martes, 23 de agosto de 2016

SOCIEDAD / RECUPERAR EL PASADO

RECUPERAR EL PASADO
De cuando en cuando quiero saber quién fui. El ritual es siempre el mismo. Me levanto, cojo el CD Caravanserai de Santana, lo meto en el reproductor, pulso play y cierro los ojos. Nada cómo la música para recuperar esa vida que fue. ¿Pero fue así, como la sueño en esos momentos, o la tuneo convenientemente borrando las miserias?
El tipo es un joven insolente. No más de veinte años. Delgado: setenta kilos escasos. Melena negra y larga anudada con coleta. Patillas hasta casi la barbilla. Bigote de Frank Zappa, grueso y caído, que casi roza las patillas. Cigarrillo de marihuana en los labios que pasa a su colega Tinet, un colgado que parece salido de una viñeta de El Víbora,  con quien ha salido de la chabola que comparten en La Floresta a mirar las estrellas, a filosofar sobre la vida, a hablar de un futuro que está por escribir, a no dormir esa noche, como no duermen otras muchas. Ya dormiremos cuando hayamos muerto. Y entre calada y calada, tumbados sobre la pinocha del bosque, el latiguillo Too much. Y las risas tontas que da la hierba. Las ganas de cambiar el mundo y beberte la vida. O fumártela.

Sí. Todo es demasiado. La marihuana. Los ácidos que se toman los demás porque a mí no me convencen esos viajes descontrolados. La gente que entra y sale de la comuna. Las chicas que se pasean desnudas y bailan. Los libros que te acompañan en ese viaje breve, forzosamente, pero intenso, en estanterías que son cajas de frutas: Bakunin, Kropotkin, Tolstoi. Tus escritos metidos en sobres que entonces no sabes que se van a publicar cuarenta años después. Los brazos desconocidos que te ciñen la cintura una noche, esa boca que te deja en el cuerpo un reguero de besos, y luego desaparecen, la boca, los brazos y la chica anónima, no los ves más, no sabes más de ella. Instantes. Destellos de placer muy lejos del final que entonces no se ve aunque siempre esté allí, rozándonos, aunque nadie se meta jaco en las venas.  

Hay una cocina forzosamente sucia y caótica. Nadie lava los platos, cada uno hijo de su madre, hasta que los necesita. Se hacen guisos comunales e infames, en ollas de fondo quemado, acompañados de vino que araña el estómago. Hay una chimenea que palía la humedad de la casucha cuyo alquiler nunca pagamos, porque cuando viene el dueño a cobrarlo saltamos por la ventana y nos perdemos por el bosque y regresamos por la noche cuando el tipo desesperado ya se ha cansado de perseguirnos: no somos inquilinos sino okupas. Somos libres. Insolentemente jóvenes. Rebeldes. Antisistema radicales, porque no consumimos absolutamente nada. Nos lavamos la ropa con jabón de manos y la colgamos al aire de un tendedero. Tenemos que escribir nuestra vida y no sabemos lo que nos deparará ese libro de hojas en blanco ni las páginas que va a tener, pero no nos preocupa. Vivimos al instante. Somos hippies. Follem, follem, que el mon s’ acaba. Una filosofía básica, de andar por casa. Sisa y Qualsevol nit pot sortir el sol. Mediterráneo de Serrat con patillas, melena al viento y pantalones pata de elefante. Los Pink Floyd. Jim Morrison y The Doors.

Un tipo con melena rizada afro y pantalones bombachos y chaquetilla de cuero toca los bombos frenéticamente sin que nadie lo haya invitado. Una chica en trance, una Janis Joplin cualquiera, se balancea, mueve los brazos, se contorsiona hasta que cae sobre las rodillas de alguno y busca una boca que besar. Somos tres los “propietarios” de la comuna. Pedro, el profesor de matemáticas de la Autónoma, nos saca seis años a los otros dos, pero es el más pirado, tiene mirada y aspecto de Charles Manson. Siempre fuma en pipa. Pasa de chicas. Tinet siempre se mira a la mía con cara de cordero degollado. Deja a ese tío, le dice, que es un colgado sin futuro y vente conmigo, que tengo cabeza. Y yo me río porque el colgado sin futuro es él.

Suena Waves Within y se nota el rasgueo de la aguja sobre el microsurco rayado. A mi chica no le gustaban los porros. Le daba uno y le entraba tos porque tampoco fumaba. A mí chica todo ese ambiente que a mí me fascinaba, esa vida al borde del caos, de una alegría inconsciente, de sueños imposibles que los sabíamos tales, no le gustaba, pero la aceptaba. Me quería. Nos queríamos. Cerrábamos la puerta de la habitación que no tenía cerrojo. Poníamos un cartel con un corazón aflechado dibujado y los colegas eran respetuosos con la intimidad de cada uno. Reían fuera de nuestros ojos, se colocaban con sus ácidos, con su vino rancio, cantaban a voz en grito para ocultar nuestros gemidos.  

Las chicas se duchaban desnudas con una manguera en un pequeño patio asfaltado en el exterior. Con agua fría. Era verano. Quizá la comuna no sobrevivió al invierno. Nadie las miraba. No había nadie en metros a la redonda. Sólo pinos. Había gatos, eso sí. Gatos por todas partes. Entraban por las ventanas abiertas, como la gente, se paseaban por los platos sucios, los lamían. La casa de La Floresta era una casa abierta para todo aquel que quisiera entrar. A veces uno se levantaba por la noche y tenía que andar con cuidado de no pisar a los desconocidos durmientes que llenaban el salón después de una noche de ácidos, música y bebida barata. La chimenea ardía con papeles y cartones y algún tronco húmedo. Pasaban argentinos, colombianos, portugueses, franceses, en un trasiego absoluto. Hippies y anarquistas. Pacifistas que querían cambiar el mundo a base de lanzar flores y revolucionarios que fabricaban cócteles molotov para arrojarlos a los grises en la próxima manifestación. Yo era más de estos últimos. Y por la noche, a toda pastilla, porque no había vecinos a la redonda, sólo bosques de pinos y pinocha, sólo gatos y perros vagabundos, en un viejo tocadiscos de plástico blanco ese disco mítico de Santana rodaba, Caravenserai, música para soñar, el que siempre escucho cuando quiero volver al pasado y verme con las patillas, las gafas de sol, la melena anudada en coleta, los zuecos, los tejanos remendados y el canuto de marihuana en la boca. Too much. Hi ha vegades que es too much. Siempre era demasiado.

Esa vida pasada sólo vive en mi memoria y desaparecerá, como tantas otras cosas, cuando cierre definitivamente los ojos.

Too much.  

CINE / EL DUQUE DE BURGUNDY, DE PETER STRICKLAND

EL DUQUE DE BURGUNDY
Peter Strickland

Mariposas. Miles de mariposas nocturnas, volando o clavadas por su abdomen en cajas de coleccionista. Mariposas atisbando tras las ventanas de una mansión campestre. Las polillas, al contrario que sus hermanas diurnas, no son especialmente agraciadas: tienen abundante vello, grueso abdomen y actividad fuera de las horas de sol. Las actividades de las dos protagonistas de El duque de Burgundy, y obsesivas estudiosas de esos lepidópteros, también son nocturnas. Su forma de vida tan cíclica como la de los insectos que admiran y por las que las dos mujeres protagonistas de este film se obsesionan de forma enfermiza.

Cuando un periodista preguntó, en la última edición del festival de Sitges, a Peter Strickland (Reading, 1973) si reconocía en su película la influencia de algún director, su respuesta dejó perplejo a más de uno: Jesús Franco. Y estoy plenamente de acuerdo con su confesión. El Duque de Burgundy, con su rebuscado estilo visual (cine de los años 70 impostado incluso en los tonos de la fotografía), narrativo  y temático, tiene mucho del mundo bizarro del cineasta español; sus dos personajes femeninos lesbianos y sadomasoquistas, la dominatriz Cinthya (la actriz danesa Sidse Babett Knudsen, a quien hemos visto recientemente en El juez), y la sumisa Evelyn (Chiara D’Anna), parecen salidas de la fantasía rijosa del estejanovista director español que patentó la doble versión. Y ésta, la de El duque de Burgundy, sería la versión para España por la huida sistemática del director del desnudo femenino (las efusiones sexuales de las protagonistas están debidamente veladas, forman un calidoscopio muy similar al de las mariposas que aletean).

Cinthya abre cada mañana la puerta de su mansión campestre a su frágil criada Evelyn, que llega a bordo de su bicicleta atravesando idílicos paisajes, y le ordena la limpieza de su casa, que la sirvienta hará de rodillas mientras ella parece enfrascada en la lectura de un libro, y la colada de toda su ropa. Pero Evelyn siempre se dejará unas braguitas por lavar, lo que comportará un castigo que oscila entre la lluvia dorada (fuera de campo, acústica, tras la puerta cerrada del baño); el cunnilingus (uno de los planos más originales del film se adentra entre las piernas de la dominatriz en un fundido a negro); o encerrar a la sirvienta en un viejo arcón, atada de manos, y del que podrá salir si repite una palabra pactada de alarma. Pronto el espectador comprende que las protagonistas de esa extraña relación lésbica están efectuando un juego de roles (ni una es ama ni la otra sirvienta) para llevar a cabo un ritual diario de sumisión y dominación que, pese a lo reiterativo, les produce placer, a una (la sumisa) más que a otra (la dominatriz).

Peter Strickland (Björk: Biophilia Live, Katalin Varga y Berberian Sound Studio) hace un alarde de inventiva visual y escénica, coquetea con diversos géneros, entre ellos el gótico (sus personajes fuerzan una dicción inglesa extranjerizante; la película está rodada en localizaciones húngaras, lo que, en algún momento, puede llevar al espectador relacionar los ritos con las de la sanguinaria condesa Erzsébet Bathory; hay candelabros, ambientes espectrales, escenas nocturnas en jardines filmadas en noche americana y hasta un esqueleto); rinde culto a un fetichismo que haría las delicias al desaparecido Luis García Berlanga (planos de medias oscuras, tacones de zapato, lencería fina, faldas ajustadas remarcando el trasero, el pie como elemento erótico); tiene mucho del Peter Greenaway exquisito de El contrato del dibujante en la ejecución disciplinada y fría de los rituales sadomasoquistas; e introduce el singular mundo de las mariposas, y sus larvas (¿guiño a El silencio de los corderos?) del que las dos amantes son apasionadas estudiosas, para, con ellas como elemento estético, brochazo pictórico, y con su ensordecedor aleteo, banda sonora, componer alguna de las imágenes más impactantes de la película: Evelyn desapareciendo engullida por una nube de insectos alados mientras avanza precedida por un candil por los pasillos de esa casa que es escenario omnipresente.

El film de Peter Strickland habla de la relación en declive de dos mujeres que se aman y se saben en decadencia emocional, de la que intentan salir con esos juegos reiterativos, pero El duque de Burgundy se decanta por el puro esteticismo y se obceca en un formalismo algo vacuo que se muerde la cola constantemente (el director inglés parece explorar varios finales antes de optar por la secuencia de inicio para cierre y bucle hacia el infinito). La máxima virtud del cineasta, que también rinde homenaje a los surrealistas (una de las especialistas en lepidópteros, que da una conferencia a un extraño público femenino de rostros muy rebuscados entre los que se alternan algunos maniquíes, se llama, no por casualidad, doctora Viridiana) es armar un film hipnótico, que parece rodado en otra época por sus elementos estéticos (influencias del polaco Waleriam Borowczyk, también, y de su cine erótico), desasosegante y obsesivo, una sucesión de imágenes y sonidos, atentos a estos, que acaba calando en esa parte del cerebro ajena a todo raciocinio a la que va dirigida este artefacto cinematográfico. Por todo ello El Duque de Burgundy (una especie exótica de mariposa), no tiene explicación posible, y que no la busque el espectador, y menos el crítico enteradillo: es una de las películas más fascinantes de este año, una rara avis que sorprende en un mundo habitualmente trillado como es el del cine convencional. Una película que no se puede perder el amante de las rarezas. Esta lo es en grado superlativo.  

martes, 9 de agosto de 2016

CINE / TREN DE NOCHE A LISBOA, DE BILLE AUGUST

TREN DE NOCHE A LISBOA
Bille August

¿Cuándo se jodió Bille August? podría preguntarse uno parafraseando a Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral. Pues desde el óscar con Pelle en el conquistador, su mejor película, junto a Las mejores intenciones, rodadas respectivamente en su Dinamarca natal y en Suecia. La filmografía posterior de este director danés, que incluye una mediocre adaptación de la novela de Isabel Allende de La casa de los espíritus, un irregular thriller, Smilla, misterio en la nieve, películas rodadas en Suecia como Jerusalén, Una canción para Martín, Sentencia de muerte, María Kroyer, con producciones británicas o norteamericanas de gran presupuesto como Adiós Bafana o Los miserables, es decididamente mediocre y en ninguna de ellas aflora el talento que demostrara en sus primeras películas, tampoco en esta plúmbea adaptación de la novela homónima del escritor suizo Pascal Mercier.

El profesor de latín Raimund Gregorius (un siempre sobreactuado Jeremy Irons que repite con el director tras La casa de los espíritus) impide en el último instante que una joven portuguesa se lance al río Aar en Berna. Cuando desaparece la joven, le queda de ella una gabardina roja, un extraño libro de memorias de un autor portugués desconocido llamado Amadeu de Prado y un billete de tren a Lisboa. El profesor lo deja todo y coge ese tren a la capital portuguesa para intentar descifrar los secretos de ese libro, que habla de la resistencia contra la dictadura de Salazar en Portugal, cuyo contenido le fascina. Allí conocerá a Mariana (Martina Gedeck) que le pondrá en contacto con los protagonistas de ese relato escrito por el doctor Amadeu de Prado (Jack Huston): su tío Joao Eca (Tom Courtenay), un anciano recluido en una residencia geriátrica; el padre Bartolomeu (Christopher Lee) que ofició su funeral y le habla del joven Amadeu estudiante; el farmacéutico  Jorge O’Kelly (Bruno Ganz), que fue su mejor amigo; Adriana (Charlotte Rampling), la posesiva hermana del médico luso autor del libro, y, próxima a Salamanca, quien fuera el gran amor del doctor, Estefanía (Lena Olin), que le darán al profesor la versión de los hechos que narra el libro.

En la última película de Billi August no funciona ninguno de sus dos tramos narrativos, ni el presente ni el pasado, y difícil saber cuál de ellos suscita menos interés y aburre más. La pretendida obra fascinante de ese escritor portugués de la resistencia resulta ser un pestiño infumable, a pesar de que Raimund Gregorius no haga otra cosa que repetir ad nauseam lo que le llega al corazón ese texto lleno de obviedades ramplonas; la búsqueda de la verdad sobre el pasado político reciente de Portugal carece de la más mínima épicanunca vi un grupo de conspiradores tan anodino como el de esos antisalazaristas previos a la Revolución de los Claveles—. Las interpretaciones, tanto por parte de los actores jóvenes Melanie Laurent, que interpreta a Estefanía de joven, o August Dihel, que es el farmacéutico Jorge O’Kelly, o Jack Huston que encarna a Amadeu de Prada, como por los veteranos Charlotte Rampling, Lena Olin, Tom Courtenay, Christopher Lee o Bruno Ganz, que los interpretan en el presente, son tan lamentables como increíbles y los diálogos resultan torpes e impostados.


Este Tren de noche a Lisboa es una muestra de celuloide rancio y un ejemplo de a lo que puede llegar la decadencia de Bille August. Ni rastro de Pelle el conquistador en la filmografía de este realizador danés que un día ganó el óscar a la mejor película de habla no inglesa.




lunes, 8 de agosto de 2016

SOCIEDAD / TALIÓN

TALIÓN

Curioso este país fascinante e inmenso, patria de James Cain, William Faulkner, John Steinbeck, Orson Welles, Paul Auster, Woody Allen, Bruce Springstein, Bod Dylan y tantos otros ilustres artistas, en donde una felación puede ser un delito que lleve entre rejas a los que la practiquen, tomarse una cerveza en una terraza no está permitido, porque los niños pueden ver una bebida alcohólica y escandalizarse, y tener un arsenal letal de armas cortas y largas en casa sí, hasta llevarlas en la guantera del coche o bajo la americana. Curioso este país en donde mentir sobre las armas de destrucción masiva y llevar a un país a la guerra y a agredir a otro país, hasta borrarlo del mapa, no tiene consecuencias, pero ocultar la relación privada e íntima con una becaria estuvo a punto de costar el cargo a un presidente calenturiento.

Estados Unidos es un país que tiene tantas armas como habitantes. Un pueblo en armas. La reaccionaria Asociación del Rifle es uno de los lobbies más importantes. Los adictos a las armas de fuego, que acumulan arsenales de ellas en sus hogares, que enseñan a sus hijos pequeños a manejarlas, son los que se escandalizan por los bebedores de cerveza en un lugar público y espían si al vecino le están practicando una felación. El mensaje es que las armas de fuego no son malas en sí, los malos son los que las usan. Donald Trump, el tipo que va a competir en la carrera a la Casa Blanca con Hillary Clinton y tiene posibilidades de regir este gran país, se lamentaba que hubiera americanos que carecieran de armas de fuego para hacer frente a los malos en la última masacre en la que un yihadista entró a sangre y fuego en una fiesta gay.

Poner armas de fuego en manos de civiles es una aberración que está costando miles de muertes al año en Estados Unidos. Allí, un tipo deprimido, o que se levante con el pie izquierdo, puede causar masacres a su santa voluntad. En Estados Unidos el hambre de los pioneros no parece haberse saciado (el filete John Wayne parece sacado de ese que se le cae a James Stewart, tras ser zancadilleado por Lee Marvin, en el western El hombre que mató a Liberty Valance) ni la ley del Talión ha desaparecido. A los forajidos, presuntos o no (los juicios entonces eran muy rápidos, las garantías procesales no mejores que las que hay ahora: Pablo Ibars y Joaquín José Martínez, dos españoles en el corredor de la muerte, pueden dar testimonio de ello) se les colgaba sin dilación del quinto árbol a las afueras del pueblo. La Ley del Talión, de la Biblia, el libro que todo buen americano ha leído y tiene en su mesilla de noche, el único libro que, a lo mejor, ha leído en su vida, para interpretarlo a su manera en la iglesia de la esquina (más iglesias que bares, ¡cielo santo!) se sigue aplicando en esa peculiar administración de justicia que tienen en ese país. El que la hace, o parece haberlo hecho (la lista de inocentes ejecutados no cabe en estas páginas), la paga, y si hay dudas, también, por si acaso: más vale un inocente muerto que un culpable libre. En Estados Unidos, al contrario que en otras jurisdicciones, el acusado tiene que demostrar su inocencia.

La visión de un policía en ese país no es una señal de tranquilidad sino de todo lo contrario. Aquí, en Europa, salvo si se ve a un policía vestido como un gladiador, que así ya no razona, los agentes de la ley y el orden están, en teoría, para ayudar al ciudadano. En Estados Unidos la presencia de un policía, por su historial de brutalidades sin castigo que tiene sobre sus espaldas el cuerpo policial, produce temblores. Ojo con discutir con ellos o hacer un movimiento que puedan interpretar como peligroso. Manos bien visibles, ningún movimiento brusco.

Se dice que en Estados Unidos el racismo desapareció, pero el 80% de los reclusos son negros, y negros son todos los que mueren bajo las balas de energúmenos uniformados de gatillo fácil que demuestran tener un desprecio preocupante por la vida ajena cuando debían ser sus garantes. Días atrás vimos como esos gorilas con licencia para matar la ejercían descerrajando disparos a bocajarro a detenidos inmovilizados causándoles la muerte. Antes los vimos matando niños de 14 años o atropellando a fugitivos con sus coches patrulla. Una simple infracción de tráfico puede acabar con el infractor en la morgue. Eso pasa antes las cámaras y muchas otras cosas pasan fuera de ellas.

Lo alarmante es que la brutalidad policial no tiene castigo en ese país, que esos asesinatos en directo lo más que provocan es una investigación y que se le retire la placa al asesino uniformado durante una temporada. Jurados benevolentes suelen absolverles si llegan a juicio. Y luego pasa lo que pasa, que el Rambo de turno echa mano de su arsenal privado, ese que defiende tanto Donald Trump y aboga por tenerlo en casa, y hace puntería sobre los uniformados, cazándolos como conejos. Ley del Talión, lo que les enseñaron que hay que hacer.
Estados Unidos es un gran país al que no entiendo y analizo siempre que voy, quizá por eso me fascina, por sus contradicciones evidentes, por sus claroscuros que hacen de ese territorio el escenario ideal de la novela negrocriminal.

¿Cuándo el próximo desastre? ¿Cuándo la próxima masacre? 




CINE / REMEMBER, DE ATOM AEGOYAN

REMEMBER
Atom Egoyan

 Remember, y no sólo por el título (Recuerda) sabe a Alfred Hitchcock. El armenio nacionalizado canadiense Atom Egoyan, cineasta con películas tan inquietantes como la sensual Exótica, reivindicativas del genocidio sufrido por su pueblo como Ararat o la dolorosa El dulce porvenir, se saca con este film la espina que tenía clavada con las lamentables Chloe y Cautivos.

Remember, y ahí reside su originalidad, es un trhiller de geriátrico con actores octogenarios que interpretan a nonagenarios. Zev Guttman (Christopher Plummer), un judío superviviente del Holocausto aquejado de alzheimer, cumple la promesa, cuando fallece su esposa, de buscar a Rudy Kurlander, el criminal de guerra nazi que fue el verdugo de su familia. Como el anciano pierde constantemente la memoria, deberá llevar consigo una carta con instrucciones puntuales que un compañero de tormento y geriátrico, el impedido Max Rosenberg (Martin Landau), ha escrito para localizar al verdugo y vengarse de los suyos.

Atom Egoyan adopta en este drama el punto de vista del tembloroso, frágil y desmemoriado protagonista en esta road movie que lo lleva a uno y otro lado de la frontera de Canadá con Estados Unidos y a localizar a cada uno de los Rudy Kurlander (uno de ellos el actor alemán Bruno Ganz) hasta llegar al presumible asesino (Jürgen Prochnow).

La originalidad de la trama (una película de acción protagonizada por un anciano desmemoriado puede parecer un oxímoron) se beneficia de un excepcional actor, Christopher Plummer, que interpreta con convicción a su personaje en cada uno de sus temblorosos ires y venires. Lejos del personaje de Burt Lancaster de Atlantic City de Louis Malle, que mataba para sentirse hombre, al Zev Guttman de Remember le mueve un instinto de venganza aplazado tanto en el tiempo que quizá ya no resulte muy creíble.

 Finalmente Atom Egoyan está más atento a los desvaríos de memoria, como el Memento de Christopher Nolan, y a que el espectador peche con ellos, que a realizar un drama de altura sobre el crimen de crímenes y el sinvivir de los sobrevivientes de esa tragedia humana que no tiene parangón histórico. Cobra más importancia la enfermedad degenerativa del protagonista, y sus vicisitudes para encontrar a su verdugo para convertirlo en víctima de una venganza aplazadael encuentro con el sheriff nazi John Kurlander (Dean Norris), por ejemplo, ante el que simula ser un oficial de Auschwitz para ganarse su confianza, hablar de su difunto padre y descubrir sus tesoros de guerraque el trasfondo del Holocausto que lleva a ese personaje a esa tardío itinerario buscando una redención a través de la venganza.

La pirueta final de Atom Egoyan hace que la película derive, in extremis, hacia un drama de identidades en el cual nadie es lo que aparenta y hasta cree ser. No es una gran película Remember, le falta emoción y tensión dramática, pero no se suma a la lista de desvaríos a los que últimamente nos tiene acostumbrado este otrora interesante director nacido en El Cairo. 






                                                                                                     

domingo, 7 de agosto de 2016

CINE / SUNSET SONG, DE TERENCE DAVIES

SUNSET SONG
Terence Davies
Las buenas expectativas hacia Sunset Song, de Terence Davies (Liverpool, 1945), se mantienen en las dos terceras partes del film y se desvanecen en la última, como si el corredor hubiera agotado su talento al divisar la meta. El director de Voces distantes, El largo día acaba, La biblia de neón, La casa de la alegría y The Deep Blue Sea plantea un film de belleza apabullante que entra en barrena por un guion fallido.

El director británico acierta con el tono, el ritmo y la fotografía en ese drama rural ambientado en Escocia hacia 1900, antes de la gran guerra, y sigue la novela del escritor escocés Lewis Grassic Gibbon. Crudo retrato de la vida en el campo, el microcosmo aldeano de Kimraddie, y de la institución patriarcal de la sociedad.  Peter Mullan, ese extraordinario actor, y, ocasionalmente director brillante, encarna a un padre odioso y brutal que azota con saña a su hijo. Hasta que él permanece en la película, imponiendo su brutal tiranía de padre padrone en su núcleo familiar (Eres mi sangre y puedo hacer lo que quiera, es su leit motiv), la película funciona, quizá por el magnetismo personal de ese animal cinematográfico. Agynes Deyn, una actriz esbelta y de belleza melancólica, es su atribulada hija Chris, maestra frustrada que acaba siendo campesina, que mantiene una relación de complicidad con su hermano atormentado.
La fotografía, luminosa, bella, ilustra un relato bucólico pero con aristas duras. Podría pensarse, en algún momento, aunque la época no coincida, en Lejos del mundanal ruido de John Schlesinger o en Tess de Roman Polanski; incluso, por la forma de captar la belleza de los trigales ondulados por el viento,  en la poética de Terrence Malick, pero todo se tuerce en cuanto entra en escena Ewan (Kevin Guthrie), el joven que acaba casándose con Chris, y empeora cuando éste es llamado a filas para combatir en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Ahí, y es una lástima, porque es la parte teóricamente más dramática, la historia se hunde y la que podría ser una de las películas más hermosas del cine británico se pierde por culpa de la relación tan burda como incomprensible que se establece entre marido y mujer. Pero Sunset Song es una buena película si se cierran los ojos y los oídos en sus últimos cuarenta y cinco minutos. 




viernes, 5 de agosto de 2016

LITERATURA / OTRO MUNDO, DE ALFONS CERVERA

OTRO MUNDO
Alfons Cervera

Todo autor, remarco lo de autor, tiene su corpus literario y en él, aunque no sea consciente de ello, sus señas de identidad, su ADN. En una cata a ciegas de libros creo que podría distinguir, sin margen de error, un texto de Coetzee o de Thomas Bernard, y los autores elegidos no son casuales. El mundo de Alfons Cervera, su mundo literario, se circunscribe a Los Yesares, su Macondo, y el tema recurrente, obsesivo, la memoria, la suya propia. El pasado no regresa, siempre está ahí, en la forma de una escritura llena de lagunas, de espacios en blanco, de vidas y muertes, de silencio.  Extrapolando su memoria individual, se puede tener la memoria de la postguerra, el desgarro de los perdedores obligados a vivir su humillación de vencidos. Para ti, escribo. Para sacar tu memoria del silencio a que te condenaron los años de la infamia.

Otro mundo, en cuya portada figura la foto familiar del hermano de Alfons Cervera interpretando El idiota,  es un largo monólogo, porque el interlocutor no respondió cuando pudo hacerlo, ni puede responder ahora que ya no está, del autor con el padre. Pero esta vez te lo cuento a ti en este diálogo que llega con tantos años de retraso, cuando la memoria igual ya tiene más lagunas que tablas para cruzarlas con garantías de salvación, cuando a lo mejor ya es demasiado tarde para casi todo.

Otro mundo, como toda la literatura de Alfons Cervera, es metaficción, género que practican desde Paul Auster hasta Enrique Vila-Matas, y aquí tampoco los ejemplos son casuales. La última novela del valenciano de Gestalgar es un diálogo imposible con su padre muerto, más bien una interpelación a su fantasma para romper tantos años de silencios compartidos que en vida fueron incapaces de romper. En lo del diálogo con el padre muerto podríamos encontrar otro excelente referente reciente, La isla del padre de Fernando Marías. Como el bilbaíno radicado en Madrid, el valenciano de la Serranía construye un libro que bascula entre la tristeza y el dolor, atrapando recuerdos que si no quedaran en el papel se perderían. La mirada perdida de los muertos en las fotografías antiguas. El traje y la corbata que le pintó el fotógrafo para que la mirada fuera menos que sin traje y corbata la mirada de un muerto. Así es que es un libro intimista, como lo son todos los de este escritor inmenso, pero en el que muchos pueden reconocerse porque radiografía esa generación que con la guerra perdió todas sus ilusiones y fueron muertos en vida hasta que la muerte los alcanzó definitivamente. Después de muchos años me preguntaba si sería aquella la misma pistola que utilizaste, con otros de tus compañeros, la noche de la revolución libertaria en Los Yesares. Nunca conoceré la respuesta porque sólo tú la tienes y es imposible saber cómo podemos hablar con los muertos.

En pocas líneas, en un ejercicio de economía textual (Alfons Cervera huye de la literatura de sonajero que tanto detesta Juan Marsé) describe a su padre y su noble oficio: panadero. Heredaste del abuelo Claudio, además del nombre, la sólida compostura de la piedra. Ahí estabas, en la boca del horno, con la pala en las manos y el insignificante, rutinario, vaso de cazalla para aliviar el calor insoportable de las brasas.

Rememora el autor esas jornadas laborales compartidas en el horno, admirando el milagro de la masa de pan fermentando. Las noches en que la masa engordaba en el tablero, como la piel mordida por las avispas en los charcos marrones del lavadero viejo, mientras mi hermano y yo nos moríamos de sueño y tú recitabas como en un susurro “La canción del pirata”.

Alfons Cervera, como Thomas Bernard, o el mejor Coetzee, el de sus novelas más áridas, domina la frase corta, destila las palabras hasta ir a la esencia de las mismas, golpea con ellas las entrañas del que las lee. Hay un remolino de agua estancada llena de larvas muertas en el recuento de lo que no dijiste nunca a nadie, en ningún sitio, como si hubiera una vida para ser vivida y otra para que permanezca hasta la muerte en una terca, invisible, geometría de lo oscuro.

Es Otro mundo un libro cuya brevedad de páginas, no llega a las 150, es inversamente proporcional a su intensidad. La prosa extraordinaria de este gran escritor es para leerla de forma pausada, recreándose en ella, y volverla a leer, así es que este es un libro que se lee lentamente porque cada una de sus páginas valen por diez de las de un libro convencional, porque el autor de Maquis hace de la parquedad un ejercicio de estilo extraordinario, y ahí entraría Thomas Bernard, otro de los grandes, y en la radiografía del dolor.

La muerte no es el fin; el fin es el olvido. La muerte súbita y la otra. El corazón explota en medio del paseo. No sabías que por dentro se te habían encogido las ganas de vivir. Cómo saber eso si lo que hacemos es vivir por fuera. La miseria física, la impersonalidad de los hospitales, la sensación de trasto viejo de los que enfilan el camino de la muerte, lo plasma Alfons Cervera con una contundencia no exenta de emociones. Todo te daba vueltas. Como en las viejas carreteras de la Cofersa y el sidecar. Todo te daba vueltas entre la cómoda, el armario y la ventana de madera repintada que da a la calle larga. Aquellos domingos por los caminos de tierra Serranía arriba. El pasillo del hospital. La sordidez. Una ruina de huesos al desnudo y sábanas inútiles. Tú allí. La inmovilidad de los muertos.

Tiene el libro textura de prosa poética. Hay en el horizonte de sabinas un polvillo de niebla que oculta el giro mecánico de los molinos blancos movidos por el viento. Habla el autor de la literatura, de la que inhaló en sus orígenes, de esos libros populares de quiosco escritos, entre otros, por Silver Kane: Francisco González Ledesma. Dicen que las primeras lecturas dejan huella en quienes luego dedicarán su vida a la literatura. Seguramente es verdad. Por eso no me reconozco en otro origen que no sea el de esas pequeñas, insignificantes novelitas que vendían en los quioscos y que los jueves llegaban en el autobús de línea para que pudiéramos cambiarlas por las de la semana anterior.

Alfons Cervera huye, a propósito, de los cenáculos y los oropeles, detesta el éxito porque su literatura no es un bien de consumo, es un escritor de raza, de los pocos. Escribir es no llegar a ningún sitio. El final está en el mismo comienzo, nunca en otra parte. Un anacoreta de las letras, uno de los grandes del panorama literario español.

El golpe de cazalla. Uno de tus dedos espachurrado como un grumo de carne picada entre los rodillos del cilindro. Los recuerdos, padre. Esa mierda.

Un libro sobre la muerte, la memoria y el olvido. Un desgarro literario expresado de forma magistral en una literatura hiriente ante la que uno es incapaz de no conmoverse. La muerte es tal vez la escritura más abrupta, la que niega sin ninguna contemplación las reglas del relato.