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Mostrando entradas de mayo, 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

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Madrid, 29 de mayo de 2012

Larga, y a veces tensa, es la conversación telefónica que me saca hoy de la cama, en Madrid,después de una noche de sueños cerrados que siguió a un último tercio de la tarde de ayer en el Café Gijón, inusualmente vacío, pelando la hebra con mi querido homónimo ante una vaso de horchata, yo, y un poleo menta, él, centrados ambos en la aceleración de la vida y la crisis de los cincuenta, los suyos. Así es que la señal de llamada del teléfono sigue, en cinco minutos, a la del despertador, y vuelvo a la cama, tras salir de ella, con el móvil pegado a la oreja, porque en posición horizontal me veo más relajado que en vertical: la sangre fluye hacia el cerebro en vez de a los pies. A medida que hablamos, y nos hacemos mutuos reproches mi interlocutora y yo, la tensión se reduce en vez de crecer. Miro el techo de la habitación de invitados en donde estoy alojado y trato de ver todos y cada uno de los rasgos de la chica que me habla desde el otro lado, imaginarla ves…

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Madrid, 27 de mayo de 2012
Estuve días atrás en Fuengirola. ¿Días atrás? Día atrás. Un tipo estupendo, que se llama Manolo, me invitó a una paella a su casa. Tras doce meses de separación le trencé un fuerte abrazo. Doce meses, un año. Pero estamos más o menos igual. Yo con un moreno camboyano. Hay hombres a los que quiero. Sí, sin tapujos. Manolo con sus sesenta y siete años, uno de ellos. Claro que no creo que haya nadie que deje de querer a Manolo, a su sobrina, para la que ha sido padre/madre, y a su nieto Michelle. Le pregunto por qué no sube al Valle de Arán a pasar unos días. Me mira con los ojos muy abiertos, tras poner una cerveza en mi mano: Hemos parido. Michelle es un nieto al que cuida como un hijo como cuidó como a una hija a su sobrina. Van llegando los invitados. Abrazo al enorme y generoso Alessio, excelente fotógrafo. Otro hombre al que quiero. Quiero últimamente a muchos hombres. Y a Pilar, a la que encuentro más guapa, joven, que once meses antes, exquisitamente fem…

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Granada, 25 de mayo de 2012
Fiel a la palabra dada. Rito del castellano viejo que hay en mí. Como del extremeño aventurero que, cuatro años atrás, me llevó a esta ciudad que me acogió con cariño infinito y en donde labré amistades que duran en la distancia y deseo sean eternas. Y fiel a la palabra dada once meses atrás, de nuevo en la ciudad de los dos ríos, la tortuosa Granada de calles retorcidas, mañanas calurosas y tardes y noches benignas. Paseo, desde la serenidad de mi octava vida, por los escenarios de mi séptima que están congelados, como si el tiempo no hubiera pasado. Tomo copas y tapas con amigos al sol. Abrazo y beso a amigas que se alegran de verme. Departo sobre literatura y pasión creativa con Gregorio Morales en esa terraza de la Ermita adonde he vuelto de nuevo. ¿Se acuerda de mí el camarero que me pone la cerveza sobre la mesa? Le suena mi cara, seguro, porque en mi séptima vida me puso seiscientos tubos de cerveza y esas tapas de patatas a lo pobre, que me cansaban,…

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Arán, 21 de mayo de 2012
Perdonen que les deprima de nuevo, y perdonen que les trate de usted hoy, pero creo que así debe ser, y no es que hoy esté alicaído, como ayer, que se me juntó cansancio, jetlag y depresión postviaje al terror existencial que arrastro desde que vine a este mundo, y tampoco es por el tiempo, que sigue como ayer, lloviendo en el valle, nevando en las cumbres, sin violencia pero sin descanso para que este paraje en donde he fijado mi residencia permanezca verde como los valles irlandeses de John Ford, ni tampoco porque haya vuelto el frío y haya tenido que bajar de nuevo al garaje y cortar leña para la chimenea, a pesar de la falta de costumbre, porque ya debemos estar en primavera si mis cálculos no me fallan, sino por algo que leí, y luego vi, en ese diario que compro siempre alrededor de las 13:00, porque mi amiga paraguaya cierra su librería a las 13:15 puntualmente, en el salón/comedor de mi casa, porque hacerlo en la terraza de mi bar ante mi cerveza cotidia…

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Arán, 20 de mayo de 2012
Hay días que no deberían existir. Éste. Borrarlos del calendario de tu vida o hacer algo más práctico: seguir durmiendo haciendo caso omiso al despertador. Pero cometí el error de salir con el pie izquierdo de la cama. Miré el cielo. Nuboso. Me gustan las nubes. Pero éstas estaban bajas, eran nubes que comprimían, ahogaban, velando el paisaje de los montes cercanos. Bueno. Después de tanto empacho de sol en Camboya algo de nubes, fresco y lluvia podrían irme bien, pensé mientras bajaba las escaleras cogido a la barandilla, porque hace años que no me fío de mí mismo. Me hice café. Bien. Hice churros. La cagué. Parecen fáciles de hacer pero si te desvías un milímetro en la proporción de la pasta (exactamente la misma cantidad de agua que de harina, y verter ésta en el agua cuando hierva, y remover hasta que espese la masa en el mismo recipiente en donde ha hervido el agua, no en otro) no salen. Y no salieron porque puse un milímetro cúbico más de agua que de hari…

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Barcelona 18 de mayo de 2012
Aún no sé bien dónde estoy. Paseo por la ciudad como un zombi. Me extraña que no haga calor. Que no sude. Que los peatones y los coches respeten los semáforos. En la traslación de veinticuatro horas (14 volando y diez perdidas en los aeropuertos de Phnom Penh y Bangkok) quizá dejé parte de mí en el Mekong o en el lago Tonle Sap. ¿Estuve? Me lo repito mientras camino por mi ciudad que me parece extraña. El viaje, poco a poco, pasa a convertirse en recuerdo. Pero sigo, de alguna manera, en Camboya: calzo sandalias, llevo el pantalón de lona verde, la camiseta negra, el chaleco de cazador, el pasaporte en el bolsillo.

Cojo el metro. Me siento. Enfrente una chica joven que habla por su móvil con alguien. La miro. Es una chica veinteañera y de cara muy afilada y nariz bien perfilada, grande pero bonita. También son bonitos sus ojos. Pero sus cejas son exclamativas. Habla con alguien, presumiblemente una amiga, mientras el vagón de metro se adentra en el túnel. S…

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Phnom Penh, 16 de mayo de 2012

Esto se acaba, y siempre sucede lo mismo, que el tiempo se ha hecho corto, que habrías necesitado quizá una semana más para explorar el lago Tonle Sap, que ya echas de menos Camboya a horas de emprender el viaje de retorno. Ayer estuvo lloviendo, diluviando, desde Sihanouckville a Phnom Penh. Caía tanta agua del cielo que el conductor del minibús iba rezando y cogía el volante con ambas manos. Los arrozales por los que pasábamos estaban anegados. Las aldeas, embarradas. Volvimos a pasar por delante del santón, pero no nos detuvimos, confiados en que terminaríamos el viaje con buen pie.

Pasaban por la ventanilla del vehículo motos con cinco ocupantes, furgonetas tan atestadas de mercancías que no podían cerrar sus puertas, ciclistas pertrechados con capelinas que zigzagueaban evitando los charcos. Los búfalos de agua seguían impertérritos en sus lodazales. Los cocoteros esbeltos se combaban por el fuerte viento. Regresamos al mismo hotel, el Cardamon, y a la …

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Sihanoukville, 13 de mayo de 2012
La carretera que conduce de Phnom Penh a Sihanoukville nos permite descubrir las primeras montañas de este país que es una inmensa llanura dominada por el río Mekong. Los montes no tienen más allá de quinientos metros y están densamente cubiertos por la jungla. Como todo viajero, hacemos una parada en unsantuario de carretera, un templete moderno, y horrendo, y un santón que te desea buen viaje a cambio de unos cuantos rieles o dólares: las divinidades camboyanas aceptan ambas monedas. En el amplio arcén de la carretera barrido por un imprevisto viento que comba las ramas de los árboles se han detenido furgonetas, turismos, motos y autobuses y de ellos salen sus ocupantes y hacen cola ante el santón para terminar bien su viaje. Una orquesta de niños empieza a tocar sus instrumentos de percusión cuando yo paso por delante. Me detengo a escucharlos y entrego mi donativo. Pero no le damos nada el santón, ni nosotros, que somos agnósticos, ni el chófer del…

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Phnom Penh, 12 de mayo de 2012
El palacio Real de Phnom Penh me recuerda de inmediato el de Bangkok: el mismo tipo de arquitectura. Edificio de mármol blanco al que se accede por escalinatas en los cuatro costados y rematado por una serie de tejados superpuestos de teja brillante. El conjunto de palacios, Pagoda de Plata y jardines ocupa una extensión impresionante a orillas del Tonle Sap, el otro brazo del Mekong, cuidados por aplicados jardineros que los podan en este preciso momento. Cruzar la explanada de cemento para ir de un palacio a otro a las nueve de la mañana requiere un esfuerzo extraordinario. El sol, en la ciudad, quema, se refleja en el suelo y nos da en la cara creando una sensación de ahogo. Pero es precioso el conjunto, es bello e impresionante a la vez, aunque lo que más me gusten sean esas pinturas murales de carácter épico que adornan los largos pasadizos de los muros que resguardan los recintos palaciegos.

Cuando entramos al Museo Nacional de Camboya, otro impresi…

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Kampong Chan, 10 de mayo de 2012
No hay quien unte las dos bolas de mantequilla sobre el panecillo sin sal que nos dan en el hotel para desayunar. Estamos somnolientos después de una noche de perros (ladrando) y esas bolas heladas se nos resisten. El hotel local en donde nos alojamos está ubicado en la zona más ruidosa de la ciudad y mi compañero de cuarto no pudo pegar ojo: ladraban los canes flacuchos que andan sueltos por las ciudades y se alimentan de las basuras y gruñían los camiones. A mí me molestaba el ruido del aire acondicionado. Pero estamos en el desayuno, con esa bola de mantequilla que no hay quien unte, así es que desisto de ello y me la como a mordiscos con esa baguette sin sal, herencia del protectorado francés que Camboya fue. El café con leche que pido es simplemente café. Me lo tomo. No hay zumo sino mango y sandía. Doy cuenta del mango. Quince minutos más tarde estamos montados en el microbús y dejamos el Mekong y la ciudad del árbol de los enormes vampiros a nues…

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Kampong Thom, 9 de mayo de 2012

Hoy fui de boda. No a la mía, aunque tampoco podría descartarse dado el interés que despierto entre las nativas camboyanas de cierta edad y viudas mi aspecto de galán maduro. Me quedaría a vivir aquí si no fuera por el calor sofocante y que no hay aceite de oliva. Pero en Camboya me cocería a fuego lento, se licuaría mi cerebro, sería incapaz de pensar, menos de escribir, y mi única actividad sería la de balancearme en una hamaca, como hacen la mayor parte de los habitantes de este país al mediodía. Hoy, cuando salí del hotel y monté en el microbús blanco y con aire acondicionado, habilitado para diez personas, aunque sólo viajemos dos, para dejar atrás Angkor y Siem Riap, crucé mi mirada con Mister Sothy que, a las puertas del Royal Empire y con las piernas cruzadas en la postura de flor de loto sobre su tuk-tuk, esperaba nuevo cliente occidental, u oriental, porque japoneses y chinos se ven a patadas. Agitó la mano, mientras pasaba a su lado, y yo la mí…