jueves, 11 de febrero de 2016

SOCIEDAD / TITIRITEROS

TITIRITEROS
El caso de los titiriteros encarcelados en Madrid empieza a levantar sarpullidos democráticos en buena parte de la ciudadanía que lo juzga como un proceder arbitrario, autoritario e impropio de un estado de derecho. En algo parecemos estar todos de acuerdo. El espectáculo programado para los carnavales de la ciudad del oso y el madroño no era en absoluto adecuado para niños. A lo mejor tampoco para mayores, por cuestiones de otra índole: estéticas, por ejemplo. Así es que la derecha del país, que uno ya no sabe dónde está ubicada después de oír el rancio discurso de Alfonso Guerra hace unos días (Qué mal que envejecen algunos, me comentó una amiga), se ha apresurado a linchar a los titiriteros, y un juez de Madrid ha dictado una medida extrema contra ellos, prisión incondicional sin fianza, como si los titiriteros tuvieran en su poder armas de destrucción masiva, con la peregrina acusación de apología del terrorismo y la aplicación estricta del nuevo código penal (otra ley a derogar urgentemente cuando el PP haga las maletas). La derecha, como no, la mediática, que ya ocupa la totalidad de le prensa escrita de este país, y la acreditada como tal, que ocupa la sede de la calle Génova registrada por la policía, arremete, además, contra el ayuntamiento de Manuela Carmena, que ha salido a dar explicaciones sobre lo sucedido y promete depurar responsabilidades en su equipo de gobierno (lo siento, pero la alcaldesa debía haber sido contundente y haber retirado de inmediato la denuncia), y lincha a esos dos titiriteros por un espectáculo que han montado en otras provincias (Granada) sin que nadie se eche las manos a la cabeza.

El espectáculo fue inadecuado, y violento (aunque, a decir verdad, más violento es un telediario, o todos las representaciones de polichinelas lo son, porque siempre he visto a alguien dando palos a un semejante, a un pobre lobo, o a un oso, o a una viejecita bruja, porque lo de dar palos forma parte del espectáculo), en eso estamos de acuerdo todos, pero de lo que disentimos, o disiento yo, con todo respeto por la decisión del señor juez (los jueces no son infalibles, porque son humanos, la cagan, y quizá, señoría, con todo mi respeto, la haya cagado bien cagada en este caso) de mandar a prisión sin fianza (algo que no se ha hecho con los peligrosísimos Rato, Blesa y los centenares de investigados, eufemismo de imputados, del PP) a dos infelices titiriteros a los que se les acusa de enaltecer el terrorismo (y de ser una banda terrorista, también, de paso), lo que me parece chusco viendo la prueba, la pistola humeante, que es la pancarta de Gora-AlkaETA. Pero no se trata de ninguna broma, no, que la cosa va en serio aunque estemos en carnavales (el ministro del interior en funciones, el que habla con su ángel de la guardia a diario, se ha puesto muy solemne), y a esos titiriteros les pueden pedir hasta cuatro años de prisión por una auténtica chorrada.

Sería grotesco que hubiera que llevar este asunto al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, gastar papel y tiempo para que nos afearan por esta arbitrariedad. Ya es grotesco el acto en sí, e imagino la de sonrisas que deben circular por las cancillerías europeas ante esta desproporcionada, a todas luces, medida judicial que va a hacer competencia en las chirigotas de Cádiz al asunto del Ecce Homo. Ya imagino a Nicolás Maduro hablando de la penosa situación democrática que padece España que encarcela a unos titiriteros por un espectáculo callejero, y habrá que darle la razón porque en Venezuela no hay titiriteros encarcelados.
Causa escándalo, sonrojo, cuando no indignación (porque me imagino que los titiriteros lo deben de estar pasando francamente mal por esta situación absolutamente kafkiana, se preguntan en la cárcel si están sufriendo una pesadilla, si han viada en el espacio y han representado la infausta obra en Guinea Ecuatorial u otro país de parecido calibre democrático), que circulen pederastas confesos por la calle, los corruptos no sean metidos directamente en la cárcel por robar cantidades millonarias a las arcas públicas, que perjudican directamente a los ciudadanos, a mí y a usted, y se ensañen con esas dos personas que han montado un espectáculo penoso para niños, de acuerdo, pero nada más.

Si se aplicara esa maravillosa doctrina que se ha aplicado con los titiriteros, mucho me temo que yo iré a hacerles compañía por muy diversos motivos. Por enaltecimiento del nazismo, porque en la portada de un libro mío sobre Auschwitz hay una esvástica y dentro de él un nazi razona sobre las bondades del Holocausto; por enaltecimiento del terrorismo, porque los personajes de tres de mis novelas, si la memoria no me falla, son etarras y seguro que dicen en algún momento de la narración Gora ETA; por enaltecimiento del asesinato, porque mis personajes de novela negra matan mucho y bien; por ataque a las fuerzas de orden público de mi país y del mundo entero, porque en mis novelas hay mucho policía corrupto…. Su señoría, y el PP, por parecidos motivos pueden desenterrar a William Shakespeare, en cuyas tragedias la institución monárquica no quedaba muy bien parada, pedir su extradición al gobierno británico y llevar sus restos a hacer compañía a los titiriteros por haber escrito sobre reyes homicidas que desacreditan la institución monárquica. Hagan una cárcel muy grande, por favor, antes de que se marchen de por vida a la oposición, o se disuelvan, o, como pide Compromís, los ilegalicen (ya se sienta el PP en el banquillo), para todos los que hacen algo por la cultura de este país y abogamos por la libertad de expresión que costó sangre, sudor y lágrimas conseguir, porque somos gente peligrosa, dañina, a la que odian profundamente, y nos meten dentro de ella para que no les critiquemos y permanezcamos mudos, que es lo que desean.

Ese juez bendito ha hecho historia. Bufa. 
Publicado en El Cotidiano



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miércoles, 10 de febrero de 2016

SOCIEDAD / FRONTERAS Y FRONTERIZOS

FRONTERAS Y FRONTERIZOS

La mítica de la frontera sigue alimentando nuestros sueños. El western, el género por antonomasia del cine norteamericano, elevaba la frontera de México a una especie de edén. El perseguido, con alguna cuenta con la justicia, cruzaba el Río Grande y los perseguidores se detenían en su orilla, frustrados, con los caballos chapoteando en esa barrera natural. Ese héroe solitario del western repostaba generosas cantidades de tequila y retozaba con guapas mexicanas al otro lado de esa frontera paradisiaca. Durante muchos años ese estereotipo siguió funcionando en Estados Unidos, y quien buscaba una mayor lasitud de costumbres y tuviera pánico de quedarse sin blanca en Las Vegas, otro de esos paraísos artificiales,  cruzaba por Tijuana o El Paso. Pero eso ya no sucede desde que la violencia se ha recrudecido en la zona y México ha dejado de ser un lugar seguro para el visitante del norte.

Hay un novelista y periodista norteamericano que puede ser llamado escritor de frontera con toda propiedad porque ése es su escenario natural: Don Winslow. El neoyorquino está amenazando el trono del género negro norteamericano que ostentaba sin problemas un escritor árido y contundente llamado James Ellroy, caracterizado por sus libros extensos y una forma de escribir lo más parecida al disparo de una 38. Si el universo del autor de La Dalia Negra se circunscribe a Los Ángeles y su tiempo va de los años cincuenta, del dorado Hollywood, al asesinato de JFK, el responsable de El poder del perro habla del aquí y ahora y de ese submundo que reina en la frontera más caliente del planeta.

La frontera entre Estados Unidos y México es inabarcable y a ella llegan mexicanos, pero también guatemaltecos, hondureños, nicaragüenses, colombianos, saltando todos sus muros, los artificiales, que el excéntrico Donald Trump quiere que pague el vecino del sur, y los naturales en forma del Río Grande, que atraviesan en cordadas con grave riesgo para sus vidas, o el letal desierto de Arizona en el que una multitud acaba enterrado. Pero la frontera, por su condición geográfica, de separación de dos realidades sociales muy diferentes,  y económica (los que quieren pasar ilegalmente pagan a mafias que, en la mayor parte de los caso, les estafan, roban y hasta asesinan impunemente), resulta un vivero de delincuencia que Don Winslow retrata en sus novelas fronterizas con narcos enfrentados a agentes de la DEA y ríos de sangre que empapan el paisaje desértico y hosco.

El flamante ganador de este año del premio RBA de novela con El Cártel (un curioso premio español al que los autores pueden presentarse en cualquier idioma del planeta, y no todos los miembros del jurado leen inglés con fluidez) ha sido Don Winslow, el escritor neoyorquino que encuentra inspiración en ese submundo fronterizo en el que colisionan intereses económicos y culturales.

Puede que la frontera USA/ México sea la más peligrosa del mundo, después del Mediterráneo que tantas vidas se cobra de los ilegales que huyen hacia Europa dejando atrás un panorama de miseria y guerra a sus espaldas. Y en los dos escenarios, curiosamente, ruedan las cabezas como un escaparate del horror. En la frontera México/ USA no sólo hay un continuo tráfico de personas, en una dirección, sur/norte, sino que hay también un intercambio doblemente letal para ambos países: México exporta a su vecino rico enormes cantidades de drogas, para que los yuppies de Walt Street esnifen en sus despachos o los jóvenes se coloquen con toda clase de pastillas en las discotecas, en lo que es un tráfico que se quiere sea ilegal precisamente para escapar a todos los controles de calidad y que genere unas ganancias astronómicas (que sirven para corromper policías, autoridades  políticas, jueces, etc.), y Estados Unidos vende armas a su vecino del sur con las que los cárteles de la droga mexicano, verdaderos ejércitos, efectúan sus sanguinarias carnicerías. Ese intercambio letal drogas por armas genera una riqueza inabarcable libre de impuestos. En la frontera sur del Mediterráneo un ejército de fanáticos psicópatas rueda cine snuf para que nos horroricemos los europeos.

El pavoroso panorama social mexicano, con muerte por doquier, una policía que figura entre la más corrupta del planeta (no olvidemos que los Zeta, uno de los clanes de la droga más sanguinarios, eran un cuerpo de élite policial que se pasó al narcotráfico) y un crimen que queda impune en su noventa por ciento, puede dar tema para un sinfín de novelas negras. Si a eso añadimos carnicerías endémicas, nunca investigadas, como el feminicidio de Ciudad Juárez, y la sospecha, fundada, de que en la parte sur de la frontera los traficantes de órganos sin escrúpulos han establecido granjas de humanos a la espera de peticiones por parte de hospitales del norte, el panorama es tan desolador como terrorífico y supera cualquier ficción por retorcida que sea.

Las guerras que los presidentes mexicanos han iniciado contra las bandas de narcotraficantes se saldan con un fracaso rotundo (lo último, la esperpéntica fuga del Chapo Guzmán con el beneplácito y conformidad de las autoridades de la cárcel y su posterior captura) y una carnicería tal que hace que hablemos de una verdadera guerra. La violencia de México se ha vuelto endémica y empieza a formar parte del ADN del mexicano pobre, la mayoría, que no ve más salida a su vida miserable que engrosar las filas de los narcotraficantes, aunque su existencia sea tan breve como un soplo. El género negro, para su desgracia, tiene un filón de inspiración en los sucesos que tienen lugar en esa peligrosa frontera que separa mundos tan desiguales.
Por muchos muros que nos pongan, me decía un taxista mexicano en DF, nosotros los saltamos. Estamos reconquistando lo que nos sustrajeron los gringos. Y le di la razón. Todos los estados fronterizos del sur de Estados Unidos, gigantescos, eran de México y los mexicanos, callada y silenciosamente, están recuperando su antiguo territorio sin necesidad de utilizar ningún ejército invasor. 

Don Winslow dedica su última novela a 130 periodistas asesinados en México, y uno de sus protagonistas es el Chapo Guzmán, precisamente, aunque el novelista lo encubra con el nombre de Barreda.

Desgraciadamente la realidad va a superar en mucho a la ficción del autor neoyorquino.
Publicado en Suburbano Miami, El Cotidiano, Entretanto Magazine



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lunes, 8 de febrero de 2016

CINE / LA ODISEA DE ALICE, DE LUCIE BORLETEAU

LA ODISEA DE ALICE
Lucie Borleteau

Efervescente  comedia sentimental francesa con toques eróticos y ambientada en un mar en calma chicha. Alice (una deslumbrante y hermosa Ariane Labed a la que ya hemos visto en Langosta de Yorgos Lanthimos y Antes de medianoche de Richard Linklater)  es una marinera que se embarca en un carguero y deja a su novio noruego Felix (Anders Danielsen Lie) en tierra, rutina a la que él no acaba de acostumbrarse. El capitán del viejo barco Fidelio (el nombre del navío,  el personaje femenino de la única ópera de Beethoven que se hacía pasar por varón para rescatar a su amado esposo, no es casual), Gäel (Melvile Poupaud), resulta ser el primer novio de la marinera. Durante la travesía reanuda con él su relación amorosa, y, sobre todo, sexual, pero, a pesar de todo, no puede olvidarse del novio al que le es infiel pero le rinde fidelidad.

Este tramo narrativo entra bien, no chirría, pero Lucie Borleteau, una directora debutante,  se exige una cierta complejidad y la entreteje con la historia del marinero muerto en un accidente oscuro, al que suple precisamente Alice,  y en cuya vida se sumerge a través de su misterioso diario encontrado. Así es que Alice conocerá, mientras el viejo barco completa su singladura oceánica, la vida sentimental y sexual de ese desdichado marinero cuyo camarote ocupa y que le vampiriza, y ahí es donde no acaba de funcionar el film.

La odisea de Alice no es una película pretenciosa, sino todo lo contrario, aunque lata en ella una reivindicación feminista encarnada por esa Alice que realiza trabajos asociados al hombre y tiene autoridad sobre ellos por encima de su condición sexual en un ambiente teóricamente machista como es un barco. Podría clasificarse como un film costumbrista de la vida a bordo de cualquier buque mercante, con el toque original de ese carismático personaje femenino que adopta un papel netamente masculino (el tópico de un novio en cada puerto, que persigue a la marinería, lo aplica sin complejos sobre su persona la joven marinera) que le hace compartir todo tipo de juergas, sobre todo alcohólicas, con sus compañeros de singladura y liarse con alguno de ellos cuando el cuerpo se lo pide, y se lo pide con frecuencia. Así es que la película de Lucie Borleteau se convierte, también, en una reivindicación de la promiscuidad femenina tan denostada por una sociedad con tics machistas: el hombre puede irse a la cama con quien quiera, pero que lo haga una mujer no está bien visto.


Un film efervescente, entretenido, con hermosas escenas eróticas filmadas con gusto exquisito, que pasa como un suspiro y a la misma velocidad se olvida, aunque se disfrute mucho mientras se está viendo, porque la directora tiene la habilidad de meternos en el barco y que viajemos en él por aguas tranquilas y en compañía de una troupe variopinta de marineros interraciales e interculturales. 
Publicado en Tarántula, Entretanto Magazine y El Cotidiano,




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domingo, 7 de febrero de 2016

LITERATURA / FRANCAMENTE FRANK, DE RICHARD FORD

FRANCAMENTE, FRANK
Richard Ford

Nada que ver Francamente Frank con la anterior novela de Richard Frank (Jackson, Mississippi, 1944) también publicada en Anagrama aquí, la soberbia Canadá. Cambio absoluto de registro, aunque, con propiedad, habría que decir que el cambio absoluto de registro se produjo en Canadá. Así es que el novelista norteamericano (Un trozo de mi corazón, La última oportunidad, Incendios, El periodista deportivo, El Día de la Independencia, Acción de Gracias), uno de los grandes junto a Paul Auster, Philip Roth o Dom De Lillo, vuelve a su alter ego, el personaje del periodista Frank Bascombe, para hablar de lo que le rodea y le preocupa, sin atender excesivamente al hilo narrativo, lo que provoca altibajos en el texto.

Con el telón de fondo de la devastación que ha causado el huracán Sandy en la Costa Este, Nueva Jersey, Richard Ford sigue las andanzas de su icónico Frank Bascombe para expresar por su boca lo que piensa del envejecimientoYo ya no me miro en el espejo. Es más barato que la cirugía, o En general, cabe afirmar que cuando uno se hace viejo adquiere una relación más complicada con la realidad cotidiana, lo que parece en desacuerdo con lo que debería ser, la fe religiosa, el racismo,  el matrimonio o la crisis global. A base de pequeños apuntes, en los que predomina la ironía suave, y hasta el humor más desternillanteMemps, el serpenteante y viejo perro salchicha de nuestro vecino el oncólogo de cuando vivíamos en Cleveland Lane, siempre andaba metiéndose furtivamente en casa para soltar aires malolientes, uno tras otro. “¡Fuera, Memps!”, decretaba (con deleite) Paul. “¡Ya está Memps despedándose! ¡Fuera! ¡Memps, malo!” El pobre Memps se escabullía por la puerta, como si entendiera, no sin lanzar un par de salvas más construye Richard Ford este melodrama sombrío, y a veces muy sombríoA los tres días de salir de Kandahar, un joven marinero de Piscataway atascó los tubos de escape de su Trans-Am con ejemplares robados de We Salute You y cortó amarras en el aparcamiento de Washington Crossing State Park, con una nota pegada al volante que decía: “Éste es el futuro. Preparaos”. Nada se puede hacer cuando alguien está dispuesto a despedirse, aunque un apretón de manos quizá no venga mal por el que circulan un sinfín de personajes que, sin embargo, no consiguen cuajar en la retina del lector.

Uno de los momentos más emotivos del libro es la muerte de su amigo Eddie: Yo también estoy muy ocupadorepuso. Muy ocupado esperando la muerte. Si quieres pillarme vivo, más te vale venir para acá. A lo mejor no quieres. Quizá seas esa especie de cobarde gallina. El cáncer de páncreas se ha extendido a los pulmones y al estómago. Pero no es contagioso…


Quien espere una catedral literaria a la altura de Canadá, una de las mejores novelas negras del pasado año, o la mejor, va a salir algo decepcionado porque Richard Ford sigue siendo fiel a su personaje que es su propia conciencia y a través de cuyos ojos mira el mundo que le rodea, y, sobre todo, a sí mismo. Francamente, Frank es una pieza menor, en apariencia ligera, y subrayo lo de apariencia porque hay mucha sustancia,  que se lee bien y divierte a ratos y emociona en algún momento, pero no tiene la entidad de gran obra, ni Richard Ford lo pretende.  



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viernes, 5 de febrero de 2016

CINE / COP CAR DE JON WATTS

COP CAR
Jon Watts
Cop Car es una road movie comarcal/infantil (el viaje en ese coche policial conducido por dos niños es por los alrededores) centrada en dos niños que roban un coche de policía abandonado que esconde un secreto siniestro en su maletero. Tiene la sensación el espectador de estar viendo alguna película añeja tipo Los Goonies, o algo peor, y lo más grave del film es que su director no sabe para qué público la está rodando, si el infantil, a tenor de la jovencísima pareja protagonista, o un público adolescente. Secuencias interminables, sin sustancia, como la inicial de esos dos chicos dándose un larguísimo paseo por el campo hasta que llegan al coche patrulla abandonado, lo apedrean y deciden, por fin, subirse a él, ponerlo en marcha y empezar su aventura; y despropósitos diversos, como ese tirador en la carretera, pertrechado de fusil ametrallador, que no dispara contra el sheriff cuando lo tiene a tiro y lo hace precisamente cuando está a cubierto.

Este tipo de películas/palomitas se salvan por su acción, golpes de humor, interpretaciones correctas  o efectos especiales. Nada de eso hay en Cop Car cuyo guion es demencial y poco atractivo tienen sus personajes secundarios. Una trama estirada hasta la extenuación que sería un cortometraje modesto y termina siendo un aburrido largometraje sin sustancia ni anécdotas. Parece, por momentos, una parodia del género, pero le falta suficiente gracia para serlo.


Dirige Jon Watts (Clown, Our RoboCop remake, y futuro director del próximo Spiderman), es un decir, que presentó su película en el último festival de cine fantástico de Sitges, y produce Kevin Bacon, actos todoterreno, el Richard Widmarck de nuestros días, imagino que para sus hijos, si los tiene pequeños, que se reserva el papel del malvado sheriff, personaje histriónico y bastante ridículo, que se marca una maratón tipo Dustin Hoffman en otra de las inexplicables y largas secuencias del film. 





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martes, 2 de febrero de 2016

SOCIEDAD / LA ENCRUCIJADA NACIONAL

LA ENCRUCIJADA NACIONAL
A nadie le sorprendey menos que a nadie al propio PP, aunque algún dirigente haga aspavientos, el alumbramiento de esa nueva trama de corrupción del PP valenciano que acaba de saltar a los medios de comunicación y que se salda, de momento, con cincuenta investigados, eufemismo de imputados. Valencia, seguida a corta distancia de Madrid, es uno de los epicentros de ese reino de Taifas que el partido que llora en estos momentos su soledad absoluta, porque no tiene a nadie que lo quiera, ha ido construyendo en los territorios que tuvo el poder absoluto para corromperlo absolutamente todo. Los cuatreros de lo público eran los que abogaban por las bondades de lo privado. Lógico.  Lo que sí sigue sorprendiéndome, y eso lo he decir, es que, a pesar de todos los pesares, de la ciénaga de absoluta inmundicia en la que se mueve el partido que ha gobernado en los últimos años España, tenga éste una base de votantes tan fieles que no se arredran a la hora de depositar su voto a una formación que les ha efectuado los mayores recortes sociales, económicos y culturales de las últimas tres décadas, y que ha robado sistemáticamente el dinero que el ciudadano les confía. Ese votante, ciego, mudo  y sin olfato, también es responsable de lo que le suceda a la hora de depositar su voto y no se da cuenta de que está confiando en el que le está vaciando el bolsillo, y no hablamos de calderilla sino de miles de millones de euros, esos millones que no se destinan al rescate ciudadano (para la banca siempre hay dinero) sino para engrasar a los corruptos y a la maquinaria del partido que se sirve de ellos para recaudar fondos de forma ilícita. No creo que haya ningún partido político en Europa, ni en la vituperada Latinoamérica de las repúblicas bananeras, a las que se parece cada vez más este reino bananero que nos toca sufrir, con miembros destacados de la corte real sentados en el banquillo (pero no el elefante blanco), que enfrente tantísimos procedimientos judiciales como el que lidera Mariano Rajoy, un récord triste y vergonzoso. Cuando la corrupción ha sido tan generalizada, y no se ha investigado dentro del propio partido a pesar de la denuncia de militantes honestos o de arrepentidos (una figura común a toda organización mafiosa), es que ésta ha sido sistémica, es asumida dentro de su engranaje, y no pueden hacer oídos sordos, ni esconder la cabeza como los avestruces, las sucesivas cúpulas dirigentes del partido conservador que tiene el triste récord de tener a sus cuatro tesoreros, todos, imputados, investigados según el argot que se inventaron con la reforma cosmética del código penal para suavizar lo que se les está viniendo encima.

Si incomprensible me puede resultar ese voto fiel al PP, a pesar de su política antisocial nefasta y su cota de corrupción insoportable, pero cada uno es libre de dispararse a los pies o a la cabeza, no lo es menos las voces, dentro de la vieja guardia, y rancia añadiría, del PSOE, que parece estar abogando por dejar que el PP siga gobernando o lo haga en coalición con ellos o con Ciudadanos. Los Corcuera de la patada en la puerta, los Vázquez vaticanos aduladores del papa Wotjyla y los González amigos de Slim, representantes del ala más derechista del partido (Bono guarda un discreto silencio quizá por su amistad personal con Pablo Iglesias), a un paso de engrosar, por sus ideas, en el partido de la gaviota, prefieren que el PP siga machacando y laminando a la sociedad española a una alternativa progresista y de izquierdas que contaría con un considerable apoyo social de millones de votantes.

Pablo Iglesias se equivocó en las formas (alguien debería decirle que se meta la soberbia dónde le quepa, y que sea más modesto) cuando lanzó esa OPA hostil al PSOE proponiéndole un gobierno de coalición y progreso que incluyera también a Izquierda Unida, pero no en el fondo. Si el PP es incapaz de gobernar el país, porque no tiene socios ni a derecha ni a izquierda por la nefasta gestión de la corrupción, es la suya una presencia que mancha,  indecente, como subrayó Pedro Sánchez en su cara a cara con un Mariano Rajoy descolocado, las fuerzas progresistas y de izquierdas de este país deben de ponerse de acuerdo, dejar a un lado los personalismos y hablar de programas de confluencia para enderezar el rumbo y devolver a la ciudadanía los derechos perdidos y paliar su desastrosa situación económica con programas de emergencia social que se reclaman, lo que se viene llamando rescate ciudadano en contraposición al rescate bancario. Quizá la levadura izquierdista de Podemos e IU sirva para que el suflé del PSOE se hinche y no se desinfle tras la cocción al horno. Pero la operación de entendimiento va a encontrar muchas dificultades para poder llegar a buen fin por la oposición frontal de todos los poderes fácticos que abogan para que el PSOE se vaya diluyendo en el PP. Europa, la de los mercados, el IBEX 35 y las fronteras a los emigrantes, no ve bien esa alianza entre un partido de centro izquierda y dos formaciones de izquierda que modulan su discurso político acercándolo a la socialdemocracia que representaba el PSOE en los inicios de la Transición. Y el Cuarto Poder, la prensa, carga con toda su batería mediática contra esa posible coalición vaticinando toda clase de males, el Armagedón de Grecia más Venezuela. Con todos los medios de comunicación escorados a la derecha, incluido el antiguamente progresista El País, que, con sus editoriales, está haciendo de izquierdas al ABC (tildar de próximo a la CUP al PSOE porque Pedro Sánchez quiere consultar a sus bases los posibles acuerdos con Podemos e IU es lo más estrambótico que he oído y es una de sus últimas lindezas, y respeto más a la CUP, por supuesto, que a CDC o al PP a los que considero profundamente antisistema porque pretenden ahogarlo en su propio beneficio esquilmándolo con el latrocinio sistémico), y ningún medio favorable excepto, con matices, la Sexta y periódicos digitales como Público o El Diario.es, la campaña de descrédito ya ha comenzado (Podemos quiere romper la unidad de España, es el mantra repetido hasta la náusea, cuando precisamente es todo lo contrario: Podemos puede garantizar, mediante la convocatoria del referéndum que todos los catalanes exigimos, el encaje de Cataluña en España que ahora cuelga de un hilo gracias a la nefasta política del PP que ha fabricado independentistas a un ritmo exponencial), y ese pacto de progreso, si es que nace, va a tener miles de palos en las ruedas.

Malo es el panorama político de las dos formaciones hegemónicas, desgastadas, aunque no suficientemente, por los partidos emergentes. Al PP le urge una refundación, un pase a la reserva de su clase dirigente (expulsarlos sería lo más saludable), una investigación interna a fondo para delimitar las responsabilidades políticas, aparte de las judiciales, que han llevado al partido a este callejón sin salida, y dar paso a gente honesta, que la hay,  como Cristina Cifuentes o la propia Soraya Sáez de Santamaría, personajes inmaculados y de una inteligencia sobrada. El PSOE no lo tiene menos fácil con esas voces claramente discordantes en su seno (a la vieja guardia se le une la voz crítica de Susana Diez, tan popular en Andalucía como impopular en el resto de España, que clama por gobernar con mano de hierro el partido fundado por Pablo Iglesias) y un cisma entre el ala derechista e inmovilista y una izquierda proclive a converger con Podemos e Izquierda Unida. El escenario de unas elecciones generales favorecería al PP, que restaría votos a Ciudadanos, y a Podemos, que sacaría rédito de la crisis interna del PSOE y conseguiría el ansiado sorpasso que nunca consiguió Izquierda Unida.

Y, mientras, aunque hayan pasado los años, seguimos con esas dos Españas machadianas, incapaces de entenderse, a garrotazos en el ruedo ibérico. 
Publicado en El Cotidiano



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lunes, 1 de febrero de 2016

CINE / LOS ODIOSOS OCHO, DE QUENTIN TARANTINO

LOS ODIOSOS OCHO
Quentin Tarantino

Ni rastro queda del original y  divertido Quentin Tarantino de sus inicios en esta, su odiosa última película, en mi opinión la peor, con diferencia, de una carrera en declive en la que permanecen, como señas de identidad autorales, sus defectos y el empeño en convertir estos en imposibles virtudes en un ejercicio egocéntrico en el que Quentin Tarantino se besa a sí mismo y parece enormemente encantado de haberse conocido. Como le ocurriera a David Lynch, y salvando todas las distancias, con Inland Empire (tras lo que el director de Twin Peaks entró en dique seco durante muchos años), el director de Pulp Fiction llega con este western, cruzado con intriga a lo Agatha Christie, a un callejón sin salida y se retroalimenta de los peores tics de su cine, incapaz de inventar nada nuevo, quizá porque no le interesa y encuentra un nutrido grupo de espectadores leales que le ríen las gracias, aunque éstas se hayan evaporado.

Los odiosos ocho, octava película, e irónico título, de una filmografía irregular que ha ido de lo bueno a lo malo, y de este a lo peor,  tiene un argumento estúpido y simple, de una raya, y que da, como mucho, para un corto, pero Quentin Tarantino lo alarga, como un chicle, hasta tres horas insoportables, desafiando la paciencia del espectador, porque en esas tres horas, que parecen el doble, no pasa absolutamente nada más allá de las conversaciones entre los ocho tipos encerrados en la mercería de Minie, a refugio de la ventisca exterior.

El segundo western de Quentin Tarantino es deliberadamente aburrido, irritante y reiterativo hasta la náusea (una y otra vez ese gag, inexistente, de atrancar la puerta remachando los clavos de un tablón, por ejemplo). Estructurada en una serie de larguísimos capítulos, nos ofrece, además, un preámbulo al final, como si se tuviera que entender algo de un relato tan plano como absurdo, o de ir hacia atrás por si al espectador se le había olvidado algún detalle. Si su anterior western, Django desencadenado, tenía una cierta gracia en alguno de sus tramos (la escena de las capuchas del Ku Klux Klan, por ejemplo, era hilarante; ver a Samuel L. Jackson, de mayordomo racista, un gran acierto) y, al menos, no aburría, Los odiosos ocho no la tiene en ni un solo momento. El realizador de Kill Bill y sus volúmenes, además, llega al absurdo de utilizar una pantalla panorámica para un film que se resuelve únicamente en dos escenarios interiores: una diligencia que avanza por un paisaje nevado de Wyoming tras la Guerra de Secesión y una mercería cercada por la nieve.

El modus operandi del director es ir alargando cada uno de sus teatrales cuadros escénicos hasta el infinito, en una absurda búsqueda de acumular metraje, y rellenarlos de una insoportable cháchara absolutamente intranscendente y vacua (marca de la casa esa verborrea que resultaba sí en Pulp Fiction y en casi toda su obra anterior), porque Quentin Tarantino no es William Shakespeare. ¿Dónde se quedaron los diálogos ingeniosos que lo caracterizaban?

Falta chispa y ritmo; los personajes son meras caricaturas, con lo que desperdicia el talento de un reparto de campanillas formado por una recuperada Jennifer Jason Leigh (nominada al óscar y Dios sabe por qué) en el papel de la forajida Daysi Domergue, Samuel L. Jackson como el Mayor Marquis Warren metido a cazarrecompensas, Tim Roth como el afectado Oswaldo Mobray, Bruce Dern como el General Sanford Smithers, y Kurt Russell John “La Horca” Ruth, entre otros; y el desenlace, pirotécnico y vampírico,  una hiperbólica orgía de sangre al estilo de Abierto hasta el amanecer de Robert Rodríguez con cráneos que vuelan hechos pedazos y sangre y masa humana en la cara de la inefable única presencia femenina, se recibe como maná después del suplicio de Tántalo que es la maldita octava gamberrada sin gracia de este director sobrevalorado al que ni la banda sonora del veterano Ennio Morricone (un guiño a su admirado spaguetti western que el director de Malditos bastardos reivindica) funciona.


Hay dos conclusiones posibles una vez sufrida la película. Quentin Tarantino toma el pelo deliberadamente a su espectador fiel, como hiciera Lars Von Trier en la infumable Nymphomaniac, o cree estar perpetrando una obra de arte cinematográfica y ha perdido la tierra de vista en su levitación. ¿Qué fue del Quentin Tarantino de Reservor Dogs o Jackie Brown? Sólo el cielo lo sabe.

Publicado en El Cotidiano y Entretanto Magazine