jueves, 29 de septiembre de 2016

CINE / LOS 7 MAGNÍFICOS, DE ANTOINE FUQUA


LOS SIETE MAGNÍFICOS
Antoine Fuqua

Hollywood, tras décadas de tenerlo en barbecho, y quizá movido por la envidia de las revisiones que están haciendo del género diversas cinematografías europeas, parece dispuesto a recuperar el western; lo que ya no resulta tan claro es la justificación de los remakes de películas míticas (y ahí tenemos el fiasco de Ben Hur).

Vaya por delante que Los siete magníficos, el western de John Sturges, adaptación de Los siete samuráis de Akira Kurosawa, nunca me pareció gran cosa, así es que la película del afroamericano Antoine Fuqua (Pittsburg, 1966), que nos ha regalado algunas buenas películas de  género negro (Training Day y Los amos de Brooklyn) parte con ventaja. Reúne el director, de nuevo, a Denzel Washington, en una de sus peores interpretaciones (el papel de cazarrecompensas Sam Chisolm en el salvaje Oeste no se lo cree nadie), y a Ethan Hawke, que está a su altura.

Desprovista de suspense (quien más quien menos ya sabe el final) este western no tiene el aura de los clásicos que realizó Kevin Costner, un verdadero enamorado del género en Bailando con lobos y Open Range, y se lanza al espectáculo de acción. Antoine Fuqua pergeña personajes de cartón piedra (el villano, que, de tan malo, raya el ridículo) y quema sus cartuchos, literalmente, en la larga secuencia final del asalto y defensa épica del pueblo por parte de esos siete guerreros variopintos que aúnan fuerza y puntería en una buena causa común.

No hay un solo momento de emoción en todo su metraje y uno, mientras la veía, echaba en falta, no sólo los westerns magistrales de John Ford o Howard Hawks, sino también los de Sam Peckinpah, Richard Brooks o Robert Mulligan.  A rezar para que no les dé a los yanquis por hacer remakes de Sólo ante el peligro, Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance.





CINE / EL PORVENIR, DE MIA HANSEN-LOVE

EL PORVENIR
Mia Hansen-Love

La última propuesta de Mia Hansen-Love (Oso de Plata en el último festival de Berlín), El porvenir, es una fábula de cómo una intelectual puede paliar las adversidades que le sobrevienen sencillamente porque tiene la cabeza bien armada. Cine minimalista el de El porvenir, en el que, aparentemente, nada sucede, porque la película de esta joven directora francesa (París, 1981), esposa de Olivier Assayas, es un prodigio de sutileza y un ejercicio de insinuaciones. Sensibilidad a flor de piel la de la directora francesa y cuidado a los pequeños detalles que no pasan desapercibidos al espectador atento. La caligrafía de la extraordinaria película de la realizadora de Edén, sobre la vida de su hermano disc jokey obsesionado por su trabajo, es precisa, de filigrana, en esta recreación de la vida de su madre, así es que Mia Hansen-Love vuelve a radiografiar su proximidad emocional, su familia, en un ejercicio terapéutico para conocerla y comprenderla. Los conflictos en el seno de las familias parecen ser el tema recurrente y presente en la filmografía de esta realizadora de prestigio: Todo está perdonado, El padre de mis hijos, Un amor de juventud y Edén que ahora completa con El porvenir.


Una madura profesora de filosofía de un instituto de París, Nathalie (una extraordinaria Isabelle Huppert, sin duda la mejor actriz francesa del momento), apasionada de su trabajo docente y revolucionaria en el pasado, pero algo conservadora en el presente (se enfrenta a los estudiantes huelguistas que impiden a sus alumnos asistir a su clase; no le importa que le atrasen la edad de jubilación, medida contra la que se lucha, porque le gusta su trabajo), atraviesa una etapa crucial en la vida a partir de la cual es preciso reinventársela urgentemente: su marido Heinz (André Marcon), también profesor de filosofía, con quien lleva una eternidad casada, la deja para irse con una mujer más joven (el momento más tenso es cuando han de partirse la biblioteca); su madre depresiva y posesiva, Yvette (Edith Scob , la protagonista de Ojos sin rostro de Georges Franjú, aquí una anciana bellísima y elegante), intenta suicidarse, lo que la obliga a internarla en una residencia a su pesar (Esto es un moridero, huele a muerte, le dice a su hija); la editorial que publicaba sus textos filosóficos deja de hacerlo porque ya no son modernos ni están de acorde con los tiempos que corren; y a ello se añade un cierto cansancio existencial del que sólo le salvan sus dos hijos encantadores, Chloe (Sarah Le Picard) y Johann (Solal Forte), y un grupo de ex alumnos con los que comparte discusiones filosóficas en un parque.


Teóricamente Nathalie está libre de ataduras, tiene los hijos mayores y ha perdido a su marido, y por ello acepta la invitación que le hace Fabien (Roman Kolinka), joven radical libertario que es su alumno más aventajado, sobre el que ejerce un afecto protector (consigue que su editorial le publique un libro), para pasar unos días en una casa de campo en la montaña que comparte con otros muchachos de su edad. Y allí es cuando se produce esa historia de amor perfecta, porque las historias de amor perfectas son aquellas que nunca tienen lugar y no se deterioran, sin roces, besos ni abrazos, sólo alguna mirada significativa que lo dice todo, entre Fabien y su profesora (sencillamente magistral ese primer plano de los ojos del joven libertario filósofo que conduce de regreso a la granja, tras haber dejado a su profesora en la estación de tren, sabedor de que ya no se cruzará más en su camino). Un tren que Nathalie coge, y Fabien deja pasar, ambos conscientemente porque tanto la una como el otro saben que esa historia que sólo tiene lugar en su cabeza debe seguir en ella.  
La vida sigue, sin sobresaltos, para Nathalie, un personaje femenino con quien resulta imposible no empatizar, fuerte a pesar de su fragilidad física, porque nunca acepta el papel de víctima, aunque la vida le golpea, quizá porque, como dice ella, suple los afectos perdidos con la sabiduría que le da los libros y la filosofía que se aplica sobre ella misma, y eso le llena, como le llena su familia.

El porvenir es una película cruzada por los sentimientos y las emociones que la protagonista consigue relativizar siempre como forma de enfrentarse a los avatares que la vida le depara. Un drama sentimental de baja intensidad que discurre sin sobresaltos y huye del sentimentalismo fácil. Una filigrana fílmica para que la legendaria protagonista de La encajera y la madame de La puerta del cielo resplandezca a sus espléndidos 63 años dando un recital interpretativo en un papel que borda con hilo de encaje. 




SOCIEDAD / EL DESCUARTIZAMIENTO DEL PSOE

EL DESCUARTIZAMIENTO DEL PSOE

Terrible lo que está pasando en el histórico partido del socialismo español con ese golpe de estado provocado por la dimisión de la mitad de su ejecutiva. Los más encarnizados enemigos de Pedro Sánchez nunca estuvieron fuera de un partido que, en muchas ocasiones, ha sido cainita. Recordemos lo que ocurrió con Borrell hace ya muchos años, porque la historia se repite, pero esta vez las espadas están en alto y todo parece indicar que esa lucha fratricida va a dejar un reguero de muertos.

Pedro Sánchez, y eso es un dato estadístico irrefutable, ha obtenido los peores resultados del PSOE en toda la historia del partido. Achacárselos al secretario general únicamente es una frivolidad. Hay dentro del partido fundado por Pablo Iglesias una camarilla de antiguos dirigentes, capitaneados por el jarrón chino Felipe González, que lleva años haciendo la cama al rebelde Pedro Sánchez empecinado en lo suyo y sin dar su brazo a torcer: imposibilitar la investidura de Rajoy. El todavía secretario general del PSOE es coherente con el contrato firmado con los ciudadanos y con los militantes que lo votaron. Los reveses electorales de Galicia y Euskadi han agravado su situación y Susana Díaz enseña los dientes para descuartizarlo con la ayuda de los poderes fácticos y la casi totalidad de los medios de comunicación dominados por la derecha.

Que se rompa en pedazos el PSOE no beneficia a la izquierda, ni siquiera a Podemos. Hace ya muchos años que el PSOE dejó los presupuestos de la izquierda y fue precisamente en tiempos de Felipe González, con una corrupción rampante y con asesinatos de estado, cuando el partido adquirió el mayor descrédito posible. En ese momento el PSOE debería haber hecho una limpieza a fondo en sus filas y expulsar a personajes tan siniestros y desleales como Felipe González, submarino del PP en estos momentos junto a los barones del partido. El monolitismo disciplinado del PP contrasta con las luchas intestinas del PSOE.

La corriente que quiere que el PP siga gobernando el país y que desteta un entendimiento con Podemos con el apoyo de los independentistas, ha dado su golpe de estado y Pedro Sánchez se abraza al apoyo que ha recibido de las bases, de esos militantes que le dicen que quemarán el carnet el día que facilite un gobierno de la derecha más reaccionaria y lesiva para los intereses de los ciudadanos que ha tenido este país y que lo ha hecho retroceder treinta años.

Es la derechización del partido, sus casos de corrupción, la pésima gestión de los resultados electorales y sus movimientos hacia Ciudadanos lo que lamina el crédito electoral del partido. Y si la sustituta al linchado Pedro Sánchez es Susana Díaz, la sangría de votos que tendrá lo que quede del PSOE hará bueno a su antecesor: a la lideresa andaluza se la detesta en toda España salvo en su tierra, y ella será un bombero que echará gasolina en el incendio de Cataluña.

Que hablen los militantes y que se depuren a los desleales o el PSOE estará definitivamente acabado como partido. La izquierda de este país está en estos momentos con Pedro Sánchez, paradojas del destino. Él representa en estos momentos el ala izquierda de la formación. 




lunes, 26 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN. PALMARÉS

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
PALMARÉS

Como es habitual no acerté con los premios. Se decantó el festival por el cine asiático, que, esta vez, me pareció de una pobreza y vacuidad alarmante. Imagino que en la Concha de Oro de Yo no soy madame Bovary de Xiaogang Feng ha primado el esteticismo de la película y su apuesta por formatos excéntricos (pantalla redonda), pero ese jarrón chino es un alargamiento sin mesura de una nimia y absurda anécdota, y además me huele, ya lo dije, a una producción oficial del régimen que se hace una suave autocrítica porque hay que estar más cerca de la ciudadanía y dejar de lado la burocracia. También se ha llevado premio su intérprete femenina Fan Bingbing.

La Concha de Plata al mejor director ha ido a parar al coreano Hong Sang-soo, el Woody Allen oriental que obtiene siempre galardones en los festivales. Su película no era tan insoportable como otras suyas, al menos no repetía la misma historia dos veces, a no ser que me durmiera en una de ellas, y tenía golpes de gracia.
No puedo juzgar a Eduard Fernández. No vi su interpretación de Paesa en El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez, pero seguro que estuvo convincente en ese film. La muy estimable cinta Que Dios nos perdone se ha llevado el premio al mejor guion escrito por Rodrigo Sorogoyen, pero son mejores sus imágenes vibrantes que su escritura.  

Equiparar con el premio especial del jurado la película sueca El gigante y la argentina El invierno es un insulto para Emiliano Torres, director de la segunda. El gigante es sencillamente infumable; El invierno roza la maestría y es infinitamente mejor que Yo no soy madame Bovary, pero ese no ha sido el parecer de Bille August, presidente del jurado.
Se ha hecho justicia para la griega Park de Sofia Exarchou, que ha ganado en la sección Nuevos Directores. Es muy estimable y retrata muy bien la actual situación de asfixia griega a través de sus jóvenes protagonistas. El premio Horizontes para Rara, de Pepa Martín, no lo discuto: es una película simpática y reivindicativa. El público ha premiado Yo, Daniel Blake de Ken Loach, seguramente muy identificado con esa víctima de la crisis que puede ser cualquiera de ellos. Lamentable que se haya ido sin galardón la chilena Jesús y la polaca Playground, las dos únicas cintas que levantaron de sus asientos a un público conmocionado por sus escenas de violencia.
Y La reconquista de Fernando Trueba no consiguió, finalmente, la Concha de Oro, que todo era posible.





viernes, 23 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (8)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
OCTAVA JORNADA

Ando muy despistado, definitivamente. Se me ha escapado Mónica Bellucci y no me entero de que Jennifer Connelly, una de las actrices que este que escribe adora desde que la vio en Érase una vez en América de Sergio Leone y la volvió a encontrar en Réquiem por un sueño o La brigada del sombrero, estuvo a dos pasos de cruzarse conmigo. Este maldito vicio del cine no me deja tiempo para frivolidades de ningún tipo. La cinefilia es una especie de sacerdocio. He perdido todo el bronceado de días atrás. Soy hombre murciélago.
Hoy no hay sesión a las 10 de la mañana, por primera vez en el festival, y me siento francamente raro desayunando tranquilamente en Ogiberri, una de las muchas panaderías que se habilitan como cafeterías a condición de que uno sea su propio camarero, así es que desayuno un zumo de naranja amargo, un enorme pastel vasco con ikurriña y rebosante de crema y un café con leche porque me espera una película japonesa de casi dos horas y media y no es cuestión de que rujan las tripas a mitad de proyección en el Kursaal. Y mientras desayuno apaciblemente, porque dispongo de más de una hora para hacerlo, compruebo estupefacto el entusiasmo que produce La reconquista, la que para mí es una de las peores películas de la selección oficial, mano a mano con la sueca El gigante. ¿Será que ya no sintonizo con las nuevas tendencias del cine?
Mientras se consume el tiempo para que deje San Sebastián, empiezo a elaborar mentalmente mi quiniela de posibles películas vencedoras del certamen, pero seguro que me equivoco en mis predicciones y La reconquista, Colossal o El gigante  marchan de Donostia con alguna Concha bajo el brazo. El cine es algo muy personal y lo que a uno le pueda parecer sublime a tu vecino de butaca le puede parecer una plasta insufrible. Pero vamos a por mi hit parade de la Sección Oficial y la lista de películas que merecerían salir con algún premio bajo el brazo bajo mi modesto parecer: la argentina El invierno de Emiliano Torres, atmosférica, bella, inquietante, con personajes de verdad que no tienen que hablar mucho para definirse y mucho cine en cada uno de sus fotogramas; la chilena Jesús de Fernando Guzzoni, la más cruda del certamen, sin duda, pero demoledora en su retrato de esa relación padre/hijo tan terrible y distante, y por la provocación de sus imágenes; la británica Lady Macbeth de William Oldroyd, que, pese a su clasicismo estético, resulta rompedora en el tratamiento de los personajes y en la crudeza de alguna secuencia; la polaca Playground de Bastosz M. Kowalski, helado retrato de unos psicópatas infantiles; y ese casi redondo thriller español que Rodrigo Sorogoyen borda en Que Dios nos perdone. Apuesten lo que sea a que no acierto ninguna.

Rage es el thriller japonés que va a competición. Li Sang –Il tiene oficio, sabe manejar la cámara, obtiene impactantes encuadres con ella (benditos drones y sus espectaculares tomas aéreas de esa lancha que va y vine a un islote), maneja un presupuesto alto, y todo eso se agradece. Si añadimos que la película ha sido rodada en la isla tropical de Okinawa, de arenas blancas y aguas turquesas, tendremos un empaque visual impactante. Un crimen sangriento, un matrimonio que aparece masacrado en su casa, sacude la vida tranquila de una pequeña población de pescadores de la isla  y origina un entramado de sospechas entre sus habitantes. Dos chicas y un joven homosexual temen que su pareja sea el asesino despiadado.
Li Sang-Il construye su relato cinematográfico sobre falsos culpables pero la historia central, con la que se inicia, se pierde en esas subtramas sentimentales. Una de las protagonistas femeninas, además, es violada por un grupo de soldados americanos, para dispersar más la atención. La imbricación de esas tres historias sentimentales en la trama policial inicial, de la que acaba olvidándose el director para retomarla al final, es uno de los puntos débiles de un film cargado de fuerza pero con un guion fuera de toda coherencia y tramposo (cualquiera puede ser el asesino y, finalmente, no es eso lo medular de la película). Lee Sang-Il abusa, además, de subrayados sonoros y musicales.  Pero, y eso es un punto a favor, la película no aburre, es muy entretenida.

Sobre el papel no perecía muy atractiva la incursión de Denis Villeneuve en la ciencia ficción. Leyendo la sinopsis de la película Arrival parece que sea una versión menos edulcorada de Encuentros en la tercera fase, porque la premisa argumental es la misma: una serie de naves extraterrestres llega a la tierra y el coronel del ejército norteamericano Webber (Forest Whitaker) contacta con una lingüista muy competente, la doctora Louise Banks (Amy Adams), y el científico Ian Donnelly (Jeremy Renner) para que se enteren de cuáles son las intenciones de los alienígenas. Pero tratándose del director canadiense Denis Villeneuve, al que descubrí en Incendios y me subyugó con ese thriller fronterizo y de narcos llamado Sicario que vi en la pasada edición del festival de San Sebastián, no podía defraudar. Arrival, La llegada cuando se proyecte en salas comerciales, es ciencia ficción filosófica, así es que esta película con austeros efectos especiales, pero más que suficientes, y unos extraterrestres hectópodos que se comunican a través de un vidrio irrompible en el que proyectan su particular lenguaje en forma de dibujos circulares con una tinta que sale de sus cuerpos, como si fueran calamares gigantes, se aleja del almíbar de Steven Spielberg para aproximarse a la trascendencia de Stanley Kubrick. Denis Villeneuve, que domina a la perfección los recursos visuales de la película y no rehúye lo inquietante (la humanos trepan por un largo pasadizo ingrávido para acceder a la nave que es un gigantesco bloque de piedra negra), da un salto en el vacío, que le sale redondo, introduciendo con naturalidad pasmosa en la trama la relatividad espacio / temporal que se aplica sobre sí misma la doctora Louise Banks, y el film desprende, en sus minutos finales, un halo perdidamente romántico que enaltece lo que parecía una historia de ciencia ficción pura y dura. Hay que descubrirse ante la versatilidad del director canadiense cuya película, si concursara en la sección oficial, saldría con premio, pero es una perla, un diamante, diría yo, a la altura de Frantz de François Ozon.

 Y llegamos al final, un buen broche para este festival de cine. L’Odyssée de Jerôme Salle es una lujosa producción rodada en escenarios naturales de gran belleza que gira en torno a la controvertida figura del comandante Jacques Yves Cousteau (Lambert Wilson se mete de lleno en el papel, lo borda), más hombre de negocios que defensor de la naturaleza, y su hijo Philippe (Pierre Niney, el intérprete de Frantz), un verdadero ecologista con el que a menudo estuvo enfrentado. De gran belleza plástica (las imágenes de la Antártida son espectaculares) y con momentos dramáticos muy bien resueltos (tanto Lambert Wilson como Audrey Tautou, que interpreta a la abnegada esposa del oceanógrafo, están sencillamente impecables cuando reciben la peor noticia posible), L’Odyssée es un ejemplo de cine comercial realizado con una gran dignidad.

Y hasta aquí he llegado. Ahora es la hora de los jurados.




jueves, 22 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (7)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
SÉPTIMA JORNADA

Olvidemos el secular respeto hacia los mayores en la China tradicional. Ese batiburrillo de comunismo y capitalismo que reina en el gigante asiático en la etapa post Mao produce situaciones muy extrañas, como, por ejemplo, que la asistencia sanitaria no solo no sea completamente gratuita sino bastante onerosa, y que los pensionistas vivan en la indigencia. Ciento cincuenta años de vida son los que suman un abnegado padre de 90 años y su hijo dependiente de 60. Viven en un modesto apartamento a las afueras de Beiging que el padre, a pesar de su edad, mantiene limpio y ordenado. Ese padre nunca se olvida de cocinar para su hijo, al que a menudo pierde cuando sale con él a la calle, por lo que le cose sus señas y teléfono en la camiseta para que se lo devuelva quien lo encuentre. El padre tiene dos hijas desalmadas, en el sentido más exacto del término, para las que el hermano es “el idiota” y él un estorbo al que quieren meter en el asilo para quedarse con su pensión y su casa. Ciento cincuenta años de vida es una película hecha de silencios (los diálogos son mínimos) y estruendos (el teléfono cuando suena; el ruido ambiente del tráfico en la calle; las chicharras de ese descampado en donde tiene lugar una de las secuencias más crueles del film). Dos momentos especialmente impactantes en este film de Liu Yu, su joven y talentoso director: las dificultades del anciano para levantarse del suelo tras una caída; el yerno que abandona al cuñado “idiota” en un paraje perdido. Ciento cincuenta años de vida es una oda a un héroe de 90 años que no abdica de sus responsabilidades con su hijo: exactamente el reverso del padre de Jesús.

Jonás Trueba, joven pero ya con una larga carrera a sus espaldas (Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos y Los exiliados románticos) es el último vástago de una familia de directores. Imagino que Fernando Trueba puso a su hijo el nombre de Jonás pensando en Alan Tanner. Su hijo, aquejado de cinefilia, bautiza con el nombre de Olmo (Novecento) al protagonista de La reconquista que va a esta Sección Oficial tan sumamente irregular. El reencuentro de dos jóvenes, Manuela (Istaso Arana), que vive en Buenos Aires y está unos días de paso por Madrid,  con Olmo (Francisco Carril), que a los quince vivieron su primera historia de amor, dará lugar a una noche larga que comparten entre copas, castañas en la calle (es Navidad), el concierto del padre de ella en un bar y bailes de salón en un local. Planos estáticos eternos, diálogos impostados, secuencias de canciones para consumir minutaje, pobreza absoluta de planificación, intérpretes poco dotados para lo que se espera de ellos y un guion sin sustancia que no cuenta nada es el poco positivo bagaje de este film. La levedad de propuestas de La reconquista es inversamente proporcional al peso de la apasionada Porto, por ejemplo. Hubo deserciones, por aburrimiento. Yo no salí por no levantar la fila y lamenté que mi sobredosis de cafeína (el del desayuno de Oquendo, los que me voy tomando entre proyección y proyección) me impidiera dar una cabezadita.

Hoy es un mal día, aunque luzca un sol espléndido y el oleaje suave suba Urumea arriba. Mal día hasta en Oquendo en donde hay más gente de la cuenta y las camareras están desbordadas. Mala tarde en el Trueba con una película china (el mito de calidad del cine de Extremo Oriente empieza a desmoronarse con la sobreproducción de títulos), Something in Blue de Yumbo Li que va a la sección Nuevos Directores. Al contrario de su compatriota de la mañana, el de 150 años de vida, éste realmente no tiene nada que contar. Un grupo de cuatro jóvenes sueñan con un futuro incierto en la nueva China. Son muchachos occidentalizados a los que les pirra comer hamburguesas en McDonald. Hablan de sus chicas y de sus trabajos endebles. Hablan y hablan de sus cosas. Podrían estar hablando hasta que se hiciera de día sin que me despertaran el más mínimo interés sus problemas. Son 107 minutos de nadería absoluta, rematados por frases de una obviedad aplastante,  que se hacen eternos. Lo único bueno es Something in Blue de Yumbo Li es la canción Something in Blue de Thelonious Monk que da título al film y es su banda sonora.

Casi nunca buenas novelas dan lugar a buenas películas. Philip Roth es el gran cronista del Estados Unidos de los últimos cincuenta años, un maestro indiscutible de la narrativa norteamericana con un puñado de obras importantes, pero la versión cinematográfica de Pastoral Americana deja mucho que desear aunque tenga, al menos guión: ¡hay historia! Ewan McGregor se pone delante y detrás de la cámara para contar el melodrama del Sueco (Ewan McGregor), legendario deportista al que la vida le sonríe, hereda una fábrica de guantes de su padre y se casa con una ex reina de la belleza, la glamurosa Dawn (Jennifer Connelly); de esa unión tiene una encantadora hija, Merry (Dakota Fanning), tartamuda, que, cuando crezca, se convertirá en una radical antisistema que acabará con la placidez de la familia, dinamitándola literalmente. La película funciona bien (excelente ambientación; buenas las escenas de la agitación pacifista contra la guerra de Vietnam; bien insinuada especial relación padre/hija que roza lo incestuoso por parte de ella; buen dibujo de los personajes) hasta que se tuerce al final, precisamente en el tramo melodramático que Ewan McGregor no sabe resolver y resulta bastante ridículo. Una pena.


Suerte que la última del día, la coreana que va a la Sección Oficial Yourself and Yours, equilibra esta jornada tan mediocre, la peor del festival. Hong Sang-soo, uno de los más prestigiosos cineastas surcoreanos (Right Now, Wrong Then, The Day He Arrives, En otro país…), construye una comedia romántica minimalista con sentido del humor e ironía. Min Jung (Lee You Young) tiene problemas con la bebida, discute por ese motivo con su novio Young-soo (Kim Joo-Hyuck) y desaparece para beber con otros hombres; Young-soo, perdidamente enamorado de ella, la buscará por la ciudad, pero cuando la encuentre Min Jung negará ser quién es y su novio aceptará ese juego como el inicio de una nueva etapa con ella. Con secuencias estáticas y bien dialogadas, separadas por fragmentos subrayados por una eficaz banda sonora de Dalpalan, que ayuda mucho, el surcoreano compone una comedia deliciosa, ¿o será que la magnifico por todo lo que me he tragado antes?





miércoles, 21 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (6)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
SEXTA JORNADA

Pasado el Ecuador, administro tan perfectamente los tiempos que hoy hasta puedo desayunar en Oquendo café con leche, cruasán y zumo de naranja. En el Principal me espera una suave historia de amor coreana dentro de la sección Nuevos Directores. Otra historia de amor va de relaciones lésbicas, como la chilena Rara, pero con el ingrediente pasión de los inicios y una escena de sexo que nada tiene que envidiar a la de Porto. Yoon-ju (Lee Sang Hee) es una estudiante de Bellas Artes de treinta años que no tiene todavía novio. En una tienda de segunda mano, en donde compra objetos varios para su composición artística de fin de curso,  coincide con la desinhibida Jii-Soo (Ryu Sun-Young) que  trabaja de camarera en un restaurante y en un bar de copas. Cuando Jii-Soo le invite a pasar la noche en su casa,  Yoon-ju se dará cuenta de que le gusta e inicia una relación amorosa con ella. El coreano Lee Hyun Ju narra los contratiempos de esa relación desigual, los desequilibrios amorosos que suelen producirse. Bien realizada, pero escasa sustancia.

Llegó la neoyorquina Sigourney Weawer al festival y hoy lo hará un cineasta de peso, Oliver Stone, y la española Isabel Coixet. La heroína de Alien pasea su elegante estampa por la Concha. Imposible verla yo, que estoy sumergido en las catacumbas del cine. La familia Bigas Luna está en el festival, y cuando hablo de familia no me refiero sólo a su familia directa, a su viuda Cèlia Oròs, sino a esa otra familia hacia la que el director mostró siempre un enorme cariño. Bigas Luna fue el otro padre de Javier Bardem, Jordi Mollá, Leonord Watling y Aitana Sánchez Gijón que han estado aquí acompañando ese último viaje que es Bigas x Bigas.

Se produce el segundo escándalo del festival, la segunda película que hace salir precipitadamente, de estampida, a algunos espectadores del Kursaal. La chilena Jesús de Fernando Guzzoni va a la Sección Oficial y contiene escenas de sexo real entre varones y una larguísima y terrible secuencia de linchamiento nocturno en un parque. Revuelve conciencias, de eso se trata, y también estómagos. Jesús es un adolescente sin rumbo que vive con un padre hosco que muestra nulo afecto por él; tiene un grupo de amigos, en parecida situación, con el que ensaya coreografías con la idea de que alguien se fije en ellos; pasan el tiempo muerto esnifando cola, viendo videos snuffs de decapitaciones y buscando en el sexo hetero u homosexual un desahogo momentáneo sin afecto. En una noche de borrachera, linchan a un joven en un parque, simplemente para divertirse. Cuando Jesús, el más débil del grupo, quien todavía tiene un mínimo atisbo de humanidad, confiese a su padre su fechoría, se le plantea a éste un doloroso dilema hacia la carne de su carne. Jesús habla de la banalización de la violencia, de la ausencia de valores éticos en la sociedad presente, de la dejación de responsabilidad de los padres en la educación de los hijos y de una juventud desnortada que actúa como psicópatas y tanto puede caer en las redes de los narcos como en la de los terroristas islamistas. Otra película terrible, como la polaca, sobre jaurías formadas por cachorros humanas.

Me temo que me estoy convirtiendo en una página de publicidad gratuita de Oquendo. Ya he establecido un rito y a las 14 horas estoy como un clavo en el local en el que ya soy cliente habitual. Como el mejor salmorejo posible, y, puestos a ser fiel a la gastronomía cordobesa, sigo con lomo ibérico con setas. La simpática camarera que me atiende me ofrece un gin tónic regalo de la casa.   

Dejemos a un lado a los psicópatas y a los chicos malos. La mayor parte de la humanidad está formada por gente buena, honrada, íntegra. Esos son los personajes eternos de ese irreductible luchador del cine social que es Ken Loach. Yo, Daniel Blake es el retrato de un ciudadano cualquiera en esta Europa devastada por la crisis inventada para laminar a la sociedad, para que suceda precisamente lo que acaba pasando en la película del director de Felices dieciséis. Daniel Blake es un carpintero viudo que sufre un infarto y al que no le dan la invalidez provisional y tampoco trabajo porque no es apto para él. Una endemoniada burocracia, con sus normas absurdas, y un servicio sanitario externalizado le pondrán todas las trabas habidas y por haber. En su odisea, este luchador que no agacha la cabeza se encuentra con una joven madre con dos niños y sin trabajo que no puede encender la calefacción y ha de prostituirse. Daniel Blake lo ve claro: todo se orquesta para que los Daniel Blake de este mundo, el excedente humano, desaparezca de los ordenadores. La burocracia mata, en el Reino Unido de los conservadores. La película de Ken Loach, como todas las suyas, destila humanismo social y peca de ingenuidad.

Seguimos con el cine de denuncia. Del Reino Unido a Estados Unidos, y, de nuevo, al estado que no está al servicio de sus ciudadanos sino contra ellos. Snowden es una película muy esperada aunque su director, Oliver Stone, ha perdido su fuelle narrativo hace muchos lustros, y aquí no lo recupera. De los drones usados para fines pacíficos, para esos maravillosos planos cinematográficos aéreos, a los drones como armas de asesinar indiscriminadamente con un simple click de ordenador. Ed Snowden puso al descubierto un programa de control de comunicaciones masivo que conculcaba las leyes de su país. Al margen de sus buenas intenciones de denuncia política, que nadie le discute, el director de JFK construye un thriller farragoso y carente de tensión en el que el espectador se pierde en la maraña de datos informáticos y pantallas con algoritmos y poco conoce a su personaje central más allá de ser un agente de la CIA que fue desengañándose paulatinamente. Ed Snowden, como Julian Assange, los mensajeros, están proscritos, mientras que los delitos denunciados no se han juzgado ni sus responsables han sido puestos a disposición de la justicia. Eso es el poder: la impunidad.


Viajo al paisaje desolado de la Patagonia en El invierno, de la mano del argentino Emiliano Torres que concurre en la Sección Oficial, a una hacienda de ovejas al cuidado de un anciano capataz, Edie (el actor chileno Alejandro Sieveking, el cura mudo de El club) a la que cada verano sube una cuadrilla de hombres para esquilarlas. El hacendado jubila forzosamente al anciano que regresa a una ciudad en la que no se ubica porque su hija no quiere saber nada de él y sus nietos ni le conocen. Mientras, el más joven de la cuadrilla, una guaraní llamado Jara (Cristian Salguero) se hace cargo de la hacienda patagónica. Y cae el invierno, frío, desolador y hasta inquietante. Naturaleza hostil y vida dura servida con imágenes de fría belleza y personajes hoscos y solitarios y un curioso viraje del realizador hacia el cine de terror (por un momento esa hacienda destartalada barrida por el viento, que se queda sin luz porque se estropea el generador, de la que se ausentan los perros y un caballo aparece malherido en la caballeriza, puede remitir a John Carpenter) y hasta al western (Jara cabalgando y descubriendo el escondrijo de un intruso en la zona) que no chirría.