miércoles, 19 de junio de 2013

LITERATURA

NUEVA NOVELA DEL
ESCRITOR JOSÉ LUIS MUÑOZ
JULIO C. GARCÍA SÁNCHEZ en DESDE MI VENTA ABIERTA
 
 
Me recuerda mediante una nota el leído escritor español José Luis Muñoz que ya su nueva obra novelesca con título "La doble vida", se encuentra en las librerías tomando el curso respaldado de sus miles de lectores toda cez que publica una obra suya que define las intenciones de apasionar a su público lector con una trama meticulosamente labrada para mantener la acción y el suspenso que suele impregnarle a sus novelas que devela intenciones que no incurra caer en lo repititivo en cada lanzamiento literario que sale de su mente prodigiosa como novelista.

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martes, 18 de junio de 2013

LITERATURA

CINE


TANGO LIBRE
Frédéric Fonteyne
JOSÉ LUIS MUÑOZ en TARÁNTULA
 
Es Tango libre una película tan original en su planteamiento como desconcertante en su desarrollo. Ese cuarteto amoroso sobre el que gira la comedia del belga Frédéric Fonteyne (Max el Bobo, Una relación privada, La femme de Gilles), formado por Alice (Anne Paulicevich), su marido Dominic (Jan Hammenecker) y su amante Fernand (Sergi López), que comparten cárcel por atraco con violencia,  y el guardián  de prisiones JC (François Damiens), que se enamora de ella, es retratado por su realizador con un cierto distanciamiento que huye del drama y se acerca a la comedia. Fonteyne aparca los celos, tan recurrentes en ese tipo de relaciones (la poliandria funciona perfectamente y es aceptada por todas las partes sin reparo alguno), y desdeña el halo erótico que podría tener esa relación a cuatro para presentarla como algo no excepcional y perfectamente asumible.

DIARIO DE UN ESCRITOR


Chinle, 18 de junio de 2013
 
 
A veces hay que descansar en un largo viaje, y éste lo está siendo: se acerca a los 90 días. Claro que en menos de ese tiempo Julio Verne dio la vuelta al mundo; yo sólo me he paseado por América del Norte. Así es que hoy nos levantamos a las 10 am, tomamos en el Holiday Inn navajo un desayuno contundente y regresamos a la habitación a dormitar.
Es entonces cuando me entero del drama que están sufriendo mis compatriotas del Valle de Arán por esa letal combinación de lluvias fuertes y continuadas sumadas al deshielo. Medio Valle está anegado, me dicen, y hay tres islas que emergen de sus aguas. En mi hermoso pueblo el Garona se ha desbordado y la carretera es suya. Evacuaciones, puentes destrozados, árboles arrancados es el resultado de una naturaleza furiosa que golpea cuando menos se la espera. Por fortuna no hay víctimas, pero me impresionan las fotos que me llegan del lugar. Pero estoy a más de ocho mil kilómetros de distancia y en una tierra que tiene sed de agua.
No se puede terminar un viaje por el Oeste americano sin ir a caballo por uno de esos espectaculares cañones que salen en las películas. A las 4 pm, con un sol de justicia en el cogote, buscamos la oficina del navajo Justin en la entrada del cañón de Chelly. El local, una modesta cabaña de troncos, tiene sillas de montar dentro, un camastro desvencijado y un rótulo rústico que cuelga de la puerta con su nombre cristiano y un teléfono móvil. Hay algunos caballos atados a los árboles del lugar que patean la arena que pisan. Huele a establo el lugar.
Justin es un nativo corpulento de aspecto serio y pelo muy corto que va vestido de vaquero: tejanos, camisa a cuadros y sombrero de ala ancha blanca. El uniforme de los que le metieron en la reserva que muchos de ellos adoptan. Es tan parco en palabras en persona como lo fue por teléfono. Nos hace firmar, antes de empezar la expedición, un documento curioso con un montón de cláusulas. Si nos caemos del caballo y nos rompemos un hueso, es culpa nuestra. Si nos caemos del caballo y terminamos en silla de ruedas, es culpa nuestra. Si nos caemos del caballo, y nos matamos, es culpa nuestra. Montar a caballo es peligroso. Nos comprometemos a no fotografiar a ningún navajo y ninguna de sus propiedades en el cañón de Chelly, incluidas sus casas, caballos, ovejas o terrenos.
Mi caballo es de color canela y se llama Peaches, Melocotones. Macho. El de MJ se llama Frekled, Pecas, porque es una yegua manchada. Nos acompaña Justin, con un caballo mayor, y su empleado Wayne, un rostro pálido que se perdió hace veinte años en Chinle y malvive guardando los caballos del piel roja a cambio de techo y unos pocos dólares.
Justin estuvo en la guerra de Vietnam; Wayne hizo el servicio militar en Alemania. Justin no habla. Wayne no para de hablar, quizá porque no puede hablar con su callado patrón.
Wayne es un candidato claro a mi novela. No parece real. Es el tipo más desastrado que he visto en 61 años de existencia. Menudo, ojos azules y cara pequeña comida por una barba cinco veces más larga que la mía de Carlos Marx, un bigote que se come y rastas en el pelo que nunca se ha lavado ni conoce lo que es un peine. Hace calor y lleva un sucio gorro de lana gris en la cabeza. Sus pantalones tienen enormes agujeros, pero no se le ven las piernas sino unos calzones de esos largos, de los que salen en las películas del Far West. A pesar del calor que hace se cubre el torso con un grueso jersey de lana de color indefinido que me hace sudar. Wayne no tiene oficio ni beneficio, ha recorrido su país en autostop, no tiene más familia que una hermana con la que dejó de hablar hace treinta años y vive en una cabaña junto a los caballos en la que tiene un catre en el que se tumba vestido como está tras sacarse las botas. Wayne fuma sin parar y tiene la barba y el bigote chamuscados, con lo que cualquier día, cuando se quede dormido con el cigarrillo en la boca, se prenderá fuego todo él. El personaje no parece real, sino sacado de alguna película del Far West, uno de esos secundarios zarrapastrosos y malolientes que no se lavaron nunca en su vida, o lo hicieron sin sacarse los calzones, que dan ambiente al western.
Acaricio a Peaches, para intimar, antes de montar, pero noto malas vibraciones. Subir al caballo, una vez se mete el pie correcto en el estribo y se impulsa uno con suficiente fuerza hacia arriba no es tan difícil. MJ sube a su yegua Frekled. Wayne coge un caballo algo resabiado que le conviene domar. Y Justin encabeza la caravana.
Cuando salimos del corral ya empiezo a tener yo problemas con mi caballo. Hace demasiado sol, no le apetece pasear y se vuelve para dentro. Wayne y Justin se acercan al trote para convencerle. Por mucho que le hunda las rodillas en los costados, le grite, y le haga girar la cabeza a derecha e izquierda con las riendas, el bicho no responde y parece bastante enfadado. Recuerdo que he firmado que si me muero es por mi culpa. Repatriar un cuerpo desde los Estados Unidos creo que no estaba en mi póliza de seguros. Que mis cenizas sean esparcidas por el seco Cañón de Chelly en vez de por el húmedo Coth de Baretges no me hace ninguna gracia. Finalmente Justin coge de las riendas al resabiado Peaches y lo lleva un buen rato por el interior del Cañón. De espaldas, Justin parece el sheriff del poblado y yo un cuatrero al que vayan a colgar del séptimo árbol de las afueras.
El suelo del Cañón, por esa parte, es todo arena rojiza, y a Peaches, en una ocasión, se le dobla la rodilla por un mal paso y está a punto de descabalgarme. Justin me da otra vez las riendas, una vez que el caballo parece haberse encaminado por la buena senda, y encabeza la marcha. Wayne la cierra. El caballo de MJ, de cuando en cuando, se pone al trote. Peaches se lo toma con calma y se queda casi siempre rezagado. Le clavo las rodillas y como si oyera llover. Wayne lo maneja a distancia, para mi suerte, y lo pone al trote con un Peaches go! que dicho por mí no surte ningún efecto.
Cabalgamos por el centro del cañón, entre sus rojas paredes altísimas, bajo el sol, y a veces buscamos su sombra, que crece a medida que avanza la tarde, o un oasis de árboles que huele casi siempre a mofeta.
Cuando parece que ya domino a mi caballo – una ilusión por mi parte: soy consciente de que cuando quiera me hará saltar por encima de sus orejas – nos apeamos para contemplar unas antiguas ruinas de viviendas anasazi encajadas en la roca roja y a treinta metros del suelo arenoso del cañón. ¿Cómo subían a sus casas esos primitivos nativos americanos? Un misterio. Quizá las riadas de esa zona han ido socavando el lecho del cañón y haciéndolo más profundo.
Descansamos quince minutos en ese paraje sombreado contemplando la ruina anasazi. El callado Justin se sube a una roca con un trozo de hierba en la boca, a rumiar. Wayne viene a charlar con nosotros y a fumar un cigarrillo. Justin le ha dicho a MJ que Wayne fuma mucho, y que le llame la atención. Wayne lía un cigarrillo con sus delgados dedos y le da una calada y MJ no le dice nada. Tiene parte del bigote y la barba rubias por la nicotina. Y bastantes pelos chamuscados. Nos cuenta un poco su vida. Lo que se pueda contar, imagino. Mi personaje de Brother da para unos cuantos capítulos o una nueva novela. De cómo un gringo sin fortuna ni ataduras sentimentales acabó en una cabaña perdida de la reserva navaja de Chelly. Los navajos lo llaman Shortine, por su escasa estatura. Él parece un hippie tronado de 61 años, los que tiene, y yo un miembro de la milicia de Michigan al que sólo le falta su winchester y el traje de camuflaje.
Volvemos a subir a nuestros caballos y regresamos lentamente por donde hemos venido. Peaches se porta como un buen chico y Frekled trota cuando le da la gana. Nos cruzamos con grupos de navajos que cabalgan al galope por el arenal del fondo del Cañón de Chelly, jóvenes, con cintas que sujetan su pelo largo. Warriors de ninguna guerra porque todas las que hicieron al hombre blanco las perdieron. Me dan franca envidia, aquí y ahora. Peaches, aparte de ser desobediente al principio, no me ha llevado una sola vez al galope, por fortuna. Cuando ya empiezo a dominar a la bestia llegamos al corral. Justin nos ayuda a descabalgar, que es más complicado que subir al caballo, porque un pie se suele quedar trabado en el estribo. Y le pagamos sus servicios y los de Wayne que ha desaparecido y se lleva los caballos a abrevar.
Hoy ondean las banderas norteamericanas de la reserva navaja de Chinle a media asta. Dos veteranos de la segunda guerra mundial, dos navajos que, con sus códigos secretos, hicieron enloquecer a los japoneses cuya prioridad era hacer prisionero a uno de ellos para descodificarlos, han muerto porque les toca.
Cenamos en el Holiday Inn. Lo mejor, el agua con hielo. Lo demás son raciones monstruosas que marean con solo mirarlas. Me levanto del restaurante bufando por el síndrome de Pantagruel que tiene Estados Unidos en su estómago. Me duelen las lumbares, las rodillas, las piernas y lo que no digo. Y me pesa el estómago. Pero he cabalgado, al paso, por un cañón de cine muchos años después de haber visto  la mítica Apache en un cine del barrio de Gracia, el Principal, con MJ una tarde de novillos escolares. La vida es un bucle gigantesco.

A estas horas, cuando me meto en la cómoda cama del Holyday Inn, Wayne debe de estar con sus caballos, fumando un cigarrillo que él ha liado y mirando las estrellas. Wayne, en el caso de que se llame Wayne y no esté huyendo de algo, ese cowboy trasnochado y bajito, con fobia al agua, no se tiene más que a sí mismo, ni más amigos que los caballos y los dos perros que le acompañan en sus paseos, o Justin, el callado patrón que le deja dormir en el jergón de una cabaña.

lunes, 17 de junio de 2013

DIARIO DE UN ESCRITOR


Chinle, 17 de junio de 2013
 
 
On the road, de nuevo. Hace calor en Colorado a medida que nos acercamos, por carreteras de tercera, rectas hasta el infinito, a Arizona. Ha desaparecido el verdor de Mesa Verde, las alturas de vértigo y los bosques frondosos de Rocky Mountains, y se dibuja en el horizonte una paisaje terroso, desértico, moteado por plantas enanas de hojas como espinas y vigilado por esas montañas piramidales de tierra que terminan en una cresta rocosa en forma de mesa, tan típicas de todas las películas del Oeste desde La diligencia a Open range.
Llegamos a Cuatro Esquinas, en donde los cuatro estados limítrofes, cuyas fronteras se trazaron con tiralíneas, Colorado, Nuevo México, Arizona y Utah confluyen, y entramos en Arizona prácticamente con el mismo aspecto desértico, la tierra tan roja como la de esos solitarios gigantes montañosos que rompen la monotonía del paisaje. Y emergen de ese desolado, aunque hermoso entorno, que permite Horizontes lejanos, maravillosa película de William Wyller, un director del que muchos se han olvidado, de nuevo las viviendas pobres, los tráiler, las caravanas desvencijadas con sus ruedas pinchadas que ya no volverán a caminar por ninguna carretera, las casas prefabricadas cuyos dueños ni siquiera se han molestado en quitar el papel que envuelve sus paredes de conglomerado que compraron por internet y han ido ensamblando.
Bienvenido al país de los navajos, reza un cartel en medio de la miseria más absoluta. Estamos en Arizona, en su reserva, el lugar adónde los confinaron los cuchillos largos después de incumplir sistemáticamente todos los tratados con ellos, en lo más árido de los paisajes estadounidenses, formado por llanuras desoladas y polvorientas que secan la garganta de solo mirarlas, y nos detenemos en una desvencijada gasolinera de un pueblo navajo del que sólo destaca una iglesia luterana y un pequeño supermercado. Cargamos gasolina en el depósito mientras, a la sombra de un porche, sentados, tres navajos nos contemplan con indolencia. Y seguimos camino, sin limpiar el parabrisas del coche, porque no hay agua para beber y menos para eso.
Vuelvo a Chinle, después de dejar atrás Ganado, por segunda vez en este viaje y setenta días después, pero no cambia mi impresión sobre la pequeña ciudad. No hay rostros pálidos en esa dispersa y fea, hay que remarcarlo, población navaja; no hay más rostros pálidos que los que se aventuran a hacer turismo por el cercano cañón de Chelly.
El Holiday Inn de Chinle resulta ser el hotel más lujoso del periplo, después de la suite de Valdez. Un sitio al que no iría Cain Brother, pero sí yo. Todos los empleados del establecimiento son navajos. Es una condición que impone la tribu a las cadenas hoteleras que quieran instalarse en su territorio. Hay policías navajos, jueces navajos, cárceles navajas. No puede entrar la policía de Arizona en el territorio de la reserva, sólo el FBI si está persiguiendo un delito federal. Los navajos, los hermanos de tribu pacíficos de los belicosos apaches, tienen sus propias leyes, su jefe de tribu, su consejo. Pero ya no viven en tiendas de campaña recubiertas con tela o piel seca de bisonte, o en cabañas de troncos cruzados encajados sin clavos, sino en miserables casuchas perdidas en el erial infinito, muchas veces sin agua corriente ni luz. Prefieren la pobreza de su vida tradicional a compartir aceras con el rostro pálido.
La habitación es grande y confortable; el aire acondicionado se agradece. Mientras MJ charla con el navajo Justin, hablando tan despacio como él, que no parece estar muy acostumbrado al inglés, para apalabrar los caballos de mañana, yo dormito de 2pm a 6pm con el ruido de fondo de una entrevista que le hace Ellen Degeneres a Madonna en un canal de televisión.
A las 6pm estamos en el Hyundai y nos acercamos al Cañón de Chinle. Solo hay un sendero que los navajos permiten hacer sin guía en su reserva, el de dos millas y media, esas sí, extenuantes, que bajan al fondo del cañón por un sendero excavado en la roca y llevan luego por un camino de arena hasta la gigantesca pared vertical roja en cuyo hueco se encuentra una construcción anasazi llamada White House, aunque sea de color rojo, como la piedra.
Bajamos. Somos los únicos rostros pálidos en ese paisaje espectacular y bello que enrojece a medida que la luz del sol, en su ocaso, cobra brillo. Navajos de todas las edades y sexos se cruzan con nosotros, apenas sin saludarnos, ni sonreírnos, sin, por supuesto, entablar conversación con esos dos extraños armados de cámaras fotográficas hacia las que aún hoy sienten desconfianza. No son los navajos habladores, ni risueños, sino huraños y serios, a los que es difícil verles sonreír.
Hay un auténtico warrior, un joven navajo de porte impresionante, que baja al cañón y lo sube corriendo, sin esfuerzo, dos veces, mientras nosotros agonizamos en busca de frescor.
En el fondo del cañón, a la sombra, crecen grupos de árboles solitarios que regalan un poco de verdor a tanta aridez rojiza. Una cerca de espinos rodea la cabaña nativa, construida a la madera tradicional en forma de círculo y con maderos ensamblados sin clavos, de un navajo que decidió vivir allí abajo, alejado del mundanal ruido, y ha puesto un cartel que prohíbe fotografiar su cabaña, y yo, aunque no se entere, o quizá sí, reciba un input negativo allá donde esté, desisto de sacar una fotografía a su choza, respeto su deseo.
Una milla más por el fondo del cañón y avistamos la White House encajada en la pared vertical de doscientos metros de caída, roja con los churretones oscuros del agua dibujados en su lisa superficie. Las casas, del mismo color que la piedra, formando parte de ella, son cuatro pequeñas construcciones, a las que accederían sus habitantes por escaleras de madera, que se mantienen inalterables al paso del tiempo en un entorno que huele a orina de mofeta.
Hay petroglifos en la pared vertical que cobija las casas. Y grafitis modernos en las paredes de esos edificios sagrados que algún vándalo ha dejado como recuerdo, y por eso una valla alambrada no permite acercarse a las ruinas arqueológicas de los misteriosos anasazi que tenían predilección por ubicar sus viviendas en las oquedades rocosas de los cañones.  
Regresamos a la superficie antes de que el sol se ponga. El musculado Warrior nos vuelve a adelantar corriendo en su tercera subida/bajada y en silencio. Un grupo de jovencísimos navajos bajan corriendo por las laderas empinadas del cañón, fuera de los caminos, sin perder milagrosamente el equilibrio. Yo agonizo subiendo y me deshidrato por completo. Me asombro de la resistencia de MJ.
Tenemos media hora para llegar al restaurante del Holliday Inn, la única posibilidad de llenar el estómago, descartados los bocadillos de un pie del Subway local, que odio, antes de que lo cierren. Llegamos cuando faltan quince minutos para las  9pm. Pedimos lasañas con agua fría. No hay cervezas ni alcohol dentro de las reservas. Lo prohíben las leyes de la tribu para atajar las secuelas que dejan en los nativos americanos el agua del diablo de los rostros pálidos. Es difícil, en general, beber alcohol en este país, no lo tienen en las cadenas de comida rápida, ni en los restaurantes que ellos denominan familiares; está todavía vigente la ley seca.
─Sois como los musulmanes con el alcohol─ le digo a MJ para provocarla.
─Son los restaurantes los que no quieren vender alcohol por los impuestos con que están gravadas las bebidas alcohólicas.
─Impuestos que paga el consumidor, no ellos.
─No, los paga el restaurante, además de los que paga el consumidor, al comprar la licencia para vender alcohol.
─Pues eso, como los musulmanes.
─Pues sí, somos como los musulmanes.
La lasaña que pedimos se puede comer. La Apple Pie lleva dos bolas de helado de vainilla con canela. Mientras doy cuenta de ella me pregunto cuántas Apple Pie llevo comidas en mi periplo.

SOCIEDAD


LA LEY DEL TALIÓN
JOSÉ LUIS MUÑOZ en SUB-URBANO MIAMI

 
Una de las pocas cosas de las que puedo vanagloriarme a través de mi larga vida periodística es la de haber colaborado, con mis escritos en prensa y revistas, a que un condenado español en el corredor de la muerte de Estados Unidos, Joaquín José Martínez, saliera libre. Mi pequeño grano de arena se sumó al de muchos otros y formó playa.
El juicio contra Joaquín José Martínez estuvo plagado de irregularidades y su abogado de oficio era infame, no presentó pruebas a su favor y dormitaba en medio de las sesiones. Martínez, de madre ecuatoriana y padre español, residente en Florida, fue condenado por la muerte de una pareja de narcotraficantes con un solo testimonio en su contra, la de su despechada esposa que dijo haber escuchado en una conversación telefónica que su marido había cometido ese crimen. Joaquín José Martínez tuvo la suerte de tener unos padres tenaces, que removieron cielo y tierra para salvar la vida de su hijo  — por desgracia el padre murió atropellado poco después de conseguir tener a Joaquín José a su lado   y el apoyo de una serie de personas, entre otras un grupo de diputados del parlamento español que se desplazó a la cárcel de Tampa, que consiguieron forzar la celebración de un nuevo juicio que lo exculpó de todos los cargos.

LITERATURA

Hace más de cincuenta años murió Marilyn Monroe. ¿Suicidio o asesinato? Se reabre de nuevo el caso cuando los culpables del presumible crimen de estado hace mucho que pasaron a mejor vida y han muerto casi todos los testigos. Marilyn Monroe, cuando era Norma Jean, rodó una película porno. Ésta es la historia de un rodaje que dejaría marcado de por vida a su partenaire masculino.
MIS QUINCE MINUTOS CON NORMA


La primera vez que vi a Norma resultó inolvidable, y puedo dar fe de ello ahora que han transcurrido más de medio siglo y ningún sentido tiene la fabulación sobre un  hecho real que, por muchas veces que narro, todo el mundo se empeña en poner en duda.  Claro que lo mismo haría yo si alguien me viniera diciendo lo que yo cuento: no creerle, pensar que el tipo es un chiflado o padece paranoia mitómana.
Fue en la primavera de 1948. El verano se había adelantado un par de meses y se rozaba, en California, los 40 grados. Hacía tanto calor que la pinocha de los bosques ardía y diversos fuegos incontrolados cruzaban el estado de norte a sur ante la inoperancia de un gobernador muy religioso que permanecía cruzado de brazos porque creía que eso era el designio de Dios y algo debían de haber hecho esos árboles para merecer ese castigo. Yo era un  joven insolente, seguro de mi mismo, atractivo y atlético, ansioso por devorar la vida y capaz de cualquier cosa, que acariciaba la mayoría de edad y vivía con mi madre porque mi padre desapareció un buen día y de él no supimos más. Creo que mi afición al bourbon y a las mujeres la heredé de él. No lo creo, estoy seguro.
 Llegué puntual al rodaje y, porqué no decirlo, con cierto nerviosismo perfectamente explicable debido a mi inexperiencia en esas lides.  La casa de Escondido, un distrito próximo a San Diego que se extendía por una docena de lomas, reunía todos los requisitos de clandestinidad para ese tipo de cine: al final de una carretera sin retorno, junto a un bosquecillo de álamos, apartada quinientos metros de la vivienda más cercana, lo que evitaba curiosos y testigos molestos. Conducía por entonces un Plymouth de segunda mano color gris metalizado con matrícula de Los Ángeles, coche que, por sentimentalismo, me he empecinado en conservar, y el trabajo que me habían ofrecido, a través de Ralph, compañero de estudios de Derecho en la UCLA, la universidad estatal de Los Ángeles, era de los que no se podían rechazar por su atipicidad.
─Diles que estás curtido, Jimmy, o no te aceptarán.
─Claro que estoy curtido.
─No me entiendes. Que ya lo has hecho otras veces, que te controlas. Sé convincente o esos tipos te van a romper las piernas.
─Ok. ¿Y si me preguntan qué películas he hecho?
─Te las inventas. Nadie controla exactamente ese tipo de cine.
De eso se trataba: de ese tipo de cine en el que los actores no necesitan muchas clases de declamación ni experiencia en los escenarios recitando a Shakespeare. Durante las semanas anteriores al rodaje me sometí a un rápido entrenamiento que tuvo tantos riesgos como alicientes. Salía entonces con Melanie Gilford, una atractiva pelirroja de cuerpo redondeado y suaves caderas. Una tarde, mientras contemplábamos una puesta de sol en la playa de Malibú, la tomé de la mano y le hice una proposición que debió de sonarle muy extraña porque la  rechazó con vehemencia.
─ ¿Sabes lo que me apetece?
─Claro que sé lo que te apetece, a todas horas, mi bribón salido de pantalón hinchado. ¿Tienes una tienda de campaña entre las piernas?
La primera vez que me acosté con Melanie tenía 14 años y yo 16, pero ella tenía alguna experiencia-al menos alguien le había dicho cómo se hacía aquello-mientras yo ninguna. Pronto corregí, con creces, esa desventaja inicial y me convertí en su chico habitual. De eso hacía tres años.
─Sí ─ acepté ─, pero hacerlo delante de alguien. Excitar al testigo. Que ese alguien se siente en una silla mientras lo hacemos.
Me soltó con brusquedad la mano y se quedó mirándome fijamente a los ojos con un brillo de furia en los suyos.
─ ¿Estás loco o eres un pervertido? ─chilló.
─Es un capricho, querida, para salir de la monotonía. Un juego inocente.
─ ¿Un juego inocente? Eso se llama perversión, exhibicionismo.
─Vamos, vamos, no exageres. A Ralph le encantaría.
─ ¿A Ralph? ¡Es Ralph el que te lo ha propuesto!
─Bueno, ha sido idea mía y a él le gusta mirar. ¿Qué más da?
─Búscate una puta para eso.
Buscarse una puta en un país en donde, salvo en Nevada, está prohibida la prostitución es tarea tan difícil como arriesgada.  Finalmente fue el propio Ralph el que me facilitó el teléfono de una.
─Pero quiero que estés cuando lo hagamos.
─ ¿Estás loco?
─Necesito saber que puedo hacerlo mientras alguien me mira, que no me cortan los extraños.
─Oye, Jimmy, si no puedes o no te apetece hacer ese trabajo me lo dices y busco a otro.
─No, claro que puedo. Y me gusta. Y me excita. Hazme ese favor. Seguro que no te disgustará.
La llamé. Su nombre de guerra era Bette. ¿Cómo Bette Davis? Recé para que no fuera así. Me citó en un motel de las afueras de San Diego, un local habitual para esa clase de encuentros adonde acudían casados con sus amantes femeninos, pero también masculinos. Había que ser muy cauto para que ningún poli o miembro de una de esas ligas de puritanos, que velaban por las buenas costumbres, nos vieran y nos persiguieran con la Biblia en una mano y el crucifijo en la otra. Llegué en mi Plymouth al motel con un gruñón Ralph que no hacía otra cosa que protestar. Cuando Bette nos abrió la puerta, se quedó sorprendida por dos motivos: porque iba acompañado ─ no le dije que quería un testigo ─y por nuestra juventud, y a mí me sucedió algo similar al intuir lo que escondía su ceñido vestido negro que era una media semitransparente, una especie de piel de la que iba a mudar bien pronto.
─No me hablaste de tu amigo ─ me dijo, apagando el cigarrillo que llevaba en la boca.
─Verás ─dije, algo cohibido ─. Quiero hacerlo con él delante. Él sólo se va a limitar a mirar.
─ ¿Voyeur? Sube mi tarifa un 30%, entonces.
            Asentí.
Bette era cuarentona, pero tenía un cuerpo de escándalo, el que uno acostumbra a soñar cuando cierra los ojos y tiene fantasías sexuales. Cuando la vi desnuda me pregunté si todas esas curvas eran suyas y lo difícil que iba a resultar no irse en los primeros segundos, al primer roce. Me había tomado, media hora antes de la cita, un par de cervezas para retardar mi corrida. Cuando Bette, en la cama, deslizó su braguitas por sus muslos, descubrió un sexo perfectamente cincelado.

─Ven, cariño.
...

MIS QUINCE MINUTOS CON NORMA forma parte de la antología LA MUJER ÍGNEA Y OTROS RELATOS OSCUROS (Neverland, 2010)