DIARIO DE UN ESCRITOR



Barcelona 18 de mayo de 2012

Aún no sé bien dónde estoy. Paseo por la ciudad como un zombi. Me extraña que no haga calor. Que no sude. Que los peatones y los coches respeten los semáforos. En la traslación de veinticuatro horas (14 volando y diez perdidas en los aeropuertos de Phnom Penh y Bangkok) quizá dejé parte de mí en el Mekong o en el lago Tonle Sap. ¿Estuve? Me lo repito mientras camino por mi ciudad que me parece extraña. El viaje, poco a poco, pasa a convertirse en recuerdo. Pero sigo, de alguna manera, en Camboya: calzo sandalias, llevo el pantalón de lona verde, la camiseta negra, el chaleco de cazador, el pasaporte en el bolsillo.


Cojo el metro. Me siento. Enfrente una chica joven que habla por su móvil con alguien. La miro. Es una chica veinteañera y de cara muy afilada y nariz bien perfilada, grande pero bonita. También son bonitos sus ojos. Pero sus cejas son exclamativas. Habla con alguien, presumiblemente una amiga, mientras el vagón de metro se adentra en el túnel. Sostiene entre las manos un libro de bolsillo abierto que está leyendo y ha abandonado por la llamada. No puedo leer el título, pero sí su autor: George R. Martín. Lo conocí en una Semana Negra. Tenía un aspecto terrible de granjero del profundo sur norteamericano. Comía a dos carrillos. Era bastante gordo. Vestía con un tejano con peto. La chica que habla con su amiga no sabe que quien tiene delante conoce personalmente a su adorado George R. Martín. Afino el oído. Eso hacemos los que escribimos. Me doy cuenta de que está hablando con su amiga de George R. Martín. Concretamente de esa novela que deben de estar leyendo las dos al mismo tiempo. Escucho. Discuten sobre los personajes. Sale a colación un tal príncipe de hielo. Parece que no se ponen de acuerdo con lo que están leyendo, con la interpretación del texto. La chica de las cejas exclamativas trata de explicar a su amiga algunos puntos oscuros que su interlocutora no ha comprendido. La trama es complicada. Le dice que un padre se casa con su hija. Bien. Llegamos a una parada, entra gente en el vagón, y sigue la conversación. En el túnel la chica de las cejas exclamativas empieza a irritarse con su amiga. Le dice: No te enteras de nada. Discuten acaloradamente a la salud de George R. Martín. Cada vez la interlocutora que veo aparece más irritada con la interlocutora que no veo. Y vislumbro un gesto de rabia y cansancio. Al final corta la comunicación con una frase lapidaria: ¿Sabes una cosa? No quiero hablar más de la novela contigo. Adiós. Me levanto, porque llego a mi parada, y la chica de las cejas exclamativas y mal genio se enfrasca en la lectura del libro de bolsillo de George R. Martín. Curiosos los lectores de literatura fantástica y SF. No son lectores normales. Son casi una secta de fanáticos. No leen otra cosa que literatura fantástica y SF, de la misma manera que yo raramente leo ese tipo de literatura.


Entro en una cafetería de La Illa. Me siento a una mesa próxima a la puerta. Despliego el diario para leer las catástrofes financieras del día e indignarme un poco más de lo que estoy. Le pido al camarero un café con leche y un croissant. El Titánic se hunde y habrá que ir pensando en subir a los botes. Europa es un continente sometido a un ataque de pánico. ¿Provocado por poderes ocultos? Seguramente. Metiendo miedo es más fácil el saqueo. Y además todo lo hacen por nuestro bien. Se cargan la sanidad para que tengamos sanidad. Se cargan la educación pública para que tengamos educación pública. Y un día nos dirán que nos cortan la cabeza para salvarnos la vida. Pero me traen un café con leche y un croissant, para endulzarme las malas noticias, y reparo en la mano que me los deja sobre la mesa. Una mano morena, bien cincelada, que responde a una chica oriental realmente hermosa. Sigo con la vista esa mano, subo por su brazo, el cuello y acabo en su rostro. Estoy a un paso de preguntarle si es camboyana, porque me lo parece, por el color oscuro de su piel, por sus ojos rasgados y labios gruesos, pero mi timidez congénita me lo impide. Ya no presto atención al periódico y sí a ella, que se mueve, vestida con su uniforme de camarera, con elegancia por el local, con elegancia hasta cuando coge una especie de bayeta seca y limpia los cristales, las mesas, o cuando empuña un mocho con el que fregotea el suelo. Es una chica extraordinariamente bella. Si me concentro en ella y borro el entorno puedo fantasear con que sigo en Camboya. La miro fijamente mientras, en la mesa de al lado, una madre divorciada abronca a su hijo indolente que se presenta al examen para el permiso de conducir. No consigo que la muchacha oriental fije sus ojos rasgados en mí. La madre divorciada de al lado despotrica contra su hijo y contra su exmarido, al que acusa de malcriarlo. El hijo pone cara de circunstancias, esperando que su docilidad, el no contestar a su madre con ningún exabrupto, sea recompensado económicamente. Pues no te voy a dar más dinero. Se lo pides a tu padre. La camarera oriental desaparece.

Duermo en una especie de zulo. Pero antes he cenado una exquisita fideúa. Y antes he estado haciendo el amor. Y antes he comido una ensalada que he preparado para dos personas. Y antes he estado jugando con un bebé. Y antes he llegado a ese hotel, cuyos recepcionistas me conocen, y he preguntado por esa habitación reservada desde Phnom Penh. Y el recepcionista, antes, me ha pedido que espere, porque con la crisis es también camarero, ha de servir dos cafés con leche a dos chicas sentadas a una mesa del bar del hotel, y seguramente hará también de mujer de la limpieza si se tercia. Y antes he aparcado mi coche en un descampado. Y mucho antes he recorrido el finger que han puesto a ese avión procedente de Bangkok que ha aterrizado puntualmente en el aeropuerto a las 7:45 horas. Y entre el aparcamiento de mi coche en el descampado y mi recorrido, arrastrando el equipaje por el finger, he estado contemplando, como siempre suelo hacer, el ciprés de mi casa de la sexta vida, que sigue creciendo, que me sobrevirá, que pienso abonar con mis cenizas cuando llegue el momento de partir, Ulises. Y después, quince horas después, ya de madrugada, estoy conduciendo mi coche por una carretera con curvas, luchando contra el sueño, bajando el cristal de la ventanilla del coche para que entre el fresco aire del campo, pellizcándome para no dormir, tomando las curvas del pantano muy despacio, sin testigos, porque a las tres de la madrugada nadie circula por esa carretera, los camioneros ya están durmiendo. Y conduzco despacio porque me caigo de sueño, porque al sueño se añade el cansancio del jetlag, porque rompo una promesa dada a alguien. Y en la última curva de la carretera, llegando ya al pueblo, viendo las luces, intuyendo la rotonda que circunvalo con los ojos cerrados, eso, se me cierran los ojos un instante, una décima de segundo, duermo sobre el volante ese instante que va de cerrar los ojos a abrirlos bruscamente y a tiempo de no salirme de la carretera, y entonces ya llego a mi casa, por fin, a Arán, y me derrumbo sobre la cama.   

Comentarios

Anita Noire ha dicho que…
Algunos derrumbes son terribles.
Dormir, a veces, compensa. No siempre.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
¡Hummmmmmmm!Ò_Ò bueno, pero has llegado hasta tu cama. Bienvenido a la catastrófica civilización.
Anónimo ha dicho que…
Tu imprudencia me angustió, solo eso.
Fdo Vikinga.