DIARIO DE UN ESCRITOR


Angkor, 7 de mayo de 2012

Cuando en Europa estábamos en plena recesión, en la Edad Media, la civilización jemer de Angkor estaba en pleno apogeo, como he podido comprobar boquiabierto hoy. Los sucesivos reyes jemer Jayavarman y Suryavarman (I, II, III y IV), crearon un vasto imperio con un potente ejército de 200.000 elefantes y de su grandiosidad quedan los templos que  emergen con su piedra oscura y su halo de misterio en la planicie del norte de Camboya, próximos a la turística ciudad de Siem Riep.
La busqueda de la belleza siempre tiene su precio. El calor es sencillamente insoportable cuando accedemos, por una pasarela de piedra que sobrevuela un gigantesco foso lleno de agua, al Angkor Watt, el mayor templo religioso que se conoce en el mundo, un gigantesco mandala de planta rectangular con numerosos santuarios en su interior, perfecto ejemplo de arte hinduista. Las galerías que lo circundan están minuciosamente talladas con bajorrelieves precisos que representan, a lo largo de un corredor de seiscientos metros, la epopeya hindú del Mahabharata (soldados, escenas de combates, reyes conduciendo carros de guerra)  y el resto de los muros interiores de esos corredores que circunvalan todo el reciento, con las apsaras, las sensuales bailarinas, siempre en grupos de tres. Visnu y Siva nos contemplan.

Los camboyanos son ahora budistas, pero en los siglos X, XI, XII, en su renacimiento pleno mientras nosotros nos debatíamos en el oscurantismo de nuestra Edad Media, abrazaron el hinduismo. Su raza, por lo general, es de piel mucho más oscura, y algunos casi negros como los ceilandeses, comparados con sus vecinos birmanos y tailandeses. También los caracteres de su idioma recuerdan al de los hindúes. Pero no sonríen tanto como estos, ni como los birmanos o tailandeses. Quizá no tengan de qué sonreír. Quizá las heridas espantosas que dejó en su paìs Pol Pot les impida hacerlo durante lustros.

Nos arrastramos, literalmente, por una selva llena de insectos, que resuenan en las copas de los árboles como coro enervante, y calor agobiante. Buscamos la sombra de los gigantescos banianos de tronco blanco. El templo de Bayón, el de las caras en sus estupas, hay que escalarlo por innumerables escaleras de madera, extraordinariamente empinadas, y hacerlo bajo un sol de fuego no es plato de gusto. Pero si algo se quiere, algo cuesta, y con esa filosofía ascendemos trabajosamente hasta su terraza circular desde la que casi podemos tocar las enormes caras de piedra, quizá veinte, todas diferentes.

Trastabillando por el camino de tierra rojiza, a punto de desfallecer, divisamos un vendedor de agua. Compramos dos botellas. Las bebemos y las sudamos. Tomamos asiento sobre uno de los miles de sillares dispersos por la selva y, tras tomar aire yo y mi compañero de viaje encenderse un cigarrillo relajante, seguimos nuestro periplo artístico pero deteniéndonos en cada tenderete que divisamos para reponer fuerzas e hidratarnos.

En la Terraza de Los Elefantes, nos espera Mister Shurty en su tuk tuk. Shurty es uno de los taxistas autorizados para operar con los clientes del hotel Royal Empire. Agradecemos el paseo en motocarro hasta el templo de Ta Prhom, la razón por la que vine aquí, hice este viaje de miles de kilómetros y veinticuatro horas de duración. Surthy es diminuto y amable y hemos pactado un precio por sus servicios todos estos días. En Camboya no se paga el tiempo (a mister Shurty lo tenemos disponible para nosotros las veinticuatro horas) sino la distancia. Ese viaje hasta el último templo de la jornada, a través de una selva frondosa, lo agradecemos. Un tuk tuk es una estupenda solución para airearse, es como viajar en una limusina de lujo con aire acondicionado. No lo cambiamos por esta. Disfrutamos de los vistosos árboles y de los motoristas y ciclistas que se cruzan en nuestro camino.

Ta Prhom nos deja boquiabiertos. Casi todo el mundo visita este templo por Angelina Jolie y Tom Raider. Yo lo hago por Wong Kar Wai y Deseando amar. También mi compañero de viaje. Los banianos, los desmesurados árboles selváticos de altísimos y blancos troncos, interactúan con el templo y literalmente lo aplastan. Las raíces de estos gigantes de la naturaleza son largas y gruesas serpiente pitón que hacen trizas los sillares del templo con sus anillos. Hay raíces, tan largas y envolventes, que parecen un intestino grueso que repta por las paredes. Entre esas dos fuerzas enfrentadas, el hombre y la naturaleza, esta última gana claramente la batalla y nada ni nadie puede detener su fuerza invasiva en Ta Prohm. Y esa ruina, producto de esa lucha entre naturaleza desbocada y arte, me fascina más que los templos anteriores. Me pierdo. Me pierdo admirando los altísimos árboles que ponen sus garras sobre las estupas y las desmenuzan. Me pierdo contemplando el toque monstruoso que imprime una reticulada e infinita raíz de baniano que, rebelándose a su naturaleza (¿acaso las raíces no deben de estar bajo tierra?) devora una puerta, aporta su toque dantesco a las filigranas de un dintel y trepa por la piedra hasta el cielo como un alien monstruoso . Me pierdo caminando por galerías en ruinas, cegadas por los derrumbes, que amenazan con caerse sobre mi cabeza, por ese caos de piedras oscuras amontonadas bajo la mirada de esa naturaleza que opta por recuperar el espacio perdido.

Con esa imagen en la cabeza, Mr. Sothy, pertrechado con un casco enorme, me lleva a Siam Rep. Le digo que me deje en un mercado. Una niña, nada más poner un pie en él, me endosa cuatro pasminas. No regateo bien. La parte de los abastos es mucho más aséptica de lo que esperaba, no huele peor que cualquier otro mercado. Una ristra de pollos flacos cuelga de ganchos. En un recipiente de plástico, hígados grises de cerdo se amontonan y forman una masa parecida al cieno. Al lado, unas parada de frutas exóticas para mí, las del país, y la vendedora, con los pies cruzados, entre ellas. Las comboyanas del mercado hablan a gritos y su idioma parece un maullido.  Así hablan las tailandesas y las birmanas.

Me entra hambre. No he comido desde el desayuno y son cerca de las ocho. Me dejo invitar por mi acompañante al Khmer Family Restaurant, del animado Pub Street, en donde se concentran buena parte de los locales comerciales de la ciudad. Una liliputiense camarera recoge el pedido. Los rollitos de primavera, exquisitos. También el curry de pollo y verduras, con un maravilloso toque de coco. Recordando lo mal que lo hemos pasado por la mañana, agotados y deshidratados, nos bebemos dos frías cervezas Angkor a presión. Y volvemos al hotel, en otro tuk tuk, porque hemos decidido licenciar al amable señor Shoty hasta mañana.   

  

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Amónimo dijo

¡Por fin noticias! Algunos pensabamos que os habían secuestrado (involuntaria o quizás voluntariamente). Aqui en occidente estamos intentando mejorar el ambiartte para cuando vuelvas. De momento hemos cambiado la mitad de Merkozy por un socialista... ya veremos. Además, por fin, han echado al incompetente de Rodrigo Rato (previamenre echado del Banco Mundial) de Bankia. Buenos, hacemos lo que podemos. Que lo pasis muy bien.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Buena opción la de viajar a Camboya, lástima que esta sea una época de tanta humedad que será precedida por la estación de las lluvias, aún peor.
A disfrutar, muchachos. Cariños. ¡Ah!, cuidado con las "minas".