martes 24 de noviembre de 2009

PRESENTACIÓN DE EL CORAZÓN DE YACARÉ

EL CORAZÓN DE YACARÉ

en la Miami Book Fair International


La Miami Book Fair International, amén de incontables autores en otras lenguas ─Margaret Atwood, a la que me hubiera gustado conocer para decirle que su cita sobre los escritores y el foiegras figura en mi blog desde el principio, Al Gore, Dennis Lehane, Joyce Carol Oates, Orhan Pamuk, y trescientos más ─, invitó a 60 autores de lengua española entre los que estaban Carmen Posadas, Carlos Rojas, Boris Izaguirre, Ildefonso Falcones, Ángela Becerra, Álvaro Vargas Llosa, Ángel Esteban, Ana Cabrera Vivanco, Andrés Neuman, Edmundo Paz Soldán, Jaime Bayly, entre otros.

Flanqueado por dos colegas de lujo, el asturmexicano Paco Ignacio Taibo II, presentando el libro Tony Guiteras (Planeta, 2009), que estuvo ocurrente, provocativo y brillante en su tarea de comunicador torrencial, y el chileno Roberto Ampuero que levanto muchas expectativas con su última novela El caso Neruda (La Otra Orilla, 2009), me tocó coprotagonizar el penúltimo acto de la feria ─ el último fue el de Juanita Castro acerca de sus hermanos Fidel y Raúl ─ y hablé, ante un auditorio hispanoparlante, mayoritariamente cubano aunque también de otros países latinos ─ al menos una caraqueña que no estuvo en el Maní y a la que dediqué LA CARAQUEÑA DEL MANÍ para que bailara al son de mi libro en el palacio de la salsa de su ciudad ─ que siguió atentamente mi intervención, quedó electrizado cuando habló Ampuero y se desternilló, materialmente, cuando lo hizo Paco Ignacio Taibo II. A continuación lo que dije, y lo que no dije pero debí decir y se quedó en mi lengua por cosas del directo que siempre resulta imprevisible.

"Buenas tardes a todos ustedes que amablemente nos escuchan, muchas gracias a los organizadores de la Miami Book Fair International que hacen posible este evento y que yo esté hoy aquí entre dos colegas de lujo, Paco Ignacio Taibo II, al que conozco desde hace 22 años y es, casi, mi padrino literario, pues fue él el que me publicó mis dos primeras novelas, y Roberto Ampuero, amigo virtual por facebook y que ahora es ya amigo real.
Estoy aquí para hablar de la literatura negra que se hace en Iberoamérica. El vínculo entre la literatura negra que se hace en el continente americano y la literatura negra española va más allá del idioma. Tanto Latinoamérica como España han sufrido feroces dictaduras que han marcado nuestra narrativa, porque tanto a uno u otro lado del Atlántico se producen desmanes e injusticias a los que responden, los autores, con prosa incisiva y de denuncia. Pero ambas novelísticas tienen voz propia y gozan del privilegio de la diversidad aunque hagan una literatura de resistencia.
Y eso no quiere decir que la totalidad de los autores iberoaméricanos militen o simpaticen con la izquierda, ni mucho menos, porque hay escritores, como los cubanos, que son muy críticos con el castrismo, como venezolanos con el chavismo.
Quizá lo que tienen en común los escritores sudamericanos de novela negra, por su propia idiosincrasia y la conformación de sus sociedades, es un carácter más violento que responde a la realidad de sus propios países, porque no tenemos que olvidar que España está dentro de esa burbuja privilegiada que es Europa.
Las novelas sudamericanas en las que vemos violentas maras, como las del desaparecido autor Rafael Ramírez Heredia, narcos, sicarios, paramilitares, agentes de la CIA, como las del venezolano Tarre Briceño, que se entrecruzan en sus tramas de forma sangrienta, responden a realidades criminales que han permeado la sociedad española que ha importado ese tipo de delincuencia a sus calles gracias a la globalización, y así los contrabandistas de tabaco gallegos se reciclaron en narcos aprovechando sus rías como si fueran avenidas abiertas al mar, por las calles de Madrid ajustan sus cuentas sicarios colombianos, y existen guerras de bandas, como en cualquier ciudad de Latinoamerica, que se saldan con muertos en las calles.
Hay un hermanamiento cultural, sin duda, entre España y todos los países de Latinoamérica, pero también hay un hermanamiento delincuencial.
Se echa de menos, no obstante, hablando de mi país, una novela negra más politizada en España que hablara de las tramas corruptas que sacuden los partidos, por ejemplo, de la crisis del ladrillo que tan duramente ha golpeado nuestra economía, del terrorismo islámico que nos tiene siempre en su punto de mira entre otras cosas porque reivindica parte de nuestro territorio dentro de su delirante califato. Temas que no toca nuestra literatura negra, que sí toca, en cambio, el terrorismo de ETA, fuente de buenas novelas.
Los temas de novela negra, por desgracia para las sociedades, pero para fortuna de la literatura negra, no se agotarán nunca porque vivimos en una sociedad imperfecta en donde el crimen no se erradica y hoy en día se factura novela negra en países como los escandinavos, por el empuje de autores como Mankel o Stieg Larsson, y en otros en donde la delincuencia es un fenómeno residual, como en Islandia, en donde apenas no hay delito pero sí novela negra.
En lo que, sin duda, si existen diferencias, es en los estilos, las formas narrativas tan diversas y apegadas a las idiosincrasias de sus propios países de origen. Entre, y voy a hablar de autores latinoamericanos que conozco, el desbordamiento narrativo de mi querido colega Paco Ignacio Taibo II, aquí presente, y la música de los autores cubanos Amir Valle o Lorenzo Lunar hay tanta distancia como entre la dureza expositiva de Marcos Tarre Briceño y la complejidad narrativa del argentino Raúl Argemí.
La lista de autores negros en España es larga e importante: Andreu Martin, Juan Madrid, Alicia Giménez Bartlett, Lorenzo Silva, Fernando Marías, Martínez Reverte, Martínez Laínez, Julián Ibáñez, a la que hay que añadir una nueva generación que está tomando el relevo, pero la de los sudamericanos es inacabable: Mario Mendoza, en Colombia; Leonardo Padura, Amir Valle, Lorenzo Lunar, en Cuba; Rolo Diez, Raul Argemí, Ernesto Mallo, en Argentina; Paco Ignacio Taibo II, Ramírez Heredia, en México; Roberto Ampuero y Bartolomé Leal, en Chile. Marco Tarre Briceño en Venezuela. Y me dejo muchos en la memoria. Lo que nos da una idea de la vigencia y el vigor del gènero a uno y otro lado del Atlántico.
El mestizaje nos une y traza un nexo de unión muy claro y hay algunos autores, entre los que me cuento, que han cruzado el charco literariamente hablando. Frutos de mis viajes a este país anfitrión y querido, los Estados Unidos, han sido tres novelas que he publicado que transcurren en suelo norteamericano. La casa del sueño, Mala hierba y Lluvia de níquel, la última concretamente en la fascinante Las Vegas. De un viaje a la isla de Cuba surgió Ultimo caso del inspector Rodriguez Pachón. De Venezuela me traje La caraqueña del Maní. Y eso sin contar las tres novelas que escribí sobre el descubrimiento del continente, La pérdida del Paraíso en las que explicité mi devoción por estas tierras de belleza sin par.
La novela con la que he volado a la Miami Book Faire International es El corazón de Yacaré (Imagine Ediciones, 2009), con la que obtuve el premio Seseña de Novela Romántica, y transcurre en un país latinoamericano que es la síntesis de muchos de ellos, durante ese periodo oscuro en el que Latinoamerica sufría brutales dictaduras que conculcaban todos los derechos humanos. En ese escenario sangriento de violencia, injusticia, torturas y desapariciones, tan comunes en los años 70 y 80, inscribo esta historia de amor desgarrado y pasional, con muchos elementos de novela negra, erótica también, crítica social y hasta ramalazos del género fantástico, que tiene como protagonista a una india tan hermosa como misteriosa, Yacaré de Wilson Frades, un empresario todopoderoso, Santiago O’Higgins, que cree poder comprarlo todo, y un policía torturador, Nelson Correa, incómodo consigo mismo.
Si tenemos que buscar influencias narrativas, que todos las tenemos, tendríamos que mirar, sin duda, a Dashiell Hammeth, Raymond Chandler, suelen afirmar casi todos los autores de novela negra, aunque yo, en mis novelas, me identifique más con Patricia Higshmith, Mac Behm, James Cain o Jim Thompson porque me interesa más, como material literario, la parte oscura del ser humano, esa parcela desconocida de nuestra mente que, en un momento determinado, nos hace cruzar la barrera del bien y de mal. Más fascinante, literariamente hablando, Cain que Abel, la mente del asesino que la de sus perseguidores, sean policías o detectives, y claro, por supuesto, bebimos, al menos yo bebí, del cine negro de los años cincuenta, de las películas de Billy Wilder que, además de ser un extraordinario director de comedia, facturó obras maestras del cine negro como Perdición o El crepúsculo de los dioses, o el John Huston de La Jungla del asfalto, el Kubrick de Atraco perfecto, el Orson Welles de Sed de mal y tantos otros que nos han influido.
Por lo que, terminando, creo que la deuda de la literatura negra universal con la cultura norteamericana es inmensa.


EL CORAZÓN DE YACARÉ A LA VENTA EN LA LIBRERÍA UNIVERSAL DE LITTLE HABANA, MIAMI


Aviso para quién esté interesado en la adquisición de EL CORAZÓN DE YACARÉ en Miami. La librería UNIVERSAL, en 3090 SW 8th St Miami, FL 33135-4532, United States+1 305-642-3234, de Little Habana, dispone de ejemplares de mi novela.

LA ENTREVISTA


SARAH MORENO ME ENTREVISTA

PARA EL NUEVO HERALD DE MIAMI

El enlace para la entrevista en el diario está a continuación El Nuevo Herald Tribune de Miami , pero aquí ofrezco la totalidad de mis respuestas al cuestionario que amablemente me remitió Sarah Moreno y que, por razones de espacio, no pudo publicar íntegro el diario de Miami.


SARAH MORENO Dices que comienzas a escribir quizás por ese deseo de "ser otro'', ¿qué otras razones te llevaron a elegir esta carrera que como dice tu blog es para "corredores de fondo’’? Mencionas a algún que otro ídolo literario: Stevenson; yo descubro a Hemingway y sus aficiones etílicas en la insistencia de Santiago O’Higgins en tomar cierto whisky raro y carísimo. ¿Cuáles son esos escritores o filmes emblemáticos para ti y por que?


JOSÉ LUIS MUÑOZ Sí, el deseo de ser otro se colmaba, cuando era pequeño, disfrazándome. Me recuerdo ante el espejo del cuarto de baño de mi casa familiar liándome una toalla a guisa de turbante hindú y dibujando con corcho quemado barba y bigote. Luego ese deseo de ser otro lo satisfacía a través de la literatura, desde muy pequeño ─ escribí mi primera novela, un western, a los 7 años ─, creando personajes, como un juego. Yo jugaba escribiendo mientras los demás niños jugaban dando patadas al balón. Y pronto entré en el santa sanctorum de las bibliotecas, la privada de mi padre, que tenía infinidad de libros y fue, en buena parte, culpable de mi adicción literaria, y las públicas, buscando la droga de la lectura. En mi adolescencia y juventud tuve una serie de autores que me abrieron los ojos en cuanto a la literatura, que me hicieron soñar, y estos fueron Stevenson, como tú dices, que me lo leí no hace muchos años con motivo de escribir un estudio para una revista literaria y comprobé su absoluta vigencia, Jack London y Joseph Conrad. Cortázar, en mi época de universitario, me abrió los ojos a la literatura como juego experimental y me ha influido de forma muy poderosa, sobre todo en mis relatos fantásticos. Curiosamente casi todos mis escritores favoritos son también viajeros, por lo que los considero muy cercanos a mí. Hemingway era un tipo vitalista, aventurero y también viajero. Era un personaje, aunque ausente, de referencia, de otra de mis novelas ambientada en escenarios iberoamericanos: "Último caso del inspector Rodríguez Pachón", que transcurre en La Habana. Hemingway bebía, pero más bebía Malcom Lowry, uno de mis iconos literarios. Su novela “Bajo el volcán”, uno de los libros que más me han impresionado, rezuma mezcal en cada una de sus geniales páginas. El que Santiago O'Higgins, uno de los personajes de “El corazón de Yacaré” consuma determinado whisky, Lagavulin, bastante elitista y poco conocido, es un guiño a un colega español y amigo muy aficionado a esa rara marca: José Carlos Somoza. SM Me resulta curioso la elección del escenario para tu novela, un país imaginario que políticamente es la síntesis de muchos países de América Latina, sobre todo en la época de las dictaduras militares en el Cono Sur y Brasil. Parece obvio que no hay sitio más sórdido que estos países para crear la atmosfera de la novela negra. Pero en fin, dime tus razones de por que ubicarla allí.

JLM Existe una relación personal con esos escenarios que va más allá de lo literario y se sitúa en el plano emocional. Aparte de los Estados Unidos, conozco México, Cuba, Brasil, Venezuela, Colombia y aspiro conocer el resto de países que me quedan de América. Hay una indudable cercanía idiomática y cultural con todos ellos, pero, a su vez, actúan como fuentes de inspiración. "La casa del sueño", "Mala hierba" y "Lluvia de níquel" transcurren en EEUU. "Último caso del inspector Rodríguez Pachón", en Cuba. "La caraqueña del Maní", en Venezuela. Eso sin olvidar la trilogía "La pérdida del Paraíso" que narraba el descubrimiento de América. "El corazón de Yacaré" tiene un trasfondo político que pertenece a muchos países del Cono Sur, como tú bien dices, que sufrieron espantosas y sanguinarias dictaduras: Chile, Argentina, El Salvador. Guatemala… El escenario de la novela es esa América dolida y sangrante por sus dictaduras de turno que cometieron atrocidades contra la población civil y conculcaron todos los derechos humanos. Aunque a otro nivel, por esa época en España sufríamos los excesos de la dictadura de Franco que, en los años posteriores al final de la guerra civil, fueron terribles. Podría pensarse, al leer la novela, que tiene algo de realismo mágico, pero es que yo creo que lo que se da en Iberoamérica es realismo a secas que resulta excesivo porque la selva es excesiva, la violencia es excesiva, el sexo es excesivo, todo aparece contagiado, para bien o para mal, de una exuberancia que cautiva desde el punto de vista literario y permea todos los aspectos de la vida.
SM ¿Por cierto, cuando comienza a hacerse interesante América Latina para un escritor salmantino y por qué?

JLM El vínculo entre España y América Latina es muy intenso. Hay en España sentimientos muy contradictorios en cuanto a nuestra actuación en el continente. Nos consideramos, al mismo tiempo, héroes y villanos. Eso lo plasmo, creo yo, en los personajes de "La pérdida del Paraíso", en esos aventureros que pisaron por primera vez tierra americana con Cristóbal Colón, partieron rumbo a los desconocido. Y esos sentimientos son recíprocos, se sienten, también del otro lado. En Cuba, por ejemplo, el cordón umbilical con la metrópoli no se ha roto, un español se siente mejor acogido que en su propio país. En México se conjuga aversión y amor hacia lo español. Iberoamérica fue un territorio tan bello como salvaje que colmó todos los apetitos de los españoles que marcharon allá para descubrirla, que se enriquecieron, que buscaron su El Dorado, que murieron en sus selvas o sobrevivieron a mil y una aventuras. Y es un territorio muy literario porque en él se da una cierta magia, producto de un sincretismo cultural y religioso, de la fusión de la cultura indígena con la de los esclavos africanos y la de los españoles. Para mí, que he cultivado a lo largo de mi carrera tres géneros literarios fundamentalmente, como son el género negro, la novela histórica, la novela erótica y la fantasía, América es un escenario ideal de creatividad.

SM Para hablar un poco del tópico de tu conferencia en la feria de Miami, ¿cuál es el estado actual de la novela negra en las letras en español? ¿Qué más tienes en mente para la conferencia, un vistazo para dejarnos interesados en asistir? ¿Cuál es la peculiaridad del género policiaco en españoles en comparación con modelos anglos tan conocidos y leídos?

JLM Vaya por delante mi admiración por los maestros norteamericanos, por Dashiell Hammeth, Raymond Chandler, pero también por James Cain, Jim Thompson, Patricia Higshmith, James Ellroy o Mac Bhem. Son autores que nos han dado lecciones a los autores que luego hemos abrazado el género negro, aunque también hay algunos europeos, como Simenon, fundamentales. Pero hay otros muchos países, aparte de los Estados Unidos, que han desarrollado sus propias escuelas de autores negro criminales. Hay un montón de autores argentinos, como Rolo Diez, Guillermo Orsi, Ernesto Mallo o Raúl Argemí, por ejemplo, o mexicanos como el presente en la Miami Book Fair Paco Ignacio Taibo II o el desaparecido Rafael Ramírez Heredia, un montón de cubanos como Lorenzo Lunar, Amir Valle, Leonardo Padura, chilenos como el también presente Roberto Ampuero o Bartolomé Leal, venezolanos como mi amigo Marcos Tarre Briceño. La lista de autores, de los que me olvido muchos, sería interminable. Se habla mucho, porque está de moda, a raíz de Mankel y el fenómeno Larsson, de la novela negra escandinava, pero el estado de la novela negra española, a pesar de la escasez de colecciones específicas policiacas - Rojo y Negro de Mondadori, Tapa Negra de Almuzara y RBA- es bueno y el género fue dignificado a partir de Manuel Vázquez Montalbán. Hay un generación de novelistas negros que son puntales en el género en España, como son Andreu Martín, Juan Madrid, Martínez Laínez, Fernando Marías, Lorenzo Silva, Alicia Giménez Bartlett, Julián Ibáñez; hay un clásico de la talla humana y literaria de Francisco González Ledesma, y luego ha surgido una nueva marea de novelistas que tienen mucho que decir como Rafael Reig, David Torres, Mercedes Castro, por poner algunos ejemplos, que hablan de la buena salud del género. En España nos hemos sacudido, por fin, el estigma de subgénero que nos habían colgado algunos críticos literarios y la novela negra es tan digna como cualquier otro género literario y tiene una cierta ventaja sobre otros: que engancha y entretiene, por lo que el mensaje de crítica social que casi todas llevan en sí llega de una forma mucho más fácil al lector. Y la novela negra, tanto a un lado como a otro del Atlántico, se caracteriza por la crítica social que lleva implícita, y los autores nos hacemos preguntas sobre las grandes cuestiones sociales y políticas que nos implican a través del género negro.


SM "El corazón de Yacaré" es una novela negra poco ortodoxa, porque mezcla el aspecto romántico -al punto que te dan un premio de novela romántica-, el político, el de las diferencias sociales, el erótico y hasta el incestuoso. ¿Qué perseguías con esta heterodoxa mezcla?


JLM Como tú dices es muy heterodoxa, pero sin que yo lo pretendiera porque se produce con espontaneidad. Yo creo que son las novelas las que eligen a los autores, y no al revés. "El corazón de Yacaré" partía de un relato de mi época universitaria que releí hace unos años y me pareció inacabado, que podía dar mucho más de sí, y me puse en ello. En la novela se dan cita algunos de los géneros más queridos por mí, más cultivados a lo largo de mi carrera: el negro, el erótico, la denuncia política y, aunque resulte chocante, el romántico, por el que recibió el premio, porque a fin de cuentas "El corazón de Yacaré" es una historia romántica extrema. Yo creo que ese es uno de los principales atractivos de la novela, la fusión de géneros, como la fusión de voces que existen en ella, los puntos de vista de Yacaré, de O'Higgins o del policía, o la propia estructura de la obra, desordenada, para que el lector la pueda ir reconstruyendo a medida que la lea y rellenando sus oquedades.


SM Por otra parte, “El corazón de Yacaré'' cumple con la mayoría de las constantes del genero, hasta la rubia tonta que aquí no es protagonista pero es la amiga y que en ciertos aspectos no es nada tonta. ¿Por qué eliges respetar ciertos tópicos del género y saltarte otros?


JLM Bueno, los personajes femeninos, los dos, tanto Yacaré como su amiga Usnavy, son deliberadamente inocentes, puros, frente al retorcimiento de los masculinos. Quería establecer ese contraste. Lo que no impide a Yacaré realizar esa especie de sacrificio ritual. Usnavy es la amiga leal de Yacaré, su consejera, su soporte vital cuando se queda sin marido. Santiago O'Higgins es detestable, no tiene sentimientos, tiene una visión de que la población del país debe de estar a su servicio en una nueva versión del caciquismo. Nelson Correa, el policía, es para mí, desde el punto de vista literario, el personaje más interesante, con más claroscuros y dudas. Como casi todos los personajes de mis novelas tiene serios conflictos morales con su actuación y busca de forma inconsciente una expiación a sus crímenes.


SM Ya veo que eres un amante de mujeres bellas en el cine, como nos enteramos con solo abrir tu blog, pero de donde parte la idea de esta india de ojos violeta. ¿Por qué es tan endemoniadamente sexy?


JLM A lo largo de mis viajes por todo el mundo he aprendido que ni la elegancia ni la belleza es patrimonio de una determinada cultura, raza, y menos de una determinado estatus social sino que es un don natural, un milagro de la creación. En remotas aldeas africanas, o en modestos pueblecitos de Sudamérica, o en populosos barrios de ciudades de Extremo Oriente he visto la belleza natural y la elegancia de mujeres mal vestidas y mal calzadas, sin recursos, pero que tienen una belleza natural y una dignidad que no tienen las del Primer Mundo. Mi protagonista debía de tener ese don, ser muy bella y natural, con un rasgo característico, mágico, en esa mirada violeta, porque es hija del mestizaje. Y a lo largo de la novela aprende a utilizar sus armas femeninas para conseguir su propósito.


SM Las escenas de tortura me condujeron a pensar en Michel Foucault y su obsesión con el castigo y la disciplina. ¿Había alguna vecindad con estas ideas en tu intención?


JLM La tortura es una forma de poder que no sólo inflige un dolor insoportable al torturado sino que lo humilla al mismo tiempo y la tristemente famosa Escuela de las Américas, ubicada en Panamá, forjó a un número considerable de torturadores con el asesoramiento de Estados Unidos alineado, entonces, con quienes conculcaban todos los derechos humanos en el continente. Iberoamérica ha sido víctima de las torturas que han aplicado sus dictadores de turno y su tierra está manchada de la sangre de siglos. A través de la violencia sale el animal que llevamos dentro. Yo suelo utilizar la violencia en todas mis novelas como revulsivo, para que el lector se estremezca y se horrorice ante ella, y la rechace, no para que se complazca. Por esa razón estoy frontalmente en desacuerdo con el uso paródico de la violencia.


SM Confieso que me llamo mucha la atención que tu detective sea un torturador, la verdad que mis héroes del genero, Sam Spade y Marlowe, ni de lejos eran perfectos pero tampoco tan imperfectos. Este tipo no acepta su marginalidad como sí la asumen sin problema los mencionados. Este tipo quieres blanquearse y ascender socialmente. Considera un perdedor a quien no quiere mejorar. ¿De dónde nace este personaje? ¿Por qué lo construiste así tan detestable?


JLM Desde el punto de vista literario me interesa el lado oscuro del ser humano. En mi anterior novela, “El mal absoluto”, buceaba en el horror del nazismo, en esos oficiales cultos, elegantes y educados de las SS que no sentían ni el más mínimo remordimiento en conducir a las cámaras de gas a hombres, mujeres y niños. “El mal absoluto” es casi un ensayo sobre esa fiera que todos ocultamos y salta en un momento determinado; a través de la aberración que fue el nacionalsocialismo teorizo sobre el comportamiento humano y llego a conclusiones muy pesimistas. El mal me atrae de una forma poderosa porque no lo comprendo, es para mí un misterio, o no lo comparto, porque está diametralmente alejado de mí hasta el punto que ni de pequeño disfrutaba matando insectos y ahora sólo los mato cuando invaden mi territorio o se muestran muy pesados, como hace vuestro presidente Obama. El protagonista de “Lluvia de níquel” es un agente de seguros que se convierte en adicto al juego en Las Vegas y luego en asesino; el de “La caraqueña del Maní” es un terrorista de la banda ETA que no puede vivir por un atentado que cometió en el pasado; en “Barcelona negra”, mi segunda novela, el protagonista era un policía violento y detestable que terminaba suicidándose porque no se soportaba. Quizá mi protagonista más recto sea Marín de Urtubia, de “La pérdida del Paraíso”, pese a su condición de traidor. Con esto quiero decirte que el mal, los personajes tortuosos, están dentro de mi mundo literario porque psicológicamente me interesan más, y mis novelas son muy de personajes aunque haya trama, acción. Yo siempre pregunto, con el ejemplo de la Biblia en la mano, si encontramos más interesante al beatífico Abel o al malvado Caín. Sin duda Caín, porque una novela protagonizada por Abel seguramente no nos interesaría y nos aburriría. Pues con mis novelas sucede lo mismo. Pero mis personajes malvados, como el torturador Nelson Correa de “El corazón de Yacaré”, no lo son de una pieza, siempre tienen un resquicio de humanidad a través del cual se pueden redimir. Nelson Correa no viola, pudiéndolo hacer, a Yacaré de Wilson Frades, hay un atisbo de humanidad que se lo impide, y acude, buscando su castigo, a su amiga Usnavy, le pone la pistola en sus manos para que apriete el gatillo. Además es un personaje que se siente desubicado, molesto consigo mismo, sirviendo a los poderosos cuando él pertenece a la clase de los desfavorecidos y actúa de ese modo para emerger socialmente, pero le asquea lo que hace y se siente muy mal cuando, en uno de los capítulos que a mí me gusta más, habla de los fantasmas de los asesinados que no le dejan conciliar el sueño.


SM Todas las novelas policiacas tienen una reflexión sobre el mal. La gente generalmente asesina por codicia, por pozos de petróleo, por joyas y castillos (y todas las variantes del cliché) pero aquí se mata por amor en una suerte de imitación de ritos salvajes. Me parece llevarlo a sus últimas consecuencias, es como si te burlaras. Huelo parodia. ¿Por qué tanta exageración?


JLM No, no me burlo. El final es muy consecuente y lo que parece exageración es perfectamente posible en el contexto de la novela. Para ponerte un ejemplo cercano en el tiempo y en el espacio: los crímenes de Ciudad Juárez me parecen increíbles por su brutalidad y número, o lo que está pasando en Tijuana está por encima de lo que uno percibe como real, por su extrema violencia y por la forma de actuar de los sicarios, descabezando a sus víctimas. La violencia puede ser seca, un disparo en la sien, o exuberante, si me permites utilizar el término: una bacanal de sangre. El final de mi novela es una especie de justicia poética entre clases sociales, un acto en el que se recupera el objeto robado. Yacaré se siente engañada, escarnecida, y la novela es la búsqueda del corazón de su amado. El poderoso lo consigue todo, con dinero, con influencias, hasta ese corazón robado que le salva la vida, y se siente impune. Hay algo de ritual azteca en esa escena final de la que hablas, sin duda, y es tan exagerada como lo puede ser el desenlace de “El imperio de los sentidos” de Nagisha Oshima, inspirada en un hecho real.

SM Te has dedicado también a la novela erótica, ¿se parecen sus claves a la policiaca? ¿Qué postura tienes ante aquellos que puedan considerar estos dos géneros como "menores”?


JLM El erotismo casa perfectamente con la novela negra. De hecho “Pubis de vello rojo”, la novela con la que gané el premio La Sonrisa Vertical, era de género erótico, pero también era novela negra. Eros y Tánatos están muy presentes en el comportamiento de los humanos. El tópico de la novelística negra norteamericana, explotada luego por su cine negro, era que la mujer mantis, preferiblemente rubia peligrosa, empujaba al crimen al incauto hombre que se perdía por sus bonitas piernas mientras a ella, de cabeza fría y cuerpo ardiente, lo que le iban era los dólares. Es el tema de “Perdición” de Billy Wilder, de “El cartero siempre llama dos veces” de Bob Rafelson sobre la novela de James Cain o de, más recientemente, “Fuego en el cuerpo” de Lawrence Kasdan. En mis novelas eso no se da, ese tópico no, quizá otros, pero ése no. No hay una sola mujer que arrastre al crimen al hombre sino que es el hombre el que asume libremente la senda del mal. El porqué lo hace es lo que procuro analizar en mis libros que abren preguntas pero casi nunca se cierran con respuestas que dejo en manos del lector.


SM Leo que has hecho un libro de critica a los escritores, Lifting (me muero por leerlo), ¿Qué recepción tuvo? ¿No es una deslealtad?

JLM Bueno, ese libro fue muy divertido escribirlo, porque fue una venganza humorística contra el mundo de la literatura que, a veces, es muy solemne y necesita un revulsivo de esta clase. Tiré a matar contra algunos escritores, que no sé si se sintieron identificados en sus páginas, tipos pedantes de los que me reí; tiré a matar contra los críticos literarios que, desde sus pedestales culturales, pontifican sobre el bien y el mal, muchas veces sin tener idea, y espero que alguna crítica literaria de un medio de comunicación español se sintiera identificada en sus páginas, porque ése fue uno de los motivos extra literarios y vengativos por el que escribí “Lifting”, y, sobre todo, disparé contra mí mismo, me reí a conciencia de todas mis manías literarias, porque para escribir una novela de humor, y “Lifting” lo era, y creo que muy divertida, es necesario, sobre todo, reírse de uno mismo.

EL ARTÍCULO

AMÉRICA, UN VÍNCULO

MÁS ALLÁ DE LO LITERARIO



Hay imágenes que quedan en la retina y van más allá de la política. Por ejemplo, la del presidente venezolano Chávez entregando un ejemplar de Las venas abiertas de Latinoamérica de Eduardo Galeano a Barack Obama en la Cumbre de las Américas. El efecto colateral de este gesto de distensión es que el libro en cuestión escaló, de forma fulgurante, a uno de los primeros puestos en la lista de los libros más vendidos en USA. El hecho hubiera sido impensable meses atrás, cuando el inquilino de la Casa Blanca era George W. Bush y ambos dirigentes se demonizaban mutuamente, Chávez apelando al Oscuro y al azufre en un divertido sainete en Naciones Unidas, por ejemplo, aunque su enemistad personal nunca frenó el flujo de petróleo de la república caribeña al imperio. Y no sólo hubiera sido impensable por la enemistad de ambos políticos, sino porque el norteamericano, según confesaba, no leía ni la selección de Reader Digest, no fuera a dolerle la cabeza por el esfuerzo. Claro que Chávez tampoco tiene un aspecto de muy leído. Poco imaginaba Galeano que su libro iba a servir para destensar las espinosas relaciones que desde siempre tuvo Estados Unidos con los países latinoamericanos y que sus palabras iban a ser, quizá, un bálsamo para cerrar las heridas.
América, y todo lo que tiene que ver con el continente, me fascina de una forma especial pero perfectamente explicable. En ese amor hacia el continente americano me muevo dentro de los parámetros de la lógica, porque sus vínculos con España son muy profundos ─ suelo decir que el cordón umbilical todavía no se ha roto entre la madre patria y sus hijos ─, y arrancan del Descubrimiento ─ aunque, ¿quién descubrió a quién? ─ y la conquista, una operación de apropiación de recursos para sanear las maltrechas arcas de la corona española, que nadie nos engañe. También los males de América arrancan de 1492, un año mágico e importante en el devenir de la humanidad. El caciquismo, algunas dictaduras militares sangrientas, las asonadas que dieron la puntilla a todos los intentos democratizadores, las matanzas que, hasta hace bien poco, sacudieron todo el Cono Sur, llevan nuestra herencia, y algunos generalotes, muy literarios, por cierto ─ Vázquez Montalbán, en su mejor novela, Galíndez, se inspiró en la República Dominicana de Trujillo, y Vargas Llosa elevó al sanguinario dictador a monstruoso protagonista de su Fiesta del Chivo ─ parecen personajes de Valle Inclán, son tan excesivos como su Tirano Banderas. Las realidades americanas superan, con mucho, a las ficciones ideadas. Nos asombra el realismo mágico de García Márquez, pero es que el genial escritor colombiano no hace otra cosa que poner en negro sobe blanco la realidad que le rodea, excesiva, sí, pero real.
De pequeño me vendieron en la escuela que allí fueron vascos, extremeños, castellanos, andaluces y algún catalán ─ quien descubrió el Cañón del Colorado, Gaspar de Portolá, oriundo del pirenaico Valle de Arán ─para civilizar y cristianizar tierras salvajes. Ya nadie nos puede engañar: la economía guía todas estas gestas y rebaja su épica hasta el nivel de una operación comercial; los pueblos salvajes eran simplemente otras culturas tan avanzadas como la nuestra que borramos del mapa. España fue al Nuevo Mundo en busca de oro como Estados Unidos, la actual primera potencia de hoy en día, fue a Irak a por petróleo. El espíritu depredador no ha cambiado con los siglos. Pero mirando desde una perspectiva histórica y, sobre todo, cultural ─hoy, los mejores escritores en castellano, están al otro lado del Atlántico, y la lista de ellos sería interminable ─, la herencia española en América sigue viva, y a la vista, y tiene raíces muy profundas ─nunca me sentí más en mi casa que en México, hablando con un grupo de amigos mejicanos más interesados e informados de la realidad española que yo mismo ─ lo que me hace mirar ese proceso colonizador como un mal menor, mal, claro, pero menor a tenor de otros procesos como, por ejemplo, el atroz cometido en África por Bélgica, Reino Unido, Francia o Portugal, y España ─ no hay que olvidar a Guinea Ecuatorial y a su siniestro dictador Obiang ─ que sólo dejaron muerte, miseria y enfrentamientos de por vida con el trazado absurdo de fronteras. Las venas abiertas en América, parafraseando el libro de Galeano, cicatrizan lentamente, hasta el punto de que los indígenas están accediendo al poder después de siglos de estarle éste vedado, pero las de África continúan abiertas, sangrando en una hemorragia imparable y sin un atisbo de curación.
España siempre miró hacia América, quizá porque la descubrió, porque se volcó en su colonización, porque empleó en ella a lo mejor de sus arquitectos, por ejemplo, que alzaron ciudades perfectas en la selva y levantaron hermosas iglesias barrocas que aún hoy son su orgullo. En el debe hay muchos muertos, muchas culturas desaparecidas, mucha intolerancia y saqueo y un mestizaje del que solemos vanagloriarnos aunque no siempre fue consentido; en el haber hermosas ciudades, edificaciones, la obra de algunas congregaciones religiosas que se pusieron del lado del indígena y no le traicionaron y siguen a su lado, dando la vida por ellos, incluso, si es preciso.
Con América tengo una relación emocional muy especial, una sensación, en cuanto piso su tierra, de estar en casa, de reencontrarme con los míos, y de que algún pedazo de mí quedó por el continente en algún momento. No sólo es cuestión del idioma, que es importantísimo, por supuesto ─ un castellano de una pureza y riqueza expresiva que contrasta con el que se habla en la madre patria, bastante empobrecido en su léxico; una oralidad fluida y perfectamente adornada que nada tiene que ver con nuestra parquedad y torpeza a la hora de expresarnos con la voz ─, un idioma vehicular que facilita una comunicación fluida que no hallo en otros viajes por otros continentes, sino que hay algo más: familiaridad y la huella visible del pasado común. Y ese cariño y apego que siento, se me ha devuelto con creces cada vez que he estado en el continente americano, por placer o por trabajo.
Entra dentro de la lógica, por tanto, que buena parte de mi obra literaria, sin que exista en ello una voluntad de que así sea, transcurra o esté inspirada en América. Se inició con La casa del sueño (Laia, 1989), una novela de intriga psicológica cuya acción se desarrollaba entre Barcelona y San Diego, California; siguió con Mala hierba (Grupo Libro 88, 1992), un thriller que tenía lugar en el profundo sur norteamericano; la trilogía involuntaria de Estados Unidos la cerraba con Lluvia de níquel (Algaida, 2004), una novela negra que retrataba el descenso hacia la ludopatía de su protagonista en el espejismo de Las Vegas, una ciudad que me fascinó, cuando la visité, y dio pie a una serie de artículos y reportajes en revistas, el más gratificante en GQ, poniendo el texto a unas magníficas imágenes de Helmut Newton que retrataba con crudeza la ciudad que nunca duerme.
Un encargo de la editorial Planeta me permitió escribir, en el plazo de un año, la gesta del Descubrimiento de América, una novela histórica que recogía el punto de vista de los que no figuraron en la Historia con mayúsculas sino de los que pasaron desapercibidos, nunca tuvieron voz, pero fueron protagonistas de esa aventura tan extraordinaria como incierta, y durante esos doce meses de ensueño imaginé, viajé y describí con minuciosidad lo que debió ser ese encuentro entre culturas que marcó la historia de la humanidad. La pérdida del Paraíso (Planeta, 2001, 2002), que así se llamó el proyecto, fue editado, además, simultáneamente en México, en donde llegó a ser el libro de ficción más vendido durante agosto de 2002, Colombia y Venezuela, y se convirtió, sin duda, en la aventura literaria que más satisfacción personal me ha producido.

Un viaje a Cuba propició el nacimiento de un policiaco, Último caso del inspector Rodríguez Pachón (Algaida, 2005), que sigue las andanzas de un policía corrupto y malvado pero es, en realidad, un canto de amor a la isla caribeña, a sus paisajes, a la maravillosa ciudad de La Habana y, sobre todo, a sus gentes que son realmente una raza muy especial entre la que tengo buenos y fieles amigos. Víctima de ese síndrome de Estocolmo que aqueja a buena parte de mi generación ─ el halo romántico de la revolución cubana que nos impide ver la realidad de un régimen despiadadamente liberticida ─ la novela era deliberadamente ambigua con el sistema político de la isla (una opción de mi yo novelista, porque mi punto de vista personal es otro, mucho más crítico) aunque manifestaba el desencanto y el hartazgo con la economía de subsistencia del pueblo cubano.

Recibir un premio en Caracas, por una novela erótica ─ no hay territorio de América más erótico que el país de las mises, el sexo está en cada conversación, y no he conocido muchachas que hablen tan deshinibidamente de él, por lo que la ubicación de la convocatoria no podía ser más acertada ─ titulada El sabor de su piel y editada por Alfadil, propició un viaje relámpago de poco más de una semana a Venezuela y las primeras páginas de otra novela, redactada por las tardes en el hotel del barrio de las Mercedes en donde me hospedaba, ambientada en la fascinante ciudad de rascacielos y alambradas que convertí en un escenario violento en el que un ex etarra ajustaba cuentas con su pasado en medio de una sociedad polarizada entre chavistas y antichavistas. La titulé La caraqueña del Maní (Algaida, 2007) ─ en referencia a la mítica sala de fiestas y salsa de Caracas El Maní es así, local en donde decido escribir la novela, trasegando rones y admirando a las parejas de baile, y en donde sueño cómo será esa caraqueña mantis religiosa que el destino pone en el camino de redención del ex etarra arrepentido ─, y la novela la mencionó el New York Times en relación al incidente Chávez ─ Rey de España, topetazo que se zanjó un año después cuando el monarca español ─ del que en mi país algunos cuestionan su utilidad pero yo veo, al margen de la discutible legitimidad monárquica, en la que no entro, como un perfecto embajador de lujo de mi nación, un personaje que es respetado y querido, precisamente, en tierras de América ─ regaló una camiseta con la leyenda Por qué no te callas al mandatario venezolano en su visita a España en una demostración de excelente humor. Con La caraqueña del Maní de nuevo me permito ser ambiguo y ambivalente, y quiénes la leen, si son antichavistas, verán en ella una feroz critica del presidente venezolano que, realmente, no es mi intención aunque el personaje me cause una profunda antipatía y lo considere un bufón con buenas artes escénicas. Sí, Chávez tiene una deriva autoritaria peligrosa y un deseo confesado de perpetuarse en el poder, millones de venezolanos lo detestan por su populismo, pero otros millones le siguen dando su voto incondicional para que los siga gobernando porque confían en que los saque de la miseria a la que los condenaron los anteriores gobernantes. Esos pocos, pero intensos días, que pasé en Caracas, hablando con muchos amigos, con periodistas, escritores, catedráticos, políticos, todos opositores, fueron determinantes para la redacción de la novela que sería publicada dos años después y tras ganar un importante premio literario.

Y así llego hasta mi última incursión literaria en el universo americano, ese territorio tan feraz, sensual y hermoso, tan lleno de magia como para que el realismo resulte mágico, con una novela de amor extremo, El corazón de Yacaré (Imagine Ediciones, 2009), pero que ajusta también cuentas con un pasado espantoso de gobiernos genocidas, torturadores y violadores de todos los derechos humanos, asistidos por una política norteamericana a la que no le movía otra ética que la de impedir, a toda costa, que se aposentaran gobiernos de izquierda en lo que ella consideraba su patio trasero y propiedad indiscutible. Imagino un país, Macladán, que es la síntesis de muchos países reales, y una dictadura brutal, que es la suma de todas las dictaduras, para pergeñar una novela de amores tempestuosos, ritos ancestrales, sensualidad y lujuria que habla de emociones y sentimientos en estado muy puro que ya no se dan en mi mundo pero si al otro lado del océano, en donde la vida tiene otro ritmo, otra textura y otra calidez.


América, como dicen en algunos países latinoamericanos, me provoca. América es, para mí, una constante fuente de inspiración, un territorio mítico en donde ubico mis historias que sólo pueden ser posibles allí. Guardo en la recámara un par de novelas, una ambientada en Brasil y la otra, en México, y estoy redactando una novela histórica sobre la marcha de Cortés hacia Tenochtitlán, con lo que el caudal inspirativo del continente americano no cesa de darme sus frutos.
Mantengo un vínculo muy especial con el continente ─ he viajado por Canadá, Estados Unidos, México, Brasil, Colombia, Cuba y Venezuela, y tengo pendiente hacerlo por el resto ─que quizá arranque, quién sabe, remontándonos a 1492, de alguno de mis antepasados por parte extremeña que anduvo perdido por sus hermosas selvas.

José Luis Muñoz

lunes 23 de noviembre de 2009

EL VIAJE

PEQUEÑA HABANA,
CUBA EN EL CORAZÓN DE MIAMI

fotos y textos José Luis Muñoz
Miami no es una ciudad, sino muchas, como, en general, todas las ciudades de Estados Unidos. Los cubanos que huyeron de la isla formaron su propio barrio, Pequeña Habana. La calle 8, que tiene mas de tres mil números ─ yo llegué hasta el tres mil y me cansé ─ entra de lleno en el barrio que es como un pueblo caribeño que nada tiene que ver con el Downtown de estilizados rascacielos. En Pequeña Habana las casas, en su mayor parte modestas, son de una o dos plantas. En la puerta de entrada de este barrio en donde conviven cubanos, hondureños, nicaragüenses, venezolanos, dominicanos y toda clase de hispanos, un monumento señala el hecho que más frustró a la Cuba del exilio, el fracasado desembarco en Bahía Cochinos. Una llama perpetúa recuerda a los hombres que dieron su vida en esa frustrada operación contra el castrismo.
Por entre el colorido de muros, no tan desconchados como los de La Habana que dejaron atrás y siempre está presente en el corazón de estos otros cubanos, asoman los cocoteros. El amarillo es un color predominante.
Celia Cruz es todo un referente para la cultura cubana. En muros, dando nombre a calles, la cantante cubana de los zapatos imposibles reina en Pequeña Habana y su voz reclamando ¡azúcar! se sigue escuchando. La calle 8 también es conocida como La Celia Cruz Way.
Los aviones, que aterrizan o despegan en el cercano Maimi International Airport, cruzan sin descanso el cielo de esta ciudad que está en el corazón de otra, aunque demasiado lejos del mar. Esos pájaros de hierro están tan integrados en el paisaje de la ciudad que difícil es sacar una fotografía sin que entren en el cuadro.
Destartalados pick─up recorren la calle 8 en donde hay aparcado algún coche de la policía que llaman la atención porque están vacíos y seguramente enfrente de donde vive el agente. En estas calles dirimía viejas cuentas Tony Montana (Al Pacino), el peligroso gángster cubano de EL PRECIO DEL PODER de Brian de Palma.
A mitad de la calle tiene abierta sus puertas una frutería y zumería que vende toda clase de frutas exóticas. Se pueden comprar cocos, aunque mejor cogerlos directamente de los árboles como hacen los vagabundos con largas pértigas metálicas, excelentes naranjas que parecen pintadas, aguacates tan grandes como melones.
Enormes gallos, como éste, en la acera o a las entradas de algunos restaurantes de la calle 8, indican la presencia de una importante comunidad dominicana que comparte territorio con la cubana. El gallo es el símbolo del país caribeño que pisó Colón en 1492. Los hay de mentira, como éste, y también de verdad, picoteando en algunos solares.
Hay mucho comercio, compitiendo pared con pared. Desde destartalados restaurantes cuyas fachadas reclaman una mano de pintura, a funerarias que te incineran a reducido precio. Algunos artistas pintan sobre el vidrio de las puertas de sus comercios graciosas figuras, como ésta de un gallo. Pero lo que más abunda son las factorías de cigarros en las que no es extraño ver, a sus puertas, a un cubano fumándose un enorme habano como reclamo. Muy distinto de aquí, en donde no se puede fumar ni en los estancos.
No hay costosa publicidad de anuncios de neón sino carteles hechos a mano que plantan en los solares. La nostalgia por la isla perdida, a la que quizá ya nunca más regresen, aparece bien visible en las paredes de este restaurante cubano. Otros se convierten en hombre anuncio, como el de la foto que, en una esquina, agita el troquelado de una pizza para señalar su restaurante.
La bicicleta no es un artilugio de deporte sino el medio de locomoción más práctico y barato para recorrer las calles de Pequeña Habana, y las montan gente de toda edad y condición. Hay menos bicicletas que en La Haban grande, la de la isla, y muchos más coches. Como en toda la ciudad, las bicicletas alternan el asfalto de la calle con las aceras.
Jugar y platicar no cuesta dinero. Los jubilados de Pequeña Habana se citan en este hogar de pensionistas, a echar unas partidas mientras rememoran tiempos pasados, o se reúnen alrededor de la mesa de una zumería.
Hay un motel destartalado por el que uno pasa sin saber si su estado de ruina es debido a que lo cerraron o bien a que no hay dinero para mejorar su aspecto. Volando sobre la entrada del parqueo, este arco decorado con maltrechos corazones habla de la actividad amorosa que tenía, o tiene lugar, en sus modestos cuartitos. La de literatura que habrá entre las paredes de esas habitaciones, la de historias que podría contarme su dueño para que yo las escribiera. Aunque ya las oigo, pasando.
Los tipos humanos que recorren las calles de Pequeña Habana son peculiares. Los negros, como los de Cuba, tienen más cara de españoles que de negros. También hay algún obeso mórbido que permanece sentado y no se ha levantado cuando, al cabo de una hora, regreso por el mismo camino, que quizá se retire, o lo retiren, al caer la noche. O los gloriosos culos cubanos, buques insignias de la cubanidad femenina que aprecian ellos mientras que los foráneos encontramos excesivos. Lo que llama la atención es advertir en todos los habitantes de Pequeña Habana síntomas de tristeza y ensimismamiento, y que hayan perdido ese don tan natural que tienen los de la isla de comunicarse con el desconocido. Nadie me habló durante mi periplo, pese a que provoqué conversaciones que acabaron en cruce frustrante de monosílabos.
Una rareza la de este establecimiento de alquiler de películas que tiene un amplio muestrario del cine español del franquismo. Se anunciaba como cine y yo buscaba una sala de exhibición.
Cocoteros pintados, y cocoteros reales. Cocos que se venden en la calle, o se regalan. Realmente no saben qué hacer con tanto coco.
Maravillosa pintura mural que decora la pared de un restaurante. Ahí tenemos desde Carlos Gardel hasta Rocío Durcal, que era muy querida en estos pagos y también tiene una estrella en el suelo, como las de Hollywood Boulevard, pasando por Libertad Lamarque, Selena, José Martí y Rubén Dario. Una ensalada de hispanidad. Hay un azteca, y una azteca, con platillos volantes que parecen sacados de una película de Ed Wood. Están los padres de la patria norteamericana y las banderas de todo el mundo hispano, incluyendo la nuestra. Y un viva a nuestra raza honrada y trabajadora. ¿Qué raza si hay tantas en este continente que están todas las que en el mundo hay?
Este restaurante anuncia algo que probablemente me haría huir a mí y a muchos. Fritanga. Pero lo hace para atraer. Fritanga, que en mi país es un término culinario claramente despectivo, cambia completamente su sentido en Pequeña Habana y seguro que atrae a muchos comensales.
Con trompetas y ángeles en las ventanas se anuncia esta iglesia del Dios Vivo, que es La Luz del Mundo y debe de ser el negocio privado de algún avispado pastor hispano muy vivo. Hay alguna iglesia católica, pero no se ven santeras.

LA FIRMA INVITADA

Este relato, conmovedor, pertenece a la serie de cuentos que escribió hace algún tiempo sobre la emigración canaria hacia América, más concretamente a Cuba, y que tituló los Cuentos del Valbanera. El cuento fue publicado dentro del libro de relatos "Maneras de morir", editado por la Diputación de Badajoz y el Ayuntamiento de Montijo, a raíz del premio González Castell, en el año 2000. José Antonio Leal Canales, cacereño, su autor, acaba de ganar el premio de novela Ciudad de Badajoz.
Las ilustraciones que acompañan el relato son cuadros de artistas cubanos y grabados de época.

AUNQUE TÚ NO ME OIGAS
José Antonio Leal Canales

Tú no puedes entenderlo, pero he sentido un gran alivio cuando he visto en mi piel, en mis brazos, también en mis pechos, las mismas manchas rosáceas que aparecieron en tu vientre. Ahora ya nadie podrá separarnos porque llevamos sobre nuestros cuerpos la misma marca, la indeleble huella que nos mantendrá unidos a través de los tiempos. Desde la tristeza te lo cuento, aunque no me oigas, Antonio, aunque tus ojos ya no puedan ver las lágrimas que apenas se deslizan sobre mis mejillas, porque ya no me quedan fuerzas para llorar siquiera.
Él no tuvo la culpa. No sé lo que daría por poder decirle lo que ocurre, antes de que su imagen se nuble en mi mente. No quisiera que este dolor que habremos de causarle lo atormente el resto de su vida.
Aún recuerdo aquella tarde, cuando lo vi por primera vez en el salón de baile. Llevaba una camisa blanca y desabrochada, mostrando el color moreno de su pecho, y esbozaba una sonrisa abierta y blanca que quise desde el primer momento que fuera mía. Era un domingo festivo, el día gordo de San Telmo, el patrón de La Rocosa. Un día feliz de procesiones, liturgias, borracheras y bailes. Dios mío, de eso no hace tanto tiempo. La gente que abarrotaba el local de don Tulio no fue obstáculo para que él y yo supiéramos desde el principio que nos pertenecíamos, que habíamos nacido el uno para el otro. Son cosas raras, misterios del amor que tú no entiendes, hijo mío.

Acepté a la primera su invitación, aunque bailar yo no sabía. Ni él tampoco. Pero cuando apoyó su cuerpo de hombre sobre mis pechos sentí por dentro un fuego que me llegó al alma. Luego todo lo hicieron las estrellas. No es posible que fueran las mismas estrellas que ahora, lentamente, han empezado a salir en el cielo. Durante nueve noches conté las estrellas, una menos cada día hasta llegar al momento en que no tuve que contarlas porque él vino a por mí. Parece que lo estoy viendo. Se quitó el sombrero y miró arriba, a la ventana desde donde yo le había esperado durante nueve noches. Anhelante y temblorosa, tuve que hacer un gran esfuerzo para no lanzarme desde la misma ventana a sus brazos. Cómo podrías entenderlo.
Luego todo sucedió de prisa. Él trabajaba en los campos del conde, el cacique que exprimía como limones de carne la sangre de los jóvenes de La Rocosa. Toda la isla era del Conde. También el abuelo trabajó toda su vida en las plataneras del Conde. Allí mismo, sobre la marcha, aprovechando el descuido de los capataces, le pidió mi mano. Mi padre me lo dijo aquella tarde, sin pararse a mirar si a mí me apetecía. El Antonio te pide en matrimonio, y a mí me parece que es un hombre honrado, me dijo, al tiempo que cenaba, mientras yo, asomada en la ventana, había empezado a contar las estrellas que habrían de llevarme a sus brazos. Sí padre, le dije, sin más palabras, sin mostrar siquiera mi contento, porque no está bien visto que las mujeres manifestemos alegría por estas cosas.
Nos casamos muy pronto y nos quedamos a vivir con el abuelo, hasta que pudiéramos tener una casa para nosotros. La culpa de que se fuera la tuvo el conde.
Volvía a casa tarde y cansado después de una jornada dura de trabajo en las plataneras, pero era feliz a mi lado, cuando recostaba su cabeza sobre mi pecho o trataba de notar el movimiento de tu cabecita, apoyando la palma áspera de su mano sobre mi vientre abultado. No pudo conocerte. Sólo el recado de que te pusiera su nombre nos dejó cuando tuvo que marcharse a América. Llegó un día con unos papeles que anunciaban la partida del vapor para Cuba. Otros ya se habían ido antes. A partir de entonces no tuvo descanso. Vendió lo poco que teníamos y decidió emprender la huida para buscar la dignidad en otra parte. Si las cosas iban bien, nosotros lo seguiríamos más tarde.
Parece que aún lo estoy viendo descender los bancales con la maleta de cartón duro sobre los hombros. Abajo lo esperaba la lanchita del tío Julio, amarrada en el muelle de La Rocosa, entre las aguas verdes. Se paró un instante para mirar el volcán de Isla Grande, y luego volvió su vista a los bancales, a las tierras pardas que dejaba, lo único que había conocido desde siempre. Luego nos miró a nosotros. Yo tenía los ojos inundados en lágrimas y el abuelo levantó la mano derecha muy despacio, con el gesto ceñudo de los que ya han perdido la esperanza. Le dije adiós también por ti, pues noté en el vientre el movimiento, la señal que le hacías. No puedo saber si en ese instante él se secó una lágrima o se limpió el sudor. Desde tan lejos no lo veía. Por otra parte, jamás lo vi llorar. No está bien visto que lloren los hombres.
Para cuando llegó su primera carta tú ya habías nacido. Todo en ella giraba sobre ti, que cómo eras, que a quién te parecías, que si te habría salido un diente. Lo imaginaba escribiendo a la luz tenue de una bombilla en una pensión de mala muerte en La Habana, afanándose en el trazo de su letra gorda, difícil y apretada en los bordes, como de quien no fue nunca a la escuela, pues a los ocho años empezó a trabajar en las tierras del conde. Para qué le habrían de servir las letras en las plataneras, donde sólo sirven los machetes y el sudor. Decía que estaba bien, después de un viaje que había durado más de un mes, hacinado entre tantos otros que, como él, habían partido para buscar un trabajo más digno. Comentaba que los habían retenido antes en Ciscornia, una especie de prisión adonde iban a parar todos los emigrantes, hasta que al gobernador de la provincia se le ocurría dar el permiso de trabajo. Pero me decía que yo no tenía nada que temer, que a nosotros no nos llevarían allí, porque ya estaba solucionado el problema y ahora recibían a los emigrantes con los brazos abiertos. Había empezado a trabajar en un ingenio azucarero y el trabajo era duro. Pero no tendría que esperar mucho para mejorar la situación. Pronto tendría pagado el pasaje del barco y cobraría por fin un salario. Nada deseaba más, según decía en su carta, que nuestra llegada. Ahora se sentía solo, pero los comienzos son duros en todas partes. Decía en su carta también que cuando tenía permiso se iba por el puerto, a emborracharse en las tabernas para olvidar. Como iban varios de las islas, cantaban todos juntos las coplas de la tierra: esta noche no alumbra la farola del mar, o para el vuelo golondrina, ya se sabe, canciones que cantan los hombres en las fiestas, pero que son muy tristes. A mí se me pone en la garganta un nudo que no me deja pasar la saliva, como si me ahogara, cuando las escucho. Todo esto decía en la carta, cuando se desviaba de sus preguntas obsesivas, que ésas, Antonio, eran todas para ti: que si dormías mucho, que si eras comilón como él, que ya te había comprado un regalo -un sonajero, dijo- en el puesto de baratijas de un isleño, que es como llaman allí a los de nuestra tierra. Lloré cuando don Magín, el maestro, nos leyó la carta. El abuelo lo llamó para que nos la leyera, porque yo leo muy mal, me encasquillo con las letras. Pero don Magín sabe leer muy bien, con firmeza, no se equivoca nunca, y pronuncia las palabras como si las sintiera. El abuelo lo escuchaba con la boca abierta, y él de repente se paraba y nos miraba al abuelo o a mí, como para ver si estábamos entendiendo. Y luego seguía. Nos leyó la carta hasta tres veces, para que nos enteráramos bien de las condiciones del viaje, de este viaje, Antonio, que ya no emprenderemos nunca. Estoy deseando que vengáis para poder abrazarte, a ti Candelaria, que te echo de menos, y al niño que no conozco pero me imagino a cada instante. Eso fue lo último que dijo.
Cuando nos enteramos de la fecha comenzamos los preparativos de este viaje que ya no irá a ninguna parte. Nos trajo el tío Julio, igual que a tu padre. Con el vaivén de las aguas sobre la lanchita te adormeciste sobre mi pecho, igual que ahora. Ni siquiera te enteraste del viaje. El tío Julio es poco hablador, como buen marinero, un hombre acostumbrado desde siempre a la soledad del mar. Nos dejó en la playita de Santa Teresa, para no meterse en el laberinto del puerto, según dijo. Luego anduvimos durante toda la noche hasta llegar aquí. Durante varios quilómetros, que se me hicieron eternos, te traje a ti en un brazo y con el otro traje la maleta, donde aún guardo la poca ropa que te tengo.
Nunca había visto tanta gente en ningún sitio. Ni siquiera en el pueblo cuando nos juntábamos para una boda. Era tanta la gente que me encontraba perdida. Los que somos de lugares pequeños nos encontramos mejor en los sitios vacíos. Pero toda esta gente desconocida me causó terror. Yo noté que tú también lo sentías y a veces llorabas, como si me pidieras una explicación con tu llanto. No podías entender tanto alboroto, tanto ruido. Procuré calmarte, mientras preguntaba asustada a la gente adónde habría de entregar la comendaticia que me había firmado don Isidro, el cura, y los papeles del alcalde. La gente aquí no era amable, al principio, apenas te señalaban hacia el lugar con el dedo, sin mirarte, y otros ni siquiera contestaban. Todos estaban en el muelle por la misma razón. Esperaban la llegada del barco que habría de llevarnos a América. Había también otros niños, incluso algunos más pequeños que tú, Antonio. Eso me consoló. Me alegré cuando los vi, porque no era la única madre que sufría en mis carnes el suplicio de verte en este trance.
Luego, una vez que nos hicimos un hueco y pudimos acomodarnos, la gente cambió de aspecto. Parecían más humanos. Iban también a América, como nosotros, Antonio. Todos habían colocado sus equipajes en el suelo y alrededor de sus arcones y de sus maletas vivían, vigilantes a sus posesiones igual que al horizonte, por donde habría de aparecer el barco.
Sin embargo, pasó la fecha, anunciada tantas veces como desmentida, y no llegó ningún barco. Siempre el mismo horizonte vacío y las gaviotas que bajaban al puerto para comer los excrementos. Los hombres hablaban de una guerra y fumaban sus cigarros con la mirada perdida en el horizonte. Cada día que pasaba me preguntaba si vendría el barco, igual que todo el mundo, y sobre todo me preguntaba si me devolverían el dinero del pasaje que tanto sudor nos había costado ahorrar. Nada más llegar entregué el sobre en la caseta del consignatario, todo el dinero que traía. El hombre me acercó un papel para que lo firmara, sin darme explicaciones. Como leer no sabía, dejé que me llevara el dedo sobre la cajita azul de tinta y apoyara luego éste en la base del escrito. Noté su mirada entre mis pechos como un escalofrío. Luego te hizo una caricia, Antonio, e intentó mostrarse amable conmigo. Tenía buen aspecto y al principio me dio confianza. No todos los hombres son capaces de acariciar a un niño. Me preguntó tu nombre y supo de tu padre, de su estancia en Cuba, de los motivos que nos llevaban a América.
Fue después de tu primer vómito, cuando ya la fiebre te tenía prisionero y habían aparecido por tu cuerpo las manchitas rojas, cuando se presentó en el muelle, donde yo te tenía entre mis brazos y trataba de calmar tu llanto. Se dirigió a mí con mucha educación y me presentó al doctor, un hombre muy mayor que llevaba una cartera de cuero muy vieja. Él nos dijo que no podrías seguir aquí, en el suelo, en medio de tanta gente, expuesto como estabas a coger infecciones, y me recomendó que te llevara a algún lugar más protegido, donde pudieras estar a salvo del calor. Le dije que esperaba al barco y entonces supe por don Siro, que así se llamaba el consignatario, que quizás la cosa se retrasaría, que había estallado una guerra en Europa y por esa razón ahora no venía ningún barco.
Me ofreció su casa, no lejos del puerto, y me presentó a su esposa. Era una mujer que parecía estar enferma, con grandes ojeras, que seguramente era mayor que él. Se lo agradecí y acepté la invitación por ti, Antonio, porque veía que no estabas bien, que vomitabas la leche de mis pechos apenas te la daba y, sobre todo, porque allí podría verte el médico. Por fin, gracias a su generosidad, podrías dormir en una cama y recuperarte, en tanto llegaba de una vez el barco que habría de llevarnos junto a tu padre.
Aquella misma noche utilizó tu llanto como excusa para presentarse en la alcoba. Se interesó por ti, en tanto yo trataba de cubrirme los pechos con las sábanas. Poco a poco se fue acercando a nosotros. A pesar de su amabilidad, me di cuenta enseguida de sus intenciones. No encendió la luz, ignorando que yo se lo pedía. Se acostumbró en un instante a la oscuridad de la alcoba y, bordeando la cama, en tanto aparentaba consolarte, se fue acercando a mí. No es nada, no es nada, me decía, intentando tranquilizarme, al tiempo que se acercaba, sudoroso y encendido. Posiblemente habría bebido porque al acercarse a mí le olí la boca ebria y vi el brillo de sus ojos. Inútilmente intenté una débil protesta, cuando apenas yo sabía si tendría el valor suficiente para acariciarme, pero apenas un quejido débil escapó de mis labios, ya ocupados por la fuerza de los suyos, invadida ya mi boca por una lengua gorda y pastosa. Conseguí gritar a pesar de su fuerza, con la esperanza de que lo oyera su mujer en el cuarto de al lado y viniera en mi ayuda. Tal vez por ese motivo se apartó de mí, en tanto yo recogía enfurecida las cosas que había sacado de la maleta y te envolvía en el cobertor, antes de salir de aquella alcoba impura para entregar tu llanto a la noche.
Volví asustada al muelle, tratando de localizar el mismo sitio donde habíamos estado, sin escuchar el reclamo del hombre que nos siguió unos pasos suplicando que volviera. Nuestro antiguo lugar había sido ya ocupado por otros que habían extendido por el suelo sus útiles, sus arcones y maletas, y dormían con la inquietud bajo el brazo el corto sueño de la esperanza. El muelle estaba ocupado en su totalidad por cuerpos dormidos y se oían toses resecas y llantos de niños que hacían de coro a las olas que se batían contra los arrecifes. Te notaba intranquilo, Antonio, latiendo tu corazón asustado contra el mío, que no lo estaba menos. Como todos los que allí esperaban, yo también deseaba la llegada del barco, pero tu llanto intermitente, tu rechazo a tomar el alimento que sin pudor te ofrecían mis pechos desnudos, o el vómito repentino cuando conseguía que tomaras la leche caliente, me tenían asustada. Necesitaba que te viera un médico, pero nada podía hacer por conseguirlo. Ni siquiera sabía adónde habría de ir de madrugada, cuando te subió la fiebre de golpe y me quemó tu cuerpo.
Hubo rumores en la mañana y sonidos de cascos de caballos sobre los adoquines del muelle, que despertaron a los que aún dormían. Se echaron pregones ordenados por el gobernador de Isla Grande. Decían que el barco no vendría; que habría que salir del muelle por orden del gobernador; que había estallado una guerra en Europa.
También se habló del tifus. Palpé tu vientre entonces y estaba muy tenso. Apenas levantabas la cabeza para mirarme, ni siquiera cuando trataba de sonreírte, de hacerte alguna gracia, una cosquilla, cualquier cosa que distrajera tu atención, como hacía antes, cuando me devolvías en seguida un manantial fresco de tu risa. Fue entonces cuando levanté tu blusita y vi por todo tu cuerpo estas manchitas rojas, dibujos en la carne, por el pecho, en el vientre, en las nalgas, como si un dios caprichoso y cruel te hubiera tatuado torpemente.
Busqué desesperadamente al médico del puerto. No estaba, y nadie sabía dónde podría buscarlo. Entonces dejé la maleta donde estábamos y contigo en brazos subí al Barrio Alto. Llamé a las casas que no me abrieron, escuché desde las ventanas las duras palabras que me advertían de la mendicidad prohibida, y los golpes en las puertas que se cerraban tras escuchar mi llanto. La noticia de que el tifus se extendía desde el muelle había llegado muy de prisa al Barrio Alto. Nadie quería saber nada de los que de allí veníamos, ni había médicos que pudieran encargarse de los muchos enfermos que mendigaban una curación en la ciudad.
Miraba desde aquí, difuminada en la calima, la silueta de La Rocosa, y hubiera dado mi vida por volver sobre los pasos, si el tío Julio pudiera haber escuchado mi llanto. Y pensaba también en el abuelo, que se había quedado solo en nuestra casa colgada sobre el barranco, y nada sabía de nosotros. En ese trance estaba cuando alguien abrió una ventana y me llamó. Me preguntó por ti, que cómo estabas. Te ofrecí a la señora abriendo la ropilla para que pudiera ver desde arriba las manchas rojizas de tu piel.
Me señaló una calle más arriba, y me dio las indicaciones precisas. Era una casa grande, antigua, con un jardín delante cubierto de césped, que regaba un hombre negro. Él mismo me abrió la puerta y me indicó la entrada a la casona antigua. Tuve que esperar algún tiempo antes de que saliera el doctor, pero me pareció una gran ventura que pudiera atenderme. Tuvo que compadecerse de nosotros, porque nos miró desde la tristeza, después de levantarte la camisa y mirarte con una lucecita entre los ojos.
Siento decirle que es el tifus, señora, me dijo, y escribió en un papel el nombre de las medicinas que debería darte, mientras me indicaba la dirección de la botica. Supo desde el principio que no tenía dinero para pagarle, porque ni siquiera me dejó decirlo. Corrí con la fuerza que me permitieron las piernas hacia aquel lugar, contigo en los brazos. Era una plazoleta donde se agolpaban en desordenadas filas muchos hombres y mujeres, algunas con niños en los brazos, como yo misma. Pregunté si era allí la botica y me respondieron que así era. Pero también me dijeron que no servían medicinas sin dinero, pues de sobra ya sabían que muchos no llevaban encima más que lo puesto, y todo el mundo andaba alarmado con el rumor de la extensión del tifus. A los indigentes nos remitían al muelle, donde decían que había bajado un médico de urgencias, puesto por las autoridades, para atender a los emigrantes. Pero casi nadie hacía caso de esta razón.
La extensión de la enfermedad había desbordado las previsiones y en la botica dijeron que no quedaban medicinas. Luego cerraron las puertas.
Entregada al dolor de ver cómo te devoraba la enfermedad, bajé de nuevo al muelle por si fuera cierto lo que decían. Habían habilitado la propia caseta del consignatario y algunos médicos se repartían entre la gente, tratando de atender, entre el delirio, a los muchos que ahora los reclamaban. Conseguí que nos hicieran caso, cuando por fin te vieron las manchas extendidas sin solución sobre tu cuerpo. Te tendieron en un lecho de mantas oscuras y te observaron. Fue entonces cuando no sentí la fuerza de mis brazos, aligerados de tu cuerpo, ni calor en mis entrañas. Tuve que apoyarme sobre la pared de la caseta para no caerme, mientras alguien te cogió envuelto en una sábana y te llevó adentro. Al menos ahora estabas en las manos de un médico, y creí encontrar entonces el consuelo que no había tenido.
Ni mi esperanza ni mi reposo pudieron durar mucho. Apenas unos minutos después salió a buscarme una monja, que oficiaba de enfermera, para traerte de nuevo a mis brazos. Me dijo que tuviera fe, que te habían puesto una inyección que te reanimaría, pero al mismo tiempo que sus palabras, sentí en el alma la punzada de su mirada de lástima.
Esperé. Durante mucho tiempo esperé sin esperanza en la sala abarrotada de enfermos que habían desbordado ya el trabajo de los dos o tres médicos. Luego algunos hombres llegaron con parihuelas tristes, arropando con mantas a quienes querían ser trasladados al hospital de pobres. Hay muchas maneras de morir, Antonio, aunque tú ya no lo sabrás nunca. Palpé tu cuerpo enrojecido y vi que todo en ti era síntoma de muerte. Tu pequeño corazón ya no latía. Tus ojos tan abiertos habían dejado de ver. Yo misma te los cerré para que desde el otro mundo no siguieras contemplando más muertes. Y ahora sigo aquí, sin llorar ya siquiera, hablándote, acunándote en mi pecho, que ha empezado, como el tuyo, a enrojecer. Mi única esperanza es que no descubran que estoy hablando a un cadáver. Por eso te hablo, Antonio, para que crean que estás vivo, mientras contemplo el extenso horizonte, calimoso y desierto, y espero a que me llegue a mí también la muerte, para que nadie pueda separarme de ti.

LAS PELÍCULAS

CELDA 211
Daniel Monzón
No es muy proclive el cine español al género carcelario, al contrario del norteamericano que lo ha frecuentado desde la época dorada del cine negro a nuestros días─ El hombre de Alcatraz, Corredor sin retorno, El expreso de medianoche, Fuga de Alcatraz, La casa de cristal, Cadena perpetua, La milla verde, Monster ball…, la lista sería interminable ─, por lo que Celda 211, de Daniel MonzónLa Caja Kovak, El Corazón del Guerrero─ , sobre la obra homónima de Francisco Pérez Gandul que recoge uno de los muchos motines con que la COPEL, Coordinadora de Presos en Lucha, puso contra las cuerdas a la recién inaugurada democracia española, es una excepción que ha levantado muchas expectativas que se cumplen una vez visionado el film.
Del tono de la película habla ya la primera secuencia, antes de que aparezca el título, en la que un recluso de la fatídica celda 211─nadie que pase por ella saldrá vivo─ endurece el filtro de un cigarrillo con un mechero hasta convertirlo en cuchilla con la que sajará sus venas, y esa sangrienta escena inicial de suicidio, que obliga a cerrar los ojos al espectador, da una idea de la dureza visual, aunque nunca gratuita, que preside la película de Daniel Monzón en la que un novato funcionario de prisiones, atrapado en un motín carcelario, deberá comportarse como uno más de la jauría desesperada, para no ser descubierto, hasta el punto de que cruzará la difusa línea divisoria entre el “bien y el mal” y se situará justo al otro lado, en el bando de los desesperados.
El de Celda 211 es un tema antiguo ya explotado en el cine desde The Molly Maguires de Martin Ritt, aquí traducido como Odio en las entrañas, en la que el policía Richard Harris se hace pasar por revolucionario para deshacer una célula subversiva liderada por Sean Connery y, para convencerle, debe cometer actos terroristas que implican muerte, hasta la muy reciente y ejemplar Infiltrados de Martin Scorsese en la que Matt Damon y Leonardo di Caprio, mafioso y policía, intercambian papeles y se adentran en la policía y la mafia respectivamente, o la modélica Promesas del Este de David Cronemberg, con ese personaje ambivalente y oscuro interpretado por Viggo Mortensen que no sabemos de qué lado está exactamente; Daniel Monzón traslada la impostura al mundo carcelario introduciendo una variante: la suplantación de rol por parte de su protagonista viene forzada por su instinto de supervivencia y no por una estrategia determinada de desactivación del motín ─ perfectamente clarificadora la secuencia en la que el funcionario, encerrado en una celda por los amotinados, se deshace de los cordones de los zapatos, lanza su credencial al retrete y desaliña sus ropas para parecer uno más de los presos ─ lo que lleva al espectador a una angustiosa empatía con los avatares del protagonista siempre en peligro de ser descubierto si no interpreta a la perfección su papel.
Hay algunos fallos de guión ─ nunca se enviaría a un personaje detestable como Utrilla, perfecto Antonio Resines en un papel muy alejado de sus registros habituales, a negociar con unos reclusos a los que ha maltratado y le tienen ganas; la mala nueva que le comunican por teléfono al funcionario de prisiones inmerso en el motín carcelario no tiene lógica como no sea para que se revuelva contra los suyos, como así sucede ─ que no lastran esta historia potente llevada con nervio por Daniel Monzón hasta sus últimas consecuencias y que deja muy mal sabor de boca al espectador acostumbrado a historias con final feliz: el desenlace es tan desalentador como el inicio y la línea que separa el bien del mal sencillamente no existe en el film de Monzón porque sus personajes la cruzan constantemente, en uno u otro sentido.
Si la película funciona, y doy de fe ello, además de por su impecable factura, buena ambientación ─ a la que contribuye la galería de secundarios que parece extraída de un casting en los patios de prisiones ─, acción crispada por fogonazos terribles de violencia ─ linchamiento y posterior degüello del funcionario Utrilla, por ejemplo ─ sin olvidar nunca el retrato psicológico de esos reclusos desesperados que toman la cárcel y son fieras enjauladas que luchan a muerte para ser tratados como personas porque nada tienen que perder, es por la credibilidad de las interpretaciones, principales y secundarias. Componen los actores, tanto el rapado y con voz cavernosa Luis Tosar de andares chulescos, en su papel del coprotagonista Malamadre, líder de la revuelta, brutal, leal, primario, tierno y hasta entrañable, como Alberto Ammann, en su interpretación del funcionario de prisiones atrapado por las circunstancias, o Carlos Bardem, sencillamente genial en el tortuoso personaje de sicario colombiano con dientes de oro, unas interpretaciones tan creíbles que no es aventurado decir que seguramente serán recompensadas con los Goya de este año.
Sin duda Celda 211 es una de las películas más duras del cine español de los últimos años, un viaje que sumerge al espectador en el submundo terrible de las prisiones y que está a la altura de las mejores cintas de cine carcelario estadounidense. JOSÉ LUIS MUÑOZ

KATYN
Andrzej Wajda

Puede que sea Andrzej Wajda ─ no muy conocido en nuestro país y del que se han estrenado un reducido número de sus más de cuarenta películas: Cenizas y diamantes, Danton, El hombre de hierro, Kanal, El bosque de los abedules, La tierra de la gran promesa ─ uno de los últimos clásicos de esa generación europea de grandes directores en la que estaban Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman, Luis Buñuel y Federico Fellini, entre otros. Y esperemos que Katyn, nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa en el 2007, no sea el testamento cinematográfico de este longevo realizador de 82 años, porque la última película de este director, referente de una cinematografía tan brillante como es la polaca, de la que han salido directores de valía extraordinaria, y cito, de memoria, un buen puñado de ellos ─ Roman Polanski, Jerzy Skolimowski, Krzysztof Kieslowski, Krzysztof Zanussi─ , que llega a nuestras pantallas con dos años de retraso, es una lección magistral de hacer cine, en su forma y en su fondo.
Ilustra Wajda un hecho terrible y oscuro acaecido en la atormentada Polonia durante la Segunda Guerra Mundial y poco conocido, o tapado, porque la Unión Soviética, como parte de los vencedores, escribió la historia y lo ocultó. Rusos, por un lado, y alemanes, por otro, se reparten el país que sucumbe militarmente al empuje de esos dos regímenes totalitarios y expansionistas ─ la secuencia que abre el film, con desplazados por unos y otros invasores que chocan, en su huída, en la mitad de un puente, es suficientemente esclarecedora de la dramática situación del país desgarrado ─ y 22.000 oficiales polacos son capturados por el Ejército Rojo de Stalin. Una orden del dictador ruso acaba con la vida de esos veinte mil prisioneros en el bosque ucraniano de Katyn, un gélido día de invierno. El execrable hecho criminal, durante años, no sólo fue negado por el régimen soviético sino también por el gobierno polaco, bajo su égida, que achacó la matanza de sus oficiales a la Alemania nazi. Pero la verdad, al final, aflora gracias al tesón de los familiares de las víctimas que se rebelan contra lo intentos de ocultar esa terrible masacre y que Rusia sólo reconoció en 1990, tras la caída del comunismo.
Se sirve Wajda de un guión perfecto, escrito por él mismo y Andrzej Mularczyk, y con el que se debe de haber sentido muy implicado ─ su padre fue uno de los veintidós mil oficiales asesinados, con lo que la película es un ajuste de cuentas con su pasado, una forma de hacer justicia poética a su progenitor ─, por el que este drama bélico intimista, sin secuencias de guerra ni concesiones al cine espectáculo, avanza en un crescendo absoluto. Centrándose en la anécdota de uno de los oficiales apresados, el capitán Andrzej (Artur Zmijewski) , quizá su propio padre, el realizador dibuja en su entorno familiar la tragedia de la nación polaca que unos y otros quisieron borrar de la faz de la tierra; su suegro, un destacado profesor de la universidad de Cracovia, personaje interpretado por el veterano Wladyslaw Kowalsky, deportado por los nazis que invaden su país y cierran la universidad, muere en un campo de concentración; la esposa del capitán, Anna (personaje interpretado por la espiritual y delicada Maja Ostaszewska), desesperada, mortificada por la muerte de su progenitor, intentará a toda costa liberar a su marido preso que, por lealtad a su ejército, se niega a escapar, cuando puede, y abandonar a su suerte a sus compañeros de infortunio. Tras meses de silencio y de una opacidad informativa absoluta Anna, Agnieszka (Magdalena Cielecka), hermana de un aviador también capturado, y otros familiares de los oficiales prisioneros, intentan averiguar, sin descanso, lo que sucedió a sus seres queridos y se enfrentarán, en sus denuncias, a las autoridades cómplices de su país. Finalmente, cuando los cuerpos de los 22.000 oficiales son exhumados de esa gigantesca fosa ucraniana de Katyn, llega a manos de la viuda, gracias al empeño de uno de los sobrevivientes de la masacre, la agenda en la que el capitán Andrzej ha ido escribiendo, hasta el último momento, los pormenores de su cautiverio, en páginas manchadas en sangre.
La película de Wajda aparece compartimentada en partes definidas, como capítulos que complementan este sórdido drama en todas sus vertientes, con multitud de personajes bien definidos que conforman el cuadro histórico de la Polonia pasada y presente, una lección de historia que, de lo general va a lo particular, para sensibilizar al espectador y meterlo en la película, pero sin ánimo de revanchismo y sin caer tampoco en los excesos del melodrama. En los capítulos de Katyn, que, deliberadamente, no guardan un orden cronológico, y en los que se intercalan escenas documentales muy esclarecedoras, se describen la captura de los militares, su cautiverio, las gestiones por saber adónde fueron a parar, los intentos miserables del propio ejército polaco, una vez integrado el país en el Pacto de Varsovia, en desviar la atención y ocultar el crimen, la rebelión de los familiares que no siempre es unánime ni cerrada por el miedo a la represión, la dignidad de un militar amigo personal de Andrzej, Jerzy (Andrzej Chyra), que no acepta la versión oficial y se vuela la cabeza por no vivir en la mentira, y finalmente, la masacre, conocida desde el principio de la película pero cuya visualización queda postergada hasta el final, al hilo del encuentro de la agenda y la lectura de sus páginas por parte de Anna, la viuda del capitán.
Con la secuencia terrible y pormenorizada de la matanza, cierra Wajda su película denuncia y los fotogramas, sencillamente, estallan con el ruido de los pistoletazos de los asesinos y se impregnan con la sangre que brota de las cabezas de los ejecutados antes de caer a la fosa, uno a uno. El director polaco, que ha sabido mantener en toda la narración cinematográfica un deliberado tono frío y distante, subrayada por el tono verdoso de la excelente fotografía de Pawel Edelman, que no ha cargado los tintes dramáticos más que con los acordes tenebrosos de Krzysztof Penderecki, utiliza la violencia extrema y explícita de esa larga secuencia del epílogo como revulsivo y deja al espectador sencillamente petrificado en su butaca. Wajda es lo opuesto a Tarantino y lo más próximo al Kubrick de Senderos de gloria o al León Klimov de Masacre. Sencillamente impresionante. JOSÉ LUIS MUÑOZ


THE BOX
Richard Kelly

El señor Richard Kelly se han ganado una reputación de culto entre cierto sector del público desproporcionada, y para quien escribe desmerecida, tras dirigir Donnie Darko; una entretenida propuesta con momentos inquietantes, y que dejaba entrever un estilo propio interesante, pero sin más. A pesar de que ese filme hacía presagiar buenos augurios en la carrera de su director, ahora, tras haber visto su última película, The Box, puedo afirmar que el boom inicial le ha venido más mal que bien a su trayectoria.
La última incursión de Kelly en el formato de celuloide es esta The box. Un thriller de ciencia-ficción que se basa en el relato corto “Button, button” de Richard Matheson. En ambas obras somos testigos de cómo en 1976 una pareja ve alterada su vida, normal hasta entonces, con la irrupción de un misterioso viejo (Frank Langella), que se planta en la puerta de su casa con el propósito de ofrecerles una inesperada oferta: una caja con un botón rojo en su parte superior, que si se pulsa, morirá una persona en alguna parte del globo terrestre, pero en contraposición, se les entregará un millón de dólares.
A partir de este inocuo planteamiento, Kelly se pierde en el esfuerzo de llevar el relato hacía cuestiones morales y temáticas de mayor envergadura, la mayoría de las cuales incumben la toma de decisión de la pareja ante semejante oferta, y sus posteriores consecuencias. No sólo le viene en grande a la película ahondar en temas de carácter más o menos profundo, sino que además ni la esposa (Cameron Diaz), ni el esposo (James Marsden) están por la labor de conseguir estar a la altura con sus interpretaciones. Todo ello conlleva que el filme aborrezca en sus primeros minutos y pierda de vista el ritmo.
Si embargo, la película logra un repunte de atención, cuando el inexistente misterio inicial se vuelve en un filme que oscila entre tensiones, investigación, algún toque de terror y de suspense, así como de ciencia-ficción. Elementos diferenciados y variados que ayudan a acrecentar esa sensación de estar ante una amalgama inconexa. Además se le suman ciertos acontecimientos entre lo absurdo, lo risorio, lo banal y el sin sentido. Por todo ello, no es de extrañar que su previsible final (ya lo adelanta prácticamente un extraño personaje que irrumpe sin más en la historia) sea todo un bálsamo para el espectador, que incluso congenia con el guiño final, eso sí, sin saber muy bien si por logrado, o por la satisfacción de ver cómo la fantasía pretenciosa de Kelly es ya cosa del pasado.
Además sorprende, como el filme no parece preocuparse en exceso por ceñirse a los estilos y tonos propios de la época en que se ambienta. La fotografía es áspera y difusa, y la ambientación a veces chirría hasta el punto de que no eres consciente de estar mirando una cinta ambientada en mediados de los 70’s.
The box no estaría al nivel de la insufrible segunda película de Kelly: Southland Tales (no estrenada en España por razones de salud pública), pero sí que sigue en esa línea descendente desde su aclamado, por algunos, debut. Uno tiene la misma sensación viendo esta película que siendo testigo de un trilero. Con el primer cambio de manos tus ojos centran la atención en las cajas, a la segunda crees haberle cogido el truco, con la tercera tu paciencia empieza a pesar, y finalmente con la cuarta, una vez se destapa la caja escogida, te das cuenta de que debajo hay un gran vacío. MARC MUÑOZ

SI LA COSA FUNCIONA
Woody Allen

Cuando se afronta una crítica del incomparable Woody Allen, siempre estaremos refiriéndonos a su penúltima obra. El director neoyorquino sigue con su ritmo imparable a sus 74 años, y mientras se estrena en nuestro país Si la cosa funciona (Whatever Works), él ya anda ocupado en la posproducción de su último filme, el cual, vuelve a ambientarse en Londres.
Si la cosa funciona es un intento, y recalco lo de intento, de su director para volver a la comedia genuina neoyorquina. Tras su viaje europeo, Allen regresa a sus escenarios predilectos, y con ellos, a sus personajes más reconocibles. En esta ocasión el director de Manhattan ha querido otorgarle al cómico televisivo Larry David la responsabilidad de interpretar a su personaje. Y David recoge el testigo con respeto, dedicación y empeño, pero en ningún momento se sitúa a la altura del genio neoyorquino.
Larry David se pone en la piel de Boris Yellnikoff, un excéntrico y maduro hombre de Nueva York, que se considera a sí mismo como un genio. Un buen día su vida da un pequeño vuelco, cuando topa con una bella joven del sur (Evan Rachel Wood). A partir de ahí nacerá una especial relación entre ambos, y las cosas se complicarán con una serie de enredos y giros sentimentales, muy propios del cine de su director.
Con esta obra, Allen vuelve a los lugares (físicos y psíquicos) que más conoce. En Si la cosa funciona se pisan los escenarios (tanto interiores como exteriores) que han marcado buena parte de su filmografía. Con ellos, también decide abordar sus clásicos enredos sentimentales, barnizados por temas de mayor envergadura que filtra a través de sus ingeniosos diálogos. Pero Allen pierde intensidad en su propuesta, la película sólo entretiene de forma esporádica, resultando monótona en sus primeros compases. De hecho la película no arranca hasta la irrupción de Marieta, la madre de la joven interpretada por la siempre convincente Patricia Clarkson. La película también recae en ocasiones por falta de apoyo humorístico, Allen centra demasiado su humor en los diálogos, y se olvida por completo de situaciones propicias a ello. Además confía en exceso en el cínico Yellnikoff y en su humor negro de matiz pesimista, para arrancar las risas del público. Un personaje bien resuelto por David (todo y que a veces se exceda en su intento), pero en el que se encuentra a faltar la fisonomía facial y corporal del director de Annie Hall.
A pesar de ello, el filme tiene hallazgos destacables, como el diálogo extrafílmico entre Yellnikoff y los espectadores, algo, que por otra parte, no resulta nuevo dentro de su filmografía.
Lo mejor del filme es sin duda convertir todo ese mensaje catastrofista que escupe Yellnikoff en cada una de sus apariciones, en un canto a la vida y a la forma de afrontar ésta, y en definitiva, supone un canto a su cine y a la manera única e inimitable que tiene de realizarlo. MARC MUÑOZ

JUBILEE
Derek Jarman

Toda obra artística desprende, en mayor o menor medida, influjos propios del momento histórico en que fue creada. Hay obras muy arraigadas a la época en que se realizaron, y en la mayoría de los casos, éstas no envejecen favorablemente con el paso de los años, están demasiado vinculadas a un periodo en concreto. Y así ocurre con Jubilee, un filme del director de culto Derek Jarman.
La película es de 1978, y para muchos supone la primera película punk en plena efervescencia del movimiento que ya se olía el inminente mandato de Tatcher. Jubilee es una obra vinculada plenamente a su tiempo, y más en concreto a un particular movimiento social, que tuvo su principal faro en el panorama musical que los Sex Pistols, The Clash y compañía se encargaron de dinamitar para erigirse como los nuevos abanderados.
Jarman elabora una delirante y extravagante película que parte de una historia surrealista, extraña, incoherente, y que ralla el límite de la paciencia. La misma empieza cuando la Reina Isabel I (1578) le pide al mago de la corte que le proporcione una visión de “la sombra de su tiempo”, poco después su deseo se convierte en realidad, y la reina es transportada hasta la Gran Bretaña del futuro: un paisaje post-apocalíptico, demolido y donde reina la violencia. Una violencia que practican la mayoría de punks que dominan las calle de Londres, y que protagonizan esta bizarra cinta.
Si se logra superar el esfuerzo conceptual y de ritmo que suelen imponer las obras de Jarman, el espectador se topará con una otra valla de más altura, y es que la película tiene un peculiar estilo estrechamente ligado a la época punk, hasta el punto de que en lo que en aquella época era un arduo esfuerzo para ondear la bandera de la polémica, ahora ya no lo es. Ni su acentuado look, ni su violencia a lo Kubrick en La naranja mecánica, logran causar las mismas respuestas que debió causarle al espectador de finales de los 70’s. Es un filme anárquico, insultante, provocativo y caótico, rasgos que podríamos vincular al movimiento punk, pero que a día de hoy parecen muy alejadas de las generaciones de jóvenes, a pesar de que los problemas de fondo siguen siendo parecidos.
Jubilee queda de esta forma, como un filme de culto al que aproximarse por curiosidad, para presenciar el reflejo de un período histórico importante, pero no intenten escudriñar su fondo (porque ni creo que haya mucho que buscar, ni la búsqueda será sencilla). Quizás por esta dificultad por destapar el significado que Jarman impregna en sus imágenes y en su mínima expresión narrativa, hace que la digestión del filme no sea nada gustosa, y mucho menos para los que se adentran en el mundo ficticio que propone sin estar prevenidos de la situación. Una obra más cercana a la performance art, que a la narración cinematográfica clásica, pero en todo caso, un ejemplo significativo de este director inglés que se desenvolvía con facilidad por todas las disciplinas artísticas como hombre del Renacimiento. MARC MUÑOZ

¿QUÉ FUE DE?

Michael Keaton
Marc Muñoz

Finiquitamos estas entregas de ¿Qué fue de …? con el inexplicable declive de la carrera de Michael Keaton. Todos recordamos al de Pennsylvania por ser el Batman de Tim Burton, y según mi humilde opinión, el mejor actor que se ha puesto la mascara del hombre murciélago hasta la irrupción de Christian Bale. También imborrable resultó su personaje en “Bitelchús”, interpretando al estrafalario personaje que daba título a la película de Burton. Sin embargo, la carrera de Michael Keaton, de 58 años, empezó ligada al mundo de la tele movies y series televisivas. Su estreno cinematográfico se produjo en “Turno de noche” de la mano de Ron Howard. Sus primeros pasos los fueron encasillando hacía papeles cómicos, imagen que se sacaría de encima con la saga de “Batman” y con actuaciones como las de “Mi Vida”, “Medidas desesperadas”, “De repente un extraño” y su notable participación en “Jackie Brown” de Quentin Tarantino. Los 90’s fueron sus época más fructífera, con otros títulos a tener en cuenta, como sus cinco papeles en “Mis Dobles mi mujer y yo”, “The paper” (otra vez bajo las ordenes de Ron Howard) y un “Romance muy peligroso” de Steven Soderbergh. Esta decáda, como ha ocurrido con la mayoría de protagonistas de ¿Qué fue de …?, ha visto como la calidad de los filmes en que participaba bajaba en picado. A pesar de mantener un ritmo constante de trabajo, Keaton no lo ha visto compensado con títulos destacables, quizás los más reconocibles de esta mala etapa sean “White Noise” y “Herbie: a tope”. Otro dato significativo es que su trabajo se ha concentrado en los último años a prestar su voz en filmes de animación. De la actual década destacaría su excelente actuación en la mini serie de la HBO, “The Company”. Un producto que narra la historia de la CIA a través de tres personajes claves, uno de ellos el de Keaton. De Michael Keaton destacaría su versatilidad para compaginar los roles cómicos con los dramáticos con la misma soltura. Para mi, a día de hoy, sigue siendo uno de los mejores actores cómicos, y es una lástima que la industria y el público ya no lo vean así.



Marc Muñoz
(Barcelona, 1983). Licenciado en Ciencias Audiovisuales y Publicidad por la Universidad Raimon Llull. Apasionado del cine y las nuevas tendencias musicales, escribe en Fanzine Digital, revista especializada en cine, música, videojuegos y cómic, en la página web Notas de cine y tiene en la red EL DESTILADOR CULTURAL, interesante ventana a toda actividad cultural en el terreno del cine, la literatura y la música.