retraso, de acabar la novela que traía apenas empezada y de cruzar por todos los estadios de la desesperación, la apatía y la cólera. Fue entonces, bajo los altos techos cuajados de bombillas raquíticas y casquillos vacíos –un firmamento en miniatura, lleno de estrellas extirpadas y soles muertos– cuando vio al negro estrafalario, de pie, sosteniendo una lanza, el musculoso torso al descubierto, descalzo, ataviado tan sólo con unos vaqueros y un tocado de plumas de avestruz en la cabeza. Más allá, detrás de un cartel en ruso que prohibía ostentosamente el paso, había otros negros sentados alrededor de unos cuantos cachivaches, mujeres con sus hijos colgados del pecho, ancianos en cuclillas hablando en voz baja. Un oficial de seguridad que aceptó el exiguo regalo de un paquete de cigarrillos, le explicó en un inglés rudimentario que se trataba de un grupo de exiliados políticos procedentes de alguna remota dictadura africana. Habían huido de aeropuerto en aeropuerto y nadie podía explicarse cómo habían ido a parar ahí, a la zona de tránsito de Semeretievo, donde la torpe e inflexible burocracia soviética los tenía retenidos desde hacía meses por culpa de algún absurdo papeleo. Carecían de existencia oficial, de manera que no podían tomar otro avión ni tampoco salir del aeropuerto. Allí, al otro lado del escueto y geométrico escenario propuesto por los cristales –una pista de aterrizaje eternamente recorrida por alas blancas, decorada con los telones cambiantes del día y la noche–, habían visto morir el suave verano ruso y habían saludado, atónitos, su primera nevada. Hacía apenas dos semanas una de las mujeres dio a luz una pequeña sobre la gastada moqueta y ni siquiera solicitaron asistencia médica. “Sí”, dijo el asombrado pasajero, “pero me pregunto qué hacen todos despiertos a estas horas”. “Ah eso”, respondió el oficial, abriendo con impaciencia el paquete y sacando un cigarrillo. “Es fácil. Allá en su tierra, en África, ahora está anocheciendo. Es la hora en que salen de las cabañas para contemplar las primeras estrellas”. Entonces sonó el anuncio de salida de su vuelo y, antes de dar media vuelta, el pasajero contempló por última vez aquel interregno africano en medio de la noche y la nieve cenicienta: la tierra de nadie entre los asientos de plástico; los ancianos acuclillados; los hombres recibiendo la última caricia del sol; una mujer dando el pecho a un recién nacido; el centinela de pie, junto a su lanza, con los ojos alzados hacia el cielo, a las luces canceladas, a las altas estrellas sin sangre, en ningún lugar, bajo ninguna luna.



David Torres (Madrid, 1966), escritor, columnista de prensa y guionista, fue finalista del premio Nadal 2003 con El gran silencio, una novela negra donde aparece por primera vez Roberto Esteban, el protagonista de Niños de tiza con la que ganó en 2007 el xxx Premio Tigre Juan de Novela. Con El mar en ruinas (2005), una ambiciosa continuación de la Odisea, obtuvo el elogio unánime de la crítica: "Una de las pocas novelas que han logrado arrebatarme el sueño" (Luis Alberto de Cuenca, ABC); "Una vigorosa novela que prosigue, con conocimiento fiel de la tradición pero también con imaginativa rebeldía e innovación, la inacabable peripecia del héroe homérico" (Fernando Savater, Babelía).

En 1999 publicó su primer libro, Nanga Parbat, (premio Desnivel de Narrativa y traducido a varios idiomas), al que siguieron los relatos de Donde no irán los navegantes (premio Sial 1999), Los huesos de Mallory, una original visión del héroe del Everest escrita en colaboración con Rafael Conde, los cuentos de Cuidado con el perro (2002) y el poemario Londres (2003).

En su más reciente bibliografía destacan La sangre y el ámbar (2006), un libro de viajes por Polonia, Robando tiempo a la muerte (premio Marca 2006 de literatura deportiva, escrito en colaboración con Sebastián Álvaro) y Bellas v bestias (2008) una colección de retratos literarios que fueron apareciendo en el suplemento M2 de El Mundo.