jueves 26 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 25 de enero de 2012







Siguen los fenómenos extraños mientras pedaleo con mi defectuosa bicicleta cuya cadena, cada dos por tres, se sale del engranaje y va haciendo un ruido de mil demonios. Voy a la parte norte de la isla y contemplo como los surfistas, incansables, van tras su ola perfecta. Yo busco esa perfección en el paisaje. Y descubro nuevos rincones de esta isla de bolsillo, un acantilado impresionante de roja volcánica negra azabache contra el que el mar se estrella implacable una y otra vez, moldeándolo y formando en sus oquedades piscinas de agua transparente.




Me acerco hasta el borde, atraído por el abismo, y me siento. Y me quedo horas, hipnotizado, contemplando como el mar, con una fuerza extraordinaria, barre una y otra vez una plataforma de roca y se despeña de ella formando cascadas, hasta un pavoroso agujero que parece vaya a absorberme en su sima y escupirme en medio del océano. El mar bello, terrible y siempre mutable, nunca igual, que fotografío una y otra vez y en cada una de las instantáneas me ofrece una nueva cara, siempre impresionante. El mar que es un hervidero de espuma blanca que salta y ruge y me amenaza como una fiera gigantesca. Regreso conmocionado. Y tanto me gustó el espectáculo marino que como deprisa, tomo de nuevo la bici y voy al mismo escenario de la mañana. Pero es diferente. Me doy cuenta entonces hasta que punto nos engañan los sentidos o sencillamente cambia la perspectiva de las cosas. El acantilado no me parece tan alto ni tan tenebroso como por la mañana y el mar, a pesar de que sopla el viento y éste orla de blanco las olas, no golpea con esa fuerza matutina sino que lo hace suavemente. Tanto ha cambiado el paisaje que empiezo a dudar que ése sea el mismo acantilado que me tuvo en estado hipnótico por la mañana. Pero lo es, porque el viento no ha borrado todavía las huellas de mis sandalias que dejé y me guían a ese balcón. La única explicación posible es que ahora la marea sea baja. Pero si la marea es baja, el acantilado tendría que parecerme más alto y no lo es. Realmente estoy perplejo.




Atardece, y yo espero, por la posición de las nubes que llenan el cielo, una puesta de sol tan espectacular como la de ayer, con esos tonos rojizos. Pues tampoco. No sé por qué razón la puesta de sol es completamente azulada, no despide el astro rey, cuando se acuesta por el horizonte, un solo rayo bermellón. No lo entiendo. No entiendo nada de la naturaleza cambiante del que soy un pequeño espectador que se hace preguntas y disfruta de ella. Quizá, para compensar ese acantilado tenebroso que de pronto ha desaparecido, ese mar furioso que se tornó calmo, o esa puesta de sol azulada en vez de roja sanguínea, un enorme arco iris traza un puente inmenso desde la isla Montaña Blanca a la Montana Bermeja.

martes 24 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 24 de enero de 2012

Ayer fue un día de fenómenos paranormales. O subnormales. Empezaron ascendiendo a la Montaña Bermeja. De enorme pendiente pero fácil de hacer, de un tirón por una senda perfectamente marcada. Nada que ver con la penosa ascensión, y el más penoso descenso, a la Montaña Amarilla. Las bautizan por colores, y aciertan. La Amarilla es amarilla, y la Bermeja, roja. Pero fue coronar esa cima y disfrutar de las vistas de la isla (desde cualquier punto elevado se ve La Graciosa en su totalidad debido a sus reducidas dimensiones) cuando empezaron los problemas, relativos, porque tampoco me quitan el sueño. Una llamada desde mi séptima vida, cuando estaba en la cumbre, me descolocó por la información que me dio. Tardé unos segundos en identificar la voz. ¡Caramba, me dije, cómo se olvida todo, hasta las voces! Alguien, un escritor cubano al que no tengo el gusto de conocer ni haber leído, me ha denunciado por supuesto plagio por Llueve sobre La Habana, título idéntico al de una novela que él publicó en 2004. Cuando mi interlocutora cuelga su teléfono me doy cuenta de que el amor potencia uno de los sentidos y anula los otros, aunque mi observación llega a destiempo. Con esos pensamientos nocivos, que me envenenan por dentro, sigo mi periplo por la bella isla, descubro lugares de una belleza terrorífica, oxímoron que se puede aplicar a unas galerías gigantescas que la fuerza del mar ha abierto en una colada volcánica negra azabache por la que entra y sale, rugiendo y bufando, hirviendo literalmente. La naturaleza es el más prodigioso arquitecto, me digo cuando me detengo a fotografiar un arco perfecto que han labrado durante siglos la conjunción del viento y el agua, los verdaderos dueños de La Graciosa. Y sigo, pedaleando con mi bicicleta renqueante que se encalla en las dunas que invaden la carretera, hasta el apartamento para saborear la noticia de esa denuncia por plagio. Lo más chusco del asunto es que el autor cubano, o el que tan mal le asesora en este tema, incluye como prueba del delito un párrafo de mi novela que yo no he escrito. Fenómenos paranormales. O subnormales. Claro que el autor cubano afirma, además de descalificarme con la ayuda de un amigo tan conocido como él, que acaba de publicar una obra maestra. Envidio su autoestima. Yo sólo estoy medianamente satisfecho de lo que publico, y a veces ni eso. Y tras esos fenómenos paranormales, esta misma mañana sucedió otro. Llovió. No sobre La Habana dichosa, sino sobre La Graciosa. No me lo podía creer. Pensé que alguien colgaba la ropa y por eso caían gotas. Pero, ¿quién? Así es que llovía del cielo, de un par de nubarrones negros que descargaron un poco de agua, seguramente la única lluvia que caía en la isla durante el año, ni para llenar el culo de un vaso, y yo para verlo. Cogí la bici renqueante (cuando fui a cambiarla las otras estaban peor) y me fui primero a Pedro Barba, a darme un baño en las aguas tranquilas de su puerto desierto, a pasear por entre las casas primorosas y deshabitadas, y luego, remojado, seguí por un territorio de hermosísimas dunas, eché una siesta al sol, adormilado por el oleaje cercano, seguí camino pasando por debajo de la Montaña Bermeja, no bajé a la peligrosa Playa de Las Conchas sino que regresé al pueblo, para comer, y después comprobé el cuarto fenómeno paranormal de estas dos jornadas extrañas: un correo dirigido a mi séptima vida, que estaba seguro de haber enviado la noche anterior, esperaba que lo disparara hacia la interesada en la bandeja de salida. Y me dije que si el azar, de forma aleatoria, había impedido que ese correo saliera el día anterior yo no tenía por qué contrariarlo, así es que lo eliminé. Zas. Y creo que así mantuve, más o menos, que tampoco sé si me interesa, una amistad, porque el contenido de ese correo que no existió, ya que no cumplió su función de ir del emisor al receptor, era demasiado duro para su destinataria, había nacido por la noche después de haberse ido adobando con hiel durante todo el día, y no estoy para causar daño a nadie, aunque ese alguien quizá lo merezca. Y después de comer, más de la cuenta, porque he comprado muchos víveres y creo que quedarán para el próximo inquilino del apartamento, cogí la bici y la cámara y me fui a ver la puesta de sol en las dunas. Y, bueno, me quedé noqueado con tanta belleza, con tanta, tanta, tanta belleza. La belleza de las cosas. La belleza de esta isla maravillosa que me llevo en la retina de mi cámara. Y ya de regreso a mi apartamento, a ciegas, de noche, por mi manía de apurar las horas del día, y sin un solo tropiezo porque me conozco al dedillo la pista que me lleva a Caleta del Sebo, me encuentro en el ordenador con el quinto fenómeno paranormal de estos dos días, un documento perdido ayer, que anduve buscando y no hubo manera de localizar, que aparece hoy sin que lo invoque en la pantalla del ordenador, tan misteriosamente como desapareció ayer tras haberlo creado: lo guardo, aunque piense, a buenas horas mangas verdes porque ayer, maldiciendo el fallo informático, lo tuve que reproducir de memoria. Puede que si salgo a la calle esta noche un OVNI me abduzca para regocijo de La Marciana de Miami, la profesora de tangos. Y salgo, mirando hacia el cielo, hacia las estrellas, por si veo un platillo volante planeando como un moscardón a mi alrededor.

lunes 23 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 22 de enero de 2012

Me hice con una bici renqueante. No había otra. Mañana me la cambiarán porque habían alquilado las buenas y sólo les quedaba ésa, la renqueante. La conseguí en un restaurante. Aquí los restaurantes no sólo hacen comidas, del mismo modo que todos los isleños alquilan sus cuatro por cuatro o se ofrecen a llevarte de excursión. Pero antes de alquilar esa bici que chirría desayuné lo de todos los días, y sin Ana Pastor. Bueno, hoy es domingo y estaría en su casa con su afortunada pareja. Tengo el síndrome de domingo, no cuando me levanto, pero sí cuando oscurece.
Vinieron unos operarios a arreglar la antena y el resultado es que no veo una sola cadena española y sí doscientos canales extranjeros. Me inclino por Rusia Today, RT. Qué hace un canal ruso emitiendo en castellano es para mí un enigma. Hablan maravillas del zar Putin, por supuesto, y alertan del demonio americano. Como en la guerra fría. Predicen una confrontación China-USA. Curioso, porque ya lo anticipé en una novela. Y hablando de novelas, antes de montar en la bici, empiezo Los crímenes de La Graciosa, el arranque, el primer capítulo, que no quiere decir que la deje a medias, que no siga, que me canse, que me aburra, que se meta en medio otra historia. De hecho hasta que no pasan de las cien páginas el nasciturus no tiene garantizada su vida. Ahora simplemente es un espermatozoide tonto a la busca de su óvulo. Que lo fecunde no depende de mí. ¿O sí?
Monto en la bici renqueante a las 11 de la mañana. Hoy el día como ayer, con luces y sombras, con sol y nubes. Como mi existencia. El camino, una pista ancha habilitada para que circulen cuatro por cuatros, me lleva justo a ese punto entre los volcanes Montaña del Mojón y La Aguja Grande al que llegué andando campo a través ayer. Tomo una pista que sale a la izquierda y señala Montaña Amarilla a cinco kilómetros. Por el camino me detengo ante un corral. Por fin sé de dónde proceden unas malditas y pesadísimas moscas que si la toman con uno no hay quien se las saque de encima: cabras. Me saludan y sacan sus cabezas del cercado para que les haga unas cuantas fotos. Y luego sigo el camino, bordeando ya el mar.
En Bajo del Corral un surfista busca su ola perfecta. Me detengo a admirarlo. Cabalga sobre olas medianas y descabalga de ellas cuando se aproxima mucho a la costa repleta de cantos rodados negros de lava. Y vuelve a buscar su ola, a cabalgarla y a bailar por su filo de espuma antes de perder el equilibrio y zambullirse en las aguas agitadas. Pienso en el hijo de una buena amiga, y en esa buena amiga. Y sigo camino.
La pista, a veces, la invade la arena y las ruedas de la bici se encallan en ella y me desequilibran. No me voy al suelo de milagro. Ahora sale el sol y me unto, precavido, con protección Aloe Vera 30 que compré en un supermercado de Caleta del Sebo y se me mete en los ojos, como siempre me sucede: un incordio. Y sigo pedaleando, a ciegas y con los ojos escocidos, y deteniéndome cada vez que quiero capturar una imagen: cada dos minutos.
El camino termina en Punta del Pobre. A saber a qué pobre se refieren. El origen del los topónimos es siempre un misterio. Desde ese punto diviso con claridad la cala de aguas tranquilas y transparentes en la que me bañé sin ropa el primer día, la de La Cocina, y la impresionante Montaña Amarilla, el volcán de pared sulfurosa. Decido subirlo. Lo dejo todo metido en la cesta de la bici, incluida la camiseta, y sólo me llevo conmigo la cámara de fotos. Desde ese lado, abrupto, no hay senda, así es que la trazo yo a ojo. Alcanzo trabajosamente la cresta de la primera montaña y voy a la conquista de la segunda, la definitiva. Es una subida de 172 metros. Se haría bien si no fuera por lo resbaladizo del terreno, por la gravilla volcánica que sobre las paredes de azufre amarillas me hacen trastabillar constantemente. Pero no me caigo. A medida que asciendo la panorámica es más espectacular. La Punta del Pobre la veo a vista de pájaro y ya no distingo mi bicicleta. Asciendo rápido, sin dudar, por la empinada ladera amarilla sin pensar en el regreso, que será más problemático, pero he aprendido en esta octava vida a pensar sólo en el presente, y el presente es este ascenso bajo un sol de muerte, y el descenso ya veré cómo lo hago. A la media hora de subida corono la cima. Vale la pena el esfuerzo y el riesgo de un arañazo. Desde Montaña Amarilla se ve toda la isla de un extremo a otro, todos sus conos volcánicos, todas sus llanuras sombreadas por las nubes, los núcleos poblacionales de Pedro Barba y Caleta del Sebo con sus casas encaladas, las playas ribeteadas por la espuma de las olas. Recorro la cima de un extremo a otro, saco fotos y emprendo el descenso que, en efecto, es bastante más complicado. La pendiente de la ladera de azufre y la maldita gravilla de piedra volcánica negra que la recubre hacen que los resbalones sean continuos. Decido bajar de lado, despacio y tanteando donde coloco el pie, y en alguno de sus tramos, cuando veo que voy a bajar rodando montaña abajo, me sujeto con las dos manos a la tierra, busco las escasas plantas que no tengan espinos, alguna roca voluminosa que no amenace moverse y voy descendiendo sin percances, sin rasguños, sin torceduras de pie hasta La Punta del Pobre.
Una hora más tarde estoy en mi apartamento, hambriento y sediento. Cae una bolsa de patatas fritas y una lata de cerveza Tropical, en la terraza, al sol. Luego, con más calma, hago la ensalada y mientras, pongo la mitad de la sama que sobró del día anterior sobre la plancha al fuego y descorcho una nueva botella de Malvasía, éste mucho más fino que el que terminé. Y suavemente alcoholizado, y bruscamente cansando, me voy a la cama a hacer una siesta de media hora que se prolonga exactamente hora y media.
Y aquí estoy, ante el ordenador, después de tomarme un café, dudando entre hacerme la cena o irme directamente a dormir, digiriendo el síndrome de domingo por la noche. Y no sé por qué, o sí lo sé, quizá, triste. Quiero días sin noches.
Una buena amiga, o quizá no tanto, me envió el enlace de una entrevista del diario Público a Paul Auster. La leo y me reconozco en un buen número de respuestas. También calculo cuántas mañanas me quedan, aunque eso no lo pueda saber nadie. Mis errores me siguen torturando, titulan la entrevista al autor norteamericano. Mis errores me siguen torturando.

sábado 21 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 21 de enero de 2012

Vivo en la calle La Sirena esquina El Trapecio. Buen barrio. Calle de arena. Me encanta ese odio al asfalto que tienen los isleños. Los gracioseros, que no los graciosos, como sería más lógico. Y hay unas plantitas mustias, que crecen en cuanto dejas atrás el escalón para acceder a la puerta y que alguien riega con mimo, porque la arena de alrededor está húmeda. Yo no, desde luego. O quizá fue que se orinó un perro.
Hoy desayuno en silencio sin la compañía de Ana Pastor. Soledad absoluta. Dos cafés con leche y unos cruasanes industriales, duros, que pasados por la tostadora son comestibles y resultan exquisitos si los adornas con mantequilla y mermelada amarga de naranja.
Hará mal tiempo. Lo veo por la puerta de la terraza. Sopla el viento y hay una nube negra, inmensa, que corona el risco de Famara, la pared perpetúa que tengo delante de la terraza del apartamento, e impide que el sol alegre el ambiente. Pero salgo a la calle con mis bermudas, mi camiseta de manga corta y mis chanclas. La gente va abrigada. Los isleños deben considerar el día de hoy como frío. Todo es relativo. Mi cuerpo se ha hecho en estos meses a cuatro bajo cero con lo que diez grados positivos es una temperatura primaveral.
He establecido mis propias rutinas en la isla. La primera: ir a por el pescado. Ayer debió ser un buen día, porque en la pescadería de la lonja asoman, entre el hielo picado, las cabezas sin vida de un buen número de especies marinas. Pregunto al adusto pescador por el nombre de unos peces de piel rosácea. Samas y bocinegros. Me llevo una sama mediana, abierta por la mitad, que haré a la plancha y quizá me dure dos días, porque es mucho mayor que el burro que compré ayer. Y con el pescado regreso a casa.
Intento ir a la playa de Las Conchas. Pero no tengo mapa. Me dejo guiar por la intuición y ésta me lleva a un grupo de casas destartaladas, habitadas por gallinas y un solitario caballo en medio de una nada colmada de plantas espinosas en las que afloran, como un milagro, delicadas flores amarillas. Decido tirar monte arriba sin senderos. Me guío por los volcanes. El perfil de uno me suena. Y el de otro. El de la izquierda se llama Montaña del Mojón, y el de la izquierda La Aguja Grande, y ninguno de los dos supera los doscientos metros. Creo que el camino para ir a la Playa de Las Conchas pasa exactamente en medio de ellos. No voy errado. Después de hacer mi propio y particular camino por esa nada árida colmada de plantas espinosas y arbustos enanos y retorcidos, que nadie sabe de dónde obtienen su humedad para subsistir en este bello erial, desemboco en un camino ancho y lo sigo.
Me gusta esta nada, como me gusta el paisaje pleno de árboles, prados y ríos de Arán. Me gusta esa nada por la que mis ojos pueden ver sin trabas hasta el infinito y el cielo es un techo gigantesco ornado de nubes. El camino pasa junto a algunas fincas agrícolas. Por llamarlas de alguna manera. El clima es tan seco y duro en la isla, llueve tan poco, si es que llueve alguna vez, que en esos cercados sólo hay chumberas, y gracias. En uno de los cercados descubro un solitario limonero con frutos. Deben de estar secos esos limones que cuelgan de las ramas.
El camino tiene una ligera pendiente. Los dos volcanes de referencia quedan a mi espalda. El cielo está nuboso, por suerte, y el sol se deja ver a intervalos. Sopla esa agradable brisa, la de los constantes alisios, que es como si un enorme ventilador propulsara el aire. Cuando culmino la pendiente aparece el otro lado de la isla, espectacular, un buen numero de islotes y roques azotados por el mar. Montaña Clara es inconfundible por el color pálido de las laderas del volcán que cubre el sesenta por ciento de la isla. Más allá la enorme isla de La Alegranza con su único habitante. Y el Roque del Infierno, que habría que preguntar a qué debe su nombre. Me acerco al mar que rompe con fuerza contra una barrera de lava negra. El oleaje es frenético, hipnótico. A una ola sigue otra. Paraíso para surferos suicidas. Los muros de agua, orlados de espuma blanca que el fuerte viento que sopla convierte en una suerte de lluvia vertical que asciende hacia el cielo, azotan la playa de arena y cantos rodados negros. Las gaviotas sobrevuelan el oleaje en busca de pescado. Siguiendo la costa llego a un terreno de dunas gigantesco coronadas por matorrales que ocupan sus cimas. Me desprendo de las sandalias y con ellas en la mano arribo finalmente a La Playa de Las Conchas, vigilada por la impresionante Montaña Bermeja.
La belleza de la Playa de Las Conchas es directamente proporcional a su peligrosidad. Es bellísima. Una bandera roja ondea desde tiempos inmemoriales y no ha sido arriada nunca ni lo será hasta el fin de los días. Como recuerdo que una vez anterior, con los pies en la arena, un terrible oleaje traicionero estuvo a punto de derribarme y arrastrarme, no me mojo ni los pies sino que permanezco a diez metros de donde rompen las olas y vigilante. Hay un nudista, pero no se baña, ni se moja siquiera. Y yo. Nadie más. Retrocedo y busco un lugar para hacer una pequeña siesta. Y dormito con el rumor constante de las olas, ese bramido amenazante, como estampidos de cañón, y el sol tostándome cada vez que le dejan las nubes. A la una del mediodía emprendo el regreso a Caleta del Sebo. Llego a las tres. Preparo una apetitosa ensalada con lechuga, tomate, aguacate, atún y aceitunas y me como media sama que he puesto a la plancha. Me sabe a gloria, aunque más sabroso estuvo el burro de ayer. Luego me voy a hacer la siesta a La Playa del Salado, busco una oquedad confortable que me resguarde del viento incesante, con muretes de piedras, y dormito bajo los rayos de ese sol intermitente que está más tiempo oculto entre nubes que brillando fuera de ellas. Pero sigo trabajando, hasta dormido. Una historia que quizá escriba, o no: Los crímenes de La Graciosa. ¿Hay delitos en esta isla de 500 habitantes o puede haberlos? Hay guardiciviles, aunque no los haya visto porque quizá se mueven en traje de baño en sus patrullas por la isla. Un sargento y un número. Una sargento, mejor dicho, una mujer de unos cincuenta años y autoritaria, madre de un crío. El número es un joven de veintitantos años. Los dos ocultan los motivos por los que han ido a parar a ese rincón tan apartado como tranquilo. Pero alguien muere, rompiendo la tranquila rutina isleña, y no se sabe bien por qué. El solitario habitante de La Alegranza aparece con un disparo en la cabeza, un aparente suicidio con su arma de caza. Todos dan por buenas esa evidencia, menos el joven número de la Guardia Civil.
No sé. No sé si la empezaré a escribir o me olvidaré de la historia. No sigo con mis elucubraciones literarias porque el viento que sopla es gélido y me hace levantar el vuelo t salir de mi refugio. Voy medio desnudo, muy desabrigado, en contraste con todo el mundo con el que me cruzo que va con forros polares. Tropiezo con mis vecinos, por cierto. Ella es guapa y delicada; él parece un hooligan. Me saludan entre sonrisas mientras entran en su apartamento y yo en el mío. Y estoy tan helado que invierto una hora en hacer arroz con leche, aunque sólo tenga arroz, leche y azúcar (nada de corteza de limón, y eso que pasé por delante de un limonero esta mañana, ni canela) y mientras hierve, a cámara lenta, cosas del maldito butano, meriendo dos veces. Y luego abro el ordenador y leo los mails de tres mujeres. Uno de ellos es una respuesta telegráfica y tampoco esperaba más; el segundo rezuma sentimientos y ternura; el tercero es una relación de excitantes promesas. Este es el resultado de cartearme con fantasmas.

viernes 20 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 20 de enero de 2012

Me despierta un ruido rítmico. Me digo, medio en sueños: el vecino cortando leña. Pero no estoy en Arán, me doy cuenta, cuando abro los ojos. Veinte golpes del cabezal de una cama contra la pared de un dormitorio y un largo gemido final antes del silencio. La pareja de al lado que se da los buenos días. Son jóvenes y rubios, pero no me he quedado con sus caras. De los vecinos de la izquierda sólo he visto la ropa colgada para que se seque: unos sujetadores anticuados y enormes en los que cabe mi cabeza perfectamente.
Despertarse haciendo sexo está bien. Y dormirse, también. Mi quinta vida fue muy sexual, claro: las hormonas saltaban echando chispas. De mi sexta recuerdo un coito ante el espejo de una cocina, mucho antes de que Jack Nicholson lo hiciera con Jessica Lange en El cartero siempre llama dos veces, y otro en un sillón, el último mueble de mi segunda casa. Mi séptima vida fue toda sexo, de principio a fin. En la octava hay fantasmas y ensoñaciones diversas.
Pero volvamos a la realidad. Y la realidad es que Ana Pastor desayuna en Canarias una hora antes que en la península. Hoy la que sufre su cerco es una ejecutiva de una agencia de renting, los que marcan la economía, los que dan órdenes a nuestros nefastos gobiernos de calzonazos. Entre Ana Pastor y los periodistas invitados la ponen a caldo. Deberían prohibir las agencias de calificación. Pero no sólo no las prohíben sino que les pagan por hacer informes nefandos que sirven a oscuros intereses, los mercados.
A las nueve, hora canaria, estoy en la pescadería de la lonja. Hago una pregunta no pertinente al pescadero que es para que no me dirija la palabra. ¿Qué pescado fresco tenemos? Me mira y se apiada de mí por mi aspecto de turista. Aquí todo es fresco, señor. Salgo con un burro bajo el brazo, no un asno sino un pescado isleño que responde a ese nombre. Lo dejo en la nevera de casa y me voy a dar un paseo.
No sé por dónde tirar, así es que cojo un sendero arenoso que me lleva en dirección contraria a la que quería. Tampoco pasa nada. Tengo tiempo. Dispongo seis días por delante para perderme por el norte, el sur, el este y el oeste de la isla. El sendero arenoso me lleva hasta el cementerio del pueblo y luego desciende, hasta el mar. Marea baja. El mar que ha invadido una playa interior que es como una laguna, desagua. Las partes de esa laguna sin agua son un finísimo barro que se traga literalmente los pies. El agua que vuelve al mar está fresca. Cruzo ese río improvisado de cinco metros de ancho que no me llega a la rodilla. Luego, tomo de nuevo la pista arenosa y bordeo dos playas hasta que arribo a una desierta, la playa del Salado, y, como no hay nadie y olvidé el traje de baño en el apartamento, me baño sin ropa. El agua es cristalina. Pura delicia. No había visto nunca un agua tan transparente. Braceo un rato y salgo. Me tiendo en la arena, para secarme, y luego sigo, hasta el volcán que veo al fondo de la isla, en uno de sus extremos, y destaca por una de sus paredes de azufre y de un color siena intenso. A sus pies hay una recóndita y protegida cala, la playa de la Cocina. Desierta. Desciendo y me doy un nuevo baño bajo la impresionante mole volcánica, la montaña Amarilla, que parece grabada a bajorrelieve, un cuadro gigantesco de Barceló. Me seco. Y me doy otro baño. Y me seco. Y me tumbo utilizando como almohada El mar sigue siendo azul, una muy buena novela de Fernando Martínez López que leo cuando no la tengo bajo la nuca.
Regreso a mi apartamento con mucho apetito. Hago a la plancha el burro. Preparo una ensalada de lechuga, tomate y aguacate. Descorcho un malvasía de Lanzarote. El pescado, con muchas espinas, es una delicia, sabroso y suave, de carne blanca. Disfruto comiendo en la terraza, al sol, con la vista del mar y del mirador del Río delante coronando los 425 metros del risco de Famara.
Sopeso hacer la siesta cuando termino de comer. Pero es un crimen con esta tarde soleada. Así es que me pongo de nuevo en marcha, en otra dirección, bordeando la costa por una senda estrecha, delimitada por hileras de piedras volcánicas, que me lleva por paisajes marinos de ensueño y luego se encarama a unos montes y se hace abrupto por momentos hasta que llega a Pedro Barba, el segundo núcleo habitado de la isla, un puñado de casas hermosas de paredes blanqueadas junto a las que crecen palmeras. No hay nadie salvo un isleño que debe estar al cuidado de las casas vacías. Está regando y escuchando música y me lanza una mirada oblicua. Es ya muy tarde para que alguien ande merodeando por esa zona. Así es que, sin descansar, regreso, porque quiero hacer con luz suficiente la senda abrupta que sube y baja montañas. La noche me sorprende en la senda delimitada por piedras volcánicas. El mar es una masa oscura que ruge y espumea. La brisa marina me está enfriando los hueso. Los últimos quinientos metros los hago a ciegas, guiado por el resplandor de Caleta del Sebo en el horizonte, adonde finalmente llego justo para cenar y ver las noticias: tortilla de dos huevos, patatas fritas, queso majorero de Fuerteventura y un yogur griego.
Los vecinos de al lado vuelven a las andadas. Pero esta vez no hay gemido. No hay orgasmo.

jueves 19 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

La Graciosa, 19 de enero de 2012

Chasqueé los dedos y por arte de magia estaba en La Graciosa. Huí del frío y duro norte de cortos días invernales y hachazos a los leños para mantener siempre vivo el fuego, al sur amable que alarga las horas de sol y multiplica el tiempo. Cambié los seis grados negativos por los diecinueve positivos de las Islas Afortunadas en donde siempre es primavera. La Graciosa es una isla, tres volcanes, quinientos habitantes, muchos de ellos pescadores, calles que hacen ascos al asfalto y prefieren que las invadan la arena, playas vírgenes, tan bellas como letales, y un paisaje agreste barrido por el viento. Y me olvidaba de una pareja de la guardia civil en vacaciones perpetúas, matrimonios en luna de miel a los que premian con este apacible destino.
Tomé un barco en el pueblo lanzaroteño de Órzola, topónimo que parece vasco, después de cruzar la isla, que ya no es la cuidada por César Manrique, en una guagua ocupada mayoritariamente por guanches de habla tan cerrada a los que apenas entendía, ni ellos a mí. Las isleñas jóvenes y bellas, de piel muy oscura, tienen rasgos árabes y un hablar dulce que recuerda al de las cubanas, aunque también las hay trigueñas de ojos azules.
Durante la travesía marina de media hora escasa un miembro de la tripulación que estaba ocioso se avino a convertirse en improvisado guía turístico al verme solo en la cubierta de arriba. Me habló del despoblado Roque del Este, cuyo cono perfecto es bien visible una vez que el barco abandona el puerto de Órzola y cabecea sobre un moderado mar de fondo; de la Isla de La Alegranza, habitada por un solitario pescador que se niega a dejarla y exhibe su título de propiedad; y Montaña Clara, el cuarto islote que conforma con La Graciosa el archipiélago de Chinijo, reserva biomarina por donde nadan viejas, abadejos, bocinegros y meros. Me explica el locuaz marino como antiguamente, cuando los isleños carecían de agua corriente, la iban a buscar a una fuente de la vecina Lanzarote a la que accedían jugándose el físico por una pared vertical y la cargaban en enormes cubas de vidrio, o como los pescadores cruzaban a sus mujeres el estrecho que separa ambas islas y éstas debían subir la falda de un empinado monte cargadas con el pescado que habían sacado sus maridos para irlo a vender a Haría caminando quince kilómetros, o de qué manera llegó el agua corriente y la electricidad, hace cuarenta años, por un conducto bajo el mar, de la isla grande a esa diminuta a la que me dirijo buscando sol y agua marina.
Una tal Montse que, con ese nombre, debe de ser catalana aunque no me lo confiesa, me sale a recibir al puerto de Caleta del Sebo en cuanto amarra el trasbordador, y en su cuatro por cuatro, por los caminos arenosos de la población, que parecen del Far West, me lleva hasta el apartamento que contraté vía Internet. Es perfecto: silencioso, bastante amplio y con terraza con vistas al mar y a la impresionante pared del mirador del Río que con sus 467 metros de altura parece que vaya a sepultar la isla. Por el camino Montse me ha ido informando de los horarios de la lonja de pescado, me ha señalado los dos supermercados, los tres bares, los dos restaurantes y un bar de copas musical que hay en el muelle. No veo ninguna iglesia.
El tiempo es distinto aquí abajo, tan al sur. Las horas que mediaron para la puesta de sol se dilataron. Primero cargué de comida en un supermercado y luego me fui a dar un paseo a una playa cercana disparando mi cámara ante cada gaviota encaramada a los tejados y a unos curiosos patos de pico carnoso que deambulaban por la playa buscando alimento bajo las piedras. ¿Patos marinos? Nunca los había visto. Llegué a una despoblada playa en cuanto dejé las últimas casas blanqueadas con los marcos de las puertas azulados del pueblo y me tumbé sobre la arena, junto a unos matojos, a ver cómo desaparecía la luz del sol. Así permanecí una hora hasta que la oscuridad empezó a dominar y una brisa marina bajó la temperatura. Entonces regresé a la que será mi casa por mis próximos siete días, me hice la cena, vi las noticias y me fui raudo a la cama, muerto de sueño.

martes 17 de enero de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 16 de enero de 2012



Hoy me levanté pronto. Las nueve y media. Tampoco muy pronto. Dejé que sonara el despertador y salí de la cama media hora más tarde. Bajé a ver a Ana Pastor al salón. Me enteré de que había muerto Fraga Iribarne, mientras subía el café. Pensé en los cines de arte y ensayo, esa pequeña ventanita a la cultura que abriò durante el franquismo, con él al frente del ministerio de Información y Turismo, y por la que se colaron algunas películas interesantes que no habría visto de no existir esas salas: El sirviente, Repulsión. Mordí la madalena. Estaba mejor de salud, con algo de apetito. Miré la pantalla del televisor. Todos pasaban por el domicilio del gallego, que eso era ante todo y de ahí esa extraña amistad con Fidel Castro que los suyos del PP veían con muy malos ojos. Sobre todo ese Aznar sin bigote que se desplaza al domicilio del finado para ensalzarle.
Creo que hoy saldré a dar una vuelta. Pero antes viene el cartero. Tengo una duda. Si es una mujer, como en efecto lo es, tendría que decir la cartera. Pero en la cartera llevo billetes. ¿Y la cartero? No sé, todo suena mal. Prescindamos del sexo. El cartero que es mujer. Hace frío cuando le abro la puerta y me entrega un giro. Bajo con la gorra puesta. Me ducho luego. Las doce. Pero antes miro el correo hotmail y gmail, contesto algunos mensajes, bromeo. Mi amiga mexicana dice que me va a enviar recetas de su país, para arreglarme el estómago, pero se resiste a hacerlo. Quizá espera a que esté curado. Casi lo estoy. Ducharse con agua caliente es placentero. Estoy un buen rato bajo el chorro hirviente, hasta que casi se me salta la piel y el calor derrite la escarcha de la ventana. Me visto. Me abrigo. Me pongo un montón de prendas encima. El jersey fetiche de Madame Bonnaire, que es lo único que me queda de ella. Y una caja de galletas vacía. Y un par de libros sobre brujas que voy leyendo y me divierten. Decido sacar a pasear a Vila-Matas. Lo hago por la economía local. Así es que a las 12:45, cuando el sol acaricia la terraza de mi bar, tomo posesión de esa mesa, que lleva quince días vacía, y empiezo a leer el libro sin sacarme la gorra canadiense de la cabeza. Aun con la gorra puesta, el abrigo de piel comprado en Estambul, en el curso de uno de los maravillosos viajes de mi sexta vida, y las gafas de sol, El camarero que lee a Thomas Mann, y al que no le pregunto si terminó La montaña mágica, me pone la cerveza de euro veinte sobre la mesa. Hablamos. Él es joven y va arremangado y con poca ropa. Yo, encogido. Pero me saco el abrigo. Hablamos de política, de luchas de religiones, de la maldita crisis, de los desheredados del mundo que deberán ponerse en pie ante el capitalismo opresor. No cantamos La Internacional. Otro día. Bebo la cerveza a pequeños sorbos. Enero, pleno invierno, montañas nevadas y yo tomando mi fría cerveza porque es un ritual. Pero falla el diario que ya no lo vende mi amiga paraguaya. Así es que leo la metaliteratura de Vila-Matas, capto sus sutiles comentarios, su sentido del humor que empieza riéndose de sí mismo y del escaso éxito de sus primeros libros. Con los derechos de autor de su primer libro publicado el editor le invitó a un gin tonic. Uno, puntualiza, porque el segundo que pedí ya lo pagué yo. Me gusta leer ese libro. Lo suelo leer antes de dormir. Lo tengo en la cabecera de la cama. Fue el primer regalo navideño que recibí, una semana antes del 25 de diciembre, enviado por una devota lectora. Y disfruto hoy de su lectura al sol, y lo iré sacando cada día que haga sol para seguir sentándome en mi mesa de la terraza en donde El camarero que lee a Thomas Mann me sirve las cervezas. Y mientras leo a Vila-Matas pienso en las muchas gratificaciones que para mí ha tenido la literatura, que, realmente, ha sido mi vida, en los muchos amigos que gracias a ella he hecho dentro de la profesión, en mi relación con lectores a los que he conocido personalmente. Juan Madrid me dijo, en una ocasión, una frase que suscribo. Estaba sereno. Es un tipo con pinta de duro, broncas, exboxeador, pero legal. Mujeriego de manual. Escribo para que me quieran, me dijo. Bueno, yo no, pero sí publico para que me quieran. Y nada me hace más feliz que recibir felicitaciones de los lectores que han disfrutado con mi novela, o alguien, creo que un mexicano, que me dijo que había empezado a escribir, y a publicar, gracias a que me había comenzado a leer.
Hoy es un día de sol. Es un día para estar en esta terraza o para hacer una excursión, ya que estás bien, no del todo, pero mejor. Quizá curado completamente si te tomaras ese Acuario azul que una amiga me receta. Así es que como poco, o casi nada, algo de verdura, que salvo in extremis de que se queme una vez evaporada el agua, un triste huevo frito y una cuajada y monto en el coche.
Tengo ganas de probar las raquetas de nieve que me compré el otro día en Barcelona. Así es que subo en coche hasta Baqueira Beret. Los esquiadores se deslizan, haciendo zigzag, por las laderas cubiertas de nieve. Suben y bajan en los telesillas. Una y otra vez. A esa hora la luz es preciosa. El cielo azul tiene una tonalidad suave y el blanco de la nieva azulea. He ido conduciendo con una sinfonía de Tchaikowski en el dial y no ha sido buena idea hacerlo. Su música me deprime. Pero me ha acompañado mientras he cruzado el valle de un extremo a otro. Pensamientos fúnebres. Lo que queda del día. Si es que ya queda algo. ¿Diez, quince años? Y luego, pura mierda hasta la nada. Y con esos pensamientos optimistas conduzco hasta el enorme aparcamiento de Baqueira Beret que, a esa hora, ya está vacío. Llego cuando todo el mundo se va. Mejor.
Luce un sol suave que va camino de su ocaso mientras me anudo las raquetas a las botas, me abrigo, me encajo los guantes en las manos, cojo mi cámara de fotos y me pongo en marcha. Tomo el camino que va a Montgarri, sepultado por toneladas de nieve helada que cayó hace quince días y se mantiene por la baja temperatura. Los crampones de las raquetas se agarran bien al hielo. Cruzo placas por las que me deslizaría irremediablemente y no resbalo. Hice una buena compra. Pero hacen ruido. Ese es el inconveniente. La nieve, o el hielo, cruje bajo mis pisadas en un estruendo continuo. Camino kilómetros, hasta que pierdo de vista el coche y el aparcamiento. Me detengo para hacer fotos, muchas, fascinado por el paisaje sepultado por la nieve, por los arroyos helados, por los árboles muertos y ese cielo azul pálido que lentamente se apaga. A las cinco y media, cuando me faltan cuatro kilómetros para alcanzar Montgarri y estoy en medio de un bosque que me cobija del frío, doy media vuelta.
Montgarri, dónde empezó todo, me digo. La desdicha que fue mi felicidad que fue mi desdicha. Un trineo tirado por huskies siberianos desciende por la ancha pista, al otro lado de la montañas, la que utilizan en verano los coches, en dirección al santuario. Oigo ladrar a los perros y hasta el silbido del látigo del conductor rozando sus lomos. Un paisaje de Jack London, de un blanco cegador moteado por los abetos oscuros que han perdido la nieve de sus ramas. Me enamoré de una conductora de trineos de huskies siberianos que fue mi desdicha que fue mi felicidad que fue mi desdicha. Pero no la llamo. ¿Para qué? Nada tiene sentido, sino regresar al punto de partida, al coche, antes de que oscurezca.
Y oscurece. Oscurece cuando ya distingo el coche en el aparcamiento, pero no soy capaz de acelerar, complicado hacerlo con las raquetas que se clavan en la nieve y en el hielo y por eso demoran mis pasos. Y, mientras ando, ya exhausto, entumecido, pienso en esos relatos de montañeros que veían próximo el refugio en la nieve y no pudieron llegar a él, que se desplomaron a veinte metros de la puerta de su salvación, incomprensiblemente, y los encontraron helados. El sol se ha ido y la temperatura baja en picado, me doy cuenta de ello, y eso que, por fortuna, no sopla el viento. Y, por primera vez, me alarmo, porque no puedo acelerar el paso, porque siento que me estoy durmiendo, que se entumecen mis piernas, mis brazos al mismo tiempo que me sobreviene un sueño traidor y una voz, desde mi interior, me aconseja que me detenga. Quinientos metros. Pienso en mi relato Los surcos de la esquiadora de fondo y lo fácil que resulta dejarse morir en la nieve. Es un suicidio pasivo. Es detenerse y ya está, esperar la congelación de tu cuerpo que se produce sin dolor ni violencia, sin más trauma que el que la sangre se hiele en tus arterias. Las máquinas que aplanan las pistas, una vez han marchado los esquiadores, descienden con sus focos encendidos por las laderas. Inútil llamar su atención, porque están muy lejos. No me oirán. Además, seguro que llego, sólo son cuatrocientos metros, ya distingo perfectamente mi coche.
Puede que de repente estemos a 8 grados bajo cero. Tengo el bigote y la barba congelados, endurecidos, y no me siento las orejas; acelero, como puedo, el paso y me las cubro con las manos enguantadas. Arribo al coche agotado y apenas acierto para desembarazarme de las raquetas, subir, encender el motor y poner la calefacción al máximo. Y desciendo.
Un ciervo, ágil, cruza por delante de mí y se pierde en la ladera nevada de una montaña dando saltos. Él sobrevive con estas temperaturas extremas, y yo he estado a minutos de congelarme. Pero es una muerte dulce, nada violenta, natural y lenta que asumes como si entraras en un sueño blanco, me dice ese yo suicida que llevo dentro y debo controlar si no quiero tener un disgusto.
Una amiga argentina me estará psicoanalizando en estos momentos, como buena porteña, e interpretando que llevo años buscando un castigo con el que expiar mis culpas y no voy a parar hasta aplicármelo.