miércoles 14 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 14 de marzo de 2012



Últimamente ya no cojo el coche para bajar a Barcelona. Dejé de hacerlo después de comprobar que era más barato, además de más cómodo, tomar el autocar de línea que me dejaba en la Diagonal. El único inconveniente es que sale a las cuatro y media de la madrugada del Valle. Pero hoy, a esa hora, no hace ni siquiera frío y una simple chaqueta de pana marrón, un pantalón del mismo tejido, azul, una camiseta negra y una camisa de verano son suficientes para no pasar frío porque sencillamente no hace. Duermo durante buena parte del viaje. Tomo un café con leche y una palmera en la parada que el autocar hace en Balaguer, aunque el vehículo hizo otra no oficial, en Pont de Suert, porque una pasajera se estaba orinando. Vamos en familia: no más de seis pasajeros, más algunos que suben a mitad de trayecto, en Balaguer. Y con la luz de la madrugada devoro las últimas páginas de Diario de invierno de Paul Auster que me regaló una señora de Burgos. En Burgos hay señoras, como en Bilbao, o en Donostia; en otras ciudades quizá mujeres. Y es en el formidable atasco que se forma antes de entrar en Barcelona, a diez kilómetros, cuando veo pasar por la ventanilla un enorme camión con destino a Luanda. ¿Luanda? te preguntas con una cierta incredulidad, volviendo a leer el nombre en la parte de carga del largo vehículo. Sí, y Maputo también, por si tenías dudas. La fila del camión se vuelve a detener y el autocar en el que viajas lo adelanta de nuevo. Te fijas en el conductor. Ni es negro, ni tiene pinta de aventurero. Luanda, repites, y tienes la tentación de apearte del autocar que te lleva a Barcelona y subirte a ese camión que quizá tarde meses en cruzar África hasta llegar a Luanda con su extraño cargamento. Pero no lo haces porque ya no tienes tiempo.

Propones a La Arquitecta compartir el desayuno. Acepta con un escueto Ok por sms. La esperas en una terraza próxima a la Diagonal. Todavía no has pasado por el hotel, así es que llevas el ordenador y la maleta y pones ambas cosas a buen recaudo mientras pides un café con leche y una chapata de sobrasada y beicon. El servicio es rápido, hasta en la terraza, y apenas te da tiempo de leer una página y media de la novela de Auster que en muchos, demasiados, de cuyos párrafos te estás viendo. Ves a La Arquitecta de lejos y le haces una seña. Ya no es la chica de dieciocho años que conociste en la Universidad, ni tú el tipo con coleta, zuecos y camisetas ceñidas que tenías veintiuno. Ibáis a comeros el mundo y el mundo ha sido el que os ha devorado. No anda La Arquitecta con la ligereza de antaño, y tú cojeas. No se quita las gafas de sol cuando se sienta a tu mesa y pide a la camarera lo mismo que tú te acabas de comer. No es porque sea fotofóbica sino porque está tensa, y comprendo perfectamente su tensión, y yo soy, en buena parte, el culpable de ella. Le muestro la portada de Patpong Road. Le parece bonita, pero su cabeza está en otros meridianos. Me pregunta a qué he venido. Cito, por este orden: a ver a mi nieta, a ver a mis hijos, a ver a mi novia (¿es mi novia?), a verla a ella y a comprarme un nuevo ordenador pues éste, con el que escribo, sigue con su misteriosa e incordiante mancha sangrante, un fenómenos paranormal para La Marciana de Miami que me regaló dos excelentes puros que ya me fumé.

Me pongo a cuatro patas ante la rubia a la que más quiero del mundo. Ladraría como un perro o me convertiría en un saltimbanqui por ver aflorar su sonrisa. La damita cumplirá siete meses en dos días y tiene un suave pelito rubio arremolinado, como el negro de su madre al nacer, unos ojos enormes y azules que te siguen siempre y una boca presta a reír. Es el bebé más hermoso del mundo. Me podría estar horas contemplándolo, jugando con él o haciendo payasadas. Eso hago durante dos horas. Y ante cada una de mis estupideces, la niña se ríe, se carcajea. Por una parte deseo que su vida de bebé se prolongue muchos meses más, porque esa personita es como un dibujo animado, pero por otra deseo que ya tenga cuatro años, ande, se pueda calzar unas liliputienses botas y me pueda dar la mano cuando vayamos a la montaña, a mi Valle.

Hago la comida. Una macroensalada con unos ingredientes que compré en un cercano Bon Preu. Lechuga iceberg, manzana verde fileteada, aguacate, maíz, aceitunas, cebollitas en vinagre, pepinillos, espárragos, atún y nueces. A La Arquitecta se le pasan todos los males en cuanto ve a la niña. La coge, la besa, la zarandea. El bebé es un muñeco articulado de carne que mueve bracitos y piernas e intenta ponerse en pie. Creo que andará sin pasar por la etapa previa del gateo. La Arquitecta cree que será una chica lista porque le encanta mirar cuentos. La dejamos en el cochecito para que nos permita comer. Nos lo permite sin una queja. La llamo por su nombre. Gira la cabeza. Sabe ya cómo se llama. Sí, será una chica lista, y además hermosa. Intento descubrir qué tiene de mí. Rasgos de su madre son evidentes, y los ojos del padre, sin duda. Esta mujercita inspira una ternura inmensa. Sigo observándola mientras saboreo un café Nexpresso.

Si mi séptima vida siguió, más o menos, las pautas del guión de Herida de Louis Malle, mi octava parece inspirarse directamente en Intimidad de Patrice Chereau sobre una novela de Kuriesmaki que, casualmente, cito en Patpong Road. Así es que las dos personas que, periódicamente, nos citamos en una habitación de un hotel para hacer sexo, seguimos haciendo sexo pero ya no somos los desconocidos de la primera cita. Si tuviera que resaltar algo de ella diría que es una rubia muy atractiva, con cara de nórdica, que tiene buena figura y mirada penetrante. ¿Lo que más me gusta de su físico? Quizá la suavidad de su piel, la ondulación de sus caderas, la longitud de sus piernas.
Mientras la espero, expectante, escucho el griterío de los niños de una escuela cercana que hacen el recreo en el mismo patio interior al que abren sus ventanas las habitaciones traseras del hotel que es nuestro territorio. Cada vez que oigo pasos por el pasillo me tenso esperando que sea ella. Hoy se retrasa diez minutos sobre la hora fijada. Llama con dos pequeños golpes a la puerta. La abro sin más ropaje que una pulsera de cuero y plata que me regaló en la primera cita. Nos besamos junto a la puerta, mientras la cierro con el pie. Ese beso dura minutos. Ella, bromeando sobre nuestras efusiones, cita siempre una cola. Me gusta esa situación, y me excita. Es una escena de fotografía de Helmut Newton, pero al revés: el hombre está desnudo mientras la mujer está vestida, aunque por poco tiempo. No aprecio el vestido nuevo que se ha comprado. Ni la ropa interior de encaje. Ni sus medias. Caemos sobre la cama y hacemos sexo y nos convertimos en una especie de enorme vaso comunicante por donde circulan los fluidos. La luz mengua y no encendemos la luz, con lo que somos sombras chinescas batallando. El respiro del primer asalto lo aprovecha ella para fumar un cigarrillo. Me gusta mirarla mientras se fuma el pitillo: cruza las piernas y sus pies entrelazados ocultan su sexo. Volvemos a amarnos. Con ella todas las fantasías son posibles. Durante dos horas y media nuestros cuerpos se entrelazan formando complicadas figuras. Parecemos adolescentes aunque juntos sumemos exactamente 111 años. ¿Qué estoy haciendo? Negándome a envejecer. Nos despedimos en el ascensor, ya vestidos, con un beso que se prolonga el tiempo que la cabina tarda en bajar los dos pisos del hotel.

Voy a cenar con La Arquitecta, El Destilador Cultural y El Director de El Bosque. Para ello debo coger el tren en la estación de Gracia. Y aprovecho el trayecto para leer las últimas páginas de Diario de invierno que me resultan demoledoras. Con su eco subo, renqueante (la pierna derecha no la tengo a pleno rendimiento) la cuesta que nace más allá de la estación. “Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?”. Me pregunto. Cenamos bien, aunque falten cervezas. El ajetreo amoroso me ha provocado sed. La Arquitecta se interesa por ella. La describo y resalto la virtud que más aprecio: cariño. Omito detalles sobre sus muslos, boca, pechos y nalgas. Cenamos en la cocina. La cocina de mi sexta vida que se truncó con la séptima. La séptima vida que nada tiene que ver con la octava y sus sorpresas agradables. El clavo que saca otro clavo, como me hizo ver la señora de Burgos subrayando la sabiduría del refranero español. Bebemos un Priorato suave y mantenemos los cuatro una conversación políticamente incorrecta. Sale el cine, no podían faltar las menciones al séptimo arte entre los tres cinéfilos. Y hablo de Diario de invierno de Paul Auster. Y, con esa última pregunta de la novela retumbándome en el cerebro, camino rumbo a la estación para coger ese último tren que me lleve a Barcelona

lunes 12 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Agen, 11 de marzo de 2012
Agen está entre Burdeos y Toulouse, territorio gascón, a unos pasos del hermosísimo Gerd, tierras de D’Artagnan y Armagnac. El Garona pasa uno de sus extremos. El río de mi pueblo. Pero aquí es ancho como el Ebro, profundo, se desliza con placidez por delante del muelle portuario en desuso, cruzado por cuatro puentes, uno, pura extravagancia, un canal de agua por el que, de cuando en cuando, pasan barcos de turismo. La ciudad es pequeña y agradable, tiene una enorme y moderna librería, cafeterías, tráfico tranquilo.
Las mañanas de estos dos días del Polar Encontre (irónico nombre de las jornadas que hace referencia a la población de Bon Encontre, a pocos kilómetros de Agen, en donde una virgen se apareció a unos pastores, se encontró con ellos, y por eso esa gigantesca y espantosa estatua blanca de la madre de Dios que observa el pueblo desde un pequeño cerro) transcurren dentro del amplio salón, un hangar que se utiliza para los acontecimientos musicales. Los autores ocupamos nuestras mesas, encendemos las lamparillas y organizamos nuestra puesto de libros. Asumimos de buen grado nuestro papel de libreros de nosotros mismos. Los dibujantes, con sus rotuladores, tienen bastante más éxito que nosotros dedicando sus álbumes: ellos siempre tienen cola mientras los autores recibimos con cuentagotas a nuestros lectores. Sensibles los organizadores a mi poco dominio de la lengua de Moliere, me han situado al lado de una escritora de novela histórica y manga que es hispanoparisina: Cristina Rodríguez. Nos hemos reído durante estos dos días de convivencia en la mesa de firmas contando anécdotas. Pierre Schuller, un alsaciano hiperactivo, optimista y comunista ortodoxo, se pasea con su elegante pajarita y se acerca muchas veces a hablar conmigo. Durante cuarenta y ocho horas el amigo alsaciano y yo hemos hecho muy buenas migas hablando de política francesa, de política española, que sigue con apasionamiento, y de música. Monsieur Schuller canta a la menor ocasión, preferentemente en los restaurantes, algo impensable en la rígida España que he dejado trescientos kilómetros al sur. El alsaciano, casado dos veces, no aparenta en absoluto la edad que tiene. Es alto, elegante, rubio, ojos azules y fuma constantemente en pipa. Me habla de su colección de libros (algunos, los de las portadas sexys, forman parte de este Polar Encontre) una de las mayores, quizá la mayor, de Francia: 40.000 volúmenes. A su lado mis 10.000 libros no son nada. Durante estas mañanas en Bon Encontre, sentado en esa mesa, parapetado tras mis libros, he ido leyendo Diario de invierno de Paul Auster que me regaló días atrás una lectora firme candidata a presidir mi club de fans. De cuando en cuando un lector se acerca con uno de mis libros en la mano para que se lo dedique. Algunos me conocen de cuando estuve en Toulouse, en Noviembre. Uno viene con su esposa de Toulouse porque disfrutó mucho con Llueve sobre La Habana y quiere leer otra novela mía. Se lleva Tu corazón, Idoia. Pero lo habitual es que me vengan con ejemplares de Le derniere enquête de l’inspecteur Rodríguez Pachón o Babylone Vegas. Aunque mi francés es pésimo, procuro hablar con ellos y, cuando no me entiendo, abuso de mi vecina Cristina Rodríguez que, amablemente, hace de intérprete. Escribo las dedicatorias en francés. Y me maldigo, siempre, de mi escasa habilidad con los idiomas.
El amigo Claude Mesplede aparece a las 11 de la mañana. Pasa a saludarme. Mesplede es el mayor enciclopedista mundial de género negro que existe en el mundo. Su diccionario de género negro, dos gruesos volúmenes con dos mil páginas, es la Biblia del policial. Departimos durante un buen rato. A Mesplede le conocí en el tren de la Semana Negra, leyendo Le derniere enquête de l’inspecteur Rodríguez Pachón. Es amigo del camarada alsaciano y, como él, comunista de la vieja escuela.
No puedo quejarme por los libros que dedico esta mañana, ni los que dediqué la mañana anterior. Los lectores que entran en el salón son verdaderos aficionados a la literatura y salen con sus bolsas repletas de novelas dedicadas. Un francés rubio y con aspecto de alternativo me compra una novela erótica en español: El sabor de su piel; y Barcelona negra. Los cuatro ejemplares de Llueve sobre La Habana que me traje desaparecen muy pronto y acaban en manos de españoles que viven en Agen, como el amable Ángel, un asturiano que me hizo de traductor simultáneo en mi intervención de la tarde anterior, su esposa y una amiga vasca, ambas admiradoras de Cuba y lo cubano. También hay quien se me acerca y se excusa por no poder comprar ninguno de mis libros por la crisis económica, pero toma nota de ellos para otra ocasión. O una señora de cierta edad (quince o veinte años más de los muchos que ya tengo), elegante y guapa, que departe conmigo en un correcto español porque tiene una casa en el Valle de Arán y le hace gracia que un autor español presente en el Polar Encontre venga de allá.
Al mediodía vamos a comer a un bonito restaurante de Bon Encontre. Me siento con Pierre, Claude y un grupo de dibujantes italianos. La comida, que gira en torno al pato y al cerdo, es buena, como el vino tinto. Acabamos cantando a voz en grito canciones revolucionarias cubanas (Comandante Che Guevara), italianas (Bandera Rosa) y de la guerra civil (Ay Carmela). Claude y Pierre conocen las letras de todas las canciones y forman un dúo magnífico. Yo me añado en algún momento, cuando sé la letra de algunas de esas canciones incendiarias.
A las 16 45 regreso al Valle y hago caso de la recomendación de mi amigo alsaciano. No cojo la autopista a Toulouse sino que me interno por carreteras secundarias con el Gerd y Gasconia. El paisaje rural, con suaves lomas verdes de pastos, idílicos lagos, canales navegables y arboledas todavía desnudas de hojas, es tan bello que me detengo en numerosas ocasiones para tomare fotos. Llego al anochecer, saboreando hasta la última luz de ese maravilloso paisaje.

martes 6 de marzo de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Madrid, 5 de marzo de 2012

Fenómenos paranormales. Hoy, al despertar y encender el ordenador, aparecieron en la pantalla líquida unas enormes manchas rojas. Por un momento pensé que eran mis ojos. Me los restregué. Luego me cercioré de que era la pantalla líquida, de que algún vaso de color, como podría ser al cuerpo humano un vaso sanguíneo, se había roto. Quizá sea un castigo al exceso de hemoglobina que se derrama en mi literatura. Lo acepto. Escribo, desde entonces, a ciegas-

El Café Gijón es un buen sitio para quedar con alguien. No para tomar algo que no sea estrictamente café. Tengo la mala idea, mientras espero a unos amigos venezolanos, de pedir una cerveza y una ración de calamares. La cerveza, bien. Los calamares crudos, duros, mal rebozados, peor fritos. Hace años comí con unos amigos en el Café Gijón. La comida, creo recordar mientras me tomo los calamares, fue mala. Despliego el diario. Estoy en internacional cuando veo entrar a la pareja que espero. Les hago una seña. Vienen a mi mesa. Ella pide un vermú. Él, un café y un agua con gas. No tienen Vichy catalán.

Comemos en el quiosco del Palacio de Cristal, a diez pasos del Café Gijón. Mientras como el rissoto, mi amigo venezolano me explica cómo liquidó a un caimán del Orinoco con su Mágnum. Un disparo a la cabeza. El caimán se hizo el muerto. Se dio cuenta de que vivía cuando lo cargaron en la parte trasera de la camioneta y empezó a dar coletazos. Lo colgaron, hasta que murió.
-¿Hay caza en el Valle de Arán? – me pregunta -. ¿Alquilan escopetas?
Del tema cinegético volamos al chavismo. Ellos comen filete de cerdo con salsa, yo, lubina. Me muestran las fotos de sus hijos. Su hija es bellísima. No tiene acento venezolano. Hablé con ella esa misma mañana. La saqué de la cama. Dudan que Chávez llegue a las próximas elecciones.

De nuevo al Café Gijón. La Dama del Fuego que tuvo una relación con Pippermint es un personaje. Lo supe antes de conocerla. Ocupa una mesa de la cafetería y yo me voy a sentar en la de al lado antes de verla. Le gustan las esquinas. En eso coincidimos. Nos damos dos besos mientras me siento y pido un café solo. Tiene en sus manos un cuadernito cuadriculado lleno de palabras extrañas en un más extraño alfabeto. Ruso, me aclara. Preferí el ruso al chino, puntualiza. Sabe cuatro idiomas, construir albercas con sus propios brazos, cocinar todo tipo de pasteles, coser, plantar berenjenas...sabe muchas cosas para los 21 años que tiene. Triplico su edad, pero mantenemos una conversación distendida. Ella habla, casi sin parar. Yo escucho y, de cuando en cuando, meto baza. Le gustaría conducir un tanque. Le gustaría irse a Rusia a trabajar. Tiene cara de rusa. Me fijo en su rostro. Los pómulos muy marcados, la piel muy blanca y dos trenzas que recogen su pelo negro. Me gusta su mirada turbia y su sonrisa casi constante. Viste de negro. Un traje sin mangas. Es una chica guapa. Pero no se lo digo hasta más tarde. Me pregunta por Mi relación con el Pippermint. Le digo que, cuando se publique o lo premien, irá una comida. Me pregunta por Bellabestia. No tardará en salir. Le hablo de mi nonagenaria tía y del éxito que tuvo en la presentación en Estudio en Escarlata. Entiende de armamento, de buques de guerra, de tanques, de estrategia militar. Yo le hablo de literatura. Ella escribe, publicó un libro. ¿Qué no habrá hecho? Me pregunta varias veces por qué río. Le digo que me parece un personaje. Que quizá deba disecarla y rellenarla de paja por dentro. Se ríe. Hablamos de disecciones de cadáveres, de la exposición Bodys con cadáveres de chinos ejecutados, de las momias de Guanajuato. Mejor la plastificación. Pasamos dos horas hablando. Cuando salimos a la calle ella se pone unos guantes negros que le llegan hasta los codos y se echa sobre los hombros un elegante abrigo. Andamos por la Castellana. Me doy cuenta de los zapatos de tacón que lleva. Debería haberme puesto el esmoquin, le digo. Y que es guapa, también. No se ruboriza sino que sonríe. Me despido de ella con dos besos. Le reitero mi invitación a que suba al Valle de Arán. No te voy a disecar, le digo. Ni yo te cortaré la cabeza, me contesta. Cojo el 27 que me lleva a Plaza Castilla. Sigo, hasta que desaparece de mi campo visual, sus elegantes andares sobre los zapatos de tacón. Creo que estableceré una nueva rutina cada vez que vaya a Madrid: quedar con la Dama del Fuego en el café Gijón.

sábado 25 de febrero de 2012

LITERATURA

Sábado 3 de marzo a las 19 horas


José Luis Muñoz presenta el libro

CUENTOS DE UNA MAESTRA RURAL

(Lapizcero Ediciones, 2012)

de Rosario Muñoz Martín

Librería Estudio en Escarlata

c/ Guzmán el Bueno, 46

MADRID
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El próximo sábado día 3 de marzo, a las 19 horas, presento en la Librería Estudio en Escarlata de la calle Guzmán el Bueno 46 de Madrid el libro Cuentos de una maestra rural (Lapizcero Ediciones, 2012) de Rosario Muñoz Martín. Será una presentación entrañable y especial. Por que Cuentos de una maestra rural es el primer libro que publica esta escritora novel de...91 años. Y, además, se trata de muy mi querida tía paterna. Así es que acudan todos a arroparla, porque se lo merece.


LA ESCRITURA Y LA VIDA
Este prólogo va a ser, sin duda, el más personal que escriba por mi relación familiar con la autora de este ramillete fresco de relatos en los que campa un humor entrañable e irónico y un acertado retrato de la cotidianidad. Del buen quehacer literario de la autora he sido testigo durante muchos años y usted, lector, va a disfrutar de él en cuanto abra el libro y empiece a leer los exquisitos relatos que conforman Cuentos de una maestra rural.
¿Por qué es especial este prólogo? Porque Rosario Muñoz es mi tía por parte de padre y, como a su hermano y a su sobrino, que esto escribe, alguien le inoculó ese virus que es la literatura que nos dio el don y la capacidad para contar historias.
Cuando me preguntan qué es para mí la literatura, mi respuesta, casi un automatismo, no se hace esperar: la vida. Al menos mi vida. Porque sin la literatura, seguramente, mi existencia sería muy distinta, mucho más oscura, anodina, con menos alicientes, irremediablemente peor.
Rosario Muñoz es una persona longeva, pero llena de vitalidad, un ejemplo envidiable para los que aspiramos a tener su edad, su atildado aspecto físico y su prodigioso estado mental. Sólo los muy jóvenes, o los muy mayores, pueden presumir de los años que tienen. Pese a su edad, Rosario Muñoz escapa al prototipo de anciano sencillamente porque no lo es, y no sé en qué edad está, pero sospecho que no ha llegado a la tercera y debe de estar en algún recoveco de la segunda.
El término anciano se asocia a una persona al final de su vida y desapegado del mundo que le rodea, sin más interés que el plato de sopa encima de la mesa o los rayos del sol que entran por la ventana y llenan su casa de luz o el banco del parque; eso no casa con la autora de esta colección de relatos deliciosos. Rosario tiene 91 años, y una escritora que publica a esa edad es ya todo un acontecimiento en esta sociedad en la que ser joven vale más que tener talento. Si les digo que, además, Rosario está al día de todas las nuevas tecnologías, es una lectora voraz, se interesa por todo lo que pasa a su alrededor y escribe a diario, porque disfruta con ello, estaré haciendo un retrato aproximado de esta mujer extraordinaria y entrañable que tengo la fortuna de tener por tía.
Las muchas vivencias de Rosario, que se reflejan en sus cuentos de una factura impecable, nacen de esa larga posguerra que una buena parte de España sufrió en sus carnes; años de penurias, trabajo duro y ausencia de las más elementales comodidades que ella supo afrontar con valentía, amor a los suyos y un impagable sentido del humor que mantiene intacto hasta la fecha y es una de sus claves vitales. Maestra rural casada con un médico y madre de cinco hijos, los años que Rosario pasó en pequeños pueblos de la Castilla profunda en la que el agua había que ir a buscarla a la fuente, la luz era un artículo de lujo y los fríos inviernos se pasaban junto al fuego de la chimenea, forjaron su carácter fuerte y combativo y le crearon, además, un poso memorístico que ella va recuperando en los relatos que nos ofrece. Rosario hace literatura de lo cotidiano, de las charlas en los patios de vecinos, de los encuentros de jubilados en los parques o en las consultas de los ambulatorios, con un lenguaje ajustado a lo que relata, diálogos chispeantes, que domina con la soltura del que tiene buen oído, mirada tierna hacia los seres humanos que retrata y una ironía extraordinaria que encontramos entrelíneas.
Ninguno de los cuentos que integran este volumen tiene desperdicio y todos son brillantes. Paseos por el parque relata con sentido del humor los encuentros que tienen lugar en esos oasis entre edificios que hay en las ciudades, reservas para “personas con fecha de caducidad próximas”, como dice su autora. En Mi vecina Eufemia, Eu desde que entramos en Europa y en el euro, retrata a una entrañable mujer a través de conversaciones de rellano. La matriarca, la pieza más larga, casi una novela corta, es un desternillante retrato de familia de aire berlanguiano; Los ruidos es una narración inquietante sobre una paranoia que tiene su origen en la infidelidad matrimonial. En La ribera oscura sigue los pasos de una mujer que padece alzheimer y quiere quitarse la vida ante la indiferencia de los suyos. En la espera de un consultorio médico tiene lugar El poeta rural, en el que un vate creído de sí mismo ameniza a su paciente vecina con sus versos insípidos. Cuentos de aldea: El Duero, es una dura diatriba contra las maledicencias de los pequeños pueblos, sus difamaciones y linchamientos morales. El monte sereno es un relato cruzado por el misterio y la superchería que gira alrededor de una santera maldita. Y Cuentos de aldea: Padre, es una dura historia que retrata la miseria moral de unos pueblerinos que se ceban en el dolor ajeno y ocultan terribles realidades.
Sirva esta colección de relatos entretenidos y maravillosamente bien escritos, con un estilo directo y sencillo que va al corazón del lector, y seguramente le harán sonreír en muchos de sus pasajes, como carta de presentación de esta autora fuera de norma que llega a la literatura cuando otros muchos se han ido de la vida. Y esperamos los que la apreciamos que siga su fructífera andadura literaria y que a este libro siga otro, y a ése, otro más, porque la literatura es la vida.
Gracias, Rosario, y bienvenida a este club que llevaba muchos años esperándote.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

CINE

LA CONSPIRACIÓN
Robert Redford


Seguramente Robert Redford será recordado más como galán cinematográfico por excelencia e impulsor del cine independiente que se hace en Estados Unidos a través del festival de Sundance que organiza cada año, que por sus méritos como director. En esta última faceta cinematográfica el protagonista de Dos hombres y un destino y actor fetiche del desaparecido Sydney Pollack tiene una filmografía muy irregular. Recibió el oscar por la, en mi opinión, su peor película, Gente corriente, y a esa misma altura estaba la soporífera y bien intencionada Leones por corderos, una crítica política demasiado suave hacia el stablishment de su país, o Un lugar llamado Milagro, un curioso remedo de realismo mágico a mayor gloria de Sonia Braga, que fue pareja del actor director; muy superiores, en cuanto a calidad cinematográfica, son sus dos filmes que podríamos denominar “ecológicos”: El hombre que susurraba a los caballos, en el que asistimos al despertar como actriz de Scarleth Johanson, y El río de la vida, dos bellos ejemplos de cantos a la naturaleza a la par que relatos iniciáticos, mientras que Quiz Show, el dilema, otra de sus cintas sociales, no acababa de cuajar, en mi opinión, por su marasmo narrativo que abocaba al espectador al aburrimiento.
La conspiración, su último trabajo tras la cámara, pertenece a uno de los subgéneros más genuinamente norteamericanos, el cine judicial, que ha dejado un sinfín de obras maestras a lo largo de su historia (Doce hombres sin piedad de Lumet, Matar un ruiseñor de Mulligan, Testigo de cargo de Hitchcoock, sin olvidarnos de El proceso Paradine, del mismo director, y un larguísimo etcétera) y se centra Redford en diseccionar el proceso que llevó a la horca a los asesinos del presidente Abraham Lincoln, a las puertas del fin de la guerra que enfrentó norte y sur del país, un grupo de insurgentes sudistas que aprovecharon una función de teatro para asesinarlo de un pistoletazo disparado por el actor de teatro John Wilkes Booth (Toby Kebbell) cuando el estadista estaba en su palco. El film de Redford se centra en la figura de Frederick Aiken (James McAvoy), un abogado militar y héroe de guerra, y en Mary Surrat (Robin Wright), cuya principal culpa parece ser la de haber permitido que los conspiradores se reunieran y planearan el magnicidio entre las paredes de su pensión y ser la madre de John Surrat (Johnny Simmons), el único miembro del grupo al que no consiguen capturar, y en el denodado esfuerzo del primero por salvar la vida de la segunda, convencido de su inocencia, enfrentado a una marea de venganza que quiere pasar por encima de la justicia y llevarla a la horca como castigo ejemplarizante
Robert Redford no cuestiona el sistema judicial norteamericano (el film no es un alegato contra la pena de muerte, que forma parte del acerbo cultural del pueblo estadounidense como la Coca-Cola o la revista Playboy) sino que denuncia una injusticia puntual y, en este caso concreto, la intrusión clara de la política en un proceso que más bien fue un linchamiento porque los procesados, y condenados, no gozaron de suficientes garantías judiciales para defenderse. La relación que se establece entre ese hombre justo, a pesar de estar en el bando contrario y de las presiones que recibe de círculos próximos para que deje un caso que no le va a beneficiar, que es el abogado Frederick Aiken, y la adusta Mary Surrat, que acaba agradeciendo sus esfuerzos, centran este film que el intérprete de Memorias de África conduce con tino y tiento, ilustrando el sólido guión de James D. Solomon y sin desviarse de los cánones del género. Un film de factura clásica, bien dirigido, bien ambientado y bien interpretado (entre sus secundarios de lujo destaca un Kevin Kline que compone un odioso Edwin Stanton, ministro de la guerra y principal impulsor del castigo ejemplar a los acusados, y Tom Wilkinson que está perfecto como el humano Reverly Jonson, el mentor del abogado Aiken) que no decae en sus algo más de dos horas y nos ilustra sobre un acontecimiento poco conocido que Redford tiene la habilidad de resucitar en la que es una de sus mejores películas además de lección de historia.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LITERATURA

EL MAR SIGUE SIENDO AZUL
Fernando Martínez López
Ediciones Baile del Sol, 2011 , 442 páginas

Del accidente de Palomares poca información se tiene más allá de la anécdota de ese baño histórico que se dio Fraga Iribarne, con un bañador antediluviano, y la afirmación sesgada de que las bombas atómicas que perdieron frente a ese pueblo de Almería los B52 de las fuerzas armadas norteamericanas eran inocuas y no causaron daños, algo que nadie se creyó en su momento y menos los directamente afectados.
Fernando Martínez López recupera ese suceso lejano y lo noveliza, pero no sólo se limita a hacer una pormenorizada relación del accidente, en el que perecieron siete tripulantes de las naves siniestradas, sino que, con una gran ambición por su parte, construye una intriga en la que Palomares sigue aportando víctimas a causa de sus niveles de radiación, dos personajes del pasado se vuelven a ver las caras (el alemán Karl Braum, traumatizado por los bombardeos aliados de Dresde y residente en el pueblo almeriense, y el norteamericano Daniel Williamson, que lo capturó y es, en Palomares, el general al mando de las tareas de supervisión de la zona); desaparecen misteriosamente dos de los habitantes del pueblo, por culpa de unos documentos secretos que se perdieron en el vuelo, la carpeta de combate, y los descendientes de esos dos hombres viven secularmente enfrentados.
La arquitectura narrativa de El mar sigue siendo azul es perfecta, y eso tiene mérito al tratarse de una novela tan extensa como ésta. A lo largo de sus más de 400 páginas, Martínez López va alumbrando sucesivas subtramas, que se complementan, para ofrecer al lector una aproximación al desastre nuclear, en el que el gobierno de EEUU ninguneó a la dictadura franquista, y nos muestra el factor humano del suceso, más allá del accidente en sí: la forma en que cambió para siempre la forma de vida de ese tranquilo pueblo de la costa de Almería.
En cuanto al vehículo literario sólo decir que es perfecto, que no tiene fisuras, porque todas sus piezas encajan, que la documentación, extensa y fidedigna, se digiere perfectamente por lo bien imbricada que está en la trama, y que el autor demuestra agilidad a la hora de crear personajes de todo tipo, edad y condición (Pedro Fenoy Sánchez, Antonia Salcedo, Diego Parra, Consuelo, Rodrigo, Gines Parra, Rocío...) en una narración que se distingue por su coralidad.
Nos encontramos, pues, ante una novela cuidada al detalle, primorosamente bien escrita y que revive unos acontecimientos olvidados que cambiaron la vida de Palomares aquel día fatídico. Y la postrer víctima de las bombas se produce en el último renglón de la novela con el que el autor pone el broche final.
En un pueblo del sur de España que perdió su anonimato para siempre por la caída de las armas de guerra más destructivas que el ingenio humano había diseñado.
Una novela recomendable, a la que sólo le pondría una pega (el lector querría saber más del enfrentamiento Braum/Williamson, que queda en apunte), y un autor al que no hay que perder de vista porque nos dará nuevas alegrías literarias.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

jueves 23 de febrero de 2012

CINE

NADER Y SIMIN.
UNA SEPARACIÓN
Asghar Faradi



La calidad del cine iraní no es cosa de modas pasajeras. En el estado islámico de los ayatolás, a pesar de las muchísimas cortapisas que ponen los integristas del sistema político-religioso a la libertad creativa, sobrevive un núcleo de cineastas que sortean como pueden los escasos márgenes de libertad que tienen y facturan con constancia y rigor una serie de películas dignísimas que han contribuido al prestigio de esa cinematografía hasta hace poco desconocida. Abbas Kirostami es el más reconocido en el ámbito internacional (El viaje, Y la vida continua, A través de los olivos, El sabor de las cerezas, Copia certificada), pero no se debe olvidar a Bahman Ghobadi y su durísima Las tortugas también vuelan, Majid Majidi y su film Baran sobre los refugiados afganos y sus condiciones de vida en Irán, Hana Makhmalbaf, la directora de Buda explotó por vergüenza, Mohsen Makhmalbaf, el autor de Kandahar o a Jafar Panahi y su film El globo blanco. El cine iraní, que se caracteriza por su tono intimista y carácter social, digno heredero del neorrealismo italiano, ha sido reconocido en el ámbito internacional con numerosos premios en festivales de prestigio.
Nader y Simin, una separación es la historia de una ruptura matrimonial (alguien la ha comparado con Kramer contra Kramer de Robert Benton), en el seno de una familia de la clase media formada por Simin (Leila Hatami), la esposa joven, independiente y emprendedora que quiere buscar nuevos horizontes fuera de su país, y Nader (Peyman Moaadi), su marido, que decide quedarse para cuidar a su padre enfermo de alzheimer. Cuando Nader, abandonado por su esposa y también al cuidado de la única hija del matrimonio, decide buscar una cuidadora que se haga cargo de su imposibilitado progenitor, surgen los problemas y la situación se deteriora porque la vida sin Simin se le viene encima. Un improcedente empujón propinado por Nader a la cuidadora, cuando la despide porque cree que le está robando, tiene como consecuencia aparente que ella pierda el hijo que espera, y a partir de ahí la situación se va complicando de forma imparable hasta llegar a un proceso judicial lastrado por la diferencia social entre los demandantes (desempleados y de clase baja) y los demandados, (profesionales bien cualificados) y en el que unos y otros mienten y deforman la realidad para esquivar sus responsabilidades.
Con un pulso narrativo firme, austeridad de medios, estilo documental y un trabajo interpretativo de primer orden, Asghar Farhadi construye este drama familiar que deja heridos por el camino (una hija que no se decide a tomar partido por ninguno de sus padres, pero tendrá que hacerlo, y el director lo deja hábilmente en el aire) y se va tensionando a media que avanza y mantiene al espectador clavado en la butaca, pero es también un retrato implacable de la sociedad iraní, con sus luces (puede llamar la atención al espectador occidental la facilidad con que se concede un divorcio, por ejemplo) y sombras (la lucha de clases siempre presente, y el pobre, y si además tienen antecedentes penales, siempre será estigmatizado tenga o no razón; la religión como espada de Damocles que hará decir la verdad a los que mintieron). Un cine social con la misma solvencia e incisión que en Europa hace Ken Loach, por poner un ejemplo conocido, y que cuestiona valientemente la burocracia de su país (las investigaciones judiciales y policiales para dilucidar exactamente lo que ha sucedido adolecen de un sinfín de vicios) y la vida cotidiana de un país asfixiado en una zona gris.
Nader y Simin, una separación es una película redonda que no hace más que confirmar el buen momento de esta cinematografía que llega a nosotros gracias a las plataformas de los festivales que las dan a conocer y premian.
JOSÉ LUIS MUÑOZ